NI OLVIDO NI PERDÓN
La diplomacia
estadounidense es algo muy particular, como demuestran sus
actuaciones en Vietnam, Nicaragua, Panamá, Irak y Yugoslavia.
Consiste en imponer una serie de exigencias innegociables, aunque se
las denomine "acuerdos" o "pactos". La reticencia
de la otra parte a someterse incondicionalmente a todas las
condiciones se califica de "obstruccionismo" y se presenta
públicamente, de forma distorsionada, como una "falta de
voluntad para negociar de buena fe".
Archivo
Internet de Michael Parenti
Capítulo extraído del
libro To Kill a Nation (2000) de Michael Parenti.
En 1999, el aparato de
seguridad nacional de Estados Unidos —que ha participado en todo el
mundo en actos de subversión, sabotaje, terrorismo, tortura,
narcotráfico y escuadrones de la muerte— lanzó ininterrumpidos
ataques aéreos contra Yugoslavia durante 78 días, arrojando 20.000
toneladas de bombas y matando a miles de mujeres, niños y hombres.
Todo esto se hizo en nombre de una supuesta preocupación humanitaria
por los albaneses de Kosovo. O eso es lo que se nos pidió creer. En
el transcurso de unos pocos meses, el presidente Clinton bombardeó
cuatro países: Sudán, Afganistán, Irak (en repetidas ocasiones) y
Yugoslavia (de forma masiva). Al mismo tiempo, Estados Unidos
participaba en guerras por delegación en Angola, México (Chiapas),
Colombia, Timor Oriental y otros lugares. Además, las fuerzas
armadas estadounidenses están desplegadas en todos los continentes y
océanos, con unas 300 importantes bases de apoyo en el extranjero;
todo ello en nombre de la paz, la democracia, la seguridad nacional y
el humanitarismo.
Si bien se mostraron
dispuestos y decididos a bombardear Yugoslavia en defensa de una
minoría supuestamente oprimida en Kosovo, los líderes
estadounidenses no tomaron medida alguna contra la República Checa
por el maltrato al pueblo romaní (gitano), ni contra Gran Bretaña
por oprimir a la minoría católica en Irlanda del Norte, ni contra
los hutus por la matanza de medio millón de tutsis en Ruanda —por
no mencionar a los franceses, que fueron cómplices de dicha masacre.
Tampoco consideraron los líderes estadounidenses lanzar "bombardeos
humanitarios" contra el pueblo turco por lo que sus dirigentes
hicieron a los kurdos, ni contra el pueblo indonesio —cuyos
generales asesinaron a más de 200.000 timorenses orientales y
continuaron con la matanza hasta bien entrado el verano de 1999—,
ni contra los guatemaltecos por el exterminio sistemático,
perpetrado por el ejército de su país, de decenas de miles de
aldeanos mayas. En tales casos, los líderes estadounidenses no solo
toleraron estas atrocidades, sino que fueron cómplices activos de
sus autores, quienes por lo general resultaban ser fieles aliados
—estados clientes— dedicados a ayudar a Washington a hacer del
mundo un lugar seguro para las empresas de la lista Fortune 500.
¿Por qué, entonces, los
gobernantes estadounidenses lanzaron un desenfrenado ataque asesino
contra Yugoslavia?
La
tercermundialización de Yugoslavia
Yugoslavia se fundó
sobre una idea: que los eslavos del sur no debían seguir siendo
pueblos débiles y divididos, enfrentados entre sí y presa fácil
para los intereses imperialistas externos. Unidos, podían conformar
un territorio de gran envergadura, capaz de generar su propio
desarrollo económico. De hecho, tras la Segunda Guerra Mundial, la
Yugoslavia socialista se convirtió en una nación viable de éxito
económico. Entre 1960 y 1980, registró una de las tasas de
crecimiento más vigorosas, acompañada de un nivel de vida digno,
servicios de salud y educación gratuitos, derecho garantizado al
empleo, vacaciones pagadas de un mes, una tasa de alfabetización
superior al 90 % y una esperanza de vida de 72 años. Asimismo,
Yugoslavia ofrecía a su ciudadanía multiétnica transporte público,
vivienda y servicios básicos a precios asequibles, todo ello en el
marco de una economía sin ánimo de lucro y mayoritariamente de
propiedad pública. No era esta la clase de país que el capitalismo
global suele tolerar. Sin embargo, se permitió la existencia de la
Yugoslavia socialista durante 45 años porque se la consideraba un
Estado tapón no alineado frente a las naciones del Pacto de
Varsovia.
El desmembramiento y la
mutilación de Yugoslavia formaron parte de una política concertada
iniciada por Estados Unidos y las demás potencias occidentales en
1989. Yugoslavia era el único país de Europa del Este que no estaba
dispuesto a derrocar voluntariamente lo que quedaba de su sistema
socialista para instaurar un orden económico de libre mercado. De
hecho, los yugoslavos se enorgullecían de su desarrollo económico
de posguerra y de su independencia, tanto del Pacto de Varsovia como
de la OTAN. El objetivo de Estados Unidos ha sido transformar la
nación yugoslava en una región tercermundista, un conjunto de
principados débiles de derecha con las siguientes características:
● incapacidad de trazar
un rumbo independiente de autodesarrollo;
● economía destrozada
y recursos naturales totalmente accesibles a la explotación por
parte de empresas multinacionales, incluida la enorme riqueza mineral
de Kosovo;
● población
empobrecida, pero alfabetizada y cualificada, obligada a trabajar por
salarios de subsistencia, lo que constituye una reserva de mano de
obra barata que contribuirá a deprimir los salarios en Europa
occidental y otras regiones;
● industrias
desmanteladas —petrolera, de ingeniería, minera, de fertilizantes
y automotriz, así como diversas industrias ligeras— que ya no
compiten con los productores occidentales existentes.
Los políticos
estadounidenses también quieren eliminar los servicios públicos y
los programas sociales de Yugoslavia, por la misma razón por la que
desean suprimir los suyos propios en EEUU. El objetivo final es la
privatización y la "tercermundización" de Yugoslavia, tal
como se busca la "tercermundización" de Estados Unidos y
de cualquier otra nación. En cierto sentido, la furia con la que
Occidente destruyó Yugoslavia constituye un reconocimiento indirecto
del éxito de esa nación como modelo alternativo de desarrollo y de
la atracción que ejercía sobre las poblaciones vecinas, tanto del
Este como del Oeste.
A finales de la década
de 1960 y durante la de 1970, los dirigentes de Belgrado —al igual
que la cúpula comunista de Polonia— buscaron ampliar
simultáneamente la base industrial del país y aumentar la oferta de
bienes de consumo; un objetivo que pretendían alcanzar recurriendo a
un fuerte endeudamiento con Occidente. Sin embargo, la enorme deuda
contraída con el FMI trajo consigo la inevitable exigencia de una
"reestructuración": un severo programa de austeridad que
conllevó la congelación de salarios, recortes en el gasto público,
un aumento del desempleo y la supresión de las empresas
autogestionadas por los trabajadores. Pese a ello, gran parte de la
economía permaneció en el sector público no lucrativo, incluido el
complejo minero de Trepča, en Kosovo, descrito por The New York
Times como "el preciado botín de guerra... la propiedad más
valiosa de los Balcanes... valorada en al menos 5000 millones de
dólares" gracias a sus ricos yacimientos de carbón, plomo,
zinc, cadmio, oro y plata.[1]
Que los dirigentes
estadounidenses buscaron deliberadamente desmembrar Yugoslavia no es
objeto de especulación, sino un hecho documentado de conocimiento
público. En noviembre de 1990, la administración Bush presionó al
Congreso para que aprobara la Ley de Asignaciones para Operaciones en
el Extranjero de 1991, la cual estipulaba que cualquier parte de
Yugoslavia que no declarara su independencia en un plazo de seis
meses perdería el apoyo financiero de Estados Unidos. La ley exigía
la celebración de elecciones separadas en cada una de las seis
repúblicas y condicionaba cualquier ayuda futura a que el
Departamento de Estado estadounidense aprobara tanto los
procedimientos electorales como los resultados. La ayuda se
destinaría únicamente a las repúblicas por separado —no al
gobierno yugoslavo— y solo a aquellas fuerzas que Washington
calificaba de "democráticas", es decir, partidos de
derecha, partidarios del libre mercado y separatistas.
Otro objetivo de la
política estadounidense ha sido el monopolio de los medios de
comunicación y el control ideológico. En 1997, en lo que quedaba de
la Bosnia serbia, la última emisora de radio crítica con la
política de la OTAN fue clausurada a la fuerza por las fuerzas de
"mantenimiento de la paz" de dicha organización. El
artículo del New York Times se esforzó minuciosamente en
explicar por qué silenciar la única emisora serbia disidente
existente era necesario para fomentar el pluralismo democrático. El
Times utilizó once veces el término "de línea dura"
para describir a los líderes serbobosnios que se opusieron al cierre
y que no lo consideraron "un paso hacia el logro de una
cobertura informativa responsable en Bosnia".[2]
Asimismo, una parte de la
televisión yugoslava permaneció en manos de personas que se negaban
a ver el mundo tal como lo hacen el Departamento de Estado de EEUU,
la Casa Blanca y los medios de comunicación estadounidenses
propiedad de grandes corporaciones; algo que no se podía tolerar.
Los bombardeos de la OTAN destruyeron los dos canales de televisión
estatales y decenas de emisoras locales de radio y televisión, de
modo que, para el verano de 1999 —cuando visité Belgrado—, la
única televisión que se podía ver allí eran los canales privados,
además de la CNN, la televisión alemana y diversos programas
estadounidenses. El pecado de Yugoslavia no fue tener un monopolio
mediático, sino que la parte de sus medios de titularidad pública
se apartaba del monopolio mediático occidental que cubre la mayor
parte del mundo, incluida la propia Yugoslavia.
En 1992, Belgrado recibió
otro golpe: las sanciones internacionales. Bajo el liderazgo de
Estados Unidos, se impuso un bloqueo a todo comercio con Yugoslavia,
lo que tuvo consecuencias desastrosas para la economía:
hiperinflación, un desempleo masivo de hasta el 70 por ciento,
desnutrición y el colapso del sistema sanitario.[3]
Divide y vencerás
Uno de los grandes
engaños, señala Joan Phillips, es que "aquellos que son los
principales responsables del derramamiento de sangre en Yugoslavia
—no los serbios, croatas o musulmanes, sino las potencias
occidentales— son presentados como salvadores"[4].
Mientras fingían trabajar en favor de la armonía, los líderes
estadounidenses apoyaron a las fuerzas más divisivas y
reaccionarias, desde Croacia hasta Kosovo.
En Croacia, el hombre del
momento para Occidente fue Franjo Tudjman, quien afirmó en un libro
de su autoría, publicado en 1989, que "el establecimiento del
nuevo orden europeo de Hitler puede justificarse por la necesidad de
deshacerse de los judíos" y que en el Holocausto murieron solo
900.000 judíos, no seis millones. El gobierno de Tudjman adoptó la
bandera ajedrezada y el himno de los fascistas ustachas[5].
Tudjman presidió la evacuación forzosa de más de medio millón de
serbios de Croacia entre 1991 y 1995, un proceso marcado por
violaciones y ejecuciones sumarias[6]. Esto incluyó a los
200.000 habitantes de la Krajina en 1995, cuya expulsión fue
facilitada por ataques de aviones de combate y misiles de la OTAN.
Huelga decir que los líderes estadounidenses no hicieron nada para
detener estas atrocidades —y sí mucho para contribuir a ellas—,
mientras los medios de comunicación de EEUU miraban hacia otro lado.
Tudjman y sus allegados disfrutan hoy de una riqueza obscena,
mientras el pueblo croata padece las aflicciones del "paraíso"
del libre mercado. Se han impuesto estrictos controles a los medios
de comunicación croatas, y cualquiera que critique al gobierno del
presidente Tudjman corre el riesgo de ser encarcelado. Sin embargo,
la Casa Blanca elogia a Croacia como una nueva democracia.
En Bosnia, los líderes
estadounidenses apoyaron al fundamentalista musulmán Alija
Izetbegovic —activista nazi en su juventud que ha abogado por un
estricto control religioso de los medios de comunicación y que ahora
pretende establecer una república islámica bosnia—. El propio
Izetbegovic no cuenta con el respaldo de la mayoría de los
musulmanes bosnios; fue derrotado claramente en las urnas cuando
aspiraba a la presidencia, pero logró hacerse con el cargo tras
cerrar un misterioso acuerdo con el favorito, Fikret Abdic.[7]
Actualmente, Bosnia se encuentra bajo la tutela del FMI y la OTAN. No
se le permite desarrollar sus propios recursos internos, ni tampoco
conceder créditos o autofinanciarse mediante un sistema monetario
independiente. Sus propiedades estatales —incluidos los sectores de
energía, agua, telecomunicaciones, medios de comunicación y
transporte— han sido vendidas a empresas privadas a precios de
saldo.
En la antigua Yugoslavia,
las potencias de la OTAN dejaron de lado el neoimperialismo y optaron
por una ocupación colonial abierta. A principios de 1999, el
presidente democráticamente elegido de la Republika Srpska
—miniestado serbio de Bosnia—, quien había derrotado al
candidato predilecto de la OTAN, fue destituido por las tropas de la
Alianza debido a que no se mostró plenamente colaborador con el
"Alto Representante" de la OTAN en Bosnia. Este último
conserva la autoridad para imponer sus propias soluciones y destituir
a los funcionarios electos que obstaculicen de algún modo su
gestión.[8] Esto también fue presentado por la prensa
occidental como una medida necesaria para promover la democracia.
En Kosovo observamos el
mismo patrón sombrío. Estados Unidos brindó ayuda y apoyo a
fuerzas separatistas de extrema derecha, como el autodenominado
Ejército de Liberación de Kosovo (ELK), organización que
Washington había considerado previamente terrorista. El ELK ha
desempeñado durante mucho tiempo un papel clave en el enorme tráfico
de heroína que se extiende hasta Suiza, Austria, Bélgica, Alemania,
Hungría, la República Checa, Noruega y Suecia.[9] Los
líderes del ELK carecían de cualquier programa social que no fuera
el objetivo declarado de limpiar Kosovo de toda población no
albanesa, una campaña que se venía desarrollando desde hacía
décadas. Entre 1945 y 1998, la población kosovar no albanesa
—compuesta por serbios, romaníes, turcos, goranis (eslavos
musulmanes), montenegrinos y otros grupos étnicos— se redujo de
aproximadamente el 60 por ciento a cerca del 20 por ciento.
Entretanto, la población albanesa aumentó del 40 al 80 por ciento
(y no al 90 por ciento que se informaba reiteradamente en la prensa),
beneficiándose de una tasa de natalidad más elevada, una afluencia
masiva de inmigrantes procedentes de Albania y la intimidación y
expulsión sistemáticas de los serbios.
En 1987, en un momento de
espontaneidad no tutelada, el New York Times informó:
"Los albaneses
étnicos en el gobierno han manipulado los fondos públicos y las
normativas para apoderarse de tierras pertenecientes a los serbios...
Se han atacado iglesias ortodoxas eslavas y se han arrancado
banderas. Se han envenenado pozos y quemado cultivos. Jóvenes
eslavos han sido apuñalados, y algunos jóvenes albaneses han
recibido instrucciones de sus mayores de violar a chicas serbias... A
medida que los eslavos huyen de la persistente violencia, Kosovo se
está convirtiendo en lo que los nacionalistas albaneses han exigido
durante años... una región albanesa "étnicamente
pura"..."[10]
Irónicamente, si bien se
acusó reiteradamente a los serbios de limpieza étnica, la propia
Serbia es ahora la única sociedad multiétnica que queda en la
antigua Yugoslavia, con unos veintiséis grupos nacionales, incluidos
miles de albaneses que viven en Belgrado y sus alrededores.
La demonización de
los serbios
La campaña de propaganda
destinada a demonizar a los serbios encaja en la política general de
las potencias occidentales. Se eligió a los serbios como blanco de
esta demonización por ser la nacionalidad más numerosa y la que más
se oponía a la desintegración de Yugoslavia. Nada menos que Charles
Boyd, excomandante adjunto del Mando Europeo de los Estados Unidos,
comentó al respecto en 1994:
"La imagen popular
de esta guerra en Bosnia es la de un expansionismo serbio implacable.
Gran parte de lo que los croatas denominan "territorios
ocupados" son tierras que han estado en manos de los serbios
durante más de tres siglos. Lo mismo cabe decir de la mayor parte
del territorio serbio en Bosnia... En resumen, los serbios no
intentaban conquistar nuevos territorios, sino simplemente conservar
lo que ya era suyo". Aunque los líderes estadounidenses afirman
desear la paz —concluye Boyd—, han fomentado la intensificación
de la guerra.[11]
¿Pero qué hay de las
atrocidades que ellos cometieron? Todas las partes cometieron
atrocidades, pero la información difundida fue sistemáticamente
parcial. Los espeluznantes incidentes de atrocidades croatas y
musulmanas contra los serbios rara vez aparecían en la prensa
estadounidense y, cuando lo hacían, apenas se les dedicaba una
mención pasajera.[12] Por el contrario, las atrocidades
serbias se magnificaban y, a veces, incluso se inventaban, como
veremos. Recientemente, el Tribunal Penal Internacional para la ex
Yugoslavia (con sede en La Haya) acusó formalmente a tres generales
croatas por el bombardeo y la muerte de serbios en la Krajina y otras
zonas. ¿Dónde estaban los líderes y los equipos de televisión de
Estados Unidos cuando se cometían estos crímenes de guerra? John
Ranz, presidente de la asociación Survivors of the Buchenwald
Concentration Camp, USA (Supervivientes del campo de concentración
de Buchenwald, EEUU), pregunta: ¿Dónde estaban las cámaras de
televisión cuando cientos de serbios fueron masacrados por
musulmanes cerca de Srebrenica?[13] La versión oficial,
repetida fielmente por los medios de comunicación estadounidenses,
sostiene que fueron los serbios quienes cometieron todas las
atrocidades en Srebrenica.
Antes de aceptar sin
cuestionamientos las historias de atrocidades difundidas por los
dirigentes estadounidenses y los medios de comunicación
corporativos, conviene recordar el caso de los quinientos bebés
prematuros que, según se decía, soldados iraquíes arrancaron entre
risas de sus incubadoras en Kuwait; una historia que se repitió y se
creyó cierta hasta que, años más tarde, se demostró que era una
absoluta invención. Durante la guerra de Bosnia en 1993, se acusó a
los serbios de aplicar una política oficial de violación. "Id
y violad", habría ordenado públicamente un comandante
serbobosnio a sus tropas. Sin embargo, nunca se pudo localizar la
fuente de tal asunto ni revelar el nombre del comandante. Que se
sepa, tal orden jamás se impartió. Incluso el New York Times
publicó, con retraso, una breve rectificación, admitiendo con
cautela que "la existencia de una política de violación
sistemática" por parte de los serbios “aún está por
demostrar".[14]
Se estima que las fuerzas
serbobosnias violaron entre 25.000 y 100.000 mujeres musulmanas. Pero
el ejército serbobosnio no superaba los 30.000 efectivos, muchos de
los cuales participaban en desesperados enfrentamientos militares. Un
representante de Helsinki Watch señaló que las historias
sobre violaciones masivas perpetradas por serbios provenían de los
gobiernos musulmán bosnio y croata, y carecían de pruebas que las
respaldaran de manera creíble. El sentido común dictaría que tales
relatos se abordaran con el máximo escepticismo, y que no se
utilizaran como pretexto para una política agresiva y punitiva
contra Yugoslavia.
El tema propagandístico
de las violaciones masivas fue resucitado en 1999 para justificar los
nuevos ataques de la OTAN contra Yugoslavia. Un titular del San
Francisco Examiner rezaba: "LA TÁCTICA SERBIA ES LA
VIOLACIÓN ORGANIZADA, SEGÚN LOS REFUGIADOS DE KOSOVO". Solo al
final del artículo, en el decimonoveno párrafo, se leía que los
informes recopilados por la misión de la Organización para la
Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) en Kosovo no hallaron
tal política de violaciones organizadas. El número real de
violaciones se contaba por decenas —"y no muchas decenas"—,
según el portavoz de la OSCE. Ese mismo artículo señalaba que el
Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia condenó a un
comandante militar croata-bosnio a diez años de prisión por no
impedir que sus tropas violaran a mujeres musulmanas en 1993; una
atrocidad de la que apenas se habló mientras ocurría.[15]
Se culpó a los serbios
de la infame masacre del mercado de Sarajevo en 1992. Sin embargo,
según un informe filtrado a la televisión francesa, los servicios
de inteligencia occidentales sabían que habían sido agentes
musulmanes quienes habían bombardeado a civiles bosnios en el
mercado con el fin de provocar la intervención de la OTAN. Incluso
el negociador internacional David Owen, que trabajó junto a Cyrus
Vance, admitió en sus memorias que las potencias de la OTAN sabían
desde el principio que se trataba de un bombardeo musulman.[16]
No obstante, aquella invención, lanzada en el momento oportuno,
cumplió su objetivo de lograr que las Naciones Unidas respaldaran
las sanciones promovidas por Estados Unidos.
En una ocasión, señala
Barry Lituchy, el New York Times publicó una fotografía que
supuestamente mostraba a croatas lamentando las atrocidades serbias,
cuando en realidad los asesinatos habían sido perpetrados por
musulmanes bosnios. El Times publicó una rectificación poco
visible la semana siguiente.[17]
Hemos visto repetidamente
cómo se etiqueta y demoniza a las llamadas "naciones canallas".
El proceso es previsiblemente transparente. En primer lugar, se pone
a los líderes en el punto de mira. A Gadafi, de Libia, se le tachó
de "megalómano hitleriano" y de "loco". A
Noriega, de Panamá, se le calificó de "rata de pantano",
de ser uno de los peores "ladrones de droga y escoria" del
mundo y de "admirador de Hitler". A Sadam Husein, de Irak,
se le llamó el "Carnicero de Bagdad", "loco" y
"peor que Hitler". Posteriormente, los países de estos
líderes fueron atacados por fuerzas estadounidenses y sufrieron
sanciones impuestas por Estados Unidos. Lo que realmente tenían en
común era que cada uno de ellos estaba trazando un rumbo de
desarrollo propio —en cierta medida independiente— o que, de
algún modo, no acataban los dictados del libre mercado global y del
aparato de seguridad nacional de Estados Unidos.[18]
Bill Clinton calificó al
presidente yugoslavo Slobodan Milosevic de "nuevo Hitler".
Sin embargo, no siempre fue considerado así. Al principio, la prensa
occidental —que veía a este exbanquero como un nacionalista serbio
burgués capaz de acelerar la desintegración de la federación— lo
aclamó como una "personalidad carismática". Solo más
tarde, cuando lo percibieron como un obstáculo en lugar de una
herramienta, comenzaron a retratarlo como el demonio que "provocó
las cuatro guerras". Esto resultó excesivo incluso para Fareed
Zakaria, redactor jefe de Foreign Affairs, una publicación
emblemática del establishment estadounidense. Zakaria señaló
en el New York Times que Milosevic —quien gobierna "un
país empobrecido que no ha atacado a sus vecinos — no es Adolf
Hitler. Él no es ni siquiera Saddam Hussein”.[19]
Según se informó,
algunas emisoras de radio y periódicos de la oposición fueron
clausurados durante los bombardeos de la OTAN. No obstante, durante
mi viaje a Belgrado en agosto de 1999, observé que los medios no
gubernamentales y los periódicos de los partidos opositores seguían
operando con fuerza. Hay más partidos de oposición en el parlamento
yugoslavo que en cualquier otro parlamento europeo. A pesar de ello,
se etiqueta reiteradamente al gobierno como una dictadura. Milosevic
fue elegido presidente de Yugoslavia en unos comicios que, según los
observadores extranjeros, registraron relativamente pocas
irregularidades. A finales de 1999, presidía un gobierno de
coalición integrado por cuatro partidos. Los grupos opositores
criticaban abiertamente a su gobierno y se manifestaban en su contra.
Y, sin embargo, se le tachaba de dictador.
La campaña de propaganda
contra Belgrado ha sido tan implacable que destacadas figuras de la
izquierda —que se oponen a la política de la OTAN frente a
Yugoslavia— se han visto obligadas a doblegarse ante esta ortodoxia
de la demonización.[20] De este modo, revelan haber sido
influenciadas por la misma maquinaria de propaganda mediática que
critican en tantos otros asuntos. Rechazar la imagen demonizada de
Milošević y del pueblo serbio no equivale a idealizarlos ni a
afirmar que están libres de culpa o de haber cometido crímenes. Se
trata simplemente de cuestionar la propaganda unilateral que sentó
las bases para la destrucción de Yugoslavia por parte de la OTAN.
Más relatos de
atrocidades
Las atrocidades
(asesinatos y violaciones) se producen en todas las guerras, lo cual
no significa que se justifiquen. De hecho, los asesinatos y las
violaciones ocurren también en muchas comunidades en tiempos de paz.
Lo que la campaña de propaganda mediática contra Yugoslavia
denunciaba era que dichas atrocidades se cometían a una escala
genocida masiva. Tales acusaciones sirvieron para justificar el
mortífero ataque aéreo de las fuerzas de la OTAN.
Hasta el inicio de los
bombardeos en marzo de 1999, el conflicto en Kosovo se había cobrado
un total de 2000 vidas de ambos bandos, según fuentes de los
albanokosovares. Las fuentes yugoslavas estimaban la cifra en 800. En
cualquier caso, tales bajas revelan una insurgencia limitada, no un
genocidio. La política de expulsión forzosa comenzó tras los
bombardeos de la OTAN; miles de personas fueron desplazadas por la
fuerza por las fuerzas serbias, principalmente en zonas donde operaba
—o se sospechaba que operaba— el ELK. Además, si se da crédito
a los informes no confirmados de los refugiados de etnia albanesa,
hubo numerosos saqueos y ejecuciones sumarias perpetrados por fuerzas
paramilitares serbias, las cuales fueron desplegadas tras el inicio
de los bombardeos de la OTAN.
Cabe recordar que decenas
de miles de personas huyeron de Kosovo debido a los bombardeos, o
porque la provincia era escenario de combates terrestres sostenidos
entre las fuerzas yugoslavas y el ELK, o simplemente por miedo y
hambre. Un equipo de noticias preguntó con insistencia a una mujer
albanesa que cruzaba la frontera hacia Macedonia si la policía
serbia la había obligado a marcharse. Ella respondió: "No
había serbios. Lo que nos asustaba eran las bombas [de la
OTAN]".[21] Durante los bombardeos, se estima que entre
70.000 y 100.000 residentes serbios de Kosovo huyeron (la mayoría
hacia el norte, aunque algunos lo hicieron hacia el sur), al igual
que miles de personas de etnia romaní y de otros grupos étnicos no
albaneses.[22] ¿Acaso estas personas se estaban sometiendo a
una limpieza étnica a sí mismas? ¿O es que no huían de los
bombardeos y de la guerra terrestre?
The New York Times
informó que "un objetivo principal de la iniciativa de la OTAN
es poner fin a las atrocidades serbias que obligaron a más de un
millón de albaneses a abandonar sus hogares"[23]. Así
pues, se nos pide creer que la oleada de refugiados no fue provocada
por la guerra terrestre contra el ELK ni por los bombardeos masivos
de la OTAN, sino por atrocidades no especificadas. El bombardeo, que
había sido la causa principal del problema de los refugiados, pasó
a considerarse la solución. El problema de los refugiados —generado
en parte por los masivos ataques aéreos— se utilizó entonces como
justificación para dichos ataques, como una forma de presionar a
Milošević para que permitiera "el regreso seguro de los
refugiados de etnia albanesa"[24].
Si bien los albaneses de
Kosovo huían en gran número —por lo general bien abrigados y en
buen estado de salud, algunos a bordo de sus tractores, camiones o
automóviles, y muchos de ellos hombres jóvenes en edad de
reclutamiento—, se les describía como víctimas de una "masacre".
Los ataques serbios contra los bastiones del ELK y la expulsión
forzosa de aldeanos albaneses fueron calificados de "genocidio".
Sin embargo, expertos en fotografía de vigilancia y propaganda
bélica acusaron a la OTAN de llevar a cabo una "campaña de
propaganda" sobre Kosovo que carecía de cualquier prueba que la
respaldara. Según estos críticos independientes, los informes del
Departamento de Estado sobre fosas comunes y sobre la desaparición
de entre 100.000 y 500.000 hombres albaneses "son simplemente
ridículos"[25].
Al igual que en los
conflictos de Croacia y Bosnia, se exageró una vez más la imagen de
matanzas masivas. The Washington Post informó que 350
albaneses étnicos "podrían estar enterrados en fosas comunes"
en las cercanías de un pueblo de montaña en el oeste de Kosovo.
Tales especulaciones se basaban en fuentes que los funcionarios de la
OTAN se negaron a identificar. Entrando en detalles concretos, el
artículo mencionaba "cuatro cadáveres en descomposición"
hallados cerca de un gran montón de cenizas, sin ofrecer detalles
sobre quiénes podrían ser o cómo habían muerto.[26]
Un programa de Nightline
de la cadena ABC hizo referencias dramáticas y reiteradas a las
"atrocidades serbias en Kosovo" sin aportar datos
concretos. Ted Koppel preguntó a unos refugiados albaneses
indignados qué habían presenciado. Ellos señalaron a un anciano de
su grupo que llevaba un gorro de lana. Los serbios habían tirado el
gorro del hombre al suelo y lo habían pisoteado "porque sabían
que aquel gorro era lo más importante para él", explicaron a
Koppel, quien se mostró comprensiblemente horrorizado ante este
único ejemplo de "crimen de guerra" presentado en un
programa de una hora de duración.
Un artículo de amplia
difusión en el New York Times, titulado "Informe de EEUU
detalla ataques serbios en Kosovo", señala que el Departamento
de Estado publicó "el registro documental más exhaustivo hasta
la fecha sobre las atrocidades". El informe concluye que se
produjeron violaciones organizadas y ejecuciones sistemáticas. Sin
embargo, al profundizar en la lectura del artículo, se observa que
los relatos sobre tales crímenes "dependen casi exclusivamente
de información proveniente de testimonios de refugiados. No hubo
indicios de que las agencias de inteligencia estadounidenses hubieran
logrado verificar la mayoría —o siquiera una gran parte— de
dichos relatos... y términos como "según se informa" y
"presuntamente" aparecen a lo largo de todo el
documento".[27]
La periodista británica
Audrey Gillan entrevistó a refugiados de Kosovo sobre las
atrocidades y se encontró ante una sorprendente falta de pruebas.
Una mujer sorprendió al periodista mirando el reloj que ella llevaba
en la muñeca, mientras su marido le contaba cómo a todas las
mujeres les habían robado las joyas y otras pertenencias. Un
portavoz del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los
Refugiados habló de violaciones masivas y de lo que parecían ser
cientos de asesinatos en tres aldeas. Cuando Gillan le pidió
información más precisa, él redujo drásticamente la cifra a cinco
o seis adolescentes víctimas de violación. No obstante, admitió
que no había hablado con ningún testigo y que "no tenemos
forma de verificar estos informes".[28]
Gillan observó que
algunos refugiados habían presenciado asesinatos y otras
atrocidades, pero había pocos indicios de que los hubieran visto a
la escala que se estaba difundiendo. Las autoridades le hablaron de
refugiados que relataban la muerte de sesenta o más personas en una
aldea y de cincuenta en otra, pero Gillan "no pudo encontrar ni
un solo testigo presencial que hubiera visto realmente ocurrir tales
sucesos". Las atrocidades masivas parecían haber tenido lugar
siempre en alguna otra aldea. Sin embargo, los periodistas
occidentales informaban a diario de "cientos" de
violaciones y asesinatos. A veces mencionaban de pasada que los
informes aún no habían sido corroborados; cabe preguntarse,
entonces, por qué se difundían con tanto entusiasmo tales
historias.
A diferencia de sus
declaraciones públicas, el Ministerio de Asuntos Exteriores de
Alemania negó en privado que existiera prueba alguna de que el
genocidio o la limpieza étnica formaran parte de la política
yugoslava: "Ni siquiera en Kosovo es posible constatar una
persecución política explícita vinculada a la etnia albanesa...
Las acciones de las fuerzas de seguridad [yugoslavas] no iban
dirigidas contra los albanokosovares como grupo étnico definido,
sino contra el adversario militar y sus partidarios, reales o
supuestos".[29]
No obstante, Milošević
fue acusado de crímenes de guerra, concretamente de la expulsión
forzosa de albanokosovares y de la ejecución sumaria de cerca de un
centenar de personas. Una vez más, se utilizaron como justificación
de los bombardeos de la OTAN supuestos crímenes cometidos después
de que dichos bombardeos hubieran comenzado. Los mayores criminales
de guerra de todos fueron los líderes políticos de la OTAN que
orquestaron la campaña aérea de muerte y destrucción.
Desde la perspectiva de
la Casa Blanca, dado que el objetivo declarado de los ataques aéreos
no era matar civiles, no existía responsabilidad alguna, sino tan
solo errores lamentables. En otras palabras, lo único que contaba
era la intención declarada de la acción, y no sus inevitables
consecuencias. Sin embargo, el autor puede ser declarado culpable de
homicidio intencionado. Como señaló George Kenney, exfuncionario
del Departamento de Estado durante la administración Bush: "Lanzar
bombas de racimo sobre zonas urbanas densamente pobladas no provoca
muertes accidentales. Se trata de bombardeos de terror
deliberados".[30]
Durante las primeras
semanas de la ocupación de Kosovo por parte de la OTAN, decenas de
miles de serbios fueron expulsados de la provincia y cientos murieron
a manos de hombres armados del ELK, en sucesos descritos por la
prensa occidental como actos de "venganza" y "represalia",
como si las víctimas hubieran merecido tal suerte. Entre las
víctimas de estas "represalias" se contaban también
miembros de las comunidades romaní, gorani, turca, montenegrina y
albanesa que habían "colaborado" con los serbios al hablar
serbio, oponerse al separatismo o identificarse, de una forma u otra,
como yugoslavos. Otras personas siguieron muriendo o sufriendo
mutilaciones a causa de las minas colocadas por el ELK y el ejército
serbio, así como por la gran cantidad de bombas de racimo de la OTAN
esparcidas por el territorio.[31]
Durante los primeros días
de la ocupación de la OTAN, se anunció reiteradamente que 10.000
albaneses habían sido asesinados por los serbios (una cifra muy
inferior a los 100.000 o incluso 500.000 hombres albaneses que
supuestamente habían sido ejecutados durante la guerra). Nunca se
presentaron pruebas que respaldaran la cifra de 10.000, ni siquiera
una explicación de cómo se había determinado con tanta rapidez,
incluso antes de que las fuerzas de la OTAN hubieran entrado en la
mayor parte de Kosovo.
Asimismo, no se
confirmaron las constantes referencias —carentes de fundamento— a
"fosas comunes", cada una de las cuales supuestamente
albergaba a cientos o incluso miles de víctimas albanesas. A lo
largo del verano de 1999, el revuelo mediático en torno a las fosas
comunes se diluyó hasta quedar reducido a alguna que otra mención
imprecisa. En los pocos lugares donde realmente se realizaron
exhumaciones, se hallaron entre una docena o dos de cuerpos, pero sin
pruebas concluyentes sobre las causas de la muerte ni siquiera sobre
la nacionalidad de las víctimas. En algunos casos, había motivos
para creer que las víctimas eran serbias.[32]
Ante la falta de pruebas
de fosas comunes, hacia finales de agosto de 1999, Los Angeles
Times centró su atención en los pozos, considerándolos "fosas
comunes en sí mismos...". Al parecer, las fuerzas serbias
arrojaron... "muchos cadáveres de albaneses a pozos durante su
campaña de terror".[33] ¿"Al parecer"? El
propio artículo se centraba en un único pueblo donde se halló el
cuerpo de un hombre de 39 años en un pozo, junto con tres vacas
muertas y un perro. No se indicó la causa de su muerte y "no se
descubrieron otros restos humanos". No se identificó al
propietario del pozo. Una vez más, al examinar los detalles
concretos, las atrocidades no parecen endémicas, sino esporádicas.
Enemistad étnica y
"diplomacia" de EEUU
Algunos sostienen que el
nacionalismo, y no la clase social, es el verdadero motor del
conflicto yugoslavo. Esto parte del supuesto de que la clase y la
etnia son fuerzas mutuamente excluyentes. Sin embargo, la enemistad
étnica puede instrumentalizarse para servir a intereses de clase,
tal como intentó hacer la CIA con los pueblos indígenas de
Indochina y Nicaragua —y, más recientemente, de Bosnia—.[34]
Cuando diversos grupos
nacionales conviven con cierto grado de seguridad social y material,
tienden a llevarse bien; surge la convivencia e incluso los
matrimonios mixtos. Sin embargo, cuando la economía se desploma
—debido a las sanciones y a la desestabilización promovida por el
FMI—, resulta más sencillo incitar conflictos internos y generar
un caos social. Para acelerar este proceso en Yugoslavia, las
potencias occidentales brindaron a los elementos separatistas más
retrógrados toda clase de ventajas: financiación, organización,
propaganda, armamento y sicarios, además de contar con el respaldo
de todo el poderío del aparato de seguridad nacional de Estados
Unidos. Una vez más, se pretende balcanizar los Balcanes.
Los ataques de la OTAN
contra Yugoslavia violaron su propia carta fundacional, la cual
estipula que la alianza solo puede emprender acciones militares en
respuesta a una agresión cometida contra uno de sus miembros.
Yugoslavia no atacó a ningún miembro de la OTAN; los dirigentes
estadounidenses prescindieron [una vez más] del derecho
internacional y de la diplomacia. La diplomacia tradicional consiste
en negociar las disputas mediante concesiones mutuas y el intercambio
de propuestas y contrapropuestas; es una forma de defender los
propios intereses hasta cierto límite, buscando finalmente una
solución que, si bien puede dejar a una de las partes más
insatisfecha que a la otra, no llega al extremo de abocar a ninguna
de ellas a la guerra.
La diplomacia
estadounidense es algo muy particular, como lo demuestran sus
actuaciones en Vietnam, Nicaragua, Panamá, Irak y, ahora,
Yugoslavia. Consiste en imponer una serie de exigencias
innegociables, aunque se las denomine "acuerdos" o
"pactos", como los Acuerdos de Dayton o los de Rambouillet.
La reticencia de la otra parte a someterse totalmente a todas las
condiciones se califica de "obstruccionismo" y se presenta
públicamente, de forma distorsionada, como una falta de voluntad
para negociar de buena fe. Según se nos dice, los líderes
estadounidenses pierden la paciencia cuando sus "ofertas"
son "desairadas". Se lanzan ultimátums y, acto seguido, se
somete a la nación recalcitrante a una destrucción aérea para que
aprenda a ver las cosas tal como las ve Washington.
Milosevic se resistió
porque el plan de Rambouillet, elaborado por el Departamento de
Estado de EEUU, exigía que entregara una región extensa y rica de
Serbia —es decir, Kosovo— a la ocupación extranjera. El plan
estipulaba además que dichas tropas extranjeras tendrían plenos
poderes de ocupación sobre toda Yugoslavia, gozando de inmunidad
frente a detenciones y de supremacía sobre la policía y las
autoridades yugoslavas. Un aspecto aún más revelador de la agenda
estadounidense era la disposición del plan de Rambouillet que
establecía: "La economía de Kosovo funcionará de acuerdo con
los principios del libre mercado".
Destrucción
deliberada
Aunque decían sentirse
inquietos por la destrucción aérea de Yugoslavia, muchos liberales
y progresistas estaban convencidos de que, "esta vez", el
aparato de seguridad nacional de Estados Unidos estaba librando una
batalla justa. "Sí, los bombardeos no funcionan. ¡Los
bombardeos son una estupidez!", decían entonces, "pero hay
que hacer algo". De hecho, los bombardeos fueron todo menos
estúpidos: fueron profundamente inmorales. Y, en realidad, sí
funcionaron: destruyeron gran parte de lo que quedaba de Yugoslavia,
convirtiéndola en un país privatizado, desindustrializado,
recolonizado y sumido en la miseria, proveedor de mano de obra barata
e indefenso ante la penetración del capital; un país tan maltrecho
que jamás volverá a levantarse y tan fragmentado que nunca se
reunificará, ni siquiera como una nación burguesa viable.
Cuando se aniquila el
capital social productivo de cualquier parte del mundo, aumenta el
valor potencial del capital privado en otros lugares, especialmente
cuando la crisis que afronta hoy el capitalismo occidental es de
sobrecapacidad. Cada base agrícola destruida por ataques aéreos
occidentales (como en Irak) o por el TLCAN y el GATT (como en México
y otros sitios) reduce la competencia potencial y amplía las
oportunidades de mercado para las empresas agroindustriales
multinacionales. Destruir fábricas yugoslavas de gestión pública
que producían componentes, electrodomésticos o fertilizantes —o
una planta sudanesa financiada con fondos públicos que fabricaba
productos farmacéuticos a precios sustancialmente inferiores a los
de sus competidores occidentales— equivale a incrementar el valor
de inversión de los productores occidentales. Asimismo, cada emisora
de televisión o radio clausurada por las tropas de la OTAN o
destruida por sus bombas refuerza el dominio monopolístico de los
cárteles mediáticos occidentales. La destrucción aérea del
capital social de Yugoslavia cumplió ese propósito.
Aún no hemos comprendido
el alcance total de la agresión de la OTAN. Serbia es una de las
mayores reservas de aguas subterráneas de Europa, y la contaminación
causada por el uranio empobrecido estadounidense y otros explosivos
afecta a toda la región circundante, llegando incluso hasta el mar
Negro. Solo en Pančevo, se liberaron enormes cantidades de amoníaco
a la atmósfera cuando la OTAN bombardeó la fábrica de
fertilizantes. En esa misma ciudad, una planta petroquímica fue
bombardeada en siete ocasiones. Tras la quema de 20.000 toneladas de
crudo en un único bombardeo contra una refinería de petróleo, una
inmensa nube de humo permaneció suspendida en el aire durante diez
días. Unas 1.400 toneladas de dicloruro de etileno se vertieron en
el Danubio, fuente de agua potable para diez millones de personas.
Paralelamente, se liberaron a la atmósfera concentraciones de
cloruro de vinilo que superaban en más de 10.000 veces los niveles
permitidos. En algunas zonas, la población ha presentado manchas
rojas y ampollas, y las autoridades sanitarias prevén un fuerte
aumento de las tasas de cáncer en los próximos años.[35]
Fueron bombardeados
parques nacionales y reservas naturales que situaban a Yugoslavia
entre los trece países con mayor biodiversidad del mundo. Los
misiles de uranio empobrecido que la OTAN utilizó en numerosas zonas
del país tienen una vida media de 4.500 millones de años.[36]
Se trata del mismo uranio empobrecido que ahora provoca cáncer,
defectos congénitos y muertes prematuras entre la población de
Irak. En Novi Sad, me contaron que los cultivos se estaban perdiendo
debido a la contaminación. Asimismo, no se podían reparar los
transformadores eléctricos porque las sanciones de la ONU prohibían
la importación de piezas de repuesto. Las personas con las que hablé
se enfrentaban al hambre y al frío ante el invierno que se
avecinaba.
Con palabras que podrían
hacernos cuestionar su humanidad, el comandante de la OTAN, el
general estadounidense Wesley Clark, se jactó de que el objetivo de
la campaña aérea era "demoler, destruir, devastar, degradar y,
en última instancia, eliminar la infraestructura esencial" de
Yugoslavia. Aun suponiendo que se hubieran cometido atrocidades
serbias —y no me cabe duda de que así fue—, ¿dónde está el
sentido de la proporcionalidad? Las matanzas perpetradas por
paramilitares en Kosovo (que ocurrieron en su mayoría después de
iniciarse la guerra aérea) no justifican el bombardeo de quince
ciudades mediante cientos de incursiones ininterrumpidas durante más
de dos meses, arrojando cientos de miles de toneladas de sustancias
químicas altamente tóxicas y cancerígenas al agua, al aire y al
suelo, matando a miles de serbios, albaneses, romaníes, turcos y
personas de otras etnias, y destruyendo puentes, zonas residenciales
y más de doscientos hospitales, clínicas, escuelas e iglesias,
además del capital productivo de toda una nación.
Un informe publicado en
Londres en agosto de 1999 por la Economist Intelligence Unit
concluyó que los enormes daños causados por la guerra aérea de la
OTAN a la infraestructura de Yugoslavia provocarán una drástica
contracción de la economía en los próximos años.[37] El
producto interior bruto caerá un 40 por ciento este año y se
mantendrá en niveles muy inferiores a los de hace una década.
Yugoslavia, según pronosticaba el informe, se convertirá en el país
más pobre de Europa. Misión cumplida.
Posdata
A mediados de septiembre
de 1999, la periodista de investigación Diana Johnstone informó por
correo electrónico a sus contactos en Estados Unidos que Peter
Galbraith —exembajador estadounidense en Croacia y quien había
respaldado la "Operación Tormenta" de Tudjman, la cual
expulsó a 200.000 serbios (en su mayoría familias campesinas) de la
región croata de Krajina cuatro años atrás— había estado
recientemente en Montenegro reprendiendo a políticos de la oposición
serbia por su reticencia a precipitar a Yugoslavia en una guerra
civil. Tal conflicto sería breve, les aseguró, y "resolvería
todos sus problemas". Otra estrategia que barajan los dirigentes
estadounidenses, de la que se ha tenido noticia recientemente en
Yugoslavia, consiste en ceder a Hungría la provincia serbia
septentrional de Voivodina. Voivodina alberga a unas veintiséis
nacionalidades, incluidas varios cientos de miles de personas de
origen húngaro que, en general, no muestran indicios de querer
separarse y que, sin duda, reciben un trato mejor que las minorías
húngaras, más numerosas, de Rumanía y Eslovaquia. No obstante, una
reciente partida presupuestaria de 100 millones de dólares aprobada
por el Congreso de EEUU aviva el separatismo en lo que queda de
Yugoslavia, al menos hasta que Serbia cuente con un gobierno lo
suficientemente grato a los partidarios occidentales de la
globalización y el libre mercado. Johnstone concluye: "Con sus
centrales eléctricas arruinadas y sus fábricas destruidas por los
bombardeos de la OTAN, aislados, sancionados y tratados como parias
por Occidente, los serbios se enfrentan a una disyuntiva: morir de
frío con honor en una patria sumida en la miseria o seguir el
"consejo amistoso" de las mismas personas que han destruido
metódicamente su país. Dado que es poco probable que exista
unanimidad en una u otra dirección, la guerra civil y una mayor
destrucción del país parecen probables".
Notas
[1] New York
Times, July 8, 1998.
[2] New York
Times, October 10, 1997.
[3] For more
detailed background information on the stratagems preceding the NATO
bombing, see the collection of reports by Ramsey Clark, Sean Gervasi,
Sara Flounders, Nadja Tesich, Michel Choussudovsky, and others in
NATO in the Balkans: Voices of Opposition (New York: International
Action Center, 1998).
[4] Joan Phillips,
"Breaking the Selective Silence," Living Marxism, April
1993, p. 10.
[5] Financial
Times (London), April 15, 1993.
[6] See for
instance, Yigal Chazan's report in The Guardian
(London/Manchester), August 17, 1992.
[7] See Laura
Silber and Allan Little, Yugoslavia: Death of a Nation (London:
Penguin, 1995), p. 211; also Diana Johnstone, "Alija
Izetbegovic: Islamic Hero of the Western World," CovertAction
Quarterly, Winter 1999, p. 58.
[8] Michael Kelly,
"The Clinton Doctrine is a Fraud, and Kosovo Proves It,"
Boston Globe, July 1, 19 99.
[9] San
Francisco Chronicle, May 5, 1999 and Washington Times, May
3, 1999.
[10] New York
Times, November 1, 1987.
[11] Foreign
Affairs, September/October 1994.
[12] For instance,
Raymond Bonner, "War Crimes Panel Finds Croat Troops 'Cleansed'
the Serbs," New York Times, March 21, 1999, a revealing
report that has been ignored in the relentless propaganda campaign
against the Serbs.
[13] John Ranz in
his paid advertisement in the New York Times, April 29, 1993.
[14] "Correction:
Report on Rape in Bosnia," New York Times, October 23,
1993.
[15] San
Francisco Examiner, April 26, 1999.
[16] David Owen,
Balkan Odyssey, p. 262.
[17] Barry
Lituchy, "Media Deception and the Yugoslav Civil War," in
NATO in the Balkans, p. 205; see also New York Times, August
7, 1993.
[18] For further
discussion of this point, see my Against Empire (San Francisco: City
Lights Books, 1995).
[19] New York
Times, March 28, 1999.
[20] Both Noam
Chomsky in his comments on Pacifica Radio, April 7, 1999, and
Alexander Cockburn in the Nation, May 10, 1999, referred to
Serbian "brutality" and described Milosevic as "monstrous"
without offering any specifics.
[21] Brooke Shelby
Biggs, "Failure to Inform," San Francisco Bay Guardian,
May 5, 1999, p. 25.
[22] Washington
Post, June 6, 1999.
[23] New York
Times, June 15, 1999.
[24] See for
instance, Robert Burns, Associated Press report, April 22,
1999.
[25] Charles Radin
and Louise Palmer, "Experts Voice Doubts on Claims of Genocide:
Little Evidence for NATO Assertions," San Francisco
Chronicle, April 22, 1999.
[26] Washington
Post, July 10, 1999.
[27] New York
Times, May 11, 1999.
[28] Audrey Gillan
"What's the Story?" London Review of Books, May 27, 1999.
[29] Intelligence
reports from the German Foreign Office, January 12, 1999 and October
29, 1998 to the German Administrative Courts, translated by Eric
Canepa, Brecht Forum, New York, April 20, 1999.
[30] Teach-in, Leo
Baeck Temple, Los Angeles, May 23, 1999.
[31] Los
Angeles Times, August 22, 1999.
[32] See for
instance, Carlotta Gall, "Belgrade Sees Grave Site as Proof NATO
Fails to Protect Serbs," New York Times, August 27, 1999.
[33] Los
Angeles Times, August 28, 1999.
[34] It is a
matter of public record that the CIA has been active in Bosnia.
Consider these headlines: The Guardian (Manchester/London),
November 17 1994: "CIA AGENTS TRAINING BOSNIAN ARMY"; The
London Observer, November 20, 1994: "AMERICA'S SECRET BOSNIA
AGENDA"; The European, November 25, 1994: "HOW THE
CIA HELPS BOSNIA FIGHT BACK."
[35] Report by
Steve Crawshaw in the London Independent, reprinted in the San
Francisco Examiner, July 26, 1999.
[36] See the
communication from Serbian environmentalist Branka Jovanovic:
http://beograd.rockbridge.net/greens_from_belgrade.htm; March 31,
1999.
[37] San
Francisco Examiner, August 23, 1999.
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