19 septiembre, 2018

Sobrevivir gracias a la muerte - Pascual Serrano

Borrell dice que las bombas que se enviarán a Arabia Saudí son de precisión y no producen efectos colaterales


cuartopoder -16/09/2018

Finalmente el Ministerio de Defensa ha autorizado el envío a Arabia Saudí del cargamento de 400 bombas de precisión láser paralizado por Margarita Robles la pasada semana. El gobierno saudí amenazó con suspender a su vez la compra a España de cinco corbetas por valor de 1.813 millones de euros, de llevarse a cabo la suspensión de contrato anunciada por la ministra. Este contrato, según la empresa pública encargada de la construcción, Navantia, generaría cerca de 6.000 puestos de trabajos, entre directos e indirectos. El asunto ha provocado un interesante debate entre intereses y valores enfrentados. Por un lado, trabajadores que veían peligrar sus empleos y que se vieron apoyados por diferentes políticos, especialmente por el alcalde de Cádiz, José María González, Kichi, quien afirmó: “el contrato (de Navantia con Arabia Suadí) me parece necesario. Significa trabajo y nosotros somos constructores de barcos, lo hemos hecho desde la época de los fenicios. En Arabia Saudí los derechos humanos no son respetados y estoy en contra de eso, pero mientras, ¿qué comemos? Hoy en día soy alcalde de esta ciudad y la responsabilidad es mirar por el interés de sus vecinos y la construcción de los barcos no va a acabar con la guerra en Yemen. Si no los hacemos nosotros, los harán otros”.

Expuesto lo anterior debemos de contemplar algunos datos necesarios para comprender la situación.

El 25 de marzo de 2015, una coalición internacional dirigida por Arabia Saudí atacó desde el aire a las milicias de los hutíes en Yemen, uno de los países más pobres de Oriente Medio. Era el inicio de la guerra que, desde entonces, golpea a la población del país árabe. Los saudís quieren derrocar a los rebeldes hutíes, de religión chiíta, que llegaron al poder de Yemen a principios de 2015. A diferencia del gobierno anterior de Yemen, el gobierno hutí se alinearía con Irán, Rusia o China, algo intolerable para Arabia Saudí y Estados Unidos. Por ello, en 2015, armas valoradas en casi 546 millones de euros salieron de las fronteras españolas con destino a Arabia Saudí, un 46% más que en 2014.

El mismo año en que comenzó la guerra de Yemen, el Gobierno del Partido Popular autorizó contratos para vender, durante los años siguientes, armamento valorado en 584 millones de euros a esta monarquía del Golfo. Entre los tipos de armas que España permitió exportar al país saudí había rifles, obuses, municiones, torpedos, misiles. Entre ellas estaban las 400 bombas de precisión láser cuya venta se planteó frenar por el Ejecutivo de Sánchez ante el riesgo de que pudieran utilizarse para bombardear Yemen. Las bombas que vamos a vender a Arabia Saudí son similares a las que en 2015, les vendió la Administración de Obama: 4.000 bombas GBU-12 Paveway II. Trump, por su parte, prometió vender 104.000 bombas guiadas a los saudíes.

Uno de los motivos por los que el Gobierno de Pedro Sánchez anunció que revisaría las condiciones de venta de armamento español a los países de la coalición fue que, pocos días antes de esa decisión, el 9 de agosto de 2018, un proyectil lanzado por la coalición liderada por Arabia Saudí cayó sobre un grupo de niños que viajaba en autobús escolar al norte de Yemen. Al menos 40 menores murieron en el ataque.

Amnistía Internacional ha documentado más de 36 bombardeos que “podrían constituir” violaciones y crímenes en virtud del derecho internacional. Las bodas, funerales, los mercados y los centros médicos son algunos de los objetivos de los bombardeos de la coalición liderada por Arabia Saudí en Yemen. El 23 de abril la aviación saudí bombardeó la celebración de una boda en la provincia yemení de Haya, 33 personas fallecieron y 41 resultaron heridas a causa del ataque, cuyo objetivo fueron las tiendas de invitados. Una imagen difundida por medios locales permitió identificar el origen de la munición utilizada en el ataque. Se trataba de los restos de una bomba guiada por láser GBU-12 Paveway II, fabricada por la empresa norteamericana Raytheon. Estos son ejemplos de la “utilidad” y “eficacia” de las bombas que venderemos a Arabia Saudí.

Desde el inicio del conflicto, según datos de Naciones Unidas, 6.660 civiles han muerto y 10.563 han resultado heridos, aunque “la cifra real es probablemente significativamente más alta”, reiteran los expertos. Las fuerzas saudíes también han cometido “tratos crueles y tortura, actos denigrantes, violaciones y al reclutamiento de niños menores de 15 años o haberlos utilizado como parte activa en las hostilidades”, según la ONU. Un total de 2,3 millones se han desplazado internamente a causa de la violencia.

En cuanto a las corbetas que estamos fabricando para los saudíes, que nadie imagine que son unos pacíficos barcos civiles. Se trata de buques de guerra que, en el mejor de los casos, sirven, según denuncian las ONG’s, para mantener el bloqueo naval que impide a Yemen la llegada de la ayuda humanitaria.

En esas corbetas se transportan helicópteros artillados (NH-90, AB-212, AB-412 o Eurocopter AS-565) y hasta dos embarcaciones semirrígidas de 5,5 metros de eslora cada una, lo que permite realizar acciones de asalto. Al tratarse de un buque de guerra, puede incorporar varios cañones de hasta 76 mm y sistemas de misiles SAM y SSM, así como dos lanzadores triples de torpedos.

Por supuesto que los trabajadores de Navantia y sus familias tienen derecho a sobrevivir. Pero visto la anterior, toca reflexionar si es ético sostener esa manutención en la muerte de miles de civiles por el ejército de una monarquía absolutista. Sentencias del tipo de “si no las vendemos nosotros se las venderán otros” o “mi responsabilidad es mirar por el interés de mis vecinos como alcalde”, como han dicho los sindicatos y el alcalde de Cádiz, son razonamientos inmorales e incluso xenófobos. Recuerda ese argumento de la ultraderecha de que los que importan son los españoles y no los seres humanos. ¿A Kichi le importan los gaditanos (mejor dicho, su puesto de trabajo) y no los seres humanos no gaditanos? ¿De verdad el sindicalismo español no sabe ni de internacionalismo, ni de derechos humanos, ni de solidaridad hasta el punto de interesarse solo por los empleos de su empresa? Hubo un tiempo en que trabajadores de Europa se negaban a trabajar en las industrias que vendían armamento al bando golpista de Franco. Es evidente que todos los que defendemos el fin de la venta de armas a Arabia Saudí o cualquier otra dictadura debemos pensar en una alternativa para esos trabajadores, como desde el ecologismo la planteábamos para los mineros del carbón u otras reconversiones industriales que hubo en España. Algunas veces me parece estar viendo la película El Verdugo, de Berlanga, donde el protagonista plantea que lo suyo es solo un trabajo que, además, quiere que herede su hijo. Porque si se trata de mantener de puestos de trabajo y mantener a tus hijos a costa de cualquier cosa, también el ladrón de bancos o el torturador (menos mal que alguien asumió perder un puesto de trabajo cuando se jubiló Billy el Niño) deberían mantenerse. La humanidad ha mejorado cuando los principios éticos y los derechos humanos se han puesto por delante de cuestiones particulares como el empleo de algunos, es el caso de la prohibición de las bombas de racimo o las minas antipersona, o el embargo a la Sudáfrica del apartheid. Es indiscutible que, en todos esos casos, se perdieron muchos puestos de trabajo, pero se entendió que había un motivo mayor.

Del mismo modo, países como Alemania, Bélgica, Holanda o Noruega ya no autorizan ni exportan armas que se puedan utilizar en el conflicto de Yemen, siguiendo directrices de la ONU y el Parlamento Europeo.

Lo preocupante es que España vive un boom en la venta de armas al mundo como nunca antes en su historia. Los millones de euros facturados entre el 2015 y 2017 han convertido a España en uno de los mayores proveedores mundiales de armas a Arabia Saudí. En estos años, ha ocupado el cuarto puesto en la lista de los principales exportadores de armas a la monarquía del Golfo, y ha conseguido posicionarse como el séptimo país del planeta que más comercializa armamentos y material bélico. Quizás lo que está haciendo la industria militar española es aprovecharse de que otros países sí tienen escrúpulos para apropiarnos de ese mercado.

Existe otro detalle todavía mucho más preocupante, como señala Pere Ortega, del Centre Delàs d’Estudis per la Pau, Navantia, empresa pública propiedad del Estado, es una empresa donde su cuenta de resultados siempre ha sido negativa. En 2016 se perdieron 230 millones, y en los últimos diez años 730 millones de euros. Y si pierde dinero es porque los costes de producción de sus buques son superiores al valor de su venta. Por tanto, las cinco corbetas que se venderán a Arabia Saudí por 1.800 millones para cubrir sus costes de producción deberían tener un valor más elevado. Las pérdidas se subsanan con recursos del Estado, es decir, ni Navantia ni los españoles ganamos dinero vendiendo esas armas a los saudíes, al contrario, se las vendemos por debajo de su coste, estamos subvencionando las armas con las que Arabia Saudí masacra en Yemen o impiden la llegada de alimentos y ayuda humanitaria a una población donde se calcula que siete millones de personas están al borde de la inanición. Este es otro argumento para ir trabajando en una alternativa a los trabajadores de Navantia. Como señala Ortega, los sindicatos de Navantia, el ayuntamiento de Cádiz, el Gobierno de Andalucía y el Gobierno del Estado no se han puesto a investigar y diseñar un plan de conversión de esa naviera. No se ha buscado la complicidad de colegios profesionales de ingenieros, de asociaciones profesionales y de empresarios para llevar un plan de revitalización de la zona. Y seguro que es posible una reindustrialización y puesta en marcha de nuevos servicios en toda la bahía de Cádiz para limitar el impacto negativo de una conversión industrial de Navantia. Según Ortega, ese es el único camino para una empresa, que todos los años pierde dinero y cuyos puestos de trabajo son ineficientes por lo que valdría más la pena estudiar su conversión del ámbito militar y pasar a producir bienes y servicios de carácter civil que, cuando menos, no producirían ese desgarro moral, que es vender armas para la guerra.

Es curioso como, desde el poder, se apoyan unas causas de defensa de puestos de trabajo y no otras. Paradójicamente la mayoría no sabe que España está perdiendo dinero y puestos de trabajo por apoyar las sanciones a Rusia e Irán propuestas por Estados Unidos, puesto que se está bloqueando importantes ventas a esos países, sobre todo de productos agrícolas, sin que ni medios ni gobernantes hayan protestado o al menos reconocido. Países que, por cierto que no están bombardeando a nadie.

La sociedad española en general debe hacer suyo el problema de los puestos de trabajo de Navantia, pero también los trabajadores y sus familias deben hacer suyo el drama de la muerte de miles de personas por las armas que ellos fabrican. Esa es la solidaridad que nos hace humanos.

18 septiembre, 2018

They'll Never Keep Us Down - Songs of the Coal Miner's Struggle - Hazel Dickens







United we stand, divided we fall
For every dime they give us a battle must be fought
So working people use your power the key to liberty
Don't support the rich man's style of luxury

There ain't no way they can ever keep us down
There ain't no way they can ever keep us down
We won't be bought, we won't be sold
To be treated right, well that's our goal
There ain't no way they can ever keep us down

We've been shot, we've been jailed, lord its a sin
Women and children stood right by the men
We've got a union contract that keeps the worker free
They'll never shoot that union out of me

They'll never shoot that union out of me, oh no
They'll never shoot that union out of me
Got a contract in our hand signed by the blood of honest 
men
They'll never shoot that union out of me

The power wheel is rolling, rolling right along
The government is keep it going going strong
so working people get your help from your own kind
Your welfare on the rich man's mind

Your welfare on the rich man's mind
Your welfare on the rich man's mind
They want the power in their hands just to keep out of the workers hands
Your welfare on the rich man's mind

They'll never, never, never keep us down
They'll never, never, never keep us down
The cheat, rob and kill but we'll stop that big wheel
They'll never, never, never keep us down

15 septiembre, 2018

Argentina: Miles de trabajadores y trabajadoras se movilizaron en todo el país.




Inés Hayes, Melissa Zenobi – 12/9/2018

En Argentina, donde se producen alimentos para dar de comer a millones de personas, el 62,5% de los niños y las niñas es pobre. Según un informe de la UCA, 17 millones de trabajadores y trabajadoras (57% de la clase) están precarizadxs. Con una inflación que ronda el 45%, la caída del salario real es altísima. Por eso hoy fueron miles y miles de trabajadores y trabajadoras de todo el país que encabezadxs por la CTA Autónoma, junto a otras organizaciones sociales, políticas y territoriales, se movilizaron con cortes, ollas populares y paros para exigir trabajo, producción y soberanía.

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13 septiembre, 2018

Willy Toledo detenido por la Policía Nacional Española por un supuesto delito de blasfemia. Este es el nivel "democratico" de este asqueroso Reino Corrupto.





Reflexiones acerca de la incierta probabilidad de una revolución europea - Miquel Amorós


Cayetano Ferrández Azorín

En lo que respecta al pasado, lo más importante es el ser conscientes de la especificidad de nuestro tiempo, teniendo cuidado de no proyectar, en la medida en que ello sea posible, nuestra visión actual de las cosas sobre un pasado que solamente nos serviría de justificación. Jacques Ellul, Autopsia de una revolución.

Las enormes contradicciones acumuladas por el sistema capitalista en los últimos cincuenta años no han despertado en amplios sectores de la población una voluntad de vivir de otro modo que impulsara trasformaciones radicales en la sociedad de masas. Bien al contrario, la apatía y el miedo han predominado, originando una adhesión pasiva y resignada a lo existente contemplado éste como el menor de los males. Tal parece que el mayor logro del capitalismo global haya sido la integración completa de las masas en un mundo artificial y extraño, y que la voluntad de abolirlo haya dado paso al temor de verse excluido de él. Curiosa la paradoja en que unas condiciones objetivas favorables a la revolución hayan dado lugar a unas condiciones subjetivas caracterizadas por la sumisión de la mayoría, la evaporación de la conciencia revolucionaria y, como corolario, la inexistencia de una fuerza social de peso capaz de aventurarse en un proceso revolucionario.

La lógica de la mercancía y del desarrollismo ha penetrado tan profundamente en la sociedad que ha conseguido bloquear toda aparición de un sujeto colectivo revolucionario en Europa, o cuando menos, impedir su desarrollo en el continente. La operación tiene una doble vertiente; por un lado, la desvalorización del pensamiento, por el otro, la hipostasia de la acción, que es degradada a pretexto ideológico para el acatamiento de las pautas marcadas por el espectáculo de los acontecimientos cotidianos. Los dirigentes se salen con la suya: nada les resultará más conveniente que un pensamiento que no requiera esfuerzo (un pensamiento débil) y un activismo que nade a favor de la corriente. Pues no hay nada más fácil que seguir la moda en un escenario donde la élite gobernante en último extremo es quien da las órdenes; y nada más difícil que pensar y actuar libremente en un espacio sin libertad real. Para un sistema que se cree incuestionable la cuestión social no puede existir más que en la literatura y toda oposición verdadera le parece impensable.

En una situación como la actual, donde las mistificaciones patrióticas y los tópicos políticos están a la orden del día, al ladito de la propaganda mercantil, en una cotidianidad donde el conformismo abrumador frustra y expulsa cualquier deseo subversivo, pensar constituye el acto más radical y más osado, y también el que despertará más recelos y más hostilidad. Construir un aparato crítico que pueda explicar la época con veracidad es la principal tarea a realizar, aunque no la única. El primer asunto a tratar sería el hecho de la desagregación de la clase obrera en un momento en que el trabajo asalariado es la condición general, y por consiguiente, la pérdida de un horizonte revolucionario socialista en provecho de una adhesión al consumo abundante de mercancías. Por qué los trabajadores en su mayoría han preferido el confort de una vida determinada por los imperativos de la economía a los ardores de un combate contra cualquier forma de opresión e injusticia. El autismo consumista de una sociedad atomizada ha podido con el espíritu comunitario, o dicho de otro modo, con el instinto de clase.

La clase obrera ya no es en sí y por sí misma la negación del orden burgués. Ni qué decir tiene, las pretendidas vanguardias lo son todavía menos, puesto que nunca lo fueron. La clase no ocupa en la posmodernidad una posición especial que la lleve a cuestionar el capitalismo a pesar de lo que pueda pensar o querer y que la convierta en su sepulturero. En la fase mundializadora el estatus de asalariado no imprime carácter de clase, ni sentido de pertenencia a una. Así pues, la condición obrera ha dejado de ser portadora de valores universales. No implica ninguna función histórica ni apunta a ninguna misión redentora. Tampoco hay luchas sociales actualmente que revelen la marcha ineluctable del proletariado en pro de la emancipación de la humanidad. Más bien lo contrario: aspiraciones muy prosaicas y nula voluntad transformadora. La clase obrera tal como la concebía el marxismo es una formación histórica con fecha de caducidad. Lo mismo diríamos de los sindicatos. Sus últimas manifestaciones europeas se produjeron durante los años setenta del siglo pasado. El proletariado es un hecho bien real, así como la alienación de la que antaño era consciente, pero hoy, con un capitalismo muy distinto al de los comienzos de la revolución industrial, un mercado laboral en caída libre y un Estado tremendamente desarrollado, ese tipo de clase no existe.

La mecanización de los procesos productivos ha desempeñado al principio un importante papel. No solamente convirtió a los trabajadores en apéndices de las máquinas, sino que los sustituyó por ellas. Al quedar relegado de la producción, el proletariado perdió el poder de paralizarla y usarla en su beneficio. El poder de sabotearla o autogestionarla. Convertido el trabajo en un medio de subsistencia sin ningún contenido, el relativo bienestar material y la inflación del entretenimiento de masas desviaron la atención hacia el universo del consumo. En un principio, los grandes almacenes, los seriales radiofónicos y el cine proporcionaron a la existencia alienada el sentido que se había perdido en los lugares de trabajo. Después, la televisión y el coche, y recientemente, internet y los smartphones, hicieron el resto. El fetichismo mercantil, la industria del ocio y finalmente las redes sociales colonizaron la vida cotidiana, separando la esfera pública de la privada y sumergiéndolas en la irrealidad, anulando cualquier atisbo de conciencia de clase. Cada vez mas, las cosas, y mejor sus imágenes, adquirían vida propia, ocupando el lugar de las personas. El sujeto de la revolución quedaba transformado en objeto del consumo y del espectáculo. Los obreros, ajenos a los productos de su esfuerzo y a las consecuencias de su labor, o sea, alienados, se comportan ahora como espectadores de una realidad virtual y no como agentes de la historia. La alienación, lejos de despertar la conciencia, ha producido desencanto y autocomplacencia, narcisismo y psicopatías.


Cayetano Ferrández Azorín

El capitalismo es un sistema social que se impone a través de la tecnología, el espectáculo, la comunicación ficticia y las fuerzas del orden de un Estado hipertrofiado. La racionalidad instrumental y burocrática, al mediatizar en todas las áreas de la existencia, pone la vida al servicio de los intereses de la dominación. Los pensamientos y deseos no solamente son manipulados, sino directamente fabricados por ella. El deseo de autoridad sería un buen ejemplo. La pasión por el juego electoral sería otro. En general, la maquinaria estatal y los medios tecnológicos puestos a disposición no se adaptan a los individuos, son los individuos los que se adaptan y someten. En eso consiste lo que llaman subirse al tren del progreso. El capitalismo no puede subsistir sin una adaptación continua y constante a un mercado cambiante, cada vez más tentacular, o lo que viene a ser complementario, sin una separación total de los individuos entre sí que las tecnologías han hecho posible, o sea, sin una prolongada autodestrucción de la individualidad técnicamente asistida. Con fragmentos de personalidad egocéntrica, ninguna comunidad es posible.

La mecanización del proceso productivo, junto con la burocratización que exige el crecimiento arrasador del Estado, de los medios de comunicación y de la gestión industrial y financiera, han ocasionado el crecimiento sin precedentes de un sector asalariado no proletario compuesto por empleados, funcionarios, ejecutivos, técnicos y profesionales, al que las últimas crisis han conferido un cierto dinamismo. En los pasados años sesenta algunos sociólogos lo calificaron de “nuevo estrato intermedio asalariado”, “nuevas clases medias” o incluso de “nueva clase obrera”, atribuyéndole tareas históricas que en otro tiempo correspondieron al proletariado. Sin embargo, dicho sector jamás ha manifestado la menor veleidad revolucionaria, ni ha cuestionado en lo más mínimo la sociedad industrial o el Estado. Nadie escupe a quien le da de comer. Ni por su condición objetiva, ni por su mentalidad, ni por sus esperanzas, ni por el lugar que ocupan en el sistema, esas nuevas clases medias asalariadas están destinadas a ser protagonistas de ningún cambio radical, y menos, de una revolución, lo que no significa que permanezcan inmóviles frente a una crisis que les afecta, tal como ha sucedido con las distintas bancarrotas financieras sobrevenidas a partir de 2008 y con las políticas de austeridad subsiguientes. La movilización de dichas clases, y especialmente de sus elementos juveniles más amenazados, no ha tenido un impacto reseñable en la economía, pero ha alterado un tanto el panorama político. Las formaciones ciudadanistas nacidas con la movilización indignada tienen la voluntad de reemplazar a los partidos tradicionales en la gestión de la vieja política.

La gran diferencia entre el movimiento obrero clásico y el ciudadanismo populista radica precisamente en el desinterés de este último hacia la economía y en la consagración exclusiva de la acción política. Habiendo eclosionado a la sombra del Estado, su confianza en el Estado es ciega, no concibiendo ninguna otra forma de intervención social más que a través de las instituciones estatales. Sus intereses específicos, que aunque se llamen “intereses de la ciudadanía” no son otros que los de la conservación de su estatus, cree que podrán defenderse gracias al Estado. Sus objetivos no se alcanzaran con la disminución del aparato estatal, sino con un desarrollo aún más pronunciado. La contradicción radica en que el Estado actual es esclavo de los mercados, o mejor dicho, es una pieza clave de la industrialización y financiarización del mundo. Y justamente esa industrialización y esa mundialización de las finanzas es la responsable de la crisis que dio lugar a la reacción política de las clases medias asalariadas. En consecuencia, el ciudadanismo mesocrático, en la medida en que se incrusta en las estructuras del Estado, está obligado a favorecerlas, o sea, a ir contra sus intereses “de clase”. Por eso la acción política, con escasos logros que reivindicar, se concreta en gestos, escenificaciones, manifestaciones simbólicas y proclamas hechas en el lenguaje democrático de la vieja burguesía liberal. Sin pretenderlo, han renovado el espectáculo político, pero a costa de disminuir su efectividad. En suma, el ciudadanismo no ha significado ni significará un cambio real, ni siquiera un espectáculo convincente del cambio.

Conforme se anquilosan y fosilizan los grupúsculos que se autoproclaman revolucionarios, los objetivos revolucionarios reivindicados se vuelven fraseología hueca, verdades difuntas y fórmulas rituales. Los viejos análisis doctrinarios quedan sobrepasados por la realidad y los antiguos esquemas interpretativos se deshacen a pedazos, faltos de sentido. Los nuevos les superan en incoherencia. Las ideologías, en su mayoría obreristas, nacionalistas, verdes e identitarias, no pueden explicar verídicamente la evolución del mundo, puesto que éste cambia a gran velocidad e introduce novedades que aquellas no consiguen situar en su lugar. Los discursos ideológicos están plagados de lugares comunes y extremismos postizos; los caminos que proponen no conducen a ninguna parte; la rotundidad con la que se expresan apenas consigue ocultar la ausencia de alternativas posibles; las estrategias a seguir no son más que ridículas imitaciones del pasado y posibilismo disimulado. En fin, las ideologías envejecen y se vuelven obsoletas, pero a nuestro pesar el capitalismo madura.

No pretendemos negar la evidencia de antagonismos mayores, aunque no se traduzcan en movimientos subversivos de una cierta amplitud, ni tampoco queremos menospreciar la existencia de focos de resistencia al margen de la política, o ignorar los espacios ajenos al funcionamiento del capital donde se ensayan estilos de vida no consumista. El combate social existe, sólo que las luchas no llegan a extenderse y sus objetivos no rebasan determinados límites, es decir, no cuestionan todo lo que deberían. Así el mundo contestatario no se desarrolla como una contra-sociedad dentro de la sociedad oficial. Demasiados recelos relativos a la organización, demasiados compromisos efímeros y demasiada inclinación al gueto. Algo que se conjuga bien con el activismo sin plan, con el radicalismo verbal, con las modas identitarias y con el utopismo evasivo. Los medios contestatarios dan la impresión de ser el hábitat de la clase media juvenil en su primera etapa extremista.

Una recapitulación de todo lo precedente nos conduce de nuevo a la necesidad de la revolución que acabe con el capitalismo y ponga fin a su modo de vida intolerable, y de nuevo el verdadero problema se replantea, el del pensamiento crítico. No se atraviesa un desierto en el campo teórico, puesto que, a pesar de una confusión interesada en esos ámbitos, hay elementos valiosos como la crítica ecológica, el análisis antidesarrollista, los estudios antropológicos o la teoría del valor. Pero aún queda mucho por hacer si no se quiere que tales aportaciones degeneren en ideologías conciliadoras y alimento para sectas. Falta una visión histórica rigurosa pero libre de determinismos, una crítica renovada del posestructuralismo y del reciclaje de las ideologías caducas, un lenguaje unitario que la caracterice, una demolición efectiva de los mitos salvacionistas, empezando por el más grande, el mito del Estado, etc, etc. Solamente un auténtico pensamiento revolucionario podrá nombrar a sus amigos y a sus enemigos delimitando con precisión el terreno de las luchas contemporáneas, aclarando tácticas y estrategias que ayuden a remontar los enormes obstáculos, haciendo confluir todo en un proyecto. Cuando se trabaja en el derrumbe de un régimen se ha de tener claro qué es lo que se quiere poner en su lugar. Y eso es sólo el comienzo.

Miguel Amorós, 11/9/2018