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22 octubre, 2025

LOS MOVIMIENTOS DE LIBERACIÓN SON ACUSADOS DE TERRORISMO — Andrea Wehr

 



EL SUDAMERICANO – 21/10/2025


«La denuncia persistente y obsesiva del «terrorismo» solo tiene como objetivo criminalizar cualquier forma de resistencia contra la ocupación militar». Las consideraciones de Doménico Losurdo sobre el asunto, hace 18 años.


En 2007 se publicó en Italia el libro «Il linguaggio dell’ Impero. Lessico dell’ ideoleologia americana» del historiador y filósofo marxista Domenico Losurdo, que se publicó en alemán en 2011 con el título «Die Sprache des Imperiums» (El lenguaje del imperio). En él, Losurdo aborda, entre otras cosas, la instrumentalización del término «terrorismo» por parte de los Estados occidentales y, en particular, de los Estados Unidos. Como ejemplos, cita la ocupación israelí de Cisjordania y la Franja de Gaza, que se prolonga desde 1967, la guerra de Israel contra Hezbolá en el Líbano y la subyugación de Irak por parte de los Estados Unidos. Sus declaraciones han cobrado nueva actualidad a raíz del ataque de la organización palestina Hamás contra Israel y el posterior genocidio de la población de Gaza por parte de Israel. Hamás y las demás organizaciones palestinas que participaron en el ataque del 7 de octubre de 2023 son tildadas en casi todos los medios de comunicación de «terroristas» u «organizaciones terroristas». Esto no es nada nuevo. El historiador y filósofo italiano ya describió en 2007 la intención que hay detrás:


«La denuncia persistente y obsesiva del «terrorismo» solo tiene como objetivo criminalizar cualquier forma de resistencia contra la ocupación militar, no limitar el conflicto ni impedir su brutalización». (p. 50)


Estados Unidos, en particular, ha desarrollado la práctica de calificar de terroristas a personas, organizaciones e incluso Estados enteros que le desagradan, lo que le permite atacarlos. Así, el nombre de Nelson Mandela fue eliminado de las «listas de terroristas de Estados Unidos» solo unos días antes de su 90° cumpleaños en 2013, poco antes de su muerte. En los años ochenta, tanto él como el Congreso Nacional Africano (ANC) habían sido incluidos en esta lista. El hecho de que, entretanto, gracias a la lucha del ANC bajo el liderazgo de Mandela, se hubiera abolido el apartheid y él hubiera sido elegido primer presidente negro de Sudáfrica y galardonado con el Premio Nobel de la Paz, no tuvo ninguna importancia. Para Washington, seguía siendo un terrorista. En su primera presidencia, Trump incluso incluyó a Cuba en la lista de países terroristas. Irán, Corea del Norte y Siria también figuran en ella. Joe Biden lo dejó así. Solo unos días antes de que terminara su presidencia, retiró a Cuba de la lista, sabiendo que Trump la volvería a incluir. Y así fue.


Entretanto, se puede hablar de una verdadera inflación del terrorismo:


«El uso terrorista de la categoría de terrorismo alcanza su punto álgido en Palestina. Como señala un profesor de la Universidad Judía de Jerusalén, el Gobierno israelí incluye en la lista de «ataques terroristas enemigos» incluso el «lanzamiento de piedras». Pero si el niño palestino que protesta contra la ocupación lanzando piedras es un «terrorista», ¿debemos considerar al soldado israelí que le dispara como un héroe de la lucha contra el terrorismo? No se trata de un ejemplo imaginario. Una abogada israelí que defiende a palestinos informa de un niño de diez años que fue asesinado por un soldado en un puesto de control a la salida de Jerusalén, al que solo había lanzado una piedra. Incluso en la prensa estadounidense más influyente podemos leer sobre «horribles escenas de muerte» «cuando un tanque o un helicóptero israelí abre fuego contra un grupo de manifestantes palestinos, entre los que hay niños, en el campo de refugiados de Rafah». (p. 51)


Según Losurdo:


«no es un comportamiento concreto (la inclusión o la exclusión de la población civil) lo que determina la línea divisoria entre terrorismo y contraterrorismo. Más bien coincide con la línea divisoria entre cultura y barbarie, entre Oriente y Occidente. Los gobernantes, que deciden soberanamente quiénes son los bárbaros, deciden con la misma soberanía quiénes son los terroristas. Con motivo de la crisis de Oriente Próximo del verano de 2006, según la gran prensa diaria, los soldados israelíes capturados por Hezbolá libanés en una operación militar son «secuestrados», «abductados» por «terroristas», que se han convertido en sus «rehenes». Por el contrario, los diputados y ministros palestinos elegidos democráticamente, que fueron detenidos por el ejército israelí a veces en plena noche y aún en pijama, sin oponer resistencia, en sus domicilios, han sido «arrestados». Israel y Estados Unidos (pero no Rusia y China) califican al Hezbolá de terrorista (la UE clasificó su brazo militar como terrorista en 2013, A.W): Se formó durante la lucha contra la ocupación israelí del sur del país, que, junto con las repetidas violaciones del espacio aéreo y las aguas territoriales, se prolongó durante más de dieciocho años a partir de 1982. debido a su arraigo entre el pueblo y a su capacidad para combinar la acción militar y política, este grupo ha sido comparado a menudo con los guerrilleros vietnamitas. ¿Debemos considerar terrorista a una de las mayores luchas de liberación de la historia contemporánea y protagonista de una lucha antiterrorista contra la superpotencia que ha sembrado de bombas y dioxinas a todo un pueblo? Este razonamiento no habría desagradado a Schmitt (se refiere al jurista nazi Carl Schmitt, A. W.), el gran teórico del «contraterrorismo» colonial, que en su momento también justificó de esta manera las campañas de Mussolini en Etiopía y de Hitler en Europa del Este». (pp. 53-54)


Losurdo concluye:


«Para explicar su único punto en común (los «asesinos» o «terroristas» se encuentran, en cualquier caso, entre los pueblos coloniales, y está justificado, o al menos es comprensible, recurrir a cualquier tipo de arma contra ellos), puede servir una reflexión de Lenin: para las grandes potencias, sus expediciones coloniales no son guerras, y no solo por la enorme desproporción de fuerzas entre los dos bandos, sino también porque las víctimas “ni siquiera son consideradas pueblos (¿son acaso pueblos unos asiáticos o africanos cualesquiera?)”. Por lo tanto, la negativa a considerar combatientes a quienes se oponen a Occidente es una expresión de la tendencia más o menos pronunciada a deshumanizarlos. En este sentido, podemos entender la declaración del entonces ministro de Defensa, Donald Rumsfeld, según la cual en Irak solo se rebelaban contra las tropas enviadas por Washington «delincuentes, bandas criminales y terroristas» (thugs, gangs and terrorists). Así se expresa el principal responsable del infierno de Guantánamo y Abu Ghraib: existe una coherencia total entre la deshumanización llevada a cabo aquí y las airadas declaraciones de «contraterrorismo». (p. 55)



15 noviembre, 2024

DIEZMANDO POBLACIONES ENTERAS

 


Tocqueville (1951, vol. 9, pp. 243-244), mientras profetiza una «nivelación universal» en Occidente (cayendo en flagrantes contradicciones), por otro lado advierte el abismo que se está abriendo entre Occidente y el resto del mundo. El que «varios millones de hombres», los occidentales, se hayan convertido en «los dominadores de toda su especie», es un hecho que estaba «claramente previsto en los designios de la Providencia». De un modo análogo, J. S. Mill (1946, p. 291), mientras por un lado pone en guardia contra un proceso de democratización cuyo avance impetuoso en Occidente condena a los ricos al aislamiento y la impotencia, por otro celebra el «despotismo vigoroso» que ejercen Occidente y sus clases dominantes a escala internacional. Lejos de ser algo negativo, esta relación de desigualdad extrema debe extenderse hasta abarcar todo el globo; el «despotismo directo de los pueblos adelantados» sobre los atrasados ya es «la condición ordinaria», pero debe convertirse en «general».


La relación de desigualdad extrema que se instaura a escala internacional no se limita al poder político y militar. Tocqueville (1951, vol. 1.1, p.3) escribe: «El descubrimiento de América abre mil caminos nuevos a la fortuna y brinda poder y riqueza al oscuro aventurero». Con este aliciente algunos ciudadanos franceses pueden decidirse a emigrar a las colonias y en particular a Argelia: «Para hacer que vayan habitantes a ese país es preciso, en primer lugar, darles grandes posibilidades de hacer fortuna», hay que reservarles «las tierras más fértiles, las mejor regadas» (Tocqueville 1951, vol. 3.1, pp. 259 y 321 -322). De este modo la expansión colonial por América y Argelia estimula una prodigiosa movilidad vertical que pone la riqueza al alcance de individuos de extracción popular, lo que confirma el proceso de «nivelación universal». Pero esto es solo una cara de la moneda: el propio liberal francés reconoce que a causa del proceso de colonización, en Argelia la población árabe «se muere literalmente de hambre» y en América los indios están a punto de ser borrados de la faz de la tierra (Tocqueville 1951, vol. 15.1, pp. 224-225 y vol. 1.1, pp. 339 y 355). De modo que el enriquecimiento de los «aventureros» y colonos, si bien atenúa las desigualdades en la metrópoli o dentro de la comunidad blanca, abre un abismo cada vez más hondo entre los conquistadores y los pueblos sometidos. Al adoptar constante y exclusivamente el punto de vista del «mundo cristiano», es decir, de Occidente, Tocqueville no advierte la relación que existe entre estos aspectos contradictorios del mismo fenómeno, o por lo menos los soslaya para mantenerse firme en su visión de una marcha imparable de la igualdad de condiciones y la extinción no solo de las «castas», sino de las propias «clases».


Se puede decir que el Manifiesto del partido comunista replica a los dos autores liberales [Tocqueville y J. S. Mills] cuando afirma: «La moderna sociedad burguesa, que ha salido de las ruinas de la sociedad feudal, no ha abolido las contradicciones de clase. Únicamente ha sustituido las viejas clases, las viejas condiciones de opresión, las viejas luchas por otras nuevas» (MEW, 4; 463). Sí, con el acceso de las masas populares al derecho al voto y el fin de la discriminación censitaria, la riqueza pierde su significado político inmediato, pero justo a partir de este momento puede celebrar su triunfo: la miseria masiva atañe a una esfera privada en la que no tiene derecho a inmiscuirse el poder público. Es un triunfo que la burguesía capitalista también puede celebrar a escala internacional, impulsando el expansionismo colonial y esclavizando y diezmando poblaciones enteras.


Extraído de LA LUCHA DE CLASES, de Domenico Losurdo.



18 julio, 2024

La lucha de clases entre marxismo y populismo — Domenico Losurdo

 


Extraído de LA LUCHA DECLASES (Una historia política y filosófica), de Domenico Losurdo (pdf)


8. «¡Prohibido prohibir!» y «¡Rebelarse es justo!»

Como es incapaz de explicar la evolución histórica real o incurre en grandes desatinos cuando intenta hacerlo, el populismo (de izquierda) propicia una visión de la lucha de clases que deja fuera de su campo visual acontecimientos decisivos de la historia mundial. Tomemos a un intelectual inglés merecidamente famoso, David Harvey. En un ensayo que dedica a las perspectivas de la lucha de clases en el mundo cuyo título remite a Lenin {¿Qué hacer?) podemos leer:


En la historia del capitalismo numerosos movimientos revolucionarios han tenido una amplia base urbana, más que estrictamente de fábrica (las revoluciones de 1848 en Europa, la Comuna de París de 1871, Leningrado en 1917, la huelga general de Seattle en 1918, la rebelión deTucumán en 1969, así como París, Ciudad de México y Bangkok en el mismo año, la Comuna de Shanghai en 1967, Praga en 1989, Buenos Aires en 2001-2002... y la lista podría alargarse mucho). También en los movimientos cuyo centro estuvo en las fábricas (la huelga de Flint en el Michigan de los años treinta y los consejos obreros del Turín de los años veinte) el vecindario desempeñó en la acción política un papel crítico pero a menudo olvidado (las mujeres y los grupos de apoyo de los desempleados de Flint y las «Case del Popolo» comunales de Turín).

La izquierda tradicional ha hecho mal en no tener en cuenta los movimientos sociales que se desarrollan fuera de las fábricas y las minas (Harvey 2011b, p. 40).


Es una lista que polemiza con razón contra la visión estrecha de la lucha de clases, y sin embargo suscita inmediatamente una serie de preguntas, a causa tanto de las ausencias como de las presencias. Empecemos por las primeras. En lo que respecta al siglo XIX, de las revoluciones europeas de 1848 se pasa a la Comuna de París. Pero ¿tiene algo que ver con las luchas de clases la Guerra de Secesión, la guerra en la que se decide la suerte de una «cruzada de la propiedad contra el trabajo», al decir de Marx, quien la saluda en 1867 como el «único acontecimiento grandioso» de la historia contemporánea? ¿Tiene algo que ver con la lucha de clases ese enfrentamiento gigantesco en cuya última fase los esclavos negros, émulos en cierto modo de Toussaint Louverture, empuñan las armas para derribar un régimen que les reduce a la condición de ganado humano?


Y en una lista que (con sus referencias a Bangkok y Shanghái) parece dispuesta abarcar el mundo entero, ¿cómo explicar el silencio sobre la rebelión de los taiping (1851-1864), «la guerra civil más sangrienta de la historia mundial, con una estimación de entre veinte y treinta millones de muertos»? Y eso que este conflicto también tiene una dimensión nacional, pues los insurgentes toman las armas en nombre de la justicia social pero también para acabar con una dinastía que ha capitulado ante la agresión de los gobernantes y «narcotraficantes* británicos» (Davis 2001, pp. 16 y 22), para acabar con «los Ching siervos del imperialismo» (Mao Zedong 1969-1975, vol. 4, p. 469). No es de extrañar que en las zonas controladas por ellos, los taiping se apresuraran a prohibir el consumo del opio, lo que de hecho equivalía a retar al gobierno de Londres, que apoyaba a la tambaleante dinastía. Marx, haciendo gala también en este caso de clarividencia profética e impaciencia revolucionaria, observa en 1853 que «las crónicas rebeliones que han estallado en China durante los últimos diez años [...] se han condensado ahora en una sola, una gigantesca revolución», que hará sentir su influencia mucho más allá de Asia. Esta revolución tiene, sin duda, «causas sociales» internas, pero también la mueve un impulso nacional, ya que es el fruto de la humillación, la sangría económica y la ruina general que asuelan una nación entera a partir de la primera guerra del opio (MEW, 9; 95-96 y MEGA, I, 12; 147-148). Cabe hacerse una pregunta: ¿todo esto es ajeno a la lucha de clases, o constituye uno de los capítulos más importantes de la lucha de clases del siglo XIX?


No menos revelador es el silencio, en la lista que estamos examinando, sobre la rebelión de los cipayos indios en 1857, una rebelión que según un historiador indio fue «una gigantesca lucha de clases» y a la vez una gran revolución anticolonial. Esta «guerra patriótica además de guerra civil y de clases» fue al principio una guerra de campesinos contra el dominio colonial y «los grandes príncipes y grandes mercaderes probritánicos», se prolongó mucho más allá de 1857, a veces siguió el modelo, teorizado más tarde por Mao, del campo que cerca la ciudad, y el pueblo indio pagó un precio de más de diez millones de muertos (Misra 2008, pp. 1866, 1874-1875 y 1897). ¿Es la «identidad entre la lucha nacional y la lucha de clases», que según Mao tiende a verificarse en las revoluciones anticoloniales, lo que explica el silencio?


Todavía más radicalmente selectiva, en la lista anterior, es la lectura de las luchas de clases y los movimientos revolucionarios en el siglo XX. De 1917 y la revolución de octubre se salta medio siglo para llegar a 1967-69. ¿Y Stalingrado? Sin duda fue una gran lucha la que se desarrolló en Seattle entre 1918 y 1919, con cien mil obreros huelguistas contra los salarios de hambre, la anulación de las libertades sindicales impuesta por la guerra imperialista y, en definitiva, contra el capitalismo; pero sería muy extraño que no hablásemos de lucha de clases a propósito de la épica resistencia de decenas y decenas de millones de personas, de un pueblo entero que con las armas en la mano rechaza al ejército más poderoso del mundo y su intento de esclavizarlo. ¿Y cómo valorar las insurrecciones contra la ocupación nazi que se sucedieron en varios países europeos, y las revoluciones en el mundo colonial o semicolonial, que se prolongaron después de la derrota nazi e impusieron cambios de una radicalidad sin precedentes en el orden mundial? A juzgar por los silencios del estudioso inglés, cualquiera diría que con la lucha de clases poco o nada tuvieron que ver las guerras de resistencia y liberación nacional, ni las insurrecciones y revoluciones anticoloniales.


El resultado de este enfoque es paradójico. Es como si la lucha de clases interviniese exclusivamente con motivo de sucesos aislados, cuando, bien deslindados, se enfrentan directamente explotados y explotadores, oprimidos y opresores. Es decir, que la teoría de Marx y Engels solo se aplica y se considera digna de aplicación en relación con una microhistoria reducida, la única realmente significativa desde el punto de vista de la emancipación de los explotados y oprimidos, mientras que todo lo demás queda degradado a macrohistoria profana, ajena e indiferente a la historia sagrada de la salvación o de la causa de la emancipación.


En realidad, cuando Marx habla de la historia como historia de la lucha de clases, interpreta en esta clave no solo las huelgas y los conflictos sociales de cada día, sino también y sobre todo las grandes crisis, los grandes vuelcos históricos que se producen ante la mirada de todos: la lucha de clases es una macrohistoria exotérica, no la microhistoria esotérica a la que muchas veces es reducida. Estamos claramente ante un dilema: o es válida la teoría de las «luchas de clases» enunciada por el Manifiesto del partido comunista, y entonces hay que saber leer en esta clave la historia en general, empezando por los acontecimientos decisivos de los siglos XIX y XX, o, si dichos acontecimientos no tienen nada que ver con la lucha de clases, hay que despedirse de esta teoría.


Pasemos ahora a las asombrosas presencias en la lista de los «movimientos revolucionarios» y luchas de clases de carácter revolucionario confeccionada por Harvey. En ella, junto a «Leningrado en 1917», destaca también «Praga en 1989». En otra ocasión el autor escribe: «Durante siglos el principio de igualdad inspiró las luchas políticas y los movimientos revolucionarios, desde la toma de la Bastilla hasta la plaza Tienanmen»; por lo menos a partir de 1789 «el igualitarismo radical» no ha cesado de generar esperanzas, agitaciones, rebeliones y revoluciones (Harvey 201 la, pp. 232-233). ¡Así, directa o indirectamente, en nombre del «igualitarismo radical», se juntan acontecimientos como Petrogrado o «Leningrado en 1917», «Praga en 1989» y la «plaza Tienanmen»! ¿De modo que, en una línea de continuidad con los protagonistas de la revolución de octubre, debemos colocar a Václav Havel y a los dirigentes estudiantiles que se fueron de China para encontrar su nueva patria en Estados Unidos? Todos ellos habrían considerado o considerarían un insulto semejante asimilación. Pero olvidemos eso. ¿Debemos considerar a estas personalidades representantes del «igualitarismo» e incluso del «igualitarismo radical»? Por lo menos en lo que respecta a las relaciones internacionales, son los paladines de la supremacía de Occidente, al que atribuyen el derecho (y a veces el deber) de intervenir militarmente en cualquier rincón del mundo, con independencia de las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. Aunque solo tomáramos en consideración las relaciones sociales dentro de un país, no cabe duda de que Havel y la mayoría de los emigrados de China se reconocen en el neoliberalismo. De haber triunfado, los motines de la plaza Tienanmen probablemente habrían llevado al poder a un Yeltsin chino: ¡es bien difícil imaginar una revolución igualitaria en el gran país asiático justo cuando el Occidente capitalista triunfaba en Europa oriental y América Latina (recordemos la derrota sandinista en Nicaragua), los partidos comunistas de todo el mundo se apresuraban, uno tras otro, a cambiar de nombre y el poder de Estados Unidos y la influencia y el prestigio del Consenso de Washington eran tan indiscutibles e indiscutidos que inspiraban la idea del «fin de la historia»! Se puede creer en todos estos milagros a condición de ser populistas, o sea, a condición de renunciar al análisis laico de las clases y la lucha de clases (en el plano interno e internacional) para sustituirlo por la creencia mitológica en el valor siempre salvífico del «pueblo» y las «masas».


A veces parece como si el marxismo del final del siglo XX y los comienzos del XXI fuera el heredero de la cultura del 68, que agitó su consigna de «¡Prohibido prohibir!» y también trató de llevar a su molino el lema con que Mao desencadenó la Revolución Cultural: «¡Es justo rebelarse!». En realidad, la rebelión «justa» tenía unos límites muy precisos y era inconcebible que cuestionara la revolución que había dado origen a la República Popular China. El propio Mao movilizó al ejército para acabar con una situación que parecía a punto de degenerar en una guerra de todos contra todos y en una anarquía disolvente. Pero eso no le preocupaba mucho a la cultura del 68: desde su punto de vista la lucha de clases progresista o revolucionaria coincidía con la rebelión desde abajo contra cualquier poder constituido, que era en sí mismo sinónimo de opresión.


Si se parte de esta premisa no es difícil juntar la «plaza Tienanmen » con la toma de la Bastilla y los acontecimientos de 1989-1991 en Europa oriental, la «Segunda Restauración» de la que habla Badiou (2006, p. 39), con la revolución de octubre. Entonces deberíamos incluir en la lista de las revoluciones y sublevaciones populares la Vandea y, en el siglo XX, el motín de Kronstadt contra los bolcheviques, así como las endémicas sublevaciones de los campesinos contra el nuevo poder central instalado en Moscú. Es más, si queremos ser coherentes hasta el final, en esta lista tampoco deberían faltar las agitaciones y revueltas que estallaron en los años en que la Unión Soviética tuvo que enfrentarse a la agresión de la Alemania hitleriana. El populismo, al dar un carácter absoluto a la contradicción masa/poder y condenar al poder como tal, es incapaz de trazar una línea de demarcación entre revolución y contrarrevolución.


Quizá sería preferible aprender la lección del viejo Hegel (1956, p. 699; cf. Losurdo 1997a, cap. VII, § 11) quien, con la mirada puesta en las agitaciones sanfedistas y antisemitas de su tiempo, observaba que a veces «la valentía no consiste en atacar a los gobiernos, sino en defenderlos». El rebelde populista que considere a Hegel poco revolucionario siempre podría tener en cuenta la advertencia de Gramsci (1975, pp. 2108-2109 y 326-327) contra las frases de «“rebeldismo”, “subversivismo”, “antiestatismo” primitivo y elemental», expresiones que en última instancia reflejan un «apoliticismo» sustancial.


* En español en el original (N. del T.)



19 julio, 2023

Pobreza en el 'país-guía' de Occidente — Domenico Losurdo

 


Fragmento extraído de LA LUCHA DE CLASES (Una historia política y filosófica) (2013) de Domenico Losurdo.


Veamos lo que sucedía en 1969 en el país-guía de Occidente, dando la palabra a una revista estadounidense de difusión internacional (Selecciones del Reader's Digest), dedicada a la propaganda del American Way óf Life. "Hambre en América" era el título, de por sí elocuente, de un artículo que proseguía así:


En Washington, capital federal, el 70% de los niños ingresados en el hospital pediátrico padecen desnutrición [...]. En Estados Unidos los planes de asistencia alimentaria alcanzan a solo 6 de los 27 millones de indigentes [...]. Un grupo de médicos, después de un viaje de pesquisa por los campos del Misisipí, declaró ante la subcomisión del Senado: «Los niños que hemos visto están perdiendo salud, energía y vivacidad de un modo evidente. Pasan hambre y están enfermos, y estas son las razones directas e indirectas que les llevan a la muerte».


Según Dahrendorf, lo que decidía la posición social de los individuos era sólo, o sobre todo, el mérito escolar; pero la revista estadounidense llamaba la atención sobre una obviedad que no se puede omitir: «Los médicos están convencidos de que la desnutrición incide en el crecimiento y el desarrollo del cerebro» (Rowan, Mazie 1969, pp. 100-102). Y una vez más se impone la pregunta: ¿esta terrible miseria en el país de la opulencia capitalista tenía algo que ver con la lucha de clases?


En los años siguientes, dejando atrás sus fantásticas afirmaciones-previsiones de mediados del siglo XX, Dahrendorf (1988, p. 122) tomaba nota de que en Estados Unidos se producía «un aumento del porcentaje de pobres (a menudo en activo)». La observación más interesante e inquietante se encerraba en un paréntesis de apariencia trivial: ¡ni siquiera el puesto de trabajo evitaba el riesgo de pobreza! La figura del working poor, tan olvidada, volvía a ser de actualidad, y con esta figura asomaba el fantasma de una lucha de clases, que parecía exorcizado de una vez por todas.



13 diciembre, 2022

Industria de la mentira y guerra imperialista — Domenico Losurdo

 

Solía decir Joseph Goebbels que es más fácil que la gente se trague una mentira enorme que una pequeña. Es un principio que la CIA ha venido aplicando durante los últimos años con el invento de masacres falsas que justifican guerras. El filósofo Domenico Losurdo analiza la facilidad sorprendente con que nos dejamos engañar.


RED VOLTAIRE - 13/09/2013


Fotografía verdadera de la falsa masacre de Timisoara (Rumania) [cuya similitud metodológica con los acontecimientos de Bucha es evidente].


En la historia de la industria de la mentira como parte integrante del aparato militaro-industrial del imperialismo, el año 1989 marcó un verdadero viraje. Nicolae Ceaucescu se mantiene en el poder en Rumania. ¿Cómo derrocarlo? Los medios de prensa occidentales comienzan a divulgar masivamente informaciones e imágenes del «genocidio» perpetrado en Timisoara por la policía del propio Ceaucescu.


LOS CADÁVERES MUTILADOS


¿Qué había pasado en realidad? Basándose en el análisis de Guy Debord sobre la «sociedad del espectáculo», un ilustre filósofo italiano, Giorgio Agamben, sintetizó magistralmente este caso:


«Por vez primera en la historia de la humanidad, cadáveres que habían sido enterrados hacía poco tiempo o que se hallaban aún en las mesas de las morgues fueron desenterrados apresuradamente y mutilados para simular ante las cámaras de televisión el genocidio destinado a legitimar un nuevo régimen. Lo que el mundo entero tenía ante sus ojos como la realidad real en las pantallas de televisión, era la absoluta anti-verdad y, aunque la falsificación era a veces evidente, fue de todas maneras autentificada como real por el sistema mediático mundial, para que quedara claro que lo real no era a partir de entonces otra cosa que un momento del movimiento necesario de lo falso. Verdad y falsedad se hacían así imposibles de distinguir una de la otra y el espectáculo se legitimaba solamente mediante el espectáculo.


Timisoara es, en ese sentido, el Auschwitz de la sociedad del espectáculo. Incluso se ha dicho que si después de Auschwitz es imposible escribir y pensar como antes, después de Timisoara ya no será posible mirar una pantalla de televisión de la misma manera.» [1]


El año 1989 es el año en que el paso de la sociedad del espectáculo al espectáculo como técnica de guerra comenzó a manifestarse a escala planetaria.


Varias semanas antes del golpe de Estado, o sea antes de la «revolución de Cinecittà» en Rumania [2], se producía en Praga –el 17 de noviembre de 1989– el triunfo de la «revolución de terciopelo» con una consigna inspirada en Gandhi: «Amor y verdad». En realidad, la difusión de la información falsa según la cual la policía había «matado brutalmente» a un estudiante desempeñaba un importante papel. Eso es lo que nos revela, 20 años más tarde y con satisfacción, «un periodista y líder de la disidencia, Jan Urban», protagonista de aquella manipulación: su «mentira» tuvo en aquel momento el mérito de suscitar la indignación de las masas y el derrumbe del régimen, ya debilitado [3].


Algo similar ocurrió en China. El 8 de abril de 1989, Hu Yaobang, secretario del Partido Comunista Chino (PCCh) hasta el mes de enero de 1987, sufre un infarto en medio de una reunión del Buró Político y muere una semana después. La multitud de la Plaza de Tiananmen vincula su deceso al enconado conflicto político que se había manifestado en el marco de aquella reunión [4]. El fallecido se convierte de cierta forma en víctima del sistema cuyo derrocamiento se desea.


En los 3 casos, el invento del crimen y su denuncia buscan suscitar la ola de indignación necesaria para favorecer el movimiento de protesta. Esa estrategia encuentra éxito en Checoslovaquia y Rumania –países donde el régimen socialista había surgido al calor del avance del Ejército Rojo– pero fracasa en la República Popular China, fruto de una gran revolución nacional y social. Y el fracaso mismo se convierte en punto de partida de una nueva guerra mediática más masiva aún, desencadenada por una superpotencia que no tolera la existencia de rivales reales o potenciales. Esa guerra mediática aún se mantiene en vigor. Pero lo cierto es que el momento que define el viraje histórico es, en primer lugar, Timisoara, «el Auschwitz de la sociedad del espectáculo».


«DAR PUBLICIDAD A LOS BEBÉS» Y AL CORMORÁN


Dos años después, en 1991, se producía la primera guerra del Golfo. Un periodista estadounidense tuvo el coraje de revelar cómo se desarrolló «la victoria del Pentágono sobre los medios», o sea la «colosal derrota de los medios implementada por el gobierno de Estados Unidos» [5].


En 1991, la situación no era nada fácil para el Pentágono –ni para la Casa Blanca. Había que convencer de que la guerra era necesaria a una población que aún conservaba en mente el recuerdo de Vietnam. ¿Qué hacer? Diversos subterfugios van a reducir drásticamente las posibilidades de que los periodistas hablen directamente con los soldados o de que envíen crónicas directamente desde el frente. En la medida de lo posible, todo debe ser sometido a un filtro: la fetidez de la muerte y, sobre todo, la sangre, los sufrimientos y lágrimas de la población civil no deben irrumpir en las casas de los ciudadanos de Estados Unidos –ni de los habitantes del resto del mundo– contrariamente a lo sucedido en tiempos de la guerra de Vietnam.


Pero el problema central y más difícil de resolver es otro: ¿Cómo demonizar el Irak de Sadam Husein, que años antes había ganado méritos –a los ojos de los propios Estados Unidos– al agredir el Irán nacido de la Revolución islámica y antiestadounidense de 1979 y con tendencia al proselitismo en el Medio Oriente? El proceso de demonización no habría sido difícil si la víctima [de Sadam Husein –Kuwait–] hubiese sido [un país] angelical. Pero la operación no iba a ser nada fácil. Y no sólo debido a la implacable represión reinante en Kuwait contra toda forma de oposición. Había cosas mucho peores: los peores trabajos eran para los inmigrantes, víctimas de una «esclavitud de hecho» que tenía por demás visos de sadismo. Los casos de «serbios defenestrados, quemados, cegados o asesinados a golpes» no suscitan la menor emoción [6].


¡Pero se logró! Generosa o fabulosamente pagada, una agencia publicitaria lo resuelve todo… denunciando que los soldados iraquíes les cortan las «orejas» a los kuwaitíes que se resisten. Pero el punto culminante de esta campaña estaba por venir: los invasores habían irrumpido en un hospital «sacando 312 recién nacidos de sus incubadoras y dejándolos morir de frío sobre el suelo del hospital de Kuwait» [7]. Repetida hasta el cansancio por el presidente Bush padre, reafirmada por el Congreso, avalada por la prensa más autorizada e incluso por Amnistía Internacional, esa información tan horrible, y también detallada, no podía dejar de provocar una enorme ola de indignación: Sadam Husein era el nuevo Hitler, hacerle la guerra no sólo era necesario sino además urgente y quienes se oponían o no parecían convencidos tenían que ser considerados como cómplices más o menos conscientes del nuevo Hitler. Por supuesto, esa información era una mentira cuidadosamente fabricada y divulgada. Precisamente por eso la agencia publicitaria se había ganado su dinero.


La reconstrucción de ese caso aparece en un capítulo del libro ya mencionado aquí, con un título apropiado: «Dar publicidad a los recién nacidos» [8]. La verdad es que los recién nacidos no fueron los únicos que recibieron publicidad. Al inicio de las operaciones de guerra se difundió en el mundo entero la foto de un cormorán que se ahogaba en el petróleo proveniente de los pozos que Irak había volado. ¿Verdad o manipulación? ¿Fue Sadam quien provocó la catástrofe ecológica? ¿Hay cormoranes en esa región del mundo y en esa temporada del año? La ola de indignación, autentica y cuidadosamente manipulada, arrasaba con las últimas muestras racionales de resistencia.


FABRICACIÓN DE FALSEDADES, TERRORISMO DE LA INDIGNACIÓN Y DESENCADENAMIENTO DE LA GUERRA


Viajemos en el tiempo hasta la disolución, o más bien el desmembramiento de Yugoslavia. Contra Serbia, que había sido históricamente el protagonista del proceso de unificación de ese país multiétnico, se desencadenaban una tras otra –en los meses anteriores a los verdaderos bombardeos– sucesivas olas de bombardeo mediático. En agosto de 1998, dos periodistas, un estadounidense y un alemán, «reportaban la existencia de fosas comunes con 500 cadáveres de albaneses entre los cuales había 430 niños, en los alrededores de Orahovac, donde se habían producidos intensos combates. Otros diarios occidentales retomaron la noticia y le dieron gran difusión. Pero todo era falso, como demuestra una misión de observación de la Unión Europea». [9]


Pero eso no pone en crisis la fábrica de falsedades. A inicios del año 1999, los medios occidentales comenzaban a hostigar a la opinión pública internacional con fotos de cadáveres amontonados en el fondo de una fosa y a veces decapitados y mutilados. Las explicaciones y artículos que acompañaban aquellas imágenes proclamaban que eran civiles albaneses desarmados masacrados por los serbios. Pero:


«La masacre de Racak es aterradora, con mutilaciones y cabezas cortadas. Una escena ideal para suscitar la indignación de la opinión pública internacional. Pero algo parece extraño en las características de esa matanza. Habitualmente, los serbios matan sin realizar mutilaciones […] Como nos muestra la guerra de Bosnia, las denuncias de barbaries cometidas con los cuerpos, huellas de tortura, decapitaciones, son un arma de propaganda frecuentemente utilizada […] Quizás no sean los serbios sino los guerrilleros albaneses quienes mutilaron los cuerpos.» [10].


O quizás los cadáveres de las víctimas de uno de los innumerables enfrentamientos fueron objeto de un tratamiento ulterior, para dar la impresión de ejecuciones a sangre fría y de un desencadenamiento de furia bestial, atribuido de inmediato al país que la OTAN quería bombardear [11].


El montaje de Racak no era más que el punto culminante de una campaña de desinformación obstinada e implacable. Unos años antes, el bombazo del mercado de Sarajevo había permitido a la OTAN presentarse como la instancia moral suprema, que no podía tolerar que las «atrocidades» serbias quedasen impunes. Hoy en día podemos leer, incluso en el diario italiano Corriere della Sera que «fue una bomba de origen bastante dudoso lo que provocó la masacre de Sarajevo, desencadenando la intervención de la OTAN» [12]. Con ese precedente, Racak nos parece ahora una especie de reedición de Timisoara, reedición que se prolongó por varios años. Sin embargo, incluso antes de ese caso, ya se habían registrado otros éxitos. El ilustre filósofo que había denunciado en 1990 «el Auschwitz de la sociedad del espectáculo» que había tenido lugar en Timisoara, se unía 5 años más tarde al coro dominante criticando de manera maniquea «el súbito deslizamiento de las clases dirigentes ex comunistas hacia el racismo más extremo (como en Serbia, con el programa de “purificación étnica”)» [13]. Después de haber analizado con agudeza la trágica ausencia de diferenciación entre «verdad y falsedad» en el marco de la sociedad del espectáculo, Agamben acababa por confirmarla involuntariamente al acoger expeditivamente la versión (o sea la propaganda de guerra) difundida por el «sistema mediático mundial», que él mismo había designado anteriormente como fuente principal de la manipulación. Después de haber denunciado la reducción de lo «verdadero» a «un momento del necesario movimiento de lo falso», reducción implementada por la sociedad del espectáculo, Agamben se limitaba a conceder una aparencia de profundidad filosófica a ese «verdadero» reducido precisamente a «un momento del necesario movimiento de lo falso».


Por otro lado, un elemento de la guerra contra Yugoslavia nos remite, más que a Timisoara, a la primera guerra del Golfo: el papel de los public relations.


«Milosevic es un hombre esquivo, no le gusta la publicidad, no le gusta mostrarse ni hacer discursos públicos. Parece que en el momento de los primeros anuncios de la descomposición de Yugoslavia, Ruder&Finn, la compañía de relaciones públicas que trabajaba para Kuwait en 1991, fue a verlo para proponerle sus servicios. Y la pusieron de patitas en la calle. En cambio, Ruder&Finn fue contratada por Croacia, por los musulmanes de Bosnia y los albaneses de Kosovo a cambio de 17 millones de euros al año, para proteger y promocionar la imagen de los tres grupos. ¡E hizo un excelente trabajo! James Harf, director de Ruder&Finn Global Public Affairs, afirmaba […] en una entrevista: “Logramos hacer coincidir, en la opinión pública, a serbios y nazis […] Somos profesionales. Tenemos un trabajo que hacer y lo hacemos. No nos pagan por dedicarnos a la moral”» [14].


Veamos ahora la segunda guerra del Golfo. En los primeros días de febrero de 2003, el secretario de Estado estadounidense, Colin Powell, mostraba al Consejo de Seguridad de la ONU las imágenes de los laboratorios móviles de producción de armas químicas y biológicas que supuestamente poseía Irak. Algún tiempo después, el primer ministro británico Tony Blair reforzaba la dosis: Sadam Husein no sólo tenía esas armas sino que ya había elaborado planes para utilizarlas y podía activarlas «en 45 minutos». Y de nuevo venía el espectáculo que, más que el preludio de la guerra, constituía en sí el primer acto de guerra, con la advertencia contra un enemigo que el género humano tenía que liquidar a toda costa.


Pero el arsenal de mentiras usadas o por usar iba mucho más allá. En su empeño por «desacreditar al líder iraquí a los ojos de su propio pueblo», la CIA se proponía «divulgar en Bagdad un documento filmado donde se revelaba que Sadam era gay. El vídeo debía mostrar al dictador iraquí en plena relación sexual con un muchacho. Tenía que dar la impresión de haber sido filmado con una cámara oculta, como si fuera una grabación clandestina». También se estudiaba «la posibilidad de interrumpir las transmisiones de la televisión iraquí con una edición extraordinaria –falsa– del noticiero de televisión en la que se anunciaría que Sadam había dimitido y que todo el poder había pasado a manos de su hijo, el temido y odiado Uday» [15].


El Mal tenía que ser denunciado y estigmatizado mientras que el Bien debía aparecer en todo su esplendor. En diciembre de 1992, los Marines estadounidenses desembarcaban en el litoral de Mogadiscio. Para decirlo con más exactitud, desembarcaban allí 2 veces, pero la repetición de la operación no se debía a dificultades militares ni de logística. Había que demostrarle al mundo que, además e incluso antes de ser una formación militar de élite, los Marines estadounidenses eran una organización benéfica y caritativa que traía esperanza y sonrisas al pueblo somalí víctima de la miseria y el hambre. La repetición del desembarco-espectáculo tenía como objetivo corregir detalles erróneos y defectos. Un periodista que fue testigo del hecho explicaba:


«Todo lo que está pasando en Somalia y lo que va a producirse en las próximas semanas es un show militaro-diplomático […] Realmente, una nueva época en la historia de la política y de la guerra comenzó en aquella extraña noche de Mogadiscio […] La “Operación Esperanza” fue la primera operación militar que no sólo se filmó en vivo para las cámaras de televisión sino que además se pensó, se construyó y se organizó como un show de televisión» [16].


Mogadiscio era la contraparte de Timisoara. Unos años después de haber puesto en escena la representación del Mal (el comunismo que al fin se desplomaba) se montaba la representación del Bien (el Imperio estadounidense que surgía del triunfo obtenido en la guerra fría). Los elementos que conforman la guerra-espectáculo y que determinan su éxito están ahora claros.


NOTAS


[1] Mezzi senza fine. Note sulla politica, por Giorgio Agamben, Bollati Boringhieri, Turín, 1996, p. 67, y citado en Le langage de l’Empire. Lexique de l’idéologie états-unienne, por Domenico Losurdo, Delga, París, 2013, p. 313.

[2] La fine delle democrazie popolari. L’Europa orientale dopo la rivoluzione del 1989, por François Fejto, Mondadori, Milan, 1994, p. 263.

[3] «A rumor that set off the Velvet Revolution», por Dan Bilefsky, in International Herald Tribune del 18 del noviembre de 2009, pp. 1 e 4., citado en Losurdo 2013, p. 313.

[4] La Chine, por Jean-Luc Domenach y Philippe Richer, Seuil, París. 1995, p. 550.

[5] Second Front. Censorship and Propaganda in the Gulf War, por John R. Macarthur, Hill and Wang, Nueva York, 1992, p. 208 et 22.

[6] Macarthur 1992, p. 44-45.

[7] Macarthur 1992, p. 54.

[8] Selling Babies.

[9] «La via verso la guerra», por Roberto Morozzo Della Rocca, in suplemento del n. 1 (Quaderni Speciali) de Limes. Rivista Italiana di Geopolitica, 1999, pp. 11-26.

[10] Morozzo della Rocca, 1999, p. 24, y citado en Losurdo 2013, p. 314.

[11] Racak. De l’utilité des massacres, tomo II, por Fréderic Saillot, L’Harmattan, París, 2010, p. 11-18.

[12] «Le vittime e il potere atroce delle immagini», por Franco Venturini, in Corriere della Sera del 22 de agosto de 2013, pp. 1 et 11.

[13] Agamben 1995, p. 134-35.

[14] «Milosevic visto da vicino», por Jean Toschi Marazzani Visconti, Suplemento del n. 1 (Quaderni Speciali) de Limes. Rivista Italiana di Geopolitica, 1999, pp. 27- 34.

[15] «La Cia girò un video gay per far cadere Saddam», por Enrico Franceschini, en La Repubblica, 28 de mayo de 2010, p. 23.

[16] «Quello sbarco da farsa sotto i riflettori TV», por Vittorio Zucconi, en La Repubblica del 10 de diciembre de 1992.



06 abril, 2022

La industria de la mentira y las guerras imperialistas — Domenico Losurdo

 


Observatorio de la crisis – 06/04/2022

Aportado a este blog por: PRAKTIKA


"Por vez primera en la historia de la humanidad, cadáveres que habían sido enterrados hacía poco tiempo fueron desenterrados apresuradamente y mutilados para simular ante las cámaras de televisión un genocidio".


En la historia de la industria de la mentira como parte integrante del aparato militar-industrial del imperialismo, el año 1989 marcó un verdadero viraje. Nicolae Ceaucescu se mantiene en el poder en Rumania. ¿Cómo derrocarlo? Los medios de prensa occidentales comienzan a divulgar masivamente informaciones e imágenes del «genocidio» perpetrado en Timisoara por la policía del propio Ceaucescu.


LOS CADÁVERES MUTILADOS


¿Qué había pasado en realidad? Basándose en el análisis de Guy Debord sobre la «sociedad del espectáculo», un ilustre filósofo italiano, Giorgio Agamben, sintetizó magistralmente este caso:


«Por vez primera en la historia de la humanidad, cadáveres que habían sido enterrados hacía poco tiempo o que se hallaban aún en las mesas de las morgues fueron desenterrados apresuradamente y mutilados para simular ante las cámaras de televisión el genocidio destinado a legitimar un nuevo régimen. Lo que el mundo entero tenía ante sus ojos como la realidad real en las pantallas de televisión, era la absoluta anti-verdad y, aunque la falsificación era a veces evidente, fue de todas maneras autentificada como real por el sistema mediático mundial, para que quedara claro que lo real no era a partir de entonces otra cosa que un momento del movimiento necesario de lo falso. Verdad y falsedad se hacían así imposibles de distinguir una de la otra y el espectáculo se legitimaba solamente mediante el espectáculo.


Timisoara es, en ese sentido, el Auschwitz de la sociedad del espectáculo. Incluso se ha dicho que si después de Auschwitz es imposible escribir y pensar como antes, después de Timisoara ya no será posible mirar una pantalla de televisión de la misma manera.» [1]


El año 1989 es el año en que el paso de la sociedad del espectáculo al espectáculo como técnica de guerra comenzó a manifestarse a escala planetaria.


Varias semanas antes del golpe de Estado, o sea antes de la «revolución de Cinecittà» en Rumania [2], se producía en Praga –el 17 de noviembre de 1989– el triunfo de la «revolución de terciopelo» con una consigna inspirada en Gandhi: «Amor y verdad». En realidad, la difusión de la información falsa según la cual la policía había «matado brutalmente» a un estudiante desempeñaba un importante papel. Eso es lo que nos revela, 20 años más tarde y con satisfacción, «un periodista y líder de la disidencia, Jan Urban», protagonista de aquella manipulación: su «mentira» tuvo en aquel momento el mérito de suscitar la indignación de las masas y el derrumbe del régimen, ya debilitado [3].


Algo similar ocurrió en China. El 8 de abril de 1989, Hu Yaobang, secretario del Partido Comunista Chino (PCCh) hasta el mes de enero de 1987, sufre un infarto en medio de una reunión del Buró Político y muere una semana después. La multitud de la Plaza de Tiananmen vincula su deceso al enconado conflicto político que se había manifestado en el marco de aquella reunión [4]. El fallecido se convierte de cierta forma en víctima del sistema cuyo derrocamiento se desea.


En los 3 casos, el invento del crimen y su denuncia buscan suscitar la ola de indignación necesaria para favorecer el movimiento de protesta. Esa estrategia encuentra éxito en Checoslovaquia y Rumania –países donde el régimen socialista había surgido al calor del avance del Ejército Rojo– pero fracasa en la República Popular China, fruto de una gran revolución nacional y social. Y el fracaso mismo se convierte en punto de partida de una nueva guerra mediática más masiva aún, desencadenada por una superpotencia que no tolera la existencia de rivales reales o potenciales. Esa guerra mediática aún se mantiene en vigor. Pero lo cierto es que el momento que define el viraje histórico es, en primer lugar, Timisoara, «el Auschwitz de la sociedad del espectáculo».


DAR PUBLICIDAD A LOS BEBÉS Y AL CORMORÁN


Dos años después, en 1991, se producía la primera guerra del Golfo. Un periodista estadounidense tuvo el coraje de revelar cómo se desarrolló «la victoria del Pentágono sobre los medios», o sea la «colosal derrota de los medios implementada por el gobierno de Estados Unidos» [5].


En 1991, la situación no era nada fácil para el Pentágono –ni para la Casa Blanca. Había que convencer de que la guerra era necesaria a una población que aún conservaba en mente el recuerdo de Vietnam. ¿Qué hacer? Diversos subterfugios van a reducir drásticamente las posibilidades de que los periodistas hablen directamente con los soldados o de que envíen crónicas directamente desde el frente. En la medida de lo posible, todo debe ser sometido a un filtro: la fetidez de la muerte y, sobre todo, la sangre, los sufrimientos y lágrimas de la población civil no deben irrumpir en las casas de los ciudadanos de Estados Unidos –ni de los habitantes del resto del mundo– contrariamente a lo sucedido en tiempos de la guerra de Vietnam.


Pero el problema central y más difícil de resolver es otro: ¿Cómo demonizar el Irak de Sadam Husein, que años antes había ganado méritos –a los ojos de los propios Estados Unidos– al agredir el Irán nacido de la Revolución islámica y antiestadounidense de 1979 y con tendencia al proselitismo en el Medio Oriente? El proceso de demonización no habría sido difícil si la víctima [de Sadam Husein –Kuwait–] hubiese sido [un país] angelical. Pero la operación no iba a ser nada fácil. Y no sólo debido a la implacable represión reinante en Kuwait contra toda forma de oposición. Había cosas mucho peores: los peores trabajos eran para los inmigrantes, víctimas de una «esclavitud de hecho» que tenía por demás visos de sadismo. Los casos de «serbios defenestrados, quemados, cegados o asesinados a golpes» no suscitan la menor emoción [6].


¡Pero se logró! Generosa o fabulosamente pagada, una agencia publicitaria lo resuelve todo… denunciando que los soldados iraquíes les cortan las «orejas» a los kuwaitíes que se resisten. Pero el punto culminante de esta campaña estaba por venir: los invasores habían irrumpido en un hospital «sacando 312 recién nacidos de sus incubadoras y dejándolos morir de frío sobre el suelo del hospital de Kuwait» [7].


Repetida hasta el cansancio por el presidente Bush padre, reafirmada por el Congreso, avalada por la prensa más autorizada e incluso por Amnistía Internacional, esa información tan horrible, y también detallada, no podía dejar de provocar una enorme ola de indignación: Sadam Husein era el nuevo Hitler, hacerle la guerra no sólo era necesario sino además urgente y quienes se oponían o no parecían convencidos tenían que ser considerados como cómplices más o menos conscientes del nuevo Hitler. Por supuesto, esa información era una mentira cuidadosamente fabricada y divulgada. Precisamente por eso la agencia publicitaria se había ganado su dinero.


La reconstrucción de ese caso aparece en un capítulo del libro ya mencionado aquí, con un título apropiado: «Dar publicidad a los recién nacidos» [8]. La verdad es que los recién nacidos no fueron los únicos que recibieron publicidad. Al inicio de las operaciones de guerra se difundió en el mundo entero la foto de un cormorán que se ahogaba en el petróleo proveniente de los pozos que Irak había volado. ¿Verdad o manipulación? ¿Fue Sadam quien provocó la catástrofe ecológica? ¿Hay cormoranes en esa región del mundo y en esa temporada del año? La ola de indignación, autentica y cuidadosamente manipulada, arrasaba con las últimas muestras racionales de resistencia.


FABRICACIÓN DE FALSEDADES, TERRORISMO DE LA INDIGNACIÓN Y DESENCADENAMIENTO DE LA GUERRA


Viajemos en el tiempo hasta la disolución, o más bien el desmembramiento de Yugoslavia. Contra Serbia, que había sido históricamente el protagonista del proceso de unificación de ese país multiétnico, se desencadenaban una tras otra –en los meses anteriores a los verdaderos bombardeos– sucesivas olas de bombardeo mediático. En agosto de 1998, dos periodistas, un estadounidense y un alemán, «reportaban la existencia de fosas comunes con 500 cadáveres de albaneses entre los cuales había 430 niños, en los alrededores de Orahovac, donde se habían producidos intensos combates. Otros diarios occidentales retomaron la noticia y le dieron gran difusión. Pero todo era falso, como demuestra una misión de observación de la Unión Europea». [9]


Pero eso no pone en crisis la fábrica de falsedades. A inicios del año 1999, los medios occidentales comenzaban a hostigar a la opinión pública internacional con fotos de cadáveres amontonados en el fondo de una fosa y a veces decapitados y mutilados. Las explicaciones y artículos que acompañaban aquellas imágenes proclamaban que eran civiles albaneses desarmados masacrados por los serbios. Pero:


«La masacre de Racak es aterradora, con mutilaciones y cabezas cortadas. Una escena ideal para suscitar la indignación de la opinión pública internacional. Pero algo parece extraño en las características de esa matanza. Habitualmente, los serbios matan sin realizar mutilaciones […] Como nos muestra la guerra de Bosnia, las denuncias de barbaries cometidas con los cuerpos, huellas de tortura, decapitaciones, son un arma de propaganda frecuentemente utilizada […] Quizás no sean los serbios sino los guerrilleros albaneses quienes mutilaron los cuerpos.» [10].


O quizás los cadáveres de las víctimas de uno de los innumerables enfrentamientos fueron objeto de un tratamiento ulterior, para dar la impresión de ejecuciones a sangre fría y de un desencadenamiento de furia bestial, atribuido de inmediato al país que la OTAN quería bombardear [11].


El montaje de Racak no era más que el punto culminante de una campaña de desinformación obstinada e implacable. Unos años antes, el bombazo del mercado de Sarajevo había permitido a la OTAN presentarse como la instancia moral suprema, que no podía tolerar que las «atrocidades» serbias quedasen impunes. Hoy en día podemos leer, incluso en el diario italiano Corriere della Sera que «fue una bomba de origen bastante dudoso lo que provocó la masacre de Sarajevo, desencadenando la intervención de la OTAN» [12]. Con ese precedente, Racak nos parece ahora una especie de reedición de Timisoara, reedición que se prolongó por varios años.


Sin embargo, incluso antes de ese caso, ya se habían registrado otros éxitos. El ilustre filósofo que había denunciado en 1990 «el Auschwitz de la sociedad del espectáculo» que había tenido lugar en Timisoara, se unía 5 años más tarde al coro dominante criticando de manera maniquea «el súbito deslizamiento de las clases dirigentes ex comunistas hacia el racismo más extremo (como en Serbia, con el programa de “purificación étnica”)» [13].


Después de haber analizado con agudeza la trágica ausencia de diferenciación entre «verdad y falsedad» en el marco de la sociedad del espectáculo, Agamben acababa por confirmarla involuntariamente al acoger expeditivamente la versión (o sea la propaganda de guerra) difundida por el «sistema mediático mundial», que él mismo había designado anteriormente como fuente principal de la manipulación. Después de haber denunciado la reducción de lo «verdadero» a «un momento del necesario movimiento de lo falso», reducción implementada por la sociedad del espectáculo, Agamben se limitaba a conceder una aparencia de profundidad filosófica a ese «verdadero» reducido precisamente a «un momento del necesario movimiento de lo falso».


Por otro lado, un elemento de la guerra contra Yugoslavia nos remite, más que a Timisoara, a la primera guerra del Golfo: el papel de los public relations.


«Milosevic es un hombre esquivo, no le gusta la publicidad, no le gusta mostrarse ni hacer discursos públicos. Parece que en el momento de los primeros anuncios de la descomposición de Yugoslavia, Ruder&Finn, la compañía de relaciones públicas que trabajaba para Kuwait en 1991, fue a verlo para proponerle sus servicios. Y la pusieron de patitas en la calle.


En cambio, Ruder&Finn fue contratada por Croacia, por los musulmanes de Bosnia y los albaneses de Kosovo a cambio de 17 millones de euros al año, para proteger y promocionar la imagen de los tres grupos. ¡E hizo un excelente trabajo! James Harf, director de Ruder&Finn Global Public Affairs, afirmaba […] en una entrevista: “Logramos hacer coincidir, en la opinión pública, a serbios y nazis […] Somos profesionales. Tenemos un trabajo que hacer y lo hacemos. No nos pagan por dedicarnos a la moral”» [14].


Veamos ahora la segunda guerra del Golfo. En los primeros días de febrero de 2003, el secretario de Estado estadounidense, Colin Powell, mostraba al Consejo de Seguridad de la ONU las imágenes de los laboratorios móviles de producción de armas químicas y biológicas que supuestamente poseía Irak.


Algún tiempo después, el primer ministro británico Tony Blair reforzaba la dosis: Sadam Husein no sólo tenía esas armas sino que ya había elaborado planes para utilizarlas y podía activarlas «en 45 minutos». Y de nuevo venía el espectáculo que, más que el preludio de la guerra, constituía en sí el primer acto de guerra, con la advertencia contra un enemigo que el género humano tenía que liquidar a toda costa.


Pero el arsenal de mentiras usadas o por usar iba mucho más allá. En su empeño por «desacreditar al líder iraquí a los ojos de su propio pueblo», la CIA se proponía «divulgar en Bagdad un documento filmado donde se revelaba que Sadam era gay. El video debía mostrar al dictador iraquí en plena relación sexual con un muchacho. Tenía que dar la impresión de haber sido filmado con una cámara oculta, como si fuera una grabación clandestina». También se estudiaba «la posibilidad de interrumpir las transmisiones de la televisión iraquí con una edición extraordinaria –falsa– del noticiero de televisión en la que se anunciaría que Sadam había dimitido y que todo el poder había pasado a manos de su hijo, el temido y odiado Uday» [15].


El Mal tenía que ser denunciado y estigmatizado mientras que el Bien debía aparecer en todo su esplendor. En diciembre de 1992, los Marines estadounidenses desembarcaban en el litoral de Mogadiscio. Para decirlo con más exactitud, desembarcaban allí 2 veces, pero la repetición de la operación no se debía a dificultades militares ni de logística. Había que demostrarle al mundo que, además e incluso antes de ser una formación militar de élite, los Marines estadounidenses eran una organización benéfica y caritativa que traía esperanza y sonrisas al pueblo somalí víctima de la miseria y el hambre. La repetición del desembarco-espectáculo tenía como objetivo corregir detalles erróneos y defectos. Un periodista que fue testigo del hecho explicaba:


«Todo lo que está pasando en Somalia y lo que va a producirse en las próximas semanas es un show militaro-diplomático […] Realmente, una nueva época en la historia de la política y de la guerra comenzó en aquella extraña noche de Mogadiscio […] La “Operación Esperanza” fue la primera operación militar que no sólo se filmó en vivo para las cámaras de televisión sino que además se pensó, se construyó y se organizó como un show de televisión» [16].


Mogadiscio era la contraparte de Timisoara. Unos años después de haber puesto en escena la representación del Mal (el comunismo que al fin se desplomaba) se montaba la representación del Bien (el Imperio estadounidense que surgía del triunfo obtenido en la guerra fría). Los elementos que conforman la guerra-espectáculo y que determinan su éxito están ahora claros.


NOTAS


[1] Mezzi senza fine. Note sulla politica, por Giorgio Agamben, Bollati Boringhieri, Turín, 1996, p. 67, y citado en Le langage de l’Empire. Lexique de l’idéologie états-unienne, por Domenico Losurdo, Delga, París, 2013, p. 313.

[2] La fine delle democrazie popolari. L’Europa orientale dopo la rivoluzione del 1989, por François Fejto, Mondadori, Milan, 1994, p. 263.

[3] «A rumor that set off the Velvet Revolution», por Dan Bilefsky, in International Herald Tribune del 18 del noviembre de 2009, pp. 1 e 4., citado en Losurdo 2013, p. 313.

[4] La Chine, por Jean-Luc Domenach y Philippe Richer, Seuil, París. 1995, p. 550.

[5] Second Front. Censorship and Propaganda in the Gulf War, por John R. Macarthur, Hill and Wang, Nueva York, 1992, p. 208 et 22.

[6] Macarthur 1992, p. 44-45.

[7] Macarthur 1992, p. 54.

[8] Selling Babies.