Solía decir Joseph
Goebbels que es más fácil que la gente se trague una mentira enorme
que una pequeña. Es un principio que la CIA ha venido aplicando
durante los últimos años con el invento de masacres falsas
que justifican guerras. El filósofo Domenico Losurdo analiza la
facilidad sorprendente con que nos dejamos engañar.
RED
VOLTAIRE - 13/09/2013
Fotografía verdadera de
la falsa masacre de Timisoara (Rumania) [cuya similitud metodológica
con los acontecimientos de Bucha es evidente].
En la historia de la
industria de la mentira como parte integrante del aparato
militaro-industrial del imperialismo, el año 1989 marcó un
verdadero viraje. Nicolae Ceaucescu se mantiene en el poder en
Rumania. ¿Cómo derrocarlo? Los medios de prensa occidentales
comienzan a divulgar masivamente informaciones e imágenes del
«genocidio» perpetrado en Timisoara por la policía del
propio Ceaucescu.
LOS CADÁVERES
MUTILADOS
¿Qué había pasado en
realidad? Basándose en el análisis de Guy Debord sobre la «sociedad
del espectáculo», un ilustre filósofo italiano, Giorgio
Agamben, sintetizó magistralmente este caso:
«Por vez primera en la
historia de la humanidad, cadáveres que habían sido enterrados
hacía poco tiempo o que se hallaban aún en las mesas de las morgues
fueron desenterrados apresuradamente y mutilados para simular ante
las cámaras de televisión el genocidio destinado a legitimar un
nuevo régimen. Lo que el mundo entero tenía ante sus ojos como la
realidad real en las pantallas de televisión, era la absoluta
anti-verdad y, aunque la falsificación era a veces evidente, fue de
todas maneras autentificada como real por el sistema mediático
mundial, para que quedara claro que lo real no era a partir de
entonces otra cosa que un momento del movimiento necesario de lo
falso. Verdad y falsedad se hacían así imposibles de distinguir una
de la otra y el espectáculo se legitimaba solamente mediante el
espectáculo.
Timisoara es, en ese
sentido, el Auschwitz de la sociedad del espectáculo. Incluso se ha
dicho que si después de Auschwitz es imposible escribir y pensar
como antes, después de Timisoara ya no será posible mirar una
pantalla de televisión de la misma manera.» [1]
El año 1989 es el año
en que el paso de la sociedad del espectáculo al espectáculo como
técnica de guerra comenzó a manifestarse a escala planetaria.
Varias semanas antes del
golpe de Estado, o sea antes de la «revolución de Cinecittà»
en Rumania [2], se producía en Praga –el 17 de noviembre de 1989–
el triunfo de la «revolución de terciopelo» con una
consigna inspirada en Gandhi: «Amor y verdad». En realidad,
la difusión de la información falsa según la cual la policía
había «matado brutalmente» a un estudiante desempeñaba un
importante papel. Eso es lo que nos revela, 20 años más tarde y con
satisfacción, «un periodista y líder de la disidencia, Jan
Urban», protagonista de aquella manipulación: su «mentira»
tuvo en aquel momento el mérito de suscitar la indignación de las
masas y el derrumbe del régimen, ya debilitado [3].
Algo similar ocurrió en
China. El 8 de abril de 1989, Hu Yaobang, secretario del Partido
Comunista Chino (PCCh) hasta el mes de enero de 1987, sufre un
infarto en medio de una reunión del Buró Político y muere una
semana después. La multitud de la Plaza de Tiananmen vincula su
deceso al enconado conflicto político que se había manifestado en
el marco de aquella reunión [4]. El fallecido se convierte de cierta
forma en víctima del sistema cuyo derrocamiento se desea.
En los 3 casos, el
invento del crimen y su denuncia buscan suscitar la ola de
indignación necesaria para favorecer el movimiento de protesta. Esa
estrategia encuentra éxito en Checoslovaquia y Rumania –países
donde el régimen socialista había surgido al calor del avance del
Ejército Rojo– pero fracasa en la República Popular China, fruto
de una gran revolución nacional y social. Y el fracaso mismo se
convierte en punto de partida de una nueva guerra mediática más
masiva aún, desencadenada por una superpotencia que no tolera la
existencia de rivales reales o potenciales. Esa guerra mediática aún
se mantiene en vigor. Pero lo cierto es que el momento que define el
viraje histórico es, en primer lugar, Timisoara, «el Auschwitz
de la sociedad del espectáculo».
«DAR PUBLICIDAD A LOS
BEBÉS» Y AL CORMORÁN
Dos años después, en
1991, se producía la primera guerra del Golfo. Un periodista
estadounidense tuvo el coraje de revelar cómo se desarrolló «la
victoria del Pentágono sobre los medios», o sea la «colosal
derrota de los medios implementada por el gobierno de Estados Unidos»
[5].
En 1991, la situación no
era nada fácil para el Pentágono –ni para la Casa Blanca. Había
que convencer de que la guerra era necesaria a una población que aún
conservaba en mente el recuerdo de Vietnam. ¿Qué hacer? Diversos
subterfugios van a reducir drásticamente las posibilidades de que
los periodistas hablen directamente con los soldados o de que envíen
crónicas directamente desde el frente. En la medida de lo posible,
todo debe ser sometido a un filtro: la fetidez de la muerte y, sobre
todo, la sangre, los sufrimientos y lágrimas de la población civil
no deben irrumpir en las casas de los ciudadanos de Estados Unidos
–ni de los habitantes del resto del mundo– contrariamente a lo
sucedido en tiempos de la guerra de Vietnam.
Pero el problema central
y más difícil de resolver es otro: ¿Cómo demonizar el Irak de
Sadam Husein, que años antes había ganado méritos –a los ojos de
los propios Estados Unidos– al agredir el Irán nacido de la
Revolución islámica y antiestadounidense de 1979 y con tendencia al
proselitismo en el Medio Oriente? El proceso de demonización no
habría sido difícil si la víctima [de Sadam Husein –Kuwait–]
hubiese sido [un país] angelical. Pero la operación no iba a ser
nada fácil. Y no sólo debido a la implacable represión reinante en
Kuwait contra toda forma de oposición. Había cosas mucho peores:
los peores trabajos eran para los inmigrantes, víctimas de una
«esclavitud de hecho» que tenía por demás visos de
sadismo. Los casos de «serbios defenestrados, quemados, cegados o
asesinados a golpes» no suscitan la menor emoción [6].
¡Pero se logró!
Generosa o fabulosamente pagada, una agencia publicitaria lo resuelve
todo… denunciando que los soldados iraquíes les cortan las
«orejas» a los kuwaitíes que se resisten. Pero el punto culminante
de esta campaña estaba por venir: los invasores habían irrumpido en
un hospital «sacando 312 recién nacidos de sus incubadoras y
dejándolos morir de frío sobre el suelo del hospital de Kuwait»
[7]. Repetida hasta el cansancio por el presidente Bush padre,
reafirmada por el Congreso, avalada por la prensa más autorizada e
incluso por Amnistía Internacional, esa información tan horrible, y
también detallada, no podía dejar de provocar una enorme ola de
indignación: Sadam Husein era el nuevo Hitler, hacerle la guerra no
sólo era necesario sino además urgente y quienes se oponían o no
parecían convencidos tenían que ser considerados como cómplices
más o menos conscientes del nuevo Hitler. Por supuesto, esa
información era una mentira cuidadosamente fabricada y divulgada.
Precisamente por eso la agencia publicitaria se había ganado su
dinero.
La reconstrucción de ese
caso aparece en un capítulo del libro ya mencionado aquí, con un
título apropiado: «Dar publicidad a los recién nacidos»
[8]. La verdad es que los recién nacidos no fueron los únicos que
recibieron publicidad. Al inicio de las operaciones de guerra se
difundió en el mundo entero la foto de un cormorán que se ahogaba
en el petróleo proveniente de los pozos que Irak había volado.
¿Verdad o manipulación? ¿Fue Sadam quien provocó la catástrofe
ecológica? ¿Hay cormoranes en esa región del mundo y en esa
temporada del año? La ola de indignación, autentica y
cuidadosamente manipulada, arrasaba con las últimas muestras
racionales de resistencia.
FABRICACIÓN DE
FALSEDADES, TERRORISMO DE LA INDIGNACIÓN Y DESENCADENAMIENTO DE LA
GUERRA
Viajemos en el tiempo
hasta la disolución, o más bien el desmembramiento de Yugoslavia.
Contra Serbia, que había sido históricamente el protagonista del
proceso de unificación de ese país multiétnico, se desencadenaban
una tras otra –en los meses anteriores a los verdaderos bombardeos–
sucesivas olas de bombardeo mediático. En agosto de 1998, dos
periodistas, un estadounidense y un alemán, «reportaban la
existencia de fosas comunes con 500 cadáveres de albaneses entre los
cuales había 430 niños, en los alrededores de Orahovac, donde se
habían producidos intensos combates. Otros diarios occidentales
retomaron la noticia y le dieron gran difusión. Pero todo era falso,
como demuestra una misión de observación de la Unión Europea».
[9]
Pero eso no pone en
crisis la fábrica de falsedades. A inicios del año 1999, los medios
occidentales comenzaban a hostigar a la opinión pública
internacional con fotos de cadáveres amontonados en el fondo de una
fosa y a veces decapitados y mutilados. Las explicaciones y artículos
que acompañaban aquellas imágenes proclamaban que eran civiles
albaneses desarmados masacrados por los serbios. Pero:
«La masacre de Racak es
aterradora, con mutilaciones y cabezas cortadas. Una escena ideal
para suscitar la indignación de la opinión pública internacional.
Pero algo parece extraño en las características de esa matanza.
Habitualmente, los serbios matan sin realizar mutilaciones […] Como
nos muestra la guerra de Bosnia, las denuncias de barbaries cometidas
con los cuerpos, huellas de tortura, decapitaciones, son un arma de
propaganda frecuentemente utilizada […] Quizás no sean los serbios
sino los guerrilleros albaneses quienes mutilaron los cuerpos.»
[10].
O quizás los cadáveres
de las víctimas de uno de los innumerables enfrentamientos fueron
objeto de un tratamiento ulterior, para dar la impresión de
ejecuciones a sangre fría y de un desencadenamiento de furia
bestial, atribuido de inmediato al país que la OTAN quería
bombardear [11].
El montaje de Racak no
era más que el punto culminante de una campaña de desinformación
obstinada e implacable. Unos años antes, el bombazo del mercado de
Sarajevo había permitido a la OTAN presentarse como la instancia
moral suprema, que no podía tolerar que las «atrocidades» serbias
quedasen impunes. Hoy en día podemos leer, incluso en el diario
italiano Corriere della Sera que «fue una bomba de origen
bastante dudoso lo que provocó la masacre de Sarajevo,
desencadenando la intervención de la OTAN» [12]. Con ese
precedente, Racak nos parece ahora una especie de reedición de
Timisoara, reedición que se prolongó por varios años. Sin embargo,
incluso antes de ese caso, ya se habían registrado otros éxitos. El
ilustre filósofo que había denunciado en 1990 «el Auschwitz de
la sociedad del espectáculo» que había tenido lugar en
Timisoara, se unía 5 años más tarde al coro dominante criticando
de manera maniquea «el súbito deslizamiento de las clases
dirigentes ex comunistas hacia el racismo más extremo (como en
Serbia, con el programa de “purificación étnica”)» [13].
Después de haber analizado con agudeza la trágica ausencia de
diferenciación entre «verdad y falsedad» en el marco de la
sociedad del espectáculo, Agamben acababa por confirmarla
involuntariamente al acoger expeditivamente la versión (o sea la
propaganda de guerra) difundida por el «sistema mediático
mundial», que él mismo había designado anteriormente como
fuente principal de la manipulación. Después de haber denunciado la
reducción de lo «verdadero» a «un momento del necesario
movimiento de lo falso», reducción implementada por la sociedad del
espectáculo, Agamben se limitaba a conceder una aparencia de
profundidad filosófica a ese «verdadero» reducido
precisamente a «un momento del necesario movimiento de lo falso».
Por otro lado, un
elemento de la guerra contra Yugoslavia nos remite, más que a
Timisoara, a la primera guerra del Golfo: el papel de los public
relations.
«Milosevic es un hombre
esquivo, no le gusta la publicidad, no le gusta mostrarse ni hacer
discursos públicos. Parece que en el momento de los primeros
anuncios de la descomposición de Yugoslavia, Ruder&Finn,
la compañía de relaciones públicas que trabajaba para Kuwait en
1991, fue a verlo para proponerle sus servicios. Y la pusieron de
patitas en la calle. En cambio, Ruder&Finn fue contratada
por Croacia, por los musulmanes de Bosnia y los albaneses de Kosovo a
cambio de 17 millones de euros al año, para proteger y promocionar
la imagen de los tres grupos. ¡E hizo un excelente trabajo! James
Harf, director de Ruder&Finn Global Public Affairs,
afirmaba […] en una entrevista: “Logramos hacer coincidir, en
la opinión pública, a serbios y nazis […] Somos profesionales.
Tenemos un trabajo que hacer y lo hacemos. No nos pagan por
dedicarnos a la moral”» [14].
Veamos ahora la segunda
guerra del Golfo. En los primeros días de febrero de 2003, el
secretario de Estado estadounidense, Colin Powell, mostraba al
Consejo de Seguridad de la ONU las imágenes de los laboratorios
móviles de producción de armas químicas y biológicas que
supuestamente poseía Irak. Algún tiempo después, el primer
ministro británico Tony Blair reforzaba la dosis: Sadam Husein no
sólo tenía esas armas sino que ya había elaborado planes para
utilizarlas y podía activarlas «en 45 minutos». Y de nuevo
venía el espectáculo que, más que el preludio de la guerra,
constituía en sí el primer acto de guerra, con la advertencia
contra un enemigo que el género humano tenía que liquidar a toda
costa.
Pero el arsenal de
mentiras usadas o por usar iba mucho más allá. En su empeño por
«desacreditar al líder iraquí a los ojos de su propio pueblo», la
CIA se proponía «divulgar en Bagdad un documento filmado donde
se revelaba que Sadam era gay. El vídeo debía mostrar al dictador
iraquí en plena relación sexual con un muchacho. Tenía que dar la
impresión de haber sido filmado con una cámara oculta, como si
fuera una grabación clandestina». También se estudiaba «la
posibilidad de interrumpir las transmisiones de la televisión iraquí
con una edición extraordinaria –falsa– del noticiero de
televisión en la que se anunciaría que Sadam había dimitido y que
todo el poder había pasado a manos de su hijo, el temido y odiado
Uday» [15].
El Mal tenía que ser
denunciado y estigmatizado mientras que el Bien debía aparecer en
todo su esplendor. En diciembre de 1992, los Marines
estadounidenses desembarcaban en el litoral de Mogadiscio. Para
decirlo con más exactitud, desembarcaban allí 2 veces, pero la
repetición de la operación no se debía a dificultades militares ni
de logística. Había que demostrarle al mundo que, además e incluso
antes de ser una formación militar de élite, los Marines
estadounidenses eran una organización benéfica y caritativa que
traía esperanza y sonrisas al pueblo somalí víctima de la miseria
y el hambre. La repetición del desembarco-espectáculo tenía como
objetivo corregir detalles erróneos y defectos. Un periodista que
fue testigo del hecho explicaba:
«Todo lo que está
pasando en Somalia y lo que va a producirse en las próximas semanas
es un show militaro-diplomático […] Realmente, una nueva época en
la historia de la política y de la guerra comenzó en aquella
extraña noche de Mogadiscio […] La “Operación Esperanza” fue
la primera operación militar que no sólo se filmó en vivo para las
cámaras de televisión sino que además se pensó, se construyó y
se organizó como un show de televisión» [16].
Mogadiscio era la
contraparte de Timisoara. Unos años después de haber puesto en
escena la representación del Mal (el comunismo que al fin se
desplomaba) se montaba la representación del Bien (el Imperio
estadounidense que surgía del triunfo obtenido en la guerra fría).
Los elementos que conforman la guerra-espectáculo y que determinan
su éxito están ahora claros.
NOTAS
[1] Mezzi senza
fine. Note sulla politica, por Giorgio Agamben, Bollati
Boringhieri, Turín, 1996, p. 67, y citado en Le langage de
l’Empire. Lexique de l’idéologie états-unienne, por
Domenico Losurdo, Delga, París, 2013, p. 313.
[2] La fine
delle democrazie popolari. L’Europa orientale dopo la rivoluzione
del 1989, por François Fejto, Mondadori, Milan, 1994, p. 263.
[3] «A rumor
that set off the Velvet Revolution», por Dan Bilefsky, in
International Herald Tribune del 18 del noviembre de 2009, pp.
1 e 4., citado en Losurdo 2013, p. 313.
[4] La Chine,
por Jean-Luc Domenach y Philippe Richer, Seuil, París. 1995, p. 550.
[5] Second
Front. Censorship and Propaganda in the Gulf War, por John R.
Macarthur, Hill and Wang, Nueva York, 1992, p. 208 et 22.
[6] Macarthur
1992, p. 44-45.
[7] Macarthur
1992, p. 54.
[8] Selling
Babies.
[9] «La via
verso la guerra», por Roberto Morozzo Della Rocca, in suplemento
del n. 1 (Quaderni Speciali) de Limes. Rivista Italiana di
Geopolitica, 1999, pp. 11-26.
[10] Morozzo
della Rocca, 1999, p. 24, y citado en Losurdo 2013, p. 314.
[11] Racak. De
l’utilité des massacres, tomo II, por Fréderic Saillot,
L’Harmattan, París, 2010, p. 11-18.
[12] «Le vittime e il
potere atroce delle immagini», por Franco Venturini, in Corriere
della Sera del 22 de agosto de 2013, pp. 1 et 11.
[13] Agamben 1995, p.
134-35.
[14] «Milosevic visto
da vicino», por Jean Toschi Marazzani Visconti, Suplemento del
n. 1 (Quaderni Speciali) de Limes. Rivista Italiana di
Geopolitica, 1999, pp. 27- 34.
[15] «La Cia girò un
video gay per far cadere Saddam», por Enrico Franceschini, en La
Repubblica, 28 de mayo de 2010, p. 23.
[16] «Quello sbarco
da farsa sotto i riflettori TV», por Vittorio Zucconi, en La
Repubblica del 10 de diciembre de 1992.
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