Mostrando entradas con la etiqueta lucha de clases. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta lucha de clases. Mostrar todas las entradas

12 diciembre, 2025

El capitalismo es un roedor de cerebros — Cecilia Zamudio

 

Fidel Castro: "No es lo mismo una mentira que un reflejo condicionado"





Pensamiento crítico – 23/12/2024


El capitalismo es un roedor de cerebros: aliena a la clase explotada para mantenerla sumisa y enemiga de sí misma. La clase dominante capitaliza mediante la explotación de la clase trabajadora y el saqueo de la naturaleza; mantiene su dominación mediante la violencia represiva y la alienación. La inteligencia y el pensamiento crítico devienen rarezas burladas y criminalizadas bajo un sistema de profunda injusticia social en el que la clase dominante utiliza los medios de difusión para alienar y someter, para imponer su hegemonía cultural y política.


La burguesía posee los medios de producción, y por lo tanto el aparato cultural con el que libra una constante colonización mental contra las mayorías explotadas. A través de su industria cultural, de su aparato mediático y religioso, la clase dominante asalta las mentes de las y los explotados; bombardea paradigmas de arrodillamiento, de conformismo ante la injusticia, de creencia en un supuesto determinismo fatal, de individualismo, racismo, clasismo, misoginia, hedonismo, sobreconsumismo parasitario. Todo paradigma que banalice la explotación y la tortura, que lime la empatía, que superficialice las mentes a niveles estratosféricos, que participe de romper los lazos comunitarios, que divida a la clase explotada, todo paradigma que sea funcional a la clase burguesa, que sea funcional al mantenimiento del sistema que permite que una élite pueda capitalizar en desmedro de las mayorías humanas y del planeta, es constantemente promovido.


El objetivo, para la clase dominante, es mantener narcotizada a la clase trabajadora, mantenerla dócil frente a los responsables de su precariedad y angustia, frente a los que devoran sus horas de vida en jornadas laborales excesivas, mantenerla anestesiada creyendo en fábulas colosales como la supuesta “democracia”, que es incompatible con este sistema socioeconómico, pues lo que existe en el capitalismo es Dictadura del Capital, ya que es la clase que posee los medios de producción la que dicta su voluntad, la que dicta qué se produce y cómo se produce, la que dicta los comportamientos y hasta las ‘elecciones’ de las mayorías.


Algunas cifras expresan la brutal injusticia social de este sistema: en el 2023 la fortuna del 1% de los más enriquecidos del mundo, equivalía ya a más del doble de la suma total con la que vive el 95% de la población del planeta (7.000 millones de personas). Mediante la explotación y el saqueo, las 26 personas más enriquecidas del mundo han acumulado un capital que equivale al presupuesto con el que malviven los 3.800 millones de personas más empobrecidas del mundo.


¡Despierta clase explotada! Tu enemigo es la burguesía, no las y los inmigrantes, como te lo sugiere el racismo y la xenofobia inyectados por el mismo aparato cultural de la burguesía... tu enemigo tampoco somos las mujeres, como aduce la constante misoginia promovida por todos los medios de alienación... Despierta grupo humano explotado: tu enemigo es la burguesía transnacional, no son los pueblos que esta invade y descuartiza en sus guerras imperiales para aumentar el saqueo de los recursos y atesorar así lamentos y llantos en sus helvéticos bancos... Tu enemigo es la burguesía, no son los niños, ni los árboles, ni el mar, ni tampoco las y los Rojos que lo que buscan es justicia social. No sirve que la rabia que te causa este sistema de explotación y violencia, la padezcas sin comprenderla, y la dirijas equivocadamente. Despierta clase explotada: tu enemigo es la burguesía, es ella la que convierte este planeta-paraíso en un infierno.


Despierta y no tragues enteras las fábulas narcotizantes con las que te bombardea el cerebro la clase dominante: recuerda siempre que la burguesía lo que llama "libertad" es SU libertad de explotarte y de fagocitar el planeta, recuerda que lo que la burguesía llama "paz" es la sumisión. Y que nosotras y nosotros, las y los trabajadores, los humildes de la tierra, tenemos un concepto de "paz" opuesto al de la Paz-Estafa-y-Genocida; porque sabemos que no es "paz" el hambre, ni es "paz" la explotación, ni es "paz" la angustia de la precariedad, ni son “paz” los hospitales depredados e insuficientes, ni son "paz" los desahucios, ni son "paz" los éxodos a los que nos empuja el saqueo perpetrado por multinacionales de espanto, ni son "paz" las bases militares gringas, ni es "paz" la colonización de Palestina o el neocolonialismo moliendo pueblos indígenas y campesinos por todo el orbe, no es "paz" el saqueo capitalista que depreda montañas y ríos, que pulveriza comunidades e impone el sufrimiento indecible de las infancias con hambre.


La supuesta "reconciliación interclasista" que pregona la burguesía es otro ametrallamiento más, una trampa más para prolongar la barbarie capitalista. No existe "capitalismo con rostro humano", porque no existe "explotador bueno", ni "violador amable". Despierta clase explotada, que la lucha te espera para hacer florecer un futuro liberado de toda explotación. Recuerda que, como decía Assata Shakur: “nadie, nunca, ha conseguido sus derechos apelando al sentido moral de sus opresores”.






28 septiembre, 2025

La exclusión de las clases trabajadoras de toda instancia de toma de decisiones políticas

 


Observatorio Crisis – 22/09/2025


Fragmento extraído de Estados Unidos y el «capitalismo fascista», de Maurizio Lazzarato


La sociedad está más dividida que nunca: en la cima se encuentran los dueños de los valores, en la base la gran mayoría de la población, que en realidad ya no está compuesta por sujetos políticos, sino por los «excluidos». Al igual que con los sirvientes del antiguo régimen, la «función» económica no implica reconocimiento político. La integración del movimiento obrero, reconocido como actor político en la economía y la democracia en los años de posguerra, se ha transformado en la exclusión de las clases trabajadoras de toda instancia de toma de decisiones políticas.


La financiarización ha permitido a las élites practicar la secesión, lo que reduce las relaciones con los «sirvientes» exclusivamente a la explotación y la dominación. No sólo han sido expropiados económicamente, sino también despojados de toda identidad política, hasta el punto de adoptar la cultura/identidad del enemigo: el individualismo, el consumo, la ética de la televisión y la publicidad. Hoy buscan imponer una identidad fascista y belicista.


Los nuevos siervos están fragmentados, dispersos, individualizados, divididos de mil maneras (por género, raza, ingresos, riqueza, etc.), pero todos participan en distintos grados en la sociedad segregada establecida por la maquinaria del Estado-Capital, que ya ni siquiera necesita legitimidad, tan favorables son las relaciones de poder. Las decisiones sobre genocidio, rearme, guerra y políticas económicas se toman sin tener que rendir cuentas a sus subordinados.


El consenso ya no es necesario porque el proletariado es demasiado débil para pretender tener peso. Es evidente que, en esta situación, la democracia carece de sentido. La condición de los oprimidos se asemeja más a la de colonizados (colonización generalizada) que a la de «ciudadanos».



20 marzo, 2025

INSTRÚYANSE - AGÍTENSE - ORGANÍCENSE

 









«Esta ceguera voluntaria, esta amnesia histórica, esta negativa a rendir cuentas ante el estado de derecho, esta creencia de que tenemos derecho a utilizar la violencia industrial para imponer nuestra voluntad marca, me temo, el inicio, no el fin, de las campañas de masacres del Norte Global contra las crecientes legiones de pobres y vulnerables del mundo. Una maldición cainita que debemos eliminar antes de que el genocidio en Gaza se convierta en la norma».

Chris Hedges








09 marzo, 2025

¿SED PACIENTES? A LA MIERDA, AHORA O NUNCA… — Luis López

 


PRATIKA – 07/03/2025


Günther Anders:

«No basta con transformar el mundo. Eso lo hacemos sin más. Eso sucede ampliamente incluso sin nuestro concurso. También tenemos que interpretar esa transformación. Y precisamente para transformarla. Para que el mundo no siga cambiando sin nosotros. Y no se transforme al final en un mundo sin nosotros».


De acuerdo con Anders: podríamos decir que basta un sucinto conocimiento del pasado y otro poquito del presente inmediato para entender que efectivamente nuestro mundo vive en un incesante y contradictorio proceso de cambio y flujo, de transformación. La contradicción está en la raíz de todo movimiento y vida, y sólo en la medida en que contiene una contradicción algo se mueve, en uno u otro sentido, y tiene impulso y actividad.


Confucio: «No importa lo lento que vayas mientras no pares».


En la misma dirección, deberíamos de analizar ese contradictorio proceso de transformación en el que ineludiblemente participamos, ya sea por activa o por pasiva, y del que nos conviene conocer qué cometido cumplimos, de forma consciente o inconsciente, en tal proceso. No estaría mal descubrir de forma concreta –digo más allá del criminal funcionamiento del capitalismo-imperialista en la fase agonizante actual–, si nuestra propia praxis apunta en lo esencial, a rechazarlo o consolidarlo. ¿De qué nos sirve conocer las incalculables posesiones de la oligarquía global, si no entendemos que, cualquier conocimiento por muy transcendental que nos parezca, sólo lo es si va a parar a la práctica emancipatoria?


Cuando el FINANCIAL TIMES titula: “Europa debe de recortar su Estado de bienestar para construir un Estado de guerra”. A los comunistas no nos puede bastar con reseñar los enormes beneficios que se va embolsar la ‘necesitada’ industria armamentística yanqui, además del fortalecimiento del control imperial sobre sus vasallos europeos. Y que además todo queda en casa, pues casualmente uno de los principales accionistas de la ‘alemana’ RHEINMETALL es la corporación transnacional BLACKROCK, en cuya filial alemana trabajó, otra casualidad, el futuro canciller FRIEDRICH MERZ…


De modo que cuando vemos a nuestra ‘izquierda’ integrada en el sistema capitalista (Podemos, Sumar, IU, PCE…) justificar y apoyar el incremento del gasto ‘para la guerra’ (¿recuerdan la traición socialdemócrata de 1914?) en detrimento del ya insuficiente ‘gasto social’, tenemos la constancia real y concreta de por qué el mundo, y nuestra parcelita, sigue cambiando sin nosotros y contra nosotros. Lo que sin duda nos puede llevar (¿o ya estamos hasta el cuello?), Anders dixit, a un mundo sin nosotros…


Salud y comunismo



01 enero, 2025

Pensar. Recordar.

 



Pensar. ¿Por qué creéis que vuestros gobiernos están permitiendo la deliberada e indiscriminada matanza de la población palestina? ¿Por qué creéis que, aparte de algunos tímidos gestos meramente simbólicos, vuestros gobiernos no sólo no actúan para detener el genocidio, sino que participan en la ejecución del mismo? ¿Acaso os creéis distantes y a salvo de las atrocidades que estamos contemplando? El monstruo ya está en casa. Recordar Guernica. Recordar Yugoslavia.


El juego en que andamos (Juan Gelman)


Si me dieran a elegir, yo elegiría

esta salud de saber que estamos muy enfermos,

esta dicha de andar tan infelices.

Si me dieran a elegir, yo elegiría

esta inocencia de no ser un inocente,

esta pureza en que ando por impuro.

Si me dieran a elegir, yo elegiría

este amor con que odio,

esta esperanza que come panes desesperados.

Aquí pasa, señores,

que me juego la muerte.



15 noviembre, 2024

DIEZMANDO POBLACIONES ENTERAS

 


Tocqueville (1951, vol. 9, pp. 243-244), mientras profetiza una «nivelación universal» en Occidente (cayendo en flagrantes contradicciones), por otro lado advierte el abismo que se está abriendo entre Occidente y el resto del mundo. El que «varios millones de hombres», los occidentales, se hayan convertido en «los dominadores de toda su especie», es un hecho que estaba «claramente previsto en los designios de la Providencia». De un modo análogo, J. S. Mill (1946, p. 291), mientras por un lado pone en guardia contra un proceso de democratización cuyo avance impetuoso en Occidente condena a los ricos al aislamiento y la impotencia, por otro celebra el «despotismo vigoroso» que ejercen Occidente y sus clases dominantes a escala internacional. Lejos de ser algo negativo, esta relación de desigualdad extrema debe extenderse hasta abarcar todo el globo; el «despotismo directo de los pueblos adelantados» sobre los atrasados ya es «la condición ordinaria», pero debe convertirse en «general».


La relación de desigualdad extrema que se instaura a escala internacional no se limita al poder político y militar. Tocqueville (1951, vol. 1.1, p.3) escribe: «El descubrimiento de América abre mil caminos nuevos a la fortuna y brinda poder y riqueza al oscuro aventurero». Con este aliciente algunos ciudadanos franceses pueden decidirse a emigrar a las colonias y en particular a Argelia: «Para hacer que vayan habitantes a ese país es preciso, en primer lugar, darles grandes posibilidades de hacer fortuna», hay que reservarles «las tierras más fértiles, las mejor regadas» (Tocqueville 1951, vol. 3.1, pp. 259 y 321 -322). De este modo la expansión colonial por América y Argelia estimula una prodigiosa movilidad vertical que pone la riqueza al alcance de individuos de extracción popular, lo que confirma el proceso de «nivelación universal». Pero esto es solo una cara de la moneda: el propio liberal francés reconoce que a causa del proceso de colonización, en Argelia la población árabe «se muere literalmente de hambre» y en América los indios están a punto de ser borrados de la faz de la tierra (Tocqueville 1951, vol. 15.1, pp. 224-225 y vol. 1.1, pp. 339 y 355). De modo que el enriquecimiento de los «aventureros» y colonos, si bien atenúa las desigualdades en la metrópoli o dentro de la comunidad blanca, abre un abismo cada vez más hondo entre los conquistadores y los pueblos sometidos. Al adoptar constante y exclusivamente el punto de vista del «mundo cristiano», es decir, de Occidente, Tocqueville no advierte la relación que existe entre estos aspectos contradictorios del mismo fenómeno, o por lo menos los soslaya para mantenerse firme en su visión de una marcha imparable de la igualdad de condiciones y la extinción no solo de las «castas», sino de las propias «clases».


Se puede decir que el Manifiesto del partido comunista replica a los dos autores liberales [Tocqueville y J. S. Mills] cuando afirma: «La moderna sociedad burguesa, que ha salido de las ruinas de la sociedad feudal, no ha abolido las contradicciones de clase. Únicamente ha sustituido las viejas clases, las viejas condiciones de opresión, las viejas luchas por otras nuevas» (MEW, 4; 463). Sí, con el acceso de las masas populares al derecho al voto y el fin de la discriminación censitaria, la riqueza pierde su significado político inmediato, pero justo a partir de este momento puede celebrar su triunfo: la miseria masiva atañe a una esfera privada en la que no tiene derecho a inmiscuirse el poder público. Es un triunfo que la burguesía capitalista también puede celebrar a escala internacional, impulsando el expansionismo colonial y esclavizando y diezmando poblaciones enteras.


Extraído de LA LUCHA DE CLASES, de Domenico Losurdo.



18 julio, 2024

La lucha de clases entre marxismo y populismo — Domenico Losurdo

 


Extraído de LA LUCHA DECLASES (Una historia política y filosófica), de Domenico Losurdo (pdf)


8. «¡Prohibido prohibir!» y «¡Rebelarse es justo!»

Como es incapaz de explicar la evolución histórica real o incurre en grandes desatinos cuando intenta hacerlo, el populismo (de izquierda) propicia una visión de la lucha de clases que deja fuera de su campo visual acontecimientos decisivos de la historia mundial. Tomemos a un intelectual inglés merecidamente famoso, David Harvey. En un ensayo que dedica a las perspectivas de la lucha de clases en el mundo cuyo título remite a Lenin {¿Qué hacer?) podemos leer:


En la historia del capitalismo numerosos movimientos revolucionarios han tenido una amplia base urbana, más que estrictamente de fábrica (las revoluciones de 1848 en Europa, la Comuna de París de 1871, Leningrado en 1917, la huelga general de Seattle en 1918, la rebelión deTucumán en 1969, así como París, Ciudad de México y Bangkok en el mismo año, la Comuna de Shanghai en 1967, Praga en 1989, Buenos Aires en 2001-2002... y la lista podría alargarse mucho). También en los movimientos cuyo centro estuvo en las fábricas (la huelga de Flint en el Michigan de los años treinta y los consejos obreros del Turín de los años veinte) el vecindario desempeñó en la acción política un papel crítico pero a menudo olvidado (las mujeres y los grupos de apoyo de los desempleados de Flint y las «Case del Popolo» comunales de Turín).

La izquierda tradicional ha hecho mal en no tener en cuenta los movimientos sociales que se desarrollan fuera de las fábricas y las minas (Harvey 2011b, p. 40).


Es una lista que polemiza con razón contra la visión estrecha de la lucha de clases, y sin embargo suscita inmediatamente una serie de preguntas, a causa tanto de las ausencias como de las presencias. Empecemos por las primeras. En lo que respecta al siglo XIX, de las revoluciones europeas de 1848 se pasa a la Comuna de París. Pero ¿tiene algo que ver con las luchas de clases la Guerra de Secesión, la guerra en la que se decide la suerte de una «cruzada de la propiedad contra el trabajo», al decir de Marx, quien la saluda en 1867 como el «único acontecimiento grandioso» de la historia contemporánea? ¿Tiene algo que ver con la lucha de clases ese enfrentamiento gigantesco en cuya última fase los esclavos negros, émulos en cierto modo de Toussaint Louverture, empuñan las armas para derribar un régimen que les reduce a la condición de ganado humano?


Y en una lista que (con sus referencias a Bangkok y Shanghái) parece dispuesta abarcar el mundo entero, ¿cómo explicar el silencio sobre la rebelión de los taiping (1851-1864), «la guerra civil más sangrienta de la historia mundial, con una estimación de entre veinte y treinta millones de muertos»? Y eso que este conflicto también tiene una dimensión nacional, pues los insurgentes toman las armas en nombre de la justicia social pero también para acabar con una dinastía que ha capitulado ante la agresión de los gobernantes y «narcotraficantes* británicos» (Davis 2001, pp. 16 y 22), para acabar con «los Ching siervos del imperialismo» (Mao Zedong 1969-1975, vol. 4, p. 469). No es de extrañar que en las zonas controladas por ellos, los taiping se apresuraran a prohibir el consumo del opio, lo que de hecho equivalía a retar al gobierno de Londres, que apoyaba a la tambaleante dinastía. Marx, haciendo gala también en este caso de clarividencia profética e impaciencia revolucionaria, observa en 1853 que «las crónicas rebeliones que han estallado en China durante los últimos diez años [...] se han condensado ahora en una sola, una gigantesca revolución», que hará sentir su influencia mucho más allá de Asia. Esta revolución tiene, sin duda, «causas sociales» internas, pero también la mueve un impulso nacional, ya que es el fruto de la humillación, la sangría económica y la ruina general que asuelan una nación entera a partir de la primera guerra del opio (MEW, 9; 95-96 y MEGA, I, 12; 147-148). Cabe hacerse una pregunta: ¿todo esto es ajeno a la lucha de clases, o constituye uno de los capítulos más importantes de la lucha de clases del siglo XIX?


No menos revelador es el silencio, en la lista que estamos examinando, sobre la rebelión de los cipayos indios en 1857, una rebelión que según un historiador indio fue «una gigantesca lucha de clases» y a la vez una gran revolución anticolonial. Esta «guerra patriótica además de guerra civil y de clases» fue al principio una guerra de campesinos contra el dominio colonial y «los grandes príncipes y grandes mercaderes probritánicos», se prolongó mucho más allá de 1857, a veces siguió el modelo, teorizado más tarde por Mao, del campo que cerca la ciudad, y el pueblo indio pagó un precio de más de diez millones de muertos (Misra 2008, pp. 1866, 1874-1875 y 1897). ¿Es la «identidad entre la lucha nacional y la lucha de clases», que según Mao tiende a verificarse en las revoluciones anticoloniales, lo que explica el silencio?


Todavía más radicalmente selectiva, en la lista anterior, es la lectura de las luchas de clases y los movimientos revolucionarios en el siglo XX. De 1917 y la revolución de octubre se salta medio siglo para llegar a 1967-69. ¿Y Stalingrado? Sin duda fue una gran lucha la que se desarrolló en Seattle entre 1918 y 1919, con cien mil obreros huelguistas contra los salarios de hambre, la anulación de las libertades sindicales impuesta por la guerra imperialista y, en definitiva, contra el capitalismo; pero sería muy extraño que no hablásemos de lucha de clases a propósito de la épica resistencia de decenas y decenas de millones de personas, de un pueblo entero que con las armas en la mano rechaza al ejército más poderoso del mundo y su intento de esclavizarlo. ¿Y cómo valorar las insurrecciones contra la ocupación nazi que se sucedieron en varios países europeos, y las revoluciones en el mundo colonial o semicolonial, que se prolongaron después de la derrota nazi e impusieron cambios de una radicalidad sin precedentes en el orden mundial? A juzgar por los silencios del estudioso inglés, cualquiera diría que con la lucha de clases poco o nada tuvieron que ver las guerras de resistencia y liberación nacional, ni las insurrecciones y revoluciones anticoloniales.


El resultado de este enfoque es paradójico. Es como si la lucha de clases interviniese exclusivamente con motivo de sucesos aislados, cuando, bien deslindados, se enfrentan directamente explotados y explotadores, oprimidos y opresores. Es decir, que la teoría de Marx y Engels solo se aplica y se considera digna de aplicación en relación con una microhistoria reducida, la única realmente significativa desde el punto de vista de la emancipación de los explotados y oprimidos, mientras que todo lo demás queda degradado a macrohistoria profana, ajena e indiferente a la historia sagrada de la salvación o de la causa de la emancipación.


En realidad, cuando Marx habla de la historia como historia de la lucha de clases, interpreta en esta clave no solo las huelgas y los conflictos sociales de cada día, sino también y sobre todo las grandes crisis, los grandes vuelcos históricos que se producen ante la mirada de todos: la lucha de clases es una macrohistoria exotérica, no la microhistoria esotérica a la que muchas veces es reducida. Estamos claramente ante un dilema: o es válida la teoría de las «luchas de clases» enunciada por el Manifiesto del partido comunista, y entonces hay que saber leer en esta clave la historia en general, empezando por los acontecimientos decisivos de los siglos XIX y XX, o, si dichos acontecimientos no tienen nada que ver con la lucha de clases, hay que despedirse de esta teoría.


Pasemos ahora a las asombrosas presencias en la lista de los «movimientos revolucionarios» y luchas de clases de carácter revolucionario confeccionada por Harvey. En ella, junto a «Leningrado en 1917», destaca también «Praga en 1989». En otra ocasión el autor escribe: «Durante siglos el principio de igualdad inspiró las luchas políticas y los movimientos revolucionarios, desde la toma de la Bastilla hasta la plaza Tienanmen»; por lo menos a partir de 1789 «el igualitarismo radical» no ha cesado de generar esperanzas, agitaciones, rebeliones y revoluciones (Harvey 201 la, pp. 232-233). ¡Así, directa o indirectamente, en nombre del «igualitarismo radical», se juntan acontecimientos como Petrogrado o «Leningrado en 1917», «Praga en 1989» y la «plaza Tienanmen»! ¿De modo que, en una línea de continuidad con los protagonistas de la revolución de octubre, debemos colocar a Václav Havel y a los dirigentes estudiantiles que se fueron de China para encontrar su nueva patria en Estados Unidos? Todos ellos habrían considerado o considerarían un insulto semejante asimilación. Pero olvidemos eso. ¿Debemos considerar a estas personalidades representantes del «igualitarismo» e incluso del «igualitarismo radical»? Por lo menos en lo que respecta a las relaciones internacionales, son los paladines de la supremacía de Occidente, al que atribuyen el derecho (y a veces el deber) de intervenir militarmente en cualquier rincón del mundo, con independencia de las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. Aunque solo tomáramos en consideración las relaciones sociales dentro de un país, no cabe duda de que Havel y la mayoría de los emigrados de China se reconocen en el neoliberalismo. De haber triunfado, los motines de la plaza Tienanmen probablemente habrían llevado al poder a un Yeltsin chino: ¡es bien difícil imaginar una revolución igualitaria en el gran país asiático justo cuando el Occidente capitalista triunfaba en Europa oriental y América Latina (recordemos la derrota sandinista en Nicaragua), los partidos comunistas de todo el mundo se apresuraban, uno tras otro, a cambiar de nombre y el poder de Estados Unidos y la influencia y el prestigio del Consenso de Washington eran tan indiscutibles e indiscutidos que inspiraban la idea del «fin de la historia»! Se puede creer en todos estos milagros a condición de ser populistas, o sea, a condición de renunciar al análisis laico de las clases y la lucha de clases (en el plano interno e internacional) para sustituirlo por la creencia mitológica en el valor siempre salvífico del «pueblo» y las «masas».


A veces parece como si el marxismo del final del siglo XX y los comienzos del XXI fuera el heredero de la cultura del 68, que agitó su consigna de «¡Prohibido prohibir!» y también trató de llevar a su molino el lema con que Mao desencadenó la Revolución Cultural: «¡Es justo rebelarse!». En realidad, la rebelión «justa» tenía unos límites muy precisos y era inconcebible que cuestionara la revolución que había dado origen a la República Popular China. El propio Mao movilizó al ejército para acabar con una situación que parecía a punto de degenerar en una guerra de todos contra todos y en una anarquía disolvente. Pero eso no le preocupaba mucho a la cultura del 68: desde su punto de vista la lucha de clases progresista o revolucionaria coincidía con la rebelión desde abajo contra cualquier poder constituido, que era en sí mismo sinónimo de opresión.


Si se parte de esta premisa no es difícil juntar la «plaza Tienanmen » con la toma de la Bastilla y los acontecimientos de 1989-1991 en Europa oriental, la «Segunda Restauración» de la que habla Badiou (2006, p. 39), con la revolución de octubre. Entonces deberíamos incluir en la lista de las revoluciones y sublevaciones populares la Vandea y, en el siglo XX, el motín de Kronstadt contra los bolcheviques, así como las endémicas sublevaciones de los campesinos contra el nuevo poder central instalado en Moscú. Es más, si queremos ser coherentes hasta el final, en esta lista tampoco deberían faltar las agitaciones y revueltas que estallaron en los años en que la Unión Soviética tuvo que enfrentarse a la agresión de la Alemania hitleriana. El populismo, al dar un carácter absoluto a la contradicción masa/poder y condenar al poder como tal, es incapaz de trazar una línea de demarcación entre revolución y contrarrevolución.


Quizá sería preferible aprender la lección del viejo Hegel (1956, p. 699; cf. Losurdo 1997a, cap. VII, § 11) quien, con la mirada puesta en las agitaciones sanfedistas y antisemitas de su tiempo, observaba que a veces «la valentía no consiste en atacar a los gobiernos, sino en defenderlos». El rebelde populista que considere a Hegel poco revolucionario siempre podría tener en cuenta la advertencia de Gramsci (1975, pp. 2108-2109 y 326-327) contra las frases de «“rebeldismo”, “subversivismo”, “antiestatismo” primitivo y elemental», expresiones que en última instancia reflejan un «apoliticismo» sustancial.


* En español en el original (N. del T.)



01 abril, 2024

T E R R O R I S M O S

 

Aquí no se rinde ni el gato

Para la clase trabajadora mundial, la mayor amenaza la constituyen los gobiernos que imponen medidas antisociales según recomienden los vampiros del Capital, esos que lubrican la máquina del Estado para que funcione con fluidez a favor de sus exclusivos y excluyentes intereses privados.


Terrorismo es la política neoliberal impuesta desde hace años por los partidos gobernantes, en el mundo en general y en el cacareado "jardín" occidental en particular, política casi siempre tolerada y apoyada también por los demás partidos.


Terrorismo es la aplicación de los llamados "programas de estabilidad", destinados a someter y esquilmar a las clases explotadas. Ahora, amplios sectores de una población largamente amodorrada, contemplan aterrados un ataque sin precedentes contra ellos, y lo que es peor, un ataque aún en fase de desarrollo.


Terrorismo es carecer de lo básico para vivir, mientras la riqueza crece y se concentra en manos de una minoría.


Terrorismo es tener, si es que se tienen, salarios de supervivencia y pensiones de miseria.


Terrorismo es tener la casa embargada por alguno de esos bancos cuyas astronómicas ganancias no paran de crecer.


Terrorismo es tener que vivir rodeado e inmerso en una contaminación que mata a los muchos para lucro de los pocos.


Terrorismo es subsistir bajo un régimen laboral amenazante que chantajea con la pérdida de empleo.


Terroristas, para la mayoría de la población explotada, son quienes gobiernan para las grandes corporaciones, políticos del régimen, castas privilegiadas, millonarios que explotan a los trabajadores y prosperan medrando en las redes desplegadas por el poder económico, político... y mediático. 


Enemigos de la sociedad son aquellos que, tras años robando y enriqueciéndose merced a un sistema brutal y obscenamente injusto, ante la que posiblemente sea su mayor crisis histórica, demandan de las clases más desfavorecidas cada vez más y mayores sacrificios.


Terroristas son los que nos piden entregar voluntariamente nuestras vidas en el tajo y nuestra sangre en sus guerras para perpetuar sus privilegios y la existencia de un sistema podrido.


Terroristas son quienes predican arteramente la esperanza mientras nos roban el pasado, el presente y el futuro.


Terroristas son los fascistas en el poder (Joe Biden, Benjamín Netanyahu, Rishi Sunak, Ursula von der Leyen, Josep Borrell, Emmanuel Macron...), esos "demócratas de toda la vida”, cómplices del genocidio en Gaza y responsables de la guerra en Ucrania, que arteramente pretenden estar legitimados por el mandato popular para aplicar sus devastadoras políticas e imponer a sangre y fuego su secular supremacía de clase.



14 diciembre, 2023

DEMOCRACIA Y VIOLENCIA — Andrés Piqueras

 



PRAꓘTIKA 14/12/2023


El Estado moderno se crea como la instancia privilegiada de acumulación del capital y por tanto como su agente político fundamental.


La sociedad mercantil terminó por generar una forma particular de organización del trabajo social que hoy parece «natural»: los productores desposeídos de medios de vida propios y por tanto obligados a trabajar para otros. Esto implicó la conversión de los humanos en «fuerza de trabajo», una especial mercancía que se compra y se vende en un mercado también muy particular: el mercado laboral. En adelante, la ganancia de quienes acaparan los medios de producción dependería de la explotación del trabajo de quienes se ven forzados a asalarizarse. Circunstancia que en sí misma entraña un antagonismo intrínseco entre explotadores y explotados. El nacimiento del capitalismo parte de esa violencia concreta de una ínfima parte de la sociedad sobre la inmensa mayoría de ella. Es decir, la violencia es elemento constitutivo de esta sociedad.


El Estado monopolizó la violencia en nombre del capital. Así fue ejerciendo la violencia de las leyes que impedían salirse de una determinada localidad, para que la recién creada «fuerza de trabajo» no pudiera moverse con libertad y esquivar el trabajo fabril. Violencia de las leyes de pobres para obligarles a trabajar, y por la misma razón violencia de la supresión de las ayudas sociales a partir de 1834 (Inglaterra). Un trabajo que las leyes permitían que superara las 16 horas diarias, durante 6 y a veces 7 días por semana.


Mismas leyes que, en lógica, también impedían la reunión, la asociación, la manifestación, la huelga…


La violencia, asimismo, fue la base de la colonización y arrasamiento de territorios de otros, multiplicando los procesos de desposesión por todo el planeta, destruyendo formas de vida, culturas y pueblos enteros. A sangre y fuego. Con centenares de millones de muertos.


En Europa, la resistencia que ocasionaban esas relaciones antagónicas de violencia, fue incitando a agruparse y a luchar a millones de personas. Todos los logros de nuestras sociedades se alcanzaron contra las leyes establecidas por el Estado en cuanto que «capitalista colectivo».


Cuando las luchas se hicieron organizadas y masivas, es decir, fuertes, el capitalismo recurrió a su expresión más salvaje para someterlas: el fascismo. También a la Guerra o a la amenaza de ella. Hizo guerras entre Estados, guerras de exterminio, guerras coloniales, guerras comerciales, guerras imperialistas e inter-imperialistas (a algunas de estas últimas las llamaron «guerras mundiales»).


Fijémonos en que, en las dos últimas décadas, por ejemplo, el Estado español ha contribuido a bombardear Yugoslavia, Irak y Libia; ha colaborado, haciendo vergonzoso seguidismo de EE.UU., en el despiadado asedio a Venezuela, como antes lo hizo contra Cuba, e incluso se ha sumado a la idiota violencia económica contra Rusia, en detrimento de los intereses de los sectores agrícola y comercial propios. Sumisión auto-lesionadora que, para más inri, EE.UU. paga luego poniendo aranceles a los productos europeo-españoles.


Desde que cobra cuerpo la fase neoliberal del capitalismo, se multiplican e intensifican las manifestaciones brutales de violencia de la clase capitalista y de su instrumento de poder: el Estado. Porque violencia es saltarse a la torera los artículos constitucionales de carácter social. Porque violencia es convertir el mercado laboral en un estercolero, en donde cada contrato es una humillación de la población trabajadora. Violencia es que haya millones de personas desempleadas y hogares donde no entra un solo sueldo. Violencia es tener a casi el 30% de la población en riesgo de pobreza, y a casi la mitad con problemas para llegar a fin de mes. Violencia es haber llegado a desahuciar más de 500 familias al día, y que de nuevo millones de hogares no puedan cubrir los gastos energéticos imprescindibles.


Pero violencia es también que las oligarquías no paguen impuestos para mantener los servicios públicos y evadan y defrauden a mansalva. Violencia es que mientras se tiene casi la mayor tasa de pobreza infantil de Europa, los 20 españoles más ricos ganen más de 1.700.000$ por hora. A escala mundial estamos ante la mayor desigualdad jamás alcanzada por la humanidad: el 1% de la población mundial cuenta con más activos que el 50%.


Nunca he visto a nuestros representantes políticos «constitucionalistas» condenar estas violencias. Antes bien, y como con recochineo, nos quieren hacer creer que las mismas, y las desigualdades que acarrean, son compatibles con la Democracia.


La ilusión democrática en el capitalismo consistió en la igualdad y libertad de decisión formales, mientras que se mantenían profundas desigualdades estructurales. A partir de confundir lo formal con lo real es que la clase capitalista o sus delegados políticos, nos pueden hablar hoy de «igualdad» con una siniestra sonrisa.


La «ilusión democrática» ha sido más o menos aceptada o creíble mientras fue de la mano de un crecimiento económico que permitió servicios básicos, la mejora de las condiciones de vida y el movimiento en la escala social mediante el poder adquisitivo. La «ilusión democrática» se instaló como cultura: ésta era la única forma posible de entender la democracia. El Estado se encargaba de proporcionar la dimensión socio-emocional e ideológica, para producir vínculos afectivos o de complicidad entre él mismo, los individuos y el capital.


Pero hoy que el sistema capitalista da muestras evidentes de vejez y genera más crisis que crecimiento, los Estados cada vez pueden ofrecer menos a sus poblaciones. Más bien las deparan desempleo y empleo basura, deterioro galopante de los servicios, nuevas generaciones sin futuro, destrucción ambiental, empobrecimiento de las grandes mayorías, militarización y guerras. Mientras, las familias, léase las mujeres, se tienen que reventar trabajando para atender todo lo que el mercado laboral expulsa o no cubre con sus ridículos salarios, todo lo que el Estado va dejando de proporcionar. Eso también es violencia.


Como advierten los académicos franceses, Dardot y Laval, la democracia de esta fase del capitalismo, post-neoliberal, tiende progresivamente a vaciarse para pasar a no ser más que la envoltura ideológica de un gobierno de guerra social. La ley se ha convertido en el instrumento privilegiado de la lucha contra la democracia, con lo que la democracia se vacía de su sustancia sin que se suprima formalmente. Lo que quiere decir, a la postre, que se utiliza a la democracia para erradicar todo atisbo de democracia.


Una vez que la democracia deviene antidemocrática, entonces sí, los fascistas también se hacen demócratas. Ahí está Vox para demostrarlo. En España, a todos los que jamás condenaron el franquismo, como el PP, y se sienten a gusto cogobernando con falangistas, como Ciudadanos, se les empezó a llenar la boca de democracia.


También nos hablan de «igualdad» ante de la ley, cuando defienden un rey irresponsable ante ella, con una hermana absuelta de cargos por gracia divina. Nos proclaman la «independencia» del poder judicial mientras los principales partidos políticos se pegan por poner a «sus» jueces, a dedo. Mismos jueces que absuelven luego a los partidos de sus corrupciones, como bien saben en la calle Génova.


Una vez que la democracia se ha hecho antidemocrática, entonces ya se puede empezar a acusar de «violentos» a quienes se oponen a todo ello y sancionar penalmente cualquier manifestación popular, artística o laboral en virtud de alguna nueva tipificación jurídica incorporada como Mordaza Social. Y los poderosos o sus representantes comienzan a repetir toda la retahíla: «dentro de la ley todo, fuera de la ley nada»; «siempre dentro del marco de la ley» o «el imperio de la ley». Y el delito de odio, que se hizo para proteger minorías sociales, de repente se aplica a quien se mete con la policía. Y por supuesto, jamás te dejarán ejercer un voto que pueda transformar este estado de cosas. ¿Referéndum para ejercer el derecho de autodeterminación?: ilegal. ¿Protección contra desahucios?: ilegal. ¿Denunciar, como hizo Assange, espionajes, oscuras manipulaciones políticas, intervenciones en países ajenos y masacres?: ilegal. ¿Revelar la identidad de los evasores fiscales?: ilegal ¿Nacionalizar la Banca y las empresas?: sólo para rescatarlas con el dinero de todos y luego a privatizarlas otra vez.


Repitamos, en suma: todos los avances sociales se han conseguido primero contra las leyes del capital, y una vez realizadas ciertas conquistas, yendo más allá de ellas. Y eso no se ha hecho, no se hace, sin dolor ni enfrentamiento. Sin fuerza social.


Pero nuestras neo-izquierdas (Syriza, Cinco Estrellas, France Insoumise, Podemos-IU, Más España, Partidos Verdes…) interiorizan la «ilusión democrática» y nos invitan a lograr grandes cambios sin fuerza, sin ningún costo, sólo votando o saliendo a las calles con globos. Con ello contribuyen también a ocultar el antagonismo intrínseco, la violencia estructural de la sociedad del capital.


¿Están verdaderamente dispuestas nuestra elites y nuestras izquierdas integradas a «condenar la violencia venga de donde venga»?



[Artículo publicado en el diario Público, 22.10.19., antes de que comenzara a censurar colaboraciones de este tipo, cuando se cerró el espacio mediático europeo con la Operación Especial rusa en Ucrania, y que he traído aquí otra vez a colación, por lo que me parece que sigue teniendo de actualidad. Sobre todo cuando cada vez más se nos quiere hacer condenar «la violencia» de quienes se resisten a unas u otras ocupaciones, como ocurre en Palestina.].


Fuente:

https://andrespiqueras.com/2023/12/11/democracia-y-violencia/