02 octubre, 2026

HACE 150 AÑOS...

 


Transcripción del vídeo titulado Why Karl Marx Was Right [Por qué Karl Marx tenía razón]


Hoy voy a hablar de Karl Marx. Y tal vez piensen: «Vaya, pero todo eso y el comunismo... son cosas del pasado, ¿no? Al fin y al cabo, Marx se equivocaba. Los experimentos sociales que surgieron en su nombre fueron catastróficos, fracasaron estrepitosamente. Además, el capitalismo ganó la Guerra Fría. Todo eso suena a los años setenta, ¿no es así?».


Pero, un momento, porque más allá de todas esas disputas políticas y caricaturas culturales, Marx planteó una serie de cuestiones que no solo versaban sobre la revolución, el comunismo o la abolición de la propiedad privada, sino sobre el futuro del capitalismo y la estructura misma de la economía capitalista a largo plazo. Una de esas cuestiones se refería al rumbo que estaba tomando el capitalismo, un análisis sombrío, inquietante y sorprendentemente relevante para el mundo actual.


Para Marx, el desenlace final del capitalismo sería el de una sociedad gobernada por una pequeña oligarquía de personas inmensamente ricas extendiendo su poder sobre una vasta mayoría en situación precaria. En dicho futuro no existiría la clase media. No habría movilidad social. Solo esa minoría y el resto. La cuestión, pues, es que no es necesario estar de acuerdo con las posibles soluciones de Marx para reconocer que su diagnóstico fue extraordinariamente premonitorio.


Hoy quiero referirme a por qué Marx llego a esas conclusiones, cómo funciona su modelo y por qué muchas de las inquietudes de la vida moderna parecen ecos de una predicción realizada hace 150 años, para cuya comprensión debemos entender el mundo en el que vivió su autor.


El siglo XIX fue una época de extraordinarias transformaciones. La industrialización estaba desmantelando los modos de vida tradicionales. La mecanización sustituía a la mano de obra cualificada. Las fábricas absorbían a los pequeños talleres y a toda la masa de trabajadores agrícolas; los ferrocarriles reconfiguraban la geografía, etcétera; y la lógica del lucro se convertía en el principio rector de la vida económica. Ahora bien, el propio Marx no veía la competencia como una especie de árbitro ordenador del mercado, tal y como suele presentarse a menudo. Para él, la competencia era algo brutal. Así, si una fábrica podía producir bienes a menor coste que otra, la más débil sucumbía. Una empresa podía invertir en nueva maquinaria, suprimía a aquella que no podía hacerlo. Una vez que la maquinaria adquirió un papel central, también lo hizo el capital. Por consiguiente, quienes poseían el capital —las máquinas, las fábricas, la infraestructura— ganaban poder, mientras que quienes carecían de él quedaban en una situación de extrema vulnerabilidad.


También observó que el cambio tecnológico, lejos de hacer realidad el sueño de la Ilustración —según el cual las máquinas liberarían a los seres humanos que podrían dedicarse a actividades más elevadas—, en realidad propiciaba lo contrario. Hacía que los seres humanos fueran más fácilmente sustituibles. El trabajo cualificado podía transformarse en tareas repetitivas, y los artesanos podían ser reemplazados por máquinas. Como escribió el propio Marx, el capitalismo reduce al trabajador a un mero apéndice de la máquina; y Marx creía que esta dinámica se intensificaría con el paso del tiempo.


A medida que las empresas crecían, requerían más capital. Y al necesitar más capital, se fusionaban, se consolidaban y se expandían. Este proceso conllevaba la destrucción de toda competencia, y así, se propagaban por el mercado como una especie de plaga económica, devorando todo a su paso. En este escenario, la clase media era quizá el sector más vulnerable. Las pequeñas empresas sucumbían ante estas economías de gran escala, y los profesionales independientes eran desplazados por grandes estructuras corporativas. Muchos profesionales —ya sabes— estaban a un mero cambio tecnológico de quedar totalmente obsoletos. Es decir, algo muy parecido a lo que ocurre hoy en día, cuando un modelo de IA, una nueva plataforma de software o una simple herramienta de automatización pueden hacer desaparecer de la noche a la mañana categorías enteras de empleos.


Así pues, Marx consideraba que la llamada clase media no era una categoría estable. Se trataba de una categoría de transición, un amortiguador temporal entre la élite capitalista y la mayoría trabajadora, y creía que el propio capitalismo terminaría por erosionar completamente dicho amortiguador.


Los ecos modernos


Al observar el mundo actual, resulta difícil no percibir el patrón que acertadamente describió Marx. Vivimos en una era de extraordinaria concentración de riqueza en manos de unos pocos. Un puñado de empresas —Amazon en el comercio minorista, Google en la información, BlackRock en las finanzas— opera a una escala que simplemente borra del mapa a los competidores más pequeños. Un reducido número de compañías tecnológicas moldea nuestra forma de comunicarnos, comprar, trabajar e incluso de concebirnos a nosotros mismos. Unas pocas instituciones financieras mueven tales sumas de dinero que empequeñecen los presupuestos de naciones enteras. Asimismo, un pequeño grupo de individuos posee una riqueza a una escala que habría resultado casi inimaginable en la época de Marx. Esta concentración se manifiesta no sólo en las estadísticas, sino también en imágenes: superyates del tamaño de cruceros; aviones privados que contemplan el cielo como una especie de autopista personal; equipos de seguridad privada semejantes a pequeños ejércitos, y residencias que no son simples casas, sino complejos que parecen estados en sí mismos, mundos privados. No se conforman sólo con el pan, también quieren el circo: los equipos deportivos, los periódicos, los estudios cinematográficos, las plataformas de streaming, las editoriales, el mundo de las celebridades y las empresas de entretenimiento que determinan qué vemos, qué leemos y de qué hablamos el resto de nosotros.


Así pues, no se trata simplemente de distracciones. Son instrumentos que ayudan al sistema a perpetuarse a sí mismo. Son símbolos de una brecha estructural, un recordatorio visible de que un grupo minúsculo habita un universo económico muy distinto al del resto de la población. Mientras tanto, la clase media —ese gran motor de las reformas del siglo XIX, la clase que hizo posibles las revoluciones estadounidense y francesa y que construyó el Estado-nación liberal moderno— se está desmoronando. Los costes de la vivienda se han disparado en relación con los ingresos. En muchos países, ser propietario de una vivienda se percibe hoy como un privilegio más que como una necesidad vital. Los salarios de los trabajadores se han estancado, aun cuando la productividad y los beneficios empresariales han aumentado. La seguridad laboral se ha debilitado, los contratos de corta duración, el trabajo esporádico y las reestructuraciones constantes se han convertido en parte de la vida cotidiana. Es posible que tú mismo hayas sufrido esta experiencia de tener que volver a solicitar tu propio puesto de trabajo, pero bajo nuevas condiciones, obviamente menos favorables. Ya quedan pocos empleos para toda la vida. Las carreras profesionales que antaño ofrecían estabilidad hoy se perciben como precarias. Profesores, enfermeros, académicos, mandos intermedios: personas que en otro tiempo habrían tenido la certeza de llevar una vida sólida y respetable, hoy se sienten cada vez más atenazadas entre el aumento de los costes y el estancamiento de los ingresos.


La automatización amenaza a sectores enteros, desde la industria manufacturera hasta los empleos de oficina, así como a esa promesa de que a cada generación le irá mejor que a la anterior, de que tus hijos tendrán más de lo que tú tuviste. Esa idea se está desvaneciendo. Incluso en el plano cultural, el estado de ánimo ha cambiado. La gente siente ansiedad, inseguridad e incertidumbre respecto al futuro. Se sienten eclipsados por una riqueza que ni siquiera pueden imaginar. Perciben que el sistema está esencialmente amañado, que las oportunidades se reducen y que la clase media ya no es un terreno seguro donde asentarse. Y esta sensación de verse acorralados —económica, social y psicológicamente— es una de las grandes experiencias definitorias de la vida moderna. Ciertamente no hace falta ser marxista para verlo, es simplemente la realidad del mundo actual.


Así pues, Marx predijo que el capitalismo generaría esta élite minúscula y convertiría a todos los demás en una masa amorfa de trabajadores: indistinguibles, intercambiables y desechables. Los detalles han cambiado, pero el patrón es inconfundible. La superficie del mundo sigue transformándose —las tecnologías, las modas, el perfil urbano—, pero bajo esa superficie siguen actuando las mismas fuerzas de siempre. Y el propio Marx habría reconocido la realidad de nuestro mundo al instante.


¿Se equivocó Marx o simplemente se adelantó a su tiempo?


Algunos podrían decir: "Ya ya, pero Marx no era infalible. Se equivocó, ¿no es así?". Y señalarán todo aquello que pasó por alto. Dirán: "No previó el Estado de bienestar, que suavizó algunos de los aspectos más duros del capitalismo. No previó el capitalismo de consumo, que generó nuevas formas de aspiración e identidad. No previó el auge de la economía de servicios, que transformó por completo los mercados laborales. Y no previó la existencia de instituciones democráticas capaces de regular los mercados, redistribuir la riqueza y proteger a los trabajadores". Es muy probable que hayas escuchado estos argumentos durante tus estudios, especialmente en el periodo posterior a la Guerra Fría. Sin embargo, el problema de este razonamiento es que muchas de esas instituciones —precisamente las que supuestamente “demostraban” que Marx estaba equivocado— están colapsando hoy en día. Los presupuestos destinados al llamado bienestar social se reducen en todo el mundo, los organismos reguladores se debilitan constantemente e incluso la democracia misma parece más frágil que antaño. Todo indica que ese “saber adaptarse a la situación”, que creíamos que refutaba a Marx, no fue más que desviación temporal, intento de contener la voraz maquinaria, de frenar la apisonadora, de nadar contra la corriente. Y ahora, a medida que esos mecanismos de contención se debilitan, reaparece la dinámica subyacente —la misma que describió Marx—: esa según la cual, y por la propia naturaleza del capitalismo, genera una élite que oprime y exprime al resto de la sociedad. Por eso los males del mundo moderno nos resultan tan familiares: porque alguien los describió con precisión asombrosa hace 150 años.


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30 septiembre, 2026

"PIG DATA" EN LOS LODAZALES DE LAS ENCUESTAS ALUCINOGENAS

 


Fernando Buen Abad Domínguez – 29/09/2026


Pig Data es una metáfora crítica y deliberadamente irónica dirigida a la agrupación de "encuestas" y "estadísticas" en un mercado que se ha intoxicado con el ilusionismo del Big Data. Este se ha transformado en una forma de apropiación mercantil de la subjetividad: el individuo se reduce a una unidad de datos, perfil de consumo, probabilidad de comportamiento y objeto de intervención. Una porquería demagógica centavera.


Durante el período del capitalismo tardío, el ámbito de la reproducción ideológica ha experimentado una evolución hacia formas cada vez más sofisticadas de fetichismo tecnológico. La expansión de la algoritmia, la datificación de la vida social y la mercantilización de las conductas han creado un territorio donde la conciencia humana puede ser fragmentada, clasificada, cuantificada y convertida en mercancía. En ese universo emerge lo que aquí podemos denominar, deliberadamente, Pig Data: una parodia crítica del Big.


Entonces el término 'data' alude a la conversión del individuo en ganado digital, sometido a la extracción continua de información, alimentado por estímulos mediáticos, segmentado por algoritmos y procesado hasta la última gota de sus preferencias. Lejos de la inocencia analítica que pretenden exhibir determinadas consultoras demoscópicas, estamos ante una maquinaria de producción de representaciones sobre la conciencia social que puede terminar reificando aquello mismo que pretende medir. Los comerciantes de encuestas no son necesariamente científicos sociales en sentido estricto; cuando su actividad se subordina a la lógica mercantil, operan como taquígrafos del capital: registran fragmentos cuantificables de la realidad y los devuelven convertidos en mercancías simbólicas capaces de adquirir autoridad política. El problema, por tanto, no es la estadística.


Una encuesta rigurosamente diseñada puede aportar información relevante sobre determinadas percepciones, comportamientos o tendencias. La dificultad se manifiesta cuando el instrumento de medición se eleva a la categoría de oráculo, cuando un porcentaje pretende asumir el lugar de la totalidad social y cuando la cifra deja de ser un dato que requiere interpretación para transformarse en una mercancía política que se compra, se vende, se publicita y, en última instancia, se emplea para fabricar una apariencia de realidad. Ese es el núcleo del problema: no la existencia de números, es el fetichismo del número.


Entonces la mercancía encuesta aparece como una cosa aparentemente objetiva, autónoma y neutral, separada de las relaciones sociales que la producen. Sin embargo, detrás de cada porcentaje existen decisiones concretas: quién pregunta, a quién pregunta, cómo formula la pregunta, cuándo realiza el relevamiento, qué universo construye, qué categorías utiliza, qué respuestas excluye, cómo pondera los resultados, qué supuestos metodológicos adopta, quién financia el estudio y quién posee los medios necesarios para convertir sus resultados en noticia, titular, propaganda o argumento de autoridad. La cifra no cae del cielo. Tiene productores, compradores, procedimientos, costos, intereses y efectos. Tiene una economía política. La mistificación comienza cuando todas esas mediaciones desaparecen y queda solamente el número: "el 37 % piensa esto", "el 42 % prefiere aquello", "la intención de voto subió tres puntos". El porcentaje adquiere entonces una apariencia de existencia independiente y comienza a hablar en nombre de una totalidad que jamás puede representar por sí mismo. La operación es profundamente fetichista: las relaciones sociales que produjeron el dato quedan ocultas detrás del dato mismo.




Aquí reaparece, con una potencia renovada por la digitalización, la crítica marxiana del fetichismo de la mercancía. Marx mostró que la mercancía tiende a ocultar las relaciones sociales entre productores, presentándose como una cosa dotada de valor propio. En la encuesta fetichizada ocurre algo semejante: desaparecen entrevistadores, muestras, cuestionarios, ponderaciones, silencios, exclusiones, condiciones históricas y decisiones metodológicas, mientras el número aparece como si poseyera una verdad autónoma. Por el contrario, ningún número habla por sí mismo. Hablan las instituciones que lo producen, los medios que lo amplifican y las relaciones sociales dentro de las cuales adquiere significado. La cifra es una construcción metodológica situada; su interpretación es una operación social; su circulación puede convertirse en una intervención política. Por eso la pregunta marxista no puede detenerse en “¿cuánto?”. Debe avanzar hacia interrogantes más incómodos: ¿quién produjo ese dato?, ¿con qué recursos?, ¿bajo qué relaciones de poder?, ¿para quién?, ¿con qué categorías?, ¿qué quedó fuera de la muestra?, ¿qué intereses determinan su circulación?, ¿quién tiene capacidad para convertir un porcentaje en verdad pública?


Ese reduccionismo numérico opera precisamente ocultando esas preguntas. Consigue hacer pasar la parte medible por el todo real. La sociedad aparece como una suma de respuestas individuales, la conciencia colectiva como una tabla estadística y la historia como una sucesión de curvas ascendentes y descendentes. La complejidad dialéctica de la vida social queda comprimida en indicadores. La lucha de clases, las condiciones materiales de existencia, la precarización laboral, la concentración de la riqueza, las relaciones de propiedad, la experiencia cotidiana de los trabajadores, las estructuras mediáticas, las memorias históricas y las contradicciones sociales se reducen a una sucesión de porcentajes. La sociedad comienza a parecerse a una bolsa de valores emocional: sube, baja, empata, se dispara, se desploma. Se sustituye la explicación por la cotización. La historia queda convertida en presente estadístico.


Desde una perspectiva materialista, una sociedad no puede ser comprendida como la suma aritmética de opiniones individuales. Las opiniones se producen socialmente. Tienen condiciones materiales, historias, lenguajes, experiencias de clase, relaciones laborales, consumos culturales, memorias colectivas y horizontes de expectativa. Una encuesta puede registrar una respuesta; no puede, por sí sola, explicar la totalidad de las relaciones que hicieron posible esa respuesta. Puede informar qué porcentaje declara determinada opinión, pero no transforma automáticamente esa declaración en explicación histórica. Medir no equivale a comprender. Contar no equivale a explicar. Registrar una correlación no significa demostrar una causalidad. El fetichismo de la cifra comienza cuando se confunden estas operaciones y cuando el instrumento destinado a observar una realidad termina presentándose como la realidad misma.


De allí surge el ilusionismo político del reduccionismo numérico. Se presenta como realidad consolidada lo que puede ser solamente una fotografía metodológicamente condicionada de un momento, de una muestra y de un universo previamente definido. Incluso una encuesta técnicamente rigurosa está sometida a condiciones de producción que deben ser conocidas para interpretar sus resultados. La ilusión aumenta cuando los medios convierten pequeñas variaciones estadísticas en acontecimientos dramáticos y cuando las diferencias entre mediciones se narran como si fueran transformaciones profundas de la conciencia social. La aritmética comienza a sustituir a la historia. El número deja de ser evidencia parcial y pasa a funcionar como argumento de autoridad.


Su industria demoscópica puede entonces convertirse en un mercado de incertidumbre. El capital no adquiere necesariamente estos productos por simple curiosidad científica: los adquiere porque necesita información para administrar riesgos, anticipar comportamientos, segmentar públicos, orientar estrategias y organizar decisiones. La encuesta se transforma así en mercancía simbólica. Se vende información, pero también se vende expectativa; se vende incertidumbre empaquetada como precisión; se vende la posibilidad de anticipar comportamientos colectivos y, sobre todo, se vende autoridad. El comerciante de encuestas ofrece un producto capaz de intervenir en conversaciones públicas, estrategias de comunicación, decisiones empresariales y percepciones ciudadanas. La mercancía no solamente describe: puede producir efectos.


Aquí aparece una contradicción fundamental. La encuesta pretende medir la opinión pública, pero sus resultados pueden convertirse ellos mismos en acontecimientos dentro de la opinión pública. Una cifra repetida puede modificar conversaciones, generar sensación de ascenso o descenso, instalar la percepción de que determinada posición es mayoritaria o minoritaria y producir comportamientos que posteriormente se presentarán como confirmación de la propia medición. El instrumento termina interviniendo sobre aquello que pretende observar. No es necesario imaginar una conspiración para comprender este mecanismo. Basta analizar la inserción material de la encuesta dentro del sistema de comunicación, propiedad y poder. Una información que se repite millones de veces deja de ser simplemente información: participa en la construcción del ambiente simbólico dentro del cual los sujetos interpretan su propia realidad.


Con la expresión "la gente piensa" debería, por eso, provocar inmediatamente preguntas. ¿Qué gente? ¿Qué universo? ¿Quién respondió y quién no? ¿Qué condiciones hicieron posible la respuesta? ¿Qué preguntas precedieron a esa pregunta? ¿Qué categorías se ofrecieron? ¿Qué acontecimientos estaban ocurriendo cuando se levantó el campo? ¿Qué supuestos estadísticos permitieron extrapolar respuestas individuales hacia afirmaciones sobre una colectividad? ¿Qué intereses financiaron la investigación? ¿Qué medios seleccionaron ese resultado entre otros posibles? Preguntas elementales que desaparecen cuando el número se convierte en espectáculo. El fetichismo estadístico produce precisamente ese efecto: transforma una construcción social en una apariencia natural.


Y el Pig Data representa una extensión digital de este problema. La proliferación de bases de datos, plataformas, paneles, sistemas de segmentación y dispositivos de seguimiento permite extraer cantidades crecientes de información sobre conductas y preferencias. No obstante, más datos no significan automáticamente más verdad. La acumulación cuantitativa puede coexistir con una pobreza cualitativa de interpretación. El Big Data puede transformarse en Big Illusion cuando la abundancia de registros genera la fantasía de que la sociedad está completamente conocida porque ha sido suficientemente contabilizada. El problema no es solamente cuánto dato existe, sino quién posee el dato, quién lo procesa, quién define las categorías, quién controla los algoritmos y quién puede convertir la información en poder.


Entonces, el Pig Data es, en este sentido, una expresión de la apropiación capitalista de la subjetividad. El individuo deja de aparecer como sujeto histórico inserto en relaciones sociales y comienza a ser tratado como un átomo estadístico, una unidad de consumo, una probabilidad de conducta, un perfil de audiencia o un punto dentro de una base de datos. Su subjetividad se despoja de contexto y convertida en información intercambiable. El ciudadano produce datos sobre sí mismo y luego recibe esos datos como una verdad externa, administrada por instituciones que pueden convertirlos en mercancía. Allí reside una forma particularmente sofisticada de alienación: aquello que los sujetos producen colectivamente sobre sus propios comportamientos regresa ante ellos como una fuerza aparentemente independiente.


Toda esa mercantilización de la voluntad popular puede fragmentar la conciencia de conjunto. Allí donde debería investigarse la totalidad concreta de las relaciones sociales, aparece el individuo aislado de su historia. Allí donde existe una clase con experiencias materiales comunes y contradicciones compartidas, aparece una colección de respuestas privadas. Allí donde existe conflicto social, aparece una distribución porcentual. La sociedad se atomiza para ser vendida. Y el ciudadano corre el riesgo de ser convertido simultáneamente en consumidor de encuestas y materia prima de una industria que comercializa sus respuestas.


Esta lógica tiene además una consecuencia ideológica decisiva: puede contribuir a delimitar lo que parece pensable. Si una determinada alternativa se presenta repetidamente como minoritaria, improbable o estadísticamente irrelevante, puede producirse una percepción de imposibilidad antes de discutir sus fundamentos materiales. Las encuestas, los medios y los dispositivos algorítmicos pueden participar así en la construcción de un cerco epistemológico: no necesariamente porque exista una conspiración centralizada, sino porque los criterios de rentabilidad, visibilidad, audiencia y circulación seleccionan determinados discursos y relegan otros. La democracia corre entonces el riesgo de ser representada como un mercado permanente de preferencias cuantificadas, donde la mayoría estadística aparece como fuente última de legitimidad y donde la capacidad de transformar las condiciones materiales queda subordinada a la capacidad de aparecer en una medición.


Su reduccionismo numérico anula la dialéctica cuando sustituye el movimiento histórico por la proyección lineal de tendencias. Marx enseñó a comprender la sociedad desde sus contradicciones y desde las relaciones materiales que estructuran la lucha de clases. El capitalismo, en cambio, tiene un interés permanente en presentar sus formas históricas como si fueran naturales y sus contradicciones como simples desviaciones cuantificables. La estadística descriptiva puede terminar funcionando ideológicamente cuando transforma el conflicto en indicador, la explotación en porcentaje, la alienación en índice de confianza y la indignación social en fluctuación de opinión. La rabia acumulada en la experiencia material de la explotación queda traducida a una cifra administrable. La contradicción se vuelve variable. El conflicto se vuelve dato. La historia se convierte en gráfico.


Por el contrario, una crítica rigurosa debe evitar también la trampa del antiintelectualismo. Sería absurdo responder al fetichismo estadístico negando la utilidad de la estadística. El marxismo no tiene por qué elegir entre el culto al número y el desprecio por los datos. Puede exigir mejores datos, mejores métodos y, sobre todo, una interpretación socialmente situada de esos datos. La crítica no consiste en destruir el termómetro porque la temperatura pueda ser utilizada ideológicamente. Consiste en impedir que el termómetro se presente como explicación de la enfermedad. Una encuesta puede ser una herramienta de investigación; convertida en fetiche, puede convertirse en instrumento de mistificación. La cuestión decisiva es qué lugar ocupa dentro de una investigación de la totalidad social.


Por eso necesitamos una crítica de la economía política aplicada a la información. Hay que estudiar la cadena completa: producción del dato, propiedad de la información, financiamiento, metodología, procesamiento, circulación mediática, apropiación empresarial y efectos sociales. Hay que preguntar qué intereses encuentran valor en determinado conocimiento y qué sujetos quedan invisibilizados cuando la sociedad se reduce a las categorías disponibles para ser comercializadas. Detrás de cada porcentaje existe una relación social de producción; detrás de cada clasificación existe una decisión; detrás de cada algoritmo existe una arquitectura institucional; detrás de cada visualización existe una selección de aquello que se considera relevante y de aquello que queda fuera del cuadro.


Un verdadero desafío, entonces, no consiste en elegir entre números y realidad. Consiste en recuperar la relación entre ambos. Frente al ilusionismo político del Pig Data, hay que devolverle historia al número, conflicto al porcentaje y sociedad al dato. No basta preguntar cuánto. Hay que preguntar quién, cómo, cuándo, para qué y bajo qué relaciones de poder. No basta saber qué porcentaje respondió. Hay que investigar quién pudo responder, quién quedó fuera y qué condiciones sociales hicieron posible esa respuesta. No basta observar que una cifra cambia. Hay que determinar qué cambió realmente y qué puede obedecer a modificaciones de muestra, ponderación, participación, formulación o contexto.


Sus estadísticas pueden ayudar a conocer la realidad; nunca debería ser autorizada a reemplazarla. Cuando el número se transforma en mercancía y la mercancía en autoridad, la encuesta deja de ser únicamente una técnica de medición y pasa a formar parte de la lucha por producir la apariencia de realidad. Ese es el ilusionismo político: vender como conciencia colectiva aquello que apenas es una cifra obtenida de una muestra; vender como tendencia histórica aquello que puede ser una oscilación; vender como voluntad popular aquello que fue previamente seleccionado, clasificado, ponderado y empaquetado para circular en el mercado de la información.


Nuestra crítica no exige abandonar los números. Exige arrancarlos del fetichismo. Exige devolverles sus condiciones materiales de producción. Exige recordar que ninguna sociedad cabe enteramente en una tabla, que ninguna conciencia colectiva puede ser reducida a una columna porcentual y que detrás de cada dato existe una relación social que debe ser investigada. El desafío es pasar del dato como mercancía al dato como instrumento crítico; del porcentaje como espectáculo a la estadística como herramienta; de la encuesta como oráculo a la investigación como proceso. La emancipación no puede quedar subordinada a los gráficos de torta que los dispositivos mediáticos exhiben como oráculos de una voluntad general previamente cuantificada. Exige volver a la materialidad de la existencia social: a los lugares de trabajo, a los barrios, a los territorios explotados, a las relaciones de propiedad, a las condiciones concretas en las que se reproduce la vida, a los cuerpos que trabajan, padecen, resisten y organizan su experiencia colectiva.


Cuando los comerciantes venden números como si fueran destino, corresponde preguntar qué realidad material quedó fuera del cuadro. Cuando presentan porcentajes como conciencia colectiva, corresponde reconstruir las relaciones sociales que produjeron esas respuestas. Cuando ofrecen predicciones como si se hicieran consumadas, corresponde recuperar la historicidad, la contingencia y la capacidad de praxis de los sujetos. La clase trabajadora no puede ser reducida a ganado de datos para alimentar las predicciones del capital. Es una fuerza social constituida históricamente, capaz de interpretar, organizarse y transformar sus condiciones materiales de existencia. Sólo desde esa perspectiva los números recuperan su lugar: dejan de ser oráculos y vuelven a ser herramientas. Porque la realidad social no necesita comerciantes de certezas; necesita investigación rigurosa de sus contradicciones. Y frente a la industria que pretende convertir la conciencia en mercancía, la tarea crítica consiste en desmontar el mecanismo que transforma al sujeto histórico en objeto estadístico. No para destruir el termómetro, sino para impedir que nos convenzan de que medir la fiebre equivale a explicar la enfermedad. Y cobrarnos caro el espejismo.


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29 septiembre, 2026

La deliberada destrucción de Yugoslavia — Michael Parenti

 

NI OLVIDO NI PERDÓN


La diplomacia estadounidense es algo muy particular, como demuestran sus actuaciones en Vietnam, Nicaragua, Panamá, Irak y Yugoslavia. Consiste en imponer una serie de exigencias innegociables, aunque se las denomine "acuerdos" o "pactos". La reticencia de la otra parte a someterse incondicionalmente a todas las condiciones se califica de "obstruccionismo" y se presenta públicamente, de forma distorsionada, como una "falta de voluntad para negociar de buena fe".


Archivo Internet de Michael Parenti

Capítulo extraído del libro To Kill a Nation (2000) de Michael Parenti.


En 1999, el aparato de seguridad nacional de Estados Unidos —que ha participado en todo el mundo en actos de subversión, sabotaje, terrorismo, tortura, narcotráfico y escuadrones de la muerte— lanzó ininterrumpidos ataques aéreos contra Yugoslavia durante 78 días, arrojando 20.000 toneladas de bombas y matando a miles de mujeres, niños y hombres. Todo esto se hizo en nombre de una supuesta preocupación humanitaria por los albaneses de Kosovo. O eso es lo que se nos pidió creer. En el transcurso de unos pocos meses, el presidente Clinton bombardeó cuatro países: Sudán, Afganistán, Irak (en repetidas ocasiones) y Yugoslavia (de forma masiva). Al mismo tiempo, Estados Unidos participaba en guerras por delegación en Angola, México (Chiapas), Colombia, Timor Oriental y otros lugares. Además, las fuerzas armadas estadounidenses están desplegadas en todos los continentes y océanos, con unas 300 importantes bases de apoyo en el extranjero; todo ello en nombre de la paz, la democracia, la seguridad nacional y el humanitarismo.


Si bien se mostraron dispuestos y decididos a bombardear Yugoslavia en defensa de una minoría supuestamente oprimida en Kosovo, los líderes estadounidenses no tomaron medida alguna contra la República Checa por el maltrato al pueblo romaní (gitano), ni contra Gran Bretaña por oprimir a la minoría católica en Irlanda del Norte, ni contra los hutus por la matanza de medio millón de tutsis en Ruanda —por no mencionar a los franceses, que fueron cómplices de dicha masacre. Tampoco consideraron los líderes estadounidenses lanzar "bombardeos humanitarios" contra el pueblo turco por lo que sus dirigentes hicieron a los kurdos, ni contra el pueblo indonesio —cuyos generales asesinaron a más de 200.000 timorenses orientales y continuaron con la matanza hasta bien entrado el verano de 1999—, ni contra los guatemaltecos por el exterminio sistemático, perpetrado por el ejército de su país, de decenas de miles de aldeanos mayas. En tales casos, los líderes estadounidenses no solo toleraron estas atrocidades, sino que fueron cómplices activos de sus autores, quienes por lo general resultaban ser fieles aliados —estados clientes— dedicados a ayudar a Washington a hacer del mundo un lugar seguro para las empresas de la lista Fortune 500.


¿Por qué, entonces, los gobernantes estadounidenses lanzaron un desenfrenado ataque asesino contra Yugoslavia?


La tercermundialización de Yugoslavia


Yugoslavia se fundó sobre una idea: que los eslavos del sur no debían seguir siendo pueblos débiles y divididos, enfrentados entre sí y presa fácil para los intereses imperialistas externos. Unidos, podían conformar un territorio de gran envergadura, capaz de generar su propio desarrollo económico. De hecho, tras la Segunda Guerra Mundial, la Yugoslavia socialista se convirtió en una nación viable de éxito económico. Entre 1960 y 1980, registró una de las tasas de crecimiento más vigorosas, acompañada de un nivel de vida digno, servicios de salud y educación gratuitos, derecho garantizado al empleo, vacaciones pagadas de un mes, una tasa de alfabetización superior al 90 % y una esperanza de vida de 72 años. Asimismo, Yugoslavia ofrecía a su ciudadanía multiétnica transporte público, vivienda y servicios básicos a precios asequibles, todo ello en el marco de una economía sin ánimo de lucro y mayoritariamente de propiedad pública. No era esta la clase de país que el capitalismo global suele tolerar. Sin embargo, se permitió la existencia de la Yugoslavia socialista durante 45 años porque se la consideraba un Estado tapón no alineado frente a las naciones del Pacto de Varsovia.


El desmembramiento y la mutilación de Yugoslavia formaron parte de una política concertada iniciada por Estados Unidos y las demás potencias occidentales en 1989. Yugoslavia era el único país de Europa del Este que no estaba dispuesto a derrocar voluntariamente lo que quedaba de su sistema socialista para instaurar un orden económico de libre mercado. De hecho, los yugoslavos se enorgullecían de su desarrollo económico de posguerra y de su independencia, tanto del Pacto de Varsovia como de la OTAN. El objetivo de Estados Unidos ha sido transformar la nación yugoslava en una región tercermundista, un conjunto de principados débiles de derecha con las siguientes características:


● incapacidad de trazar un rumbo independiente de autodesarrollo;

● economía destrozada y recursos naturales totalmente accesibles a la explotación por parte de empresas multinacionales, incluida la enorme riqueza mineral de Kosovo;

● población empobrecida, pero alfabetizada y cualificada, obligada a trabajar por salarios de subsistencia, lo que constituye una reserva de mano de obra barata que contribuirá a deprimir los salarios en Europa occidental y otras regiones;

● industrias desmanteladas —petrolera, de ingeniería, minera, de fertilizantes y automotriz, así como diversas industrias ligeras— que ya no compiten con los productores occidentales existentes.


Los políticos estadounidenses también quieren eliminar los servicios públicos y los programas sociales de Yugoslavia, por la misma razón por la que desean suprimir los suyos propios en EEUU. El objetivo final es la privatización y la "tercermundización" de Yugoslavia, tal como se busca la "tercermundización" de Estados Unidos y de cualquier otra nación. En cierto sentido, la furia con la que Occidente destruyó Yugoslavia constituye un reconocimiento indirecto del éxito de esa nación como modelo alternativo de desarrollo y de la atracción que ejercía sobre las poblaciones vecinas, tanto del Este como del Oeste.


A finales de la década de 1960 y durante la de 1970, los dirigentes de Belgrado —al igual que la cúpula comunista de Polonia— buscaron ampliar simultáneamente la base industrial del país y aumentar la oferta de bienes de consumo; un objetivo que pretendían alcanzar recurriendo a un fuerte endeudamiento con Occidente. Sin embargo, la enorme deuda contraída con el FMI trajo consigo la inevitable exigencia de una "reestructuración": un severo programa de austeridad que conllevó la congelación de salarios, recortes en el gasto público, un aumento del desempleo y la supresión de las empresas autogestionadas por los trabajadores. Pese a ello, gran parte de la economía permaneció en el sector público no lucrativo, incluido el complejo minero de Trepča, en Kosovo, descrito por The New York Times como "el preciado botín de guerra... la propiedad más valiosa de los Balcanes... valorada en al menos 5000 millones de dólares" gracias a sus ricos yacimientos de carbón, plomo, zinc, cadmio, oro y plata.[1]


Que los dirigentes estadounidenses buscaron deliberadamente desmembrar Yugoslavia no es objeto de especulación, sino un hecho documentado de conocimiento público. En noviembre de 1990, la administración Bush presionó al Congreso para que aprobara la Ley de Asignaciones para Operaciones en el Extranjero de 1991, la cual estipulaba que cualquier parte de Yugoslavia que no declarara su independencia en un plazo de seis meses perdería el apoyo financiero de Estados Unidos. La ley exigía la celebración de elecciones separadas en cada una de las seis repúblicas y condicionaba cualquier ayuda futura a que el Departamento de Estado estadounidense aprobara tanto los procedimientos electorales como los resultados. La ayuda se destinaría únicamente a las repúblicas por separado —no al gobierno yugoslavo— y solo a aquellas fuerzas que Washington calificaba de "democráticas", es decir, partidos de derecha, partidarios del libre mercado y separatistas.


Otro objetivo de la política estadounidense ha sido el monopolio de los medios de comunicación y el control ideológico. En 1997, en lo que quedaba de la Bosnia serbia, la última emisora de radio crítica con la política de la OTAN fue clausurada a la fuerza por las fuerzas de "mantenimiento de la paz" de dicha organización. El artículo del New York Times se esforzó minuciosamente en explicar por qué silenciar la única emisora serbia disidente existente era necesario para fomentar el pluralismo democrático. El Times utilizó once veces el término "de línea dura" para describir a los líderes serbobosnios que se opusieron al cierre y que no lo consideraron "un paso hacia el logro de una cobertura informativa responsable en Bosnia".[2]


Asimismo, una parte de la televisión yugoslava permaneció en manos de personas que se negaban a ver el mundo tal como lo hacen el Departamento de Estado de EEUU, la Casa Blanca y los medios de comunicación estadounidenses propiedad de grandes corporaciones; algo que no se podía tolerar. Los bombardeos de la OTAN destruyeron los dos canales de televisión estatales y decenas de emisoras locales de radio y televisión, de modo que, para el verano de 1999 —cuando visité Belgrado—, la única televisión que se podía ver allí eran los canales privados, además de la CNN, la televisión alemana y diversos programas estadounidenses. El pecado de Yugoslavia no fue tener un monopolio mediático, sino que la parte de sus medios de titularidad pública se apartaba del monopolio mediático occidental que cubre la mayor parte del mundo, incluida la propia Yugoslavia.


En 1992, Belgrado recibió otro golpe: las sanciones internacionales. Bajo el liderazgo de Estados Unidos, se impuso un bloqueo a todo comercio con Yugoslavia, lo que tuvo consecuencias desastrosas para la economía: hiperinflación, un desempleo masivo de hasta el 70 por ciento, desnutrición y el colapso del sistema sanitario.[3]


Divide y vencerás


Uno de los grandes engaños, señala Joan Phillips, es que "aquellos que son los principales responsables del derramamiento de sangre en Yugoslavia —no los serbios, croatas o musulmanes, sino las potencias occidentales— son presentados como salvadores"[4]. Mientras fingían trabajar en favor de la armonía, los líderes estadounidenses apoyaron a las fuerzas más divisivas y reaccionarias, desde Croacia hasta Kosovo.


En Croacia, el hombre del momento para Occidente fue Franjo Tudjman, quien afirmó en un libro de su autoría, publicado en 1989, que "el establecimiento del nuevo orden europeo de Hitler puede justificarse por la necesidad de deshacerse de los judíos" y que en el Holocausto murieron solo 900.000 judíos, no seis millones. El gobierno de Tudjman adoptó la bandera ajedrezada y el himno de los fascistas ustachas[5]. Tudjman presidió la evacuación forzosa de más de medio millón de serbios de Croacia entre 1991 y 1995, un proceso marcado por violaciones y ejecuciones sumarias[6]. Esto incluyó a los 200.000 habitantes de la Krajina en 1995, cuya expulsión fue facilitada por ataques de aviones de combate y misiles de la OTAN. Huelga decir que los líderes estadounidenses no hicieron nada para detener estas atrocidades —y sí mucho para contribuir a ellas—, mientras los medios de comunicación de EEUU miraban hacia otro lado. Tudjman y sus allegados disfrutan hoy de una riqueza obscena, mientras el pueblo croata padece las aflicciones del "paraíso" del libre mercado. Se han impuesto estrictos controles a los medios de comunicación croatas, y cualquiera que critique al gobierno del presidente Tudjman corre el riesgo de ser encarcelado. Sin embargo, la Casa Blanca elogia a Croacia como una nueva democracia.


En Bosnia, los líderes estadounidenses apoyaron al fundamentalista musulmán Alija Izetbegovic —activista nazi en su juventud que ha abogado por un estricto control religioso de los medios de comunicación y que ahora pretende establecer una república islámica bosnia—. El propio Izetbegovic no cuenta con el respaldo de la mayoría de los musulmanes bosnios; fue derrotado claramente en las urnas cuando aspiraba a la presidencia, pero logró hacerse con el cargo tras cerrar un misterioso acuerdo con el favorito, Fikret Abdic.[7] Actualmente, Bosnia se encuentra bajo la tutela del FMI y la OTAN. No se le permite desarrollar sus propios recursos internos, ni tampoco conceder créditos o autofinanciarse mediante un sistema monetario independiente. Sus propiedades estatales —incluidos los sectores de energía, agua, telecomunicaciones, medios de comunicación y transporte— han sido vendidas a empresas privadas a precios de saldo.


En la antigua Yugoslavia, las potencias de la OTAN dejaron de lado el neoimperialismo y optaron por una ocupación colonial abierta. A principios de 1999, el presidente democráticamente elegido de la Republika Srpska —miniestado serbio de Bosnia—, quien había derrotado al candidato predilecto de la OTAN, fue destituido por las tropas de la Alianza debido a que no se mostró plenamente colaborador con el "Alto Representante" de la OTAN en Bosnia. Este último conserva la autoridad para imponer sus propias soluciones y destituir a los funcionarios electos que obstaculicen de algún modo su gestión.[8] Esto también fue presentado por la prensa occidental como una medida necesaria para promover la democracia.


En Kosovo observamos el mismo patrón sombrío. Estados Unidos brindó ayuda y apoyo a fuerzas separatistas de extrema derecha, como el autodenominado Ejército de Liberación de Kosovo (ELK), organización que Washington había considerado previamente terrorista. El ELK ha desempeñado durante mucho tiempo un papel clave en el enorme tráfico de heroína que se extiende hasta Suiza, Austria, Bélgica, Alemania, Hungría, la República Checa, Noruega y Suecia.[9] Los líderes del ELK carecían de cualquier programa social que no fuera el objetivo declarado de limpiar Kosovo de toda población no albanesa, una campaña que se venía desarrollando desde hacía décadas. Entre 1945 y 1998, la población kosovar no albanesa —compuesta por serbios, romaníes, turcos, goranis (eslavos musulmanes), montenegrinos y otros grupos étnicos— se redujo de aproximadamente el 60 por ciento a cerca del 20 por ciento. Entretanto, la población albanesa aumentó del 40 al 80 por ciento (y no al 90 por ciento que se informaba reiteradamente en la prensa), beneficiándose de una tasa de natalidad más elevada, una afluencia masiva de inmigrantes procedentes de Albania y la intimidación y expulsión sistemáticas de los serbios.


En 1987, en un momento de espontaneidad no tutelada, el New York Times informó:


"Los albaneses étnicos en el gobierno han manipulado los fondos públicos y las normativas para apoderarse de tierras pertenecientes a los serbios... Se han atacado iglesias ortodoxas eslavas y se han arrancado banderas. Se han envenenado pozos y quemado cultivos. Jóvenes eslavos han sido apuñalados, y algunos jóvenes albaneses han recibido instrucciones de sus mayores de violar a chicas serbias... A medida que los eslavos huyen de la persistente violencia, Kosovo se está convirtiendo en lo que los nacionalistas albaneses han exigido durante años... una región albanesa "étnicamente pura"..."[10]


Irónicamente, si bien se acusó reiteradamente a los serbios de limpieza étnica, la propia Serbia es ahora la única sociedad multiétnica que queda en la antigua Yugoslavia, con unos veintiséis grupos nacionales, incluidos miles de albaneses que viven en Belgrado y sus alrededores.


La demonización de los serbios


La campaña de propaganda destinada a demonizar a los serbios encaja en la política general de las potencias occidentales. Se eligió a los serbios como blanco de esta demonización por ser la nacionalidad más numerosa y la que más se oponía a la desintegración de Yugoslavia. Nada menos que Charles Boyd, excomandante adjunto del Mando Europeo de los Estados Unidos, comentó al respecto en 1994:


"La imagen popular de esta guerra en Bosnia es la de un expansionismo serbio implacable. Gran parte de lo que los croatas denominan "territorios ocupados" son tierras que han estado en manos de los serbios durante más de tres siglos. Lo mismo cabe decir de la mayor parte del territorio serbio en Bosnia... En resumen, los serbios no intentaban conquistar nuevos territorios, sino simplemente conservar lo que ya era suyo". Aunque los líderes estadounidenses afirman desear la paz —concluye Boyd—, han fomentado la intensificación de la guerra.[11]


¿Pero qué hay de las atrocidades que ellos cometieron? Todas las partes cometieron atrocidades, pero la información difundida fue sistemáticamente parcial. Los espeluznantes incidentes de atrocidades croatas y musulmanas contra los serbios rara vez aparecían en la prensa estadounidense y, cuando lo hacían, apenas se les dedicaba una mención pasajera.[12] Por el contrario, las atrocidades serbias se magnificaban y, a veces, incluso se inventaban, como veremos. Recientemente, el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia (con sede en La Haya) acusó formalmente a tres generales croatas por el bombardeo y la muerte de serbios en la Krajina y otras zonas. ¿Dónde estaban los líderes y los equipos de televisión de Estados Unidos cuando se cometían estos crímenes de guerra? John Ranz, presidente de la asociación Survivors of the Buchenwald Concentration Camp, USA (Supervivientes del campo de concentración de Buchenwald, EEUU), pregunta: ¿Dónde estaban las cámaras de televisión cuando cientos de serbios fueron masacrados por musulmanes cerca de Srebrenica?[13] La versión oficial, repetida fielmente por los medios de comunicación estadounidenses, sostiene que fueron los serbios quienes cometieron todas las atrocidades en Srebrenica.


Antes de aceptar sin cuestionamientos las historias de atrocidades difundidas por los dirigentes estadounidenses y los medios de comunicación corporativos, conviene recordar el caso de los quinientos bebés prematuros que, según se decía, soldados iraquíes arrancaron entre risas de sus incubadoras en Kuwait; una historia que se repitió y se creyó cierta hasta que, años más tarde, se demostró que era una absoluta invención. Durante la guerra de Bosnia en 1993, se acusó a los serbios de aplicar una política oficial de violación. "Id y violad", habría ordenado públicamente un comandante serbobosnio a sus tropas. Sin embargo, nunca se pudo localizar la fuente de tal asunto ni revelar el nombre del comandante. Que se sepa, tal orden jamás se impartió. Incluso el New York Times publicó, con retraso, una breve rectificación, admitiendo con cautela que "la existencia de una política de violación sistemática" por parte de los serbios “aún está por demostrar".[14]


Se estima que las fuerzas serbobosnias violaron entre 25.000 y 100.000 mujeres musulmanas. Pero el ejército serbobosnio no superaba los 30.000 efectivos, muchos de los cuales participaban en desesperados enfrentamientos militares. Un representante de Helsinki Watch señaló que las historias sobre violaciones masivas perpetradas por serbios provenían de los gobiernos musulmán bosnio y croata, y carecían de pruebas que las respaldaran de manera creíble. El sentido común dictaría que tales relatos se abordaran con el máximo escepticismo, y que no se utilizaran como pretexto para una política agresiva y punitiva contra Yugoslavia.


El tema propagandístico de las violaciones masivas fue resucitado en 1999 para justificar los nuevos ataques de la OTAN contra Yugoslavia. Un titular del San Francisco Examiner rezaba: "LA TÁCTICA SERBIA ES LA VIOLACIÓN ORGANIZADA, SEGÚN LOS REFUGIADOS DE KOSOVO". Solo al final del artículo, en el decimonoveno párrafo, se leía que los informes recopilados por la misión de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) en Kosovo no hallaron tal política de violaciones organizadas. El número real de violaciones se contaba por decenas —"y no muchas decenas"—, según el portavoz de la OSCE. Ese mismo artículo señalaba que el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia condenó a un comandante militar croata-bosnio a diez años de prisión por no impedir que sus tropas violaran a mujeres musulmanas en 1993; una atrocidad de la que apenas se habló mientras ocurría.[15]


Se culpó a los serbios de la infame masacre del mercado de Sarajevo en 1992. Sin embargo, según un informe filtrado a la televisión francesa, los servicios de inteligencia occidentales sabían que habían sido agentes musulmanes quienes habían bombardeado a civiles bosnios en el mercado con el fin de provocar la intervención de la OTAN. Incluso el negociador internacional David Owen, que trabajó junto a Cyrus Vance, admitió en sus memorias que las potencias de la OTAN sabían desde el principio que se trataba de un bombardeo musulman.[16] No obstante, aquella invención, lanzada en el momento oportuno, cumplió su objetivo de lograr que las Naciones Unidas respaldaran las sanciones promovidas por Estados Unidos.


En una ocasión, señala Barry Lituchy, el New York Times publicó una fotografía que supuestamente mostraba a croatas lamentando las atrocidades serbias, cuando en realidad los asesinatos habían sido perpetrados por musulmanes bosnios. El Times publicó una rectificación poco visible la semana siguiente.[17]


Hemos visto repetidamente cómo se etiqueta y demoniza a las llamadas "naciones canallas". El proceso es previsiblemente transparente. En primer lugar, se pone a los líderes en el punto de mira. A Gadafi, de Libia, se le tachó de "megalómano hitleriano" y de "loco". A Noriega, de Panamá, se le calificó de "rata de pantano", de ser uno de los peores "ladrones de droga y escoria" del mundo y de "admirador de Hitler". A Sadam Husein, de Irak, se le llamó el "Carnicero de Bagdad", "loco" y "peor que Hitler". Posteriormente, los países de estos líderes fueron atacados por fuerzas estadounidenses y sufrieron sanciones impuestas por Estados Unidos. Lo que realmente tenían en común era que cada uno de ellos estaba trazando un rumbo de desarrollo propio —en cierta medida independiente— o que, de algún modo, no acataban los dictados del libre mercado global y del aparato de seguridad nacional de Estados Unidos.[18]


Bill Clinton calificó al presidente yugoslavo Slobodan Milosevic de "nuevo Hitler". Sin embargo, no siempre fue considerado así. Al principio, la prensa occidental —que veía a este exbanquero como un nacionalista serbio burgués capaz de acelerar la desintegración de la federación— lo aclamó como una "personalidad carismática". Solo más tarde, cuando lo percibieron como un obstáculo en lugar de una herramienta, comenzaron a retratarlo como el demonio que "provocó las cuatro guerras". Esto resultó excesivo incluso para Fareed Zakaria, redactor jefe de Foreign Affairs, una publicación emblemática del establishment estadounidense. Zakaria señaló en el New York Times que Milosevic —quien gobierna "un país empobrecido que no ha atacado a sus vecinos — no es Adolf Hitler. Él no es ni siquiera Saddam Hussein”.[19]


Según se informó, algunas emisoras de radio y periódicos de la oposición fueron clausurados durante los bombardeos de la OTAN. No obstante, durante mi viaje a Belgrado en agosto de 1999, observé que los medios no gubernamentales y los periódicos de los partidos opositores seguían operando con fuerza. Hay más partidos de oposición en el parlamento yugoslavo que en cualquier otro parlamento europeo. A pesar de ello, se etiqueta reiteradamente al gobierno como una dictadura. Milosevic fue elegido presidente de Yugoslavia en unos comicios que, según los observadores extranjeros, registraron relativamente pocas irregularidades. A finales de 1999, presidía un gobierno de coalición integrado por cuatro partidos. Los grupos opositores criticaban abiertamente a su gobierno y se manifestaban en su contra. Y, sin embargo, se le tachaba de dictador.


La campaña de propaganda contra Belgrado ha sido tan implacable que destacadas figuras de la izquierda —que se oponen a la política de la OTAN frente a Yugoslavia— se han visto obligadas a doblegarse ante esta ortodoxia de la demonización.[20] De este modo, revelan haber sido influenciadas por la misma maquinaria de propaganda mediática que critican en tantos otros asuntos. Rechazar la imagen demonizada de Milošević y del pueblo serbio no equivale a idealizarlos ni a afirmar que están libres de culpa o de haber cometido crímenes. Se trata simplemente de cuestionar la propaganda unilateral que sentó las bases para la destrucción de Yugoslavia por parte de la OTAN.


Más relatos de atrocidades


Las atrocidades (asesinatos y violaciones) se producen en todas las guerras, lo cual no significa que se justifiquen. De hecho, los asesinatos y las violaciones ocurren también en muchas comunidades en tiempos de paz. Lo que la campaña de propaganda mediática contra Yugoslavia denunciaba era que dichas atrocidades se cometían a una escala genocida masiva. Tales acusaciones sirvieron para justificar el mortífero ataque aéreo de las fuerzas de la OTAN.


Hasta el inicio de los bombardeos en marzo de 1999, el conflicto en Kosovo se había cobrado un total de 2000 vidas de ambos bandos, según fuentes de los albanokosovares. Las fuentes yugoslavas estimaban la cifra en 800. En cualquier caso, tales bajas revelan una insurgencia limitada, no un genocidio. La política de expulsión forzosa comenzó tras los bombardeos de la OTAN; miles de personas fueron desplazadas por la fuerza por las fuerzas serbias, principalmente en zonas donde operaba —o se sospechaba que operaba— el ELK. Además, si se da crédito a los informes no confirmados de los refugiados de etnia albanesa, hubo numerosos saqueos y ejecuciones sumarias perpetrados por fuerzas paramilitares serbias, las cuales fueron desplegadas tras el inicio de los bombardeos de la OTAN.


Cabe recordar que decenas de miles de personas huyeron de Kosovo debido a los bombardeos, o porque la provincia era escenario de combates terrestres sostenidos entre las fuerzas yugoslavas y el ELK, o simplemente por miedo y hambre. Un equipo de noticias preguntó con insistencia a una mujer albanesa que cruzaba la frontera hacia Macedonia si la policía serbia la había obligado a marcharse. Ella respondió: "No había serbios. Lo que nos asustaba eran las bombas [de la OTAN]".[21] Durante los bombardeos, se estima que entre 70.000 y 100.000 residentes serbios de Kosovo huyeron (la mayoría hacia el norte, aunque algunos lo hicieron hacia el sur), al igual que miles de personas de etnia romaní y de otros grupos étnicos no albaneses.[22] ¿Acaso estas personas se estaban sometiendo a una limpieza étnica a sí mismas? ¿O es que no huían de los bombardeos y de la guerra terrestre?


The New York Times informó que "un objetivo principal de la iniciativa de la OTAN es poner fin a las atrocidades serbias que obligaron a más de un millón de albaneses a abandonar sus hogares"[23]. Así pues, se nos pide creer que la oleada de refugiados no fue provocada por la guerra terrestre contra el ELK ni por los bombardeos masivos de la OTAN, sino por atrocidades no especificadas. El bombardeo, que había sido la causa principal del problema de los refugiados, pasó a considerarse la solución. El problema de los refugiados —generado en parte por los masivos ataques aéreos— se utilizó entonces como justificación para dichos ataques, como una forma de presionar a Milošević para que permitiera "el regreso seguro de los refugiados de etnia albanesa"[24].


Si bien los albaneses de Kosovo huían en gran número —por lo general bien abrigados y en buen estado de salud, algunos a bordo de sus tractores, camiones o automóviles, y muchos de ellos hombres jóvenes en edad de reclutamiento—, se les describía como víctimas de una "masacre". Los ataques serbios contra los bastiones del ELK y la expulsión forzosa de aldeanos albaneses fueron calificados de "genocidio". Sin embargo, expertos en fotografía de vigilancia y propaganda bélica acusaron a la OTAN de llevar a cabo una "campaña de propaganda" sobre Kosovo que carecía de cualquier prueba que la respaldara. Según estos críticos independientes, los informes del Departamento de Estado sobre fosas comunes y sobre la desaparición de entre 100.000 y 500.000 hombres albaneses "son simplemente ridículos"[25].


Al igual que en los conflictos de Croacia y Bosnia, se exageró una vez más la imagen de matanzas masivas. The Washington Post informó que 350 albaneses étnicos "podrían estar enterrados en fosas comunes" en las cercanías de un pueblo de montaña en el oeste de Kosovo. Tales especulaciones se basaban en fuentes que los funcionarios de la OTAN se negaron a identificar. Entrando en detalles concretos, el artículo mencionaba "cuatro cadáveres en descomposición" hallados cerca de un gran montón de cenizas, sin ofrecer detalles sobre quiénes podrían ser o cómo habían muerto.[26]


Un programa de Nightline de la cadena ABC hizo referencias dramáticas y reiteradas a las "atrocidades serbias en Kosovo" sin aportar datos concretos. Ted Koppel preguntó a unos refugiados albaneses indignados qué habían presenciado. Ellos señalaron a un anciano de su grupo que llevaba un gorro de lana. Los serbios habían tirado el gorro del hombre al suelo y lo habían pisoteado "porque sabían que aquel gorro era lo más importante para él", explicaron a Koppel, quien se mostró comprensiblemente horrorizado ante este único ejemplo de "crimen de guerra" presentado en un programa de una hora de duración.


Un artículo de amplia difusión en el New York Times, titulado "Informe de EEUU detalla ataques serbios en Kosovo", señala que el Departamento de Estado publicó "el registro documental más exhaustivo hasta la fecha sobre las atrocidades". El informe concluye que se produjeron violaciones organizadas y ejecuciones sistemáticas. Sin embargo, al profundizar en la lectura del artículo, se observa que los relatos sobre tales crímenes "dependen casi exclusivamente de información proveniente de testimonios de refugiados. No hubo indicios de que las agencias de inteligencia estadounidenses hubieran logrado verificar la mayoría —o siquiera una gran parte— de dichos relatos... y términos como "según se informa" y "presuntamente" aparecen a lo largo de todo el documento".[27]


La periodista británica Audrey Gillan entrevistó a refugiados de Kosovo sobre las atrocidades y se encontró ante una sorprendente falta de pruebas. Una mujer sorprendió al periodista mirando el reloj que ella llevaba en la muñeca, mientras su marido le contaba cómo a todas las mujeres les habían robado las joyas y otras pertenencias. Un portavoz del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados habló de violaciones masivas y de lo que parecían ser cientos de asesinatos en tres aldeas. Cuando Gillan le pidió información más precisa, él redujo drásticamente la cifra a cinco o seis adolescentes víctimas de violación. No obstante, admitió que no había hablado con ningún testigo y que "no tenemos forma de verificar estos informes".[28]


Gillan observó que algunos refugiados habían presenciado asesinatos y otras atrocidades, pero había pocos indicios de que los hubieran visto a la escala que se estaba difundiendo. Las autoridades le hablaron de refugiados que relataban la muerte de sesenta o más personas en una aldea y de cincuenta en otra, pero Gillan "no pudo encontrar ni un solo testigo presencial que hubiera visto realmente ocurrir tales sucesos". Las atrocidades masivas parecían haber tenido lugar siempre en alguna otra aldea. Sin embargo, los periodistas occidentales informaban a diario de "cientos" de violaciones y asesinatos. A veces mencionaban de pasada que los informes aún no habían sido corroborados; cabe preguntarse, entonces, por qué se difundían con tanto entusiasmo tales historias.


A diferencia de sus declaraciones públicas, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Alemania negó en privado que existiera prueba alguna de que el genocidio o la limpieza étnica formaran parte de la política yugoslava: "Ni siquiera en Kosovo es posible constatar una persecución política explícita vinculada a la etnia albanesa... Las acciones de las fuerzas de seguridad [yugoslavas] no iban dirigidas contra los albanokosovares como grupo étnico definido, sino contra el adversario militar y sus partidarios, reales o supuestos".[29]


No obstante, Milošević fue acusado de crímenes de guerra, concretamente de la expulsión forzosa de albanokosovares y de la ejecución sumaria de cerca de un centenar de personas. Una vez más, se utilizaron como justificación de los bombardeos de la OTAN supuestos crímenes cometidos después de que dichos bombardeos hubieran comenzado. Los mayores criminales de guerra de todos fueron los líderes políticos de la OTAN que orquestaron la campaña aérea de muerte y destrucción.


Desde la perspectiva de la Casa Blanca, dado que el objetivo declarado de los ataques aéreos no era matar civiles, no existía responsabilidad alguna, sino tan solo errores lamentables. En otras palabras, lo único que contaba era la intención declarada de la acción, y no sus inevitables consecuencias. Sin embargo, el autor puede ser declarado culpable de homicidio intencionado. Como señaló George Kenney, exfuncionario del Departamento de Estado durante la administración Bush: "Lanzar bombas de racimo sobre zonas urbanas densamente pobladas no provoca muertes accidentales. Se trata de bombardeos de terror deliberados".[30]


Durante las primeras semanas de la ocupación de Kosovo por parte de la OTAN, decenas de miles de serbios fueron expulsados de la provincia y cientos murieron a manos de hombres armados del ELK, en sucesos descritos por la prensa occidental como actos de "venganza" y "represalia", como si las víctimas hubieran merecido tal suerte. Entre las víctimas de estas "represalias" se contaban también miembros de las comunidades romaní, gorani, turca, montenegrina y albanesa que habían "colaborado" con los serbios al hablar serbio, oponerse al separatismo o identificarse, de una forma u otra, como yugoslavos. Otras personas siguieron muriendo o sufriendo mutilaciones a causa de las minas colocadas por el ELK y el ejército serbio, así como por la gran cantidad de bombas de racimo de la OTAN esparcidas por el territorio.[31]


Durante los primeros días de la ocupación de la OTAN, se anunció reiteradamente que 10.000 albaneses habían sido asesinados por los serbios (una cifra muy inferior a los 100.000 o incluso 500.000 hombres albaneses que supuestamente habían sido ejecutados durante la guerra). Nunca se presentaron pruebas que respaldaran la cifra de 10.000, ni siquiera una explicación de cómo se había determinado con tanta rapidez, incluso antes de que las fuerzas de la OTAN hubieran entrado en la mayor parte de Kosovo.


Asimismo, no se confirmaron las constantes referencias —carentes de fundamento— a "fosas comunes", cada una de las cuales supuestamente albergaba a cientos o incluso miles de víctimas albanesas. A lo largo del verano de 1999, el revuelo mediático en torno a las fosas comunes se diluyó hasta quedar reducido a alguna que otra mención imprecisa. En los pocos lugares donde realmente se realizaron exhumaciones, se hallaron entre una docena o dos de cuerpos, pero sin pruebas concluyentes sobre las causas de la muerte ni siquiera sobre la nacionalidad de las víctimas. En algunos casos, había motivos para creer que las víctimas eran serbias.[32]


Ante la falta de pruebas de fosas comunes, hacia finales de agosto de 1999, Los Angeles Times centró su atención en los pozos, considerándolos "fosas comunes en sí mismos...". Al parecer, las fuerzas serbias arrojaron... "muchos cadáveres de albaneses a pozos durante su campaña de terror".[33] ¿"Al parecer"? El propio artículo se centraba en un único pueblo donde se halló el cuerpo de un hombre de 39 años en un pozo, junto con tres vacas muertas y un perro. No se indicó la causa de su muerte y "no se descubrieron otros restos humanos". No se identificó al propietario del pozo. Una vez más, al examinar los detalles concretos, las atrocidades no parecen endémicas, sino esporádicas.


Enemistad étnica y "diplomacia" de EEUU


Algunos sostienen que el nacionalismo, y no la clase social, es el verdadero motor del conflicto yugoslavo. Esto parte del supuesto de que la clase y la etnia son fuerzas mutuamente excluyentes. Sin embargo, la enemistad étnica puede instrumentalizarse para servir a intereses de clase, tal como intentó hacer la CIA con los pueblos indígenas de Indochina y Nicaragua —y, más recientemente, de Bosnia—.[34]


Cuando diversos grupos nacionales conviven con cierto grado de seguridad social y material, tienden a llevarse bien; surge la convivencia e incluso los matrimonios mixtos. Sin embargo, cuando la economía se desploma —debido a las sanciones y a la desestabilización promovida por el FMI—, resulta más sencillo incitar conflictos internos y generar un caos social. Para acelerar este proceso en Yugoslavia, las potencias occidentales brindaron a los elementos separatistas más retrógrados toda clase de ventajas: financiación, organización, propaganda, armamento y sicarios, además de contar con el respaldo de todo el poderío del aparato de seguridad nacional de Estados Unidos. Una vez más, se pretende balcanizar los Balcanes.


Los ataques de la OTAN contra Yugoslavia violaron su propia carta fundacional, la cual estipula que la alianza solo puede emprender acciones militares en respuesta a una agresión cometida contra uno de sus miembros. Yugoslavia no atacó a ningún miembro de la OTAN; los dirigentes estadounidenses prescindieron [una vez más] del derecho internacional y de la diplomacia. La diplomacia tradicional consiste en negociar las disputas mediante concesiones mutuas y el intercambio de propuestas y contrapropuestas; es una forma de defender los propios intereses hasta cierto límite, buscando finalmente una solución que, si bien puede dejar a una de las partes más insatisfecha que a la otra, no llega al extremo de abocar a ninguna de ellas a la guerra.


La diplomacia estadounidense es algo muy particular, como lo demuestran sus actuaciones en Vietnam, Nicaragua, Panamá, Irak y, ahora, Yugoslavia. Consiste en imponer una serie de exigencias innegociables, aunque se las denomine "acuerdos" o "pactos", como los Acuerdos de Dayton o los de Rambouillet. La reticencia de la otra parte a someterse totalmente a todas las condiciones se califica de "obstruccionismo" y se presenta públicamente, de forma distorsionada, como una falta de voluntad para negociar de buena fe. Según se nos dice, los líderes estadounidenses pierden la paciencia cuando sus "ofertas" son "desairadas". Se lanzan ultimátums y, acto seguido, se somete a la nación recalcitrante a una destrucción aérea para que aprenda a ver las cosas tal como las ve Washington.


Milosevic se resistió porque el plan de Rambouillet, elaborado por el Departamento de Estado de EEUU, exigía que entregara una región extensa y rica de Serbia —es decir, Kosovo— a la ocupación extranjera. El plan estipulaba además que dichas tropas extranjeras tendrían plenos poderes de ocupación sobre toda Yugoslavia, gozando de inmunidad frente a detenciones y de supremacía sobre la policía y las autoridades yugoslavas. Un aspecto aún más revelador de la agenda estadounidense era la disposición del plan de Rambouillet que establecía: "La economía de Kosovo funcionará de acuerdo con los principios del libre mercado".


Destrucción deliberada


Aunque decían sentirse inquietos por la destrucción aérea de Yugoslavia, muchos liberales y progresistas estaban convencidos de que, "esta vez", el aparato de seguridad nacional de Estados Unidos estaba librando una batalla justa. "Sí, los bombardeos no funcionan. ¡Los bombardeos son una estupidez!", decían entonces, "pero hay que hacer algo". De hecho, los bombardeos fueron todo menos estúpidos: fueron profundamente inmorales. Y, en realidad, sí funcionaron: destruyeron gran parte de lo que quedaba de Yugoslavia, convirtiéndola en un país privatizado, desindustrializado, recolonizado y sumido en la miseria, proveedor de mano de obra barata e indefenso ante la penetración del capital; un país tan maltrecho que jamás volverá a levantarse y tan fragmentado que nunca se reunificará, ni siquiera como una nación burguesa viable.


Cuando se aniquila el capital social productivo de cualquier parte del mundo, aumenta el valor potencial del capital privado en otros lugares, especialmente cuando la crisis que afronta hoy el capitalismo occidental es de sobrecapacidad. Cada base agrícola destruida por ataques aéreos occidentales (como en Irak) o por el TLCAN y el GATT (como en México y otros sitios) reduce la competencia potencial y amplía las oportunidades de mercado para las empresas agroindustriales multinacionales. Destruir fábricas yugoslavas de gestión pública que producían componentes, electrodomésticos o fertilizantes —o una planta sudanesa financiada con fondos públicos que fabricaba productos farmacéuticos a precios sustancialmente inferiores a los de sus competidores occidentales— equivale a incrementar el valor de inversión de los productores occidentales. Asimismo, cada emisora de televisión o radio clausurada por las tropas de la OTAN o destruida por sus bombas refuerza el dominio monopolístico de los cárteles mediáticos occidentales. La destrucción aérea del capital social de Yugoslavia cumplió ese propósito.


Aún no hemos comprendido el alcance total de la agresión de la OTAN. Serbia es una de las mayores reservas de aguas subterráneas de Europa, y la contaminación causada por el uranio empobrecido estadounidense y otros explosivos afecta a toda la región circundante, llegando incluso hasta el mar Negro. Solo en Pančevo, se liberaron enormes cantidades de amoníaco a la atmósfera cuando la OTAN bombardeó la fábrica de fertilizantes. En esa misma ciudad, una planta petroquímica fue bombardeada en siete ocasiones. Tras la quema de 20.000 toneladas de crudo en un único bombardeo contra una refinería de petróleo, una inmensa nube de humo permaneció suspendida en el aire durante diez días. Unas 1.400 toneladas de dicloruro de etileno se vertieron en el Danubio, fuente de agua potable para diez millones de personas. Paralelamente, se liberaron a la atmósfera concentraciones de cloruro de vinilo que superaban en más de 10.000 veces los niveles permitidos. En algunas zonas, la población ha presentado manchas rojas y ampollas, y las autoridades sanitarias prevén un fuerte aumento de las tasas de cáncer en los próximos años.[35]


Fueron bombardeados parques nacionales y reservas naturales que situaban a Yugoslavia entre los trece países con mayor biodiversidad del mundo. Los misiles de uranio empobrecido que la OTAN utilizó en numerosas zonas del país tienen una vida media de 4.500 millones de años.[36] Se trata del mismo uranio empobrecido que ahora provoca cáncer, defectos congénitos y muertes prematuras entre la población de Irak. En Novi Sad, me contaron que los cultivos se estaban perdiendo debido a la contaminación. Asimismo, no se podían reparar los transformadores eléctricos porque las sanciones de la ONU prohibían la importación de piezas de repuesto. Las personas con las que hablé se enfrentaban al hambre y al frío ante el invierno que se avecinaba.


Con palabras que podrían hacernos cuestionar su humanidad, el comandante de la OTAN, el general estadounidense Wesley Clark, se jactó de que el objetivo de la campaña aérea era "demoler, destruir, devastar, degradar y, en última instancia, eliminar la infraestructura esencial" de Yugoslavia. Aun suponiendo que se hubieran cometido atrocidades serbias —y no me cabe duda de que así fue—, ¿dónde está el sentido de la proporcionalidad? Las matanzas perpetradas por paramilitares en Kosovo (que ocurrieron en su mayoría después de iniciarse la guerra aérea) no justifican el bombardeo de quince ciudades mediante cientos de incursiones ininterrumpidas durante más de dos meses, arrojando cientos de miles de toneladas de sustancias químicas altamente tóxicas y cancerígenas al agua, al aire y al suelo, matando a miles de serbios, albaneses, romaníes, turcos y personas de otras etnias, y destruyendo puentes, zonas residenciales y más de doscientos hospitales, clínicas, escuelas e iglesias, además del capital productivo de toda una nación.


Un informe publicado en Londres en agosto de 1999 por la Economist Intelligence Unit concluyó que los enormes daños causados por la guerra aérea de la OTAN a la infraestructura de Yugoslavia provocarán una drástica contracción de la economía en los próximos años.[37] El producto interior bruto caerá un 40 por ciento este año y se mantendrá en niveles muy inferiores a los de hace una década. Yugoslavia, según pronosticaba el informe, se convertirá en el país más pobre de Europa. Misión cumplida.


Posdata


A mediados de septiembre de 1999, la periodista de investigación Diana Johnstone informó por correo electrónico a sus contactos en Estados Unidos que Peter Galbraith —exembajador estadounidense en Croacia y quien había respaldado la "Operación Tormenta" de Tudjman, la cual expulsó a 200.000 serbios (en su mayoría familias campesinas) de la región croata de Krajina cuatro años atrás— había estado recientemente en Montenegro reprendiendo a políticos de la oposición serbia por su reticencia a precipitar a Yugoslavia en una guerra civil. Tal conflicto sería breve, les aseguró, y "resolvería todos sus problemas". Otra estrategia que barajan los dirigentes estadounidenses, de la que se ha tenido noticia recientemente en Yugoslavia, consiste en ceder a Hungría la provincia serbia septentrional de Voivodina. Voivodina alberga a unas veintiséis nacionalidades, incluidas varios cientos de miles de personas de origen húngaro que, en general, no muestran indicios de querer separarse y que, sin duda, reciben un trato mejor que las minorías húngaras, más numerosas, de Rumanía y Eslovaquia. No obstante, una reciente partida presupuestaria de 100 millones de dólares aprobada por el Congreso de EEUU aviva el separatismo en lo que queda de Yugoslavia, al menos hasta que Serbia cuente con un gobierno lo suficientemente grato a los partidarios occidentales de la globalización y el libre mercado. Johnstone concluye: "Con sus centrales eléctricas arruinadas y sus fábricas destruidas por los bombardeos de la OTAN, aislados, sancionados y tratados como parias por Occidente, los serbios se enfrentan a una disyuntiva: morir de frío con honor en una patria sumida en la miseria o seguir el "consejo amistoso" de las mismas personas que han destruido metódicamente su país. Dado que es poco probable que exista unanimidad en una u otra dirección, la guerra civil y una mayor destrucción del país parecen probables".



Notas

[1] New York Times, July 8, 1998.

[2] New York Times, October 10, 1997.

[3] For more detailed background information on the stratagems preceding the NATO bombing, see the collection of reports by Ramsey Clark, Sean Gervasi, Sara Flounders, Nadja Tesich, Michel Choussudovsky, and others in NATO in the Balkans: Voices of Opposition (New York: International Action Center, 1998).

[4] Joan Phillips, "Breaking the Selective Silence," Living Marxism, April 1993, p. 10.

[5] Financial Times (London), April 15, 1993.

[6] See for instance, Yigal Chazan's report in The Guardian (London/Manchester), August 17, 1992.

[7] See Laura Silber and Allan Little, Yugoslavia: Death of a Nation (London: Penguin, 1995), p. 211; also Diana Johnstone, "Alija Izetbegovic: Islamic Hero of the Western World," CovertAction Quarterly, Winter 1999, p. 58.

[8] Michael Kelly, "The Clinton Doctrine is a Fraud, and Kosovo Proves It," Boston Globe, July 1, 19 99.

[9] San Francisco Chronicle, May 5, 1999 and Washington Times, May 3, 1999.

[10] New York Times, November 1, 1987.

[11] Foreign Affairs, September/October 1994.

[12] For instance, Raymond Bonner, "War Crimes Panel Finds Croat Troops 'Cleansed' the Serbs," New York Times, March 21, 1999, a revealing report that has been ignored in the relentless propaganda campaign against the Serbs.

[13] John Ranz in his paid advertisement in the New York Times, April 29, 1993.

[14] "Correction: Report on Rape in Bosnia," New York Times, October 23, 1993.

[15] San Francisco Examiner, April 26, 1999.

[16] David Owen, Balkan Odyssey, p. 262.

[17] Barry Lituchy, "Media Deception and the Yugoslav Civil War," in NATO in the Balkans, p. 205; see also New York Times, August 7, 1993.

[18] For further discussion of this point, see my Against Empire (San Francisco: City Lights Books, 1995).

[19] New York Times, March 28, 1999.

[20] Both Noam Chomsky in his comments on Pacifica Radio, April 7, 1999, and Alexander Cockburn in the Nation, May 10, 1999, referred to Serbian "brutality" and described Milosevic as "monstrous" without offering any specifics.

[21] Brooke Shelby Biggs, "Failure to Inform," San Francisco Bay Guardian, May 5, 1999, p. 25.

[22] Washington Post, June 6, 1999.

[23] New York Times, June 15, 1999.

[24] See for instance, Robert Burns, Associated Press report, April 22, 1999.

[25] Charles Radin and Louise Palmer, "Experts Voice Doubts on Claims of Genocide: Little Evidence for NATO Assertions," San Francisco Chronicle, April 22, 1999.

[26] Washington Post, July 10, 1999.

[27] New York Times, May 11, 1999.

[28] Audrey Gillan "What's the Story?" London Review of Books, May 27, 1999.

[29] Intelligence reports from the German Foreign Office, January 12, 1999 and October 29, 1998 to the German Administrative Courts, translated by Eric Canepa, Brecht Forum, New York, April 20, 1999.

[30] Teach-in, Leo Baeck Temple, Los Angeles, May 23, 1999.

[31] Los Angeles Times, August 22, 1999.

[32] See for instance, Carlotta Gall, "Belgrade Sees Grave Site as Proof NATO Fails to Protect Serbs," New York Times, August 27, 1999.

[33] Los Angeles Times, August 28, 1999.

[34] It is a matter of public record that the CIA has been active in Bosnia. Consider these headlines: The Guardian (Manchester/London), November 17 1994: "CIA AGENTS TRAINING BOSNIAN ARMY"; The London Observer, November 20, 1994: "AMERICA'S SECRET BOSNIA AGENDA"; The European, November 25, 1994: "HOW THE CIA HELPS BOSNIA FIGHT BACK."

[35] Report by Steve Crawshaw in the London Independent, reprinted in the San Francisco Examiner, July 26, 1999.

[36] See the communication from Serbian environmentalist Branka Jovanovic: http://beograd.rockbridge.net/greens_from_belgrade.htm; March 31, 1999.

[37] San Francisco Examiner, August 23, 1999.


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