13 octubre, 2026

El fascismo de ayer y de hoy — Nestor Kohan

 


La Jornada – 11/10/2026


Los fascismos no fueron "pecados de juventud" del capitalismo, allá lejos y hace tiempo. Están de moda. Contrariamente a la propaganda de Hollywood, ministerio de guerra sicológica disfrazado de entretenimiento, el fascismo nunca fue exclusivamente europeo o japonés, algo "exótico" ajeno a la sociedad estadunidense. El caso emblemático de Henry Ford (arquetipo del american way of life; confeso antisemita) y sus vínculos con Hitler resulta ilustrativo.


Desde Reagan a Trump, las vertientes fascistas y neofascistas han reverdecido. Allí hay lúmpenes y extravagantes. Pintorescos, bufonescos, marginales. Otros, en cambio, ocupan el centro de la escena. Trump y Marco Rubio son la cara pública de un Estado profundo, lo que Eisenhower denominó "el complejo militar industrial", hoy convertido en "complejo militar-industrial-tecnológico".


La categoría de "fascismo" no se reduce a una copia fotográfica color sepia de la toma de Roma en 1922 por las tropas de Mussolini ni al ascenso de los nazis de Hitler en Alemania en 1933. El "fascismo" constituye una categoría política y cultural mucho más flexible y amplia. Se va reciclando de modo diferente ante cada sociedad y cultura. Estados Unidos no es la excepción. Según el filósofo argentino León Rozitchner, hoy Estados Unidos es la prolongación del Tercer Reich alemán.


Por eso la persecución judicial contra el movimiento antifascista se intensifica en Estados Unidos. Y abarca desde movimientos sociales políticos, culturales y callejeros (como los "Antifa" en Estados Unidos), hasta colectivos informáticos (como los Autistici/Inventati [A/I] en Italia) o páginas webs de libre información (como La Haine en España).


Eso explica la asimetría escandalosa entre las condenas judiciales débiles y condescendientes a los asaltantes del Capitolio estadunidense y la rudeza "ejemplificante" contra los críticos del ICE.


Los sujetos que la extrema derecha de Trump y sus asesores identifican como "terrorismo" son en realidad cualquier tipo de disidentes que no acepten la supremacía blanca o la delirante Doctrina Monroe. Trump ve comunistas y "terroristas" (¡comillas, por favor!) debajo de la cama e incluso en la ventana de su vecino. Demasiado sobreactuado. Bizarro, de circo. Expresa un pánico irracional a la disidencia. Detrás del fortachón, hay un anciano débil e impotente, condenado varias veces por delitos de perversión por los propios tribunales estadunidenses.


Karl Popper (y Soros) nos aburrieron con su "sociedad abierta". George Orwell, escritor que recibió dinero de la contrainteligencia anglosajona, también. Estaban obsesionados con el "totalitarismo". Trump, heredero del Ku Klux Klan, Henry Ford, McCarthy y Reagan, condensa la pesadilla que quitó el sueño a Popper y Orwell, pero a un nivel superior: le agregó la tecnología. El apolillado y rancio fascismo estadunidense renació 2.0 acompañado de los ideólogos "neorreaccionarios" de la IA (partidarios de una supuesta "ilustración oscura") y de los programas de vigilancia masiva denunciados por Edward Snowden. Todo mezclado por este licuado de mayonesa y mermelada llamado "economía libertaria", lo más extremista y vulgar del neoliberalismo. Hasta Milton Friedman pasó de moda.


Estados Unidos se hundió en semejante pesadilla distópica por razones múltiples: la crisis mundial del capitalismo, el desafío geopolítico de los BRICS, la sobreproducción de capitales, el subconsumo popular, el auge del capital ficticio, la crisis demográfica y sanitaria, la emergencia climática… ¡Demasiadas crisis simultáneas!


Trump, presuntamente vinculado a un depravado como Epstein (muy probablemente agente extorsionador de la inteligencia israelí), tiene ribetes de lumpen. Pero si el complejo militar-industrialtecnológico lo remplazara por un profesor prolijo, "razonable" y educado, esa crisis permanecería inalterada. Lo mismo sucede con las guerras genocidas y neocoloniales, como las del Estado sionista en Asia occidental.


No quiero ser pesimista, pero el imperialismo contemporáneo no posee salidas "amables". La tercera guerra mundial en su dimensión técnica-militar está a la vuelta de la esquina. No depende de los modales de quienes dirijan Estados Unidos, Israel, la OTAN o Ucrania. Sólo podrá detenerse si se logra una muy difícil y compleja alianza/articulación entre las disidencias internas a esas potencias del imperialismo occidental, los pueblos sometidos del Sur global y los nuevos desafíos que lideran los BRICS. Estos tres vértices no tienen la misma ideología, cultura ni banderas. Por eso es muy difícil lograr dicha articulación.


La tercera guerra mundial ya comenzó, en un territorio previo: el de la comunicación, la ideología y la cultura. Lo que los ideólogos del Pentágono denominan "batalla cultural", malinterpretando y tergiversando a Antonio Gramsci, en realidad es una guerra sicológica-ideológica. Lograr el desarme moral y alcanzar la persuasión de que toda resistencia es imposible son objetivos político-militares.


Tanto Gramsci como su maestro Lenin advirtieron que los movimientos populares deben resistir en todos los terrenos, sin atarse a un exclusivo método de lucha. Las confrontaciones de nueva generación son híbridas. Pero el final, pienso, creo, espero, permanece abierto. Nada está decidido para siempre. Hay esperanza.


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12 octubre, 2026

Nuevo martillazo a la maltrecha economía europea — Andrés Piqueras

 

Zelenski, crupier del casino nazi que la oligarquía-OTAN 

tiene montado en Ucrania.



La GUERRA GLOBAL sigue su marcha. La agresión yanki-sionista contra Irán viene a dar un nuevo martillazo a la maltrecha economía europea.


La Guerra y el régimen de sanciones contra Irán afecta su capacidad de exportar petróleo y gas, y genera una tensión permanente en el Golfo Pérsico y en rutas como el Estrecho de Ormuz y el de Bab el-Mandeb, por donde pasa una parte significativa del petróleo mundial.


La continuación de esta agresión contra Irán conlleva la escalada del precio internacional (Brent) del petróleo, con efectos inmediatos en combustibles, transporte y logística. Y de ahí a los alimentos y bienes básicos, con precios ya calentados por la guerra económica contra Rusia, que más parece una autoflagelación de la clase capitalista europea contra sus propios intereses y contra los de sus poblaciones. La presión sobre los presupuestos públicos también se acentúa.


Ello va de la mano de la militarización creciente de las sociedades europeas y de los gastos militares. Así, por ejemplo, en la Declaración Final de Ankara los 32 estados miembros de la OTAN reiteraron su compromiso con la dictadura de corte nazi ucraniana y sus esfuerzos bélicos (en realidad colectivos de la OTAN) contra Rusia. El acuerdo implica movilizar unos 80.000 millones de dólares a través de dos mecanismos. En primer lugar, 32.000 millones procederían del préstamo que la Unión Europea ha concedido a la dictadura ucraniana; mientras que los 48.000 restantes serían aportados por los diferentes Estados aliados mediante contribuciones bilaterales. Esos mismos Estados que nutren nazis –con sus respectivas izquierdas parlamentarias aplaudiéndolos– son los que luego aseguran que no tienen presupuestos para mejorar la sanidad y la educación, solventar el problema de la vivienda, el transporte o, en general, la carestía de la vida que empobrece más y más a una mayor parte de la clase trabajadora. Por si fuera poco, se ha establecido que para 2027 el nivel de apoyo económico será similar.


De hecho, el consejo de ministros español, por ejemplo, acaba de autorizar una contribución de 50 millones de euros a la OTAN para enviar material militar a Ucrania, como aportación al programa PURL (Prioritised Ukraine Requirements List). Este programa, al que el Reino de España ya había aportado otros 150 millones de euros previamente, fue presentado en julio de 2025 y surge como respuesta a las exigencias estadounidenses de aumentar el gasto militar.


La ayuda financiera española a la dictadura de Ucrania desde 2022 asciende a casi 17.000 millones de euros. De ellos, aproximadamente 16.223 millones corresponden a compromisos indirectos a través de la UE. 641 millones corresponden a garantías directas y compromisos con instituciones financieras internacionales. La AECID había aportado 72 millones en ayuda directa no reembolsable.


La propia Comisión Europea afirma que el conjunto de la UE y sus Estados miembros ha movilizado 228.700 millones de euros para Ucrania desde el inicio de la guerra. Resumimos su desglose:


● 114.400 millones aportados o garantizados por el presupuesto de la UE.

● 77.900 millones en asistencia militar.

●Hasta 17.000 millones para atender a refugiados ucranianos dentro de la UE.

● 15.500 millones de apoyo adicional de Estados miembros.

● 3.800 millones procedentes de los rendimientos de activos rusos inmovilizados.


Para Europa en sentido amplio, un informe reciente del Parlamento Europeo habla de alrededor de 200.000 millones de euros movilizados por la UE y los Estados miembros, y señala que si se añaden países europeos como Reino Unido y Noruega el bloque europeo se ha convertido en el principal sostén de Ucrania tras la retirada estadounidense.


La creación del mecanismo PURL ilustra además una tendencia más amplia. Tras la decisión de Washington de dejar de financiar directamente buena parte del armamento suministrado a Kiev, los gobiernos europeos han pasado a sufragar la compra de equipos fabricados por la industria militar estadounidense. El Reino de España, por ejemplo, ya ha comprometido 150 millones de euros a este programa. Este mecanismo refleja a todas luces una relación económica asimétrica en la que Europa aporta financiación mientras que una parte significativa de los beneficios industriales recae sobre empresas norteamericanas.


¿Cómo funciona?


Según las explicaciones difundidas sobre el mecanismo PURL, Ucrania identifica necesidades prioritarias, el SACEUR (Comandante Supremo Aliado en Europa) y la OTAN coordinan la determinación de las capacidades requeridas, y posteriormente los aliados financian paquetes de armamento y munición suministrados por Estados Unidos. [infodefensa.com].


Primer paso: el régimen proto-nazi de Ucrania elabora una lista de necesidades en materia de equipamiento militar europeo.


Siguiente: el Pentágono da su visto bueno y ofrece a sus aliados un catálogo de material estadounidense listo para enviar o rápidamente producible.


Tercero: los países financiadores depositan su dinero (normalmente en paquetes de 500 millones) con lo que todo está listo para que se ejecute el envío.


Así que el mecanismo PURL constituye un procedimiento mediante el cual fondos aportados por los Estados europeos y otros aliados financian la adquisición de armamento fabricado en Estados Unidos para Ucrania. Dicho en términos más cáusticos, esta es una de las vías mediante las que Estados Unidos se hace con el dinero público europeo. Pero es sólo una más. Las relaciones económicas con Estados Unidos rara vez (o nunca) son simétricas y se basan en la posición de fuerza del gigante imperialista. Incluso los tratados comerciales son disparatados, por ejemplo, en el firmado en agosto de 2025, se reducen o eliminan trabas y aranceles para los productos agrícolas estadounidenses y se gravan con un 15% las exportaciones europeas. Teniendo en cuenta que la normativa en cuanto a insecticidas o fertilizantes es mucho más laxa para los agricultores estadounidenses, y que los latifundios de explotación intensiva yanquis son enormes, la soberanía alimentaria de los países europeos se pone en serio peligro. Nuestros agricultores no pueden competir.


Pero veamos más referencias de lo que se destina a la Guerra.


La Agencia Europea de Defensa (EDA) informó en julio de 2026 que el gasto militar conjunto de los 27 países de la UE alcanzó 418.000 millones de euros en 2025, equivalente al 2,2% del PIB de la UE. Además, proyecta 454.000 millones de euros en 2026 (2,4% del PIB). Lo cual supone +20% entre 2024 y 2025; +75% respecto a 2021 [eda.europa.eu], [consilium.europa.eu].


Según el informe anual de la OTAN publicado en 2026, los aliados europeos y Canadá gastaron 574.000 millones de dólares en 2025, un 20% más que en 2024, aumentando un 15% sólo este año, según datos del SIPRI y la OTAN. Entre 2021 y 2025 Europa y Canadá han protagonizado el mayor incremento de gasto militar desde el final de la espuriamente bautizada como “Guerra Fría” [france24.com], [nato.int].


En resumen, buscando destinar por imposición de Estados Unidos el 5% del PIB en la industria de la muerte (eso que llaman “Defensa”), Europa ha duplicado su gasto militar en cinco años. El déficit presupuestario de la zona euro (2,9% del PIB) y la deuda pública (que ronda el 88–90 % del PIB) no han hecho sino resentirse crecientemente con ello, pues para costear todo esto las autoridades europeas tuvieron no sólo que incrementar la deuda y el déficit, sino también bombear más recursos de sus poblaciones subiendo los impuestos, aumentando la deuda nacional y su servicio, y también recortando el gasto social.


La otrora “locomotora europea”, Alemania, por ejemplo, cerró el 2025 con una deuda de 2,8 billones de euros, el 63,5% de su PIB, unos 34.000 euros per cápita.


Déficit y deuda pública (según Eurostat)


Unión Europea


En 2025:

● déficit público UE: 3,1% del PIB

● deuda pública UE: 81,7% del PIB.

En la zona euro:

● déficit: 2,9% del PIB

● deuda: 87,8% del PIB.

Algunos países (2025)




El caso francés probablemente sea el ejemplo más representativo. Según datos oficiales del INSEE para 2025:


● crecimiento del PIB: 0,8%

● déficit: 5,1% del PIB

● deuda: 115,6% del PIB

● gasto público total: 57,2% del PIB.


Además, la Comisión Europea prevé para el Estado francés:


● déficit del 5,1% también en 2026

● deuda del 118,1% del PIB en 2026

● alrededor del 120% en 2027. Los pagos por intereses de la deuda francesa habrían aumentado hasta el 2,6% del PIB en 2026, según la Comisión Europea.


Así que no es de extrañar que Francia sea de nuevo uno de los puntos de ebullición de Europa. El aumento de los costes financieros, junto con la desaceleración económica, el encarecimiento energético y el incremento del gasto estratégico y militar, estrecha el margen presupuestario del Estado francés y alimenta los conflictos sociales sobre pensiones, sanidad, servicios públicos y salarios.


Y es que, repetimos, en diferentes ámbitos, desde el armamentístico a la vivienda, la energía o la alimentación, la población europea está siendo saqueada. La espiral de retroalimentación negativa en el destrozo de las condiciones de vida se manifiesta como imparable:


Más Crisis – más gastos militares (la Guerra para el capital siempre fue una vía de escape a sus crisis) – más carestía de la vida – más deterioro de los servicios sociales – más autoritarismo y represión social – más gastos policiales – menor capacidad de consumo de las poblaciones – menor dinámica económica – más explosión social – más Crisis…


Fijémonos en un ejemplo de cómo se expresa este círculo decadente en un indicador tan básico como la fertilidad (y es que alguien ya ha hecho la inteligente broma de que al proletariado le están quitando hasta la prole).



La militarización social tiene una gran responsabilidad en todo ello. Pero sus consecuencias sociales van todavía más allá.


El aumento simultáneo de gasto militar, costes energéticos, endeudamiento público y pago de intereses reduce el margen fiscal de los Estados europeos y no puede sino alimentar conflictos en los diferentes sectores económicos, además de acentuarlos sobre pensiones, sanidad, educación, vivienda, condiciones laborales y salarios.


La lucha está servida.


[Lo vemos en la próxima y última entrega]


Fragmento extraído de: LA DESTRUCCIÓN DE LAS SOCIEDADES EUROPEAS (SEGUNDA PARTE), de Andrés Piqueras.


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10 octubre, 2026

LOS DESAHUCIOS SON EL SÍNTOMA. EL SISTEMA ESTÁ PODRIDO — Augusto Zamora

 


El desahucio de una anciana de 87 años, de una vivienda que llevaba 70 años habitando, ha sido la espoleta que ha hecho estallar el horror –no puede calificarse de otra forma–, en que ha sido convertido el derecho esencial a la vivienda en España, país que, según la OCDE, lidera el crecimiento económico en ese gueto caníbal que es hoy la zona euro. La especulación inmobiliaria ha convertido la vivienda en botín de especuladores, con efectos catastróficos en el tejido social de España, ensañándose con jóvenes y sectores vulnerables. En un país donde el salario medio ronda los 1.700 euros, el precio de un apartamento básico puede costar entre 1.000 y 1.500 euros, haciendo imposible, para los sectores medios y pobres, alquilar una vivienda mínimamente digna. Una residencia de estudiantes puede costar, la habitación, 1.200 euros, convirtiendo la enseñanza superior en una cuestión de ricos. Los pobres quedan excluidos, de facto, aunque ningún político –hasta el desahucio de la anciana– se dignara en tocar el tema. Salvo sectores residuales de la antigua izquierda, el horror que lleva años abatiéndose sobre la vivienda no era tema que les ocupara. Los que hoy pasan por ‘izquierda’ son un club de señoritos idiotizados, más preocupados de mantener sus sillones y prebendas que de las desgracias que abaten a millones de ciudadanos empobrecidos por un sistema social-darwinista del que se han convertido en vergonzantes valedores.


No es fenómeno sólo español. En Berlín, donde un 60% de población vive de alquiler, el salario medio es de 2.200 euros y el arriendo de una vivienda de dos habitaciones puede costar 1.500 euros. El partido de izquierda Die Linke, ganó las elecciones en Berlín con una propuesta rotunda sobre la vivienda. Pedían «socializar» a los grandes casatenientes, incluyendo la expropiación, para incorporar al mercado inmobiliario público 220.000 viviendas en manos de oligopolios. Obligar a los propietarios de más de 50 pisos a reservar una cuota de sus viviendas para personas vulnerables. Promover la construcción de nuevas viviendas para que el sector público represente no menos del 30% del total de viviendas en la capital alemana. Incluso pedían legalizar la ocupación de viviendas que lleven más de un año vacías. Recogemos el programa de Die Linke para poner en evidencia la mierda en que se ha convertido la ya pseudoizquierda española, que está a años luz de plantearse –siquiera en sueños– algo parecido a las propuestas de Die Linke, que ya veremos si son capaces de hacerlas efectivas. 


Las medidas propuestas –congelar alquileres, prohibir desahucios extremos y limitación hasta 2030 a la compra masiva de viviendas por fondos buitres– están lejos de tocar un pelo del problema real, que es el acaparamiento de inmuebles por oligopolios y bancos, como resultado del modelo de liberalismo salvaje promovido por una putrefacta Unión Europea. Los decretos de la progresía española encajan en lo que advertían Marx y Engels en el Manifiesto Comunista: "Una parte de la burguesía desea mitigar las injusticias sociales, para de este modo garantizar la perduración de la sociedad burguesa". Actualizando el término, hablaríamos de la perduración del neoliberalismo. Medidas cosméticas que tendrían como objetivo último desactivar la protesta social, poniendo parches a un modelo económico-social que se cae a pedazos.


Porque los brutales desahucios que se vienen sucediendo son la expresión más cruel del modelo económico y social adoptado por la UE e impuesto, como dogma medieval, a todos sus miembros. Un modelo que descansa sobre dos pilares esenciales. Uno, el capital debe disponer de libertad absoluta y de poder para acapararlo todo. Dos, los Estados deben abstenerse de promover los derechos económicos, sociales y culturales para validar, desde la política, el funcionamiento irrestricto del gran capital. Es el anciano "laissez faire laissez passer", dejar hacer, dejar pasar, nacido en el siglo XVIII, elevado a los altares en el siglo XIX y resucitado de entre los muertos por el cadáver que es la UE. El eslogan social-darwinista ha sido asumido por casi todos los partidos, sindicatos y similares, haciendo de la política una banalidad, pues gane Chana o gane Juana, gobierne quien gobierne, hará lo mismo, salvo políticas cosméticas vinculadas a temas marginales, que sirven, a su vez, para pintar de izquierda a los perjuros.


De esa guisa, los fondos de los grandes, medianos y pequeños consorcios de especuladores se pasean por toda la Europa comunitaria como buitres carroñeros, devorando hasta el último hueso de las sociedades famélicas, con consecuencias devastadoras en el sector inmobiliario. Nadie pone coto al latrocinio porque ese latrocinio forma parte del sistema. "Es" el sistema. El Parlamento Europeo, el club de sabandijas más selecto del mundo, ha hecho estudios sobre el tema y lo mismo han hecho otros órganos de la llamada Europa comunitaria, todos igualmente inútiles y de puro efecto maquillaje. No en balde, 10.000 lobbies empresariales campan a sus anchas en Bruselas, repartiendo sobornos y prebendas, para garantizar que los señores europarlamentarios no perturben el saqueo cotidiano de los países miembro.


La causa de la crisis habitacional no hay que buscarla fuera del sistema, sino dentro de él, donde está incrustada como un cáncer maligno fomentado por las caspas dirigentes, que son las primeras en beneficiarse de un sistema económico-social depredatorio. El neoliberalismo, abrazado como dogma de fe, es la causa y uno de sus tantos efectos son dramas como los desahucios, que es lo más visible y desastroso, pero no lo único.


Bajo el lema "todo vale en un mercado irrestricto", el gran capital actúa como tsunami, destruyendo cuanto puede destruir. La acumulación obscena de capital ha provocado que grupos oligopólicos lo controlen todo: bancos, medios de comunicación, viviendas, áreas productivas y un infinito etcétera. Como se expresa en el Manifiesto Comunista, "La existencia y el predominio de la clase burguesa tienen por condición esencial la concentración de la riqueza en manos de unos cuantos individuos, la formación e incremento constante del capital". Los procesos electorales devienen en meros rituales políticos, porque los partidos se han convertido en administradores de los oligopolios. Sigamos con el Manifiesto Comunista: "Hoy, el poder público viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa". Los partidos y sindicatos que se dicen de izquierda se prestan a ser mampara de la obscena acumulación capitalista. Dentro del proceso de desmantelamiento de la izquierda, partidos políticos y sindicatos que antes fueron su brazo hoy son parte del mobiliario de los oligopolios, que los financian y les permiten una vida muelle.


Dos ejemplos ilustran el modus operandi en el sector vivienda, ya que hablamos de él. En la localidad de Manilva, provincia de Málaga, el fondo buitre Blackstone adquirió un bloque de viviendas pagando, de media, 14.000 euros por vivienda. Luego las vendió a 250.000 euros cada una. Blackstone hizo un gran negocio, mientras 62 familias fueron desahuciadas. Todo legal. Ana Botella, esposa del nauseabundo Aznar, cuando era alcaldesa de Madrid, vendió 1.850 viviendas públicas al fondo buitre Fidere, en 2012, pagando Fidere 69.000 euros por vivienda, que luego vendió a 630.000 euros cada una. ¿Pasó algo? Nada. No había ley que impidiera que las viviendas públicas fueran vendidas como chatarra. CaixaBank posee 21.815 viviendas; el fondo buitre Blackstone tiene 19.638; el consorcio CBRE, 8.096 viviendas; Cerberus, 6.936; el Banco Santander, 5.001 viviendas, y así. No son anomalías. Son el sistema en todo su pútrido esplendor.


Ilustremos en otros campos el proceso de acumulación capitalista. En 1980, existían, en España, unas 120 entidades bancarias y unas 80 cajas de ahorros. En este 2026, existen únicamente 6 grandes grupos bancario-financieros, que controlan alrededor del 80% de los activos totales españoles. En 1980, en Francia existían 400 instituciones bancarias. En el presente son 215 y disminuyendo. En Italia, en 1980, existían más de mil bancos (1.000 bancos, no es un error). Hoy operan 400. En ese mismo periodo, en Alemania se pasó de 5.355 instituciones bancarias a 1.329 bancos. Ocurre exactamente lo sostenida por Marx: la tendencia natural del capitalismo es la acumulación. Sin límite ninguno.


Atendamos otro sector, el de las empresas estatales. En 1980, el Estado, en España, era dueño de 130 grandes empresas públicas, que eran, además, las joyas de la corona de la economía española: Telefónica, Iberia, Tabacalera, Repsol… En 2026, el número de empresas públicas o participadas de forma mayoritaria por el Estado es de 14 empresas. De existir, en 1985, 800 empresas con participación estatal, se pasó a poseer sólo 100. La presencia estatal en el mercado bursátil español pasó del 16,64% en 1992 a un ridículo 0,34% en 1999. En la social Suecia, en 1980, el Estado poseía 140 grandes empresas públicas. Hoy no llegan a 40. Es el sistema cadaveritario europeo.


Veamos el otro lado del espejo. Las empresas públicas en la República Popular China controlan más del 60% del mercado chino y generan entre el 23% y el 28% del PIB de China. 150.000 grandes empresas mueven la economía china y 867.000 empresas tienen algún grado de participación pública. En China nada puede existir al margen del Estado y, muchísimo menos, en contra del Estado.


Rusia, resucitada de la pesadilla del dipsómano Yeltsin, está volviendo a la senda soviética. Las grandes empresas públicas dominan los sectores estratégicos de la economía de Rusia, como energía, defensa, banca y transporte. Gazprom, el gigante energético, está controlado por el Estado a través de Rosneftegaz; Transneft es un monopolio estatal que controla los oleoductos; Sberbank, el mayor banco de Rusia y uno de los mayores de Europa, lo controla el Banco Central de Rusia. Rostec, el gigante de la aviación, es estatal, como estatal es Rosatom, el gigante nuclear civil: Roscosmos, estatal; Russian Railways, estatal; Aeroflot, estatal… Y así, un larguísimo etcétera. ¿Qué pueden hacer las empresas europeas frente a estos cíclopes de la economía? Sólo una cosa: quebrar, como Volkswagen. O venderse a empresas chinas. Volvo, empresa estrella del automóvil sueca, es, hoy, propiedad del grupo chino Zhejiang Geely. Igual ha ocurrido con la italiana Pirelli, comprada por Sinochem. O el caso de la marca española Ebro, adquirida por el grupo chino Chery. La holandesa Philips, fabricante célebre de electrodomésticos, pertenece al fondo de inversión de Hong Kong Hillhouse Capital. Syngenta, el gigante suizo de semillas y agroquímicos fue comprado en 2017 por ChemChina.


Pongamos el ojo en otra ventanilla, la humana. El 20,9 % de la población de la Unión Europea (unos 92,7 millones de personas) se encuentra en riesgo de pobreza o exclusión social, según datos de Eurostat. El 24,2% de la población infantil está en la pobreza o la marginalidad. En España, el 25,7% de la población (alrededor de 12,6 millones de personas) se encuentra en riesgo de pobreza o exclusión social. La pobreza infantil afecta a casi el 34% de los menores. ¿Y la ‘izquierda’ qué dice? Nada. No la hay.


En lo inmediato, el enemigo a derrotar es la mafia inmobiliaria que ha provocado, con la connivencia de los entes estatales y políticos, la catástrofe nacional de la vivienda. En lo estratégico, el objetivo es destruir, desde sus cimientos, el sistema social-darwinista impuesto por la mafia mayor, incrustada como plaga en las instituciones europeas. Con Robespierre como guía. Al pulpo imperial-capitalista se le mata cortándole la cabeza.


Guillotinas aparte –que no apartadas–, recordemos estos pilares de la izquierda:


1. La historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases. Si no cree en esto, será lo que será, incluso buena persona, pero no es de izquierda, la real.

2. Los sectores estratégicos (energía, banca, transportes, etc.) deber ser estatales.

3. El interés público debe primar siempre, siempre, siempre, sobre el interés privado.

4. Los derechos económicos, sociales y culturales deben primar sobre los derechos civiles y políticos. Si usted cree que es más importante votar que comer, le llenaremos su casa –si la tiene– de urnas y papeletas y la vaciaremos de frijoles.

5. La OTAN, como organización criminal que es, debe desaparecer.


Ya tiene un norte.


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08 octubre, 2026

Los bancos ganan más dinero con la venta de hipotecas que los promotores inmobiliarios con la construcción de viviendas

 


La financiarización de la economía occidental va mucho más allá de Wall Street. Ahora, incluso las empresas industriales dependen de los ingresos relacionados con la financiación como fuente clave de beneficios.


General Motors suele ganar más dinero con su división financiera que con la venta de automóviles. Lo mismo sucede con GE y sus turbinas de aviones.


Minoristas como Home Depot y Best Buy ganan más dinero con los intereses que pagan los clientes por sus pagos a plazos que con la venta de madera o productos electrónicos.


Los bancos ganan más dinero con la venta de hipotecas que los promotores inmobiliarios con la construcción de viviendas.


Según Marx, el auge del sistema financiero altera fundamentalmente la sociedad de varias maneras destructivas:


● Desvinculación de las necesidades humanas: la economía deja de centrarse en producir bienes que la gente realmente necesita (alimentos, vivienda, ropa) y pasa a tratar exclusivamente de mantener el capital líquido y generar ingresos especulativos.


● Concentración extrema de riqueza y desigualdad: los mercados financieros aceleran la centralización del capital. La riqueza se desvía de la producción industrial y de la clase trabajadora, concentrándose en gran medida en manos de una pequeña élite financiera (banqueros y especuladores).


● Mayor riesgo sistémico: al acumular deuda sobre deuda, el capitalismo financiero agrava considerablemente las crisis económicas. Una crisis ya no se limita al cierre de una fábrica, se convierte en un colapso bancario sistémico capaz de paralizar naciones enteras de la noche a la mañana. La crisis de las hipotecas subprime de 2008 fue un claro ejemplo de esta dinámica.


La teoría de Marx describe la etapa actual del capitalismo occidental con mucha antelación a su tiempo.


Hua Bin


Fragmento extraído de Marx without communism and propaganda. The actual ideas of an economic prophet

   Traducción: Arrezafe




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07 octubre, 2026

"Los ejecutores del genocidio en Gaza son una muestra representativa de la sociedad israelí" — Norman Finkelstein

 


Lamentablemente, Israel es, en mi opinión, una sociedad completamente delirante. Pero existe esta narrativa —que es la que les gusta promover a medios como el Times, The Atlantic y The New Yorker, todos esos órganos de propaganda que protegieron y blindaron a Israel durante el primer año—, que ahora ha adaptado a un nuevo enfoque. Dicho enfoque es el siguiente: “sí, ocurrieron cosas terribles en Gaza, pero todo es culpa de Netanyahu. Él es el problema. Él es el problema”. No, no lo es. Él no es el problema. Él es la consecuencia. La causa es Israel, su población. Si observamos las encuestas... como he dicho en las últimas semanas tras leer el informe de la ONU —el informe de la Comisión de Investigación de las Naciones Unidas—, que se titula «Israel y el ataque deliberado contra niños palestinos». Ataques dirigidos contra niños palestinos en los territorios palestinos ocupados, ya que el informe abarca tanto Cisjordania como Gaza. Hay que reconocer que es un título bastante provocador e incendiario para un informe: afirmar que un Estado tiene como objetivo matar a niños. Si se describiera a cualquier otro Estado de esa manera, uno realmente no daría crédito a lo que oye.


Así pues, ¿qué tenemos? ¿De qué información disponemos? El informe consta de 120 páginas a espacio simple; es un documento muy denso. Analicemos, pues, algunos de los hechos, porcentajes y cifras. En primer lugar, todas las encuestas de opinión realizadas en Israel —que se llevan a cabo aproximadamente una vez al mes o cada dos semanas— planteaban una pregunta muy sencilla: ¿cree usted que Israel está empleando demasiada fuerza, la cantidad justa o muy poca fuerza en Gaza? Los resultados siempre eran los mismos: el 5 % de los judíos israelíes opinaba que se estaba utilizando demasiada fuerza. El 95 % restante considera que, o bien se empleaba muy poca fuerza (40%) o es la adecuada (55%). Así pues, el 95 % creía —y sigue creyendo, ya que la tendencia persiste hasta hoy— que Israel esta aplicando la medida adecuada de fuerza o una cantidad insuficiente.


En segundo lugar, hay quienes, para defender a Israel —específicamente los medios israelíes— argumentan que los medios están ofreciendo una imagen distorsionada de lo que ocurre en Gaza y que la gente ha sucumbido a la propaganda. ¿Es eso realmente creíble? Israel tiene la tasa de uso de Internet per cápita más alta del mundo. La más alta. ¿Me están diciendo que nunca vieron las imágenes publicadas en la red de lo que sucede en Gaza? ¿Que nunca vieron ningún vídeo de TikTok? ¿Que no tienen ni idea de lo que pasa? No hace falta buscar demasiado en Internet para encontrar imágenes de lo que está ocurriendo en Gaza.


En tercer lugar. Bueno, veamos algunas de las otras encuestas. Se realizó un sondeo que planteaba una pregunta muy sencilla: cuando los soldados israelíes entran en una ciudad de Gaza, ¿deberían matar a todo el mundo? Esa era la pregunta: ¿deberían matar a todo el mundo? El 47 % de los judíos israelíes respondió que sí. Tengamos en cuenta que la mitad de la población de Gaza son niños. Hubo otra encuesta que planteó una pregunta —esta vez a todos los israelíes, incluidos los no judíos, que constituyen cerca del 20 % de la población— en la que se hacía una simple consulta: ¿hay inocentes en Gaza? ¿Hay personas inocentes en Gaza —donde la mitad de la población son niños—? El 62 % afirmó que no hay inocentes en Gaza. Si se excluye del cálculo a ese 20 % que no es judío, la cifra se sitúa entre el 70 % y el 75 % de personas que sostienen que no hay inocentes en Gaza.


Esa es la opinión pública israelí. Pero existe otra dimensión: la de quienes sirven en el ejército israelí, las FDI (Fuerzas de Defensa de Israel). Israel tiene un ejército ciudadano. El ejército es plenamente representativo de la sociedad israelí, constituye una muestra representativa de la sociedad judía de Israel, salvo excepciones marginales en las que no voy a entrar ahora. Es un reflejo fiel de la sociedad israelí. Las personas que llevan a cabo el genocidio en Gaza, que atacan a niños... eso es Israel. Sabes, en algunos países —pensemos en el mío—, durante la guerra de Vietnam, con razón o sin ella, sentíamos que los soldados no representaban a la sociedad estadounidense. En primer lugar, porque provenían de las clases más pobres de aquella época, ya que existían las llamadas «prórrogas por estudios»: si uno estaba en la universidad, no prestaba servicio militar, al menos durante los cuatro años que duraban los estudios. Y en segundo lugar, porque en Estados Unidos hubo un gran movimiento antibélico, digamos a partir de 1967 o 1968; fue un movimiento de gran envergadura. Así que, en ese sentido, podíamos decir que los soldados en Vietnam no representaban al pueblo estadounidense. En cambio, los soldados israelíes son una muestra representativa de la sociedad israelí. En Israel no existe un movimiento antibélico, eso, sencillamente, no es cierto. El número de israelíes opuestos a lo que Israel ha estado haciendo cabría en esta sala. Lamentablemente, esa es la realidad.


Así pues, los ejecutores del genocidio en Gaza son una muestra representativa de la sociedad israelí. Es un ejército ciudadano. Dejando de lado el hecho de que se apunta directamente a los niños —y, por desgracia, abundan las pruebas de que los francotiradores les disparan en el cráneo y en el pecho—, habrá quien diga: «Bueno, no todos los israelíes son así». Vale, muy bien. Creo que la cifra es mayor de lo que uno quisiera creer. Pero bueno, consideremos otra vertiente. Para el segundo año del genocidio en Gaza, había un consenso general de que Israel estaba utilizando el hambre como arma de guerra. Tal hecho se convirtió en un lugar común entre funcionarios de la ONU, organizaciones humanitarias y grupos de derechos humanos. Todos afirmaban lo mismo: Israel utiliza el hambre como arma de guerra.


Bien. Tomemos una encuesta sencilla, un ejemplo simple. Tomaré el mes de julio de 2025, porque fue el peor periodo. Entre marzo y mayo de 2025 no se permitió la entrada de nada en Gaza, se estableció el bloqueo total de Gaza entre marzo y mayo. Luego, en julio, se realizó una encuesta en Israel. Se planteó una pregunta sencilla: "¿Le preocupan los informes sobre la hambruna y la inanición en Gaza?". ¿Saben cuál fue la respuesta del 79 % de los judíos israelíes?: "En absoluto" o "solo un poco". "En absoluto" o "solo un poco", ante la inanición —una hambruna deliberadamente provocada en Gaza, donde la mitad de la población son niños—, y el 79 % de la sociedad judía israelí responde "en absoluto" o "solo un poco". De ahí concluyo que: si se suman todos los factores, se trata de una nación de asesinos de niños. No veo cómo se puede eludir esa conclusión. Si mi razonamiento es erróneo, demuéstrenme en qué me equivoco.


Fragmento extraído del vídeo: Gaza SHATTERED Israel’s Story | Norman Finkelstein on October 7, Three Years Later

Transcripción: Arrezafe


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03 octubre, 2026

De aquellas hienas, estos buítres

 



"Hitler, con un puntero, va señalándo en un mapa las naciones de Europa, a la vez que explica a su estado mayor el destino que, según su criterio, le corresponde a cada una de ellas. El puntero va recorriendo el mapa hasta que, de pronto, se detiene en España. El Führer queda pensativo unos segundos, vuelve la cabeza y, con voz firme, dice a sus oficiales: ¡España, para recreo!


Hitler acababa de profetizar el destino de este país. En 1986, cincuenta años después, España entraba en la Comunidad Europea, la Europa de los banqueros, multinacionales agroalimentarias y especuladores inmobiliarios y de todo tipo".


Francisco Jurdao Arrones, Del eurofelipismo al desierto (1993).


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02 octubre, 2026

HACE 150 AÑOS...

 


Transcripción del vídeo titulado Why Karl Marx Was Right [Por qué Karl Marx tenía razón]


Hoy voy a hablar de Karl Marx. Y tal vez piensen: «Vaya, pero todo eso y el comunismo... son cosas del pasado, ¿no? Al fin y al cabo, Marx se equivocaba. Los experimentos sociales que surgieron en su nombre fueron catastróficos, fracasaron estrepitosamente. Además, el capitalismo ganó la Guerra Fría. Todo eso suena a los años setenta, ¿no es así?».


Pero, un momento, porque más allá de todas esas disputas políticas y caricaturas culturales, Marx planteó una serie de cuestiones que no solo versaban sobre la revolución, el comunismo o la abolición de la propiedad privada, sino sobre el futuro del capitalismo y la estructura misma de la economía capitalista a largo plazo. Una de esas cuestiones se refería al rumbo que estaba tomando el capitalismo, un análisis sombrío, inquietante y sorprendentemente relevante para el mundo actual.


Para Marx, el desenlace final del capitalismo sería el de una sociedad gobernada por una pequeña oligarquía de personas inmensamente ricas extendiendo su poder sobre una vasta mayoría en situación precaria. En dicho futuro no existiría la clase media. No habría movilidad social. Solo esa minoría y el resto. La cuestión, pues, es que no es necesario estar de acuerdo con las posibles soluciones de Marx para reconocer que su diagnóstico fue extraordinariamente premonitorio.


Hoy quiero referirme a por qué Marx llego a esas conclusiones, cómo funciona su modelo y por qué muchas de las inquietudes de la vida moderna parecen ecos de una predicción realizada hace 150 años, para cuya comprensión debemos entender el mundo en el que vivió su autor.


El siglo XIX fue una época de extraordinarias transformaciones. La industrialización estaba desmantelando los modos de vida tradicionales. La mecanización sustituía a la mano de obra cualificada. Las fábricas absorbían a los pequeños talleres y a toda la masa de trabajadores agrícolas; los ferrocarriles reconfiguraban la geografía, etcétera; y la lógica del lucro se convertía en el principio rector de la vida económica. Ahora bien, el propio Marx no veía la competencia como una especie de árbitro ordenador del mercado, tal y como suele presentarse a menudo. Para él, la competencia era algo brutal. Así, si una fábrica podía producir bienes a menor coste que otra, la más débil sucumbía. Una empresa podía invertir en nueva maquinaria, suprimía a aquella que no podía hacerlo. Una vez que la maquinaria adquirió un papel central, también lo hizo el capital. Por consiguiente, quienes poseían el capital —las máquinas, las fábricas, la infraestructura— ganaban poder, mientras que quienes carecían de él quedaban en una situación de extrema vulnerabilidad.


También observó que el cambio tecnológico, lejos de hacer realidad el sueño de la Ilustración —según el cual las máquinas liberarían a los seres humanos que podrían dedicarse a actividades más elevadas—, en realidad propiciaba lo contrario. Hacía que los seres humanos fueran más fácilmente sustituibles. El trabajo cualificado podía transformarse en tareas repetitivas, y los artesanos podían ser reemplazados por máquinas. Como escribió el propio Marx, el capitalismo reduce al trabajador a un mero apéndice de la máquina; y Marx creía que esta dinámica se intensificaría con el paso del tiempo.


A medida que las empresas crecían, requerían más capital. Y al necesitar más capital, se fusionaban, se consolidaban y se expandían. Este proceso conllevaba la destrucción de toda competencia, y así, se propagaban por el mercado como una especie de plaga económica, devorando todo a su paso. En este escenario, la clase media era quizá el sector más vulnerable. Las pequeñas empresas sucumbían ante estas economías de gran escala, y los profesionales independientes eran desplazados por grandes estructuras corporativas. Muchos profesionales —ya sabes— estaban a un mero cambio tecnológico de quedar totalmente obsoletos. Es decir, algo muy parecido a lo que ocurre hoy en día, cuando un modelo de IA, una nueva plataforma de software o una simple herramienta de automatización pueden hacer desaparecer de la noche a la mañana categorías enteras de empleos.


Así pues, Marx consideraba que la llamada clase media no era una categoría estable. Se trataba de una categoría de transición, un amortiguador temporal entre la élite capitalista y la mayoría trabajadora, y creía que el propio capitalismo terminaría por erosionar completamente dicho amortiguador.


Los ecos modernos


Al observar el mundo actual, resulta difícil no percibir el patrón que acertadamente describió Marx. Vivimos en una era de extraordinaria concentración de riqueza en manos de unos pocos. Un puñado de empresas —Amazon en el comercio minorista, Google en la información, BlackRock en las finanzas— opera a una escala que simplemente borra del mapa a los competidores más pequeños. Un reducido número de compañías tecnológicas moldea nuestra forma de comunicarnos, comprar, trabajar e incluso de concebirnos a nosotros mismos. Unas pocas instituciones financieras mueven tales sumas de dinero que empequeñecen los presupuestos de naciones enteras. Asimismo, un pequeño grupo de individuos posee una riqueza a una escala que habría resultado casi inimaginable en la época de Marx. Esta concentración se manifiesta no sólo en las estadísticas, sino también en imágenes: superyates del tamaño de cruceros; aviones privados que contemplan el cielo como una especie de autopista personal; equipos de seguridad privada semejantes a pequeños ejércitos, y residencias que no son simples casas, sino complejos que parecen estados en sí mismos, mundos privados. No se conforman sólo con el pan, también quieren el circo: los equipos deportivos, los periódicos, los estudios cinematográficos, las plataformas de streaming, las editoriales, el mundo de las celebridades y las empresas de entretenimiento que determinan qué vemos, qué leemos y de qué hablamos el resto de nosotros.


Así pues, no se trata simplemente de distracciones. Son instrumentos que ayudan al sistema a perpetuarse a sí mismo. Son símbolos de una brecha estructural, un recordatorio visible de que un grupo minúsculo habita un universo económico muy distinto al del resto de la población. Mientras tanto, la clase media —ese gran motor de las reformas del siglo XIX, la clase que hizo posibles las revoluciones estadounidense y francesa y que construyó el Estado-nación liberal moderno— se está desmoronando. Los costes de la vivienda se han disparado en relación con los ingresos. En muchos países, ser propietario de una vivienda se percibe hoy como un privilegio más que como una necesidad vital. Los salarios de los trabajadores se han estancado, aun cuando la productividad y los beneficios empresariales han aumentado. La seguridad laboral se ha debilitado, los contratos de corta duración, el trabajo esporádico y las reestructuraciones constantes se han convertido en parte de la vida cotidiana. Es posible que tú mismo hayas sufrido esta experiencia de tener que volver a solicitar tu propio puesto de trabajo, pero bajo nuevas condiciones, obviamente menos favorables. Ya quedan pocos empleos para toda la vida. Las carreras profesionales que antaño ofrecían estabilidad hoy se perciben como precarias. Profesores, enfermeros, académicos, mandos intermedios: personas que en otro tiempo habrían tenido la certeza de llevar una vida sólida y respetable, hoy se sienten cada vez más atenazadas entre el aumento de los costes y el estancamiento de los ingresos.


La automatización amenaza a sectores enteros, desde la industria manufacturera hasta los empleos de oficina, así como a esa promesa de que a cada generación le irá mejor que a la anterior, de que tus hijos tendrán más de lo que tú tuviste. Esa idea se está desvaneciendo. Incluso en el plano cultural, el estado de ánimo ha cambiado. La gente siente ansiedad, inseguridad e incertidumbre respecto al futuro. Se sienten eclipsados por una riqueza que ni siquiera pueden imaginar. Perciben que el sistema está esencialmente amañado, que las oportunidades se reducen y que la clase media ya no es un terreno seguro donde asentarse. Y esta sensación de verse acorralados —económica, social y psicológicamente— es una de las grandes experiencias definitorias de la vida moderna. Ciertamente no hace falta ser marxista para verlo, es simplemente la realidad del mundo actual.


Así pues, Marx predijo que el capitalismo generaría esta élite minúscula y convertiría a todos los demás en una masa amorfa de trabajadores: indistinguibles, intercambiables y desechables. Los detalles han cambiado, pero el patrón es inconfundible. La superficie del mundo sigue transformándose —las tecnologías, las modas, el perfil urbano—, pero bajo esa superficie siguen actuando las mismas fuerzas de siempre. Y el propio Marx habría reconocido la realidad de nuestro mundo al instante.


¿Se equivocó Marx o simplemente se adelantó a su tiempo?


Algunos podrían decir: "Ya ya, pero Marx no era infalible. Se equivocó, ¿no es así?". Y señalarán todo aquello que pasó por alto. Dirán: "No previó el Estado de bienestar, que suavizó algunos de los aspectos más duros del capitalismo. No previó el capitalismo de consumo, que generó nuevas formas de aspiración e identidad. No previó el auge de la economía de servicios, que transformó por completo los mercados laborales. Y no previó la existencia de instituciones democráticas capaces de regular los mercados, redistribuir la riqueza y proteger a los trabajadores". Es muy probable que hayas escuchado estos argumentos durante tus estudios, especialmente en el periodo posterior a la Guerra Fría. Sin embargo, el problema de este razonamiento es que muchas de esas instituciones —precisamente las que supuestamente “demostraban” que Marx estaba equivocado— están colapsando hoy en día. Los presupuestos destinados al llamado bienestar social se reducen en todo el mundo, los organismos reguladores se debilitan constantemente e incluso la democracia misma parece más frágil que antaño. Todo indica que ese “saber adaptarse a la situación”, que creíamos que refutaba a Marx, no fue más que desviación temporal, intento de contener la voraz maquinaria, de frenar la apisonadora, de nadar contra la corriente. Y ahora, a medida que esos mecanismos de contención se debilitan, reaparece la dinámica subyacente —la misma que describió Marx—: esa según la cual, y por la propia naturaleza del capitalismo, genera una élite que oprime y exprime al resto de la sociedad. Por eso los males del mundo moderno nos resultan tan familiares: porque alguien los describió con precisión asombrosa hace 150 años.


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