27 octubre, 2026

Elogio al desorden contra el orden del capitalismo — Magdalena Fragnito

 



Observatorio de la crisis – 17/10/2026


¿Estamos hablando quizá de la civilización que exige una condena por un escaparate roto, mientras asistimos desde nuestros móviles a la aniquilación de Gaza?


Niños, ¡prended fuego, prended fuego!

Prended fuego para poner orden

Prended fuego, poned el desorden

Poned el desorden para poner orden.

Campaña de movilización social feminista #Pébouchfini, Martinica, 2018


Si hoy puedes reivindicar una escuela pública laica y derechos laborales, da las gracias a las comunardes y los comunards, que en 1871 se levantaron en París, levantaron barricadas en los bulevares, derribaron la Columna de Vendôme e incendiaron el Palacio de las Tullerías. Fueron masacrados por miles, pero sus ideas volverían a fracturar el orden de los amos. También en tu vida.


Da las gracias a quienes en 1791 incendiaron las plantaciones de Saint-Domingue y destruyeron las propiedades de los colonos franceses. A quienes se rebelaron en Jamaica en 1831, prendiendo fuego a los campos de caña de azúcar y contribuyendo a que la esclavitud resultara políticamente insostenible en el Imperio británico.


La abolición no nació de la generosidad de los propietarios blancos: también la conquistaron personas esclavizadas, que decidieron destruir materialmente el mundo que las mantenía encadenadas.


Si hoy las mujeres pueden votar, da las gracias a sufragistas como Emmeline Pankhurst, que rompían los escaparates de Londres, incendiaban edificios, saboteaban las comunicaciones y colocaban bombas en los lugares simbólicos del poder. Da las gracias a las mujeres que, en otros lugares, siguieron desafiando a los gobiernos y a la policía, incluso cuando el voto solo se reconocía a unas pocas, dejando fuera a las demás.


El sufragio femenino no fue un amable gesto de los parlamentos, sino una conquista arrancada a unas instituciones, que durante siglos habían negado a la mitad de la población el derecho a decidir sobre su propio destino.


Si hoy puedes acogerte a la Constitución italiana, da las gracias a las partisanas y a los partisanos que empuñaron las armas, volaron puentes y organizaron insurrecciones contra el nazifascismo. Mientras una parte de la burguesía italiana intentaba salvar sus propiedades y privilegios, había quienes arriesgaban la vida para derrocar al régimen. La República nació también de la lucha armada de quienes decidieron, que el fascismo debía ser derrotado y no solo combatido por la vía civil.


Si tienes derecho a una jornada laboral de ocho horas, a vacaciones pagadas y a una semana laboral reducida, da las gracias a las generaciones de obreras y obreros, que ocuparon fábricas y paralizaron la producción.


Da las gracias:


A quienes en 1886 se declararon en huelga en Chicago por la jornada de ocho horas y se encontraron frente a las armas de la policía. A quienes en 1936 ocuparon miles de fábricas francesas, consiguiendo vacaciones pagadas y la semana laboral de cuarenta horas.


A quienes, durante el autunno caldo [otoño caliente] italiano de 1969, interrumpieron las cadenas de montaje y arrancaron aumentos salariales y derechos sindicales. Ningún patrón ha regalado jamás ni una sola hora de libertad del trabajo: cada una de ellas le ha sido arrancada.


Si hoy celebras el Orgullo, da las gracias a quienes, en la noche del 28 de junio de 1969, durante una redada policial en el Stonewall Inn de Nueva York, decidieron que ya habían recibido suficientes golpes de porra. Personas trans y queer salieron a la calle, lanzaron botellas y piedras contra los agentes: el Orgullo no nació como un desfile patrocinado por los bancos, sino como un levantamiento contra la policía.


Si hoy puedes reivindicar que un techo, la luz y la comida son necesidades que hay que satisfacer y no privilegios, da las gracias a quienes en la década de 1970 ocupaban viviendas. A las familias que en 1974 en Turín se redujeron colectivamente sus facturas de electricidad. A las trabajadoras, los trabajadores y los vecinos de los barrios, que el 19 de octubre de ese mismo año entraron en los supermercados de Milán, impusieron precios rebajados en las cajas y se llevaron los productos a casa. Se llamaban expropiaciones proletarias y no se esperaba a que nadie reconociera el derecho a vivir: simplemente se ejercía.


Por último, da las gracias a cualquiera que haya infringido la ley, cuando la ley también te oprimía a ti.


En la memoria depurada de nuestras bellas democracias, estos gestos de revueltas desaparecen. Cada conquista civil se narra como el resultado de la maduración moral de las instituciones, mientras que los conflictos que las hicieron posible se archivan entre los excesos. Quedan las fotografías de las revueltas, a ser posible sin incendios, sin escaparates rotos ni jardineras destrozadas. Quedan los derechos separados de los cuerpos que los conquistaron.


Ayer, bárbaros, incivilizados, vándalos, canallas, piratas; hoy, black bloc, racaille [escoria], terroristas y maranza [poligoneros]. Aquellos y aquellas a quienes ni siquiera les reconoces la posibilidad de tener una razón política.


Si celebras los derechos y condenas a quienes los han arrancado, si te gusta la revolución cuando está lo suficientemente muerta como para no romper ya nada, es inútil andarse con rodeos: tú también eres parte del problema.


El desorden no es el caos, sino el cuestionamiento de lo que los poderosos llaman el orden del mundo, un mundo que han construido y no dejan de consolidar, un mundo, que querrían que permaneciera inmutable, a pesar de que su organización y su funcionamiento son objeto de un cuestionamiento constante, Françoise Vergès, 2023.


Desde hace días, en los platós de televisión y en los círculos gubernamentales, en los periódicos y en el tribunal moral de las redes sociales, se representa el habitual espectáculo de la respetabilidad democrática.


Para tomar la palabra hay que pronunciar la fórmula: «Condeno la violencia venga de donde venga». Antes de poder hablar, hay que demostrar que no se quiere reconstruir la historia de la violencia, que no se desea preguntar de dónde viene, quién la ejerce y qué relaciones de poder la hacen posible. Quien insiste en plantear estas preguntas es expulsado del debate civil. Pero, ¿de qué civilización estamos hablando?


¿De la civilización de los desahucios, de las listas de espera en la sanidad, de los salarios que no alcanzan para pagar una habitación, de los colegios sin recursos, del chantaje de los permisos de residencia?


¿Quizá de la civilización, que ha abierto de par en par las puertas a la especulación inmobiliaria, ha expulsado a los habitantes de sus hogares y ha llamado a todo esto «reurbanización», «desarrollo sostenible», «transición verde», «futuro»?


¿Hablamos de la civilización de los centros de detención de inmigrantes, de las patrullas que detienen a las personas por el color de su piel, de los decretos de seguridad y de los soldados enviados a las ciudades para restablecer el orden?


¿Estamos hablando quizá de la civilización que exige una condena por un escaparate roto, mientras asistimos desde nuestros móviles a la aniquilación de Gaza?


¿De aquella civilización que querría convencernos de que los hospitales destruidos, los niños y niñas amputados, las universidades arrasadas y las generaciones borradas en su totalidad del mapa son «daños colaterales»? ¿O de aquella civilización que invoca el derecho internacional de boquilla mientras lo pisotea, doblegándolo a sus propias alianzas militares y económicas?


Al parecer, sí. Se trata de la misma civilización que nos ha enseñado a denominar la destrucción sistemática de las condiciones de vida de muchas maneras: seguridad, defensa, TINA, guerra contra el terrorismo, «whatever it takes», austeridad, flexibilidad. Y, además, nos lo pide Europa, nos lo pide la crisis y hoy nos lo pide también la guerra. Un vocabulario lo suficientemente amplio como para permitir que los gobiernos y las administraciones destruyan vidas enteras sin tener que pronunciar jamás la palabra «violencia».


En esta operación lingüística, los saloncitos donde se debate civilizadamente han desempeñado una labor inestimable, recitando hasta la saciedad el protocolo del «sentido común» y predicando moderación a quienes se ven privados de la vida, mientras que en los parlamentos y ministerios se sigue recibiendo con todos los honores a quienes disponen de los instrumentos para destruirla. Espacios de discusión en los que se está tan alejado del mundo que se confunde la propia incapacidad para comprenderlo con la superioridad moral.


El sentido común, nos repiten al unísono: ¡el sentido común! Su sentido común, claro está: aquel que en las últimas décadas ha acompañado sin especial inquietud la devastación del estado del bienestar y del medio ambiente y que ahora clama contra la barbarie ante los escaparates rotos de alguna tienda de lujo. Ese sentido común hecho de condenas ineludibles por la violencia contra los objetos y omisiones sistemáticas ante la violencia contra la vida.


Llegados a este punto, me permito recordarte que deberías dar las gracias, por adelantado y antes de que la historia se historice, a aquellos de nosotros y nosotras que no tenemos ningún sentido común. A quienes rechazan el protocolo «democrático» y no se acomodan en la gestión ordinaria de la violencia. A quienes no reconocen a la propiedad el derecho a establecer dónde empieza la civilización y dónde acaban nuestras posibilidades de resistir. A quienes no sienten ninguna necesidad de mostrar que se distancian de los maranza, esas chicas y esos chicos considerados demasiado jóvenes para tener una razón política o nunca lo suficientemente italianos como para ser escuchados. Y, por último, a quienes no utilizan el robo de un bolso de Gucci para marcar su propia frontera ética, mientras el mundo está en llamas.


Nadie nos representa. Nos representamos a nosotros mismos. M1710, 2026


Milán lleva años siendo saqueada y devastada. Por los fondos inmobiliarios, por el rentismo financiero, por las administraciones que han vendido la ciudad metro cuadrado a metro cuadrado y han llamado «desarrollo» a la expulsión de sus habitantes y de quienes la mantienen en pie. Una ciudad donde quienes limpian las casas, dan clase en los colegios, sirven en los restaurantes, atienden en las salas de hospital, reparten comida y cuidan a las personas mayores no ganan lo suficiente para vivir en ella. Y, sin embargo, esta violencia cuenta con los permisos en regla, tiene la luz verde y el respaldo de las instituciones. Ninguna unidad antidisturbios la detiene.


Ahora, los mismos gobernantes progresistas, que han dirigido este vaciamiento invocan la cohesión social. Una cohesión que considera la pobreza un problema de decoro y la concentración de la riqueza un éxito urbanístico.


Y cuando los hijos e hijas de las personas dejadas en los márgenes rompen un escaparate, descubren con horror que existe un problema social, que hay que resolver con más policía. Mientras tanto, el gobierno italiano –¡este sí que es de derecha!– anuncia el envío de quinientos militares y aprueba el enésimo decreto de seguridad, que prevé la detención preventiva incluso para menores a partir de los 16 años e introduce el delito de participación violenta en una manifestación. «Quien rompe, paga», anuncia Meloni desde el salón de los salones. Al fin y al cabo, después de Gaza, incluso la idea de recurrir al ejército para contener a menores parece haber perdido algo de su obscenidad.


La irrupción de la rabia de los chicos y chicas en nuestras civilizadísimas ciudades interrumpe, aunque solo sea por unas horas, el poder de decidir quién puede cruzar un umbral, tocar una mercancía, habitar una calle. Rompe materialmente la separación social, que la ciudad pretendía natural y, por fin, agrieta el callejón sin salida entre el fin del mundo y la respetabilidad en el que todas y todos llevamos décadas confinados: entre quienes destruyen la vida y quienes pretenden que nos opongamos a su destrucción con buenos modales.


Vestidos de Spider-Man y Dante Alighieri, con gritos de alegría y risas burlonas de rabia, los cuerpos que han invadido las calles del centro de Milán nos muestran que al fondo de ese callejón sin salida no había un muro, sino un escaparate. Y que se puede volver a romperlo. Tenían que ser los críos y las crías, quienes salvaran el mundo, por decirlo con palabras de Elsa Morante, o al menos quienes devolvieran el conflicto de clases a una izquierda que lo ha expulsado de su vocabulario.


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Gaza: el hambre amenaza a miles de familias

 




"El sionismo es racismo" — Lubna Speitan

 




Y cómo nosotros, palestinos, somos silenciados, psicológicamente manipulados, difamados y arrinconados, mientras estamos siendo testigos de la aniquilación, del asesinato a sangre fría de nuestras familias, de nuestro pueblo. Y aquí se nos pide que tengamos en cuenta los sentimientos —y seamos claros: no se trata de los sentimientos de los judíos, sino de los sentimientos de los sionistas—. ¿Acaso debemos quedarnos aquí sentados, considerando los sentimientos de quienes masacran a nuestro pueblo, mientras vemos cómo nuestros seres queridos, nuestros hijos, son quemados con fósforo, cómo ha de soportar amputaciones sin anestesia, cómo sus extremidades son arrancadas y destrozadas, sus cuerpos calcinados por el fósforo, y cómo son condenados a morir de hambre? Y no, los medios de comunicación dominantes, en lugar de hablar de ello —algo que, si ocurriera al otro lado del muro del apartheid, sin duda ocuparía grandes titulares en la narrativa mediática convencional— lo ignoran.


Nuestras vidas, como palestinos, han sido vilipendiadas y deshumanizadas, como si no valiéramos nada. No importamos. Nuestros hijos no importan. Nuestros médicos no importan. Nuestros periodistas no importan —y los que ejercen aquí no muestran solidaridad alguna con sus colegas que están documentando su propia aniquilación para que el mundo entero la vea—. Todo un pueblo traumatizado... ¿Por qué no hablamos de esos sentimientos? ¿De los sentimientos de esos niños palestinos que por la noche se aferran a las tumbas de sus padres? No tienen un hogar al que volver, sufren hambre y ven morir a sus amigos. Crecen sin esperanza alguna de futuro. Cuando se les pregunta: «¿Qué quieres ser de mayor?», la respuesta es: ni siquiera llegaremos a crecer. Esta es la realidad del sionismo. Esto es lo que le hace a nuestros niños...


Y tener que estar sentada aquí ... e incluso hablando de esto, tener que enterrar mis sentimientos para poder expresar, de manera elocuente y diplomática, mi ira, mi rabia, mi angustia, la angustia que siente cada palestino... es un insulto... es un insulto para cualquiera que abogue o clame por la igualdad.


— Lubna Speitan, Greens4Palestine, autora de la moción : "El sionismo, es racismo"


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La inteligencia artificial desde una perspectiva Marxista | con Rubén Zardoya

 




ESCUELA DE CUADROS - 9 ene 2024

Conversamos sobre la llamada inteligencia artificial con Rubén Zardoya, apoyándonos en planteamientos de la filosofía y pedagogía soviética. En el programa se abordan cuestiones como el significado de los términos "inteligencia" y "artificial", las máquinas y herramientas como objetivación del pensamiento y la enajenación del conocimiento de la clase trabajadora bajo el capitalismo.


Vídeos de referencia:

¿Qué es el pensamiento? Rubén Zardoya

La escuela debe enseñar a pensar. Evald Iliénkov


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25 octubre, 2026

Tranquilos, es solo un Exxon Valdez en esteroides — Larry C. Johnson

 


Sonar 21 – 24/10/2026

   Traducción: Arrezafe


Buenas noticias desde el Golfo Pérsico: la guerra va tan bien que el propio mar se ha sumado a la contienda. Mientras los expertos de Washington debaten sobre el número de misiles y el precio del petróleo (alrededor de 115 dólares por el Brent el viernes, por si alguien en la Casa Blanca todavía lo ha comprobado), Karl Miller, que se encuentra sobre el terreno en el Golfo, me envió esta semana una nota que nadie en las salas de prensa parece haber leído. «No subestimen los daños a la flota mundial de petroleros», escribió, «y no subestimen la contaminación que ahora se extiende por el Golfo y la costa de Omán». «Es un Exxon Valdez en esteroides», me dijo. «Una catástrofe en sí misma».


Pero, bah, estoy seguro de que no hay problema. De todos modos, veamos las cifras, solo por curiosidad.


Disparando a los camiones de reparto


El centro de operaciones de comercio marítimo del Reino Unido ha contabilizado 119 buques que han sufrido daños este año y 77 marineros muertos o heridos. Octubre se perfila como un mes memorable: Bloomberg contabilizó al menos 23 ataques a buques en el estrecho de Ormuz o sus inmediaciones en tan solo las dos primeras semanas, al menos cinco de ellos alcanzados en las salas de máquinas, lo que, en términos marítimos, equivale a recibir un disparo en las rodillas. Dos petroleros se hundieron la semana pasada. Otros dos, el Kylo y el Riesco, se hundieron en septiembre. Nada representa mejor la cacareada «libertad de navegación» que un fondo oceánico navegable.


El 9 de octubre, alguien hundió el Gem No.2, un superpetrolero de 302.783 toneladas, frente a la costa de los Emiratos Árabes Unidos, cerca de Umm Al Quwain. El 22 de octubre, Irán afirmó haber atacado cuatro buques más que realizaban transferencias de carga entre buques. La nueva "Autoridad del Estrecho del Golfo Pérsico" de Teherán, que suena a comisión portuaria, pero actúa como un pelotón de fusilamiento, afirma tener en su lista 122 buques que "no cumplen con la normativa". Un comerciante de petróleo declaró a Bloomberg que "cada impacto a un superpetrolero es importante". ¡Vaya sorpresa!


Ocho Valdezes por barco


Un pequeño cálculo para los del Pentágono. El Exxon Valdez derramó unos 257.000 barriles de petróleo en el estrecho de Prince William en 1989, y los estadounidenses aún hablan de ello. Un solo superpetrolero transporta unos dos millones de barriles. Así que, cada superpetrolero en el Golfo equivale aproximadamente a ocho Exxon Valdez esperando a ser atacado. Y el Golfo es una bañera poco profunda, casi cerrada, con una circulación pésima. Lo que entra, se queda dentro. ¡Menudo problemón!


Ya estamos disfrutando por adelantado del panorama que se nos avecina. Esta semana, los Emiratos Árabes Unidos cerraron las playas de Umm Al Quwain, tras la llegada a las costas de la península de Khor Al Beidah de una mancha de petróleo de más de 35 kilómetros de largo y más de 150 kilómetros cuadrados de superficie. Los Emiratos Árabes Unidos declararon, con admirable discreción, que el petróleo probablemente provenía de un superpetrolero que sufrió una avería a principios de mes. Se ha recomendado a los pescadores que se mantengan alejados de la pesca.


Más al sur de la costa, Omán alberga al Caroline Bezengi, un petrolero que transportaba unos 800.000 barriles y que sufrió una misteriosa explosión el 8 de junio. Fue abandonado por su tripulación y luego encalló, nada menos que en una reserva natural marina, cerca de la isla de Qibliyah, hogar de ballenas jorobadas y cormoranes de Socotra. El Caroline Bezengi comenzó a tener fugas a finales de junio. Para agosto, la mancha de petróleo cubría cientos de kilómetros cuadrados. No se consultó a las ballenas. Al otro lado del mar, Irán está limpiando su propio derrame de crudo frente a la isla de Qeshm. Todos se llevan un souvenir.


Pero, ¿quién necesita agua potable?


He aquí la parte "divertida" que los planificadores de guerras parecen haber omitido. Los estados árabes del Golfo no solo extraen petróleo del mar, sino que beben del mar. La desalinización abastece aproximadamente el 99% del agua potable de Qatar, más del 90% de la de Bahréin, cerca del 90% de la de Kuwait, el 86% de la de Omán, el 70% de la de Arabia Saudita y el 42% de la de los Emiratos Árabes Unidos, según cifras obtenidas por el CSIS y el Atlantic Council. Los seis estados del Golfo operan alrededor de 3.400 plantas desalinizadoras, un tercio de la capacidad mundial, y más del 90% del agua desalinizada del Golfo proviene de tan solo 56 de ellas. ¿Qué podría salir mal?


Las plantas desalinizadoras tienen una particularidad intrínseca: necesitan agua de mar limpia. Cuando un derrame de petróleo llega a una toma de agua, la planta debe detenerse o corre el riesgo de dañar sus membranas y filtros. Ya hemos experimentado esto antes. En 1991, Saddam Hussein vertió petróleo en el norte del Golfo Pérsico y destruyó la capacidad de desalinización de Kuwait, y los kuwaitíes tuvieron agua corriente cuatro días a la semana, y el resto del tiempo se les suministraba mediante camiones cisterna. Incluso una modesta proliferación de algas, acaecida en 2008 y 2009, provocó el cierre de plantas en Omán y los Emiratos Árabes Unidos durante dos meses. Imaginen lo que podrían causar ocho Exxon Valdez.


¿Y el plan B? El propio plan de seguridad hídrica de los EAU prevé un suministro almacenado para unos dos días en condiciones normales de demanda. Dos días. Bahréin, Kuwait y Catar, los países que más dependen de la desalinización, tienen lo que los analistas eufemísticamente denominan, «almacenamiento insuficiente». Las plantas ya se han visto afectadas directamente: una huelga en Bahréin en marzo dejó sin agua a 30 aldeas, y Kuwait y los EAU también han reportado daños. Así pues, la estrategia parece ser: seguir atacando a los petroleros en un mar poco profundo repleto de tomas de agua de las plantas desalinizadoras y esperar a que el viento contribuya. En el verano del Golfo, una ciudad sin agua no es un inconveniente económico: es una evacuación.


Superpetroleros: ahora a precios de viaje espacial


Mientras tanto, el mundo ha descubierto que, en realidad, no se puede transportar petróleo sin barcos. ¡Quién lo hubiera dicho! A principios de enero, fletar un superpetrolero, en la ruta de referencia entre Oriente Medio y Extremo Oriente, costaba unos 30.000 dólares al día. A principios de octubre, según Poten, costaba 1,3 millones de dólares al día, un modesto aumento de 43 veces. El 8 de octubre alcanzó un récord de 1,4 millones de dólares al día. Según Bloomberg, algunos días de este mes, alquilar un superpetrolero costaba más que lanzar un cohete al espacio. Ahora, solamente el flete añade unos 33 dólares al precio de entrega por barril. En enero añadía 1,73 dólares.


¿Por qué? En parte porque los barcos siguen hundiéndose, incendiándose y siendo enviados a reparación por parte de una flota que, para empezar, carecía de de reservas. En parte porque, con el estrecho de Ormuz restringido, los petroleros se ven obligados a transportar petróleo de un barco a otro en el golfo de Omán, un proceso que el director de Vitol calificó de "muy ineficiente" antes de señalar que "en realidad no hay suficiente transporte marítimo para cubrir la demanda". Y en parte porque los armadores experimentan una reticencia irracional a navegar con un barco de 100 millones de dólares cargado con dos millones de barriles de crudo en aguas donde Irán mantiene al día su lista de objetivos. Unos cobardes, todos esos armadores.


Y el ganador es…


Ahora viene el remate, cortesía de Miller. Cuando se disipe el humo, el país que mejor se encontrará en el mar será Rusia. Durante años, mientras Washington y Bruselas se dedicaban a sancionar el petróleo ruso, Moscú y sus aliados compraban discretamente buques cisterna, en su mayoría barcos medianos y antiguos, para construir la llamada "flota en la sombra". El gobierno ucraniano contabilizó 1337 de ellos en febrero. Las capitales occidentales la denominaron red de evasión de sanciones. En un mundo que de repente no encuentra suficientes buques cisterna, se le llama flota.


Y Occidente ya se ha puesto en marcha. En marzo, el Tesoro estadounidense levantó temporalmente las restricciones a la venta de petróleo ruso almacenado en buques cisterna retenidos, en aras de la «estabilidad de los mercados energéticos mundiales». Este mes, el presidente de Estados Unidos negoció personalmente un acuerdo para comprar diésel ruso. Cuatro años de sanciones, seguidos de una petición de combustible a Putin. ¡Bravo!


Para ser justos, la flota clandestina tiene su encanto. Se cree que el petrolero Caroline Bezengi, que está derramando su contenido en la reserva natural de Omán, pertenece a Rusia: es un antiguo buque, de propiedad poco transparente y, según la mayoría de las versiones, asegurado por el primo de alguien. Así pues, la flota clandestina es a la vez la baza de Rusia y una bomba de relojería ambiental flotante de la que nadie rinde cuentas. Naturalmente, la factura recae sobre las playas de Omán y los Emiratos Árabes Unidos, no sobre Moscú.


Repasemos. Hemos disparado contra la flota mundial de superpetroleros. Hemos convertido el Golfo y la costa de Omán en una bañera cubierta de petróleo. Hemos dejado el agua potable de decenas de millones de personas a merced del viento y de unas pocas tomas de agua de mar. Y le hemos entregado la mayor reserva de petroleros al único país al que Washington sancionó durante cuatro años procurando sumirlo en la irrelevancia. Miller resumió el resultado para el resto del mundo con una palabra que no puedo incluir en una publicación familiar. Lo parafrasearé: cuando esto se calme, Rusia saldrá victoriosa y el resto estaremos en un buen lío. Misión cumplida.


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Anticomunismo, contrarrevolución preventiva y fascismo — Eros Baron

 



45 rpm – 12/08/2026


El politólogo marxista-leninista Eros Barone analiza cómo el anticomunismo de Trump y la Unión Europea funciona como arma preventiva contra la organización obrera, mientras la crisis del capitalismo alimenta un proceso de fascistización que sólo la clase trabajadora puede revertir.


«Un anticomunista es un perro; en este punto soy inflexible y siempre lo seré». Jean-Paul Sartre


1. Un ciclo político reaccionario


El proceso de fascistización se hace cada día más evidente, más opresivo y más generalizado, y cualquiera con un mínimo de conciencia sociopolítica lleva tiempo sintiendo su influencia. En este sentido, el gobierno de Meloni fue simplemente el punto de partida de un nuevo salto cualitativo. De hecho, si se compara la situación de la primera mitad del siglo XX con la actual, el denominador común de una crisis estructural del capitalismo resulta claramente perceptible.


Sin embargo, el segundo elemento –a saber, una alternativa revolucionaria en marcha– está prácticamente ausente. Además, la crisis del capitalismo se desarrolla ahora en el contexto de otro acontecimiento histórico, de naturaleza diametralmente opuesta a la de la Revolución de Octubre: la caída del Muro de Berlín antifascista y el fin del bloque socialista; es decir, la victoria global de la contrarrevolución.


Esta situación particular, en la que el viejo orden agoniza pero el nuevo ni siquiera se gesta debido a la falta de un antagonismo político organizado orientado hacia objetivos revolucionarios, da origen al fenómeno de la «putrefacción de los procesos históricos», cuyo fruto es la fascistización de las relaciones sociales.


Dos elementos deben, por lo tanto, destacarse: la crisis estructural del capitalismo y la ausencia de un antagonismo organizado, uno convergente y el otro divergente radicalmente de la coyuntura histórica que produjo el fascismo. De esto podemos extraer una primera conclusión: la única amenaza inmediata para el capitalismo contemporáneo reside en sus propias limitaciones estructurales y en las consecuencias de su manifestación.


Un fenómeno de reacción aguda en la metrópolis imperialista de nuestro tiempo heredará necesariamente la lección del fascismo histórico, pero no la reproducirá, al menos no en sus aspectos abiertamente dictatoriales, a menos que exista una subjetividad política capaz de amenazar la dominación de la burguesía monopolista.


Por otro lado, casos como los de Hungría, Polonia, los Estados bálticos y Ucrania demuestran que el tipo de poder autoritario que sirve al capitalismo hoy en día no necesita desafiar abiertamente las características externas de la democracia liberal, como los sistemas multipartidistas.


Cabe destacar también que el fenómeno de la fascistización no se materializará en la metrópolis imperialista salvo dentro de los límites impuestos por la compatibilidad entre los regímenes políticos nacionales y el control económico y burocrático ejercido por las instituciones supranacionales y, esencialmente, por la cúspide de la pirámide imperialista.


Ante la persistente ausencia de un antagonismo político y social organizado subjetivamente, la burguesía es, por lo tanto, libre para perseguir sus intereses como clase dominante y dar su propia respuesta a la crisis económica, que, en la fase histórica actual, se caracteriza por la devaluación de las fuerzas productivas y la aceleración de los procesos de concentración y centralización del capital.


Sin embargo, para comprender mejor el fenómeno de la fascistización, tal como se manifiesta en la sociedad italiana, es necesario situarlo en el contexto más amplio y el marco temporal que puede definirse como un ciclo político reaccionario.


El Brexit, la elección de Trump, la crisis migratoria y, antes de estos, las guerras imperialistas contra los regímenes progresistas de Libia y Siria, así como las dictaduras impuestas por comisiones en Italia y Grecia, han sido acontecimientos que han puesto de manifiesto una tendencia más compleja.


Esta tendencia incluye, entre sus ejemplos más significativos, el auge de las fuerzas neofascistas en toda Europa, la restauración del autoritarismo en muchos países latinoamericanos y el giro a la derecha en India y Europa del Este.


Este ciclo político es el resultado tanto de la crisis orgánica de la hegemonía de las clases dominantes como de la propia ideología liberal. Surgió gradualmente como una reacción generalizada al auge de los movimientos de masas contra las políticas de austeridad que se encontraban en el centro de la crisis económica, iniciada en 2007-2008.


A partir de estos acontecimientos, el nacionalismo, que se ha inclinado cada vez más hacia el chovinismo, se ha presentado, por un lado, como una opción, dentro de ciertos límites, ventajosa para las clases dominantes y, por otro lado, como un instrumento de demandas inmediatas dentro del margen cada vez más restringido de lo que disponen las clases subalternas.


Desde esta perspectiva, resulta relevante e ilustrativo añadir que la fascistización también se presenta como la reacción adversa generada por otro proceso: la «democratización» de la propiedad privada. No es casualidad que, desde Thatcher, la expansión del neoliberalismo en Europa se haya presentado como un gran proyecto destinado a extender el acceso a la propiedad privada a todas las clases sociales y a todos los ámbitos de la vida, siguiendo la lógica de la propiedad patrimonial.


La «democratización» de la propiedad privada ha sido, por tanto, un poderoso medio para aburguesar el cuerpo social como una estrategia mediante la cual los neoliberales han compensado la destrucción progresiva de otra forma de propiedad –la propiedad social– representada, en cierta medida, por los modernos sistemas de «bienestar social».


Esta perspectiva analítica particular permite comprender mejor este vasto sector de la composición social de la fascismo, cuyo protagonista no es en absoluto el «excluido» ni el «penúltimo», sino más bien una especie de «subburguesía» conformada por aquellas clases que se enriquecieron en las décadas de 1980 y 1990 gracias al llamado «capitalismo molecular» y que posteriormente quedaron excluidas de la nueva acumulación de riqueza que siguió a la crisis de 2007-2008.


En Italia, por citar un caso paradigmático, los cambios que marcaron la función y el papel de la Liga se reflejaron en los cambios que se produjeron en su discurso político y social con tal fidelidad y simultaneidad que, desde este punto de vista, pueden considerarse ejemplares.


Así pues, desde este punto de vista interpretativo, comprendemos mejor el creciente consenso del que ha gozado la ideología reaccionaria entre los grupos sociales más pobres, excluidos de la política de distribución de la propiedad: un consenso que ha dado lugar, en términos de Gramsci, a la formación de un «bloque histórico» específico.


El fenómeno que acabamos de mencionar –representado por la «subburguesía» y por la faceta reaccionaria de la proletarización de las clases medias– demuestra, por tanto, que es erróneo, por un lado, subestimar la intensidad alcanzada por la crisis de hegemonía de las clases dominantes y por el crecimiento correlativo, para usar los términos de Gramsci, de su «subversivismo», y, por otro lado, negar el carácter radical de las estrategias que las clases dominantes están dispuestas a adoptar en un intento de contener de alguna manera esta crisis.


No obstante, es importante aclarar, desde la misma perspectiva, que el principal problema radica en la desorganización de los actores con tradición liberal y socialdemócrata. En este sentido, cabe afirmar inequívocamente que una parte significativa de las élites gobernantes y de los principales grupos mediáticos de nuestro país no duda en recurrir a medidas más o menos controladas de «guerra civil» para superar la «crisis de legitimidad» a la que están expuestos.


Esta disposición no se debe simplemente a la necesidad de alinearse con lo que se considera «sentido común popular», ni a un mero cálculo electoral. Lo que está surgiendo, de hecho, es un proyecto integral para reestructurar las relaciones sociales en una dirección cada vez más autoritaria y represiva.


2. Campaña anticomunista y contrarrevolución preventiva


Al ampliar y actualizar el debate sobre la trascendencia política e ideológica, tanto a nivel nacional como internacional, de la implacable campaña anticomunista lanzada por Donald Trump, es fundamental, ante todo, esclarecer el verdadero objetivo político de su intervención. Es evidente que esta intervención no fue motivada por el surgimiento de un movimiento obrero revolucionario, el crecimiento de un partido comunista de masas ni una ola de expropiaciones socialistas.


Más bien, la intervención del actual presidente estadounidense forma parte de una ofensiva anticomunista más amplia, lanzada tras el éxito electoral obtenido en Nueva York por los candidatos pertenecientes a los Socialistas Democráticos de América, cuya figura más destacada es Zohran Mamdani, mientras que figuras como Alexandria Ocasio-Cortez e Ilhan Omar representan el ala reformista del Partido Demócrata.


Este simple hecho basta para revelar el verdadero objetivo de la campaña anticomunista de Trump. Si ahora se presenta a los socialdemócratas reformistas como comunistas peligrosos, entonces el objetivo del anticomunismo ya no es contrarrestar y reprimir un movimiento revolucionario existente, sino impedir su surgimiento, haciendo que incluso la crítica más moderada al capitalismo parezca políticamente peligrosa.


El axioma histórico que debemos tener presente es este: el anticomunismo, incluso antes de ser represivo, siempre ha sido preventivo; siempre ha constituido un arma fundamental en la doble función simultánea que cumple el sistema imperialista mediante guerras de agresión en el extranjero y contrarrevolución preventiva en el interior.


Además, los socialistas democráticos de América no tienen nada que ver con el comunismo revolucionario, del mismo modo que, hace un siglo, la socialdemocracia europea no tenía nada en común con el bolchevismo.


No es casualidad que los marxistas-leninistas criticaran la socialdemocracia durante más de un siglo, precisamente porque buscaba reformar el capitalismo en lugar de derrocarlo, gestionar el Estado burgués en lugar de abolirlo y preservar el sistema de cualquier tipo de crisis mitigando sus contradicciones más agudas.


Por su parte, Marx y Engels no recurrieron a circunloquios ni eufemismos, y en el Manifiesto Comunista escribieron inequívocamente: «Los comunistas no ocultan sus opiniones e intenciones entre sí. Declaran abiertamente que sus objetivos solo pueden alcanzarse mediante el derrocamiento violento de todo el orden social existente hasta ahora».


«Trump comprende perfectamente esta distinción y es precisamente por eso que tiene toda la justificación política para hacerla desaparecer: si se puede estigmatizar a los reformistas como comunistas, entonces cualquier crítica, por moderada que sea, al capitalismo monopolista puede ser descartada sin el menor debate, y el anticomunismo vuelve a cumplir la función paradigmática que siempre ha cumplido: no una crítica al marxismo, sino un arma contra la emancipación política y social de la clase trabajadora».


Aquí es donde se revela el verdadero significado de la campaña anticomunista de Trump: envenenar el agua del pozo para imposibilitar cualquier definición precisa de comunismo y despojar al término mismo de todo contenido histórico y científico.


Al etiquetar como «comunista» cualquier demanda de mejores protecciones sindicales, un sistema de salud pública accesible a la clase trabajadora, impuestos progresivos para los ricos o un control justo de los alquileres, el capitalismo ya no tiene que responder a las crecientes críticas a la desigualdad, la explotación, el poder monopolístico o la guerra imperialista, y puede simplemente reemplazar el debate político con la intimidación ideológica.


El aparato del anticomunismo siempre ha operado precisamente de esta manera: el objetivo no es refutar el marxismo, sino impedir que millones de trabajadores lo conozcan. Envenenar el agua del pozo, como se ha dicho, es paralizar la conciencia política antes de que se desarrolle, marginar la disidencia antes de que se organice y convencer a los trabajadores de que desafiar al capitalismo mismo es de alguna manera ilegítimo.


En perfecta sintonía con el objetivo de la contrarrevolución preventiva, el anticomunismo, incluso antes de cumplir una función represiva, es una medida de profilaxis social.


Los precedentes históricos de esta estrategia son bien conocidos: el anticomunismo ha acompañado al capitalismo a lo largo de su historia moderna, resurgiendo siempre que ciertas facciones de la clase dominante han sentido la necesidad de restringir los límites del debate político aceptable.


Durante el siglo XX, justificó listas negras, persecución política, dictaduras militares, guerras imperialistas, intervenciones coloniales y la represión sistemática de los movimientos obreros en todos los continentes.


Desde la infame «caza de brujas» de la era McCarthy en Estados Unidos hasta la represión de los partidos comunistas y los sindicatos en Europa Occidental durante la Guerra Fría, desde el Plan Solo en Italia hasta la Operación Cóndor en América Latina, y las innumerables campañas anticomunistas emprendidas en otros países, el anticomunismo ha servido en todas partes como la «clave maestra» para la contrarrevolución preventiva.


Si era necesario encarcelar a los trabajadores, el comunismo era declarado una amenaza nacional; si era necesario ilegalizar los sindicatos, se acusaba al comunismo de fomentar la inestabilidad social; si era necesario derrocar gobiernos progresistas o eliminar figuras progresistas, se acusaba al comunismo de conspirar contra la democracia.


El objetivo del anticomunismo nunca ha sido defender la democracia, sino más bien defender la dominación capitalista e imperialista criminalizando a quienes intentan derrocarla. En otras palabras, la historia del anticomunismo nos enseña que, incluso antes de declarar ilegales a los partidos comunistas, las ideas comunistas mismas deben ser declaradas ilegítimas.


Trump es un representante típico de esta tradición histórica. Su retórica puede diferir en estilo de la de McCarthy o Reagan, pero sirve precisamente a los mismos intereses de clase. Su campaña anticomunista no apunta a un peligro revolucionario concreto y existente, sino a la posibilidad de que el creciente descontento social pueda eventualmente volverse revolucionario.


El objetivo es persuadir a los trabajadores de que la mayor amenaza para sus vidas no es el capital monopolista, la especulación financiera, la desindustrialización, la inseguridad laboral, las guerras imperialistas o la dictadura de las corporaciones multinacionales, sino una amenaza comunista imaginaria.


Tal propaganda sería casi absurda si no estuviera tan calculada políticamente.


En un momento en que el capitalismo estadounidense maneja la mayor maquinaria militar del mundo en diversos teatros de operaciones, domina el sistema financiero global y concentra una riqueza sin precedentes en manos de una pequeña oligarquía, la clase dominante se presenta como una víctima amenazada por reformistas cuyo programa se limita a aumentar los impuestos sobre las ganancias de los multimillonarios, mejorar la protección laboral y expandir el sistema público de salud.


Pero tal histeria no revela ni confianza ni fortaleza; Por el contrario, revela una clase dominante cada vez más consciente de que, bajo la opresión social engendrada por el capitalismo, el «viejo topo» está en acción, allanando el camino para que millones de trabajadores finalmente se den cuenta de su poder, se organicen de forma independiente y comiencen a desafiar al propio sistema.


3. ¿Qué estrategia para el proletariado? Revivir la perspectiva del socialismo


La premisa desde la que debemos partir para responder a la pregunta que da título a este párrafo, y para destacar el vínculo cada vez más estrecho entre la contrarrevolución preventiva y el fascismo, es que las clases trabajadoras constituyen el único estrato social con un interés directo en preservar la capacidad del país para producir riqueza.


Esta realidad, claramente confirmada por la experiencia italiana de la lucha de liberación contra el nazismo y el fascismo, y en particular por la defensa armada de las fábricas liderada por los trabajadores contra el invasor alemán, debe ser obviamente ocultada y borrada para permitir que el proceso de concentración de capital se transforme en una guerra económica permanente cuyo objetivo es la devaluación de las fuerzas productivas en los países subordinados.


Por el contrario, la imaginación política debería partir precisamente de este punto para intentar romper la paranoia de la propiedad: desde la memoria histórica y la realidad sociopolítica actual de las formas de apropiación colectiva de bienes.


Además, si el fascismo es la otra cara de la represión sistemática de las alternativas de vida, ningún frente popular, democrático o constitucional puede resistir, y el antifascismo militante por sí solo no puede revertir la tendencia: si pretendemos luchar verdaderamente contra la Santa Alianza del poder, la guerra y el dinero, es vital politizar la vida y revivir la perspectiva del socialismo.


Desde un punto de vista económico y social, la definición de fascismo de la Tercera Internacional como «el anillo de hierro que sirve para mantener unido el barril agrietado del capitalismo», además de ser una forma eficaz de representar el vínculo indisoluble entre ambos fenómenos, resulta sorprendentemente relevante hoy en día: basta con considerar el impacto que la crisis económica mundial y la guerra imperialista ejercen sobre el proceso de fascismo de las instituciones y sobre la tendencia hacia un autoritarismo cada vez más marcado, cuyos atributos externos no son necesariamente la esvástica y las fasces, pero cuya sustancia es innegable, puesto que consiste en la extensión e intensificación de la explotación capitalista, la opresión empresarial y el racismo en todos los niveles y en todos los sectores de la sociedad.


Por lo tanto, es crucial comprender que entre la democracia liberal y el fascismo existe un proceso largo y complejo –la «posdemocracia»– mediante el cual la extrema derecha y sus ideas se generalizan gradualmente, convirtiéndose no solo en «cuasi-normales», sino también en «cuasi-normativas».


El fascismo puede, por consiguiente, presentarse como una opción aceptable con la que ciertas facciones dentro del aparato estatal establecen vínculos abiertamente. En este sentido, existen numerosas pruebas de que ciertas ideas fascistas llevan tiempo circulando en estructuras como la policía y el ejército.


Y si bien no es difícil imaginar que estas estructuras sirvan de plataforma para lanzar una ofensiva cuando las clases dominantes consideren que la situación es propicia, nunca hay que olvidar que la transición al fascismo es el resultado de un largo proceso. Este proceso lleva varios años en marcha, por lo que debemos hablar de «fascistización» antes de hablar de «fascismo».


Por supuesto, este proceso, que no es inevitable y puede contrarrestarse y revertirse, comienza mucho antes del fascismo. Es evidente que el fascismo solo puede afianzarse plenamente cuando falta la movilización revolucionaria de las masas en la lucha contra la fascismo y en la lucha por el socialismo. De ahí la importancia de no minimizar este proceso asumiendo que se trata simplemente de una breve fase transitoria.


En realidad, los partidos políticos tradicionales liberales o socialdemócratas son impotentes ante el auge del fascismo y completamente incapaces de detener este proceso, del cual son, entre otras cosas, causantes más o menos involuntarios. Solo las clases trabajadoras son capaces de contrarrestar y revertir el proceso de fascistización.


Esto no se trata, como debe quedar claro, de deificar a la clase trabajadora, sino de reconocer, desde una perspectiva histórica, que allí donde el fascismo ha sido derrotado, la clase trabajadora era más activa, más unida y mejor organizada.


Hoy, a diferencia del pasado, se dan las condiciones propicias para devolver a la clase trabajadora el partido, la teoría y la ideología sin las cuales el proletariado se encuentra desarmado. Hoy, a diferencia del pasado, existen al menos las condiciones «negativas» para evitar los atajos oportunistas que llevaron a la disolución del movimiento comunista en Italia.


Un partido comunista digno de ese nombre debe, por lo tanto, trabajar por la mayor unidad posible entre los comunistas, pero sobre la base de una línea revolucionaria e ideológicamente coherente.


Un partido comunista digno de ese nombre debe trabajar para desarrollar iniciativas políticas que permitan el estudio, el debate y el análisis profundos de las principales cuestiones estratégicas e ideológicas que se debaten actualmente, sin disociar estas iniciativas de la participación en las luchas concretas que tienen lugar en el país.


Por consiguiente, es vital para dicho partido lograr la mayor unidad posible en el ámbito de las luchas sociales con las fuerzas sindicales de clase, las organizaciones estudiantiles y los comités de lucha, a fin de construir una oposición social a las políticas antipopulares y belicistas del gobierno, contrarrestar y revertir el proceso de fascismo y hacer realidad la perspectiva del socialismo.


Al mismo tiempo, con igual determinación y claridad, un partido comunista digno de ese nombre debe rechazar cualquier llamado a la unidad con el centroizquierda.


La historia reciente ha demostrado que no hay margen para ninguna reforma en favor de los trabajadores y la clase obrera, que el poder reside firmemente en manos de los grandes grupos financieros y que la colaboración del gobierno con las fuerzas de centroizquierda solo conduce a la traición a los trabajadores. La alianza con el centroizquierda no sirve para frenar a la derecha; al contrario, la fortalece y radicaliza, incrementando su apoyo entre la clase obrera.


Por lo tanto, debemos continuar la lucha política e ideológica para que los trabajadores y las clases trabajadoras comprendan que el Partido Democrático no actúa en su beneficio; que no puede reformarse desde dentro; que no todos estamos del mismo lado; y que, en cuestiones cruciales, el PD es el partido que mejor representa los intereses del gran capital y la guerra imperialista.


En este sentido, debemos contrarrestar el intento del PD de crear la ilusión de un «giro a la izquierda» que no existe y que no es más que una estrategia electoral para recuperar votos. Al mismo tiempo, debemos explicar que la unidad con una izquierda que cambia de nombre y acrónimo en cada elección, dispuesta a negociar con el PD, conduce al estancamiento y la extinción.


Es imposible unirse con quienes, en la práctica, defienden la Unión Europea y la OTAN, con quienes no sitúan sus acciones dentro de la perspectiva estratégica de trascender el sistema capitalista de producción e intercambio.


Finalmente, un partido comunista digno de ese nombre solo puede ser internacionalista, lo que significa ante todo contribuir a la reconstrucción internacional del movimiento comunista, combatiendo las tendencias colaboracionistas, oponiéndose a las tendencias «campistas» y trabajando para la plena afirmación de una línea marxista-leninista.


En conclusión, la coyuntura histórica que vivimos confirma que, más allá del éxito a corto plazo que la derecha pueda lograr movilizando a las masas en torno a un programa falaz y divisivo, es fundamentalmente incapaz de sacarlas de su actual situación de desempleo, precariedad, incertidumbre sobre el futuro y frustración.


La historia nos enseña, de hecho, que si bien hay momentos en la vida de una nación en que el sistema existente parece estable y destinado a perdurar, todo esto puede cambiar rápidamente, dando paso a momentos en que el sistema simplemente no puede continuar como antes. Para el capitalismo, este momento, si aún no ha llegado, parece estar cada vez más cerca.


Cualesquiera que sean los éxitos que pueda lograr aquí o en otros lugares, la derecha no puede cambiar esta realidad: el fascismo no prevalecerá y la idea de socialismo está destinada a recuperar, enriquecida por las lecciones bien meditadas del pasado y por la frescura con la que la mayor parte de la juventud la está redescubriendo, toda su credibilidad y toda su fuerza para el futuro.


4. Anticomunismo: arma de la burguesía internacional y palanca de la contrarrevolución preventiva.


Volvamos a una pregunta fundamental: ¿cómo explicar la recurrente histeria anticomunista que parece ser un rasgo común de la burguesía internacional? Ciertamente, la respuesta no reside en la actual fuerza del movimiento comunista en Estados Unidos y, en general, en gran parte del mundo capitalista.


Ningún observador serio podría argumentar que el capitalismo monopolista enfrenta hoy un desafío revolucionario inmediato. Sin embargo, cabe destacar que la burguesía nunca ha temido a los comunistas únicamente por su número, sino por la posibilidad histórica que representan.


En la «estructura del mundo», las crisis económicas, las huelgas, las luchas laborales y todos los actos colectivos de resistencia tienen un efecto educativo, pues enseñan a los trabajadores lecciones que ninguna clase dominante desea que aprendan: que la riqueza de la sociedad se crea mediante el trabajo, que la explotación no es ni natural ni inevitable, y que el orden existente depende, en última instancia, de quienes, dentro de ese orden, son explotados.


Por eso, el anticomunismo siempre ha sido preventivo, antes de volverse represivo. Su objetivo es, en efecto, disuadir a los trabajadores de tomar conciencia de su fuerza colectiva, de organizarse de forma independiente y de desafiar el sistema capitalista en su raíz.


Marx y Engels identificaron este mecanismo político mucho antes de que la Guerra Fría le diera al anticomunismo su vocabulario moderno. El Manifiesto Comunista comienza con la famosa declaración de que «un espectro recorre Europa: el espectro del comunismo». Luego plantea una pregunta que resuena con sorprendente relevancia hoy en día: «¿Qué partido de oposición no ha sido acusado de comunismo por sus adversarios en el poder?».


Más de 175 años después, la retórica de Trump ofrece otra respuesta idéntica: el anticomunismo puede existir sin un poderoso movimiento comunista.


Basta con que la clase dirigente sea cada vez más consciente de que el desarrollo de las fuerzas productivas está reñido con las relaciones de producción y propiedad, de que las crecientes contradicciones del capitalismo monopolista generan un descontento cada vez mayor, y de que las demandas reformistas de hoy pueden convertirse en las conclusiones revolucionarias del mañana.


Por lo tanto, la última ofensiva anticomunista de Trump no debe confundirse con una muestra de confianza. Se trata de una campaña ideológica preventiva llevada a cabo en interés del capital monopolista. Su objetivo no es simplemente atacar a los comunistas, sino predefinir los límites del pensamiento político aceptable, estigmatizar cualquier desafío al poder capitalista e intimidar a quienes comienzan a cuestionar el orden establecido.


Puede que Trump hable el lenguaje de la Guerra Fría, pero los intereses de clase a los que sirve son totalmente contemporáneos. Una clase dominante verdaderamente convencida de la superioridad de su propio sistema social respondería a las críticas con hechos, no con cacerías de brujas ideológicas.


El verdadero temor del capital monopolista no reside en la fuerza actual del movimiento comunista, sino en la posibilidad de que millones de trabajadores, a través de su propia experiencia de explotación, crisis y guerra imperialista, redescubran sus intereses de clase, se organicen de forma independiente y desafíen al propio sistema capitalista. En otras palabras, el anticomunismo sigue siendo indispensable para la burguesía: no se dirige contra el pasado, sino contra el futuro.


Pero este futuro también explica por qué el anticomunismo se ha convertido, una vez más, en un lenguaje político internacional, y no solo estadounidense.


Sus formas varían según las condiciones nacionales, pero su función de clase mantiene un alto grado de coherencia: en América Latina, acompaña el ascenso de gobiernos y movimientos pro estadounidenses que prometen «libertad» mientras atacan a los sindicatos, privatizan la riqueza pública y fortalecen el poder de los monopolios; en Europa, se manifiesta a través de resoluciones oficiales, revisionismo histórico y medidas discriminatorias que restringen la actividad comunista; en Turquía, avanza mediante la represión policial contra comunistas y fuerzas antiimperialistas, como ocurrió en la reciente cumbre de la OTAN en Ankara.


En cuanto a la Unión Europea, sus instituciones han trabajado durante años para establecer el anticomunismo como la interpretación oficial de la historia del siglo XX.


El propio Consejo de Europa adoptó resoluciones que, mediante la falaz noción de «totalitarismo», equipararon el comunismo con el fascismo, ocultando así la contribución decisiva de la Unión Soviética y los movimientos comunistas a la derrota del nazismo y enmascarando el papel desempeñado por el sistema capitalista que dio origen al fascismo.


Al hacerlo, al equiparar a los liberadores del campo de exterminio de Auschwitz con quienes lo construyeron, la Unión Europea proporcionó una justificación ideológica a gobiernos que desmantelan monumentos antifascistas, prohíben símbolos comunistas y persiguen a organizaciones comunistas.


En los países bálticos, Polonia, la República Checa y otros países de Europa del Este, esta política se ha implementado mediante restricciones legales y campañas de «descomunización» respaldadas por el Estado.


Todos estos son ejemplos de flagrantes contradicciones performativas, porque es bastante obvio que la lucha de clases no puede ser prohibida «debido a la contradicción que no lo permite», ya que su prohibición es precisamente una manifestación de la lucha de clases (en este caso, de la contrarrevolución preventiva llevada a cabo por el Estado burgués contra el proletariado y contra las organizaciones en las que se expresa o a las que podría adherirse).


Sin embargo, la movilización reaccionaria y la campaña anticomunista que promueve no están determinadas por la fuerza actual de los partidos comunistas, sino por las contradicciones cada vez más profundas del propio capitalismo.


El resurgimiento capitalista que se abogó tras el colapso del socialismo en la Unión Soviética y Europa del Este –un resurgimiento basado en la promesa de que el capitalismo garantizaría una paz duradera, traería prosperidad y aseguraría la estabilidad democrática– lamentablemente se ha derrumbado bajo el peso de la realidad.


El sistema que había proclamado triunfalmente el «fin de la historia» ahora se ve reducido a temer su continuación y el choque de contradicciones y alternativas que conlleva.


Por eso, la «damnatio memoriae» del socialismo es de vital importancia: las clases dominantes no solo necesitan que los trabajadores rechacen el socialismo; quieren que olviden que existió otro orden social, que las industrias fueron arrebatadas al capital privado, que el nazismo y el fascismo fueron derrotados por pueblos organizados bajo el liderazgo comunista, y que millones de personas lucharon por construir una sociedad donde la producción respondiera a sus necesidades y demandas, en lugar de al beneficio privado.


Si la clase trabajadora se ve privada de su historia, es más fácil convencerla de que el capitalismo es eterno y que no hay alternativa a la explotación del hombre por el hombre.


Pero existe una contradicción que ninguna cantidad de discriminación u ostracismo puede eludir.


Los defensores del capitalismo declaran que el comunismo está muerto, desacreditado, obsoleto e irrelevante, y sin embargo, siguen movilizando a gobiernos, parlamentos, tribunales, fuerzas policiales, escuelas, intelectuales y medios de comunicación en su contra; demuelen monumentos erigidos en memoria de una idea que, según ellos, nadie recuerda; arrestan a miembros de partidos que consideran impotentes; prohíben la hoz y el martillo, símbolos de un movimiento que, según ellos, la historia ha sepultado.


Surge entonces espontáneamente la pregunta: ¿qué sentido puede tener una implacable campaña de represión contra algo que, en teoría, se considera inofensivo? Después de todo, ninguna otra ideología política se declara muerta con tanta frecuencia, mientras que, simultáneamente, se combate con tanta tenacidad.


La respuesta es que la cruzada anticomunista de Trump, la represión de Erdogan, el revisionismo histórico de la Unión Europea y la criminalización de los partidos y símbolos comunistas en toda Europa del Este se derivan de una única estrategia de clase: la estrategia de la contrarrevolución preventiva y la fascistización.


En todas partes, las clases explotadoras intentan desacreditar la única fuerza política capaz, incluso en teoría, de desafiar el poder del capitalismo monopolista en su raíz. Esto es inevitable: el capitalismo produce mercancías y, al mismo tiempo, reproduce el antagonismo entre la burguesía y el proletariado.


Mientras la explotación siga siendo el fundamento de la sociedad, el capitalismo continuará produciendo la fuerza capaz de derrocar el orden que se sustenta en él: una clase obrera organizada y consciente de su función revolucionaria.


Este es el futuro que más temen las clases dominantes: cegadas por su odio al proletariado y a las clases subordinadas, intuyen que ninguna campaña anticomunista, por muy furiosa, preventiva o represiva que sea, puede abolir las leyes de la historia.


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