29 mayo, 2026

Ejercicios para no perder de vista a quiénes tenemos delante — Rafael Hernández

 


Segunda Cita – 28/05/2026


Admitir que el Secretario de Estado de EEUU es cubano, lo mismo que sevillano o piamontés (según él mismo declaró en la reciente Conferencia de Seguridad Europea), equivaldría a darle vela para participar en cuestiones de política cubana —lo mismo que española o italiana.


¿Y cuál podría ser el argumento para aceptarlo o negarlo? Digamos que si le reconociéramos a él, por sus ancestros, "ser tan cubano como las palmas", ese mismo derecho asistiría al presidente Trump, según sus antepasados, para que lo eligieran diputado al Bundestag por Baviera o al Parlamento escocés. O, digamos, a Michael Corleone, para fundar en Sicilia un movimiento que preserve el legado de su padre, y le dé su nombre a un Instituto de Moral y Cívica y a una Escuela de Negocios, donde se enseñen las artes de tener éxito en otros países.


Pero la verdad es que ni Trump tiene otra afinidad con Baviera o con Escocia que haber bebido cerveza bávara o scotch toda su vida; ni la gente siciliana se tomaría en serio a un italoamericano que viniera a darles lecciones de patriotismo o a enseñarles cómo hacer las cosas; ni los de Matanzas tienen por qué extenderle una carta de cubanía a un político americano que no se ha parado nunca bajo una palma cubana, y no sabe cómo un desmochador la sube con la misma habilidad de muchas generaciones, para tumbar las pencas con que cobijar un rancho o el palmiche para alimentar los puercos. Cuya carne, por cierto, sabe muy diferente a la de los puercos de allá, como suelen repetir en Miami los cubanos nacidos aquí.


Porque este secretario de Estado solo ha visto a esos guajiros cubanos en fotografías.


Lo desopilante, si no fuera patético, es que este nativo de Miami, que nunca ha residido en ningún otro país del mundo ni de América Latina y el Caribe, que no sea como visitante, se dirige a esos guajiros cubanos como si fuera uno de nosotros, y hubiera compartido sus vidas, angustias y alegrías. Como si hubiera puesto sus zapatos en la casa de alguno de ellos, y los hubiera visto cocinar harina de maíz, ñame, chayotes, quimbombó, según recetas centenarias, en un fogón de carbón o leña; trabajar la tierra, tomar ron peleón sin hielo ni jugos, encender tabacos torcidos por ellos mismos, matar un puerco o un pollo con sus manos, ponerse una hoja de salvia para el dolor de cabeza, recoger manzanilla o cilantro silvestres del patio o huevos de donde anidan las gallinas en el monte, hablar de sus problemas entre ellos, hacerse cuentos, reírse a carcajadas o quedarse muy serios mirándolo.


En vez de un encuentro cercano, un diálogo, una escucha atenta a esos habitantes rurales o urbanos de Cuba, al Secretario de Estado de EEUU se le ocurre lo mismo que a tantos otros dirigentes de ese país por siglos: explicarles a los cubanos cómo deberían gobernarse y tenderles una zanahoria envuelta en papel celofán como si esa fuera su mano amiga.


Marco Rubio invita a construir una “nueva Cuba” propuesta por Trump


No sé si cuando el secretario de Estado era chiquito llegó a recibir alguna vez una clase de Historia de Cuba. Posiblemente no, porque no asistió a escuelas de la élite cubanoamericana, como el Colegio de Belén o las de Coral Gables, sino a una high school pública del sur de la ciudad, donde, en el mejor caso, lo que aprendió de Cuba debe haber sido American history, o sea, parte de la historia del Norte.


Hijo de emigrados, que no habían sido siquitrillados (expropiados) como los Díaz-Balart o la familia de Carlos Giménez, sino que se habían ido antes, así que no eran ni exiliados políticos, sino unos trabajadores manuales de toda la vida; le tocaba a él ser un estudiante aplicado.


Pero en aquel enclave cubano donde él creció en los años 70 y 80, el anticastrismo había dejado de encontrar su sentido último en derrocar la Revolución y se había instalado como código de barras de la maquinaria política local. Para lograrlo, había adoptado al Partido Republicano como su gallardete, sobre todo con el surgimiento de la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA), por encima de las viejas organizaciones del exilio histórico.


En efecto, cuando Jorge Mas Canosa y Raúl Masvidal, exinvasores de Girón devenidos prósperos empresarios, crearon la FNCA (con la ayuda desinteresadade Ronald Reagan), habían empezado a hacer política a la americana; es decir, por y para los intereses políticos y económicos de un grupo oligárquico dentro del sistema. El año en que aquel grupo de millonarios salió a la palestra, el actual secretario de Estado cumplía 10 años.


Sin un capital familiar ni pedigree político, la vía rápida para triunfar en el Miami de la FNCA era la misma que en aquella Cuba republicana, donde el juego ya estaba repartido: la política como acumulación originaria. El actual secretario de Estado se propuso construirse como un self-made man en ese juego.


Como es obvio, para ir subiendo desde abajo en la política local de Florida no hay que dominar la historia de Cuba, sino más bien hay que disponerse a hacer acto de fe con la ideología dominante, a aprender a administrar una cara juvenil (por él votan incluso la mayoría de los descendientes de cubanos que se oponen al bloqueo y apoyan la normalización), y sobre todo a recorrer el camino de "transacciones" que llevan hasta un escaño del Senado de los EEUU, antesala del gobierno federal.


En todo eso, el secretario de Estado se parece más a los políticos del Norte de que hablaba Martí (sin mucha paciencia, por cierto), en "Vindicación de Cuba" o "La verdad sobre los EEUU", que a un cubano de la isla o incluso a muchos descendientes de cubanos que he tenido en mis clases de historia.


Hasta aquí he intentado, hasta cierto punto, "sociologizar" la actitud y la índole política de este Secretario de Estado, procurando despejar de paso algunos elementos que él parece invocar en su apelación al pueblo de Cuba, como es esa especie de identidad impuesta en sus cromosomas de origen, o esa otra asociada al generoso papel de los americanos en nuestra independencia y republicanidad.


Por muy flagrantes que estas argucias puedan resultar en una simple inspección, hemos presenciado, sin embargo, cómo hay cubanos extáticos ante las destrezas comunicativas del Secretario de Estado ("¡qué bien habla el español!"), que parecen seducidos por ese juego de manos verbal. Algunos pueden estarlo; otros seguramente quieren. Como decía un viejo profesor mío, prefiero "correr un velo de pudor" sobre esas posturas, que parecen multiplicarse en tiempos difíciles como estos.


Un último detalle.


Supongo que su dominio de la política de EEUU y su incuestionable luz natural deben haber llevado al secretario de Estado a aprenderse bien la historia de los EEUU y sus presidentes. Siento curiosidad por saber lo que él piensa de los militares a cargo de tareas políticas, o del peso de lo militar en la economía de su país.


George Washington, Ulysses Grant y Dwight Eisenhower, fueron generales de ejército; Andrew Jackson, William Harrison, Zachary Taylor, James Garfield, William Taft, fueron mayores generales; Franklin Pierce, Chester Arthur, Andrew Johnson, Rutherford Hayes y Benjamin Harrison fueron generales de brigada; James Madison, James Monroe, James Polk y Teddy Roosevelt fueron coroneles. No voy a contar a los presidentes que, antes de ser elegidos, participaron en guerras y alcanzaron grados militares, por ejemplo, la II Guerra Mundial, como John Kennedy, Lyndon Johnson, Richard Nixon, William MacKinley, Gerald Ford, Jimmy Carter.


¿Es concebible la economía de los EEUU, sus peripecias nacionales e internacionales, sin tomar en cuenta el lugar central que ocupa la industria de las armas y la cuestión de la guerra?


En el aparato del Estado norteamericano, no hay agencia con el tamaño y el peso del Departamento de Defensa, ahora llamado de Guerra, digamos, el Pentágono. Se estima que absorbe a más de un millón y medio de personas. Sin contar a los militares propiamente dichos.


Finalmente, lo único comparable al poder económico y político de las corporaciones petroleras, responsables de no pocos conflictos regionales e internacionales, es la industria de las armas. O, como la llamó un general presidente, "el complejo militar-industrial". No son "un sector", sino un nudo de fuerza, uno de los ejes de la estructura económica de EEUU y de su proyección global. Que se vincula estrechamente y a gran escala con aspectos estratégicos y líneas maestras del desarrollo económico como la innovación y las tecnologías de punta.


Soñar con que una legislación o un "equilibrio de poderes" puede ponerles riendas a las compañías petroleras o a los fabricantes de armas, a los conglomerados de intereses y capitales donde se asientan, y frenar su capacidad para desencadenar guerras, trabar políticas que las restrinjan o las fiscalicen, sujetarlas a acuerdos y organismos internacionales es solo eso, un sueño.


Después de esta mínima referencia al peso de las armas y el aparato de defensa, supongo que es casi anecdótico añadir que uno de los principales grupos de presión que apoyan a "nuestro" Secretario de Estado es la Asociación del Rifle. Digamos que todo cuadra.


¿Con quiénes se puede sentir más cercano el pueblo cubano aquí y ahora, para entenderse, pedirles cuentas, reclamarles por lo mal hecho, demandarles transparencia, defender sus derechos, controlar a través de los órganos representativos y las organizaciones políticas, confiarles el día a día de nuestra seguridad, y defender conjuntamente el interés nacional y la soberanía? ¿Con las fuerzas armadas cubanas y sus instituciones o con los gobernantes de los EEUU y sus agencias?


Es una pregunta para no perder de vista a quiénes tenemos delante, naturalmente.


Fuente: https://oncubanews.com



28 mayo, 2026

De yates y cementerios

 


En la foto de arriba, tomada en Gibraltar, el super-yate Luminance, 500 millones de dólares, 139 metros de eslora, propiedad del multimillonario y empresario ucraniano Rinat Akhmetov (fundador de System Capital Management y la persona más rica de Ucrania) que posee una fortuna estimada en más de 7.000 millones de dólares (unos 6.000 millones de euros). Akhmetov erigió su patrimonio a través de SCM, el mayor conglomerado industrial de Ucrania, con intereses en el acero, la minería, la energía y el sector inmobiliario.


El magnate Rinat Akhmetov compra en Mónaco el piso más caro del mundo, 471 millones de euros


Dinero entregado por la UE a Ucrania:

104.600 millones de euros en ayuda financiera, económica y humanitaria; 75.200 millones de euros en ayuda militar; 17.000 millones de euros en ayuda a refugiados; 3.800 millones de euros procedentes de los activos rusos retenidos en Bélgica.




Ucrania, capitalismo de amiguetes y dinero europeo


Ucrania y Estados Unidos: Armas, Corrupción y Mercado Negro


Ucrania. Die Welt: Zelenski calla en medio del megaescándalo de corrupción que le salpica



27 mayo, 2026

Tras Netanyahu, el sistema permanece — Kurniawan Arif Maspul

 

La crisis estructural de Israel cobra protagonismo


Savage Minds – 25/05/2026

   Traducción: Arrezafe


Un joven palestino observa desde una ventana los edificios destruidos por un ataque aéreo israelí en el campamento de refugiados de Shati, ubicado en la ciudad de Gaza. Foto: Ramadan Abed


Durante años, el mundo consideró a Benjamin Netanyahu como el rostro del giro radical de Israel: destituir al hombre, restaurar la moderación; reemplazar al líder, redimir al Estado. Era una ficción reconfortante, pero profundamente peligrosa. Ahora, esa ficción comienza a desmoronarse. A medida que Israel se acerca a otro ciclo electoral, figuras rivales como Naftali Bennett y Yair Lapid se presentan a sí mismos, una vez más, como guardianes de un «nuevo capítulo». El lenguaje es refinado. La imagen es más suave. La coreografía diplomática es familiar.


Sin embargo, tras esta aparente renovación superficial subyace una incómoda realidad cada vez más reconocida no solo en el Sur Global, sino también en Europa, algunas zonas de Norteamérica e incluso dentro de ciertos sectores del aparato de seguridad israelí: la crisis que rodea a Israel ya no se entiende internacionalmente como un problema exclusivo de Netanyahu, sino como un problema estructural.


La formación de la nueva alianza Beyachad entre Naftali Bennett y Yair Lapid —diseñada explícitamente para poner fin al gobierno de Netanyahu antes de las elecciones de 2026— revela la profunda fatiga política israelí tras el 7 de octubre, la crisis del reclutamiento forzoso de los ultraortodoxos y años de agitación interna en torno a los juicios por corrupción y la crisis judicial. Sin embargo, la coalición también expone algo mucho más inquietante para los aliados de Israel: incluso los políticos presentados como el antídoto contra Netanyahu siguen defendiendo gran parte de la misma doctrina de seguridad, lógica territorial y marco militar que definieron su era. Los rostros cambian más rápido que el sistema que los sustenta.


En su momento, el mundo creyó que Netanyahu era la crisis; lo que ahora aterroriza a los aliados de Israel es la creciente sospecha de que él era simplemente su síntoma más visible.


Esa distinción lo cambia todo. Las dos últimas décadas permitieron a muchos gobiernos occidentales compartimentar la política israelí como los excesos de un líder particularmente polarizador. La agresividad de Netanyahu, su desafío abierto a las instituciones internacionales, su alianza con ultranacionalistas y su hostilidad hacia la soberanía palestina lo convirtieron en el blanco perfecto de las críticas. Acaparó el escrutinio moral que, de otro modo, se habría centrado en la propia estructura de la ocupación.


Pero los acontecimientos desde octubre de 2023 han destrozado esa aparente tranquilidad. La destrucción en Gaza, el número sin precedentes de víctimas civiles, la devastación de barrios, las advertencias de hambruna emitidas por agencias de la ONU y el espectáculo de la guerra moderna transmitido en directo a miles de millones de teléfonos han alterado la percepción global a una velocidad extraordinaria. Las encuestas de Morning Consult registraron un desplome de la popularidad neta de Israel en 42 de los 43 países encuestados a finales de 2023, incluyendo drásticos retrocesos en sociedades tradicionalmente aliadas como Japón, Corea del Sur y algunas partes de Europa.


Incluso en los estados tradicionalmente alineados con Israel, las poblaciones más jóvenes interpretan cada vez más el conflicto a través del lenguaje del colonialismo de asentamiento, el apartheid y la ocupación permanente, en lugar de la lucha contra el terrorismo.


Esto ya no es un fallo de comunicación que pueda repararse con discursos, elecciones o una diplomacia cuidadosamente orquestada. Es un lento colapso de la credibilidad moral que se desarrolla en tiempo real ante una audiencia global que ya no mira hacia otro lado.


El problema de fondo al que se enfrenta Israel es que la comunidad internacional ha empezado a percibir la continuidad de las políticas entre gobiernos. Netanyahu no inventó la expansión de los asentamientos; la heredó y la aceleró. Bennett no se opuso a la expansión de los asentamientos; durante su anterior mandato, las aprobaciones de construcción siguieron aumentando. Lapid, a pesar de su imagen centrista, nunca articuló un marco para desmantelar la infraestructura básica de la ocupación.


En el ámbito político israelí, existen desacuerdos tácticos sobre la retórica, la reforma judicial, las relaciones con Washington y el ritmo de la anexión. Sin embargo, en lo fundamental —el dominio militar sobre el territorio palestino, el mantenimiento de los bloques de asentamientos, el rechazo a la plena soberanía palestina y el control indefinido de la seguridad al oeste del río Jordán— el consenso es mucho más profundo de lo que los observadores internacionales han reconocido durante mucho tiempo.


Esa continuidad importa porque destruye la mitología de la alternancia democrática como transformación significativa.


Durante décadas, el sistema internacional premió las elecciones israelíes como prueba de la resiliencia liberal. Cada cambio en la coalición se interpretaba en el extranjero como un posible punto de inflexión. Sin embargo, las estructuras persistieron: sistemas jurídicos separados en Cisjordania, tribunales militares para los palestinos, derecho civil para los colonos, creciente fragmentación territorial y un régimen de bloqueo en Gaza que las organizaciones de derechos humanos calificaban cada vez más como castigo colectivo. Human Rights Watch , Amnistía Internacional y B'Tselem —instituciones que difícilmente comparten una ideología común— llegaron a conclusiones similares: el problema radicaba en la dominación sistémica, no en desviaciones políticas aisladas.


Lo que hace que el momento actual sea históricamente significativo es que estas críticas ya no se limitan a los espacios activistas. Están migrando al discurso estratégico dominante.


En Chatham House, los analistas advierten abiertamente sobre la aceleración de la "anexión de facto" en Cisjordania. Las estimaciones de la UNCTAD sugieren que la economía palestina sufrió una contracción devastadora debido a la intensificación de las restricciones. Incluso aliados tradicionales en Europa describen cada vez más la política israelí como incompatible con el orden basado en normas que defienden públicamente en otros lugares. Las audiencias de la Corte Internacional de Justicia y el caso de genocidio de Sudáfrica han acentuado esta transformación.


Independientemente de los resultados legales finales, el cambio simbólico es profundo: cada vez se habla más de Israel no como una democracia imperfecta que gestiona un conflicto difícil, sino como un Estado que se enfrenta a acusaciones antes reservadas para los parias internacionales.


Esa transición reputacional conlleva enormes consecuencias geopolíticas. Los Estados pueden sobrevivir a amenazas militares durante generaciones. Los ejércitos pueden sobrevivir a insurgencias durante décadas. Muy pocos Estados sobreviven al momento en que el mundo deja de creer en su discurso moral.


El régimen del apartheid sudafricano poseía superioridad militar, capacidad nuclear, influencia económica y poderosos aliados occidentales. Lo que finalmente lo desestabilizó fue el colapso de la legitimidad moral en el orden internacional. Una vez que la opinión pública mundial internalizó el apartheid como un crimen estructural en lugar de una cuestión política negociable, incluso los aliados consideraron que el apoyo incondicional continuo era políticamente insostenible.


Israel no es la Sudáfrica del apartheid. Las analogías históricas siempre se resquebrajan al analizarlas detenidamente. Sin embargo, la comparación persiste porque la dinámica internacional subyacente resulta cada vez más familiar: un Estado que insiste en que el mundo no comprende sus necesidades de seguridad. En contraste, el mundo llega cada vez más a la conclusión de que el problema reside en el propio sistema.


Precisamente por eso, la narrativa "post-Netanyahu" se está volviendo peligrosa para Israel en lugar de salvadora.


Si surge un nuevo liderazgo israelí que prometa renovación manteniendo la misma lógica territorial, la desilusión resultante podría acelerar la reacción internacional en lugar de atenuarla. El público global ya no juzga solo la retórica; ahora mide la coherencia entre el lenguaje y la realidad material. Toda promesa de moderación choca instantáneamente con imágenes de hogares destruidos, asentamientos en expansión y civiles hambrientos. La contradicción ya no se percibe como política, sino como moral. Y una vez que un conflicto se moraliza a nivel global, los Estados pierden el control sobre cómo la historia los recuerda.


Esa erosión de la confianza podría convertirse en la vulnerabilidad estratégica más grave de Israel. La superioridad militar puede disuadir a los ejércitos, pero no puede suprimir indefinidamente la percepción moral global, sobre todo en una era donde cada ataque aéreo, hospital destruido y niño desplazado se hace visible al instante a través de las redes digitales. La antigua asimetría del control narrativo se ha derrumbado. Los gobiernos ya no median la respuesta emocional del mundo ante los conflictos; ahora lo hacen los teléfonos inteligentes.


Dentro de Israel, muchos aún creen que la doctrina de seguridad puede perdurar más allá del declive de su reputación. Esto refleja una visión del mundo profundamente realista, marcada por el trauma histórico: la supervivencia primero, la legitimidad después. Sin embargo, el realismo mismo encierra una advertencia que a menudo se ignora en Jerusalén. El poder sostenible depende no sólo de la capacidad militar, sino también de alianzas duraderas, la integración económica y la aceptación normativa dentro del sistema internacional. Un Estado percibido globalmente como un gobierno que controla permanentemente a otros pueblos mediante la fuerza termina por agotar la paciencia diplomática, incluso de socios comprensivos.


El delicado equilibrio que mantenía la administración Biden ilustró esta tensión. El apoyo público a la seguridad de Israel se mantuvo intacto, pero Washington se enfrentó simultáneamente a una creciente presión interna, divisiones dentro del Partido Demócrata, disturbios en los campus universitarios y crecientes críticas internacionales por las bajas civiles. Europa se enfrenta a contradicciones similares. Los proyectos de normalización en los países del Golfo se desarrollan ahora bajo la sombra de la indignación pública árabe. Australia también se enfrenta a una incómoda redefinición entre los compromisos de la alianza estratégica y la creciente preocupación interna respecto al derecho humanitario.


La cuestión fundamental ya no es si Netanyahu sobrevive políticamente, sino si el modelo de gobierno de Israel sobrevive moralmente.


Si la política israelí continúa considerando la ocupación como permanente, la soberanía palestina como imposible y la gestión militar como sustituto de una solución política, el país corre el riesgo de entrar en una era prolongada de aislamiento estratégico, disimulado temporalmente por la fuerza militar. Esta trayectoria no solo desestabilizaría a los palestinos, sino que también erosionaría el orden internacional en general al reforzar la percepción de que el derecho internacional se aplica selectivamente según la alineación geopolítica.


Estas percepciones son explosivas. Alimentan el resentimiento en todo el Sur Global, debilitan la credibilidad de Occidente a la hora de afrontar otras ocupaciones o guerras, y fragmentan el lenguaje universal de los derechos humanos, convirtiéndolo en acusaciones de hipocresía.


Aún existe otra vía, pero exige afrontar realidades que han permanecido ocultas durante mucho tiempo bajo el artificio electoral. Un verdadero reinicio requeriría que Israel se enfrentara a la única realidad que su clase política aún considera impensable: ninguna nación puede gobernar indefinidamente a otro pueblo por la fuerza mientras espera que el mundo siga considerándola una democracia.


Ese debate sigue siendo políticamente tóxico dentro de Israel. Sin embargo, la historia rara vez espera a que haya tranquilidad interna antes de imponer consecuencias externas.


La historia rara vez se derrumba de golpe. Se erosiona lentamente, y luego súbitamente. La legitimidad se desvanece antes que el poder. Los aliados dudan antes de la ruptura. Las narrativas se deterioran antes de que los sistemas se derrumben. Ese es el peligro que ahora enfrenta Israel. El mundo ya no debate si Netanyahu fue demasiado lejos. Cada vez más, ha comenzado a considerar la ocupación misma —y no sólo a su arquitecto más controvertido— como la crisis central. Y una vez que el sistema internacional concluya que el problema es estructural y no personal, ninguna elección, ninguna nueva coalición ni ninguna narrativa cuidadosamente elaborada sobre la era "post-Netanyahu" tendrá el poder suficiente para revertir las consecuencias morales que ya se están desarrollando.



26 mayo, 2026

Norman Finkelstein: Palestinians Tried EVERYTHING before October 7th - A Slave's Case for Resistance

 



MintPress 26 may 2026

In this Exclusive presentation, Dr. Norman Finkelstein examines the framework through which we assess violence, resistance, and state power. His central argument: what unfolded in Gaza cannot be understood within the conventional language of "war" or "self-defense"—but requires a more precise legal and moral category.


In war, the objective is military defeat. In genocide, the civilian population is the target. Finkelstein's challenge: name a single battle in Gaza. The absence of conventional military engagement, he contends, reveals the operation's true nature.


Using the Nat Turner rebellion as historical parallel, Finkelstein forces us to confront how context is erased when power controls the narrative. Who gets to define "violence" when the conditions that produce it are systematically ignored?


The 17-year blockade, the 2006 election sanctions, the Gaza Freedom Flotilla, the Great March of Return sniper fire—all documented, all dismissed. Finkelstein traces how every diplomatic, legal, and nonviolent avenue was met with escalation, not engagement.


Citing Frederick Douglass: "The thing worse than rebellion is the thing that causes rebellion."


Israel forfeited its moral claim to self-defense long before October 7.


About Dr. Norman Finkelstein:

Political scientist, author of The Holocaust Industry and Gaza: An Inquest into Its Martyrdom. PhD, Princeton. A fearless critic of imperialism and media propaganda.


TIMESTAMPS

0:00 — Framing the Thesis

1:20 — War vs. Genocide: The Distinction Corporate Media Won't Make

4:30 — "Name a Single Battle in Gaza"

10:00 — Nat Turner Analogy: Context & Moral Clarity

18:00 — Frederick Douglass & the Abolitionist Framework

25:00 — Hamas's Exhausted Options: Elections, Courts, Nonviolence

45:00 — Great March of Return: What the UN Report Says

53:00 — Conclusion: Forfeited Rights & the Concentration Camp



Guerra cognitiva contra Cuba, también

 



Fernando Buen Abad Domínguez

La Jornada – 26/05/2026


Contra Cuba opera una de las ofensivas más prolongadas, sofisticadas y sistemáticas de la agresión ideológica. No se trata sólo de campañas propagandísticas orientadas a desacreditar un proceso político específico. Opera un dispositivo complejo de colonización perceptiva, disciplinamiento emocional, administración semántica y captura simbólica dirigido contra la capacidad de un pueblo para narrarse a sí mismo desde coordenadas soberanas. Esta guerra se sostiene con dinero de industriales especialistas en producción de subjetividad, redes financieras, plataformas tecnológicas, laboratorios académicos, industrias culturales, agencias de inteligencia, conglomerados mediáticos y formas mercantiles del sentido.


Desde el triunfo revolucionario, la hostilidad contra Cuba se organizó bajo una doble estrategia simultánea. Por un lado, el asedio material mediante bloqueo económico, sabotajes, terrorismo, aislamiento financiero y agresiones diplomáticas. Por otro, la instauración de una ofensiva semiótica destinada a erosionar la legitimidad del proyecto revolucionario dentro y fuera de la isla. La coerción económica necesita fabricar una interpretación moral que invisibilice sus causas y transfiera la responsabilidad del sufrimiento hacia las propias víctimas. El bloqueo fabrica su relato. La escasez inducida necesita una pedagogía de culpabilización. La asfixia financiera demanda un aparato de producción emocional capaz de convertir al agresor en supuesto defensor de libertades abstractas. Guerra cognitiva como forma superior de intervención imperial.


No es propaganda convencional. No apunta exclusivamente al contenido de las ideas. Penetra hábitos afectivos, automatismos culturales, estructuras del deseo y formas de reconocimiento social. Su objetivo estratégico consiste en impedir la consolidación de una conciencia histórica autónoma capaz de identificar las contradicciones estructurales del capitalismo dependiente y del imperialismo. El problema central nunca residió únicamente en las reformas económicas o en la nacionalización de recursos estratégicos. El verdadero peligro es la dimensión pedagógica del ejemplo cubano.


La Revolución misma en manos de los pueblos organizados. Por eso la agresión mediática organiza sistemas de radiodifusión clandestina, financiamiento de publicaciones hostiles, operaciones psicológicas, fabricación de rumores y campañas internacionales orientadas a representar a Cuba como anomalía histórica. La construcción del enemigo debía producirse mediante reiteración emocional, saturación informativa y simplificación binaria. La complejidad concreta de la experiencia cubana debía desaparecer bajo etiquetas homogéneas. La palabra "dictadura" funcionó como condensador ideológico destinado a cancelar cualquier análisis estructural del conflicto. Y su aparato mediático burgués y trasnacional desempeña un papel decisivo en esta agresión.


Sus corporaciones monopólicas en comunicación producen por décadas una narrativa homogénea basada en la repetición de tópicos estandarizados. La isla aparece frecuentemente representada como espacio congelado en el tiempo, prisión geográfica, territorio de ruinas o escenario exótico de carencias permanentes. La estetización de la precariedad cumple aquí una función política precisa. La pobreza derivada del bloqueo se transforma en espectáculo cultural despolitizado. El sufrimiento concreto de la población se convierte en mercancía visual consumible por audiencias globales. La violencia estructural desaparece detrás de imágenes románticas o miserabilistas cuidadosamente administradas. Esta canallada se intensificó con la expansión de plataformas digitales y redes sociales. La guerra cognitiva contemporánea ya no depende en exclusiva de "grandes medios" centralizados.


Funciona mediante ecosistemas algorítmicos capaces de distorsionar emociones, polarizar percepciones y acelerar la circulación de contenidos ridículos. La economía digital del escándalo favorece mensajes inmediatos, reacciones impulsivas y narrativas fragmentarias. En ese entorno, la complejidad histórica queda desplazada por consignas virales. Cuba se transforma en objeto privilegiado de campañas coordinadas donde bots, influencers financiados, operadores políticos y plataformas trasnacionales convergen en la producción de tendencias artificiales. No pocos sectores intelectuales reproducen estas matrices coloniales. Bajo discursos aparentemente progresistas, muchas veces se repite el vocabulario de los centros imperiales.


Conceptos deshistorizados de democracia, libertad o derechos humanos se utilizan selectivamente para condenar experiencias antimperialistas mientras se silencian violencias estructurales producidas por el capitalismo dependiente. Olvidan, omiten o esconden el bloqueo. Tal asimetría revela hasta qué punto la hegemonía burguesa opera sobre las formas mismas del pensamiento crítico. La colonización cultural alcanza incluso a quienes creen combatirla. Las conquistas sociales obtenidas en salud, educación, ciencia y solidaridad internacionalista son sistemáticamente minimizadas o desconectadas de sus condiciones históricas concretas.


La participación cubana en luchas anticoloniales africanas, el envío masivo de médicos a regiones empobrecidas y la construcción de sistemas públicos universales raramente reciben la centralidad mediática otorgada a cualquier conflicto interno de la isla. La selección informativa raras veces resulta inocente. Tal disputa por el sentido se libra hoy en condiciones tecnológicas inéditas. Sus plataformas digitales trasnacionales poseen una capacidad sin precedente para modular visibilidad, jerarquizar contenidos y administrar flujos afectivos colectivos. Los algoritmos no son entidades metafísicas autónomas.


Expresan prioridades económicas, ideológicas y geopolíticas determinadas. Cuando las plataformas privilegian contenidos polarizantes o sensacionalistas, contribuyen objetivamente a destruir condiciones mínimas para el análisis histórico riguroso. Todo esto contra Cuba revela finalmente una verdad más amplia sobre el capitalismo: La producción industrial de miedo, desinformación y fragmentación subjetiva se transforma en requisito estructural de gobernabilidad.


Frente a este escenario, la construcción de conciencia histórica crítica constituye una necesidad civilizatoria. Defender la capacidad de los pueblos para interpretar autónomamente su experiencia histórica representa hoy una tarea inseparable de la lucha por la emancipación social. Cuba ocupa un lugar central en esta confrontación porque simboliza la persistencia inquebrantable de una voluntad soberana frente al capitalismo y sus sistemas de agresión multidimensional y macabros prolongados hasta la ignominia.



25 mayo, 2026

Rusia insta a los extranjeros a abandonar Kiev lo antes posible — Ismaele

 



GeoPolitiQ – 25/05/2026


Comienzo esta publicación con la noticia de última hora del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, que insta a los extranjeros a abandonar Kiev lo antes posible, tras el ataque ucraniano a una universidad en Starobelsk (Lugansk) y la posterior y masiva represalia rusa de la semana pasada (véanse los artículos de Simplicius the Thinker aquí y aquí). Esta es la declaración oficial del canal de Telegram del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, compartida ( aquí ) también por su portavoz, Maria Zakharova, en su canal de Telegram (formato original):


Declaración del Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia sobre los ataques de grupos armados del régimen de Kiev contra la población civil de Rusia (25 de mayo de 2026)


El sangriento ataque perpetrado por las Fuerzas Armadas ucranianas la noche del 22 de mayo [de 2026] con drones contra el edificio de enseñanza y las residencias estudiantiles de la Universidad Pedagógica Estatal de Lugansk en Starobilsk (LHP) fue otra flagrante demostración del carácter nazi y terrorista del régimen de Kiev, que ataca deliberadamente a civiles y no se contiene ante el asesinato a sangre fría de niños.


La junta de Zelensky y sus patrocinadores occidentales, que suministran a las Fuerzas Armadas ucranianas los instrumentos para cometer crímenes contra nuestro pueblo, han demostrado al mundo entero su flagrante desprecio por las normas del derecho internacional humanitario.


Existe una violación clara y directa de los Convenios de Ginebra de 1949 y sus Protocolos Adicionales, que regulan la protección de la población civil durante los conflictos, la Convención de 1989 sobre los Derechos del Niño y otros importantes instrumentos internacionales.


Todo esto ha sido la gota que colmó el vaso. En las circunstancias actuales, las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa están iniciando una serie sostenida de ataques contra instalaciones de la industria de defensa ucraniana en Kiev, incluyendo sitios específicos destinados al diseño, fabricación, programación y preparación para el despliegue de UAV [Vehículos Aéreos No Tripulados] utilizados por el régimen de Kiev con la asistencia de especialistas de la OTAN, responsables del suministro de componentes, la inteligencia y la selección de objetivos. Los ataques también se dirigirán contra centros de toma de decisiones y puestos de mando.


Dado que los objetivos mencionados anteriormente están dispersos por Kiev, advertimos a los ciudadanos extranjeros, incluido el personal de las misiones diplomáticas y los representantes de las organizaciones internacionales, de la necesidad de abandonar la ciudad lo antes posible, e instamos a los residentes de la capital ucraniana a no acercarse a la infraestructura militar y administrativa del régimen de Zelenskyy.


Así pues, parece ser que Rusia, finalmente, ha decidido quitarse los guantes y dar una lección (al estilo iraní) a la junta ucraniana de Zelenskyy y a sus aliados de la UE/OTAN en Kiev. Esto podría poner fin a la guerra de 12 años en Ucrania (sí, 12 años, no 4, ya que comenzó en 2014 con el golpe de Estado del Euromaidán, como incluso el exsecretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, admitió al menos dos veces ( 1 y 2 ) - véase aquí para más información). Sin embargo, esto también podría ser el comienzo de una guerra mucho mayor entre Rusia y la UE/OTAN… y, por supuesto, existe la posibilidad de que este frente de guerra se fusione con el de Oriente Medio, uniendo a Rusia, China, Irán y el Eje de la Resistencia contra el Eje del Mal, también conocido como el régimen/clase/coalición de Epstein (es decir, el Imperio estadounidense fuera de la ley (también conocido como Gran Satán ), Israel (también conocido como Pequeño Satán ) y sus Estados vasallos de la UE/OTAN).



La masacre de Starobelsk y el silencio de Occidente: un análisis de la censura selectiva.




Estudiantes víctimas confirmadas del ataque de Ucrania (OTAN) contra el colegio Starobelsk en Lugansk

 


Las principales agencias de prensa de Occidente no han mostrado ningún interés en visitar el lugar del crimen. ¿Dónde están la BBC, la CNN y demás medios occidentales?


SIMPLICIUS – 25/05/2026