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14 septiembre, 2022

Cautivos de una plutocracia totalitaria

 



"Raytheon y Lockheed Martin son dos de las principales empresas que suministran armas, municiones y diversos equipos militares al Departamento de Defensa de los Estados Unidos y a sus aliados. Esto, claro está, incluye las armas y municiones que EEUU envía copiosamente a Ucrania, como los lanzamisiles javelin, cuya producción cuesta 178.000 dólares más 78.000 dólares por misil. Para situarnos, Ucrania notifica a los EEUU que necesita 500 javelin por día, lo que supone aproximadamente un total de 128 millones de dólares diarios. De modo que la intervención estadounidense, sea cual sea, beneficia financiera y exponencialmente a Raytheon, a Lockheed Martin... y a sus accionistas.


La Ley Bursátil de 2012 amplió significativamente los requisitos para la divulgación pública de la actividad bursátil, requiriendo que los miembros de la Cámara y el Senado informen públicamente sobre sus actividades comerciales. Una reciente operación de Raytheon refleja la adquisición accionarial por parte del Representante de Florida, John Rutherford y tratos comerciales por parte de la Representante de Tennessee, Diana Harshbarger. La adquisición de acciones de Lockheed Martin por parte de la Representante de Georgia, Marjorie Taylor-Greene y los tratos con dicha empresa por parte de la representante de Florida, Lois Frankel, quien posee acciones en la compañía, se llevaron a cabo durante el último mes.

[...]

Menos de 48 horas después de comprar acciones de Raytheon, Taylor-Greene tuiteó: "La guerra es un gran negocio para nuestros líderes", una fortuita admisión de culpabilidad que refleja mucho más que su propia actuación. La guerra es rentable para quienes invierten en ella, sin importar el costo humano, ya que, al parecer, nada puede interponerse entre los políticos estadounidenses y sus millonarios planes de jubilación".


Owen Silverman, Hablemos de inversiones en el complejo militar-industrial

   Traducción del inglés: Arrezafe



Tal vez sea la absoluta y privilegiada opacidad de instituciones políticas, corporaciones y bancos, la más clara evidencia de lo incontrovertible: no estamos ni de lejos en un régimen democrático, sino cautivos de una plutocracia totalitaria envuelta en estupefacientes eufemismos.




29 mayo, 2022

“Para Estados Unidos sólo existen países satélites y enemigos” — Michael Parenti

 



Cualquier líder que disponga los recursos y la mano de obra de su país para la prosperidad y el autodesarrollo de su pueblo es visto como malvado y hostil hacia Estados Unidos y Occidente. Por eso EEUU ha demonizado siempre a los líderes de dichos países, como Slobodan Milosevic, Muammar Gaddafi, Sadam Husein y Bashar al Assad. Cualquier país que decida su propio camino al margen de EEUU y la plutocracia occidental, se convierte en un obstáculo para el expolio y el dominio de estos. Para Estados Unidos sólo existen países satélites y enemigos.


Es una guerra de clases, muy bien disfrazada bajo engañosos pretextos, como la seguridad, la defensa de la democracia, las guerras humanitarias o la lucha contra el genocidio y el terrorismo.



20 julio, 2021

Ni Cuba es una dictadura, ni EEUU una democracia

 



EEUU NO ES UNA DEMOCRACIA Y NUNCA LO HA SIDO – Fernando M. García Bielsa


I


El título que encabeza este artículo pudiera sorprender a algunos: ¿El país que tanto se vanagloria de ser el bastión de la democracia, la libertad y los derechos humanos y que dicta lecciones a otros países sobre mecanismos electorales, no tiene una verdadera democracia?


Es cierto que en Estados Unidos se han realizado puntualmente elecciones presidenciales cada cuatro años durante dos siglos, desde los días en que los propios “padres fundadores” de la nación expresaban reservas sobre el rol de la democracia y el estorbo que significaba en el país que entonces se diseñaba. Pero, la mera celebración de elecciones ¿es sinónimo de democracia sin importar el alto grado en que estas se ven desnaturalizadas y manipuladas?


Las extendidas confusiones sobre el concepto de democracia y la vaguedad de algunas de sus acepciones no deben confundir a los pueblos. En el caso de Estados Unidos vale la pena reflexionar sobre las bases conceptuales y políticas en que se asienta la retórica acerca de la democracia.


Como se concibió el sistema político de Estados Unidos


La Constitución Estados Unidos fue aprobada en 1787 y esa Carta Magna está todavía vigente. La casi totalidad de los 55 integrantes de la asamblea constituyente eran terratenientes, propietarios de esclavos o de manufacturas, y especuladores de tierras. En un país que entonces era bastante inestable, la principal preocupación fue establecer un gobierno fuerte para preservar los bienes públicos y servir a las crecientes necesidades de los propietarios y las clases pudientes y, a su vez, mantenerse firme ante las demandas igualitaristas de las que consideraban “clases bajas”.


En palabras de James Madison –cuarto Presidente de la Unión (1809-1817), y uno de los principales arquitectos en el diseño de la nueva república–, "la democracia es la forma más vil de gobierno. Las democracias siempre han sido espectáculos de turbulencias y disputas incompatibles con la seguridad personal y los derechos de propiedad". A las mayorías desposeídas, decía, no se les debe permitir concertarse o hacer causa común contra el orden social establecido. Por otra parte agregaba que se requería "al mismo tiempo preservar el espíritu y la formas de un gobierno popular".


Mucho después, hacia el final de su larga vida, Thomas Jefferson, quien precediera durante ocho años a Madison en la Presidencia, concluía:

"La democracia no es nada más que el dominio por el populacho y la turba, donde el 51% de las personas pueden arrebatar los derechos del otro 49%".


Otro prestigioso fundador de la nación, Alexander Hamilton decía:

"Todas las comunidades se dividen entre los pocos y las mayorías. Los primeros son los ricos y bien nacidos; los otros la masa del pueblo. El común de la gente es turbulenta y cambiante; ellos pocas veces dan muestra de juicio o de determinaciones correctas".


Lo cierto es que quienes fundaron la unión de los trece estados originales no veían la democracia como objeto de veneración, sino como un peligro que se debería evitar.


No obstante la adopción y existencia misma de la Constitución representaba entonces un avance respecto a otras formas más autocráticas de gobierno en esa época. Explícitamente repudiaba la monarquía y la autocracia. También fue positivo el hecho de que se establecieran límites de tiempo al ejercicio de la Presidencia y de otros cargos.


La respetada historiadora estadounidense Ellen Meiksins Wood, profesora de ciencias políticas de la Universidad de York (Toronto, CANADA) aseguraba que para los Federalistas –quienes diseñaron el sistema político estadounidense–, "la representación no era un modo de establecer, sino de evitar, o al menos evitar parcialmente, la democracia". Por su parte Robert Dahl, uno de los más destacados politólogos estadounidenses contemporáneos, descarnadamente destacó que la elección indirecta mediante el ‘Colegio Electoral’ es una manera de evitar que el presidente sea elegido por una mayoría popular.


Es importante no perder de vista que los fundadores de Estados Unidos insertaron en las prácticas políticas que desarrollaron "precauciones auxiliares" diseñadas para fragmentar el poder sin democratizarlo. De ahí la separación entre las funciones ejecutiva, legislativa y judicial, las elecciones escalonadas, los vetos del ejecutivo y la legislatura bilateral con lo cual esperaban diluir el impacto de los sentimientos e intereses populares. A la vez se estableció un proceso muy difícil para introducir enmiendas a la Constitución [requerimientos de mayorías de dos tercios para aprobarla en ambas cámaras, y ratificación por tres cuartas partes de los estados]


El principio de la mayoría fue fuertemente atenazado mediante un sistema de vetos de la minoría, y de un laberinto de comités del Congreso que echan a un lado o diluyen las iniciativas legislativas y hacen menos probable acciones populares de un mayor alcance.


¿Gobierno del pueblo o de la plutocracia capitalista?


Como cuestión esencial, no se debe considerar la democracia como limitada al ejercicio electoral, el cual, por otra parte, no atañe ni tiene capacidad de alterar esas precauciones constitucionales y sistémicas sustantivas, así como operacionales que insertaron los constituyentes y que acabamos de mencionar.


Cierto es que Abraham Lincoln definió la democracia como "gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo", pero en la práctica de ese país, en ningún ámbito del sistema político eso se concreta, a la vez que el valor de las elecciones resulta relativo y queda crecientemente en entredicho.


Con la leyenda sobre la excepcionalidad de la nación estadounidense, supuestamente predestinada por la Providencia para liderar al mundo, no transcurrió mucho tiempo para que también comenzaran a montar el mito según el cual su sistema político era expresión suprema de modelo de gobierno democrático y libre por excelencia.


¿En Estados Unidos hay un gobierno del pueblo y por verdaderos representantes del pueblo? ¿Se gobierna allá para el pueblo?


Según Noam Chomsky, muchos y muy serios estudios académicos acerca de la relación entre las actitudes de la gente y las políticas públicas demuestran que "para la formulación de éstas importa bien poco lo que la población piensa". El 70% de las personas de más bajos ingresos en alto grado "están carentes de capacidad de ser tomados en cuenta. Sus actitudes no tienen influjo sobre las políticas y posiciones de sus propios representantes". La influencia aumenta según la escala de ingresos. Por tanto, cuando usted llega a lo más alto, a "una fracción del 1%”, la política se conforma y se manifiesta de tal modo que realmente ha devenido en “un tipo de plutocracia con formas democráticas".


Un bien fundamentado estudio, por ejemplo, es el desarrollado por los reconocidos científicos Martin Gilens (Princeton University) y Benjamin Page (Northwestern University). De acuerdo con sus conclusiones "los ciudadanos ordinarios virtualmente carecen de ascendiente alguno sobre lo que hace el gobierno de Estados Unidos". Luego de examinar datos relacionados con más de 1,800 iniciativas políticas de finales del siglo XX y principios del XXI, Gilens y Page llegaron a la conclusión de que las élites adineradas y bien conectadas "siempre salen mejor paradas respecto a la clase media en la toma de decisiones políticas" y consistentemente dirigen el rumbo del país al margen de, y en contra de los deseos de la mayoría, y sin importar cuál de los dos principales partidos (el Demócrata o el Republicano) tenga el control de la Casa Blanca o del Congreso.


En una entrevista para un medio local estadounidense ambos estudiosos afirman que "si la democracia significa la respuesta del gobierno a lo que quieren las mayorías de ciudadanos, presentamos pruebas contundentes según las cuales en los últimos años, Estados Unidos no ha sido muy democrático en absoluto".


Hay muchas razones para legítimamente preguntarnos hasta qué punto lo que hay en Estados Unidos es realmente una democracia, y no una oligarquía, o sea, un sistema fundado en el gobierno de los ricos, en el cual los grandes grupos económicos y financieros y el dinero hacen la gran diferencia respecto a la elección de los integrantes de los órganos legislativos y la conformación del ejecutivo y de las estructuras judiciales. Lo cierto es que son esos grupos los que tienen el control y los medios para predeterminar el espíritu y la letra de las leyes, así como el curso de las políticas de gobierno.


Hasta qué punto la ciudadanía y muchos analistas políticos al describir como democrática esa sociedad no están condicionados por décadas de propaganda y de reiterada sobrevaloración por los propios voceros y gobernantes de Estados Unidos quienes, desde sus posiciones de preeminencia global, dan por sentado que ese país es el modelo de democracia por excelencia.


Tal consideración está crecientemente en entredicho, aunque aún es aceptada por muchos académicos, políticos y profesionales de la prensa, e incluso observadores extranjeros. Y ello pese a que se critiquen y se condenen los asesinatos y la brutalidad policíaca, el racismo, la parcialidad de su sistema judicial, los abusos en la frontera con México, el aparataje dirigido a limitar y destruir las organizaciones sindicales, el alto costo de las campañas electorales, etcétera.


Veamos, sin embargo, lo que señala el Premio Nobel de Economía, Paul Krugman. Según él "la extrema concentración del ingreso existente es incompatible con una democracia real… ¿Puede alguien denegar que nuestro sistema político está siendo pervertido por la influencia de las grandes fortunas y que esa distorsión se hace más aguda cuando la riqueza de unos pocos aumenta cada vez más?". Estamos amenazados de convertirnos en una democracia solo de nombre, agregó.


El impacto del quehacer gubernamental sobre la sociedad


El sistema capitalista y plutocrático genera condiciones en las cuales de manera natural se conforma un Estado subsidiario y son conducentes a conceder prerrogativas a la banca y las gerencias corporativas para la búsqueda y obtención de altas tasas de ganancias favorables, beneficios fiscales y otros. También se les propicia la reducción de los costos de la mano de obra y facilidades para colocar en el exterior sus inversiones y puestos de trabajo en busca del mejor postor, mientras que los ciudadanos y los trabajadores no tienen papel alguno ni capacidad para impedirlo.


En tales condiciones es muy común que los trabajadores que pretendan democráticamente levantar la voz por sus derechos, se vean casi imposibilitados para lograrlo por el chantaje de los patronos, respaldados por los medios de prensa predominantes y los tribunales parcializados y predispuestos contra los sindicatos. Todo en el marco de leyes anti obreras emitidas en legislaturas “democráticamente electas” bajo control del duopolio bipartidista oligárquico.


En fin es el gobierno de una sociedad capitalista desarrollada y con grandes recursos, pero que ha generado una notable y creciente desigualdad social y bolsones de pobreza junto con el enriquecimiento mayúsculo del 1% de su población. Un gobierno de la élite; un gobierno de los ricos, por los ricos y para beneficiar a los ricos.


En su artículo La verdad sobre los Estados Unidos de 1894 en el periódico Patria, José Martí calificó a ese país como una "república autoritaria y codiciosa" donde, "en vez de robustecerse la democracia y salvarse del odio y miseria de las monarquías, se corrompe y aminora la democracia, y renacen amenazantes el odio y la miseria".


Es como una premonición de lo que ocurre ahora, 127 años después.


Analizar el sistema político de Estados Unidos requiere abordarlo en su dualidad, en sus fachadas y en sus trasfondos.


Por una parte está el sistema político formal, en buena medida simbólico, el cual se describe en los libros y se enseña en las escuelas; lo relacionado con los tres poderes que supuestamente se equilibran, su carácter federal; la periodicidad de los procesos electorales; los conflictos y las promesas que se emiten en las campañas; la concurrencia a las urnas; las personalidades y las posturas políticas, el papel o desempeño de este o aquel hombre de Estado, del alcalde o de quienes actúan como representantes en la legislatura, etcétera.


Por otro lado está el sistema político en su parte sustantiva, donde se manifiesta el verdadero ejercicio del poder: los contratos y privilegios que otorga el gobierno a las corporaciones por decenas de millones de dólares, las exenciones de impuestos, las compensaciones, subsidios y dispensas de todo tipo, las prebendas en las entregas en arriendo y para la explotación privada de tierras, subsuelos y otras recursos públicos. También la corruptela en los pasillos del Congreso y en conjunto el vasto proceso para la conformación y asignación de fondos del presupuesto; al de redactar leyes y regulaciones o pasarlas por alto en favor de los poderosos, y mucho más. De estos intríngulis y lados oscuros del sistema y de su parte sustantiva, apenas se habla o se rinden cuentas.


Sin dudas, las políticas que se aplican reflejan los intereses y reclamos de los grupos de intereses empresariales y del establishment de poder. Para ello, a la par con un “lógico” acomodo y rejuego de intereses, se desarrolla una continua cooperación entre las élites empresariales y gubernamentales, y un reciclaje de los políticos y funcionarios de gobierno hacia las juntas directivas de las grandes corporaciones y viceversa. En esos ámbitos el quehacer de gobierno se mantiene como una esfera que excluye la voluntad popular.


A influencia de los sectores corporativos más poderosos se manifiesta a lo largo de todo el sistema de instituciones de gobierno y predominan ampliamente durante las maniobras y decisiones gubernamentales, o bien se producen acuerdos mutuamente satisfactorios, muchas veces a expensas del interés público en la forma de precios o impuestos más altos, desregulaciones ambientales y otras, mientras que las demandas de los desposeídos, si acaso, son escuchadas ocasionalmente.


Incluso la gestión de política exterior y lo más grueso y sustantivo de la política económica, se desarrolla y debate de espaldas al pueblo, salvo la manipulación para agitar o promover temores acerca de supuestos enemigos de la nación o para justificar intervenciones militares en otros países y los gastos armamentistas que benefician a buena parte de la elite económica.


El claro predominio plutocrático bipartidista


Casi todas las instituciones del país, junto con sus inmensos recursos materiales, están bajo control plutocrático, dirigidas por grupos de personas que representan corporaciones acaudaladas, quienes se auto perpetúan y no rinden cuenta sino a sí mismas. Las mayores entidades del mundo empresarial están entrelazadas y a menudo cuentan con directorios intercambiables con las instancias de gobierno que diseñan y administran el quehacer político.


El aparato legislativo, tanto federal como en los 50 estados, es totalmente bipartidista, compuesto casi por completo por abogados de bufetes corporativos, no pocos ex ejecutivos de empresas y millonarios (tal como ocurre también con los principales decisores de política en la rama ejecutiva). Por consiguiente, las leyes dejan de ser "expresión de la voluntad general" de la que hablaba el filósofo de la Ilustración Jean Jacques Rousseau. En Washington las leyes son escritas principalmente para promover los intereses de los poseedores de la riqueza y, en general, es usual que a muchas se las haga cumplir de manera discriminatoria.


Existe un claro predominio de la banca, las grandes corporaciones y el establishment militar. La cooptación de quienes son electos por la ciudadanía es cada vez más férrea y evidente. Los políticos, en su mayor parte, sobrellevan y se acomodan a las injusticias obligados por sus vínculos y su dependencia respecto a los grupos económicos capitalistas y a posteriori, retórica aparte, mayormente dan la espalda a los pobres y a los trabajadores.


Por su parte, el poder judicial es anticuado, a menudo absurdo. Generalmente los tribunales han estado del lado de las minorías privilegiadas y de los propietarios de las corporaciones. En buena parte del sistema judicial a todos los niveles, ha imperado un claro predominio de juristas de derecha y de centroderecha, generalmente anglo-sajones procedentes de las clases altas y de importantes bufetes donde antes han servido a grandes empresas,


Infaliblemente a través de su historia la generalidad de los integrantes de la Corte Suprema ha desconocido y anulado el sentir de las mayorías y se han colocado de parte de los poderosos, los privilegiados y los acaudalados.


Sin embargo, el sistema no puede cumplir su rol de proteger a las clases ricas privilegiadas y legitimar las relaciones sociales de explotación existentes a menos que mantenga su propia legitimidad a los ojos de la población.


Mantener ciertas vestiduras y adornos democráticos tales como un sistema de partidos que ofrecen opciones limitadas, unas elecciones enfocadas en asuntos tangenciales y de poca importancia relativa, unos marcos de disentimiento tibios y circunscritos, impedidos de convertirse en una seria oposición organizada, un marco de actividad sindical mayormente domesticado, una diversidad de medios de difusión monopólicos con apariencia de diversidad pero que se adhieren a las reglas de juego del sistema y que con profesionalismo lo defienden.


La clase dominante ha venido logrando muchos de sus fines detrás de una fachada democrática y haciendo pasar sus intereses como los “intereses de la nación”.




I I


En la primera parte de este trabajo hemos dejado claro que no limitamos la calificación de democrático a un sistema por el mero hecho de efectuar elecciones cada cierto número de años. No obstante, revisemos ahora algunos rasgos del poco democrático sistema electoral estadounidense.


Al margen de cuál de los dos partidos del sistema [el Demócrata y el Republicano] se encuentre en el gobierno, la historia demuestra que el poder real se mantiene en manos de la oligarquía y los centros de poder económico-financieros que dominan todo el sistema de instituciones, y las claves para marcar el curso del país por sobre los intereses de las mayorías.


La soberanía real está en el poder político-financiero que controla al Estado, no en el pueblo. Ciertamente no se puede afirmar la existencia de soberanía y el empoderamiento popular. Se sustituye su sustancia democrática con instrumentos formales, y se pretende decir que el pueblo, por el hecho de participar en elecciones se constituye la máxima autoridad de la sociedad.


La realidad muestra, no solo en Estados Unidos, que la representación del supuesto “mandato” popular es falseado, escamoteado y denegado a la hora de ejercer gobierno y de conformar las leyes y la gestión administrativa. La retórica en ese país imperial según la cual la soberanía pertenece al pueblo es uno de los principales argumentos propagandísticos para legitimar lo que realmente es una democracia meramente formal, o una pseudodemocracia.


Ni en sus comienzos, ni ahora, el sistema electoral y de gobierno en Estados Unidos ha sido democrático. En los albores de la república solo tenían derecho al voto los hombres blancos con cierto nivel de propiedades y quedaban excluidos los desposeídos, las mujeres, los indios nativos y los esclavos.


Casi siglo y medio después, en 1920 las mujeres obtuvieron derecho al sufragio. Con el gran movimiento pro derechos civiles, en 1965 se aprobó la Ley de Derecho al Voto que otorgó de manera formal ese derecho para los negros, pero que permanece bajo constantes ataques para reducir su aplicación. A los indios nativos solo les concedieron la ciudadanía hace 90 años, pero aún no se les propician adecuadas condiciones para votar


Hoy el padrón electoral se ha ampliado, aunque ahora los colegios de votación son más escasos y alejados en las barriadas pobres y de la minorías discriminadas, donde también son mayores los obstáculos para inscribirse a votar y se descalifican por miles las listas de votantes.


Después de 200 años, muchas restricciones legales han sido removidas, pero otras, junto un sinnúmero de barreras administrativas y discriminatorias, permanecen en pie.


Luego tenemos la cuestión del alto costo de las campañas electorales, para trasladarse en ese gran país, contratar personal y lograr visibilidad resulta un gran obstáculo, pues requiere de grandes y crecientes recursos, que solo los pueden obtener quienes operan dentro de esos dos partidos oligárquicos. Un candidato a la Presidencia de Estados Unidos necesitará por lo menos 200 millones de dólares para iniciar su camino hacia la Casa Blanca. Un alto porcentaje de la financiación de tales partidos viene de un puñado de millonarios. El peso de las corporaciones capitalistas y de la plutocracia aumentó aún más cuando en 2010 la Corte Suprema eliminó los límites para que las mismas y sus fundaciones sin fines de lucro financien las campañas electorales.


La política estadounidense está a disposición del mejor postor. En 2015 un análisis del 'New York Times' puso de manifiesto que 158 familias habían donado $176 millones de dólares a los candidatos. Es decir: el 0,00014% de las familias de ese país habían puesto el 45,3% de todas las aportaciones recibidas por los candidatos a la Presidencia.


El 4 de agosto de 2015, durante un programa nacional de radio de amplia audiencia, el ex presidente Jimmy Carter fue interrogado acerca de las decisiones de la Corte Suprema que permiten financiamiento ilimitado de las campañas electorales. Carter respondió:

Se viola la esencia de lo que ha hecho grande al país. Ahora [EE.UU.] es solo una oligarquía con capacidad ilimitada de soborno, lo cual es la esencia para obtener las nominaciones para presidente o para ser electo. Y la misma cosa se aplica para las gobernaciones, los senadores y los miembros de la Cámara. De modo que nosotros estamos viendo una completa subversión de nuestro sistema político como una retribución a los grandes contribuyentes [de dineros para las campañas], quienes quieren y esperan y, algunas veces, obtienen favores después de las elecciones.”


Dada la extensión del país y el carácter federal de su ordenamiento, como Estado resulta natural la conformación de sus órganos legislativos y otros en base a la elección de políticos a los cuales la ciudadanía les delega su representación. Pero el sistema político de Estados Unidos incluye 50 gobiernos estatales y 90.000 gobiernos locales. Más de medio millón de personas en Estados Unidos ocupa un cargo de elección popular. Las prácticas pretendidamente democráticas son imperfectas y están manipuladas, pero son extensas y difíciles de deshacer. Ante tal realidad cobra importancia cuan equilibrada sea la capacidad de todos los ciudadanos para promover y escoger a quienes serían sus representantes, así como para participar en el escrutinio en igualdad de condiciones y, luego, para que los representantes electos les rindan cuenta. Pero no ocurre así.


Si consideramos un mínimo de impronta de la ciudadanía en la toma de decisiones y el rumbo del país, las carencias y distorsiones del sistema son evidentes y notables. En todo caso el proceso electoral cumple la función de legitimar el orden social existente; provee a un sistema plutocrático una fachada democrática. En él se canaliza y limitan las expresiones políticas, se atemperan las reivindicaciones sociales y de clases, y se logra que durante las largas y repetidas campañas la atención se concentre más en el proceso mismo y menos en las cuestiones sustantivas que están en juego.


El mercantilismo impregna las campañas electorales


No es el juego democrático sino el dinero el que mueve los hilos del poder en Washington. Un entramado de mecanismos y privilegios reducen la lid electoral a solo dos contendientes: los partidos Demócrata y Republicano. El electorado no tiene más de donde escoger. Ambos se turnan en el gobierno y ello ha sido una base fundamental para mantener el control de la política nacional desde 1852. Ambas entidades han sido un elemento esencial para la repartición de las cuotas de poder entre los sectores dominantes y marco para la solución negociada, expresa o sobrentendida, de los conflictos o contradicciones de intereses entre dichos grupos.


Por otra parte la participación electoral es escasa. Salvo en las pasadas elecciones de 2020, cuando la polarización generada por la personalidad del entonces Presidente Trump aumentó la votación, desde hace décadas y repetidamente casi la mitad del electorado se había abstenido de votar ante la repetida ausencia de reales alternativas políticas, mientras que una parte de quienes concurren a las urnas lo hacen solo inducidos a “votar por el menos malo” de entre los candidatos que se le ofrecen.


No pocos critican el mercantilismo que impregna toda la campaña electoral, en la cual se aplican técnicas de ‘marketing’ que muchas veces aseguran el éxito. Quienes aspiran solo avanzan después de lograr credenciales (y el respaldo financiero) con los círculos del poder, a partir de lo cual se trata de ‘vender’ un producto (el candidato). Los votantes son tratados como consumidores.


Investigadores y agencias de expertos recopilan y utilizan un volumen masivo de datos que procesan con velocidad vertiginosa, mediante técnicas de última generación y la inteligencia algorítmica para determinar los deseos y temores de las personas a fin de manipular los sentimientos de este o aquel sector de población o región del país. En base a ello se articulan diferenciadamente los discursos y las promesas, los embustes e insinuaciones acerca del contrario.


Como se evidencia en cada ciclo electoral, las grandes cadenas de medios de difusión se lucran con cientos de millones de dólares en anuncios de campaña que le son pagados, y mediante la manipulación de las esperanzas y los miedos, prácticamente predeterminan quien es elegible o no, con notable influencia en los votantes.


Queda al arbitrio de las legislaturas en los 50 estados y de las artimañas partidistas en las estructuras de poder locales la determinación interesada y calculada según sus conveniencias de la reconfiguración de los distritos electorales. Todo el proceso desde la base garantiza la preeminencia de las élites a pesar de su inferioridad numérica.


También existen numerosas trabas y regulaciones para garantizar el predominio y la exclusividad bipartidista. Se ha construido un laberinto de leyes discriminatorias y onerosas para la inscripción de candidatos alternativos en las boletas, y para impedir de hecho la formación o las posibilidades de lo que ha dado en llamar ´un tercer partido’. En determinadas coyunturas, estos candidatos y las posturas alternativas han gozado de amplio respaldo pero el sistema se encarga de hacer aparecer sus candidaturas como un mero desperdicio del voto para un electorado que, finalmente, es conducido a votar por ‘el mal menor’ entre el candidato demócrata o el republicano.


Las entidades que pretenden presentar opciones y propuestas de política diferentes por lo general han tenido corta vida, aunque en ocasiones propician ciertos efectos puntuales sobre la línea de los dos grandes partidos. Todos fallaron debido a las poderosas maquinarias de estos y su entrelazamiento con los grandes negocios, así como por los hábitos políticos y la ideología de las masas y dada la parcialidad de los medios de difusión cuya cobertura, a los candidatos o partidos que concurren al margen del bipartidismo, es nula y mucha gente se mantiene ignorante de su existencia.


Entre las prácticas legales e ilegales que se aplican para marginar a los partidos y candidatos ajenos al sistema, resaltan los artificios al diseñar interesadamente el contorno de los distritos electorales; la emisión de leyes y decretos para dificultar la inscripción de tales agrupaciones o campañas alternativas, exigencia de números excesivos de firmas para ello; acciones y decisiones sesgadas o torcidas por parte de funcionarios y juntas electorales (que en cada uno de los estados del país están controladas bien por los demócratas, bien por los republicanos). También reglas que posibilitan mayor acceso a fondos federales a los dos grandes partidos y otras, y se han aplicado atropellos y hasta ilegalidades como marginación por los medios de difusión, exclusión para participar en los debates televisados, campañas difamatorias y hasta el sabotaje y la violencia. Incluso, la forma misma como se formulan las encuestas de opinión socava la capacidad de los terceros partidos para participar en la justa.


Por lo demás, las reglas de la política electoral son poco claras, cambiantes, muy manipuladas y extremadamente restrictivas, incluso comparándolas con otros países capitalistas. El ganador en cada estado se lleva todos los votos, lo cual descarta la representación proporcional al voto popular. A ello se suma que en la mayor parte del país el proceso electoral adolece de una falta casi total de vías para verificar los datos de la votación.


La elección del ejecutivo mediante el Colegio Electoral va más allá de formalizar legalmente los resultados de la votación presidencial. Su existencia influye considerablemente en importantes aspectos del proceso electoral y contribuye a que el resultado no refleje la voluntad popular o al menos la distorsione.


Mediante el cómputo por separado del ganador en cada uno de los cincuenta estados, esa institución convierte la votación nacional en un cuerpo de 538 electores que determina de manera indirecta el ganador de la presidencia y que, entre otras distorsiones ha dado en ocasiones como resultado la elección como Presidente del candidato con menos votos ciudadanos.



Palabras finales


A lo largo de la historia, Estados Unidos ha pretendido mostrar su sistema político como un referente global. Gracias a una intensa y sostenida campaña propagandística aparece como la tierra de la libertad y la democracia.


Los hechos muestran otra realidad. Desde el exterminio de los pueblos originarios y los linchamientos y represión de la población negra, el quehacer de gobierno se ha dirigido a aumentar el enriquecimiento de una encumbrada minoría de empresarios y potentados, en detrimento de la mayoría ciudadana.


Con el boom económico de post guerra, los niveles de vida aumentaron y se redujeron las desigualdades. Pero con el inicio de la declinación del país a partir de las décadas de 1970 y 1980, las fracturas sociales saltan a la vista y los rasgos oligárquicos y manipuladores del sistema político estadounidense se se han hecho más evidentes, lo que ha sido demostrado por la práctica, por los análisis científicos y en múltiples reportajes en los más serios medios de prensa.


No es posible definir el sistema político estadunidense como una democracia, salvo que el concepto quede restringido a su mínima expresión. Estados Unidos no se rige por lo que decida en cada momento la mayoría, sino sólo por las leyes conformadas mediante maquinaciones de los grupos de poder capitalistas, el peso del complejo militar industrial y bajo la influencia decisiva de las élite financiera.


Esa democracia contrahecha y manipulada no es representativa del espectro ciudadano. De hecho, representa a las minorías privilegiadas, la cuales se alternan en nichos de poder relativo y se ocupan de crear día a día la fachada que hace pasar sus intereses por los del conjunto de la población.


Bibliografía básica

Howard Zinn: A People´s History of the United States, Harper Perennial, Nueva York 1990.

Michael Parenti: Democracy for the Few, St. Martin’s Press, Nueva York, 1988.

José Martí: La verdad sobre los Estados Unidos, periódico Patria, Nueva York 1894 (en Obras Completas, T 10, Editorial Nacional de Cuba, La Habana, 1963


Fuente: PUNTO FINAL




16 abril, 2021

USA: El criminal patriotismo de la ávida plutocracia

 



Capitulo extraído del libro "Más patriotas que nadie" (2004), de Michael Parenti.


Apoyar a nuestras tropas (recortar sus prestaciones)


Siendo tan superpatriotas como son, los plutócratas equiparan el servicio militar con el verdadero patriotismo. Pero mientras colman de alabanzas a quienes "sirven a su país", ellos mismos raramente se alistan. Los hombres y mujeres que sí lo hacen proceden en su mayoría de familias de clase media y baja. A menudo son jóvenes que tienen problemas para encontrar trabajo o no pueden acceder a la educación superior. Los graduados de Yale, Harvard y Princeton raramente se alistan en los marines. Van a la escuela de leyes, a Wall Street, a los negocios familiares o a su diversión favorita. Corno ejemplos significativos tenemos a los halcones-gallina, denominación que se aplica a los líderes privilegiados que pregonan con virulencia la guerra, pero que se evaden tenazmente del servicio militar.




En lo alto de la lista de los halcones-gallina está el presidente George W. Bush. En su juventud consiguió el ingreso en la Universidad de Yale, más por su familia que por sus calificaciones. Más tarde, intentando evadirse del reclutamiento, fue admitido en la Guardia Nacional Aérea de Texas, a pesar de sus bajos resultados en la prueba de aptitud para piloto. Como él mismo explicó sin ánimo apologético: "No estaba preparado para que una bomba me perforara un tímpano y así obtener una prórroga. Ni tampoco quería ir a Canadá. Así que decidí que lo mejor para mí era aprender a pilotar aviones".[1]


Bush fue aceptado en la Guardia Nacional por encima de cientos de otros solicitantes que esperaban turno para librarse de Vietnam. Su unidad, el 147° Grupo de Combate, era conocido con el mote de "Unidad Champagne" por estar formada por tantos hijos de familias privilegiadas de Texas. Cómo saltó hasta la cabeza de esa lista es toda una historia en sí misma. Un rico hombre de negocios de Houston y viejo amigo de la familia Bush contactó con Ben Barnes, por entonces portavoz de la Casa de Texas, y le pidió que ayudara a George W a entrar en la Guardia Nacional. Sólo cuando se le preguntó bajo juramento, Barnes admitió que había hablado con la Guardia Nacional Aérea de Texas en favor de Bush.[2]


Los informes de nómina de Bush muestran que dejó de cumplir su deber entre mayo de 1972 y mayo de 1973. No se presentó a un examen físico obligatorio para volar en 1972 y por tanto fue suspendido para hacerlo, una acción que debería haber estado sujeta a alguna investigación, pero que no lo estuvo. En febrero de 2004 la Casa Blanca liberó algunos documentos que suponían la prueba de que Bush había destacado por cumplir su deber en 1972 con el 187º Grupo de Combate de Alabama (al cual fue transferido para poder trabajar en una campaña política). Pero los funcionarios de la Casa Blanca no supieron decir qué deber había cumplido (ni tampoco Bush) y nadie del 187º recordaba haber estado con él. Sus jefes dijeron que no apareció en las bases de Texas y Alabama donde había sido asignado durante ese período de 1972-73.[3]


En vez de ser perseguido por desertor, Bush fue recompensado con una licencia con honores ocho meses antes de lo previsto para poder asistir a la Escuela de Negocios de Harvard. Los archivos militares de Bush deberían haber contenido documentos que explicaran por qué se le había permitido marchar antes de que terminara su plazo de alistamiento, pero no se dio ninguna explicación al respecto. Parece que el superpatriota presidencial recibió trato de favor para entrar en la Guardia Nacional y volvió a recibirlo para salir de ella.




Después está el vicepresidente Dick Cheney, que explicó por qué no sirvió en el ejército durante la guerra de Vietnam: "Tenía otras prioridades durante los años 60 antes que el servicio militar". Cheney obtuvo prórrogas como estudiante. Después de graduarse evitó el reclutamiento casándose. Pero en 1964 el gobierno anunció que los hombres casados también serían alistados, a menos que fueran padres. Nueve meses y dos días después de ese anuncio, en un acto de planificación soberbio, los Cheney tenían su primer hijo.


Otros superpatriotas de alto rango de la administración Bush que evitaron el reclutamiento son Karl Rove, Richard Perle, Paul Wolfowitz, John Ashcroft, Elliot Abrams John Bolton, Douglas Feith y Andrew Card, así como los líderes republicanos del Congreso Trent Lott, Dennis Hastert, Dick Armey y Tom DeLay, y no debemos olvidar a los halcones de derechas de los medios como George Hill, William Bristol y Rush Limbaugh.[4] DeLay supuestamente dijo que se hubiera alistado, pero que todos los puestos de reclutamiento de su área estaban copados por negros. Y Limbaugh. el reaccionario rabioso de los medios obtuvo una prórroga médica a causa de su "fistula anal", una dolencia que normalmente responde al tratamiento, pero que demostró ser incurable durante toda la duración de la guerra de Vietnam.




A nadie se le pide haber servido en el ejército para poder desarrollar la política gubernamental. Ciertamente, el principio civil está por encima del militar en nuestra Constitución. Lo que es censurable respecto a los halcones-gallina superpatriotas no es su carencia de experiencia de combate como tal, sino la disparidad hipócrita entre su patriotera defensa de la guerra y su tenaz forma de evitar el reclutamiento. Defienden las guerras con el corazón y la mente, pero no con el cuerpo. Escapan al reclutamiento por medio de prórrogas, informes médicos dudosos e influencias familiares.


Años después de Vietnam, ahora ocupando cargos públicos prominentes, estos mismos halcones-gallina surgen de nuevo pidiendo sangre, esta vez teniendo como objetivo lraq. Una vez más están dispuestos a enviar a los hijos de otras familias al combate, pero no a los suyos. Equiparan el militarismo con el patriotismo y piden sacrificio y devoción a la bandera. Sin embargo, su único sacrificio consiste en llevar una insignia con la bandera de los Estados Unidos en la solapa de su chaqueta.




Si el patriotismo significa apoyar a nuestras tropas, nadie es menos patriota que la plutocracia dirigente. En 2003-2004 cientos de soldados americanos que habían sido heridos en lraq fueron depositados durante meses en lugares como Fort Stewart, Georgia, en unos barracones sucios y abarrotados en espera de tratamiento médico. Tenían que arrastrarse por la arena para usar el cuarto de baño y pagar por su papel higiénico. Sólo después de las protestas del Senado la Casa Blanca dejó de cobrar a los soldados heridos 8,10 dólares diarios por su comida en el hospital.[5]


Muchos malheridos dijeron que habían visto su paga y sus beneficios sanitarios severamente reducidos ahora que ya no podían prestar servicio activo. Más de 200.000 veteranos de guerras anteriores tuvieron que esperar seis meses o más para pasar a la Administración de Veteranos. Miles de ellos habían esperado incluso años para obtener una plaza en los hospitales abarrotados y recibir asistencia a su discapacidad, a menudo siendo incapaces de pagar sus propios gastos de subsistencia en la vida civil.[6] No es sorprendente que una gran proporción de las personas sin hogar sean veteranos de guerras pasadas, algunos con enfermedades mentales y físicas sin tratar.




En febrero de 2002. al mismo tiempo que se estaban enviando miles de soldados a luchar en Afganistán, Bush hijo propuso triplicar el precio de las medicinas a los veteranos necesitados. En 2003 su administración anunció que cortaba el acceso al sistema de atención sanitaria aproximadamente a 164.000 veteranos, reduciendo el fondo militar para ayudas sanitarias y de vivienda en l.500 millones de dólares. También en 2003, mientras colmaba de alabanzas a los hombres y mujeres que hacían el servicio militar, Bush rechazó una petición relativamente modesta del Congreso de 275 millones de dólares para cubrir las necesidades sanitarias de los veteranos. En su presupuesto para 2004 redujo en 2.000 millones los fondos ya insuficientes para los veteranos. La administración Bush incluso ordenó a los funcionarios que dejaran de hacer publicidad sobre los beneficios disponibles para los veteranos. Mientras alababa a la Guardia Nacional y a los reservistas por servir en Iraq, Bush se opuso a permitirles el acceso al sistema sanitario del Pentágono. Su administración también anunció su plan para reducir las primas mensuales de peligrosidad (de 225 a 150 dólares) y las primas por separación de la familia (de 250 a 100) a las tropas estacionadas en las zonas de combate.[7]




Hay otras formas extrañas con las que la plutocracia apoya a nuestras tropas. Con propósitos experimentales el gobierno ha expuesto repetidamente a personal militar a sustancias tóxicas peligrosas. De 1962 a 1973 el Pentágono utilizó agentes químicos y biológicos potencialmente dañinos en cincuenta pruebas secretas en las que estaban envueltos miles de soldados inconscientes del hecho, algo que no se conoció hasta 2002.[8] Además miles de soldados ''conejillos de indias" estuvieron sujetos a pruebas atómicas después de la Segunda Guerra Mundial, decenas de miles fueron expuestos al Agente Naranja durante la Guerra de Vietnam y muchos más contaminados con uranio empobrecido (DU) durante la Guerra del Golfo en 1991. El Pentágono nunca avisó a las tropas sobre el DU y durante años los funcionarios negaron que existiera ese problema. Unos 183.000 veteranos del Golfo padecieron enfermedades y desarreglos, quejándose de dolor de articulaciones, problemas de memoria, náuseas, etc. Casi 10.000 han muerto prematuramente. Muchos miembros de sus familias también han enfermado y un número desproporcionado de hijos de veteranos del Golfo han nacido con defectos de nacimiento.




Las poblaciones de Indochina, Yugoslavia, Iraq, Colombia y otros lugares que han sido expuestos al DU, al Agente Naranja o a otras sustancias tóxicas, han sufrido sus efectos en números superiores a los del personal militar americano, pero esos extranjeros no entran en la ecuación del superpatriotismo, excepto como objetivos indefensos.




Una de las cosas de la guerra que les gusta a los plutócratas es su elevado coste financiero. Cuanto más dinero se gasta de los ciudadanos que pagan impuestos en contratos de guerra, más grandes son los beneficios. Muchos suministros y servicios, incluidos los relativos a la comida y al albergue, que tradicionalmente prestaban los soldados, se han entregado en manos de contratistas privados tales como Kellogg Brown y Root, una subsidiaria de Halliburton. El resultado es que las tropas estadounidenses en Iraq soportaron meses de condiciones pobres de alojamiento, de comida imposible de digerir y de equipamiento de baja calidad. Algunos de los contratistas privados han fallado incluso en presentarse a causa de los peligros que representaba la resistencia armada iraquí.[9]




En 2003, un informe de la Oficina de Presupuestos del Congreso reveló que sólo unos 2.500 millones de dólares de los 4.000 millones de gasto mensual en la Guerra de Iraq podían ser contabilizados por el Pentágono. Mientras tanto el Pentágono eliminó a las compañías francesas, alemanas y rusas para poder competir en los multimillonarios contratos para la reconstrucción de Iraq. Toda esa reconstrucción, así como el negocio de la extracción de petróleo se le dio a Halliburton, Bechtel y otras setenta firmas americanas, generalmente a precios nada competitivos fijados por ellas mismas.[10]




En 2003, la administración Bush impidió a un grupo de veteranos americanos –que habían sido torturados en las prisiones iraquíes durante la Guerra del Golfo de 1991– beneficiarse de una parte de los cientos de millones de dólares en depósitos iraquíes retenidos que un tribunal federal les había adjudicado. Los abogados de la administración argumentaron que esos depósitos tendrían un destino mejor en los contratos de reconstrucción de Iraq. "No hay dinero que realmente pueda recompensar el sufrimiento que padecieron", dijo un portavoz de la Casa Blanca.[11] Y por eso no se les asignó dinero alguno.




Cuando las bajas americanas empezaron a hacerse numerosas en lraq, el presidente Bush se encogió de hombros ante sus afligidas familias. Por primera vez en la historia de los Estados Unidos los americanos muertos fueron traídos a casa en secreto. Bush no asistió a sus funerales militares o actos en su memoria como habían hecho los presidentes previos. El Pentágono notificó a todos los medios de noticias que no se permitiría ninguna cobertura televisiva o fotográfica de los ataúdes volviendo a la base de la fuerza aérea de Dover. El mando militar explicó que eso era para “respetar la privacidad de las familias". Realmente, sin fotografías de los ataúdes envueltos en banderas la gente estaba menos predispuesta a pensar en ellos. Incluso el término "envoltorios de cuerpos" se dejó de usar. Los finos artistas del Pentágono ahora se referían a los plásticos que envolvían los cadáveres de los soldados llamándoles "tubos de transporte".


Así volvemos a la cuestión planteada en el capítulo anterior: ¿Son patriotas nuestros dirigentes plutócratas; Bien, sí, lo son, pero sólo cuando sirve a sus propósitos y cuando a ellos no les cuesta nada. Son patriotas en el sentido hueco y abstracto de la palabra, un patriotismo vacío de contenido, un patriotismo de muestras ostentosas y palabras, palabras, palabras. Puede que amen a su país, pero no a la gente que vive en él, no a los que pagan impuestos, no a los votantes, y ciertamente no a los desgraciados que envían a luchar en sus guerras.




NOTAS


1. Citado en Nation, 14 de noviembre 2011).

2. New York Times. 15 de febrero 201H.

3. Los Angeles Times, 11 de febrero 2il1H; Boston Globe. 10 de febrero 2004; New York Times, 13 de febrero 2004; también sobre los principios de la carrera de Bush, ver Joe Conason, Big Lier (Thomas Dunnd/St. Martin's, 2003). Para una lista completa de los halcones-gallina de la adminiqración Bush, ver www. nhgazette.com/ chickenhawks.html.

4. Tim Harper, "Pentagon Keeps Deael Out of Sight". Toronto Star, de noviembre 2003.

5. Washington Post. 17 de enero 2003; UPI, 17 de octubre 2003; CR'i .\'etus, 18 de enero 2003; CNN Report, 17 de Julio 2003.

6. San Francisco Chronicle, 12 de mayo 2003; Gannett News Service. 23 de octubre 2003; Washington Post, 17 de enero 2003; Army Times, 30 de junio 2003.

7. New York Times, 9 de octubre 2002 y Associated Press, 1 de julio 2003.

8. New York Times Times, 11 de agosto 2003.

9. Associated Press. 19 de septiembre 2003 y NewYork Times, 1 O de diciembre 2003.

10. New York Times, 10 de noviembre 2003.

11. Tim Harper, ''Pentagon Keeps Dcad Out of Sight''. Toronto Star, 5 de noviembre 2003: New York Times, 9 de noviembre 2003.