Prisión estadounidense de Abu Ghraib (Irak)
Prisión estadounidense de Guantanamo
La
pluma.net – 11/02/2026
Temo que cualquier otra
lectura de esta realidad abra las puertas a una pesadilla mucho más
generalizada y esta vez irreversible. Jeffrey Epstein sigue vivo y
desde el cerrojo del infierno sigue observando, satisfecho, nuestra
ignorancia e indiferencia.
Una de las principales
características del caso Epstein es que en realidad no es ninguna
gran noticia, aunque mediáticamente se presenta como tal. Es una
cómoda incomodidad y un escándalo que no escandaliza a nadie, ya
que sus más de tres millones de archivos de horror no son más que
una bitácora del poder neoliberal, desposeído de cualquier noción
de lo humano.
La isla de Epstein es
una pequeña parte del archipiélago, que aborda los cinco
continentes y no es solo un lugar geográfico, sino una construcción
mental del poder que nos ofrece su propia proyección del futuro. Es
su plan.
Es curioso que los
supuestos enemigos del actual Gobierno estadounidense, que son los
demócratas, ya nos han mentido tanto que ahora cualquier prueba de
ellos contra Trump y los republicanos se ve como mentira. Aquí no se
trata del conocido cuento sobre el pastorcito mentiroso y el lobo.
Estamos sumergidos en un mundo de tanta manipulación
tecno-sicológica que lo que menos llama la atención y lo que menos
convence son las verdades que se ven opacas ante el sicodélico
brillo de falsedades y, para ser comprendidas, requieren algún grado
de esfuerzo intelectual y espiritual, algo que en estos tiempos es
cada vez más escaso.
La cultura occidental
idolatra el éxito, idealiza la riqueza, siempre perdona los
‘excesos’ de ‘los triunfadores’, se declara defensora de los
derechos, aunque en su cotidianeidad comercia con la
hipersexualización infantil, despreciando derechos, emociones e
incluso instintos.
Epstein ha sido un
peón en el ajedrez mundial de las corporaciones. Con sus redes
colaboraban las monarquías, los organismos de la ONU y los grandes
líderes de la opinión pública de todo signo político.
Eso se sabía, pero la
gran prensa mundial guardaba silencio. Esto se explica muy fácilmente
por el miedo a las demandas, la dependencia de los anunciantes, etc.
Además, un periodista rebelde y honesto, incluso en la democracia
más democrática, sabe que, en el mejor de los casos, arriesga su
trabajo y su carrera.
El caso Epstein no
muestra la ‘maldad de las élites’, sino el funcionamiento normal
de un sistema en el que el poder protege al poder, los medios de
comunicación controlan la opinión pública, la cultura popular
justifica a sus ídolos exitosos y los niños son material de
consumo.
Esta monstruosidad es
banal, repetitiva y reproducible.
La famosa película del
director de cine italiano Pier Paolo Pasolini ‘Saló o los 120
días de Sodoma’ no trata sobre las perversiones, como la
mayoría piensa. Es un retrato del poder del capitalismo, el que
siempre muta en fascismo, donde las élites se encierran en un
espacio oculto, las personas se reducen a sus funciones exigidas por
la autoridad y la violencia es natural. El poder fascista es
representado por el duque, el obispo, el magistrado y el presidente,
que reflejan distintas caras de la descomposición del sistema.
Pasolini muestra la
total perversión de los valores morales proclamados como el único
camino de esta falsa e hipócrita sociedad que niega y desprecia
cualquier destello de una espiritualidad verdadera.
En ‘Saló’
tenemos una villa, la seguridad, la desconexión del mundo exterior y
la impunidad absoluta. En el caso de Epstein, es una isla privada,
los aviones, las mansiones, lagunas legales y todo lo demás, que
coincide hasta en los detalles más mínimos. La normalización
rutinaria del horror en ‘Saló’ se realiza a través de la
cena, la historia, el castigo y otra vez la cena. En el caso de
Epstein, es a través de los masajes, los pagos, los regalos, los
vuelos, y la repetición de los actos. Y en ambos casos, las
violaciones no son más que un procedimiento administrativo ritual.
La estetización del
crimen es un arma aparte: la música, la amabilidad, los ambientes
ordenados y distinguidos, las conversaciones intelectuales en ‘Saló’;
y la caridad, las universidades, la filantropía y el glamur en el
caso Epstein obedecen a su único objetivo: hacer que la pesadilla se
vea decente y aceptable para que ninguno de los espectadores
sensibles se indigne antes de tiempo. Es importante que, en ambos
casos, las élites actúen de forma colectiva y no como individuos.
En ‘Saló’ no
existe un principal culpable, igual que en el caso Epstein también
es evidente que el financista estadounidense no podía actuar solo,
lo cubrían, usaban y aprovechaban miles de poderosos mientras se
podía, es decir, hasta su muerte, cuando la responsabilidad de los
demás se diluyó.
Muchos calificaron la
película ‘Saló’ de insoportable. El problema es que
Pasolini llamó a las cosas por su nombre, mientras que la realidad
del caso Epstein está inundada de eufemismos: «relaciones
inapropiadas», «contactos controvertidos»,
«acusaciones», etc. La película de ficción de 1975 nos
expone mejor las noticias de hoy. Incluso en su tiempo y en las
décadas siguientes, esta película, a pesar de no tener ninguna
escena explícita, escandalizaba a las mismas generaciones
consumidoras de Playboy y pornografía, moralistas hipócritas que se
vieron retratados en las escenas del filme.
La analista colombiana
Ana Lucía Calderón compara esta historia con otra, la del barrio
Bronx en el centro de Bogotá, ocurrido hace 10 años. Cuando el
Ejército entró al Bronx, se vieron prácticamente las mismas
realidades descritas en los expedientes del caso Epstein:
prostitución infantil, tráfico de drogas, esclavitud, torturas,
asesinatos, horror total. Todo, como siempre, bajo control del crimen
organizado a servicio de los poderosos, a su vez controlados por el
poder supremo, grupos oligarcas, los tres poderes de Estado y su
eterno aliado estratégico: los gobiernos de EEUU.
Prisión estadounidense de Abu Ghraib (Irak)
Después
de una descripción de la naturaleza y similitud entre ambos casos,
Calderón concluye:
«…Nadie está
viendo el trasfondo que trae consigo este tema. Después de poner en
todos los medios de comunicación día y noche, horrores y
padecimientos, al igual que lo hicieron con los bombardeos en Gaza,
saltan sesos por aquí, tripas por allá, en un par de semanas la
gente anestesiada ya no reacciona más. Eso es lo verdaderamente
aterrador. Se legitima el crimen, el exterminio, el saqueo, la
violación. No hay alteración social, ¿de qué?, si es que las
chicas jóvenes se publicitan en Instagram para ir a Arabia Saudí o
a Emiratos Árabes a las orgías y a comer caca de los jeques. Si las
redes están llenas de chicas invitando a otras, contando sus
experiencias que «valen la pena» porque reciben mucho dinero. Todo
se habla abiertamente, nadie siente vergüenza de exponer su
intimidad en las redes, pero sí de mirar a los ojos a otra persona y
tomar su mano. Se destapa todo esto cuando ya no tendrá repercusión
popular ni ninguna censura moral. Esto ya no asombra a nadie y como
la política de violación de soberanía nacional, tampoco.
Simbólicamente la violación a una persona o a un pueblo da lo mismo
y se compensa con dinero. Acostumbrémonos, ese es el mundo que
construimos, gracias a la inexistencia de otra opción colectiva de
la fantasía».
Temo que cualquier otra
lectura de esta realidad abra las puertas a una pesadilla mucho más
generalizada y esta vez irreversible. Jeffrey Epstein sigue vivo y
desde el cerrojo del infierno sigue observando, satisfecho, nuestra
ignorancia e indiferencia.
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