(Vídeo) https://youtu.be/YYYRKxtsPaQ?si=sqsRGffNhzjVA2h6
Transcripción: Arrezafe
El término Estado profundo (deep state) hace tiempo que dejó de ser una vaga etiqueta política para convertirse en pieza sustancial de un enfoque analítico. Resulta indispensable para explicar la continuidad de agendas y prioridades, a pesar de la constante alternancia entre los miembros públicos de las élites gobernantes. El Estado profundo cumple la función esencial de mantener dicha continuidad, permitiendo la consecución de objetivos estratégicos a largo plazo que deben permanecer ocultos tras una caótica fachada política.
Sin el respaldo de un Estado profundo, un Estado se vuelve frágil y carece de otro sostén que no sea el uso de la fuerza. Un dictador puede afirmar que su poder emana de la aprobación pública, pero en realidad este proviene de la cooperación y el apoyo de una red informal de individuos influyentes que, sin embargo, actúan estrictamente al margen de la esfera pública.
Del mismo modo, sin un Estado profundo, una democracia representativa degenera rápidamente en una república bananera. Las tendencias populistas de los partidos o coaliciones gobernantes los llevan a formular promesas electorales que no pueden cumplir. A su vez, la acumulación constante de promesas incumplidas hace que, periódicamente, la oposición parezca menos mala en comparación.
A medida que los partidos o coaliciones de gobierno y de oposición intercambian sus roles, cada uno intenta hacer borrón y cuenta nueva, deshaciendo la labor de la administración anterior. De no ser por el Estado profundo, esto destruiría la continuidad y haría prácticamente imposible cualquier planificación a largo plazo. Sería un error considerar el Estado profundo como una conspiración o una camarilla secreta de actores nefastos. Resultaría inútil intentar identificar a sus miembros individualmente, ya que su poder no reside en los integrantes en sí, sino en sus interacciones informales. Actores clave de la élite se autoorganizan espontáneamente formando una red fluida. Esta red ejerce entonces influencia sobre decisiones cruciales de la política interior y exterior. Se trata de un sistema dinámico y vivo que perdura gracias a su capacidad de adaptación y de respuesta eficaz ante realidades cambiantes.
Es muy importante señalar que el Estado profundo no sirve específicamente a los intereses de la población. No busca servir a la sociedad en su conjunto. Si bien el Estado profundo puede verse beneficiado cuando a la sociedad le va bien, dicho beneficio nunca es su objetivo final. Su propósito es servir a los intereses de actores clave —el núcleo de la élite— y mantener sus redes de influencia. Cualquier beneficio o efecto secundario positivo que pueda repercutir en la sociedad es, en general, meramente incidental.
Por ejemplo, las realidades políticas de la Guerra Fría obligaron a Estados Unidos a competir con la URSS en materia de política social. En la URSS, el gobierno comunista mejoró el nivel de vida de toda la población, y no solo el de las élites o la clase media. Como consecuencia, en Estados Unidos la pobreza generalizada se convirtió, por primera vez, en una fuente de vergüenza política, por lo que fue necesario tomar medidas al respecto. Con este fin, el gobierno federal puso en marcha el proyecto de la llamada "Gran Sociedad", medida que supuso una inyección puntual de "socialismo" en un sistema alérgico al mismo, y es por ello que tales medidas no pasaron de ser medidas a medias.
Estados Unidos nunca llegó a implementar la educación superior gratuita ni la baja remunerada por maternidad. Posteriormente, el colapso de la URSS convirtió el proyecto de la "Gran Sociedad" en algo superfluo, una especie de legado del pasado; sin embargo, resultaba políticamente imposible eliminarlo enteramente de golpe. En su lugar, las sucesivas administraciones se vieron obligadas a ir recortándolo gradualmente a lo largo de décadas mediante reducciones presupuestarias, descentralización y reformas de los programas de asistencia social. No obstante, el proceso se ha estancado y, en la actualidad, cerca del 50 % de los hogares estadounidenses percibe algún tipo de pago periódico del Tesoro de los EEUU. Se trata del mismo Tesoro que acumula una deuda de 40 billones de dólares y registra un déficit presupuestario equivalente a cerca de un tercio de sus ingresos, un camino que conduce a la bancarrota nacional.
Mientras tanto, el déficit presupuestario y la deuda federal de Rusia son ínfimos, mientras que su gasto social es enorme. Llámese a esto la venganza de los comunistas. Esta rivalidad entre Oriente y Occidente trascendió los proyectos de la "Gran Sociedad" y la guerra contra la pobreza. La existencia misma de la clase media en Estados Unidos solo era necesaria para mantener a raya a comunistas y socialistas. Una vez concluido el experimento comunista, la clase media estadounidense —y la del resto de Occidente— se ha ido desinflando gradualmente: hoy en día, cerca de la mitad de los graduados universitarios en EEUU regresan a vivir con sus padres tras finalizar sus estudios. Esta estadística por sí sola desmiente la afirmación de que Estados Unidos sigue siendo una sociedad de clase media. Se trata de una sociedad de clase baja que se desliza inexorablemente hacia la indigencia. A cada nueva generación le va peor que a la anterior. ¿Perturba esto en modo alguno al Estado profundo? En absoluto. Ciertamente, le inquieta la inminente bancarrota nacional, pero ya es demasiado tarde para hacer algo al respecto.
Cabe señalar, como dato adicional, que el repentino colapso de la URSS fue desencadenado por las maquinaciones secretas del Estado profundo soviético. Este estaba integrado en gran medida por la élite de los partidos comunistas de las diversas repúblicas socialistas soviéticas, la llamada nomenklatura. Llama la atención la ausencia del Partido Comunista de Rusia; a los rusos no se les permitió tener uno. La URSS gozaba de gran popularidad entre la población, pero no así entre su Estado profundo. En un referéndum nacional celebrado el 17 de marzo de 1991, el 77,8 % de la ciudadanía votó a favor de preservar la URSS. Sin embargo, la URSS fue disuelta formalmente el 26 de diciembre de 1991 mediante una votación del Sóviet Supremo. Se suponía que estos eran los representantes del pueblo; no obstante, téngase por seguro que los preparativos para tal decisión se gestaron en otro lugar, a puerta cerrada. Se ignoró la voluntad popular. Muchos consideraron aquello un acto de traición. Las consecuencias para la población en general fueron nefastas: según algunas estimaciones, diez millones de personas perdieron la vida como resultado de ello. En cambio, el desenlace fue excelente para una nueva clase de propietarios privados. Muchos de sus integrantes surgieron de las filas de la antigua nomenklatura del Partido Comunista y amasaron grandes fortunas privatizando bienes públicos. A ojos de muchos testigos de aquellos acontecimientos, la privatización no era más que un eufemismo para el robo. Fue una derrota para la nación y una victoria para su Estado profundo.
Por tanto, sería un error pensar que el Estado profundo sirve a la sociedad en su conjunto. Incluso podría resultar exagerado afirmar que sirve al propio Estado. Su vínculo con el Estado se vuelve cada vez más tenue a medida que el Estado profundo empieza a perder su carácter nacional. ¿Puede sobrevivir un Estado profundo al globalizarse cada vez más —tal como ha venido ocurriendo en Europa— y a medida que las corporaciones transnacionales ganan poder en Estados Unidos? En la actualidad, Europa está gobernada por un grupo de mundanales despiadados y profundamente impopulares, así es como los habría calificado Iósif Stalin. Francia y Alemania están encabezadas hoy por exbanqueros que responden directamente ante conglomerados financieros transnacionales. Cuando se reúnen, hablan en inglés. Se preocupan muy poco por la nación histórica que tienen a su cargo y todos ellos han sido designados por un Estado profundo trans-europeo y transatlántico.
¿Qué será de los Estados profundos nacionales de los países europeos a medida que sus naciones continúen disolviéndose en el seno de la Unión Europea? Quizás acaben como cangrejos ermitaños que han perdido sus conchas: presas fáciles de otros Estados profundos. Al fin y al cabo, los cangrejos ermitaños son caníbales sumamente oportunistas. Imagínense un grupo de cangrejos ermitaños —con sus conchas disueltas por los ácidos segregados por la Comisión Europea— apiñados por un miedo atroz a Rusia, aunque Rusia ni siquiera se interesa por ellos. Con el tiempo, el hambre hará mella y empezarán a devorarse unos a otros. Siguiendo la antigua tradición europea, probablemente se comerán primero a Polonia. Volveremos sobre este punto más adelante.
No debería sorprender demasiado que la pérdida de identidad nacional provoque que el Estado profundo de una nación pierda su coherencia y enfoque, sufra conflictos internos y termine disolviéndose. La única excepción podría resultar ser el Estado profundo británico. Habrá que ver si sobrevive al ocaso del Reino Unido a medida que este se fractura —retrocediendo hasta la situación anterior a 1707— y se escinda de Escocia, Irlanda del Norte, Gales y cualquier otra pequeña colonia que aún conserve. A medida que Gran Bretaña se reduzca a una "Pequeña Inglaterra", ¿se mantendrá unido su Estado profundo o se dispersarán sus diversas criaturas en busca de otros caparazones nacionales donde ocultarse?
El Estado profundo británico merece un análisis detenido. Es, con diferencia, el Estado profundo más antiguo que aún existe. Es el único que cuenta con un reconocimiento oficial formal. Una sucesión de documentos oficiales, comenzando por la Carta de Guillermo de 1067, han garantizado sus derechos y privilegios especiales. El Parlamento no se atreve a vulnerar estos derechos, y la City —el centro financiero de Londres— le asigna un supervisor especial para velar por ello. Así, la City constituye un verdadero Estado dentro del Estado. A esto se suman los masones y su aristocracia, con sus propias formas de actuar, caracterizadas por el secretismo y la falta de transparencia. La especialidad del Estado profundo británico consiste en sacar provecho de las desgracias ajenas: si puede contribuir a provocar y perpetuar un conflicto, sin duda lo hará. Muchas naciones han sufrido la nefasta injerencia británica: Rusia, en particular. Este Estado profundo intervino para provocar la guerra entre Rusia y la Francia de Napoleón Bonaparte, y participó en la Revolución rusa de 1917. Más recientemente, hizo todo lo posible por impedir que se alcanzara la paz entre Rusia y Ucrania. Sus acciones solapadas a lo largo de los siglos le han valido el apodo ruso de Pagani Ostrif, "isla podrida". Hoy en día, muchos rusos perciben al Reino Unido como una cáscara postimperial en decadencia cuyo colapso es matemáticamente inevitable. Su deterioro social, económico y moral es, sencillamente, demasiado profundo. Los informativos nocturnos rusos se deleitan narrando su declive.
El Estado profundo británico funciona también a modo de franquicia. Sus tentáculos se han extendido hasta Nueva York, Singapur, Hong Kong, Dubái y otros centros financieros globalistas. En cada caso, se despliega un contingente de unos pocos miles de súbditos británicos para manipular la situación en beneficio de los intereses de dicho Estado profundo. Esta tendencia a expandirse por el territorio e infiltrarse en nodos clave de importantes rutas marítimas dificulta determinar dónde termina exactamente. Incluso cuando el Reino Unido haya dejado de existir, cortar dichos tentáculos promete ser un proceso largo y arduo para los Estados profundos rivales.
El Estado profundo británico es también un parásito de gran éxito. Tras el colapso del Imperio británico, se adhirió a Estados Unidos tal como una rémora se adhiere a un tiburón. Incapaz ya de valerse por sí mismo, ha utilizado hábilmente el poder estadounidense para servir a sus propios y perniciosos intereses, presentándolos falazmente como intereses comunes. Algunos funcionarios estadounidenses fueron demasiado ingenuos como para descubrir la estratagema, mientras que otros tuvieron que ser corrompidos. Actualmente, están surgiendo fisuras entre los Estados profundos británico y estadounidense. Esto podría significar que la llamada "relación especial" se acerca a su fin, o bien que ambos Estados profundos se preparan para saltar juntos al vacío, tomados de la mano.
¿Es el Estado profundo una bendición o una maldición?
Sin duda, es ambas cosas. Es una maldición porque se apropia del Estado para servir a sus propios intereses en lugar de a las necesidades de la población en general. Es una bendición porque, sin él, el Estado que lo alberga se convierte en presa fácil para otros. Una hipótesis perfectamente razonable y digna de ser puesta a prueba es que una nación carente de Estado profundo es colonia de una nación que sí lo posee.
Como ejemplo de un Estado profundo degenerado, examinemos muy brevemente el caso de Polonia. Polonia padece un defecto congénito: ha exhibido sistemáticamente no uno, sino al menos dos Estados profundos que se encuentran en permanente conflicto entre sí. Su rencor estalla inevitablemente en el discurso público, dando lugar a comportamientos políticos de lo más ridículos, grandilocuentes y provocadores. Su odio mutuo es tan profundo que, al enfrentarse entre sí, descuidan la protección de los intereses nacionales de Polonia.
Al repasar la historia, resulta evidente que a Polonia le interesa profundamente evitar contrariar a Rusia, hacerlo siempre acaba mal para el país. Si Polonia contara con un Estado profundo sólido y consolidado, actuaría con rapidez para neutralizar a cualquier político polaco que se empeñara en ofender e irritar a Rusia. Un ejemplo paradigmático en este sentido es el ministro de Asuntos Exteriores polaco, Radosław Sikorski, quien recientemente sugirió que sería buena idea empezar a hostigar a Rusia mediante ejercicios militares sumamente agresivos a lo largo de las fronteras del enclave ruso de Kaliningrado. Las autoridades rusas tomaron nota de ello y tal vez revisaron algunos planes de combate. Polonia es un país pequeño, y Rusia podría forzar su rendición en cuestión de uno o dos días utilizando armamento convencional de largo alcance. Nadie obligaba a Radosław a exponerse de esa manera; sin embargo, tales provocaciones absurdas son características del comportamiento político polaco a lo largo de la historia.
Si Polonia contara con un Estado profundo sólido, sano y cohesionado, le habrían puesto una mordaza a Radosław o lo habrían sacado del escenario con un gancho. Es precisamente esta propensión a los accidentes políticos la que ha llevado a que Polonia haya sido repartida en un total de seis ocasiones desde 1772. Actualmente, Europa se esfuerza por rearmarse ante la previsión de una retirada de las fuerzas estadounidenses del continente. Una vez que esto ocurra, llegará el momento de otra guerra europea. Tradicionalmente, las guerras europeas comienzan con el reparto de Polonia.
Y ahora, diseccionemos la anatomía del Estado profundo.
¿Cuáles son sus órganos vitales y cómo se conectan entre sí? En este sentido, Estados Unidos constituye un cadáver excelente, pues ofrece el ejemplo más estudiado e institucionalizado de un Estado profundo. Su Estado profundo está mucho mejor documentado que cualquier otro, gracias a la tradición estadounidense de periodismo de investigación y a la existencia de un movimiento disidente ruidoso, aunque ineficaz. La investigación académica también ha desempeñado un papel relevante, figuras como Noam Chomsky, Howard Zinn y otros "radicales moderados" del sistema estadounidense han contribuido a detallar su funcionamiento, si bien sin lograr ningún efecto positivo. Asimismo, la disección de este cadáver del Estado profundo se ve facilitada por la propensión estadounidense a las filtraciones y a los escándalos públicos. La mayoría de los demás países no ofrecen tal nivel de transparencia a los observadores externos. Esto no significa que carezcan de un Estado profundo; simplemente, este no resulta tan visible desde fuera para un observador ocasional. Ninguna nación es tan proclive como la estadounidense a airear sus trapos sucios ante la opinión pública.
Sin embargo, las acciones del Estado profundo son casi siempre claramente visibles desde dentro para quienes están al tanto. Cualquiera que haya logrado agilizar una decisión a través de los tribunales, el poder legislativo o el aparato de seguridad ha tenido, inevitablemente, que percatarse de ellas. Obviamente, rara vez beneficia a un experto divulgar ampliamente sus conocimientos especializados. En ciertos contextos, tales acciones se considerarían actos de traición y —salvo que se trate de un estadounidense— se considerarían de muy mal gusto. Aunque es el ejemplo más estudiado, el Estado profundo estadounidense no es un invento de Estados Unidos ni un fenómeno único.
El Estado profundo es la sombra universal de la autoridad formal que la acompaña allí donde existe una sociedad compleja. Puede ser más o menos cohesionado, agresivo o encubierto, pero siempre está presente. La cuestión no es si existe, sino cuál es su configuración, a qué intereses sirve y si es capaz de adaptarse a cambios catastróficos. Por si se pregunta por qué esto debería ser motivo de preocupación, un cambio catastrófico es precisamente lo que se está desarrollando actualmente en gran parte del mundo.
Los medios de comunicación, así como diversos expertos, comentaristas y blogueros, dedican una cantidad desmesurada de tiempo a hablar de personalidades: quién dijo qué a quién, dónde, cuándo y por qué. Sin embargo, si la mayoría de las decisiones importantes se toman en el seno del Estado profundo, este debate no versa sobre nada realmente relevante. Esa obsesión malsana por las personalidades —por ejemplo, qué barbaridad ha dicho Trump esta vez— hace perder de vista un aspecto fundamental: el Estado profundo no se reduce a individuos concretos. Se trata de un sistema de vínculos informales entre personas que prefieren permanecer en el anonimato. No existe una lista pública que podamos consultar; no obstante, si buscáramos a sus integrantes, los hallaríamos en los servicios de inteligencia y seguridad, en las fuerzas armadas y las empresas contratistas de defensa, en las grandes corporaciones, las instituciones financieras, los entramados de cabildeo, los centros de estudios (think tanks), las universidades y el cuerpo diplomático.
Lo importante es cómo interactúan los miembros de este grupo. La esencia del fenómeno reside en sus protocolos informales de interacción. Estos les permiten conservar el control sobre las decisiones estratégicas, incluso cuando el poder formal pasa a manos de un populista o un reformador. La alternancia democrática no es más que una farsa representada ante una fachada presentable que oculta un aparato tan poderoso como siniestro. Las manifestaciones de este fenómeno son diversas y no siempre evidentes a primera vista. La más destacada de ellas es la continuidad de las políticas: las guerras perduran más allá de los mandatos presidenciales, la vigilancia se expande independientemente del partido en el poder y los sistemas financieros sirven a los mismos arraigados intereses. Las administraciones presidenciales pueden sucederse como en un caleidoscopio, pero la maquinaria del Estado profundo sigue produciendo lo mismo, sin importar quién ostente el poder nominal. Este sistema demuestra una gran resiliencia frente a desafíos externos, como el ascenso de políticos populistas, el desarrollo de nuevas y poderosas tecnologías o las convulsiones geopolíticas. El Estado profundo modifica su estructura y sus tácticas, absorbiendo a los nuevos actores o desplazándolos a los márgenes. Comparte una característica propia de todos los seres vivos: la capacidad de mantener el equilibrio homeostático. Al igual que un sistema biológico preserva su estabilidad interna, el Estado profundo mantiene un núcleo inmutable. Aunque sus formas externas cambien constantemente, conserva el control sobre los recursos estratégicos, la seguridad de las élites y la perpetuación de su influencia.
Los cambios en la economía, la tecnología y la geopolítica desencadenan una reconfiguración de las conexiones internas, pero la red en sí permanece intacta. Aunque los miembros del Estado profundo puedan adherirse a tal o cual ideología, el Estado profundo carece de ideología propia, su único imperativo es mantener las condiciones necesarias para su propia existencia y para el bienestar de su núcleo y de quienes le sirven. Todo lo demás —ya sea capitalismo, fascismo, socialismo o comunismo— es meramente un instrumento. El arsenal del Estado profundo incluye también elementos como la moral pública, el patriotismo, los derechos humanos, la democracia, el libre comercio, etcétera. Sin embargo, se trata simplemente de herramientas empleadas cínicamente para lograr determinados resultados materiales y, sobre todo, financieros para el propio Estado profundo. Asimismo, el Estado profundo no posee una estructura de poder jerárquica. La influencia no viene determinada por el rango ni se ejerce mediante órdenes directas; por el contrario, fluye de manera natural, mediada por diversos fenómenos más o menos intangibles, tales como la reputación, la lealtad, los vínculos familiares y las amistades, el intercambio de favores, las oportunidades de ascenso profesional, los objetivos compartidos y las obligaciones mutuas. A veces se considera que estas prácticas constituyen corrupción. De hecho, se sitúan en algún punto del espectro de la corrupción. Dicho espectro abarca el favoritismo, el nepotismo, el amiguismo, el clientelismo y el tráfico de influencias. Cuando las condiciones son estables y benignas, la situación normalmente no llega a extremos de criminalidad flagrante, como el soborno, la malversación, el chantaje, la extorsión y el asesinato político.
Algunos Estados profundos son solo parcialmente corruptos, mientras que otros lo son en mayor medida. Y uno de ellos —el Estado profundo ucraniano— parece consistir, en realidad, en un 100 % de corrupción y criminalidad, sin mezcla de ningún otro ingrediente. Millones de ucranianos han sido condicionados para considerar esta situación como algo perfectamente normal y están dispuestos a morir para defenderla. Es más, este fenómeno es altamente contagioso y ya ha logrado "ucranizar" una parte considerable de la Unión Europea. Por suerte, un país ha desarrollado un potente antibiótico que, a su debido tiempo, esterilizará a la antigua Ucrania. Como ya habrán adivinado, ese país es Rusia. Pero me estoy desviando del tema.
Volvamos a Estados Unidos. Allí, ciertas conductas, que por lo general se consideran corruptas, son perfectamente legales: el cabildeo, en particular. Antaño, los cabilderos eran individuos de dudosa reputación a quienes no se les permitía pasar del vestíbulo de los edificios públicos. Allí aguardaban para interceptar a los funcionarios a su entrada o salida, tratando de influir en sus opiniones y decisiones mediante una manipulación obsequiosa, o bien acorralándolos y profiriendo amenazas vacías. Hoy en día, por supuesto, están presentes en todas las salas de juntas. A menudo redactan proyectos de ley que los legisladores firman sin siquiera molestarse en leerlos. La tendencia a incluir cláusulas diseñadas específicamente para beneficiar a tal o cual parte provoca una enorme inflación normativa. Como resultado, solo los propios cabilderos al servicio de las grandes corporaciones son capaces de desenvolverse en ese mar de jerga regulatoria ininteligible; todos los demás simplemente forcejean y se debaten, hasta que finalmente terminan ahogándose en él.
El año pasado, el gasto en cabildeo en Estados Unidos —tan solo a nivel federal— alcanzó la cifra récord de 5.000 millones de dólares. Además del cabildeo propiamente dicho, las principales firmas del sector ofrecen una amplia gama de servicios adicionales. Entre ellos figuran la representación legal ante organismos gubernamentales, el análisis de políticas, la preparación de testimonios jurídicos y el asesoramiento en materia normativa. Sus plantillas incluyen a exmiembros del Congreso, antiguos asesores legislativos y exembajadores. Funcionan como una maquinaria capaz de transformar la inversión de grupos de interés en resultados legislativos y regulatorios concretos. Todo ello, perfectamente legal. Aunque pueda sonar, parecer y oler a corrupción, no puede serlo porque, al fin y al cabo, no es ilegal. Como no me canso de recordar, en Estados Unidos salir impune de un delito equivale moralmente a no haberlo cometido.
Otro mecanismo perfectamente legal, pero totalmente corrupto, mediante el cual el Estado profundo manipula las elecciones es lo que se conoce como "dinero oscuro" (dark money). Las organizaciones políticas sin ánimo de lucro registradas bajo la sección 501(c)(4) del código fiscal no están obligadas a revelar la identidad de sus donantes. En 2024, grupos que manejan dinero oscuro y están vinculados a candidatos presidenciales recaudaron de forma anónima cerca de 900 millones de dólares. Un grupo que apoyaba a Kamala Harris recaudó 613 millones, de los cuales 515 millones provinieron de tan solo 10 grandes donaciones, la mayor de las cuales ascendió a 97,5 millones y fue realizada por un único individuo o grupo. Estas organizaciones pueden canalizar partes significativas de sus fondos hacia los llamados "super PAC" (comités de acción política), entidades que no tienen restricciones para realizar campañas políticas directas. En conjunto, estas normativas han creado un sistema que permite a los intereses económicos ejercer una influencia política directa y anónima.
Toda esta estructura, desde las partes interesadas hasta las campañas de proyectos especiales, funciona como un sistema vivo que se perpetúa a sí mismo mediante intereses alineados. Dado que los incentivos de los participantes convergen de forma natural, no requiere un mando central. Es inmune a los cambios de gobierno y sigue operando independientemente de qué partido controle los poderes legislativo o ejecutivo. En Estados Unidos, el funcionamiento de su Estado profundo (deep state) está sujeto a ciertas limitaciones legales y a cierto grado de escrutinio y divulgación pública. En particular, la muerte de numerosos estadounidenses —como ocurrió con el uso de vacunas defectuosas contra el coronavirus— provoca reacciones de sorpresa o inquietud que, sin embargo, no conducen a acciones efectivas. No obstante, tales restricciones no existen cuando se trata del resto del mundo. Allí, el Estado profundo estadounidense tiene vía libre y puede operar en absoluto secreto. Aun así, ciertos hechos son bien conocidos. Las empresas militares privadas estadounidenses constituyen una industria valorada en 250.000 millones de dólares. Compañías que surgieron de Blackwater, como Constellis, absorben ahora el gasto en defensa, sea cual sea su procedencia. Eric Prince, fundador de Blackwater, ha conseguido un contrato de diez años con el gobierno de Haití para combatir a las bandas criminales del país. Entre sus otros contratos figuran un acuerdo con la República Democrática del Congo para brindar seguridad a operaciones mineras y una colaboración con Ecuador para luchar contra el crimen organizado. Asimismo, ha sido nombrado presidente no ejecutivo de Swarmer, una empresa emergente especializada en enjambres de drones autónomos impulsados por inteligencia artificial. La compañía cuenta con instalaciones en Ucrania que, irónicamente, son a su vez objetivo de enjambres de drones autónomos rusos guiados por inteligencia artificial. Estos instrumentos privados pueden utilizarse para promover la agenda de partes interesadas a escala geopolítica, sin necesidad de coordinarse con el aparato de defensa de EEUU ni de tener en cuenta los intereses o políticas nacionales del país.
Luego están los gigantes de la defensa como RTX (anteriormente Raytheon), Lockheed Martin y Booz Allen Hamilton. A través de sus numerosos canales políticos informales y la práctica de las “puertas giratorias”, constituyen un poderoso grupo de presión que fomenta guerras más generalizadas, frecuentes y prolongadas. RTX registró unos ingresos de 88.600 millones de dólares en 2025, con una cartera de pedidos pendiente de ejecución valorada en 268.000 millones. Booz Allen Hamilton, que opera a caballo entre la consultoría de defensa y la inteligencia, reportó ingresos por 12.000 millones y una cartera de pedidos de 41.300 millones, incluido un contrato de 1.580 millones con la Agencia de Inteligencia de Defensa. También está Palantir, que suministra inteligencia de campo de batalla e información para la localización de objetivos. Ah, y no olvidemos el sistema de satélites Starlink de Elon Musk —tan pacífico en apariencia—, utilizado sin embargo para guiar misiles de crucero y drones ucranianos hacia sus objetivos, entre los cuales figuran concurridas playas públicas, parques infantiles y edificios de apartamentos repletos de civiles que dormían.
En conjunto, todas estas entidades hacen posibles y facilitan numerosos crímenes de guerra, incluidos actos de genocidio. Se trata del tipo de actos por los que algunos nazis alemanes acabaron colgando de una horca. Sin embargo, en Estados Unidos todo esto es perfectamente legal. Y, además, resulta bastante aceptable para la mayoría de los estadounidenses, patriotas y amantes de la libertad. Estas empresas no se limitan a ejercer presión política sobre el gobierno de EEUU, son una parte integral de la infraestructura de toma de decisiones. Desarrollan, fabrican, respaldan, mantienen y, a menudo, operan directamente los sistemas de armas que hacen inevitable el conflicto armado internacional, precisamente porque resultan muy lucrativos. El término Estado profundo va de la mano del término teoría de la conspiración, denominación muy útil, inventada e introducida en el discurso público por la CIA, que permite al Estado profundo ocultarse a plena vista. Cualquiera que señale su existencia puede ser tachado de teórico de la conspiración. No obstante, a nuestros efectos, es importante distinguir un enfoque puramente analítico de cualquier tipo de "cazadores de conspiraciones". Los teóricos de la conspiración buscan una mano oculta, pruebas de tramas y maquinaciones nefastas e indicios de intenciones maliciosas. Supongo que la idea es hallar pruebas irrefutables de las fechorías de estos individuos y luego revelarlas públicamente. Así, los malhechores no tendrían más remedio que entregarse a las autoridades para recibir un castigo justo, ¿verdad? Pues no. Ellos simplemente se reirían en tu cara y te llamarían teórico de la conspiración, y tú acabarías riendo con ellos, porque la teoría de la conspiración es una forma de entretenimiento. "Pruebas desconcertantes, abre tu corazón", cantaba David Byrne, de los Talking Heads.
¿Conspiración? ¿Qué conspiración? El Estado profundo no tiene un centro único, un presidente o una junta directiva. Está compuesto por diversos grupos de interés especial que interactúan según las circunstancias, motivados por prioridades e incentivos coincidentes. No requiere conspiración alguna, ya que su coordinación surge de manera espontánea al compartir intereses y agendas comunes. El Estado profundo consiste en interacciones espontáneas no planificadas entre actores clave que operan en ámbitos muy diversos. Logran mantener el control sobre las decisiones estratégicas mediante la cooperación mutua. Se trata de una red dinámica y viva que se reconfigura constantemente en respuesta a los cambios de su entorno, preservando al mismo tiempo sus intereses fundamentales. Sin embargo, carece de un núcleo propiamente dicho: cada una de sus partes es periférica respecto a las demás. Esta distinción es clave para comprender el fenómeno. Tener un núcleo implicaría un círculo fijo de individuos, una sede secreta o cómplices con carné de afiliación. Al no tener un núcleo, el Estado profundo se perpetúa a través de funciones más que de personalidades concretas. Los individuos pueden ir y venir, las generaciones se relevan y el panorama político cambia, pero el protocolo informal de interacción perdura. Este se transmite a través de las vías de ascenso profesional, los valores compartidos de instituciones educativas de élite, el intercambio de favores personales y el mecanismo de puerta giratoria, mediante el cual un funcionario pasa al sector privado para luego regresar a un cargo gubernamental de mayor jerarquía. Su existencia se debe a una convergencia de intereses y a reglas del juego no escritas que hacen que la coordinación resulte natural y casi automática. Nadie imparte órdenes directas, y aun así, el rumbo se mantiene firme.
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