«...para implantar, cuando llegase el día, "una dictadura del proletariado que, según pensábamos, iba a ser más democrática que las llamadas democracias (por atender a los intereses de la mayoría de la población) y que, además, abriría el camino recto hacia el comunismo". Sí, admite Francisco Fernández Buy, sonaba a contradicción (algunos, admitámoslo, que además nos dedicábamos a la lógica o a la matemática y alardeábamos de ello, no nos sonaba así, en absoluto, era tan consiste como la vida y la lucha por la justicia). Pero contradicción por contradicción –pensaba FFB– "mejor la nuestra, porque por lo menos no era contradicción entre el decir y el hacer en el presente". La praxeología siempre en el puesto de mando».
MARXISMO CRÍTICO, 10/01/2014
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"El verdadero filósofo es y no puede ser otro que el político, el hombre activo que modifica el entorno, entendiendo por entorno el conjunto de relaciones en las que cada uno de nosotros entra a formar parte".
Antonio Gramsci
«De origen griego, el término estrategia hace referencia a la conducción de un ejército (stratos) y, de forma más general, a los medios que permiten asegurar la victoria sobre un adversario en circunstancias históricas concretas que, por definición, no pueden predecirse. Estas contingencias delimitan el espacio específico de toma de decisiones, individuales o colectivas, capaces de aprovechar un momento propicio para cambiar drásticamente una situación histórica. De Sun Tzu a Pericles, de Maquiavelo a Lenin, de Rosa Luxemburgo a José Carlos Mariátegui y Amílcar Cabral, los estrategas son teóricos al mismo tiempo que hombres o mujeres de acción. Y tal conceptualización estratégica debe afrontar tanto la cuestión de la eficacia como la de la legitimidad como medio para lograr la construcción concreta de una alternativa, más allá de la mera victoria a obtener frente a un adversario».
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«A escala mundial, las réplicas colectivas de los oprimidos no han faltado a lo largo de la historia. El pensamiento estratégico se fusionó durante mucho tiempo con un arte militar de los pobres, que reaccionaron ante la injusticia con ira, disturbios, revolución, proyectos igualitarios, esperanzas milenarias y magníficas utopías frente a la feroz represión y la despiadada guerra de clases. Desde Espartaco hasta las jacqueries campesinas, pasando por las grandes insurrecciones populares que jalonaron la historia de China, el establecimiento de una relación de fuerza armada ha sido una preocupación primordial y vital. Con el objetivo de conquistar el poder, esta relación armada ha corrido el riesgo de ser conquistada a su vez por su lógica fundamentalmente inalterada. Poco a poco, se inventó una estrategia política independiente, y la Revolución Francesa marcó una ruptura en este sentido: transformación radical de las relaciones sociales, basada en una amplia movilización popular, se enfrentó a un Estado poderoso en vías de centralización, al tiempo que era heredera del pensamiento racionalista de la Ilustración y de sus controversias sobre la voluntad popular y la igualdad, la esclavitud y la condición de la mujer. Estos rasgos ampliaron los horizontes y enriquecieron los puntos de vista sobre los medios y las formas de movilización de las diferentes capas sociales implicadas en el proceso revolucionario, aunque persistiera la tendencia a separar la reflexión sobre las modalidades de acción, aprisionada en el empirismo, de los fines últimos, que abrazaban una lógica institucional o vislumbraban una revisión social y política más radical».
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«La virulenta campaña ideológica de los años 70 —anticomunista en nombre del antitotalitarismo— acabó por desacreditar y demonizar cualquier perspectiva revolucionaria, equiparando progresivamente los términos comunismo, estalinismo y nazismo, y reduciendo la definición de socialismo a la etiqueta de los partidos socialdemócratas y sus proyectos, inicialmente redistributivos, pero que después no ofrecían más que un acompañamiento "social" a las políticas neoliberales de forma cada vez más retórica.
Época excepcional en términos de estrategia, el siglo XX fue también, y en última instancia, una época de derrotas y retrocesos: aplastamiento de la República española y de los partisanos griegos, masacres de Sétif y Madagascar, guerras sucias coloniales, golpe de Estado en Chile y fracaso de la Revolución portuguesa. Las décadas que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial se caracterizaron así por la trágica involución de la esperanza nacida en 1917. Las invenciones temáticas y léxicas propias del pensamiento estratégico revolucionario de esos años —huelgas generales insurreccionales, doble poder, hegemonía, frentes unidos, guerras populares prolongadas, guerrillas urbanas, etc.— no impedirían el reflujo de la revolución y acabarían perdiendo su sentido en el proceso. ¿Qué queda hoy de esta reflexión sobre las transiciones, desde la toma del Palacio de Invierno hasta el debate sobre la autogestión, desde la cuestión del partido de vanguardia hasta la definición de "nuevas normas de gestión"? No sólo han envejecido las palabras, sino que se han descalificado las perspectivas, hasta el punto de hacer impronunciables los términos socialismo y comunismo —incluso capitalismo y a fortiori imperialismo—, mientras que la democracia que supuestamente ha triunfado en todo el mundo no designa más que la prolongada derrota del movimiento obrero y el reinado del mercado».
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«Sin embargo, la historia no ha terminado. La gran narrativa de la victoria de la democracia se está deshaciendo, y la promesa de bienestar general de los liberales de ayer está dando paso a la amenaza de algo peor esgrimida por los neoliberales; esto ocurre en un mundo gangrenado por la explotación y la opresión, la competencia generalizada, las guerras y la devastación medioambiental».
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«En la teoría crítica contemporánea, asistimos al auge de las opciones libertarias, tanto más fácilmente puestas de moda cuanto que corresponden al declive de los proyectos políticos globales y a la adopción de la vieja acusación de estatismo lanzada contra Marx por Bakunin. Este enfoque elude la discusión de fondo sobre las funciones y la transformación del Estado neoliberal y la perspectiva de su sustitución por una reorganización y una planificación democráticas de la vida económica y social. Lo que prevalece es la tesis de su pura y simple elusión, proponiendo Cambiar el mundo sin tomar el poder, como reza el título del exitoso libro de John Holloway.
Sin embargo, tres puntos principales hacen urgente reabrir este debate. En primer lugar, este legado se simplifica y empobrece, atribuyéndose a Marx y al marxismo un burdo estatismo que conduce a su desconocimiento y a la disminución de su influencia. En segundo lugar, las discusiones posteriores sobre el tema, informadas por las experiencias históricas del siglo XX, son generalmente olvidadas o desacreditadas a pesar de su riqueza. Por último, el Estado es hoy el blanco de las teorizaciones y políticas neoliberales, que denuncian ante todo el Estado del bienestar. Obligan al movimiento obrero a defender las viejas conquistas al tiempo que experimentan la mayor dificultad para redefinir de forma ofensiva e innovadora las misiones de las instituciones políticas y sociales. La degradación de la relación de fuerzas social e ideológica obstaculiza la renovación de sus análisis junto con el proyecto de su transformación radical».
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«Reactivar el debate sobre la propiedad es lógico. Frente al asalto de las políticas neoliberales al derecho del trabajo y al desmantelamiento de los servicios públicos —escuela, sanidad, transportes—, pero también frente al poder de los agentes jurídicos y políticos que son su relevo —Estados nacionales, proyecto europeo, tratados internacionales, instituciones financieras, políticas mundiales, etc.— y a la apropiación capitalista de la naturaleza, permite explorar de nuevo vías para arraigar la alternativa en las condiciones del presente, por desfavorables que sean».
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« ...la pobreza conceptual de la doctrina neoliberal no es la grieta en la armadura del capitalismo contemporáneo que bastaría perforar para que éste fuera derrocado. Su antropología de cartón piedra, su libertad ilusoria y su dogma de la racionalidad del mercado representan un marco doctrinal menos preocupado por la coherencia que por la defensa de las opciones políticas del momento. Hay que añadir que esta búsqueda del consentimiento va acompañada de una coerción creciente, posibilitada por la actual relación de fuerzas sociales y políticas. El giro autoritario y antidemocrático del neoliberalismo explica sus préstamos del neoconservadurismo reaccionario, incluso la agenda de las fuerzas neofascistas, al tiempo que le ayudan a consolidar una completa dominación de clase y a sofocar o desviar las protestas que suscita. Ante esto, parece productivo retomar la noción marxista de ideología entendida como función política y social, a la vez distinta del resto de la realidad económica y social y articulada con ella».
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«Los "intelectuales mediáticos" ocupan ahora a la derecha y extrema derecha del espectro ideológico el lugar que los investigadores genuinos y creativos ocupaban a su izquierda hace cuarenta años. En condiciones de derrota política, de remodelación social y de cerco ideológico, es lógico que los intelectuales que perseveran en el pensamiento crítico se vean llevados espontáneamente a vivir como la debacle definitiva una situación que abordan exclusivamente desde el ángulo de las ideas, compartiendo con sus adversarios la convicción de que su propio papel es decisivo. En estas circunstancias, parece imposible resistirse a representaciones que se han convertido en fuerzas materiales cuasi autónomas, que añaden a su condición de ideas rectoras la de ser mandatos eficaces. Para Christopher Lasch, Zygmunt Bauman y sus numerosísimos seguidores, estamos encadenados por el consumismo y el narcisismo, las proliferaciones de pantallas y la invasión de la comunicación, la licuefacción de las relaciones humanas. Según Harmut Rosa, la aceleración del tiempo es ahora la cuestión clave. Así, paradójicamente, parte de la crítica contemporánea del neoliberalismo parece haber adoptado la tesis neoliberal de que no hay alternativa».
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«La lección de Marx sobre la dimensión tendencialmente politizadora de las luchas sociales sigue siendo inigualable, a condición de que se logre actualizarla. Lo que hay que iniciar es precisamente una reapropiación, como componente clave del comunismo y como cartilla, subjetiva y compartida, de su construcción. La abolición de las escisiones es más pertinente que nunca. Apuntando a todo lo que separa a los sujetos de su propia actividad, a todo lo que los somete a su resultado cosificado, es a la vez apuesta y medio de una abolición del capitalismo. Esta tesis concierne al conocimiento, pero también al Estado y al trabajo, así como a todas las formas institucionales como mediaciones que se han convertido en instrumentos de alienación. Hay que reactivar su potencial emancipador, cuando existe, para reestructurarlas y volver a sintonizarlas con las necesidades sociales útiles, es decir, respetuosas con los seres humanos y con la naturaleza, necesidades que también deben definirse democráticamente. A fuerza de esta inversión, las mediaciones representan centros de réplica a su anexión capitalista, fuentes de contradicción que hay que reconquistar. Es el caso, en particular, de los servicios públicos, cuya dimensión intrínsecamente política debe reactivarse más allá de su mera defensa».
Fragmentos extraídos del libro de Isabelle Garo, COMUNISMO Y ESTRATEGIA.
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