29 abril, 2013

La guerra...

La guerra es una masacre 
entre gentes que no se conocen, 
para provecho de gentes que si se conocen 
pero que no se masacran.

Paul Valéry


28 abril, 2013

Anarquismo, parlamentarismo y democracia


Miquel Amorós / 9-11-2006.

Cuando durante la Revolución Francesa se trató de instituir la democracia como poder del "pueblo" o de la nación –entendido como el poder del "tercer estado"–, surgieron inmediatamente graves problemas entre la mayoría de dicho "pueblo" y el Gobierno nombrado por sus "representantes" electos.


La democracia popular basada en clubes, secciones y asambleas entraba en contradicción con la democracia parlamentaria jacobina. El Gobierno, la Convención, las instituciones nacionales, las leyes y el sufragio, no garantizaban la libertad y la igualdad más que a las clases poseedoras. Un sector radical de los "descamisados" de París (el pueblo parisino), los "Enragés", en el manifiesto que presentó en la cámara de diputados al día siguiente de haberse votado la Constitución, el 25 de junio de 1793, afirmaría que: "La libertad no es más que un fantasma vano cuando una clase de gente puede matar de hambre a la otra impunemente. La igualdad no es más que un fantasma vano cuando el rico, gracias al monopolio, dispone del derecho a la vida y a la muerte sobre sus semejantes."

El experimento constitucional y parlamentario fracasaría debido a la fuerte oposición entre los intereses de las clases poseedoras y los de las clases populares. El "pueblo" no era más que una entelequia. En el parlamento no se manifestaba ninguna "voluntad popular" sino los intereses de la clase dominante. No podía haber libertad real sin igualdad económica y la fuente de tal desigualdad radicaba en la propiedad. "¿Qué es la propiedad? La propiedad es el robo", respondería Proudhon. Y seguía: "la libertad es igualdad, porque la libertad no existe sino en el estado social." La cuestión de la propiedad dividió a los demócratas revolucionarios y alcanzó su mayor amplitud cuando entró en escena el proletariado y los "demócratas sociales" –Marx, Proudhon y Bakunin se llamaron así– identificaron sus intereses con los de todos los oprimidos. La tan traída voluntad popular no sería otra cosa que el interés "de la inmensa mayoría", a saber, los obreros. La "democracia social" equivaldría a un régimen cuyo protagonista principal sería la clase obrera. Para unos ese régimen sería comunista. El joven Marx creía que "el comunismo era la solución al enigma de la historia." Proudhon, en cambio, rechazaba las formulaciones autoritarias de los primeros comunistas y se inclinaba por "la organización de las fuerzas económicas bajo la ley suprema del contrato", o sea, por la propiedad cooperativa o colectiva de los medios de producción de "las asociaciones obreras organizadas democráticamente" y libremente federadas. A menudo se le ha tenido poco en cuenta y le han colocado al lado de los "utópicos", cuando no le han tachado de representante del "socialismo burgués", tal como le calificara injustamente Marx en el Manifiesto. Sin embargo, Proudhon fue el primero que formuló una crítica social específicamente proletaria y a él corresponde la crítica política del sistema parlamentario burgués más incisiva, la que dio impulso al ideario obrero anarquista.

Para Proudhon la autoridad, llámese Gobierno o Estado, existente por encima de la "voluntad popular", representaba el mismo despotismo de los reyes pues "lo que hace a la realeza no es el rey, no es la herencia; es el cúmulo de los poderes; es la concentración jerárquica de todas las facultades políticas y sociales en una sola e indivisible función, que es el gobierno, esté representado por un príncipe hereditario, o bien por uno o varios mandatarios amovibles y elegidos." El fallo del sistema representativo estaba en la delegación de poderes, causa de la separación entre gobernantes y gobernados: "Hoy mismo tenemos ejemplos vivos de que la democracia más perfecta no asegura la libertad. Y no es eso todo: el pueblo rey no puede ejercer la soberanía por sí mismo; está obligado a delegarla en los encargados del poder. Que estos funcionarios sean cinco, diez, cien, mil, ¿qué importa el número ni el nombre? Siempre será el gobierno del hombre, el imperio de la voluntad y del favoritismo." Si ningún individuo reconociera más autoridad que él mismo, si el "pueblo" entero quisiera realmente gobernar, no habría gobernados. La imposibilidad de plasmarse la voluntad del pueblo en una autoridad delegada, exterior a él, es lo que forzaba a Proudhon a declararse anarquista, partidario de la abolición de cualquier forma de autoridad y llamar "anarquía" al régimen de los hombres libres e iguales: "anarquía, ausencia de amo, de soberano, tal es la forma de gobierno a la que cada día nos acercamos." La voluntad popular solamente podía manifestarse sin mediaciones, de modo directo. El Gobierno del pueblo era una falacia; si había gobierno no había pueblo, y viceversa, si realmente un pueblo llegaba a constituirse, ejerciendo el poder directamente, sin mediaciones, el gobierno no existiría. Anarquía era el gobierno de todos, y por lo tanto, el de nadie: "La fórmula revolucionaria no puede ser ni legislación directa, ni gobierno directo, ni gobierno simplificado; la fórmula es nada de gobierno." Bakunin aportó bien poco al análisis proudhoniano. Partiendo de la premisa de que el gobierno tenía opción de ser verdaderamente popular y representativo sólo si estaba controlado por el pueblo, como dicho control era ficticio y en ningún país ha existido nunca, concluía que la libertad bajo tal régimen era irreal: "Todo el sistema del gobierno representativo es un inmenso fraude que se apoya en esta ficción: que los cuerpos legislativos y ejecutivo, elegidos en sufragio universal por el pueblo, deben o hasta pueden representar la voluntad del pueblo." Esos poderes promovían únicamente los poderes de la burguesía. El sufragio universal, dadas la desigualdad y la opresión en que se encontraba el pueblo trabajador, era una burla; votando, cada uno elegía a su patrón. Debido a su miseria, a su falta de formación, a la poca disponibilidad de tiempo, a la ausencia de información, a la inexistencia de espacios de discusión, etc., el pueblo no podía formular una opinión general y, por consiguiente no podía utilizar el sufragio universal "para la conquista de la igualdad económica. Siempre será de forma necesaria un instrumento hostil al pueblo, que de hecho apoya la dictadura de facto de la burguesía." Malatesta llegó a decir que "el derecho electoral es el derecho de renuncia a los propios derechos." El mismo razonamiento circular hay en Bakunin y Malatesta que en Proudhon: el gobierno no podía ser representativo porque la voluntad popular no podía formularse a través de él; si lo hiciera, sería representativo, pero ya no sería gobierno. La identidad entre gobernantes y gobernados, esencia verdadera de la democracia, no podía realizarse mediante un gobierno parlamentario sino mediante su abolición. Las ideas proudhonianas de autonomía obrera inspiraron a los internacionalistas durante la Comuna de París (1871). Tanto Bakunin como el mismo Marx vieron en la Comuna la democracia proletaria y la negación del Estado.

En España, país poco afectado por la revolución industrial, y por lo tanto, con un proletariado poco desarrollado, las ideas igualitarias y "socialistas" (contrarias a la propiedad privada) fueron filtradas por los movimientos radicales de la burguesía. La palabra "demócrata", en sus inicios, designaba en lo político algo parecido a anarquista. En el "Diccionario de los Políticos" (1855), del monárquico Juan Rico y Amat, se decía que "el demócrata puro es enemigo acérrimo de todo lo que se roce con el gobierno"; el demócrata confiaba en la insurrección como método para alcanzar su objetivo, la igualdad política: "Si pertenece a la medianía, nunca usa el don; siempre se nombra fulano de tal a secas: tiene gusto en tutear y dar la mano a los de la clase baja, y en los pronunciamientos, llama ciudadanos a los hombres y ciudadanas a las mujeres." Una fracción de los demócratas, los republicanos federales, trataron de conciliar el problema de la mediación entre pueblo y Estado recurriendo a la descentralización administrativa.

En palabras de Pi y Margall, traductor de Proudhon: "En la actual organización, el Estado lo administra todo; en la federación, el Estado, la Provincia y el Municipio son tres entidades igualmente autónomas, enlazadas por pactos sinalagmáticos y concretos. Tiene cada una determinada su esfera de acción por la misma índole que los intereses que representa y pueden todos moverse libremente sin que se entrechoquen." La República Federal, gobierno del pueblo soberano, no sería más que la suma federada de esos pactos. Pero para constituirse el pueblo primero tenía que romperse el Estado monárquico, de forma que sus fragmentos autónomos decidieran libremente confederarse. El partido federal, al propugnar la desmembración del Estado, se situaba contra todos los demás partidos, pero mantenía distancias con el proletariado. Creía en la armonía de las clases, respetaba la propiedad y era enemigo las huelgas y demás manifestaciones de la lucha social, por lo que apenas surgida la Asociación Internacional de Trabajadores en España perdió el apoyo de los militantes obreros. Su oportunidad histórica se esfumó con el fracaso de la Primera República, la de 1873; no obstante, la idea del municipio como célula de la sociedad libre caló tan hondo como el pensamiento de Bakunin, transmitido a los trabajadores españoles por los internacionalistas.

La distancia entre Las Cortes españolas y la realidad social fue tan enorme durante el siglo XIX que las masas populares, normalmente ajenas a la política, recibieron las ideas anarquistas con agrado. El sistema político de la Restauración basado en la alternancia de dos partidos monárquicos artificiales no hizo sino contribuir a la identificación entre política, corrupción y caciquismo. No obstante, un sector del movimiento obrero, el partido socialista, aceptó las reglas del juego y ejerció de oposición junto con las minorías republicanas, mientras al margen se desarrollaba un potente sindicalismo revolucionario. Entre 1916 y 1923 la CNT fue capaz de desarrollar una democracia obrera ajena completamente a la política y cimentada por la solidaridad de clase, a base de asambleas sindicales, plenos, conferencias y congresos, lo que alarmó tanto a las clases poseedoras que éstas procedieron a sustituir su democracia caciquil por la dictadura militar del general Primo de Rivera. La clandestinidad arruinó las posibilidades del sindicalismo revolucionario y arrastró a sus dirigentes al terreno de las conspiraciones políticas y del posibilismo. La CNT entró en ella dividida entre moderados y revolucionarios, para no aspirar más que carne de cañón en una coalición de partidos y personalidades opuestas a la dictadura y a la monarquía, que abandonadas por sus aliados, cayeron sin estrépito. La Segunda República no trató bien a los trabajadores. La posición respecto a la República y a su sistema parlamentario escindió a los anarcosindicalistas entre partidarios de una línea insurreccional y partidarios de la permanencia dentro de la legalidad republicana. Para los segundos, el abstencionismo, las alianzas políticas o incluso la participación institucional eran cuestiones tácticas, no principios. Mientras tanto, el avance del proletariado había escindido a la burguesía en dos mitades enfrentadas: una, reformista, representada por los partidos republicanos, y otra, militarista y clerical, representada por el partido radical y las derechas. Cuando la alianza derechista subió al poder –gracias a unas elecciones en las que las mujeres votaban por primera vez– hubo de enfrentarse a dos tentativas de insurrección, que terminaron llenando las cárceles de obreros. Los anarquistas tuvieron que plantearse nuevamente las relaciones con sus enemigos de ayer, la burguesía republicana, para apartar del poder a otros mucho peores, la burguesía filofascista. Entonces renunciaron a su tradicional abstencionismo, y, aunque no llamaron a votar en febrero de 1936, tampoco llamaron a abstenerse. Entre los anarquistas se imponía una tendencia revolucionaria que consideraba la participación electoral como una táctica destinada a contrarrestar al "fascismo". Durruti lo expresó claramente con la siguiente consigna: "Estamos ante la revolución o la guerra civil. El obrero que vote y se quede tranquilamente en su casa, será un contrarrevolucionario. El obrero que no vote y se quede también en su casa, será otro contrarrevolucionario."

La cuestión principal no era el temido triunfo de las derechas, sino el fracaso electoral que las empujaría al golpe de estado. Para Durruti, el triunfo electoral de los socialistas y republicanos permitía ganar tiempo, pero solamente un movimiento revolucionario podía detenerlas de verdad: "O fascismo, o Revolución Social", tal era su conclusión. Como tanto la sublevación militar como la revolución social triunfaron a medias y se desencadenó una guerra civil quedando el proletariado aislado internacionalmente, el "antifascismo" dejó de ser una táctica antiburguesa para devenir colaboracionismo de clases. El Estado, el Gobierno, la Nación, las instituciones democráticas, las leyes, los partidos, la burguesía misma, fueron valorados de diferente manera a como habitualmente lo habían sido. El anarquismo salió profundamente alterado de la guerra civil y nunca se ha repuesto desde entonces.

El sistema parlamentario volvió a España en 1977 como prolongación de la dictadura franquista. La voluntad popular sólo podía formularse en torno a la democracia proletaria de las asambleas. Técnicamente el proletariado constituido políticamente como clase en coordinadoras o consejos obreros podía encarnar el interés de la inmensa mayoría. Pero quien realmente se constituyó como nación, como "pueblo", fue la burguesía franquista. Lejos de disolver las instituciones fascistas pactó la desactivación del movimiento obrero a cambio de un espacio político para la oposición. El exilio pudo regresar sin compensaciones, siquiera morales: la oposición había firmado también un pacto de silencio: el olvido del genocidio de la posguerra civil y de los años de persecuciones y sufrimientos. El franquismo amnistiado legalizó a los partidos y sindicatos y convocó elecciones, desembarazándose de cadáveres como Las Cortes, la CNS o el Movimiento Nacional, pero guardó íntegro su aparato, que se convirtió en el aparato de la nueva "democracia". La policía, la Justicia, la Monarquía, la guardia civil, el Ejército, las diputaciones, los gobiernos civiles y militares, las capitanías, la diplomacia, la administración, los servicios secretos...; todo, absolutamente todo, permaneció intocable. Ni las elecciones ni el proceso constituyente nacido de ellas afectaron a la burocracia estatal o a la burguesía. Un partido nacido del franquismo, la UCD, capitaneó el proceso de "transición" –o pactó la "reforma"–, en suma, el devenir democrático de la dictadura, auxiliado por la oposición: ese fue el "contrato social" de la democracia española. El advenimiento de la "democracia" –las elecciones municipales, las dos cámaras, el sindicalismo de concertación, los Pactos de la Moncloa, la constitución, los estatutos de autonomía– fue una siniestra comedia que tuvo como precio la liquidación de la democracia socialista esbozada por los trabajadores. Se representó cuando el sistema parlamentario en el mundo no subsistía más que como caricatura. El parlamentarismo español tuvo todas las miserias de los demás y ninguna de sus glorias. Todos los partidos eran partidos del orden burgués. Votar significó en su primer momento enfermar voluntariamente de amnesia y colaborar en la farsa, legitimarla, ensuciarse con la sangre de los muertos que hasta el final acompañaron al franquismo. El anarquismo necesitaba una revisión a fondo de su experiencia si quería jugar un papel en aquellas fechas cruciales. Al no hacerlo, no pudo renovar su crítica, ni concretar una táctica, y no influyó en los acontecimientos. Acabó sin enterarse de nada, convertido en una ideología autista y contemplativa, apoyada en un relato sin contradicciones de un pasado histórico mutilado. Los efectos fueron paralizadores.

La transformación de la clase obrera en masa desclasada acabó con la posibilidad de que ella misma pudiera alzarse como representante del interés general y encarnar la voluntad popular en las formas de la democracia directa que había conseguido poner en pie en las fábricas y en los barrios. El reino indiscutible del capital transformó en poco tiempo la sociedad gracias a un desarrollo acelerado de la tecnología. Las características propias de las masas, como la atomización, la movilidad frenética, el consumismo y el confinamiento en la vida privada, se acentuaron en la sociedad tecnológica, eliminando los restos de sociabilidad y potenciando el control social totalitario. Al ganar preponderancia el mercado mundial sobre los Estados, los parlamentos perdieron el escaso poder que conservaban. Ni siquiera servían para formular el interés específico de la clase dominante; este se formaba directamente en las instituciones mundiales del mercado capitalista. La mayoría parlamentaria de tal o cual partido podía introducir cambios en el espectáculo político pero en absoluto esos cambios afectaban al poder real. Los aspectos técnicos del parlamentarismo –la campaña, el recuento de papeletas, los debates televisivos, las votaciones en las cámaras, las mociones, las comisiones, etc.– habían sido conservados, pero lo que progresaba era el monólogo de la dominación, la tecno-vigilancia, la erosión del derecho, la criminalización de la disidencia y la población carcelaria. En ese momento se cerraba un ciclo: los partidos dejaban de representar opciones distintas del mismo orden para no representar más que intereses particulares y de particulares, lo que bastaría para explicar la extensión del fenómeno de la corrupción política. Por su parte, el sistema parlamentario dejaba de diferenciarse de la dictadura fascista. Fascismo todo lo suave que se quiera, fascismo tecnológico, pero fascismo. En la etapa globalizadora las libertades aparentes poco a poco se ahogan en un estado de excepción y el Estado tecno-democrático se dirige hacia el Estado penal. La política del año 2000 es la del "panóptico" de Bentham o la del "Big brother", el Gran Hermano del que hablaba Orwell. En estas circunstancias la abstención es mero reflejo de la dignidad de los oprimidos. Las razones tácticas del tipo "para que no gane la derecha" no retrasan la marcha del totalitarismo, o como siempre se ha dicho, del "fascismo", sino que contribuyen a ella. Tal como estamos ahora, cuando dicen "ciudadano" hay que entender "fascista", pues quien cree en las instituciones, confía en el nuevo totalitarismo. La ciudadanía satisfecha es la base del fascismo moderno. No hay derecha ni izquierda porque no hay política. Los asuntos del poder se dirimen en otra parte, son extraparlamentarios. La lucha social también ha de serlo.

Aquellos núcleos de discusión que sobreviven o se organizan tienen sobre sus espaldas la misión de reconstruir retazos de vida pública y de democracia directa dentro de una sociedad masificada que no sean efímeros experimentos. Y a partir de ellos forjar opiniones, discutir, informar, instruir, en fin, enlazar con la memoria olvidada y las tradiciones perdidas de lucha. Es el bagaje con el que se habrán de enfrentar a la clase dominante y a su totalitarismo tecnófilo. Han de saber interpretar las cuestiones tecnológicas como problemas políticos y sociales de la mayor magnitud, pues luchan contra un régimen totalitario fascista con ropaje liberal y en los sistemas de esa clase las verdaderas cuestiones salen a escena como si fueran problemas técnicos. "La tecnología es el futuro", dicen los siervos. El anarquismo, si sabe escapar a las trampas de la ideología, será el instrumento teórico más adecuado para forjar una crítica radical de la sociedad, porque es el único ideario que ha insistido en la democracia directa como fórmula emancipatoria. Mientras que las teorías comunistas han puesto en acento en la igualdad como condición necesaria de la libertad humana, sin que la travesía por fases autoritarias las afectara, en cambio, el anarquismo ha proclamado que sin libertad no puede haber igualdad, y por consiguiente, el camino de la emancipación ha de estar fecundado por ella.

23 abril, 2013

Una casta política incompetente y corrupta

Traducción de un artículo publicado en varios periódicos económicos alemanes, por Stefanie Claudia Müller(*), su corresponsal en España.

En Alemania crece la critica contra la supuesta "mentalidad de fiesta" de los españoles; en España los medios cada vez son más negativos con la supuesta dureza de la canciller Merkel. Pensamos que la situación es mucho más compleja de lo que presentan ambos gobiernos y la mayoría de los medios. España no es Grecia, pero España puede ser un paciente crónico si Alemania, junto con Europa, no contribuye a solucionar sus verdaderos problemas.
España no debería recibir más dinero sin que se cambie a fondo el sistema político y económico, hoy en manos de una oligarquía política aliada con la oligarquía económica y financiera, y sin que se aumente la participación ciudadana real en las decisiones políticas. Para no perpetuar la crisis y endeudar a los españoles durante generaciones, el Gobierno español debe reformar a fondo la administración de las comunidades autónomas y los ayuntamientos, en su mayoría en bancarrota y completamente fuera de control, sometiendo a referéndum el modelo de Estado.
Este tema es la clave del futuro de España, porque las regiones, ayuntamientos y diputaciones son los responsables de los dos tercios del gasto público ―234.000 millones frente a 118.000 el Estado en 2011―, excluyendo la Seguridad Social ―23.000 millones―, y este gasto se realiza en condiciones de descontrol, despilfarro y corrupción totalmente inaceptables. Las razones verdaderas de la crisis del país, en consonancia con lo dicho, nada tienen que ver con salarios demasiado altos ―un 60 % de la población ocupada gana menos de 1.000 euros/mes―, pensiones demasiado altas ―la pensión media es de 785 euros, el 63% de la media de la UE15― o pocas horas de trabajo, como se ha trasmitido a veces desde Alemania. A España tampoco le falta talento, ni capacidad empresarial ni creatividad. Tiene grandes pensadores, creativos, ingenieros, médicos excelentes y gestores de primer nivel.
La razón de la enfermedad de España es un modelo de Estado inviable, fuente de todo nepotismo y de toda corrupción, impuesto por una oligarquía de partidos en connivencia con las oligarquías financiera y económica, y con el poder judicial y los organismos de control a su servicio. En España no existe separación de poderes, ni independencia del poder judicial, ni los diputados representan a los ciudadanos, solo a los partidos que los ponen en una lista. Todo esto lleva también a una economía sumergida que llega al 20% del PIB y que frena la competencia, la eficacia y el desarrollo del país. Además, detrae recursos con los que podrían financiarse educación y sanidad.
Las ayudas para España, igual que para otros posible candidatos de rescates, no deben ir a bancos ya casi en bancarrota y fuertemente politizados. En la CAM, el Gobierno ha comprometido 16.000 millones de dinero público en lugar de cerrarla; en Bankia, 23.000 millones, y el Ejecutivo acaba de darle 5.000 millones urgentemente para cubrir pérdidas en vez de cerrarla, y además de forma tan extraña que despierta todo tipo de recelos. ¿Por qué se ha utilizado el dinero de los españoles (FROB) en vez de esperar los fondos de la UE? Es lícito suponer que la razón es la siguiente: los bancos no quieren que la UE investigue sus cuentas.
Control estricto y duras condiciones. Ya el caso de Grecia ha demostrado que las ayudas europeas tienen que estar vinculadas a un control estricto y condiciones duras. Esas condiciones no pueden solamente representar recortes sociales o subidas brutales de impuestos, como hace ahora el Gobierno de Mariano Rajoy con la excusa de Europa. Se tiene que cambiar más en España que cortar gasto social, que de todos modos es mucho más bajo que en Alemania, y hay otros gastos infinitamente más relevantes que se pueden eliminar. Además, los casos de corrupción resultan tan escandalosos, incluso en el propio Gobierno, que uno solo puede llegar a una conclusión: el dinero de Europa no puede ser manejado por personas tan increíblemente venales.

No puede permitirse por más tiempo este nivel de corrupción, y menos aún a 17 regiones funcionando como estados independientes, con todos los organismos multiplicados por 17, desde 17 servicios meteorológicos a 17 defensores del pueblo, con 200 embajadas, 50 canales de TV regionales en pérdida, 30.000 coches oficiales o 4.000 empresas públicas que emplean a 520.000 personas, creadas específicamente para ocultar deuda y colocar a familiares y amigos sin control ni fiscalización alguna. En conjunto, unos 120.000 millones, equivalentes al 11,4% del PIB, se despilfarran anualmente en un sistema de nepotismo, corrupción y falta de transparencia.
Y con esto se tiene que acabar, entre otras cosas, porque ya no hay dinero. Los últimos datos de las cuentas públicas conocidos la pasada semana son escalofriantes. El déficit del Estado a julio ascendió al 4,62% del PIB, frente a un déficit del 3,5% comprometido con la UE para todo el año (del 6,3% incluyendo regiones y ayuntamientos). Pero lo realmente inaudito es que España está gastando el doble de lo que ingresa. 101.000 millones de gasto a julio frente a 52.000 millones de ingresos, y precisamente para poder financiar el despilfarro de regiones y ayuntamientos, que no están en absoluto comprometidos con la consolidación fiscal.
El tema del déficit público es algo que roza la ciencia ficción, y que ilustra perfectamente la credibilidad de los dos últimos gobiernos de España. En noviembre de 2011, el Gobierno dijo que el déficit público era del 6% del PIB; a finales de diciembre, el nuevo Gobierno dijo que le habían engañado y que el déficit era superior al 8%, y que se tomaba tres meses para calcularlo con toda precisión. A finales de marzo, se dijo que definitivamente era del 8,5%, y ésta fue la cifra que se envió a Bruselas. Dos semanas después, la Comunidad de Madrid dijo que sus cifras eran erróneas y el Ayuntamiento de la capital igual… el déficit era ya del 8,7%.
Sin embargo, la semana pasada el INE dijo que el PIB de 2011 estaba sobrevalorado y, con la nueva cifra, el déficit era del 9,1%; dos días después, Valencia dijo que su déficit era de 3.000 millones más; o sea, que estamos en el 9,4% y las otras 15 CCAA y 8.120 ayuntamientos aún no han corregido sus cifras de 2011. Lo único que sabemos es que están todas infravaloradas. El déficit real de 2011 puede estar por encima del 11%, y en 2012 se esta gastando el doble de lo que se ingresa. Como dice el Gobierno de Rajoy, “estamos en la senda de convergencia”. Y es verdad… de convergencia hacia Grecia.
Claramente, la joven democracia española tiene todavía muchos déficits de representatividad y de democracia que deberían interesar a la canciller Merkel y también a Europa, si queremos evitar una Grecia multiplicada por cinco y salvar el euro. Esto es lo que ha hecho posible el despilfarro masivo de las ayudas europeas, con una asignación disparatada de las mismas, a pesar de que estas ayudas han supuesto una cifra mayor que la del Plan Marshall para toda Europa.
Es frustrante que a causa de este sistema oligárquico nepotista y corrupto se destroce talento y creatividad y que ahora muchos jóvenes se vean forzados a trabajar fuera, muchos en Alemania. Esa situación nos ha llevado a una distribución de riqueza que es de las más injustas de la OECD. La antaño fuerte clase media española está siendo literalmente aniquilada.
Resumiendo: no es una falta de voluntad de trabajo, como se piensa tal vez en algunos países del norte de Europa, lo que hace que España sufra la peor crisis económica de su Historia. Es un sistema corrupto e ineficiente. La crítica del Gobierno alemán y sus condiciones para un rescate de España se deberían concentrar en la solución de esos problemas. En caso contrario, solo conseguirán que una casta política incompetente y corrupta arruine a la nación para varias generaciones.

*Stefanie Claudia Müller es corresponsal alemana en Madrid y economista

18 abril, 2013

TERRORISMO


Todos los días y en todas partes se producen atroces atentados contra la humanidad, pero los terroristas que los perpetran controlan los medios de comunicación...

17 abril, 2013

¡ AL FUEGO !


Stanislav Plutenko - " ¡Al fuego! "

CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE ALBATERA

73 años del cierre del recinto, emblema de la represión y genocidio franquista donde fueron exterminados, asesinados cientos de personas que lucharon por la libertad y contra un monstruo llamado Francisco Franco y una iglesia que justificaba esos cientos y cientos de asesinatos.

Antes de Auschwitz


Los curiosos apenas encontrarán una losa conmemorativa colocada allí por la Confederación Nacional del Trabajo (CNT-AIT) y la Federación Anarquista Ibérica (FAI) organizaciones Anarquista y Anarco sindicalista, organizaciones hermanas y que ambas luchan por la igualdad y el respeto de los trabajadores. Un testimonio humilde, localizado en un saladar jalonado de cañaverales, en el perímetro aproximado del campo de concentración franquista de Albatera, en Alicante, uno de los centros de represión más sanguinarios de entre los 188 habilitados en toda España tras la Guerra Civil. El campo fue desmantelado en octubre de 1939, hace setenta y tres años. Y sus huellas físicas borradas a conciencia. Pero los testimonios orales lo convirtieron, junto con el célebre campo de Los Almendros, en un referente en tierras alicantinas de la represión franquista. Enrique Gil Hernández (Albacete, 1975), arqueólogo de la Universidad de Alicante especializado en la Guerra Civil, lleva tiempo investigando y reconstruyendo las condiciones del campo de Albatera.

“Hubo fosas comunes derivadas de fusilamientos masivos", cuenta Gil:

“Se han hecho muchos estudios sobre el campo a través de los testimonios de los supervivientes. Es un tema recurrente. Pero la novedad es acercarse a través de una fuente hasta ahora ignorada, los restos materiales”, explica Gil Hernández, quien espera poder acabar su investigación antes de finales de año. “El problema de este enfoque es que el campo ya no existe. Conocemos una zona, a grandes rasgos, pero no hay nada porque fue debidamente desmantelado y el propio espacio donde estuvo situado fue dividido para crear un nuevo asentamiento humano, San Isidro. Es como si no hubiera existido. Apenas quedó un casucho utilizado como cocina”, se lamenta. “Pero tenemos la suerte de que, al menos, existen los planos y podemos inferir su estructura”, añade, en referencia a la documentación encontrada en el archivo histórico de Salamanca.

El centro fue construido en 1937 por las autoridades republicanas, como campo de trabajo penitenciario, con una capacidad aproximada para 2.700 penados. Su ubicación, cercana al puerto de Alicante, escenario de los estertores del conflicto y frustrada vía de escape de miles de republicanos, se convirtió al acabar la guerra en un “espacio ideal para la concentración y posterior depuración del nuevo régimen dictatorial”. Hablar de cifras es complicado. No existe libro de entradas y salidas y la única referencia no oral es La Hoja Oficial de Alicante, que habla el 28 de abril de 1939 de “seis mil ochocientos rojos”. Gil Hernández piensa que la cifra llegaría a duplicarse. “Podemos hablar sin problemas de más de 12.000 personas en el momento álgido”, asegura, pero no da validez a las cifras de 15.000 a 20.000 internos manejadas a través de testimonios directos.

Respecto de las características físicas del campo, Gil Hernández define un espacio cercado por una doble alambrada, con edificios modulares de madera, dependencias para los guardas, barracones con literas, cocinas, almacenes, celdas de castigo y un hospital. Las condiciones de habitabilidad, aceptables durante la República, se convierten en un infierno con la autoridad franquista. La sobresaturación, de hecho, lleva a la construcción de un segundo grupo de instalaciones, conocido popularmente como el Campo Chico. Una existencia difícil de concebir. Al hacinamiento inhumano, agravado por el calor propio de la zona, las carestías nutricionales y de higiene, hay que sumar la angustia, el terror, las torturas y vejaciones y lo que Gil Hernández no duda en calificar como “exterminio”. “Hubo fosas comunes derivadas de fusilamientos masivos”, asegura, y aporta como prueba el descubrimiento en huertos y jardines de la zona de abundantes restos óseos en una zona que no fue habitada hasta 1957. Otros no murieron allí. “La función del campo es controlar y clasificar y los presos van saliendo. Se hacen ruedas de reconocimiento y se producen peregrinaciones de autoridades falangistas desde todos los puntos de España para reconocer gente y llevársela para ajusticiarla en su pueblo de procedencia”, explica. También se tiene constancia de que a cada fuga se contestaba con la eliminación del recluso anterior y posterior de la lista. El espanto fue desmantelado. Pero no arrojado al olvido absoluto.

Antes de Auschwitz

El campo de Albatera fue diseñado siguiendo los modelos de los campos generados por lo que Gil Hernández denomina “las nuevas guerras” de la era industrial, la Guerra Civil Norteamericana (Andersonville tiene el dudoso honor de los precursores) o la I Guerra Mundial. Instalaciones ordenadas, con la función de concentrar y clasificar gente y con el rasgo común de la proximidad al ferrocarril, a modo de “gran cinta transportadora”, según la inquietante comparación del arqueólogo. Albatera cumple esas condiciones. Pero existen también paralelismos escalofriantes con Auschwitz, el horror en mayúsculas, el icono de la barbarie nazi. “No digo que los alemanes tomaran nota, pero el precedente de Albatera, que no era un campo de exterminio pero en el que se exterminó a gente, presenta muchas similitudes”, anota. Y advierte: “La reflexión final es que en España hubo una represión muy dura aunque se pretenda correr un velo para no hablar con propiedad de las cosas”.

Xavier Aliaga - Valencia, noviembre 23, 2012

Fuente: 

10 abril, 2013

EL AGOTAMIENTO IDEOLÓGICO

Capítulo extraído del ensayo de Claude Bitot:
Investigación sobre el capitalismo llamado triunfante.
Título original: Enquête sur le capitalisme dit triomphant
Traductor: Emilio Madrid Expósito
Ediciones Espartaco Internacional


V
EL AGOTAMIENTO IDEOLÓGICO
Necesidad de un sistema de creencia colectivo
Toda sociedad de clases necesita un sistema de creencia colectivo que cimiente todas las clases y así las trascienda. Decimos bien sistema de “creencia”: no tiene nada que ver con una teoría, una ciencia o una filosofía; se trata de una idea, de una fe política que arrastra la adhesión de las masas y que se puede definir como una ideología.

Semejante sistema de creencia es absolutamente indispensable para una sociedad presa de divisiones, de tensiones, de choques entre las clases que revelan que los intereses no son los mismos. Para evitar que todo esto estalle en conflictos violentos, en luchas de clases que desestabilizarían la sociedad, se necesita que una ideología dominante se imponga y acabe por incorporar todas las clases a su carro.

En el marco del capitalismo, la tarea de elaborar tal ideología recae muy naturalmente en la burguesía, es decir, en la clase que posee los medios de la producción “material” y, por tanto, los medios de la producción “espiritual”. (Marx-Engels, citados anteriormente, en la Ideología alemana). Dicho de otra manera, la burguesía debe convertirse en la clase que dirija ideológicamente la sociedad y no se contente con entregarse a sus ocupaciones económicas y comerciales. A este nivel, es necesario que asuma sus responsabilidades, si no, revela que todavía está inmadura para dirigir la sociedad o bien que en lo sucesivo es una clase agotada y decadente.

Para la clase dominante en la que recae la producción de tal ideología el fin de la operación es llegar a presentar su interés particular como si fuese el interés general de la sociedad. Así “el Estado”, o bien la “Nación”, que serían reputados encarnar y defender este “interés general”. Más aún, tal ideología debe ser capaz de arrastrar la adhesión suficientemente fuerte de la sociedad, es decir, un sistema de creencia capaz de provocar un “ímpetu”, un “entusiasmo”, como el “patriótico” con ocasión de una declaración de guerra, o bien el “republicano” en una crisis social grave.

Históricamente, la ideología dominante revistió formas variables, según los países, y se impuso siguiendo un proceso más o menos complejo. Así en Alemania durante mucho tiempo –hasta 1918 – la burguesía poco madura políticamente abandonó su papel ideológico en manos de la aristocracia terrateniente y de su casta militar que, a su vez, produjeron una ideología supernacionalista, arrogante y conquistadora.

En Inglaterra la burguesía hizo un compromiso con la aristocracia de los lores; de ello resultó una ideología mitad y mitad, una especie de ideología nacional liberal teñida de monarquismo.

En Francia la ideología dominante burguesa no se impuso verdaderamente más que después de 1871. Fue la Nación confundida con la República. Antes de esta fecha la idea de nación no era una idea burguesa, sino más bien revolucionaria: hasta la Comuna de 1871 la patria fue reivindicada por los revolucionarios extremos tipo blanquistas u otros, pues Francia era para ellos “la patria de la revolución”, el país que había hecho la Revolución en 1789-94, la había vuelto a comenzar en 1830, 1848, 1871 y que de este modo mostraba a todos los demás países el camino a seguir. Un tal nacionalismo revolucionario se corroboró todavía con la Comuna de París cuando ésta, aun enarbolando la bandera roja, decretó la “patria en peligro”; con ello manifestaba a la burguesía, tras la vergonzosa capitulación de Sedan (2 de septiembre de 1870), que ésta había traicionado a la nación y que en adelante ya no le pertenecía, era al “pueblo trabajador” al que volvía. Después de 1871 todo se modificó, la burguesía recuperó en su favor la idea de nación consiguiendo hacer creer que pertenecía a todas las clases. Tuvo éxito más allá de lo esperado cuando en 1914 el pueblo, es decir, todas las clases, marchó alegremente a “defender la patria” y consintió durante 4 años sacrificios inauditos en favor de esta causa. Al hacer esto, la burguesía había conseguido soldar todas las clases, “agrupar a todos los franceses”, para hablar su lenguaje. El socialismo, que se presentaba como internacionalista, registró entonces una cruel derrota. Más tarde el gaullismo, entre 1945 y 1968 (ayudado por el partido estalinista francés, que se presentaba como “el heredero” de la tradición revolucionaria entre 1789 y 1871 y que mezclaba de esta manera la bandera roja con la tricolor), recogió esa antorcha nacionalista, aunque “en un tono atenuado y algo grandilocuente”.

Pero hoy, ¿qué hay de la ideología burguesa dominante?

El derrumbamiento de las creencias políticas
Si se observa el mundo de las sociedades capitalistas llamadas avanzadas, un hecho evidente se impone hoy: en este mundo ya no hay pasiones colectivas, ni grandes concentraciones políticas, ni sistema de convicción capaz de arrastrar la adhesión de las muchedumbres, de provocar el entusiasmo y de suscitar la esperanza. Desde el punto de vista ideológico es un mundo sombrío y desierto el que se ha instaurado. Únicamente las manifestaciones deportivas, a veces, llegan a provocar un arrebato colectivo pero que vuelve a caer pronto, no siendo esto más que espectáculo.
Se podrá hacer observar que la vida política, los debates que suscita, ahora se desarrollan en la pequeña pantalla y que las masas modernas ya no tienen por eso que desplazarse y reunirse para ir a escuchar a sus líderes políticos, al tenerlos directamente a la vista mientras están sentadas ante sus televisores. Los politicastros de todo pelaje lo saben. Por eso se les ve sin cesar en los platós de televisión para dar sus opiniones, respondiendo a las preguntas de los periodistas y otros “animadores” especializados. Queda por saber si tales emisiones interesan a mucha gente. Ni siquiera es necesario consultar las cuotas de audiencia, basta ver a qué hora tienen lugar estas emisiones políticas para darse cuenta inmediatamente que si tienen lugar tan a última hora de la noche es porque apenas tienen el favor del público, prefiriendo éste las emisiones de variedades o deportivas. En pocas palabras, la política-espectáculo en televisión ya no es taquillera.

Una constatación se impone: asistimos a una despolitización y a una des-ideologización casi generalizada. Las masas modernas se han hecho insensibles a todo lo que se refiere a la “cosa pública” y a los “debates de ideas”. Todo esto les fastidia profundamente y prefieren distraerse a escuchar a los politicastros, de los que, en cualquier caso, no tienen más que una pobre estima. Incluso durante las famosas discusiones “en el bar” se habla de cualquier otra cosa.

Pero vayamos más allá en la investigación. Si las masas se desvían así de la política, eso equivale a constatar que han dejado de estar bajo su influencia, que ya no es capaz de “hacerlas soñar” en “mañanas radiantes” y en “causas sagradas”. He ahí lo que resulta revelador. Un tal estado de hecho interpela en primer lugar a la ideología burguesa puesto que es ella la dominante en la sociedad; se ha vuelto incapaz de suscitar la adhesión activa de las muchedumbres, pues ha dejado de ilusionarlas; y de hecho, como hemos visto anteriormente, las ideas burguesas de “patria”, de “república”, de “democracia” están ya en caída libre.

Precisemos, no obstante. Las ilusiones concernientes a las ideas burguesas dominantes han caído, no porque las masas, al haber tomado conciencia de su carácter artificial las habrían obstaculizado oponiéndoles un rechazo; si hubiese sido así, habría habido una politización de los espíritus; se han desmoronado porque el capitalismo, entrado en su final de ciclo, ha hecho imposible su supervivencia: así la idea de nación, condenada con este capitalismo a un declive irremediable, o bien la idea de democracia, que se ve en adelante cortocircuitada por la “democracia de mercado”. Dicho de otra manera, el capitalismo, falto de ideología, ha acabado por destruir todas las ideologías, incluso las burguesas.

El agotamiento ideológico
Ciertamente, la burguesía intenta todavía engañar los espíritus, queriendo manipular las conciencias. Pero, ¿de qué está hecha su ideología en lo sucesivo? Veremos que ha perdido toda consistencia.

Para ilustrar esto, tomemos la idea de los “derechos del hombre”, de la que los medios y los politicastros de todo pelaje se han apoderado y con la que no dejan de calentarnos los oídos evocándola a cada paso. ¿Qué significa semejante diluvio de derechos del hombre”? En realidad, estos son, en el fondo, lo contrario de una ideología o creencia colectiva: son la Declaración de los derechos del hombre, egoísta e individualista, de la burguesía de 1789 cuya crítica hizo Marx en “La cuestión judía”; con ellos, lo que se valoriza es el hombre privado, el hombre de la propiedad privada. La burguesía del siglo XIX, al erigirse en clase que dirige ideológicamente la sociedad, tuvo mucho cuidado en poner sordina a tal Declaración burguesa-liberal-individualista. Hacía falta otra cosa para “agrupar a todos los franceses”: la Nación, la República... es decir, sujetos políticos que sugiriesen ideas de comunidad, de colectividad. Por esto subsiste hoy una fracción burguesa –muy minoritaria– que, rechazando los “derechos del hombre”, querría volver, aunque sin poder conseguirlo, y con razón, a la República de los Gambetta y de los Clemenceau, a la Escuela laica de Jules Ferry y, por supuesto, a la Nación “una e indivisible”...

Si la burguesía ha sacado del armario los “derechos del hombre”, es simplemente porque ya no dispone de un sistema de creencia colectivo; más aún, porque ha dejado incluso de comprender su necesidad. Prueba de ello, la energía que gasta desde hace ya cierto tiempo en combatir las antiguas ideologías que tuvieron curso en el siglo XX y que llama los “totalitarismos” (el fascismo, el comunismo, que ella asimila al estalinismo, pero poco importa); “totalitarismos” con los que, dicho sea de paso, guisoteó en el pasado, habiendo simpatizado con el hitlerismo (“Más vale Hitler que el Frente Popular”, rugía la burguesía francesa en 1936) o bien habiéndose aliado sin ninguna vergüenza con el estalinismo, como hicieron las burguesías americana e inglesa en la segunda guerra mundial a partir de 1941; lo que equivale a la poca seriedad y coherencia que entraña este género de críticas a los “totalitarismos”; pero para la burguesía actual poco importa, la condena atronadora e insistente del fascismo y del “comunismo” no tiene más que un solo objetivo: encontrar una justificación tranquilizadora a la ausencia de toda creencia colectiva, sirviendo de cómodo repelente los “totalitarismos” en cuestión.

En realidad, la ideología burguesa dominante ha llegado a ser tan poco consistente que ya no es más que una letanía moralizadora: un magma de ideas fofas, “tolerantes”, de causas de buen tono (las “causas humanitarias”) que “conmueven” mucho, pero que no movilizan políticamente a nadie. Es el pensamiento cero en toda la línea o, si se prefiere, lo “políticamente correcto”.

Sólo hay la economía donde la burguesía no bromea. Pero ahí opera sin ideología ninguna. Sólo obedece a las leyes del capital, a las exigencias del mercado, a la dura necesidad de la rentabilidad, no dudando el patrón más humanista en despedir implacablemente si es necesario, mientras que las multinacionales no tienen ningún escrúpulo en utilizar el trabajo forzado de los niños. En eso da pruebas de tal firmeza que se vuelve ciega en lo concerniente a la solidez y durabilidad de su sistema de dominación. De este modo, he aquí lo que se podía leer en Le Monde del 12/11/99 bajo la pluma de uno de sus intelectuales, R. Redeker, profesor de filosofía y miembro del comité de redacción de la revista “Les Temps Modernes”.

“¿Cómo vivir sin lo desconocido ante uno?”, preguntaba René Char. Ya no tenemos “lo desconocido” ante nosotros. Todas las perspectivas se han cerrado, llevadas a la reiteración indefinida del capitalismo. La muerte del comunismo va acompañada por un retraimiento del alma humana: ya no hay horizonte para las sociedades. De ello resulta un duelo, una glaciación de la esperanza: el hombre condenado a permanecer tal como es (la historia no dará a luz al hombre nuevo), las sociedades condenadas al capitalismo, a la propiedad privada, a ‘la privatización del individuo’ (por emplear el vocabulario de Castoriadis). El hombre contemporáneo tiene frío: la muerte del comunismo lo deja desolado ante la ausencia de futuro”.

Lo que hay de remarcable en este pasaje no es la desolación que parece embargar al autor en lo concerniente a la ausencia de alternativa al capitalismo con lo que él llama “la muerte del comunismo” (¿desolado por la muerte del estalinismo? ¡Pero dejémoslo con esta muerte de un comunismo que jamás ha existido!); es el pavor que lo embarga al pensar que el capitalismo es eterno, estando condenada la humanidad para el resto de sus días a sufrir la impronta de tal sistema. Ahí tenemos la última ilusión de la burguesía, por más que sea de izquierdas y escriba en “Les Temps Modernes”. Hoy ya no cree ideológicamente en gran cosa; reconoce incluso, como acabamos de leer, que su sistema no es muy regocijante, pero, añade, es indestructible, invencible. Esto continúa creyéndolo a pies juntillas. Lo que equivale a imaginarse que el capitalismo podría durar indefinidamente sin un sistema de creencia colectivo capaz de dar sentido a la existencia y, por tanto, resistir las pruebas y remontar los obstáculos. Pura ilusión, en efecto, pues precisamente es esto lo que les falta a las sociedades capitalistas actuales. Claro está, que el capitalismo es inmensamente triste y doloroso si no va acompañado de una ideología fuerte capaz de sublimarlo en la “Patria”, la “República” y otros ideales. A partir del momento en que llegue una crisis “tipo 29” u otra, ¿qué pasará? Las sociedades capitalistas actuales, a la vista de su ausencia total de razón ideológica de existir, cederán y se hundirán al primer golpe, y se producirá la gran desbandada, siendo las “élites” las primeras en dar ejemplo. Por lo demás, es lo que ya ha ocurrido recientemente en el Este: cuando el bloqueo económico fue tal, se vio al antiguo sistema llamado comunista, al que se creía indestructible desde el interior por su “totalitarismo”, hundirse en un instante, al habérsele acabado la cuerda ideológicamente al seudo-comunismo, es decir, el sistema de convicción colectivo en curso y que lo había sostenido hasta entonces. Un tal agotamiento ideológico está igualmente teniendo lugar en las sociedades capitalistas occidentales y, una vez llegada la crisis, nos daremos cuenta de que todo se sostenía ideológicamente nada más que por un hilo. Una sociedad de clases no vive impunemente felicitándose del “final de las ideologías”.

09 abril, 2013

LA DECADENCIA DE LA DEMOCRACIA BURGUESA

Capítulo extraído del ensayo de Claude Bitot:
Investigación sobre el capitalismo llamado triunfante.
Título original: Enquête sur le capitalisme dit triomphant
Traductor: Emilio Madrid Expósito
Primera edición en español: Julio de 2002
Ediciones Espartaco Internacional


II
LA DECADENCIA DE LA DEMOCRACIA BURGUESA

Breve evocación
Por democracia en régimen capitalista no hay que entender “el gobierno del pueblo”, como su sentido etimológico podría hacer creer. Ciertamente, el poder político parece salido del pueblo, puesto que es él el que con sus sufragios designa a sus representantes en el parlamento. Pero es olvidar que el pueblo está dividido en clases y que en una sociedad de clases, “los pensamientos de la clase dominante son también, en todas las épocas, los pensamientos dominantes, o dicho de otra manera, la clase que es la potencia material dominante de la sociedad, es también la potencia dominante espiritual. La clase que dispone de los medios de la producción material dispone, al mismo tiempo, de los medios de la producción intelectual, de suerte que, lo uno conlleva lo otro, los pensamientos de aquellos a los que se les niegan los medios de la producción intelectual, están sometidos por eso mismo a esta clase dominante” (Marx-Engels, “la Ideología alemana”). Por consiguiente, se podrá hacer votar a las clases dominadas tanto como se quiera, que la burguesía, es decir, la clase que en la sociedad capitalista dispone del poder material y espiritual, sabiendo por adelantado que las opiniones de las clases dominadas le estarán sometidas, estará siempre segura de que las elecciones, por tanto, el poder político, irán siempre en su dirección. Una tal democracia no es, pues, más que formalmente “el gobierno del pueblo”; en su contenido es burguesa.
Las “libertades públicas” que en una tal democracia han sido instituidas (de opinión, de expresión, de reunión, de asociación) son todas igualmente formales. Como la burguesía es la clase dominante que “dispone de los medios de la producción intelectual” (escuelas, universidades, prensa, radios, televisiones, casas editoriales), le es fácil evocar la “pluralidad de las opiniones”, que de hecho significa pluralidad de las opiniones burguesas, es decir, su difusión completa, con toda su diversidad y matices, a través de los grandes medios y bajo la batuta de toda una miríada de políticos, periodistas, intelectuales, mientras que las ideas contrarias a la sociedad burguesa, revolucionarias, se ven al mismo tiempo relegadas necesariamente a la marginación, pues no pertenecen a la clase dominante.
En cuanto al parlamento, su función esencial es permitir a las distintas fracciones de la burguesía hacer valer sus intereses específicos. Las diversas “sensibilidades” y otras “familias políticas” pueden así venir a debatir y votar las leyes que les convienen, lo que da lugar a toda suerte de maniobras y de retoques burdos. Ciertamente, en el hemiciclo hay una izquierda y una derecha, pero esto no significa que haya cara a cara dos fuerzas antagónicas, sino simplemente que existe un campo más conservador (“la derecha”) que el otro (“la izquierda”), queriendo este último hacer evolucionar algo la sociedad burguesa con ayuda de ciertas reformas, sin ponerla en tela de juicio evidentemente, a fin de consolidarla aún mejor.

De “la democracia social” a la “democracia de mercado”.
A este cuadro de la democracia burguesa que acabamos de bosquejar rápidamente, hay que aportar, no obstante, un cierto correctivo. En el marco del capitalismo moderno, especialmente a partir de los años 30, la democracia tomó un aspecto algo social. Después de la gran crisis de 1929 fue necesario, por razones de estabilidad social, tener un poco más en cuenta los intereses de las clases populares, sobre todo los de la clase obrera. El Estado se puso entonces a jugar un cierto papel redistributivo: por medio de los partidos de izquierda, pero no exclusivamente (así en Francia el partido de derecha gaullista después de 1945), la clase burguesa consintió ciertas reformas, tales como la protección social, las vacaciones pagadas, las jubilaciones, etc. Esto tuvo por efecto redorar el blasón de la democracia burguesa, que había sido algo empañado durante los años 30. A partir de entonces, las “políticas” socialdemócrata o democristiana (como en Alemania con “la economía social de mercado”) encontraron su realización.
Ahora bien, son precisamente estas “políticas” las que vacilan ya. Atenazado por la caída de su tasa media de ganancia, el capital emplea en lo sucesivo toda su energía en restaurar algo esa tasa. Por eso, cada vez acepta menos ser puncionado por estas “políticas” como ocurría antes a través del famoso “Estado-providencia”. A grito limpio reclama menos impuestos y cargas que pesen sobre las empresas. De golpe, los gobiernos se ven obligados a revisar a la baja sus políticas presupuestaria, fiscal, social. Y si por casualidad se le ocurre ir aunque sólo sea un poco en contra de los intereses del capital –“de los mercados”– éste presiona agitando el espectro de la huida de los capitales o bien el de las deslocalizaciones, o desplazamientos de empresas, “mundialización” obliga...

“La política de Francia no se decide en la Bolsa”, se vanagloriaba en otros tiempos De Gaulle. Hoy, semejante jactancia es totalmente incongruente. A guisa de “política”, todo se resume en saber cómo van a reaccionar “los mercados”.
Evidentemente, los gobiernos intentan todavía dar el pego. Como, por ejemplo, el primer ministro L. Jospin que acaba de decir: “sí a la economía de mercado, no a la sociedad de mercado”. Esto forma parte de lo mejorcito del charlatanismo, pero qué importa, si, sobre todo, no hay que desesperar a la Bolsa, tampoco hay que desesperar completamente a los electores... Dicho esto, se plantea una cuestión: si los gobiernos ven que su margen de maniobra política se encoge como la piel de zapa, si están incesantemente bajo la vigilancia “de los mercados”, si están obligados a rendirles cuentas por la menor de sus decisiones, ¿quién gobierna realmente?
En un ensayo titulado “la izquierda imaginaria y el nuevo capitalismo” (edición B. Grasset, 1999), dos periodistas, G. Desportes y L. Mauduit, uno en Libération, el otro en Le Monde, tienen el mérito, a pesar de sus lloriqueos sobre la “decadencia de la política” y “la pérdida de los valores republicanos”, de levantar una punta del velo: “Cada cual adivina entonces que, en esta partida que se juega (de hecho, ¡ya está jugada!) entre los mercados y el poder público, se perfila en última instancia una cuestión decisiva: ¿Quién dirige el país?¿Es aún el gobierno? O, a la cabeza de gigantescos conglomerados, ¿esos verdaderos “jefes de Estado privados”, según la expresión del economista Jean-Paul Fitoussi?”. He aquí que hemos llegado de lleno a eso que se llama, para utilizar el argot actual, “la democracia de mercado”, compuesta por magnates de las finanzas, los banqueros, jugadores de bolsa, especuladores, PDG (Presidente Director General) de las multinacionales y otros “jefes de Estado privados”: todo este bello mundo discute, sopesa, especula para saber lo que conviene hacer o dejar de hacer y después dicta a los “políticos” la orientación que conviene tomar, aun cuando estos últimos todavía fingen estar ahí para algo. “El gobierno moderno no es más que un comité que gestiona los asuntos de la burguesía”, escribía el Manifiesto comunista; con la “democracia de marcado”, el capital, tomando cada vez más directamente las cosas en sus manos ¡llega casi a prescindir de sus “gerentes”!
De una tal situación resulta un concierto de lamentaciones. Toda clase de buenas almas, imaginándose que podría ser de otro modo, suben a la tronera para denunciar esta “impotencia de los políticos”, su “capitulación ante las potencias del dinero” y su falta de “voluntarismo”.
Mientras tanto, si se echa un vistazo a los sondeos, estos apenas son tranquilizadores para los políticos. Como el de la Sofres aparecido en Le Monde del 18/11/99, que lleva por título: “La desconfianza de los franceses hacia los políticos sigue siendo muy profunda”. Un tal sondeo, “alarmante”, nos muestra que “el rechazo de la política es masivo” pues el 57 % de los preguntados muestran hacia esta última “desconfianza”, el 27 %, “fastidio”, el 20 %, “repugnancia”, contra sólo un 26 % que responden a “la esperanza”, 20 % “al interés” y 7 % “al respeto”. Evidentemente no es más que un sondeo, pero aun así son mucha gente los que tienen un juicio negativo sobre la política y los políticos.
A partir de ahí, viéndose los gobiernos cada vez más reducidos a jugar el papel de títeres en la escena, en la que los verdaderos actores están entre bastidores, soplándoles su sempiterno “pensamiento único”, mientras que a aquellos les toca el papel de entretener a la galería, el público se cansa, como acabamos de ver, hasta el punto de que un tal cansancio se traduce en lo que los expertos politólogos llaman un “déficit democrático”. Veamos de qué se trata.
El “déficit democrático” o la decadencia de la democracia burguesa Semejante “déficit”se traduce en primer lugar en el ascenso del abstencionismo. Incluso si en Francia las elecciones presidenciales todavía despiertan el interés, no se puede decir lo mismo de las legislativas (no hablemos de las europeas, que fracasan estrepitosamente, siendo la tasa de abstención, en junio de 1999, superior al 50 %, mientras que en Alemania y en Inglaterra alcanzaba las cifras astronómicas del 70 y 80 %): mientras que la tasa media de abstención entre 1958 y 1978 era del 20 %, en las elecciones legislativas de 1993 era del 34,7 % de los electores inscritos, habiendo 12 millones que se abstuvieron o bien votaron nulo (1,4 millones). En las últimas legislativas de 1997, esta tendencia al alza se ha confirmado.
No obstante, hay que aportar una precisión. En Francia la tasa de abstención se calcula sobre el número de los electores inscritos en las listas electorales, pero como el número de los no inscritos ronda el 10 %, se llega a una tasa de abstención real próxima al 50 % si se añaden las papeletas nulas. Entonces se puede medir en su justo valor el porcentaje de los partidos: así, el que obtiene el 25 % de los votantes (lo que en las condiciones actuales es una cifra muy respetable), en realidad no representa más que el 12,5 % del cuerpo electoral en edad de votar; esto da una idea del grado de representatividad de los otros partidos que consiguen el 10 % o menos de los votantes... Los americanos, más lógicamente, calculan la tasa de abstención a partir del cuerpo electoral en edad de votar. Pero tampoco obtienen mejores resultados. Mientras que tal tasa, en los años 60, era del 40 % aproximadamente, hoy supera alegremente el 50 %. Dicho de otro modo, en “la democracia más grande del mundo”, ya no es más que una minoría la que vota...
Las tasas de abstención no son más que medias nacionales, con todas las clases mezcladas. Pero si se observa el abstencionismo según las diversas categorías “socioprofesionales”, para hablar como el Insee (Instituto Nacional de Estadística y Economía), está claro que cuanto más pobre se es, más se abstiene uno; de un modo general, la tasa de abstención es más elevada entre los obreros y los pequeños empleados que entre los cuadros de las clases medias; y puesto que evocamos el abstencionismo entre la clase obrera, no está menos claro que éste sería aún más elevado cuando se sabe que en 1995 el 27 % de los obreros votaban por el Frente nacional de Le Pen, es decir, emitían una especie de voto de protesta “populista” contra el ambiente “políticamente correcto”.
Por tanto, si se cuantifica el “déficit democrático” en términos de abstencionismo electoral, se puede decir que éste, por ahora, es del orden del 50 %. ¡Un pobre resultado para sociedades que no dejan de airear su democracia al mundo entero!
Si ahora nos giramos hacia los partidos políticos, ¿qué se constata? Ya por el hecho de sus pocos adherentes se han visto obligados a hacerse financiar por el Estado, P. “C”. F. (Partido Comunista Francés) incluido. Pero ahí no está lo más grave: sean de izquierda o de derecha, están “en crisis de identidad”. Llanamente, ya no saben muy bien cuál es su razón de ser, al haberse desdibujado sus puntos de referencia. Pero, ¿cómo asombrarse de ello cuando se sabe que el verdadero poder está en otra parte, entre los “jefes de Estado privados” que, imponiendo su “pensamiento único”, se encargan de ponerlos en la misma longitud de onda, tanto si son de derecha como si son de izquierda, aunque finjan aún que se pelean?
Ahí igualmente una tal “crisis de identidad” de los partidos es más acusada en los que tenían una base popular importante. Así, en Francia, esta crisis afecta de lleno al partido de derecha gaullista (RPR) cuya profesión de fe era “el agrupamiento popular”. La adhesión de este partido a la Europa de Mastrique y su conversión al liberalismo, él, que en otros tiempos era más bien económicamente dirigista, no son extraños a esta pérdida de audiencia entre las capas populares. A la izquierda, si el Partido “socialista”, partido de las clases medias, no se desenvuelve demasiado mal electoralmente hablando, no ocurre lo mismo con el P. “C”. F., ex “partido de la clase obrera” cuyos adherentes se han derretido y cuyo número de electores se ha hundido, pasando de “20 % en 1975 a 8 % aproximadamente hoy. Ahí la “crisis de identidad” llega a su apogeo. Yendo de “mutación” en “mutación”, el jefe de tal partido, R. Hue, llega a declarar en una entrevista a la Tribune del 15/3/99, que “los comunistas no son enemigos del mercado”.
Nosotros queremos, en un movimiento de toda la sociedad, ponerlo al servicio de las necesidades humanas y al de la ganancia”. ¡No se sabe si reír o llorar! Entretanto, si ahora el “comunismo” es el “mercado” (mientras en otros tiempos, para este mismo partido, era las “nacionalizaciones” y “el Estado”, ¡pase!), tampoco sorprende nada que la clase obrera se haya desviado de tal partido, ¡sea refugiándose en el abstencionismo, sea yendo a votar a Le Pen, esto no les puede ir peor!
Así pues, tras los electores que no acuden al llamamiento, los partidos que están alicaídos. Sin embargo, se plantea una cuestión: ¿hasta dónde podrá llegar un tal “déficit democrático”, que traduce de hecho una decadencia de la democracia burguesa? No es demasiado aventurado pensar que nos dirigimos hacia una situación en la que sólo los burgueses, las clases medias superiores y otras capas protegidas tendrán todavía algunas razones para ir a votar y reconocerse en los partidos.
Para ellos, esto tendrá todavía un sentido en la medida en que estarán lo suficientemente en fase con el sistema. Cierto, aún no hemos llegado ahí, pero el camino está tomado. En suma, volveríamos a una democracia, evidentemente de hecho y no de derecho, cada vez más restringida u oligárquica, es decir, reservada a los privilegiados del capitalismo, un poco como ocurría en los tiempos de Guizot y de las “posibilidades”, cuando el sufragio era censatario y sólo las capas acomodadas podían votar y hacerse elegir. Y si no se estuviese satisfecho con semejante orden plutocrático, en lugar de decir como este mismo Guizot: “¡Enriqueceos!”, se dirá (se dice ya): “¡Sed un triunfador!”, lo que, uno con otro, es exactamente igual.

Una tal decadencia de la democracia burguesa a la que asistimos, y que no ha acabado de revelarse, se inscribe en el marco del capitalismo actual en final de ciclo: de igual manera que destruye la realidad de una economía que aún sería “nacional”, asimismo mina la realidad de una democracia que sería todavía “social”; pero al mismo tiempo las ilusiones que estaban ligadas a la democracia burguesa se desvanecen, abandonando las urnas una parte cada vez más grande de las masas, mientras que los partidos se ven desacreditados a los ojos de estas mismas masas.

07 abril, 2013

Tiempo y salud

por Loam

«¿Quién cojones disfruta de levantarse a las 6:30 por la alarma del reloj, salir de la cama, forzarse a comer, cagar, mear, limpiarse los dientes y el pelo, y pelear contra el tráfico para ir a un lugar donde básicamente vas a generar un montón de dinero a otra persona y encima sentirte afortunado por la oportunidad de hacerlo?»
Bukowski

He redordado esta cita de Bukowski mientras leía un artículo sobre medicina preventiva. Hete aquí otro eufemismo más, he pensado, destinado a cobrarnos las reparaciones de los daños previamente causados por el sistema mismo. Porque, ya está bien de cuentos, el hecho de que estemos avocados al chequeo preventivo prueba que la enfermedad “ya está ahí”, que es el sistema el que, primero la produce y luego la previene. Un negocio redondo para el Estado, para la industria sanitaria y para la farmacéutica: primero arrasan el monte y luego venden una falsa reforestación.

Es la salud, y solamente la salud la que hace innecesaria cualquier medicina, sea o no preventiva. De modo que, lo que debemos preservar y de lo que debemos prevenirnos es de no perder la salud. Pero para que ello sea posible hemos de vivir de otra manera y en condiciones radicalmente distintas a las que se nos imponen. Porque la mayor parte de las enfermedades y dolencias que hoy padecemos están provocadas por el propio sistema, por las insalubres, arbitrarias y abusivas condiciones impuestas por quienes dirigen la llamada economía de mercado, o como prefiráis denominar a este totalitario engendro de mierda en el que nos vemos obligados a trabajar para existir y a existir para trabajar, porque la vida, lo que se dice la vida y no la mera supervivencia, le está vetada a las tres cuartas partes de los habitantes de este planeta arrasado por la voracidad capitalista.

No vendrá solución alguna, ni tampoco la salud, de la mano del sistema, que impone sus normas reduciéndonos a mera mercancía. Recuperar la salud social, la salud común, la de todas y cada una de las personas, implica recuperar la libertad, rebelarse contra la anti-vida impuesta por un calendario mercantil y carcelario. Pero ello requiere, en principio, una atención de cada cual consigo mismo, con su mente y con su cuerpo, que es condición básica para la propia salud. Será cada cual quien determine libremente en qué consiste su propia salud y cómo quiere administrarla, pero dicha conciencia requiere, para empezar, disponer de tiempo, del propio tiempo, de un tiempo que nos es sistemáticamente expropiado desde el mismo momento en que nacemos.

«…vértigo de una sociedad donde el individuo parece hallarse en fuga permanente, donde el reloj de los de arriba nos marca el compás con el que, paso a paso, le vamos dando la espalda a un acontecer pleno, más humano, franco y horizontal, a un presente más nuestro». Juan Cruz López


El horario es el principal instrumento del dominio utilizado por éste para someternos a sus fines, para transformarnos en ejércitos de autómatas obedientes. Las personas que acuciadas por la supervivencia ni siquiera tienen tiempo para prestarse atención a sí mismas ¿cómo van a poder prestársela debidamente al medio en el que viven? Si acatamos el estricto horario dictado para cada una de nuestras acciones, ¿cómo vamos a saber quienes somos o quienes podríamos llegar a ser “realmente”? Hasta la conciencia de saberse esclavo exige una reflexión que sólo puede darse en un tiempo recuperado, liberado.

El sistema genera enfermos crónicos, creyentes integrados, autómatas enajenados de su propio tiempo, privados de sus propias e insustituibles fuentes de salud. Convertida en pura maquinaria productiva, en mera función, la persona “averiada” tiene que acudir forzosamente al taller sanitario, establecido no para sanar, sino para sub-sanar la dis-función que la hace improductiva, no rentable.
Cuando decimos “tómate tu tiempo”, invitamos al otro a actuar por sí mismo, a ser persona y no autómata. Pero, ¿no debiera ser innecesaria dicha invitación? ¿No debiera ser la practica natural y cotidiana “tomarse el propio tiempo”? ¿En qué otro tiempo podemos vivir y no meramente existir? ¿Qué otro tiempo, al margen del propio, podríamos tomarnos que no fuera el impuesto por un poder ajeno a nosotros mismos?

«El tiempo libre, en buena medida, es un tiempo también sujeto a los valores del sistema productor de mercancías». John Holloway.

El tiempo libre (el auténtico tiempo libre, y no el así denominado eufemísticamente por el poder) es requisito indispensable para poder disponer plenamente de nuestras mentes y de nuestros cuerpos, que sólo podrán denominarse “sanos” si nos pertenecen por completo, si no están enajenados. Disfrazar y mercantilizar la salud es la misión del aparato sanitario del Estado, que lo primero que nos hurta “preventivamente” es el tiempo, nuestro tiempo.