Observatorio de la crisis – 17/10/2026
¿Estamos hablando quizá de la civilización que exige una condena por un escaparate roto, mientras asistimos desde nuestros móviles a la aniquilación de Gaza?
Niños, ¡prended fuego, prended fuego!
Prended fuego para poner orden
Prended fuego, poned el desorden
Poned el desorden para poner orden.
Campaña de movilización social feminista #Pébouchfini, Martinica, 2018
Si hoy puedes reivindicar una escuela pública laica y derechos laborales, da las gracias a las comunardes y los comunards, que en 1871 se levantaron en París, levantaron barricadas en los bulevares, derribaron la Columna de Vendôme e incendiaron el Palacio de las Tullerías. Fueron masacrados por miles, pero sus ideas volverían a fracturar el orden de los amos. También en tu vida.
Da las gracias a quienes en 1791 incendiaron las plantaciones de Saint-Domingue y destruyeron las propiedades de los colonos franceses. A quienes se rebelaron en Jamaica en 1831, prendiendo fuego a los campos de caña de azúcar y contribuyendo a que la esclavitud resultara políticamente insostenible en el Imperio británico.
La abolición no nació de la generosidad de los propietarios blancos: también la conquistaron personas esclavizadas, que decidieron destruir materialmente el mundo que las mantenía encadenadas.
Si hoy las mujeres pueden votar, da las gracias a sufragistas como Emmeline Pankhurst, que rompían los escaparates de Londres, incendiaban edificios, saboteaban las comunicaciones y colocaban bombas en los lugares simbólicos del poder. Da las gracias a las mujeres que, en otros lugares, siguieron desafiando a los gobiernos y a la policía, incluso cuando el voto solo se reconocía a unas pocas, dejando fuera a las demás.
El sufragio femenino no fue un amable gesto de los parlamentos, sino una conquista arrancada a unas instituciones, que durante siglos habían negado a la mitad de la población el derecho a decidir sobre su propio destino.
Si hoy puedes acogerte a la Constitución italiana, da las gracias a las partisanas y a los partisanos que empuñaron las armas, volaron puentes y organizaron insurrecciones contra el nazifascismo. Mientras una parte de la burguesía italiana intentaba salvar sus propiedades y privilegios, había quienes arriesgaban la vida para derrocar al régimen. La República nació también de la lucha armada de quienes decidieron, que el fascismo debía ser derrotado y no solo combatido por la vía civil.
Si tienes derecho a una jornada laboral de ocho horas, a vacaciones pagadas y a una semana laboral reducida, da las gracias a las generaciones de obreras y obreros, que ocuparon fábricas y paralizaron la producción.
Da las gracias:
A quienes en 1886 se declararon en huelga en Chicago por la jornada de ocho horas y se encontraron frente a las armas de la policía. A quienes en 1936 ocuparon miles de fábricas francesas, consiguiendo vacaciones pagadas y la semana laboral de cuarenta horas.
A quienes, durante el autunno caldo [otoño caliente] italiano de 1969, interrumpieron las cadenas de montaje y arrancaron aumentos salariales y derechos sindicales. Ningún patrón ha regalado jamás ni una sola hora de libertad del trabajo: cada una de ellas le ha sido arrancada.
Si hoy celebras el Orgullo, da las gracias a quienes, en la noche del 28 de junio de 1969, durante una redada policial en el Stonewall Inn de Nueva York, decidieron que ya habían recibido suficientes golpes de porra. Personas trans y queer salieron a la calle, lanzaron botellas y piedras contra los agentes: el Orgullo no nació como un desfile patrocinado por los bancos, sino como un levantamiento contra la policía.
Si hoy puedes reivindicar que un techo, la luz y la comida son necesidades que hay que satisfacer y no privilegios, da las gracias a quienes en la década de 1970 ocupaban viviendas. A las familias que en 1974 en Turín se redujeron colectivamente sus facturas de electricidad. A las trabajadoras, los trabajadores y los vecinos de los barrios, que el 19 de octubre de ese mismo año entraron en los supermercados de Milán, impusieron precios rebajados en las cajas y se llevaron los productos a casa. Se llamaban expropiaciones proletarias y no se esperaba a que nadie reconociera el derecho a vivir: simplemente se ejercía.
Por último, da las gracias a cualquiera que haya infringido la ley, cuando la ley también te oprimía a ti.
En la memoria depurada de nuestras bellas democracias, estos gestos de revueltas desaparecen. Cada conquista civil se narra como el resultado de la maduración moral de las instituciones, mientras que los conflictos que las hicieron posible se archivan entre los excesos. Quedan las fotografías de las revueltas, a ser posible sin incendios, sin escaparates rotos ni jardineras destrozadas. Quedan los derechos separados de los cuerpos que los conquistaron.
Ayer, bárbaros, incivilizados, vándalos, canallas, piratas; hoy, black bloc, racaille [escoria], terroristas y maranza [poligoneros]. Aquellos y aquellas a quienes ni siquiera les reconoces la posibilidad de tener una razón política.
Si celebras los derechos y condenas a quienes los han arrancado, si te gusta la revolución cuando está lo suficientemente muerta como para no romper ya nada, es inútil andarse con rodeos: tú también eres parte del problema.
El desorden no es el caos, sino el cuestionamiento de lo que los poderosos llaman el orden del mundo, un mundo que han construido y no dejan de consolidar, un mundo, que querrían que permaneciera inmutable, a pesar de que su organización y su funcionamiento son objeto de un cuestionamiento constante, Françoise Vergès, 2023.
Desde hace días, en los platós de televisión y en los círculos gubernamentales, en los periódicos y en el tribunal moral de las redes sociales, se representa el habitual espectáculo de la respetabilidad democrática.
Para tomar la palabra hay que pronunciar la fórmula: «Condeno la violencia venga de donde venga». Antes de poder hablar, hay que demostrar que no se quiere reconstruir la historia de la violencia, que no se desea preguntar de dónde viene, quién la ejerce y qué relaciones de poder la hacen posible. Quien insiste en plantear estas preguntas es expulsado del debate civil. Pero, ¿de qué civilización estamos hablando?
¿De la civilización de los desahucios, de las listas de espera en la sanidad, de los salarios que no alcanzan para pagar una habitación, de los colegios sin recursos, del chantaje de los permisos de residencia?
¿Quizá de la civilización, que ha abierto de par en par las puertas a la especulación inmobiliaria, ha expulsado a los habitantes de sus hogares y ha llamado a todo esto «reurbanización», «desarrollo sostenible», «transición verde», «futuro»?
¿Hablamos de la civilización de los centros de detención de inmigrantes, de las patrullas que detienen a las personas por el color de su piel, de los decretos de seguridad y de los soldados enviados a las ciudades para restablecer el orden?
¿Estamos hablando quizá de la civilización que exige una condena por un escaparate roto, mientras asistimos desde nuestros móviles a la aniquilación de Gaza?
¿De aquella civilización que querría convencernos de que los hospitales destruidos, los niños y niñas amputados, las universidades arrasadas y las generaciones borradas en su totalidad del mapa son «daños colaterales»? ¿O de aquella civilización que invoca el derecho internacional de boquilla mientras lo pisotea, doblegándolo a sus propias alianzas militares y económicas?
Al parecer, sí. Se trata de la misma civilización que nos ha enseñado a denominar la destrucción sistemática de las condiciones de vida de muchas maneras: seguridad, defensa, TINA, guerra contra el terrorismo, «whatever it takes», austeridad, flexibilidad. Y, además, nos lo pide Europa, nos lo pide la crisis y hoy nos lo pide también la guerra. Un vocabulario lo suficientemente amplio como para permitir que los gobiernos y las administraciones destruyan vidas enteras sin tener que pronunciar jamás la palabra «violencia».
En esta operación lingüística, los saloncitos donde se debate civilizadamente han desempeñado una labor inestimable, recitando hasta la saciedad el protocolo del «sentido común» y predicando moderación a quienes se ven privados de la vida, mientras que en los parlamentos y ministerios se sigue recibiendo con todos los honores a quienes disponen de los instrumentos para destruirla. Espacios de discusión en los que se está tan alejado del mundo que se confunde la propia incapacidad para comprenderlo con la superioridad moral.
El sentido común, nos repiten al unísono: ¡el sentido común! Su sentido común, claro está: aquel que en las últimas décadas ha acompañado sin especial inquietud la devastación del estado del bienestar y del medio ambiente y que ahora clama contra la barbarie ante los escaparates rotos de alguna tienda de lujo. Ese sentido común hecho de condenas ineludibles por la violencia contra los objetos y omisiones sistemáticas ante la violencia contra la vida.
Llegados a este punto, me permito recordarte que deberías dar las gracias, por adelantado y antes de que la historia se historice, a aquellos de nosotros y nosotras que no tenemos ningún sentido común. A quienes rechazan el protocolo «democrático» y no se acomodan en la gestión ordinaria de la violencia. A quienes no reconocen a la propiedad el derecho a establecer dónde empieza la civilización y dónde acaban nuestras posibilidades de resistir. A quienes no sienten ninguna necesidad de mostrar que se distancian de los maranza, esas chicas y esos chicos considerados demasiado jóvenes para tener una razón política o nunca lo suficientemente italianos como para ser escuchados. Y, por último, a quienes no utilizan el robo de un bolso de Gucci para marcar su propia frontera ética, mientras el mundo está en llamas.
Nadie nos representa. Nos representamos a nosotros mismos. M1710, 2026
Milán lleva años siendo saqueada y devastada. Por los fondos inmobiliarios, por el rentismo financiero, por las administraciones que han vendido la ciudad metro cuadrado a metro cuadrado y han llamado «desarrollo» a la expulsión de sus habitantes y de quienes la mantienen en pie. Una ciudad donde quienes limpian las casas, dan clase en los colegios, sirven en los restaurantes, atienden en las salas de hospital, reparten comida y cuidan a las personas mayores no ganan lo suficiente para vivir en ella. Y, sin embargo, esta violencia cuenta con los permisos en regla, tiene la luz verde y el respaldo de las instituciones. Ninguna unidad antidisturbios la detiene.
Ahora, los mismos gobernantes progresistas, que han dirigido este vaciamiento invocan la cohesión social. Una cohesión que considera la pobreza un problema de decoro y la concentración de la riqueza un éxito urbanístico.
Y cuando los hijos e hijas de las personas dejadas en los márgenes rompen un escaparate, descubren con horror que existe un problema social, que hay que resolver con más policía. Mientras tanto, el gobierno italiano –¡este sí que es de derecha!– anuncia el envío de quinientos militares y aprueba el enésimo decreto de seguridad, que prevé la detención preventiva incluso para menores a partir de los 16 años e introduce el delito de participación violenta en una manifestación. «Quien rompe, paga», anuncia Meloni desde el salón de los salones. Al fin y al cabo, después de Gaza, incluso la idea de recurrir al ejército para contener a menores parece haber perdido algo de su obscenidad.
La irrupción de la rabia de los chicos y chicas en nuestras civilizadísimas ciudades interrumpe, aunque solo sea por unas horas, el poder de decidir quién puede cruzar un umbral, tocar una mercancía, habitar una calle. Rompe materialmente la separación social, que la ciudad pretendía natural y, por fin, agrieta el callejón sin salida entre el fin del mundo y la respetabilidad en el que todas y todos llevamos décadas confinados: entre quienes destruyen la vida y quienes pretenden que nos opongamos a su destrucción con buenos modales.
Vestidos de Spider-Man y Dante Alighieri, con gritos de alegría y risas burlonas de rabia, los cuerpos que han invadido las calles del centro de Milán nos muestran que al fondo de ese callejón sin salida no había un muro, sino un escaparate. Y que se puede volver a romperlo. Tenían que ser los críos y las crías, quienes salvaran el mundo, por decirlo con palabras de Elsa Morante, o al menos quienes devolvieran el conflicto de clases a una izquierda que lo ha expulsado de su vocabulario.
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