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27 septiembre, 2026

Qué hacía realmente este israelí en la ONU — Ramzy Baroud

 



What Was This Israeli Man Really Counting? The Moral Line w/Ramzy Baroud

Transcripción: Arrezafe


¿Saben quién es este sujeto? Bueno, su nombre en realidad no importa. Se trata de un miembro de la delegación israelí ante las Naciones Unidas que, el 24 de septiembre, durante el airado y cada vez más ridículo discurso de Benjamin Netanyahu, se dedicaba a "llevar la cuenta", recorriendo la sala y anotando qué delegados abandonan la abandonaban y cuáles permanecían en ella.


Hay quienes dicen que el vídeo es una prueba más de que el sionismo —ya saben— sigue controlando el mundo y trata de enviar el mensaje de "sabemos quiénes sois y os estamos vigilando". Es una especie de doxing (intimidación/amenaza), similar a la que sufren muchos activistas de mi comunidad. Sin embargo, yo percibo algo ligeramente distinto. Tradicionalmente, el sionismo ha ejercido gran parte de su influencia entre bastidores: presionando a políticos, operando a través de grupos de presión e intimidando a personas en posiciones de poder, en universidades de élite y cosas por el estilo, mientras proyectaba públicamente una imagen de Israel totalmente diferente. Israel como la eterna víctima: víctima de los árabes, de los musulmanes y de los palestinos —por supuesto, de los palestinos—, víctima de la historia y, al parecer, víctima de todos los demás.


Pero aquí es donde cae la careta. La intimidación se lleva a cabo ahora abiertamente ante las cámaras: "Los vemos", eso es lo que intentan decir. "Los vemos. Estamos anotando sus nombres y habrá consecuencias". En mi opinión, esto no es en absoluto una demostración de fortaleza. Es un signo de humillación, de desesperación y, sí, de debilidad. Netanyahu calificó de cobardes morales a los diplomáticos que abandonaron la sala durante su discurso. Pero dicho arrebato de ira fue, a mi juicio, la rabieta de un sujeto incapaz de aceptar que el mundo ha cambiado radicalmente. Avigdor Lieberman afirmó que la posición de Israel en la comunidad internacional ha caído a un nivel históricamente bajo; calificó a Netanyahu de paria y de carga para el mundo occidental. Naftali Bennett —ya saben, aquel protegido del propio Netanyahu que llegó a ser primer ministro— también advirtió que Israel ha perdido el apoyo popular de Estados Unidos y de gran parte de la comunidad internacional. Así que, si los propios israelíes son conscientes de ello, ¿por qué este sujeto se pasea abiertamente por la sala? Es decir, qué intenta, ¿enviar un mensaje al mundo o a los propios israelíes? Una sola fotografía de la sala podría mostrar qué asientos estaban vacíos, pero esto ha sido, a mi parecer, una puesta en escena dirigida principalmente al público israelí. Por supuesto, el mensaje para dicho público es: "Seguimos teniendo el control. Estamos tomando nota de todo... no se preocupen, nos encargaremos de esto y todos pagarán las consecuencias".


Sin embargo, los asientos vacíos contaban la historia completa: 77 delegaciones —según algunos recuentos— abandonaron la sala dejando sus asientos vacíos. Ciertos países permanecieron, incluidos, lamentablemente, varios gobiernos árabes, lo cual nos transmite algo importante a todos: la lucha por Palestina es global y ya no está dividida por claras fronteras geográficas, nacionalismos o religiones. La verdadera división se sitúa entre los intereses de gobiernos egoístas, egocéntricos y débiles —absolutamente débiles— y la conciencia de la humanidad, la comunidad global. Así que este sujeto, este israelí, cree llevar la cuenta de lo que ocurre en el mundo. Lo que se le debe decir —o de lo que realmente debería darse cuenta— es que, en realidad, es el mundo el que lleva la cuenta de Israel. Cuanto antes se percate Israel de ello, mejor.


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24 septiembre, 2026

Salvando la memoria de Gaza: Jóvenes gazatíes recuperan miles de libros de entre las ruinas causadas por el ente sionista (+vídeo)

 

The Palestine Chronicle – 21/09/2026

   Traducción: Arrezafe



Dos jóvenes voluntarias palestinas trabajan en equipo para rescatar libros y documentos históricos de la biblioteca de la Gran Mezquita de Omari, destruida, en la ciudad de Gaza. (Foto: Captura de vídeo)


Jóvenes palestinas están rescatando miles de libros históricos de las ruinas de Gaza, preservando así un patrimonio cultural amenazado de destrucción permanente.


Objetivos clave


● La biblioteca de la Gran Mezquita de Omari albergaba aproximadamente 20.000 libros, manuscritos y documentos históricos antes de ser destruida durante la guerra genocida de Israel.


● Una iniciativa palestina de conservación afirmó que se habían recuperado aproximadamente 3.000 libros, aunque muchos siguen gravemente dañados o requieren restauración especializada.


● La especialista en restauración Haneen al-Amssi y un grupo de jóvenes voluntarias de la fundación independiente Eyes on Heritage Foundation están liderando la operación.


Biblioteca histórica de Gaza


Jóvenes palestinas están rescatando miles de libros históricos de las ruinas de Gaza, preservando así un patrimonio cultural amenazado de desaparecer para siempre.


Según miembros de la iniciativa, un grupo de especialistas y voluntarios palestinos dedicados a la restauración ha recuperado aproximadamente 3.000 libros de la biblioteca de la Gran Mezquita de Omari, destruida en la ciudad de Gaza.


Los libros fueron recuperados de debajo del hormigón, las piedras y los restos de la biblioteca histórica, que fue atacada repetidamente y destruida casi por completo durante la guerra genocida de Israel contra Gaza.


La biblioteca, ubicada dentro de la Gran Mezquita Omari en la Ciudad Vieja de Gaza, contenía aproximadamente 20.000 artículos antes de su destrucción. Su acervo incluía libros, manuscritos únicos, publicaciones periódicas, contratos históricos, revistas y otros documentos que registraban siglos de vida religiosa, literaria e intelectual de Gaza.


Operación rescate de emergencia


La iniciativa está liderada por Haneen al-Amssi, una arquitecta de 33 años especializada en la restauración de obras de arte, esculturas y murales.


Al-Amssi es el director ejecutivo de la Fundación Eyes on Heritage, una institución cultural palestina independiente establecida en Gaza en 2009 por el historiador Dr. Abd al-Latif Abu Hashem.


En colaboración con aproximadamente una docena de jóvenes palestinas, al-Amssi organizó una respuesta de emergencia destinada a proteger los libros que sobrevivieron a la destrucción de la biblioteca.


"La iniciativa surgió de la absoluta oscuridad que imperaba en Gaza", dijo al-Amssi.


La fase actual de la operación comenzó el 29 de enero de 2025. Antes de que los voluntarios comenzaran a retirar los libros, al-Amssi los capacitó en documentación, excavación, procedimientos de seguridad y manejo de materiales frágiles.


Las mujeres aprendieron a identificar los libros que podían trasladarse sin peligro y a aislar los volúmenes cubiertos de ceniza, dañados por el moho o fusionados por la humedad.


Trabajaban dentro de una estructura gravemente dañada, rodeada de escombros y expuesta al polvo, la humedad, los insectos, los roedores y otros peligros ambientales.


Según Al Mayadeen, la ubicación de la biblioteca cerca de la zona conocida como la "Línea Amarilla" suponía un riesgo de seguridad adicional para los voluntarios.


A pesar del peligro, las mujeres entraron en el edificio, retiraron los escombros que cubrían los libros y trasladaron los volúmenes recuperables del suelo a las estanterías que habían sobrevivido.


Quemados, deformados y enterrados


Los libros recuperados presentaban diferentes grados de daño.


Algunos permanecieron prácticamente intactos y sólo requirieron una limpieza minuciosa. Otras sufrieron daños menores que podrían solucionarse utilizando las herramientas disponibles en Gaza.


Una tercera categoría incluía los libros que habían sido quemados, descompuestos o dañados de tal forma que su restauración ya no se consideraba posible.


“Si se pierden, se pierden para siempre. Perdemos nuestra historia, nuestra civilización y nuestro patrimonio histórico”, declaró un representante de la iniciativa a Al Mayadeen.


Algunos de los libros que se conservan son ediciones raras que se imprimieron solo una vez. Otros, según se informa, contienen notas o escritos de puño y letra de sus autores originales.


Entre los materiales recuperados de las ruinas se encontraba el Diwan de Ibn Zuqa'a al-Ghazzi, un manuscrito excepcional que data del período mameluco, hace aproximadamente 700 años. Si bien el manuscrito fue rescatado de entre los escombros, al parecer estaba demasiado dañado para ser restaurado.


La pérdida de un manuscrito de este tipo es irreversible, ya que es posible que no exista otra copia conocida.


La colección que se conserva incluye obras sobre jurisprudencia islámica, poesía, literatura e historia, así como documentos relacionados con el desarrollo social e intelectual de Gaza.


Primeros auxilios para la biblioteca


El equipo califica su intervención como de "primeros auxilios" a los libros, más que de una restauración completa.


Su labor inmediata consiste en recuperar, separar, limpiar, documentar y contabilizar los volúmenes que se conservan. La restauración completa requeriría productos químicos especializados, equipos, laboratorios e instalaciones de almacenamiento seguras que no están disponibles en Gaza.


Los voluntarios se han valido principalmente de materiales básicos, como cepillos, guantes, trapos, esponjas y utensilios de limpieza domésticos. Algunos trajeron toallas, pañuelos de papel y escobas de sus propias casas.


La organización Eyes on Heritage y sus voluntarios han financiado muchos de estos materiales con sus propios recursos.


Una de las sustancias necesarias para tratar manuscritos dañados por la fusión y el moho es el alcohol al 70 por ciento. Sin embargo, el colapso del sector sanitario de Gaza y el continuo bloqueo israelí han hecho que obtener esta sustancia sea extremadamente difícil.


Al-Amssi había declarado anteriormente que, tras esperar meses, solo consiguió 40 mililitros, suficientes para tratar tres conjuntos de material dañado, mientras que más de 30 seguían necesitando intervención.


Calculó que la reparación de la colección que aún se conserva podría llevar hasta 20 años.


El edificio de la biblioteca también requiere importantes trabajos estructurales. Es necesario reparar sus muros y la mampostería dañada, mientras que las salas que aún se conservan necesitan ventilación, esterilización y protección contra un mayor deterioro ambiental.


Los materiales recuperados de la biblioteca fueron trasladados temporalmente a otro lugar de almacenamiento. Posteriormente, ese lugar fue bombardeado, poniendo de nuevo en peligro la colección rescatada.


Protegiendo la historia de Gaza


La biblioteca de la Gran Mezquita de Omari no fue la única institución cultural palestina destruida durante el genocidio.


Los ataques de Israel han dañado o destruido las universidades, archivos, bibliotecas, museos, editoriales, centros culturales, yacimientos arqueológicos y edificios históricos de Gaza.


La UNESCO ha verificado los daños sufridos por más de 160 sitios culturales en Gaza, mientras que, según los informes, al menos 13 bibliotecas importantes han quedado devastadas.


La Fundación Eyes on Heritage también ha sufrido pérdidas reiteradas. Su sede fue destruida en un ataque israelí en septiembre de 2025, junto con cientos de documentos, manuscritos y archivos. Sus oficinas ya habían sido destruidas durante la guerra de Israel contra Gaza en 2014.


Antes de la última guerra, la organización había fotografiado y digitalizado una colección de manuscritos árabes. Treinta y seis manuscritos conservados por la fundación han sido catalogados y puestos a disposición del público a través del Museo y Biblioteca de Manuscritos Hill.


Las imágenes fueron tomadas antes del ataque israelí y posteriormente transmitidas digitalmente una vez que los miembros de la fundación recuperaron el acceso a sus equipos.


El proyecto demuestra el papel fundamental que desempeñan los jóvenes investigadores, archiveros y especialistas en restauración de Gaza en la protección de la historia palestina.


Las mujeres que trabajan en la Biblioteca Omari realizan tareas que normalmente llevarían a cabo equipos capacitados con equipos de protección, laboratorios de conservación y financiación institucional.


En cambio, están intentando preservar la colección en medio de continuos ataques, desplazamientos y una grave escasez de alimentos, medicinas, electricidad y agua potable.


Reconstruyendo un centro intelectual


La Gran Mezquita de Omari es uno de los monumentos históricos y religiosos más importantes de Gaza.


Su ubicación en la Ciudad Vieja situó a su biblioteca en el centro de la vida intelectual de Gaza. Generaciones de escolares, estudiantes, investigadores y residentes visitaron la colección y estudiaron sus libros y manuscritos.


Por lo tanto, la restauración de la biblioteca preservaría mucho más que los volúmenes que aún se conservan. Podría proporcionar a Gaza un centro esencial para la investigación y el aprendizaje tras la destrucción de sus universidades y otras instituciones educativas.


Al-Amssi espera cursar estudios de doctorado en el futuro. Por ahora, sin embargo, ha centrado su trabajo en los manuscritos y los libros dañados.


"No puedo marcharme hasta que hayan sido salvados", dijo.




30 julio, 2026

La trampa del rutinario recuento de muertos — Ramzy Baroud

 

Savage Minds – 30/07/2026


Omar Ghabin, de 14 años, mira a la cámara mientras carga una bolsa con objetos que recogió del vertedero en Deir al-Balah, en el centro de la Franja de Gaza, el jueves 23 de julio de 2026. Foto: Abdel Kareem Hana


Las palabras "muerto", "herido", "mutilado" y similares a menudo pierden gran parte de su significado cuando se repiten rutinariamente.


Un ejemplo, este titular: «13 palestinos muertos en Gaza, otros heridos». Si bien muchos de nosotros aún sentimos una profunda tristeza por semejante tragedia, con el tiempo la noticia en sí misma se vuelve cada vez menos impactante.


Según cifras proporcionadas por el Ministerio de Salud palestino en Gaza, Israel ha matado y herido a un total de más de 250.000 palestinos desde el inicio del genocidio en 2023.


El recuento se actualiza diariamente porque la matanza nunca cesa.


El 23 de julio, seis palestinos fueron asesinados en Gaza. El día anterior, murieron 13, y el día anterior a ese, otros nueve, y así sucesivamente.


Es este “así sucesivamente” lo que nos hace perder, con el tiempo, la noción de lo que realmente implican estas tragedias. Se trata de personas inocentes que mueren quemadas vivas en sus tiendas de campaña, víctimas de atentados con bomba en sus coches o asesinadas mientras intentaban disfrutar de un breve respiro del calor abrasador en la playa.


Entre los nueve fallecidos el 21 de julio, una familia entera, incluyendo cuatro niños pequeños, fue aniquilada en un solo ataque. A medida que se multiplican los informes sobre la matanza diaria de palestinos por parte de Israel en Gaza, los periodistas a menudo descuidan humanizar a las víctimas.


Una fotografía que circulaba en las redes sociales mostraba a tres de esos niños: un niño con una camiseta que decía "Playa de Santa Mónica"; su hermana con gafas y una camisa rosa, que sostenía con orgullo un certificado de reconocimiento de su escuela; y su hermana menor, posando con delicadeza.


Estas tres figuras representan a cada niño palestino asesinado desde el inicio de este genocidio. Según estimaciones de la ONU y organizaciones internacionales, más de 21.000 niños han muerto en Gaza, y decenas de miles más han quedado mutilados o sepultados bajo los escombros.


Si bien la rutina diaria de asesinatos hace que la tragedia parezca menos impactante para quienes sólo escuchan las cifras, se vuelve infinitamente más trágica para quienes deben sufrirla directamente. En Gaza, ninguna familia se ha librado de la pérdida de seres queridos, lo que agrava el dolor día tras día.


No existen palabras para describir el dolor colectivo de Gaza.


Lo que hace que la tragedia sea aún más insoportable es que el mundo entero sabe lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo en Gaza, pero no hace nada al respecto. Llevamos la cuenta de las cifras, señalamos la barbarie de Israel, denunciamos el fracaso de las instituciones internacionales y meneamos la cabeza con desesperación.


Sin embargo, el resultado sigue siendo el mismo: el número de muertos aumenta y cada día se generan nuevas estadísticas que nos recuerdan la magnitud de la crisis.


Un informe conjunto de la FAO, UNICEF y el Programa Mundial de Alimentos, publicado el 23 de julio, reveló que 1,4 millones de palestinos en Gaza se enfrentan a una grave inseguridad alimentaria.


El informe también advirtió que se prevé que más de 74.000 niños menores de cinco años necesiten tratamiento urgente por desnutrición aguda durante el próximo año.


Este informe se publicó el mismo día en que las autoridades sanitarias de Gaza actualizaron la cifra oficial de muertos a más de 73.311 palestinos. Esa cifra ya es mayor ahora, ya que han muerto más personas desde entonces.


Ese mismo día, Thameen Al-Kheetan, de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH), declaró que "ningún lugar en Gaza puede considerarse seguro".


Esa afirmación es cierta, por supuesto, pero también es algo bien conocido en el mundo actualmente. Nadie lo cuestiona. Y, sin embargo, nadie actúa: Israel sigue bombardeando, el Congreso estadounidense continúa asignándole más armas y el resto del mundo sigue contando los muertos.


Mientras tanto, Israel, que ha tomado el control de aún más territorio en Gaza desde el llamado alto el fuego, está construyendo enormes barreras de tierra que se extienden a lo largo de unos 23 kilómetros a través de la Franja.


Aunque nunca fue justo desde el principio, ni siquiera el plan original de Trump para Gaza mencionaba la construcción de fronteras internas, el robo de tierras adicionales o la concentración de palestinos desplazados en pequeños enclaves dentro de un territorio ya de por sí reducido.


El plan a largo plazo de Israel no consiste sólo en mantener el control militar permanente sobre Gaza, como han declarado altos funcionarios israelíes, sino también en prolongar su tormento indefinidamente.


Mientras escribo este artículo, los medios informan que cuatro palestinos más acaban de morir. Es improbable que la cifra se mantenga ahí; el ejército israelí rara vez mata en pequeñas cantidades.


Pero incluso estas cifras, aunque pequeñas, representan a seres humanos cuyo dolor no puede medirse en estadísticas, resumirse en declaraciones oficiales ni reducirse a titulares trillados.


Los supervivientes tampoco se aferran a la vana promesa de que el derecho internacional prevalezca sobre la impunidad amparada por Estados Unidos. La historia ha vuelto cínicos a los palestinos. Durante generaciones, a través de cada masacre y robo de tierras desde la Nakba de 1948, la espera de justicia no ha dado más que promesas vacías y un número creciente de muertos.


La única diferencia entre el pasado y el presente es que hoy todos sabemos, vemos y oímos exactamente lo que está sucediendo en Gaza y en toda Palestina.


Lo mínimo que podemos hacer es negarnos a darle la espalda o a reducir el genocidio que presenciamos a meras cifras.


Si permitimos que eso suceda, nosotros también nos convertimos en culpables: Israel es quien mata, utilizando armas estadounidenses, mientras nosotros nos quedamos de brazos cruzados, contando los muertos y meneando la cabeza ante el triste estado del mundo.


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25 julio, 2026

La postura soberana de Malasia — Kurniawan Arif Maspul

 

Savage Minds – 25/07/2026


La huera hipocresía del acoso de las grandes potencias y los límites de la presión estadounidense.


El primer ministro Anwar Ibrahim afirmó que el gobierno no cederá en su postura ante la objeción de ocho legisladores estadounidenses a la política de Putrajaya que prohíbe la entrada de ciudadanos israelíes al país. (Foto: FMT)


Durante más de medio siglo, Malasia ha mantenido una política que alberga la esencia misma de lo que significa ser una nación soberana: el derecho absoluto a decidir quién cruza sus fronteras. Dicha política —la negativa inequívoca a reconocer al Estado de Israel y la consiguiente prohibición de entrada a territorio malasio a los titulares de pasaportes israelíes— no es una simple preferencia diplomática.


Es una clara y soberana línea divisoria trazada a través de décadas de historia anticolonial, grabada en la conciencia nacional por la cuestión inconclusa de Palestina. Y ninguna fanfarronería del Congreso estadounidense, ninguna amenaza de suspender los fondos para entrenamiento militar, ni ninguna indignación israelí la harán retroceder.


Sin embargo, aquí estamos, en julio de 2026, viendo cómo ocho miembros del Congreso de los Estados Unidos —Greg Landsman, Josh Gottheimer, Jimmy Panetta, Dan Goldman, Debbie Wasserman Schultz, Jared Moskowitz, Brad Sherman y Jake Auchincloss— exigen que Malasia revierta una política que ha estado vigente desde antes de que muchos de ellos nacieran.


¿Su arma predilecta? Una carta al Secretario de Estado Marco Rubio instando a la suspensión de la financiación del Programa Internacional de Educación y Entrenamiento Militar (IMET) a menos que Kuala Lumpur capitule en un plazo de quince días. Esto no es diplomacia. Esto es coerción disfrazada de indignación moral.


Seamos brutalmente claros sobre lo que está en juego. La política de Malasia no se basa en el antisemitismo, una acusación tan manida que ha perdido todo significado. El primer ministro Anwar Ibrahim ha declarado con absoluta precisión que la prohibición va dirigida a «ciudadanos israelíes, no a judíos», porque son «parte integral y cómplices de los asesinatos, crímenes y la continua opresión y colonización de Palestina y Gaza». Esta es una postura política, no racial.


Es una barrera moral contra un Estado cuyas acciones en Gaza —los asesinatos diarios, la destrucción de hogares, la hambruna sistemática de una población asediada— violan todos los principios que Malasia considera fundamentales. Y, sin embargo, Washington, que arma a ese mismo Estado con las bombas que caen sobre niños palestinos, se atreve a dar lecciones a Kuala Lumpur sobre derechos humanos.


La hipocresía es asombrosa. Los mismos legisladores estadounidenses que exigen que Malasia abra sus puertas a los ciudadanos israelíes presiden un país que ha proporcionado armamento para operaciones que han causado la muerte de decenas de miles de civiles palestinos, incluyendo un número sin precedentes de niños, periodistas y trabajadores humanitarios. ¿Dónde está su indignación ante el sistemático apoyo militar a un Estado que la Corte Internacional de Justicia ha considerado plausiblemente genocida?


El silencio es ensordecedor y revela la economía moral de la indignación global como una jerarquía profundamente estructurada: las vidas occidentales son hipervisibles; las vidas palestinas son prescindibles.


La postura de Malasia expone este doble rasero no mediante una crítica abstracta, sino mediante la aplicación de una contra-medida. La prohibición es una forma de testimonio moral que afirma: si ustedes no responsabilizan a Israel, lo haremos nosotros. Y nuestra responsabilidad se manifiesta en la exclusión de nuestro espacio soberano. Como declaró Anwar: «Malasia es una nación independiente y somos libres de manifestar nuestras opiniones».


No se trata de "y qué hay de...". Se trata de una exigencia de coherencia moral en la aplicación de los mismos principios que Occidente afirma defender.


El momento en que se ejerció esta presión del Congreso resulta revelador. No se desencadenó por un cambio de política —la prohibición lleva décadas vigente—, sino por el descubrimiento de que ciudadanos israelíes con doble nacionalidad supuestamente habían entrado en Malasia utilizando pasaportes de otros países para participar en la Network School, una comunidad tecnológica en Forest City, Johor. Las autoridades de Johor revocaron rápidamente la licencia comercial de la escuela, y los funcionarios de inmigración auditaron a 266 extranjeros procedentes de 40 países.


Anwar ordenó la deportación inmediata de cualquier ciudadano israelí que se encontrara. Esto no fue una escalada, fue la aplicación de una política de larga data.


Sin embargo, Washington respondió como si Malasia hubiera cometido un acto de guerra. La carta del Congreso calificó la prohibición de «discriminatoria» y exigió que Malasia la revocara en quince días. Reflexionemos sobre la audacia de esta exigencia. Un parlamento extranjero, a 15.000 kilómetros de distancia, emitiendo un ultimátum a una nación soberana sobre su política migratoria. Como señaló el ministro de Asuntos Exteriores de Malasia, Datuk Seri Mohamad Hasan, el Departamento de Estado de EE UU «había reconocido y respetado la histórica política de Malasia de no reconocer a Israel».


¿Por qué este espectáculo parlamentario? Porque no se trata de leyes, sino de poder. Se trata de castigar a una nación que se atreve a desafiar la narrativa hegemónica que equipara la normalización con el progreso y la resistencia con el retroceso.


La ironía reside en que la presión de Washington podría lograr el efecto contrario al deseado. La postura desafiante de Anwar consolida su posición política interna, aislando a su gobierno de coalición de las críticas de la oposición. Al convertir un asunto de vigilancia fronteriza en una defensa pública de la soberanía y la ética humanitaria, conecta profundamente con el electorado de mayoría musulmana de Malasia.


La amenaza externa se convierte en un regalo: un antagonista externo contra el cual los sentimientos nacionalistas e islamistas pueden consolidarse. Los legisladores estadounidenses, en su arrogancia, le han entregado a Anwar un arma política.


¿Y qué hay del cálculo estratégico más amplio? Los analistas han señalado acertadamente que es improbable que la disputa descarrile las relaciones entre Estados Unidos y Malasia, que se basan en intereses económicos y estratégicos compartidos, en particular la seguridad marítima en el Mar de China Meridional. Pero esta evaluación pasa por alto el cambio más profundo. Malasia no es un estado vasallo. Es una potencia intermedia con una ubicación estratégica y con opciones.


Como señaló el analista político Anis Anwar Suhaimi, si la presión estadounidense se percibe como excesiva, «podría crear involuntariamente un espacio diplomático para que otras grandes potencias profundicen su relación con Malasia». La amenaza de suspender la financiación del IMET podría, en última instancia, costarle a Washington más de lo que gana, no en dólares, sino en influencia.


El largo arco de la historia tiende hacia la justicia, o al menos eso dice el refrán. Pero la justicia, que no se doblega por sí sola, es forjada por las naciones que se niegan a doblegarse. La prohibición de Malasia a los ciudadanos israelíes es, en última instancia, un acto de soberanía. Al decir «no» a la presencia de aquellos a quienes considera cómplices de la colonización, Malasia dice «sí» a una visión de sí misma como una nación que recuerda sus raíces anticoloniales, honra las obligaciones islámicas y se atreve a decir la verdad moral al poder imperial.


Las deficiencias en la aplicación de la ley —los puntos ciegos biométricos, las lagunas legales que permiten la doble nacionalidad— son el precio de esa autodeterminación. Pero no son fatales. Son un desafío que hay que superar, no un motivo para rendirse.


Washington haría bien en recordar que Malasia no es el estado número 51 de Estados Unidos. Es una nación independiente con su propia constitución, su propio parlamento, su propio gobierno electo y sus propias prioridades de política exterior. Estados Unidos puede amenazar, persuadir y exigir.


Pero no puede obligar. Y al final, no será Malasia la que será juzgada por la historia por permitir la atrocidad, sino aquellos que la armaron mientras daban lecciones a otros sobre decencia humana.


El mundo está observando. El Sur Global está observando. Y en los silenciosos pasillos del poder, desde Yakarta hasta Pretoria, desde Brasilia hasta Pekín, los líderes están constatando que una pequeña nación del sudeste asiático ha trazado una línea roja y se niega a cruzarla.


Esa línea es la soberanía. Esa línea es un principio. Y esa línea no se verá alterada por las amenazas de una superpotencia que ha perdido su brújula moral.


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22 junio, 2026

Tenía seis años

 

MintPress News – 22/06/2026




El 29 de enero de 2024, Hind Rajab llamó a los servicios de emergencia desde un coche, entre los cuerpos inertes de su familia. Un tanque israelí había disparado desde 13 metros de distancia. Sobrevivió durante tres horas, suplicando una ayuda que nunca llegó.


Israel negó tener tropas en la zona. Las imágenes satelitales demostraron que mentían.


La ambulancia enviada para rescatarla, tras permiso de Israel que aprobó la ruta, fue también atacada y destruida. Dos paramédicos murieron.


Durante dos años, nadie ha rendido cuentas.


Ahora, la 401ª Brigada Blindada sionista está siendo sistemáticamente desmantelada en Líbano por las fuerzas de Hezbollah. La unidad genocida que aterrorizó Gaza está siendo castigada, no por parte de la Corte Penal Internacional, sino en el campo de batalla a manos del eje de la resistencia.




Robert Inlakesh


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