O cómo la derrota en la
guerra contra Irán acelerará el declive global estadounidense.
TomDispatch
– 23/04/2026
Traducción: Arrezafe
Lo que el historiador
griego Plutarco
escribió hace más de 2.000 años, nos ofrece una elocuente
descripción de lo que los historiadores modernos denominan hoy
"micromilitarismo".
Cuando una potencia
imperial, como Atenas en aquel entonces o Estados Unidos ahora, está
en decadencia, sus líderes a menudo reaccionan emocionalmente
emprendiendo ataques militares aparentemente audaces con la esperanza
de recuperar la grandeza imperial que se les escapa de las manos.
Sin embargo, en lugar de
otra de las grandes victorias que el imperio cosechó en la cima de
su poder, tales desventuras militares solo sirven para acelerar el
declive en curso, borrando cualquier aura de majestad imperial aún
restante y revelando, en cambio, la podredumbre moral que subyace en
la élite gobernante.
Cada vez hay más pruebas
históricas de que Estados Unidos es, en efecto, un imperio en franca
decadencia, mientras que la guerra que el presidente Donald Trump ha
elegido contra Irán se está convirtiendo en el tipo de desastre
micromilitar que contibuyó a destruir sucesivos imperios en los
últimos 2.500 años, desde la antigua Atenas hasta el Portugal
medieval, pasando por la España moderna, Gran Bretaña y ahora
Estados Unidos.
Y en el fondo de cada una
de esas desafortunadas decisiones bélicas se encontraba un líder
problemático, a menudo nacido en la riqueza y el prestigio, cuyas
deficiencias personales reflejaban y ramificaban las numerosas
irracionalidades que hacen del declive imperial un proceso tan
doloroso.
Durante esa espiral
descendente y desmoralizante, los ejércitos imperiales, tan letales
en el ascenso de un imperio, pueden cometer el error de sumir a sus
países en agotadoras, incluso desastrosas, "microaventuras
militares": esfuerzos psicológicamente compensatorios para
paliar la pérdida del poder imperial tratando de ocupar nuevos
territorios o exhibir un imponente poderío militar.
Si bien este
micromilitarismo a menudo elegía objetivos que resultaban
estratégicamente insostenibles, las presiones psicológicas sobre
los imperios en decadencia son tan fuertes que con demasiada
frecuencia arriesgan su prestigio en este tipo de desventuras.
Tales desastres no solo
añadieron presiones financieras a los numerosos problemas de un
imperio en decadencia, sino que, de forma humillante, también
expusieron invariablemente su poder menguante, al tiempo que
exacerbaron el impacto desestabilizador del declive imperial en las
capitales del imperio (ya fueran Atenas, Lisboa, Madrid, Londres o
Washington, D.C.).
En estos tiempos, cuando
cesen los bombardeos y finalmente se retiren los escombros de las
calles de Teherán y Beirut, el impacto de semejante derrota de facto
en el poder global de Estados Unidos quedará demasiado claro:
alianzas como la OTAN se debilitarán, la hegemonía estadounidense
se desvanecerá, se perderá la legitimidad, aumentará el desorden
mundial y la economía mundial se resentirá.
Permítanme ahora dejar
de lado los desastres del actual momento imperial para centrarme en
las lecciones de la historia y explorar el tipo de daño duradero que
la desventura micromilitar de Donald Trump en Oriente Medio podría
estar infligiendo al decadente imperio de este país.
La derrota de Atenas
en Sicilia
La fecha, el año 413 a.
C. El lugar, la antigua Atenas, entonces sede de un poderoso imperio
que dominó durante mucho tiempo la cuenca del mar Egeo, pero que
perdió influencia ante el constante desafío militar de Esparta.
En el puerto del Pireo,
«cierto forastero», como recordó
el historiador y filósofo Plutarco, «tomó asiento en una
barbería y comenzó a disertar sobre lo sucedido como si los
atenienses ya lo supieran todo». Atónito por el relato de este
forastero sobre una debacle militar en la lejana Sicilia, el barbero
«corrió a toda velocidad hacia la ciudad alta» de Atenas, donde la
noticia provocó «consternación y confusión».
Lo que aquel desconocido
describió fue el mayor desastre militar en la historia del imperio
ateniense. Dos años antes, en medio de las prolongadas Guerras del
Peloponeso, el aristócrata Nicias —un líder indiferente e
indeciso que utilizó su fortuna heredada para ganarse la popularidad
con fastuosos espectáculos— persuadió a los ciudadanos de Atenas
para que asestaran un golpe teóricamente audaz contra una potencia
imperial rival, Esparta, atacando a su aliada Siracusa en Sicilia con
la esperanza de debilitar al enemigo, capturar riquezas y recuperar
la menguante hegemonía de Atenas.
Sin embargo, en lugar de
la victoria, la vasta armada ateniense, compuesta por 200 barcos y
unos 12.000 soldados, sufrió una derrota devastadora. No sólo se
destruyó la flota (en gran parte porque Nicias demostró ser un
comandante militar incompetente), sino que sus soldados
supervivientes fueron capturados, confinados en una cantera y
vendidos como esclavos. Atenas jamás se recuperó.
En el plazo de una
década, la ciudad había sido sometida por el hambre debido al
impenetrable bloqueo naval impuesto por Esparta en un punto
estratégico del estrecho de los Dardanelos, despojada de su imperio
y sometida al gobierno autocrático de una oligarquía proespartana.
El desastre de
Portugal en Marruecos
Nuestra próxima fecha es
1578. El lugar es Portugal, sede de un lucrativo imperio que había
controlado el comercio a través del Océano Índico durante décadas,
pero cuya hegemonía se veía ahora amenazada por príncipes
mercaderes musulmanes aliados con el Imperio Otomano.
En su capital, Lisboa, un
joven rey testarudo, Sebastián,
sufría de impotencia sexual y un temperamento fogoso que lo
convirtió en un fanático "capitán de Cristo".
Con la idea de asestar un
golpe decisivo en la guerra global de su país contra el islam, el
joven rey persuadió a la flor y nata de la aristocracia portuguesa
para que lo acompañara en una cruzada moderna a través del mar
Mediterráneo hasta Marruecos. Allí, en la fatídica batalla
de Alcazarquivir, el ejército portugués fue masacrado por las
fuerzas musulmanas locales. Unos 8.000 soldados portugueses murieron,
15.000 fueron capturados y sólo 100 lograron escapar.
La derrota fue tan
devastadora que no sólo destruyó al rey y su corte, sino que
también precipitó la incorporación del país al imperio español
durante los siguientes 60 años. Tras estos reveses, el portugués
Estado da India en Goa se vio reducido a vender licencias a
cualquier capitán de barco que pudiera pagar, fuera hindú, musulmán
o cristiano. Al desaparecer el dominio comercial portugués del
océano Índico, los mercaderes y peregrinos musulmanes pudieron
volver a cruzarlo sin impedimentos.
Aunque el imperio
portugués sobreviviría durante otros tres siglos, nunca recuperaría
la hegemonía comercial que en su día le había permitido dominar
las rutas marítimas del mundo, desde las Islas de las Especias de
Indonesia, a través del Océano Índico y el Atlántico Sur, hasta
la costa de Brasil.
El desastre de España
en las montañas del Atlas
Y ahora, saltando varios
siglos, otra fecha significativa para los desastres imperiales es
1920. Lugar, Madrid, donde los líderes españoles ya se tambaleaban
por el estrés psicológico del largo declive imperial de su país,
que culminó con la pérdida de sus últimas colonias, Cuba, Puerto
Rico y Filipinas, en la Guerra Hispano-Estadounidense de 1898 contra
un Estados Unidos en ascenso.
En su búsqueda de la
regeneración a través de nuevas conquistas coloniales, los líderes
conservadores de España reaccionaron a esa desmoralizante derrota
expandiendo sus pequeños enclaves costeros en el norte de Marruecos
para establecer un protectorado sobre toda la región y sus áridas
montañas del Atlas.
El inepto monarca español
Alfonso XIII, a quien le gustaba jugar a ser soldado, cultivó una
camarilla de militares de confianza que compartían su pasión por
recuperar la gloria imperial perdida mediante la pacificación de
aquel accidentado terreno.
La resistencia de los
musulmanes bereberes al dominio español se intensificó dando lugar
a la sangrienta Guerra del Rif de 1920, cuando uno de los generales
favoritos del rey condujo a sus tropas a la Batalla
de Annual, donde los combatientes bereberes masacraron a unos
12.000 de ellos.
No obstante, gracias a la
influencia del rey y sus aliados militares, España se aferró
desesperadamente a aquellas baldías montañas marroquíes. De hecho,
los españoles enviarían allí 125.000 soldados más, incluyendo la
Legión Extranjera, liderada por Francisco Franco, –que en la
década de 1930 se convertiría en el líder de una España
fascista–, para una prolongada campaña de pacificación que
incluyó matanzas masivas e innovaciones militares.
En una búsqueda
desesperada por una victoria que desafiaba tanto la racionalidad
económica como la estratégica, España produjo unas 400 toneladas
métricas de gas mostaza letal para llevar a cabo el primer bombardeo
aéreo de la historia con gas venenoso, sembrando la muerte en masa
sobre las aldeas bereberes.
Y en la primera operación
anfibia exitosa de la historia militar, la armada española también
desembarcó 18.000 soldados y un escuadrón de tanques ligeros en la
bahía
de Alhucemas, en septiembre de 1925, para flanquear y pronto
derrotar a las guerrillas bereberes que allí se encontraban.
Sin embargo, ese
micromilitarismo no sólo sumió a España en una prolongada campaña
de pacificación con costes desorbitados, numerosas bajas y
atrocidades masivas, sino que también desató fuerzas políticas que
acabarían destruyendo su ya precaria democracia.
Mientras las masas
protestaban contra aquella guerra desafortunada, el rey Alfonso
respaldó a un militar de confianza, el general
Primo de Rivera, para imponer una década de dictadura que
finalmente dio paso a una efímera Segunda República.
Sin embargo, en 1936,
apenas una década después del fin de la Guerra del Rif, el general
Franco volaba sobre el mar Mediterráneo desde Marruecos, regresando
con su Ejército de África, dando inicio a una guerra civil que
derrotaría a la República y establecería la dictadura fascista que
gobernaría el país durante casi 40 nefastos años de estancamiento
social y económico.
El fin del Imperio
Británico en Suez
Sin embargo, podría
decirse que, en lo que respecta al declive imperial, la fecha más
reveladora fue 1956. El lugar, Londres, sede del otrora orgulloso
Imperio Británico, donde la sofocante presión de una dolorosa y
prolongada retirada imperial global había empujado a los
conservadores británicos a una desastrosa intervención micromilitar
en el Canal de Suez de Egipto, lo que condujo a lo que un diplomático
británico denominaría la "agonizante convulsión del
imperialismo británico".
En julio de 1956 (como se
describe en mi reciente libro La Guerra Fría en los Cinco
Continentes), el carismático presidente de Egipto, Gamal Abdel
Nasser, nacionalizó el Canal de Suez, poniendo fin al control
colonial británico en la zona, lo que conmocionó al mundo árabe y
lo elevó a la primera posición entre los líderes mundiales.
Aunque los barcos
británicos aún podían transitar libremente por el canal, el primer
ministro conservador del país, Anthony Eden, un aristócrata
vanidoso y acérrimo defensor del imperio, se sentiría profundamente
perturbado, si no desquiciado, por el nacionalismo vehemente de
Nasser. De hecho, su liderazgo durante la crisis resultaría tan
inestable que altos funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores
llegarían a convencerse de que «Eden había perdido la cabeza».
En respuesta a la noticia
de la nacionalización del canal, un furioso Eden convocó
inmediatamente un consejo de guerra a las cuatro de la mañana.
Llamando a Nasser "Mussolini musulmán", en referencia al
antiguo gobernante fascista de Italia, Eden ordenó: "Que lo
echen y me importa un bledo si hay anarquía y caos en Egipto".
Dejando perfectamente
claro su mensaje, Eden le preguntó a su ministro de Asuntos
Exteriores: "¿Qué es toda esta tontería de aislar a Nasser o
'neutralizarlo', como usted lo llama?". Luego añadió con
énfasis: “Quiero que lo destruyan, ¿no lo entiende? Quiero que lo
asesinen.”
Sin embargo, ante el
fracaso del servicio secreto británico MI6 en sus múltiples
intentos de asesinarlo, el gobierno de Eden comenzó a conspirar con
los franceses e israelíes para lanzar una invasión secreta en dos
fases de la zona del Canal de Suez.
El 29 de octubre, el
ejército israelí, liderado por el intrépido general Moshe Dayan,
arrasó la península del Sinaí, destruyendo tanques egipcios y
acercando a sus tropas a menos de 16 kilómetros del canal.
Utilizando esos combates
como pretexto para su propia intervención (supuestamente para
restablecer la paz), en tan solo tres días, una armada de seis
portaaviones anglo-franceses aplastó a la fuerza aérea egipcia,
destruyendo 104 de sus nuevos cazas a reacción soviéticos MIG y 130
aviones adicionales.
Con las fuerzas
estratégicas de Egipto destruidas y su ejército prácticamente
indefenso ante el poderío de esa maquinaria imperial, Nasser
desplegó una estrategia geopolítica brillante por su sencillez.
Hizo llenar de rocas
docenas de viejos barcos de carga y luego los hundió en la entrada
norte del canal, cerrando rápidamente uno de los principales puntos
estratégicos marítimos del mundo y cortando así el suministro
vital de petróleo de Europa proveniente del Golfo Pérsico.
Para cuando 22.000
soldados británicos y franceses comenzaron a desembarcar en el
extremo norte del canal el 6 de noviembre, su objetivo de asegurar la
libre circulación marítima ya se les había escapado de las manos.
Tras aquel desastre
militar a pequeña escala, Gran Bretaña sería reprendida por las
Naciones Unidas; su moneda requeriría un rescate del Fondo Monetario
Internacional para evitar su colapso total; su aura de majestad
imperial se habría desvanecido; y el otrora poderoso Imperio
Británico estaría en vías de extinción. En retrospectiva, la
Crisis de Suez no solo pondría al descubierto el declive absoluto
del poder británico, sino que también demostraría al mundo que la
clase dirigente conservadora del país, con sus ilusiones de
superioridad imperial y racial, ya no era capaz de ejercer un
liderazgo global.
La derrota de Estados
Unidos en el estrecho de Ormuz
Otra fecha que
probablemente resulte más que significativa, en lo que respecta a
la historia del declive imperial, es el 28 de febrero de 2026. Lugar,
Washington D.C., sede del que fue el estado imperial más poderoso de
la historia, que había dominado gran parte del mundo durante casi 80
años mediante una combinación de alianzas militares, hábil
diplomacia y liderazgo económico.
Para entonces, sin
embargo, ya habían comenzado a aparecer grietas evidentes en su
estructura de poder, a medida que la hegemonía global de Estados
Unidos se enfrentaba a un desafío económico cada vez más fuerte
por parte de China, su enorme ejército sufría dos duras derrotas en
Afganistán e Irak, y su globalización económica generaba un airado
sentimiento popular en el ámbito interno.
Tras una campaña
populista basada en promesas de restaurar tanto la prosperidad de la
clase trabajadora como el poder global de Estados Unidos, Donald
Trump asumió el cargo por segunda vez en enero de 2025 prometiendo
una "edad de oro de Estados Unidos", una "nueva y
emocionante era de éxito nacional" en la que el país
"reclamaría el lugar que le corresponde como la nación más
grande, poderosa y respetada del mundo, inspirando el asombro y la
admiración del mundo entero".
Nacido en el seno de una
familia adinerada y privilegiada, Trump regresó al cargo convencido
de su singular " genio " para el liderazgo y creyendo que
"Dios me salvó para hacer que Estados Unidos vuelva a ser
grande".
Haciendo uso de su
poderío económico y militar para someter tanto a amigos como a
enemigos, el presidente, impulsado por una delirante creencia en una
misión divina, comenzó a intentar doblegar al mundo a su voluntad.
Pero durante su primer año en el cargo, nada pareció funcionar
según lo planeado. De hecho, la mayoría de sus iniciativas
provocaron una reacción adversa que tan solo sirvió para evidenciar
el declive de Estados Unidos desde 1991, cuando la disolución de la
Unión Soviética lo convirtió en la única superpotencia mundial.
El 2 de abril de 2025, en
lo que denominó "Día de la Liberación", Trump anunció
una serie de aranceles punitivos para proteger la industria
manufacturera nacional, principalmente de las importaciones chinas.
Estos aranceles iniciales eran del 34%, y posteriormente se elevaron
al 100%. Sin embargo, en su reunión de octubre de 2025 en Corea del
Sur, el líder chino Xi Jinping obligó a Trump a ceder al restringir
el acceso de Estados Unidos a las reservas de minerales estratégicos
de tierras raras de su país.
En enero, cuando su
iniciativa arancelaria perdía fuerza, Trump sumió a la OTAN en una
crisis al exigir a Dinamarca la cesión de Groenlandia, amenazando
con imponer nuevos aranceles a los aliados europeos si no accedían.
Sin embargo, en menos de una semana, la enérgica resistencia europea
lo obligó a retractarse de dicha amenaza en la cumbre económica de
Davos, afirmando estar satisfecho con la oferta de la OTAN de
establecer un «marco para un futuro acuerdo».
El 28 de febrero de 2026,
tras el fracaso de su iniciativa arancelaria y el jaque mate de su
maniobra en Groenlandia, Trump se unió a Israel en un ataque
aparentemente audaz contra Irán que pronto adquirió los
ingredientes de la fatídica maniobra "micromilitar" que
suele acompañar a las potencias imperiales en declive.
En los primeros días de
la guerra, los bombardeos estadounidenses e israelíes acabaron con
la cúpula gubernamental iraní, destruyeron su armada y aniquilaron
sus defensas aéreas, dejando al país aparentemente postrado ante el
poderío aéreo estadounidense. Tras una semana de devastadores
bombardeos que parecieron asombrar al mundo por su letalidad y
precisión, el 6 de marzo Trump exigió a Irán una «rendición
incondicional» y que manifestara su capitulación mediante la
«elección de un GRAN LÍDER ACEPTABLE». A cambio, prometió que
Estados Unidos «trabajaría incansablemente para rescatar a Irán
del borde de la destrucción».
Pero, al igual que Nasser
en Suez en 1956, el liderazgo iraní alteró el equilibrio
geoestratégico de la guerra al bloquear un punto estratégico
marítimo clave en el estrecho de Ormuz. Al atacar cinco cargueros
con drones durante la primera semana de la guerra, los líderes
iraníes, siguiendo el ejemplo de Nasser, bloquearon de facto el
tráfico de petroleros en el estrecho de Ormuz e interrumpiendo el
tránsito de gas, fertilizantes y petróleo, lo que sumió a la
economía mundial en una crisis
energética sin precedentes. A finales de marzo, el control iraní
sobre el estrecho era tan férreo que comenzó a cobrar
peajes a los cargueros para permitirles el paso.
Sorprendido
por el cierre inesperado pero totalmente predecible del estrecho, el
5 de abril, Domingo de Pascua, un Trump inquieto publicó un mensaje
en redes sociales que decía: “El martes será el Día de la
Central Eléctrica y el Día del Puente, todo en uno, en Irán. ¡No
habrá nada igual!”. Añadiendo: “Abran el maldito estrecho,
malditos locos, o vivirán en el infierno. ¡Ya verán! Alabado sea
Alá”. Dos días después, Trump amenazó
con que, a menos que Irán abriera el estrecho de Ormuz, atacaría su
infraestructura civil con tal severidad que “toda una civilización
morirá esta noche, para no volver jamás”.
Tras el fracaso de las
negociaciones posteriores entre ambas partes en Islamabad, Pakistán,
el 12 de abril, Trump se adentró aún más en el atolladero iraní,
ordenando a la Armada estadounidense que «comience el proceso de
BLOQUEO de todos y cada uno de los buques que intenten entrar o salir
del estrecho de Ormuz» e «intercepten a toda embarcación en aguas
internacionales que haya pagado un peaje a Irán». Y, con su
habitual fanfarronería, añadió: «¡Estamos completamente
preparados y listos para la acción, y nuestras Fuerzas Armadas
acabarán con lo poco que queda de Irán!».
Aunque Trump destruyera
la infraestructura de Irán o lograra negociar un acuerdo de paz que
salvara las apariencias, según todos los indicadores relevantes,
Washington ya ha perdido la guerra contra Irán. Como todas las
potencias más débiles en una guerra asimétrica, Teherán ha estado
dispuesto a soportar un castigo implacable, infligiendo a la vez un
daño que la potencia dominante difícilmente puede resistir. Estados
Unidos pronto se quedará sin objetivos en Teherán, pero Irán tiene
un amplio abanico de posibilidades para causar daños con sus drones
baratos a la compleja y expuesta infraestructura petrolera en la
costa sur del Golfo Pérsico.
Al igual que Gran Bretaña
en Suez, en 1956, es probable que Washington pague un alto precio por
su "micromilitarismo" en el estrecho de Ormuz. Sus aliados
más cercanos, pilares del poder global estadounidense durante 80
años, se han negado a brindar apoyo militar a la guerra que
Washington ha elegido, lo que llevó a Trump a llamarlos "cobardes".
En respuesta a sus atronadoras amenazas de destrucción civil y de la
civilización (ambas consideradas crímenes de guerra), Trump ha sido
condenado por líderes mundiales. Ajeno a los peligros de la guerra
en una región que es el epicentro del capitalismo global, Washington
está demostrando ser cada vez más perjudicial para la economía
mundial, haciendo que China parezca una opción mucho más estable
para el liderazgo mundial. Además, si bien el ejército
estadounidense ha demostrado su agilidad táctica en la destrucción
puntual de ciertos objetivos, es evidente que ya no puede alcanzar
objetivos estratégicos significativos.
Con sus alianzas hechas
añicos, su liderazgo mundial perdido y su aura de poderío militar
desvaneciéndose, la única trayectoria posible para la hegemonía
global de Estados Unidos parece eclipsarse (como la de tantas grandes
potencias del pasado). Para cuando termine la desventura militar de
Trump en el estrecho de Ormuz, el declive del poder global
estadounidense se habrá acelerado drásticamente y el mundo
intentará superar la antigua Pax Americana para avanzar hacia
un nuevo orden mundial, claramente incierto.
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