Observatorio
de la crisis – 25/08/2021
Cada siete u ocho años,
el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático
(IPCC, por sus siglas en inglés) publica un informe en el que repasa
el conocimiento científico disponible acerca del cambio climático.
Esta semana, en medio de un verano boreal extremadamente caliente y
de una serie de inundaciones devastadoras, la institución publicó
el Sexto Informe de Evaluación.
El texto indica que
estamos en un punto de inflexión en la historia del cambio
climático. Mientras políticos, empresas y activistas no logran dar
pie con bola y se enredan en discusiones interminables, los
científicos cortan en seco toda esa mierda con un cuadro objetivo de
la situación que nos muestra dónde estamos y qué podemos hacer.
¿Qué hay de nuevo,
viejo?
Entonces, ¿qué
información nueva y útil para la lucha contra el cambio climático
nos brinda el último informe del IPCC? En términos generales, hay
que confesar que no mucha. Las emisiones siguen aumentando y el
planeta sigue calentándose. Descarbonizar la economía sigue siendo
una tarea urgente.
Los títulos del Sexto
Informe de Evaluación tienden a centrarse en el tan mentado objetivo
de evitar que la temperatura mundial promedio aumente más de 1,5°C.
Este objetivo fue la piedra de toque del Acuerdo de París y todos
los expertos en clima sostienen que es el límite a partir del cual
el calentamiento puede volverse peligroso. Pero en realidad, se trata
de un juicio aproximado: recién alcanzamos niveles de calentamiento
de 1,1°C o 1,2°C y difícilmente pueda decirse que las actuales condiciones
climáticas son seguras.
En cualquier caso, la
comunidad internacional organizó sus pretensiones colectivas en torno
a la meta de 1,5°C. Uno de los titulares más impactantes surgidos
del informe del IPCC es el que afirma que, todos los escenarios
contemplados indican que alcanzaremos ese límite en 2040. Sin embargo, si no
comenzamos a disminuir las emisiones, ese punto llegará mucho antes
(probablemente en una década).
Cuando alcancemos el
límite de 1,5°C, el nivel de los mares crecerá entre dos y tres
metros. Los episodios de calor extremo se volverán mucho más
frecuentes. La humedad asociada a las grandes precipitaciones
aumentará un 10% y las probabilidades de lluvia se multiplicarán
por 1,5. ¿Cuándo sucederá todo esto?
Si se busca una porción de
optimismo en el informe del IPCC, la encontramos en la afirmación de que, si logramos reducir las emisiones de carbono a
cero en 2050, es muy probable que estabilicemos las temperaturas
globales en el límite de 1,5°C. Dejando de lado la certeza de que
un escenario optimista no es el más probable, la mala noticia es
que, aun en ese caso, las condiciones climáticas se habrán vuelto
mucho más peligrosas. La probabilidad de un escenario en el que las
emisiones aumenten sugiere que la temperatura subirá 1,9°C en 2040
(es decir, a mis 46 años), 3°C en 2060 (probablemente todavía no
me haya jubilado) y 5,7°C en 2100 (momento en que, si sobrevivo al
calor extremo, tendré 104 años).
Aunque no sea nada nuevo,
estas cifras indican la situación que afrontará mi generación en
caso de que no logre cambiar el curso de la situación. António
Guterres, secretario general de las Naciones Unidas, respondió al
informe y apuntó contra la industria de los combustibles fósiles:
«Este informe debería ser leído como un imperativo de poner fin al
carbón y a los combustibles fósiles antes de que destruyan nuestro
planeta».
De repente, la idea se
convirtió en una verdad evidente para cuantos se preocupan por
el cambio climático. Pero su enunciación no es suficiente. A menos
de tres meses de la retrasada conferencia COP26, que las Naciones
Unidas celebrarán en Glasgow, ¿cabe esperar algo mejor? Las últimas
dos grandes conferencias no tuvieron ningún resultado y el Acuerdo
de París solo sirvió para comprometer formalmente a algunos países
a reducir las emisiones a un ritmo que, en caso de respetarse,
llevaría el promedio del calentamiento a los 2,9°C. Glasgow nos
conduce directo al fracaso.

El último informe es tan
tajante y alarmante como los otros, pero no nos brinda ningún motivo
para creer que los procedimientos internacionales vigentes y los
gobiernos de turno estén preparados para coordinar la transformación
económica que necesitamos urgentemente. John Kerry, enviado especial
de Estados Unidos a cargo de la cuestión climática, manifiesta que
Glasgow debe ser un “punto de inflexión en esta crisis”. No es
la primera vez que escuchamos esa frase. El único punto de inflexión
en el que podemos creer hoy está lejos de la economía política
capitalista que generó y profundizó esta crisis. Necesitamos una
nueva economía basada en la igualdad, la justicia y la prosperidad.
Lo serio es culpar al
capitalismo, no a la «humanidad»
El conocimiento
científico detrás del Sexto Informe de Evaluación es indiscutible,
y sus consecuencias lógicas nos fuerzan a cuestionar la pertinencia
de nuestro sistema económico y político actual. Sin embargo, el
informe no plantea esos problemas. De hecho, está escrito en un
lenguaje que funciona como sostén de la clase dominante.
La primera tesis del
Resumen para Legisladores afirma que no cabe duda de que el cambio
climático es causado por «actividades humanas». La frase «cambio
climático de origen humano» se repite a lo largo de todo el
informe. La certeza de que los seres humanos son responsables del
cambio climático se propagó en todos los medios, incluyendo los
artículos de la BBC y de The Guardian.
A diferencia de otras
tesis contenidas en el informe del IPCC, como las que remiten a la
progresión del calentamiento, las anticipaciones del calor extremo y
la predicción del aumento del nivel de los mares, la insinuación
de que la responsabilidad de la situación recae sobre la humanidad
en general no es científica. Es ideológica. Desdibuja la
responsabilidad de la clase dominante.
Es bastante improbable
que esta sea una intención explícita de los científicos del IPCC.
Y, evidentemente, la tendencia popular a hablar del cambio climático
de origen humano es una buena respuesta frente a los think-tanks
que promueven el negacionismo. Sin embargo, los negacionistas no son
hoy el obstáculo principal: el retraso y la inacción de la clase
capitalista tomaron su lugar.
Son los capitalistas los
que sacan provecho de la crisis climática mientras los más pobres
sufren. Es el sistema capitalista el que bloquea la descarbonización
mientras el mundo arde. Por supuesto, desde un punto de vista
técnico, es correcto decir que el cambio climático es de origen
humano. Hasta donde sé, la clase capitalista está compuesta de
humanos (a menos que David Icke sepa algo que todo el mundo ignora).
Pero esto no significa que todos los humanos hayan desempeñado el
mismo rol en la generación de la crisis.
Es verdad, algunos nos
beneficiamos de los frutos del capitalismo fósil. Es innegable que
la extracción de combustibles fósiles es la base sobre la que se
alzaron la civilización moderna y los avances que mejoraron la vida
de muchas personas. Pero en este sistema la mayoría de la gente
vive en condiciones de explotación, alienación y marginación.
Consumimos los productos del capitalismo fósil, pero no elegimos las
condiciones básicas de producción que conducen a la crisis
climática.
El trabajador de una
refinería no comparte la responsabilidad con el capitalista que lo
explota para extraer una ganancia de la producción de petróleo. Las
comunidades indígenas, violentamente desplazadas de sus territorios
con el fin de abrir minas de carbón, no comparten la responsabilidad
con los gobiernos que fuerzan la implementación de estos proyectos.
Podríamos hablar del cambio climático «de origen terrícola» o
«de origen mamífero». La tesis llevaría la abstracción a un
nivel ligeramente más distante de aquel en que se sitúan los
verdaderos culpables, pero no dejaría de ser verdadera.
Por supuesto, también
sería verdad decir que el cambio climático no es propiedad
exclusiva del modo de producción capitalista. Embarcándonos en el
relato contrafáctico, podríamos decir que cualquier civilización
humana que hubiera descubierto los combustibles fósiles los habría
aprovechado, poniendo en movimiento la insospechada rueda del cambio
climático. Sin embargo, el fallo del capitalismo parece estar en su
incapacidad de revertir la situación. Conocemos las causas y los
efectos del cambio climático desde hace décadas, y, aun así, la
prioridad de maximizar las ganancias a corto plazo siempre logró
desplazar la necesidad de transformar nuestro sistema energético.
No somos todos igualmente
responsables por la catástrofe climática. Sin una transformación
planificada de la economía, nuestros comportamientos individuales,
aun tomados en conjunto, son impotentes frente al objetivo de la
descarbonización. Entonces, tenemos dos opciones: o bien nos
embarcarnos en una política climática misántropa, que condena a la
humanidad en general y oculta las verdaderas causas de la crisis, o
bien adoptamos una perspectiva de justicia climática humanista y
socialista, que cuenta con el potencial humano y las posibilidades de
construir un mundo mejor.
El mundo a 1,5°C
El calentamiento de 1,5°C
es lo mejor a lo que podemos apuntar. Pero entonces, si muchos de los
cambios son a esta altura inevitables e irreversibles —como muestra
el informe del IPCC—, los incendios en Grecia, Turquía y Argelia
señalan el comienzo de una nueva normalidad. En este contexto,
estamos obligados a liberar las mejores cualidades de la humanidad en
vez de enfatizar las peores. Además de luchar contra cada mínima
fracción del promedio del calentamiento, debemos aceptar que
habitamos condiciones climáticas mucho más peligrosas que las del
pasado. En este punto se vuelven fundamentales la solidaridad y la
justicia.
Nuestra misión principal
es limitar el calentamiento mediante la descarbonización, de la
manera más rápida y justa posible. Pero también tenemos que
considerar cómo nos adaptaremos al nuevo clima. La izquierda y el
movimiento contra el calentamiento global deberían exigir e integrar
en su plataforma política un programa de adaptación equitativa al
cambio climático.
Tenemos que contar con
infraestructuras y edificios resistentes, barreras contra las
inundaciones, planes de evacuación, servicios de emergencia bien
financiados, seguros estatales contra pérdidas y daños, políticas
de acogida y apoyo para los refugiados. Si bien estos elementos no
deberían representar el límite de nuestras ambiciones políticas ni
funcionar como una excusa para abandonar la lucha contra la
descarbonización, debemos integrarlos a la concepción de la
justicia en el nuevo mundo de 1,5°C.
Como deja en claro el
informe del IPCC, las próximas décadas nos plantean distintos
escenarios posibles. En uno de ellos, los gobiernos y los movimientos
contra el cambio climático fracasan rotundamente y no logran
disminuir las emisiones en el tiempo requerido. Por supuesto, nuestra
ambición debería ser tomar el poder del Estado y utilizarlo para
transformar la economía e impartir justicia. Pero también
deberíamos estar preparados para operar en escenarios donde los
políticos logran sostener el statu quo sin descarbonizar, o donde la
descarbonización se desarrolla en beneficio de los ricos y a costa
de los pobres y marginados. En estos escenarios de relativa derrota,
debemos estar preparados para defendernos mediante el fortalecimiento
del poder popular y el desarrollo de la solidaridad. Frente al
fracaso del Estado, deberíamos ser capaces de resistir
colectivamente organizando sistemas de distribución de alimentos,
refugios de emergencia y operativos de rescate.
Es comprensible que, en
momentos como este, con la publicación del contundente informe del
IPCC, en medio de condiciones climáticas implacables y devastadoras,
se generalice un sentimiento colectivo de desesperación, impotencia
y ansiedad. Por ejemplo, en la mayoría de los escenarios
contemplados por el IPCC, toda mi vida adulta transcurrirá en el
contexto de un planeta cada vez más caliente. Deberíamos tratar de
evitar que dichos sentimientos conduzcan a la desesperanza o a la
misantropía.
Sin importar lo que digan
los medios, la clase dominante o los científicos, «nosotros» no
somos responsables por la crisis climática. En cualquier caso, como
los verdaderos responsables no piensan hacer nada al respecto, el
asunto está en nuestras manos. Sobre esa certeza podemos construir
un movimiento de masas militante y radical, dispuesto a construir una
economía basada en la igualdad, la justicia y la prosperidad.
Sabemos que nuestra generación tendrá que cargar con el legado del
capitalismo, pero tal vez seamos también nosotros quienes
logremos arrojarlo al basurero de la historia.