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29 agosto, 2026

Terrorismo de izquierda y Santa Inquisición ‘new age’ — Fernando Buen Abad

 


PIA – 27/08/2026


Cada ciclo del desarrollo imperial estadounidense fabrica vocabularios destinados a convertir conflictos históricos en anomalías rebeldes


Hoy, la expresión "terrorismo de izquierda", empleada como categoría política indiscriminada, participa de esa operación al fundir experiencias, procesos, tradiciones intelectuales y luchas sociales heterogéneas dentro de una misma "nueva" figura criminal.


Esa emboscada no persigue precisión conceptual. Aspira a cancelar la inteligibilidad del conflicto mediante una distorsión ideológica que sustituye el examen de las causas por la condena preventiva de cualquier impugnación al orden dominante.


Cuando un representante del poder estatal convierte esa fórmula en instrumento diplomático o jurídico, la controversia deja de pertenecer al terreno de las ideas para ingresar en un dispositivo de disciplinamiento belicista donde la sospecha precede a la evidencia y la obediencia adquiere rango de virtud cívica. La historia demuestra que toda inquisición comienza con una redefinición del lenguaje.


Aquella Santa Inquisición fue una institución creada por la Iglesia católica durante la Edad Media con el propósito de investigar y sancionar la herejía, entendida como cualquier creencia o práctica que se apartara de la doctrina oficial. Existieron diferentes tribunales inquisitoriales en varios países; los más conocidos fueron la Inquisición española, establecida en 1478, la portuguesa y la romana.


Para ello, los tribunales recibían denuncias, investigaban a los acusados y llevaban a cabo procesos judiciales. Se empleó la tortura como método de interrogatorio y las sanciones podían incluir penitencias, multas, confiscación de bienes, prisión e incluso la entrega del condenado a las autoridades civiles para la aplicación de la pena de muerte.


Toda palabra despojada de complejidad dialéctico-histórica reduce el horizonte del pensamiento y amplía la discrecionalidad del castigo. La acusación remplaza al argumento. El expediente desplaza a la investigación. La lealtad al imperio ocupa el lugar reservado al conocimiento. Bajo esa arquitectura, universidades, sindicatos, centros culturales, periodistas, científicos y organizaciones populares quedan sometidos a una vigilancia que transforma la discrepancia en amenaza existencial. El resultado consiste en una pedagogía del miedo cuya eficacia depende menos de la represión abierta que de la normalización cotidiana de la autocensura.


Marco Rubio ha recurrido con frecuencia a ese repertorio discursivo para presentar cualquier cuestionamiento estructural al capitalismo como expresión de radicalismo comunista amenazante. Puesta la mira contra México y contra Cuba especialmente. La estrategia responde a una lógica geopolítica que convierte diferencias económicas y demandas populares en problemas de seguridad nacional. Desaparece la explotación y el plus producto como categoría analítica. Desaparecen las relaciones sociales que producen desigualdad. Desaparecen las contradicciones entre capital y trabajo. Permanece únicamente un enemigo abstracto cuya existencia justificaría mecanismos extraordinarios de vigilancia, represión, sanción y exclusión. Aquello que debería discutirse mediante evidencia histórica termina administrado mediante categorías policiales.


Una operación semejante invierte el orden racional de la investigación social. Ninguna sociedad debería ser acosada cognitivamente mediante ideologías burguesas.


Las transformaciones históricas nacen de la lucha de clases y de los conflictos materiales en las relaciones verificables, de formas específicas de apropiación de la riqueza, de distribuciones desiguales del poder y de disputas permanentes por el control del trabajo humano. Negar esa dinámica equivale a borrar el fundamento mismo de su historia. Y la conciencia de clase emerge precisamente cuando los individuos reconocen que los intereses privados se infiltran como conciencia colectiva para la dominación y así descubren que el sufrimiento perenne posee raíces históricas.


La criminalización del pensamiento crítico intenta impedir ese reconocimiento.


Siempre que la pobreza aparece desconectada de la concentración de la riqueza, y que la precarización laboral se explica mediante fracasos individuales; siempre que la desigualdad adquiere apariencia de fenómeno natural, el conflicto estructural de clase se disfraza tras una narrativa moralizante. Las mayorías dejan de percibirse como sujetos históricos para contemplarse únicamente como administradoras aisladas de dificultades personales. La fragmentación constituye entonces una forma de gobierno mucho más eficiente que la coerción permanente.


Una tradición humanista crítica nos recuerda que ninguna libertad florece donde el miedo organiza el conocimiento. La investigación científica exige contraste de hipótesis, crítica sistemática, revisión permanente de evidencias y apertura intelectual.


Un poder que define de antemano las conclusiones aceptables degrada la ciencia hasta convertirla en protocolo burocrático. La cultura pierde capacidad creadora cuando la sospecha sustituye al diálogo. La filosofía renuncia a su función emancipadora cuando acepta fronteras impuestas por intereses ajenos a la búsqueda de la verdad. La universidad deja de formar ciudadanos capaces de comprender la complejidad histórica para producir administradores obedientes de consensos prefabricados. La experiencia histórica enseña igualmente que ninguna hegemonía permanece invulnerable.


Todo intento por clausurar el pensamiento crítico alimenta nuevas preguntas acerca del origen de las prohibiciones. La censura revela aquello que procura ocultar. Y tal persecución intelectual confirma la fragilidad de un orden incapaz de sostenerse mediante razones compartidas. El conflicto entre trabajo y capital reaparece entonces bajo formas renovadas porque pertenece a la organización material de la producción y no a la voluntad subjetiva de propagandistas o gobernantes.


Una defensa auténtica de la dignidad humana exige rechazar toda inquisición contemporánea, cualquiera que sea el vocabulario empleado para legitimarla. El pensamiento crítico constituye patrimonio universal porque permite reconocer vínculos entre experiencia individual y estructura histórica, entre sufrimiento cotidiano y organización económica, entre cultura y poder. Reducir esa capacidad a una etiqueta criminal como "terrorismo de izquierda" representa un ataque contra la inteligencia colectiva antes que contra una corriente política determinada. La emancipación intelectual comienza allí donde el lenguaje recupera precisión, la investigación recobra autonomía y la conciencia revolucionada descubre que la historia permanece abierta mientras existan mujeres y hombres dispuestos a comprenderla para transformarla.


Fernando Buen Abad Domínguez, Doctor en filosofía


Este artículo ha sido publicado en el portal cubadebate.cu


Foto de portada: Jim Watson, AFP



11 julio, 2026

C L A M O R

 


...las propuestas de paz de Trump significan, al igual que las de Hitler, la capitulación de la «otra parte», el eufemismo para designar al «enemigo irreconciliable». En lugar de una propuesta de paz, hay un ultimátum, la «paz fuerte» de la que habla Netanyahu en sus escritos, que no es más que la paz del más fuerte, la paz del fait accompli. Se trata, pues, de una paz violenta. Una paz horrible al servicio de una guerra horrible.


¿Por qué las dos cabezas de Hitler?


Si analizamos con atención los discursos y las prácticas políticas de Netanyahu y Trump, verificamos que los doce puntos de la ideología de Hitler están muy presentes. Pero están presentes de manera diferente y, sobre todo, con estilos diferentes, y esa diferencia no es casual. Pretende reforzar la eficacia de ambos. Mientras que Hitler se encargaba él solo (con Ribbentrop, Göring y otros) de proponer negociaciones de paz y de boicotearlas cuando le convenía, siempre con el objetivo de intensificar la guerra, hoy existe una división del trabajo entre dos “Hitlers”: el que propone negociaciones y planes de paz (Trump) y el que los boicotea e intensifica la guerra (Netanyahu).


Sólo por ingenuidad se puede pensar que no están compinchados o que, al menos, no existe entre ellos un pacto para aceptar todo lo que hace el otro siempre que sirva al objetivo común de destruir a los pueblos islámicos de Oriente Medio para controlar los recursos naturales y neutralizar a China. La tragedia (y la comedia) de nuestro tiempo es que se necesitan dos “Hitlers” para hacer un Hitler. Un Hitler de dos cabezas, el monstruo de nuestro tiempo".


Cita extraída de: Un Hitler de dos cabezas. Uno, el que propone negociaciones y planes de paz (Trump) y dos, el que los boicotea e intensifica la guerra (Netanyahu). 20 abril 2026, Boaventura De Sousa Santos. Economía y Política.



PAMPLONA






IRÁN - 10 de julio de 2026 - Acompañamos a Tadhg Hickey en este REPORTAJE (vídeo), en el que se une a millones de iraníes en la mayor manifestación fúneral de la historia, en la que los asistentes exigen venganza por el asesinato del Ayatolá Khamenei y su familia a manos de Estados Unidos e Israel.










11 junio, 2026

Grandes empresas tecnológicas, objetivo militar legítimo — Renán Vega Cantor

 



La Pluma – 09/06/2026


Irán, al atacar la sede de esas empresas, les quitó la máscara de instituciones pretendidamente civiles, y mostró a los ojos de millones de seres humanos, empezando por los habitantes del Golfo Pérsico, que gran parte de las investigaciones e innovaciones del mundo digital están directamente relacionadas con los intereses militares de EEUU e Israel. Irán se encargó de señalar que esas empresas son responsables del asesinato masivo de miles de personas en los lugares en donde opera el complejo militar-informático.


Se ha necesitado de la respuesta asimétrica de Irán a la agresión imperialista para comprobar que lo digital es un coloso con pies de barro.


La «era de la información» viene acompañada de sofismas que de tanto repetirse constituyen un nuevo sentido común, que gran parte de los seres humanos han interiorizado y consideran axiomas irrefutables. Algunos de esos sofismas han quedado hecho añicos por la guerra asimétrica de Irán contra los agresores del imperialismo [EEUU] y del sionismo [Israel].


El mundo virtual y digital había llegado acompañado de un aura de neutralidad y de servicio desinteresado a la humanidad, como clara expresión del fetichismo de la tecnología. Hoy, de la manera menos impensada, la guerra contra Irán ha trastocado algunas de las falacias del mundo digital.


Lo virtual existe al margen, y no depende, de lo material


Un punto de partida que justifica la «sociedad digital» sostiene que para el funcionamiento del capitalismo lo prioritario es la información (algo inmaterial) y cada vez tiene menos importancia lo material. Habríamos entrado en una nueva fase de la historia en donde los bienes naturales (minerales, agua, biodiversidad, bosques…) estarían siendo irreversiblemente sustituidos por la información, llegando a sostener que esta es más importante que el petróleo.


En marzo, Irán atacó la sede de datos de Amazon en Israel y en Bahréin y, en forma inmediata, se detuvo el funcionamiento de la nube en el territorio de esos países. Esto hecho demostró que lo virtual funciona con materia, energía y agua, sin cuyo elevado suministro la nube no puede operar. Ahí quedó en evidencia que la nube no es algo etéreo, sino que se aloja en grandes edificios y servidores, que son infraestructura física, construida con elementos vulgarmente materiales.


Eso significa que cualquier artefacto digital, un celular, por ejemplo, no puede funcionar sin grandes dosis de materia y energía, así eso no sea evidente de ninguna manera, porque cunde el sofisma que la electricidad es inmaterial como si además no procediera de infraestructura hecha de materiales que la generan.


Los conglomerados digitales hacen parte de la «sociedad civil»


De Silicon Valley surgió la falacia de que algunos empresarios innovadores con su esfuerzo individual, al margen del Estado y del poder militar, realizan invenciones en beneficio de toda la humanidad y lo hacen de manera desinteresada. Bill Gates, Steve Jobes, Jeff Bezos, Elon Musk y las empresas asociadas a ellos Microsoft, Google, Tesla, Amazon… se presentan como entidades civiles, vendiendo la idea que sus actividades no están relacionadas ni sirven a ciertos Estados ni al complejo militar del imperialismo y del sionismo.


Hace pocas semanas, Irán se encargó de desmontar ese prejuicio. Y lo hizo en respuesta a los brutales ataques de la coalición imperialista-sionista contra su población y sus dirigentes, en los cuales se utilizaron sistemas tecnológicos (entre los que sobresale la Inteligencia Artificial) que suministran los grandes conglomerados digitales. Irán los convirtió, algo que no había sucedido nunca, en un objetivo militar legítimo, al mismo nivel que las bases militares o los portaaviones.


Irán, al atacar la sede de esas empresas, les quitó la máscara de instituciones pretendidamente civiles, y mostró a los ojos de millones de seres humanos, empezando por los habitantes del Golfo Pérsico, que gran parte de las investigaciones e innovaciones del mundo digital están directamente relacionadas con los intereses militares de EEUU e Israel. Irán se encargó de señalar que esas empresas son responsables del asesinato masivo de miles de personas en los lugares en donde opera el complejo militar-informático.


Debe recordarse que las «bombas inteligentes», con las cuales EEUU masacró a 180 niñas de una escuela de Irán, fueron guiadas por sofisticados sistemas que fabrican las empresas informáticas y digitales. La Inteligencia Artificial (IA) y los algoritmos no funcionan solos, sino que responden a los intereses de quienes los programan, y estos son empresas tecnológicas que trabajan directamente para el complejo militar de EEUU e Israel.


Nada puede detener el irreversible avance digital


Irán y Yemen le han señalado al mundo que lo digital funciona por la existencia de una extensa red de comunicaciones de tipo material, siendo uno de sus principales soportes, la amplia red de cables submarinos que le dan la vuelta al planeta decena de veces. Sin esos cables, de fibra óptica, plástico y otros materiales, no sería posible el tráfico virtual e informativo en el mundo. Gran parte de esos cables atraviesan zonas críticas del mundo, como el estrecho de Ormuz en el Golfo Pérsico, y el estrecho de Bab el-Mandeb en el Mar Rojo. A través de esos cables circula la información que llega a Asía y Europa.




De tal forma que, si esos cables fueran cortados, y los yemeníes y la Guardia Revolucionaria de Irán han indicado que de ser necesario lo harán, de inmediato se detendría la economía, la sociedad y la cultura de masas de gran parte del mundo, las cuales son petrodependientes y consumen enormes cantidades de recursos materiales y energéticos.


Este recordatorio de Yemen e Irán pone de presente la fragilidad de la tan mentada sociedad digital. Con una simple acción, la de cortar unos cables que se encuentran a centenares de metros de profundidad en los océanos, entraría en crisis el tipo de sociedad que el capitalismo realmente existente ha construido en los últimos 35 años. Se paralizaría en amplias zonas todo lo que se ha erigido alrededor de internet, el sistema financiero, las comunicaciones de diversa índole (personales, institucionales, negocios), millones de móviles quedarían inservibles, bancos, hospitales, universidades dejarían de operar…


Esto ya lo habían advertido estudiosos y críticos del mundo digital, pero se ha necesitado de la respuesta asimétrica de Irán a la agresión imperialista para comprobar que lo digital es un coloso con pies de barro. Sí, unos pies de barro alimentados por grandes cantidades de materia y energías fósiles, cuya apropiación insaciable explica las guerras que libra el agonizante imperialismo estadounidense y sus proxis sionistas para mantener su insostenible modo de muerte.



20 mayo, 2026

El sheriff ya no tiene balas. El cine como última trinchera del imperio — Juan C. Puerta

 



El celuloide como morfina histórica


Hollywood no es una fábrica de sueños; es una lavandería de expedientes militares. Mientras que la historia se escribe con sangre, barro y derrotas logísticas, el cine estadounidense se encarga de planchar el uniforme, limpiar las medallas y, sobre todo, manipular el marcador final de la contienda. Es lo que podríamos definir como la «victoria post-mortem»: ganar en la pantalla lo que se perdió irremediablemente en la trinchera. La industria del entretenimiento ha perfeccionado el arte de la falsificación heroica, transformando retiradas humillantes en odiseas espirituales. Tras la derrota en Vietnam, surgió una necesidad cultural en EEUU de recuperar el mito del héroe invencible. El ejército era vapuleado, pero Rambo volvía para poner las cosas en su lugar.


1945: El secuestro de la victoria


El mito fundacional de la benevolencia armada estadounidense arranca con fuerza en la Segunda Guerra Mundial. Para el espectador medio de Netflix o de los clásicos de la tarde, la derrota del nazismo fue una coreografía que comenzó y terminó en las playas de Normandía.


Tomemos el ejemplo de Salvar al soldado Ryan (1998). Bajo el barniz del realismo visceral de Spielberg, se esconde un melodrama simplificador que reduce el conflicto más vasto de la humanidad a la búsqueda sentimental de un individuo. Mientras la cámara se regodea en el impacto de las balas en Omaha Beach, el guion omite convenientemente que, para junio de 1944, el espinazo de la Wehrmacht ya había sido quebrado en el frente oriental donde el Ejército Rojo le había dado la vuelta irremisiblemente a la contienda.


La realidad es tozuda: por cada soldado estadounidense que cayó combatiendo al fascismo, murieron decenas de soviéticos. Fueron Stalingrado y Kursk los que dictaron la sentencia de Hitler, no una misión de rescate con música de John Williams. Sin embargo, en la narrativa de Hollywood, la URSS es un actor de reparto o un villano en potencia, permitiendo que el espectador asuma que U.S Army liberó al mundo en solitario. Es la historia escrita por guionistas a sueldo. Un revisionismo histórico de hamburguesa y goma de mascar.



Vietnam: El narcisismo de la derrota


Si la Segunda Guerra Mundial fue el secuestro de la victoria, Vietnam fue la invención de una «victoria moral». Tras la huida caótica y desesperada de Saigón, Hollywood entró en una fase de negación psicótica.


La industria del celuloide era incapaz de digerir que la apisonadora bélica de los yankis tuviera que retirarse ante el empuje de un ejército de campesinos en alpargatas; una caricatura supremacista que los EEUU proyectan sistemáticamente sobre sus adversarios.


Aquí aparece la figura grotesca de Rambo. En la secuela de 1985, Sylvester Stallone pronuncia la frase que resume décadas de propaganda: «¿Esta vez nos dejarán ganar?». La premisa es tan audaz como falsa: el ejército más poderoso de la tierra no fue derrotado por un ejército de campesinos decididos en una selva impenetrable, sino por «políticos traidores» y «hippies» en Washington.


Rambo no es un soldado; es un superhombre de gimnasio que gana la guerra de Vietnam de forma retroactiva, masacrando a enemigos caricaturizados en una orgía de explosiones. Es el cine como terapia de grupo para un país herido en su orgullo, sustituyendo el análisis geopolítico por el músculo aceitado, la cinta en el pelo y un lenguaje propio del Homo antecessor.


El Siglo XXI: El fracaso disfrazado de «Dilema Moral»


En el nuevo milenio, con las debacles de Irak y Afganistán, la estrategia de Hollywood ha mutado. Ya no pueden vender una victoria total porque las banderas negras yihadistas o los talibanes volviendo a Kabul son demasiado recientes. A veces el Frankenstein se vuelve contra su creador. Entonces, recurren al «sufrimiento del invasor».


Películas como El francotirador (American Sniper, 2014) o la hagiografía de las fuerzas especiales en Tropa de héroes (12 Strong, 2018), utilizan una técnica perversa: desplazan el foco de la legalidad de la guerra o su éxito estratégico hacia la angustia psicológica del soldado. No importa que Irak fuera invadido bajo mentiras sobre armas de destrucción masiva, o que Afganistán terminara en un retorno al punto de partida tras veinte años; lo que importa es si el marine extraña a su familia o si sufre de estrés postraumático mientras aprieta el gatillo.


Es el intento de la «humanización de la maquinaria». Se nos pide empatía por el verdugo que se siente mal por ejecutar una orden en una guerra que su país está perdiendo. El cine de este siglo no intenta decirnos que ganaron la guerra, sino que fueron los «mejores» mientras la perdían.




El atajo de la mentira


La «mentira en Technicolor» es un atajo peligroso. Al transformar derrotas estratégicas en epopeyas sentimentales, Hollywood anestesia la capacidad crítica del público. El cine ha logrado que la retirada de Afganistán se olvide viendo una película sobre un rescate heroico de un solo traductor colaborador de la ocupación yanki (El Pacto 2023), y que la complejidad de la geopolítica se rinda ante un primer plano de una bandera ondeando al atardecer.


Mientras el Pentágono pierde las guerras en la realidad, los estudios de California intentan ganarlas en las salas de cine, pretendiendo que, aunque el imperio caiga, su película siempre tenga un final feliz.


El Pentágono como Productor Ejecutivo: La Oficina de Enlace


La convergencia entre Hollywood y el complejo militar-industrial no es una coincidencia ideológica, es un contrato de servicios. Existe la Film Liaison Office del Departamento de Defensa, una entidad cuya función es simple: si el guion «respeta» la imagen de las fuerzas armadas, el Pentágono cede portaaviones, cazas F-35, tanques y bases militares a un precio irrisorio.


Es un chantaje creativo institucionalizado. Si un director quiere rodar una crítica feroz sobre los crímenes de guerra en Irak, tendrá que pagar millones por efectos digitales. Si, en cambio, rueda una oda al heroísmo como Top Gun: Maverick (2022), el Estado le presta los juguetes de guerra. El resultado es una estética del poder que seduce al espectador; la tecnología militar se presenta como algo cool, limpio y necesario. Hollywood no sólo vende películas, vende reclutamiento. La pantalla funciona como el departamento de relaciones públicas de una maquinaria de guerra que necesita una validación cultural constante para justificar presupuestos de defensa billonarios mientras las infraestructuras del país se desmoronan.


El Ocaso en el Golfo: ¿Cómo filmar la derrota ante Irán?


La realidad geopolítica actual, con el eje de resistencia y el desafío de Irán, plantea un dilema existencial para la «fábrica de mentiras». La destrucción de bases estadounidenses en el Golfo Pérsico, las oleadas misilísticas sobre la Palestina ocupada y la pérdida del control del Estrecho de Ormuz son eventos que el Technicolor no puede maquillar fácilmente. ¿Cómo reaccionará el cine ante este ocaso?


El fin del «Final Feliz» americano


El cine de propaganda Hollywoodiense está entrando en su fase de decadencia, imitando al imperio que lo sustenta. Ya no convencen los héroes de mandíbula cuadrada que salvan al mundo en el último segundo. La «mentira en Technicolor» se agrieta porque el público global ya no solo consume cine, sino que ve la caída de las bases en tiempo real a través de su teléfono móvil.


Hollywood ha sido el anestésico de Occidente, pero ninguna película es lo suficientemente larga como para ocultar el amanecer de un mundo donde el sheriff ya no tiene balas, ni crédito, ni siquiera un guion creíble que ofrecer al más crédulo de los espectadores.


Artículo extraído de la revista CON-CIENCIA de Clase, nº 10, primavera 2026.


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01 mayo, 2026

Militarismo, caos y búsqueda de lucro — Michael Parenti

 

16 de enero de 2007


El siguiente ensayo es una introducción al libro de Gregory Elich, Extraños Liberadores.



La diferencia entre lo que los ciudadanos estadounidenses creen que sus gobernantes hacen en el mundo y lo que en realidad hacen supone uno de los mayores logros propagandísticos de la historia. Si creemos el relato de la Casa Blanca y a sus diversos portavoces, creeremos que Estados Unidos se ha visto empujado, a regañadientes, a intervenir en el escenario mundial forzado por los acontecimientos. Esta idea de reticencia es ampliamente difundida por los responsables políticos y sus aliados en los medios de comunicación. Se nos dice que ninguno de nuestros líderes quiso jamás involucrarse en tal o cual región, pero que existen fuerzas demoníacas cuyas acciones hacen necesaria la intervención estadounidense en todo el mundo.


Una y otra vez escuchamos que Estados Unidos es una superpotencia, la única superpotencia del mundo, y que, por lo tanto, debe abandonar su moderación y empezar a actuar como tal, asumiendo todas las responsabilidades y disfrutando de todas las prerrogativas de un coloso global. Con la creciente sensación de un poder militar global indiscutible, surge una intolerancia cada vez más acusada hacia quienes cuestionan el rumbo militarista de la política estadounidense. Junto a la creciente sensación de poder, surge una sensación aún mayor del derecho a ejercerlo. Oímos decir que, dado que disponemos de tan inmenso poder, estamos obligados a ejercerlo y todo el derecho a hacerlo como queramos; así que, más nos vale superar nuestras reticencias a hacerlo.


¿Reticencia? ¿Vacilación? Los hechos demuestran lo contrario. Desde la Segunda Guerra Mundial, los gobernantes estadounidenses han desempeñado un papel crucial en el derrocamiento de gobiernos democráticos reformistas y movimientos populares insurgentes en Guatemala, Guyana, Brasil, Chile, Uruguay, Siria, Irán, Indonesia, Grecia, Argentina, Haití, Egipto, Perú, Congo, Portugal, Nicaragua, Jamaica, Venezuela, Bolivia, Mozambique, Timor Oriental, las Islas Fiji, Granada, Panamá y otros países, con un costo total de millones de vidas. Todo esto es de dominio público, pero rara vez se menciona en el discurso dominante.


Desde la Segunda Guerra Mundial, las fuerzas estadounidenses han lanzado invasiones militares directas o ataques aéreos (o ambos) contra Vietnam, Laos, Camboya, Líbano, la República Dominicana, Corea del Norte, Granada, Panamá, Yugoslavia, Libia, Somalia e Irak. Las fuerzas estadounidenses bombardearon Camboya y Laos, y envenenaron el ecosistema de Vietnam con el Agente Naranja, mientras libraban una guerra que causó la muerte de dos millones de personas en ese país. Los gobernantes estadounidenses bombardearon Yugoslavia sin descanso durante 78 días, transformándola de una nación próspera en una devastada y empobrecida. Brindaron apoyo total a los sanguinarios Jemeres Rojos en su campaña de desgaste contra el gobierno socialista reformista de Camboya. Los gobernantes estadounidenses apoyaron plenamente la invasión iraquí de Irán, cuyo resultado fue la muerte de millones de personas. Posteriormente, impusieron doce años de sanciones que causaron la muerte de más de un cuarto de millón de iraquíes. Las fuerzas estadounidenses contaminaron gran parte de Yugoslavia e Irak con uranio empobrecido, hicieron inhabitables regiones enteras del campo colombiano con fumigaciones aéreas tóxicas y apoyaron escuadrones de la muerte y campañas de contrainsurgencia que causaron la muerte de cientos de miles de campesinos, trabajadores, estudiantes, clérigos y periodistas en numerosos países del Tercer Mundo.


Consideremos el intervencionismo perpetrado contra África. A través del Banco Mundial y el FMI, los gobernantes estadounidenses han devastado las economías nacionales africanas, incluyendo sus sectores de salud pública y educación. La mayoría de las naciones africanas se han hundido en una estructura de deuda que las deja a merced de los ávidos inversores occidentales. Los líderes estadounidenses han alimentado once guerras en el continente africano, cuyos resultados han sido la muerte de más de siete millones de personas, mientras que millones más se enfrentan al hambre y a una pobreza cada vez mayor. Washington ha proporcionado armas y entrenamiento militar a cincuenta países africanos, contribuyendo a que África se convierta en la región más devastada por la guerra del mundo. Cuanto más asoladas están las naciones africanas, más se ven obligadas a vender su mano de obra, sus abundantes reservas de petróleo y sus minerales estratégicos a precios irrisorios a los inversores occidentales.


Mientras tanto, la administración Bush planea gastar la asombrosa suma de 2 billones de dólares en el ejército durante los próximos años. La Casa Blanca ha instruido al Pentágono para que desarrolle planes de contingencia para el uso de armas nucleares tácticas contra Rusia, China y otros países, en caso de que la necesidad lo exija. Nos bombardean con escenarios apocalípticos sobre cómo China, o en otras ocasiones Corea del Norte, Irán e incluso Siria, se están convirtiendo en una amenaza para nuestra seguridad y supervivencia,.


¿Es toda esta agresividad militar un signo de fracaso o de éxito político? Según algunos críticos, muchos de ellos de izquierda, la política exterior estadounidense es reiteradamente torpe, apocada, excesivamente extensa, autoritaria, confusa, superada por circunstancias imprevistas, demasiado dependiente de soluciones militares, etc. Si hemos de creer a estos críticos, quienes detentan el poder no son muy inteligentes, desde luego no tanto como ellos. De hecho, en lo que respecta a presidentes como Ronald Reagan y George W. Bush, son retratados como francamente estúpidos.


Discrepo totalmente. Somos nosotros los que actuamos estúpidamente al creer que los estúpidos son nuestros enemigos: los reaccionarios promotores del capital financiero internacional, aquellos que cosechan triunfo tras triunfo mientras ejercen un poder a escala global. Si son tan ineptos y limitados, ¿cómo logran tener tanto éxito recreando y consolidando las condiciones de la hegemonía político-económica mientras engañan al pueblo estadounidense?


Desde hace tiempo sostengo —y este excelente libro de Gregory Elich lo demuestra de manera convincente— que la política exterior estadounidense no es confusa, ni está mal ejecutada, ni es estúpida, ni reticente, ni tímida, ni mal informada, ni negligente, ni erróneamente concebida (dados los intereses de las grandes corporaciones internacionales a los que, en realidad, sirven los gobernantes estadounidenses). Lo que Elich y otros sostenemos es que la política exterior estadounidense es extraordinariamente racional, coherente e impresionantemente eficaz. Apoya a aquellos líderes títeres que abren sus países a la penetración de las corporaciones transnacionales, que entregan sus tierras, recursos naturales, mano de obra y mercados más preciados a los gigantes inversores extranjeros en condiciones totalmente favorables para las grandes corporaciones. Los países que se integran dócilmente en el sistema global de libre mercado son aclamados como «prooccidentales» y «amigos de Estados Unidos».


Mientras tanto, aquellos países que intentan trazar un camino alternativo hacia el autodesarrollo, que intentan utilizar su territorio, mano de obra, capital, mercados y recursos naturales en beneficio de su propia población, son demonizados como "antiamericanos" y "antioccidentales". Y aquellos que intentan construir cualquier tipo de orden social igualitario son tachados de ser una amenaza para la libertad estadounidense y la supervivencia misma de la humanidad.


El objetivo primordial de la política estadounidense es hacer del mundo un lugar cada vez más seguro y rentable para las empresas Fortune 500 y el capital financiero internacional. Esto no es lo que escucha el público estadounidense. Lo que escuchamos es que, a lo largo de los años, nuestros líderes se han visto obligados a intervenir en otros países y regiones para contener el comunismo, combatir el terrorismo, defender la libertad y los derechos humanos, derrocar la tiranía, emprender operaciones humanitarias, prevenir el genocidio, salvar a naciones más débiles de la agresión, defender el derecho internacional y, en general, proteger los intereses globales de Estados Unidos (intereses que, por lo general, no se definen). De este modo, los gobernantes estadounidenses manipulan los temores de la población. Si bien predican los más altos principios, sirven a las formas más bajas de codicia y ansias de poder.


En las páginas siguientes, utilizando abundante evidencia histórica, análisis reveladores, investigación exhaustiva y testimonios directos, Gregory Elich aborda lo que los abogados denominan los "casos difíciles": Yugoslavia, Croacia, Zimbabue, Corea del Norte y ciertas cuestiones aún sin resolver sobre Irak, temas que han sido tergiversados por completo en los medios corporativos e incluso por comentaristas políticos y activistas que se autodenominan de izquierda. Nuestros críticos progresistas más prominentes suelen ir a lo seguro, combinando sus críticas a la política exterior estadounidense con comentarios negativos y extrañamente inapropiados sobre los males de la Unión Soviética (que desapareció hace quince años). Con una dedicación compulsiva al anticomunismo, denuncian las políticas estadounidenses como mal concebidas, desacertadas y "tan malas como cualquier cosa que Stalin pudiera haber hecho", etc. De esta manera, esperan reforzar su credibilidad.


De forma mucho más eficaz, Elich no pierde el tiempo en condescendencias hacia la ideología dominante. Por el contrario, se ciñe a los hechos terribles y las verdades evidentes que conforman la realidad subyacente del imperio global estadounidense. Vincula su estudio de los hechos, fruto de un profundo conocimiento, con los problemas más amplios de la política imperial de Estados Unidos, las cuestiones de la guerra y la paz, la crisis general que afronta el mundo entero y la propia ecología del planeta. De este modo, presta un valioso servicio a las personas de todo el espectro político.