19 noviembre, 2017

Una máquina que funciona por vosotras, pero no para vosotras


Trabajador de una mina de coltan

"Si los objetos para el uso se convierten en mercancías, ello se debe únicamente a que son productos de trabajos privados ejercidos independientemente los unos de los otros. El complejo de estos trabajos privados es lo que constituye el trabajo social global". (Marx 1873a: 89).
"Como los productores no entran en contacto social hasta que intercambian los productos de su trabajo, los atributos específicamente sociales de esos trabajos privados no se manifiestan sino en el marco de dicho intercambio. (…) [A los productores], por ende, las relaciones sociales entre sus trabajos privados se les ponen de manifiesto como lo que son, vale decir, no como relaciones directamente sociales trabadas entre las personas mismas, en sus trabajos, sino por el contrario como relaciones propias de cosas entre las personas y relaciones sociales entre las cosas". (Marx 1873a: 89).



“Se entiende por mercancía simplemente un producto que pasa de una persona a otra, pero la mercancía más que esto es una forma específica de producto humano, una forma social, que ha llegado a ser predominante en la sociedad.
La mercancía posee una estructura particular, es un producto destinado desde el principio a la venta y al mercado. En una economía de mercancías no cuenta la utilidad del producto sino su capacidad de venderse y de transformarse por mediación del dinero en otra mercancía, solo se accede a un valor de uso por medio de la transformación del propio producto en valor de cambio, en dinero.
Una mercancía en cuanto tal no se halla definida por el trabajo concreto que ha producido, sino que es un trabajo abstracto, es decir, la cantidad de tiempo de trabajo que se ha gastado en producirla. De esto deriva un grave inconveniente: no son los hombres mismos quienes regulan la producción en función de sus necesidades, sino que hay una instancia anónima, el mercado, que regula la producción. Quedando los hombres atrapados en un mecanismo ciego, para el cual se produce pero que no se puede controlar.
En la medida en que la mercancía y el fetichismo ocupen un lugar central en la sociedad, se produce una mayor distancia en las relaciones sociales, como una máquina que funciona sola, sin lugar para las relaciones sociales entre los sujetos, es decir, las mercancías comienzan a relacionarse por nosotros”.


“Nadie puede hablar por los demás”
“Toda idea de representación colectiva es totalitaria”
Néstor Kohan

17 noviembre, 2017

Contra quienes justifican la servidumbre en vez de denunciarla.




Nos reconocemos como proletarios porque esa es nuestra condición concreta dentro de esta sociedad. El concepto “proletario” no se refiere a ninguna ocupación específica en la economía de mercado, sino al modo de existencia de los que no tienen ningún poder de decisión sobre su propia vida, porque están privados de los instrumentos materiales para producirla. Este despojo vital no lo sufren únicamente los obreros de fábrica, sino todos los que deben vender su fuerza de trabajo para subsistir, sin importar cuánto se les pague.

No hay salarios más justos que otros; el salario en sí es la principal forma de esclavitud moderna, de proletarización. Pero no es la única forma. También están despojados de su propia vida los que han sido arrojados a la indigencia, encerrados en prisiones y manicomios, embrutecidos en escuelas y universidades, masacrados en la guerra imperialista, o condenados a sobrevivir en las cloacas del mercado.

Para decirlo de una vez: el proletariado es esa inmensa mayoría de la humanidad que está impedida de vivir porque debe “ganarse la vida” de una forma u otra.

Asumirnos como proletarios no tiene nada que ver con esos ridículos esfuerzos por “construir identidad”. Nadie elige ser proletario. Uno nace proletario como se nace siendo esclavo, o bien es proletarizado por las fuerzas ciegas de la economía; y en ambos casos no hay nada de qué enorgullecerse. Estar proletarizado no es ninguna virtud, no es una condición que nos interese reafirmar ni defender, no nos complace como a los ecologistas, okupas o gays les complace la identidad que tan “libremente” eligieron para presentarse en sociedad. El único motivo de orgullo para los proletarios es luchar contra el mundo de la propiedad y del Estado, contra sus excrementos culturales y psicológicos, y contra todos los que justifican la servidumbre en vez de denunciarla.

Ai ferri corti. Grupo anarco comunista



Los dos bandos y la izquierda contemplativa - Carlo Frabetti






En estos momentos decisivos, quien no se opone abiertamente al terrorismo de Estado, se convierte en su cómplice.

No hay ni puede haber dos Españas, puesto que ni siquiera hay una; pero sí que hay dos bandos irreconciliables, que, en última instancia, son los mismos de siempre (ya lo dijo Platón mucho antes que Marx: “En todas las ciudades, grandes y pequeñas, hay dos bandos en guerra permanente, los ricos y los pobres”). Los mismos de siempre, pero con peculiaridades muy relevantes, que al parecer están confundiendo a algunos sectores de la izquierda.

La más importante de estas peculiaridades es la confluencia de antiguas reivindicaciones soberanistas e identitarias con antiquísimas reivindicaciones de clase. No todos los independentistas catalanes son de izquierdas, no todos aspiran a construir una república socialista; pero un buen número de ellos han comprendido (como muchos vascos, como la mayoría de los cubanos) que en el seno del capitalismo salvaje no hay espacio para la libertad y la justicia, y que la defensa de la propia independencia es un aspecto fundamental de la lucha contra un imperialismo depredador que quiere arrebatarles a los pueblos su identidad para poder arrebatarles todo lo demás. Y al igual que en Euskal Herria, en Catalunya la izquierda independentista no ha excluido la posibilidad de aliarse coyunturalmente con un sector de la burguesía, ante la imperiosa necesidad de hacer frente a un Estado terrorista dispuesto a todo con tal de impedir la autodeterminación de las personas y de los pueblos.

A algunos, entre los que me incluyo, nos chirrían y preocupan estas alianzas interclasistas; pero tan simplista como dejar de lado esta preocupación sería –es– rasgarse las vestiduras y tirar del manual del perfecto comunista. “Ni guerra entre los pueblos ni paz entre las clases”, no lo olvidemos nunca, y menos en estos tiempos confusos; “La religión es el opio del pueblo”, recordémoslo todos los días; pero analicemos cuidadosamente cada coyuntura concreta antes de hacer algo o dejar de hacerlo en función de una consigna.

He oído a viejos camaradas decir que el procés es una maniobra de la burguesía catalana y que se niegan a apoyar a meapilas como Junqueras y Puigdemont (por no mencionar los exabruptos de Frutos); una visión tan simplista como su contraria: la de quienes dicen -con horror o entusiasmo, según los casos- que el procés es una revolución orquestada por los antisistema.
Para bien o para mal (y de nosotros depende que sea para bien), la realidad no es tan simple.

Los puristas de la izquierda contemplativa deberían recordar que Chávez tenía una virgencita en su despacho y cada dos por tres esgrimía su crucifijo de bolsillo para ahuyentar a los vampiros del imperialismo; deberían recordar que el catolicismo es un fenómeno sumamente complejo y contradictorio, en el que tienen cabida cosas tan dispares como la teología de la liberación y los Legionarios de Cristo, y que en Catalunya hay un influyente sector de la Iglesia que tiene poco que ver con el nacionalcatolicismo del Opus Dei y la Conferencia Episcopal; deberían recordar que la burguesía catalana está escindida, y que la izquierda puede y debe aprovechar esa fisura. Y, sobre todo, deberían recordar los puristas que, en ocasiones, se puede avanzar junto a extraños compañeros de viaje sin renunciar a nada importante. Y que ahora no se trata de alterar un resultado electoral dentro del juego parlamentario al uso (como cuando el PSOE apelaba al “voto útil”), sino de asestar un golpe contundente, tal vez decisivo, a un Gobierno podrido y un Estado terrorista.

Ahora mismo, los dos bandos, pese a todas las complejidades y provisionalidades, se definen e identifican claramente: a un lado, los sinvergüenzas que siguen diciendo que esto es una democracia y los necios que se lo creen; al otro, los que tienen claro que hay que acabar con la España negra de los herederos de Franco, con su bandera mutilada y con el españolismo del “a por ellos”. Y tal como están las cosas, y por más que se empeñen los equidistantes en nadar y guardar la ropa, quien no está en un bando, está en el otro. En estos momentos decisivos, quien no se opone abiertamente al terrorismo de Estado, se convierte en su cómplice.

16 noviembre, 2017

Slaughterbots (tecnología asesina)

        
          De ANNARKY`S BLOG

Los poderes fácticos tienen en la tecnología una extraordinaria y terrible herramienta con la que aumentar su control sobre nosotros. Una herramienta destinada a proteger y ampliar su poder y su riqueza a expensas de la sostenibilidad, la justicia y la igualdad. El poder, la codicia y la guerra se encuentran entre los principales impulsores de la tecnología actual, lo que a su vez abre la puerta a un mundo aterrador que escapa cada vez más al control de la gente.
El siguiente vídeo nos muestra una imagen de pesadilla, la más sofisticada tecnología en manos de los poderosos. No sé cuán lejos podremos estar de este escenario o si es ya una realidad, pero no tengo duda alguna de que hay quienes trabajan tenazmente para alcanzarlo. Sólo la gente puede evitar que esto se convierta en realidad.

Una razón más, y urgente, para que nos unamos y derribemos este sistema de locura que es el mundo capitalista de hoy. No creo que dispongamos de mucho tiempo, estoy seguro de que el punto de no retorno está muy cerca. 
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Los comunistas ante el agujero negro del nacionalismo español - Ángeles Maestro




El futuro nos demanda hoy vías de confluencia política entre organizaciones de los pueblos del Estado que entendemos que la tarea principal es la lucha contra el enemigo común.

Lo que más temen la oligarquía del Estado español es que la clase obrera vuelva a descubrir que los representantes políticos de quienes le destrozan la vida a diario son los mismos que disfrazados de patriotas aplastan los derechos nacionales de los pueblos. Ellos, plenamente conscientes de sus intereses de clase, en el conflicto de Cataluña están usando a fondo en los medios de comunicación a su servicio a personajes de la izquierda española para intentar impedir que conciencia de clase y derecho de autodeterminación se aúnen, como hicieron en la lucha contra la Dictadura.
Para ello están contando con el impagable, o no, apoyo de Alberto Garzón, coordinador de IU y Paco Frutos, ex secretario general del PCE, reeditando el papel de apagafuegos desempeñado por ambas organizaciones desde la Transición ante situaciones que dificultaran el control por parte de las clases dominantes.
Esa función fue perfectamente identificada, ni más ni menos que por un editorial de ABC que reflexionaba sobre los peligros de desaparición de IU tras su fracaso electoral en 2004. Reconocía perfectamente este diario sus intereses de clase y decía así: “El paisaje democrático español ofrece históricamente un espacio claro a la izquierda del PSOE, donde debe asentarse una formación que refuerce la centralidad política de la socialdemocracia y al tiempo sirva como dique de contención para las tentaciones antisistema. IU ha ejercido, desde su refundación a partir del viejo PCE, como factor de estabilidad que ha cargado a sus espaldas con los distintos impulsos de izquierda alternativa que se han ido configurando tras la crisis del marxismo tradicional, evitando que se produzcan tentaciones escapistas y rupturistas al margen de los cauces de la democracia (1).
La obsesión de las clases dominantes, desde Franco hasta ahora, es tratar de evitar que la clase obrera vuelva a descubrir la íntima vinculación en el Estado de español entre la lucha contra la explotación y la de los pueblos por sus derechos nacionales. Como saben los dos personajes autocalificados de comunistas, la mejor historia del PCE, la anterior a la Transición, está repleta de programas y discursos que identificaban al nacionalismo español con todo lo retrógrado y cavernario y al progreso con la lucha de la clase obrera por su emancipación y por la libertad de los pueblos.
Especialmente emblemático es el mitin, en el Monumental Cinema de Madrid, en el que José Díaz, Secretario General del PCE, identificaba el día 2 de junio de 1935 entre los 4 pilares básicos que debían sustentar el futuro Frente Popular: La liberación de los pueblos oprimidos por el imperialismo español. Que se conceda el derecho de regir libremente sus destinos a Catalunya, a Euskadi, a Galicia y a cuantas nacionalidades estén oprimidas por el imperialismo de España (2).
 En otra intervención que lleva por expresivo título ¿Quiénes son los patriotas? el dirigente del PCE afirmaba el 9 de febrero de 1936, pocos días antes de que el Frente Popular ganase las elecciones: Queremos que las nacionalidades de nuestro país, Cataluña, Euzkadi y Galicia, puedan disponer libremente de sus destinos, ¿por qué no?, y que tengan relaciones cordiales y amistosas con toda la España popular. Si ellas quieren librarse del yugo del imperialismo español, representado por el Poder Central, tendrán nuestra ayuda. Un pueblo que oprime otros pueblos no se puede considerar libre. Y nosotros queremos una España libre (3).
Esta tradición permaneció intacta durante toda la lucha contra la Dictadura hasta los largos prolegómenos de la Transición. El abandono del Derecho de Autodeterminación formó parte de la inmolación del PCE –y de paso, del potente movimiento obrero forjado en la lucha contra la Dictadura– ante el Régimen del 78 que, como estamos viendo, mantenía la herencia franquista.
La defensa de las organizaciones comunistas del derecho de autodeterminación de los pueblos no es ni una excepción, ni una anomalía. Constituye una de las más importantes aportaciones del partido bolchevique, y especialmente de Lenin a la historia política del movimiento obrero. Su negación en un Estado atravesado históricamente por reivindicaciones nacionales por parte de quienes se llaman dirigentes comunistas, o bien se trata de una ignorancia imperdonable, o más probablemente, de un acto de colaboración de clase.
La primera afirmación de Lenin, rotunda, inapelable, realizada en su documento “El derecho de las naciones a su autodeterminación” (que recomiendo vivamente a quien quiera conocer con rigor la posición comunista al respecto) es que tal derecho no significa otra cosa que no sea el derecho de una colectividad a formar un Estado nacional independiente (4). Este reconocimiento por parte de los comunistas requiere que exista un pueblo que lo reclame, el cual –evidentemente– es el depositario de la decisión al respecto. Es incuestionable que en Cataluña hay una parte importante de su pueblo que lo reclama y si es o no mayoritaria, es precisamente lo que se trataba de comprobar el 1 de octubre.
Las declaraciones de Cayo Lara, ex coordinador general de IU negando el derecho del pueblo catalán a decidir su futuro "unilateramente porque forma parte del Estado y el resto de españoles también tienen que opinar" son de una indigencia política que provoca vergüenza ajena.
En segundo lugar, el Derecho de Autodeterminación es, ni más ni menos, un derecho político democrático, que no excluye ni las relaciones de explotación en su seno, ni la hipotética opresión hacia otras naciones.
El alineamiento de Alberto Garzón con el nunca nombrado nacionalismo español ha llegado a cotas muy altas, como cuando calificaba de “provocación” (¿a quién?) la declaración de independencia o como cuando, desde posiciones comunistas(?), descalificaba el referéndum por “ilegal” o la DUI por “carecer de valor jurídico”. Es tan evidente que esas declaraciones podrían haber salido del PP o del PSOE y al tiempo el llamamiento al respeto al orden establecido es tan incompatible con posiciones mínimamente revolucionarias que ni siquiera me detengo a comentarlas.
Sí quiero puntualizar su descalificación de todo el proceso catalán por el papel jugado en él por la burguesía. Primero porque se ha mostrado con toda claridad como la gran burguesía catalana, la del IBEX 35, milita en la Brunete del 155 y sobre todo porque ante una reivindicación estrictamente democrática como ésta, que la hegemonice o no la burguesía no es argumento para que las organizaciones de la clase obrera no la respalden.
Es decir, que el apoyo de las organizaciones comunistas a tal Derecho sólo significa el apoyo a la nación oprimida, frente a la nación opresora. Hasta ahí, nada más.
Uno de los aspectos centrales de toda esa posición política supuestamente antinacionalista es su negación de la existencia del nacionalismo español y todo ello a pesar de las duras exhibiciones de lo más rancio de la caverna política y de sus medios de comunicación, que antes les ninguneaban y que ahora les han convertido en héroes.
Las palabras de Lenin no ofrecen dudas: “La significación real de clase de la hostilidad liberal al principio de autodeterminación política de las naciones es una, y sólo una: nacional-liberalismo, salvaguarda de los privilegios estatales de la burguesía de la nación opresora” (5).
Situando el análisis en lo concreto de nuestra historia, es innegable que la clase obrera –cuya lucha llevaba implícita la reivindicación del derecho de autodeterminación– llegó a la Transición con una hegemonía clara que le permitía además articular y poner su impronta en el resto de los combates. El hecho de que no se produjera la Ruptura sino el gran cambalache llamado Transición –que contó con la participación decisiva del principal partido de la clase obrera, el PCE, y que conllevó la lenta pero inexorable demolición de la fuerza lograda y de la independencia de clase– tuvo como consecuencia la aparición en primer plano de las reivindicaciones nacionales en las nacionalidades históricas con una muy débil marca de clase. Por eso, resulta aún más llamativo que sean representantes de la organización que hizo el favor más grande a las clases dominantes quienes esgriman, precisamente ahora, la posición de clase para desacreditar una reivindicación que, como explicaba en un reciente artículo6, tiene la enorme virtud de debilitar el engranaje de la Transición, enemigo a la vez de la clase obrera y de los derechos nacionales de los pueblos.
En una situación análoga, la de Irlanda, Marx da una brillante lección de coherencia de clase. Como es bien sabido, tanto él como Engels habían identificado a la clase obrera inglesa como la más avanzada, la llamada a hacer la primera revolución obrera. Según ese análisis, la reivindicación democrático-nacional de la independencia de Irlanda tenía una importancia muy secundaria, por cuanto se resolvería en ese proceso. Pero, dice Marx, las cosas han ocurrido de manera diferente. La clase obrera inglesa ha caído bajo la influencia de los liberales, decapitándose ella misma con una política liberal. Por contra el movimiento burgués (así lo define Marx) de liberación de Irlanda se ha acentuado y ha adquirido formas revolucionarias. Y el sabio Marx corrige su posición y dice: “La clase obrera de Inglaterra no podrá liberarse, mientras Irlanda no se libere del yugo inglés. El sometimiento de Irlanda fortalece y nutre a la reacción en Inglaterra”.
Lenin destaca el valor ejemplar de esta posición de Marx y Engels e indica que es “Una advertencia contra la precipitación lacayuna con que los pequeños burgueses de todos los países, lenguas y colores, se apresuran a declarar “utópica” la modificación de las fronteras de los Estados creados por las violencias y los privilegios de los terratenientes y la burguesía de una nación” (7).
Finalmente es preciso diferenciar la política de la clase obrera y la de la burguesía en cuanto al problema nacional, porque en modo alguno debe subordinarse una a la otra.
Para la primera, el interés superior desde el que se evalúa toda reivindicación nacional y toda separación nacional, es el de la lucha de clases, el de la unidad de la clase obrera de todos los países.
Así frente a posiciones simplistas que claman por el “internacionalismo” para justificar posiciones que, quiérase o no, fortalecen al nacionalismo más retrógrado de la nación opresora, la unidad y la solidaridad de clase –máxime cuando la represión arrecia– exige demostraciones prácticas. Es imprescindible que quede absolutamente claro para el pueblo de la nación oprimida que de ninguna manera las organizaciones políticas de la clase obrera transigen o se contagian con ese nacionalismo español que constituye la piedra angular de la ideología de los vencedores de la guerra civil.
La estrategia del nacionalismo español que funde el Régimen del 78 a PP y PSOE ha sido y es, el enfrentamiento entre pueblos, mediante la intoxicación mediática más burda y la utilización de referentes de la izquierda para sus intereses. Precisamente en aras del objetivo superior de la unidad de la clase obrera de todos los países, del internacionalismo, es preciso colocarse nítida y firmemente al lado de la nación oprimida y del pueblo reprimido, contra el nacionalismo español.
En 1902, en los debates del partido bolchevique sobre el tema que Lenin recupera se decía: “Esta reivindicación, que no es obligatoria para los demócratas burgueses, es obligatoria para los socialdemócratas. Si nos olvidáramos de ella o si no nos decidiéramos a propugnarla, temiendo herir los prejuicios nacionales de nuestros compatriotas rusos, se convertiría en nuestros labios en mentira odiosa el grito de combate: ¡Proletarios de todos los países, uníos!
La tradición histórica comunista, la teoría y la práctica es clara al respecto. Los burdos argumentos esgrimidos por Garzón, Frutos y Lara intentan cubrir las vergüenzas de una izquierda que vendió su esencia revolucionaria y su coherencia de clase en la Transición. Sus dirigentes siguen buscando el efímero lugar al sol que les concede el poder por los servicios prestados, considerándoles “hombres de Estado” entonces, o ahora, invitándoles a sus tertulias.
Es evidente que por ahí, no hay ningún camino. El futuro nos demanda hoy abrir vías de confluencia política entre las organizaciones de los pueblos del Estado español que entendemos que la tarea principal es la lucha contra el enemigo común; ese Régimen de la Transición sostenido fundamentalmente por PP y PSOE, que empieza en la Monarquía, sigue en la Audiencia Nacional, en el Tribunal Constitucional y en todas las leyes represivas que llenan las cárceles de hombres y mujeres que están ahí por luchar por los derechos de la clase obrera y por la libertad de los pueblos.
Escribo este texto pensando y rindiendo homenaje a toda la militancia comunista que dio su vida por la emancipación de su clase y la libertad de los pueblos.
13/11/2017
Ángeles Maestro, militante de Red Roja

5 Op. Cit.
7 Op. cit en nota 4 y 5.



15 noviembre, 2017

Esa ilusión que llamamos experiencia - Karmelo Iribarren



Karmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959) fue fontanero, vendedor de enciclopedias y camarero en una residencia de ancianos. Pero sobre todo fue el tabernero sombrío del Akerbeltz, según se mira al fondo de la Parte Vieja de Donosti, a la izquierda, un antro inolvidable de cuando, allí, tras la barra, en los tiempos muertos, Iribarren escribía.

Los espejos

No los domésticos,
estratégicamente dispuestos
para que te digan siempre
lo que quieres oír,

sino los otros,
los que no tienen dueño,
los de los bares,
los de los comercios,
los de los vestíbulos del hotel,

esos son los que te dicen la verdad:
que no eres nada, nadie,
en realidad,
                  sólo uno más
que pasaba por allí.

         ***

Vamos acumulando años
y ceniza,
la de los entusiasmos apagados.

Con ella,
con la ceniza, creamos
esa ilusión que llamamos experiencia,
y que sólo nos sirve,
en ocasiones,
para disimular apenas
tanta nostalgia de la vida.

Y luego, un día,
llega el viento y nos dispersa,
borrándonos.

         ***

Ándate con cuidado.
Que no se entere nadie
de que lo pasas bien,
que tu vida funciona
y eres feliz a ratos.

Hay gente que es capaz
de cualquier cosa,
cuando ve una sonrisa.

        ***

Qué hago
mirando la lluvia,
si no llueve.

        ***

No sucede nada, no temas.
Sólo es el tiempo.
                             Nos ha pasado
como una exhalación
y hemos tenido que arrimarnos un poco
al arcén. Pero
ya contábamos con eso.
Mira, la noche (allí enfrente,
Esperando) aún lejos.
                               Ven,
salgamos  fuera.
                                Todavía
nos queda mucho
atardecer.

        ***

Con los días contados,
chaval, así vivimos
todos. Esperando
a que nos tachen
de la lista. Distrayendo
la espera con tragos
y canciones. No hay más.
Puedes llorar o morirte
de risa. Como prefieras.



14 noviembre, 2017

La patria de los obreros - Carlo Frabetti




27/09/2017

En ciertos sectores de la izquierda todavía persiste la idea –tan absurda como conveniente para los poderes establecidos– de que el independentismo y el internacionalismo son incompatibles, por no decir antagónicos. El internacionalismo une a los pueblos, mientras que el independentismo los divide, argumentan algunos, ya sea de forma ingenua o tendenciosa. De forma tan ingenua o tan tendenciosa que olvidan incluso algo tan elemental como que, por definición, el internacionalismo presupone la existencia de diversas naciones –y nacionalismos– capaces de interrelacionarse solidariamente. Lo que, a su vez, supone entender el nacionalismo no como la exaltación arrogante de determinadas peculiaridades culturales ni como la reivindicación excluyente de privilegios arbitrarios, sino como la pura y simple afirmación de la propia identidad y de la propia soberanía frente a quienes las niegan o las limitan. Y en una época en la que el capitalismo adopta la forma de un imperialismo avasallador que intenta arrebatarles a los pueblos su identidad para poder arrebatarles todo lo demás, la defensa de la soberanía y el derecho de autodeterminación se convierte en un aspecto fundamental de la lucha anticapitalista.

Así lo han entendido la mayoría de los cubanos, para quienes “socialismo o muerte” y “patria o muerte” se han convertido en lemas equivalentes, puesto que tienen muy claro que la defensa de su soberanía nacional y la defensa de su proceso revolucionario son una misma cosa. Así lo ha entendido una buena parte del pueblo vasco, cuya lucha contra la opresión de los estados español y francés se funde y se confunde con la lucha de clases. Y así lo han entendido también diversas organizaciones independentistas catalanas, gallegas, castellanas, aragonesas, andaluzas… Y así empiezan a entenderlo, por fin, algunas formaciones de izquierdas de ámbito estatal.

Sin embargo, el incontenible clamor soberanista que en estos días sacude Catalunya ha provocado el paradójico rechazo de una parte de la izquierda, esa que repite como jaculatorias ciertas consignas marxistas que, sacadas de contexto, dejan de tener sentido o, lo que es peor, se prestan a todo tipo de tergiversaciones. Y una de las más equívocas de esas consignas descontextualizadas (que llevaron al propio Marx a decir “Yo no soy marxista”), invocada recurrentemente por quienes se oponen al independentismo, es “Los obreros no tienen patria”. En el marco del Manifiesto comunista, la frase tiene pleno sentido, pues lo que dicen expresamente Marx y Engels es que el proletariado no puede identificarse con el modelo de nación burgués –basado en la explotación de unas personas por otras y de unos países por otros– y ha de construir su propio modelo solidario; fuera de ese contexto, la frase se ha utilizado a menudo para cuestionar las reivindicaciones identitarias y soberanistas de los pueblos oprimidos, y la izquierda institucional no puede hacerse cómplice de esta manipulación.

Cuando en América Latina y en Oriente Próximo los desheredados del mundo libran una batalla decisiva contra el imperialismo, las privilegiadas izquierdas europeas tienen la insoslayable responsabilidad política e histórica de unirse en un frente común, en una quinta columna que desde el propio interior de los países ricos, desde el corazón de la bestia, contribuya a desbaratar los planes de expolio y exterminio de un capitalismo exasperado que también entre nosotros, y hoy más que nunca en Catalunya, está mostrando su rostro más brutal.

13 noviembre, 2017

12 noviembre, 2017

Verdadero / falso - Manuel Sacristán




"A mí el criterio de verdad de la tradición del sentido común y de la filosofía me importa. Yo no estoy dispuesto a sustituir las palabras “verdadero” y “falso” por las palabras “válido” / “no válido”, “coherente” / “incoherente”, “consistente /  “inconsistente”. No; para mí las palabras buenas son “verdadero” y “falso”, como en la lengua popular, como en la tradición de la ciencia. Igual en Pero Grullo y en boca del pueblo que en Aristóteles. Los del ”válido” / ”no válido” son los intelectuales, los tíos que no van en serio".   

"La negativa a aceptar que los hombres son lo que y como son, y que ya con lo que son y como son hay bastante para luchar contra tiranías y aberraciones, es la base de todos las memeces y todas los desvaríos de los ideólogos progresistas".

"Ningún individuo ni pueblo tiene más sentido que el de vivir, incluyendo en el vivir la muerte. Todo lo demás, todas las vestimentas patriotas son ideología encubridora de dominio".

"El estalinismo ha sido una tiranía sobre la población soviética, una tiranía asesina sobre el proletariado soviético y conservar la nostalgia de eso es estúpido y criminal".

"La democracia es una forma de organización política, es decir, una forma de Estado, en sentido estricto, y a mí me parece que el socialismo radical, el socialismo en serio, tiene que conservar suficiente parentesco con el anarquismo, como para no considerar bien absoluto ninguna forma de Estado político, de Estado en sentido estricto".

"La tesis que identifica la clase obrera con su estado -tesis tan cómoda para los burócratas y tan atractiva para el dogmatismo de izquierda o de derecha- es, por su falta de análisis previo, mera mística (izquierdista o derechista) o mera hipocresía (burocrática), ausencia de todo ejercicio de las categorías de la reflexión. No hay identidad metafísica entre el proletariado y su estado. Si la hubiera, no se ve por qué habría que desear la extinción del estado proletario. Y como no hay tal identidad, la clase ha de ponerle bozal a su propia Bestia: ha de imponerle la legalidad socialista. El poder político -según la teoría marxista- es un mal, aquí y donde sea. Mientras hay Estado, el desprecio de la juridicidad socialista, aunque se crea revolucionario, es en realidad, a la corta o a la larga, complicidad con la Bestia". 

Manuel Sacristán.