El desahucio de una anciana de 87 años, de una vivienda que llevaba 70 años habitando, ha sido la espoleta que ha hecho estallar el horror –no puede calificarse de otra forma–, en que ha sido convertido el derecho esencial a la vivienda en España, país que, según la OCDE, lidera el crecimiento económico en ese gueto caníbal que es hoy la zona euro. La especulación inmobiliaria ha convertido la vivienda en botín de especuladores, con efectos catastróficos en el tejido social de España, ensañándose con jóvenes y sectores vulnerables. En un país donde el salario medio ronda los 1.700 euros, el precio de un apartamento básico puede costar entre 1.000 y 1.500 euros, haciendo imposible, para los sectores medios y pobres, alquilar una vivienda mínimamente digna. Una residencia de estudiantes puede costar, la habitación, 1.200 euros, convirtiendo la enseñanza superior en una cuestión de ricos. Los pobres quedan excluidos, de facto, aunque ningún político –hasta el desahucio de la anciana– se dignara en tocar el tema. Salvo sectores residuales de la antigua izquierda, el horror que lleva años abatiéndose sobre la vivienda no era tema que les ocupara. Los que hoy pasan por ‘izquierda’ son un club de señoritos idiotizados, más preocupados de mantener sus sillones y prebendas que de las desgracias que abaten a millones de ciudadanos empobrecidos por un sistema social-darwinista del que se han convertido en vergonzantes valedores.
No es fenómeno sólo español. En Berlín, donde un 60% de población vive de alquiler, el salario medio es de 2.200 euros y el arriendo de una vivienda de dos habitaciones puede costar 1.500 euros. El partido de izquierda Die Linke, ganó las elecciones en Berlín con una propuesta rotunda sobre la vivienda. Pedían «socializar» a los grandes casatenientes, incluyendo la expropiación, para incorporar al mercado inmobiliario público 220.000 viviendas en manos de oligopolios. Obligar a los propietarios de más de 50 pisos a reservar una cuota de sus viviendas para personas vulnerables. Promover la construcción de nuevas viviendas para que el sector público represente no menos del 30% del total de viviendas en la capital alemana. Incluso pedían legalizar la ocupación de viviendas que lleven más de un año vacías. Recogemos el programa de Die Linke para poner en evidencia la mierda en que se ha convertido la ya pseudoizquierda española, que está a años luz de plantearse –siquiera en sueños– algo parecido a las propuestas de Die Linke, que ya veremos si son capaces de hacerlas efectivas.
Las medidas propuestas –congelar alquileres, prohibir desahucios extremos y limitación hasta 2030 a la compra masiva de viviendas por fondos buitres– están lejos de tocar un pelo del problema real, que es el acaparamiento de inmuebles por oligopolios y bancos, como resultado del modelo de liberalismo salvaje promovido por una putrefacta Unión Europea. Los decretos de la progresía española encajan en lo que advertían Marx y Engels en el Manifiesto Comunista: "Una parte de la burguesía desea mitigar las injusticias sociales, para de este modo garantizar la perduración de la sociedad burguesa". Actualizando el término, hablaríamos de la perduración del neoliberalismo. Medidas cosméticas que tendrían como objetivo último desactivar la protesta social, poniendo parches a un modelo económico-social que se cae a pedazos.
Porque los brutales desahucios que se vienen sucediendo son la expresión más cruel del modelo económico y social adoptado por la UE e impuesto, como dogma medieval, a todos sus miembros. Un modelo que descansa sobre dos pilares esenciales. Uno, el capital debe disponer de libertad absoluta y de poder para acapararlo todo. Dos, los Estados deben abstenerse de promover los derechos económicos, sociales y culturales para validar, desde la política, el funcionamiento irrestricto del gran capital. Es el anciano "laissez faire laissez passer", dejar hacer, dejar pasar, nacido en el siglo XVIII, elevado a los altares en el siglo XIX y resucitado de entre los muertos por el cadáver que es la UE. El eslogan social-darwinista ha sido asumido por casi todos los partidos, sindicatos y similares, haciendo de la política una banalidad, pues gane Chana o gane Juana, gobierne quien gobierne, hará lo mismo, salvo políticas cosméticas vinculadas a temas marginales, que sirven, a su vez, para pintar de izquierda a los perjuros.
De esa guisa, los fondos de los grandes, medianos y pequeños consorcios de especuladores se pasean por toda la Europa comunitaria como buitres carroñeros, devorando hasta el último hueso de las sociedades famélicas, con consecuencias devastadoras en el sector inmobiliario. Nadie pone coto al latrocinio porque ese latrocinio forma parte del sistema. "Es" el sistema. El Parlamento Europeo, el club de sabandijas más selecto del mundo, ha hecho estudios sobre el tema y lo mismo han hecho otros órganos de la llamada Europa comunitaria, todos igualmente inútiles y de puro efecto maquillaje. No en balde, 10.000 lobbies empresariales campan a sus anchas en Bruselas, repartiendo sobornos y prebendas, para garantizar que los señores europarlamentarios no perturben el saqueo cotidiano de los países miembro.
La causa de la crisis habitacional no hay que buscarla fuera del sistema, sino dentro de él, donde está incrustada como un cáncer maligno fomentado por las caspas dirigentes, que son las primeras en beneficiarse de un sistema económico-social depredatorio. El neoliberalismo, abrazado como dogma de fe, es la causa y uno de sus tantos efectos son dramas como los desahucios, que es lo más visible y desastroso, pero no lo único.
Bajo el lema "todo vale en un mercado irrestricto", el gran capital actúa como tsunami, destruyendo cuanto puede destruir. La acumulación obscena de capital ha provocado que grupos oligopólicos lo controlen todo: bancos, medios de comunicación, viviendas, áreas productivas y un infinito etcétera. Como se expresa en el Manifiesto Comunista, "La existencia y el predominio de la clase burguesa tienen por condición esencial la concentración de la riqueza en manos de unos cuantos individuos, la formación e incremento constante del capital". Los procesos electorales devienen en meros rituales políticos, porque los partidos se han convertido en administradores de los oligopolios. Sigamos con el Manifiesto Comunista: "Hoy, el poder público viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa". Los partidos y sindicatos que se dicen de izquierda se prestan a ser mampara de la obscena acumulación capitalista. Dentro del proceso de desmantelamiento de la izquierda, partidos políticos y sindicatos que antes fueron su brazo hoy son parte del mobiliario de los oligopolios, que los financian y les permiten una vida muelle.
Dos ejemplos ilustran el modus operandi en el sector vivienda, ya que hablamos de él. En la localidad de Manilva, provincia de Málaga, el fondo buitre Blackstone adquirió un bloque de viviendas pagando, de media, 14.000 euros por vivienda. Luego las vendió a 250.000 euros cada una. Blackstone hizo un gran negocio, mientras 62 familias fueron desahuciadas. Todo legal. Ana Botella, esposa del nauseabundo Aznar, cuando era alcaldesa de Madrid, vendió 1.850 viviendas públicas al fondo buitre Fidere, en 2012, pagando Fidere 69.000 euros por vivienda, que luego vendió a 630.000 euros cada una. ¿Pasó algo? Nada. No había ley que impidiera que las viviendas públicas fueran vendidas como chatarra. CaixaBank posee 21.815 viviendas; el fondo buitre Blackstone tiene 19.638; el consorcio CBRE, 8.096 viviendas; Cerberus, 6.936; el Banco Santander, 5.001 viviendas, y así. No son anomalías. Son el sistema en todo su pútrido esplendor.
Ilustremos en otros campos el proceso de acumulación capitalista. En 1980, existían, en España, unas 120 entidades bancarias y unas 80 cajas de ahorros. En este 2026, existen únicamente 6 grandes grupos bancario-financieros, que controlan alrededor del 80% de los activos totales españoles. En 1980, en Francia existían 400 instituciones bancarias. En el presente son 215 y disminuyendo. En Italia, en 1980, existían más de mil bancos (1.000 bancos, no es un error). Hoy operan 400. En ese mismo periodo, en Alemania se pasó de 5.355 instituciones bancarias a 1.329 bancos. Ocurre exactamente lo sostenida por Marx: la tendencia natural del capitalismo es la acumulación. Sin límite ninguno.
Atendamos otro sector, el de las empresas estatales. En 1980, el Estado, en España, era dueño de 130 grandes empresas públicas, que eran, además, las joyas de la corona de la economía española: Telefónica, Iberia, Tabacalera, Repsol… En 2026, el número de empresas públicas o participadas de forma mayoritaria por el Estado es de 14 empresas. De existir, en 1985, 800 empresas con participación estatal, se pasó a poseer sólo 100. La presencia estatal en el mercado bursátil español pasó del 16,64% en 1992 a un ridículo 0,34% en 1999. En la social Suecia, en 1980, el Estado poseía 140 grandes empresas públicas. Hoy no llegan a 40. Es el sistema cadaveritario europeo.
Veamos el otro lado del espejo. Las empresas públicas en la República Popular China controlan más del 60% del mercado chino y generan entre el 23% y el 28% del PIB de China. 150.000 grandes empresas mueven la economía china y 867.000 empresas tienen algún grado de participación pública. En China nada puede existir al margen del Estado y, muchísimo menos, en contra del Estado.
Rusia, resucitada de la pesadilla del dipsómano Yeltsin, está volviendo a la senda soviética. Las grandes empresas públicas dominan los sectores estratégicos de la economía de Rusia, como energía, defensa, banca y transporte. Gazprom, el gigante energético, está controlado por el Estado a través de Rosneftegaz; Transneft es un monopolio estatal que controla los oleoductos; Sberbank, el mayor banco de Rusia y uno de los mayores de Europa, lo controla el Banco Central de Rusia. Rostec, el gigante de la aviación, es estatal, como estatal es Rosatom, el gigante nuclear civil: Roscosmos, estatal; Russian Railways, estatal; Aeroflot, estatal… Y así, un larguísimo etcétera. ¿Qué pueden hacer las empresas europeas frente a estos cíclopes de la economía? Sólo una cosa: quebrar, como Volkswagen. O venderse a empresas chinas. Volvo, empresa estrella del automóvil sueca, es, hoy, propiedad del grupo chino Zhejiang Geely. Igual ha ocurrido con la italiana Pirelli, comprada por Sinochem. O el caso de la marca española Ebro, adquirida por el grupo chino Chery. La holandesa Philips, fabricante célebre de electrodomésticos, pertenece al fondo de inversión de Hong Kong Hillhouse Capital. Syngenta, el gigante suizo de semillas y agroquímicos fue comprado en 2017 por ChemChina.
Pongamos el ojo en otra ventanilla, la humana. El 20,9 % de la población de la Unión Europea (unos 92,7 millones de personas) se encuentra en riesgo de pobreza o exclusión social, según datos de Eurostat. El 24,2% de la población infantil está en la pobreza o la marginalidad. En España, el 25,7% de la población (alrededor de 12,6 millones de personas) se encuentra en riesgo de pobreza o exclusión social. La pobreza infantil afecta a casi el 34% de los menores. ¿Y la ‘izquierda’ qué dice? Nada. No la hay.
En lo inmediato, el enemigo a derrotar es la mafia inmobiliaria que ha provocado, con la connivencia de los entes estatales y políticos, la catástrofe nacional de la vivienda. En lo estratégico, el objetivo es destruir, desde sus cimientos, el sistema social-darwinista impuesto por la mafia mayor, incrustada como plaga en las instituciones europeas. Con Robespierre como guía. Al pulpo imperial-capitalista se le mata cortándole la cabeza.
Guillotinas aparte –que no apartadas–, recordemos estos pilares de la izquierda:
1. La historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases. Si no cree en esto, será lo que será, incluso buena persona, pero no es de izquierda, la real.
2. Los sectores estratégicos (energía, banca, transportes, etc.) deber ser estatales.
3. El interés público debe primar siempre, siempre, siempre, sobre el interés privado.
4. Los derechos económicos, sociales y culturales deben primar sobre los derechos civiles y políticos. Si usted cree que es más importante votar que comer, le llenaremos su casa –si la tiene– de urnas y papeletas y la vaciaremos de frijoles.
5. La OTAN, como organización criminal que es, debe desaparecer.
Ya tiene un norte.
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