La Pluma – 23/07/2026
"Hay hombres que saben de memoria el nombre de cada estrella, / yo, el de las nostalgias. / He dormido en las cárceles y en los grandes hoteles. / He pasado hambre. Casi no existe plato que no haya probado / incluido el de la huelga de hambre"
Pequeña historia con Nâzım Hikmet, Julius Fučík y un oficial de un submarino nuclear
Hay gente que escribe en papelitos. No tanto por la desesperación, que también es un motivo, sino por la necesidad de comunicar. Sucede, a veces, en situaciones extremas, cuando la respiración se agota, cuando las cadenas oprimen, cuando ya no quedan más que las palabras y hay que salvarlas. La lengua salvada. O cuando son otras las opresiones, las mordazas, y entonces hay que apelar al grito en un papel, que es como una botella al mar.
Tras las rejas, bajo la tortura de no poder hablar, de sentir que la palabra, la que crea el universo, no puede transmitirse. Estás encadenado. El mundo está mucho más allá, lejano, después de los barrotes, de la celda siniestra. Y, por si acaso, ahí, muy cerca, casi respirándote en la nuca, se posa el vigilante, el guardián, el representante del infierno.
Cuando está presa la imaginación, cuando las palabras se encierran a la fuerza en el panóptico de la desventura, el que quiere comunicar su experiencia maldita, su libertad cercenada, apela al papelito, puede ser un trozo de papel higiénico, o un fragmento de periódico, o tal vez, como lo hizo el poeta turco Nâzım Hikmet, en el cinturón.
Las palabras, cuando el que desea pronunciarlas está atado (y amordazado), claman por salir. Se ingenian mecanismos clandestinos para que la desesperanza no alcance su pretensión. Pero puede suceder también en momentos de alta tensión, cuando ya no hay posibilidades de sobrevivir que un papelito, una hoja rota, de cuaderno o de una libreta, sea una posibilidad de dejar una constancia. Como pasó a los tripulantes del trágico submarino Kursk, uno de ellos de nombre Dimitri Kolésnikov.
Hay palabras que son una reacción, un contragolpe al verdugo, al represor. Uno de los más dramáticos —y bellos— casos de mantener viva la palabra, la que acusa, la que prolonga el horizonte e insufla coraje ha sido el del periodista checo Julius Fučík. Arrestado por la Gestapo en abril de 1942 por su participación en la resistencia checa contra la ocupación nazi, fue encarcelado en la prisión de Pankrác, en Praga. De esa experiencia límite, en la que, además, perdió la vida, quedó un testamento para la humanidad.
Todos sabemos de su libro póstumo, de su valor y capacidad comunicativa en momentos extremos. El Reportaje al pie de la horca (también lo han traducido como Reportaje al pie del patíbulo) es una demostración de reducir al enemigo a una especie de microbio, a una lacra que hay que derrotar, aunque en el esfuerzo también se muera.
En la prisión, Fučík escribía con una miniatura de lápiz en trocitos de papel de cigarrillos. Los enrollaba en pequeños cilindros —los llamados motáky— y un guardia checo, Adolf Kolínský, que simpatizaba con la resistencia, los sacaba ocultos de la prisión, uno por uno. Terminada la Segunda Guerra, la viuda del periodista reunió todos los fragmentos, armó un libro y lo publicaron en 1945.
El final de ese reportaje (en rigor, un diario de prisión, un canto de valentía) conmovedor y heroico, tiene una de las despedidas más inquietantes y hondas de la literatura del siglo XX: “Pueblo, te he amado. ¡Mantente vigilante!”. Así lo escribió el hombre, el militante, el patriota que decía que su nombre jamás podría ser ligado a la tristeza.
Son algunas muestras de la escritura como un acto de resistencia, como una canción que irriga la historia y sirve como paradigma de dignidad y lucha. El turco Hikmet, que pasó más de quince años en prisión, escribió en envoltorios, en márgenes de libros, en pedacitos de papel y, lo dicho, en el cuero del cinturón, versos de honda emotividad y resistencia, auténticas cargas de profundidad.
En la cárcel también creó una de sus obras maestras, el extenso poema Cartas a Taranta-Babú, que ya lo había concebido antes del encarcelamiento. En la prisión escribió libros fundamentales como Paisajes humanos de mi país, una intensa crónica poética de Turquía. En 1950 recuperó la libertad, gracias a una campaña internacional en la que participaron, entre otros, Pablo Picasso, Pablo Neruda y Jean-Paul Sartre. Poco después abandonó Turquía y pasó el resto de su vida en el exilio. Murió en Moscú en 1963.
El poeta decía que "el más hermoso de los mares es el que aún no hemos navegado". Su obra continúa navegando y es una antorcha que alumbra caminos contra los verdugos, contra la tiranía. "Hay hombres que saben de memoria el nombre de cada estrella, / yo, el de las nostalgias. / He dormido en las cárceles y en los grandes hoteles. / He pasado hambre. Casi no existe plato que no haya probado / incluido el de la huelga de hambre", dicen algunos versos de su Autobiografía, escrita en Berlín Oriental, en 1961.
Hikmet y Fučík representan la misma idea de combatir las censuras, de cantar pese a estar sangrando, de poner en su sitio a los que encarcelan las palabras. Su actitud era (y sigue siendo) un ejemplo de resistencia física y moral. Uno, entre rejas tantos años, escribió pese a la vigilancia acosadora. El periodista lo hizo, además, contra el tiempo, sin excesos verbales, sin lamentos. Su testamento es un canto, en medio de la tortura, a la belleza.
Restos del Kursk, submarino nuclear ruso
Volvamos a Kolésnikov, oficial del Kursk, trágico submarino nuclear ruso, que una explosión interna lo hundió para siempre en el mar de Barents, el 12 de agosto de 2000. Cuando recuperaron su cadáver, se encontró en un bolsillo una nota, dirigida a su esposa: "Está muy oscuro para escribir, pero lo intentaré con el tacto. Parece que no tenemos posibilidades, tal vez el 10 o el 20 por ciento. Saludos para todos. No hay que desesperarse".
Pero la nota más dramática, más intensa y diciente, la escribió otro oficial de ese submarino: "Trece horas, quince minutos. Todo el personal de los compartimentos seis, siete y ocho han pasado al noveno. Somos 23. Hemos tomado esta decisión debido al accidente. Nadie puede subir a la superficie. Escribo a ciegas".
Tienen esas palabras, a más de una exactitud de relojería, lo necesario para comunicar un drama. Es una nota más allá del testimonio. Es un testamento. La escribió a ciegas y consignó lo necesario, sin calificar nada. No había tiempo para adornos ni lamentos.
Hay tres destinos que se juntan en esta nota. La de un poeta en prisión, la de un periodista encarcelado y condenado después a muerte por los nazis y la de un tripulante de un submarino nuclear. Escribieron en papelitos, con urgencia, aprovechando cualquier resquicio de la historia que les tocó vivir. O padecer. Sin rendirse.
Así lo declaró Hikmet:
Sin embargo, hemos de seguir viviendo con los de fuera.
con los hombres, los animales, los conflictos y los vientos,
es decir, con todo el mundo exterior que se halla
tras el muro de nuestros sufrimientos;
es decir, estemos donde estemos
hemos de vivir
como si nunca hubiésemos de morir.
Velad. Abrid los ojos. Estad alertas.
(Escrito en Medellín el 22 de julio de 2026)
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