El problema no
esTrump, sino el sistema que lo engendró.
Savage
Minds – 10/04/2026
Traducción del inglés:
Arrezafe
Los expresidentes
estadounidenses Bill Clinton, George W. Bush, Barack Obama, Donald
Trump y Joe Biden (no aparece en la foto) en el funeral de Estado de
su predecesor, Jimmy Carter, el 9 de enero de 2025. Foto: Chip
Somodevilla
Una de las formas más
extendidas de pereza intelectual —que aún se vende globalmente
como señal de sofisticación moral— es la tendencia a atribuir los
fallos de todo un sistema a un solo individuo. Eliminemos a ese
individuo, desterrémoslo como a un demonio medieval, y la realidad,
según nos dicen, se corregirá sola. El resultado es una especie de
cuento de hadas político para adultos: hubo una vez un presidente
feo, grosero y maleducado que lo arruinó todo. ¿Y el sistema? Sigue
siendo fundamentalmente sólido; solo necesita un poco más de
decoro, un lenguaje más cuidadoso y, tal vez, uno o dos Premios
Nobel de la Paz más, entregados entre intencionadas crisis y la
puesta en escena de guerras y genocidios.
Pero ¿y si en realidad
no se trata de Trump?
El martes será el Día
de la Central Eléctrica y el Día del Puente, ¡todo en uno!, en
Irán. ¡No habrá nada igual! ¡Abran el maldito estrecho, malditos
locos, o vivirán en el infierno! ¡Ya verán! Alabado sea Alá.
Presidente DONALD J. TRUMP. (Publicación de Trump en Truth
Social)
Ahí está: directo,
contundente y completamente desprovisto de lenguaje diplomático. Ni
un "estamos preocupados", ni un "pedimos moderación",
ni referencias a la "comunidad internacional", ni mención
alguna a la democratización. Solo un mensaje claro: abran el
estrecho o aténganse a las consecuencias. Y, sin embargo, la
reacción es de asombro: manos y voces se alzan con incredulidad:
"¿Es esto posible? ¿Qué clase de hombre es este?".
En realidad, el problema
comienza precisamente donde esta exclamación empieza a tener sentido.
Porque si bajamos el tono
del drama moralizante y nos ponemos a razonar, lo que vemos no es
nada nuevo, sino una traducción inusualmente cruda de una retórica
política que lleva décadas vigente. La diferencia entre Trump y sus
predecesores no radica en que haga algo fundamentalmente distinto,
sino en que no simula hacer otra cosa. Otros lanzaban amenazas con
una sonrisa ensayada y una fina capa de diplomacia; su estilo, el de
Trump, se asemeja más al de Stojan —la figura paterna tosca y
directa interpretada por Miki Manojlović en la película serbia
Rane—, quien le dice a su vecina, interpretada por Jelisaveta
Sabljić, que literalmente "defecará en Stradun" en "su
Dubrovnik". En realidad, la esencia es la misma.
En ese sentido, es
difícil ver en qué se diferencia esencialmente la crudeza de Trump
de la de la exsecretaria de Estado estadounidense Hillary Clinton, su
oponente en las elecciones de 2016, quien declaró:
"Quiero que los
iraníes sepan que, si soy presidente, atacaremos a Irán.
Independientemente de la etapa de desarrollo de su programa nuclear,
si alguna vez consideraran un ataque contra Israel, seríamos capaces
de aniquilarlos por completo".
Esto nos lleva a lo que
John Bellamy Foster, un teórico marxista poco dado a explicaciones
caricaturescas, ha articulado con notable precisión: la oligarquía
en Estados Unidos no es una novedad que "llegó con Trump",
ha sido una característica estructural desde hace mucho tiempo. Sólo
después de la crisis de 2008 dejó de sentir la necesidad de
disimular. La concentración de capital ha alcanzado un punto en el
que ya no basta con que el capital simplemente influya en el Estado;
debe gobernarlo directamente. Y una vez que lo hace, ¿por qué
mantener la pretensión de que no lo hace?
Foster va más allá,
señalando algo que suena casi distópico, pero que se basa
completamente en la realidad: los sectores más poderosos del capital
contemporáneo —especialmente las industrias de alta tecnología—
dependen profundamente del gasto militar y de las tecnologías
militares. Dicho claramente: sin guerra no hay ganancias; sin
ganancias no hay crecimiento; sin crecimiento no hay sistema. Por lo
tanto, la guerra no es un error ni una anomalía corregible. Es un
modelo de negocio.
Aquí Michael Roberts
ofrece una perspectiva complementaria. Su argumento es
sorprendentemente simple: la tasa de ganancia tiende a disminuir. No
porque los capitalistas se hayan vuelto repentinamente incompetentes,
sino porque el propio sistema, a través de su desarrollo, socava la
fuente misma de la ganancia: más máquinas, menos trabajo vivo y,
por lo tanto, menos de lo que realmente genera plusvalía. Así, como
cualquier sistema bajo presión, el capital comienza a buscar
salidas: especulación, expansión, mayor presión sobre el trabajo
e, inevitablemente, la consolidación de un Estado manifiestamente
más autoritario.
Michael Roberts ve,
precisamente aquí, la clave para comprender las cada vez más
agresivas políticas imperiales: a medida que disminuyen las
ganancias, también crece la necesidad de "apuntalarlas"
desde fuera, mediante el control de los recursos, los mercados y, en
última instancia, mediante la fuerza. Y, por supuesto, mediante la
guerra. Porque, finalmente, no se trata de una cuestión de estilo o
del temperamento de un político en particular, sino de balances
económicos. Y los balances, como sabemos, carecen de moralidad; se
mueven en disciplinadas y metódicas columnas, como tropas en un
desfile.
En otras palabras, una
vez que nos encontramos ante un sistema que depende económicamente
de la guerra permanente y la normaliza políticamente, no es de
extrañar que, en tiempos de crisis, empiece a producir figuras cada
vez más oscuras y sanguinarias.
Un sistema que se nutre
consumiendo sociedades, recursos, trabajo, verdad y, en última
instancia, a los propios seres humanos, tarde o temprano exigirá
políticos dispuestos a manifestar abiertamente esa lógica
trumpiana. Y cuando las élites perciben que el suelo bajo sus pies
se desmorona —que las ganancias ya no se acumulan con la misma
facilidad que antes, que la sociedad está saturada de miedo, de
inseguridad y de la misma rabia que ellas mismas han contribuido a
generar—, resulta difícil ofrecer al público contables serenos y
prudentes. No: en tales momentos, se abren las garras de la historia,
y surgen falsos profetas, autoproclamados mesías, guardianes
desquiciados de los "valores sagrados", exorcistas
nacionales y toda una galería de figuras políticas que claman por
Dios, sangre, tierra, destino y salvación; mientras, entre
bastidores, las ganancias son contabilizadas exclusivamente por los
funcionarios del imperio terrenal, y nunca por los del Reino
Celestial. De hecho, tales figuras se encuentran entre sus primeras
víctimas.
Un sistema caníbal
exige caníbales.
En este punto, Marvin
Harris —ese antropólogo incómodamente racional que tenía la
costumbre de buscar explicaciones muy extrañas en cada "historia
sagrada"— probablemente se encogería de hombros. Su lección
era simple: la gente no cree en las cosas porque se haya vuelto loca,
sino porque esas creencias cumplen una función en el mundo que
habitan. Cuando las sociedades comienzan a desmoronarse, las
ideologías se vuelven más oscuras, más agresivas, más absolutas.
No porque el cielo haya decidido enviarnos fanáticos desquiciados,
sino porque la tierra misma se ha vuelto insoportable.
El fanático, entonces,
no es una falla en el sistema, sino su modus operandi. Su
papel consiste en traducir los problemas reales a un lenguaje
erróneo: reformular la explotación como "pecado", la
economía como una pseudoteología apocalíptica, la dominación
imperial como un "choque de civilizaciones". Así, en lugar
de preguntarse quién les ha arrebatado los medios básicos de
subsistencia, la gente empieza a discutir sobre quién es lo
suficientemente puro, lo suficientemente fiel, lo suficientemente
"uno de nosotros", y quién debe ser sacrificado para que
todo siga igual.
¿Y el sistema?
Funciona a la perfección.
Ahora bien, imaginen todo
esto junto: una oligarquía que gobierna el Estado, una economía
dependiente de la guerra, un sistema de lucro que exige nuevas
víctimas, una política que engendra fanáticos extravagantes y los
ofrece como soluciones, y que promete un regreso a "los buenos
viejos tiempos". Es entonces cuando llega Trump y dice: abran el
estrecho o prepárense para el infierno.
¿Qué hay de nuevo,
exactamente?
Quizás solo esto: que ya
no hay traducción posible al lenguaje de los decentes y empáticos,
aquellos que se consolaban con la ilusión de que las cosas no
terminarían como tan claramente están sucediendo ante los ojos del
mundo entero.
Por eso, la verdadera
pregunta no es: ¿cómo es posible que un presidente estadounidense
hable así? La verdadera pregunta es: ¿cómo pudimos creer durante
tanto tiempo que no lo hacía, sino que simplemente expresaba lo
mismo con más sutileza, con mejor sintaxis y menos signos de
exclamación?
Y, para concluir, como
se ha de hacer tras décadas de autoengaño: todos ustedes que, en
noviembre de 1989 —incluso por razones totalmente comprensibles—
celebraron la caída del Muro de Berlín: esto es lo que estaban
celebrando.
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