Transcripción del vídeo Mahbubani Told a British Audience the West Put Itself to Sleep
Kishore Mahbunani expone ante un público británico siete errores que han contribuido a acabar con la hegemonía occidental.
¿A cuántas personas han matado ustedes?
En Occidente se reflexiona muy poco sobre la cantidad de gente que han matado ustedes y cuántas vidas han destruido por su afición a apretar el gatillo. Pero, he de decirles, esta ausencia de autocrítica supone un grave error que a su vez les impide ver lo que está sucediendo. Mientras tanto, el resto del mundo toma buena nota de ello.
Uno: la disculpa.
En Occidente —especialmente entre estadounidenses y británicos—, se suele iniciar una charla con una broma. Yo vengo de Asia, y allí siempre comenzamos pidiendo disculpas. Pero esta que hoy les ofrezco no es una disculpa formal, es una disculpa sincera: quiero pedirles disculpas a todos si lo que voy a decir les incomoda. El problema, no obstante, es que, si no les incomoda y no les saca de su confortable burbuja, no entenderán el mundo que se avecina. Ese mundo está tan fuera de su confortable burbuja que, en cierto sentido, tendrán que experimentar algo de dolor para llegar a comprenderlo.
Dos: una civilización solitaria
Permítanme comenzar hablando de por qué Occidente ha perdido el rumbo. Empezaré con una afirmación algo provocadora: en términos globales, Occidente se ha convertido en una civilización aislada y narcisista, absorta en sí misma y muy satisfecha consigo misma. Debido a este narcisismo, se ha vuelto ciega ante los errores cometidos en su trato con el resto del mundo. Quiero iniciar esta charla con el fin de la Guerra Fría en 1990, pues estoy seguro de que todos recuerdan cómo Occidente celebró —y lo feliz que se sintió— al haber derrotado a la Unión Soviética sin disparar un solo tiro. Occidente pensó: «¡Al fin! ¡Lo hemos logrado!». Incluso llegaron a creer —y esto es asombroso— que habían alcanzado el «fin de la historia». «¡Hurra! ¡Ya no tenemos que luchar! ¡Lo conseguimos! ¡Hemos alcanzado la cima! ¡Hemos logrado establecer sociedades democráticas liberales, que son las mejores del mundo! ¡Triunfamos! ¡Lo logramos! En cuanto a ustedes, es decir al resto del mundo... a ustedes le toca esforzarse».
Tres: el doce por ciento
Una simple estadística —sorprende que tan poca gente en Occidente la conozca—, refleja que Occidente representa solo el 12 % de la población mundial: el 12 %. El 88 % de la población mundial vive fuera de Occidente. Y Occidente, de forma descabellada, asumió en aquel momento de la historia —cuando creía que la misma había «llegado a su fin»— que el resto del mundo acabaría convirtiéndose en una réplica de Occidente: que lo imitarían, lo seguirían y llegarían a ser como ellos. Estoy seguro de que todos los aquí presentes estarán de acuerdo en que se trata de una suposición un tanto arrogante. Sin embargo, esa arrogancia dominaba la visión del mundo de la mayoría de los intelectuales occidentales de la época. Lo sé muy bien porque, por un devenir... histórico, pasé un año en Harvard entre 1991 y 1992, y me vi inmerso en esa arrogancia —claramente perceptible— sobre cómo Occidente había triunfado y alcanzado la cima, mientras que el resto, pobres diablos, simplemente debían acostumbrarse, adaptarse y seguir adelante como mejor pudieran.
La razón por la que esa arrogancia constituyó un grave error estratégico en aquel momento histórico, es que propició que Occidente bajara la guardia justo cuando otra civilización decidía despertar. Así pues, cerró los ojos mientras el resto del mundo despertaba. Hay que recordar que China había iniciado su programa de modernización en 1979, y que para 1989 o 1990, dicho programa ya había cobrado un gran impulso. Por su parte y a raíz de una crisis, India también despertó a principios de la década de 1990. Cabe señalar que, en ambos casos, ambos países atravesaron crisis importantes que les llevaron a decir: «Basta ya; es hora de actuar con sensatez y hacer lo correcto». Tras una grave crisis, India decidió que ya era suficiente, y actuó en consecuencia. En el caso de China —una civilización con 4.000 años de historia— lo que hemos visto es que sus últimos 40 años de desarrollo económico y social han sido los mejores de toda su milenaria trayectoria. Sin embargo, Occidente reaccionó diciendo: «No puede ser. No son como nosotros, no es posible que puedan tener éxito».
Cuatro: el bombardeo como política exterior
Pero Occidente cometió otro gran error estratégico al creer, en fin, que era el número uno. Que podía dirigir el mundo. Que podía hacer lo que quisiera. Por supuesto, muchos son los occidentales que aún creen que su civilización es la más pacífica y respetuosa de la ley que existe en el mundo.
Aunque, a juzgar por los hechos, Occidente, cada vez más propenso a recurrir a la fuerza, comenzó a involucrarse en una guerra tras otra. Durante los últimos treinta años y pico, decidió que la mejor manera de difundir la libertad es bombardear ciudades, que los bombardeos son la mejor forma de propagar la democracia y el liberalismo. Y el resto del mundo tomó buena nota de ello: de que ustedes son extremadamente propensos al uso de la fuerza. Todo comenzó a finales de la década de 1990 cuando, por supuesto, ustedes creían estar haciendo lo correcto: intentar “proteger a la población” de la antigua Yugoslavia, y la manera de hacerlo fue bombardeando brutalmente Belgrado. Por cierto —otro dato curioso—, muchos occidentales aún creen que Occidente siempre respeta el derecho internacional.
El bombardeo de Belgrado constituyó una violación del derecho internacional, el cual es muy claro al respecto. Se trata, nada más y nada menos, que del propio derecho internacional occidental —ese orden internacional basado en normas establecido por la ONU en 1945—, el cual estipula que el uso de la fuerza sólo se justifica si constituye un acto de legítima defensa o si cuenta con la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU. El bombardeo de Belgrado no fue un acto de legítima defensa ni fue autorizado por el Consejo de Seguridad de la ONU; por consiguiente, fue ilegal.
Algo que resulta sorprendente, dado que “Occidente siempre ha defendido el Estado de Derecho” ¿no es así? Puedo dar fe de que, cuando un fiscal del Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia intentó simplemente plantear la cuestión de si el bombardeo de Belgrado había sido legal o ilegal, la presión que se ejerció sobre él fue enorme. Una vez más, Occidente no quiso percatarse de ello... pero el resto del mundo volvió a tomar nota.
Cinco: yo estaba allí
Siguió la guerra contra Irak en 2003, una guerra claramente ilegal: una guerra que no fue, ni mucho menos, un acto de legítima defensa, una guerra que no contó con la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU. Una guerra que, por cierto, sé perfectamente que no fue autorizada por el Consejo de Seguridad de la ONU porque yo mismo fui miembro de dicho Consejo. Durante dos años, fui testigo de los debates y de cómo Estados Unidos y el Reino Unido presionaron fuertemente para convencer al resto del mundo de que había llegado el momento de derrocar a Saddam Hussein. El resto del mundo respondió que no, que aquello no era legal. Y, detalle interesante de la guerra contra Irak que vale la pena señalar y recordar es que, dos de los más fieles aliados de Estados Unidos y el Reino Unido —Francia y Alemania— se opusieron a dicha guerra y manifestaron, tanto a estadounidenses como a británicos: «Es un error, no lo hagan. Es un error». Por supuesto, ambos fueron marginados, ya que existía la convicción absoluta de que lo que Estados Unidos estaba haciendo —es decir, “difundir la democracia”— era lo correcto. Quedé sorprendido por un cúmulo de pequeñas anécdotas reveladoras de cómo piensa la gente. Por ejemplo, yo creía que las ansias de guerra probablemente se limitaban a esa facción estadounidense conocida como los «neoconservadores», quienes invariablemente sostienen que la mejor solución es la intervención militar de Estados Unidos. Sin embargo, en 2002, encontrándome en Nueva York, invitado a un magnífico almuerzo en un club muy exclusivo, sentado junto a un empresario estadounidense de gran éxito, nos ofrecieron vino. Cuando el camarero se acercó para servirlo, aquel caballero le preguntó: «¿Es vino francés?». El camarero respondió afirmativamente. Entonces el empresario dijo: «No voy a probar el vino francés. Se oponen a nuestra guerra en Irak». Aquello supuso para mí una significativa llamada de atención. Dios mío, pensé, cuán arraigada y profundamente asentada está en Occidente esta inclinación a la guerra.
Seis — Libia
Occidente destruye un estado... y lo abandona a su suerte.
La intervención en Libia también fue un grave crimen de guerra. Gadafi era un dictador; quede claro. Pero también es cierto que bajo su mandato el pueblo libio disfrutaba de las mejores condiciones de vida de toda África: tenía garantizados sus ingresos vitales, la atención sanitaria, la educación y la paz. El pueblo libio disfrutaba de una vida digna. Y entonces bombardearon a Gadafi. El país se vino abajo. Occidente propició un Estado fallido y luego simplemente se desentendió. Y el resto del mundo, una vez más, tomó buena nota de ello.
Siete — dieciocho por ciento
al que se le ha estado permitiendo gobernar el mundo.
El tercer error estratégico que cometió Occidente fue insistir en dominar el mundo. Creo que la mayoría de los ciudadanos occidentales de a pie no son conscientes de lo que sus mandatarios y diplomáticos intentan hacer para preservar su control del mundo, utilizando a menudo métodos y principios que, en teoría, contradicen los valores que proclaman. Por ejemplo, ustedes predican la meritocracia. Sostienen que, si hay que elegir a alguien para dirigir una organización, debe ser la persona más capacitada posible. No importa si es blanco, negro, asiático o africano; si es el mejor candidato, se le elige, ¿no es así? Pues bien, dos de las organizaciones económicas internacionales más importantes del mundo, el FMI y el Banco Mundial, están, al menos en teoría, al servicio del mundo entero. Por tanto, cualquier persona del planeta debería poder optar a dirigir dichas entidades. Hubo un momento —cuando Occidente se sentía muy vulnerable en plena crisis financiera de 2008, cuando la gente en EEUU y Europa se preguntaba qué nos está pasando y fue necesario que el resto del mundo se uniera para salvar la economía global— en el que se celebró una reunión del G20 en el Reino Unido, presidida por Gordon Brown, reunión en la que se acordó que, en adelante, los líderes del FMI y del Banco Mundial serían elegidos por sus méritos. Han pasado 18 años desde 2008. A día de hoy, para dirigir el FMI hay que ser europeo, y para dirigir el Banco Mundial hay que ser estadounidense. Esto significa que el 88 % de la población mundial no reúne los requisitos para dirigir instituciones de carácter global.
Eso supone una imprudencia. Una tremenda imprudencia. Se supone que estas son instituciones mundiales. ¿Por qué insisten en que sólo occidentales pueden dirigirlas? ¿Por qué creen que solo el 12 % de la población mundial puede gestionar las instituciones de carácter mundial? Está claro que estas decisiones que toman sus líderes acabarán, todas ellas, volviéndose en su contra.
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