«En aquellos tiempos, el mundo de los
espejos y el mundo de los hombres no estaban aislados entre sí.
Eran, además, muy diferentes: ni los seres, ni las formas, ni los
colores coincidían. Los dos reinos, el de los espejos y el humano,
vivían en paz. Se entraba y se salía de los espejos.
Una noche, la gente de los espejos
invadió la tierra. Su fuerza era grande, pero después de sangrantes
batallas, las artes mágicas del Emperador Amarillo prevalecieron.
Rechazó a los invasores, los aprisionó en los espejos y les impuso
la tarea de repetir, como en una especie de sueño, todas las
acciones de los hombres. Les privó de su fuerza y de su figura y los
redujo a simples reflejos serviles. Un día, sin embargo, se
liberarán de este letargo mágico... Las formas comenzarán a
despertarse. Diferirán poco a poco de nosotros, nos imitarán cada
vez menos. Romperán las barreras de cristal y de metal y esta vez no
serán vencidas.»
Borges, La fauna de los
espejos
