23 julio, 2026
11 julio, 2026
C L A M O R
" ...las propuestas de paz de Trump significan, al igual que las de Hitler, la capitulación de la «otra parte», el eufemismo para designar al «enemigo irreconciliable». En lugar de una propuesta de paz, hay un ultimátum, la «paz fuerte» de la que habla Netanyahu en sus escritos, que no es más que la paz del más fuerte, la paz del fait accompli. Se trata, pues, de una paz violenta. Una paz horrible al servicio de una guerra horrible.
¿Por qué las dos cabezas de Hitler?
Si analizamos con atención los discursos y las prácticas políticas de Netanyahu y Trump, verificamos que los doce puntos de la ideología de Hitler están muy presentes. Pero están presentes de manera diferente y, sobre todo, con estilos diferentes, y esa diferencia no es casual. Pretende reforzar la eficacia de ambos. Mientras que Hitler se encargaba él solo (con Ribbentrop, Göring y otros) de proponer negociaciones de paz y de boicotearlas cuando le convenía, siempre con el objetivo de intensificar la guerra, hoy existe una división del trabajo entre dos “Hitlers”: el que propone negociaciones y planes de paz (Trump) y el que los boicotea e intensifica la guerra (Netanyahu).
Sólo por ingenuidad se puede pensar que no están compinchados o que, al menos, no existe entre ellos un pacto para aceptar todo lo que hace el otro siempre que sirva al objetivo común de destruir a los pueblos islámicos de Oriente Medio para controlar los recursos naturales y neutralizar a China. La tragedia (y la comedia) de nuestro tiempo es que se necesitan dos “Hitlers” para hacer un Hitler. Un Hitler de dos cabezas, el monstruo de nuestro tiempo".
—Cita extraída de: Un Hitler de dos cabezas. Uno, el que propone negociaciones y planes de paz (Trump) y dos, el que los boicotea e intensifica la guerra (Netanyahu). 20 abril 2026, Boaventura De Sousa Santos. Economía y Política.
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IRÁN - 10 de julio de 2026 - Acompañamos a Tadhg Hickey en este REPORTAJE (vídeo), en el que se une a millones de iraníes en la mayor manifestación fúneral de la historia, en la que los asistentes exigen venganza por el asesinato del Ayatolá Khamenei y su familia a manos de Estados Unidos e Israel.
11 junio, 2026
Grandes empresas tecnológicas, objetivo militar legítimo — Renán Vega Cantor
La Pluma – 09/06/2026
Irán, al atacar la sede de esas empresas, les quitó la máscara de instituciones pretendidamente civiles, y mostró a los ojos de millones de seres humanos, empezando por los habitantes del Golfo Pérsico, que gran parte de las investigaciones e innovaciones del mundo digital están directamente relacionadas con los intereses militares de EEUU e Israel. Irán se encargó de señalar que esas empresas son responsables del asesinato masivo de miles de personas en los lugares en donde opera el complejo militar-informático.
Se ha necesitado de la respuesta asimétrica de Irán a la agresión imperialista para comprobar que lo digital es un coloso con pies de barro.
La «era de la información» viene acompañada de sofismas que de tanto repetirse constituyen un nuevo sentido común, que gran parte de los seres humanos han interiorizado y consideran axiomas irrefutables. Algunos de esos sofismas han quedado hecho añicos por la guerra asimétrica de Irán contra los agresores del imperialismo [EEUU] y del sionismo [Israel].
El mundo virtual y digital había llegado acompañado de un aura de neutralidad y de servicio desinteresado a la humanidad, como clara expresión del fetichismo de la tecnología. Hoy, de la manera menos impensada, la guerra contra Irán ha trastocado algunas de las falacias del mundo digital.
Lo virtual existe al margen, y no depende, de lo material
Un punto de partida que justifica la «sociedad digital» sostiene que para el funcionamiento del capitalismo lo prioritario es la información (algo inmaterial) y cada vez tiene menos importancia lo material. Habríamos entrado en una nueva fase de la historia en donde los bienes naturales (minerales, agua, biodiversidad, bosques…) estarían siendo irreversiblemente sustituidos por la información, llegando a sostener que esta es más importante que el petróleo.
En marzo, Irán atacó la sede de datos de Amazon en Israel y en Bahréin y, en forma inmediata, se detuvo el funcionamiento de la nube en el territorio de esos países. Esto hecho demostró que lo virtual funciona con materia, energía y agua, sin cuyo elevado suministro la nube no puede operar. Ahí quedó en evidencia que la nube no es algo etéreo, sino que se aloja en grandes edificios y servidores, que son infraestructura física, construida con elementos vulgarmente materiales.
Eso significa que cualquier artefacto digital, un celular, por ejemplo, no puede funcionar sin grandes dosis de materia y energía, así eso no sea evidente de ninguna manera, porque cunde el sofisma que la electricidad es inmaterial como si además no procediera de infraestructura hecha de materiales que la generan.
Los conglomerados digitales hacen parte de la «sociedad civil»
De Silicon Valley surgió la falacia de que algunos empresarios innovadores con su esfuerzo individual, al margen del Estado y del poder militar, realizan invenciones en beneficio de toda la humanidad y lo hacen de manera desinteresada. Bill Gates, Steve Jobes, Jeff Bezos, Elon Musk y las empresas asociadas a ellos Microsoft, Google, Tesla, Amazon… se presentan como entidades civiles, vendiendo la idea que sus actividades no están relacionadas ni sirven a ciertos Estados ni al complejo militar del imperialismo y del sionismo.
Hace pocas semanas, Irán se encargó de desmontar ese prejuicio. Y lo hizo en respuesta a los brutales ataques de la coalición imperialista-sionista contra su población y sus dirigentes, en los cuales se utilizaron sistemas tecnológicos (entre los que sobresale la Inteligencia Artificial) que suministran los grandes conglomerados digitales. Irán los convirtió, algo que no había sucedido nunca, en un objetivo militar legítimo, al mismo nivel que las bases militares o los portaaviones.
Irán, al atacar la sede de esas empresas, les quitó la máscara de instituciones pretendidamente civiles, y mostró a los ojos de millones de seres humanos, empezando por los habitantes del Golfo Pérsico, que gran parte de las investigaciones e innovaciones del mundo digital están directamente relacionadas con los intereses militares de EEUU e Israel. Irán se encargó de señalar que esas empresas son responsables del asesinato masivo de miles de personas en los lugares en donde opera el complejo militar-informático.
Debe recordarse que las «bombas inteligentes», con las cuales EEUU masacró a 180 niñas de una escuela de Irán, fueron guiadas por sofisticados sistemas que fabrican las empresas informáticas y digitales. La Inteligencia Artificial (IA) y los algoritmos no funcionan solos, sino que responden a los intereses de quienes los programan, y estos son empresas tecnológicas que trabajan directamente para el complejo militar de EEUU e Israel.
Nada puede detener el irreversible avance digital
Irán y Yemen le han señalado al mundo que lo digital funciona por la existencia de una extensa red de comunicaciones de tipo material, siendo uno de sus principales soportes, la amplia red de cables submarinos que le dan la vuelta al planeta decena de veces. Sin esos cables, de fibra óptica, plástico y otros materiales, no sería posible el tráfico virtual e informativo en el mundo. Gran parte de esos cables atraviesan zonas críticas del mundo, como el estrecho de Ormuz en el Golfo Pérsico, y el estrecho de Bab el-Mandeb en el Mar Rojo. A través de esos cables circula la información que llega a Asía y Europa.
De tal forma que, si esos cables fueran cortados, y los yemeníes y la Guardia Revolucionaria de Irán han indicado que de ser necesario lo harán, de inmediato se detendría la economía, la sociedad y la cultura de masas de gran parte del mundo, las cuales son petrodependientes y consumen enormes cantidades de recursos materiales y energéticos.
Este recordatorio de Yemen e Irán pone de presente la fragilidad de la tan mentada sociedad digital. Con una simple acción, la de cortar unos cables que se encuentran a centenares de metros de profundidad en los océanos, entraría en crisis el tipo de sociedad que el capitalismo realmente existente ha construido en los últimos 35 años. Se paralizaría en amplias zonas todo lo que se ha erigido alrededor de internet, el sistema financiero, las comunicaciones de diversa índole (personales, institucionales, negocios), millones de móviles quedarían inservibles, bancos, hospitales, universidades dejarían de operar…
Esto ya lo habían advertido estudiosos y críticos del mundo digital, pero se ha necesitado de la respuesta asimétrica de Irán a la agresión imperialista para comprobar que lo digital es un coloso con pies de barro. Sí, unos pies de barro alimentados por grandes cantidades de materia y energías fósiles, cuya apropiación insaciable explica las guerras que libra el agonizante imperialismo estadounidense y sus proxis sionistas para mantener su insostenible modo de muerte.
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20 mayo, 2026
El sheriff ya no tiene balas. El cine como última trinchera del imperio — Juan C. Puerta
El celuloide como morfina histórica
Hollywood no es una fábrica de sueños; es una lavandería de expedientes militares. Mientras que la historia se escribe con sangre, barro y derrotas logísticas, el cine estadounidense se encarga de planchar el uniforme, limpiar las medallas y, sobre todo, manipular el marcador final de la contienda. Es lo que podríamos definir como la «victoria post-mortem»: ganar en la pantalla lo que se perdió irremediablemente en la trinchera. La industria del entretenimiento ha perfeccionado el arte de la falsificación heroica, transformando retiradas humillantes en odiseas espirituales. Tras la derrota en Vietnam, surgió una necesidad cultural en EEUU de recuperar el mito del héroe invencible. El ejército era vapuleado, pero Rambo volvía para poner las cosas en su lugar.
1945: El secuestro de la victoria
El mito fundacional de la benevolencia armada estadounidense arranca con fuerza en la Segunda Guerra Mundial. Para el espectador medio de Netflix o de los clásicos de la tarde, la derrota del nazismo fue una coreografía que comenzó y terminó en las playas de Normandía.
Tomemos el ejemplo de Salvar al soldado Ryan (1998). Bajo el barniz del realismo visceral de Spielberg, se esconde un melodrama simplificador que reduce el conflicto más vasto de la humanidad a la búsqueda sentimental de un individuo. Mientras la cámara se regodea en el impacto de las balas en Omaha Beach, el guion omite convenientemente que, para junio de 1944, el espinazo de la Wehrmacht ya había sido quebrado en el frente oriental donde el Ejército Rojo le había dado la vuelta irremisiblemente a la contienda.
La realidad es tozuda: por cada soldado estadounidense que cayó combatiendo al fascismo, murieron decenas de soviéticos. Fueron Stalingrado y Kursk los que dictaron la sentencia de Hitler, no una misión de rescate con música de John Williams. Sin embargo, en la narrativa de Hollywood, la URSS es un actor de reparto o un villano en potencia, permitiendo que el espectador asuma que U.S Army liberó al mundo en solitario. Es la historia escrita por guionistas a sueldo. Un revisionismo histórico de hamburguesa y goma de mascar.
Vietnam: El narcisismo de la derrota
Si la Segunda Guerra Mundial fue el secuestro de la victoria, Vietnam fue la invención de una «victoria moral». Tras la huida caótica y desesperada de Saigón, Hollywood entró en una fase de negación psicótica.
La industria del celuloide era incapaz de digerir que la apisonadora bélica de los yankis tuviera que retirarse ante el empuje de un ejército de campesinos en alpargatas; una caricatura supremacista que los EEUU proyectan sistemáticamente sobre sus adversarios.
Aquí aparece la figura grotesca de Rambo. En la secuela de 1985, Sylvester Stallone pronuncia la frase que resume décadas de propaganda: «¿Esta vez nos dejarán ganar?». La premisa es tan audaz como falsa: el ejército más poderoso de la tierra no fue derrotado por un ejército de campesinos decididos en una selva impenetrable, sino por «políticos traidores» y «hippies» en Washington.
Rambo no es un soldado; es un superhombre de gimnasio que gana la guerra de Vietnam de forma retroactiva, masacrando a enemigos caricaturizados en una orgía de explosiones. Es el cine como terapia de grupo para un país herido en su orgullo, sustituyendo el análisis geopolítico por el músculo aceitado, la cinta en el pelo y un lenguaje propio del Homo antecessor.
El Siglo XXI: El fracaso disfrazado de «Dilema Moral»
En el nuevo milenio, con las debacles de Irak y Afganistán, la estrategia de Hollywood ha mutado. Ya no pueden vender una victoria total porque las banderas negras yihadistas o los talibanes volviendo a Kabul son demasiado recientes. A veces el Frankenstein se vuelve contra su creador. Entonces, recurren al «sufrimiento del invasor».
Películas como El francotirador (American Sniper, 2014) o la hagiografía de las fuerzas especiales en Tropa de héroes (12 Strong, 2018), utilizan una técnica perversa: desplazan el foco de la legalidad de la guerra o su éxito estratégico hacia la angustia psicológica del soldado. No importa que Irak fuera invadido bajo mentiras sobre armas de destrucción masiva, o que Afganistán terminara en un retorno al punto de partida tras veinte años; lo que importa es si el marine extraña a su familia o si sufre de estrés postraumático mientras aprieta el gatillo.
Es el intento de la «humanización de la maquinaria». Se nos pide empatía por el verdugo que se siente mal por ejecutar una orden en una guerra que su país está perdiendo. El cine de este siglo no intenta decirnos que ganaron la guerra, sino que fueron los «mejores» mientras la perdían.
El atajo de la mentira
La «mentira en Technicolor» es un atajo peligroso. Al transformar derrotas estratégicas en epopeyas sentimentales, Hollywood anestesia la capacidad crítica del público. El cine ha logrado que la retirada de Afganistán se olvide viendo una película sobre un rescate heroico de un solo traductor colaborador de la ocupación yanki (El Pacto 2023), y que la complejidad de la geopolítica se rinda ante un primer plano de una bandera ondeando al atardecer.
Mientras el Pentágono pierde las guerras en la realidad, los estudios de California intentan ganarlas en las salas de cine, pretendiendo que, aunque el imperio caiga, su película siempre tenga un final feliz.
El Pentágono como Productor Ejecutivo: La Oficina de Enlace
La convergencia entre Hollywood y el complejo militar-industrial no es una coincidencia ideológica, es un contrato de servicios. Existe la Film Liaison Office del Departamento de Defensa, una entidad cuya función es simple: si el guion «respeta» la imagen de las fuerzas armadas, el Pentágono cede portaaviones, cazas F-35, tanques y bases militares a un precio irrisorio.
Es un chantaje creativo institucionalizado. Si un director quiere rodar una crítica feroz sobre los crímenes de guerra en Irak, tendrá que pagar millones por efectos digitales. Si, en cambio, rueda una oda al heroísmo como Top Gun: Maverick (2022), el Estado le presta los juguetes de guerra. El resultado es una estética del poder que seduce al espectador; la tecnología militar se presenta como algo cool, limpio y necesario. Hollywood no sólo vende películas, vende reclutamiento. La pantalla funciona como el departamento de relaciones públicas de una maquinaria de guerra que necesita una validación cultural constante para justificar presupuestos de defensa billonarios mientras las infraestructuras del país se desmoronan.
El Ocaso en el Golfo: ¿Cómo filmar la derrota ante Irán?
La realidad geopolítica actual, con el eje de resistencia y el desafío de Irán, plantea un dilema existencial para la «fábrica de mentiras». La destrucción de bases estadounidenses en el Golfo Pérsico, las oleadas misilísticas sobre la Palestina ocupada y la pérdida del control del Estrecho de Ormuz son eventos que el Technicolor no puede maquillar fácilmente. ¿Cómo reaccionará el cine ante este ocaso?
El fin del «Final Feliz» americano
El cine de propaganda Hollywoodiense está entrando en su fase de decadencia, imitando al imperio que lo sustenta. Ya no convencen los héroes de mandíbula cuadrada que salvan al mundo en el último segundo. La «mentira en Technicolor» se agrieta porque el público global ya no solo consume cine, sino que ve la caída de las bases en tiempo real a través de su teléfono móvil.
Hollywood ha sido el anestésico de Occidente, pero ninguna película es lo suficientemente larga como para ocultar el amanecer de un mundo donde el sheriff ya no tiene balas, ni crédito, ni siquiera un guion creíble que ofrecer al más crédulo de los espectadores.
★ Artículo extraído de la revista CON-CIENCIA de Clase, nº 10, primavera 2026.
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01 mayo, 2026
Militarismo, caos y búsqueda de lucro — Michael Parenti
16 de enero de 2007
El siguiente ensayo es una introducción al libro de Gregory Elich, Extraños Liberadores.
La diferencia entre lo que los ciudadanos estadounidenses creen que sus gobernantes hacen en el mundo y lo que en realidad hacen supone uno de los mayores logros propagandísticos de la historia. Si creemos el relato de la Casa Blanca y a sus diversos portavoces, creeremos que Estados Unidos se ha visto empujado, a regañadientes, a intervenir en el escenario mundial forzado por los acontecimientos. Esta idea de reticencia es ampliamente difundida por los responsables políticos y sus aliados en los medios de comunicación. Se nos dice que ninguno de nuestros líderes quiso jamás involucrarse en tal o cual región, pero que existen fuerzas demoníacas cuyas acciones hacen necesaria la intervención estadounidense en todo el mundo.
Una y otra vez escuchamos que Estados Unidos es una superpotencia, la única superpotencia del mundo, y que, por lo tanto, debe abandonar su moderación y empezar a actuar como tal, asumiendo todas las responsabilidades y disfrutando de todas las prerrogativas de un coloso global. Con la creciente sensación de un poder militar global indiscutible, surge una intolerancia cada vez más acusada hacia quienes cuestionan el rumbo militarista de la política estadounidense. Junto a la creciente sensación de poder, surge una sensación aún mayor del derecho a ejercerlo. Oímos decir que, dado que disponemos de tan inmenso poder, estamos obligados a ejercerlo y todo el derecho a hacerlo como queramos; así que, más nos vale superar nuestras reticencias a hacerlo.
¿Reticencia? ¿Vacilación? Los hechos demuestran lo contrario. Desde la Segunda Guerra Mundial, los gobernantes estadounidenses han desempeñado un papel crucial en el derrocamiento de gobiernos democráticos reformistas y movimientos populares insurgentes en Guatemala, Guyana, Brasil, Chile, Uruguay, Siria, Irán, Indonesia, Grecia, Argentina, Haití, Egipto, Perú, Congo, Portugal, Nicaragua, Jamaica, Venezuela, Bolivia, Mozambique, Timor Oriental, las Islas Fiji, Granada, Panamá y otros países, con un costo total de millones de vidas. Todo esto es de dominio público, pero rara vez se menciona en el discurso dominante.
Desde la Segunda Guerra Mundial, las fuerzas estadounidenses han lanzado invasiones militares directas o ataques aéreos (o ambos) contra Vietnam, Laos, Camboya, Líbano, la República Dominicana, Corea del Norte, Granada, Panamá, Yugoslavia, Libia, Somalia e Irak. Las fuerzas estadounidenses bombardearon Camboya y Laos, y envenenaron el ecosistema de Vietnam con el Agente Naranja, mientras libraban una guerra que causó la muerte de dos millones de personas en ese país. Los gobernantes estadounidenses bombardearon Yugoslavia sin descanso durante 78 días, transformándola de una nación próspera en una devastada y empobrecida. Brindaron apoyo total a los sanguinarios Jemeres Rojos en su campaña de desgaste contra el gobierno socialista reformista de Camboya. Los gobernantes estadounidenses apoyaron plenamente la invasión iraquí de Irán, cuyo resultado fue la muerte de millones de personas. Posteriormente, impusieron doce años de sanciones que causaron la muerte de más de un cuarto de millón de iraquíes. Las fuerzas estadounidenses contaminaron gran parte de Yugoslavia e Irak con uranio empobrecido, hicieron inhabitables regiones enteras del campo colombiano con fumigaciones aéreas tóxicas y apoyaron escuadrones de la muerte y campañas de contrainsurgencia que causaron la muerte de cientos de miles de campesinos, trabajadores, estudiantes, clérigos y periodistas en numerosos países del Tercer Mundo.
Consideremos el intervencionismo perpetrado contra África. A través del Banco Mundial y el FMI, los gobernantes estadounidenses han devastado las economías nacionales africanas, incluyendo sus sectores de salud pública y educación. La mayoría de las naciones africanas se han hundido en una estructura de deuda que las deja a merced de los ávidos inversores occidentales. Los líderes estadounidenses han alimentado once guerras en el continente africano, cuyos resultados han sido la muerte de más de siete millones de personas, mientras que millones más se enfrentan al hambre y a una pobreza cada vez mayor. Washington ha proporcionado armas y entrenamiento militar a cincuenta países africanos, contribuyendo a que África se convierta en la región más devastada por la guerra del mundo. Cuanto más asoladas están las naciones africanas, más se ven obligadas a vender su mano de obra, sus abundantes reservas de petróleo y sus minerales estratégicos a precios irrisorios a los inversores occidentales.
Mientras tanto, la administración Bush planea gastar la asombrosa suma de 2 billones de dólares en el ejército durante los próximos años. La Casa Blanca ha instruido al Pentágono para que desarrolle planes de contingencia para el uso de armas nucleares tácticas contra Rusia, China y otros países, en caso de que la necesidad lo exija. Nos bombardean con escenarios apocalípticos sobre cómo China, o en otras ocasiones Corea del Norte, Irán e incluso Siria, se están convirtiendo en una amenaza para nuestra seguridad y supervivencia,.
¿Es toda esta agresividad militar un signo de fracaso o de éxito político? Según algunos críticos, muchos de ellos de izquierda, la política exterior estadounidense es reiteradamente torpe, apocada, excesivamente extensa, autoritaria, confusa, superada por circunstancias imprevistas, demasiado dependiente de soluciones militares, etc. Si hemos de creer a estos críticos, quienes detentan el poder no son muy inteligentes, desde luego no tanto como ellos. De hecho, en lo que respecta a presidentes como Ronald Reagan y George W. Bush, son retratados como francamente estúpidos.
Discrepo totalmente. Somos nosotros los que actuamos estúpidamente al creer que los estúpidos son nuestros enemigos: los reaccionarios promotores del capital financiero internacional, aquellos que cosechan triunfo tras triunfo mientras ejercen un poder a escala global. Si son tan ineptos y limitados, ¿cómo logran tener tanto éxito recreando y consolidando las condiciones de la hegemonía político-económica mientras engañan al pueblo estadounidense?
Desde hace tiempo sostengo —y este excelente libro de Gregory Elich lo demuestra de manera convincente— que la política exterior estadounidense no es confusa, ni está mal ejecutada, ni es estúpida, ni reticente, ni tímida, ni mal informada, ni negligente, ni erróneamente concebida (dados los intereses de las grandes corporaciones internacionales a los que, en realidad, sirven los gobernantes estadounidenses). Lo que Elich y otros sostenemos es que la política exterior estadounidense es extraordinariamente racional, coherente e impresionantemente eficaz. Apoya a aquellos líderes títeres que abren sus países a la penetración de las corporaciones transnacionales, que entregan sus tierras, recursos naturales, mano de obra y mercados más preciados a los gigantes inversores extranjeros en condiciones totalmente favorables para las grandes corporaciones. Los países que se integran dócilmente en el sistema global de libre mercado son aclamados como «prooccidentales» y «amigos de Estados Unidos».
Mientras tanto, aquellos países que intentan trazar un camino alternativo hacia el autodesarrollo, que intentan utilizar su territorio, mano de obra, capital, mercados y recursos naturales en beneficio de su propia población, son demonizados como "antiamericanos" y "antioccidentales". Y aquellos que intentan construir cualquier tipo de orden social igualitario son tachados de ser una amenaza para la libertad estadounidense y la supervivencia misma de la humanidad.
El objetivo primordial de la política estadounidense es hacer del mundo un lugar cada vez más seguro y rentable para las empresas Fortune 500 y el capital financiero internacional. Esto no es lo que escucha el público estadounidense. Lo que escuchamos es que, a lo largo de los años, nuestros líderes se han visto obligados a intervenir en otros países y regiones para contener el comunismo, combatir el terrorismo, defender la libertad y los derechos humanos, derrocar la tiranía, emprender operaciones humanitarias, prevenir el genocidio, salvar a naciones más débiles de la agresión, defender el derecho internacional y, en general, proteger los intereses globales de Estados Unidos (intereses que, por lo general, no se definen). De este modo, los gobernantes estadounidenses manipulan los temores de la población. Si bien predican los más altos principios, sirven a las formas más bajas de codicia y ansias de poder.
En las páginas siguientes, utilizando abundante evidencia histórica, análisis reveladores, investigación exhaustiva y testimonios directos, Gregory Elich aborda lo que los abogados denominan los "casos difíciles": Yugoslavia, Croacia, Zimbabue, Corea del Norte y ciertas cuestiones aún sin resolver sobre Irak, temas que han sido tergiversados por completo en los medios corporativos e incluso por comentaristas políticos y activistas que se autodenominan de izquierda. Nuestros críticos progresistas más prominentes suelen ir a lo seguro, combinando sus críticas a la política exterior estadounidense con comentarios negativos y extrañamente inapropiados sobre los males de la Unión Soviética (que desapareció hace quince años). Con una dedicación compulsiva al anticomunismo, denuncian las políticas estadounidenses como mal concebidas, desacertadas y "tan malas como cualquier cosa que Stalin pudiera haber hecho", etc. De esta manera, esperan reforzar su credibilidad.
De forma mucho más eficaz, Elich no pierde el tiempo en condescendencias hacia la ideología dominante. Por el contrario, se ciñe a los hechos terribles y las verdades evidentes que conforman la realidad subyacente del imperio global estadounidense. Vincula su estudio de los hechos, fruto de un profundo conocimiento, con los problemas más amplios de la política imperial de Estados Unidos, las cuestiones de la guerra y la paz, la crisis general que afronta el mundo entero y la propia ecología del planeta. De este modo, presta un valioso servicio a las personas de todo el espectro político.
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28 abril, 2026
¿Qué más "archivos" necesitamos?
No hace falta que desclasifiquen y publiquen documento o archivo secreto alguno para saber quienes son y de qué son capaces estos canallas parapetados tras los podridos muros del poder. No hacen falta mascaradas mediáticas de "transparencia" destinadas a convencernos de que allá arriba hay buenos y malos, y de que cuando los buenos releven a los malos todo estará resuelto. Las deportaciones masivas, la despiadada explotación laboral, la hiriente injusticia social, el creciente expolio que propicia la pobreza de la mayoría y el desorbitado enriquecimiento de unos pocos. Las atrocidades de la clase dirigente son obscenamente evidentes, basta abrir ojos y oídos. Genocidios, guerras, terror, asesinatos, tortura, expolio, racismo, explotación, abuso, mentiras y propaganda. Lo que la soldadesca del imperio perpetró en Abu Ghraib no es muy distinto de lo que se perpetra, con mayor lujo y privacidad, en los palacios de quienes arman y comandan a dicha soldadesca. Las atrocidades cometidas en Palestina y en Líbano por los miembros del genocida ejército de ocupación sionista, la descarada jactancia pública de sus crímenes y su impunidad, son fiel reflejo de la catadura moral de quienes les pagan, arman, ordenan y alientan al crimen. La destrucción de escuelas, hospitales, universidades, iglesias y refugios civiles, la deliberada matanza de niños y niñas, mujeres embarazadas, recién nacidos en incubadoras, médicos, personal sanitario, periodistas y toda persona que no pertenezca a su supremacista club privado, revela a las claras quienes están asaltando el mundo y cómo. La evidencia, como la sangre, se derrama ante nuestra mirada. ¿Qué más "archivos" necesitamos?
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15 abril, 2026
Que EEUU sea derrotado y el imperio se derrumbe — Caitlin Johnstone
"No combatiremos en otra guerra de los ricos"
Veteranos de Vietnam contra la guerra, Filadelfia, 1976.
Foto: Jim Ryan.
Caitlin's Newsletter – 14/04/2026
Espero que Estados Unidos e Israel sufran una derrota aplastante y devastadora en Irán. Espero que esta guerra haga colapsar todo el imperio estadounidense. Mi única lealtad es a la humanidad, y estar del lado de la humanidad en el mundo actual significa estar en contra del imperio estadounidense y de Israel.
Espero que el imperio caiga. Espero que el estado apartheid de Israel sea desmantelado. Espero que la humanidad sea capaz de arrebatar el control del mundo a los monstruos que lo gobiernan, para que juntos podamos construir un planeta sano y un futuro armonioso.
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Estados Unidos está imponiendo abiertamente un severo bloqueo de combustible a Cuba mientras se queja de que a nadie se le debería permitir bloquear las rutas marítimas. ¡Por Dios!
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Es importante impedir que le echen toda la culpa a Trump, del mismo modo que es importante no permitir que le echen la culpa de los crímenes de Israel a Netanyahu. Todo lo que estamos viendo en esta desastrosa guerra contra Irán es producto del conjunto de la estructura de poder que la originó, no de las insensatas decisiones de un único individuo.
Los belicistas del lodazal de Washington llevan décadas promoviendo la guerra contra Irán. Trump es simplemente el títere elegido por los oligarcas sionistas y los sanguinarios magnates para llevarla a cabo. Es el rostro visible de la operación, pero de no haber sido él, habría sido otro.
La locura belicista estadounidense no empezó con Trump, ni va a terminar con él. No dirijáis vuestra ira únicamente contra esos títeres efímeros que aparecen y desaparecen del escenario imperial mientras la maquinaria asesina estadounidense avanza implacablemente. Dirigirla contra el imperio mismo.
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11 abril, 2026
ROMPER RELACIONES YA CON EL ENTE CRIMINAL SIONISTA — Arrezafe
Cualquier persona mínimamente conocedora de su sangrienta historia, sabe que ese engendro colonial llamado "Israel" no es ni más ni menos que una herramienta militar forjada e impuesta por el imperialismo anglosajón con la tácita aquiescencia de los estados vasallos del "jardín europeo". En ningún lugar del mundo ha quedado tan dramática y obscenamente expuesta la agresiva política imperialista como en la Palestina ocupada, donde se han cometido todos los crímenes posibles contemplados por el derecho internacional: ocupación y usurpación ilegal del territorio y propiedades, desplazamiento masivo y expulsión de la población autóctona, limpieza étnica, apartheid, supremacismo, racismo, exterminio y genocidio. Todo ello perpetrado durante décadas mediante el imprescindible e incondicional apoyo de los Estados Unidos, el Reino Unido y el vergonzoso vasallaje de la obediente Unión Europea.
El infundado, ilegal e ilegitimo ataque de esa monstruosa entidad –a la que ya muchos denominan USrael– contra Irán y el Líbano, desplazando y masancrando a la población, y destruyendo la infraestructura civil –escuelas, hospitales, universidades, red eléctrica, etc.–, hace que en cualquier persona decente surja una acuciante, lógica y legítima pregunta: ¿Cómo es posible que naciones firmantes de la carta de las Naciones Unidas y que se proclaman defensoras de los derechos humanos aún mantengan relaciones diplomáticas, comerciales y militares con semejante entidad criminal? Es como si, sobre los escombros y las víctimas, el tribunal declarara inocente al agresor invitándole a proseguir con sus crímenes.
Romper relaciones y sancionar con toda la severidad posible a quienes han demostrado y demuestran ser enemigos de la paz y de la humanidad no es una opción, es la única ética y moralmente posible.
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10 abril, 2026
El Imperio de los Caníbales — Vuk Bačanović
El problema no esTrump, sino el sistema que lo engendró.
Savage Minds – 10/04/2026
Traducción del inglés: Arrezafe
Los expresidentes estadounidenses Bill Clinton, George W. Bush, Barack Obama, Donald Trump y Joe Biden (no aparece en la foto) en el funeral de Estado de su predecesor, Jimmy Carter, el 9 de enero de 2025. Foto: Chip Somodevilla
Una de las formas más extendidas de pereza intelectual —que aún se vende globalmente como señal de sofisticación moral— es la tendencia a atribuir los fallos de todo un sistema a un solo individuo. Eliminemos a ese individuo, desterrémoslo como a un demonio medieval, y la realidad, según nos dicen, se corregirá sola. El resultado es una especie de cuento de hadas político para adultos: hubo una vez un presidente feo, grosero y maleducado que lo arruinó todo. ¿Y el sistema? Sigue siendo fundamentalmente sólido; solo necesita un poco más de decoro, un lenguaje más cuidadoso y, tal vez, uno o dos Premios Nobel de la Paz más, entregados entre intencionadas crisis y la puesta en escena de guerras y genocidios.
Pero ¿y si en realidad no se trata de Trump?
El martes será el Día de la Central Eléctrica y el Día del Puente, ¡todo en uno!, en Irán. ¡No habrá nada igual! ¡Abran el maldito estrecho, malditos locos, o vivirán en el infierno! ¡Ya verán! Alabado sea Alá. Presidente DONALD J. TRUMP. (Publicación de Trump en Truth Social)
Ahí está: directo, contundente y completamente desprovisto de lenguaje diplomático. Ni un "estamos preocupados", ni un "pedimos moderación", ni referencias a la "comunidad internacional", ni mención alguna a la democratización. Solo un mensaje claro: abran el estrecho o aténganse a las consecuencias. Y, sin embargo, la reacción es de asombro: manos y voces se alzan con incredulidad: "¿Es esto posible? ¿Qué clase de hombre es este?".
En realidad, el problema comienza precisamente donde esta exclamación empieza a tener sentido.
Porque si bajamos el tono del drama moralizante y nos ponemos a razonar, lo que vemos no es nada nuevo, sino una traducción inusualmente cruda de una retórica política que lleva décadas vigente. La diferencia entre Trump y sus predecesores no radica en que haga algo fundamentalmente distinto, sino en que no simula hacer otra cosa. Otros lanzaban amenazas con una sonrisa ensayada y una fina capa de diplomacia; su estilo, el de Trump, se asemeja más al de Stojan —la figura paterna tosca y directa interpretada por Miki Manojlović en la película serbia Rane—, quien le dice a su vecina, interpretada por Jelisaveta Sabljić, que literalmente "defecará en Stradun" en "su Dubrovnik". En realidad, la esencia es la misma.
En ese sentido, es difícil ver en qué se diferencia esencialmente la crudeza de Trump de la de la exsecretaria de Estado estadounidense Hillary Clinton, su oponente en las elecciones de 2016, quien declaró:
"Quiero que los iraníes sepan que, si soy presidente, atacaremos a Irán. Independientemente de la etapa de desarrollo de su programa nuclear, si alguna vez consideraran un ataque contra Israel, seríamos capaces de aniquilarlos por completo".
Esto nos lleva a lo que John Bellamy Foster, un teórico marxista poco dado a explicaciones caricaturescas, ha articulado con notable precisión: la oligarquía en Estados Unidos no es una novedad que "llegó con Trump", ha sido una característica estructural desde hace mucho tiempo. Sólo después de la crisis de 2008 dejó de sentir la necesidad de disimular. La concentración de capital ha alcanzado un punto en el que ya no basta con que el capital simplemente influya en el Estado; debe gobernarlo directamente. Y una vez que lo hace, ¿por qué mantener la pretensión de que no lo hace?
Foster va más allá, señalando algo que suena casi distópico, pero que se basa completamente en la realidad: los sectores más poderosos del capital contemporáneo —especialmente las industrias de alta tecnología— dependen profundamente del gasto militar y de las tecnologías militares. Dicho claramente: sin guerra no hay ganancias; sin ganancias no hay crecimiento; sin crecimiento no hay sistema. Por lo tanto, la guerra no es un error ni una anomalía corregible. Es un modelo de negocio.
Aquí Michael Roberts ofrece una perspectiva complementaria. Su argumento es sorprendentemente simple: la tasa de ganancia tiende a disminuir. No porque los capitalistas se hayan vuelto repentinamente incompetentes, sino porque el propio sistema, a través de su desarrollo, socava la fuente misma de la ganancia: más máquinas, menos trabajo vivo y, por lo tanto, menos de lo que realmente genera plusvalía. Así, como cualquier sistema bajo presión, el capital comienza a buscar salidas: especulación, expansión, mayor presión sobre el trabajo e, inevitablemente, la consolidación de un Estado manifiestamente más autoritario.
Michael Roberts ve, precisamente aquí, la clave para comprender las cada vez más agresivas políticas imperiales: a medida que disminuyen las ganancias, también crece la necesidad de "apuntalarlas" desde fuera, mediante el control de los recursos, los mercados y, en última instancia, mediante la fuerza. Y, por supuesto, mediante la guerra. Porque, finalmente, no se trata de una cuestión de estilo o del temperamento de un político en particular, sino de balances económicos. Y los balances, como sabemos, carecen de moralidad; se mueven en disciplinadas y metódicas columnas, como tropas en un desfile.
En otras palabras, una vez que nos encontramos ante un sistema que depende económicamente de la guerra permanente y la normaliza políticamente, no es de extrañar que, en tiempos de crisis, empiece a producir figuras cada vez más oscuras y sanguinarias.
Un sistema que se nutre consumiendo sociedades, recursos, trabajo, verdad y, en última instancia, a los propios seres humanos, tarde o temprano exigirá políticos dispuestos a manifestar abiertamente esa lógica trumpiana. Y cuando las élites perciben que el suelo bajo sus pies se desmorona —que las ganancias ya no se acumulan con la misma facilidad que antes, que la sociedad está saturada de miedo, de inseguridad y de la misma rabia que ellas mismas han contribuido a generar—, resulta difícil ofrecer al público contables serenos y prudentes. No: en tales momentos, se abren las garras de la historia, y surgen falsos profetas, autoproclamados mesías, guardianes desquiciados de los "valores sagrados", exorcistas nacionales y toda una galería de figuras políticas que claman por Dios, sangre, tierra, destino y salvación; mientras, entre bastidores, las ganancias son contabilizadas exclusivamente por los funcionarios del imperio terrenal, y nunca por los del Reino Celestial. De hecho, tales figuras se encuentran entre sus primeras víctimas.
Un sistema caníbal exige caníbales.
En este punto, Marvin Harris —ese antropólogo incómodamente racional que tenía la costumbre de buscar explicaciones muy extrañas en cada "historia sagrada"— probablemente se encogería de hombros. Su lección era simple: la gente no cree en las cosas porque se haya vuelto loca, sino porque esas creencias cumplen una función en el mundo que habitan. Cuando las sociedades comienzan a desmoronarse, las ideologías se vuelven más oscuras, más agresivas, más absolutas. No porque el cielo haya decidido enviarnos fanáticos desquiciados, sino porque la tierra misma se ha vuelto insoportable.
El fanático, entonces, no es una falla en el sistema, sino su modus operandi. Su papel consiste en traducir los problemas reales a un lenguaje erróneo: reformular la explotación como "pecado", la economía como una pseudoteología apocalíptica, la dominación imperial como un "choque de civilizaciones". Así, en lugar de preguntarse quién les ha arrebatado los medios básicos de subsistencia, la gente empieza a discutir sobre quién es lo suficientemente puro, lo suficientemente fiel, lo suficientemente "uno de nosotros", y quién debe ser sacrificado para que todo siga igual.
¿Y el sistema? Funciona a la perfección.
Ahora bien, imaginen todo esto junto: una oligarquía que gobierna el Estado, una economía dependiente de la guerra, un sistema de lucro que exige nuevas víctimas, una política que engendra fanáticos extravagantes y los ofrece como soluciones, y que promete un regreso a "los buenos viejos tiempos". Es entonces cuando llega Trump y dice: abran el estrecho o prepárense para el infierno.
¿Qué hay de nuevo, exactamente?
Quizás solo esto: que ya no hay traducción posible al lenguaje de los decentes y empáticos, aquellos que se consolaban con la ilusión de que las cosas no terminarían como tan claramente están sucediendo ante los ojos del mundo entero.
Por eso, la verdadera pregunta no es: ¿cómo es posible que un presidente estadounidense hable así? La verdadera pregunta es: ¿cómo pudimos creer durante tanto tiempo que no lo hacía, sino que simplemente expresaba lo mismo con más sutileza, con mejor sintaxis y menos signos de exclamación?
Y, para concluir, como se ha de hacer tras décadas de autoengaño: todos ustedes que, en noviembre de 1989 —incluso por razones totalmente comprensibles— celebraron la caída del Muro de Berlín: esto es lo que estaban celebrando.
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