20 febrero, 2026
19 febrero, 2026
OPCIÓN CERO — Rosa Miriam Elizalde
La Jornada – 12/02/2026
El 26 de julio de 2010, en el pequeño teatro del Memorial José Martí de La Habana, un Fidel Castro convaleciente de varias operaciones y vestido de verde olivo avanzó por el pasillo mientras saludaba a quienes estaban en los asientos cercanos. A la compañera sentada a mi lado le dijo con complicidad: "Ahí está Rosa Miriam… ¿Sabes que ella un día me preguntó si íbamos a sobrevivir al Periodo Especial?"
Él acababa de recordar una tarde de 1990, 20 años antes, cuando me tocó reportar, como periodista recién graduada, un acto rutinario en el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB), al que de pronto llegó Fidel. Por más de cuatro horas explicó lo que viviríamos los cubanos tras la desaparición de la URSS, momento histórico que fue llamado Periodo Especial porque, diría entonces el comandante en jefe, "nadie sabe qué tipo de problemas en el orden práctico pueden sobrevenir".
Cuba llegó a perder un tercio del producto interno bruto entre 1991 y 1994, y el bloqueo estadunidense se recrudeció de manera oportunista, primero con el republicano George Bush (padre) y luego con el demócrata Bill Clinton. Entre todas las privaciones que padecimos, quizá la más dura fue la epidemia de neuropatía asociada a una caída brusca de la ingesta de alimentos: de casi 4 mil calorías diarias se pasó a poco más de mil. El hambre real, cotidiana, dejó secuelas físicas y sicológicas en millones de cubanos que todavía perduran.
Pero en el CIGB, aquella tarde de 1990, fue la primera vez que el líder cubano describió con lujo de detalles las duras restricciones económicas que venían y se habló en Cuba de la Opción Cero. Fidel, que siempre iba con la verdad por delante, fue tan gráfico –ollas colectivas, bicicletas y carretones como única posibilidad de transporte, apagones, alimentos racionados más que de costumbre–, que todos nos quedamos en shock. Y cuando terminó de hablar y se acercó a los periodistas, me salió del alma una pregunta exaltada: "¿Usted cree realmente que sobreviviremos?"
Volvió a explicar que la Opción Cero era el plan de contingencia del gobierno revolucionario para el momento del bloqueo total del exterior y, por tanto, la falta absoluta de petróleo en el país. Se diseñó una estrategia para ese escenario y se organizó cada eslabón de la sociedad para mantener un mínimo de actividad económica, así como los centros de educación y salud vitales, con previsiones para una situación aun peor: la de una agresión militar. Se entrenaría al pueblo, incluso, para sobrevivir sin agua y energía eléctrica durante muchos días.
Recuerdo la paciencia con que Fidel explicó que aquel plan no era una consigna propagandística, sino un instrumento de planificación defensiva. Preparaba sicológicamente al país para un escenario límite, enviaba la señal de que el Estado se organizaba incluso para el peor desenlace y expresaba una voluntad explícita de no capitular, aun en condiciones materiales extremas.
En una conferencia de prensa reciente, el presidente Miguel Díaz-Canel afirmó que los protocolos de supervivencia nacional concebidos en los años más duros del Periodo Especial no sólo existen, sino que han sido revisados, modernizados y están listos para activarse si fuera necesario. En los años 90, Cuba enfrentó una caída súbita sin "manual", mientras hoy encara una crisis severa con más experiencia, más herramientas para resistir la escasez y algunas capacidades tecnológicas y sectoriales –incluido cierto crudo nacional– que permiten resistir con mayor elasticidad, aunque el punto débil siga siendo el mismo núcleo: energía, divisas e importaciones.
Y a eso se suma que las sanciones y amenazas de Trump han unido al país. Cuando las amenazas explícitas se tornan tan visibles en sus efectos cotidianos, dejan menos espacio para la idea de que "todo es relato" y pasan a operar como cualquier otra pedagogía de la violencia. El acoso y el dolor despiertan el instinto de supervivencia, generan más solidaridad, fortalecen la tolerancia social a medidas extremas y afirman el sentido común de que una disputa como ésta no es sólo doméstica, sino geopolítica y coercitiva. Ver a Donald Trump, a Marco Rubio y a los congresistas de Miami celebrar el daño que hacen, mientras gritan "cero petróleo, cero remesas, cero envíos de alimentos y medicinas", ha indignado en Cuba hasta a las piedras.
Pero no calculan los poderes de la historia. Después de que le hice la pregunta a Fidel en Biotecnología, él estuvo casi dos horas más explicándome por qué los cubanos saldríamos del Periodo Especial y de la Opción Cero. Cerró con una frase que respondía a aquella pregunta salida del alma: "Sobreviviremos resistiendo, resistiendo y resistiendo. Como otras veces".
Veinte años después, en el teatro del Memorial José Martí, Fidel terminó su discurso y recorrió de vuelta el pasillo por el que había entrado. Cuando pasó cerca de mi silla, se detuvo un instante: "¿Viste, m’hija, que se pudo resistir?"
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Explíquenle a Trump que Cuba no come miedo — Hedelberto López Blanch
REDH-Cuba – 11/01/2026
La desesperación por comprender que el imperio estadounidense va en caída por el nacimiento de un mundo multipolar, la pérdida del dólar como principal moneda de reserva internacional y la crisis económica que sobrevuela como espada de Damocles por Washington, han impulsado la prepotencia y la peligrosidad del convicto presidente Donald Trump y sus asesores.
Desde la llegada a la Casa Blanca el facsímil americano de Adolf Hitler, presionó para adueñarse del Canal de Panamá; bombardeó Venezuela y secuestró ilegalmente al presidente Nicolás Maduro para robar su petróleo; amenaza con invadir y apoderarse de Groenlandia para coercionar militarmente a Rusia; afirma que convertirá a Canadá en el Estado 51 de Estados Unidos, y de doblegar a Cuba si no cumple con sus chantajes.
Parece que el Hitler americano del siglo XXI no conoce la historia de independencia de muchos países y en específico de Cuba, cuyos mambises lucharon con denuedo contra el colonialismo español; después los rebeldes dirigidos por Fidel Castro derribaron la dictadura de Fulgencio Batista impuesta por Washington; en 1961 derrotaron en las arenas de Playa Girón la invasión militar organizada por Estados Unidos y durante 67 años su pueblo y dirigentes han enfrentado el mas largo bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por las distintas administraciones yanquis.
Trump no conoce el discurso de Fidel en la Plaza de la Revolución, el 20 de diciembre de 1980, cuando expresó ante las amenazas del entonces presidente Ronald Reagan:
«Le hemos dicho paladinamente al señor Reagan que no tenemos ningún temor a sus amenazas, porque, desde luego, hay algo que no nos gusta, y no nos gusta que nos amenacen; no nos gusta que traten de intimidarnos, no nos gusta». «Además, nuestro pueblo hace tiempo que ha perdido ya la idea de lo que es el miedo; hace tiempo que nuestro pueblo ha perdido ya el sabor de lo que es el miedo», sentenció.
Ahora, en los primeros días de enero y tras el ataque a Venezuela, Trump ha reforzado sus amenazas contra Cuba. La última ocurrió el domingo 11 de enero cuando dijo: «No habrá más petróleo ni dinero para Cuba. ¡Cero! Les recomiendo encarecidamente que lleguen a un acuerdo antes de que sea demasiado tarde». Y seguidamente, como ha sido su costumbre, agregó una serie de mentiras contra el Gobierno de la Isla.
El presidente Miguel Díaz-Canel, en su cuenta X, inmediatamente refutó al convicto presidente y declaró: Trump «no tienen moral para señalar a Cuba en nada, absolutamente en nada, quienes lo convierten todo en negocio, incluso las vidas humanas. Quienes hoy truenan histéricos contra nuestra nación lo hacen enfermos de rabia por la decisión soberana de este pueblo de elegir su modelo político», precisó.
Díaz Canel reiteró que «Cuba es una nación libre, independiente y soberana. Nadie nos dicta qué hacer. Cuba no agrede, es agredida por Estados Unidos hace 67 años, y no amenaza, se prepara, dispuesta a defender la patria hasta la última gota de sangre».
Por su parte, el canciller cubano Bruno Rodríguez Parrilla en un mensaje en X, reafirmó: «A diferencia de Estados Unidos, no tenemos un Gobierno que se presta al mercenarismo, al chantaje o la coerción militar contra otros Estados»
Washington, agregó, se comporta como «un hegemón criminal y descontrolado que amenaza la paz y la seguridad, no solo de Cuba y este hemisferio, sino del mundo entero».
Asimismo, enfatizó, que el país tiene absoluto derecho a importar combustible desde los mercados dispuestos a exportarlo, además de ejercer su derecho a desarrollar sus relaciones comerciales sin la interferencia o la subordinación a las medidas coercitivas unilaterales de Estados Unidos.
Por todos esos motivos, los asesores deben explicarle a Trump que ¡Cuba no come miedo!
Fuente: Cuba en Resumen
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18 febrero, 2026
17 febrero, 2026
E.U. PANICS at Munich Security Conference: Post-WWII Order Is DEAD, NATO Can’t Stop It — Dr. Brovkin / Lena Petrova
World Affairs In Context – 16 feb 2026
Europe is facing a geopolitical turning point after the latest Munich Security Conference exposed deep anxiety over the collapse of the post–Cold War order. As multipolarity accelerates, NATO strategy, U.S. hegemony, and European "strategic autonomy" are all being questioned.
With leaders like Chancellor Merz and President Macron raising nuclear deterrence debates, and Washington pushing Europe to align under U.S. leadership, the cracks inside the EU are becoming impossible to ignore. Germany’s rearmament plans, the Ukraine war, NATO expansion, BRICS influence, energy crisis, deindustrialization, and the global power shift toward China and Asia are reshaping the balance of power.
Is Europe prepared for a multipolar world — or is it doubling down on a fading unipolar system? This breakdown covers NATO, Russia, Ukraine, U.S.–EU tensions, European military strategy, and the future of global order.
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14 febrero, 2026
CARTA ABIERTA AL MUNDO DESDE CUBA
UNA MUJER DE A PIE
DENUNCIA EL CRIMEN QUE NO QUIEREN VER
Segunda Cita – 14/02/2026
A la humanidad entera, a las madres del mundo, a los médicos sin fronteras, a los periodistas con dignidad, a los gobiernos que aún creen en la justicia:
Me llamo como millones. No tengo apellidos conocidos ni cargos importantes. Soy una cubana de a pie. Una hija, una hermana, una patriota. Y escribo esto con el alma desgarrada y las manos temblando, porque lo que hoy vive mi pueblo no es una crisis. Es un asesinato lento, calculado, fríamente ejecutado desde Washington.
Y el mundo mira hacia otro lado.
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● DENUNCIA POR MIS ABUELOS:
Denuncio que en Cuba hay ancianos que mueren antes de tiempo porque el bloqueo impide que lleguen medicamentos para el corazón, la presión, la diabetes. No es falta de recursos. Es prohibición deliberada. Empresas que quieren venderle a Cuba son multadas, perseguidas, amenazadas. Sus gobiernos callan. Y mientras tanto, un abuelo cubano aprieta el pecho y espera. La muerte no avisa. El bloqueo sí.
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● DENUNCIA POR MIS NIÑOS:
Denuncio que hay incubadoras en Cuba que han debido apagarse por falta de combustible. Que hay recién nacidos luchando por su vida mientras el gobierno de Estados Unidos decide qué países pueden vendernos petróleo y cuáles no. Que hay madres cubanas que han visto peligrar la vida de sus hijos porque una orden firmada en una oficina de Washington vale más que el llanto de un bebé a 90 millas de sus costas.
¿Dónde está la comunidad internacional? ¿Dónde están las organizaciones que tanto defienden la infancia? ¿O es que los niños cubanos no merecen vivir?
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● DENUNCIA POR EL HAMBRE INTENCIONAL:
Denuncio que el bloqueo es hambre programada. No es que falte comida porque sí. Es que nos impiden comprarla. Es que los barcos con alimentos son perseguidos. Es que las transacciones bancarias son bloqueadas. Es que las empresas que nos venden granos, pollo, leche, son sancionadas.
El hambre en Cuba no es un accidente. Es una política de Estado del gobierno de Estados Unidos, refinada durante 60 años, actualizada por cada administración, recrudecida por Donald Trump y ejecutada con saña por Marco Rubio.
Ellos llaman a esto "presión económica". Yo lo llamo terrorismo con hambre.
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● DENUNCIA POR MIS MÉDICOS:
Denuncio que nuestros médicos, los mismos que salvaron vidas en la pandemia mientras el mundo entero colapsaba, hoy no tienen jeringas, ni anestesia, ni equipos de rayos X. No porque no sepamos producirlos. No porque no tengamos talento. Sino porque el bloqueo nos impide acceder a los insumos, a los repuestos, a la tecnología.
Nuestros científicos crearon cinco vacunas contra la COVID-19. Cinco. Sin ayuda de nadie. Contra viento y marea. Contra bloqueo y mentiras. Y aún así, el imperio nos castiga por haberlo logrado.
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● AL MUNDO LE DIGO:
Cuba no les pide limosna.
Cuba no les pide soldados.
Cuba no les pide que nos quieran.
Cuba les pide justicia. Nada más. Nada menos.
Les pido que dejen de normalizar el sufrimiento de mi pueblo.
Les pido que llamen al bloqueo por su nombre: CRIMEN DE LESA HUMANIDAD.
Les pido que no se dejen engañar por el cuento del "diálogo" y la "democracia" mientras nos aprietan el cuello.
No queremos caridad. Queremos que nos DEJEN VIVIR.
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A los gobiernos cómplices que callan:
La historia les pasará factura.
A los medios que mienten:
La verdad siempre encuentra grietas.
A los verdugos que firman sanciones:
El pueblo cubano no olvida y no perdona.
A los que aún tienen humanidad en el pecho:
Miren a Cuba. Miren lo que le hacen. Y pregúntense: ¿De qué lado de la historia quiero estar?
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Desde esta isla pequeña, con un pueblo gigante, una cubana de a pie que se niega a rendirse.
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Para que el mundo sepa que en Cuba no hay una crisis:
Hay un CRIMEN.
Para que las madres de otros países sepan que aquí hay bebés luchando en incubadoras apagadas por el bloqueo.
Para que los abuelos de otras tierras sepan que aquí hay ancianos que mueren esperando medicamentos que Washington no deja entrar.
Para que los gobiernos cómplices sientan vergüenza.
Para que los medios mentirosos no tengan escapatoria.
Para que los verdugos sepan que NO NOS CALLAMOS.
Una sola persona compartiendo esto no cambia el mundo.
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Ikay Romay
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Primero Gaza, luego el mundo — Ramzy Baroud
El peligro global del excepcionalismo israelí
Savage Minds – 14/02/2026
Fue el incendio del Reichstag lo que desencadenó el estado de excepción, cuando Hindenburg firmó el Decreto del Incendio del Reichstag que suspendía las libertades civiles indefinidamente y permitía al partido nazi actuar al margen de la Constitución de Weimar. Hitler utilizó el incendio del Reichstag en 1933 para hacerse con un poder casi ilimitado.
Si bien muchas naciones recurren ocasionalmente al estado de excepción para afrontar crisis temporales, Israel se encuentra en un estado de excepción permanente. Este excepcionalismo israelí es la esencia misma de la inestabilidad que azota Oriente Medio.
El concepto de estado de excepción se remonta al justitium romano, un mecanismo legal para suspender la ley en tiempos de agitación social. Sin embargo, la comprensión moderna fue moldeada por el jurista alemán Carl Schmitt, quien escribió la famosa frase de que «el soberano es quien decide sobre la excepción». Si bien la propia historia de Schmitt como jurista del Tercer Reich sirve como un escalofriante recordatorio de adónde pueden conducir tales teorías, su obra proporciona una anatomía innegablemente precisa del poder puro: revela cómo un gobernante que instituye leyes también tiene el poder de derogarlas, bajo el pretexto de que ninguna constitución puede prever todas las posibles crisis.
Se argumenta con frecuencia que Israel, una autodenominada democracia, aún carece de una constitución formal porque un documento de este tipo lo obligaría a definir sus fronteras, una perspectiva problemática para un régimen colonial con un insaciable apetito de expansión. Pero hay otra explicación: al basarse en las "Leyes Básicas" en lugar de una constitución, Israel evita un sistema legal integral que lo alinee con los fundamentos globalmente aceptados del derecho internacional. Sin una constitución, Israel existe en un vacío legal donde la "excepción" es la regla. En este espacio, las leyes raciales, la expansión territorial e incluso el genocidio se permiten siempre que se ajusten a la agenda inmediata del Estado.
Aislar ejemplos específicos para ilustrar este punto es una tarea abrumadora, principalmente porque casi todos los pronunciamientos relevantes de los funcionarios israelíes, en particular durante el genocidio en Gaza, constituyen un estudio clásico del excepcionalismo israelí. Consideremos el implacable ataque de Israel contra la UNRWA, el organismo bajo mandato de la ONU responsable de la supervivencia de millones de refugiados palestinos. Durante décadas, Israel ha buscado el desmantelamiento de la UNRWA por una razón: es la única institución global que impide la eliminación total de los derechos de los refugiados palestinos. Estos derechos no son meras reclamaciones; están firmemente arraigados en el derecho internacional, en particular a través de la Resolución 194 de la ONU.
Si bien UNRWA no es una organización política en sentido funcional, su propia existencia es profundamente política. En primer lugar, constituye el legado institucional de una historia política específica; en segundo lugar, y de forma más crucial, su presencia garantiza que el refugiado palestino siga siendo una entidad política reconocida. Al existir, UNRWA preserva la condición del refugiado como sujeto con el derecho legal de exigir el retorno a la Palestina histórica, una exigencia que el estado de excepción pretende silenciar permanentemente.
En octubre de 2024, Israel legisló unilateralmente el cierre de la UNRWA, afirmando una vez más su "excepción" en todo el marco de las Naciones Unidas. "Es hora de que la comunidad internacional (...) se dé cuenta de que la misión de la UNRWA debe terminar", declaró el primer ministro Benjamin Netanyahu el 31 de enero de 2024, anunciando su inminente desaparición. Esta retórica llegó a su fin el 20 de enero, cuando la sede de la UNRWA en la Jerusalén ocupada fue demolida por el ejército israelí en presencia del ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir.
"¡Un día histórico!", proclamó Ben-Gvir ese mismo día. "Hoy expulsamos a estos simpatizantes del terror". Este horroroso acto fue recibido con tímida respuesta, preocupación silenciosa o silencio absoluto por parte de los mismos poderes encargados de impedir que los Estados se posicionaran por encima de la ley.
Al permitir que esta “excepción” israelí siga vigente, la comunidad internacional ha sancionado de hecho la demolición de sus propios fundamentos jurídicos.
En el pasado, los líderes israelíes enmascararon sus verdaderas intenciones con el lenguaje de una "luz para las naciones", proyectando un faro de moralidad mientras practicaban la violencia, la limpieza étnica y la ocupación militar sobre el terreno. Sin embargo, el genocidio en Gaza ha desmantelado estas pretensiones. Por primera vez, la retórica israelí refleja plenamente un estado de excepción donde la ley no solo se ignora, sino que se suspende estructuralmente.
“Nadie en el mundo permitirá que matemos de hambre a dos millones de ciudadanos, aunque sea justificado y moral hasta que nos devuelvan a los rehenes”, admitió el ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, el 5 de agosto de 2024. Esta postura “justificada y moral” revela una moralidad localizada que permite el exterminio de una población como un acto éticamente defendible. Sin embargo, Smotrich también mintió; el mundo no ha hecho nada práctico para disuadir a Israel de su brutal pulverización de Gaza.
La comunidad internacional permaneció impasible incluso cuando Smotrich declaró el 6 de mayo de 2025 que Gaza sería "totalmente destruida" y que la población quedaría "concentrada en una estrecha franja". Hoy, esa visión es una realidad: una población agotada por el genocidio está confinada en aproximadamente el 45% del territorio, mientras que el resto permanece vacío bajo control militar israelí.
El propio Netanyahu, quien ha extendido el estado de excepción más allá de cualquier predecesor, definió esta nueva realidad durante una reunión de gabinete el 26 de octubre de 2025: «Israel es un Estado soberano... Nuestra política de seguridad está en nuestras manos. Israel no busca la aprobación de nadie para ello». En este contexto, Netanyahu define la soberanía como el poder absoluto para actuar —incluido el genocidio— sin tener en cuenta el derecho internacional ni los derechos humanos.
Si todos los estados adoptaran esto, el mundo caería en un frenesí de anarquía. En su influyente obra Estado de Excepción, Giorgio Agamben diagnosticó este «vacío»: un espacio donde la ley se suspende, pero la «fuerza de la ley» permanece como pura violencia. Si bien sus posturas recientes han dividido a la comunidad académica, su crítica de la excepción como herramienta permanente de gobernanza sigue siendo una perspectiva indispensable para comprender la desaparición de la vida palestina.
Israel ya ha creado ese vacío. En manos de una sociedad colonial genocida, el estado de excepción es una pesadilla implacable que no se detendrá en las fronteras de Palestina. Si se permite que esta "excepción" se convierta en la norma regional permanente, ninguna nación de Oriente Medio se salvará. El tiempo apremia.
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11 febrero, 2026
El capitalismo como sociedad de la impudicia — Fernando Buen Abad
TeleSUR – 11/02/2026
Desde una perspectiva crítica, el primer gran gesto impúdico es la apropiación privada del producto del trabajo. El capitalismo no sólo roba valor; roba también sentido. El fetichismo de la mercancía, analizado con rigor por Marx, no es una ilusión óptica sino una operación semiótica, las relaciones entre personas aparecen como relaciones entre cosas, y las cosas adquieren una vida social autónoma que encubre la explotación que las produce. La impudicia consiste en que este encubrimiento ya no necesita ocultarse. La obscenidad del capital no es secreta, es pública, cuantificable, celebrada en rankings de riqueza extrema que conviven obscenamente con masas empobrecidas. La desigualdad ya no se justifica con pudor; se exhibe como mérito, como espectáculo aspiracional. La semiosis dominante convierte el robo estructural en éxito individual y el fracaso social en culpa personal.
Definida como Sociedad de la Impudicia no por un accidente moral ni una suma de deslices individuales, sino por una formación económica e histórica concreta, es una estructura de sentido producida y reproducida por las relaciones sociales de dominación extremadamente humilantes. En ella, la impudicia no es simplemente obscenidad visible, sino un régimen semiótico que naturaliza el despojo, estetiza la desigualdad y convierte la degradación humana en mercancía simbólica de consumo cotidiano. Su núcleo no es el exceso, sino la impunidad, la posibilidad de robar el producto del trabajo ajeno, de vaciar de contenido la dignidad humana y de hacerlo a plena luz del día sin vergüenza alguna, incluso con aplauso mediático. La impudicia es, así, una pedagogía del cinismo social.
En este contexto, la ideología burguesa opera como una maquinaria de banalización. No se limita a mentir, trivializa. Vacía las palabras de su densidad histórica y ética para reutilizarlas como eslóganes. Libertad se reduce a capacidad de consumo, democracia a procedimiento electoral sin poder popular efectivo, derechos a favores administrados por el mercado. Esta operación es profundamente impúdica porque despoja a los conceptos emancipatorios de la humanidad que los engendró. La vulgaridad no es aquí una disquisición sobre el mal gusto burgués, sino una estrategia política, rebajar el pensamiento, estereotipar el discurso, impedir la pausa reflexiva necesaria para reconocer la injusticia. La grosería mediática, la simplificación agresiva y la espectacularización del conflicto son dispositivos de control simbólico.
Naturalizar la vulgaridad cumple una función disciplinaria. Al imponer un horizonte cultural donde todo es intercambiable, desechable y rápido, se erosiona la capacidad de indignación. La impudicia se vuelve norma, y lo verdaderamente escandaloso pasa a ser cualquier gesto de decencia radical, la solidaridad, la coherencia ética, la crítica profunda. Desde la semiótica social, esto puede leerse como una inversión de los valores de pertinencia, los signos que antes denunciaban la injusticia ahora resultan “exagerados” o “ideológicos”, mientras que los signos del abuso se presentan como neutrales, técnicos, inevitables. La ideología dominante no grita; bosteza. Su eficacia radica en el cansancio moral que produce.
Su industria cultural desempeña un papel central en esta economía de la impudicia. No como simple aparato de entretenimiento, sino como fábrica de subjetividades adaptadas. El dolor ajeno se convierte en contenido, la miseria en formato, la violencia en rating. Hay una obscenidad específica en la repetición serial del sufrimiento sin contexto ni horizonte transformador. La imagen del hambre, de la guerra o de la exclusión, despojada de análisis estructural, se vuelve pornografía del desastre, consume empatía sin producir compromiso. Esta forma de impudicia no sólo explota cuerpos, explota emociones. Extrae plusvalor afectivo y lo devuelve como anestesia.
Desde un humanismo crítico riguroso, esta situación plantea una pregunta insoslayable, ¿la humanidad merece tanta bajeza? La pregunta no es moralista ni metafísica; es histórica y política. No se trata de una condena abstracta al “ser humano”, sino de una crítica a las condiciones que degradan lo humano. Nadie nace impúdico en este sentido estructural. La impudicia es aprendida, incentivada, premiada. Es el resultado de un orden social que separa ética y política, verdad y poder, conocimiento y responsabilidad. Un humanismo crítico no idealiza al sujeto; lo comprende en su conflictividad, pero se niega a aceptar como destino la reducción del otro a cosa, cifra o espectáculo.
Por eso la filosofía, cuando asume su tarea emancipadora, debe recuperar el pudor como categoría política, no en su acepción conservadora, sino como conciencia del límite, del otro, de la responsabilidad frente a la vida común. Pudor es reconocer que no todo puede ser mercancía, que no todo debe mostrarse para ser consumido, que hay una dignidad irreductible que no admite precio ni rating. La impudicia burguesa odia ese límite porque interrumpe la lógica de acumulación. Por eso lo ridiculiza, lo tilda de ingenuo o anticuado. Pero sin ese límite, la civilización se vacía de humanidad.
Un análisis semiótico científico muestra que la Sociedad de la Impudicia funciona mediante redundancia, repite hasta el cansancio los mismos signos de éxito, poder y normalidad, mientras excluye sistemáticamente los signos de cooperación, justicia y memoria histórica. Esta repetición no busca convencer, sino saturar. Frente a ella, la crítica no puede limitarse a desenmascarar; debe producir contra-semiosis, nuevos sentidos anclados en prácticas reales de transformación. La ética humanista no es un discurso ornamental, es una praxis que rehace los vínculos, que devuelve al lenguaje su capacidad de nombrar el dolor y la esperanza sin convertirlos en mercancía.
Su impudicia, en última instancia, es el síntoma de un sistema que ha perdido toda vergüenza porque ha concentrado todo el poder. Combatirla no es un acto de nostalgia moral, sino una necesidad histórica. Allí donde el robo se presenta como ley, la vulgaridad como cultura y la desfachatez como virtud, la tarea crítica consiste en reinstalar la pregunta por lo humano, no como abstracción, sino como horizonte concreto de lucha. La humanidad no merece la bajeza que se le impone; la padece. Y reconocer esa diferencia es el primer gesto de decencia radical en un mundo que ha hecho de la impudicia su lenguaje oficial.
Siempre el capitalismo puede entenderse, con precisión teórica, también como una maquinaria integral de impudicia e impunidad, diseñada para producir daño social sin asumir responsabilidad alguna. Su lógica operativa separa sistemáticamente acción y consecuencia, quien decide no padece, quien se beneficia no responde, quien destruye no repara. Esta disociación es su mayor obscenidad. La acumulación capitalista requiere no sólo la explotación material, sino la suspensión ética permanente; necesita un mundo donde despedir, contaminar, empobrecer o precarizar no provoque vergüenza sino balances positivos. La impunidad no es una falla del sistema, es su condición de posibilidad. Jurídicamente blindado, mediáticamente legitimado y simbólicamente naturalizado, el capital actúa como sujeto irresponsable absoluto, capaz de producir catástrofes humanas mientras se presenta como racionalidad económica. En esta maquinaria, la impudicia se automatiza, ya no depende de la mala conciencia individual, porque la estructura misma ha abolido la necesidad de sentir culpa. El resultado es un orden social donde la injusticia no sólo ocurre, sino que se gestiona, se planifica y se optimiza sin rubor, convirtiendo la negación de la dignidad humana en procedimiento normal de gobierno. Inmundicias ideológicas burguesas. Desde el robo al producto del trabajo hasta la desfachatez de la vulgaridad naturalizada. La humanidad no se merece tanta bajeza.
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Bitácora del poder neoliberal, desposeído de cualquier noción de lo humano — Oleg Yasinsky
La pluma.net – 11/02/2026
Temo que cualquier otra lectura de esta realidad abra las puertas a una pesadilla mucho más generalizada y esta vez irreversible. Jeffrey Epstein sigue vivo y desde el cerrojo del infierno sigue observando, satisfecho, nuestra ignorancia e indiferencia.
Una de las principales características del caso Epstein es que en realidad no es ninguna gran noticia, aunque mediáticamente se presenta como tal. Es una cómoda incomodidad y un escándalo que no escandaliza a nadie, ya que sus más de tres millones de archivos de horror no son más que una bitácora del poder neoliberal, desposeído de cualquier noción de lo humano.
La isla de Epstein es una pequeña parte del archipiélago, que aborda los cinco continentes y no es solo un lugar geográfico, sino una construcción mental del poder que nos ofrece su propia proyección del futuro. Es su plan.
Es curioso que los supuestos enemigos del actual Gobierno estadounidense, que son los demócratas, ya nos han mentido tanto que ahora cualquier prueba de ellos contra Trump y los republicanos se ve como mentira. Aquí no se trata del conocido cuento sobre el pastorcito mentiroso y el lobo. Estamos sumergidos en un mundo de tanta manipulación tecno-sicológica que lo que menos llama la atención y lo que menos convence son las verdades que se ven opacas ante el sicodélico brillo de falsedades y, para ser comprendidas, requieren algún grado de esfuerzo intelectual y espiritual, algo que en estos tiempos es cada vez más escaso.
La cultura occidental idolatra el éxito, idealiza la riqueza, siempre perdona los ‘excesos’ de ‘los triunfadores’, se declara defensora de los derechos, aunque en su cotidianeidad comercia con la hipersexualización infantil, despreciando derechos, emociones e incluso instintos.
Epstein ha sido un peón en el ajedrez mundial de las corporaciones. Con sus redes colaboraban las monarquías, los organismos de la ONU y los grandes líderes de la opinión pública de todo signo político.
Eso se sabía, pero la gran prensa mundial guardaba silencio. Esto se explica muy fácilmente por el miedo a las demandas, la dependencia de los anunciantes, etc. Además, un periodista rebelde y honesto, incluso en la democracia más democrática, sabe que, en el mejor de los casos, arriesga su trabajo y su carrera.
El caso Epstein no muestra la ‘maldad de las élites’, sino el funcionamiento normal de un sistema en el que el poder protege al poder, los medios de comunicación controlan la opinión pública, la cultura popular justifica a sus ídolos exitosos y los niños son material de consumo.
Esta monstruosidad es banal, repetitiva y reproducible.
La famosa película del director de cine italiano Pier Paolo Pasolini ‘Saló o los 120 días de Sodoma’ no trata sobre las perversiones, como la mayoría piensa. Es un retrato del poder del capitalismo, el que siempre muta en fascismo, donde las élites se encierran en un espacio oculto, las personas se reducen a sus funciones exigidas por la autoridad y la violencia es natural. El poder fascista es representado por el duque, el obispo, el magistrado y el presidente, que reflejan distintas caras de la descomposición del sistema.
Pasolini muestra la total perversión de los valores morales proclamados como el único camino de esta falsa e hipócrita sociedad que niega y desprecia cualquier destello de una espiritualidad verdadera.
En ‘Saló’ tenemos una villa, la seguridad, la desconexión del mundo exterior y la impunidad absoluta. En el caso de Epstein, es una isla privada, los aviones, las mansiones, lagunas legales y todo lo demás, que coincide hasta en los detalles más mínimos. La normalización rutinaria del horror en ‘Saló’ se realiza a través de la cena, la historia, el castigo y otra vez la cena. En el caso de Epstein, es a través de los masajes, los pagos, los regalos, los vuelos, y la repetición de los actos. Y en ambos casos, las violaciones no son más que un procedimiento administrativo ritual.
La estetización del crimen es un arma aparte: la música, la amabilidad, los ambientes ordenados y distinguidos, las conversaciones intelectuales en ‘Saló’; y la caridad, las universidades, la filantropía y el glamur en el caso Epstein obedecen a su único objetivo: hacer que la pesadilla se vea decente y aceptable para que ninguno de los espectadores sensibles se indigne antes de tiempo. Es importante que, en ambos casos, las élites actúen de forma colectiva y no como individuos.
En ‘Saló’ no existe un principal culpable, igual que en el caso Epstein también es evidente que el financista estadounidense no podía actuar solo, lo cubrían, usaban y aprovechaban miles de poderosos mientras se podía, es decir, hasta su muerte, cuando la responsabilidad de los demás se diluyó.
Muchos calificaron la película ‘Saló’ de insoportable. El problema es que Pasolini llamó a las cosas por su nombre, mientras que la realidad del caso Epstein está inundada de eufemismos: «relaciones inapropiadas», «contactos controvertidos», «acusaciones», etc. La película de ficción de 1975 nos expone mejor las noticias de hoy. Incluso en su tiempo y en las décadas siguientes, esta película, a pesar de no tener ninguna escena explícita, escandalizaba a las mismas generaciones consumidoras de Playboy y pornografía, moralistas hipócritas que se vieron retratados en las escenas del filme.
La analista colombiana Ana Lucía Calderón compara esta historia con otra, la del barrio Bronx en el centro de Bogotá, ocurrido hace 10 años. Cuando el Ejército entró al Bronx, se vieron prácticamente las mismas realidades descritas en los expedientes del caso Epstein: prostitución infantil, tráfico de drogas, esclavitud, torturas, asesinatos, horror total. Todo, como siempre, bajo control del crimen organizado a servicio de los poderosos, a su vez controlados por el poder supremo, grupos oligarcas, los tres poderes de Estado y su eterno aliado estratégico: los gobiernos de EEUU.
Después de una descripción de la naturaleza y similitud entre ambos casos, Calderón concluye:
«…Nadie está viendo el trasfondo que trae consigo este tema. Después de poner en todos los medios de comunicación día y noche, horrores y padecimientos, al igual que lo hicieron con los bombardeos en Gaza, saltan sesos por aquí, tripas por allá, en un par de semanas la gente anestesiada ya no reacciona más. Eso es lo verdaderamente aterrador. Se legitima el crimen, el exterminio, el saqueo, la violación. No hay alteración social, ¿de qué?, si es que las chicas jóvenes se publicitan en Instagram para ir a Arabia Saudí o a Emiratos Árabes a las orgías y a comer caca de los jeques. Si las redes están llenas de chicas invitando a otras, contando sus experiencias que «valen la pena» porque reciben mucho dinero. Todo se habla abiertamente, nadie siente vergüenza de exponer su intimidad en las redes, pero sí de mirar a los ojos a otra persona y tomar su mano. Se destapa todo esto cuando ya no tendrá repercusión popular ni ninguna censura moral. Esto ya no asombra a nadie y como la política de violación de soberanía nacional, tampoco. Simbólicamente la violación a una persona o a un pueblo da lo mismo y se compensa con dinero. Acostumbrémonos, ese es el mundo que construimos, gracias a la inexistencia de otra opción colectiva de la fantasía».
Temo que cualquier otra lectura de esta realidad abra las puertas a una pesadilla mucho más generalizada y esta vez irreversible. Jeffrey Epstein sigue vivo y desde el cerrojo del infierno sigue observando, satisfecho, nuestra ignorancia e indiferencia.
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