Transcripción del vídeo titulado Why Karl Marx Was Right [Por qué Karl Marx tenía razón]
Hoy voy a hablar de Karl Marx. Y tal vez piensen: «Vaya, pero todo eso y el comunismo... son cosas del pasado, ¿no? Al fin y al cabo, Marx se equivocaba. Los experimentos sociales que surgieron en su nombre fueron catastróficos, fracasaron estrepitosamente. Además, el capitalismo ganó la Guerra Fría. Todo eso suena a los años setenta, ¿no es así?».
Pero, un momento, porque más allá de todas esas disputas políticas y caricaturas culturales, Marx planteó una serie de cuestiones que no solo versaban sobre la revolución, el comunismo o la abolición de la propiedad privada, sino sobre el futuro del capitalismo y la estructura misma de la economía capitalista a largo plazo. Una de esas cuestiones se refería al rumbo que estaba tomando el capitalismo, un análisis sombrío, inquietante y sorprendentemente relevante para el mundo actual.
Para Marx, el desenlace final del capitalismo sería el de una sociedad gobernada por una pequeña oligarquía de personas inmensamente ricas extendiendo su poder sobre una vasta mayoría en situación precaria. En dicho futuro no existiría la clase media. No habría movilidad social. Solo esa minoría y el resto. La cuestión, pues, es que no es necesario estar de acuerdo con las posibles soluciones de Marx para reconocer que su diagnóstico fue extraordinariamente premonitorio.
Hoy quiero referirme a por qué Marx llego a esas conclusiones, cómo funciona su modelo y por qué muchas de las inquietudes de la vida moderna parecen ecos de una predicción realizada hace 150 años, para cuya comprensión debemos entender el mundo en el que vivió su autor.
El siglo XIX fue una época de extraordinarias transformaciones. La industrialización estaba desmantelando los modos de vida tradicionales. La mecanización sustituía a la mano de obra cualificada. Las fábricas absorbían a los pequeños talleres y a toda la masa de trabajadores agrícolas; los ferrocarriles reconfiguraban la geografía, etcétera; y la lógica del lucro se convertía en el principio rector de la vida económica. Ahora bien, el propio Marx no veía la competencia como una especie de árbitro ordenador del mercado, tal y como suele presentarse a menudo. Para él, la competencia era algo brutal. Así, si una fábrica podía producir bienes a menor coste que otra, la más débil sucumbía. Una empresa podía invertir en nueva maquinaria, suprimía a aquella que no podía hacerlo. Una vez que la maquinaria adquirió un papel central, también lo hizo el capital. Por consiguiente, quienes poseían el capital —las máquinas, las fábricas, la infraestructura— ganaban poder, mientras que quienes carecían de él quedaban en una situación de extrema vulnerabilidad.
También observó que el cambio tecnológico, lejos de hacer realidad el sueño de la Ilustración —según el cual las máquinas liberarían a los seres humanos que podrían dedicarse a actividades más elevadas—, en realidad propiciaba lo contrario. Hacía que los seres humanos fueran más fácilmente sustituibles. El trabajo cualificado podía transformarse en tareas repetitivas, y los artesanos podían ser reemplazados por máquinas. Como escribió el propio Marx, el capitalismo reduce al trabajador a un mero apéndice de la máquina; y Marx creía que esta dinámica se intensificaría con el paso del tiempo.
A medida que las empresas crecían, requerían más capital. Y al necesitar más capital, se fusionaban, se consolidaban y se expandían. Este proceso conllevaba la destrucción de toda competencia, y así, se propagaban por el mercado como una especie de plaga económica, devorando todo a su paso. En este escenario, la clase media era quizá el sector más vulnerable. Las pequeñas empresas sucumbían ante estas economías de gran escala, y los profesionales independientes eran desplazados por grandes estructuras corporativas. Muchos profesionales —ya sabes— estaban a un mero cambio tecnológico de quedar totalmente obsoletos. Es decir, algo muy parecido a lo que ocurre hoy en día, cuando un modelo de IA, una nueva plataforma de software o una simple herramienta de automatización pueden hacer desaparecer de la noche a la mañana categorías enteras de empleos.
Así pues, Marx consideraba que la llamada clase media no era una categoría estable. Se trataba de una categoría de transición, un amortiguador temporal entre la élite capitalista y la mayoría trabajadora, y creía que el propio capitalismo terminaría por erosionar completamente dicho amortiguador.
Los ecos modernos
Al observar el mundo actual, resulta difícil no percibir el patrón que acertadamente describió Marx. Vivimos en una era de extraordinaria concentración de riqueza en manos de unos pocos. Un puñado de empresas —Amazon en el comercio minorista, Google en la información, BlackRock en las finanzas— opera a una escala que simplemente borra del mapa a los competidores más pequeños. Un reducido número de compañías tecnológicas moldea nuestra forma de comunicarnos, comprar, trabajar e incluso de concebirnos a nosotros mismos. Unas pocas instituciones financieras mueven tales sumas de dinero que empequeñecen los presupuestos de naciones enteras. Asimismo, un pequeño grupo de individuos posee una riqueza a una escala que habría resultado casi inimaginable en la época de Marx. Esta concentración se manifiesta no sólo en las estadísticas, sino también en imágenes: superyates del tamaño de cruceros; aviones privados que contemplan el cielo como una especie de autopista personal; equipos de seguridad privada semejantes a pequeños ejércitos, y residencias que no son simples casas, sino complejos que parecen estados en sí mismos, mundos privados. No se conforman sólo con el pan, también quieren el circo: los equipos deportivos, los periódicos, los estudios cinematográficos, las plataformas de streaming, las editoriales, el mundo de las celebridades y las empresas de entretenimiento que determinan qué vemos, qué leemos y de qué hablamos el resto de nosotros.
Así pues, no se trata simplemente de distracciones. Son instrumentos que ayudan al sistema a perpetuarse a sí mismo. Son símbolos de una brecha estructural, un recordatorio visible de que un grupo minúsculo habita un universo económico muy distinto al del resto de la población. Mientras tanto, la clase media —ese gran motor de las reformas del siglo XIX, la clase que hizo posibles las revoluciones estadounidense y francesa y que construyó el Estado-nación liberal moderno— se está desmoronando. Los costes de la vivienda se han disparado en relación con los ingresos. En muchos países, ser propietario de una vivienda se percibe hoy como un privilegio más que como una necesidad vital. Los salarios de los trabajadores se han estancado, aun cuando la productividad y los beneficios empresariales han aumentado. La seguridad laboral se ha debilitado, los contratos de corta duración, el trabajo esporádico y las reestructuraciones constantes se han convertido en parte de la vida cotidiana. Es posible que tú mismo hayas sufrido esta experiencia de tener que volver a solicitar tu propio puesto de trabajo, pero bajo nuevas condiciones, obviamente menos favorables. Ya quedan pocos empleos para toda la vida. Las carreras profesionales que antaño ofrecían estabilidad hoy se perciben como precarias. Profesores, enfermeros, académicos, mandos intermedios: personas que en otro tiempo habrían tenido la certeza de llevar una vida sólida y respetable, hoy se sienten cada vez más atenazadas entre el aumento de los costes y el estancamiento de los ingresos.
La automatización amenaza a sectores enteros, desde la industria manufacturera hasta los empleos de oficina, así como a esa promesa de que a cada generación le irá mejor que a la anterior, de que tus hijos tendrán más de lo que tú tuviste. Esa idea se está desvaneciendo. Incluso en el plano cultural, el estado de ánimo ha cambiado. La gente siente ansiedad, inseguridad e incertidumbre respecto al futuro. Se sienten eclipsados por una riqueza que ni siquiera pueden imaginar. Perciben que el sistema está esencialmente amañado, que las oportunidades se reducen y que la clase media ya no es un terreno seguro donde asentarse. Y esta sensación de verse acorralados —económica, social y psicológicamente— es una de las grandes experiencias definitorias de la vida moderna. Ciertamente no hace falta ser marxista para verlo, es simplemente la realidad del mundo actual.
Así pues, Marx predijo que el capitalismo generaría esta élite minúscula y convertiría a todos los demás en una masa amorfa de trabajadores: indistinguibles, intercambiables y desechables. Los detalles han cambiado, pero el patrón es inconfundible. La superficie del mundo sigue transformándose —las tecnologías, las modas, el perfil urbano—, pero bajo esa superficie siguen actuando las mismas fuerzas de siempre. Y el propio Marx habría reconocido la realidad de nuestro mundo al instante.
¿Se equivocó Marx o simplemente se adelantó a su tiempo?
Algunos podrían decir: "Ya ya, pero Marx no era infalible. Se equivocó, ¿no es así?". Y señalarán todo aquello que pasó por alto. Dirán: "No previó el Estado de bienestar, que suavizó algunos de los aspectos más duros del capitalismo. No previó el capitalismo de consumo, que generó nuevas formas de aspiración e identidad. No previó el auge de la economía de servicios, que transformó por completo los mercados laborales. Y no previó la existencia de instituciones democráticas capaces de regular los mercados, redistribuir la riqueza y proteger a los trabajadores". Es muy probable que hayas escuchado estos argumentos durante tus estudios, especialmente en el periodo posterior a la Guerra Fría. Sin embargo, el problema de este razonamiento es que muchas de esas instituciones —precisamente las que supuestamente “demostraban” que Marx estaba equivocado— están colapsando hoy en día. Los presupuestos destinados al llamado bienestar social se reducen en todo el mundo, los organismos reguladores se debilitan constantemente e incluso la democracia misma parece más frágil que antaño. Todo indica que ese “saber adaptarse a la situación”, que creíamos que refutaba a Marx, no fue más que desviación temporal, intento de contener la voraz maquinaria, de frenar la apisonadora, de nadar contra la corriente. Y ahora, a medida que esos mecanismos de contención se debilitan, reaparece la dinámica subyacente —la misma que describió Marx—: esa según la cual, y por la propia naturaleza del capitalismo, genera una élite que oprime y exprime al resto de la sociedad. Por eso los males del mundo moderno nos resultan tan familiares: porque alguien los describió con precisión asombrosa hace 150 años.
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