17 junio, 2026

China: ¿Armar al Pentágono o ganar la carrera por la tecnología 6G? — Kevin Walmsley

 


Inside China – 17/06/2026

   Traducción: Arrezafe


Claves:

Científicos e investigadores chinos están desarrollando herramientas de vanguardia para el despliegue de redes de telecomunicaciones 6G.


La tecnología 6G, miles de veces más rápida que la 5G y con una demora prácticamente nula, transformará por completo casi todos los sectores.


China posee el monopolio de las materias primas clave para los sistemas 6G, incluidos los compuestos de galio.


Estos mismos materiales y componentes de tierras raras, muy demandados por el Pentágono y las fuerzas armadas de la OTAN, también tienen importantes aplicaciones civiles.



Informe:


Buen día.


Las cadenas de suministro de las tecnologías más importantes, los materiales para las industrias clave, que posibilitan la vida moderna, así como el hardware y los sistemas que impulsarán el resto del siglo, hoy pasan por China.




Existe una crisis en el Pentágono. Da igual cuánto planee gastar Estados Unidos en defensa; necesita a las empresas chinas para extraer y refinar las materias primas que componen todas sus plataformas de armas estratégicas, e incluso para fabricar los semiconductores.


Y China está interrumpiendo las exportaciones de esos materiales y componentes a los contratistas del Pentágono y a los fabricantes de armas fuera de China.




Más de 300 nuevos aviones F-35 han sido entregados sin radares debido a las prohibiciones de exportación de galio impuestas por China. El nitruro de galio se utiliza en los radares de aeronaves avanzadas y en los gigantescos sistemas de radar que Irán destruyó en el Golfo Pérsico. El nitruro de galio permite la fabricación de sistemas más compactos y ligeros. Esto tiene profundas implicaciones para las fuerzas armadas, pero el galio también es fundamental, por esa misma razón, en los sistemas de telecomunicaciones civiles.




Estados Unidos no produce galio en absoluto, y China produce 99 veces más que el resto del mundo en conjunto. El Pentágono necesita galio para más de 11.000 componentes, mientras que el 85% de sus cadenas de suministro dependen de proveedores chinos para la fabricación de armamento.


Esto proviene del Servicio Geológico de los Estados Unidos, con los puntos más preocupantes resaltados: no hay producción nacional de galio en los Estados Unidos desde hace cuarenta años. Ese es, en resumen, el punto principal: la dependencia neta del 100% las importaciones, y China representa el 99% de la producción mundial




China dispone de galio, por eso sus aviones más avanzados cuentan con los radares más sofisticados. Mientras tanto, los proveedores del Pentágono facturan los suyos con lastre en el lugar donde deberían ir los radares. Lockheed Martin espera conseguir galio algún día para poder fabricar radares, hasta entonces, necesita instalar contrapesos en los aviones para evitar que se desestabilicen en pleno vuelo.


En el momento en que China prohibió su exportación, la Reserva Nacional de Defensa de EEUU no disponía de galio, lo que lleva a preguntarnos qué hacen exactamente esos tipos y si entienden en qué consiste su trabajo.


Sin embargo, no hay motivo para el pesimismo: Estados Unidos “tan sólo” necesita un giro radical y desarrollar una cadena de suministro de galio completa que incluya la extracción, fabricación, envasado de obleas y las cadenas de producción para clientes militares y civiles. Muy sencillo, ¿verdad?. Excepto que, además, la industria del galio es un subproducto de las industrias de extracción y fundición de aluminio, y Estados Unidos necesita construir primero una de estas.





Admitámoslo, no es ni remotamente probable que los países de la OTAN puedan, a corto plazo, desbancar a China y su monopolio absoluto sobre el galio. Obviamente, esto representa un problema para el Pentágono y para los pilotos de sus fuerzas aéreas que vuelan sin radar.


Pero ese monopolio también supone que los investigadores chinos pueden empezar a trabajar en las telecomunicaciones 6G antes que nadie. El Instituto de Investigación Número 55, que está bajo sanciones estadounidenses, acaba de desarrollar un semiconductor de galio revolucionario para 6G y está produciendo 5 millones de ellos destinados a terminales inteligentes para una red integrada espacio-aire-tierra.


Estos chips están destinados a aplicaciones industriales: comunicaciones 6G, lanzamientos espaciales comerciales, satélites y respuesta a emergencias. La economía de baja altitud se centra en drones pesados, utilizados para todo: carga aérea, minería, construcción y transporte de pasajeros. Los chips también se usarán en teléfonos de gama alta, especialmente en áreas donde aún no se han implementado señales celulares terrestres, lo que ahora ya no corre prisa dado que los usuarios pueden conectarse directamente al satélite 6G.


Las aplicaciones comerciales e industriales constituyen la principal diferencia entre 5G y 6G. La 5G es suficiente para usuarios domésticos y particulares. La 6G representa un salto cualitativo en velocidad y demora con respecto a 5G, lo que supone una gran ventaja para la industria, especialmente para aquellas en las que China también cuenta con importantes ventajas.


Las empresas chinas llevan la delantera en el despliegue local e industrial de sistemas 5G privados. Se trata de una industria enorme: redes de telecomunicaciones privadas para almacenes, centros logísticos, minas y fábricas. La diferencia de velocidad es muchísimo mayor con 6G, miles de veces más rápido, y permite su despliegue en zonas que actualmente carecen de cobertura.


Esto es muy importante: las redes 6G no se han estandarizado. Todavía no se han establecido protocolos globales, porque los sistemas aún no se han construido. Pero China los está construyendo, y por lo tanto, China definirá esos estándares:



Esta investigación plantea y responde algunas preguntas importantes: si 5G parece ser suficiente para las necesidades de los usuarios, entonces, ¿por qué molestarse en construir 6G? Y aquí, una vez más, es en el sector empresarial e industrial donde estará la demanda. Avances en detección, imagen y posicionamiento de precisión, un sector que China ha conquistado recientemente. Precisión en robótica y fabricación avanzada. 6G opera en las bandas de frecuencia de terahercios, por lo que los centros de datos 6G funcionarán más rápido y costarán menos.


Esto quiere decir que la demanda de las tecnologías 6G estará fuertemente concentrada en el sector industrial, y mucho menos en el del usuario individual. Descargar un archivo de 21 terabytes tardaría 5 horas en una red 5G, mientras que en una 6G tan sólo tardaría 18 segundos. Los sistemas 6G permiten descargar 200 películas por segundo y, actualmente al menos, existe escasa demanda de esa velocidad por parte del consumidor individual. La demanda proviene de la industria, donde el dinero no supone problema para construir centros de datos, por ejemplo.


Las inversiones de capital para 6G ya están aumentando, pero Ericsson se enfrentará al mismo obstáculo que ya tuvo con 5G: necesitan galio de China, y el éxito comercial de 6G dependerá de casos de uso tangibles en el sector industrial. Y estos también pasan por China.


Boston Consulting Group estima que la tecnología 5G ha generado más de un billón de dólares en nueva producción económica, cifra que aumentará a 18 billones de dólares para 2035. Sin embargo, la tecnología 6G creará modelos empresariales completamente nuevos e impulsará la inteligencia artificial a gran escala. La tecnología 6G transformará la manufactura, las ciudades inteligentes, la atención médica y la seguridad pública. BCG insta a los gobiernos y la industria a colaborar y establecer estándares para el espectro radioeléctrico, la planificación y el desarrollo de infraestructuras.


La administración Trump reconoce que la tecnología 6G es fundamental para la seguridad nacional, la política exterior y la prosperidad económica de Estados Unidos, y que la política estadounidense ha de enfocarse a liderar el desarrollo de esta tecnología a nivel mundial. El presidente Trump ordenó consultas e investigaciones para resolver el problema del espectro radioeléctrico y avanzar en las aplicaciones comerciales. Asimismo, instó al Departamento de Estado a colaborar con países amigos que apoyan la posición de que ha de ser Estados Unidos quien lidere el desarrollo de la tecnología 6G.


El problema es que Estados Unidos no puede hacer nada de eso, porque no puede construir nada en relación a la tecnología 6G hasta que resuelva sus problemas de minería y refinación para obtener las materias primas, y capacite a miles de científicos e ingenieros para aplicar la tecnología necesaria para desarrollar la red 6G.


Científicos e ingenieros chinos ya están haciendo precisamente eso. El siguiente ejemplo proviene de Matter, de Cell Press Journal (consultaremos Interesting Engineering para obtener más información): Se trata de un motor fotónico que utiliza luz blanca para transmitir datos, lo que permite el funcionamiento de redes 6G inteligentes. Las comunicaciones ópticas convencionales sólo pueden operar en áreas reducidas, pero esta nueva tecnología funciona a más de un kilómetro de distancia.



He aquí otro ejemplo, que una vez más necesitamos que Internet Explorer nos tradujera. Este grupo chino construyó el primer chip 6G multifrecuencia del mundo. Todo el espectro radioeléctrico, de 0,5 a 115 gigahercios, ahora está integrado en un solo chip; anteriormente se necesitaban nueve sistemas de radio diferentes.




Este chip puede utilizarse en sistemas en todas partes y sienta las bases para redes de IA, siendo aplicable a teléfonos, estaciones base, drones y dispositivos IoT.


Y súbitamente, he aquí aplicaciones que SÍ tendrán una gran demanda por parte de usuarios no comerciales.


Y ese es el objetivo de todas estas tecnologías avanzadas. Las cadenas de suministro lo son todo, al igual que los cientos de miles de investigadores e ingenieros de primer nivel en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (CTIM) que trabajan arduamente desarrollando aplicaciones para ellas y creando nuevos mercados.


En estos momentos, el Pentágono no puede instalar radares en sus aviones de cien millones de dólares ni reemplazar sistemas de radar multimillonarios, porque China se niega a vendérselos. Y esos chips, y esos semiconductores de galio —producidos en masa—, implican que dentro de diez años cualquiera que quiera los mejores teléfonos, los mejores drones o los mejores robots necesitará que China se los venda.


Sean buenos.



Recursos y enlaces:


Reports Suggest F-35s Are Being Delivered Without Radar Amid APG-85 Delays

https://theaviationist.com/2026/02/12/reports-suggest-f-35s-delivered-without-radar/


Ballast Instead of Radar: Lockheed Martin Delivers F-35 Without AN/APG-85 Due to Delays

https://militarnyi.com/en/news/lockheed-martin-delivers-f-35-without-an-apg-85-due-to-delays/


China's newest air force jets have next-generation radars. New USAF F-35's have no radars at all.



China begins large-scale delivery of gallium chips for space-ground 6G network

https://www.scmp.com/news/china/science/article/3356321/china-begins-large-scale-delivery-gallium-chips-space-ground-6g-network


Why America’s best fighter jets are being made with deadweight

https://www.washingtonpost.com/opinions/2026/04/27/pentagon-fighter-jets-are-being-delivered-without-radar/


US Geological Survey, Gallium

https://pubs.usgs.gov/periodicals/mcs2026/mcs2026-gallium.pdf


The United States Is Repeating Its Silicon Mistake with Gallium Nitride

https://warontherocks.com/cogs-of-war/the-united-states-is-repeating-its-silicon-mistake-with-gallium-nitride/


What are the key differences between 5G and 6G?

https://www.raconteur.net/technology/key-differences-5g-6g


Why Do We Need 6G and What Are the Challenges?

https://www.idtechex.com/en/research-article/why-do-we-need-6g-and-what-are-the-challenges/28805


What is 6G? How is it different from 5G?

https://www.rantcell.com/how-is-6g-mobile-network-different-from-5g.html


5G vs 6G spectrum comparison

https://electronics360.globalspec.com/article/18760/5g-vs-6g-spectrum-comparison


6G: The Network for the Future of AI and Immersive Connectivity

https://web-assets.bcg.com/9c/73/4ac7634848a0b0bb31cf8dae40cb/6g-the-network-for-the-future-of-ai-and-immersive-connectivity-report-feb-2026-edit-03-web.pdf


Tailoring quasi-transparent ceramic as a laser-driven photonic engine for kilometer-level white light communication

https://www.cell.com/matter/abstract/S2590-2385(26)00185-2


Numbers Matter: Defense Acquisition, U.S. Production Capacity, and Deterring China

https://www.govini.com/blog/numbers-matter-defense-acquisition-u-s-production-capacity-and-deterring-china


Ultrabroadband on-chip photonics for full-spectrum wireless communications

https://www.nature.com/articles/s41586-025-09451-8


How Much Control China Has Over the World’s Critical Minerals

https://elements.visualcapitalist.com/how-much-control-china-has-over-the-worlds-critical-minerals/


Charted: China’s Grip on Critical Mineral Refining

https://www.visualcapitalist.com/charted-chinas-grip-on-critical-mineral-refining/


China’s New Rare Earth and Magnet Restrictions Threaten U.S. Defense Supply Chains

https://www.csis.org/analysis/chinas-new-rare-earth-and-magnet-restrictions-threaten-us-defense-supply-chains


De-risking Gallium Supply Chains: The National Security Case for Eroding China’s Critical Mineral Dominance

https://www.csis.org/analysis/de-risking-gallium-supply-chains-national-security-case-eroding-chinas-critical-mineral


China Leads the Way With Private 5G Networks at Industrial Facilities

https://www.wsj.com/business/telecom/china-leads-the-way-with-private-5g-networks-at-industrial-facilities-11647163802



"There is no doubt that Iran won this war" — Mohammad Marandi

 


Break Through News -16 jun 2026


Professor Mohammed Marandi joins Rania Khalek to discuss the reported US-Iran memorandum of understanding, why Iran insists Lebanon’s sovereignty is non-negotiable, and whether Israel could derail the deal before it is even signed. He explains how Iran views the 39-day war, the battle over Lebanon, Gaza’s place in the negotiations, and why he says Tehran has emerged stronger at both the battlefield and negotiating table.


"It’s not that Iran just survived, which everyone across the world was stunned by," says Marandi. "Iran, till the very end, was pounding them day and night. And the damage that Iran did to the US-Israeli regime, and to their proxies in the region, was far greater than the damage they did to Iran in costs."




11 junio, 2026

Grandes empresas tecnológicas, objetivo militar legítimo — Renán Vega Cantor

 



La Pluma – 09/06/2026


Irán, al atacar la sede de esas empresas, les quitó la máscara de instituciones pretendidamente civiles, y mostró a los ojos de millones de seres humanos, empezando por los habitantes del Golfo Pérsico, que gran parte de las investigaciones e innovaciones del mundo digital están directamente relacionadas con los intereses militares de EEUU e Israel. Irán se encargó de señalar que esas empresas son responsables del asesinato masivo de miles de personas en los lugares en donde opera el complejo militar-informático.


Se ha necesitado de la respuesta asimétrica de Irán a la agresión imperialista para comprobar que lo digital es un coloso con pies de barro.


La «era de la información» viene acompañada de sofismas que de tanto repetirse constituyen un nuevo sentido común, que gran parte de los seres humanos han interiorizado y consideran axiomas irrefutables. Algunos de esos sofismas han quedado hecho añicos por la guerra asimétrica de Irán contra los agresores del imperialismo [EEUU] y del sionismo [Israel].


El mundo virtual y digital había llegado acompañado de un aura de neutralidad y de servicio desinteresado a la humanidad, como clara expresión del fetichismo de la tecnología. Hoy, de la manera menos impensada, la guerra contra Irán ha trastocado algunas de las falacias del mundo digital.


Lo virtual existe al margen, y no depende, de lo material


Un punto de partida que justifica la «sociedad digital» sostiene que para el funcionamiento del capitalismo lo prioritario es la información (algo inmaterial) y cada vez tiene menos importancia lo material. Habríamos entrado en una nueva fase de la historia en donde los bienes naturales (minerales, agua, biodiversidad, bosques…) estarían siendo irreversiblemente sustituidos por la información, llegando a sostener que esta es más importante que el petróleo.


En marzo, Irán atacó la sede de datos de Amazon en Israel y en Bahréin y, en forma inmediata, se detuvo el funcionamiento de la nube en el territorio de esos países. Esto hecho demostró que lo virtual funciona con materia, energía y agua, sin cuyo elevado suministro la nube no puede operar. Ahí quedó en evidencia que la nube no es algo etéreo, sino que se aloja en grandes edificios y servidores, que son infraestructura física, construida con elementos vulgarmente materiales.


Eso significa que cualquier artefacto digital, un celular, por ejemplo, no puede funcionar sin grandes dosis de materia y energía, así eso no sea evidente de ninguna manera, porque cunde el sofisma que la electricidad es inmaterial como si además no procediera de infraestructura hecha de materiales que la generan.


Los conglomerados digitales hacen parte de la «sociedad civil»


De Silicon Valley surgió la falacia de que algunos empresarios innovadores con su esfuerzo individual, al margen del Estado y del poder militar, realizan invenciones en beneficio de toda la humanidad y lo hacen de manera desinteresada. Bill Gates, Steve Jobes, Jeff Bezos, Elon Musk y las empresas asociadas a ellos Microsoft, Google, Tesla, Amazon… se presentan como entidades civiles, vendiendo la idea que sus actividades no están relacionadas ni sirven a ciertos Estados ni al complejo militar del imperialismo y del sionismo.


Hace pocas semanas, Irán se encargó de desmontar ese prejuicio. Y lo hizo en respuesta a los brutales ataques de la coalición imperialista-sionista contra su población y sus dirigentes, en los cuales se utilizaron sistemas tecnológicos (entre los que sobresale la Inteligencia Artificial) que suministran los grandes conglomerados digitales. Irán los convirtió, algo que no había sucedido nunca, en un objetivo militar legítimo, al mismo nivel que las bases militares o los portaaviones.


Irán, al atacar la sede de esas empresas, les quitó la máscara de instituciones pretendidamente civiles, y mostró a los ojos de millones de seres humanos, empezando por los habitantes del Golfo Pérsico, que gran parte de las investigaciones e innovaciones del mundo digital están directamente relacionadas con los intereses militares de EEUU e Israel. Irán se encargó de señalar que esas empresas son responsables del asesinato masivo de miles de personas en los lugares en donde opera el complejo militar-informático.


Debe recordarse que las «bombas inteligentes», con las cuales EEUU masacró a 180 niñas de una escuela de Irán, fueron guiadas por sofisticados sistemas que fabrican las empresas informáticas y digitales. La Inteligencia Artificial (IA) y los algoritmos no funcionan solos, sino que responden a los intereses de quienes los programan, y estos son empresas tecnológicas que trabajan directamente para el complejo militar de EEUU e Israel.


Nada puede detener el irreversible avance digital


Irán y Yemen le han señalado al mundo que lo digital funciona por la existencia de una extensa red de comunicaciones de tipo material, siendo uno de sus principales soportes, la amplia red de cables submarinos que le dan la vuelta al planeta decena de veces. Sin esos cables, de fibra óptica, plástico y otros materiales, no sería posible el tráfico virtual e informativo en el mundo. Gran parte de esos cables atraviesan zonas críticas del mundo, como el estrecho de Ormuz en el Golfo Pérsico, y el estrecho de Bab el-Mandeb en el Mar Rojo. A través de esos cables circula la información que llega a Asía y Europa.




De tal forma que, si esos cables fueran cortados, y los yemeníes y la Guardia Revolucionaria de Irán han indicado que de ser necesario lo harán, de inmediato se detendría la economía, la sociedad y la cultura de masas de gran parte del mundo, las cuales son petrodependientes y consumen enormes cantidades de recursos materiales y energéticos.


Este recordatorio de Yemen e Irán pone de presente la fragilidad de la tan mentada sociedad digital. Con una simple acción, la de cortar unos cables que se encuentran a centenares de metros de profundidad en los océanos, entraría en crisis el tipo de sociedad que el capitalismo realmente existente ha construido en los últimos 35 años. Se paralizaría en amplias zonas todo lo que se ha erigido alrededor de internet, el sistema financiero, las comunicaciones de diversa índole (personales, institucionales, negocios), millones de móviles quedarían inservibles, bancos, hospitales, universidades dejarían de operar…


Esto ya lo habían advertido estudiosos y críticos del mundo digital, pero se ha necesitado de la respuesta asimétrica de Irán a la agresión imperialista para comprobar que lo digital es un coloso con pies de barro. Sí, unos pies de barro alimentados por grandes cantidades de materia y energías fósiles, cuya apropiación insaciable explica las guerras que libra el agonizante imperialismo estadounidense y sus proxis sionistas para mantener su insostenible modo de muerte.



09 junio, 2026

Revolución de las Conciencias y Cultura — Fernando Buen Abad

 

"Dioses del mundo moderno" (1932-1934) José Clemente Orozco


aporrea.org – 07/06/26


El problema decisivo habita en una dimensión más profunda: la transformación de las formas de conciencia que durante décadas fueron moldeadas por una “pedagogía” burguesa orientada a naturalizar la desigualdad, glorificar el privilegio y convertir la subordinación cultural en una costumbre interiorizada.


La Revolución de las Conciencias

lenta en la Cuarta Transformación de la Cultura


Arte y Cultura entre la parsimonia y la impotencia.


¿Por qué no somos vanguardia mundial en arte y cultura transformadoras?


México atraviesa una coyuntura histórica 4T cuyo núcleo más complejo no radica sólo en la sustitución de administraciones gubernamentales, ni en la reorganización parcial de aparatos institucionales, ni en la redistribución relativa de ciertos recursos públicos. El problema decisivo habita en una dimensión más profunda: la transformación de las formas de conciencia que durante décadas fueron moldeadas por una “pedagogía” burguesa orientada a naturalizar la desigualdad, glorificar el privilegio y convertir la subordinación cultural en una costumbre interiorizada. Allí se encuentra la gran dificultad de toda tentativa transformadora. Modificar leyes puede tomar meses; alterar estructuras económicas requiere años; desmontar hábitos simbólicos sedimentados durante generaciones exige una temporalidad mucho más extensa, plagada de contradicciones, avances irregulares y retrocesos inevitables.


Así la “Cuarta Transformación” ha colocado sobre la mesa un desafío cuya magnitud suele ser subestimada. No basta con disputar la administración del Estado. Resulta imprescindible intervenir en la producción social del sentido. La cultura aparece entonces como territorio estratégico, no como ornamento protocolario ni como entretenimiento subsidiario. Cada canción, cada programa televisivo, cada narrativa histórica, cada monumento, cada libro escolar, cada plataforma digital y cada espectáculo masivo participan en la construcción cotidiana de percepciones acerca del mundo, de la justicia, de la riqueza, del trabajo y de la dignidad humana. Quien controla los grandes mecanismos de producción simbólica posee una capacidad extraordinaria para definir qué se considera normal, deseable, inevitable o imposible.


Durante décadas, amplios sectores de las élites económicas mexicanas comprendieron esta realidad con mayor claridad que numerosos gestores culturales. La concentración mediática, la mercantilización de la educación, la espectacularización de la política y la colonización publicitaria de la vida cotidiana constituyeron operaciones convergentes orientadas a producir subjetividades compatibles con un orden social profundamente desigual. El resultado fue la consolidación de una cultura donde el éxito individual apareció desligado de toda responsabilidad colectiva, mientras la pobreza se presentó como fracaso personal y la riqueza como evidencia moral de mérito superior.


En semejante contexto, hablar de revolución de las conciencias implica reconocer una tarea gigantesca. No se trata de reemplazar una propaganda por otra. Tampoco consiste en construir catecismos ideológicos destinados a repetir consignas vacías. La cuestión fundamental reside en desarrollar capacidades críticas que permitan a los pueblos interpretar por sí mismos las relaciones sociales que determinan su existencia. Una conciencia transformadora no nace de la obediencia. Surge del conocimiento, de la experiencia organizada, de la memoria histórica y de la participación activa en la vida común.


Sin embargo, la velocidad de esta transformación cultural parece avanzar con una lentitud que provoca frustraciones comprensibles. Muchos observadores perciben una distancia considerable entre la magnitud de los cambios anunciados y los resultados visibles en el campo artístico y cultural. Esa percepción contiene elementos reales. Numerosas instituciones continúan operando bajo inercias heredadas. Persisten burocracias especializadas en administrar prestigios antes que procesos de emancipación cultural. Sobreviven mecanismos de financiamiento incapaces de romper círculos cerrados de legitimación estética.


Subsisten criterios de excelencia moldeados por cánones excluyentes cuya genealogía remite con frecuencia a jerarquías sociales profundamente arraigadas. La parsimonia institucional posee causas múltiples. Ninguna transformación cultural puede desarrollarse mediante decretos administrativos. El arte responde a dinámicas complejas donde intervienen tradiciones, sensibilidades, imaginarios colectivos y disputas por el reconocimiento simbólico. No obstante, existe una diferencia sustancial entre respetar la autonomía creadora y tolerar la reproducción pasiva de estructuras culturales que continúan funcionando como mecanismos de exclusión social. La democratización efectiva de la cultura exige mucho más que ampliar presupuestos.


Porque la política cultural de la Cuarta Transformación constituye uno de los laboratorios más complejos, contradictorios y reveladores del México contemporáneo. Ningún balance serio puede satisfacerse con la exaltación ceremonial ni con el resentimiento corporativo. Ambos extremos producen caricaturas útiles para la propaganda y estériles para el conocimiento. Lo que interesa comprender es el comportamiento concreto de las fuerzas sociales en disputa dentro del campo cultural, la manera en la que se reorganizan los recursos simbólicos, los conflictos entre herencias institucionales y nuevas expectativas populares, las formas visibles e invisibles de la dominación ideológica y los alcances reales de una política pública que se propuso transformar la vida nacional mientras operaba dentro de estructuras económicas y administrativas heredadas de décadas de acumulación desigual.


Aceptemos que la cultura no constituye un adorno del Estado. Tampoco representa un departamento ornamental destinado a organizar festivales, administrar museos o distribuir reconocimientos. La cultura es una fuerza productiva de la conciencia social. En ella se elaboran las imágenes que una sociedad produce sobre sí misma, los relatos que legitiman o cuestionan las relaciones de poder, los imaginarios mediante los cuales una clase consigue naturalizar sus privilegios o una colectividad descubre la necesidad de transformarlos. Quien controla la producción simbólica dispone de una ventaja estratégica en la organización del consenso. Por ello resulta imposible analizar la política cultural sin examinar simultáneamente la lucha por la hegemonía social.



Durante décadas, amplios sectores de la institucionalidad cultural mexicana se configuraron alrededor de una paradoja notable. Mientras proclamaban la universalidad del acceso al conocimiento, funcionaban mediante mecanismos de concentración territorial, lingüística y económica. La inmensa riqueza cultural de los pueblos originarios, de las comunidades rurales, de los trabajadores urbanos y de innumerables formas de creatividad popular permanecía frecuentemente subordinada a circuitos de legitimación dominados por élites académicas, burocráticas o mercantiles. El problema no consistía en la existencia de instituciones culturales sofisticadas, el problema radica en el poco o nulo respeto por el trabajo y los trabajadores en el arte y la cultura.


Toda sociedad necesita centros de excelencia intelectual. La dificultad radicaba en que la distribución del prestigio, del financiamiento y de la visibilidad reproducía con frecuencia la estructura general de la desigualdad social. La Cuarta Transformación identificó parcialmente esa contradicción y trató de intervenir sobre ella. Allí se encuentra uno de sus mayores méritos históricos, aunque incompletos. Introdujo en el debate público la pregunta por la justicia cultural. Desplazó el énfasis desde la cultura concebida como privilegio hacia la cultura entendida como derecho. Intentó reconocer territorios humanos tradicionalmente excluidos de las prioridades estatales. Cuestionó la arrogancia de ciertas burocracias acostumbradas a confundir sus intereses corporativos con los intereses generales de la nación. Rompió inercias cuya permanencia parecía inmutable. Todo ello merece reconocimiento.


No obstante, el reconocimiento no exonera del examen crítico. La principal insuficiencia de la política cultural transformadora consistió en la distancia entre la magnitud de sus propósitos y la potencia material de sus instrumentos. Se proclamó una democratización cultural profunda sin construir siempre las condiciones estructurales necesarias para sostenerla. Se habló de revolución de las conciencias en un contexto donde las industrias privadas de producción ideológica continuaron concentrando una capacidad inmensamente superior para modelar deseos, percepciones y hábitos colectivos.


Se reivindicó la cultura comunitaria mientras los grandes aparatos corporativos del entretenimiento global intensificaban su presencia en cada teléfono móvil, en cada plataforma digital y en cada espacio de socialización cotidiana. La cuestión decisiva aparece aquí con toda su crudeza. Ninguna transformación cultural puede limitarse a redistribuir actividades artísticas. La disputa fundamental ocurre en la producción de subjetividad. Los monopolios mediáticos, las corporaciones tecnológicas, las industrias publicitarias y las plataformas transnacionales fabrican diariamente millones de horas de pedagogía invisible. Enseñan qué desear, qué admirar, qué temer, qué consumir, qué olvidar y qué considerar imposible. Frente a semejante maquinaria, numerosos programas culturales estatales operan con recursos comparativamente modestos y con estrategias frecuentemente fragmentadas. El resultado es una asimetría gigantesca entre la voluntad política declarada y las capacidades efectivas para disputar la dirección intelectual de la sociedad.


A ello se suma un problema que rara vez recibe la atención que merece. Una parte considerable de la discusión cultural mexicana continúa atrapada en categorías heredadas del liberalismo elitista. Se habla de acceso a la cultura cuando debería hablarse también de acceso al poder cultural. Se celebra la participación cuando la cuestión central es la capacidad de decisión. Se promueve el consumo cultural mientras permanece insuficientemente desarrollada la democratización de los medios de producción simbólica. Una comunidad que recibe espectáculos continúa siendo receptora. Una comunidad que dispone de instrumentos para producir conocimiento, memoria, arte, investigación y comunicación comienza a convertirse en sujeto histórico.


Desde esta perspectiva, la gran pregunta pendiente para la política cultural transformadora consiste en determinar hasta qué punto logró fortalecer la autonomía creadora de las clases trabajadoras y de los sectores populares. No basta con acercar bienes culturales a las mayorías. Es necesario multiplicar las condiciones materiales para que las mayorías produzcan cultura con independencia crítica, rigor intelectual y capacidad organizativa. La diferencia es inmensa. En un caso se amplía el acceso.


En el otro se modifica la correlación de fuerzas en el terreno simbólico. La contradicción aparece igualmente en el ámbito laboral. Miles de trabajadores de la cultura continúan sometidos a condiciones precarias de contratación, incertidumbre presupuestaria y fragilidad institucional. Esta realidad posee una importancia estratégica. Resulta difícil construir una política cultural emancipadora cuando quienes sostienen cotidianamente museos, bibliotecas, archivos, centros de investigación, proyectos editoriales y programas artísticos enfrentan formas persistentes de vulnerabilidad económica. Ninguna teoría avanzada sobre democratización cultural puede ignorar la materialidad concreta de quienes producen la vida cultural.


Otro aspecto merece una reflexión especialmente rigurosa. La cultura oficial latinoamericana ha padecido históricamente una enfermedad recurrente: confundir identidad con folclorización. Bajo discursos aparentemente inclusivos, numerosos proyectos terminan convirtiendo las expresiones populares en objetos decorativos despojados de conflicto social. La celebración de la diversidad pierde profundidad cuando se desconecta de las relaciones de explotación, de las estructuras de propiedad y de los mecanismos de subordinación económica que condicionan la experiencia cotidiana de millones de personas. La cultura popular no es únicamente una reserva estética.


Es también una memoria de resistencias, una inteligencia colectiva acumulada y un territorio donde se expresan antagonismos históricos. La conciencia de clase ocupa aquí un lugar decisivo. No como consigna ritual ni como fórmula doctrinaria, si como comprensión crítica de las condiciones reales que organizan la existencia social. Una política cultural transformadora alcanza relevancia histórica cuando contribuye a que los sujetos comprendan mejor las fuerzas que determinan sus vidas, identifiquen las estructuras que producen desigualdad y desarrollen capacidades colectivas para intervenir sobre ellas.


Toda cultura que fortalece la lucidez social amplía la libertad humana. Toda cultura que naturaliza la dominación contribuye a reproducirla. La experiencia de la Cuarta Transformación deja una enseñanza valiosa. Las transformaciones institucionales poseen importancia. Los presupuestos importan. Los programas importan. Las infraestructuras importan. Sin embargo, la batalla principal ocurre en niveles más profundos. Se desarrolla en la organización del sentido común, en la capacidad de una sociedad para interpretar críticamente su realidad, en la formación de nuevas sensibilidades éticas, en la construcción de imaginarios capaces de disputar el monopolio cultural de las clases dominantes.


Allí se libra el conflicto decisivo. La evaluación más honesta exige reconocer avances significativos y limitaciones severas simultáneamente. Sería injusto negar los esfuerzos orientados hacia la inclusión cultural. También sería irresponsable ignorar que la estructura general de producción ideológica permanece dominada por poderes económicos cuya influencia excede ampliamente el alcance de las políticas públicas convencionales. La democratización cultural sigue siendo una tarea inconclusa porque la democratización de la conciencia colectiva continúa enfrentando obstáculos materiales, tecnológicos y políticos de enorme magnitud.


México se encuentra todavía ante una exigencia histórica de gran envergadura: construir una política cultural capaz de articular excelencia intelectual, participación popular, justicia social, soberanía comunicacional y producción crítica de conocimiento. Ninguna de esas dimensiones puede sacrificarse sin empobrecer el proyecto entero. La cultura adquiere verdadera potencia transformadora cuando deja de ser administrada como espectáculo, patrimonio o mercancía y comienza a funcionar como energía consciente de una sociedad que busca comprenderse para transformarse. Allí reside la medida más exigente para juzgar cualquier política cultural. No en la cantidad de eventos organizados, no en las estadísticas ceremoniales de asistencia, no en los rituales burocráticos de la autocomplacencia, sino en la profundidad con que contribuye a elevar la inteligencia colectiva, fortalecer la dignidad humana y expandir la capacidad histórica de los pueblos para convertirse en autores conscientes de su propio destino.


Requiere modificar relaciones de poder que determinan quién produce, quién distribuye, quién interpreta y quién obtiene legitimidad pública. La impotencia aparece cuando la transformación cultural queda reducida a una política de eventos. Inaugurar festivales, multiplicar exposiciones o expandir agendas institucionales puede generar visibilidad inmediata, aunque raramente modifica las estructuras profundas de producción simbólica. El problema no consiste en la cantidad de actividades realizadas. La cuestión decisiva radica en preguntarse qué concepción del mundo se fortalece mediante ellas.


Una programación transformadora y abundante debe disputar profundamente con la reproducción de valores individualistas, consumistas y elitistas. La historia mexicana ofrece enseñanzas extraordinarias sobre este punto. Tras la Revolución, el muralismo, las misiones culturales, las campañas educativas y los proyectos editoriales construyeron una intervención masiva sobre la conciencia nacional. Aquellas experiencias no estuvieron exentas de contradicciones, límites o tensiones internas.


Sin embargo, comprendieron algo esencial: la cultura constituye una fuerza material cuando logra organizar imaginarios colectivos alrededor de horizontes compartidos. El arte dejó entonces de concebirse como patrimonio exclusivo de minorías ilustradas para convertirse en herramienta de interpretación histórica y afirmación popular. La actualidad presenta desafíos diferentes. Los dispositivos contemporáneos de producción simbólica operan a escala planetaria. Las plataformas digitales, los conglomerados mediáticos transnacionales y las industrias culturales globalizadas producen flujos permanentes de representaciones que atraviesan fronteras con una velocidad inédita. La batalla por la conciencia ya no se libra únicamente en museos, universidades o periódicos. Se desarrolla también en algoritmos, interfaces, tendencias virales y arquitecturas digitales diseñadas para capturar atención y convertir cada experiencia humana en mercancía intercambiable.


Por esa razón resulta insuficiente cualquier política cultural que ignore la economía política de la comunicación contemporánea. La producción artística no puede separarse del análisis de las estructuras tecnológicas que condicionan su circulación. Tampoco puede desvincularse de la concentración corporativa que regula visibilidad, prestigio y rentabilidad. Una revolución de las conciencias exige comprender que la lucha cultural contemporánea ocurre simultáneamente en bibliotecas, escuelas, barrios, redes digitales, industrias audiovisuales y espacios comunitarios.


Porque el horizonte humanista de una transformación cultural auténtica no consiste en imponer uniformidades doctrinarias. Su propósito radica en ampliar las capacidades colectivas para comprender el mundo y transformarlo. Allí el arte desempeña una función irremplazable. Las obras más poderosas no entregan respuestas prefabricadas. Amplían la sensibilidad histórica, revelan contradicciones invisibilizadas, cuestionan naturalizaciones opresivas y enriquecen el repertorio simbólico disponible para imaginar futuros distintos.


Y la conciencia de clase ocupa un lugar central en este proceso porque ninguna comprensión rigurosa de la realidad mexicana puede prescindir del análisis de las relaciones sociales que organizan la producción y distribución de la riqueza. La cultura dominante ha invertido enormes recursos para fragmentar percepciones colectivas, aislar experiencias individuales y ocultar las conexiones estructurales entre explotación económica, discriminación cultural y concentración del poder. Recuperar esas conexiones constituye una tarea intelectual y ética de primera magnitud.


No se trata de reducir toda creación artística a una función pedagógica inmediata. Una visión semejante empobrecería la complejidad de la experiencia estética. La cuestión consiste en reconocer que toda producción cultural participa objetivamente en conflictos históricos más amplios, aun cuando sus autores no lo adviertan. Ninguna obra emerge en el vacío. Toda forma artística dialoga con condiciones materiales concretas, con tradiciones específicas y con antagonismos sociales determinados.


México posee una riqueza cultural extraordinaria acumulada a lo largo de siglos de resistencia, mestizaje, creatividad popular y elaboración crítica. Allí residen recursos inmensos para una transformación profunda de la conciencia colectiva. Comunidades indígenas, movimientos campesinos, organizaciones obreras, tradiciones pedagógicas emancipadoras, expresiones artísticas comunitarias y experiencias de comunicación popular conforman un patrimonio vivo cuya potencia permanece parcialmente desaprovechada.


Tal lentitud observada en la revolución de las conciencias no debe interpretarse exclusivamente como signo de fracaso. También refleja la complejidad del terreno disputado. Las formas de dominación simbólica construidas durante generaciones no desaparecen con facilidad. Conservan recursos materiales, redes institucionales y capacidades de influencia considerables. Frente a ellas, la construcción de una nueva cultura democrática exige perseverancia histórica, imaginación estratégica y una confianza profunda en las capacidades creadoras del pueblo.


Toda transformación auténtica de la cultura requiere abandonar la ilusión de los resultados instantáneos. La conciencia colectiva se mueve mediante procesos acumulativos donde educación, comunicación, arte, memoria y organización social interactúan permanentemente. Allí reside la verdadera dimensión del desafío mexicano contemporáneo. No basta con administrar mejor el presente. Es necesario producir nuevas formas de sensibilidad capaces de reconocer la dignidad del trabajo, la centralidad de la cooperación humana y el valor irreductible de la justicia social.


En esa larga marcha histórica, la cultura deja de ser un adorno institucional para convertirse en una fuerza decisiva de emancipación, una energía creadora destinada a desmontar los mecanismos simbólicos de la desigualdad y a abrir horizontes donde la inteligencia colectiva pueda reconocerse como autora consciente de su propio destino. El presupuesto federal mexicano destinado al Ramo 48 Cultura para 2026 asciende a aproximadamente 15.082 millones de pesos. La cifra oficial fue publicada por la Secretaría de Cultura en el Diario Oficial de la Federación.


Para dimensionar el dato, conviene compararlo con el gasto total aprobado por el Estado mexicano. El Presupuesto de Egresos de la Federación para 2026 ronda los 10,2 billones de pesos, de modo que Cultura representa cerca de un 0,15 % del gasto federal total. Esa proporción resulta extremadamente baja para un país de más de 130 millones de habitantes, con una de las herencias civilizatorias más vastas del planeta, decenas de pueblos originarios, una producción artística gigantesca y una necesidad urgente de disputar la hegemonía cultural de los monopolios mediáticos. Desde una perspectiva histórica y estratégica, el problema no reside únicamente en el monto absoluto; reside en la concepción misma de la cultura como gasto secundario.


La pregunta decisiva es cuánto debería invertirse.


No existe una cifra universalmente correcta. Sin embargo, numerosos especialistas en políticas culturales sostienen que un país con las dimensiones, complejidad y riqueza cultural de México debería destinar entre un 1 % y un 2 % del presupuesto nacional al desarrollo cultural integral. Eso implicaría un rango aproximado de entre 102.000 millones y 204.000 millones de pesos anuales, tomando como referencia el presupuesto federal actual.


En términos concretos:


Presupuesto actual: ~15.000 millones de pesos.


Piso razonable para una transformación cultural profunda: ~100.000 millones.


Meta estratégica de largo plazo: ~200.000 millones.


La diferencia es enorme. Equivale a multiplicar entre seis y trece veces los recursos actuales.


Ahora bien, aumentar el presupuesto no resolvería automáticamente el problema. Existen países que gastan mucho más y producen escasa democratización cultural. La cuestión central radica en el destino social de la inversión.


Una política cultural transformadora tendría que concentrar recursos en:



1. Redes nacionales de bibliotecas, editoriales públicas y distribución gratuita de libros.

2. Escuelas de arte populares en barrios obreros, comunidades indígenas y zonas rurales.

3. Producción audiovisual pública de gran escala capaz de competir con las plataformas privadas.

4. Formación masiva de promotores culturales.

5. Protección salarial para creadores, investigadores y trabajadores culturales.

6. Restauración del patrimonio histórico.

7. Desarrollo tecnológico soberano para circulación cultural digital.

8. Medios públicos dedicados a la educación estética y científica.

9. Financiamiento directo a proyectos comunitarios.

10. Investigación crítica sobre cultura, comunicación y conciencia social.


Claro que no todo se arregla con más dinero. Y la discusión real no debería formularse únicamente como “¿cuánto cuesta la cultura?”, porque la pregunta encierra una trampa ideológica. Toda sociedad invierte gigantescas cantidades en producir conciencia. La diferencia consiste en quién controla esa producción.


Cuando los recursos públicos para cultura son mínimos, la formación simbólica de millones de personas queda en manos de corporaciones mediáticas, plataformas digitales y mercados publicitarios cuya lógica fundamental es la rentabilidad. En tal escenario, el Estado termina gastando poco en cultura mientras el capital privado invierte fortunas en fabricar imaginarios, deseos, hábitos de consumo y percepciones políticas. México no enfrenta una carencia cultural. Enfrenta una contradicción entre la inmensa riqueza creadora de su pueblo y la reducida magnitud de la inversión destinada a convertir esa riqueza en fuerza histórica organizada. Y una política de cultura comprometida profundamente con la Revolución de las Conciencias, que es materia obligada para todos y todas, en cada ámbito de la verdadera transformación objetiva y subjetiva de México.