22 octubre, 2026

Una civilización absorta y narcisista — Kishore Mahbubani

 


Transcripción del vídeo Mahbubani Told a British Audience the West Put Itself to Sleep


Kishore Mahbunani expone ante un público británico siete errores que han contribuido a acabar con la hegemonía occidental.


¿A cuántas personas han matado ustedes?


En Occidente se reflexiona muy poco sobre la cantidad de gente que han matado ustedes y cuántas vidas han destruido por su afición a apretar el gatillo. Pero, he de decirles, esta ausencia de autocrítica supone un grave error que a su vez les impide ver lo que está sucediendo. Mientras tanto, el resto del mundo toma buena nota de ello.


Uno: la disculpa.


En Occidente —especialmente entre estadounidenses y británicos—, se suele iniciar una charla con una broma. Yo vengo de Asia, y allí siempre comenzamos pidiendo disculpas. Pero esta que hoy les ofrezco no es una disculpa formal, es una disculpa sincera: quiero pedirles disculpas a todos si lo que voy a decir les incomoda. El problema, no obstante, es que, si no les incomoda y no les saca de su confortable burbuja, no entenderán el mundo que se avecina. Ese mundo está tan fuera de su confortable burbuja que, en cierto sentido, tendrán que experimentar algo de dolor para llegar a comprenderlo.


Dos: una civilización solitaria


Permítanme comenzar hablando de por qué Occidente ha perdido el rumbo. Empezaré con una afirmación algo provocadora: en términos globales, Occidente se ha convertido en una civilización aislada y narcisista, absorta en sí misma y muy satisfecha consigo misma. Debido a este narcisismo, se ha vuelto ciega ante los errores cometidos en su trato con el resto del mundo. Quiero iniciar esta charla con el fin de la Guerra Fría en 1990, pues estoy seguro de que todos recuerdan cómo Occidente celebró —y lo feliz que se sintió— al haber derrotado a la Unión Soviética sin disparar un solo tiro. Occidente pensó: «¡Al fin! ¡Lo hemos logrado!». Incluso llegaron a creer —y esto es asombroso— que habían alcanzado el «fin de la historia». «¡Hurra! ¡Ya no tenemos que luchar! ¡Lo conseguimos! ¡Hemos alcanzado la cima! ¡Hemos logrado establecer sociedades democráticas liberales, que son las mejores del mundo! ¡Triunfamos! ¡Lo logramos! En cuanto a ustedes, es decir al resto del mundo... a ustedes le toca esforzarse».


Tres: el doce por ciento


Una simple estadística —sorprende que tan poca gente en Occidente la conozca—, refleja que Occidente representa solo el 12 % de la población mundial: el 12 %. El 88 % de la población mundial vive fuera de Occidente. Y Occidente, de forma descabellada, asumió en aquel momento de la historia —cuando creía que la misma había «llegado a su fin»— que el resto del mundo acabaría convirtiéndose en una réplica de Occidente: que lo imitarían, lo seguirían y llegarían a ser como ellos. Estoy seguro de que todos los aquí presentes estarán de acuerdo en que se trata de una suposición un tanto arrogante. Sin embargo, esa arrogancia dominaba la visión del mundo de la mayoría de los intelectuales occidentales de la época. Lo sé muy bien porque, por un devenir... histórico, pasé un año en Harvard entre 1991 y 1992, y me vi inmerso en esa arrogancia —claramente perceptible— sobre cómo Occidente había triunfado y alcanzado la cima, mientras que el resto, pobres diablos, simplemente debían acostumbrarse, adaptarse y seguir adelante como mejor pudieran.


La razón por la que esa arrogancia constituyó un grave error estratégico en aquel momento histórico, es que propició que Occidente bajara la guardia justo cuando otra civilización decidía despertar. Así pues, cerró los ojos mientras el resto del mundo despertaba. Hay que recordar que China había iniciado su programa de modernización en 1979, y que para 1989 o 1990, dicho programa ya había cobrado un gran impulso. Por su parte y a raíz de una crisis, India también despertó a principios de la década de 1990. Cabe señalar que, en ambos casos, ambos países atravesaron crisis importantes que les llevaron a decir: «Basta ya; es hora de actuar con sensatez y hacer lo correcto». Tras una grave crisis, India decidió que ya era suficiente, y actuó en consecuencia. En el caso de China —una civilización con 4.000 años de historia— lo que hemos visto es que sus últimos 40 años de desarrollo económico y social han sido los mejores de toda su milenaria trayectoria. Sin embargo, Occidente reaccionó diciendo: «No puede ser. No son como nosotros, no es posible que puedan tener éxito».


Cuatro: el bombardeo como política exterior


Pero Occidente cometió otro gran error estratégico al creer, en fin, que era el número uno. Que podía dirigir el mundo. Que podía hacer lo que quisiera. Por supuesto, muchos son los occidentales que aún creen que su civilización es la más pacífica y respetuosa de la ley que existe en el mundo.


Aunque, a juzgar por los hechos, Occidente, cada vez más propenso a recurrir a la fuerza, comenzó a involucrarse en una guerra tras otra. Durante los últimos treinta años y pico, decidió que la mejor manera de difundir la libertad es bombardear ciudades, que los bombardeos son la mejor forma de propagar la democracia y el liberalismo. Y el resto del mundo tomó buena nota de ello: de que ustedes son extremadamente propensos al uso de la fuerza. Todo comenzó a finales de la década de 1990 cuando, por supuesto, ustedes creían estar haciendo lo correcto: intentar “proteger a la población” de la antigua Yugoslavia, y la manera de hacerlo fue bombardeando brutalmente Belgrado. Por cierto —otro dato curioso—, muchos occidentales aún creen que Occidente siempre respeta el derecho internacional.


El bombardeo de Belgrado constituyó una violación del derecho internacional, el cual es muy claro al respecto. Se trata, nada más y nada menos, que del propio derecho internacional occidental —ese orden internacional basado en normas establecido por la ONU en 1945—, el cual estipula que el uso de la fuerza sólo se justifica si constituye un acto de legítima defensa o si cuenta con la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU. El bombardeo de Belgrado no fue un acto de legítima defensa ni fue autorizado por el Consejo de Seguridad de la ONU; por consiguiente, fue ilegal.


Algo que resulta sorprendente, dado que “Occidente siempre ha defendido el Estado de Derecho” ¿no es así? Puedo dar fe de que, cuando un fiscal del Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia intentó simplemente plantear la cuestión de si el bombardeo de Belgrado había sido legal o ilegal, la presión que se ejerció sobre él fue enorme. Una vez más, Occidente no quiso percatarse de ello... pero el resto del mundo volvió a tomar nota.


Cinco: yo estaba allí


Siguió la guerra contra Irak en 2003, una guerra claramente ilegal: una guerra que no fue, ni mucho menos, un acto de legítima defensa, una guerra que no contó con la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU. Una guerra que, por cierto, sé perfectamente que no fue autorizada por el Consejo de Seguridad de la ONU porque yo mismo fui miembro de dicho Consejo. Durante dos años, fui testigo de los debates y de cómo Estados Unidos y el Reino Unido presionaron fuertemente para convencer al resto del mundo de que había llegado el momento de derrocar a Saddam Hussein. El resto del mundo respondió que no, que aquello no era legal. Y, detalle interesante de la guerra contra Irak que vale la pena señalar y recordar es que, dos de los más fieles aliados de Estados Unidos y el Reino Unido —Francia y Alemania— se opusieron a dicha guerra y manifestaron, tanto a estadounidenses como a británicos: «Es un error, no lo hagan. Es un error». Por supuesto, ambos fueron marginados, ya que existía la convicción absoluta de que lo que Estados Unidos estaba haciendo —es decir, “difundir la democracia”— era lo correcto. Quedé sorprendido por un cúmulo de pequeñas anécdotas reveladoras de cómo piensa la gente. Por ejemplo, yo creía que las ansias de guerra probablemente se limitaban a esa facción estadounidense conocida como los «neoconservadores», quienes invariablemente sostienen que la mejor solución es la intervención militar de Estados Unidos. Sin embargo, en 2002, encontrándome en Nueva York, invitado a un magnífico almuerzo en un club muy exclusivo, sentado junto a un empresario estadounidense de gran éxito, nos ofrecieron vino. Cuando el camarero se acercó para servirlo, aquel caballero le preguntó: «¿Es vino francés?». El camarero respondió afirmativamente. Entonces el empresario dijo: «No voy a probar el vino francés. Se oponen a nuestra guerra en Irak». Aquello supuso para mí una significativa llamada de atención. Dios mío, pensé, cuán arraigada y profundamente asentada está en Occidente esta inclinación a la guerra.


Seis — Libia

Occidente destruye un estado... y lo abandona a su suerte.


La intervención en Libia también fue un grave crimen de guerra. Gadafi era un dictador; quede claro. Pero también es cierto que bajo su mandato el pueblo libio disfrutaba de las mejores condiciones de vida de toda África: tenía garantizados sus ingresos vitales, la atención sanitaria, la educación y la paz. El pueblo libio disfrutaba de una vida digna. Y entonces bombardearon a Gadafi. El país se vino abajo. Occidente propició un Estado fallido y luego simplemente se desentendió. Y el resto del mundo, una vez más, tomó buena nota de ello.


Siete — dieciocho por ciento

al que se le ha estado permitiendo gobernar el mundo.


El tercer error estratégico que cometió Occidente fue insistir en dominar el mundo. Creo que la mayoría de los ciudadanos occidentales de a pie no son conscientes de lo que sus mandatarios y diplomáticos intentan hacer para preservar su control del mundo, utilizando a menudo métodos y principios que, en teoría, contradicen los valores que proclaman. Por ejemplo, ustedes predican la meritocracia. Sostienen que, si hay que elegir a alguien para dirigir una organización, debe ser la persona más capacitada posible. No importa si es blanco, negro, asiático o africano; si es el mejor candidato, se le elige, ¿no es así? Pues bien, dos de las organizaciones económicas internacionales más importantes del mundo, el FMI y el Banco Mundial, están, al menos en teoría, al servicio del mundo entero. Por tanto, cualquier persona del planeta debería poder optar a dirigir dichas entidades. Hubo un momento —cuando Occidente se sentía muy vulnerable en plena crisis financiera de 2008, cuando la gente en EEUU y Europa se preguntaba qué nos está pasando y fue necesario que el resto del mundo se uniera para salvar la economía global— en el que se celebró una reunión del G20 en el Reino Unido, presidida por Gordon Brown, reunión en la que se acordó que, en adelante, los líderes del FMI y del Banco Mundial serían elegidos por sus méritos. Han pasado 18 años desde 2008. A día de hoy, para dirigir el FMI hay que ser europeo, y para dirigir el Banco Mundial hay que ser estadounidense. Esto significa que el 88 % de la población mundial no reúne los requisitos para dirigir instituciones de carácter global.


Eso supone una imprudencia. Una tremenda imprudencia. Se supone que estas son instituciones mundiales. ¿Por qué insisten en que sólo occidentales pueden dirigirlas? ¿Por qué creen que solo el 12 % de la población mundial puede gestionar las instituciones de carácter mundial? Está claro que estas decisiones que toman sus líderes acabarán, todas ellas, volviéndose en su contra.


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5 comentarios:

  1. Una argumentación impecable y demoledora. Pero me temo que no hay peor sordo que el que no quiere oír. Narcisismo o muerte! Salud!

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    1. Van a lo suyo, que es explotarnos hasta las últimas gotas de nuestro sudor y nuestra sangre.

      Salud!

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  2. “EN OCCIDENTE SE REFLEXIONA MUY POCO SOBRE LA CANTIDAD DE GENTE QUE HAN MATADO USTEDES POR SU AFICIÓN A APRETAR EL GATILLO”.

    ¿Mahbunani piensa - imagino que no- que la ‘causa’ de tanto genocidio es “por su afición a apretar el gatillo”?

    “DEBIDO A SU NARCISISMO OCCIDENTE SE HA VUELTO CIEGA ANTE LOS ERRORES COMETIDOS EN SU TRATO CON EL RESTO DEL MUNDO”

    ¿Mahbunani, piensa - imagino que no pero empiezo a cansarme de imaginar- que la causa de los “errores” occidentales es “su ceguera” y no sus “intereses”?

    “Occidente asumió que el resto del mundo acabaría convirtiéndose en su réplica”

    ¿Mahbunani, piensa -y a estas alturas no me extrañaría- que Occidente quería convertir al resto del mundo en una réplica de Occidente y no en un patio trasero del que saquear recursos naturales y mano de obra esclava?

    “A finales de la década de 1990 ustedes creían estar haciendo lo correcto: intentar ‘proteger a la población’ de la antigua Yugoslavia, y la manera fue bombardeando brutalmente Belgrado. El bombardeo de Belgrado no fue autorizado por el Consejo de Seguridad de la ONU; fue ilegal”.

    ¿Mahbunani, piensa - pillo la ironía implícita, tonto no soy, pero me falta el sarcasmo explícito que nunca llega- que Occidente quería proteger a la población de la antigua Yugoslavia -único país europeo que se no se sometió a los bloques y defendió su soberanía (¿causa?)- bombardeando a la población civil y devastando sus infraestructuras más vitales?


    “guerra contra Irak (…) Yo creía que las ansias de guerra se limitaban a esa facción estadounidense conocida como los «neoconservadores»(…) en 2002, encontrándome en Nueva York, invitado a un magnífico almuerzo, sentado junto a un empresario estadounidense, nos ofrecieron vino. Cuando el camarero se acercó para servirlo, aquel caballero le preguntó: «¿Es vino francés?». El camarero respondió afirmativamente. Entonces el empresario dijo: «No voy a probar el vino francés. Se oponen a nuestra guerra en Irak». Aquello supuso para mí una significativa llamada de atención. Dios mío, pensé, cuán arraigada y profundamente asentada está en Occidente esta inclinación a la guerra”.

    ¿Mahbunani, pensó, a partir de aquel magnífico almuerzo, que la causa que mató, primero en la pre-guerra a medio millón de niños y luego a un millón de personas entre civiles y militares incluido el tal Sadam en Irak fue: “cuán arraigada y profundamente asentada está en Occidente esta inclinación a la guerra”.

    “Gadafi era un dictador; quede claro. Pero es cierto que bajo su mandato el pueblo libio disfrutaba de las mejores condiciones de vida de toda África: garantizados sus ingresos vitales, atención sanitaria, educación y la paz. Y sin embargo bombardearon. Occidente propició un Estado fallido y luego simplemente se desentendió”.

    Mahbunani, piensa, eso dice: “Occidente propició un Estado fallido y luego simplemente se desentendió.” Un pequeño detalle que benefició a Wall Street, la banca Rothschild y su bastardo Macron: de las reservas de oro y el petróleo libio también se desentendieron, según su irónica y provocadora exposición…

    Salud y comunismo

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  3. Abundando que es gerundio: Decía Fidel que una cosa es ‘el mensaje que emitimos’ y otra, muy distinta cuando no opuesta, es ‘el mensaje que la gente recibe, o mejor, percibe’. El tal Mahbunani expuso ante el público británico “los siete errores que han contribuido a acabar con la hegemonía occidental” (¿El imperio occidental, aislado y narcisista, cae debido sólo a sus propios e ignorados errores? Seamos generosos y concedamos que el conferenciante daba por sentado que, ante tan selecta audiencia, no era necesario completar ‘el mapa’ de los auténticos ‘porqués’ y las verdaderas ‘causas’…) En fin, vamos a lo que vamos. En una primera lectura parece que la ‘supuestamente provocadora exposición de Mahbunani, resulta cuando menos insólita para un tipo que, es de suponer que después de pasar todos los filtros, ha formado parte del Consejo de Seguridad de la ONU, que ha pasado por Harvard y que además es invitado a un club exclusivo para almorzar con un empresario de éxito estadounidense del cual no se nos da a conocer su nombre aunque sí ‘su arraigada inclinación a las guerras’… con soldaditos de verdad, no de plomo como los señoritos fachas Reverte y Marías.
    El caso es que, al hilo de la cita de Fidel, me gustaría recordar que ya Marx, en los Grundrisse, nos ilustró -cito de memoria- sobre una de las producciones principales del capitalismo: el capitalismo produce mercancías, materiales y espirituales, pero sobre todo produce “subjetividad capitalista” (igualmente espiritual y material), es decir una visión del mundo y de la sociedad capitalista que nosotros asimilamos y ayudamos a reproducir, mediante nuestra implicación en la producción o la circulación y el consumo de las mercancías, ‘ignorando’ el contenido (que no es visible, que siempre está detrás) de las mercancías (debido a que el fetichismo de las mercancías que inconscientemente padecemos no nos lo permite ver), contenido que se resume en las ‘relaciones sociales inherentes al modo de producción capitalistas’, es decir, relaciones de dominio y explotación. De modo que desde una visión subjetiva-capitalista, que nos guste o no tenemos interiorizada, somos incapaces de ver lo que hay detrás: las causas. Sólo el pensamiento crítico, que de principio duda de todo y que siempre se afana en buscar la verdad en los hechos objetivos, ¡en la totalidad de los hechos!, nos permite, al menos, no formar parte, ni en la teoría ni en la práctica, de los malvados, ni tampoco de aquellos supuestos amigos que, en esencia, acompañan a los malvados.

    Salud y comunismo

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    1. Tus precisiones son muy acertadas. Obviamente, no puedo hablar por Mahbunani, pero me atrevo a pensar que probablemente estaría, al menos en parte, de acuerdo con las mismas. En cualquier caso, me pareció interesante, por significativa y sintomática, esta 'filípica' lanzada a la nívea jeta de un público británico rentista que aún pende de los raídos y ensangrentados flecos de su extinto imperio.

      Salud y comunismo

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