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06 abril, 2022

La industria de la mentira y las guerras imperialistas — Domenico Losurdo

 


Observatorio de la crisis – 06/04/2022

Aportado a este blog por: PRAKTIKA


"Por vez primera en la historia de la humanidad, cadáveres que habían sido enterrados hacía poco tiempo fueron desenterrados apresuradamente y mutilados para simular ante las cámaras de televisión un genocidio".


En la historia de la industria de la mentira como parte integrante del aparato militar-industrial del imperialismo, el año 1989 marcó un verdadero viraje. Nicolae Ceaucescu se mantiene en el poder en Rumania. ¿Cómo derrocarlo? Los medios de prensa occidentales comienzan a divulgar masivamente informaciones e imágenes del «genocidio» perpetrado en Timisoara por la policía del propio Ceaucescu.


LOS CADÁVERES MUTILADOS


¿Qué había pasado en realidad? Basándose en el análisis de Guy Debord sobre la «sociedad del espectáculo», un ilustre filósofo italiano, Giorgio Agamben, sintetizó magistralmente este caso:


«Por vez primera en la historia de la humanidad, cadáveres que habían sido enterrados hacía poco tiempo o que se hallaban aún en las mesas de las morgues fueron desenterrados apresuradamente y mutilados para simular ante las cámaras de televisión el genocidio destinado a legitimar un nuevo régimen. Lo que el mundo entero tenía ante sus ojos como la realidad real en las pantallas de televisión, era la absoluta anti-verdad y, aunque la falsificación era a veces evidente, fue de todas maneras autentificada como real por el sistema mediático mundial, para que quedara claro que lo real no era a partir de entonces otra cosa que un momento del movimiento necesario de lo falso. Verdad y falsedad se hacían así imposibles de distinguir una de la otra y el espectáculo se legitimaba solamente mediante el espectáculo.


Timisoara es, en ese sentido, el Auschwitz de la sociedad del espectáculo. Incluso se ha dicho que si después de Auschwitz es imposible escribir y pensar como antes, después de Timisoara ya no será posible mirar una pantalla de televisión de la misma manera.» [1]


El año 1989 es el año en que el paso de la sociedad del espectáculo al espectáculo como técnica de guerra comenzó a manifestarse a escala planetaria.


Varias semanas antes del golpe de Estado, o sea antes de la «revolución de Cinecittà» en Rumania [2], se producía en Praga –el 17 de noviembre de 1989– el triunfo de la «revolución de terciopelo» con una consigna inspirada en Gandhi: «Amor y verdad». En realidad, la difusión de la información falsa según la cual la policía había «matado brutalmente» a un estudiante desempeñaba un importante papel. Eso es lo que nos revela, 20 años más tarde y con satisfacción, «un periodista y líder de la disidencia, Jan Urban», protagonista de aquella manipulación: su «mentira» tuvo en aquel momento el mérito de suscitar la indignación de las masas y el derrumbe del régimen, ya debilitado [3].


Algo similar ocurrió en China. El 8 de abril de 1989, Hu Yaobang, secretario del Partido Comunista Chino (PCCh) hasta el mes de enero de 1987, sufre un infarto en medio de una reunión del Buró Político y muere una semana después. La multitud de la Plaza de Tiananmen vincula su deceso al enconado conflicto político que se había manifestado en el marco de aquella reunión [4]. El fallecido se convierte de cierta forma en víctima del sistema cuyo derrocamiento se desea.


En los 3 casos, el invento del crimen y su denuncia buscan suscitar la ola de indignación necesaria para favorecer el movimiento de protesta. Esa estrategia encuentra éxito en Checoslovaquia y Rumania –países donde el régimen socialista había surgido al calor del avance del Ejército Rojo– pero fracasa en la República Popular China, fruto de una gran revolución nacional y social. Y el fracaso mismo se convierte en punto de partida de una nueva guerra mediática más masiva aún, desencadenada por una superpotencia que no tolera la existencia de rivales reales o potenciales. Esa guerra mediática aún se mantiene en vigor. Pero lo cierto es que el momento que define el viraje histórico es, en primer lugar, Timisoara, «el Auschwitz de la sociedad del espectáculo».


DAR PUBLICIDAD A LOS BEBÉS Y AL CORMORÁN


Dos años después, en 1991, se producía la primera guerra del Golfo. Un periodista estadounidense tuvo el coraje de revelar cómo se desarrolló «la victoria del Pentágono sobre los medios», o sea la «colosal derrota de los medios implementada por el gobierno de Estados Unidos» [5].


En 1991, la situación no era nada fácil para el Pentágono –ni para la Casa Blanca. Había que convencer de que la guerra era necesaria a una población que aún conservaba en mente el recuerdo de Vietnam. ¿Qué hacer? Diversos subterfugios van a reducir drásticamente las posibilidades de que los periodistas hablen directamente con los soldados o de que envíen crónicas directamente desde el frente. En la medida de lo posible, todo debe ser sometido a un filtro: la fetidez de la muerte y, sobre todo, la sangre, los sufrimientos y lágrimas de la población civil no deben irrumpir en las casas de los ciudadanos de Estados Unidos –ni de los habitantes del resto del mundo– contrariamente a lo sucedido en tiempos de la guerra de Vietnam.


Pero el problema central y más difícil de resolver es otro: ¿Cómo demonizar el Irak de Sadam Husein, que años antes había ganado méritos –a los ojos de los propios Estados Unidos– al agredir el Irán nacido de la Revolución islámica y antiestadounidense de 1979 y con tendencia al proselitismo en el Medio Oriente? El proceso de demonización no habría sido difícil si la víctima [de Sadam Husein –Kuwait–] hubiese sido [un país] angelical. Pero la operación no iba a ser nada fácil. Y no sólo debido a la implacable represión reinante en Kuwait contra toda forma de oposición. Había cosas mucho peores: los peores trabajos eran para los inmigrantes, víctimas de una «esclavitud de hecho» que tenía por demás visos de sadismo. Los casos de «serbios defenestrados, quemados, cegados o asesinados a golpes» no suscitan la menor emoción [6].


¡Pero se logró! Generosa o fabulosamente pagada, una agencia publicitaria lo resuelve todo… denunciando que los soldados iraquíes les cortan las «orejas» a los kuwaitíes que se resisten. Pero el punto culminante de esta campaña estaba por venir: los invasores habían irrumpido en un hospital «sacando 312 recién nacidos de sus incubadoras y dejándolos morir de frío sobre el suelo del hospital de Kuwait» [7].


Repetida hasta el cansancio por el presidente Bush padre, reafirmada por el Congreso, avalada por la prensa más autorizada e incluso por Amnistía Internacional, esa información tan horrible, y también detallada, no podía dejar de provocar una enorme ola de indignación: Sadam Husein era el nuevo Hitler, hacerle la guerra no sólo era necesario sino además urgente y quienes se oponían o no parecían convencidos tenían que ser considerados como cómplices más o menos conscientes del nuevo Hitler. Por supuesto, esa información era una mentira cuidadosamente fabricada y divulgada. Precisamente por eso la agencia publicitaria se había ganado su dinero.


La reconstrucción de ese caso aparece en un capítulo del libro ya mencionado aquí, con un título apropiado: «Dar publicidad a los recién nacidos» [8]. La verdad es que los recién nacidos no fueron los únicos que recibieron publicidad. Al inicio de las operaciones de guerra se difundió en el mundo entero la foto de un cormorán que se ahogaba en el petróleo proveniente de los pozos que Irak había volado. ¿Verdad o manipulación? ¿Fue Sadam quien provocó la catástrofe ecológica? ¿Hay cormoranes en esa región del mundo y en esa temporada del año? La ola de indignación, autentica y cuidadosamente manipulada, arrasaba con las últimas muestras racionales de resistencia.


FABRICACIÓN DE FALSEDADES, TERRORISMO DE LA INDIGNACIÓN Y DESENCADENAMIENTO DE LA GUERRA


Viajemos en el tiempo hasta la disolución, o más bien el desmembramiento de Yugoslavia. Contra Serbia, que había sido históricamente el protagonista del proceso de unificación de ese país multiétnico, se desencadenaban una tras otra –en los meses anteriores a los verdaderos bombardeos– sucesivas olas de bombardeo mediático. En agosto de 1998, dos periodistas, un estadounidense y un alemán, «reportaban la existencia de fosas comunes con 500 cadáveres de albaneses entre los cuales había 430 niños, en los alrededores de Orahovac, donde se habían producidos intensos combates. Otros diarios occidentales retomaron la noticia y le dieron gran difusión. Pero todo era falso, como demuestra una misión de observación de la Unión Europea». [9]


Pero eso no pone en crisis la fábrica de falsedades. A inicios del año 1999, los medios occidentales comenzaban a hostigar a la opinión pública internacional con fotos de cadáveres amontonados en el fondo de una fosa y a veces decapitados y mutilados. Las explicaciones y artículos que acompañaban aquellas imágenes proclamaban que eran civiles albaneses desarmados masacrados por los serbios. Pero:


«La masacre de Racak es aterradora, con mutilaciones y cabezas cortadas. Una escena ideal para suscitar la indignación de la opinión pública internacional. Pero algo parece extraño en las características de esa matanza. Habitualmente, los serbios matan sin realizar mutilaciones […] Como nos muestra la guerra de Bosnia, las denuncias de barbaries cometidas con los cuerpos, huellas de tortura, decapitaciones, son un arma de propaganda frecuentemente utilizada […] Quizás no sean los serbios sino los guerrilleros albaneses quienes mutilaron los cuerpos.» [10].


O quizás los cadáveres de las víctimas de uno de los innumerables enfrentamientos fueron objeto de un tratamiento ulterior, para dar la impresión de ejecuciones a sangre fría y de un desencadenamiento de furia bestial, atribuido de inmediato al país que la OTAN quería bombardear [11].


El montaje de Racak no era más que el punto culminante de una campaña de desinformación obstinada e implacable. Unos años antes, el bombazo del mercado de Sarajevo había permitido a la OTAN presentarse como la instancia moral suprema, que no podía tolerar que las «atrocidades» serbias quedasen impunes. Hoy en día podemos leer, incluso en el diario italiano Corriere della Sera que «fue una bomba de origen bastante dudoso lo que provocó la masacre de Sarajevo, desencadenando la intervención de la OTAN» [12]. Con ese precedente, Racak nos parece ahora una especie de reedición de Timisoara, reedición que se prolongó por varios años.


Sin embargo, incluso antes de ese caso, ya se habían registrado otros éxitos. El ilustre filósofo que había denunciado en 1990 «el Auschwitz de la sociedad del espectáculo» que había tenido lugar en Timisoara, se unía 5 años más tarde al coro dominante criticando de manera maniquea «el súbito deslizamiento de las clases dirigentes ex comunistas hacia el racismo más extremo (como en Serbia, con el programa de “purificación étnica”)» [13].


Después de haber analizado con agudeza la trágica ausencia de diferenciación entre «verdad y falsedad» en el marco de la sociedad del espectáculo, Agamben acababa por confirmarla involuntariamente al acoger expeditivamente la versión (o sea la propaganda de guerra) difundida por el «sistema mediático mundial», que él mismo había designado anteriormente como fuente principal de la manipulación. Después de haber denunciado la reducción de lo «verdadero» a «un momento del necesario movimiento de lo falso», reducción implementada por la sociedad del espectáculo, Agamben se limitaba a conceder una aparencia de profundidad filosófica a ese «verdadero» reducido precisamente a «un momento del necesario movimiento de lo falso».


Por otro lado, un elemento de la guerra contra Yugoslavia nos remite, más que a Timisoara, a la primera guerra del Golfo: el papel de los public relations.


«Milosevic es un hombre esquivo, no le gusta la publicidad, no le gusta mostrarse ni hacer discursos públicos. Parece que en el momento de los primeros anuncios de la descomposición de Yugoslavia, Ruder&Finn, la compañía de relaciones públicas que trabajaba para Kuwait en 1991, fue a verlo para proponerle sus servicios. Y la pusieron de patitas en la calle.


En cambio, Ruder&Finn fue contratada por Croacia, por los musulmanes de Bosnia y los albaneses de Kosovo a cambio de 17 millones de euros al año, para proteger y promocionar la imagen de los tres grupos. ¡E hizo un excelente trabajo! James Harf, director de Ruder&Finn Global Public Affairs, afirmaba […] en una entrevista: “Logramos hacer coincidir, en la opinión pública, a serbios y nazis […] Somos profesionales. Tenemos un trabajo que hacer y lo hacemos. No nos pagan por dedicarnos a la moral”» [14].


Veamos ahora la segunda guerra del Golfo. En los primeros días de febrero de 2003, el secretario de Estado estadounidense, Colin Powell, mostraba al Consejo de Seguridad de la ONU las imágenes de los laboratorios móviles de producción de armas químicas y biológicas que supuestamente poseía Irak.


Algún tiempo después, el primer ministro británico Tony Blair reforzaba la dosis: Sadam Husein no sólo tenía esas armas sino que ya había elaborado planes para utilizarlas y podía activarlas «en 45 minutos». Y de nuevo venía el espectáculo que, más que el preludio de la guerra, constituía en sí el primer acto de guerra, con la advertencia contra un enemigo que el género humano tenía que liquidar a toda costa.


Pero el arsenal de mentiras usadas o por usar iba mucho más allá. En su empeño por «desacreditar al líder iraquí a los ojos de su propio pueblo», la CIA se proponía «divulgar en Bagdad un documento filmado donde se revelaba que Sadam era gay. El video debía mostrar al dictador iraquí en plena relación sexual con un muchacho. Tenía que dar la impresión de haber sido filmado con una cámara oculta, como si fuera una grabación clandestina». También se estudiaba «la posibilidad de interrumpir las transmisiones de la televisión iraquí con una edición extraordinaria –falsa– del noticiero de televisión en la que se anunciaría que Sadam había dimitido y que todo el poder había pasado a manos de su hijo, el temido y odiado Uday» [15].


El Mal tenía que ser denunciado y estigmatizado mientras que el Bien debía aparecer en todo su esplendor. En diciembre de 1992, los Marines estadounidenses desembarcaban en el litoral de Mogadiscio. Para decirlo con más exactitud, desembarcaban allí 2 veces, pero la repetición de la operación no se debía a dificultades militares ni de logística. Había que demostrarle al mundo que, además e incluso antes de ser una formación militar de élite, los Marines estadounidenses eran una organización benéfica y caritativa que traía esperanza y sonrisas al pueblo somalí víctima de la miseria y el hambre. La repetición del desembarco-espectáculo tenía como objetivo corregir detalles erróneos y defectos. Un periodista que fue testigo del hecho explicaba:


«Todo lo que está pasando en Somalia y lo que va a producirse en las próximas semanas es un show militaro-diplomático […] Realmente, una nueva época en la historia de la política y de la guerra comenzó en aquella extraña noche de Mogadiscio […] La “Operación Esperanza” fue la primera operación militar que no sólo se filmó en vivo para las cámaras de televisión sino que además se pensó, se construyó y se organizó como un show de televisión» [16].


Mogadiscio era la contraparte de Timisoara. Unos años después de haber puesto en escena la representación del Mal (el comunismo que al fin se desplomaba) se montaba la representación del Bien (el Imperio estadounidense que surgía del triunfo obtenido en la guerra fría). Los elementos que conforman la guerra-espectáculo y que determinan su éxito están ahora claros.


NOTAS


[1] Mezzi senza fine. Note sulla politica, por Giorgio Agamben, Bollati Boringhieri, Turín, 1996, p. 67, y citado en Le langage de l’Empire. Lexique de l’idéologie états-unienne, por Domenico Losurdo, Delga, París, 2013, p. 313.

[2] La fine delle democrazie popolari. L’Europa orientale dopo la rivoluzione del 1989, por François Fejto, Mondadori, Milan, 1994, p. 263.

[3] «A rumor that set off the Velvet Revolution», por Dan Bilefsky, in International Herald Tribune del 18 del noviembre de 2009, pp. 1 e 4., citado en Losurdo 2013, p. 313.

[4] La Chine, por Jean-Luc Domenach y Philippe Richer, Seuil, París. 1995, p. 550.

[5] Second Front. Censorship and Propaganda in the Gulf War, por John R. Macarthur, Hill and Wang, Nueva York, 1992, p. 208 et 22.

[6] Macarthur 1992, p. 44-45.

[7] Macarthur 1992, p. 54.

[8] Selling Babies.



16 abril, 2021

USA: El criminal patriotismo de la ávida plutocracia

 



Capitulo extraído del libro "Más patriotas que nadie" (2004), de Michael Parenti.


Apoyar a nuestras tropas (recortar sus prestaciones)


Siendo tan superpatriotas como son, los plutócratas equiparan el servicio militar con el verdadero patriotismo. Pero mientras colman de alabanzas a quienes "sirven a su país", ellos mismos raramente se alistan. Los hombres y mujeres que sí lo hacen proceden en su mayoría de familias de clase media y baja. A menudo son jóvenes que tienen problemas para encontrar trabajo o no pueden acceder a la educación superior. Los graduados de Yale, Harvard y Princeton raramente se alistan en los marines. Van a la escuela de leyes, a Wall Street, a los negocios familiares o a su diversión favorita. Corno ejemplos significativos tenemos a los halcones-gallina, denominación que se aplica a los líderes privilegiados que pregonan con virulencia la guerra, pero que se evaden tenazmente del servicio militar.




En lo alto de la lista de los halcones-gallina está el presidente George W. Bush. En su juventud consiguió el ingreso en la Universidad de Yale, más por su familia que por sus calificaciones. Más tarde, intentando evadirse del reclutamiento, fue admitido en la Guardia Nacional Aérea de Texas, a pesar de sus bajos resultados en la prueba de aptitud para piloto. Como él mismo explicó sin ánimo apologético: "No estaba preparado para que una bomba me perforara un tímpano y así obtener una prórroga. Ni tampoco quería ir a Canadá. Así que decidí que lo mejor para mí era aprender a pilotar aviones".[1]


Bush fue aceptado en la Guardia Nacional por encima de cientos de otros solicitantes que esperaban turno para librarse de Vietnam. Su unidad, el 147° Grupo de Combate, era conocido con el mote de "Unidad Champagne" por estar formada por tantos hijos de familias privilegiadas de Texas. Cómo saltó hasta la cabeza de esa lista es toda una historia en sí misma. Un rico hombre de negocios de Houston y viejo amigo de la familia Bush contactó con Ben Barnes, por entonces portavoz de la Casa de Texas, y le pidió que ayudara a George W a entrar en la Guardia Nacional. Sólo cuando se le preguntó bajo juramento, Barnes admitió que había hablado con la Guardia Nacional Aérea de Texas en favor de Bush.[2]


Los informes de nómina de Bush muestran que dejó de cumplir su deber entre mayo de 1972 y mayo de 1973. No se presentó a un examen físico obligatorio para volar en 1972 y por tanto fue suspendido para hacerlo, una acción que debería haber estado sujeta a alguna investigación, pero que no lo estuvo. En febrero de 2004 la Casa Blanca liberó algunos documentos que suponían la prueba de que Bush había destacado por cumplir su deber en 1972 con el 187º Grupo de Combate de Alabama (al cual fue transferido para poder trabajar en una campaña política). Pero los funcionarios de la Casa Blanca no supieron decir qué deber había cumplido (ni tampoco Bush) y nadie del 187º recordaba haber estado con él. Sus jefes dijeron que no apareció en las bases de Texas y Alabama donde había sido asignado durante ese período de 1972-73.[3]


En vez de ser perseguido por desertor, Bush fue recompensado con una licencia con honores ocho meses antes de lo previsto para poder asistir a la Escuela de Negocios de Harvard. Los archivos militares de Bush deberían haber contenido documentos que explicaran por qué se le había permitido marchar antes de que terminara su plazo de alistamiento, pero no se dio ninguna explicación al respecto. Parece que el superpatriota presidencial recibió trato de favor para entrar en la Guardia Nacional y volvió a recibirlo para salir de ella.




Después está el vicepresidente Dick Cheney, que explicó por qué no sirvió en el ejército durante la guerra de Vietnam: "Tenía otras prioridades durante los años 60 antes que el servicio militar". Cheney obtuvo prórrogas como estudiante. Después de graduarse evitó el reclutamiento casándose. Pero en 1964 el gobierno anunció que los hombres casados también serían alistados, a menos que fueran padres. Nueve meses y dos días después de ese anuncio, en un acto de planificación soberbio, los Cheney tenían su primer hijo.


Otros superpatriotas de alto rango de la administración Bush que evitaron el reclutamiento son Karl Rove, Richard Perle, Paul Wolfowitz, John Ashcroft, Elliot Abrams John Bolton, Douglas Feith y Andrew Card, así como los líderes republicanos del Congreso Trent Lott, Dennis Hastert, Dick Armey y Tom DeLay, y no debemos olvidar a los halcones de derechas de los medios como George Hill, William Bristol y Rush Limbaugh.[4] DeLay supuestamente dijo que se hubiera alistado, pero que todos los puestos de reclutamiento de su área estaban copados por negros. Y Limbaugh. el reaccionario rabioso de los medios obtuvo una prórroga médica a causa de su "fistula anal", una dolencia que normalmente responde al tratamiento, pero que demostró ser incurable durante toda la duración de la guerra de Vietnam.




A nadie se le pide haber servido en el ejército para poder desarrollar la política gubernamental. Ciertamente, el principio civil está por encima del militar en nuestra Constitución. Lo que es censurable respecto a los halcones-gallina superpatriotas no es su carencia de experiencia de combate como tal, sino la disparidad hipócrita entre su patriotera defensa de la guerra y su tenaz forma de evitar el reclutamiento. Defienden las guerras con el corazón y la mente, pero no con el cuerpo. Escapan al reclutamiento por medio de prórrogas, informes médicos dudosos e influencias familiares.


Años después de Vietnam, ahora ocupando cargos públicos prominentes, estos mismos halcones-gallina surgen de nuevo pidiendo sangre, esta vez teniendo como objetivo lraq. Una vez más están dispuestos a enviar a los hijos de otras familias al combate, pero no a los suyos. Equiparan el militarismo con el patriotismo y piden sacrificio y devoción a la bandera. Sin embargo, su único sacrificio consiste en llevar una insignia con la bandera de los Estados Unidos en la solapa de su chaqueta.




Si el patriotismo significa apoyar a nuestras tropas, nadie es menos patriota que la plutocracia dirigente. En 2003-2004 cientos de soldados americanos que habían sido heridos en lraq fueron depositados durante meses en lugares como Fort Stewart, Georgia, en unos barracones sucios y abarrotados en espera de tratamiento médico. Tenían que arrastrarse por la arena para usar el cuarto de baño y pagar por su papel higiénico. Sólo después de las protestas del Senado la Casa Blanca dejó de cobrar a los soldados heridos 8,10 dólares diarios por su comida en el hospital.[5]


Muchos malheridos dijeron que habían visto su paga y sus beneficios sanitarios severamente reducidos ahora que ya no podían prestar servicio activo. Más de 200.000 veteranos de guerras anteriores tuvieron que esperar seis meses o más para pasar a la Administración de Veteranos. Miles de ellos habían esperado incluso años para obtener una plaza en los hospitales abarrotados y recibir asistencia a su discapacidad, a menudo siendo incapaces de pagar sus propios gastos de subsistencia en la vida civil.[6] No es sorprendente que una gran proporción de las personas sin hogar sean veteranos de guerras pasadas, algunos con enfermedades mentales y físicas sin tratar.




En febrero de 2002. al mismo tiempo que se estaban enviando miles de soldados a luchar en Afganistán, Bush hijo propuso triplicar el precio de las medicinas a los veteranos necesitados. En 2003 su administración anunció que cortaba el acceso al sistema de atención sanitaria aproximadamente a 164.000 veteranos, reduciendo el fondo militar para ayudas sanitarias y de vivienda en l.500 millones de dólares. También en 2003, mientras colmaba de alabanzas a los hombres y mujeres que hacían el servicio militar, Bush rechazó una petición relativamente modesta del Congreso de 275 millones de dólares para cubrir las necesidades sanitarias de los veteranos. En su presupuesto para 2004 redujo en 2.000 millones los fondos ya insuficientes para los veteranos. La administración Bush incluso ordenó a los funcionarios que dejaran de hacer publicidad sobre los beneficios disponibles para los veteranos. Mientras alababa a la Guardia Nacional y a los reservistas por servir en Iraq, Bush se opuso a permitirles el acceso al sistema sanitario del Pentágono. Su administración también anunció su plan para reducir las primas mensuales de peligrosidad (de 225 a 150 dólares) y las primas por separación de la familia (de 250 a 100) a las tropas estacionadas en las zonas de combate.[7]




Hay otras formas extrañas con las que la plutocracia apoya a nuestras tropas. Con propósitos experimentales el gobierno ha expuesto repetidamente a personal militar a sustancias tóxicas peligrosas. De 1962 a 1973 el Pentágono utilizó agentes químicos y biológicos potencialmente dañinos en cincuenta pruebas secretas en las que estaban envueltos miles de soldados inconscientes del hecho, algo que no se conoció hasta 2002.[8] Además miles de soldados ''conejillos de indias" estuvieron sujetos a pruebas atómicas después de la Segunda Guerra Mundial, decenas de miles fueron expuestos al Agente Naranja durante la Guerra de Vietnam y muchos más contaminados con uranio empobrecido (DU) durante la Guerra del Golfo en 1991. El Pentágono nunca avisó a las tropas sobre el DU y durante años los funcionarios negaron que existiera ese problema. Unos 183.000 veteranos del Golfo padecieron enfermedades y desarreglos, quejándose de dolor de articulaciones, problemas de memoria, náuseas, etc. Casi 10.000 han muerto prematuramente. Muchos miembros de sus familias también han enfermado y un número desproporcionado de hijos de veteranos del Golfo han nacido con defectos de nacimiento.




Las poblaciones de Indochina, Yugoslavia, Iraq, Colombia y otros lugares que han sido expuestos al DU, al Agente Naranja o a otras sustancias tóxicas, han sufrido sus efectos en números superiores a los del personal militar americano, pero esos extranjeros no entran en la ecuación del superpatriotismo, excepto como objetivos indefensos.




Una de las cosas de la guerra que les gusta a los plutócratas es su elevado coste financiero. Cuanto más dinero se gasta de los ciudadanos que pagan impuestos en contratos de guerra, más grandes son los beneficios. Muchos suministros y servicios, incluidos los relativos a la comida y al albergue, que tradicionalmente prestaban los soldados, se han entregado en manos de contratistas privados tales como Kellogg Brown y Root, una subsidiaria de Halliburton. El resultado es que las tropas estadounidenses en Iraq soportaron meses de condiciones pobres de alojamiento, de comida imposible de digerir y de equipamiento de baja calidad. Algunos de los contratistas privados han fallado incluso en presentarse a causa de los peligros que representaba la resistencia armada iraquí.[9]




En 2003, un informe de la Oficina de Presupuestos del Congreso reveló que sólo unos 2.500 millones de dólares de los 4.000 millones de gasto mensual en la Guerra de Iraq podían ser contabilizados por el Pentágono. Mientras tanto el Pentágono eliminó a las compañías francesas, alemanas y rusas para poder competir en los multimillonarios contratos para la reconstrucción de Iraq. Toda esa reconstrucción, así como el negocio de la extracción de petróleo se le dio a Halliburton, Bechtel y otras setenta firmas americanas, generalmente a precios nada competitivos fijados por ellas mismas.[10]




En 2003, la administración Bush impidió a un grupo de veteranos americanos –que habían sido torturados en las prisiones iraquíes durante la Guerra del Golfo de 1991– beneficiarse de una parte de los cientos de millones de dólares en depósitos iraquíes retenidos que un tribunal federal les había adjudicado. Los abogados de la administración argumentaron que esos depósitos tendrían un destino mejor en los contratos de reconstrucción de Iraq. "No hay dinero que realmente pueda recompensar el sufrimiento que padecieron", dijo un portavoz de la Casa Blanca.[11] Y por eso no se les asignó dinero alguno.




Cuando las bajas americanas empezaron a hacerse numerosas en lraq, el presidente Bush se encogió de hombros ante sus afligidas familias. Por primera vez en la historia de los Estados Unidos los americanos muertos fueron traídos a casa en secreto. Bush no asistió a sus funerales militares o actos en su memoria como habían hecho los presidentes previos. El Pentágono notificó a todos los medios de noticias que no se permitiría ninguna cobertura televisiva o fotográfica de los ataúdes volviendo a la base de la fuerza aérea de Dover. El mando militar explicó que eso era para “respetar la privacidad de las familias". Realmente, sin fotografías de los ataúdes envueltos en banderas la gente estaba menos predispuesta a pensar en ellos. Incluso el término "envoltorios de cuerpos" se dejó de usar. Los finos artistas del Pentágono ahora se referían a los plásticos que envolvían los cadáveres de los soldados llamándoles "tubos de transporte".


Así volvemos a la cuestión planteada en el capítulo anterior: ¿Son patriotas nuestros dirigentes plutócratas; Bien, sí, lo son, pero sólo cuando sirve a sus propósitos y cuando a ellos no les cuesta nada. Son patriotas en el sentido hueco y abstracto de la palabra, un patriotismo vacío de contenido, un patriotismo de muestras ostentosas y palabras, palabras, palabras. Puede que amen a su país, pero no a la gente que vive en él, no a los que pagan impuestos, no a los votantes, y ciertamente no a los desgraciados que envían a luchar en sus guerras.




NOTAS


1. Citado en Nation, 14 de noviembre 2011).

2. New York Times. 15 de febrero 201H.

3. Los Angeles Times, 11 de febrero 2il1H; Boston Globe. 10 de febrero 2004; New York Times, 13 de febrero 2004; también sobre los principios de la carrera de Bush, ver Joe Conason, Big Lier (Thomas Dunnd/St. Martin's, 2003). Para una lista completa de los halcones-gallina de la adminiqración Bush, ver www. nhgazette.com/ chickenhawks.html.

4. Tim Harper, "Pentagon Keeps Deael Out of Sight". Toronto Star, de noviembre 2003.

5. Washington Post. 17 de enero 2003; UPI, 17 de octubre 2003; CR'i .\'etus, 18 de enero 2003; CNN Report, 17 de Julio 2003.

6. San Francisco Chronicle, 12 de mayo 2003; Gannett News Service. 23 de octubre 2003; Washington Post, 17 de enero 2003; Army Times, 30 de junio 2003.

7. New York Times, 9 de octubre 2002 y Associated Press, 1 de julio 2003.

8. New York Times Times, 11 de agosto 2003.

9. Associated Press. 19 de septiembre 2003 y NewYork Times, 1 O de diciembre 2003.

10. New York Times, 10 de noviembre 2003.

11. Tim Harper, ''Pentagon Keeps Dcad Out of Sight''. Toronto Star, 5 de noviembre 2003: New York Times, 9 de noviembre 2003.