Segunda
Cita – 28/05/2026
Admitir que el Secretario
de Estado de EEUU es cubano, lo mismo que sevillano o piamontés
(según él mismo declaró en la reciente Conferencia de Seguridad
Europea), equivaldría a darle vela para participar en cuestiones de
política cubana —lo mismo que española o italiana.
¿Y cuál podría ser el
argumento para aceptarlo o negarlo? Digamos que si le reconociéramos
a él, por sus ancestros, "ser tan cubano como las palmas", ese
mismo derecho asistiría al presidente Trump, según sus antepasados,
para que lo eligieran diputado al Bundestag por Baviera o al
Parlamento escocés. O, digamos, a Michael Corleone, para fundar en
Sicilia un movimiento que preserve el legado de su padre, y le dé su
nombre a un Instituto de Moral y Cívica y a una Escuela de Negocios,
donde se enseñen las artes de tener éxito en otros países.
Pero la verdad es que ni
Trump tiene otra afinidad con Baviera o con Escocia que haber bebido
cerveza bávara o scotch toda su vida; ni la gente siciliana se
tomaría en serio a un italoamericano que viniera a darles lecciones
de patriotismo o a enseñarles cómo hacer las cosas; ni los de
Matanzas tienen por qué extenderle una carta de cubanía a un
político americano que no se ha parado nunca bajo una palma cubana,
y no sabe cómo un desmochador la sube con la misma habilidad de
muchas generaciones, para tumbar las pencas con que cobijar un rancho
o el palmiche para alimentar los puercos. Cuya carne, por cierto,
sabe muy diferente a la de los puercos de allá, como suelen repetir
en Miami los cubanos nacidos aquí.
Porque este secretario de
Estado solo ha visto a esos guajiros cubanos en fotografías.
Lo desopilante, si no
fuera patético, es que este nativo de Miami, que nunca ha residido
en ningún otro país del mundo ni de América Latina y el Caribe,
que no sea como visitante, se dirige a esos guajiros cubanos como si
fuera uno de nosotros, y hubiera compartido sus vidas, angustias y
alegrías. Como si hubiera puesto sus zapatos en la casa de alguno de
ellos, y los hubiera visto cocinar harina de maíz, ñame, chayotes,
quimbombó, según recetas centenarias, en un fogón de carbón o
leña; trabajar la tierra, tomar ron peleón sin hielo ni jugos,
encender tabacos torcidos por ellos mismos, matar un puerco o un
pollo con sus manos, ponerse una hoja de salvia para el dolor de
cabeza, recoger manzanilla o cilantro silvestres del patio o huevos
de donde anidan las gallinas en el monte, hablar de sus problemas
entre ellos, hacerse cuentos, reírse a carcajadas o quedarse muy
serios mirándolo.
En vez de un encuentro
cercano, un diálogo, una escucha atenta a esos habitantes rurales o
urbanos de Cuba, al Secretario de Estado de EEUU se le ocurre lo
mismo que a tantos otros dirigentes de ese país por siglos:
explicarles a los cubanos cómo deberían gobernarse y tenderles una
zanahoria envuelta en papel celofán como si esa fuera su mano amiga.
Marco
Rubio invita a construir una “nueva Cuba” propuesta por Trump
No sé si cuando el
secretario de Estado era chiquito llegó a recibir alguna vez una
clase de Historia de Cuba. Posiblemente no, porque no asistió a
escuelas de la élite cubanoamericana, como el Colegio de Belén o
las de Coral Gables, sino a una high school pública del sur de la
ciudad, donde, en el mejor caso, lo que aprendió de Cuba debe haber
sido American history, o sea, parte de la historia del Norte.
Hijo de emigrados, que no
habían sido siquitrillados (expropiados) como los Díaz-Balart o la
familia de Carlos Giménez, sino que se habían ido antes, así que
no eran ni exiliados políticos, sino unos trabajadores manuales de
toda la vida; le tocaba a él ser un estudiante aplicado.
Pero en aquel enclave
cubano donde él creció en los años 70 y 80, el anticastrismo había
dejado de encontrar su sentido último en derrocar la Revolución y
se había instalado como código de barras de la maquinaria política
local. Para lograrlo, había adoptado al Partido Republicano como su
gallardete, sobre todo con el surgimiento de la Fundación Nacional
Cubano Americana (FNCA), por encima de las viejas organizaciones del
exilio histórico.
En efecto, cuando Jorge
Mas Canosa y Raúl Masvidal, exinvasores de Girón devenidos
prósperos empresarios, crearon la FNCA (con la ayuda desinteresadade
Ronald Reagan), habían empezado a hacer política a la americana; es
decir, por y para los intereses políticos y económicos de un grupo
oligárquico dentro del sistema. El año en que aquel grupo de
millonarios salió a la palestra, el actual secretario de Estado
cumplía 10 años.
Sin un capital familiar
ni pedigree político, la vía rápida para triunfar en el Miami de
la FNCA era la misma que en aquella Cuba republicana, donde el juego
ya estaba repartido: la política como acumulación originaria. El
actual secretario de Estado se propuso construirse como un self-made
man en ese juego.
Como es obvio, para ir
subiendo desde abajo en la política local de Florida no hay que
dominar la historia de Cuba, sino más bien hay que disponerse a
hacer acto de fe con la ideología dominante, a aprender a
administrar una cara juvenil (por él votan incluso la mayoría de
los descendientes de cubanos que se oponen al bloqueo y apoyan la
normalización), y sobre todo a recorrer el camino de "transacciones" que llevan hasta un escaño del Senado de los EEUU, antesala del
gobierno federal.
En todo eso, el
secretario de Estado se parece más a los políticos del Norte de que
hablaba Martí (sin mucha paciencia, por cierto), en "Vindicación
de Cuba" o "La
verdad sobre los EEUU", que a un cubano de la isla o incluso a
muchos descendientes de cubanos que he tenido en mis clases de
historia.
Hasta aquí he intentado,
hasta cierto punto, "sociologizar" la actitud y la índole
política de este Secretario de Estado, procurando despejar de paso
algunos elementos que él parece invocar en su
apelación al pueblo de Cuba, como es esa especie de identidad
impuesta en sus cromosomas de origen, o esa otra asociada al generoso
papel de los americanos en nuestra independencia y republicanidad.
Por muy flagrantes que
estas argucias puedan resultar en una simple inspección, hemos
presenciado, sin embargo, cómo hay cubanos extáticos ante las
destrezas comunicativas del Secretario de Estado ("¡qué bien
habla el español!"), que parecen seducidos por ese juego de manos
verbal. Algunos pueden estarlo; otros seguramente quieren. Como decía
un viejo profesor mío, prefiero "correr un velo de pudor" sobre
esas posturas, que parecen multiplicarse en tiempos difíciles como
estos.
Un último detalle.
Supongo que su dominio de
la política de EEUU y su incuestionable luz natural deben haber
llevado al secretario de Estado a aprenderse bien la historia de los
EEUU y sus presidentes. Siento curiosidad por saber lo que él piensa
de los militares a cargo de tareas políticas, o del peso de lo
militar en la economía de su país.
George Washington,
Ulysses Grant y Dwight Eisenhower, fueron generales de ejército;
Andrew Jackson, William Harrison, Zachary Taylor, James Garfield,
William Taft, fueron mayores generales; Franklin Pierce, Chester
Arthur, Andrew Johnson, Rutherford Hayes y Benjamin Harrison fueron
generales de brigada; James Madison, James Monroe, James Polk y Teddy
Roosevelt fueron coroneles. No voy a contar a los presidentes que,
antes de ser elegidos, participaron en guerras y alcanzaron grados
militares, por ejemplo, la II Guerra Mundial, como John Kennedy,
Lyndon Johnson, Richard Nixon, William MacKinley, Gerald Ford, Jimmy
Carter.
¿Es concebible la
economía de los EEUU, sus peripecias nacionales e internacionales,
sin tomar en cuenta el lugar central que ocupa la industria de las
armas y la cuestión de la guerra?
En el aparato del Estado
norteamericano, no hay agencia con el tamaño y el peso del
Departamento de Defensa, ahora llamado de Guerra, digamos, el
Pentágono. Se estima que absorbe a más de un millón y medio de
personas. Sin contar a los militares propiamente dichos.
Finalmente, lo único
comparable al poder económico y político de las corporaciones
petroleras, responsables de no pocos conflictos regionales e
internacionales, es la industria de las armas. O, como la llamó un
general presidente, "el complejo militar-industrial". No son "un
sector", sino un nudo de fuerza, uno de los ejes de la estructura
económica de EEUU y de su proyección global. Que se vincula
estrechamente y a gran escala con aspectos estratégicos y líneas
maestras del desarrollo económico como la innovación y las
tecnologías de punta.
Soñar con que una
legislación o un "equilibrio de poderes" puede ponerles riendas
a las compañías petroleras o a los fabricantes de armas, a los
conglomerados de intereses y capitales donde se asientan, y frenar su
capacidad para desencadenar guerras, trabar políticas que las
restrinjan o las fiscalicen, sujetarlas a acuerdos y organismos
internacionales es solo eso, un sueño.
Después de esta mínima
referencia al peso de las armas y el aparato de defensa, supongo que
es casi anecdótico añadir que uno de los principales grupos de
presión que apoyan a "nuestro" Secretario de Estado es la
Asociación del Rifle. Digamos que todo cuadra.
¿Con quiénes se puede
sentir más cercano el pueblo cubano aquí y ahora, para entenderse,
pedirles cuentas, reclamarles por lo mal hecho, demandarles
transparencia, defender sus derechos, controlar a través de los
órganos representativos y las organizaciones políticas, confiarles
el día a día de nuestra seguridad, y defender conjuntamente el
interés nacional y la soberanía? ¿Con las fuerzas armadas cubanas
y sus instituciones o con los gobernantes de los EEUU y sus agencias?
Es una pregunta para no
perder de vista a quiénes tenemos delante, naturalmente.
Fuente:
https://oncubanews.com
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