20 octubre, 2026

¿Unidad o Complicidad? — Fernando Buen Abad

 


fbuenabad.blog – 19/10/2026


Toda alianza política contiene una pregunta moral que antecede a sus cálculos electorales y sobrevive a sus justificaciones tácticas: ¿para qué se unen quienes aspiran a ejercer el poder? La respuesta no es secundaria, ya que evidencia la distinción entre una convergencia histórica y una componenda, entre la construcción de una voluntad colectiva y la distribución facciosa de las instituciones, entre la política concebida como un instrumento de transformación social y la política degradada a una administración de ambiciones particulares. No basta con que dos o más fuerzas se declaren aliadas, suscriban documentos, compartan tribunas o se distribuyan candidaturas para que exista una causa común. La unidad no es una virtud por sí misma, como tampoco lo es la discrepancia.


Ambas adquieren relevancia en función de los intereses que manifiestan, los principios que respaldan y las repercusiones materiales que generan en la vida de las comunidades. El contubernio surge cuando el interés particular se oculta bajo la apariencia de necesidad colectiva, cuando la ambición de los líderes usurpa el lenguaje de la esperanza popular y cuando las discrepancias programáticas, en lugar de resolverse a través de una deliberación sincera, se ocultan bajo el manto de una aritmética electoral. Entonces, la alianza deja de ser una mediación entre fuerzas históricas para convertirse en una transacción entre aparatos; los ciudadanos se invocan como legitimidad, pero excluidos como sujetos de decisión. La voluntad popular comparece en los discursos, aunque permanece ausente de las negociaciones decisivas.


Se pronuncia el término pueblo durante la distribución de posiciones; se proclama la justicia social durante las negociaciones de cuotas; se invoca la democracia mientras las cúpulas se reservan el privilegio de determinar quién debe representar a los demás. La contradicción no podría ser más elocuente: se pretende conquistar el poder en nombre de una emancipación cuya primera víctima es la autonomía política de quienes deberían protagonizarla. La filosofía política crítica exige, por tanto, desconfiar de las alianzas que confunden la suma de organizaciones con la construcción de una fuerza transformadora. Una coalición puede reunir siglas, votos, recursos, dirigentes y estructuras territoriales, y, sin embargo, carecer de proyecto histórico.


Porque la prestidigitación cuantitativa no garantiza una cualidad política superior. La suma de intereses conservadores no produce, por una misteriosa alquimia electoral, una voluntad emancipadora. En caso de que cada miembro se incorpore a la alianza con el objetivo de preservar sus privilegios, negociar su supervivencia o asegurar una parcela de influencia, el resultado será una asociación de conveniencias, no una comunidad de propósitos. Allí donde no existe una orientación compartida acerca de la desigualdad, la explotación, la soberanía, los derechos sociales y la democratización del poder, la unidad corre el riesgo de ser apenas una tregua entre apetitos incompatibles.


Sin embargo, sería igualmente pueril condenar toda alianza como una traición. La política transformadora no se construye mediante la pureza imaginaria de grupos aislados, ni la historia concede sus conquistas a quienes confunden la coherencia con la incapacidad de concertar. Las sociedades están atravesadas por diferencias de clase, intereses sectoriales, tradiciones ideológicas y experiencias históricas que no desaparecen por decreto. Una estrategia de emancipación requiere la articulación de fuerzas diversas, la instauración de acuerdos específicos y el reconocimiento de que ninguna organización posee, por sí misma, el monopolio de la verdad ni la representación absoluta de las mayorías. La cuestión decisiva no consiste en elegir entre unidad y división, sino en determinar qué unidad se construye, alrededor de qué objetivos, bajo qué procedimientos y con cuáles límites éticos. La alianza fecunda no elimina las diferencias: las somete a una discusión política capaz de producir compromisos verificables sin convertir los principios en mercancía.


En esta distinción reside una de las responsabilidades cardinales de la izquierda y de cualquier movimiento que se proclame comprometido con la transformación social. No puede invocar la necesidad histórica como una patente de corso para justificar cualquier pacto. La urgencia de las elecciones no anula la obligación de reflexionar; la amenaza del adversario no transforma automáticamente a aquellos en aliados estratégicos a quienes contravienen los objetivos esenciales del proyecto; la posibilidad de obtener puestos no representa una demostración de eficacia innovadora. Cuando la victoria inmediata se transforma en criterio supremo, los medios terminan colonizando los fines. Lo que comenzó como una maniobra táctica se vuelve una dependencia estructural, y lo que se presentó como sacrificio provisional acaba consolidándose como costumbre.


De este modo se establece la inversión más perjudicial de la política: ya no se ocupan posiciones con el fin de transformar las relaciones sociales, sino que se gestionan las promesas de transformación con el fin de preservar las posiciones obtenidas. El cargo público, considerado en sí mismo, no es una ignominia. Puede ser una herramienta indispensable para redistribuir recursos, garantizar derechos, desmantelar privilegios y someter poderes económicos a la voluntad democrática.


Por lo tanto, la perversión se manifiesta cuando el cargo se transforma en una responsabilidad y se transforma en patrimonio; cuando la representación se interpreta como propiedad personal; cuando la militancia se reduce a un escalón de ascenso burocrático y la lealtad política se cuantifica en la obediencia al líder que reparte nombramientos. En ese punto, el aparato que debía servir a la sociedad comienza a reproducirse a costa de ella. La organización se vuelve un fin en sí misma, la disciplina degenera en servilismo y la discrepancia se castiga como si fuera una deserción. El lenguaje de la causa colectiva encubre entonces una pequeña aristocracia de administradores de la esperanza.


Ninguna alianza merece llamarse transformadora si exige a sus integrantes renunciar a la crítica, encubrir la corrupción o silenciar las contradicciones en nombre de una cohesión ficticia. La lealtad más profunda a un proyecto político no consiste en proteger a sus dirigentes de toda impugnación, sino en impedir que se aparten de los compromisos que justificaron su autoridad. La crítica interna no es necesariamente una concesión al adversario; puede ser la condición de supervivencia moral de una fuerza popular. Una organización incapaz de examinar sus errores termina convirtiendo sus victorias en dogmas y sus derrotas en conspiraciones ajenas.


Allí donde la autocrítica desaparece, el oportunismo encuentra refugio, porque ya no necesita demostrar que sus decisiones sirven al interés común: le basta con exigir confianza, invocar la unidad y descalificar a quienes preguntan por los resultados. La unidad para la transformación, por el contrario, exige instituciones democráticas, transparencia en los acuerdos, deliberación efectiva, rendición de cuentas y mecanismos que impidan la apropiación privada de las decisiones colectivas.


Requiere programas que sean susceptibles de evaluación, compromisos públicos que no puedan ser modificados de manera clandestina y criterios para la distribución de responsabilidades sin confundir representación con mercancías. Exige, sobre todo, que las organizaciones comprendan que su legitimidad no nace exclusivamente de sus antecedentes, sus símbolos o sus dirigentes, sino de la correspondencia entre lo que prometen y lo que efectivamente hacen. Ninguna genealogía heroica absuelve una práctica presente de dominación. Ninguna consigna justiciera compensa indefinidamente la ausencia de justicia. Ninguna retórica popular puede convertir en popular una decisión tomada en detrimento de los intereses de aquellos que sostienen materialmente el movimiento.


Sabemos que la pregunta fundamental es quién conserva el poder de decidir después de constituida la alianza. Si las mayorías participan únicamente para legitimar acuerdos previamente cerrados, la unidad será vertical, aunque sus documentos repitan la palabra democracia. Si las bases carecen de capacidad para fiscalizar a sus representantes, revocar mandatos políticos mediante procedimientos legítimos y exigir explicaciones, la coalición habrá sustituido la soberanía ciudadana por la soberanía de sus intermediarios. Y si la agenda pública queda subordinada a los intereses de quienes financian, administran o condicionan la alianza, el proyecto transformador habrá comenzado a reproducir las mismas relaciones de dependencia que afirmaba combatir.


No se trata de exigir organizaciones impecables ni acuerdos libres de contradicciones, imposibles en cualquier sociedad plural. Se trata de distinguir entre las contradicciones que una comunidad política afronta honestamente y aquellas que oculta para proteger intereses inconfesables. La primera clase puede impulsar aprendizaje, maduración y nuevas formas de cooperación; la segunda acumula resentimiento, desmovilización y cinismo. El oportunismo no aniquila siempre una alianza a través de una disolución espectacular: a menudo la desintegra de manera gradual, hasta que sus símbolos se mantienen, sus líderes siguen pronunciando las palabras de siempre y sus objetivos iniciales han sido suplantados por la preservación de la maquinaria.


Una verdadera unidad política no consiste en que todos piensen igual, obedezcan a los mismos dirigentes o renuncien a sus convicciones para preservar una fotografía de concordia. Esto implica la construcción de una capacidad colectiva que supere la suma de las fuerzas participantes, sin comprometer la dignidad de sus miembros ni la soberanía de la sociedad que aspiran representar. Es una arquitectura de responsabilidades, no un mercado de candidaturas; una convergencia de propósitos, no una compraventa de silencios; una forma de acción común sometida al juicio de sus consecuencias históricas.


En última instancia, la distinción entre el contubernio y la alianza transformadora no radica en la formalidad de los manifiestos, sino en la efectiva distribución del poder, la riqueza, los derechos y las oportunidades de participar en las decisiones comunes. La historia no absuelve a quienes confunden sus carreras personales con el destino de los pueblos, ni convierte automáticamente en emancipadora una coalición porque haya derrotado electoralmente a sus adversarios. La victoria puede abrir una oportunidad histórica, pero no sustituye el deber de realizarla. El poder conquistado sin una transformación de sus usos puede reproducir, bajo nuevos emblemas, las viejas jerarquías que prometía abolir.


Por lo tanto, una filosofía política crítica y digna de tal nombre debe establecer una exigencia ineludible: ninguna alianza puede ser considerada transformadora si la unidad de sus líderes es más importante que la emancipación de la sociedad, si la preservación de los cargos prevalece sobre el cumplimiento de los compromisos y si la disciplina se emplea para proteger privilegios en lugar de defender derechos fundamentales. La unidad es legítima cuando multiplica la capacidad de los pueblos para decidir su destino; se vuelve contubernio cuando convierte esa capacidad en moneda de cambio. Entre ambas posibilidades se encuentra un aspecto más crucial que el éxito de una candidatura o la supervivencia de una organización: la integridad misma de la política, entendida como una práctica de libertad, como un ejercicio de responsabilidad colectiva y como un esfuerzo deliberado por construir una sociedad en la que ningún poder se encuentre por encima de la dignidad humana.


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"Los europeos, al igual que Estados Unidos, siguen incurriendo en errores de cálculo y percepciones equivocadas" — Abbas Araghchi

 


Respuesta de Abbas Araghchi a las amenazas de Donald Trump


"Creo que Europa debe abrir los ojos a la realidad. Los europeos, al igual que Estados Unidos, siguen incurriendo en errores de cálculo y percepciones equivocadas. Con sus políticas erróneas, son la causa de gran parte de las guerras y problemas que existen en el mundo. Sus políticas equivocadas han provocado que la guerra en Ucrania se prolongue. Mediante su apoyo unilateral e incondicional al régimen sionista, son responsables de la muerte de cientos de miles de palestinos; solo en Gaza, la cifra supera los 80.000. Se han producido múltiples conflictos; el más reciente es la guerra que iniciaron contra Irán, basada en un error de cálculo absoluto: imaginaron que Irán se había debilitado y creyeron que, mediante una operación ofensiva, lograrían forzar su rendición en cuestión de días. Sin embargo, llevan ya nueve meses atrapados en el pantano de esta guerra, sin encontrar una salida. Los europeos son cómplices en este conflicto. Hace apenas unas semanas, el secretario general de la OTAN anunció que más de 5.000 aviones de combate estadounidenses despegaron de bases aéreas europeas para llevar a cabo operaciones contra Irán".


Abbas Aragchi, ministro de exteriores de la República Islámica de Irán. (Araghchi Blames Washington Blockade For Crisis In Strait Of Hormuz)


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19 octubre, 2026

Zelensky: héroe para la UE, payaso para Trump, terrorista para Putin ­— Dr. Brovkin

 


Transcripción del vídeo del Dr. Brovkin titulado: "Zelensky: un héroe para la UE, un payaso para Trump, un terrorista para Putin".


Bienvenidos a «Historia y política con el Dr. Brovkin». Hoy, queridos amigos, suscriptores y visitantes de mi canal, me gustaría hablar sobre Zelensky en Bruselas. Tengo tres cuestiones que quisiera destacar hoy para, en cierto modo, arrojar luz sobre lo que está ocurriendo.


La primera cuestión es si la Unión Europea puede, efectivamente, mantener a Zelensky —o, digamos, al régimen ucraniano— en el poder. Esa es la pregunta clave. La segunda es: cuáles serán para Zelensky las consecuencias políticas de su disputa y agrio conflicto con el presidente Trump. Y la tercera consiste en una breve actualización sobre la situación militar en Ucrania, especialmente dado que hoy Putin ha hablado al respecto en la televisión rusa.


Vayamos directamente al primer punto: ¿qué está ocurriendo con Zelensky en Bruselas? Se celebró una importante reunión de los jefes de Estado de la Unión Europea en la que se debatió el presupuesto y, como es habitual, Zelensky intentó ser el centro de toda atención. A primera vista, todo parecía seguir como siempre: abrazos, besos, discursos, entrevistas... Zelensky se encontraba en su elemento, siendo el foco de atención, recibiendo los aplausos de los presentes, concediendo entrevistas, guiñando un ojo, sonriendo y haciendo todo tipo de histriónicos gestos. Todo transcurría tal y como a él le gusta, como si nada hubiera cambiado. Pero la realidad es que las cosas sí han cambiado. El mensaje que Zelensky transmitió a la UE —ya no centrado en que está ganando la guerra o en que está obligando a Rusia a sentarse a negociar— es muy sencillo: más dinero, más armas y más sanciones contra Rusia. Además, añadió algo nuevo: si la Unión Europea no accede a sus peticiones, aseguró que 20 millones de refugiados ucranianos llegarán a Europa; y, acto seguido, el ejército ruso invadirá el continente, convertirá a todos sus habitantes en esclavos, lo destruirá todo, etcétera. Ese es, en esencia, su mensaje.




Los líderes de la Unión Europea —ya saben, esos europeos tan corteses— han estado dándose abrazos, besos y todo lo demás. Como de costumbre, se han mostrado unidos en torno a Ucrania, reiterando que el país seguirá siendo una prioridad y prometiendo más fondos, más armamento, etcétera. Pero aquí está la cuestión: si contrastamos esto con la realidad, vemos que la situación no encaja en absoluto con las fantasías de Ursula von der Leyen y Kaja Kallas. Se han entregado a Ucrania 2.500 millones de dólares —de los 45.000 millones prometidos para este año, de los cuales ya se habían desembolsado 28.000 millones—, y, supuestamente, hay otros 45.000 millones previstos para el próximo año. Sin embargo, Zelensky quiere más; según sus cálculos, necesita otros 70.000 millones adicionales, sumados a los 45.000 millones de este año y al total de 90.000 millones comprometidos anteriormente. Cabe recordar que esos 90.000 millones debían reembolsarse mediante reparaciones de guerra por parte de Rusia. Pero para los líderes europeos resulta cada vez más evidente que no habrá tales reparaciones, porque Rusia no va a ser derrotada; de hecho, si alguien va a ser derrotado, será Ucrania. En otras palabras —y esta es la clave, queridos amigos—, Europa no tiene dinero propio; su única opción es endeudarse en los mercados de bonos.


Por otro lado, tenemos a Macron y al polaco Sikorski, ambos hablando de lo mucho que es necesario ayudar a Ucrania. Pero analicemos la situación política en estos países. Macron, apenas un día después de abandonar Bruselas, se encuentra hoy rodeado por todas partes de estudiantes en pie de guerra. En Francia se está produciendo, prácticamente, una revolución: hay enfrentamientos callejeros en todas las grandes ciudades y cientos de miles de personas en las calles, y ya no se trata sólo de estudiantes. El movimiento de los «chalecos amarillos» ha resurgido, y la catástrofe financiera de Francia es indescriptible —un tema que, por sí solo, merecería un análisis serio y detallado—. Macron no tiene dinero para destinar a Ucrania, ni siquiera para ajustar las pensiones. Y, quizás lo más importante: Marine Le Pen anunció ayer que, de resultar elegida presidenta, no destinará absolutamente ningún fondo a Ucrania. Y no es por falta de simpatía hacia Ucrania, sino porque Francia simplemente no tiene dinero. Que sean otros países, con más recursos, quienes asuman esa carga.


Por otra parte, resulta interesante señalar que España atraviesa actualmente una crisis, con jóvenes que protestan y se manifiestan contra el costo de la vida. Sin embargo, Sánchez se pronunció a favor de Ucrania y de su integridad territorial. Me pregunto: ¿por qué le preocupa tanto la integridad territorial? Posiblemente se trate de una preocupación relacionada con Cataluña. Si Cataluña se separara, se estaría vulnerando un «tabú» intocable: la integridad territorial de España. Pero permítame recordarle, señor Sánchez, que el Donbás no es Ucrania, basta con estudiar la historia. Ucrania lo recibió en 1922 de manos del camarada Lenin. Las fronteras cambian —es algo natural—, y la población rusa del Donbás votó a favor de separarse de la Ucrania «banderista» (en 2015, de hecho); por tanto, no estamos ante una cuestión de integridad territorial.


Por último, una mención sobre Merz, quien ha estado diciendo —ya saben— que sigue apoyando a Ucrania. Ayer, Alice Weidel pronunció un discurso en el Bundestag en el que detalló la cantidad de miles de millones que se han destinado a Ucrania, mientras muchas personas pierden sus empleos y la industria se desploma. Además, planteó que, si Estados Unidos —bajo el mandato de Trump— puede comprar diésel ruso, entonces Alemania también debería hacerlo, y propuso extender esto no sólo al petróleo, sino también al gas. Esto significa, queridos amigos, que las tendencias políticas en Francia y Alemania —representadas por figuras clave que actualmente están en la oposición y que bien podrían llegar al poder (en Francia el próximo año, y en Alemania al siguiente)— se oponen a la línea de acción actual que, a pesar de todo, siguen defendiendo Ursula von der Leyen y Kaja Kallas. Para cerrar este punto, añadiré que Europa no tiene dinero y que lo único que hace es endeudarse. Pero no es posible endeudarse eternamente. Precisamente esto es lo que ha metido a Macron en problemas: ha recurrido al endeudamiento —creo que por valor de tres mil millones en los dos últimos años—, lo cual resulta insostenible. Además, en una democracia, un déficit presupuestario no puede simplemente ocultarse, debe ser aprobado por el Parlamento, una cámara que él no controla.


Hablemos ahora un poco sobre el caso de Zelensky y Trump. Ya conocen todos los detalles, así que no hace falta que los repita. Lo que quiero señalar es que, mientras los líderes europeos ensalzan a Zelensky como un héroe, el presidente de los Estados Unidos lo califica de «hombre de circo». Lo tilda de ladrón y, en un discurso público, mencionó que se habían entregado miles de millones de dólares a Ucrania —a Zelensky—, preguntándose: «¿Dónde está ese dinero?». Acto seguido, él mismo responde en nombre de Zelensky: «Estas armas se vendieron en los mercados mundiales». En resumen, la brecha entre Estados Unidos y Europa respecto a Zelensky es absoluta y total. Es más, fue en Bruselas donde Zelensky tachó a Trump de «traidor» —alegando haber sido traicionado—, y sus colaboradores fueron aún más lejos. Ni siquiera puedo repetirles lo que dicen sobre Trump. La consecuencia política es que, a mi parecer, la ruptura es definitiva. No creo que se pueda disimular endulzando la imagen de Zelensky —como ocurrió en septiembre de 2025, cuando los líderes de la UE acudieron en masa a Washington para intentar convencer a Trump de que apoyara a Zelensky—. Esto se ha acabado. No tiene vuelta atrás. La ruptura es total y definitiva, y el apoyo de Estados Unidos a Zelensky va a desaparecer, de hecho, ya prácticamente ha cesado. Esto conlleva repercusiones políticas, sobre todo porque Zelensky desafió abiertamente al presidente Trump al afirmar que los ataques ucranianos contra instalaciones petroleras rusas continuarán.


Y así, abordamos el tercer punto de la discusión de hoy: las consecuencias de este conflicto y este enfrentamiento con el presidente Trump para la situación interna en Ucrania, tanto en el plano político como en el militar. En el vídeo anterior hablé de ciertos sectores en torno al señor Goncharenko, sectores que ahora abogan por limitar las pérdidas y llegar a un acuerdo con Rusia. Goncharenko ha sido marginado y expulsado de su partido. Es evidente que la élite gobernante en Ucrania aún no está dispuesta a aceptar este punto de vista. Sin embargo —y esto ocurrió justo ayer—, la señora Skorokhod, miembro del Parlamento (la Rada) y quien suele ofrecer análisis muy interesantes sobre la política ucraniana, afirmó que personas muy cercanas a Zelensky pretenden derrocarlo. Se trata de una declaración bastante sorprendente, aunque no especificó quiénes son estas personas ni por qué quieren derrocarlo, sospecho que se debe a que son conscientes de que la ayuda de Estados Unidos es fundamental —absolutamente indispensable— para Ucrania y que, por tanto, la ruptura entre Zelensky y Trump no es algo que se pueda maquillar.


Este es un momento decisivo y bien podría ocurrir, mis queridos amigos, que en un futuro, ya sea en cuestión de días o semanas, estas personas previsiblemente actúen y aparten del poder al que Trump calificó de «payaso». Por último, unas palabras sobre la situación militar. Hoy, las fuerzas rusas han tomado Dobropilia. El presidente Putin, en uniforme militar de combate, conversaba con los comandantes, quienes le informaron de este avance, así como de otros progresos en la región de Járkov. Putin señaló que, durante el mes de septiembre, se ha recuperado en el Donbás más territorio frente a las fuerzas ucranianas que en todo el periodo anterior: el avance de las tropas rusas se está acelerando. Sin embargo, hay un detalle crucial en sus palabras del que quiero llamar vuestra atención: al referirse al avance de sus fuerzas para la «liberación del Donbás» —una expresión habitual—, esta vez añadió algo más. No es la primera vez que menciona la «liberación del Donbás y de Novorossiya». Lo cual establece una diferencia fundamental, ya que Novorossiya abarca las provincias de Odesa, Dnipropetrovsk y Járkov, sumados a los cuatro territorios que conforman el Donbás. Esto sugiere que el territorio que se pretende limpiar de fuerzas ucranianas —y que pasaría a formar parte de la Federación Rusa— podría haberse ampliado para incluir toda la región de Novorossiya, desde Odesa hasta Járkov. 




Asimismo, dejó muy claro que el resto de Ucrania no formará parte de la Federación Rusa; no desean la presencia de los «banderistas» allí. Putin se limitó a señalar que Rusia necesita garantizar una seguridad absoluta en los territorios que permanezcan bajo soberanía ucraniana. Esto implica, probablemente, que Rusia ejercerá algún tipo de control sobre la naturaleza del gobierno que Ucrania tendrá tras la guerra. Estos son, pues, los puntos clave de los últimos días que he querido exponeros.


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18 octubre, 2026

"La lucha, que representa la vida, y la burguesía, que representa la muerte" — Frédéric Lordon

 

"Y, sobre todo, la insondable hipocresía de la cultura burguesa, al descubierto, que no hace nada con lo que lee, lo que ve ni lo que dice venerar: que celebra sólo para embalsamar y neutralizar, y que sólo los jóvenes, con su integridad, pueden redescubrir.


Entre la avalancha de fotos destinadas a pasar a la historia, una sin duda destacará.


Muestra a un niño esposado, sentado en el suelo junto a una furgoneta policial, dominado por los dos matones que lo arrestaron. Todo en la foto es oscuro: el encuadre oscurece la calle, el vehículo policial es oscuro, los dos matones con casco son la personificación de la oscuridad.


Pero un destello de luz irradia, literalmente salta de la imagen: el rostro del niño, mirando directamente a la cámara. Es hermoso, como un Rembrandt.


Todo el periodo se tornó melodramático, y esto no es una crítica. Melodramático: repleto de polaridades marcadas, por así decirlo, desde Rembrandt hasta Hugo. Está la lucha, que representa la vida, y la burguesía, que representa la muerte".


Frédéric Lordon. (Fragmento extraído de su artículo "La actual batalla épica en Francia estaba destinada a ocurrir tarde o temprano")


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Ángeles Maestro entrevista a Paula, profesora francesa, sobre las movilizaciones estudiantiles en Francia.




15 octubre, 2026

"La burguesía que tiende a reducir a sí misma la totalidad del universo" — Pier Paolo Pasolini

 

"Mientras, a espaldas de todos, la "verdadera" tradición humanística (no la falsa de los ministerios, de las academias, de los tribunales y de las escuelas) es destruida por la nueva cultura de masas y por la nueva relación que la tecnología ha instituido —con perspectivas hoy seculares— entre producto y consumo; y la vieja burguesía paleoindustrial está cediendo su sitio a una burguesía nueva que comprende, cada vez más y más profundamente, también las clases obreras, tendiendo finalmente a la identificación de burguesía con humanidad.


Este estado de cosas es aceptado por las izquierdas: porque no queda otra alternativa a esta aceptación que la de quedar fuera de juego. De aquí el general optimismo de las izquierdas, una vital tentativa de anexarse al nuevo mundo —totalmente distinto de cualquier mundo precedente— creado por la civilización tecnológica. Los izquierdistas van todavía más lejos en esta ilusión (protervos y exitistas como son), atribuyendo a esta nueva forma de historia creada por la cultura tecnológica, una potencialidad milagrosa de rescate y de regeneración. Ellos están convencidos que en este plano diabólico de la burguesía que tiende a reducir a sí misma la totalidad del universo, incluidos los obreros, terminará con la explosión de una entropía constituida así, y la última chispa de la conciencia obrera será capaz, entonces, de hacer resurgir de sus cenizas aquel mundo estallado (por su propia culpa) en una especie de palingenesia (viejo sueño burgués-cristiano de los comunistas no obreros).


Todos, por lo tanto, fingen no ver (o quizás no ven realmente) cuál es la verdadera nueva reacción; y así todos luchan contra la vieja reacción que la enmascara".


[...]



"Al mismo tiempo, el muchacho pequeño burgués, al adecuarse al modelo televisivo que, siendo su propia clase la que lo crea y lo impone, le es sustancialmente natural, se convierte extrañamente en rústico e infeliz. Si los subproletarios se han aburguesado, los burgueses se han subproletarizado. La cultura que ellos producen, al ser de carácter tecnológico y estrictamente pragmático, impide al «hombre» que está todavía en ellos desarrollarse. De allí deriva en ellos una especie de entumecimiento de las facultades intelectuales y morales".


Fragmentos extraídos de: ESCRITOS CORSARIOS (1975), de Pier Paolo Pasolini. (Aquí completo en pdf).




"Sería demasiado fácil, e inmoral en sentido histórico y político, que los hijos quedaran justificados –en lo que hay en ellos de sucio, de repugnante y de inhumano– por el hecho de que sus padres se hayan equivocado. Una mitad de cada uno de ellos puede estar justificada por la negativa herencia paterna, pero de la otra mitad son responsables ellos mismos. No hay hijos inocentes. Tiestes es culpable, pero sus hijos también lo son. Y es justo que se les castigue por esa mitad de culpa ajena de la que no han sido capaces de liberarse".


Fragmento extraído de: TIEMPOS SALVAJES (1976), de Pier Paolo Pasolini. (Aquí completo en pdf).


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13 octubre, 2026

El fascismo de ayer y de hoy — Nestor Kohan

 


La Jornada – 11/10/2026


Los fascismos no fueron "pecados de juventud" del capitalismo, allá lejos y hace tiempo. Están de moda. Contrariamente a la propaganda de Hollywood, ministerio de guerra sicológica disfrazado de entretenimiento, el fascismo nunca fue exclusivamente europeo o japonés, algo "exótico" ajeno a la sociedad estadunidense. El caso emblemático de Henry Ford (arquetipo del american way of life; confeso antisemita) y sus vínculos con Hitler resulta ilustrativo.


Desde Reagan a Trump, las vertientes fascistas y neofascistas han reverdecido. Allí hay lúmpenes y extravagantes. Pintorescos, bufonescos, marginales. Otros, en cambio, ocupan el centro de la escena. Trump y Marco Rubio son la cara pública de un Estado profundo, lo que Eisenhower denominó "el complejo militar industrial", hoy convertido en "complejo militar-industrial-tecnológico".


La categoría de "fascismo" no se reduce a una copia fotográfica color sepia de la toma de Roma en 1922 por las tropas de Mussolini ni al ascenso de los nazis de Hitler en Alemania en 1933. El "fascismo" constituye una categoría política y cultural mucho más flexible y amplia. Se va reciclando de modo diferente ante cada sociedad y cultura. Estados Unidos no es la excepción. Según el filósofo argentino León Rozitchner, hoy Estados Unidos es la prolongación del Tercer Reich alemán.


Por eso la persecución judicial contra el movimiento antifascista se intensifica en Estados Unidos. Y abarca desde movimientos sociales políticos, culturales y callejeros (como los "Antifa" en Estados Unidos), hasta colectivos informáticos (como los Autistici/Inventati [A/I] en Italia) o páginas webs de libre información (como La Haine en España).


Eso explica la asimetría escandalosa entre las condenas judiciales débiles y condescendientes a los asaltantes del Capitolio estadunidense y la rudeza "ejemplificante" contra los críticos del ICE.


Los sujetos que la extrema derecha de Trump y sus asesores identifican como "terrorismo" son en realidad cualquier tipo de disidentes que no acepten la supremacía blanca o la delirante Doctrina Monroe. Trump ve comunistas y "terroristas" (¡comillas, por favor!) debajo de la cama e incluso en la ventana de su vecino. Demasiado sobreactuado. Bizarro, de circo. Expresa un pánico irracional a la disidencia. Detrás del fortachón, hay un anciano débil e impotente, condenado varias veces por delitos de perversión por los propios tribunales estadunidenses.


Karl Popper (y Soros) nos aburrieron con su "sociedad abierta". George Orwell, escritor que recibió dinero de la contrainteligencia anglosajona, también. Estaban obsesionados con el "totalitarismo". Trump, heredero del Ku Klux Klan, Henry Ford, McCarthy y Reagan, condensa la pesadilla que quitó el sueño a Popper y Orwell, pero a un nivel superior: le agregó la tecnología. El apolillado y rancio fascismo estadunidense renació 2.0 acompañado de los ideólogos "neorreaccionarios" de la IA (partidarios de una supuesta "ilustración oscura") y de los programas de vigilancia masiva denunciados por Edward Snowden. Todo mezclado por este licuado de mayonesa y mermelada llamado "economía libertaria", lo más extremista y vulgar del neoliberalismo. Hasta Milton Friedman pasó de moda.


Estados Unidos se hundió en semejante pesadilla distópica por razones múltiples: la crisis mundial del capitalismo, el desafío geopolítico de los BRICS, la sobreproducción de capitales, el subconsumo popular, el auge del capital ficticio, la crisis demográfica y sanitaria, la emergencia climática… ¡Demasiadas crisis simultáneas!


Trump, presuntamente vinculado a un depravado como Epstein (muy probablemente agente extorsionador de la inteligencia israelí), tiene ribetes de lumpen. Pero si el complejo militar-industrialtecnológico lo remplazara por un profesor prolijo, "razonable" y educado, esa crisis permanecería inalterada. Lo mismo sucede con las guerras genocidas y neocoloniales, como las del Estado sionista en Asia occidental.


No quiero ser pesimista, pero el imperialismo contemporáneo no posee salidas "amables". La tercera guerra mundial en su dimensión técnica-militar está a la vuelta de la esquina. No depende de los modales de quienes dirijan Estados Unidos, Israel, la OTAN o Ucrania. Sólo podrá detenerse si se logra una muy difícil y compleja alianza/articulación entre las disidencias internas a esas potencias del imperialismo occidental, los pueblos sometidos del Sur global y los nuevos desafíos que lideran los BRICS. Estos tres vértices no tienen la misma ideología, cultura ni banderas. Por eso es muy difícil lograr dicha articulación.


La tercera guerra mundial ya comenzó, en un territorio previo: el de la comunicación, la ideología y la cultura. Lo que los ideólogos del Pentágono denominan "batalla cultural", malinterpretando y tergiversando a Antonio Gramsci, en realidad es una guerra sicológica-ideológica. Lograr el desarme moral y alcanzar la persuasión de que toda resistencia es imposible son objetivos político-militares.


Tanto Gramsci como su maestro Lenin advirtieron que los movimientos populares deben resistir en todos los terrenos, sin atarse a un exclusivo método de lucha. Las confrontaciones de nueva generación son híbridas. Pero el final, pienso, creo, espero, permanece abierto. Nada está decidido para siempre. Hay esperanza.


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12 octubre, 2026

Nuevo martillazo a la maltrecha economía europea — Andrés Piqueras

 

Zelenski, crupier del casino nazi que la oligarquía-OTAN 

tiene montado en Ucrania.



La GUERRA GLOBAL sigue su marcha. La agresión yanki-sionista contra Irán viene a dar un nuevo martillazo a la maltrecha economía europea.


La Guerra y el régimen de sanciones contra Irán afecta su capacidad de exportar petróleo y gas, y genera una tensión permanente en el Golfo Pérsico y en rutas como el Estrecho de Ormuz y el de Bab el-Mandeb, por donde pasa una parte significativa del petróleo mundial.


La continuación de esta agresión contra Irán conlleva la escalada del precio internacional (Brent) del petróleo, con efectos inmediatos en combustibles, transporte y logística. Y de ahí a los alimentos y bienes básicos, con precios ya calentados por la guerra económica contra Rusia, que más parece una autoflagelación de la clase capitalista europea contra sus propios intereses y contra los de sus poblaciones. La presión sobre los presupuestos públicos también se acentúa.


Ello va de la mano de la militarización creciente de las sociedades europeas y de los gastos militares. Así, por ejemplo, en la Declaración Final de Ankara los 32 estados miembros de la OTAN reiteraron su compromiso con la dictadura de corte nazi ucraniana y sus esfuerzos bélicos (en realidad colectivos de la OTAN) contra Rusia. El acuerdo implica movilizar unos 80.000 millones de dólares a través de dos mecanismos. En primer lugar, 32.000 millones procederían del préstamo que la Unión Europea ha concedido a la dictadura ucraniana; mientras que los 48.000 restantes serían aportados por los diferentes Estados aliados mediante contribuciones bilaterales. Esos mismos Estados que nutren nazis –con sus respectivas izquierdas parlamentarias aplaudiéndolos– son los que luego aseguran que no tienen presupuestos para mejorar la sanidad y la educación, solventar el problema de la vivienda, el transporte o, en general, la carestía de la vida que empobrece más y más a una mayor parte de la clase trabajadora. Por si fuera poco, se ha establecido que para 2027 el nivel de apoyo económico será similar.


De hecho, el consejo de ministros español, por ejemplo, acaba de autorizar una contribución de 50 millones de euros a la OTAN para enviar material militar a Ucrania, como aportación al programa PURL (Prioritised Ukraine Requirements List). Este programa, al que el Reino de España ya había aportado otros 150 millones de euros previamente, fue presentado en julio de 2025 y surge como respuesta a las exigencias estadounidenses de aumentar el gasto militar.


La ayuda financiera española a la dictadura de Ucrania desde 2022 asciende a casi 17.000 millones de euros. De ellos, aproximadamente 16.223 millones corresponden a compromisos indirectos a través de la UE. 641 millones corresponden a garantías directas y compromisos con instituciones financieras internacionales. La AECID había aportado 72 millones en ayuda directa no reembolsable.


La propia Comisión Europea afirma que el conjunto de la UE y sus Estados miembros ha movilizado 228.700 millones de euros para Ucrania desde el inicio de la guerra. Resumimos su desglose:


● 114.400 millones aportados o garantizados por el presupuesto de la UE.

● 77.900 millones en asistencia militar.

●Hasta 17.000 millones para atender a refugiados ucranianos dentro de la UE.

● 15.500 millones de apoyo adicional de Estados miembros.

● 3.800 millones procedentes de los rendimientos de activos rusos inmovilizados.


Para Europa en sentido amplio, un informe reciente del Parlamento Europeo habla de alrededor de 200.000 millones de euros movilizados por la UE y los Estados miembros, y señala que si se añaden países europeos como Reino Unido y Noruega el bloque europeo se ha convertido en el principal sostén de Ucrania tras la retirada estadounidense.


La creación del mecanismo PURL ilustra además una tendencia más amplia. Tras la decisión de Washington de dejar de financiar directamente buena parte del armamento suministrado a Kiev, los gobiernos europeos han pasado a sufragar la compra de equipos fabricados por la industria militar estadounidense. El Reino de España, por ejemplo, ya ha comprometido 150 millones de euros a este programa. Este mecanismo refleja a todas luces una relación económica asimétrica en la que Europa aporta financiación mientras que una parte significativa de los beneficios industriales recae sobre empresas norteamericanas.


¿Cómo funciona?


Según las explicaciones difundidas sobre el mecanismo PURL, Ucrania identifica necesidades prioritarias, el SACEUR (Comandante Supremo Aliado en Europa) y la OTAN coordinan la determinación de las capacidades requeridas, y posteriormente los aliados financian paquetes de armamento y munición suministrados por Estados Unidos. [infodefensa.com].


Primer paso: el régimen proto-nazi de Ucrania elabora una lista de necesidades en materia de equipamiento militar europeo.


Siguiente: el Pentágono da su visto bueno y ofrece a sus aliados un catálogo de material estadounidense listo para enviar o rápidamente producible.


Tercero: los países financiadores depositan su dinero (normalmente en paquetes de 500 millones) con lo que todo está listo para que se ejecute el envío.


Así que el mecanismo PURL constituye un procedimiento mediante el cual fondos aportados por los Estados europeos y otros aliados financian la adquisición de armamento fabricado en Estados Unidos para Ucrania. Dicho en términos más cáusticos, esta es una de las vías mediante las que Estados Unidos se hace con el dinero público europeo. Pero es sólo una más. Las relaciones económicas con Estados Unidos rara vez (o nunca) son simétricas y se basan en la posición de fuerza del gigante imperialista. Incluso los tratados comerciales son disparatados, por ejemplo, en el firmado en agosto de 2025, se reducen o eliminan trabas y aranceles para los productos agrícolas estadounidenses y se gravan con un 15% las exportaciones europeas. Teniendo en cuenta que la normativa en cuanto a insecticidas o fertilizantes es mucho más laxa para los agricultores estadounidenses, y que los latifundios de explotación intensiva yanquis son enormes, la soberanía alimentaria de los países europeos se pone en serio peligro. Nuestros agricultores no pueden competir.


Pero veamos más referencias de lo que se destina a la Guerra.


La Agencia Europea de Defensa (EDA) informó en julio de 2026 que el gasto militar conjunto de los 27 países de la UE alcanzó 418.000 millones de euros en 2025, equivalente al 2,2% del PIB de la UE. Además, proyecta 454.000 millones de euros en 2026 (2,4% del PIB). Lo cual supone +20% entre 2024 y 2025; +75% respecto a 2021 [eda.europa.eu], [consilium.europa.eu].


Según el informe anual de la OTAN publicado en 2026, los aliados europeos y Canadá gastaron 574.000 millones de dólares en 2025, un 20% más que en 2024, aumentando un 15% sólo este año, según datos del SIPRI y la OTAN. Entre 2021 y 2025 Europa y Canadá han protagonizado el mayor incremento de gasto militar desde el final de la espuriamente bautizada como “Guerra Fría” [france24.com], [nato.int].


En resumen, buscando destinar por imposición de Estados Unidos el 5% del PIB en la industria de la muerte (eso que llaman “Defensa”), Europa ha duplicado su gasto militar en cinco años. El déficit presupuestario de la zona euro (2,9% del PIB) y la deuda pública (que ronda el 88–90 % del PIB) no han hecho sino resentirse crecientemente con ello, pues para costear todo esto las autoridades europeas tuvieron no sólo que incrementar la deuda y el déficit, sino también bombear más recursos de sus poblaciones subiendo los impuestos, aumentando la deuda nacional y su servicio, y también recortando el gasto social.


La otrora “locomotora europea”, Alemania, por ejemplo, cerró el 2025 con una deuda de 2,8 billones de euros, el 63,5% de su PIB, unos 34.000 euros per cápita.


Déficit y deuda pública (según Eurostat)


Unión Europea


En 2025:

● déficit público UE: 3,1% del PIB

● deuda pública UE: 81,7% del PIB.

En la zona euro:

● déficit: 2,9% del PIB

● deuda: 87,8% del PIB.

Algunos países (2025)




El caso francés probablemente sea el ejemplo más representativo. Según datos oficiales del INSEE para 2025:


● crecimiento del PIB: 0,8%

● déficit: 5,1% del PIB

● deuda: 115,6% del PIB

● gasto público total: 57,2% del PIB.


Además, la Comisión Europea prevé para el Estado francés:


● déficit del 5,1% también en 2026

● deuda del 118,1% del PIB en 2026

● alrededor del 120% en 2027. Los pagos por intereses de la deuda francesa habrían aumentado hasta el 2,6% del PIB en 2026, según la Comisión Europea.


Así que no es de extrañar que Francia sea de nuevo uno de los puntos de ebullición de Europa. El aumento de los costes financieros, junto con la desaceleración económica, el encarecimiento energético y el incremento del gasto estratégico y militar, estrecha el margen presupuestario del Estado francés y alimenta los conflictos sociales sobre pensiones, sanidad, servicios públicos y salarios.


Y es que, repetimos, en diferentes ámbitos, desde el armamentístico a la vivienda, la energía o la alimentación, la población europea está siendo saqueada. La espiral de retroalimentación negativa en el destrozo de las condiciones de vida se manifiesta como imparable:


Más Crisis – más gastos militares (la Guerra para el capital siempre fue una vía de escape a sus crisis) – más carestía de la vida – más deterioro de los servicios sociales – más autoritarismo y represión social – más gastos policiales – menor capacidad de consumo de las poblaciones – menor dinámica económica – más explosión social – más Crisis…


Fijémonos en un ejemplo de cómo se expresa este círculo decadente en un indicador tan básico como la fertilidad (y es que alguien ya ha hecho la inteligente broma de que al proletariado le están quitando hasta la prole).



La militarización social tiene una gran responsabilidad en todo ello. Pero sus consecuencias sociales van todavía más allá.


El aumento simultáneo de gasto militar, costes energéticos, endeudamiento público y pago de intereses reduce el margen fiscal de los Estados europeos y no puede sino alimentar conflictos en los diferentes sectores económicos, además de acentuarlos sobre pensiones, sanidad, educación, vivienda, condiciones laborales y salarios.


La lucha está servida.


[Lo vemos en la próxima y última entrega]


Fragmento extraído de: LA DESTRUCCIÓN DE LAS SOCIEDADES EUROPEAS (SEGUNDA PARTE), de Andrés Piqueras.


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