16 de enero de 2007
El siguiente ensayo es una introducción al libro de Gregory Elich, Extraños Liberadores.
La diferencia entre lo que los ciudadanos estadounidenses creen que sus gobernantes hacen en el mundo y lo que en realidad hacen supone uno de los mayores logros propagandísticos de la historia. Si creemos el relato de la Casa Blanca y a sus diversos portavoces, creeremos que Estados Unidos se ha visto empujado, a regañadientes, a intervenir en el escenario mundial forzado por los acontecimientos. Esta idea de reticencia es ampliamente difundida por los responsables políticos y sus aliados en los medios de comunicación. Se nos dice que ninguno de nuestros líderes quiso jamás involucrarse en tal o cual región, pero que existen fuerzas demoníacas cuyas acciones hacen necesaria la intervención estadounidense en todo el mundo.
Una y otra vez escuchamos que Estados Unidos es una superpotencia, la única superpotencia del mundo, y que, por lo tanto, debe abandonar su moderación y empezar a actuar como tal, asumiendo todas las responsabilidades y disfrutando de todas las prerrogativas de un coloso global. Con la creciente sensación de un poder militar global indiscutible, surge una intolerancia cada vez más acusada hacia quienes cuestionan el rumbo militarista de la política estadounidense. Junto a la creciente sensación de poder, surge una sensación aún mayor del derecho a ejercerlo. Oímos decir que, dado que disponemos de tan inmenso poder, estamos obligados a ejercerlo y todo el derecho a hacerlo como queramos; así que, más nos vale superar nuestras reticencias a hacerlo.
¿Reticencia? ¿Vacilación? Los hechos demuestran lo contrario. Desde la Segunda Guerra Mundial, los gobernantes estadounidenses han desempeñado un papel crucial en el derrocamiento de gobiernos democráticos reformistas y movimientos populares insurgentes en Guatemala, Guyana, Brasil, Chile, Uruguay, Siria, Irán, Indonesia, Grecia, Argentina, Haití, Egipto, Perú, Congo, Portugal, Nicaragua, Jamaica, Venezuela, Bolivia, Mozambique, Timor Oriental, las Islas Fiji, Granada, Panamá y otros países, con un costo total de millones de vidas. Todo esto es de dominio público, pero rara vez se menciona en el discurso dominante.
Desde la Segunda Guerra Mundial, las fuerzas estadounidenses han lanzado invasiones militares directas o ataques aéreos (o ambos) contra Vietnam, Laos, Camboya, Líbano, la República Dominicana, Corea del Norte, Granada, Panamá, Yugoslavia, Libia, Somalia e Irak. Las fuerzas estadounidenses bombardearon Camboya y Laos, y envenenaron el ecosistema de Vietnam con el Agente Naranja, mientras libraban una guerra que causó la muerte de dos millones de personas en ese país. Los gobernantes estadounidenses bombardearon Yugoslavia sin descanso durante 78 días, transformándola de una nación próspera en una devastada y empobrecida. Brindaron apoyo total a los sanguinarios Jemeres Rojos en su campaña de desgaste contra el gobierno socialista reformista de Camboya. Los gobernantes estadounidenses apoyaron plenamente la invasión iraquí de Irán, cuyo resultado fue la muerte de millones de personas. Posteriormente, impusieron doce años de sanciones que causaron la muerte de más de un cuarto de millón de iraquíes. Las fuerzas estadounidenses contaminaron gran parte de Yugoslavia e Irak con uranio empobrecido, hicieron inhabitables regiones enteras del campo colombiano con fumigaciones aéreas tóxicas y apoyaron escuadrones de la muerte y campañas de contrainsurgencia que causaron la muerte de cientos de miles de campesinos, trabajadores, estudiantes, clérigos y periodistas en numerosos países del Tercer Mundo.
Consideremos el intervencionismo perpetrado contra África. A través del Banco Mundial y el FMI, los gobernantes estadounidenses han devastado las economías nacionales africanas, incluyendo sus sectores de salud pública y educación. La mayoría de las naciones africanas se han hundido en una estructura de deuda que las deja a merced de los ávidos inversores occidentales. Los líderes estadounidenses han alimentado once guerras en el continente africano, cuyos resultados han sido la muerte de más de siete millones de personas, mientras que millones más se enfrentan al hambre y a una pobreza cada vez mayor. Washington ha proporcionado armas y entrenamiento militar a cincuenta países africanos, contribuyendo a que África se convierta en la región más devastada por la guerra del mundo. Cuanto más asoladas están las naciones africanas, más se ven obligadas a vender su mano de obra, sus abundantes reservas de petróleo y sus minerales estratégicos a precios irrisorios a los inversores occidentales.
Mientras tanto, la administración Bush planea gastar la asombrosa suma de 2 billones de dólares en el ejército durante los próximos años. La Casa Blanca ha instruido al Pentágono para que desarrolle planes de contingencia para el uso de armas nucleares tácticas contra Rusia, China y otros países, en caso de que la necesidad lo exija. Nos bombardean con escenarios apocalípticos sobre cómo China, o en otras ocasiones Corea del Norte, Irán e incluso Siria, se están convirtiendo en una amenaza para nuestra seguridad y supervivencia,.
¿Es toda esta agresividad militar un signo de fracaso o de éxito político? Según algunos críticos, muchos de ellos de izquierda, la política exterior estadounidense es reiteradamente torpe, apocada, excesivamente extensa, autoritaria, confusa, superada por circunstancias imprevistas, demasiado dependiente de soluciones militares, etc. Si hemos de creer a estos críticos, quienes detentan el poder no son muy inteligentes, desde luego no tanto como ellos. De hecho, en lo que respecta a presidentes como Ronald Reagan y George W. Bush, son retratados como francamente estúpidos.
Discrepo totalmente. Somos nosotros los que actuamos estúpidamente al creer que los estúpidos son nuestros enemigos: los reaccionarios promotores del capital financiero internacional, aquellos que cosechan triunfo tras triunfo mientras ejercen un poder a escala global. Si son tan ineptos y limitados, ¿cómo logran tener tanto éxito recreando y consolidando las condiciones de la hegemonía político-económica mientras engañan al pueblo estadounidense?
Desde hace tiempo sostengo —y este excelente libro de Gregory Elich lo demuestra de manera convincente— que la política exterior estadounidense no es confusa, ni está mal ejecutada, ni es estúpida, ni reticente, ni tímida, ni mal informada, ni negligente, ni erróneamente concebida (dados los intereses de las grandes corporaciones internacionales a los que, en realidad, sirven los gobernantes estadounidenses). Lo que Elich y otros sostenemos es que la política exterior estadounidense es extraordinariamente racional, coherente e impresionantemente eficaz. Apoya a aquellos líderes títeres que abren sus países a la penetración de las corporaciones transnacionales, que entregan sus tierras, recursos naturales, mano de obra y mercados más preciados a los gigantes inversores extranjeros en condiciones totalmente favorables para las grandes corporaciones. Los países que se integran dócilmente en el sistema global de libre mercado son aclamados como «prooccidentales» y «amigos de Estados Unidos».
Mientras tanto, aquellos países que intentan trazar un camino alternativo hacia el autodesarrollo, que intentan utilizar su territorio, mano de obra, capital, mercados y recursos naturales en beneficio de su propia población, son demonizados como "antiamericanos" y "antioccidentales". Y aquellos que intentan construir cualquier tipo de orden social igualitario son tachados de ser una amenaza para la libertad estadounidense y la supervivencia misma de la humanidad.
El objetivo primordial de la política estadounidense es hacer del mundo un lugar cada vez más seguro y rentable para las empresas Fortune 500 y el capital financiero internacional. Esto no es lo que escucha el público estadounidense. Lo que escuchamos es que, a lo largo de los años, nuestros líderes se han visto obligados a intervenir en otros países y regiones para contener el comunismo, combatir el terrorismo, defender la libertad y los derechos humanos, derrocar la tiranía, emprender operaciones humanitarias, prevenir el genocidio, salvar a naciones más débiles de la agresión, defender el derecho internacional y, en general, proteger los intereses globales de Estados Unidos (intereses que, por lo general, no se definen). De este modo, los gobernantes estadounidenses manipulan los temores de la población. Si bien predican los más altos principios, sirven a las formas más bajas de codicia y ansias de poder.
En las páginas siguientes, utilizando abundante evidencia histórica, análisis reveladores, investigación exhaustiva y testimonios directos, Gregory Elich aborda lo que los abogados denominan los "casos difíciles": Yugoslavia, Croacia, Zimbabue, Corea del Norte y ciertas cuestiones aún sin resolver sobre Irak, temas que han sido tergiversados por completo en los medios corporativos e incluso por comentaristas políticos y activistas que se autodenominan de izquierda. Nuestros críticos progresistas más prominentes suelen ir a lo seguro, combinando sus críticas a la política exterior estadounidense con comentarios negativos y extrañamente inapropiados sobre los males de la Unión Soviética (que desapareció hace quince años). Con una dedicación compulsiva al anticomunismo, denuncian las políticas estadounidenses como mal concebidas, desacertadas y "tan malas como cualquier cosa que Stalin pudiera haber hecho", etc. De esta manera, esperan reforzar su credibilidad.
De forma mucho más eficaz, Elich no pierde el tiempo en condescendencias hacia la ideología dominante. Por el contrario, se ciñe a los hechos terribles y las verdades evidentes que conforman la realidad subyacente del imperio global estadounidense. Vincula su estudio de los hechos, fruto de un profundo conocimiento, con los problemas más amplios de la política imperial de Estados Unidos, las cuestiones de la guerra y la paz, la crisis general que afronta el mundo entero y la propia ecología del planeta. De este modo, presta un valioso servicio a las personas de todo el espectro político.
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