25 abril, 2018

Al Ejército Mexicano: este día venimos a decirles que se vayan.


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Acción de las mujeres de la Organización Sociedad Civil Las Abejas de Acteal, ante el campamento militar en la comunidad de Majomut, Chenalho, Chiapas (México)
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El pasado sábado 21 de abril un grupo de personas con armas de fuego causaron terror a los y las integrantes de Las Abejas de Acteal, destruyeron casa de la organización y agredieron un día después con piedras durante la conmemoración de la masacre de Acteal.
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21 abril, 2018

Las trampas de la identidad – Miquel Amorós





Alasbarricadas20/04/2018

Cuando el capitalismo internacional entra en una peligrosa fase crítica, en donde la vida de la mayoría de la población planetaria depende completamente de disposiciones funestas tomadas por irresponsables con el fin de superar la recesión y la ruina, en Europa, y más concretamente en Cataluña, la conciencia de la crisis parece ocultarse detrás de conflictos de muy inferior rango, como por ejemplo, el que mantiene el Estado español contra la voluntad secesionista de determinados grupos de poder catalanes, apoyados principalmente por empresarios adictos y por la clase media provinciana. El caso presenta extrañas similitudes con la puesta en escena, en Francia, de la cuestión “musulmana”, una verdadera escenificación montada para esconder la cuestión social tras una problemática étnica, cultural y religiosa.

Bajo el prisma de la soberanía, la condición obrera de gran parte de la población catalana se disuelve en una identidad nacional ilusoria inflada artificialmente en los medios, y la lucha social queda absorbida en la pugna aparente entre un gobierno central, autoritario y represivo, y un “pueblo” catalán, pacífico y demócrata donde los haya, que pretende autodeterminarse. Parece que el discurso soberanista, acaparando el debate político, haya dado la puntilla a la lucha de clases. Nadie menciona a los trabajadores, sino como sujeto secundario representado por sindicatos claramente favorables al “derecho a decidir”. En realidad, el proletariado ha resultado subsumido y degradado en el concepto comodín de “poble”. El momento no puede ser más confuso. La actividad propagandista y la apropiación del espacio mediático por los bandos jurídicamente enfrentados, expulsa abruptamente de la escena pública la cuestión social en provecho de la cuestión identitaria, o peor aún, del españolismo. Los matices no cuentan; todo el mundo está obligado a escoger su campo: o con el fascismo español, o con la democracia burguesa catalana. O con la mentira constitucionalista o con el fantasma de la independencia. Una especie de chantaje moral nos condena a escoger entre una cárcel ideológica u otra; a pronunciarnos por un determinado tipo de opresión, en fin, a adoptar una identidad quimérica cualquiera. La protesta contra la expropiación total de la decisión de los individuos por parte de una clase dirigente económica y política, en Barcelona y comarcas, no aflora en contradicción con el régimen capitalista y las instituciones que lo representan, sino que lo que podría tomarse por tal parece conformarse con un Estado menor, periférico, en todo similar a los demás Estados europeos.

La fascinación por un Estado que albergue a la “nación” catalana es tanta, y tan sabiamente cultivada por expertos y profesionales de la comunicación, que para sus partidarios resulta ofensivo dudar de su eficacia en la resolución de toda clase de problemas, desde el de los desahucios al del paro y la precariedad; del de la destrucción del territorio al de los inmigrantes indocumentados; del de la igualdad de géneros al de los recortes en pensiones y servicios sociales, etc. Y si por desgracia el escollo es visiblemente imposible de saltar, siempre podrá responsabilizarse a Madrid. La pequeña burguesía y las nuevas clases medias nacidas de la terciarización de la economía, afectadas seriamente por la crisis, constituyen buena parte de la base social del soberanismo, la parte más crédula y más subyugada por la heroicidad de sus dirigentes encarcelados o exiliados. Difícilmente hallaremos proletarios en sus filas. Por eso, el nacionalismo “democrático” y ciudadano surge en el contexto actual en oposición a ideologías emancipadoras como el socialismo autogestionario, el confederalismo, el comunismo libertario y el sindicalismo revolucionario. O dicho mejor, como relato alternativo a las teorías subversivas capaces de exponer de forma verídica la situación actual a las clases oprimidas. La lucha contra los efectos de la crisis deja de articularse en torno a la condición obrera y pasa a hacerlo alrededor de la nacionalidad. Si la comunidad concreta de trabajadores se ha desleído ante los embates del sindicalismo de concertación, la desocupación y el consumismo, en su lugar se conforma una comunidad abstracta, relacionada virtualmente, interclasista y esencialista: el pueblo catalán. En nombre de dicha abstracción habla el montaje nacionalista.



Las catástrofes del capitalismo globalizado y el gobierno corrupto de la derecha estatal han creado un clima ideológico particular en Cataluña, perfectamente aprovechado por el entramado de intereses soberanista, que ha sabido neutralizar cualquier otra oposición y llevar toda el agua a su molino. Frente a una “democracia” corrompida y despótica, la dirección nacionalista gusta mostrarse como agente de una democracia verdadera, obediente al mandado del “pueblo”. El pasado, que podría desmentir con facilidad tal autenticidad, ha quedado borrado en el imaginario patriótico. El soberanista carece de memoria. De golpe, todas las instituciones, a estas alturas bastante desacreditadas, se ven legitimadas a costa del infame gobierno central: el Govern, el Parlament, la Mesa, consellers, subsecretarios, Mossos, diputats, regidors, patronals, partidos... La represión, centrada en la cúpula dirigente, ha contribuido sobradamente. Toda la clase política soberanista adquiere una virginidad a precio de saldo, y con ella, la brutal policía autonómica y el Govern de los recortes, del BCN World y del caso Palau. El Estado, a través del cual la clase dominante se constituye en sociedad democrática, queda incontestablemente consagrado. Pero la “democracia”, que hoy no es más que la forma política del capitalismo, y que en su fase crítica final adopta formas autoritarias y espectaculares cada vez más obvias, tanto en Cataluña como en España, suele ejercer de mecanismo desactivador de una latente conflictividad anticapitalista, desviada por las burocracias sindicales a terrenos baldíos. La originalidad catalana es que la susodicha democracia se erige como argumento principal de las tramas oligárquicas del nacionalismo con el que este se asegura una bolsa descomunal de votantes fieles. Las falsas cuestiones no tienen otra misión que disimular las auténticas en beneficio de la dominación, enarbole la roja y gualda o la estelada.

Es indudable que al recomponer el escenario político y social catalán en clave nacionalista, las fuerzas soberanistas han descolocado a la “izquierda” oficial, a la de viejo y a la de nuevo cuño, a la socialdemócrata y a la ciudadanista, incapaces ambas de desmarcarse de la moda identitaria y distanciarse de sus lugares comunes, sus símbolos y sus mitos. No le ha quedado más remedio que elegir entre dos amos y ponerse a remolque del “unionismo” o del nacionalismo. Algo parecido podíamos decir del anarquismo catalán. Durante la guerra civil, el anarquismo oficial convirtió en consigna una frase atribuida falsamente a Durruti: “Renunciamos a todo menos a la victoria.” Con ello se trataba de justificar una abjuración vergonzosa y una táctica inútil hecha a base de capitulaciones. Según se desprendía de ello, al anarquismo le iría mejor cuanto más renegase de sus postulados, métodos y objetivos. Pues bien, los libertarios “de país” han tomado buena nota. Por puro activismo o por simpatizar realmente con el nacionalismo, no tienen empacho en olvidarse de la historia movilizándose tras eslóganes nacionalistas; en depositar su papeleta de voto en la urna santificando las elecciones; en reivindicar una “democracia” a la catalana y sus instituciones más convencionales, y en aportar su grano de arena a la construcción de un Estado republicano, del que se puede esperar un amor a las libertades civiles semejante al de la versión monárquica de la que se pretende segregar. Al capital, ni tocarlo; en la movida catalana nadie va de anticapitalista, a no ser de boquilla; se va de demócrata. Nos inclinamos a pensar, tras habernos cruzado con algunos ejemplares especialmente fariseos, que el anarquismo de la posmodernidad y la militancia identitaria se ha convertido en el refugio de un sector extremista de la clase media, muy minoritario, pero visible. En resumen, la punta de lanza de una nueva servidumbre. Bueno, pero por suerte, ese no es todo el anarquismo ni de lejos, aunque éste ganaría bastante incidiendo en la lucha social más que parapetándose tras los principios.

La tarea primordial de la crítica revolucionaria consistiría en disipar la confusión mediante un análisis profundo y claro del régimen capitalista tal y como se manifiesta en la sociedad catalana, en nada diferente a la europea. A la luz de los verdaderos antagonismos sociales se esfuman los tópicos nacionalistas. Solamente a partir de aquellos puede constituirse una comunidad de lucha capaz de actuar contra el Capital y el Estado. La conciencia de las contradicciones está todavía por llegar, y con tanto nacionalista, tardará más de la cuenta, pero dado que la proletarización de la sociedad va a agravarse como resultado de la implosión destructiva del capitalismo, la clase media perderá protagonismo y los presupuestos ciudadanistas y nacionalistas se irán derrumbando, como levantados sobre un pedestal de barro.

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Para la presentación del libro “No le deseo un Estado a nadie”, en Espai Contrabandos, Barcelona, 19 de abril de 2018 (Ponentes: Corsino Vela, Santiago López Petit, Tomás Ibáñez y Miquel Amorós).

Artículo relacionado: La nostalgia de los orígenes


Paco Etxeberria, acerca del informe sobre torturas en el Estado español 1960-2014


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+ información aquí



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19 abril, 2018

MIENTE MONTORO… O LA GUARDIA CIVIL Y EL JUEZ LLARENA (Iu Forn – El Nacional Cat)



No, no, el título no es ninguna acusación, ni ninguna amenaza, ni ningún desprecio, ni ningún insulto, ni ningún odio, ni ningún atentado terrorista cedeerrista. Es un hecho.

O mienten Montoro y Rajoy o miente la Guardia Civil y el juez Llarena. Porque, hasta que un juez intente demostrar el contrario, es imposible que una cosa sea y no sea a la vez.

Si les parece bien, primero recordamos qué ha dicho el ministro de Hacienda, Cristobal Montoro, en una entrevista publicada por Jorge Bustos en “El Mundo”.

Casualmente, es lo mismo que el propio Montoro ya defendió el pasado en agosto y que posteriormente dijo Mariano Rajoy en sede parlamentaria:



O sea, la persona que controla desde hace meses, y en nombre del gobierno central, las finanzas de la Generalitat hasta el céntimo, dice que el 1 de Octubre se gastaron cero euros en el referéndum.



Y ahora, si les parece bien, recordamos que la Guardia Civil ha elaborado varios informes donde se afirma que sí, que el 1º de Octubre la Generalitat se gastó hasta un millón y medio euros en publicidad y materiales.

Según el desglose especificado en estos informes, 979.661,96€ se gastaron en papeletas, 119.700 fueron a parar a los observadores internacionales y el resto fue gasto en publicidad.

Y estos informes tienen tanta credibilidad para el juez Pablo Llarena que la malversación es uno de los delitos por los cuales mantiene a 9 personas en prisión preventiva, 5 están en el exilio y unas cuantas más están procesadas. Por lo tanto, aquí falla alguna cosa.

Si la Guardia Civil afirma tener pruebas de una cosa que niega el responsable político de revisar la cosa, o son falsas las pruebas, y por lo tanto el auto del juez, o es falsa la versión del ministro. Y las dos cosas son igual de graves.



Si quien mintiera fuera el ministro, querría decir que sí, que salió dinero de la Generalitat para pagar el referéndum, pero el ministro no se dio cuenta, a pesar de ser responsabilidad suya, y ahora lo estaría tapando porque implicaría reconocer una negligencia.

Por lo tanto, sería un negligente, pero también un mentiroso, un encubridor y, además, estaría entorpeciendo el trabajo de la Guardia Civil y de la justicia para poder acusar unos peligrosos delincuentes que han querido destruir España.

O sea, Montoro tendría que acabar en prisión. Él y sus colaboradores más estrechos.

Si quien mintiera fuera la Guardia Civil, querría decir que han falsificado pruebas a propósito, para poder acusar personas inocentes que ahora mismo están en prisión por un delito inventado. Y eso sería terrible.

Y también significaría prisión para sus responsables, aparte de un descrédito total y absoluto para el cuerpo.

Ah…, por cierto, si se fijan en la foto-captura que he adjuntado con las declaraciones de Montoro, he subrayado el momento en que el ministro dice que malversar también puede ser “abrir un recinto público para celebrar un acto político ilegal“.

Y sería la prueba que demostraría la ausencia de pruebas de la malversación. ¿Por qué? Porque el ministro quiere sacudirse culpas, claro, pero no puede dejar con el culo en el aire su cuerpo benemérito ni su justicia.

Y entonces surfea por la malversación a través de los recintos públicos. El problema es que, mire usted por dónde, esta no es la acusación de la Guardia Civil ni del juez Llarena.

Su malversación, la de los informes y del auto, no habla de dejar recintos para hacer nada sino, como ya ha quedado explicado, de cifras. Por lo tanto, ministro y juez hablan de dos malversaciones diferentes.

Por lo tanto, uno de los dos miente. Definitivamente.


¿Eh?... Yo no sé nada