24 octubre, 2026
23 octubre, 2026
FASCISTAS: PADRES E HIJOS — Pier Paolo Pasolini
Señor Pasolini, ¿por qué tantas mentes jóvenes se sienten atraídas por el peligro del ideario fascista? Nosotros, que vivimos en una sociedad de jóvenes, nos hacemos esta pregunta y no hallamos respuesta...
Michele Brucculeri,
Daniele Squinzani (Turín)
Voy a relatarle un caso personal, un ejemplo.
Quizá sepa o se imagine usted que vivo mortificado por una serie de deberes inútiles. Por tener que dar respuestas hueras a preguntas hueras. Es decir, por vivir, en parte, en el mundo de la pseudocultura, o, como dice más explícitamente mi amiga Elsa Morante, de la irrealidad.
Debo esto a la parte pública de mi vida: a esa porción de mí que no me pertenece y que se ha convertido en una especie de máscara de Nuevo Teatro del Arte; un monstruo que debe ser lo que el público quiere que sea. Yo intento luchar, quijotescamente, contra esta fatalidad que me despoja de mí mismo, que me convierte en un autómata de revista y termina repercutiendo sobre mi persona, como una enfermedad. Pero parece que no hay nada que hacer. El éxito es, para una vida moral y sentimental, algo horrendo, y punto.
Muchos, demasiados periodistas han terminado representando, de forma gradual, este mundo enemigo que quiere que sus personajes sean como él cree que son. Y yo, de forma gradual, he terminado sintiendo hacia ellos una especie de rencor, de resentimiento oscuro, de patológica irritación; en determinados momentos del día, la simple imagen de un quiosco puede hacer que me entren náuseas.
En fin, esto era un preámbulo. Podría habérmelo guardado para mí, es cierto. Pero entiéndame.
Pertrechado con esta cautela, con esta aversión sorda y dolorosa, no tenía la menor gana de que me entrevistasen, hace unas semanas, para una revista de amplia difusión. Me resistí durante un tiempo. Al final cedí, un poco por flaqueza (no soy capaz de obstinarme en la negación de un favor), un poco por ingenuidad (me empeño siempre en creer que las cosas pueden salir mejor de lo que cabría prever por la experiencia). De modo que me dejé entrevistar por una periodista: una mujer todavía joven, algo pálida, pero de facciones duras; la típica mujer llegada de provincias y que vive sola, de su trabajo.
La primera impresión fue buena: y no podía faltar al respeto que por ella sentía concediéndole una entrevista superficial, calculada, fría. Charlamos como si fuera una amiga. Además, era mi primer día de vacaciones después del largo proceso de doblaje de Mamma Roma: estaba de bastante buen humor. Fui a recogerla a su casa, junto al blanco y ardiente Tíber, nos encaminamos alegremente hacia via del Mare, en dirección a Ostia, y nos dimos un baño en medio de aquella paz que es como un estruendo de los días más puros del verano. Charlamos un poco de todo, de literatura, de cine, de nosotros. En la medida en que mi eterna timidez me lo permitía, traté de ser absolutamente sincero con ella: y lo cierto es que no me supuso ningún esfuerzo. Tal vez porque ella conocía su oficio, como un buen médico, un buen abogado: que saben escuchar y dejar que uno diga, casi con el silencio, lo que es necesario que uno diga. Yo me daba cuenta de ello y respetaba su labor: para ella, con respecto a mí, era un título de mérito.
Por lo demás, ella también me habló de sí misma, de sus problemas: la historia de su matrimonio, la historia de su trabajo: y su hijo.
Su hijo, un adolescente de catorce o quince años, nacido de un matrimonio feliz-infeliz, y ahora solo con ella: un hijo fascista.
¿Por qué era fascista? A lo mejor como protesta contra ella: la eterna polémica de los hijos contra los padres, cuando los padres, de algún modo, son objeto de una elemental e inconsciente condena moral. O quizá porque había pasado muchos meses abandonado a sí mismo con una institutriz indiferente, en un barrio bien de la ciudad, con compañeros de colegio ricos y estúpidos y, prácticamente todos, fascistas. Una serie de concomitancias. Cuyo resultado es este hecho absurdo, doloroso: de esos que hacen que aprietes los puños de rabia, que se te forme un nudo de exasperación en la garganta.
Ella, la madre, estaba preocupada: a la manera de un pequeño drama familiar y social. Me explicó que tenía una pugna con su hijo, pero que procuraba no extralimitarse, no chantajearlo en nombre de la autoridad materna o de la experiencia. En fin, que era difícil. Lo había llevado a ver All’armi, siam fascisti! y esperaba que no hubiera sido en vano. El Duce, por lo menos, le había parecido al muchacho una figura un tanto delirante y ridícula.
Al cabo, el tema del hijo se agotó, como manda la souplesse mundana de este tipo de pláticas, y pasamos a otras cosas.
Y así fue como esa muchacha de rostro desnudo y duro desapareció, con el primer día de vacaciones del verano, de mi complicada existencia.
Unas semanas después, apareció «su artículo» en la revista. Era de lo más ofensivo que pudiera escribirse con respecto a mí: ofensivo porque no lo había escrito el típico imbécil que me detesta en nombre de sus patrones reales o imaginarios, sino una persona instruida, educada, con un nivel periodístico alto. Me ofendía el hecho de que esa persona que tan respetable me había parecido corroborase todos los lugares comunes que personas indignas de ningún respeto han ido acumulando acerca de mí hasta convertirme en esa máscara de Nuevo Teatro del Arte a la que me refería antes: las «experiencias violentas», la «poesía maudite», la habilidad para los negocios, el uso gratuito del dialecto y la jerga. Juicios de persona provinciana e ignorante que, casi por inercia, mi amiga por un día repetía con la ebriedad de quien, a través del lugar común, les guiña el ojito a unos cómplices mezquinos.
He aquí una operación fascista: pero fascista en el fondo, en los escondrijos más secretos del alma. Italia se pudre en un bienestar hecho de egoísmo, estupidez, incultura, habladurías, moralismo, coacción, conformismo: prestarse de algún modo a contribuir a esta podredumbre es, actualmente, el fascismo. Ser laico, liberal, no significa nada cuando se halla ausente esa fuerza moral que permite vencer la tentación de ser partícipe de un mundo que en apariencia funciona, con sus leyes tentadoras y crueles. No hay que ser fuerte para enfrentarse al fascismo en sus manifestaciones delirantes y ridículas: hay que ser fortísimo para enfrentarse al fascismo como normalidad, como codificación, diría yo, alegre, mundana, socialmente elegida, del fondo brutalmente egoísta de una sociedad.
En el fondo, el hijo es menos fascista que la madre; o, por lo menos, hay en su fascismo algo noble de lo que él mismo sin duda no puede ser consciente: una protesta, una rabia. En su honestidad de adolescente, él sabe que el mundo en el que vive es, en el fondo, atroz: y arremete contra él con toda la fuerza del escándalo que tiene para un muchacho su idea del fascismo. El fascismo de la madre, en cambio, implica un desmoronamiento moral, una complicidad con la manipulación artificial de las ideas con las que el neocapitalismo está modelando su nuevo poder.
Confieso que sentí un instante de rabia casi poética contra esa madre. Y se me ocurrió que se merecía tener un hijo fascista, que era lo justo: era una fatalidad que encerraba en sí un equilibrio perfecto entre el debe y el haber. Es más, me vino la tentación, enseguida reprimida, por malvada, de escribir un epigrama; un epigrama con el que desearles hijos fascistas a mis enemigos burgueses. Que os salgan hijos fascistas, que os destruyan con las ideas nacidas de vuestras ideas, con el odio nacido de vuestro odio.
(Vie Nuove, 6 de septiembre de 1962)
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22 octubre, 2026
Una civilización absorta y narcisista — Kishore Mahbubani
Transcripción del vídeo Mahbubani Told a British Audience the West Put Itself to Sleep
Kishore Mahbunani expone ante un público británico siete errores que han contribuido a acabar con la hegemonía occidental.
¿A cuántas personas han matado ustedes?
En Occidente se reflexiona muy poco sobre la cantidad de gente que han matado ustedes y cuántas vidas han destruido por su afición a apretar el gatillo. Pero, he de decirles, esta ausencia de autocrítica supone un grave error que a su vez les impide ver lo que está sucediendo. Mientras tanto, el resto del mundo toma buena nota de ello.
Uno: la disculpa.
En Occidente —especialmente entre estadounidenses y británicos—, se suele iniciar una charla con una broma. Yo vengo de Asia, y allí siempre comenzamos pidiendo disculpas. Pero esta que hoy les ofrezco no es una disculpa formal, es una disculpa sincera: quiero pedirles disculpas a todos si lo que voy a decir les incomoda. El problema, no obstante, es que, si no les incomoda y no les saca de su confortable burbuja, no entenderán el mundo que se avecina. Ese mundo está tan fuera de su confortable burbuja que, en cierto sentido, tendrán que experimentar algo de dolor para llegar a comprenderlo.
Dos: una civilización solitaria
Permítanme comenzar hablando de por qué Occidente ha perdido el rumbo. Empezaré con una afirmación algo provocadora: en términos globales, Occidente se ha convertido en una civilización aislada y narcisista, absorta en sí misma y muy satisfecha consigo misma. Debido a este narcisismo, se ha vuelto ciega ante los errores cometidos en su trato con el resto del mundo. Quiero iniciar esta charla con el fin de la Guerra Fría en 1990, pues estoy seguro de que todos recuerdan cómo Occidente celebró —y lo feliz que se sintió— al haber derrotado a la Unión Soviética sin disparar un solo tiro. Occidente pensó: «¡Al fin! ¡Lo hemos logrado!». Incluso llegaron a creer —y esto es asombroso— que habían alcanzado el «fin de la historia». «¡Hurra! ¡Ya no tenemos que luchar! ¡Lo conseguimos! ¡Hemos alcanzado la cima! ¡Hemos logrado establecer sociedades democráticas liberales, que son las mejores del mundo! ¡Triunfamos! ¡Lo logramos! En cuanto a ustedes, es decir al resto del mundo... a ustedes le toca esforzarse».
Tres: el doce por ciento
Una simple estadística —sorprende que tan poca gente en Occidente la conozca—, refleja que Occidente representa solo el 12 % de la población mundial: el 12 %. El 88 % de la población mundial vive fuera de Occidente. Y Occidente, de forma descabellada, asumió en aquel momento de la historia —cuando creía que la misma había «llegado a su fin»— que el resto del mundo acabaría convirtiéndose en una réplica de Occidente: que lo imitarían, lo seguirían y llegarían a ser como ellos. Estoy seguro de que todos los aquí presentes estarán de acuerdo en que se trata de una suposición un tanto arrogante. Sin embargo, esa arrogancia dominaba la visión del mundo de la mayoría de los intelectuales occidentales de la época. Lo sé muy bien porque, por un devenir... histórico, pasé un año en Harvard entre 1991 y 1992, y me vi inmerso en esa arrogancia —claramente perceptible— sobre cómo Occidente había triunfado y alcanzado la cima, mientras que el resto, pobres diablos, simplemente debían acostumbrarse, adaptarse y seguir adelante como mejor pudieran.
La razón por la que esa arrogancia constituyó un grave error estratégico en aquel momento histórico, es que propició que Occidente bajara la guardia justo cuando otra civilización decidía despertar. Así pues, cerró los ojos mientras el resto del mundo despertaba. Hay que recordar que China había iniciado su programa de modernización en 1979, y que para 1989 o 1990, dicho programa ya había cobrado un gran impulso. Por su parte y a raíz de una crisis, India también despertó a principios de la década de 1990. Cabe señalar que, en ambos casos, ambos países atravesaron crisis importantes que les llevaron a decir: «Basta ya; es hora de actuar con sensatez y hacer lo correcto». Tras una grave crisis, India decidió que ya era suficiente, y actuó en consecuencia. En el caso de China —una civilización con 4.000 años de historia— lo que hemos visto es que sus últimos 40 años de desarrollo económico y social han sido los mejores de toda su milenaria trayectoria. Sin embargo, Occidente reaccionó diciendo: «No puede ser. No son como nosotros, no es posible que puedan tener éxito».
Cuatro: el bombardeo como política exterior
Pero Occidente cometió otro gran error estratégico al creer, en fin, que era el número uno. Que podía dirigir el mundo. Que podía hacer lo que quisiera. Por supuesto, muchos son los occidentales que aún creen que su civilización es la más pacífica y respetuosa de la ley que existe en el mundo.
Aunque, a juzgar por los hechos, Occidente, cada vez más propenso a recurrir a la fuerza, comenzó a involucrarse en una guerra tras otra. Durante los últimos treinta años y pico, decidió que la mejor manera de difundir la libertad es bombardear ciudades, que los bombardeos son la mejor forma de propagar la democracia y el liberalismo. Y el resto del mundo tomó buena nota de ello: de que ustedes son extremadamente propensos al uso de la fuerza. Todo comenzó a finales de la década de 1990 cuando, por supuesto, ustedes creían estar haciendo lo correcto: intentar “proteger a la población” de la antigua Yugoslavia, y la manera de hacerlo fue bombardeando brutalmente Belgrado. Por cierto —otro dato curioso—, muchos occidentales aún creen que Occidente siempre respeta el derecho internacional.
El bombardeo de Belgrado constituyó una violación del derecho internacional, el cual es muy claro al respecto. Se trata, nada más y nada menos, que del propio derecho internacional occidental —ese orden internacional basado en normas establecido por la ONU en 1945—, el cual estipula que el uso de la fuerza sólo se justifica si constituye un acto de legítima defensa o si cuenta con la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU. El bombardeo de Belgrado no fue un acto de legítima defensa ni fue autorizado por el Consejo de Seguridad de la ONU; por consiguiente, fue ilegal.
Algo que resulta sorprendente, dado que “Occidente siempre ha defendido el Estado de Derecho” ¿no es así? Puedo dar fe de que, cuando un fiscal del Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia intentó simplemente plantear la cuestión de si el bombardeo de Belgrado había sido legal o ilegal, la presión que se ejerció sobre él fue enorme. Una vez más, Occidente no quiso percatarse de ello... pero el resto del mundo volvió a tomar nota.
Cinco: yo estaba allí
Siguió la guerra contra Irak en 2003, una guerra claramente ilegal: una guerra que no fue, ni mucho menos, un acto de legítima defensa, una guerra que no contó con la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU. Una guerra que, por cierto, sé perfectamente que no fue autorizada por el Consejo de Seguridad de la ONU porque yo mismo fui miembro de dicho Consejo. Durante dos años, fui testigo de los debates y de cómo Estados Unidos y el Reino Unido presionaron fuertemente para convencer al resto del mundo de que había llegado el momento de derrocar a Saddam Hussein. El resto del mundo respondió que no, que aquello no era legal. Y, detalle interesante de la guerra contra Irak que vale la pena señalar y recordar es que, dos de los más fieles aliados de Estados Unidos y el Reino Unido —Francia y Alemania— se opusieron a dicha guerra y manifestaron, tanto a estadounidenses como a británicos: «Es un error, no lo hagan. Es un error». Por supuesto, ambos fueron marginados, ya que existía la convicción absoluta de que lo que Estados Unidos estaba haciendo —es decir, “difundir la democracia”— era lo correcto. Quedé sorprendido por un cúmulo de pequeñas anécdotas reveladoras de cómo piensa la gente. Por ejemplo, yo creía que las ansias de guerra probablemente se limitaban a esa facción estadounidense conocida como los «neoconservadores», quienes invariablemente sostienen que la mejor solución es la intervención militar de Estados Unidos. Sin embargo, en 2002, encontrándome en Nueva York, invitado a un magnífico almuerzo en un club muy exclusivo, sentado junto a un empresario estadounidense de gran éxito, nos ofrecieron vino. Cuando el camarero se acercó para servirlo, aquel caballero le preguntó: «¿Es vino francés?». El camarero respondió afirmativamente. Entonces el empresario dijo: «No voy a probar el vino francés. Se oponen a nuestra guerra en Irak». Aquello supuso para mí una significativa llamada de atención. Dios mío, pensé, cuán arraigada y profundamente asentada está en Occidente esta inclinación a la guerra.
Seis — Libia
Occidente destruye un estado... y lo abandona a su suerte.
La intervención en Libia también fue un grave crimen de guerra. Gadafi era un dictador; quede claro. Pero también es cierto que bajo su mandato el pueblo libio disfrutaba de las mejores condiciones de vida de toda África: tenía garantizados sus ingresos vitales, la atención sanitaria, la educación y la paz. El pueblo libio disfrutaba de una vida digna. Y entonces bombardearon a Gadafi. El país se vino abajo. Occidente propició un Estado fallido y luego simplemente se desentendió. Y el resto del mundo, una vez más, tomó buena nota de ello.
Siete — dieciocho por ciento
al que se le ha estado permitiendo gobernar el mundo.
El tercer error estratégico que cometió Occidente fue insistir en dominar el mundo. Creo que la mayoría de los ciudadanos occidentales de a pie no son conscientes de lo que sus mandatarios y diplomáticos intentan hacer para preservar su control del mundo, utilizando a menudo métodos y principios que, en teoría, contradicen los valores que proclaman. Por ejemplo, ustedes predican la meritocracia. Sostienen que, si hay que elegir a alguien para dirigir una organización, debe ser la persona más capacitada posible. No importa si es blanco, negro, asiático o africano; si es el mejor candidato, se le elige, ¿no es así? Pues bien, dos de las organizaciones económicas internacionales más importantes del mundo, el FMI y el Banco Mundial, están, al menos en teoría, al servicio del mundo entero. Por tanto, cualquier persona del planeta debería poder optar a dirigir dichas entidades. Hubo un momento —cuando Occidente se sentía muy vulnerable en plena crisis financiera de 2008, cuando la gente en EEUU y Europa se preguntaba qué nos está pasando y fue necesario que el resto del mundo se uniera para salvar la economía global— en el que se celebró una reunión del G20 en el Reino Unido, presidida por Gordon Brown, reunión en la que se acordó que, en adelante, los líderes del FMI y del Banco Mundial serían elegidos por sus méritos. Han pasado 18 años desde 2008. A día de hoy, para dirigir el FMI hay que ser europeo, y para dirigir el Banco Mundial hay que ser estadounidense. Esto significa que el 88 % de la población mundial no reúne los requisitos para dirigir instituciones de carácter global.
Eso supone una imprudencia. Una tremenda imprudencia. Se supone que estas son instituciones mundiales. ¿Por qué insisten en que sólo occidentales pueden dirigirlas? ¿Por qué creen que solo el 12 % de la población mundial puede gestionar las instituciones de carácter mundial? Está claro que estas decisiones que toman sus líderes acabarán, todas ellas, volviéndose en su contra.
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21 octubre, 2026
Dos minutos de "Y la nave va" (Federico Fellini, 1983)
"Para justificar la insuficiencia de la financiación educativa, y en particular la disminución del gasto por alumno, el gobierno y sus partidarios argumentan que Francia no puede permitirse invertir más. Cometen dos errores de razonamiento. La deuda pública, en efecto, ha aumentado del 20% del PIB en 1970 al 120% en la actualidad. Pero, al mismo tiempo, la riqueza privada ha crecido de forma mucho más drástica: ha pasado del 300% al 600% del PIB, con una concentración extrema entre las mayores fortunas financieras. Es decir, la riqueza nacional de Francia —la suma de los activos privados y públicos menos las deudas privadas y públicas— nunca ha sido tan alta, no solo en términos absolutos, sino también como porcentaje del PIB (que, a su vez, nunca ha sido más alto).
En otras palabras, Francia nunca ha sido tan rica. El problema a resolver es simplemente de distribución de la riqueza".
Thomas Piketty, Estudiantes de secundaria, estudiantes universitarios: el ocaso del macronismo
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La epidemia de multimillonarios suele ir consecuentemente acompañada de una epidemia de pobreza extrema generalizada. Cuando el aparato policial del estado se emplea para defender a los ricos y reprimir a la población empobrecida, dicho aparato y sus miembros se convierten en una entidad mercenaria supranacional.
20 octubre, 2026
¿Unidad o Complicidad? — Fernando Buen Abad
fbuenabad.blog – 19/10/2026
Toda alianza política contiene una pregunta moral que antecede a sus cálculos electorales y sobrevive a sus justificaciones tácticas: ¿para qué se unen quienes aspiran a ejercer el poder? La respuesta no es secundaria, ya que evidencia la distinción entre una convergencia histórica y una componenda, entre la construcción de una voluntad colectiva y la distribución facciosa de las instituciones, entre la política concebida como un instrumento de transformación social y la política degradada a una administración de ambiciones particulares. No basta con que dos o más fuerzas se declaren aliadas, suscriban documentos, compartan tribunas o se distribuyan candidaturas para que exista una causa común. La unidad no es una virtud por sí misma, como tampoco lo es la discrepancia.
Ambas adquieren relevancia en función de los intereses que manifiestan, los principios que respaldan y las repercusiones materiales que generan en la vida de las comunidades. El contubernio surge cuando el interés particular se oculta bajo la apariencia de necesidad colectiva, cuando la ambición de los líderes usurpa el lenguaje de la esperanza popular y cuando las discrepancias programáticas, en lugar de resolverse a través de una deliberación sincera, se ocultan bajo el manto de una aritmética electoral. Entonces, la alianza deja de ser una mediación entre fuerzas históricas para convertirse en una transacción entre aparatos; los ciudadanos se invocan como legitimidad, pero excluidos como sujetos de decisión. La voluntad popular comparece en los discursos, aunque permanece ausente de las negociaciones decisivas.
Se pronuncia el término pueblo durante la distribución de posiciones; se proclama la justicia social durante las negociaciones de cuotas; se invoca la democracia mientras las cúpulas se reservan el privilegio de determinar quién debe representar a los demás. La contradicción no podría ser más elocuente: se pretende conquistar el poder en nombre de una emancipación cuya primera víctima es la autonomía política de quienes deberían protagonizarla. La filosofía política crítica exige, por tanto, desconfiar de las alianzas que confunden la suma de organizaciones con la construcción de una fuerza transformadora. Una coalición puede reunir siglas, votos, recursos, dirigentes y estructuras territoriales, y, sin embargo, carecer de proyecto histórico.
Porque la prestidigitación cuantitativa no garantiza una cualidad política superior. La suma de intereses conservadores no produce, por una misteriosa alquimia electoral, una voluntad emancipadora. En caso de que cada miembro se incorpore a la alianza con el objetivo de preservar sus privilegios, negociar su supervivencia o asegurar una parcela de influencia, el resultado será una asociación de conveniencias, no una comunidad de propósitos. Allí donde no existe una orientación compartida acerca de la desigualdad, la explotación, la soberanía, los derechos sociales y la democratización del poder, la unidad corre el riesgo de ser apenas una tregua entre apetitos incompatibles.
Sin embargo, sería igualmente pueril condenar toda alianza como una traición. La política transformadora no se construye mediante la pureza imaginaria de grupos aislados, ni la historia concede sus conquistas a quienes confunden la coherencia con la incapacidad de concertar. Las sociedades están atravesadas por diferencias de clase, intereses sectoriales, tradiciones ideológicas y experiencias históricas que no desaparecen por decreto. Una estrategia de emancipación requiere la articulación de fuerzas diversas, la instauración de acuerdos específicos y el reconocimiento de que ninguna organización posee, por sí misma, el monopolio de la verdad ni la representación absoluta de las mayorías. La cuestión decisiva no consiste en elegir entre unidad y división, sino en determinar qué unidad se construye, alrededor de qué objetivos, bajo qué procedimientos y con cuáles límites éticos. La alianza fecunda no elimina las diferencias: las somete a una discusión política capaz de producir compromisos verificables sin convertir los principios en mercancía.
En esta distinción reside una de las responsabilidades cardinales de la izquierda y de cualquier movimiento que se proclame comprometido con la transformación social. No puede invocar la necesidad histórica como una patente de corso para justificar cualquier pacto. La urgencia de las elecciones no anula la obligación de reflexionar; la amenaza del adversario no transforma automáticamente a aquellos en aliados estratégicos a quienes contravienen los objetivos esenciales del proyecto; la posibilidad de obtener puestos no representa una demostración de eficacia innovadora. Cuando la victoria inmediata se transforma en criterio supremo, los medios terminan colonizando los fines. Lo que comenzó como una maniobra táctica se vuelve una dependencia estructural, y lo que se presentó como sacrificio provisional acaba consolidándose como costumbre.
De este modo se establece la inversión más perjudicial de la política: ya no se ocupan posiciones con el fin de transformar las relaciones sociales, sino que se gestionan las promesas de transformación con el fin de preservar las posiciones obtenidas. El cargo público, considerado en sí mismo, no es una ignominia. Puede ser una herramienta indispensable para redistribuir recursos, garantizar derechos, desmantelar privilegios y someter poderes económicos a la voluntad democrática.
Por lo tanto, la perversión se manifiesta cuando el cargo se transforma en una responsabilidad y se transforma en patrimonio; cuando la representación se interpreta como propiedad personal; cuando la militancia se reduce a un escalón de ascenso burocrático y la lealtad política se cuantifica en la obediencia al líder que reparte nombramientos. En ese punto, el aparato que debía servir a la sociedad comienza a reproducirse a costa de ella. La organización se vuelve un fin en sí misma, la disciplina degenera en servilismo y la discrepancia se castiga como si fuera una deserción. El lenguaje de la causa colectiva encubre entonces una pequeña aristocracia de administradores de la esperanza.
Ninguna alianza merece llamarse transformadora si exige a sus integrantes renunciar a la crítica, encubrir la corrupción o silenciar las contradicciones en nombre de una cohesión ficticia. La lealtad más profunda a un proyecto político no consiste en proteger a sus dirigentes de toda impugnación, sino en impedir que se aparten de los compromisos que justificaron su autoridad. La crítica interna no es necesariamente una concesión al adversario; puede ser la condición de supervivencia moral de una fuerza popular. Una organización incapaz de examinar sus errores termina convirtiendo sus victorias en dogmas y sus derrotas en conspiraciones ajenas.
Allí donde la autocrítica desaparece, el oportunismo encuentra refugio, porque ya no necesita demostrar que sus decisiones sirven al interés común: le basta con exigir confianza, invocar la unidad y descalificar a quienes preguntan por los resultados. La unidad para la transformación, por el contrario, exige instituciones democráticas, transparencia en los acuerdos, deliberación efectiva, rendición de cuentas y mecanismos que impidan la apropiación privada de las decisiones colectivas.
Requiere programas que sean susceptibles de evaluación, compromisos públicos que no puedan ser modificados de manera clandestina y criterios para la distribución de responsabilidades sin confundir representación con mercancías. Exige, sobre todo, que las organizaciones comprendan que su legitimidad no nace exclusivamente de sus antecedentes, sus símbolos o sus dirigentes, sino de la correspondencia entre lo que prometen y lo que efectivamente hacen. Ninguna genealogía heroica absuelve una práctica presente de dominación. Ninguna consigna justiciera compensa indefinidamente la ausencia de justicia. Ninguna retórica popular puede convertir en popular una decisión tomada en detrimento de los intereses de aquellos que sostienen materialmente el movimiento.
Sabemos que la pregunta fundamental es quién conserva el poder de decidir después de constituida la alianza. Si las mayorías participan únicamente para legitimar acuerdos previamente cerrados, la unidad será vertical, aunque sus documentos repitan la palabra democracia. Si las bases carecen de capacidad para fiscalizar a sus representantes, revocar mandatos políticos mediante procedimientos legítimos y exigir explicaciones, la coalición habrá sustituido la soberanía ciudadana por la soberanía de sus intermediarios. Y si la agenda pública queda subordinada a los intereses de quienes financian, administran o condicionan la alianza, el proyecto transformador habrá comenzado a reproducir las mismas relaciones de dependencia que afirmaba combatir.
No se trata de exigir organizaciones impecables ni acuerdos libres de contradicciones, imposibles en cualquier sociedad plural. Se trata de distinguir entre las contradicciones que una comunidad política afronta honestamente y aquellas que oculta para proteger intereses inconfesables. La primera clase puede impulsar aprendizaje, maduración y nuevas formas de cooperación; la segunda acumula resentimiento, desmovilización y cinismo. El oportunismo no aniquila siempre una alianza a través de una disolución espectacular: a menudo la desintegra de manera gradual, hasta que sus símbolos se mantienen, sus líderes siguen pronunciando las palabras de siempre y sus objetivos iniciales han sido suplantados por la preservación de la maquinaria.
Una verdadera unidad política no consiste en que todos piensen igual, obedezcan a los mismos dirigentes o renuncien a sus convicciones para preservar una fotografía de concordia. Esto implica la construcción de una capacidad colectiva que supere la suma de las fuerzas participantes, sin comprometer la dignidad de sus miembros ni la soberanía de la sociedad que aspiran representar. Es una arquitectura de responsabilidades, no un mercado de candidaturas; una convergencia de propósitos, no una compraventa de silencios; una forma de acción común sometida al juicio de sus consecuencias históricas.
En última instancia, la distinción entre el contubernio y la alianza transformadora no radica en la formalidad de los manifiestos, sino en la efectiva distribución del poder, la riqueza, los derechos y las oportunidades de participar en las decisiones comunes. La historia no absuelve a quienes confunden sus carreras personales con el destino de los pueblos, ni convierte automáticamente en emancipadora una coalición porque haya derrotado electoralmente a sus adversarios. La victoria puede abrir una oportunidad histórica, pero no sustituye el deber de realizarla. El poder conquistado sin una transformación de sus usos puede reproducir, bajo nuevos emblemas, las viejas jerarquías que prometía abolir.
Por lo tanto, una filosofía política crítica y digna de tal nombre debe establecer una exigencia ineludible: ninguna alianza puede ser considerada transformadora si la unidad de sus líderes es más importante que la emancipación de la sociedad, si la preservación de los cargos prevalece sobre el cumplimiento de los compromisos y si la disciplina se emplea para proteger privilegios en lugar de defender derechos fundamentales. La unidad es legítima cuando multiplica la capacidad de los pueblos para decidir su destino; se vuelve contubernio cuando convierte esa capacidad en moneda de cambio. Entre ambas posibilidades se encuentra un aspecto más crucial que el éxito de una candidatura o la supervivencia de una organización: la integridad misma de la política, entendida como una práctica de libertad, como un ejercicio de responsabilidad colectiva y como un esfuerzo deliberado por construir una sociedad en la que ningún poder se encuentre por encima de la dignidad humana.
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"Los europeos, al igual que Estados Unidos, siguen incurriendo en errores de cálculo y percepciones equivocadas" — Abbas Araghchi
"Creo que Europa debe abrir los ojos a la realidad. Los europeos, al igual que Estados Unidos, siguen incurriendo en errores de cálculo y percepciones equivocadas. Con sus políticas erróneas, son la causa de gran parte de las guerras y problemas que existen en el mundo. Sus políticas equivocadas han provocado que la guerra en Ucrania se prolongue. Mediante su apoyo unilateral e incondicional al régimen sionista, son responsables de la muerte de cientos de miles de palestinos; solo en Gaza, la cifra supera los 80.000. Se han producido múltiples conflictos; el más reciente es la guerra que iniciaron contra Irán, basada en un error de cálculo absoluto: imaginaron que Irán se había debilitado y creyeron que, mediante una operación ofensiva, lograrían forzar su rendición en cuestión de días. Sin embargo, llevan ya nueve meses atrapados en el pantano de esta guerra, sin encontrar una salida. Los europeos son cómplices en este conflicto. Hace apenas unas semanas, el secretario general de la OTAN anunció que más de 5.000 aviones de combate estadounidenses despegaron de bases aéreas europeas para llevar a cabo operaciones contra Irán".
Abbas Aragchi, ministro de exteriores de la República Islámica de Irán. (Araghchi Blames Washington Blockade For Crisis In Strait Of Hormuz)
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19 octubre, 2026
Zelensky: héroe para la UE, payaso para Trump, terrorista para Putin — Dr. Brovkin
Transcripción del vídeo del Dr. Brovkin titulado: "Zelensky: un héroe para la UE, un payaso para Trump, un terrorista para Putin".
Bienvenidos a «Historia y política con el Dr. Brovkin». Hoy, queridos amigos, suscriptores y visitantes de mi canal, me gustaría hablar sobre Zelensky en Bruselas. Tengo tres cuestiones que quisiera destacar hoy para, en cierto modo, arrojar luz sobre lo que está ocurriendo.
La primera cuestión es si la Unión Europea puede, efectivamente, mantener a Zelensky —o, digamos, al régimen ucraniano— en el poder. Esa es la pregunta clave. La segunda es: cuáles serán para Zelensky las consecuencias políticas de su disputa y agrio conflicto con el presidente Trump. Y la tercera consiste en una breve actualización sobre la situación militar en Ucrania, especialmente dado que hoy Putin ha hablado al respecto en la televisión rusa.
Vayamos directamente al primer punto: ¿qué está ocurriendo con Zelensky en Bruselas? Se celebró una importante reunión de los jefes de Estado de la Unión Europea en la que se debatió el presupuesto y, como es habitual, Zelensky intentó ser el centro de toda atención. A primera vista, todo parecía seguir como siempre: abrazos, besos, discursos, entrevistas... Zelensky se encontraba en su elemento, siendo el foco de atención, recibiendo los aplausos de los presentes, concediendo entrevistas, guiñando un ojo, sonriendo y haciendo todo tipo de histriónicos gestos. Todo transcurría tal y como a él le gusta, como si nada hubiera cambiado. Pero la realidad es que las cosas sí han cambiado. El mensaje que Zelensky transmitió a la UE —ya no centrado en que está ganando la guerra o en que está obligando a Rusia a sentarse a negociar— es muy sencillo: más dinero, más armas y más sanciones contra Rusia. Además, añadió algo nuevo: si la Unión Europea no accede a sus peticiones, aseguró que 20 millones de refugiados ucranianos llegarán a Europa; y, acto seguido, el ejército ruso invadirá el continente, convertirá a todos sus habitantes en esclavos, lo destruirá todo, etcétera. Ese es, en esencia, su mensaje.
Los líderes de la Unión Europea —ya saben, esos europeos tan corteses— han estado dándose abrazos, besos y todo lo demás. Como de costumbre, se han mostrado unidos en torno a Ucrania, reiterando que el país seguirá siendo una prioridad y prometiendo más fondos, más armamento, etcétera. Pero aquí está la cuestión: si contrastamos esto con la realidad, vemos que la situación no encaja en absoluto con las fantasías de Ursula von der Leyen y Kaja Kallas. Se han entregado a Ucrania 2.500 millones de dólares —de los 45.000 millones prometidos para este año, de los cuales ya se habían desembolsado 28.000 millones—, y, supuestamente, hay otros 45.000 millones previstos para el próximo año. Sin embargo, Zelensky quiere más; según sus cálculos, necesita otros 70.000 millones adicionales, sumados a los 45.000 millones de este año y al total de 90.000 millones comprometidos anteriormente. Cabe recordar que esos 90.000 millones debían reembolsarse mediante reparaciones de guerra por parte de Rusia. Pero para los líderes europeos resulta cada vez más evidente que no habrá tales reparaciones, porque Rusia no va a ser derrotada; de hecho, si alguien va a ser derrotado, será Ucrania. En otras palabras —y esta es la clave, queridos amigos—, Europa no tiene dinero propio; su única opción es endeudarse en los mercados de bonos.
Por otro lado, tenemos a Macron y al polaco Sikorski, ambos hablando de lo mucho que es necesario ayudar a Ucrania. Pero analicemos la situación política en estos países. Macron, apenas un día después de abandonar Bruselas, se encuentra hoy rodeado por todas partes de estudiantes en pie de guerra. En Francia se está produciendo, prácticamente, una revolución: hay enfrentamientos callejeros en todas las grandes ciudades y cientos de miles de personas en las calles, y ya no se trata sólo de estudiantes. El movimiento de los «chalecos amarillos» ha resurgido, y la catástrofe financiera de Francia es indescriptible —un tema que, por sí solo, merecería un análisis serio y detallado—. Macron no tiene dinero para destinar a Ucrania, ni siquiera para ajustar las pensiones. Y, quizás lo más importante: Marine Le Pen anunció ayer que, de resultar elegida presidenta, no destinará absolutamente ningún fondo a Ucrania. Y no es por falta de simpatía hacia Ucrania, sino porque Francia simplemente no tiene dinero. Que sean otros países, con más recursos, quienes asuman esa carga.
Por otra parte, resulta interesante señalar que España atraviesa actualmente una crisis, con jóvenes que protestan y se manifiestan contra el costo de la vida. Sin embargo, Sánchez se pronunció a favor de Ucrania y de su integridad territorial. Me pregunto: ¿por qué le preocupa tanto la integridad territorial? Posiblemente se trate de una preocupación relacionada con Cataluña. Si Cataluña se separara, se estaría vulnerando un «tabú» intocable: la integridad territorial de España. Pero permítame recordarle, señor Sánchez, que el Donbás no es Ucrania, basta con estudiar la historia. Ucrania lo recibió en 1922 de manos del camarada Lenin. Las fronteras cambian —es algo natural—, y la población rusa del Donbás votó a favor de separarse de la Ucrania «banderista» (en 2015, de hecho); por tanto, no estamos ante una cuestión de integridad territorial.
Por último, una mención sobre Merz, quien ha estado diciendo —ya saben— que sigue apoyando a Ucrania. Ayer, Alice Weidel pronunció un discurso en el Bundestag en el que detalló la cantidad de miles de millones que se han destinado a Ucrania, mientras muchas personas pierden sus empleos y la industria se desploma. Además, planteó que, si Estados Unidos —bajo el mandato de Trump— puede comprar diésel ruso, entonces Alemania también debería hacerlo, y propuso extender esto no sólo al petróleo, sino también al gas. Esto significa, queridos amigos, que las tendencias políticas en Francia y Alemania —representadas por figuras clave que actualmente están en la oposición y que bien podrían llegar al poder (en Francia el próximo año, y en Alemania al siguiente)— se oponen a la línea de acción actual que, a pesar de todo, siguen defendiendo Ursula von der Leyen y Kaja Kallas. Para cerrar este punto, añadiré que Europa no tiene dinero y que lo único que hace es endeudarse. Pero no es posible endeudarse eternamente. Precisamente esto es lo que ha metido a Macron en problemas: ha recurrido al endeudamiento —creo que por valor de tres mil millones en los dos últimos años—, lo cual resulta insostenible. Además, en una democracia, un déficit presupuestario no puede simplemente ocultarse, debe ser aprobado por el Parlamento, una cámara que él no controla.
Hablemos ahora un poco sobre el caso de Zelensky y Trump. Ya conocen todos los detalles, así que no hace falta que los repita. Lo que quiero señalar es que, mientras los líderes europeos ensalzan a Zelensky como un héroe, el presidente de los Estados Unidos lo califica de «hombre de circo». Lo tilda de ladrón y, en un discurso público, mencionó que se habían entregado miles de millones de dólares a Ucrania —a Zelensky—, preguntándose: «¿Dónde está ese dinero?». Acto seguido, él mismo responde en nombre de Zelensky: «Estas armas se vendieron en los mercados mundiales». En resumen, la brecha entre Estados Unidos y Europa respecto a Zelensky es absoluta y total. Es más, fue en Bruselas donde Zelensky tachó a Trump de «traidor» —alegando haber sido traicionado—, y sus colaboradores fueron aún más lejos. Ni siquiera puedo repetirles lo que dicen sobre Trump. La consecuencia política es que, a mi parecer, la ruptura es definitiva. No creo que se pueda disimular endulzando la imagen de Zelensky —como ocurrió en septiembre de 2025, cuando los líderes de la UE acudieron en masa a Washington para intentar convencer a Trump de que apoyara a Zelensky—. Esto se ha acabado. No tiene vuelta atrás. La ruptura es total y definitiva, y el apoyo de Estados Unidos a Zelensky va a desaparecer, de hecho, ya prácticamente ha cesado. Esto conlleva repercusiones políticas, sobre todo porque Zelensky desafió abiertamente al presidente Trump al afirmar que los ataques ucranianos contra instalaciones petroleras rusas continuarán.
Y así, abordamos el tercer punto de la discusión de hoy: las consecuencias de este conflicto y este enfrentamiento con el presidente Trump para la situación interna en Ucrania, tanto en el plano político como en el militar. En el vídeo anterior hablé de ciertos sectores en torno al señor Goncharenko, sectores que ahora abogan por limitar las pérdidas y llegar a un acuerdo con Rusia. Goncharenko ha sido marginado y expulsado de su partido. Es evidente que la élite gobernante en Ucrania aún no está dispuesta a aceptar este punto de vista. Sin embargo —y esto ocurrió justo ayer—, la señora Skorokhod, miembro del Parlamento (la Rada) y quien suele ofrecer análisis muy interesantes sobre la política ucraniana, afirmó que personas muy cercanas a Zelensky pretenden derrocarlo. Se trata de una declaración bastante sorprendente, aunque no especificó quiénes son estas personas ni por qué quieren derrocarlo, sospecho que se debe a que son conscientes de que la ayuda de Estados Unidos es fundamental —absolutamente indispensable— para Ucrania y que, por tanto, la ruptura entre Zelensky y Trump no es algo que se pueda maquillar.
Este es un momento decisivo y bien podría ocurrir, mis queridos amigos, que en un futuro, ya sea en cuestión de días o semanas, estas personas previsiblemente actúen y aparten del poder al que Trump calificó de «payaso». Por último, unas palabras sobre la situación militar. Hoy, las fuerzas rusas han tomado Dobropilia. El presidente Putin, en uniforme militar de combate, conversaba con los comandantes, quienes le informaron de este avance, así como de otros progresos en la región de Járkov. Putin señaló que, durante el mes de septiembre, se ha recuperado en el Donbás más territorio frente a las fuerzas ucranianas que en todo el periodo anterior: el avance de las tropas rusas se está acelerando. Sin embargo, hay un detalle crucial en sus palabras del que quiero llamar vuestra atención: al referirse al avance de sus fuerzas para la «liberación del Donbás» —una expresión habitual—, esta vez añadió algo más. No es la primera vez que menciona la «liberación del Donbás y de Novorossiya». Lo cual establece una diferencia fundamental, ya que Novorossiya abarca las provincias de Odesa, Dnipropetrovsk y Járkov, sumados a los cuatro territorios que conforman el Donbás. Esto sugiere que el territorio que se pretende limpiar de fuerzas ucranianas —y que pasaría a formar parte de la Federación Rusa— podría haberse ampliado para incluir toda la región de Novorossiya, desde Odesa hasta Járkov.
Asimismo, dejó muy claro que el resto de Ucrania no formará parte de la Federación Rusa; no desean la presencia de los «banderistas» allí. Putin se limitó a señalar que Rusia necesita garantizar una seguridad absoluta en los territorios que permanezcan bajo soberanía ucraniana. Esto implica, probablemente, que Rusia ejercerá algún tipo de control sobre la naturaleza del gobierno que Ucrania tendrá tras la guerra. Estos son, pues, los puntos clave de los últimos días que he querido exponeros.
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18 octubre, 2026
"La lucha, que representa la vida, y la burguesía, que representa la muerte" — Frédéric Lordon
"Y, sobre todo, la insondable hipocresía de la cultura burguesa, al descubierto, que no hace nada con lo que lee, lo que ve ni lo que dice venerar: que celebra sólo para embalsamar y neutralizar, y que sólo los jóvenes, con su integridad, pueden redescubrir.
Entre la avalancha de fotos destinadas a pasar a la historia, una sin duda destacará.
Muestra a un niño esposado, sentado en el suelo junto a una furgoneta policial, dominado por los dos matones que lo arrestaron. Todo en la foto es oscuro: el encuadre oscurece la calle, el vehículo policial es oscuro, los dos matones con casco son la personificación de la oscuridad.
Pero un destello de luz irradia, literalmente salta de la imagen: el rostro del niño, mirando directamente a la cámara. Es hermoso, como un Rembrandt.
Todo el periodo se tornó melodramático, y esto no es una crítica. Melodramático: repleto de polaridades marcadas, por así decirlo, desde Rembrandt hasta Hugo. Está la lucha, que representa la vida, y la burguesía, que representa la muerte".
Frédéric Lordon. (Fragmento extraído de su artículo "La actual batalla épica en Francia estaba destinada a ocurrir tarde o temprano")
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Ángeles Maestro entrevista a Paula, profesora francesa, sobre las movilizaciones estudiantiles en Francia.












