07 mayo, 2026
10 abril, 2026
El Imperio de los Caníbales — Vuk Bačanović
El problema no esTrump, sino el sistema que lo engendró.
Savage Minds – 10/04/2026
Traducción del inglés: Arrezafe
Los expresidentes estadounidenses Bill Clinton, George W. Bush, Barack Obama, Donald Trump y Joe Biden (no aparece en la foto) en el funeral de Estado de su predecesor, Jimmy Carter, el 9 de enero de 2025. Foto: Chip Somodevilla
Una de las formas más extendidas de pereza intelectual —que aún se vende globalmente como señal de sofisticación moral— es la tendencia a atribuir los fallos de todo un sistema a un solo individuo. Eliminemos a ese individuo, desterrémoslo como a un demonio medieval, y la realidad, según nos dicen, se corregirá sola. El resultado es una especie de cuento de hadas político para adultos: hubo una vez un presidente feo, grosero y maleducado que lo arruinó todo. ¿Y el sistema? Sigue siendo fundamentalmente sólido; solo necesita un poco más de decoro, un lenguaje más cuidadoso y, tal vez, uno o dos Premios Nobel de la Paz más, entregados entre intencionadas crisis y la puesta en escena de guerras y genocidios.
Pero ¿y si en realidad no se trata de Trump?
El martes será el Día de la Central Eléctrica y el Día del Puente, ¡todo en uno!, en Irán. ¡No habrá nada igual! ¡Abran el maldito estrecho, malditos locos, o vivirán en el infierno! ¡Ya verán! Alabado sea Alá. Presidente DONALD J. TRUMP. (Publicación de Trump en Truth Social)
Ahí está: directo, contundente y completamente desprovisto de lenguaje diplomático. Ni un "estamos preocupados", ni un "pedimos moderación", ni referencias a la "comunidad internacional", ni mención alguna a la democratización. Solo un mensaje claro: abran el estrecho o aténganse a las consecuencias. Y, sin embargo, la reacción es de asombro: manos y voces se alzan con incredulidad: "¿Es esto posible? ¿Qué clase de hombre es este?".
En realidad, el problema comienza precisamente donde esta exclamación empieza a tener sentido.
Porque si bajamos el tono del drama moralizante y nos ponemos a razonar, lo que vemos no es nada nuevo, sino una traducción inusualmente cruda de una retórica política que lleva décadas vigente. La diferencia entre Trump y sus predecesores no radica en que haga algo fundamentalmente distinto, sino en que no simula hacer otra cosa. Otros lanzaban amenazas con una sonrisa ensayada y una fina capa de diplomacia; su estilo, el de Trump, se asemeja más al de Stojan —la figura paterna tosca y directa interpretada por Miki Manojlović en la película serbia Rane—, quien le dice a su vecina, interpretada por Jelisaveta Sabljić, que literalmente "defecará en Stradun" en "su Dubrovnik". En realidad, la esencia es la misma.
En ese sentido, es difícil ver en qué se diferencia esencialmente la crudeza de Trump de la de la exsecretaria de Estado estadounidense Hillary Clinton, su oponente en las elecciones de 2016, quien declaró:
"Quiero que los iraníes sepan que, si soy presidente, atacaremos a Irán. Independientemente de la etapa de desarrollo de su programa nuclear, si alguna vez consideraran un ataque contra Israel, seríamos capaces de aniquilarlos por completo".
Esto nos lleva a lo que John Bellamy Foster, un teórico marxista poco dado a explicaciones caricaturescas, ha articulado con notable precisión: la oligarquía en Estados Unidos no es una novedad que "llegó con Trump", ha sido una característica estructural desde hace mucho tiempo. Sólo después de la crisis de 2008 dejó de sentir la necesidad de disimular. La concentración de capital ha alcanzado un punto en el que ya no basta con que el capital simplemente influya en el Estado; debe gobernarlo directamente. Y una vez que lo hace, ¿por qué mantener la pretensión de que no lo hace?
Foster va más allá, señalando algo que suena casi distópico, pero que se basa completamente en la realidad: los sectores más poderosos del capital contemporáneo —especialmente las industrias de alta tecnología— dependen profundamente del gasto militar y de las tecnologías militares. Dicho claramente: sin guerra no hay ganancias; sin ganancias no hay crecimiento; sin crecimiento no hay sistema. Por lo tanto, la guerra no es un error ni una anomalía corregible. Es un modelo de negocio.
Aquí Michael Roberts ofrece una perspectiva complementaria. Su argumento es sorprendentemente simple: la tasa de ganancia tiende a disminuir. No porque los capitalistas se hayan vuelto repentinamente incompetentes, sino porque el propio sistema, a través de su desarrollo, socava la fuente misma de la ganancia: más máquinas, menos trabajo vivo y, por lo tanto, menos de lo que realmente genera plusvalía. Así, como cualquier sistema bajo presión, el capital comienza a buscar salidas: especulación, expansión, mayor presión sobre el trabajo e, inevitablemente, la consolidación de un Estado manifiestamente más autoritario.
Michael Roberts ve, precisamente aquí, la clave para comprender las cada vez más agresivas políticas imperiales: a medida que disminuyen las ganancias, también crece la necesidad de "apuntalarlas" desde fuera, mediante el control de los recursos, los mercados y, en última instancia, mediante la fuerza. Y, por supuesto, mediante la guerra. Porque, finalmente, no se trata de una cuestión de estilo o del temperamento de un político en particular, sino de balances económicos. Y los balances, como sabemos, carecen de moralidad; se mueven en disciplinadas y metódicas columnas, como tropas en un desfile.
En otras palabras, una vez que nos encontramos ante un sistema que depende económicamente de la guerra permanente y la normaliza políticamente, no es de extrañar que, en tiempos de crisis, empiece a producir figuras cada vez más oscuras y sanguinarias.
Un sistema que se nutre consumiendo sociedades, recursos, trabajo, verdad y, en última instancia, a los propios seres humanos, tarde o temprano exigirá políticos dispuestos a manifestar abiertamente esa lógica trumpiana. Y cuando las élites perciben que el suelo bajo sus pies se desmorona —que las ganancias ya no se acumulan con la misma facilidad que antes, que la sociedad está saturada de miedo, de inseguridad y de la misma rabia que ellas mismas han contribuido a generar—, resulta difícil ofrecer al público contables serenos y prudentes. No: en tales momentos, se abren las garras de la historia, y surgen falsos profetas, autoproclamados mesías, guardianes desquiciados de los "valores sagrados", exorcistas nacionales y toda una galería de figuras políticas que claman por Dios, sangre, tierra, destino y salvación; mientras, entre bastidores, las ganancias son contabilizadas exclusivamente por los funcionarios del imperio terrenal, y nunca por los del Reino Celestial. De hecho, tales figuras se encuentran entre sus primeras víctimas.
Un sistema caníbal exige caníbales.
En este punto, Marvin Harris —ese antropólogo incómodamente racional que tenía la costumbre de buscar explicaciones muy extrañas en cada "historia sagrada"— probablemente se encogería de hombros. Su lección era simple: la gente no cree en las cosas porque se haya vuelto loca, sino porque esas creencias cumplen una función en el mundo que habitan. Cuando las sociedades comienzan a desmoronarse, las ideologías se vuelven más oscuras, más agresivas, más absolutas. No porque el cielo haya decidido enviarnos fanáticos desquiciados, sino porque la tierra misma se ha vuelto insoportable.
El fanático, entonces, no es una falla en el sistema, sino su modus operandi. Su papel consiste en traducir los problemas reales a un lenguaje erróneo: reformular la explotación como "pecado", la economía como una pseudoteología apocalíptica, la dominación imperial como un "choque de civilizaciones". Así, en lugar de preguntarse quién les ha arrebatado los medios básicos de subsistencia, la gente empieza a discutir sobre quién es lo suficientemente puro, lo suficientemente fiel, lo suficientemente "uno de nosotros", y quién debe ser sacrificado para que todo siga igual.
¿Y el sistema? Funciona a la perfección.
Ahora bien, imaginen todo esto junto: una oligarquía que gobierna el Estado, una economía dependiente de la guerra, un sistema de lucro que exige nuevas víctimas, una política que engendra fanáticos extravagantes y los ofrece como soluciones, y que promete un regreso a "los buenos viejos tiempos". Es entonces cuando llega Trump y dice: abran el estrecho o prepárense para el infierno.
¿Qué hay de nuevo, exactamente?
Quizás solo esto: que ya no hay traducción posible al lenguaje de los decentes y empáticos, aquellos que se consolaban con la ilusión de que las cosas no terminarían como tan claramente están sucediendo ante los ojos del mundo entero.
Por eso, la verdadera pregunta no es: ¿cómo es posible que un presidente estadounidense hable así? La verdadera pregunta es: ¿cómo pudimos creer durante tanto tiempo que no lo hacía, sino que simplemente expresaba lo mismo con más sutileza, con mejor sintaxis y menos signos de exclamación?
Y, para concluir, como se ha de hacer tras décadas de autoengaño: todos ustedes que, en noviembre de 1989 —incluso por razones totalmente comprensibles— celebraron la caída del Muro de Berlín: esto es lo que estaban celebrando.
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24 febrero, 2026
El empobrecimiento en la sociedad capitalista — V. I. Lenin
(Escrito en noviembre de 1912)
Los reformistas burgueses, a quienes hacen eco ciertos oportunistas existentes entre los socialdemócratas, afirman que en la sociedad capitalista no hay empobrecimiento de las masas. La "teoría del empobrecimiento" es errónea, afirman, pues el bienestar de las masas crece, aunque con lentitud. El abismo entre los que poseen y los que no poseen no se ensancha, sino que se hace más estrecho.
La falsedad de tales afirmaciones se revela últimamente ante las masas, cada vez con mayor claridad. La carestía de la vida aumenta. El salario de los obreros, aun con el movimiento de huelgas más tenaz y más exitoso, crece con mayor lentitud de lo que aumenta la necesaria inversión de fuerza de trabajo. Y paralelamente, la riqueza de los capitalistas crece con vertiginosa rapidez.
Veamos algunos datos relativos a Alemania, donde la situación de los obreros es incomparablemente mejor que en Rusia gracias a su mayor nivel cultural, a la libertad de huelga y de asociación, a la libertad política, a los millones de afiliados a sindicatos y a los millones de lectores de los periódicos obreros.
Según datos de los sociólogos y políticos burgueses, tomados de fuentes oficiales, el salario de los obreros alemanes aumentó durante los últimos treinta años en un 25 por ciento, término medio. En el mismo período, ¡¡el costo de la vida aumentó por lo menos un 40 por ciento!!
Los comestibles, la ropa, el carbón y los alquileres: todo ha subido de precio. El obrero se empobrece absolutamente, es decir se vuelve más pobre que antes, se ve obligado a vivir peor, a comer menos, a pasar más hambre, a alojarse en sótanos y buhardillas.
Pero resulta aun más evidente el empobrecimiento relativo de los obreros, es decir, la disminución de su parte en la renta nacional. En la sociedad capitalista, que se enriquece con rapidez, la proporción de lo que corresponde a los obreros disminuye sin cesar, pues el enriquecimiento de los millonarios es cada vez más rápido.
En Rusia no hay impuesto a los ingresos, no hay datos sobre la creciente riqueza de las clases pudientes de la sociedad. Nuestra realidad, más penosa aun, es cubierta por un velo, el velo de la ignorancia y la falta de publicidad.
En Alemania hay datos exactos sobre la riqueza de las clases pudientes. En Prusia, por ejemplo, los primeros 10.000 millones de marcos (5.000 millones de rublos) de propiedades imponibles pertenecían en 1902 a 1.853 personas, y en 1908 a 1.108.
El número de los más ricos ha disminuido. Su riqueza ha aumentado: cada uno de ellos poseía en 1902, término medio, bienes por valor de 5 millones de marcos (2.500.000 rublos), ¡y en 1908 de 9 millones de marcos (4.500.000 rublos)!
Se habla de "los 10.000 de arriba". En Prusia, los "21.000 de arriba" poseían bienes por valor de 13.500 millones de marcos, y los propietarios restantes, 1.300.000 tenía bienes gravados por valor de sólo 3.000 millones.
Cuatro de los millonarios más adinerados de Prusia (un príncipe, un duque y dos condes) eran dueños en 1907 de bienes por valor de 149 millones de marcos, y en 1908 por valor de 481 millones.
La riqueza crece en la sociedad capitalista con increíble rapidez, paralelamente al empobrecimiento de las masas obreras.
Fuente: https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1912/noviembre/empob.htm
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11 febrero, 2026
El capitalismo como sociedad de la impudicia — Fernando Buen Abad
TeleSUR – 11/02/2026
Desde una perspectiva crítica, el primer gran gesto impúdico es la apropiación privada del producto del trabajo. El capitalismo no sólo roba valor; roba también sentido. El fetichismo de la mercancía, analizado con rigor por Marx, no es una ilusión óptica sino una operación semiótica, las relaciones entre personas aparecen como relaciones entre cosas, y las cosas adquieren una vida social autónoma que encubre la explotación que las produce. La impudicia consiste en que este encubrimiento ya no necesita ocultarse. La obscenidad del capital no es secreta, es pública, cuantificable, celebrada en rankings de riqueza extrema que conviven obscenamente con masas empobrecidas. La desigualdad ya no se justifica con pudor; se exhibe como mérito, como espectáculo aspiracional. La semiosis dominante convierte el robo estructural en éxito individual y el fracaso social en culpa personal.
Definida como Sociedad de la Impudicia no por un accidente moral ni una suma de deslices individuales, sino por una formación económica e histórica concreta, es una estructura de sentido producida y reproducida por las relaciones sociales de dominación extremadamente humilantes. En ella, la impudicia no es simplemente obscenidad visible, sino un régimen semiótico que naturaliza el despojo, estetiza la desigualdad y convierte la degradación humana en mercancía simbólica de consumo cotidiano. Su núcleo no es el exceso, sino la impunidad, la posibilidad de robar el producto del trabajo ajeno, de vaciar de contenido la dignidad humana y de hacerlo a plena luz del día sin vergüenza alguna, incluso con aplauso mediático. La impudicia es, así, una pedagogía del cinismo social.
En este contexto, la ideología burguesa opera como una maquinaria de banalización. No se limita a mentir, trivializa. Vacía las palabras de su densidad histórica y ética para reutilizarlas como eslóganes. Libertad se reduce a capacidad de consumo, democracia a procedimiento electoral sin poder popular efectivo, derechos a favores administrados por el mercado. Esta operación es profundamente impúdica porque despoja a los conceptos emancipatorios de la humanidad que los engendró. La vulgaridad no es aquí una disquisición sobre el mal gusto burgués, sino una estrategia política, rebajar el pensamiento, estereotipar el discurso, impedir la pausa reflexiva necesaria para reconocer la injusticia. La grosería mediática, la simplificación agresiva y la espectacularización del conflicto son dispositivos de control simbólico.
Naturalizar la vulgaridad cumple una función disciplinaria. Al imponer un horizonte cultural donde todo es intercambiable, desechable y rápido, se erosiona la capacidad de indignación. La impudicia se vuelve norma, y lo verdaderamente escandaloso pasa a ser cualquier gesto de decencia radical, la solidaridad, la coherencia ética, la crítica profunda. Desde la semiótica social, esto puede leerse como una inversión de los valores de pertinencia, los signos que antes denunciaban la injusticia ahora resultan “exagerados” o “ideológicos”, mientras que los signos del abuso se presentan como neutrales, técnicos, inevitables. La ideología dominante no grita; bosteza. Su eficacia radica en el cansancio moral que produce.
Su industria cultural desempeña un papel central en esta economía de la impudicia. No como simple aparato de entretenimiento, sino como fábrica de subjetividades adaptadas. El dolor ajeno se convierte en contenido, la miseria en formato, la violencia en rating. Hay una obscenidad específica en la repetición serial del sufrimiento sin contexto ni horizonte transformador. La imagen del hambre, de la guerra o de la exclusión, despojada de análisis estructural, se vuelve pornografía del desastre, consume empatía sin producir compromiso. Esta forma de impudicia no sólo explota cuerpos, explota emociones. Extrae plusvalor afectivo y lo devuelve como anestesia.
Desde un humanismo crítico riguroso, esta situación plantea una pregunta insoslayable, ¿la humanidad merece tanta bajeza? La pregunta no es moralista ni metafísica; es histórica y política. No se trata de una condena abstracta al “ser humano”, sino de una crítica a las condiciones que degradan lo humano. Nadie nace impúdico en este sentido estructural. La impudicia es aprendida, incentivada, premiada. Es el resultado de un orden social que separa ética y política, verdad y poder, conocimiento y responsabilidad. Un humanismo crítico no idealiza al sujeto; lo comprende en su conflictividad, pero se niega a aceptar como destino la reducción del otro a cosa, cifra o espectáculo.
Por eso la filosofía, cuando asume su tarea emancipadora, debe recuperar el pudor como categoría política, no en su acepción conservadora, sino como conciencia del límite, del otro, de la responsabilidad frente a la vida común. Pudor es reconocer que no todo puede ser mercancía, que no todo debe mostrarse para ser consumido, que hay una dignidad irreductible que no admite precio ni rating. La impudicia burguesa odia ese límite porque interrumpe la lógica de acumulación. Por eso lo ridiculiza, lo tilda de ingenuo o anticuado. Pero sin ese límite, la civilización se vacía de humanidad.
Un análisis semiótico científico muestra que la Sociedad de la Impudicia funciona mediante redundancia, repite hasta el cansancio los mismos signos de éxito, poder y normalidad, mientras excluye sistemáticamente los signos de cooperación, justicia y memoria histórica. Esta repetición no busca convencer, sino saturar. Frente a ella, la crítica no puede limitarse a desenmascarar; debe producir contra-semiosis, nuevos sentidos anclados en prácticas reales de transformación. La ética humanista no es un discurso ornamental, es una praxis que rehace los vínculos, que devuelve al lenguaje su capacidad de nombrar el dolor y la esperanza sin convertirlos en mercancía.
Su impudicia, en última instancia, es el síntoma de un sistema que ha perdido toda vergüenza porque ha concentrado todo el poder. Combatirla no es un acto de nostalgia moral, sino una necesidad histórica. Allí donde el robo se presenta como ley, la vulgaridad como cultura y la desfachatez como virtud, la tarea crítica consiste en reinstalar la pregunta por lo humano, no como abstracción, sino como horizonte concreto de lucha. La humanidad no merece la bajeza que se le impone; la padece. Y reconocer esa diferencia es el primer gesto de decencia radical en un mundo que ha hecho de la impudicia su lenguaje oficial.
Siempre el capitalismo puede entenderse, con precisión teórica, también como una maquinaria integral de impudicia e impunidad, diseñada para producir daño social sin asumir responsabilidad alguna. Su lógica operativa separa sistemáticamente acción y consecuencia, quien decide no padece, quien se beneficia no responde, quien destruye no repara. Esta disociación es su mayor obscenidad. La acumulación capitalista requiere no sólo la explotación material, sino la suspensión ética permanente; necesita un mundo donde despedir, contaminar, empobrecer o precarizar no provoque vergüenza sino balances positivos. La impunidad no es una falla del sistema, es su condición de posibilidad. Jurídicamente blindado, mediáticamente legitimado y simbólicamente naturalizado, el capital actúa como sujeto irresponsable absoluto, capaz de producir catástrofes humanas mientras se presenta como racionalidad económica. En esta maquinaria, la impudicia se automatiza, ya no depende de la mala conciencia individual, porque la estructura misma ha abolido la necesidad de sentir culpa. El resultado es un orden social donde la injusticia no sólo ocurre, sino que se gestiona, se planifica y se optimiza sin rubor, convirtiendo la negación de la dignidad humana en procedimiento normal de gobierno. Inmundicias ideológicas burguesas. Desde el robo al producto del trabajo hasta la desfachatez de la vulgaridad naturalizada. La humanidad no se merece tanta bajeza.
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03 enero, 2026
19 diciembre, 2025
12 diciembre, 2025
El capitalismo es un roedor de cerebros — Cecilia Zamudio
Pensamiento crítico – 23/12/2024
El capitalismo es un roedor de cerebros: aliena a la clase explotada para mantenerla sumisa y enemiga de sí misma. La clase dominante capitaliza mediante la explotación de la clase trabajadora y el saqueo de la naturaleza; mantiene su dominación mediante la violencia represiva y la alienación. La inteligencia y el pensamiento crítico devienen rarezas burladas y criminalizadas bajo un sistema de profunda injusticia social en el que la clase dominante utiliza los medios de difusión para alienar y someter, para imponer su hegemonía cultural y política.
La burguesía posee los medios de producción, y por lo tanto el aparato cultural con el que libra una constante colonización mental contra las mayorías explotadas. A través de su industria cultural, de su aparato mediático y religioso, la clase dominante asalta las mentes de las y los explotados; bombardea paradigmas de arrodillamiento, de conformismo ante la injusticia, de creencia en un supuesto determinismo fatal, de individualismo, racismo, clasismo, misoginia, hedonismo, sobreconsumismo parasitario. Todo paradigma que banalice la explotación y la tortura, que lime la empatía, que superficialice las mentes a niveles estratosféricos, que participe de romper los lazos comunitarios, que divida a la clase explotada, todo paradigma que sea funcional a la clase burguesa, que sea funcional al mantenimiento del sistema que permite que una élite pueda capitalizar en desmedro de las mayorías humanas y del planeta, es constantemente promovido.
El objetivo, para la clase dominante, es mantener narcotizada a la clase trabajadora, mantenerla dócil frente a los responsables de su precariedad y angustia, frente a los que devoran sus horas de vida en jornadas laborales excesivas, mantenerla anestesiada creyendo en fábulas colosales como la supuesta “democracia”, que es incompatible con este sistema socioeconómico, pues lo que existe en el capitalismo es Dictadura del Capital, ya que es la clase que posee los medios de producción la que dicta su voluntad, la que dicta qué se produce y cómo se produce, la que dicta los comportamientos y hasta las ‘elecciones’ de las mayorías.
Algunas cifras expresan la brutal injusticia social de este sistema: en el 2023 la fortuna del 1% de los más enriquecidos del mundo, equivalía ya a más del doble de la suma total con la que vive el 95% de la población del planeta (7.000 millones de personas). Mediante la explotación y el saqueo, las 26 personas más enriquecidas del mundo han acumulado un capital que equivale al presupuesto con el que malviven los 3.800 millones de personas más empobrecidas del mundo.
¡Despierta clase explotada! Tu enemigo es la burguesía, no las y los inmigrantes, como te lo sugiere el racismo y la xenofobia inyectados por el mismo aparato cultural de la burguesía... tu enemigo tampoco somos las mujeres, como aduce la constante misoginia promovida por todos los medios de alienación... Despierta grupo humano explotado: tu enemigo es la burguesía transnacional, no son los pueblos que esta invade y descuartiza en sus guerras imperiales para aumentar el saqueo de los recursos y atesorar así lamentos y llantos en sus helvéticos bancos... Tu enemigo es la burguesía, no son los niños, ni los árboles, ni el mar, ni tampoco las y los Rojos que lo que buscan es justicia social. No sirve que la rabia que te causa este sistema de explotación y violencia, la padezcas sin comprenderla, y la dirijas equivocadamente. Despierta clase explotada: tu enemigo es la burguesía, es ella la que convierte este planeta-paraíso en un infierno.
Despierta y no tragues enteras las fábulas narcotizantes con las que te bombardea el cerebro la clase dominante: recuerda siempre que la burguesía lo que llama "libertad" es SU libertad de explotarte y de fagocitar el planeta, recuerda que lo que la burguesía llama "paz" es la sumisión. Y que nosotras y nosotros, las y los trabajadores, los humildes de la tierra, tenemos un concepto de "paz" opuesto al de la Paz-Estafa-y-Genocida; porque sabemos que no es "paz" el hambre, ni es "paz" la explotación, ni es "paz" la angustia de la precariedad, ni son “paz” los hospitales depredados e insuficientes, ni son "paz" los desahucios, ni son "paz" los éxodos a los que nos empuja el saqueo perpetrado por multinacionales de espanto, ni son "paz" las bases militares gringas, ni es "paz" la colonización de Palestina o el neocolonialismo moliendo pueblos indígenas y campesinos por todo el orbe, no es "paz" el saqueo capitalista que depreda montañas y ríos, que pulveriza comunidades e impone el sufrimiento indecible de las infancias con hambre.
La supuesta "reconciliación interclasista" que pregona la burguesía es otro ametrallamiento más, una trampa más para prolongar la barbarie capitalista. No existe "capitalismo con rostro humano", porque no existe "explotador bueno", ni "violador amable". Despierta clase explotada, que la lucha te espera para hacer florecer un futuro liberado de toda explotación. Recuerda que, como decía Assata Shakur: “nadie, nunca, ha conseguido sus derechos apelando al sentido moral de sus opresores”.
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06 diciembre, 2025
China asume el control del comercio mundial de materias primas — Kevin Walmsley
Inside China – 05/12/2025
Traducción del inglés: Arrezafe
Claves:
Un puñado de empresas privadas dominan el comercio y las finanzas globales de materias primas.
El sector está mal regulado, a propósito, y, como resultado, toda la cadena de suministro de materias primas y logística es extremadamente vulnerable a la actividad delictiva.
Los recientes escándalos y delitos cometidos por Trafigura y otras empresas representan un riesgo, en particular para las empresas chinas de refinación y transformación, que son los principales compradores mundiales de petróleo crudo, minerales, metales y productos agrícolas.
Una nueva empresa estatal con sede en Shanghái integrará verticalmente el comercio de materias primas del país con el resto del mundo.
El sistema de “Shanghai Price” sacará el comercio mundial de materias primas de Londres y Nueva York y acelerará aún más la tendencia hacia la desdolarización.
Informe:
Buenos días. Llevamos mucho tiempo esperando esto. Los gerentes de las cadenas de suministros manufacturera, especialmente los de Asia, son vulnerables en muchos sentidos a un puñado de empresas comerciales que dominan las materias primas globales. Es una industria que clama a gritos por una reforma improbable. Así que, de nuevo, lo que China está haciendo es simplemente desechar el sistema actual y construir el suyo propio.
He ahí el titular. Shanghai Guomao es una nueva empresa estatal de comercio de materias primas. La empresa integrará verticalmente las cadenas de suministro internacionales de materias primas: el sector principal de la cadena de suministro son las materias primas. La gestión de la cadena de suministro intermedia se centra en las refinerías y la logística global. Las operaciones industriales posteriores se centran en las entregas, en el último tramo, a fábricas y consumidores en China, y próximamente en docenas de otros países donde Guomao opera.
La noticia se difundió rápidamente. El anuncio se produjo mientras en Shanghai se celebraba una gran conferencia sobre el cobre, y todos los presentes se apresuraron a averiguar con quién debían hablar en Guomao para comprar y vender cobre.
Shanghái es el principal centro financiero de China continental; casi todas las bolsas de valores se encuentran allí. Y hay dos características importantes que abordaremos una por una.
En primer lugar, esta: Maike Metals es una empresa china que ha tenido muchos problemas en el pasado, especialmente en lo concerniente a la industria del cobre. Y Trafigura Group es una empresa extranjera. Así que, al ver los recientes titulares sobre Trafigura, imagina que eres una de esas fábricas que necesitan materias primas y la preocupación de pagar a comerciantes de Trafigura para que le envíen lo necesario para la construcción de automóviles o barcos.
TRAFIGURA: UN VIAJE TÓXICO
He aquí el Informe de Amnistía Internacional, que resume el escándalo relacionado con un barco cargado de residuos peligrosos que fueron vertidos ilegalmente en África. La empresa mezcló nafta de coque y gasolina para revenderla. Los residuos eran extremadamente tóxicos y su eliminación iba a ser costosa. La empresa contactó con varios países para ver si les permitían deshacerse de ellos. Malta se negó, junto con Italia, Gibraltar, Países Bajos y Nigeria. Una empresa de eliminación de residuos tóxicos de los Países Bajos se ofreció a encargarse de ellos, de forma segura y legal, por 620.000 dólares. Trafigura dijo que no, gracias, los vertió en algún lugar de Costa de Marfil por 17.000 dólares, y más de cien mil personas tuvieron que ser hospitalizadas.
En Suiza, el gobierno acusó a ejecutivos de Trafigura de sobornar a un funcionario en Angola. Esto ocurrió en diciembre pasado. “La empresa debería haber hecho más para evitar más de 5 millones de dólares en sobornos a cambio de contratos de petróleo y transporte marítimo durante un período de tres años”.
El riesgo de un acuerdo de ese tipo es que, si los angoleños acusaran al funcionario de corrupción, y por extensión a Trafigura, podrían confiscar legalmente los cargamentos de petróleo que ya están pagados.
Este año, marzo de 2025: Trafigura descubrió una pérdida de mil millones de dólares en su división comercial de petróleo de Mongolia. Se trata de empleados o socios de Trafigura que manipularon datos y documentos. Trafigura pagó en exceso algunas facturas y se ocultaron otras cuentas por cobrar, lo que probablemente significa que estos agentes de Trafigura tenían acuerdos paralelos que querían mantener en secreto.
Al director ejecutivo de Trafigura le preguntaron cómo es posible que su empresa fuera estafada con mil millones de dólares sin que nadie se diera cuenta. Explicó que Mongolia es un país aislado. Y no se equivoca. Yo estuve allí en enero, es como otro planeta. No mucha gente habla mongol, por eso es difícil supervisar lo que ocurre allí. Y por eso, las empresas normales deberían asegurarse primero de implementar controles estrictos para que ciertas personas –con las que nunca se encontrarán, y con las que no podrían comunicarse incluso si se encontraran– no puedan robar mil millones de dólares.
Por qué Trafigura se declaró culpable de una década de sobornos. El Departamento de Justicia de EEUU informó que Trafigura, empresa internacional de comercio de materias primas, resolvió un caso de soborno de largo recorrido con empleados y agentes que obtenían contratos con la petrolera estatal brasileña, Petrobras. La empresa acordó pagar más de 126 millones de dólares para resolver la investigación.
Brasil. Eso duró años. Trafigura estableció un plan para sobornar a funcionarios de Petrobras, la empresa estatal de petróleo y gas de Brasil. Los empleados de Trafigura realizaban transferencias bancarias a cuentas registradas como comisiones en sus libros. Otros facturaban los servicios de consultoría desde sus cuentas, a esas mismas cuentas, y transferían los fondos a otra de la que los funcionarios de Petrobras podían retirar fondos.
Esto, obviamente, es un delito en Brasil y en Estados Unidos, dado que Trafigura tiene su sede en Houston, Texas, por lo que todo lo que hace la empresa está bajo jurisdicción estadounidense. Estos arreglos generaron 61 millones de dólares en ganancias, tras el pago de unos 20 millones de dólares en sobornos.
En junio pasado, la compañía pagó 55 millones de dólares por “fraude, manipulación e interferencia en las comunicaciones con la CFTC” (Comisión de Comercio de Futuros de Materias Primas), cargos que equivalen a lo que el Departamento de Justicia denominaría obstrucción a la justicia.
Durante seis años, Trafigura negoció futuros de gasolina con base en información privilegiada de terceros en México. Luego, en 2017, la empresa manipuló un índice de referencia para estafar a sus contrapartes, e incluso a sus clientes.
Trafigura exigió a sus empleados que firmaran acuerdos de confidencialidad que prohibían compartir información de la empresa con las fuerzas del orden. Los acuerdos de confidencialidad son frecuentes cuando los comerciantes cambian de empresa, para proteger la información confidencial de los clientes de sus antiguas empresas. No tienen como objetivo impedir que los exempleados, ni los actuales, cooperen con las fuerzas del orden que investigan delitos.
El mes pasado: escándalo relacionado con níquel por valor de 600 millones de dólares. Nadie sabe dónde está el dinero. Y el níquel no era real. Prateek Gupta mantuvo relaciones comerciales con Trafigura durante años, desde 2014. La cifra aumentó hasta alcanzar las 69.000 toneladas de níquel comercializadas en 2021.
En este esquema, Trafigura compraba cargamentos de níquel a las empresas de Gupta mientras se cargaban, y luego. al mismo precio, otra empresa de Gupta recompraba el cargamento a Trafigura tras la llegada del barco, entre tres y seis meses después. Si no entendéis cómo Trafigura ganaba dinero, comprando a un precio y vendiendo al mismo precio meses después, yo tampoco lo entendí.
Pero un día, la empresa Gupta, que operaba en segundo plano, carecía de fondos para pagar el níquel entrante de Trafigura, así que Trafigura tuvo que venderlo en los mercados de materias primas para obtener efectivo. Recibieron el envío, lo abrieron y resultó que no era níquel en absoluto.
Trafigura demandó a Gupta en Londres y, mientras testificaba desde Dubai, Gupta afirmó que los ejecutivos de Trafigura sabían sobre la estafa desde el principio.
La interpretación más inocente, desde la perspectiva de Trafigura, es que su empresa fue el vehículo financiero para introducir níquel falso por valor de cientos de millones de dólares en los mercados globales, que sus ejecutivos no lo sabían, pero deberían haberlo sabido. Pero si Gupta dice la verdad, entonces los ejecutivos de Trafigura también participaron en la estafa y se lucraron con ella de alguna manera.
Volviendo a mi primera pregunta, ¿cómo deberíamos interpretar estos informes? Supongamos que somos gerentes y directores de empresas que compran níquel, por ejemplo. Tenemos empleados que confían en que hagamos un buen trabajo, un trabajo honesto. Nuestros clientes esperan lo mismo y nos pagan por un trabajo honesto.
Resulta que esta empresa multimillonaria comercializa níquel, que en realidad no es níquel, por valor de miles de millones de dólares. Resulta que sus ejecutivos y socios manipulan documentos que muestran a sus propios directores y luego ordenan a sus empleados que no hablen con la policía si aparecen y empiezan a hacer preguntas.
Entonces, ¿en qué situación deja esta conducta criminal a los empresarios honestos que necesitan materias primas para fabricar productos?
En esta industria existen profundas debilidades sistémicas, deliberadamente establecidas. Y existen porque las empresas comercializadoras ganan miles de millones de dólares, incluso cuando las pillan y pagan las multas. Sólo en este caso del níquel, estos son los riesgos para la cadena de suministro: requisitos de verificación por terceros y referencias cruzadas insuficientes. Los documentos de envío y los acuerdos de financiación indicaban que se trataba de 600 millones de dólares en níquel, de un níquel que no existía. Falta de control en tiempo real y ejecución deficiente.
Los riesgos para el propio sistema están sitúados en la columna a la derecha. Cuando una sola entidad, como Trafigura, sufre enormes pérdidas, como en Mongolia el año pasado o en el caso del níquel esta vez, la empresa puede quebrar, con los acreedores embargando y cargamentos. Contagio del mercado crediticio. Pensemos en Lehman Brothers, exceptuando los mercados globales de materias primas. También hay implicaciones para la seguridad nacional, dada la importancia de estas materias primas para los sistemas de defensa y para economías enteras.
De modo que, lo que los chinos han hecho es que sus empresas, sus cadenas de suministro, su seguridad nacional, su economía, ya no sean vulnerables a empresas como Trafigura.
Y esto es crucial. Guomao está en Shanghái. Las bolsas de materias primas de todo cuanto China necesita están muy cerca, en Lujiazui. Las cadenas de suministro de China estarán a partir de ahora integradas de principio a fin, y presumiblemente dotadas de mecanismos de control en todo el sistema.
En cualquier caso, las materias primas siguen llegando a China. China es el mayor importador mundial de petróleo crudo. Es el mayor importador mundial de alimentos. Es el mayor comprador mundial de materias primas. China también es el mayor socio comercial de Brasil, así que lo de Petrobras no volverá a ocurrir.
Así que “Shanghai Price” significa exactamente lo que parece. Se acabó el comercio con Nueva York, con Londres, con Houston y con dólares.
Sean buenos.
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