20 septiembre, 2026

HORA DE IR MÁS ALLÁ DE LA MERA DEFENSA

 


«...para implantar, cuando llegase el día, "una dictadura del proletariado que, según pensábamos, iba a ser más democrática que las llamadas democracias (por atender a los intereses de la mayoría de la población) y que, además, abriría el camino recto hacia el comunismo". Sí, admite Francisco Fernández Buy, sonaba a contradicción (algunos, admitámoslo, que además nos dedicábamos a la lógica o a la matemática y alardeábamos de ello, no nos sonaba así, en absoluto, era tan consiste como la vida y la lucha por la justicia). Pero contradicción por contradicción –pensaba FFB– "mejor la nuestra, porque por lo menos no era contradicción entre el decir y el hacer en el presente". La praxeología siempre en el puesto de mando».


MARXISMO CRÍTICO, 10/01/2014



"El verdadero filósofo es y no puede ser otro que el político, el hombre activo que modifica el entorno, entendiendo por entorno el conjunto de relaciones en las que cada uno de nosotros entra a formar parte".

Antonio Gramsci




«De origen griego, el término estrategia hace referencia a la conducción de un ejército (stratos) y, de forma más general, a los medios que permiten asegurar la victoria sobre un adversario en circunstancias históricas concretas que, por definición, no pueden predecirse. Estas contingencias delimitan el espacio específico de toma de decisiones, individuales o colectivas, capaces de aprovechar un momento propicio para cambiar drásticamente una situación histórica. De Sun Tzu a Pericles, de Maquiavelo a Lenin, de Rosa Luxemburgo a José Carlos Mariátegui y Amílcar Cabral, los estrategas son teóricos al mismo tiempo que hombres o mujeres de acción. Y tal conceptualización estratégica debe afrontar tanto la cuestión de la eficacia como la de la legitimidad como medio para lograr la construcción concreta de una alternativa, más allá de la mera victoria a obtener frente a un adversario».

[...]

«A escala mundial, las réplicas colectivas de los oprimidos no han faltado a lo largo de la historia. El pensamiento estratégico se fusionó durante mucho tiempo con un arte militar de los pobres, que reaccionaron ante la injusticia con ira, disturbios, revolución, proyectos igualitarios, esperanzas milenarias y magníficas utopías frente a la feroz represión y la despiadada guerra de clases. Desde Espartaco hasta las jacqueries campesinas, pasando por las grandes insurrecciones populares que jalonaron la historia de China, el establecimiento de una relación de fuerza armada ha sido una preocupación primordial y vital. Con el objetivo de conquistar el poder, esta relación armada ha corrido el riesgo de ser conquistada a su vez por su lógica fundamentalmente inalterada. Poco a poco, se inventó una estrategia política independiente, y la Revolución Francesa marcó una ruptura en este sentido: transformación radical de las relaciones sociales, basada en una amplia movilización popular, se enfrentó a un Estado poderoso en vías de centralización, al tiempo que era heredera del pensamiento racionalista de la Ilustración y de sus controversias sobre la voluntad popular y la igualdad, la esclavitud y la condición de la mujer. Estos rasgos ampliaron los horizontes y enriquecieron los puntos de vista sobre los medios y las formas de movilización de las diferentes capas sociales implicadas en el proceso revolucionario, aunque persistiera la tendencia a separar la reflexión sobre las modalidades de acción, aprisionada en el empirismo, de los fines últimos, que abrazaban una lógica institucional o vislumbraban una revisión social y política más radical».

[...]

«La virulenta campaña ideológica de los años 70 —anticomunista en nombre del antitotalitarismo— acabó por desacreditar y demonizar cualquier perspectiva revolucionaria, equiparando progresivamente los términos comunismo, estalinismo y nazismo, y reduciendo la definición de socialismo a la etiqueta de los partidos socialdemócratas y sus proyectos, inicialmente redistributivos, pero que después no ofrecían más que un acompañamiento "social" a las políticas neoliberales de forma cada vez más retórica.


Época excepcional en términos de estrategia, el siglo XX fue también, y en última instancia, una época de derrotas y retrocesos: aplastamiento de la República española y de los partisanos griegos, masacres de Sétif y Madagascar, guerras sucias coloniales, golpe de Estado en Chile y fracaso de la Revolución portuguesa. Las décadas que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial se caracterizaron así por la trágica involución de la esperanza nacida en 1917. Las invenciones temáticas y léxicas propias del pensamiento estratégico revolucionario de esos años —huelgas generales insurreccionales, doble poder, hegemonía, frentes unidos, guerras populares prolongadas, guerrillas urbanas, etc.— no impedirían el reflujo de la revolución y acabarían perdiendo su sentido en el proceso. ¿Qué queda hoy de esta reflexión sobre las transiciones, desde la toma del Palacio de Invierno hasta el debate sobre la autogestión, desde la cuestión del partido de vanguardia hasta la definición de "nuevas normas de gestión"? No sólo han envejecido las palabras, sino que se han descalificado las perspectivas, hasta el punto de hacer impronunciables los términos socialismo y comunismo —incluso capitalismo y a fortiori imperialismo—, mientras que la democracia que supuestamente ha triunfado en todo el mundo no designa más que la prolongada derrota del movimiento obrero y el reinado del mercado».

[...]

«Sin embargo, la historia no ha terminado. La gran narrativa de la victoria de la democracia se está deshaciendo, y la promesa de bienestar general de los liberales de ayer está dando paso a la amenaza de algo peor esgrimida por los neoliberales; esto ocurre en un mundo gangrenado por la explotación y la opresión, la competencia generalizada, las guerras y la devastación medioambiental».

[...]

«En la teoría crítica contemporánea, asistimos al auge de las opciones libertarias, tanto más fácilmente puestas de moda cuanto que corresponden al declive de los proyectos políticos globales y a la adopción de la vieja acusación de estatismo lanzada contra Marx por Bakunin. Este enfoque elude la discusión de fondo sobre las funciones y la transformación del Estado neoliberal y la perspectiva de su sustitución por una reorganización y una planificación democráticas de la vida económica y social. Lo que prevalece es la tesis de su pura y simple elusión, proponiendo Cambiar el mundo sin tomar el poder, como reza el título del exitoso libro de John Holloway.


Sin embargo, tres puntos principales hacen urgente reabrir este debate. En primer lugar, este legado se simplifica y empobrece, atribuyéndose a Marx y al marxismo un burdo estatismo que conduce a su desconocimiento y a la disminución de su influencia. En segundo lugar, las discusiones posteriores sobre el tema, informadas por las experiencias históricas del siglo XX, son generalmente olvidadas o desacreditadas a pesar de su riqueza. Por último, el Estado es hoy el blanco de las teorizaciones y políticas neoliberales, que denuncian ante todo el Estado del bienestar. Obligan al movimiento obrero a defender las viejas conquistas al tiempo que experimentan la mayor dificultad para redefinir de forma ofensiva e innovadora las misiones de las instituciones políticas y sociales. La degradación de la relación de fuerzas social e ideológica obstaculiza la renovación de sus análisis junto con el proyecto de su transformación radical».

[...]

«Reactivar el debate sobre la propiedad es lógico. Frente al asalto de las políticas neoliberales al derecho del trabajo y al desmantelamiento de los servicios públicos —escuela, sanidad, transportes—, pero también frente al poder de los agentes jurídicos y políticos que son su relevo —Estados nacionales, proyecto europeo, tratados internacionales, instituciones financieras, políticas mundiales, etc.— y a la apropiación capitalista de la naturaleza, permite explorar de nuevo vías para arraigar la alternativa en las condiciones del presente, por desfavorables que sean».

[...]

« ...la pobreza conceptual de la doctrina neoliberal no es la grieta en la armadura del capitalismo contemporáneo que bastaría perforar para que éste fuera derrocado. Su antropología de cartón piedra, su libertad ilusoria y su dogma de la racionalidad del mercado representan un marco doctrinal menos preocupado por la coherencia que por la defensa de las opciones políticas del momento. Hay que añadir que esta búsqueda del consentimiento va acompañada de una coerción creciente, posibilitada por la actual relación de fuerzas sociales y políticas. El giro autoritario y antidemocrático del neoliberalismo explica sus préstamos del neoconservadurismo reaccionario, incluso la agenda de las fuerzas neofascistas, al tiempo que le ayudan a consolidar una completa dominación de clase y a sofocar o desviar las protestas que suscita. Ante esto, parece productivo retomar la noción marxista de ideología entendida como función política y social, a la vez distinta del resto de la realidad económica y social y articulada con ella».

[...]

«Los "intelectuales mediáticos" ocupan ahora a la derecha y extrema derecha del espectro ideológico el lugar que los investigadores genuinos y creativos ocupaban a su izquierda hace cuarenta años. En condiciones de derrota política, de remodelación social y de cerco ideológico, es lógico que los intelectuales que perseveran en el pensamiento crítico se vean llevados espontáneamente a vivir como la debacle definitiva una situación que abordan exclusivamente desde el ángulo de las ideas, compartiendo con sus adversarios la convicción de que su propio papel es decisivo. En estas circunstancias, parece imposible resistirse a representaciones que se han convertido en fuerzas materiales cuasi autónomas, que añaden a su condición de ideas rectoras la de ser mandatos eficaces. Para Christopher Lasch, Zygmunt Bauman y sus numerosísimos seguidores, estamos encadenados por el consumismo y el narcisismo, las proliferaciones de pantallas y la invasión de la comunicación, la licuefacción de las relaciones humanas. Según Harmut Rosa, la aceleración del tiempo es ahora la cuestión clave. Así, paradójicamente, parte de la crítica contemporánea del neoliberalismo parece haber adoptado la tesis neoliberal de que no hay alternativa».

[...]

«La lección de Marx sobre la dimensión tendencialmente politizadora de las luchas sociales sigue siendo inigualable, a condición de que se logre actualizarla. Lo que hay que iniciar es precisamente una reapropiación, como componente clave del comunismo y como cartilla, subjetiva y compartida, de su construcción. La abolición de las escisiones es más pertinente que nunca. Apuntando a todo lo que separa a los sujetos de su propia actividad, a todo lo que los somete a su resultado cosificado, es a la vez apuesta y medio de una abolición del capitalismo. Esta tesis concierne al conocimiento, pero también al Estado y al trabajo, así como a todas las formas institucionales como mediaciones que se han convertido en instrumentos de alienación. Hay que reactivar su potencial emancipador, cuando existe, para reestructurarlas y volver a sintonizarlas con las necesidades sociales útiles, es decir, respetuosas con los seres humanos y con la naturaleza, necesidades que también deben definirse democráticamente. A fuerza de esta inversión, las mediaciones representan centros de réplica a su anexión capitalista, fuentes de contradicción que hay que reconquistar. Es el caso, en particular, de los servicios públicos, cuya dimensión intrínsecamente política debe reactivarse más allá de su mera defensa».


Fragmentos extraídos del libro de Isabelle Garo, COMUNISMO Y ESTRATEGIA.



19 septiembre, 2026

Modernización no significa capitalismo — Vijay Prashad

 

Tricontinental - Boletín 38 (2026)


En el Sur Global, el desarrollo no puede lograrse imitando al Occidente capitalista: exige romper la dependencia imperialista mediante la defensa de la soberanía, la planificación socialista y la transformación de las relaciones sociales.



Queridas amigas y amigos,


Saludos desde las oficinas del Instituto Tricontinental de Investigación Social.


En 1960, el economista estadounidense Walt Whitman Rostow publicó Las etapas del crecimiento económico. Un manifiesto no comunista. El subtítulo revelaba el propósito del libro. Rostow no se limitaba a describir el desarrollo económico. Ofrecía un arma ideológica para la Guerra Fría. Todas las sociedades, sostenía, recorrían el mismo camino, comenzaba en la "sociedad tradicional", pasaba por las "condiciones previas para el impulso inicial", el "impulso inicial" y la "marcha hacia la madurez", para llegar finalmente a la "era del gran consumo en masa". Al final de ese camino se encontraba Estados Unidos mismo. Sus instituciones sociales, culturales y políticas aparecían como el modelo para el resto del mundo. En el relato de Rostow, desarrollarse era imitar los patrones de consumo y las formas institucionales del Occidente imperialista. Modernizarse era volverse capitalista.


La teoría de Rostow, y en especial la del economista santalucense Arthur Lewis, oponía la "tradición" a la "modernidad". Había que despejar el viejo mundo para que pudiera aparecer el nuevo. El colonialismo desapareció de este relato, al igual que la esclavitud, el saqueo, el intercambio desigual y la transferencia organizada de riqueza desde Asia, África y América Latina hacia Europa y América del Norte. A los países empobrecidos por el imperialismo se les dijo que su pobreza era el resultado de sus propias culturas atrasadas. No necesitaban soberanía ni revolución social. Lo que requerían, se les planteó, era capital extranjero, expertos occidentales y paciencia.




En un boletín anterior sobre nuestras tradiciones de izquierda, hablamos de la riqueza del debate en torno a las herencias culturales dentro de la política de izquierda . En China, sin embargo, el problema principal no era la tradición en sí, sino la humillación. Desde la Primera Guerra del Opio (1839-1842) hasta la victoria de la Revolución China (1949), el país padeció lo que se recuerda como el "siglo de humillación": el opio impuesto a su pueblo, los tratados desiguales impuestos a sus gobiernos, el territorio arrebatado por potencias extranjeras, los puertos subordinados a monopolios imperiales y el país desgarrado por los señores de la guerra, la ocupación y la guerra civil. El capitalismo entró en China no con La riqueza de las naciones (1776) de Adam Smith en la mano, sino con cañoneras y droga. Las fuerzas del capitalismo no unificaron el país ni liberaron sus capacidades productivas. Por el contrario, el imperialismo capitalista destrozó la sociedad china y fortaleció a los terratenientes, a las élites compradoras y a los intermediarios del capital extranjero.


Para el pueblo chino, modernizarse no significaba repudiar en bloque su civilización ni entrar en la sala de espera de Occidente. Modernizarse significaba poner fin a la humillación, recuperar la soberanía, unificar el país, derrotar el hambre y el analfabetismo, y crear la capacidad material para impedir el regreso de las cañoneras. Según esta lógica, la modernización china solo podía comenzar con la liberación nacional y podía avanzar únicamente mediante el socialismo.


En nuestro último dossier, Caminar con las dos piernas: el socialismo de la modernización china, llamamos la atención sobre las dos tareas inseparables que asumió la Revolución China: la transformación de las relaciones sociales y el desarrollo de las fuerzas productivas. Un país pobre no podía abolir la privación simplemente distribuyéndola de manera más equitativa. Necesitaba industria moderna, ciencia, tecnología e infraestructura. Pero, dada la trampa del sistema neocolonial, ¿cómo se esperaba que China llevara a cabo este proyecto? ¿Podía hacerlo sin abordar las cuestiones fundamentales de la propiedad y la emancipación social? En nuestro dossier dividimos la historia moderna de China en tres etapas: de 1949 a 1978, de 1978 a 2013 y de 2013 hasta el presente.




En 1949, China se encontraba entre los países más pobres del mundo: la esperanza de vida rondaba los 35 años, la alfabetización estaba por debajo del 20%, la capacidad industrial era sumamente limitada y el campo seguía dominado por relaciones feudales. Los primeros pasos de la revolución fueron, por ende, tanto sociales como materiales. Para 1953, la reforma agraria había redistribuido casi 47 millones de hectáreas a aproximadamente 300 millones de campesinas y campesinos sin tierra o con poca tierra. El orden terrateniente quedó quebrado, pero también ocurrió algo más profundo. El campesinado experimentó el fanshen (翻身): literalmente, "voltear el cuerpo" o "ponerse de pie", pero, en el lenguaje de la revolución, sacudirse la servidumbre y erguirse como protagonista del desarrollo nacional. La modernización no comenzó con un centro comercial, sino con la tierra, la dignidad y el fin de la servidumbre.


Las campañas masivas de alfabetización, los sistemas de salud públicos, las salas de lectura rurales y el programa de los médicos descalzos transformaron la sociedad. Para 1959, la alfabetización había subido al 57%. Mientras tanto, la planificación socialista construyó los cimientos de una economía industrial integrada: acerías, centrales eléctricas, fábricas de automóviles y tractores, ferrocarriles y puentes. Estos logros fueron alcanzados bajo bloqueo, sanciones y la amenaza constante de guerra. La soberanía había adquirido una base material, pero todavía era frágil.




Después de 1978, la política de reforma y apertura cambió de táctica sin abandonar la dirección histórica. La afirmación de Deng Xiaoping de que "la pobreza no es socialismo" captó la esencia del problema. China utilizó los mercados y el capital extranjero bajo la guía del Estado para desarrollar sus fuerzas productivas, pero no cedió el control de los sectores estratégicos de la economía. El control público de la banca, la energía, las telecomunicaciones y el transporte permitió al Estado orientar la inversión e impedir que el sector privado dictara el rumbo de la sociedad. El mercado se utilizó como un instrumento, no como un fin en sí mismo.


Este segundo período produjo una inmensa riqueza social y sacó de la pobreza a más de 765 millones de personas entre 1978 y 2019. Pero también produjo serias contradicciones: desigualdad, corrupción, desequilibrios regionales, presión sobre la clase trabajadora y devastación ecológica. Reconocer estas contradicciones no es desechar el período de reforma, así como reconocer sus logros no exige ocultar sus costos. La construcción socialista no es una línea recta trazada de antemano, sino un proceso de lucha en el que las nuevas capacidades generan nuevas contradicciones que, a su vez, deben ser resueltas.




Desde 2013, China ha entrado en una tercera etapa, organizada en torno a tres conceptos: prosperidad común, civilización ecológica y desarrollo de alta calidad. La campaña de Alivio Focalizado de la Pobreza movilizó a más de tres millones de cuadros del Partido Comunista de China (PCCh) para llegar a los focos remanentes de pobreza extrema, garantizando un ingreso mínimo, alimentación y vestimenta adecuadas, educación, salud, vivienda segura, agua potable, electricidad y transporte. En lugar de esperar a que la riqueza se derramara hacia abajo, el partido fue casa por casa para identificar la privación y superarla. Al mismo tiempo, el partido arremetió contra las concentraciones de poder privado, endureció la regulación de las corporaciones tecnológicas, restringió la industria de las clases particulares y actuó contra la especulación inmobiliaria bajo el principio de que "las casas son para vivir en ellas, no para especular". China ha desviado el crédito de la actividad especulativa hacia la industria estratégica, la infraestructura pública y el desarrollo tecnológico. No se trata de ajustes administrativos menores; conciernen a la cuestión socialista fundamental: si el capital gobierna a la sociedad o la sociedad gobierna al capital.


El presidente chino Xi Jinping ha descrito la modernización china como una "modernización socialista impulsada bajo el liderazgo del Partido Comunista de China". El concepto de modernización socialista no es hostil a la tradición y permite a China nutrirse de su herencia civilizatoria sin someterse ni a la jerarquía feudal ni a la dominación cultural occidental. La tradición no es una pieza de museo ni un obstáculo por superar. Se hereda críticamente y se pone en diálogo con la razón científica y la ética socialista.




En Occidente, la memoria de China de la humillación se trata a veces como un agravio psicológico manipulado por el Estado. Pero la humillación no es un mero sentimiento. Remite a una condición material: la pérdida de la soberanía, la incautación de los recursos, la negación del desarrollo tecnológico y la subordinación del futuro de un pueblo a un poder extranjero. Las actuales restricciones a los semiconductores, las sanciones, las barreras comerciales y el cerco militar recuerdan al pueblo chino que el viejo deseo imperial de frenar su desarrollo no ha desaparecido. La autosuficiencia tecnológica no es, por lo tanto, nacionalismo estrecho, sino la forma contemporánea que adopta la defensa de la soberanía.


El camino de China no puede simplemente copiarse en otros países. Surgió de una revolución arraigada en la alianza obrero-campesina y de un partido capaz de planificar a lo largo de generaciones. Pero su historia plantea una pregunta urgente al Sur Global: ¿puede haber modernización sin soberanía? Los países agobiados por la deuda externa, dependientes de la exportación de materias primas y despojados del control sobre los datos, las finanzas, la tecnología, la energía y el transporte son formalmente independientes, pero se les impide decidir su futuro. Se les entrega la escalera de Rostow, pero no tiene peldaños por donde subir.



La Revolución China no pidió permiso para subir la escalera de Rostow. Forjó su propio camino hacia el desarrollo. La modernización de China no debe medirse por el volumen de mercancías ni por el número de multimillonarios. Debe evaluarse tomando en cuenta si el campesinado puede mantener la dignidad, si la niñez sabe leer, si las personas viven vidas más largas y saludables, si la tecnología atiende las necesidades sociales, si se protege la naturaleza y si una nación puede enfrentarse a un imperio sin agachar la cabeza. La modernización de China no es utópica. La resolución de cada problema ha generado nuevos problemas que deben enfrentarse. Quizá la prueba más fehaciente de la modernización china haya sido su capacidad de adaptarse a los tiempos cambiantes y de enfrentar nuevos desafíos. No decimos que la sociedad china no tenga problemas, más bien que su proyecto socialista está organizado para reconocer las contradicciones, cambiar de rumbo y luchar por resolverlas.


El camino de modernización de China demuestra que los países subdesarrollados pueden forjar un camino distinto del Occidente capitalista mientras defienden su soberanía. La lección no es que China pueda copiarse, sino que la modernización requiere una organización política capaz de convertir la soberanía en planificación, capacidad tecnológica, bienestar social y poder colectivo. Por eso importa la cuestión de los partidos políticos. No es posible comprender plenamente el camino de China sin analizar su sistema de partidos, la estructura del PCCh y su relación con los demás partidos, el Estado y la sociedad. Para seguir de cerca este recorrido, les invitamos a leer nuestra revista semestral, Wenhua Zongheng: Revista de pensamiento chino contemporáneo, publicada en colaboración con el Foro Académico del Sur Global (GSAF, por su sigla en inglés).


La edición 2026 de la conferencia del GSAF se celebrará en Pudong, Shanghái, del 17 al 18 de octubre, bajo el tema "Partidos políticos del Sur Global: gobernanza y modernización". Al reunir a partidos políticos, movimientos sociales e instituciones académicas de todo el Sur Global, el foro crea un espacio para comparar experiencias de gobernanza y modernización, y para preguntarse cómo la soberanía puede traducirse en instituciones capaces de planificación, desarrollo y emancipación. Lo que está en juego es si los pueblos del Sur Global pueden definir la modernización en sus propios términos: no como imitación, sino como la construcción colectiva de un futuro más allá de la dependencia.


Cordialmente,


Vijay




《没有共产党就没有新中国

[Sin el Partido Comunista no habría una nueva China]


18 septiembre, 2026

El desastre militar estadounidense oculto a plena vista — Juan Cole

 

Irán le arrancó el ojo al cíclope imperialista asesino de niñas

Savage Minds – 18/09/2026

   Traducción: Arrezafe


El Pentágono admite el coste, los daños y su escasez de municiones en la guerra contra Irán


El informe del Departamento de Defensa sobre la guerra israelí-estadounidense contra Irán admite que ha sido costosa, que ha provocado una vasta destrucción de instalaciones estadounidenses en Oriente Medio y que ha agotado las reservas de municiones del Pentágono. Dado que dicho informe lo emite un departamento dirigido por el notorio mentiroso y fanfarrón Pete Hegseth, es difícil tomarse en serio el aspecto positivo del informe. Pero en la medida en que también constata aspectos negativos, dicha admisión resulta especialmente interesante viniendo de esta administración.


El informe reconoce un costo de 33.400 millones de dólares hasta finales de junio. Sin embargo, admite que esta cifra no incluye la reparación de unas 20 bases ni otras instalaciones militares estadounidenses dañadas o destruidas. Dicha cifra, ridículamente baja, es estimada por analistas independientes en 113.000 millones de dólares hasta finales de junio. Otro análisis estima que este año, solo el pago de intereses sobre los miles de millones de dólares que el gobierno estadounidense ha pedido prestados para financiar esta guerra podría ascender a 26.000 millones de dólares.


Y todos esos cálculos no incluyen el costo que esta guerra supone para los contribuyentes en términos de precios más altos de la gasolina y el diésel, ni la inflación general que esto conlleva. Solamente desde el 28 de febrero, el incremento del precio de la energía ha supuesto para los consumidores estadounidenses un gasto de 100 mil millones de dólares.


El Departamento de Defensa admitió que 14 militares estadounidenses han muerto en esta guerra, 7 de ellos por fuego enemigo, y 417 han resultado heridos. Cabe recordar que se trata del departamento de Hegseth, y es probable que las cifras reales sean mayores, ya que su oficina ha sido acusada de enmascarar las cifras de bajas con datos manipulados.


La web The War Costs cifra en 18 muertos y 820 heridos estadounidenses hasta el 7 de septiembre, y un coste a dicha fecha de 120.000 millones de dólares.


Las embajadas y consulados estadounidenses atacadas por Irán han sufrido daños por un monto superior a los 180 millones de dólares, y 3.500 diplomáticos estadounidenses tuvieron que ser reubicados o recibieron permiso para huir y salvar sus vidas. Otras fuentes estiman el número de diplomáticos evacuados en hasta 4.000. El Departamento de Estado ayudó a otros 9.000 civiles estadounidenses a huir de la región. Esta estadística revela un éxodo increíble de diplomáticos, empresarios y otros ciudadanos estadounidenses de una región dominada y, en ocasiones, ocupada por Estados Unidos durante las últimas décadas. Un observador del Departamento de Estado calificó la situación como algo «sin precedentes». Incluso en los últimos días de la presencia estadounidense en Vietnam del Sur, cuando este país se desmoronaba, menos de mil diplomáticos estadounidenses fueron evacuados clandestinamente.


¿Recuerdan el revuelo acerca del agotamiento de las reservas clave de municiones estadounidenses tras el ataque a Irán? El informe es sorprendentemente franco: «La Oficina del Subsecretario de Adquisiciones y Sostenimiento (OUSW[A&S]) declaró que el consumo de municiones durante la Operación Furia Épica ha causado escasez en el inventario estratégico y ha puesto de manifiesto cuellos de botella en la base industrial para el reabastecimiento de municiones».


El Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales estima que la mitad de ciertos tipos de interceptores antimisiles y antidrones se han agotado en el arsenal estadounidense, incluidos Patriot, THAAD y PrSm. De los misiles ofensivos de precisión, se ha agotado un tercio, incluidos los Tomahawk y los misiles aire-superficie de largo alcance (SHSM). Un tercio de los misiles antimisiles antibuque-aire (SM-2, SM-3, SM-6) también se han agotado.


He aquí otro ejemplo de franqueza: «El USCENTCOM informó que los ataques iraníes dañaron y destruyeron cientos de edificios y estructuras de bases estadounidenses en Kuwait, Bahréin, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Irak, Omán y Jordania. Además, decenas de aeronaves estadounidenses fueron destruidas o dañadas durante la Operación Furia Épica».


De hecho, las aproximadamente 20 bases militares estadounidenses en Oriente Medio han sufrido daños o han quedado inoperativas, incluyendo el cuartel general de la Quinta Flota en Manama, Baréin, con miles de millones de dólares en daños causados a las sofisticadas instalaciones de radar e inteligencia que rastreaban los drones y misiles iraníes. Esta pérdida de la capacidad militar estadounidense es la verdadera razón de que Washington y Tel Aviv hayan suspendido sus ataques contra Irán. Digo «aproximadamente 20 bases» porque el término «base» es ambiguo, y algunas fuentes hablan de más de 20. A veces, se denomina «base» a pequeñas instalaciones.


Es imposible conocer el estado exacto de la mayoría de estas bases hoy en día, aunque el Pentágono ha admitido que la base de Manama se encuentra inoperativa. Medios iraníes y de Oriente Medio afirman que la base de Al-Udeid, en Qatar, que albergaba a más de 10.000 efectivos, ha sido evacuada, pero no existe corroboración por parte del gobierno estadounidense ni de la prensa occidental. Al-Udeid sufrió daños considerables por un exitoso ataque con misiles iraníes el verano pasado. Tampoco está claro cuántos de los 3.500 a 5.000 soldados estadounidenses que se encontraban en los Emiratos Árabes Unidos siguen allí. Una de las razones por las que los iraníes comenzaron a atacar hoteles en Dubái fue que disponían de una información que indicaba que personal del gobierno estadounidense había sido trasladado fuera de la base a edificios comerciales. La mayoría de las tropas estadounidenses parecen haber abandonado Irak, y se espera que se hayan retirado por completo a finales de mes, según el gobierno de Bagdad.


Independientemente de las cifras exactas, los daños causados por Irán, tales como la destrucción de cientos de edificios y estructuras, la inoperatividad de algunas bases y los ataques a aeronaves como los AWACS en tierra, son señales de una debacle militar estadounidense mayor que cualquiera que hallamos podido ver desde Vietnam. Esa es la conclusión que se desprende del informe del Pentágono si lees entre líneas e ignoras la bravuconería etílica y los aires de grandeza a lo Hegseth.



16 septiembre, 2026

Ansar Allah: nuestras sandalias caminan sobre los restos de un F-15 saudí

 



 

ANSAR ALLAH: OPERACIÓN ÉPICA PALIZA

 







Ante el genocidio perpetrado contra el pueblo palestino
y la pasiva y vergonzosa actitud del resto de las naciones,
es legítimo considerar la lucha armada de Ansar Allah 
como la más justa y moral del planeta.
¡Vivan las sandalias liberadoras!
¡Muerte a la bota imperialista!



14 septiembre, 2026

El sheriff ya no tiene balas. El cine como última trinchera del imperio — Juan C. Puerta

 



El celuloide como morfina histórica


Hollywood no es una fábrica de sueños; es una lavandería de expedientes militares. Mientras que la historia se escribe con sangre, barro y derrotas logísticas, el cine estadounidense se encarga de planchar el uniforme, limpiar las medallas y, sobre todo, manipular el marcador final de la contienda. Es lo que podríamos definir como la «victoria post-mortem»: ganar en la pantalla lo que se perdió irremediablemente en la trinchera. La industria del entretenimiento ha perfeccionado el arte de la falsificación heroica, transformando retiradas humillantes en odiseas espirituales. Tras la derrota en Vietnam, surgió una necesidad cultural en EEUU de recuperar el mito del héroe invencible. El ejército era vapuleado, pero Rambo volvía para poner las cosas en su lugar.


1945: El secuestro de la victoria


El mito fundacional de la benevolencia armada estadounidense arranca con fuerza en la Segunda Guerra Mundial. Para el espectador medio de Netflix o de los clásicos de la tarde, la derrota del nazismo fue una coreografía que comenzó y terminó en las playas de Normandía.


Tomemos el ejemplo de Salvar al soldado Ryan (1998). Bajo el barniz del realismo visceral de Spielberg, se esconde un melodrama simplificador que reduce el conflicto más vasto de la humanidad a la búsqueda sentimental de un individuo. Mientras la cámara se regodea en el impacto de las balas en Omaha Beach, el guion omite convenientemente que, para junio de 1944, el espinazo de la Wehrmacht ya había sido quebrado en el frente oriental donde el Ejército Rojo le había dado la vuelta irremisiblemente a la contienda.


La realidad es tozuda: por cada soldado estadounidense que cayó combatiendo al fascismo, murieron decenas de soviéticos. Fueron Stalingrado y Kursk los que dictaron la sentencia de Hitler, no una misión de rescate con música de John Williams. Sin embargo, en la narrativa de Hollywood, la URSS es un actor de reparto o un villano en potencia, permitiendo que el espectador asuma que U.S Army liberó al mundo en solitario. Es la historia escrita por guionistas a sueldo. Un revisionismo histórico de hamburguesa y goma de mascar.


Vietnam: El narcisismo de la derrota


Si la Segunda Guerra Mundial fue el secuestro de la victoria, Vietnam fue la invención de una «victoria moral». Tras la huida caótica y desesperada de Saigón, Hollywood entró en una fase de negación psicótica.


La industria del celuloide era incapaz de digerir que la apisonadora bélica de los yankis tuviera que retirarse ante el empuje de un ejército de campesinos en alpargatas; una caricatura supremacista que los EEUU proyectan sistemáticamente sobre sus adversarios.



Aquí aparece la figura grotesca de Rambo. En la secuela de 1985, Sylvester Stallone pronuncia la frase que resume décadas de propaganda: «¿Esta vez nos dejarán ganar?». La premisa es tan audaz como falsa: el ejército más poderoso de la tierra no fue derrotado por un ejército de campesinos decididos en una selva impenetrable, sino por «políticos traidores» y «hippies» en Washington.


Rambo no es un soldado; es un superhombre de gimnasio que gana la guerra de Vietnam de forma retroactiva, masacrando a enemigos caricaturizados en una orgía de explosiones. Es el cine como terapia de grupo para un país herido en su orgullo, sustituyendo el análisis geopolítico por el músculo aceitado, la cinta en el pelo y un lenguaje propio del Homo antecessor.


El Siglo XXI: El fracaso disfrazado de «Dilema Moral»


En el nuevo milenio, con las debacles de Irak y Afganistán, la estrategia de Hollywood ha mutado. Ya no pueden vender una victoria total porque las banderas negras yihadistas o los talibanes volviendo a Kabul son demasiado recientes. A veces el Frankenstein se vuelve contra su creador. Entonces, recurren al «sufrimiento del invasor».


Películas como El francotirador (American Sniper, 2014) o la hagiografía de las fuerzas especiales en Tropa de héroes (12 Strong, 2018), utilizan una técnica perversa: desplazan el foco de la legalidad de la guerra o su éxito estratégico hacia la angustia psicológica del soldado. No importa que Irak fuera invadido bajo mentiras sobre armas de destrucción masiva, o que Afganistán terminara en un retorno al punto de partida tras veinte años; lo que importa es si el marine extraña a su familia o si sufre de estrés postraumático mientras aprieta el gatillo.


Es el intento de la «humanización de la maquinaria». Se nos pide empatía por el verdugo que se siente mal por ejecutar una orden en una guerra que su país está perdiendo. El cine de este siglo no intenta decirnos que ganaron la guerra, sino que fueron los «mejores» mientras la perdían.




El atajo de la mentira


La «mentira en Technicolor» es un atajo peligroso. Al transformar derrotas estratégicas en epopeyas sentimentales, Hollywood anestesia la capacidad crítica del público. El cine ha logrado que la retirada de Afganistán se olvide viendo una película sobre un rescate heroico de un solo traductor colaborador de la ocupación yanki (El Pacto 2023), y que la complejidad de la geopolítica se rinda ante un primer plano de una bandera ondeando al atardecer.


Mientras el Pentágono pierde las guerras en la realidad, los estudios de California intentan ganarlas en las salas de cine, pretendiendo que, aunque el imperio caiga, su película siempre tenga un fi nal feliz.


El Pentágono como Productor Ejecutivo: La Oficina de Enlace


La convergencia entre Hollywood y el complejo militar-industrial no es una coincidencia ideológica, es un contrato de servicios. Existe la Film Liaison Office del Departamento de Defensa, una entidad cuya función es simple: si el guion «respeta» la imagen de las fuerzas armadas, el Pentágono cede portaaviones, cazas F-35, tanques y bases militares a un precio irrisorio.


Es un chantaje creativo institucionalizado. Si un director quiere rodar una crítica feroz sobre los crímenes de guerra en Irak, tendrá que pagar millones por efectos digitales. Si, en cambio, rueda una oda al heroísmo como Top Gun: Maverick (2022), el Estado le presta los juguetes de guerra. El resultado es una estética del poder que seduce al espectador; la tecnología militar se presenta como algo cool, limpio y necesario. Hollywood no solo vende películas, vende reclutamiento. La pantalla funciona como el departamento de relaciones públicas de una maquinaria de guerra que necesita una validación cultural constante para justificar presupuestos de defensa billonarios mientras las infraestructuras del país se desmoronan.


El Ocaso en el Golfo: ¿Cómo filmar la derrota ante Irán?


La realidad geopolítica actual, con el eje de resistencia y el desafío de Irán, plantea un dilema existencial para la «fábrica de mentiras». La destrucción de bases estadounidenses en el Golfo Pérsico, las oleadas misilísticas sobre la Palestina ocupada y la pérdida del control del Estrecho de Ormuz son eventos que el Technicolor no puede maquillar fácilmente. ¿Cómo reaccionará el cine ante este ocaso?


El fin del «Final Feliz» americano


El cine de propaganda Hollywoodiense está entrando en su fase de decadencia, imitando al imperio que lo sustenta. Ya no convencen los héroes de mandíbula cuadrada que salvan al mundo en el último segundo. La «mentira en Technicolor» se agrieta porque el público global ya no solo consume cine, sino que ve la caída de las bases en tiempo real a través de su teléfono móvil.


Hollywood ha sido el anestésico de Occidente, pero ninguna película es lo suficientemente larga como para ocultar el amanecer de un mundo donde el sheriff ya no tiene balas, ni crédito, ni siquiera un guion creíble que ofrecer al más crédulo de los espectadores.


REVISTA DE COORDINACIÓN DE NÚCLEOS COMUNISTAS. NÚMERO 10. PRIMAVERA 2026