Rigaud Benoit (Haití), Marketplace [Mercado], 1965.
Tricontinental
– 06/08/2026
No consiste en calles
llenas o elecciones ganadas, sino en la capacidad paciente y
organizada de la clase trabajadora para convertir la dignidad en el
sentido común de la época.
Queridas amigas y amigos,
Saludos desde las
oficinas del Instituto Tricontinental
de Investigación Social.
Desde la hambruna de
Bengala de 1943 hasta la elección del gobierno del Frente de
Izquierda en 1977, el movimiento comunista de Bengala Occidental, en
la India, fue consolidando pacientemente su fuerza entre la clase
trabajadora, el campesinado, las personas refugiadas, el estudiantado
y lxs trabajadorxs de la cultura. A través de campañas por la
comida y la tierra, la construcción de poder sindical, la
movilización de las personas refugiadas y la resistencia a la
represión estatal, la izquierda hizo más que conquistar demandas
inmediatas: creó instituciones de lucha, formó generaciones de
organizadorxs y desarrolló una cultura política en la que los
agravios de distintos sectores del pueblo podían entenderse como
parte de una lucha común. La victoria de 1977 no generó
repentinamente poder social en las urnas, sino que reveló el
poder social que se había construido a lo largo de más de tres
décadas.
A veces se confunde la
energía popular con el poder social. Cuando un líder político
convoca grandes multitudes, una consigna circula velozmente por las
redes sociales, una manifestación llena las calles, se dice que un
movimiento se ha vuelto poderoso. Estas pueden ser señales de
visibilidad, entusiasmo o impulso, pero no son necesariamente prueba
de fuerza organizada. Una multitud puede dispersarse, una elección
puede perderse y una consigna puede desaparecer tan rápido como
llegó. El poder social es algo más profundo: es la capacidad
organizada de una clase para actuar en la sociedad, orientar las
aspiraciones del pueblo y convertir su comprensión del mundo en
parte del sentido
común de la época.
La clase capitalista
posee poder social no solo porque es dueña de fábricas, bancos,
minas, plataformas digitales y latifundios, sino también porque ha
construido instituciones que transforman sus intereses en los
intereses aparentes de la sociedad. Sus medios de comunicación
presentan la protección de la riqueza privada como la defensa de la
libertad. Sus economistas describen los recortes del gasto público
como “responsabilidad fiscal”, sus instituciones educativas
enseñan que la competencia es una expresión de la naturaleza humana
y sus leyes consideran los derechos de propiedad como más
importantes que los derechos a la alimentación, la vivienda y una
vida digna. La clase capitalista no necesita convencer a todo el
mundo de su visión del mundo: solo necesita que sus supuestos
parezcan naturales, fijar los límites de la discusión respetable y
asegurar que las alternativas parezcan poco realistas incluso antes
de haber sido consideradas. Esto es la hegemonía capitalista: la
capacidad de la clase dominante de organizar el consenso en torno a
un orden social que sirve a sus intereses mientras aparenta expresar
los intereses de la sociedad en su conjunto.
El poder social
capitalista no descansa solo en el consenso, sino en la combinación
de consenso y coerción: los medios de comunicación y las escuelas,
pero también la policía, los tribunales y las cárceles. Por
ejemplo, antes que la policía pueda romper una huelga, los
periódicos deben retratar a quienes la organizan como personas
egoístas. La clase dominante ejerce el poder social convirtiendo su
visión del mundo en sentido común, mientras mantiene las
instituciones coercitivas listas para defender esa visión cuando el
consenso comienza a fracturarse.
Sin embargo, la hegemonía
capitalista nunca es completa mientras las promesas de la sociedad
capitalista choquen una y otra vez con las realidades de la vida de
la clase trabajadora. En la India, por ejemplo, las recientes
protestas encabezadas por la juventud han dejado
al descubierto una contradicción aguda: a lxs jóvenes graduadxs
se les dice que la educación garantiza empleo, pero lo que espera a
muchxs tras egresar es el desempleo y el trabajo precario. Tales
contradicciones crean la posibilidad de un nuevo sentido común, pero
el sufrimiento no produce automáticamente conciencia socialista. La
inseguridad puede dar lugar a la solidaridad, o puede usarse para
persuadir a las masas de culpar a las personas migrantes, las castas
oprimidas, las minorías religiosas o racializadas, las mujeres u
otrxs trabajadorxs. La crisis de una vieja hegemonía puede abrir el
camino a la izquierda, a través de la organización y la lucha, o
puede abrir el camino a la extrema derecha, a través del miedo, el
resentimiento y la búsqueda de chivos expiatorios. Las condiciones
no hablan por sí solas: deben ser interpretadas, y la disputa por su
interpretación es parte de la lucha por el poder social. Pero la
interpretación no se forma en abstracto. Se forja en la actividad
colectiva.
Las luchas campesinas por
el control de la tierra desafían la santidad de los derechos de
propiedad, mientras que las luchas de las mujeres muestran que la
dominación en el hogar no es un asunto privado, sino parte de la
organización social del poder. Toda lucha seria contiene un proceso
de formación: el pueblo aprende quién está con él, quién se le
opone y qué instituciones se declaran neutrales mientras defienden
el orden existente. Descubre en sí mismo y en lxs demás capacidades
que la sociedad capitalista le enseña a subestimar. Por eso el poder
social no puede construirse solo mediante la comunicación. Los
afiches, los periódicos, los videos y las campañas en redes
sociales son importantes, pero no pueden sustituir a la organización.
Las personas no cambian su comprensión del mundo por el mero hecho
de encontrarse con el argumento correcto. La conciencia cambia
mediante la participación en la actividad colectiva.
La movilización reúne a
la gente en torno a un acontecimiento. La organización la mantiene
unida y desarrolla su capacidad de lucha sostenida. La movilización
puede expresar la rabia. La organización transforma la rabia en
memoria, disciplina, dirección y estrategia. El poder social emerge
cuando la energía popular se convierte en capacidad organizada. Se
construye a través de los sindicatos, las asociaciones campesinas,
las organizaciones de mujeres, los comités barriales, las escuelas
de formación política, las instituciones culturales, los medios de
comunicación comunitarios y los partidos revolucionarios. Estas
instituciones preservan las lecciones de una lucha y las llevan a la
siguiente. Mediante el trabajo paciente de construir tales
organizaciones, el poder social va formando las capacidades que
requiere una nueva sociedad.
La fragmentación de la
clase trabajadora es una de las fortalezas del capital. La clase
trabajadora está dispersa entre fábricas y campos, oficinas y
escuelas, hogares y mercados informales. Quienes trabajan, siendo
esenciales para la producción y la reproducción social, ven que a
menudo se les niegan sus derechos políticos y que su aporte a la
sociedad es frecuentemente menospreciado. El capital convierte esa
dispersión y ese menosprecio en división: a lxs trabajadorxs del
sector formal se les dice que teman a lxs trabajadorxs informales; a
la ciudadanía, que tema a las personas migrantes; a lxs trabajadorxs
urbanxs, que desdeñen al campesinado; y a los hombres, que traten la
emancipación de las mujeres como una amenaza. Las diferencias
religiosas, raciales, étnicas, de casta y lingüísticas se
convierten en líneas permanentes de división política. La tarea de
la organización socialista no es fingir que esas diferencias no
existen, ni exigir que cada lucha se disuelva en una unidad de clase
abstracta. Es construir unidad mostrando cómo las distintas formas
de opresión están atadas a un mismo orden social.
En nuestra tradición, la
construcción de esa unidad se llama la creación de un “bloque
histórico”: una alianza de fuerzas sociales unida no solo por un
acuerdo temporal, sino por un proyecto político común. Un bloque
así debe estar arraigado en la clase trabajadora y responder a las
aspiraciones de todas las personas cuyas vidas son deformadas por el
capital, el imperialismo, el patriarcado, el racismo, la opresión de
casta y la destrucción de la naturaleza. Un programa político no
puede ser una lista de verificación en la que a cada grupo social se
le asigna una demanda separada. Debe ofrecer una explicación
coherente de la crisis y una dirección creíble para la sociedad,
mostrando cómo la salud pública, la reforma agraria, el empleo
digno, la liberación de las mujeres, la reparación ecológica y la
soberanía nacional pertenecen a un proyecto común. La clase
dominante dice que la sociedad debe organizarse en torno a la
libertad del capital. Un bloque histórico socialista debe insistir
en que la sociedad se organice en torno a la dignidad del trabajo y
la reproducción de la vida. Así es como el poder social se vuelve
hegemónico: no mediante una estrategia comunicacional, sino a través
de la construcción de dirección política, por la organización y
la lucha.
La clase dominante ofrece
una interpretación emocional del mundo. Le dice a la clase
trabajadora que sus vecinos son peligrosos, que las personas
extranjeras le están robando el futuro, que la pobreza es vergonzosa
y que la acción colectiva es inútil. Cultiva el resentimiento e
impide, al mismo tiempo, que ese resentimiento se convierta en una
comprensión del sistema, dirigiendo la rabia legítima hacia quienes
tienen todavía menos poder. Este es el terreno emocional sobre el
que se organiza la
extrema derecha actual. Ofrece pertenencia a quienes se sienten
abandonados, orgullo a quienes han sido humillados y certeza a
quienes viven vidas precarizadas. Sus explicaciones son falsas, pero
el dolor al que habla es real.
Una política socialista
que responda solo con estadísticas seguirá siendo débil. Debe
ofrecer dignidad,
compañía, coraje y esperanza, no como consignas vacías, sino como
experiencias creadas por medio de la organización. La cultura es
central en este trabajo: las canciones, la poesía, el teatro, las
artes visuales y los rituales colectivos preservan la memoria
histórica y ofrecen imágenes de un futuro
que todavía no puede describirse por completo en documentos de
política pública. La cultura revolucionaria no solo enseña al
pueblo a qué oponerse, sino también en qué busca convertirse. El
poder social requiere una batalla
de ideas porque la clase dominante presenta su dominación como
sentido común. También requiere una batalla
de emociones porque el sentido común no se sostiene solo con
argumentos, sino también con miedo, deseo, vergüenza y esperanza.
El poder social es
indispensable, pero no suficiente. Un movimiento puede crear
organizaciones populares fuertes mientras la clase capitalista sigue
controlando la inversión, la producción y el aparato coercitivo del
Estado. Por eso el proyecto socialista debe desarrollar una
estrategia para traducir el poder social en poder gubernamental y
para transformar el propio Estado. No obstante, las victorias
electorales no deben confundirse con la culminación de ese proceso.
Un partido de izquierda puede formar gobierno mientras los bancos,
las corporaciones, la alta burocracia, la judicatura, la oficialidad
militar y los monopolios mediáticos permanecen bajo la influencia
del viejo bloque dominante. Por ello un gobierno de izquierda debe
fortalecer la organización independiente del pueblo. Las
organizaciones populares no deben convertirse en defensoras pasivas
de ministrxs afines. El poder social es lo que permite que un
proyecto sobreviva más allá de un gobierno, una elección o una
generación de dirigentes.
Existe la tendencia a ver
la política solo en el momento de la cosecha: quién ganó la
elección, quién formó gobierno, qué ley se aprobó y qué palacio
se ocupó. Pero nada se cosecha sin un trabajo previo, largo y en
gran medida invisible. Se seleccionan y se siembran las semillas, se
repara el suelo, se acarrea el agua y se protege a las plantas
jóvenes del calor y las enfermedades. Casi todo ese trabajo se
olvida cuando por fin se recogen los frutos. Sin embargo, la
construcción del poder social es ese trabajo paciente: ocurre cuando
un militante imparte una clase de formación política tras una larga
jornada, cuando una organizadora sindical visita a un trabajador que
teme ser despedido, cuando las mujeres crean un comité contra la
violencia, cuando el campesinado estudia la estructura de la deuda
agrícola y cuando lxs jóvenes forman un grupo cultural en un barrio
abandonado por el Estado. Ninguna de esas acciones transforma la
sociedad por sí sola, pero juntas crean un pueblo capaz de
transformarla.
Lo que le falta al pueblo
no es capacidad, sino los medios organizados para reconocerla,
combinarla y ejercerla. El poder social comienza cuando el pueblo
deja de verse a sí mismo como quien solo padece la historia y
comprende que puede hacerla.
Cordialmente,
Vijay
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