10 octubre, 2026

LOS DESAHUCIOS SON EL SÍNTOMA. EL SISTEMA ESTÁ PODRIDO — Augusto Zamora

 


El desahucio de una anciana de 87 años, de una vivienda que llevaba 70 años habitando, ha sido la espoleta que ha hecho estallar el horror –no puede calificarse de otra forma–, en que ha sido convertido el derecho esencial a la vivienda en España, país que, según la OCDE, lidera el crecimiento económico en ese gueto caníbal que es hoy la zona euro. La especulación inmobiliaria ha convertido la vivienda en botín de especuladores, con efectos catastróficos en el tejido social de España, ensañándose con jóvenes y sectores vulnerables. En un país donde el salario medio ronda los 1.700 euros, el precio de un apartamento básico puede costar entre 1.000 y 1.500 euros, haciendo imposible, para los sectores medios y pobres, alquilar una vivienda mínimamente digna. Una residencia de estudiantes puede costar, la habitación, 1.200 euros, convirtiendo la enseñanza superior en una cuestión de ricos. Los pobres quedan excluidos, de facto, aunque ningún político –hasta el desahucio de la anciana– se dignara en tocar el tema. Salvo sectores residuales de la antigua izquierda, el horror que lleva años abatiéndose sobre la vivienda no era tema que les ocupara. Los que hoy pasan por ‘izquierda’ son un club de señoritos idiotizados, más preocupados de mantener sus sillones y prebendas que de las desgracias que abaten a millones de ciudadanos empobrecidos por un sistema social-darwinista del que se han convertido en vergonzantes valedores.


No es fenómeno sólo español. En Berlín, donde un 60% de población vive de alquiler, el salario medio es de 2.200 euros y el arriendo de una vivienda de dos habitaciones puede costar 1.500 euros. El partido de izquierda Die Linke, ganó las elecciones en Berlín con una propuesta rotunda sobre la vivienda. Pedían «socializar» a los grandes casatenientes, incluyendo la expropiación, para incorporar al mercado inmobiliario público 220.000 viviendas en manos de oligopolios. Obligar a los propietarios de más de 50 pisos a reservar una cuota de sus viviendas para personas vulnerables. Promover la construcción de nuevas viviendas para que el sector público represente no menos del 30% del total de viviendas en la capital alemana. Incluso pedían legalizar la ocupación de viviendas que lleven más de un año vacías. Recogemos el programa de Die Linke para poner en evidencia la mierda en que se ha convertido la ya pseudoizquierda española, que está a años luz de plantearse –siquiera en sueños– algo parecido a las propuestas de Die Linke, que ya veremos si son capaces de hacerlas efectivas. 


Las medidas propuestas –congelar alquileres, prohibir desahucios extremos y limitación hasta 2030 a la compra masiva de viviendas por fondos buitres– están lejos de tocar un pelo del problema real, que es el acaparamiento de inmuebles por oligopolios y bancos, como resultado del modelo de liberalismo salvaje promovido por una putrefacta Unión Europea. Los decretos de la progresía española encajan en lo que advertían Marx y Engels en el Manifiesto Comunista: "Una parte de la burguesía desea mitigar las injusticias sociales, para de este modo garantizar la perduración de la sociedad burguesa". Actualizando el término, hablaríamos de la perduración del neoliberalismo. Medidas cosméticas que tendrían como objetivo último desactivar la protesta social, poniendo parches a un modelo económico-social que se cae a pedazos.


Porque los brutales desahucios que se vienen sucediendo son la expresión más cruel del modelo económico y social adoptado por la UE e impuesto, como dogma medieval, a todos sus miembros. Un modelo que descansa sobre dos pilares esenciales. Uno, el capital debe disponer de libertad absoluta y de poder para acapararlo todo. Dos, los Estados deben abstenerse de promover los derechos económicos, sociales y culturales para validar, desde la política, el funcionamiento irrestricto del gran capital. Es el anciano "laissez faire laissez passer", dejar hacer, dejar pasar, nacido en el siglo XVIII, elevado a los altares en el siglo XIX y resucitado de entre los muertos por el cadáver que es la UE. El eslogan social-darwinista ha sido asumido por casi todos los partidos, sindicatos y similares, haciendo de la política una banalidad, pues gane Chana o gane Juana, gobierne quien gobierne, hará lo mismo, salvo políticas cosméticas vinculadas a temas marginales, que sirven, a su vez, para pintar de izquierda a los perjuros.


De esa guisa, los fondos de los grandes, medianos y pequeños consorcios de especuladores se pasean por toda la Europa comunitaria como buitres carroñeros, devorando hasta el último hueso de las sociedades famélicas, con consecuencias devastadoras en el sector inmobiliario. Nadie pone coto al latrocinio porque ese latrocinio forma parte del sistema. "Es" el sistema. El Parlamento Europeo, el club de sabandijas más selecto del mundo, ha hecho estudios sobre el tema y lo mismo han hecho otros órganos de la llamada Europa comunitaria, todos igualmente inútiles y de puro efecto maquillaje. No en balde, 10.000 lobbies empresariales campan a sus anchas en Bruselas, repartiendo sobornos y prebendas, para garantizar que los señores europarlamentarios no perturben el saqueo cotidiano de los países miembro.


La causa de la crisis habitacional no hay que buscarla fuera del sistema, sino dentro de él, donde está incrustada como un cáncer maligno fomentado por las caspas dirigentes, que son las primeras en beneficiarse de un sistema económico-social depredatorio. El neoliberalismo, abrazado como dogma de fe, es la causa y uno de sus tantos efectos son dramas como los desahucios, que es lo más visible y desastroso, pero no lo único.


Bajo el lema "todo vale en un mercado irrestricto", el gran capital actúa como tsunami, destruyendo cuanto puede destruir. La acumulación obscena de capital ha provocado que grupos oligopólicos lo controlen todo: bancos, medios de comunicación, viviendas, áreas productivas y un infinito etcétera. Como se expresa en el Manifiesto Comunista, "La existencia y el predominio de la clase burguesa tienen por condición esencial la concentración de la riqueza en manos de unos cuantos individuos, la formación e incremento constante del capital". Los procesos electorales devienen en meros rituales políticos, porque los partidos se han convertido en administradores de los oligopolios. Sigamos con el Manifiesto Comunista: "Hoy, el poder público viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa". Los partidos y sindicatos que se dicen de izquierda se prestan a ser mampara de la obscena acumulación capitalista. Dentro del proceso de desmantelamiento de la izquierda, partidos políticos y sindicatos que antes fueron su brazo hoy son parte del mobiliario de los oligopolios, que los financian y les permiten una vida muelle.


Dos ejemplos ilustran el modus operandi en el sector vivienda, ya que hablamos de él. En la localidad de Manilva, provincia de Málaga, el fondo buitre Blackstone adquirió un bloque de viviendas pagando, de media, 14.000 euros por vivienda. Luego las vendió a 250.000 euros cada una. Blackstone hizo un gran negocio, mientras 62 familias fueron desahuciadas. Todo legal. Ana Botella, esposa del nauseabundo Aznar, cuando era alcaldesa de Madrid, vendió 1.850 viviendas públicas al fondo buitre Fidere, en 2012, pagando Fidere 69.000 euros por vivienda, que luego vendió a 630.000 euros cada una. ¿Pasó algo? Nada. No había ley que impidiera que las viviendas públicas fueran vendidas como chatarra. CaixaBank posee 21.815 viviendas; el fondo buitre Blackstone tiene 19.638; el consorcio CBRE, 8.096 viviendas; Cerberus, 6.936; el Banco Santander, 5.001 viviendas, y así. No son anomalías. Son el sistema en todo su pútrido esplendor.


Ilustremos en otros campos el proceso de acumulación capitalista. En 1980, existían, en España, unas 120 entidades bancarias y unas 80 cajas de ahorros. En este 2026, existen únicamente 6 grandes grupos bancario-financieros, que controlan alrededor del 80% de los activos totales españoles. En 1980, en Francia existían 400 instituciones bancarias. En el presente son 215 y disminuyendo. En Italia, en 1980, existían más de mil bancos (1.000 bancos, no es un error). Hoy operan 400. En ese mismo periodo, en Alemania se pasó de 5.355 instituciones bancarias a 1.329 bancos. Ocurre exactamente lo sostenida por Marx: la tendencia natural del capitalismo es la acumulación. Sin límite ninguno.


Atendamos otro sector, el de las empresas estatales. En 1980, el Estado, en España, era dueño de 130 grandes empresas públicas, que eran, además, las joyas de la corona de la economía española: Telefónica, Iberia, Tabacalera, Repsol… En 2026, el número de empresas públicas o participadas de forma mayoritaria por el Estado es de 14 empresas. De existir, en 1985, 800 empresas con participación estatal, se pasó a poseer sólo 100. La presencia estatal en el mercado bursátil español pasó del 16,64% en 1992 a un ridículo 0,34% en 1999. En la social Suecia, en 1980, el Estado poseía 140 grandes empresas públicas. Hoy no llegan a 40. Es el sistema cadaveritario europeo.


Veamos el otro lado del espejo. Las empresas públicas en la República Popular China controlan más del 60% del mercado chino y generan entre el 23% y el 28% del PIB de China. 150.000 grandes empresas mueven la economía china y 867.000 empresas tienen algún grado de participación pública. En China nada puede existir al margen del Estado y, muchísimo menos, en contra del Estado.


Rusia, resucitada de la pesadilla del dipsómano Yeltsin, está volviendo a la senda soviética. Las grandes empresas públicas dominan los sectores estratégicos de la economía de Rusia, como energía, defensa, banca y transporte. Gazprom, el gigante energético, está controlado por el Estado a través de Rosneftegaz; Transneft es un monopolio estatal que controla los oleoductos; Sberbank, el mayor banco de Rusia y uno de los mayores de Europa, lo controla el Banco Central de Rusia. Rostec, el gigante de la aviación, es estatal, como estatal es Rosatom, el gigante nuclear civil: Roscosmos, estatal; Russian Railways, estatal; Aeroflot, estatal… Y así, un larguísimo etcétera. ¿Qué pueden hacer las empresas europeas frente a estos cíclopes de la economía? Sólo una cosa: quebrar, como Volkswagen. O venderse a empresas chinas. Volvo, empresa estrella del automóvil sueca, es, hoy, propiedad del grupo chino Zhejiang Geely. Igual ha ocurrido con la italiana Pirelli, comprada por Sinochem. O el caso de la marca española Ebro, adquirida por el grupo chino Chery. La holandesa Philips, fabricante célebre de electrodomésticos, pertenece al fondo de inversión de Hong Kong Hillhouse Capital. Syngenta, el gigante suizo de semillas y agroquímicos fue comprado en 2017 por ChemChina.


Pongamos el ojo en otra ventanilla, la humana. El 20,9 % de la población de la Unión Europea (unos 92,7 millones de personas) se encuentra en riesgo de pobreza o exclusión social, según datos de Eurostat. El 24,2% de la población infantil está en la pobreza o la marginalidad. En España, el 25,7% de la población (alrededor de 12,6 millones de personas) se encuentra en riesgo de pobreza o exclusión social. La pobreza infantil afecta a casi el 34% de los menores. ¿Y la ‘izquierda’ qué dice? Nada. No la hay.


En lo inmediato, el enemigo a derrotar es la mafia inmobiliaria que ha provocado, con la connivencia de los entes estatales y políticos, la catástrofe nacional de la vivienda. En lo estratégico, el objetivo es destruir, desde sus cimientos, el sistema social-darwinista impuesto por la mafia mayor, incrustada como plaga en las instituciones europeas. Con Robespierre como guía. Al pulpo imperial-capitalista se le mata cortándole la cabeza.


Guillotinas aparte –que no apartadas–, recordemos estos pilares de la izquierda:


1. La historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases. Si no cree en esto, será lo que será, incluso buena persona, pero no es de izquierda, la real.

2. Los sectores estratégicos (energía, banca, transportes, etc.) deber ser estatales.

3. El interés público debe primar siempre, siempre, siempre, sobre el interés privado.

4. Los derechos económicos, sociales y culturales deben primar sobre los derechos civiles y políticos. Si usted cree que es más importante votar que comer, le llenaremos su casa –si la tiene– de urnas y papeletas y la vaciaremos de frijoles.

5. La OTAN, como organización criminal que es, debe desaparecer.


Ya tiene un norte.


★


08 octubre, 2026

Los bancos ganan más dinero con la venta de hipotecas que los promotores inmobiliarios con la construcción de viviendas

 


La financiarización de la economía occidental va mucho más allá de Wall Street. Ahora, incluso las empresas industriales dependen de los ingresos relacionados con la financiación como fuente clave de beneficios.


General Motors suele ganar más dinero con su división financiera que con la venta de automóviles. Lo mismo sucede con GE y sus turbinas de aviones.


Minoristas como Home Depot y Best Buy ganan más dinero con los intereses que pagan los clientes por sus pagos a plazos que con la venta de madera o productos electrónicos.


Los bancos ganan más dinero con la venta de hipotecas que los promotores inmobiliarios con la construcción de viviendas.


Según Marx, el auge del sistema financiero altera fundamentalmente la sociedad de varias maneras destructivas:


● Desvinculación de las necesidades humanas: la economía deja de centrarse en producir bienes que la gente realmente necesita (alimentos, vivienda, ropa) y pasa a tratar exclusivamente de mantener el capital líquido y generar ingresos especulativos.


● Concentración extrema de riqueza y desigualdad: los mercados financieros aceleran la centralización del capital. La riqueza se desvía de la producción industrial y de la clase trabajadora, concentrándose en gran medida en manos de una pequeña élite financiera (banqueros y especuladores).


● Mayor riesgo sistémico: al acumular deuda sobre deuda, el capitalismo financiero agrava considerablemente las crisis económicas. Una crisis ya no se limita al cierre de una fábrica, se convierte en un colapso bancario sistémico capaz de paralizar naciones enteras de la noche a la mañana. La crisis de las hipotecas subprime de 2008 fue un claro ejemplo de esta dinámica.


La teoría de Marx describe la etapa actual del capitalismo occidental con mucha antelación a su tiempo.


Hua Bin


Fragmento extraído de Marx without communism and propaganda. The actual ideas of an economic prophet

   Traducción: Arrezafe




★


07 octubre, 2026

"Los ejecutores del genocidio en Gaza son una muestra representativa de la sociedad israelí" — Norman Finkelstein

 


Lamentablemente, Israel es, en mi opinión, una sociedad completamente delirante. Pero existe esta narrativa —que es la que les gusta promover a medios como el Times, The Atlantic y The New Yorker, todos esos órganos de propaganda que protegieron y blindaron a Israel durante el primer año—, que ahora ha adaptado a un nuevo enfoque. Dicho enfoque es el siguiente: “sí, ocurrieron cosas terribles en Gaza, pero todo es culpa de Netanyahu. Él es el problema. Él es el problema”. No, no lo es. Él no es el problema. Él es la consecuencia. La causa es Israel, su población. Si observamos las encuestas... como he dicho en las últimas semanas tras leer el informe de la ONU —el informe de la Comisión de Investigación de las Naciones Unidas—, que se titula «Israel y el ataque deliberado contra niños palestinos». Ataques dirigidos contra niños palestinos en los territorios palestinos ocupados, ya que el informe abarca tanto Cisjordania como Gaza. Hay que reconocer que es un título bastante provocador e incendiario para un informe: afirmar que un Estado tiene como objetivo matar a niños. Si se describiera a cualquier otro Estado de esa manera, uno realmente no daría crédito a lo que oye.


Así pues, ¿qué tenemos? ¿De qué información disponemos? El informe consta de 120 páginas a espacio simple; es un documento muy denso. Analicemos, pues, algunos de los hechos, porcentajes y cifras. En primer lugar, todas las encuestas de opinión realizadas en Israel —que se llevan a cabo aproximadamente una vez al mes o cada dos semanas— planteaban una pregunta muy sencilla: ¿cree usted que Israel está empleando demasiada fuerza, la cantidad justa o muy poca fuerza en Gaza? Los resultados siempre eran los mismos: el 5 % de los judíos israelíes opinaba que se estaba utilizando demasiada fuerza. El 95 % restante considera que, o bien se empleaba muy poca fuerza (40%) o es la adecuada (55%). Así pues, el 95 % creía —y sigue creyendo, ya que la tendencia persiste hasta hoy— que Israel esta aplicando la medida adecuada de fuerza o una cantidad insuficiente.


En segundo lugar, hay quienes, para defender a Israel —específicamente los medios israelíes— argumentan que los medios están ofreciendo una imagen distorsionada de lo que ocurre en Gaza y que la gente ha sucumbido a la propaganda. ¿Es eso realmente creíble? Israel tiene la tasa de uso de Internet per cápita más alta del mundo. La más alta. ¿Me están diciendo que nunca vieron las imágenes publicadas en la red de lo que sucede en Gaza? ¿Que nunca vieron ningún vídeo de TikTok? ¿Que no tienen ni idea de lo que pasa? No hace falta buscar demasiado en Internet para encontrar imágenes de lo que está ocurriendo en Gaza.


En tercer lugar. Bueno, veamos algunas de las otras encuestas. Se realizó un sondeo que planteaba una pregunta muy sencilla: cuando los soldados israelíes entran en una ciudad de Gaza, ¿deberían matar a todo el mundo? Esa era la pregunta: ¿deberían matar a todo el mundo? El 47 % de los judíos israelíes respondió que sí. Tengamos en cuenta que la mitad de la población de Gaza son niños. Hubo otra encuesta que planteó una pregunta —esta vez a todos los israelíes, incluidos los no judíos, que constituyen cerca del 20 % de la población— en la que se hacía una simple consulta: ¿hay inocentes en Gaza? ¿Hay personas inocentes en Gaza —donde la mitad de la población son niños—? El 62 % afirmó que no hay inocentes en Gaza. Si se excluye del cálculo a ese 20 % que no es judío, la cifra se sitúa entre el 70 % y el 75 % de personas que sostienen que no hay inocentes en Gaza.


Esa es la opinión pública israelí. Pero existe otra dimensión: la de quienes sirven en el ejército israelí, las FDI (Fuerzas de Defensa de Israel). Israel tiene un ejército ciudadano. El ejército es plenamente representativo de la sociedad israelí, constituye una muestra representativa de la sociedad judía de Israel, salvo excepciones marginales en las que no voy a entrar ahora. Es un reflejo fiel de la sociedad israelí. Las personas que llevan a cabo el genocidio en Gaza, que atacan a niños... eso es Israel. Sabes, en algunos países —pensemos en el mío—, durante la guerra de Vietnam, con razón o sin ella, sentíamos que los soldados no representaban a la sociedad estadounidense. En primer lugar, porque provenían de las clases más pobres de aquella época, ya que existían las llamadas «prórrogas por estudios»: si uno estaba en la universidad, no prestaba servicio militar, al menos durante los cuatro años que duraban los estudios. Y en segundo lugar, porque en Estados Unidos hubo un gran movimiento antibélico, digamos a partir de 1967 o 1968; fue un movimiento de gran envergadura. Así que, en ese sentido, podíamos decir que los soldados en Vietnam no representaban al pueblo estadounidense. En cambio, los soldados israelíes son una muestra representativa de la sociedad israelí. En Israel no existe un movimiento antibélico, eso, sencillamente, no es cierto. El número de israelíes opuestos a lo que Israel ha estado haciendo cabría en esta sala. Lamentablemente, esa es la realidad.


Así pues, los ejecutores del genocidio en Gaza son una muestra representativa de la sociedad israelí. Es un ejército ciudadano. Dejando de lado el hecho de que se apunta directamente a los niños —y, por desgracia, abundan las pruebas de que los francotiradores les disparan en el cráneo y en el pecho—, habrá quien diga: «Bueno, no todos los israelíes son así». Vale, muy bien. Creo que la cifra es mayor de lo que uno quisiera creer. Pero bueno, consideremos otra vertiente. Para el segundo año del genocidio en Gaza, había un consenso general de que Israel estaba utilizando el hambre como arma de guerra. Tal hecho se convirtió en un lugar común entre funcionarios de la ONU, organizaciones humanitarias y grupos de derechos humanos. Todos afirmaban lo mismo: Israel utiliza el hambre como arma de guerra.


Bien. Tomemos una encuesta sencilla, un ejemplo simple. Tomaré el mes de julio de 2025, porque fue el peor periodo. Entre marzo y mayo de 2025 no se permitió la entrada de nada en Gaza, se estableció el bloqueo total de Gaza entre marzo y mayo. Luego, en julio, se realizó una encuesta en Israel. Se planteó una pregunta sencilla: "¿Le preocupan los informes sobre la hambruna y la inanición en Gaza?". ¿Saben cuál fue la respuesta del 79 % de los judíos israelíes?: "En absoluto" o "solo un poco". "En absoluto" o "solo un poco", ante la inanición —una hambruna deliberadamente provocada en Gaza, donde la mitad de la población son niños—, y el 79 % de la sociedad judía israelí responde "en absoluto" o "solo un poco". De ahí concluyo que: si se suman todos los factores, se trata de una nación de asesinos de niños. No veo cómo se puede eludir esa conclusión. Si mi razonamiento es erróneo, demuéstrenme en qué me equivoco.


Fragmento extraído del vídeo: Gaza SHATTERED Israel’s Story | Norman Finkelstein on October 7, Three Years Later

Transcripción: Arrezafe


★


03 octubre, 2026

De aquellas hienas, estos buítres

 



"Hitler, con un puntero, va señalándo en un mapa las naciones de Europa, a la vez que explica a su estado mayor el destino que, según su criterio, le corresponde a cada una de ellas. El puntero va recorriendo el mapa hasta que, de pronto, se detiene en España. El Führer queda pensativo unos segundos, vuelve la cabeza y, con voz firme, dice a sus oficiales: ¡España, para recreo!


Hitler acababa de profetizar el destino de este país. En 1986, cincuenta años después, España entraba en la Comunidad Europea, la Europa de los banqueros, multinacionales agroalimentarias y especuladores inmobiliarios y de todo tipo".


Francisco Jurdao Arrones, Del eurofelipismo al desierto (1993).


★


02 octubre, 2026

HACE 150 AÑOS...

 


Transcripción del vídeo titulado Why Karl Marx Was Right [Por qué Karl Marx tenía razón]


Hoy voy a hablar de Karl Marx. Y tal vez piensen: «Vaya, pero todo eso y el comunismo... son cosas del pasado, ¿no? Al fin y al cabo, Marx se equivocaba. Los experimentos sociales que surgieron en su nombre fueron catastróficos, fracasaron estrepitosamente. Además, el capitalismo ganó la Guerra Fría. Todo eso suena a los años setenta, ¿no es así?».


Pero, un momento, porque más allá de todas esas disputas políticas y caricaturas culturales, Marx planteó una serie de cuestiones que no solo versaban sobre la revolución, el comunismo o la abolición de la propiedad privada, sino sobre el futuro del capitalismo y la estructura misma de la economía capitalista a largo plazo. Una de esas cuestiones se refería al rumbo que estaba tomando el capitalismo, un análisis sombrío, inquietante y sorprendentemente relevante para el mundo actual.


Para Marx, el desenlace final del capitalismo sería el de una sociedad gobernada por una pequeña oligarquía de personas inmensamente ricas extendiendo su poder sobre una vasta mayoría en situación precaria. En dicho futuro no existiría la clase media. No habría movilidad social. Solo esa minoría y el resto. La cuestión, pues, es que no es necesario estar de acuerdo con las posibles soluciones de Marx para reconocer que su diagnóstico fue extraordinariamente premonitorio.


Hoy quiero referirme a por qué Marx llego a esas conclusiones, cómo funciona su modelo y por qué muchas de las inquietudes de la vida moderna parecen ecos de una predicción realizada hace 150 años, para cuya comprensión debemos entender el mundo en el que vivió su autor.


El siglo XIX fue una época de extraordinarias transformaciones. La industrialización estaba desmantelando los modos de vida tradicionales. La mecanización sustituía a la mano de obra cualificada. Las fábricas absorbían a los pequeños talleres y a toda la masa de trabajadores agrícolas; los ferrocarriles reconfiguraban la geografía, etcétera; y la lógica del lucro se convertía en el principio rector de la vida económica. Ahora bien, el propio Marx no veía la competencia como una especie de árbitro ordenador del mercado, tal y como suele presentarse a menudo. Para él, la competencia era algo brutal. Así, si una fábrica podía producir bienes a menor coste que otra, la más débil sucumbía. Una empresa podía invertir en nueva maquinaria, suprimía a aquella que no podía hacerlo. Una vez que la maquinaria adquirió un papel central, también lo hizo el capital. Por consiguiente, quienes poseían el capital —las máquinas, las fábricas, la infraestructura— ganaban poder, mientras que quienes carecían de él quedaban en una situación de extrema vulnerabilidad.


También observó que el cambio tecnológico, lejos de hacer realidad el sueño de la Ilustración —según el cual las máquinas liberarían a los seres humanos que podrían dedicarse a actividades más elevadas—, en realidad propiciaba lo contrario. Hacía que los seres humanos fueran más fácilmente sustituibles. El trabajo cualificado podía transformarse en tareas repetitivas, y los artesanos podían ser reemplazados por máquinas. Como escribió el propio Marx, el capitalismo reduce al trabajador a un mero apéndice de la máquina; y Marx creía que esta dinámica se intensificaría con el paso del tiempo.


A medida que las empresas crecían, requerían más capital. Y al necesitar más capital, se fusionaban, se consolidaban y se expandían. Este proceso conllevaba la destrucción de toda competencia, y así, se propagaban por el mercado como una especie de plaga económica, devorando todo a su paso. En este escenario, la clase media era quizá el sector más vulnerable. Las pequeñas empresas sucumbían ante estas economías de gran escala, y los profesionales independientes eran desplazados por grandes estructuras corporativas. Muchos profesionales —ya sabes— estaban a un mero cambio tecnológico de quedar totalmente obsoletos. Es decir, algo muy parecido a lo que ocurre hoy en día, cuando un modelo de IA, una nueva plataforma de software o una simple herramienta de automatización pueden hacer desaparecer de la noche a la mañana categorías enteras de empleos.


Así pues, Marx consideraba que la llamada clase media no era una categoría estable. Se trataba de una categoría de transición, un amortiguador temporal entre la élite capitalista y la mayoría trabajadora, y creía que el propio capitalismo terminaría por erosionar completamente dicho amortiguador.


Los ecos modernos


Al observar el mundo actual, resulta difícil no percibir el patrón que acertadamente describió Marx. Vivimos en una era de extraordinaria concentración de riqueza en manos de unos pocos. Un puñado de empresas —Amazon en el comercio minorista, Google en la información, BlackRock en las finanzas— opera a una escala que simplemente borra del mapa a los competidores más pequeños. Un reducido número de compañías tecnológicas moldea nuestra forma de comunicarnos, comprar, trabajar e incluso de concebirnos a nosotros mismos. Unas pocas instituciones financieras mueven tales sumas de dinero que empequeñecen los presupuestos de naciones enteras. Asimismo, un pequeño grupo de individuos posee una riqueza a una escala que habría resultado casi inimaginable en la época de Marx. Esta concentración se manifiesta no sólo en las estadísticas, sino también en imágenes: superyates del tamaño de cruceros; aviones privados que contemplan el cielo como una especie de autopista personal; equipos de seguridad privada semejantes a pequeños ejércitos, y residencias que no son simples casas, sino complejos que parecen estados en sí mismos, mundos privados. No se conforman sólo con el pan, también quieren el circo: los equipos deportivos, los periódicos, los estudios cinematográficos, las plataformas de streaming, las editoriales, el mundo de las celebridades y las empresas de entretenimiento que determinan qué vemos, qué leemos y de qué hablamos el resto de nosotros.


Así pues, no se trata simplemente de distracciones. Son instrumentos que ayudan al sistema a perpetuarse a sí mismo. Son símbolos de una brecha estructural, un recordatorio visible de que un grupo minúsculo habita un universo económico muy distinto al del resto de la población. Mientras tanto, la clase media —ese gran motor de las reformas del siglo XIX, la clase que hizo posibles las revoluciones estadounidense y francesa y que construyó el Estado-nación liberal moderno— se está desmoronando. Los costes de la vivienda se han disparado en relación con los ingresos. En muchos países, ser propietario de una vivienda se percibe hoy como un privilegio más que como una necesidad vital. Los salarios de los trabajadores se han estancado, aun cuando la productividad y los beneficios empresariales han aumentado. La seguridad laboral se ha debilitado, los contratos de corta duración, el trabajo esporádico y las reestructuraciones constantes se han convertido en parte de la vida cotidiana. Es posible que tú mismo hayas sufrido esta experiencia de tener que volver a solicitar tu propio puesto de trabajo, pero bajo nuevas condiciones, obviamente menos favorables. Ya quedan pocos empleos para toda la vida. Las carreras profesionales que antaño ofrecían estabilidad hoy se perciben como precarias. Profesores, enfermeros, académicos, mandos intermedios: personas que en otro tiempo habrían tenido la certeza de llevar una vida sólida y respetable, hoy se sienten cada vez más atenazadas entre el aumento de los costes y el estancamiento de los ingresos.


La automatización amenaza a sectores enteros, desde la industria manufacturera hasta los empleos de oficina, así como a esa promesa de que a cada generación le irá mejor que a la anterior, de que tus hijos tendrán más de lo que tú tuviste. Esa idea se está desvaneciendo. Incluso en el plano cultural, el estado de ánimo ha cambiado. La gente siente ansiedad, inseguridad e incertidumbre respecto al futuro. Se sienten eclipsados por una riqueza que ni siquiera pueden imaginar. Perciben que el sistema está esencialmente amañado, que las oportunidades se reducen y que la clase media ya no es un terreno seguro donde asentarse. Y esta sensación de verse acorralados —económica, social y psicológicamente— es una de las grandes experiencias definitorias de la vida moderna. Ciertamente no hace falta ser marxista para verlo, es simplemente la realidad del mundo actual.


Así pues, Marx predijo que el capitalismo generaría esta élite minúscula y convertiría a todos los demás en una masa amorfa de trabajadores: indistinguibles, intercambiables y desechables. Los detalles han cambiado, pero el patrón es inconfundible. La superficie del mundo sigue transformándose —las tecnologías, las modas, el perfil urbano—, pero bajo esa superficie siguen actuando las mismas fuerzas de siempre. Y el propio Marx habría reconocido la realidad de nuestro mundo al instante.


¿Se equivocó Marx o simplemente se adelantó a su tiempo?


Algunos podrían decir: "Ya ya, pero Marx no era infalible. Se equivocó, ¿no es así?". Y señalarán todo aquello que pasó por alto. Dirán: "No previó el Estado de bienestar, que suavizó algunos de los aspectos más duros del capitalismo. No previó el capitalismo de consumo, que generó nuevas formas de aspiración e identidad. No previó el auge de la economía de servicios, que transformó por completo los mercados laborales. Y no previó la existencia de instituciones democráticas capaces de regular los mercados, redistribuir la riqueza y proteger a los trabajadores". Es muy probable que hayas escuchado estos argumentos durante tus estudios, especialmente en el periodo posterior a la Guerra Fría. Sin embargo, el problema de este razonamiento es que muchas de esas instituciones —precisamente las que supuestamente “demostraban” que Marx estaba equivocado— están colapsando hoy en día. Los presupuestos destinados al llamado bienestar social se reducen en todo el mundo, los organismos reguladores se debilitan constantemente e incluso la democracia misma parece más frágil que antaño. Todo indica que ese “saber adaptarse a la situación”, que creíamos que refutaba a Marx, no fue más que desviación temporal, intento de contener la voraz maquinaria, de frenar la apisonadora, de nadar contra la corriente. Y ahora, a medida que esos mecanismos de contención se debilitan, reaparece la dinámica subyacente —la misma que describió Marx—: esa según la cual, y por la propia naturaleza del capitalismo, genera una élite que oprime y exprime al resto de la sociedad. Por eso los males del mundo moderno nos resultan tan familiares: porque alguien los describió con precisión asombrosa hace 150 años.


★


30 septiembre, 2026

"PIG DATA" EN LOS LODAZALES DE LAS ENCUESTAS ALUCINOGENAS

 


Fernando Buen Abad Domínguez – 29/09/2026


Pig Data es una metáfora crítica y deliberadamente irónica dirigida a la agrupación de "encuestas" y "estadísticas" en un mercado que se ha intoxicado con el ilusionismo del Big Data. Este se ha transformado en una forma de apropiación mercantil de la subjetividad: el individuo se reduce a una unidad de datos, perfil de consumo, probabilidad de comportamiento y objeto de intervención. Una porquería demagógica centavera.


Durante el período del capitalismo tardío, el ámbito de la reproducción ideológica ha experimentado una evolución hacia formas cada vez más sofisticadas de fetichismo tecnológico. La expansión de la algoritmia, la datificación de la vida social y la mercantilización de las conductas han creado un territorio donde la conciencia humana puede ser fragmentada, clasificada, cuantificada y convertida en mercancía. En ese universo emerge lo que aquí podemos denominar, deliberadamente, Pig Data: una parodia crítica del Big.


Entonces el término 'data' alude a la conversión del individuo en ganado digital, sometido a la extracción continua de información, alimentado por estímulos mediáticos, segmentado por algoritmos y procesado hasta la última gota de sus preferencias. Lejos de la inocencia analítica que pretenden exhibir determinadas consultoras demoscópicas, estamos ante una maquinaria de producción de representaciones sobre la conciencia social que puede terminar reificando aquello mismo que pretende medir. Los comerciantes de encuestas no son necesariamente científicos sociales en sentido estricto; cuando su actividad se subordina a la lógica mercantil, operan como taquígrafos del capital: registran fragmentos cuantificables de la realidad y los devuelven convertidos en mercancías simbólicas capaces de adquirir autoridad política. El problema, por tanto, no es la estadística.


Una encuesta rigurosamente diseñada puede aportar información relevante sobre determinadas percepciones, comportamientos o tendencias. La dificultad se manifiesta cuando el instrumento de medición se eleva a la categoría de oráculo, cuando un porcentaje pretende asumir el lugar de la totalidad social y cuando la cifra deja de ser un dato que requiere interpretación para transformarse en una mercancía política que se compra, se vende, se publicita y, en última instancia, se emplea para fabricar una apariencia de realidad. Ese es el núcleo del problema: no la existencia de números, es el fetichismo del número.


Entonces la mercancía encuesta aparece como una cosa aparentemente objetiva, autónoma y neutral, separada de las relaciones sociales que la producen. Sin embargo, detrás de cada porcentaje existen decisiones concretas: quién pregunta, a quién pregunta, cómo formula la pregunta, cuándo realiza el relevamiento, qué universo construye, qué categorías utiliza, qué respuestas excluye, cómo pondera los resultados, qué supuestos metodológicos adopta, quién financia el estudio y quién posee los medios necesarios para convertir sus resultados en noticia, titular, propaganda o argumento de autoridad. La cifra no cae del cielo. Tiene productores, compradores, procedimientos, costos, intereses y efectos. Tiene una economía política. La mistificación comienza cuando todas esas mediaciones desaparecen y queda solamente el número: "el 37 % piensa esto", "el 42 % prefiere aquello", "la intención de voto subió tres puntos". El porcentaje adquiere entonces una apariencia de existencia independiente y comienza a hablar en nombre de una totalidad que jamás puede representar por sí mismo. La operación es profundamente fetichista: las relaciones sociales que produjeron el dato quedan ocultas detrás del dato mismo.




Aquí reaparece, con una potencia renovada por la digitalización, la crítica marxiana del fetichismo de la mercancía. Marx mostró que la mercancía tiende a ocultar las relaciones sociales entre productores, presentándose como una cosa dotada de valor propio. En la encuesta fetichizada ocurre algo semejante: desaparecen entrevistadores, muestras, cuestionarios, ponderaciones, silencios, exclusiones, condiciones históricas y decisiones metodológicas, mientras el número aparece como si poseyera una verdad autónoma. Por el contrario, ningún número habla por sí mismo. Hablan las instituciones que lo producen, los medios que lo amplifican y las relaciones sociales dentro de las cuales adquiere significado. La cifra es una construcción metodológica situada; su interpretación es una operación social; su circulación puede convertirse en una intervención política. Por eso la pregunta marxista no puede detenerse en “¿cuánto?”. Debe avanzar hacia interrogantes más incómodos: ¿quién produjo ese dato?, ¿con qué recursos?, ¿bajo qué relaciones de poder?, ¿para quién?, ¿con qué categorías?, ¿qué quedó fuera de la muestra?, ¿qué intereses determinan su circulación?, ¿quién tiene capacidad para convertir un porcentaje en verdad pública?


Ese reduccionismo numérico opera precisamente ocultando esas preguntas. Consigue hacer pasar la parte medible por el todo real. La sociedad aparece como una suma de respuestas individuales, la conciencia colectiva como una tabla estadística y la historia como una sucesión de curvas ascendentes y descendentes. La complejidad dialéctica de la vida social queda comprimida en indicadores. La lucha de clases, las condiciones materiales de existencia, la precarización laboral, la concentración de la riqueza, las relaciones de propiedad, la experiencia cotidiana de los trabajadores, las estructuras mediáticas, las memorias históricas y las contradicciones sociales se reducen a una sucesión de porcentajes. La sociedad comienza a parecerse a una bolsa de valores emocional: sube, baja, empata, se dispara, se desploma. Se sustituye la explicación por la cotización. La historia queda convertida en presente estadístico.


Desde una perspectiva materialista, una sociedad no puede ser comprendida como la suma aritmética de opiniones individuales. Las opiniones se producen socialmente. Tienen condiciones materiales, historias, lenguajes, experiencias de clase, relaciones laborales, consumos culturales, memorias colectivas y horizontes de expectativa. Una encuesta puede registrar una respuesta; no puede, por sí sola, explicar la totalidad de las relaciones que hicieron posible esa respuesta. Puede informar qué porcentaje declara determinada opinión, pero no transforma automáticamente esa declaración en explicación histórica. Medir no equivale a comprender. Contar no equivale a explicar. Registrar una correlación no significa demostrar una causalidad. El fetichismo de la cifra comienza cuando se confunden estas operaciones y cuando el instrumento destinado a observar una realidad termina presentándose como la realidad misma.


De allí surge el ilusionismo político del reduccionismo numérico. Se presenta como realidad consolidada lo que puede ser solamente una fotografía metodológicamente condicionada de un momento, de una muestra y de un universo previamente definido. Incluso una encuesta técnicamente rigurosa está sometida a condiciones de producción que deben ser conocidas para interpretar sus resultados. La ilusión aumenta cuando los medios convierten pequeñas variaciones estadísticas en acontecimientos dramáticos y cuando las diferencias entre mediciones se narran como si fueran transformaciones profundas de la conciencia social. La aritmética comienza a sustituir a la historia. El número deja de ser evidencia parcial y pasa a funcionar como argumento de autoridad.


Su industria demoscópica puede entonces convertirse en un mercado de incertidumbre. El capital no adquiere necesariamente estos productos por simple curiosidad científica: los adquiere porque necesita información para administrar riesgos, anticipar comportamientos, segmentar públicos, orientar estrategias y organizar decisiones. La encuesta se transforma así en mercancía simbólica. Se vende información, pero también se vende expectativa; se vende incertidumbre empaquetada como precisión; se vende la posibilidad de anticipar comportamientos colectivos y, sobre todo, se vende autoridad. El comerciante de encuestas ofrece un producto capaz de intervenir en conversaciones públicas, estrategias de comunicación, decisiones empresariales y percepciones ciudadanas. La mercancía no solamente describe: puede producir efectos.


Aquí aparece una contradicción fundamental. La encuesta pretende medir la opinión pública, pero sus resultados pueden convertirse ellos mismos en acontecimientos dentro de la opinión pública. Una cifra repetida puede modificar conversaciones, generar sensación de ascenso o descenso, instalar la percepción de que determinada posición es mayoritaria o minoritaria y producir comportamientos que posteriormente se presentarán como confirmación de la propia medición. El instrumento termina interviniendo sobre aquello que pretende observar. No es necesario imaginar una conspiración para comprender este mecanismo. Basta analizar la inserción material de la encuesta dentro del sistema de comunicación, propiedad y poder. Una información que se repite millones de veces deja de ser simplemente información: participa en la construcción del ambiente simbólico dentro del cual los sujetos interpretan su propia realidad.


Con la expresión "la gente piensa" debería, por eso, provocar inmediatamente preguntas. ¿Qué gente? ¿Qué universo? ¿Quién respondió y quién no? ¿Qué condiciones hicieron posible la respuesta? ¿Qué preguntas precedieron a esa pregunta? ¿Qué categorías se ofrecieron? ¿Qué acontecimientos estaban ocurriendo cuando se levantó el campo? ¿Qué supuestos estadísticos permitieron extrapolar respuestas individuales hacia afirmaciones sobre una colectividad? ¿Qué intereses financiaron la investigación? ¿Qué medios seleccionaron ese resultado entre otros posibles? Preguntas elementales que desaparecen cuando el número se convierte en espectáculo. El fetichismo estadístico produce precisamente ese efecto: transforma una construcción social en una apariencia natural.


Y el Pig Data representa una extensión digital de este problema. La proliferación de bases de datos, plataformas, paneles, sistemas de segmentación y dispositivos de seguimiento permite extraer cantidades crecientes de información sobre conductas y preferencias. No obstante, más datos no significan automáticamente más verdad. La acumulación cuantitativa puede coexistir con una pobreza cualitativa de interpretación. El Big Data puede transformarse en Big Illusion cuando la abundancia de registros genera la fantasía de que la sociedad está completamente conocida porque ha sido suficientemente contabilizada. El problema no es solamente cuánto dato existe, sino quién posee el dato, quién lo procesa, quién define las categorías, quién controla los algoritmos y quién puede convertir la información en poder.


Entonces, el Pig Data es, en este sentido, una expresión de la apropiación capitalista de la subjetividad. El individuo deja de aparecer como sujeto histórico inserto en relaciones sociales y comienza a ser tratado como un átomo estadístico, una unidad de consumo, una probabilidad de conducta, un perfil de audiencia o un punto dentro de una base de datos. Su subjetividad se despoja de contexto y convertida en información intercambiable. El ciudadano produce datos sobre sí mismo y luego recibe esos datos como una verdad externa, administrada por instituciones que pueden convertirlos en mercancía. Allí reside una forma particularmente sofisticada de alienación: aquello que los sujetos producen colectivamente sobre sus propios comportamientos regresa ante ellos como una fuerza aparentemente independiente.


Toda esa mercantilización de la voluntad popular puede fragmentar la conciencia de conjunto. Allí donde debería investigarse la totalidad concreta de las relaciones sociales, aparece el individuo aislado de su historia. Allí donde existe una clase con experiencias materiales comunes y contradicciones compartidas, aparece una colección de respuestas privadas. Allí donde existe conflicto social, aparece una distribución porcentual. La sociedad se atomiza para ser vendida. Y el ciudadano corre el riesgo de ser convertido simultáneamente en consumidor de encuestas y materia prima de una industria que comercializa sus respuestas.


Esta lógica tiene además una consecuencia ideológica decisiva: puede contribuir a delimitar lo que parece pensable. Si una determinada alternativa se presenta repetidamente como minoritaria, improbable o estadísticamente irrelevante, puede producirse una percepción de imposibilidad antes de discutir sus fundamentos materiales. Las encuestas, los medios y los dispositivos algorítmicos pueden participar así en la construcción de un cerco epistemológico: no necesariamente porque exista una conspiración centralizada, sino porque los criterios de rentabilidad, visibilidad, audiencia y circulación seleccionan determinados discursos y relegan otros. La democracia corre entonces el riesgo de ser representada como un mercado permanente de preferencias cuantificadas, donde la mayoría estadística aparece como fuente última de legitimidad y donde la capacidad de transformar las condiciones materiales queda subordinada a la capacidad de aparecer en una medición.


Su reduccionismo numérico anula la dialéctica cuando sustituye el movimiento histórico por la proyección lineal de tendencias. Marx enseñó a comprender la sociedad desde sus contradicciones y desde las relaciones materiales que estructuran la lucha de clases. El capitalismo, en cambio, tiene un interés permanente en presentar sus formas históricas como si fueran naturales y sus contradicciones como simples desviaciones cuantificables. La estadística descriptiva puede terminar funcionando ideológicamente cuando transforma el conflicto en indicador, la explotación en porcentaje, la alienación en índice de confianza y la indignación social en fluctuación de opinión. La rabia acumulada en la experiencia material de la explotación queda traducida a una cifra administrable. La contradicción se vuelve variable. El conflicto se vuelve dato. La historia se convierte en gráfico.


Por el contrario, una crítica rigurosa debe evitar también la trampa del antiintelectualismo. Sería absurdo responder al fetichismo estadístico negando la utilidad de la estadística. El marxismo no tiene por qué elegir entre el culto al número y el desprecio por los datos. Puede exigir mejores datos, mejores métodos y, sobre todo, una interpretación socialmente situada de esos datos. La crítica no consiste en destruir el termómetro porque la temperatura pueda ser utilizada ideológicamente. Consiste en impedir que el termómetro se presente como explicación de la enfermedad. Una encuesta puede ser una herramienta de investigación; convertida en fetiche, puede convertirse en instrumento de mistificación. La cuestión decisiva es qué lugar ocupa dentro de una investigación de la totalidad social.


Por eso necesitamos una crítica de la economía política aplicada a la información. Hay que estudiar la cadena completa: producción del dato, propiedad de la información, financiamiento, metodología, procesamiento, circulación mediática, apropiación empresarial y efectos sociales. Hay que preguntar qué intereses encuentran valor en determinado conocimiento y qué sujetos quedan invisibilizados cuando la sociedad se reduce a las categorías disponibles para ser comercializadas. Detrás de cada porcentaje existe una relación social de producción; detrás de cada clasificación existe una decisión; detrás de cada algoritmo existe una arquitectura institucional; detrás de cada visualización existe una selección de aquello que se considera relevante y de aquello que queda fuera del cuadro.


Un verdadero desafío, entonces, no consiste en elegir entre números y realidad. Consiste en recuperar la relación entre ambos. Frente al ilusionismo político del Pig Data, hay que devolverle historia al número, conflicto al porcentaje y sociedad al dato. No basta preguntar cuánto. Hay que preguntar quién, cómo, cuándo, para qué y bajo qué relaciones de poder. No basta saber qué porcentaje respondió. Hay que investigar quién pudo responder, quién quedó fuera y qué condiciones sociales hicieron posible esa respuesta. No basta observar que una cifra cambia. Hay que determinar qué cambió realmente y qué puede obedecer a modificaciones de muestra, ponderación, participación, formulación o contexto.


Sus estadísticas pueden ayudar a conocer la realidad; nunca debería ser autorizada a reemplazarla. Cuando el número se transforma en mercancía y la mercancía en autoridad, la encuesta deja de ser únicamente una técnica de medición y pasa a formar parte de la lucha por producir la apariencia de realidad. Ese es el ilusionismo político: vender como conciencia colectiva aquello que apenas es una cifra obtenida de una muestra; vender como tendencia histórica aquello que puede ser una oscilación; vender como voluntad popular aquello que fue previamente seleccionado, clasificado, ponderado y empaquetado para circular en el mercado de la información.


Nuestra crítica no exige abandonar los números. Exige arrancarlos del fetichismo. Exige devolverles sus condiciones materiales de producción. Exige recordar que ninguna sociedad cabe enteramente en una tabla, que ninguna conciencia colectiva puede ser reducida a una columna porcentual y que detrás de cada dato existe una relación social que debe ser investigada. El desafío es pasar del dato como mercancía al dato como instrumento crítico; del porcentaje como espectáculo a la estadística como herramienta; de la encuesta como oráculo a la investigación como proceso. La emancipación no puede quedar subordinada a los gráficos de torta que los dispositivos mediáticos exhiben como oráculos de una voluntad general previamente cuantificada. Exige volver a la materialidad de la existencia social: a los lugares de trabajo, a los barrios, a los territorios explotados, a las relaciones de propiedad, a las condiciones concretas en las que se reproduce la vida, a los cuerpos que trabajan, padecen, resisten y organizan su experiencia colectiva.


Cuando los comerciantes venden números como si fueran destino, corresponde preguntar qué realidad material quedó fuera del cuadro. Cuando presentan porcentajes como conciencia colectiva, corresponde reconstruir las relaciones sociales que produjeron esas respuestas. Cuando ofrecen predicciones como si se hicieran consumadas, corresponde recuperar la historicidad, la contingencia y la capacidad de praxis de los sujetos. La clase trabajadora no puede ser reducida a ganado de datos para alimentar las predicciones del capital. Es una fuerza social constituida históricamente, capaz de interpretar, organizarse y transformar sus condiciones materiales de existencia. Sólo desde esa perspectiva los números recuperan su lugar: dejan de ser oráculos y vuelven a ser herramientas. Porque la realidad social no necesita comerciantes de certezas; necesita investigación rigurosa de sus contradicciones. Y frente a la industria que pretende convertir la conciencia en mercancía, la tarea crítica consiste en desmontar el mecanismo que transforma al sujeto histórico en objeto estadístico. No para destruir el termómetro, sino para impedir que nos convenzan de que medir la fiebre equivale a explicar la enfermedad. Y cobrarnos caro el espejismo.


★