19 agosto, 2026

Bloqueo, chantaje, invasión: ¿Está Estados Unidos preparando un ataque militar contra Cuba? — Tarik Cyril Amar

 



Russia Today – 22/05/2026


Washington está siguiendo un guion ya conocido: primero sanciones, luego amenazas. A continuación, la fuerza, bajo un pretexto falso e inventado


El imperialismo estadounidense puede ser absolutamente caótico y perfectamente inmoral, pero sí tiene sus rutas favoritas y predecibles. Una de ellas es lo que podría denominarse la «estrategia de los tres pasos de Washington»: «bloqueo, chantaje, invasión».


La estrategia de los tres pasos no es en absoluto infalible. Prueba de ello es, por ejemplo, la reciente derrota de facto de EEUU (y de su ocasional señor feudal, Israel) a manos de Irán, algo que incluso el archineoconservador belicista Robert Kagan ha prácticamente admitido, precisamente en The Atlantic. Pero el fracaso nunca ha disuadido a los mejores y más brillantes de Estados Unidos. De hecho, la combinación de un estrangulamiento lento y sádico de naciones enteras con el uso de la fuerza militar es una auténtica fijación, tan central en la política exterior estadounidense como la mala fe permanente.


¿No lo cree? He aquí una lista preliminar, muy probablemente incompleta (en orden alfabético), de países que tienen dos cosas en común: En el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, han sido víctimas tanto de la guerra económica —a través de sanciones, embargos y bloqueos— como de ataques militares directos, incluyendo bombardeos (directos y por intermediarios), invasiones terrestres (también por intermediarios) y incursiones terroristas al estilo de las de Venezuela: Cuba, la República Dominicana, Granada, Irán, Irak, Libia, Corea del Norte, Panamá, Siria y Yugoslavia.


Puede resultar contradictorio, pero si se es realista acerca de la naturaleza de la guerra de Ucrania y de todas las cosas que Kiev no podría hacer por sí sola (desde «sobrevivir» hasta «lanzar ataques profundos contra Rusia»), entonces —por muy descabelladamente arriesgada que haya sido esta estrategia— Estados Unidos ya ha aplicado el mismo esquema a Rusia. Lo cual demuestra que la «Estrategia de los Tres Pasos de Washington» resulta sencillamente irresistible para las élites estadounidenses. Ni siquiera el grave riesgo de que la situación derive en una Tercera Guerra Mundial contra Moscú, que cuenta con el mayor arsenal nuclear del planeta, ha disuadido del todo a los responsables.


En este contexto, no se puede pasar por alto el verdadero significado de los últimos mensajes de Washington sobre Cuba. En primer lugar, fuentes de «inteligencia» convenientemente anónimas nos han informado de que Cuba cuenta con unos 300 drones y planea utilizarlos para atacar objetivos estadounidenses, incluida la base de EEUU (y agujero negro legal, así como campo de concentración de facto) en la Bahía de Guantánamo e incluso Florida, es decir, el territorio continental estadounidense. Por si fuera poco, Rusia, China e Irán también han sido señalados como cómplices de esos cobardes cubanos.


El altavoz de esta ridícula maniobra de guerra psicológica ha sido Axios, una publicación que recientemente se ha visto envuelta en un escándalo relacionado con manipulaciones de información privilegiada en torno al presidente de EEUU, Donald Trump, y su ofensiva contra Irán, así como al reportero Barak Ravid y su largo historial en los servicios de inteligencia israelíes.


Es obvio: la extraña «noticia» que nos pide creer que Cuba está a punto de suicidarse al darle a EEUU un pretexto perfecto para bombardearla, invadirla y cambiarle el régimen mediante la fuerza militar directa no trata, en realidad, de ningún plan cubano de ir a la guerra, sino de los preparativos de Washington para un ataque.


Eso no significa que Estados Unidos vaya necesariamente a cumplir esta amenaza basada en acusaciones falsas. Las autoridades cubanas, por supuesto, han desmentido las calumnias estadounidenses. También han acusado a Washington de estar construyendo un «caso fraudulento» para un ataque militar. Y tienen los hechos de su parte: los ataques de EEUU contra Irak (2003) y ahora contra Venezuela e Irán han demostrado que, en el caso de Washington, las mentiras descaradas (armas de destrucción masiva, un programa de armas nucleares, tráfico de drogas, un enjambre de drones listos para abalanzarse sobre Cayo Hueso) pueden muy bien ser el aluvión propagandístico que precede a un ataque militar a gran escala.


¿O tal vez otra operación al estilo de la de Venezuela? Las bases propagandísticas para esa opción se han sentado con la segunda amenaza estadounidense respecto a Cuba: al presentar el Departamento de Justicia de EEUU cargos contra el expresidente cubano Raúl Castro por el derribo de dos avionetas hace más de un cuarto de siglo, Washington no solo ha añadido —en palabras del New York Times— otra «escalada extraordinaria». El régimen de Trump también ha lanzado una amenaza de hacerle a Cuba, en esencia, lo que le hizo a Venezuela (donde, por cierto, decenas de miembros del personal de seguridad cubano fueron masacrados), donde secuestró al presidente Nicolás Maduro.


La isla caribeña es, por supuesto, una víctima de larga data —incluso más que Irán, lo cual es decir mucho— de la feroz guerra económica estadounidense. Inicialmente, esta vino acompañada también de intentos extraordinariamente burdos de asesinato e invasión por intermediarios. Pero el arma principal y más devastadora de Estados Unidos contra Cuba han sido décadas de implacable guerra económica, que recientemente se ha intensificado hasta convertirse en un asedio en toda regla, agotando las reservas de combustible y de otros recursos del país y sometiendo a su población a un brutal ataque mediante la privación y la desestabilización.


Puede que no esté de acuerdo con que el ministro de Asuntos Exteriores cubano califique este ataque estadounidense mediante el bloqueo como un «genocidio». Pero sin duda se trata de un gran crimen: la creación deliberada de una profunda crisis humanitaria con el fin de provocar un cambio de régimen. De hecho, los dirigentes estadounidenses han sido perfectamente explícitos sobre este objetivo: incluso su oferta de "asistencia" —realizada nada menos que por el director de la CIA— no es más que un chantaje. Su significado real y transparente es: estamos estrangulando a su pueblo y seguiremos haciéndolo, y solo si finalmente se someten a nosotros dejaremos de hacerlo.


La razón de tanta crueldad y violencia estadounidenses no es, en realidad, complicada: desde la Revolución Cubana de 1959, el gran y prepotente vecino de la isla nunca le ha perdonado que dejara de someterse al control de Estados Unidos. Olvídese de la tonta retórica ideológica sobre la libertad (que no existe en Estados Unidos), la democracia (ídem) y los derechos humanos (pregúntele a ICE). Ni siquiera las interminables y codiciosas exigencias estadounidenses y de los exiliados cubanos de restitución material derivadas de las nacionalizaciones, largamente pendientes desde la revolución, ni la obsesiva animadversión estadounidense contra el socialismo (con lo que Washington se refiere a cualquier cosa a la izquierda del capitalismo puro de los barones ladrones y los titanes tecnológicos) son las cuestiones clave.


En cambio, la esencia del enfrentamiento entre Cuba y EEUU radica en que Cuba se ha atrevido a intentar ser soberana en las proximidades de EEUU, donde la vieja Doctrina Monroe y su nueva versión «Donroe» solo toleran clientes y vasallos.


Cualquier país que no subordine sus intereses nacionales, así como la voluntad y el bienestar de su población, a Estados Unidos, es descartado y luego tildado de «Estado fallido» o incluso, como Trump ha calificado ahora a Cuba, de «nación fallida». Y todos sabemos lo que Estados Unidos considera que tiene derecho a hacer con estos lugares.


Por cierto, usted puede opinar lo que desee sobre el actual Gobierno cubano —no el «régimen»—. Bajo ninguna circunstancia concebible tiene Estados Unidos derecho a infligir tanta violencia y sufrimiento a ningún país que no le haya atacado. Los debates sobre el sistema económico cubano tampoco vienen al caso: sencillamente no podemos saber si funcionaría o no, o si lo haría a medias, ya que la economía cubana siempre se ha visto perturbada por la ingente injerencia estadounidense. Y, en cualquier caso, la existencia de problemas económicos no justifica ser invadido y sufrir un cambio de régimen. Si así fuera, Estados Unidos, con su deuda galopante, el declive de su base industrial y la crisis del coste de la vida, también sería un objetivo legítimo.


Cuba puede que sea capaz de resistir este último ataque estadounidense o puede que no. Su presidente, Miguel Díaz-Canel, ha advertido a Washington de que cualquier intento de invasión se encontraría con una resistencia masiva y provocaría un «baño de sangre». Venezuela ha caído ante la ilegalidad y la violencia estadounidenses; Irán no. El destino de Cuba sigue en el aire.





13 agosto, 2026

EL IMPERIO SE DESMORONA

 



PRESSTV – 11/08/2026


Siete miembros de la Armada estadounidense murieron y varios más resultaron heridos en un violento enfrentamiento a bordo del USS Abraham Lincoln, mientras que el creciente malestar entre la tripulación del portaaviones ha puesto de manifiesto la creciente presión a la que se encuentra sometida tras una prolongada singladura.


El incidente estalló después de que un asesor del jefe del Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM), Brad Cooper, subiera a bordo del portaaviones para examinar las crecientes quejas de los miembros de la tripulación tras las protestas de sus familias por el prolongado despliegue del buque, según la agencia de noticias Tasnim, que cita una fuente militar informada.


Según dicha fuente, el asesor fue recibido con abucheos por la tripulación que le arrojó botellas de agua mientras se dirigía a la misma.


El enfrentamiento escaló posteriormente hasta convertirse en una pelea entre miembros de la tripulación, pelea en la que se utilizaron cuchillos y otras armas blancas, dejando siete tripulantes muertos y varios más heridos.


Según informó Tasnim, el ambiente a bordo del portaaviones sigue siendo tenso e inestable.


El Abraham Lincoln lleva 263 días desplegado y actualmente opera en el Océano Índico, donde su misión principal es hacer cumplir un bloqueo naval ilegal contra Irán.


El portaaviones ha pasado 208 días consecutivos en el mar sin tocar puerto, a excepción de una breve escala en Omán en julio, el despliegue continuo más largo de cualquier portaaviones estadounidense en la era moderna.


La violencia denunciada se produce en medio de la creciente preocupación por las condiciones de vida y de trabajo que afrontan los aproximadamente 5.000 marineros e infantes de marina a bordo del buque.


Según se informa, el personal ha protestado por la escasez de alimentos, con raciones reducidas a tan solo media taza de arroz y dos trozos de carne. Las lavanderías del portaaviones también llevan dos semanas fuera de servicio, y el moho en las duchas ha provocado infecciones por hongos entre los miembros de la tripulación.


Las familias de los tripulantes han manifestado su preocupación por el agotamiento, la salud mental y el impacto del ritmo de trabajo prolongado en la capacidad de la tripulación para desempeñar sus funciones de forma segura.


En una reunión celebrada el jueves en San Diego, alrededor de 200 familiares se enfrentaron al secretario interino de la Marina estadounidense, Hung Cao, por las condiciones a bordo del portaaviones y la falta de una fecha clara para el regreso de la tripulación a casa.


Los incidentes acaecidos a bordo del Abraham Lincoln se producen tras otro incidente grave que involucró al portaaviones USS Gerald R. Ford. El 12 de marzo de 2026, se desató un incendio en los alojamientos que albergaban a unos 600 miembros de la tripulación, dejando 200 personas heridas.


Posteriormente, el Gerald R. Ford trasladó a los heridos a una instalación naval en la isla griega de Creta antes de verse obligado a regresar a los Estados Unidos.




"Dada la falta de fuentes creíbles, es probable que se trate simplemente de una irónica campaña propagandística lanzada por Irán, pero a estas alturas, ¿quién puede saberlo?


Y, como si la imagen que proyecta esta guerra no fuera ya lo suficientemente mala, ayer se supo que Trump se vio obligado a huir de Turquía a través de una ignominiosa ruta de escape: escondiéndose en un camión de reparto de comida, tras detectarse supuestas amenazas iraníes contra el Air Force One". (Simplicius)


Poco después, un Trump desesperado por mantener una apariencia de "tranquilidad y control" fue visto jugando al golf en Bedminster, Nueva Jersey, rodeado de alambradas y escoltado a través de los greens por un sistema móvil antiaéreo AN/TWQ-1 Avenger completo, armado con misiles Stinger:


Amigos, estos no son tiempos normales; puede que estemos en la recta final.


La apariencia de normalidad impide apreciar plenamente los extraordinarios acontecimientos históricos que se desarrollan ante nosotros. El Imperio estadounidense parece haber entrado de lleno en su fase final. 


La desmesura del desastre provocado por Trump en Asia Occidental sigue degenerando en algo verdaderamente patético, algo que recuerda una popular descripción de la caída de Roma que dice algo así como: "El ciudadano común romano no se había dado cuenta de que su imperio se había derrumbado hasta el día en que, simplemente, dejaron de repararse las carreteras y los puentes".


En este caso, la sociedad estadounidense vive en un estado de aparente normalidad. Políticos luciendo un bronceado artificial ensalzan una especie de "Edad de Oro", mientras que prácticamente todo lo asociado con el imperio estadounidense se va yendo lentamente al traste.


La situación es, cuanto menos, espantosa.


La operación de la Armada estadounidense contra Irán sigue dejando atónitos a los observadores, en medio de nuevos informes sobre marineros que intentan literalmente saltar del portaaviones USS Lincoln (Simplicius):





11 agosto, 2026

Contundente respuesta del Profesor Mohammad Marandi

 


"Periodista" australiana - ¿Qué derecho tiene Irán a chantajear al resto del mundo impidiendo el paso de los petroleros por el estrecho de Ormuz?


Prof. Mohammad Marandi - Disculpe. Creo que fue Estados Unidos quien inició la guerra contra Irán, y su gobierno la apoyó. No hicieron ni dijeron nada para condenarlo. 


Estados Unidos masacró a nuestros hijos. Estados Unidos asesinó a nuestros líderes. Estados Unidos, junto al régimen sionista genocida que su gobierno ama, destruyó nuestra infraestructura crítica. Por lo tanto, usted no está en posición de criticar a Irán. El ataque de Estados Unidos contra Irán, la destrucción de parte de su programa nuclear fueron ilegales y violaron el derecho internacional, una violación del derecho internacional que su gobierno apoyó, al igual que apoya el genocidio en Palestina. 


Pero, con respecto al estrecho de Ormuz, si usted recuerda, antes de que Estados Unidos junto al régimen israelí atacaran a Irán, el estrecho de Ormuz estaba abierto y los iraníes no tenían interés en controlarlo. Ahora, los iraníes quieren asegurarse de controlarlo en el futuro para que Estados Unidos nunca más pueda utilizar el Golfo Pérsico como plataforma para atacar a nuestro país. Y quiero dejar algo claro: Irán seguirá atacando a los barcos que utilicen ese canal sur del estrecho de Ormuz, cercano a Omán.


No eres muy buena periodista, ¿verdad? Irán no violó el memorando de entendimiento. Estados Unidos lo ha violado en múltiples ocasiones. Usted lo sabe, yo lo sé, todo el mundo lo sabe. Pero, dado que es usted australiana y está vinculada al Estado que ha apoyado el genocidio en Gaza, no espero nada de usted.




CAPITALISM💀

 



Si crees que la comida viene del supermercado y el agua del grifo, defenderás a muerte el sistema que te proporciona ambas, porque tu vida depende de ello.


En cambio, si sabes que el agua proviene de los arroyos y tus alimentos de la tierra, defenderás a muerte esos arroyos y esa tierra, porque tu vida depende de ello.


Nos hemos entregado a un sistema depredador que nos explota y esclaviza haciendo que nuestras vidas dependan exclusivamente de él.


Derrick Jensen



07 agosto, 2026

El poder social se construye antes de hacerse visible — Vijay Prashad

 

Rigaud Benoit (Haití), Marketplace [Mercado], 1965.


Tricontinental – 06/08/2026


No consiste en calles llenas o elecciones ganadas, sino en la capacidad paciente y organizada de la clase trabajadora para convertir la dignidad en el sentido común de la época.


Queridas amigas y amigos,


Saludos desde las oficinas del Instituto Tricontinental de Investigación Social.


Desde la hambruna de Bengala de 1943 hasta la elección del gobierno del Frente de Izquierda en 1977, el movimiento comunista de Bengala Occidental, en la India, fue consolidando pacientemente su fuerza entre la clase trabajadora, el campesinado, las personas refugiadas, el estudiantado y lxs trabajadorxs de la cultura. A través de campañas por la comida y la tierra, la construcción de poder sindical, la movilización de las personas refugiadas y la resistencia a la represión estatal, la izquierda hizo más que conquistar demandas inmediatas: creó instituciones de lucha, formó generaciones de organizadorxs y desarrolló una cultura política en la que los agravios de distintos sectores del pueblo podían entenderse como parte de una lucha común. La victoria de 1977 no generó repentinamente poder social en las urnas, sino que reveló el poder social que se había construido a lo largo de más de tres décadas.


A veces se confunde la energía popular con el poder social. Cuando un líder político convoca grandes multitudes, una consigna circula velozmente por las redes sociales, una manifestación llena las calles, se dice que un movimiento se ha vuelto poderoso. Estas pueden ser señales de visibilidad, entusiasmo o impulso, pero no son necesariamente prueba de fuerza organizada. Una multitud puede dispersarse, una elección puede perderse y una consigna puede desaparecer tan rápido como llegó. El poder social es algo más profundo: es la capacidad organizada de una clase para actuar en la sociedad, orientar las aspiraciones del pueblo y convertir su comprensión del mundo en parte del sentido común de la época.


La clase capitalista posee poder social no solo porque es dueña de fábricas, bancos, minas, plataformas digitales y latifundios, sino también porque ha construido instituciones que transforman sus intereses en los intereses aparentes de la sociedad. Sus medios de comunicación presentan la protección de la riqueza privada como la defensa de la libertad. Sus economistas describen los recortes del gasto público como “responsabilidad fiscal”, sus instituciones educativas enseñan que la competencia es una expresión de la naturaleza humana y sus leyes consideran los derechos de propiedad como más importantes que los derechos a la alimentación, la vivienda y una vida digna. La clase capitalista no necesita convencer a todo el mundo de su visión del mundo: solo necesita que sus supuestos parezcan naturales, fijar los límites de la discusión respetable y asegurar que las alternativas parezcan poco realistas incluso antes de haber sido consideradas. Esto es la hegemonía capitalista: la capacidad de la clase dominante de organizar el consenso en torno a un orden social que sirve a sus intereses mientras aparenta expresar los intereses de la sociedad en su conjunto.


El poder social capitalista no descansa solo en el consenso, sino en la combinación de consenso y coerción: los medios de comunicación y las escuelas, pero también la policía, los tribunales y las cárceles. Por ejemplo, antes que la policía pueda romper una huelga, los periódicos deben retratar a quienes la organizan como personas egoístas. La clase dominante ejerce el poder social convirtiendo su visión del mundo en sentido común, mientras mantiene las instituciones coercitivas listas para defender esa visión cuando el consenso comienza a fracturarse.


Sin embargo, la hegemonía capitalista nunca es completa mientras las promesas de la sociedad capitalista choquen una y otra vez con las realidades de la vida de la clase trabajadora. En la India, por ejemplo, las recientes protestas encabezadas por la juventud han dejado al descubierto una contradicción aguda: a lxs jóvenes graduadxs se les dice que la educación garantiza empleo, pero lo que espera a muchxs tras egresar es el desempleo y el trabajo precario. Tales contradicciones crean la posibilidad de un nuevo sentido común, pero el sufrimiento no produce automáticamente conciencia socialista. La inseguridad puede dar lugar a la solidaridad, o puede usarse para persuadir a las masas de culpar a las personas migrantes, las castas oprimidas, las minorías religiosas o racializadas, las mujeres u otrxs trabajadorxs. La crisis de una vieja hegemonía puede abrir el camino a la izquierda, a través de la organización y la lucha, o puede abrir el camino a la extrema derecha, a través del miedo, el resentimiento y la búsqueda de chivos expiatorios. Las condiciones no hablan por sí solas: deben ser interpretadas, y la disputa por su interpretación es parte de la lucha por el poder social. Pero la interpretación no se forma en abstracto. Se forja en la actividad colectiva.


Las luchas campesinas por el control de la tierra desafían la santidad de los derechos de propiedad, mientras que las luchas de las mujeres muestran que la dominación en el hogar no es un asunto privado, sino parte de la organización social del poder. Toda lucha seria contiene un proceso de formación: el pueblo aprende quién está con él, quién se le opone y qué instituciones se declaran neutrales mientras defienden el orden existente. Descubre en sí mismo y en lxs demás capacidades que la sociedad capitalista le enseña a subestimar. Por eso el poder social no puede construirse solo mediante la comunicación. Los afiches, los periódicos, los videos y las campañas en redes sociales son importantes, pero no pueden sustituir a la organización. Las personas no cambian su comprensión del mundo por el mero hecho de encontrarse con el argumento correcto. La conciencia cambia mediante la participación en la actividad colectiva.


La movilización reúne a la gente en torno a un acontecimiento. La organización la mantiene unida y desarrolla su capacidad de lucha sostenida. La movilización puede expresar la rabia. La organización transforma la rabia en memoria, disciplina, dirección y estrategia. El poder social emerge cuando la energía popular se convierte en capacidad organizada. Se construye a través de los sindicatos, las asociaciones campesinas, las organizaciones de mujeres, los comités barriales, las escuelas de formación política, las instituciones culturales, los medios de comunicación comunitarios y los partidos revolucionarios. Estas instituciones preservan las lecciones de una lucha y las llevan a la siguiente. Mediante el trabajo paciente de construir tales organizaciones, el poder social va formando las capacidades que requiere una nueva sociedad.


La fragmentación de la clase trabajadora es una de las fortalezas del capital. La clase trabajadora está dispersa entre fábricas y campos, oficinas y escuelas, hogares y mercados informales. Quienes trabajan, siendo esenciales para la producción y la reproducción social, ven que a menudo se les niegan sus derechos políticos y que su aporte a la sociedad es frecuentemente menospreciado. El capital convierte esa dispersión y ese menosprecio en división: a lxs trabajadorxs del sector formal se les dice que teman a lxs trabajadorxs informales; a la ciudadanía, que tema a las personas migrantes; a lxs trabajadorxs urbanxs, que desdeñen al campesinado; y a los hombres, que traten la emancipación de las mujeres como una amenaza. Las diferencias religiosas, raciales, étnicas, de casta y lingüísticas se convierten en líneas permanentes de división política. La tarea de la organización socialista no es fingir que esas diferencias no existen, ni exigir que cada lucha se disuelva en una unidad de clase abstracta. Es construir unidad mostrando cómo las distintas formas de opresión están atadas a un mismo orden social.


En nuestra tradición, la construcción de esa unidad se llama la creación de un “bloque histórico”: una alianza de fuerzas sociales unida no solo por un acuerdo temporal, sino por un proyecto político común. Un bloque así debe estar arraigado en la clase trabajadora y responder a las aspiraciones de todas las personas cuyas vidas son deformadas por el capital, el imperialismo, el patriarcado, el racismo, la opresión de casta y la destrucción de la naturaleza. Un programa político no puede ser una lista de verificación en la que a cada grupo social se le asigna una demanda separada. Debe ofrecer una explicación coherente de la crisis y una dirección creíble para la sociedad, mostrando cómo la salud pública, la reforma agraria, el empleo digno, la liberación de las mujeres, la reparación ecológica y la soberanía nacional pertenecen a un proyecto común. La clase dominante dice que la sociedad debe organizarse en torno a la libertad del capital. Un bloque histórico socialista debe insistir en que la sociedad se organice en torno a la dignidad del trabajo y la reproducción de la vida. Así es como el poder social se vuelve hegemónico: no mediante una estrategia comunicacional, sino a través de la construcción de dirección política, por la organización y la lucha.


La clase dominante ofrece una interpretación emocional del mundo. Le dice a la clase trabajadora que sus vecinos son peligrosos, que las personas extranjeras le están robando el futuro, que la pobreza es vergonzosa y que la acción colectiva es inútil. Cultiva el resentimiento e impide, al mismo tiempo, que ese resentimiento se convierta en una comprensión del sistema, dirigiendo la rabia legítima hacia quienes tienen todavía menos poder. Este es el terreno emocional sobre el que se organiza la extrema derecha actual. Ofrece pertenencia a quienes se sienten abandonados, orgullo a quienes han sido humillados y certeza a quienes viven vidas precarizadas. Sus explicaciones son falsas, pero el dolor al que habla es real.


Una política socialista que responda solo con estadísticas seguirá siendo débil. Debe ofrecer dignidad, compañía, coraje y esperanza, no como consignas vacías, sino como experiencias creadas por medio de la organización. La cultura es central en este trabajo: las canciones, la poesía, el teatro, las artes visuales y los rituales colectivos preservan la memoria histórica y ofrecen imágenes de un futuro que todavía no puede describirse por completo en documentos de política pública. La cultura revolucionaria no solo enseña al pueblo a qué oponerse, sino también en qué busca convertirse. El poder social requiere una batalla de ideas porque la clase dominante presenta su dominación como sentido común. También requiere una batalla de emociones porque el sentido común no se sostiene solo con argumentos, sino también con miedo, deseo, vergüenza y esperanza.


El poder social es indispensable, pero no suficiente. Un movimiento puede crear organizaciones populares fuertes mientras la clase capitalista sigue controlando la inversión, la producción y el aparato coercitivo del Estado. Por eso el proyecto socialista debe desarrollar una estrategia para traducir el poder social en poder gubernamental y para transformar el propio Estado. No obstante, las victorias electorales no deben confundirse con la culminación de ese proceso. Un partido de izquierda puede formar gobierno mientras los bancos, las corporaciones, la alta burocracia, la judicatura, la oficialidad militar y los monopolios mediáticos permanecen bajo la influencia del viejo bloque dominante. Por ello un gobierno de izquierda debe fortalecer la organización independiente del pueblo. Las organizaciones populares no deben convertirse en defensoras pasivas de ministrxs afines. El poder social es lo que permite que un proyecto sobreviva más allá de un gobierno, una elección o una generación de dirigentes.


Existe la tendencia a ver la política solo en el momento de la cosecha: quién ganó la elección, quién formó gobierno, qué ley se aprobó y qué palacio se ocupó. Pero nada se cosecha sin un trabajo previo, largo y en gran medida invisible. Se seleccionan y se siembran las semillas, se repara el suelo, se acarrea el agua y se protege a las plantas jóvenes del calor y las enfermedades. Casi todo ese trabajo se olvida cuando por fin se recogen los frutos. Sin embargo, la construcción del poder social es ese trabajo paciente: ocurre cuando un militante imparte una clase de formación política tras una larga jornada, cuando una organizadora sindical visita a un trabajador que teme ser despedido, cuando las mujeres crean un comité contra la violencia, cuando el campesinado estudia la estructura de la deuda agrícola y cuando lxs jóvenes forman un grupo cultural en un barrio abandonado por el Estado. Ninguna de esas acciones transforma la sociedad por sí sola, pero juntas crean un pueblo capaz de transformarla.


Lo que le falta al pueblo no es capacidad, sino los medios organizados para reconocerla, combinarla y ejercerla. El poder social comienza cuando el pueblo deja de verse a sí mismo como quien solo padece la historia y comprende que puede hacerla.


Cordialmente,


Vijay



06 agosto, 2026

Lo que no calcularon, nuestra animalización — Laidi Fernández de Juan

 


Segunda Cita – 04/08/2026


En medio de esta caótica situación que vivimos, donde la supervivencia prima, y la resiliencia, la inventiva y una resignada forma de aceptar lo inevitable predominan, poco a poco adquirimos propiedades que jamás imaginamos. Quienes nos cercan hasta el límite, nos imponen restricciones crudelísimas, y nos obligan a un permanente estado de vigilia que mina nuestro sistema nervioso central, o sea, todo nuestro cuerpo, no calcularon la naturaleza intrínseca del pueblo cubano: la empecinada fuerza de inventar, de salir a flote, de transformar mecanismos, cosas, hasta entonces incalculables. Esta categoría de resistencia no aparece en ningún manual. Es algo que hemos ido adquiriendo a lo largo de muchos años de carencias y sus consiguientes alternativas. No voy a comparar un período con otro, esta crisis con la anterior, ni cuánto hemos sacrificado, porque eso debilitaría el actual estado de inmediatez ante lo precario de nuestra existencia.


Si hace medio año nos parecía descomunal no disponer de servicios básicos durante 4 o 6 horas al día (el abasto de agua, la imprescindible electricidad, el gas para cocinar, la conexión telefónica digital o fija), ya hemos llegado al punto de disponer de dichos servicios por una escasa hora cada día, lo cual nos obliga a una animalización paulatina, a unas habilidades que jamás planeamos ni supusimos posibles. Esto no significa ni de lejos que nos complazca ni aceptemos las transformaciones con beneplácito, todo lo contrario. Los nervios de todos están crispados, a flor de piel, con una irritación tremebunda que explica que riñamos como bestias por un pedazo de pan, por el derecho vial o por un simple cubo de agua. Entre otras razones, porque nada es simple ni prescindible.


Todos necesitamos agua, alimentos, luz, gas, medicamentos al costo que sea, aunque ello implique la progresiva animalización a la que hago referencia. Ejemplos son muchos, me limitaré a unos pocos.


Aunque viole leyes de fisiología humana, ya hemos desarrollado cierta visión nocturna, como si fuéramos gatos o murciélagos. En penumbras desde hace seis meses, en la madrugada vemos siluetas de la mesa del comedor, identificamos el sillón de la sala y la mesita de noche sin que suframos caídas. El oído adquiere nuevas capacidades, también inimaginables antes de esta guerra que libramos día a día. Ya no nos asusta el revoloteo de alguna mariposa equivocada que no encuentra ventana por donde salir. Esas impresionantes tataguas o mariposas brujas que a veces se cuelan en nuestras casas, se pasean sin que les caigamos a escobazos, como antes. Ya no nos asustan ni creemos que vendrán malos augurios. Esos ya los tenemos. Los ratones mordisquean las esquinas de las habitaciones y los bordes de los rodapiés sin que les hagamos mucho caso. No solo porque estamos extenuados luego de librar batallas durante el día, sino porque en nuestra nueva escala de valores, sentir (oír o ver) roedores o seres voladores no reviste importancia. Los huevos de gallina explotan debido al intenso calor y a la falta de refrigeración. Doy fe del ruido que causan cuando revientan, pero ya sabemos que no es una bomba lo que ha explotado en la cocina, sino un huevo, y aunque es una fatalidad, no es el fin del mundo. Al menos del mundo que habitamos ahora mismo.


Como si fuéramos cocodrilos, sangramos muy poco, o nada. El otro día se desplomó una linterna pesadísima sobre una de mis cejas. En condiciones normales, hubiera brotado sangre del arco superciliar lastimado, pero ahora no. Como si el cuerpo, las plaquetas y la cascada fisiológica de la coagulación comprendieran que no hay hilos ni agujas de sutura, ni desinfectantes ni algodón ni gasa ni luz en el policlínico, la frente, las cejas y la cara toda se reprime, y ni un chichón deja constancia del traumatismo. Somos reptiles, gatos, murciélagos.


Como elefantes sabios, como delfines amables, como mariposas multicolores vamos aceptando un nuevo modo de vivir, que varía constantemente, además. Puede ocurrir que la bendita hora de electricidad nos llegue a mitad de la noche. En un estado de vigilia constante, ni chistamos. Cada miembro de la familia se lanza de la cama con velocidad de guepardo porque sabemos que en cuestión de minutos hay que cargar los pocos equipos que tenemos, los móviles, los ventiladores, además de lavar, de cocinar, de limpiar y si acaso planchar aunque sean las 3 de la madrugada. Parecemos curieles ansiosos haciendo todo a la vez, con frenesí. Luego, como koalas somnolientos pasamos el resto del día, para volver a adquirir la sensibilidad táctil de un topo cuando llegue la oscuridad (metafórica y real).


Estoy convencida de que nuestros opresores no calcularon que estas inusuales y antinaturales adaptaciones nos permitirían la sobrevida. Ya la inmensa mayoría de nosotros pertenecemos a los denominados “cubanos de a pie”, y vamos al mercado como si fuéramos miembros de un equipo de patos, de gansos o de hormigas, en fila silenciosa a procurar alimentos, arrastrando carritos con ruedas, o cajas de madera adaptadas para tales fines.


Por muy dura, difícil, engorrosa y asfixiante que sea nuestra corrosiva cotidianidad, por muy animalizados que estemos, y por muy lejana que sea la esperanza, no vamos a dejarnos derrotar. Porque nuestra convicción de pueblo imbatible, hablando en plata, nos conmina a saber que por muy oscuro que sea el panorama (y lo es, sin duda), el sol, cualquiera que sea, saldrá cada mañana de cada día. Aunque solo sea para decirle al delfín, al conejo, al gato o al cocodrilo que somos. "Buenos días, aquí estoy".


Agosto, 2026