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01 septiembre, 2026

EN UNA SOCIEDAD DIVIDIDA EN CLASES, NO ES ÉTICA LA NEUTRALIDAD — Luis López

 

Gaza


fi-fi-ficción – 01/09/2026


La piedad, nos dice el diccionario, es una inclinación afectiva, con pena, hacia una persona desgraciada o que padece. De modo que desde un punto de vista ético uno no debería de tener ninguna inclinación afectiva, no debería en ningún caso sentir lástima, compasión o apiadarse de un ser manifiestamente (verificable en los hechos objetivos) cruel, inhumano, despiadado. Claro que en una sociedad de clases tanto la moral como la ética están necesariamente atrevesadas (determinadas) por los valores de clase…y son los valores ‘dominantes’ ("entre derechos iguales decide la fuerza" Marx dixit) los que están establecidos en las leyes constitucionales y demás textos “sagrados” que garantizan el "malvado e impiadoso desorden establecido". Así las cosas, tenemos a países manifiestamente terroristas y genocidas (EE UU, Israel, Japón y sus asociadas y declinantes potencias europeas) cometiendo cada día crímenes contra la humanidad (de carácter económico, militar, ecológico…) al mismo tiempo que disfrutan y abusan de la absoluta impunidad que les otorgan las leyes que ellos mismos (¡nuestros teóricos representantes!) hacen a medida de sus intereses y que incluso, total que más da, incumplen cuando les viene a cuento… y sobre todo y en última instancia la "razón de la fuerza" que emplean (véase Gaza) despiadadamente.

De manera que desde un punto de vista ético-revolucionario (dando la batalla ideológica que acabe con la incapacidad de juicio que aqueja a la mayoría del domesticado rebaño) nuestra tarea sólo puede consistir en organizarnos para expropiar a los expropiadores… de los medios de producción…y además, como resulta obvio, del lenguaje y sus tergiversados significados.


"...la lengua es un sistema de intercambio parecido a la moneda. La ley capitalista castiga a cualquiera que imprima billetes falsos, pero no impide que cualquiera (fundamentalmente las redes sociales y el estercolero mediático que ellos monopolizan) haga circular vocablos falsos./ Erri De Luca"


Salud y comunismo



07 agosto, 2026

El poder social se construye antes de hacerse visible — Vijay Prashad

 

Rigaud Benoit (Haití), Marketplace [Mercado], 1965.


Tricontinental – 06/08/2026


No consiste en calles llenas o elecciones ganadas, sino en la capacidad paciente y organizada de la clase trabajadora para convertir la dignidad en el sentido común de la época.


Queridas amigas y amigos,


Saludos desde las oficinas del Instituto Tricontinental de Investigación Social.


Desde la hambruna de Bengala de 1943 hasta la elección del gobierno del Frente de Izquierda en 1977, el movimiento comunista de Bengala Occidental, en la India, fue consolidando pacientemente su fuerza entre la clase trabajadora, el campesinado, las personas refugiadas, el estudiantado y lxs trabajadorxs de la cultura. A través de campañas por la comida y la tierra, la construcción de poder sindical, la movilización de las personas refugiadas y la resistencia a la represión estatal, la izquierda hizo más que conquistar demandas inmediatas: creó instituciones de lucha, formó generaciones de organizadorxs y desarrolló una cultura política en la que los agravios de distintos sectores del pueblo podían entenderse como parte de una lucha común. La victoria de 1977 no generó repentinamente poder social en las urnas, sino que reveló el poder social que se había construido a lo largo de más de tres décadas.


A veces se confunde la energía popular con el poder social. Cuando un líder político convoca grandes multitudes, una consigna circula velozmente por las redes sociales, una manifestación llena las calles, se dice que un movimiento se ha vuelto poderoso. Estas pueden ser señales de visibilidad, entusiasmo o impulso, pero no son necesariamente prueba de fuerza organizada. Una multitud puede dispersarse, una elección puede perderse y una consigna puede desaparecer tan rápido como llegó. El poder social es algo más profundo: es la capacidad organizada de una clase para actuar en la sociedad, orientar las aspiraciones del pueblo y convertir su comprensión del mundo en parte del sentido común de la época.


La clase capitalista posee poder social no solo porque es dueña de fábricas, bancos, minas, plataformas digitales y latifundios, sino también porque ha construido instituciones que transforman sus intereses en los intereses aparentes de la sociedad. Sus medios de comunicación presentan la protección de la riqueza privada como la defensa de la libertad. Sus economistas describen los recortes del gasto público como “responsabilidad fiscal”, sus instituciones educativas enseñan que la competencia es una expresión de la naturaleza humana y sus leyes consideran los derechos de propiedad como más importantes que los derechos a la alimentación, la vivienda y una vida digna. La clase capitalista no necesita convencer a todo el mundo de su visión del mundo: solo necesita que sus supuestos parezcan naturales, fijar los límites de la discusión respetable y asegurar que las alternativas parezcan poco realistas incluso antes de haber sido consideradas. Esto es la hegemonía capitalista: la capacidad de la clase dominante de organizar el consenso en torno a un orden social que sirve a sus intereses mientras aparenta expresar los intereses de la sociedad en su conjunto.


El poder social capitalista no descansa solo en el consenso, sino en la combinación de consenso y coerción: los medios de comunicación y las escuelas, pero también la policía, los tribunales y las cárceles. Por ejemplo, antes que la policía pueda romper una huelga, los periódicos deben retratar a quienes la organizan como personas egoístas. La clase dominante ejerce el poder social convirtiendo su visión del mundo en sentido común, mientras mantiene las instituciones coercitivas listas para defender esa visión cuando el consenso comienza a fracturarse.


Sin embargo, la hegemonía capitalista nunca es completa mientras las promesas de la sociedad capitalista choquen una y otra vez con las realidades de la vida de la clase trabajadora. En la India, por ejemplo, las recientes protestas encabezadas por la juventud han dejado al descubierto una contradicción aguda: a lxs jóvenes graduadxs se les dice que la educación garantiza empleo, pero lo que espera a muchxs tras egresar es el desempleo y el trabajo precario. Tales contradicciones crean la posibilidad de un nuevo sentido común, pero el sufrimiento no produce automáticamente conciencia socialista. La inseguridad puede dar lugar a la solidaridad, o puede usarse para persuadir a las masas de culpar a las personas migrantes, las castas oprimidas, las minorías religiosas o racializadas, las mujeres u otrxs trabajadorxs. La crisis de una vieja hegemonía puede abrir el camino a la izquierda, a través de la organización y la lucha, o puede abrir el camino a la extrema derecha, a través del miedo, el resentimiento y la búsqueda de chivos expiatorios. Las condiciones no hablan por sí solas: deben ser interpretadas, y la disputa por su interpretación es parte de la lucha por el poder social. Pero la interpretación no se forma en abstracto. Se forja en la actividad colectiva.


Las luchas campesinas por el control de la tierra desafían la santidad de los derechos de propiedad, mientras que las luchas de las mujeres muestran que la dominación en el hogar no es un asunto privado, sino parte de la organización social del poder. Toda lucha seria contiene un proceso de formación: el pueblo aprende quién está con él, quién se le opone y qué instituciones se declaran neutrales mientras defienden el orden existente. Descubre en sí mismo y en lxs demás capacidades que la sociedad capitalista le enseña a subestimar. Por eso el poder social no puede construirse solo mediante la comunicación. Los afiches, los periódicos, los videos y las campañas en redes sociales son importantes, pero no pueden sustituir a la organización. Las personas no cambian su comprensión del mundo por el mero hecho de encontrarse con el argumento correcto. La conciencia cambia mediante la participación en la actividad colectiva.


La movilización reúne a la gente en torno a un acontecimiento. La organización la mantiene unida y desarrolla su capacidad de lucha sostenida. La movilización puede expresar la rabia. La organización transforma la rabia en memoria, disciplina, dirección y estrategia. El poder social emerge cuando la energía popular se convierte en capacidad organizada. Se construye a través de los sindicatos, las asociaciones campesinas, las organizaciones de mujeres, los comités barriales, las escuelas de formación política, las instituciones culturales, los medios de comunicación comunitarios y los partidos revolucionarios. Estas instituciones preservan las lecciones de una lucha y las llevan a la siguiente. Mediante el trabajo paciente de construir tales organizaciones, el poder social va formando las capacidades que requiere una nueva sociedad.


La fragmentación de la clase trabajadora es una de las fortalezas del capital. La clase trabajadora está dispersa entre fábricas y campos, oficinas y escuelas, hogares y mercados informales. Quienes trabajan, siendo esenciales para la producción y la reproducción social, ven que a menudo se les niegan sus derechos políticos y que su aporte a la sociedad es frecuentemente menospreciado. El capital convierte esa dispersión y ese menosprecio en división: a lxs trabajadorxs del sector formal se les dice que teman a lxs trabajadorxs informales; a la ciudadanía, que tema a las personas migrantes; a lxs trabajadorxs urbanxs, que desdeñen al campesinado; y a los hombres, que traten la emancipación de las mujeres como una amenaza. Las diferencias religiosas, raciales, étnicas, de casta y lingüísticas se convierten en líneas permanentes de división política. La tarea de la organización socialista no es fingir que esas diferencias no existen, ni exigir que cada lucha se disuelva en una unidad de clase abstracta. Es construir unidad mostrando cómo las distintas formas de opresión están atadas a un mismo orden social.


En nuestra tradición, la construcción de esa unidad se llama la creación de un “bloque histórico”: una alianza de fuerzas sociales unida no solo por un acuerdo temporal, sino por un proyecto político común. Un bloque así debe estar arraigado en la clase trabajadora y responder a las aspiraciones de todas las personas cuyas vidas son deformadas por el capital, el imperialismo, el patriarcado, el racismo, la opresión de casta y la destrucción de la naturaleza. Un programa político no puede ser una lista de verificación en la que a cada grupo social se le asigna una demanda separada. Debe ofrecer una explicación coherente de la crisis y una dirección creíble para la sociedad, mostrando cómo la salud pública, la reforma agraria, el empleo digno, la liberación de las mujeres, la reparación ecológica y la soberanía nacional pertenecen a un proyecto común. La clase dominante dice que la sociedad debe organizarse en torno a la libertad del capital. Un bloque histórico socialista debe insistir en que la sociedad se organice en torno a la dignidad del trabajo y la reproducción de la vida. Así es como el poder social se vuelve hegemónico: no mediante una estrategia comunicacional, sino a través de la construcción de dirección política, por la organización y la lucha.


La clase dominante ofrece una interpretación emocional del mundo. Le dice a la clase trabajadora que sus vecinos son peligrosos, que las personas extranjeras le están robando el futuro, que la pobreza es vergonzosa y que la acción colectiva es inútil. Cultiva el resentimiento e impide, al mismo tiempo, que ese resentimiento se convierta en una comprensión del sistema, dirigiendo la rabia legítima hacia quienes tienen todavía menos poder. Este es el terreno emocional sobre el que se organiza la extrema derecha actual. Ofrece pertenencia a quienes se sienten abandonados, orgullo a quienes han sido humillados y certeza a quienes viven vidas precarizadas. Sus explicaciones son falsas, pero el dolor al que habla es real.


Una política socialista que responda solo con estadísticas seguirá siendo débil. Debe ofrecer dignidad, compañía, coraje y esperanza, no como consignas vacías, sino como experiencias creadas por medio de la organización. La cultura es central en este trabajo: las canciones, la poesía, el teatro, las artes visuales y los rituales colectivos preservan la memoria histórica y ofrecen imágenes de un futuro que todavía no puede describirse por completo en documentos de política pública. La cultura revolucionaria no solo enseña al pueblo a qué oponerse, sino también en qué busca convertirse. El poder social requiere una batalla de ideas porque la clase dominante presenta su dominación como sentido común. También requiere una batalla de emociones porque el sentido común no se sostiene solo con argumentos, sino también con miedo, deseo, vergüenza y esperanza.


El poder social es indispensable, pero no suficiente. Un movimiento puede crear organizaciones populares fuertes mientras la clase capitalista sigue controlando la inversión, la producción y el aparato coercitivo del Estado. Por eso el proyecto socialista debe desarrollar una estrategia para traducir el poder social en poder gubernamental y para transformar el propio Estado. No obstante, las victorias electorales no deben confundirse con la culminación de ese proceso. Un partido de izquierda puede formar gobierno mientras los bancos, las corporaciones, la alta burocracia, la judicatura, la oficialidad militar y los monopolios mediáticos permanecen bajo la influencia del viejo bloque dominante. Por ello un gobierno de izquierda debe fortalecer la organización independiente del pueblo. Las organizaciones populares no deben convertirse en defensoras pasivas de ministrxs afines. El poder social es lo que permite que un proyecto sobreviva más allá de un gobierno, una elección o una generación de dirigentes.


Existe la tendencia a ver la política solo en el momento de la cosecha: quién ganó la elección, quién formó gobierno, qué ley se aprobó y qué palacio se ocupó. Pero nada se cosecha sin un trabajo previo, largo y en gran medida invisible. Se seleccionan y se siembran las semillas, se repara el suelo, se acarrea el agua y se protege a las plantas jóvenes del calor y las enfermedades. Casi todo ese trabajo se olvida cuando por fin se recogen los frutos. Sin embargo, la construcción del poder social es ese trabajo paciente: ocurre cuando un militante imparte una clase de formación política tras una larga jornada, cuando una organizadora sindical visita a un trabajador que teme ser despedido, cuando las mujeres crean un comité contra la violencia, cuando el campesinado estudia la estructura de la deuda agrícola y cuando lxs jóvenes forman un grupo cultural en un barrio abandonado por el Estado. Ninguna de esas acciones transforma la sociedad por sí sola, pero juntas crean un pueblo capaz de transformarla.


Lo que le falta al pueblo no es capacidad, sino los medios organizados para reconocerla, combinarla y ejercerla. El poder social comienza cuando el pueblo deja de verse a sí mismo como quien solo padece la historia y comprende que puede hacerla.


Cordialmente,


Vijay



12 diciembre, 2025

El capitalismo es un roedor de cerebros — Cecilia Zamudio

 

Fidel Castro: "No es lo mismo una mentira que un reflejo condicionado"





Pensamiento crítico – 23/12/2024


El capitalismo es un roedor de cerebros: aliena a la clase explotada para mantenerla sumisa y enemiga de sí misma. La clase dominante capitaliza mediante la explotación de la clase trabajadora y el saqueo de la naturaleza; mantiene su dominación mediante la violencia represiva y la alienación. La inteligencia y el pensamiento crítico devienen rarezas burladas y criminalizadas bajo un sistema de profunda injusticia social en el que la clase dominante utiliza los medios de difusión para alienar y someter, para imponer su hegemonía cultural y política.


La burguesía posee los medios de producción, y por lo tanto el aparato cultural con el que libra una constante colonización mental contra las mayorías explotadas. A través de su industria cultural, de su aparato mediático y religioso, la clase dominante asalta las mentes de las y los explotados; bombardea paradigmas de arrodillamiento, de conformismo ante la injusticia, de creencia en un supuesto determinismo fatal, de individualismo, racismo, clasismo, misoginia, hedonismo, sobreconsumismo parasitario. Todo paradigma que banalice la explotación y la tortura, que lime la empatía, que superficialice las mentes a niveles estratosféricos, que participe de romper los lazos comunitarios, que divida a la clase explotada, todo paradigma que sea funcional a la clase burguesa, que sea funcional al mantenimiento del sistema que permite que una élite pueda capitalizar en desmedro de las mayorías humanas y del planeta, es constantemente promovido.


El objetivo, para la clase dominante, es mantener narcotizada a la clase trabajadora, mantenerla dócil frente a los responsables de su precariedad y angustia, frente a los que devoran sus horas de vida en jornadas laborales excesivas, mantenerla anestesiada creyendo en fábulas colosales como la supuesta “democracia”, que es incompatible con este sistema socioeconómico, pues lo que existe en el capitalismo es Dictadura del Capital, ya que es la clase que posee los medios de producción la que dicta su voluntad, la que dicta qué se produce y cómo se produce, la que dicta los comportamientos y hasta las ‘elecciones’ de las mayorías.


Algunas cifras expresan la brutal injusticia social de este sistema: en el 2023 la fortuna del 1% de los más enriquecidos del mundo, equivalía ya a más del doble de la suma total con la que vive el 95% de la población del planeta (7.000 millones de personas). Mediante la explotación y el saqueo, las 26 personas más enriquecidas del mundo han acumulado un capital que equivale al presupuesto con el que malviven los 3.800 millones de personas más empobrecidas del mundo.


¡Despierta clase explotada! Tu enemigo es la burguesía, no las y los inmigrantes, como te lo sugiere el racismo y la xenofobia inyectados por el mismo aparato cultural de la burguesía... tu enemigo tampoco somos las mujeres, como aduce la constante misoginia promovida por todos los medios de alienación... Despierta grupo humano explotado: tu enemigo es la burguesía transnacional, no son los pueblos que esta invade y descuartiza en sus guerras imperiales para aumentar el saqueo de los recursos y atesorar así lamentos y llantos en sus helvéticos bancos... Tu enemigo es la burguesía, no son los niños, ni los árboles, ni el mar, ni tampoco las y los Rojos que lo que buscan es justicia social. No sirve que la rabia que te causa este sistema de explotación y violencia, la padezcas sin comprenderla, y la dirijas equivocadamente. Despierta clase explotada: tu enemigo es la burguesía, es ella la que convierte este planeta-paraíso en un infierno.


Despierta y no tragues enteras las fábulas narcotizantes con las que te bombardea el cerebro la clase dominante: recuerda siempre que la burguesía lo que llama "libertad" es SU libertad de explotarte y de fagocitar el planeta, recuerda que lo que la burguesía llama "paz" es la sumisión. Y que nosotras y nosotros, las y los trabajadores, los humildes de la tierra, tenemos un concepto de "paz" opuesto al de la Paz-Estafa-y-Genocida; porque sabemos que no es "paz" el hambre, ni es "paz" la explotación, ni es "paz" la angustia de la precariedad, ni son “paz” los hospitales depredados e insuficientes, ni son "paz" los desahucios, ni son "paz" los éxodos a los que nos empuja el saqueo perpetrado por multinacionales de espanto, ni son "paz" las bases militares gringas, ni es "paz" la colonización de Palestina o el neocolonialismo moliendo pueblos indígenas y campesinos por todo el orbe, no es "paz" el saqueo capitalista que depreda montañas y ríos, que pulveriza comunidades e impone el sufrimiento indecible de las infancias con hambre.


La supuesta "reconciliación interclasista" que pregona la burguesía es otro ametrallamiento más, una trampa más para prolongar la barbarie capitalista. No existe "capitalismo con rostro humano", porque no existe "explotador bueno", ni "violador amable". Despierta clase explotada, que la lucha te espera para hacer florecer un futuro liberado de toda explotación. Recuerda que, como decía Assata Shakur: “nadie, nunca, ha conseguido sus derechos apelando al sentido moral de sus opresores”.






28 septiembre, 2025

La exclusión de las clases trabajadoras de toda instancia de toma de decisiones políticas

 


Observatorio Crisis – 22/09/2025


Fragmento extraído de Estados Unidos y el «capitalismo fascista», de Maurizio Lazzarato


La sociedad está más dividida que nunca: en la cima se encuentran los dueños de los valores, en la base la gran mayoría de la población, que en realidad ya no está compuesta por sujetos políticos, sino por los «excluidos». Al igual que con los sirvientes del antiguo régimen, la «función» económica no implica reconocimiento político. La integración del movimiento obrero, reconocido como actor político en la economía y la democracia en los años de posguerra, se ha transformado en la exclusión de las clases trabajadoras de toda instancia de toma de decisiones políticas.


La financiarización ha permitido a las élites practicar la secesión, lo que reduce las relaciones con los «sirvientes» exclusivamente a la explotación y la dominación. No sólo han sido expropiados económicamente, sino también despojados de toda identidad política, hasta el punto de adoptar la cultura/identidad del enemigo: el individualismo, el consumo, la ética de la televisión y la publicidad. Hoy buscan imponer una identidad fascista y belicista.


Los nuevos siervos están fragmentados, dispersos, individualizados, divididos de mil maneras (por género, raza, ingresos, riqueza, etc.), pero todos participan en distintos grados en la sociedad segregada establecida por la maquinaria del Estado-Capital, que ya ni siquiera necesita legitimidad, tan favorables son las relaciones de poder. Las decisiones sobre genocidio, rearme, guerra y políticas económicas se toman sin tener que rendir cuentas a sus subordinados.


El consenso ya no es necesario porque el proletariado es demasiado débil para pretender tener peso. Es evidente que, en esta situación, la democracia carece de sentido. La condición de los oprimidos se asemeja más a la de colonizados (colonización generalizada) que a la de «ciudadanos».



20 marzo, 2025

INSTRÚYANSE - AGÍTENSE - ORGANÍCENSE

 









«Esta ceguera voluntaria, esta amnesia histórica, esta negativa a rendir cuentas ante el estado de derecho, esta creencia de que tenemos derecho a utilizar la violencia industrial para imponer nuestra voluntad marca, me temo, el inicio, no el fin, de las campañas de masacres del Norte Global contra las crecientes legiones de pobres y vulnerables del mundo. Una maldición cainita que debemos eliminar antes de que el genocidio en Gaza se convierta en la norma».

Chris Hedges








09 marzo, 2025

¿SED PACIENTES? A LA MIERDA, AHORA O NUNCA… — Luis López

 


PRATIKA – 07/03/2025


Günther Anders:

«No basta con transformar el mundo. Eso lo hacemos sin más. Eso sucede ampliamente incluso sin nuestro concurso. También tenemos que interpretar esa transformación. Y precisamente para transformarla. Para que el mundo no siga cambiando sin nosotros. Y no se transforme al final en un mundo sin nosotros».


De acuerdo con Anders: podríamos decir que basta un sucinto conocimiento del pasado y otro poquito del presente inmediato para entender que efectivamente nuestro mundo vive en un incesante y contradictorio proceso de cambio y flujo, de transformación. La contradicción está en la raíz de todo movimiento y vida, y sólo en la medida en que contiene una contradicción algo se mueve, en uno u otro sentido, y tiene impulso y actividad.


Confucio: «No importa lo lento que vayas mientras no pares».


En la misma dirección, deberíamos de analizar ese contradictorio proceso de transformación en el que ineludiblemente participamos, ya sea por activa o por pasiva, y del que nos conviene conocer qué cometido cumplimos, de forma consciente o inconsciente, en tal proceso. No estaría mal descubrir de forma concreta –digo más allá del criminal funcionamiento del capitalismo-imperialista en la fase agonizante actual–, si nuestra propia praxis apunta en lo esencial, a rechazarlo o consolidarlo. ¿De qué nos sirve conocer las incalculables posesiones de la oligarquía global, si no entendemos que, cualquier conocimiento por muy transcendental que nos parezca, sólo lo es si va a parar a la práctica emancipatoria?


Cuando el FINANCIAL TIMES titula: “Europa debe de recortar su Estado de bienestar para construir un Estado de guerra”. A los comunistas no nos puede bastar con reseñar los enormes beneficios que se va embolsar la ‘necesitada’ industria armamentística yanqui, además del fortalecimiento del control imperial sobre sus vasallos europeos. Y que además todo queda en casa, pues casualmente uno de los principales accionistas de la ‘alemana’ RHEINMETALL es la corporación transnacional BLACKROCK, en cuya filial alemana trabajó, otra casualidad, el futuro canciller FRIEDRICH MERZ…


De modo que cuando vemos a nuestra ‘izquierda’ integrada en el sistema capitalista (Podemos, Sumar, IU, PCE…) justificar y apoyar el incremento del gasto ‘para la guerra’ (¿recuerdan la traición socialdemócrata de 1914?) en detrimento del ya insuficiente ‘gasto social’, tenemos la constancia real y concreta de por qué el mundo, y nuestra parcelita, sigue cambiando sin nosotros y contra nosotros. Lo que sin duda nos puede llevar (¿o ya estamos hasta el cuello?), Anders dixit, a un mundo sin nosotros…


Salud y comunismo



01 enero, 2025

Pensar. Recordar.

 



Pensar. ¿Por qué creéis que vuestros gobiernos están permitiendo la deliberada e indiscriminada matanza de la población palestina? ¿Por qué creéis que, aparte de algunos tímidos gestos meramente simbólicos, vuestros gobiernos no sólo no actúan para detener el genocidio, sino que participan en la ejecución del mismo? ¿Acaso os creéis distantes y a salvo de las atrocidades que estamos contemplando? El monstruo ya está en casa. Recordar Guernica. Recordar Yugoslavia.


El juego en que andamos (Juan Gelman)


Si me dieran a elegir, yo elegiría

esta salud de saber que estamos muy enfermos,

esta dicha de andar tan infelices.

Si me dieran a elegir, yo elegiría

esta inocencia de no ser un inocente,

esta pureza en que ando por impuro.

Si me dieran a elegir, yo elegiría

este amor con que odio,

esta esperanza que come panes desesperados.

Aquí pasa, señores,

que me juego la muerte.



15 noviembre, 2024

DIEZMANDO POBLACIONES ENTERAS

 


Tocqueville (1951, vol. 9, pp. 243-244), mientras profetiza una «nivelación universal» en Occidente (cayendo en flagrantes contradicciones), por otro lado advierte el abismo que se está abriendo entre Occidente y el resto del mundo. El que «varios millones de hombres», los occidentales, se hayan convertido en «los dominadores de toda su especie», es un hecho que estaba «claramente previsto en los designios de la Providencia». De un modo análogo, J. S. Mill (1946, p. 291), mientras por un lado pone en guardia contra un proceso de democratización cuyo avance impetuoso en Occidente condena a los ricos al aislamiento y la impotencia, por otro celebra el «despotismo vigoroso» que ejercen Occidente y sus clases dominantes a escala internacional. Lejos de ser algo negativo, esta relación de desigualdad extrema debe extenderse hasta abarcar todo el globo; el «despotismo directo de los pueblos adelantados» sobre los atrasados ya es «la condición ordinaria», pero debe convertirse en «general».


La relación de desigualdad extrema que se instaura a escala internacional no se limita al poder político y militar. Tocqueville (1951, vol. 1.1, p.3) escribe: «El descubrimiento de América abre mil caminos nuevos a la fortuna y brinda poder y riqueza al oscuro aventurero». Con este aliciente algunos ciudadanos franceses pueden decidirse a emigrar a las colonias y en particular a Argelia: «Para hacer que vayan habitantes a ese país es preciso, en primer lugar, darles grandes posibilidades de hacer fortuna», hay que reservarles «las tierras más fértiles, las mejor regadas» (Tocqueville 1951, vol. 3.1, pp. 259 y 321 -322). De este modo la expansión colonial por América y Argelia estimula una prodigiosa movilidad vertical que pone la riqueza al alcance de individuos de extracción popular, lo que confirma el proceso de «nivelación universal». Pero esto es solo una cara de la moneda: el propio liberal francés reconoce que a causa del proceso de colonización, en Argelia la población árabe «se muere literalmente de hambre» y en América los indios están a punto de ser borrados de la faz de la tierra (Tocqueville 1951, vol. 15.1, pp. 224-225 y vol. 1.1, pp. 339 y 355). De modo que el enriquecimiento de los «aventureros» y colonos, si bien atenúa las desigualdades en la metrópoli o dentro de la comunidad blanca, abre un abismo cada vez más hondo entre los conquistadores y los pueblos sometidos. Al adoptar constante y exclusivamente el punto de vista del «mundo cristiano», es decir, de Occidente, Tocqueville no advierte la relación que existe entre estos aspectos contradictorios del mismo fenómeno, o por lo menos los soslaya para mantenerse firme en su visión de una marcha imparable de la igualdad de condiciones y la extinción no solo de las «castas», sino de las propias «clases».


Se puede decir que el Manifiesto del partido comunista replica a los dos autores liberales [Tocqueville y J. S. Mills] cuando afirma: «La moderna sociedad burguesa, que ha salido de las ruinas de la sociedad feudal, no ha abolido las contradicciones de clase. Únicamente ha sustituido las viejas clases, las viejas condiciones de opresión, las viejas luchas por otras nuevas» (MEW, 4; 463). Sí, con el acceso de las masas populares al derecho al voto y el fin de la discriminación censitaria, la riqueza pierde su significado político inmediato, pero justo a partir de este momento puede celebrar su triunfo: la miseria masiva atañe a una esfera privada en la que no tiene derecho a inmiscuirse el poder público. Es un triunfo que la burguesía capitalista también puede celebrar a escala internacional, impulsando el expansionismo colonial y esclavizando y diezmando poblaciones enteras.


Extraído de LA LUCHA DE CLASES, de Domenico Losurdo.



18 julio, 2024

La lucha de clases entre marxismo y populismo — Domenico Losurdo

 


Extraído de LA LUCHA DECLASES (Una historia política y filosófica), de Domenico Losurdo (pdf)


8. «¡Prohibido prohibir!» y «¡Rebelarse es justo!»

Como es incapaz de explicar la evolución histórica real o incurre en grandes desatinos cuando intenta hacerlo, el populismo (de izquierda) propicia una visión de la lucha de clases que deja fuera de su campo visual acontecimientos decisivos de la historia mundial. Tomemos a un intelectual inglés merecidamente famoso, David Harvey. En un ensayo que dedica a las perspectivas de la lucha de clases en el mundo cuyo título remite a Lenin {¿Qué hacer?) podemos leer:


En la historia del capitalismo numerosos movimientos revolucionarios han tenido una amplia base urbana, más que estrictamente de fábrica (las revoluciones de 1848 en Europa, la Comuna de París de 1871, Leningrado en 1917, la huelga general de Seattle en 1918, la rebelión deTucumán en 1969, así como París, Ciudad de México y Bangkok en el mismo año, la Comuna de Shanghai en 1967, Praga en 1989, Buenos Aires en 2001-2002... y la lista podría alargarse mucho). También en los movimientos cuyo centro estuvo en las fábricas (la huelga de Flint en el Michigan de los años treinta y los consejos obreros del Turín de los años veinte) el vecindario desempeñó en la acción política un papel crítico pero a menudo olvidado (las mujeres y los grupos de apoyo de los desempleados de Flint y las «Case del Popolo» comunales de Turín).

La izquierda tradicional ha hecho mal en no tener en cuenta los movimientos sociales que se desarrollan fuera de las fábricas y las minas (Harvey 2011b, p. 40).


Es una lista que polemiza con razón contra la visión estrecha de la lucha de clases, y sin embargo suscita inmediatamente una serie de preguntas, a causa tanto de las ausencias como de las presencias. Empecemos por las primeras. En lo que respecta al siglo XIX, de las revoluciones europeas de 1848 se pasa a la Comuna de París. Pero ¿tiene algo que ver con las luchas de clases la Guerra de Secesión, la guerra en la que se decide la suerte de una «cruzada de la propiedad contra el trabajo», al decir de Marx, quien la saluda en 1867 como el «único acontecimiento grandioso» de la historia contemporánea? ¿Tiene algo que ver con la lucha de clases ese enfrentamiento gigantesco en cuya última fase los esclavos negros, émulos en cierto modo de Toussaint Louverture, empuñan las armas para derribar un régimen que les reduce a la condición de ganado humano?


Y en una lista que (con sus referencias a Bangkok y Shanghái) parece dispuesta abarcar el mundo entero, ¿cómo explicar el silencio sobre la rebelión de los taiping (1851-1864), «la guerra civil más sangrienta de la historia mundial, con una estimación de entre veinte y treinta millones de muertos»? Y eso que este conflicto también tiene una dimensión nacional, pues los insurgentes toman las armas en nombre de la justicia social pero también para acabar con una dinastía que ha capitulado ante la agresión de los gobernantes y «narcotraficantes* británicos» (Davis 2001, pp. 16 y 22), para acabar con «los Ching siervos del imperialismo» (Mao Zedong 1969-1975, vol. 4, p. 469). No es de extrañar que en las zonas controladas por ellos, los taiping se apresuraran a prohibir el consumo del opio, lo que de hecho equivalía a retar al gobierno de Londres, que apoyaba a la tambaleante dinastía. Marx, haciendo gala también en este caso de clarividencia profética e impaciencia revolucionaria, observa en 1853 que «las crónicas rebeliones que han estallado en China durante los últimos diez años [...] se han condensado ahora en una sola, una gigantesca revolución», que hará sentir su influencia mucho más allá de Asia. Esta revolución tiene, sin duda, «causas sociales» internas, pero también la mueve un impulso nacional, ya que es el fruto de la humillación, la sangría económica y la ruina general que asuelan una nación entera a partir de la primera guerra del opio (MEW, 9; 95-96 y MEGA, I, 12; 147-148). Cabe hacerse una pregunta: ¿todo esto es ajeno a la lucha de clases, o constituye uno de los capítulos más importantes de la lucha de clases del siglo XIX?


No menos revelador es el silencio, en la lista que estamos examinando, sobre la rebelión de los cipayos indios en 1857, una rebelión que según un historiador indio fue «una gigantesca lucha de clases» y a la vez una gran revolución anticolonial. Esta «guerra patriótica además de guerra civil y de clases» fue al principio una guerra de campesinos contra el dominio colonial y «los grandes príncipes y grandes mercaderes probritánicos», se prolongó mucho más allá de 1857, a veces siguió el modelo, teorizado más tarde por Mao, del campo que cerca la ciudad, y el pueblo indio pagó un precio de más de diez millones de muertos (Misra 2008, pp. 1866, 1874-1875 y 1897). ¿Es la «identidad entre la lucha nacional y la lucha de clases», que según Mao tiende a verificarse en las revoluciones anticoloniales, lo que explica el silencio?


Todavía más radicalmente selectiva, en la lista anterior, es la lectura de las luchas de clases y los movimientos revolucionarios en el siglo XX. De 1917 y la revolución de octubre se salta medio siglo para llegar a 1967-69. ¿Y Stalingrado? Sin duda fue una gran lucha la que se desarrolló en Seattle entre 1918 y 1919, con cien mil obreros huelguistas contra los salarios de hambre, la anulación de las libertades sindicales impuesta por la guerra imperialista y, en definitiva, contra el capitalismo; pero sería muy extraño que no hablásemos de lucha de clases a propósito de la épica resistencia de decenas y decenas de millones de personas, de un pueblo entero que con las armas en la mano rechaza al ejército más poderoso del mundo y su intento de esclavizarlo. ¿Y cómo valorar las insurrecciones contra la ocupación nazi que se sucedieron en varios países europeos, y las revoluciones en el mundo colonial o semicolonial, que se prolongaron después de la derrota nazi e impusieron cambios de una radicalidad sin precedentes en el orden mundial? A juzgar por los silencios del estudioso inglés, cualquiera diría que con la lucha de clases poco o nada tuvieron que ver las guerras de resistencia y liberación nacional, ni las insurrecciones y revoluciones anticoloniales.


El resultado de este enfoque es paradójico. Es como si la lucha de clases interviniese exclusivamente con motivo de sucesos aislados, cuando, bien deslindados, se enfrentan directamente explotados y explotadores, oprimidos y opresores. Es decir, que la teoría de Marx y Engels solo se aplica y se considera digna de aplicación en relación con una microhistoria reducida, la única realmente significativa desde el punto de vista de la emancipación de los explotados y oprimidos, mientras que todo lo demás queda degradado a macrohistoria profana, ajena e indiferente a la historia sagrada de la salvación o de la causa de la emancipación.


En realidad, cuando Marx habla de la historia como historia de la lucha de clases, interpreta en esta clave no solo las huelgas y los conflictos sociales de cada día, sino también y sobre todo las grandes crisis, los grandes vuelcos históricos que se producen ante la mirada de todos: la lucha de clases es una macrohistoria exotérica, no la microhistoria esotérica a la que muchas veces es reducida. Estamos claramente ante un dilema: o es válida la teoría de las «luchas de clases» enunciada por el Manifiesto del partido comunista, y entonces hay que saber leer en esta clave la historia en general, empezando por los acontecimientos decisivos de los siglos XIX y XX, o, si dichos acontecimientos no tienen nada que ver con la lucha de clases, hay que despedirse de esta teoría.


Pasemos ahora a las asombrosas presencias en la lista de los «movimientos revolucionarios» y luchas de clases de carácter revolucionario confeccionada por Harvey. En ella, junto a «Leningrado en 1917», destaca también «Praga en 1989». En otra ocasión el autor escribe: «Durante siglos el principio de igualdad inspiró las luchas políticas y los movimientos revolucionarios, desde la toma de la Bastilla hasta la plaza Tienanmen»; por lo menos a partir de 1789 «el igualitarismo radical» no ha cesado de generar esperanzas, agitaciones, rebeliones y revoluciones (Harvey 201 la, pp. 232-233). ¡Así, directa o indirectamente, en nombre del «igualitarismo radical», se juntan acontecimientos como Petrogrado o «Leningrado en 1917», «Praga en 1989» y la «plaza Tienanmen»! ¿De modo que, en una línea de continuidad con los protagonistas de la revolución de octubre, debemos colocar a Václav Havel y a los dirigentes estudiantiles que se fueron de China para encontrar su nueva patria en Estados Unidos? Todos ellos habrían considerado o considerarían un insulto semejante asimilación. Pero olvidemos eso. ¿Debemos considerar a estas personalidades representantes del «igualitarismo» e incluso del «igualitarismo radical»? Por lo menos en lo que respecta a las relaciones internacionales, son los paladines de la supremacía de Occidente, al que atribuyen el derecho (y a veces el deber) de intervenir militarmente en cualquier rincón del mundo, con independencia de las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. Aunque solo tomáramos en consideración las relaciones sociales dentro de un país, no cabe duda de que Havel y la mayoría de los emigrados de China se reconocen en el neoliberalismo. De haber triunfado, los motines de la plaza Tienanmen probablemente habrían llevado al poder a un Yeltsin chino: ¡es bien difícil imaginar una revolución igualitaria en el gran país asiático justo cuando el Occidente capitalista triunfaba en Europa oriental y América Latina (recordemos la derrota sandinista en Nicaragua), los partidos comunistas de todo el mundo se apresuraban, uno tras otro, a cambiar de nombre y el poder de Estados Unidos y la influencia y el prestigio del Consenso de Washington eran tan indiscutibles e indiscutidos que inspiraban la idea del «fin de la historia»! Se puede creer en todos estos milagros a condición de ser populistas, o sea, a condición de renunciar al análisis laico de las clases y la lucha de clases (en el plano interno e internacional) para sustituirlo por la creencia mitológica en el valor siempre salvífico del «pueblo» y las «masas».


A veces parece como si el marxismo del final del siglo XX y los comienzos del XXI fuera el heredero de la cultura del 68, que agitó su consigna de «¡Prohibido prohibir!» y también trató de llevar a su molino el lema con que Mao desencadenó la Revolución Cultural: «¡Es justo rebelarse!». En realidad, la rebelión «justa» tenía unos límites muy precisos y era inconcebible que cuestionara la revolución que había dado origen a la República Popular China. El propio Mao movilizó al ejército para acabar con una situación que parecía a punto de degenerar en una guerra de todos contra todos y en una anarquía disolvente. Pero eso no le preocupaba mucho a la cultura del 68: desde su punto de vista la lucha de clases progresista o revolucionaria coincidía con la rebelión desde abajo contra cualquier poder constituido, que era en sí mismo sinónimo de opresión.


Si se parte de esta premisa no es difícil juntar la «plaza Tienanmen » con la toma de la Bastilla y los acontecimientos de 1989-1991 en Europa oriental, la «Segunda Restauración» de la que habla Badiou (2006, p. 39), con la revolución de octubre. Entonces deberíamos incluir en la lista de las revoluciones y sublevaciones populares la Vandea y, en el siglo XX, el motín de Kronstadt contra los bolcheviques, así como las endémicas sublevaciones de los campesinos contra el nuevo poder central instalado en Moscú. Es más, si queremos ser coherentes hasta el final, en esta lista tampoco deberían faltar las agitaciones y revueltas que estallaron en los años en que la Unión Soviética tuvo que enfrentarse a la agresión de la Alemania hitleriana. El populismo, al dar un carácter absoluto a la contradicción masa/poder y condenar al poder como tal, es incapaz de trazar una línea de demarcación entre revolución y contrarrevolución.


Quizá sería preferible aprender la lección del viejo Hegel (1956, p. 699; cf. Losurdo 1997a, cap. VII, § 11) quien, con la mirada puesta en las agitaciones sanfedistas y antisemitas de su tiempo, observaba que a veces «la valentía no consiste en atacar a los gobiernos, sino en defenderlos». El rebelde populista que considere a Hegel poco revolucionario siempre podría tener en cuenta la advertencia de Gramsci (1975, pp. 2108-2109 y 326-327) contra las frases de «“rebeldismo”, “subversivismo”, “antiestatismo” primitivo y elemental», expresiones que en última instancia reflejan un «apoliticismo» sustancial.


* En español en el original (N. del T.)