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19 septiembre, 2026

Modernización no significa capitalismo — Vijay Prashad

 

Tricontinental - Boletín 38 (2026)


En el Sur Global, el desarrollo no puede lograrse imitando al Occidente capitalista: exige romper la dependencia imperialista mediante la defensa de la soberanía, la planificación socialista y la transformación de las relaciones sociales.



Queridas amigas y amigos,


Saludos desde las oficinas del Instituto Tricontinental de Investigación Social.


En 1960, el economista estadounidense Walt Whitman Rostow publicó Las etapas del crecimiento económico. Un manifiesto no comunista. El subtítulo revelaba el propósito del libro. Rostow no se limitaba a describir el desarrollo económico. Ofrecía un arma ideológica para la Guerra Fría. Todas las sociedades, sostenía, recorrían el mismo camino, comenzaba en la "sociedad tradicional", pasaba por las "condiciones previas para el impulso inicial", el "impulso inicial" y la "marcha hacia la madurez", para llegar finalmente a la "era del gran consumo en masa". Al final de ese camino se encontraba Estados Unidos mismo. Sus instituciones sociales, culturales y políticas aparecían como el modelo para el resto del mundo. En el relato de Rostow, desarrollarse era imitar los patrones de consumo y las formas institucionales del Occidente imperialista. Modernizarse era volverse capitalista.


La teoría de Rostow, y en especial la del economista santalucense Arthur Lewis, oponía la "tradición" a la "modernidad". Había que despejar el viejo mundo para que pudiera aparecer el nuevo. El colonialismo desapareció de este relato, al igual que la esclavitud, el saqueo, el intercambio desigual y la transferencia organizada de riqueza desde Asia, África y América Latina hacia Europa y América del Norte. A los países empobrecidos por el imperialismo se les dijo que su pobreza era el resultado de sus propias culturas atrasadas. No necesitaban soberanía ni revolución social. Lo que requerían, se les planteó, era capital extranjero, expertos occidentales y paciencia.




En un boletín anterior sobre nuestras tradiciones de izquierda, hablamos de la riqueza del debate en torno a las herencias culturales dentro de la política de izquierda . En China, sin embargo, el problema principal no era la tradición en sí, sino la humillación. Desde la Primera Guerra del Opio (1839-1842) hasta la victoria de la Revolución China (1949), el país padeció lo que se recuerda como el "siglo de humillación": el opio impuesto a su pueblo, los tratados desiguales impuestos a sus gobiernos, el territorio arrebatado por potencias extranjeras, los puertos subordinados a monopolios imperiales y el país desgarrado por los señores de la guerra, la ocupación y la guerra civil. El capitalismo entró en China no con La riqueza de las naciones (1776) de Adam Smith en la mano, sino con cañoneras y droga. Las fuerzas del capitalismo no unificaron el país ni liberaron sus capacidades productivas. Por el contrario, el imperialismo capitalista destrozó la sociedad china y fortaleció a los terratenientes, a las élites compradoras y a los intermediarios del capital extranjero.


Para el pueblo chino, modernizarse no significaba repudiar en bloque su civilización ni entrar en la sala de espera de Occidente. Modernizarse significaba poner fin a la humillación, recuperar la soberanía, unificar el país, derrotar el hambre y el analfabetismo, y crear la capacidad material para impedir el regreso de las cañoneras. Según esta lógica, la modernización china solo podía comenzar con la liberación nacional y podía avanzar únicamente mediante el socialismo.


En nuestro último dossier, Caminar con las dos piernas: el socialismo de la modernización china, llamamos la atención sobre las dos tareas inseparables que asumió la Revolución China: la transformación de las relaciones sociales y el desarrollo de las fuerzas productivas. Un país pobre no podía abolir la privación simplemente distribuyéndola de manera más equitativa. Necesitaba industria moderna, ciencia, tecnología e infraestructura. Pero, dada la trampa del sistema neocolonial, ¿cómo se esperaba que China llevara a cabo este proyecto? ¿Podía hacerlo sin abordar las cuestiones fundamentales de la propiedad y la emancipación social? En nuestro dossier dividimos la historia moderna de China en tres etapas: de 1949 a 1978, de 1978 a 2013 y de 2013 hasta el presente.




En 1949, China se encontraba entre los países más pobres del mundo: la esperanza de vida rondaba los 35 años, la alfabetización estaba por debajo del 20%, la capacidad industrial era sumamente limitada y el campo seguía dominado por relaciones feudales. Los primeros pasos de la revolución fueron, por ende, tanto sociales como materiales. Para 1953, la reforma agraria había redistribuido casi 47 millones de hectáreas a aproximadamente 300 millones de campesinas y campesinos sin tierra o con poca tierra. El orden terrateniente quedó quebrado, pero también ocurrió algo más profundo. El campesinado experimentó el fanshen (翻身): literalmente, "voltear el cuerpo" o "ponerse de pie", pero, en el lenguaje de la revolución, sacudirse la servidumbre y erguirse como protagonista del desarrollo nacional. La modernización no comenzó con un centro comercial, sino con la tierra, la dignidad y el fin de la servidumbre.


Las campañas masivas de alfabetización, los sistemas de salud públicos, las salas de lectura rurales y el programa de los médicos descalzos transformaron la sociedad. Para 1959, la alfabetización había subido al 57%. Mientras tanto, la planificación socialista construyó los cimientos de una economía industrial integrada: acerías, centrales eléctricas, fábricas de automóviles y tractores, ferrocarriles y puentes. Estos logros fueron alcanzados bajo bloqueo, sanciones y la amenaza constante de guerra. La soberanía había adquirido una base material, pero todavía era frágil.




Después de 1978, la política de reforma y apertura cambió de táctica sin abandonar la dirección histórica. La afirmación de Deng Xiaoping de que "la pobreza no es socialismo" captó la esencia del problema. China utilizó los mercados y el capital extranjero bajo la guía del Estado para desarrollar sus fuerzas productivas, pero no cedió el control de los sectores estratégicos de la economía. El control público de la banca, la energía, las telecomunicaciones y el transporte permitió al Estado orientar la inversión e impedir que el sector privado dictara el rumbo de la sociedad. El mercado se utilizó como un instrumento, no como un fin en sí mismo.


Este segundo período produjo una inmensa riqueza social y sacó de la pobreza a más de 765 millones de personas entre 1978 y 2019. Pero también produjo serias contradicciones: desigualdad, corrupción, desequilibrios regionales, presión sobre la clase trabajadora y devastación ecológica. Reconocer estas contradicciones no es desechar el período de reforma, así como reconocer sus logros no exige ocultar sus costos. La construcción socialista no es una línea recta trazada de antemano, sino un proceso de lucha en el que las nuevas capacidades generan nuevas contradicciones que, a su vez, deben ser resueltas.




Desde 2013, China ha entrado en una tercera etapa, organizada en torno a tres conceptos: prosperidad común, civilización ecológica y desarrollo de alta calidad. La campaña de Alivio Focalizado de la Pobreza movilizó a más de tres millones de cuadros del Partido Comunista de China (PCCh) para llegar a los focos remanentes de pobreza extrema, garantizando un ingreso mínimo, alimentación y vestimenta adecuadas, educación, salud, vivienda segura, agua potable, electricidad y transporte. En lugar de esperar a que la riqueza se derramara hacia abajo, el partido fue casa por casa para identificar la privación y superarla. Al mismo tiempo, el partido arremetió contra las concentraciones de poder privado, endureció la regulación de las corporaciones tecnológicas, restringió la industria de las clases particulares y actuó contra la especulación inmobiliaria bajo el principio de que "las casas son para vivir en ellas, no para especular". China ha desviado el crédito de la actividad especulativa hacia la industria estratégica, la infraestructura pública y el desarrollo tecnológico. No se trata de ajustes administrativos menores; conciernen a la cuestión socialista fundamental: si el capital gobierna a la sociedad o la sociedad gobierna al capital.


El presidente chino Xi Jinping ha descrito la modernización china como una "modernización socialista impulsada bajo el liderazgo del Partido Comunista de China". El concepto de modernización socialista no es hostil a la tradición y permite a China nutrirse de su herencia civilizatoria sin someterse ni a la jerarquía feudal ni a la dominación cultural occidental. La tradición no es una pieza de museo ni un obstáculo por superar. Se hereda críticamente y se pone en diálogo con la razón científica y la ética socialista.




En Occidente, la memoria de China de la humillación se trata a veces como un agravio psicológico manipulado por el Estado. Pero la humillación no es un mero sentimiento. Remite a una condición material: la pérdida de la soberanía, la incautación de los recursos, la negación del desarrollo tecnológico y la subordinación del futuro de un pueblo a un poder extranjero. Las actuales restricciones a los semiconductores, las sanciones, las barreras comerciales y el cerco militar recuerdan al pueblo chino que el viejo deseo imperial de frenar su desarrollo no ha desaparecido. La autosuficiencia tecnológica no es, por lo tanto, nacionalismo estrecho, sino la forma contemporánea que adopta la defensa de la soberanía.


El camino de China no puede simplemente copiarse en otros países. Surgió de una revolución arraigada en la alianza obrero-campesina y de un partido capaz de planificar a lo largo de generaciones. Pero su historia plantea una pregunta urgente al Sur Global: ¿puede haber modernización sin soberanía? Los países agobiados por la deuda externa, dependientes de la exportación de materias primas y despojados del control sobre los datos, las finanzas, la tecnología, la energía y el transporte son formalmente independientes, pero se les impide decidir su futuro. Se les entrega la escalera de Rostow, pero no tiene peldaños por donde subir.



La Revolución China no pidió permiso para subir la escalera de Rostow. Forjó su propio camino hacia el desarrollo. La modernización de China no debe medirse por el volumen de mercancías ni por el número de multimillonarios. Debe evaluarse tomando en cuenta si el campesinado puede mantener la dignidad, si la niñez sabe leer, si las personas viven vidas más largas y saludables, si la tecnología atiende las necesidades sociales, si se protege la naturaleza y si una nación puede enfrentarse a un imperio sin agachar la cabeza. La modernización de China no es utópica. La resolución de cada problema ha generado nuevos problemas que deben enfrentarse. Quizá la prueba más fehaciente de la modernización china haya sido su capacidad de adaptarse a los tiempos cambiantes y de enfrentar nuevos desafíos. No decimos que la sociedad china no tenga problemas, más bien que su proyecto socialista está organizado para reconocer las contradicciones, cambiar de rumbo y luchar por resolverlas.


El camino de modernización de China demuestra que los países subdesarrollados pueden forjar un camino distinto del Occidente capitalista mientras defienden su soberanía. La lección no es que China pueda copiarse, sino que la modernización requiere una organización política capaz de convertir la soberanía en planificación, capacidad tecnológica, bienestar social y poder colectivo. Por eso importa la cuestión de los partidos políticos. No es posible comprender plenamente el camino de China sin analizar su sistema de partidos, la estructura del PCCh y su relación con los demás partidos, el Estado y la sociedad. Para seguir de cerca este recorrido, les invitamos a leer nuestra revista semestral, Wenhua Zongheng: Revista de pensamiento chino contemporáneo, publicada en colaboración con el Foro Académico del Sur Global (GSAF, por su sigla en inglés).


La edición 2026 de la conferencia del GSAF se celebrará en Pudong, Shanghái, del 17 al 18 de octubre, bajo el tema "Partidos políticos del Sur Global: gobernanza y modernización". Al reunir a partidos políticos, movimientos sociales e instituciones académicas de todo el Sur Global, el foro crea un espacio para comparar experiencias de gobernanza y modernización, y para preguntarse cómo la soberanía puede traducirse en instituciones capaces de planificación, desarrollo y emancipación. Lo que está en juego es si los pueblos del Sur Global pueden definir la modernización en sus propios términos: no como imitación, sino como la construcción colectiva de un futuro más allá de la dependencia.


Cordialmente,


Vijay




《没有共产党就没有新中国

[Sin el Partido Comunista no habría una nueva China]


04 septiembre, 2026

Cómo China gana las guerras que inicia Estados Unidos — Hua Bin

 




Hua's Substack – 04/09/2026


Se ha establecido un patrón: Estados Unidos libra guerras interminables para allanar el camino al comercio chino.


En un irónico giro del destino, la beligerancia belicista estadounidense ha contribuido directamente a la expansión comercial de China en todo el mundo.


Una curiosa característica del sistema electoral estadounidense es la propensión a acusar al oponente de ser instrumento de un adversario extranjero.


Durante la campaña de 2016, Hillary Clinton acusó a Trump de ser un títere de Rusia. Por su parte, Trump, apodó a Joe Biden «Biden de Pekín» en la campaña de 2020.


Ninguno de los dos son lo que se les acusa de ser, aunque ambos son peones de otra potencia extranjera cuyo nombre no se puede mencionar en la política estadounidense, salvo en señal de admiración.


«Trump de Tel Aviv» y «Biden el israelí» habrían sido apodos perfectos, pero por supuesto nadie en la sociedad estadounidense convencional reconocería jamás una verdad tan evidente.


En China, los usuarios de las redes sociales llaman sarcásticamente a Trump 川建国 (o sea «Trump constructor de la nación»), ya que, en efecto, sus políticas parecen dirigidas a promover el desarrollo de China.


Su guerra comercial ha obligado a China a diversificar su comercio con el resto del mundo.


Su guerra tecnológica ha impulsado a China a reforzar los puntos débiles de su cadena de suministro tecnológico.


Su guerra financiera ha ayudado a China a proteger su economía de las sanciones y a impulsar con urgencia la desdolarización.


Así pues, cuando Trump atacó a Irán a principios de este año, en China, como es lógico, esperábamos un nuevo impulso del «constructor de la nación».


No estamos decepcionados.




El comercio chino ha experimentado un auge como resultado directo de la guerra


El valor del comercio exterior de China alcanzó los 4,46 billones de dólares estadounidenses en los primeros siete meses del año, lo que supone una expansión interanual del 17%. Solo en julio, se registró un aumento del 24%.


Para poner la cifra en contexto, el dato comercial es superior al PIB anual de Japón en 2025.


Además del rápido crecimiento, la expansión comercial de China conllevó un cambio masivo en sus alianzas geográficas, alejándose de los mercados occidentales tradicionales y acercándose al Sur Global.


El comercio de China con la ASEAN creció un 35%. Su comercio con Rusia, África y América Latina también creció más rápido que el de Europa y Estados Unidos.


El comercio con Estados Unidos representa apenas el 8,8% del comercio total de China, una cifra muy inferior al casi 25% que representaba cuando Trump ganó sus primeras elecciones en 2016.


El crecimiento del comercio en 2026 está impulsado por la explosiva demanda mundial de energía verde y tecnologías avanzadas chinas.


La interrupción del suministro energético en los países del Golfo ha contribuido significativamente a la adopción de productos chinos de energía verde, desde vehículos eléctricos hasta paneles solares.


Los envíos de vehículos eléctricos al exterior registraron un aumento interanual del 71,2% en su valor, impulsado por la demanda de vehículos energéticamente eficientes a medida que suben los precios de la gasolina debido al cierre del oleoducto de Ormuz.


De igual modo, las exportaciones chinas de baterías de litio aumentaron un 36%, ya que el almacenamiento de energía se ha vuelto fundamental durante la crisis.


Las exportaciones de turbinas eólicas crecieron un 35% interanual. Los envíos de paneles solares aumentaron un 24%.


La necesidad de electrificar la economía global, debido tanto a la crisis energética derivada de la guerra como a la enorme demanda de los centros de datos de IA, impulsó el crecimiento de las exportaciones chinas de equipos eléctricos, como transformadores, en un 32%.


El desarrollo de infraestructuras de inteligencia artificial a nivel mundial provocó un aumento sin precedentes en las exportaciones de productos electrónicos.


Las exportaciones chinas de semiconductores casi duplicaron su valor total.


Además, la guerra también ha desviado hacia los proveedores chinos la demanda mundial de materias primas básicas, como el aluminio y la urea, ya que los proveedores tradicionales del Golfo, como los Emiratos Árabes Unidos y Qatar, se han visto aislados de la cadena de suministro mundial.


Consecuencias imprevistas de la guerra de Estados Unidos contra Irán


El estallido de la guerra ha supuesto un enorme impulso económico para las exportaciones industriales chinas.


Si bien la guerra ha agotado los recursos occidentales y ha avivado la inflación interna en Estados Unidos, China ha aprovechado estratégicamente el conflicto para acelerar el crecimiento a través de tres canales principales:


1. Aceleración de la transición energética verde global


El cierre del estrecho de Ormuz mediante bloqueo militar desencadenó una crisis energética mundial masiva en el sector de los hidrocarburos y los combustibles fósiles.


Ante el aumento vertiginoso de los precios mundiales del petróleo y el colapso de la seguridad energética tradicional, los mercados internacionales aceleraron drásticamente sus plazos para la transición hacia las energías renovables.


Debido a que China posee la capacidad de fabricación a gran escala mayor del mundo en tecnología verde, se convirtió en el beneficiario global por defecto.


2. Cuello de botella de la red de IA y sustitución de material de referencia


La guerra perturbó gravemente las cadenas de suministro industriales especializadas en el Golfo Pérsico, dañando especialmente importantes plantas de procesamiento regionales como Emirates Global Aluminum.


Dado que la región del Golfo suministraba anteriormente aproximadamente el 21% del aluminio primario de EEUU y el 19% del de la UE, los fabricantes occidentales de los sectores aeroespacial, automotriz y electrónico se enfrentaron a una escasez estructural inmediata.


China ocupó ese vacío como principal exportador de materiales de relleno para metales procesados y materiales industriales.


Simultáneamente, el intenso desarrollo global de infraestructuras de IA se enfrentó a enormes limitaciones en la red eléctrica debido a los elevados costes energéticos.


China aprovechó esta situación suministrando infraestructura eléctrica fundamental de apoyo a las sobrecargadas redes eléctricas internacionales.


3. Amortiguadores de energía con grandes descuentos y desdolarización


Mientras que las naciones occidentales sufrían una grave inflación provocada por la guerra y un aumento de los precios minoristas del combustible, China protegió su base industrial mediante una rigurosa previsión estratégica.


Antes del conflicto, Pekín almacenó una reserva estratégica de petróleo sin precedentes de 1.800 millones de barriles, comprando grandes cantidades de crudo iraní y ruso con descuento debido a las sanciones occidentales.


Este enorme y barato colchón de energía mantuvo bajos los costes de producción en las fábricas chinas, mientras que los competidores occidentales se enfrentaban a costes operativos abrumadores.


Además, para sortear el endurecimiento de los bloqueos marítimos y las sanciones bancarias estadounidenses, Irán comenzó a permitir el paso de buques petroleros por el estrecho de Ormuz con la estricta condición de que las transacciones se liquidaran directamente en yuanes chinos.


La guerra ha acelerado de hecho el objetivo geopolítico a largo plazo de China de disminuir el dominio del dólar estadounidense en el comercio mundial de materias primas.


China será la mayor beneficiaria de la reconstrucción de Irán tras la guerra.


Nadie sabe cuándo se alcanzará la paz permanente en el Golfo Pérsico. Pero es casi seguro que habrá un auge masivo del comercio chino-iraní tras la guerra.


La resolución formal del conflicto desembocará de inmediato en una sinergia comercial sin precedentes entre Pekín y Teherán.


La reconstrucción de posguerra


El Irán de posguerra necesitará miles de millones de dólares, rápidas inyecciones de capital para reconstruir sus devastadas infraestructuras energéticas, marítimas, logísticas y civiles.


Las corporaciones occidentales seguirán estando legalmente restringidas o estructuralmente reacias a entrar en el mercado iraní; las empresas chinas están preparadas para sustituirlas como principales contratistas.


Este aumento de la demanda se verá perfectamente integrado en el programa de cooperación entre China e Irán de 25 años, ya vigente y firmado en marzo de 2021.


En el marco de este plan estratégico de 400.000 millones de dólares, China ya ha planificado inversiones masivas de posguerra para modernizar las redes de transporte, las instalaciones petroleras, los puertos, los centros industriales y las telecomunicaciones 5G de Irán.


Normalización del flujo energético


Si bien el actual bloqueo naval estadounidense ha frenado temporalmente las exportaciones de crudo por vía marítima, China sigue siendo el principal sustento económico de Irán.


Un acuerdo de paz permanente eliminará las amenazas marítimas en el estrecho de Ormuz, lo que permitirá que el crudo iraní vuelva a fluir plenamente hacia la industria de China.


Los gigantes energéticos estatales chinos tendrán acceso prioritario para desarrollar el enorme yacimiento de gas de South Pars, poco explotado, y los principales bloques petrolíferos de Irán, asegurándose así contratos energéticos a largo plazo con tarifas estructurales de posguerra sumamente favorables.


Institucionalización del RMB y desdolarización


La guerra actual ha obligado a Irán a romper por completo la dependencia que aún mantenía de la arquitectura financiera occidental.


Durante el conflicto, Teherán comenzó a canalizar su comercio de materias primas exclusivamente a través del yuan chino (RMB) para eludir las sanciones bancarias estadounidenses.


Una vez que termine la guerra, este sistema no volverá a basarse en el dólar estadounidense.


El auge comercial de la posguerra se liquidará a través del Sistema de Pagos Interbancarios Transfronterizos de China (CIPS), lo que integrará a Irán en la órbita económica global de Pekín.


Liquidación de activos congelados para satisfacer la demanda inmediata de los consumidores.


A lo largo del conflicto, una parte importante de los ingresos petroleros de Irán se ha acumulado en cuentas en el extranjero.


Cuando termine la guerra, esos miles de millones quedarán descongelados.


Es muy probable que Irán convierta estos activos directamente en líneas de crédito inmediatas para comprar a china, maquinaria, productos electrónicos de consumo, equipos de fabricación industrial y tecnología médica.


En resumen, Estados Unidos emprendió una guerra criminal contra Irán y fue rotundamente derrotado.


Agotó su arsenal de armas y la poca credibilidad que le quedaba al ejército estadounidense del pasado. Además, contribuyó a acelerar los objetivos económicos de China.


Resulta que, como diría Trump, fue “un trato excelente”. El “maestro” del “arte de la negociación” se merece con creces su apodo chino “川建国”.


Sería injusto acusar a Trump de ser el único responsable de ayudar a China mediante su beligerante estupidez.


Antes de su gestión, la provocación de Biden a Rusia con la guerra por delegación en Ucrania, ha consolidado la alianza energética de China con Rusia.


Actualmente, Rusia exporta la mayor parte de su petróleo y gas a China, en lugar de a Europa Occidental.


De manera similar, las guerras interminables de George W. Bush y Obama en Oriente Medio han visto a China emerger como el principal beneficiario de la reconstrucción de Irak.


El precedente iraquí de “China ganando las guerras de agresión de Estados Unidos”


Si bien la invasión estadounidense de 2003 derrocó a Saddam Hussein, las principales compañías petroleras estadounidenses se han retirado en gran medida de Irak en las últimas dos décadas.


En su ausencia, Pekín ha intervenido con decisión, transformando de hecho a Irak en una piedra angular de su seguridad energética.


Los analistas estiman que entre el 50% y el 65% de la producción total de petróleo de Irak proviene actualmente de yacimientos donde operan, invierten o prestan servicios de ingeniería empresas chinas.


La salida de Estados Unidos frente a la afluencia de China


Tras la guerra, corporaciones estadounidenses como ExxonMobil obtuvieron inicialmente lucrativos derechos para explotar los mega-yacimientos de Irak.


Sin embargo, debido a los bajos márgenes de beneficio fijados por el gobierno iraquí, la compleja situación de seguridad y el cambio en las prioridades empresariales hacia el gas de esquisto nacional, las empresas estadounidenses se retiraron.


ExxonMobil se retiró completamente de Irak, cediendo las operaciones del enorme yacimiento West Qurna 1.


Fuera de la región autónoma del Kurdistán iraquí, las empresas estadounidenses poseen menos del 2% de los proyectos activos de petróleo y gas en Irak.


Por el contrario, las empresas chinas han adquirido la mayor parte de las licencias extranjeras de petróleo y gas en Irak (7,27%), solo superadas por el propio Estado iraquí.


Dominio en la fase inicial de la cadena de suministro y licitaciones para el período 2024-2026


La presencia de China abarca desde gigantes estatales como PetroChina y CNOOC, hasta empresas privadas independientes, ágiles y altamente competitivas.


Durante las principales rondas de licencias «Quinta+ y Sexta» de Irak, las empresas chinas ganaron casi todos los contratos para explorar y explotar más de 10 nuevos yacimientos de petróleo y gas, mientras que el interés estadounidense fue prácticamente inexistente.


Entidades privadas chinas como Geo-Jade Petroleum, United Energy Group y ZPEC están invirtiendo miles de millones en Irak. Actualmente, van camino de duplicar su producción independiente de petróleo iraquí hasta alcanzar los 500.000 barriles diarios (bpd) para 2030.


A mediados de 2025, Irak firmó un acuerdo integral de 848 millones de dólares con Geo-Jade para ampliar el yacimiento petrolífero de Tuba de 20.000 a 100.000 barriles diarios, además de construir refinerías masivas para su posterior refinado.


El mega acuerdo de “petróleo por construcción”


El dominio de China va más allá de la simple perforación; está integrado en la reconstrucción nacional de Irak a través de un acuerdo marco establecido de 20 años de «Petróleo por Construcción».


En virtud de este mecanismo, Irak envía contractualmente 100.000 barriles de crudo diarios directamente a China.


A cambio, Pekín financia y ejecuta proyectos de infraestructura nacional de gran envergadura.


Este acuerdo ha propiciado que empresas chinas construyan más de 1.000 escuelas y hospitales en todo Irak, construyan un importante aeropuerto civil en Dhi Qar y desarrollen enormes ciudades residenciales.


En abril de 2026, el primer ministro Mohammed Shia al-Sudani aprobó una asignación de 1.500 millones de dólares en el marco de este acuerdo para financiar el muy esperado oleoducto Basora-Haditha, valorado en 5.000 millones de dólares.


Además, China Petroleum Pipeline Engineering Co. obtuvo un contrato de 2.500 millones de dólares para construir el megaproyecto de suministro de agua corriente de mar, con el fin de mantener la presión en los yacimientos petrolíferos de Irak.


Principal cliente del sector energético y poder de influencia geopolítica


China importa diariamente entre 1,2 y 1,4 millones de barriles de petróleo iraquí, lo que representa aproximadamente el 35% de la producción petrolera nacional total de Irak, siendo su principal cliente petrolero a nivel mundial.


A diferencia de Washington, Pekín aplica una estricta política de «no injerencia» en lo que respecta a la política local y la gobernanza interna de Irak.


Este enfoque proporciona a las empresas energéticas chinas una ventaja constante sobre sus homólogas occidentales a la hora de licitar contratos estatales a largo plazo.


El patrón es el mismo en Afganistán: dondequiera que Estados Unidos libra guerras, China gana influencia


En Afganistán está ocurriendo lo mismo.


A pesar de los riesgos de seguridad que persisten en el país, China ya se ha beneficiado de la reconstrucción de la posguerra gracias a su acceso económico estratégico.


Minerales críticos y extracción de energía


El principal beneficio económico reside en obtener acceso preferencial a los vastos e inexplorados recursos naturales de Afganistán, cuyo valor se estima en más de un billón de dólares.


Las empresas mineras chinas han buscado agresivamente acceder a los enormes yacimientos de litio y elementos de tierras raras de Afganistán.


China también mantiene un acuerdo de extracción a largo plazo para el yacimiento de cobre de Mes Aynak, uno de los campos de cobre sin explotar más grandes del mundo.


En la cuenca del Amu Darya, en el norte de Afganistán, la empresa Xinjiang Central Asia Petroleum and Gas Co (CAPEIC) consiguió un acuerdo de extracción de petróleo por valor de 540 millones de dólares, lo que permite a China bombear petróleo directamente desde territorio afgano.


Expansión geopolítica y de infraestructuras (CPEC 2.0)


La retirada de las tropas estadounidenses y de la OTAN permitió a China integrar a Afganistán en su Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) sin ninguna implicación militar.


China extendió el Corredor Económico China-Pakistán (CPEC) directamente al territorio afgano.


China otorgó a Afganistán un trato arancelario cero en el 100% de las partidas arancelarias. Esta eliminación arancelaria impulsa significativamente el comercio bilateral, permitiendo que la maquinaria manufacturera china llegue a Kabul a cambio de materias primas afganas.


Influencia diplomática


Mientras que las naciones occidentales congelaron los activos afganos y cerraron sus embajadas tras la toma del poder por los talibanes en 2021, China mantuvo abierta su embajada.


Al posicionarse como uno de los principales contribuyentes a la reconstrucción pacífica mediante contratos de infraestructura (como la construcción de hospitales y complejos residenciales), Pekín se aseguró un monopolio de la influencia diplomática sobre el liderazgo talibán.


La fórmula de China para ganar las guerras de Estados Unidos


Los constantes beneficios económicos y geopolíticos que Pekín obtiene de las intervenciones militares lideradas por Estados Unidos son el resultado de una gran estrategia estructural y deliberada.


Mientras que Estados Unidos aborda los conflictos globales en un marco de intervenciones militares y cambios de régimen, China opera sobre un marco de beneficios económicos mutuos, integración de infraestructuras a largo plazo y estricta neutralidad política.


Al posicionarse como el «constructor de último recurso», Pekín hereda naturalmente el panorama económico una vez que se calman las aguas tras un conflicto.


Este beneficio sistemático se debe a diversas dinámicas estructurales:


1. Limite de “no interferencia”


El principio fundamental de la política exterior de China es la no injerencia absoluta en los asuntos internos de otras naciones.


Cuando Estados Unidos instiga una guerra o impulsa un cambio de régimen, a menudo condiciona la ayuda, el comercio y el reconocimiento diplomático posteriores a severas condiciones políticas, por lo general socavando directamente la soberanía del Estado objeto de su ataque.


Por el contrario, Pekín no impone ninguna condición política ni ideológica a sus socios.


Para las naciones devastadas por la guerra y deseosas de reconstruirse, las empresas chinas representan una alternativa muy atractiva.


Ofrecen un desarrollo inmediato de infraestructuras (carreteras, puentes, aeropuertos y escuelas) sin exigir una alineación política, lo que permite a las élites locales conservar el poder al tiempo que estabilizan rápidamente sus economías.


2. Asimetría del riesgo: sangre frente a capital


Cuando Washington inicia una guerra, asume los inmensos y agotadores costos financieros y humanos del conflicto: billones de dólares en gastos militares, logística, inteligencia y operaciones de combate.


China evita por completo el campo de batalla. Por el contrario, espera a que el conflicto concluya o se estabilice y luego despliega capital respaldado por el Estado para adquirir activos con grandes descuentos.


En Irak, mientras Estados Unidos gastaba más de 2 billones de dólares en su esfuerzo bélico, las empresas chinas ocuparon el vacío dejado por la retirada de las grandes petroleras estadounidenses.


Pekín se aseguró el dominio de contratos petroleros en fase de exploración y producción sin perder un solo soldado ni disparar un solo tiro, convirtiendo de hecho una campaña militar estadounidense en una fuente segura de energía para China.


3. Aprovechar las sanciones occidentales para desdolarizar


Cuando Estados Unidos emprende una guerra económica o militar contra un país, su principal arma es aislar a dicho país del sistema financiero occidental mediante bloqueos bancarios SWIFT y sanciones comerciales.


Al obligar a las empresas occidentales a abandonar un país objeto de sanciones (como Irán o Rusia), Estados Unidos destruye inadvertidamente la competencia occidental favoreciendo así los productos chinos.


China se convierte en la única gran economía mundial dispuesta y capaz de comprar las materias primas del país aislado.


Esto otorga a Pekín una enorme capacidad de negociación a la hora de adquirir recursos vitales, como el petróleo crudo iraní y ruso, con significativos descuentos, muy por debajo de los precios de mercado, lo que reduce drásticamente los costes operativos de la base manufacturera nacional de China.


Además, dado que las naciones sancionadas ya no pueden comerciar en dólares estadounidenses, se ven forzadas a liquidar las transacciones en yuanes chinos, lo que de inmediato acelera el objetivo estratégico a largo plazo de China de desdolarizar el comercio mundial de materias primas.


4. Distracción geopolítica


Cada intervención militar considerable de Estados Unidos actúa cual enorme distracción estratégica, desviando la atención, los recursos y el capital político de Washington de la competencia directa con China en la región de Asia-Pacífico.


La invasión de Afganistán en 2001 y la guerra de Irak en 2003 le brindaron a China, en la práctica, «dos décadas doradas» de irrestricto crecimiento económico.


Mientras Estados Unidos se hallaba inmerso en una guerra de contrainsurgencia en Oriente Medio, China, discretamente, desarrollaba sus sectores tecnológicos nacionales, acaparaba la cadena de suministro mundial de energía verde y ejecutaba su ambiciosa Iniciativa de la Franja y la Ruta.


Los conflictos y las guerras subsidiarias lideradas por Estados Unidos a mediados de la década de 2020 dan continuidad a esta tendencia.


Mientras Washington agota sus reservas de municiones, ejerce presión sobre su presupuesto fiscal y fragmenta su enfoque político interno para gestionar las guerras en ultramar, China sigue teniendo la libertad de expandir sistemáticamente sus redes comerciales en la ASEAN, América Latina, Oriente Medio y África.


Conclusión


En un lenguaje que los capitalistas puedan entender, en el mundo moderno la conquista y ocupación militar simplemente no generan un retorno positivo de la inversión.


La divergencia estructural entre Estados Unidos y China en las últimas décadas sirve como un claro y real caso de estudio sobre por qué la diplomacia comercial y pacífica es mucho más rentable y sostenible que el imperialismo militarista.


El imperialismo militarista estadounidense, basado en sanciones, bloqueos y destrucción física, reduce la riqueza económica mundial.


Por otro lado, la diplomacia pacífica y el comercio de China crean lazos comerciales.


La Iniciativa de la Franja y la Ruta de China se basa en la premisa de que un país con una nueva línea ferroviaria, puerto o red 5G construida por China deviene consumidor a largo plazo de productos chinos.


No se pueden vender vehículos eléctricos de alta tecnología, hardware de inteligencia artificial ni bienes de consumo a un país que ha sido bombardeado hasta el colapso económico.


Mediante el uso de la diplomacia para mantener abiertas y estables las rutas comerciales, China garantiza que los mercados globales sigan creciendo, impulsando así su propia economía orientada a las exportaciones.


Finalmente, en las relaciones internacionales, la buena voluntad y la previsibilidad son activos económicos de gran valor.


La postura diplomática de China, que prioriza estrictamente los negocios y no emite juicios de valor, la convierte en un socio seguro y con pocas fricciones para los países del Sur Global.


Esta reputación abre las puertas a lucrativas licitaciones de infraestructuras y a pactos comerciales a largo plazo que están vetados para las naciones occidentales.


En definitiva, el último cuarto de siglo ha demostrado una cruda lección sobre la gran estrategia: la riqueza se genera construyendo fábricas, integrando cadenas de suministro y dominando las rutas comerciales, no librando guerras ni provocando cambios de régimen por la fuerza.


Al optar por la diplomacia comercial en lugar de la expansión militar, China ha obtenido de hecho las ventajas económicas del siglo XXI sin pagar el precio devastador de la guerra.


En definitiva, la beligerancia estadounidense ha contribuido directa e involuntariamente a la expansión comercial de China en todo el mundo.


En un giro irónico del destino, los esfuerzos del régimen estadounidense por subyugar a otros y contener a China se han vuelto completamente en su contra: Estados Unidos paga los altos costos de sus guerras y Pekín cosecha los beneficios.


Sólo en parte es en broma que los chinos llamen a Trump "川建国" (constructor de la nación).


Pekín se ha convertido en el mayor beneficiario de las guerras de Estados Unidos.