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08 octubre, 2026

Los bancos ganan más dinero con la venta de hipotecas que los promotores inmobiliarios con la construcción de viviendas

 


La financiarización de la economía occidental va mucho más allá de Wall Street. Ahora, incluso las empresas industriales dependen de los ingresos relacionados con la financiación como fuente clave de beneficios.


General Motors suele ganar más dinero con su división financiera que con la venta de automóviles. Lo mismo sucede con GE y sus turbinas de aviones.


Minoristas como Home Depot y Best Buy ganan más dinero con los intereses que pagan los clientes por sus pagos a plazos que con la venta de madera o productos electrónicos.


Los bancos ganan más dinero con la venta de hipotecas que los promotores inmobiliarios con la construcción de viviendas.


Según Marx, el auge del sistema financiero altera fundamentalmente la sociedad de varias maneras destructivas:


● Desvinculación de las necesidades humanas: la economía deja de centrarse en producir bienes que la gente realmente necesita (alimentos, vivienda, ropa) y pasa a tratar exclusivamente de mantener el capital líquido y generar ingresos especulativos.


● Concentración extrema de riqueza y desigualdad: los mercados financieros aceleran la centralización del capital. La riqueza se desvía de la producción industrial y de la clase trabajadora, concentrándose en gran medida en manos de una pequeña élite financiera (banqueros y especuladores).


● Mayor riesgo sistémico: al acumular deuda sobre deuda, el capitalismo financiero agrava considerablemente las crisis económicas. Una crisis ya no se limita al cierre de una fábrica, se convierte en un colapso bancario sistémico capaz de paralizar naciones enteras de la noche a la mañana. La crisis de las hipotecas subprime de 2008 fue un claro ejemplo de esta dinámica.


La teoría de Marx describe la etapa actual del capitalismo occidental con mucha antelación a su tiempo.


Hua Bin


Fragmento extraído de Marx without communism and propaganda. The actual ideas of an economic prophet

   Traducción: Arrezafe




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03 octubre, 2026

De aquellas hienas, estos buítres

 



"Hitler, con un puntero, va señalándo en un mapa las naciones de Europa, a la vez que explica a su estado mayor el destino que, según su criterio, le corresponde a cada una de ellas. El puntero va recorriendo el mapa hasta que, de pronto, se detiene en España. El Führer queda pensativo unos segundos, vuelve la cabeza y, con voz firme, dice a sus oficiales: ¡España, para recreo!


Hitler acababa de profetizar el destino de este país. En 1986, cincuenta años después, España entraba en la Comunidad Europea, la Europa de los banqueros, multinacionales agroalimentarias y especuladores inmobiliarios y de todo tipo".


Francisco Jurdao Arrones, Del eurofelipismo al desierto (1993).


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02 octubre, 2026

HACE 150 AÑOS...

 


Transcripción del vídeo titulado Why Karl Marx Was Right [Por qué Karl Marx tenía razón]


Hoy voy a hablar de Karl Marx. Y tal vez piensen: «Vaya, pero todo eso y el comunismo... son cosas del pasado, ¿no? Al fin y al cabo, Marx se equivocaba. Los experimentos sociales que surgieron en su nombre fueron catastróficos, fracasaron estrepitosamente. Además, el capitalismo ganó la Guerra Fría. Todo eso suena a los años setenta, ¿no es así?».


Pero, un momento, porque más allá de todas esas disputas políticas y caricaturas culturales, Marx planteó una serie de cuestiones que no solo versaban sobre la revolución, el comunismo o la abolición de la propiedad privada, sino sobre el futuro del capitalismo y la estructura misma de la economía capitalista a largo plazo. Una de esas cuestiones se refería al rumbo que estaba tomando el capitalismo, un análisis sombrío, inquietante y sorprendentemente relevante para el mundo actual.


Para Marx, el desenlace final del capitalismo sería el de una sociedad gobernada por una pequeña oligarquía de personas inmensamente ricas extendiendo su poder sobre una vasta mayoría en situación precaria. En dicho futuro no existiría la clase media. No habría movilidad social. Solo esa minoría y el resto. La cuestión, pues, es que no es necesario estar de acuerdo con las posibles soluciones de Marx para reconocer que su diagnóstico fue extraordinariamente premonitorio.


Hoy quiero referirme a por qué Marx llego a esas conclusiones, cómo funciona su modelo y por qué muchas de las inquietudes de la vida moderna parecen ecos de una predicción realizada hace 150 años, para cuya comprensión debemos entender el mundo en el que vivió su autor.


El siglo XIX fue una época de extraordinarias transformaciones. La industrialización estaba desmantelando los modos de vida tradicionales. La mecanización sustituía a la mano de obra cualificada. Las fábricas absorbían a los pequeños talleres y a toda la masa de trabajadores agrícolas; los ferrocarriles reconfiguraban la geografía, etcétera; y la lógica del lucro se convertía en el principio rector de la vida económica. Ahora bien, el propio Marx no veía la competencia como una especie de árbitro ordenador del mercado, tal y como suele presentarse a menudo. Para él, la competencia era algo brutal. Así, si una fábrica podía producir bienes a menor coste que otra, la más débil sucumbía. Una empresa podía invertir en nueva maquinaria, suprimía a aquella que no podía hacerlo. Una vez que la maquinaria adquirió un papel central, también lo hizo el capital. Por consiguiente, quienes poseían el capital —las máquinas, las fábricas, la infraestructura— ganaban poder, mientras que quienes carecían de él quedaban en una situación de extrema vulnerabilidad.


También observó que el cambio tecnológico, lejos de hacer realidad el sueño de la Ilustración —según el cual las máquinas liberarían a los seres humanos que podrían dedicarse a actividades más elevadas—, en realidad propiciaba lo contrario. Hacía que los seres humanos fueran más fácilmente sustituibles. El trabajo cualificado podía transformarse en tareas repetitivas, y los artesanos podían ser reemplazados por máquinas. Como escribió el propio Marx, el capitalismo reduce al trabajador a un mero apéndice de la máquina; y Marx creía que esta dinámica se intensificaría con el paso del tiempo.


A medida que las empresas crecían, requerían más capital. Y al necesitar más capital, se fusionaban, se consolidaban y se expandían. Este proceso conllevaba la destrucción de toda competencia, y así, se propagaban por el mercado como una especie de plaga económica, devorando todo a su paso. En este escenario, la clase media era quizá el sector más vulnerable. Las pequeñas empresas sucumbían ante estas economías de gran escala, y los profesionales independientes eran desplazados por grandes estructuras corporativas. Muchos profesionales —ya sabes— estaban a un mero cambio tecnológico de quedar totalmente obsoletos. Es decir, algo muy parecido a lo que ocurre hoy en día, cuando un modelo de IA, una nueva plataforma de software o una simple herramienta de automatización pueden hacer desaparecer de la noche a la mañana categorías enteras de empleos.


Así pues, Marx consideraba que la llamada clase media no era una categoría estable. Se trataba de una categoría de transición, un amortiguador temporal entre la élite capitalista y la mayoría trabajadora, y creía que el propio capitalismo terminaría por erosionar completamente dicho amortiguador.


Los ecos modernos


Al observar el mundo actual, resulta difícil no percibir el patrón que acertadamente describió Marx. Vivimos en una era de extraordinaria concentración de riqueza en manos de unos pocos. Un puñado de empresas —Amazon en el comercio minorista, Google en la información, BlackRock en las finanzas— opera a una escala que simplemente borra del mapa a los competidores más pequeños. Un reducido número de compañías tecnológicas moldea nuestra forma de comunicarnos, comprar, trabajar e incluso de concebirnos a nosotros mismos. Unas pocas instituciones financieras mueven tales sumas de dinero que empequeñecen los presupuestos de naciones enteras. Asimismo, un pequeño grupo de individuos posee una riqueza a una escala que habría resultado casi inimaginable en la época de Marx. Esta concentración se manifiesta no sólo en las estadísticas, sino también en imágenes: superyates del tamaño de cruceros; aviones privados que contemplan el cielo como una especie de autopista personal; equipos de seguridad privada semejantes a pequeños ejércitos, y residencias que no son simples casas, sino complejos que parecen estados en sí mismos, mundos privados. No se conforman sólo con el pan, también quieren el circo: los equipos deportivos, los periódicos, los estudios cinematográficos, las plataformas de streaming, las editoriales, el mundo de las celebridades y las empresas de entretenimiento que determinan qué vemos, qué leemos y de qué hablamos el resto de nosotros.


Así pues, no se trata simplemente de distracciones. Son instrumentos que ayudan al sistema a perpetuarse a sí mismo. Son símbolos de una brecha estructural, un recordatorio visible de que un grupo minúsculo habita un universo económico muy distinto al del resto de la población. Mientras tanto, la clase media —ese gran motor de las reformas del siglo XIX, la clase que hizo posibles las revoluciones estadounidense y francesa y que construyó el Estado-nación liberal moderno— se está desmoronando. Los costes de la vivienda se han disparado en relación con los ingresos. En muchos países, ser propietario de una vivienda se percibe hoy como un privilegio más que como una necesidad vital. Los salarios de los trabajadores se han estancado, aun cuando la productividad y los beneficios empresariales han aumentado. La seguridad laboral se ha debilitado, los contratos de corta duración, el trabajo esporádico y las reestructuraciones constantes se han convertido en parte de la vida cotidiana. Es posible que tú mismo hayas sufrido esta experiencia de tener que volver a solicitar tu propio puesto de trabajo, pero bajo nuevas condiciones, obviamente menos favorables. Ya quedan pocos empleos para toda la vida. Las carreras profesionales que antaño ofrecían estabilidad hoy se perciben como precarias. Profesores, enfermeros, académicos, mandos intermedios: personas que en otro tiempo habrían tenido la certeza de llevar una vida sólida y respetable, hoy se sienten cada vez más atenazadas entre el aumento de los costes y el estancamiento de los ingresos.


La automatización amenaza a sectores enteros, desde la industria manufacturera hasta los empleos de oficina, así como a esa promesa de que a cada generación le irá mejor que a la anterior, de que tus hijos tendrán más de lo que tú tuviste. Esa idea se está desvaneciendo. Incluso en el plano cultural, el estado de ánimo ha cambiado. La gente siente ansiedad, inseguridad e incertidumbre respecto al futuro. Se sienten eclipsados por una riqueza que ni siquiera pueden imaginar. Perciben que el sistema está esencialmente amañado, que las oportunidades se reducen y que la clase media ya no es un terreno seguro donde asentarse. Y esta sensación de verse acorralados —económica, social y psicológicamente— es una de las grandes experiencias definitorias de la vida moderna. Ciertamente no hace falta ser marxista para verlo, es simplemente la realidad del mundo actual.


Así pues, Marx predijo que el capitalismo generaría esta élite minúscula y convertiría a todos los demás en una masa amorfa de trabajadores: indistinguibles, intercambiables y desechables. Los detalles han cambiado, pero el patrón es inconfundible. La superficie del mundo sigue transformándose —las tecnologías, las modas, el perfil urbano—, pero bajo esa superficie siguen actuando las mismas fuerzas de siempre. Y el propio Marx habría reconocido la realidad de nuestro mundo al instante.


¿Se equivocó Marx o simplemente se adelantó a su tiempo?


Algunos podrían decir: "Ya ya, pero Marx no era infalible. Se equivocó, ¿no es así?". Y señalarán todo aquello que pasó por alto. Dirán: "No previó el Estado de bienestar, que suavizó algunos de los aspectos más duros del capitalismo. No previó el capitalismo de consumo, que generó nuevas formas de aspiración e identidad. No previó el auge de la economía de servicios, que transformó por completo los mercados laborales. Y no previó la existencia de instituciones democráticas capaces de regular los mercados, redistribuir la riqueza y proteger a los trabajadores". Es muy probable que hayas escuchado estos argumentos durante tus estudios, especialmente en el periodo posterior a la Guerra Fría. Sin embargo, el problema de este razonamiento es que muchas de esas instituciones —precisamente las que supuestamente “demostraban” que Marx estaba equivocado— están colapsando hoy en día. Los presupuestos destinados al llamado bienestar social se reducen en todo el mundo, los organismos reguladores se debilitan constantemente e incluso la democracia misma parece más frágil que antaño. Todo indica que ese “saber adaptarse a la situación”, que creíamos que refutaba a Marx, no fue más que desviación temporal, intento de contener la voraz maquinaria, de frenar la apisonadora, de nadar contra la corriente. Y ahora, a medida que esos mecanismos de contención se debilitan, reaparece la dinámica subyacente —la misma que describió Marx—: esa según la cual, y por la propia naturaleza del capitalismo, genera una élite que oprime y exprime al resto de la sociedad. Por eso los males del mundo moderno nos resultan tan familiares: porque alguien los describió con precisión asombrosa hace 150 años.


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11 agosto, 2026

CAPITALISM💀

 



Si crees que la comida viene del supermercado y el agua del grifo, defenderás a muerte el sistema que te proporciona ambas, porque tu vida depende de ello.


En cambio, si sabes que el agua proviene de los arroyos y tus alimentos de la tierra, defenderás a muerte esos arroyos y esa tierra, porque tu vida depende de ello.


Nos hemos entregado a un sistema depredador que nos explota y esclaviza haciendo que nuestras vidas dependan exclusivamente de él.


Derrick Jensen


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08 julio, 2026

En un lugar de la cancha — Fernando Buen Abad

 



Aporrea – 05/07/2026


En un lugar de la cancha de cuyo nombre no es fácil acordarse, detrás de los postes, dentro de las porterías, contenido por una red cuya aparente levedad contrasta con la densidad histórica de cuanto allí acontece, se encuentra el espacio más disputado del fútbol. Ninguna otra porción del terreno concentra semejante convergencia de voluntades, tensiones, inteligencia táctica, potencia física, imaginación creadora y expectativa colectiva. Hacia ese rectángulo diminuto se orientan carreras, pases, coberturas, anticipaciones y sacrificios. Allí desembocan los esfuerzos de once jugadores y la vigilancia de otros once; allí el tiempo parece comprimirse hasta convertirse en una sucesión vertiginosa de instantes donde la historia adquiere la velocidad de un disparo. El arco constituye un territorio cuya dimensión geométrica permanece inalterable mientras el espesor social de su significado no deja de expandirse. Todas las codicias dispuestas a rebasar la "línea de meta". Recinto de lo invisible a la vista de todos.


Tras la sencillez aparente del gol se ha fincado una ilusión persistente: creer que todo depende del último toque. Esa percepción, alimentada por la fascinación del desenlace, oscurece el inmenso proceso colectivo que lo hace posible. Ninguna definición nace aislada. Antes del remate comparecen centenares de decisiones articuladas, desplazamientos sincronizados, aprendizajes sedimentados durante años, formas de cooperación invisibles para la mirada apresurada. Cada movimiento contiene la memoria del entrenamiento, la experiencia acumulada por generaciones, la transmisión de conocimientos técnicos y la disciplina compartida que convierte a un conjunto de individuos en una unidad dinámica. La pelota apenas revela la superficie visible de una compleja arquitectura social. Hoy secuestrada, entre otros, por los monopolios de cervezas, apuestas y televisoras.


Y la inteligencia del juego demuestra que la creación nunca pertenece exclusivamente a una voluntad individual. El talento alcanza plenitud cuando dialoga con las capacidades de los demás, cuando reconoce límites propios y fortalezas ajenas, cuando transforma la diversidad de aptitudes en una organización capaz de producir respuestas inéditas frente a circunstancias cambiantes. El pase representa una forma superior de confianza recíproca. Cada desmarque constituye una invitación al otro. Cada cobertura expresa una responsabilidad compartida. Incluso el error posee naturaleza colectiva, porque emerge de relaciones cuya armonía ha sido interrumpida. El fútbol ofrece así una lección permanente acerca de la condición profundamente social de toda producción humana.


Esa realidad, sin embargo, convive con un inmenso aparato ideológico empeñado en reducir el juego a la epopeya del individuo excepcional. El capitalismo necesita héroes aislados con mayor urgencia que comunidades organizadas. Resulta más rentable convertir a una persona en marca comercial que reconocer la potencia creadora de los procesos colectivos. La industria deportiva perfecciona incesantemente esa operación cultural. Fabrica celebridades, multiplica mercancías asociadas a sus nombres, transforma biografías en activos financieros y convierte el reconocimiento popular en una fuente inagotable de valorización económica. La cooperación desaparece bajo el resplandor de figuras cuidadosamente administradas por intereses empresariales cuya lógica consiste en privatizar incluso aquello que nació del esfuerzo compartido.


No se trata únicamente de una estrategia comercial. También constituye una pedagogía política. Allí donde se exalta al vencedor solitario se debilita la comprensión de las relaciones sociales que producen toda excelencia. Allí donde se atribuye el éxito exclusivamente al mérito individual se invisibilizan las condiciones materiales que distribuyen oportunidades de manera profundamente desigual. Los barrios carecen de idénticos recursos, las instituciones formativas reciben financiamientos radicalmente diferentes, las posibilidades de desarrollo responden a estructuras económicas cuya configuración antecede largamente al nacimiento de cualquier deportista. La igualdad proclamada por los discursos oficiales encuentra un desmentido cotidiano en la distribución efectiva de la riqueza, del tiempo libre, de la alimentación, de la infraestructura y del acceso al conocimiento.


Hay que conquistar el territorio que está envuelto en redes. Cada ataque sobre la portería sintetiza, en escala deportiva, una confrontación mucho más amplia entre formas distintas de organizar la existencia colectiva. El espacio decisivo del campo aparece rodeado por relaciones de poder que exceden ampliamente los noventa minutos. Derechos televisivos, fondos de inversión, corporaciones multinacionales, plataformas digitales y complejas redes financieras disputan el control de una actividad cuya energía originaria pertenece al trabajo cultural de los pueblos. El espectáculo moviliza cantidades colosales de capital porque logra capturar una pasión construida durante generaciones mediante prácticas comunitarias, identidades barriales y memorias compartidas que jamás fueron creadas por los mercados. El capital administra aquello que no produjo; captura aquello que floreció en la creatividad popular; rentabiliza una riqueza simbólica cuya fuente permanece en la vida colectiva.


Miles de personas producen una obra coral irrepetible donde convergen memoria, imaginación, afectividad y organización espontánea. El arco permanece entonces como una frontera donde convergen múltiples temporalidades. Allí comparece el presente inmediato del partido junto con largas historias de organización social, conflictos distributivos, migraciones, transformaciones urbanas y disputas culturales. El balón que atraviesa la línea de gol no transporta únicamente aire comprimido; arrastra también sedimentaciones históricas imposibles de reducir a estadísticas.


Detrás de la portería permanece, envuelto en redes, el lugar donde la sociedad contempla una representación concentrada de sus propias contradicciones. Allí se enfrentan cooperación y competencia, comunidad y apropiación privada, creación colectiva y explotación económica, memoria popular y administración mercantil del deseo. Comprender ese territorio exige mirar más allá del instante glorioso del gol: el mercado. El arco seguirá siendo mucho más que un destino para la pelota: permanecerá como una metáfora rigurosa de la historia en movimiento, donde cada conquista auténtica recuerda que ninguna obra humana pertenece exclusivamente a quien la culmina, porque toda realización lleva inscrita la huella indeleble del trabajo social que la hizo posible. Y vendible.


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28 mayo, 2026

De yates y cementerios

 


En la foto de arriba, tomada en Gibraltar, el super-yate Luminance, 500 millones de dólares, 139 metros de eslora, propiedad del multimillonario y empresario ucraniano Rinat Akhmetov (fundador de System Capital Management y la persona más rica de Ucrania) que posee una fortuna estimada en más de 7.000 millones de dólares (unos 6.000 millones de euros). Akhmetov erigió su patrimonio a través de SCM, el mayor conglomerado industrial de Ucrania, con intereses en el acero, la minería, la energía y el sector inmobiliario.


El magnate Rinat Akhmetov compra en Mónaco el piso más caro del mundo, 471 millones de euros


Dinero entregado por la UE a Ucrania:

104.600 millones de euros en ayuda financiera, económica y humanitaria; 75.200 millones de euros en ayuda militar; 17.000 millones de euros en ayuda a refugiados; 3.800 millones de euros procedentes de los activos rusos retenidos en Bélgica.




Ucrania, capitalismo de amiguetes y dinero europeo


Ucrania y Estados Unidos: Armas, Corrupción y Mercado Negro


Ucrania. Die Welt: Zelenski calla en medio del megaescándalo de corrupción que le salpica


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24 mayo, 2026

Es el capitalismo, idiota

 

"VENDIDO"


Todo se vende este día,

todo el dinero lo iguala;

la corte vende su gala,

la guerra su valentía;

hasta la sabiduría

vende la Universidad,

¡Verdad!


Dineros son calidad. Luis de Góngora (1561-1627)


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11 mayo, 2026

Palantir y otro striptease del capitalismo — Fernando Buen Abad

 




LA JORNADA – 10/05/2026


Palantir, y su affaire tecnofascista, muestra un nuevo striptease del capitalismo que prescinde de todo disimulo. Aprendió a exhibirse como solución y seducción técnica a problemas sociales complejos. Bajo la retórica de la eficiencia y la seguridad, despliega su erótica de la dictadura que convierte la vida social en flujo de datos explotables, reinscribiendo la dominación de clase en matrices algorítmicas que operan con apariencia de neutralidad. Y todo parece muy seductor. Ya el Informe MacBride advirtió que la concentración de los medios y la asimetría en los flujos informativos constituyen un obstáculo estructural para la democracia (MacBride, 1980); hoy, esa concentración se intensifica mediante plataformas capaces de integrar vigilancia, predicción y decisión automatizada, produciendo un campo de fuerzas donde la hegemonía se codifica en software. Palantir fue noticia mundial por un post publicado en X el 18 de abril. Su desfachatez también desviste nuestra desorganización para esta batalla.


Ahí se desnuda ese proceso que obliga a repensar la relación entre ética, humanismo y lucha de clases, evitando tanto el tecnopesimismo paralizante como el tecnoutopismo. El Informe MacBride, con su llamado a un orden comunicacional más justo, permanece como referencia para una crítica que no se limite a denunciar y aspire a transformar las condiciones materiales que hacen posible el tecnofascismo. La convergencia entre capital financiero, industria militar y desarrollo tecnológico configura un complejo que recuerda la noción de “complejo militar-industrial” ampliada hacia una dimensión informacional donde la materia prima es la conducta humana. Palantir encarna esa mutación: no vende únicamente herramientas, vende modelos de interpretación del mundo social que priorizan la sospecha, el riesgo y la anticipación de desviaciones. En esa operación, la lucha de clases se traduce en categorías técnicas que identifican poblaciones “problemáticas”, desplazando conflictos estructurales hacia el terreno de la gestión policial.


En el Informe MacBride se insistía en la necesidad de democratizar la producción de sentido y garantizar la pluralidad de voces (MacBride, 1980). Frente a ese horizonte, sistemas de análisis masivo de datos operan como dispositivos de silenciamiento estructural, filtrando la realidad a través de parámetros definidos por intereses corporativos. Bourdieu señaló que el poder simbólico actúa mediante la imposición de esquemas de percepción (Bourdieu, 1991); en la era algorítmica, tales esquemas se automatizan, naturalizando jerarquías y reproduciendo desigualdades bajo la apariencia de objetividad matemática. ¿Qué pasó entonces, desde 1980, con todas las advertencias del Informe MacBride?


Marx describió el fetichismo de la mercancía como un proceso en el que las relaciones sociales aparecen como relaciones entre cosas (Marx, 1867/2011). En la economía de datos, ese fetichismo se radicaliza: las decisiones políticas y económicas se presentan como resultados inevitables de cálculos computacionales, ocultando la intervención humana y las relaciones de poder que estructuran dichos cálculos. Palantir, al ofrecer “inteligencia”, “vigilancia” y “seguridad” basada en datos, refuerza esa ilusión, desplazando la deliberación democrática hacia el terreno de la experticia técnica.


En el Informe MacBride se proponía un nuevo orden mundial de la información y la comunicación basado en la equidad y la cooperación (MacBride, 1980). Sin embargo, la lógica dominante impulsa un orden caracterizado por la centralización extrema y la dependencia tecnológica. Zuboff ha conceptualizado este fenómeno como “capitalismo de la vigilancia”, en que la experiencia humana se convierte en materia prima para la acumulación (Zuboff, 2019). Tal proceso no ocurre en un vacío político; se articula con estrategias estatales de control que encuentran en plataformas como Palantir un aliado estratégico. En el contexto digital, el consenso se construye mediante narrativas de innovación y promesas de seguridad, mientras que la coerción se ejerce a través de sistemas de vigilancia que operan de manera invisible.


Y el Informe MacBride subrayaba la importancia de la participación ciudadana en la definición de políticas comunicacionales (MacBride, 1980). En contraste, el desarrollo de tecnologías de análisis de datos se realiza en entornos cerrados, sin control democrático ni transparencia significativa. Foucault analizó la transición hacia sociedades disciplinarias y biopolíticas (Foucault, 1976/2003); la fase actual introduce un componente algorítmico que permite intervenir en tiempo real sobre comportamientos individuales y colectivos, configurando un régimen de control que desborda categorías tradicionales.


En ese marco, esas tecnologías de vigilancia y análisis de datos funcionan como instrumentos para consolidar ese poder que facilita una explotación más eficiente de la fuerza de trabajo y una neutralización más rápida de la disidencia. Palantir, al integrarse en estructuras estatales y corporativas, contribuye a esa dinámica, reforzando la capacidad de control de las élites. Así, la dictadura del tecnofascismo encuentra en Palantir una de sus expresiones más depuradas: concentración obscena de poder informacional bajo la máscara de la eficiencia, en que algoritmos opacos sustituyen la deliberación política y convierten la conflictividad social en problema de gestión securitaria.


En el Informe MacBride se advirtió también que la asimetría en los flujos de información amenaza a las democracias y hoy tal asimetría alcanza una intensidad inédita al traducirse en monopolio de datos y capacidad predictiva privatizada, subordinando estados y poblaciones a lógicas de acumulación que naturalizan la vigilancia total. Un fetichismo algorítmico, en que decisiones históricamente situadas aparecen como verdades técnicas inevitables, legitimando una dominación que no necesita ya ocultarse porque se presenta como pornografía matemática; hegemonía encuerada que automatiza todo mediante interfaces seductoras con anuencia de gobiernos que, lejos de ampliar libertades, reducen la vida a series de datos explotables y clasificaciones disciplinarias. La lucha de clases se intensifica en esta fase en que el capital captura la semiosis social misma, imponiendo una racionalidad que convierte a la humanidad en objeto de cálculo, anulando su potencia crítica y clausurando horizontes de organización política bajo la coartada de la seguridad y la innovación. ¿Y encima hay que agradecerlo?


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10 abril, 2026

El Imperio de los Caníbales — Vuk Bačanović

 

El problema no esTrump, sino el sistema que lo engendró.


Savage Minds – 10/04/2026

   Traducción del inglés: Arrezafe


Los expresidentes estadounidenses Bill Clinton, George W. Bush, Barack Obama, Donald Trump y Joe Biden (no aparece en la foto) en el funeral de Estado de su predecesor, Jimmy Carter, el 9 de enero de 2025. Foto: Chip Somodevilla


Una de las formas más extendidas de pereza intelectual —que aún se vende globalmente como señal de sofisticación moral— es la tendencia a atribuir los fallos de todo un sistema a un solo individuo. Eliminemos a ese individuo, desterrémoslo como a un demonio medieval, y la realidad, según nos dicen, se corregirá sola. El resultado es una especie de cuento de hadas político para adultos: hubo una vez un presidente feo, grosero y maleducado que lo arruinó todo. ¿Y el sistema? Sigue siendo fundamentalmente sólido; solo necesita un poco más de decoro, un lenguaje más cuidadoso y, tal vez, uno o dos Premios Nobel de la Paz más, entregados entre intencionadas crisis y la puesta en escena de guerras y genocidios.


Pero ¿y si en realidad no se trata de Trump?


El martes será el Día de la Central Eléctrica y el Día del Puente, ¡todo en uno!, en Irán. ¡No habrá nada igual! ¡Abran el maldito estrecho, malditos locos, o vivirán en el infierno! ¡Ya verán! Alabado sea Alá. Presidente DONALD J. TRUMP. (Publicación de Trump en Truth Social)


Ahí está: directo, contundente y completamente desprovisto de lenguaje diplomático. Ni un "estamos preocupados", ni un "pedimos moderación", ni referencias a la "comunidad internacional", ni mención alguna a la democratización. Solo un mensaje claro: abran el estrecho o aténganse a las consecuencias. Y, sin embargo, la reacción es de asombro: manos y voces se alzan con incredulidad: "¿Es esto posible? ¿Qué clase de hombre es este?".


En realidad, el problema comienza precisamente donde esta exclamación empieza a tener sentido.


Porque si bajamos el tono del drama moralizante y nos ponemos a razonar, lo que vemos no es nada nuevo, sino una traducción inusualmente cruda de una retórica política que lleva décadas vigente. La diferencia entre Trump y sus predecesores no radica en que haga algo fundamentalmente distinto, sino en que no simula hacer otra cosa. Otros lanzaban amenazas con una sonrisa ensayada y una fina capa de diplomacia; su estilo, el de Trump, se asemeja más al de Stojan —la figura paterna tosca y directa interpretada por Miki Manojlović en la película serbia Rane—, quien le dice a su vecina, interpretada por Jelisaveta Sabljić, que literalmente "defecará en Stradun" en "su Dubrovnik". En realidad, la esencia es la misma.


En ese sentido, es difícil ver en qué se diferencia esencialmente la crudeza de Trump de la de la exsecretaria de Estado estadounidense Hillary Clinton, su oponente en las elecciones de 2016, quien declaró:


"Quiero que los iraníes sepan que, si soy presidente, atacaremos a Irán. Independientemente de la etapa de desarrollo de su programa nuclear, si alguna vez consideraran un ataque contra Israel, seríamos capaces de aniquilarlos por completo".


Esto nos lleva a lo que John Bellamy Foster, un teórico marxista poco dado a explicaciones caricaturescas, ha articulado con notable precisión: la oligarquía en Estados Unidos no es una novedad que "llegó con Trump", ha sido una característica estructural desde hace mucho tiempo. Sólo después de la crisis de 2008 dejó de sentir la necesidad de disimular. La concentración de capital ha alcanzado un punto en el que ya no basta con que el capital simplemente influya en el Estado; debe gobernarlo directamente. Y una vez que lo hace, ¿por qué mantener la pretensión de que no lo hace?


Foster va más allá, señalando algo que suena casi distópico, pero que se basa completamente en la realidad: los sectores más poderosos del capital contemporáneo —especialmente las industrias de alta tecnología— dependen profundamente del gasto militar y de las tecnologías militares. Dicho claramente: sin guerra no hay ganancias; sin ganancias no hay crecimiento; sin crecimiento no hay sistema. Por lo tanto, la guerra no es un error ni una anomalía corregible. Es un modelo de negocio.


Aquí Michael Roberts ofrece una perspectiva complementaria. Su argumento es sorprendentemente simple: la tasa de ganancia tiende a disminuir. No porque los capitalistas se hayan vuelto repentinamente incompetentes, sino porque el propio sistema, a través de su desarrollo, socava la fuente misma de la ganancia: más máquinas, menos trabajo vivo y, por lo tanto, menos de lo que realmente genera plusvalía. Así, como cualquier sistema bajo presión, el capital comienza a buscar salidas: especulación, expansión, mayor presión sobre el trabajo e, inevitablemente, la consolidación de un Estado manifiestamente más autoritario.


Michael Roberts ve, precisamente aquí, la clave para comprender las cada vez más agresivas políticas imperiales: a medida que disminuyen las ganancias, también crece la necesidad de "apuntalarlas" desde fuera, mediante el control de los recursos, los mercados y, en última instancia, mediante la fuerza. Y, por supuesto, mediante la guerra. Porque, finalmente, no se trata de una cuestión de estilo o del temperamento de un político en particular, sino de balances económicos. Y los balances, como sabemos, carecen de moralidad; se mueven en disciplinadas y metódicas columnas, como tropas en un desfile.


En otras palabras, una vez que nos encontramos ante un sistema que depende económicamente de la guerra permanente y la normaliza políticamente, no es de extrañar que, en tiempos de crisis, empiece a producir figuras cada vez más oscuras y sanguinarias.


Un sistema que se nutre consumiendo sociedades, recursos, trabajo, verdad y, en última instancia, a los propios seres humanos, tarde o temprano exigirá políticos dispuestos a manifestar abiertamente esa lógica trumpiana. Y cuando las élites perciben que el suelo bajo sus pies se desmorona —que las ganancias ya no se acumulan con la misma facilidad que antes, que la sociedad está saturada de miedo, de inseguridad y de la misma rabia que ellas mismas han contribuido a generar—, resulta difícil ofrecer al público contables serenos y prudentes. No: en tales momentos, se abren las garras de la historia, y surgen falsos profetas, autoproclamados mesías, guardianes desquiciados de los "valores sagrados", exorcistas nacionales y toda una galería de figuras políticas que claman por Dios, sangre, tierra, destino y salvación; mientras, entre bastidores, las ganancias son contabilizadas exclusivamente por los funcionarios del imperio terrenal, y nunca por los del Reino Celestial. De hecho, tales figuras se encuentran entre sus primeras víctimas.


Un sistema caníbal exige caníbales.


En este punto, Marvin Harris —ese antropólogo incómodamente racional que tenía la costumbre de buscar explicaciones muy extrañas en cada "historia sagrada"— probablemente se encogería de hombros. Su lección era simple: la gente no cree en las cosas porque se haya vuelto loca, sino porque esas creencias cumplen una función en el mundo que habitan. Cuando las sociedades comienzan a desmoronarse, las ideologías se vuelven más oscuras, más agresivas, más absolutas. No porque el cielo haya decidido enviarnos fanáticos desquiciados, sino porque la tierra misma se ha vuelto insoportable.


El fanático, entonces, no es una falla en el sistema, sino su modus operandi. Su papel consiste en traducir los problemas reales a un lenguaje erróneo: reformular la explotación como "pecado", la economía como una pseudoteología apocalíptica, la dominación imperial como un "choque de civilizaciones". Así, en lugar de preguntarse quién les ha arrebatado los medios básicos de subsistencia, la gente empieza a discutir sobre quién es lo suficientemente puro, lo suficientemente fiel, lo suficientemente "uno de nosotros", y quién debe ser sacrificado para que todo siga igual.


¿Y el sistema? Funciona a la perfección.


Ahora bien, imaginen todo esto junto: una oligarquía que gobierna el Estado, una economía dependiente de la guerra, un sistema de lucro que exige nuevas víctimas, una política que engendra fanáticos extravagantes y los ofrece como soluciones, y que promete un regreso a "los buenos viejos tiempos". Es entonces cuando llega Trump y dice: abran el estrecho o prepárense para el infierno.


¿Qué hay de nuevo, exactamente?


Quizás solo esto: que ya no hay traducción posible al lenguaje de los decentes y empáticos, aquellos que se consolaban con la ilusión de que las cosas no terminarían como tan claramente están sucediendo ante los ojos del mundo entero.


Por eso, la verdadera pregunta no es: ¿cómo es posible que un presidente estadounidense hable así? La verdadera pregunta es: ¿cómo pudimos creer durante tanto tiempo que no lo hacía, sino que simplemente expresaba lo mismo con más sutileza, con mejor sintaxis y menos signos de exclamación?


Y, para concluir, como se ha de hacer tras décadas de autoengaño: todos ustedes que, en noviembre de 1989 —incluso por razones totalmente comprensibles— celebraron la caída del Muro de Berlín: esto es lo que estaban celebrando.


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