09 julio, 2019

Súbitamente, todo deviene vestigio — Loam




No me he planteado nunca cómo salir de la cárcel, sino cómo destruirla, dado que eso es el capitalismo, una cárcel de la que no se puede salir más que destruyéndola.

En sus más justos términos, paz significa que a nadie le falta ni le sobra nada. El fracaso del capitalismo es evidente.

Consciente. Mi conocimiento es muy limitado, pero en señaladas ocasiones abarca convenientemente lo esencial.

Lástima que algunos escritores desaparecidos no hubieran escrito más, y que otros, vivos o desaparecidos, hayan escrito tanto.

Va brotando del silencio el fragoroso rugir de la urbe, que no despierta: se pone en funcionamiento.

Si la flor no se marchita, no es una flor. Si no permanece, tampoco.

Democracia. No es el atrezzo lo que hay que cambiar, sino el guión y los actores.

Paradoja. Ha sido la extrema agudeza de nuestros sentidos la que ha permitido engendrar los instrumentos capaces de confundirlos y engañarlos.

Ruido, ruido, ruido ininterrumpido y trepidante. No hay donde guarecerse del ubicuo fragor acústico que nos convierte en aturdidos apéndices del disparate. Se alimenta al tímpano como a las ocas, provocando la obesidad de su sordera, preparándolo para el banquete de la demagogia.

Mercado. Al acecho de nuestras debilidades para potenciarlas y así sustituir nuestras defensas naturales por su protección artificial.

Súbitamente, todo deviene vestigio.

Loam