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13 enero, 2023

La centralidad de la arista ecológica en la obra de Karl Marx

 

espaiMARX – 01/01/2023


Salvador López Arnal

Reseña de: Kohei Saito, La naturaleza contra el capital. El ecosocialismo de Karl Marx, Barcelona: Bellaterra Edicions, 2022 (traducción de Javiera Mondaca, edición original 2017)



Una reseña ajustada a la importancia de este libro deslumbrante e imprescindible (el título en castellano traduce el de la original edición alemana; el subtítulo, en cambio, es el título original de la edición inglesa en la Monthly Review Press) necesitaría una revista entera. Lo esencial en este espacio del que disponemos: estamos ante uno de los grandes ensayos de la tradición marxista de estas últimas décadas. Para leer, anotar, releer, comentar y estudiar en seminarios. No hay muchos marxistas en el mundo que conozcan la obra de Marx (y de Engels) con la profundidad y registros que muestra Saito desde la primera página del libro, una obra que tiene su origen en la tesis doctoral escrita en alemán que presentó en la Universidad Humboldt de Berlín y que contiene ideas tan destacadas como la siguiente: «A diferencia de la difundida crítica de que Marx es un partidario ciego de la dominación absoluta de la naturaleza, su visión de la sociedad futura exige una interacción cuidadosa y sostenible con la naturaleza basada en un claro reconocimiento de sus límites».


Un apunte sobre el autor, injustamente poco conocido en nuestro país: Kohei Saito (nació en 1987, no hay error en la fecha) es doctor en Filosofía por la citada universidad berlinesa y actualmente es profesor asociado de economía política en la Universidad de la ciudad de Osaka. Está trabajando en la edición de las obras completas de Marx y Engels, Marx-Engels-Gesamtausgabe (MEGA) volumen IV/18, que incluye la serie de cuadernos científicos naturales de Marx.


Recientemente ha publicado en Japón (se está traduciendo al inglés) un libro sobre el «comunismo del decrecimiento» democrático. Un auténtico bestseller. La editorial ha vendido medio millón de ejemplares (Muy recientemente se ha publicado en castellano y en catalán).


La naturaleza contra el capital consta de una Introducción, dos partes -1. Ecología y economía. 2. La ecología de Marx y la Marx-Engels-Gesamtausgabe– con tres capítulos cada una: 1. La enajenación de la naturaleza como el surgimiento de lo moderno. 2. El metabolismo de la economía política. 3. El capital como una teoría del metabolismo. 4. Liebig y El capital. 5. ¿Los fertilizantes contra la agricultura del robo? 6. La ecología de Marx después de 1868, y una conclusión. No se ha incluido, lamentablemente, un índice nominal, la única pega de una edición perfecta.


Saito ha tenido la gentileza de escribir un prefacio para la edición en castellano. Con sus palabras: «Esta traducción al castellano es uno de esos maravillosos ejemplos que se suman a otras traducciones en coreano, portugués y francés, y agradezco profundamente la decisión de Bellaterra Edicions de publicarlo, así como el ahínco y la dedicación de la traductora, Javiera Mondaca».


Sin avanzar apenas nada, sin destripar nada, recojo algunas ideas para abrir el apetito del lector:


1. Saito apunta que, inicialmente, Marx no fue necesariamente «ecológico» y que a veces parecía más bien un pensador productivista. Ciertamente «solo después de un largo y arduo proceso de desarrollar la sofisticación de su propia economía política, durante el cual estudió con seriedad diversos campos de las ciencias naturales, Marx se volvió totalmente consciente de la necesidad de abordar el problema del desastre ambiental como una limitación impuesta al proceso de valoración del capital.» Según Saito y en expresión mejorable, Marx corrigió gradualmente su visión optimista de la dominación humana de la naturaleza «después de su ruptura con la filosofía en 1845».


2. Los cuadernos marxianos, que Saito conoce y ha trabajado en profundidad, son esenciales para entender su crítica ecológica al capitalismo. «El examen cuidadoso de los cuadernos de extractos de Marx no es un trabajo "filológico" menor y ese análisis nos llevará a dimensiones desconocidas de su crítica. Es demasiado pronto para "olvidar a Marx" como declaró provocativamente Immler. Al final de este estudio, suena más convincente el imperativo opuesto: "¡Marx vive!"». Los cuadernos de ciencias naturales que serán publicados por primera vez en MEGA2 «permitirán que los estudiosos tracen el surgimiento y desarrollo de la crítica ecológica de Marx al capitalismo de una manera más precisa y vívida, desentrañando diversos aspectos desconocidos de su proyecto asombrosamente abarcador de El capital.»


3. La naturaleza contra el capital aspira a una reconstrucción más sistemática y completa de la crítica ecológica de Marx al capitalismo que la realizada anteriormente con el objetivo de refutar los persistentes malentendidos de la ecología de Marx y demostrar su gran importancia teórica. En contra de otras interpretaciones, marxistas o no, Saito sostiene que Marx no trató los asuntos ecológicos de manera esporádica y marginal.


4. El autor muestra y enfatiza que las posiciones de Marx en el ámbito ecológico mantienen una clara continuidad con su crítica de la economía política.


5. En su proceso de estudio y profundización, «Marx se alejó conscientemente de cualquier forma de prometeísmo ingenuo y llegó a considerar las crisis ecológicas como la contradicción fundamental del modo de producción capitalista».


6. Desde el punto de vista de Seito, el concepto clave en este contexto es metabolismo (Stoffwechsel) que le permite una interpretación sistemática de la ecología de Marx.


7. Para Seito no es solo que un motivo ecológico ya sea central en los cuadernos de Marx de 1844 (los Manuscritos económico y filosóficos), su tesis es más penetrante: «no es posible comprender al alcance total de su crítica de la economía política si se ignora su dimensión ecológica».


8. De este modo, la ecología de Marx, señala Saito, no solo constituye un elemento inmanente de su sistema económico y de su visión emancipadora del socialismo «sino que también nos entrega uno de los andamiajes metodológicos más útiles para investigar las crisis ecológicas como la contradicción central del actual sistema histórico de producción y reproducción social. Esta “preciada herencia” de la teoría de Marx solo puede entenderse completamente con su ecología».


Aunque el estudio está centrado en la obra de Marx, Saito no se olvida de señalar su coincidencia con Engels también este punto.


Un pequeño matiz: Saito usa en ocasiones expresiones como la siguiente «tras la ruptura de Marx con la filosofía en 1845», para referirse al inicio de sus estudios económicos. Quizás hubiera sido más ajustado hablar de ruptura con tal o cual corriente filosófica, no con la filosofía. El autor de El capital nunca dejó de ser un filósofo.


En 2018, Natur gegen Kapital, La naturaleza contra el capital, ganó el Deutscher Memorial Prize, el premio alemán más importante de estudios marxistas. Con todo merecimiento.


Los «mercados de futuro», la prospectiva de Saito: «la crisis ecológica no pondrá fin al régimen del capital. Es probable que el capital continúe acumulando incluso si la crisis se profundiza al punto de destruir todo el planeta y producir globalmente una masa de refugiados ambientales y un supuesto "proletariado ambiental" cuya condición existencia –y no simplemente sus condiciones de trabajo– será severamente degradada a causa de la acumulación capitalista». La gente rica sobrevivirá, prosigue Saito, y «el capitalismo de desastre continuará acumulando riqueza a través de la doctrina del shock, mientras que las pobres y futuras generaciones se volverán mucho más vulnerables al desastre ambiental, aunque son muchos menos responsables de la crisis». Esta es la razón, señala, por la que «la justicia ambiental claramente incluye un componente de lucha de clases y el proletariado ambiental necesita surgir como un sujeto revolucionario para proteger su salud, comunidad y ambiente contra el empeoramiento de la crisis económica y ecológica.»


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06 diciembre, 2017

Los seres humanos ciegos al inminente colapso – William E. Rees

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TheTyee.ca - 16/11/2017

(traducción: arrezafe)

Una cosa curiosa del homo sapiens es que somos lo suficientemente inteligentes como para documentar, con exquisito detalle, varias tendencias que presagian el colapso de la civilización moderna, pero no lo suficientemente inteligentes como para librarnos de nuestra situación autoinducida.

Esto se puso de relieve una vez más en octubre, cuando los científicos informaron que las poblaciones de insectos voladores en Alemania han disminuido en un alarmante 75 por ciento en las últimas tres décadas, acompañadas, en los últimos doce años, por una disminución del 15 por ciento en las poblaciones de aves . Las tendencias son similares en otras partes de Europa donde los datos están disponibles. Incluso en Canadá, todo, desde la casual observación de los parabrisas, hasta las evaluaciones científicas formales, muestran una caída en el número de insectos. Mientras tanto, las poblaciones domésticas de muchas aves que comen insectos están en caída libre. Ontario ha perdido la mitad de sus pájaros carpinteros en los últimos 20 años. En todo el país, especies como halcones nocturnos, golondrinas, martín pescador y atrapamoscas han disminuido hasta en un 75 por ciento. Las golondrinas del Gran Vancouver se han reducido en un 98 por ciento desde 1970. ¿Oímos algo sobre todo esto en las principales noticias?

Mal, muy mal. La pérdida de la biodiversidad, que puede convertirse en la pesadilla del siglo, es causada por muchos factores individuales, pero que interactúan: la pérdida de hábitat, el cambio climático, el uso intensivo de plaguicidas y varias formas de contaminación industrial, por ejemplo, suprimen las poblaciones de insectos y aves. Pero el motivo general es lo que un ecologista podría llamar el "desplazamiento competitivo" de la vida no humana por el crecimiento inexorable de la actividad humana.

En un planeta limitado, donde millones de especies comparten el mismo espacio y dependen de los mismos productos finitos de la fotosíntesis, la expansión continua de una especie conduce necesariamente a la contracción y extinción de otras. (Políticos, tomen nota: siempre hay un conflicto entre población humana / expansión económica y la "protección del medio ambiente").

¿Se acuerdan de los 40 a 60 millones de bisontes que solían vagar por las grandes llanuras de América del Norte? Ellos, junto con los millones de ciervos, berrendos, lobos y bestias menores que una vez animaron los ecosistemas de las praderas, han sido "competitivamente desplazados", y sus hábitats han sido tomados por una biomasa mucho mayor de humanos, ganado, cerdos y ovejas. Y no sólo en las soleadas Grandes Llanuras de Norte América, también por los millones de ganaderos en todo el mundo que dependen, en parte, de las exportaciones de cereales, aceite de semillas, leguminosas y carne de Norte América.

El desplazamiento competitivo se ha venido produciendo durante mucho tiempo. Los científicos estiman que en los albores de la agricultura, hace 10.000 años, el homo sapiens representaba menos del uno por ciento del peso total de los mamíferos en el planeta. (Probablemente sólo había de dos a cuatro millones de personas en la Tierra en ese momento). Desde entonces, los humanos han crecido hasta representar el 35 por ciento de una biomasa total mucho más grande; la tasa de animales domésticos y la dominación humana de la biomasa de mamíferos del mundo se eleva al 98.5 por ciento!

No se necesita buscar más para explicar por qué las poblaciones silvestres se han desplomado a nivel mundial en casi un 60 por ciento en el último medio siglo. Los tigres salvajes han sido expulsados ​​del 93 por ciento de su habitat histórico y su población se ha reducido a menos de 4.000 en todo el mundo; los elefantes africanos ha menguado hasta en un 95 por ciento, estimándose en sólo 500.000 en la actualidad; la caza furtiva arrojó cifras sobre el rinoceronte negro: de los ya escasos 70.000 en 1960 a sólo 2.500 a principios de los años noventa. (Con un intenso esfuerzo de conservación, se han recuperado desde entonces alrededor de 5.000). Y aquellos que piensan que Canadá todavía es una zona silvestre, prístina y poco poblada deberían repensarlo: la mitad de las especies silvestres regularmente monitoreadas en este país están en declive, con una caída promedio de la población del 83 por ciento desde 1970. ¿Mencioné que la población de orcas residente al sur de British Columbia es de tan sólo 76 animales? Eso se debe, en parte, a que los pescadores han alejado a las orcas de su alimento favorito, el salmón Chinook que, a su vez, ha sido desplazado de sus arroyos de desove a través de represas hidroeléctricas, contaminación y urbanización.

La historia es similar para especies familiares en todas partes y probablemente peor para la fauna no carismática. Los científicos estiman que la "moderna" tasa de extinción de especies es de 1.000 a 10.000 veces la tasa de fondo natural. La economía mundial está afanosamente ocupada convirtiendo la naturaleza viviente en cuerpos humanos y ganado doméstico, algo que pasa desapercibido a nuestras poblaciones, cada vez más urbanas. La urbanización aleja a las personas tanto psicológicamente como espacialmente de los ecosistemas que las respaldan.

Puede que el carro de la masa humana comenzara a rodar hace 10 milenios, pero en los dos últimos siglos de crecimiento exponencial ha acelerado extraordinariamente el ritmo del cambio. Tomó toda la historia de la humanidad, digamos 200.000 años, para que nuestra población alcanzara los mil millones a principios del siglo XIX, pero sólo 200 años, 1/1000 de tiempo, para alcanzar los 7.600 millones de hoy. Mientras tanto, la demanda de materia prima en el planeta se ha elevado aún más: el PIB mundial se ha multiplicado por más de 100 desde 1800, y el promedio de ingresos per cápita en un índice de 13 (aumentando a 25 en los países más ricos ). En consecuencia, el consumo se ha disparado y la mitad de los combustibles fósiles y muchos otros recursos utilizados por los humanos se han consumido en los últimos 40 años. (Ver gráficos)


¿Por qué es importante esto, incluso para aquellos a quienes realmente no les importa la naturaleza en sí ? Además de la infamia moral asociada con la extinción de miles de otras formas de vida, existen razones puramente egoístas para preocuparse. Por ejemplo, dependiendo de la zona climática, entre el 78% y el 94% de las plantas con flores, incluidas muchas especies de alimentos para humanos, son polinizadas por insectos, pájaros e incluso murciélagos. (Los murciélagos, también en apuros en muchos lugares, son los polinizadores principales o exclusivos de 500 especies en al menos 67 familias de plantas). Hasta un 35% de la producción mundial de cultivos depende más o menos de la polinización animal, lo que garantiza o aumenta la producción de 87 cultivos alimentarios líderes en todo el mundo.

Pero hay una razón más profunda para temer el agotamiento y la despoblación de la naturaleza. En ausencia de vida, el planeta Tierra es sólo una roca húmeda intrascendente con una atmósfera venenosa que gira inútilmente alrededor de una estrella ordinaria en las orillas extremas de una galaxia irrelevante. Es la vida misma, comenzando con innumerables especies de microbios, la que gradualmente generó el "ambiente" adecuado para la vida en la Tierra tal como la conocemos. Los procesos biológicos son responsables del equilibrio químico favorable a la vida de los océanos; las bacterias fotosintéticas y las plantas verdes han almacenado y mantienen la atmósfera de la Tierra con el oxígeno necesario para la evolución de los animales; la misma fotosíntesis extrajo gradualmente miles de millones de toneladas de carbono de la atmósfera, almacenándolas en cretas, piedra caliza y depósitos de combustibles fósiles, de modo que la temperatura promedio de la Tierra (actualmente alrededor de 15º C) ha permanecido para edades geológicas en la estrecha franja que hace posible la vida basada en agua, incluso cuando el sol se ha estado calentando (es decir, que el clima estable es parcialmente un fenómeno biológico); innumerables especies de bacterias, hongos y una verdadera colección de micro-fauna regeneran continuamente los suelos que cultivan nuestros alimentos. (Desdichadamente, el agotamiento por la agricultura es incluso más rápido. Según algunas versiones, nos queda, tan sólo, poco más de medio siglo de tierra cultivable).

En resumen, el homo sapiens depende completamente de una rica diversidad de formas de vida destinadas a proporcionar multitud de funciones básicas, esenciales para la existencia y supervivencia de la civilización humana. Con una gran crisis mundial sin precedentes, inducida por los humanos, ¿qué posibilidades hay de que la integridad funcional de la ecosfera sobreviva a la próxima duplicación del consumo material que todos esperan antes de mediados de siglo?

Esta es la cuestión: el cambio climático no es la única sombra que oscurece la puerta de la humanidad. Si bien no lo sabréis por los medios de comunicación dominantes, la pérdida de biodiversidad podría suponer una amenaza sobre la existencia misma de la humanidad. Mientras pensamos en ello, agreguemos a la mezcla la degradación del suelo y del paisaje, la posible escasez de alimentos, de energía y de otros recursos. Y si crees que probablemente podremos "manejar" cuatro de cada cinco de estos problemas ambientales, no importa. La pertinente versión de la ley de Liebig establece que, cualquier sistema complejo que dependa de varios insumos esenciales puede ser eliminado por ese único factor de menor suministro (y aún no hemos abordado los riesgos adicionales planteados por la agitación geopolítica que inevitablemente seguiría a la desestabilización ecológica).

Lo cual plantea preguntas que, por supuesto, van más allá del mero interés académico. ¿Por qué no estamos colectivamente aterrados o al menos alarmados? Si nuestra mejor ciencia sugiere que estamos camino al colapso de los sistemas, ¿por qué el colapso y cómo evitarlo no son los temas principales del discurso político internacional? ¿Por qué la comunidad mundial no participa en un debate urgente y comprometido sobre las iniciativas disponibles y los mecanismos institucionales transnacionales que podrían ayudar a restablecer el equilibrio en la relación entre los seres humanos y el resto de la naturaleza?

Hay muchas opciones políticas, desde simples impuestos al consumo, pasando por iniciativas populares de planificación integral para una economía sostenible, hasta una educación general que propicie cambios voluntarios en el estilo de vida, todo lo cual mejoraría las perspectivas de la sociedad mundial para la supervivencia a largo plazo. Cualidades humanas únicas, desde una inteligencia consciente (por ejemplo, razonar a partir de la evidencia), la capacidad de planificar con anticipación, hasta la conciencia moral, son requisitos indispensables para la tarea, pero permanecen inactivas: hay pocos indicios de voluntad política para reconocer el problema y mucho menos para elaborar soluciones genuinas (que el acuerdo climático de París no contempla).

¿Conclusión? El mundo parece negar el inminente desastre; la palabra "C" [¿capitalismo?] permanece silenciada. Todos los gobiernos desestimaron la advertencia (1992) de los científicos a la Humanidad, según la cual, "se requiere un gran cambio en nuestra administración de la Tierra y de la vida en ella, si se quiere evitar la gran miseria humana", e ignorarán de manera similar la "segunda" (Publicada el 13 de noviembre de 2017, esta advertencia afirma que la mayoría de las tendencias negativas identificadas 25 años antes "están empeorando"). 

A pesar de la cascada de evidencias y el análisis detallado de lo contrario, la comunidad mundial, como si de su santo grial contemporáneo se tratara, proclama que el "crecimiento-somos-nosotros". Incluso los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas se basan en la expansión económica como único martillo para cada problemático clavo. Mientras tanto, los gases de efecto invernadero alcanzan niveles máximos históricos, las zonas muertas marinas proliferan, los bosques tropicales caen y las extinciones se aceleran.

¿Qué está pasando aquí? La explicación completa de este enigma humano y potencialmente fatal es sin duda compleja, pero Herman Melville lo resumió bastante bien en su Moby Dick : "No hay locura de las bestias de la tierra que no sea infinitamente superada por la locura de los hombres".

07 diciembre, 2012

CUANDO EL CAPITALISMO SE VUELVE ECOLOGISTA


Miquel Amorós

Desde que el capitalismo se aposentó en el planeta no ha hecho otra cosa que destruir el medio natural para forjar uno propio donde crecer obligando a los individuos a adaptarse. La ciencia y las técnicas adquirieron un impulso decisivo y un amplio desarrollo merced a las resistencias a tal adaptación, al punto que el capitalismo no solamente ha sabido superar todos los obstáculos, sino que los ha ido convirtiendo sistemáticamente en una oportunidad de expansión. El crecimiento, tan inherente a su naturaleza, no se detendrá mientras la humanidad explotable exista, y ese es precisamente el nuevo desafío que el capitalismo tiene ante sí. El crecimiento genera trastornos económicos y sociales semejantes a los de las guerras.

El sistema productivo es a medida que crece más y más destructivo. La colonización mercantil del territorio y de la vida, del espacio y del tiempo, no puede detenerse sin cuestionar sus fundamentos, ni progresar sin poner en peligro la misma especie. En consecuencia, la crisis ecológica conduce a la crisis social.

El capitalismo ha de seguir creciendo para que eso no ocurra, pero sin que los afectados tomen conciencia de las graves amenazas que acompañan al crecimiento. Para ello ha de improvisar medidas económicas, tecnológicas y políticas que a la vez que disimulen sus desaguisados, permitan convivir con ellos y sacarles partido. La producción y el consumo están, como dirían los expertos, ante “un cambio de paradigma”. Los hábitos de consumo, junto con las actividades empresariales y políticas, han de ejercerse de otra manera, obviamente no para salvar la naturaleza, ni siquiera para preservar la especie, sino para salvar al propio capitalismo. Por eso a los políticos el corazón se les hace verde. Por eso el capitalismo se vuelve ecologista. Desde ese nuevo punto de vista, la ecología no es incompatible con la acumulación de capital, sino que es su condición obligada. Como decía con más suavidad un ministro de Hacienda británico: “podemos ser verdes y crecer al mismo tiempo. En realidad, si no somos verdes acabaremos minando el crecimiento” (Informe Stern, 2006).

El despertar de la conciencia ecológica fue temprano. Ya en 1955 Murray Bookchin había advertido sobre el peligro para la salud de los aditivos alimentarios, y en 1962 él mismo y la doctora Rachel Carson denunciaron el efecto nocivo de los pesticidas.

La abundancia prometida por el capitalismo resultaba una abundancia envenenada. “La crisis está siendo avivada por aumentos masivos de la contaminación del aire y del agua; por una acumulación creciente de desperdicios no degradables, de plomo residual, de restos de pesticidas y aditivos tóxicos en la comida; por la expansión de las ciudades en vastos cinturones urbanos; por el incremento del stress debido a la congestión, al ruido y a la vida masificada; y por las injustificables cicatrices de la tierra como resultado de explotaciones mineras y madereras y por la especulación sobre el patrimonio. Como resultado la tierra ha sido expoliada en pocas décadas a una escala sin precedentes en la ocupación humana del planeta. Socialmente, la explotación y manipulación burguesas han llevado la vida cotidiana al nivel más extremo de vacuidad y aburrimiento. En tanto que sociedad, ha sido convertida en una fábrica y un mercado, cuya razón fundamental de existencia es la producción en su propio beneficio y el consumo en su propio beneficio” (Anarquismo en la sociedad de consumo, 1967). La desruralización, la industria alimentaria, la quimicalización de la vida y la lepra urbanística impusieron un modelo de vida consumista y embrutecedor, egoísta y neurótico, inmerso en un ambiente artificial y atomizante. Como conclusión de una época de revueltas –el gueto negro americano, el movimiento pacifista británico, los provos holandeses, la juventud alemana, mayo del 68, etc.– Guy Debord apuntaba: “La polución y el proletariado son hoy los dos lados concretos de la crítica de la economía política. El desarrollo universal de la mercancía se ha verificado enteramente en tanto que realización de la economía política, es decir, en tanto que ‘renuncia a la vida’. En el momento en que todo entró en la esfera de los bienes económicos, incluso el agua de los manantiales y el aire de las ciudades, todo devino mal económico. La simple sensación inmediata de los efectos nocivos y de los peligros, a cada trimestre más opresivos, que primero y principalmente agreden a la gran mayoría, es decir, a los pobres, constituye un inmenso factor de revuelta, una exigencia vital de los explotados, tan materialista como lo fue la lucha de los obreros del siglo XIX por la comida. Ya los remedios para el conjunto de enfermedades que crea la producción en este estadio de la producción mercantil son demasiado caros para ella.

Las relaciones de producción y las fuerzas productivas han alcanzado un punto de incompatibilidad radical, pues el sistema social existente ligó su suerte a la consecución literalmente insoportable de todas las condiciones de vida.” (Tesis sobre la Internacional Situacionista y su tiempo, 1972).

Aunque el planteamiento de la lucha de clases era puesto en términos históricos exactos, la capacidad del capitalismo por sobrevivir a sus catástrofes era infravalorada tanto como sobrevalorada la capacidad de la conciencia histórica para convertirse en fuerza subversiva. Así, mientras los trabajos de Mumford, Charbonneau, Russell, Ellul o Bookchin pasaron casi desapercibidos, y la conciencia ecológica quedaba atrapada en el misticismo o el posibilismo, lejos de un proletariado indiferente, el capitalismo superó sus contradicciones cuantitativamente, con un salto hacia adelante, desarrollando una industria nuclear, incrementando la producción de automóviles, creando una nueva generación más peligrosa de pesticidas, inundando el mercado de productos químicos letales y lanzando a la atmósfera miles de toneladas de contaminantes gaseosos. Cuando en la década siguiente tales soluciones condujeron a catástrofes como las de Chernobil, Seveso, Bophal, la del Síndrome Tóxico producido por organofosforados y atribuido al aceite de colza, el agujero en la capa de ozono o el aumento del efecto invernadero, por no hablar de la destrucción de gran parte del territorio debida a la urbanización y el turismo, apenas hubo oposición y el movimiento ecologista que surgía de ella se convertía en el cómplice del capitalismo y el renovador de su política. Los dirigentes de la economía y del Estado, al contemplar las consecuencias catastróficas de su gestión, lejos de amilanarse se erigieron en campeones de la lucha contra el desastre, con la ayuda de expertos y ecologistas, proclamaron un estado de excepción ecológico, es decir, una economía de guerra que movilizaba todos los recursos, naturales y artificiales, para ponerlos al servicio del desarrollismo global, incorporando el coste ambiental, o sea, el precio de la reconstrucción paisajística y los gastos necesarios para fijar un nivel de degradación soportable. La Encyclopédie des Nuisances fundó su causa en la denuncia de esa operación de maquillaje como coartada ecológica de la dominación:

“El ecologismo es el principal agente de la censura de la crítica social latente en la lucha contra los fenómenos nocivos, es decir, esa ilusión según la cual se podrían condenar los resultados del trabajo alienado sin atacar el propio trabajo y a la sociedad fundada en su explotación. Ahora que todos los hombres de Estado se vuelven ecologistas, los ecologistas no dudan en declararse partidarios del Estado... Los ecologistas son en el terreno de la lucha contra los fenómenos nocivos, lo que son en el terreno de las luchas obreras los sindicalistas: meros intermediarios interesados en la conservación de las contradicciones cuya regulación ellos mismos aseguran... meros defensores de lo cuantitativo cuando el cálculo económico se extiende a nuevos dominios (el aire, el agua, los embriones humanos, la sociabilidad sintética, etc.); en definitiva, son los nuevos comisionistas de la sumisión a la economía, el precio de la cual ha de integrar ahora el costo de “un entorno de cualidad”.

Ya podemos vislumbrar una redistribución del territorio entre zonas sacrificadas y zonas protegidas, coadministrada por expertos “verdes”, una división espacial que regulará el acceso jerarquizado a la mercancía-naturaleza.” (Mensaje dirigido a aquellos que no quieren administrar la nocividad sino suprimirla, 1990).

La optimización mundial de recursos se materializó en cosas como la agricultura transgénica, el mal de las vacas locas o la gripe aviar; de hecho el estado de excepción ecológico denunciado por la EdN convirtió el planeta en un inmenso laboratorio de experimentación tecnocientífica, y a toda su población en cobayas. La catástrofe perdió su carácter nacional y con la globalización se salió del ámbito estatal. La crisis ecológica no podía circunscribirse a determinadas zonas súper industrializadas y requería medidas globales. Así nacieron las cumbres medioambientales que entre 1988 y 1997 fijaron las pautas del desarrollo capitalista para los años venideros: Toronto, Río de Janeiro, Copenhague y Kyoto. En ellas se lanzaron fórmulas creativas para salvar el desarrollo y combatir el cambio climático sin modificar el sistema dominante: agendas 21, desarrollo sostenible, desarrollo social, desarrollo local... Puras contradicciones terminológicas, puesto que el desarrollo nunca es local, social o sostenible, ya que el capitalismo nunca funciona en interés de la localidad, de los oprimidos o de la naturaleza. Pero lo que tienen claro los dirigentes de la economía mundial es que ningún eufemismo desarrollista, aun sosteniéndose en tecnologías modernas, puede funcionar sin las medidas políticas y sociales capaces de reeducar a la población en los nuevos hábitos consumistas que las hagan rentables, pues es la adopción masiva de dichas tecnologías lo que abarata su aplicación y estimula las iniciativas empresariales en esa dirección. La lucha contra el cambio climático puede verse favorecida objetivamente por el encarecimiento imparable del petróleo y demás combustibles fósiles, pero corresponde a los “poderes públicos”, es decir, a los políticos, al menos en una primera fase, promover el negocio medioambiental obligando a la población a usar tecnologías “bajas en carbono” y a consumir productos y servicios catalogados como “respetuosos con el medio ambiente”, o imponiendo una “nueva fiscalidad” que reconcilie la “cultura empresarial” con la naturaleza y que penalice las viejas costumbres contaminantes y el despilfarro energético, normales hasta ayer, pero hoy punibles por el bien de la economía. Y de esta manera, el Estado, los partidos, las instancias internacionales, y en menor medida los “foros sociales”, las ONGs y los “observatorios” de sostenibilidad, ejercen el papel de mecanismos reguladores que habían perdido en los inicios de la globalización.

Auxiliares de la transición mundial hacia una economía también “baja en carbono”. De golpe, el control de la producción de cemento, de fertilizantes o de fibras sintéticas, el reciclaje de residuos, la reforestación, la construcción de nuevas centrales nucleares, de desaladoras o de campos de golf, la inversión en energías renovables o el cultivo de agro combustibles, se convierten en decisiones políticas, y por la vía política, en cuestión de Estado. Al mismo tiempo, todos los dirigentes económicos y políticos descubren que son ecologistas. El aislamiento térmico, la iluminación de bajo consumo, las nuevas directrices para la edificación o la fabricación de motores para vehículos, y, en general, la reestructuración de todo tipo de actividades, exigen una potente financiación a la que no acompaña una rentabilidad suficiente y que, por lo tanto, el mercado no puede asumir. Toca al Estado y a la burocracia política arrimar el hombro.

Las preocupaciones ecológicas de los dirigentes obedecen a la mercantilización total del planeta provocada por la necesidad constante de crecimiento del capital. Las destrucciones provocadas por el desarrollo de la producción son de tal magnitud que exigen una gestión controlada no sólo de los medios de producción y de las fuerzas productivas, sino del territorio, de su cultura y su historia, de la flora y la fauna, del agua y del aire, de la luz y del calor, ahora convertidos en “recursos”, es decir, materias primas de actividades terciarias y fuerzas productivas de nuevo tipo. La revitalización institucional que el cambio productivo y la “seguridad energética” demandan ha puesto de nuevo en circulación al partido del Estado, o sea, a la burocracia político administrativa, y no hablamos sólo del conglomerado de socialdemócratas, neoestalinistas, verdes y ciudadanistas. Un reformismo aparente se erige como doctrina de moda –como ideología– que hasta los conservadores y derechistas aceptan, pues todo el mundo comprende que hay que contener a los refractarios, alejar el horizonte de la catástrofe y ganar tiempo para la economía. Frente a un capitalismo contrario a trabar el desarrollo mediante el control de emisiones, un capitalismo sospechosamente altruista presenta el rostro humano de la destrucción hablando de sostenibilidad y de educación ciudadana, de consumo responsable y de eficiencia energética, de paneles en las azoteas y de ecotasas, sin que se detenga un ápice el trazado de autopistas, las líneas del TAV o la depredación urbanizadora.

Desarrollismo tradicional contra desarrollismo ambientalista.
Evidentemente, los costos de la dominación se han disparado con la polución, el calentamiento global y el cénit de la producción de petróleo, situación que el mercado no puede resolver como en ocasiones anteriores. Tampoco el despegue del sector económico medioambiental es suficiente. La pervivencia del capitalismo necesita una movilización general a escala local, nacional e internacional, de todos los dirigentes en Pro de la explotación Laboral y social reconvertida, en Pro del modo de vida sometido a los imperativos del consumo renovado; el Estado, en tanto que mecanismo de coerción, resulta de nuevo rentable. Esa es la carta del eco capitalismo y de sus servidores de izquierdas o de derechas. No es descartable que el proceso de reconversión pueda encontrar serias resistencias en la población que lo sufre, por lo que han de desarrollarse formas de control social adecuadas, empezando por las escuelas, los medios de comunicación, la asistencia social, etc., hasta llegar a la policía y el ejército.

El capitalismo y la burocracia no tienen ideales que realizar sino un orden que defender, a escala local y mundial. Para ellos los problemas en política exterior y los conflictos sociales son directamente problemas de seguridad, que en último extremo se resuelven manu militari. El eco fascismo será la forma política más probable del nuevo reino ecológico de la mercancía.

En ausencia de luchas serias, o lo que es lo mismo, en ausencia de la conciencia histórica, aparecen al lado de seudo reformistas que nos venden su “pragmatismo” y sus “pequeñas conquistas” en favor de la política institucional y del modelo capitalista, verdaderos utopistas que nos hablan de “convivialidad”, pues para ellos el remedio a tanto mal no ha de venir de una lucha de liberación sino de la aplicación pacífica de una fórmula milagrosa, en este caso la del “decrecimiento.” Las medidas a realizar no van a resultar de un conflicto nacido del antagonismo de un sector de la población con el conjunto de la sociedad industrial y consumista, sino de una serie de iniciativas particulares convivenciales, de buen rollo, a ser posible incentivadas institucionalmente y defendidas por partidos, “redes” o ONGs, que tengan la virtud de convencer de las ventajas de salirse de la economía. Los partidarios del “decrecimiento” desconfían de las vías revolucionarias: sobre todo, que no pase nada.

Y nada puede pasar puesto que el capitalismo tolera un cierto grado de autoexclusión en la sociedad que coloniza, pues de hecho buena parte de la población mundial está excluida del mercado y vive al margen de las leyes económicas. Incluso puede sacar beneficios de la autoexclusión a través de programas de ayuda, turismo alternativo y subvenciones. Es lo que los expertos llaman economía del “tercer sector”, ya estudiada por el principal responsable de la política pública americana durante la presidencia de Clinton, Jeremy Rifkin. En su obra de 1994 “El fin del trabajo”, da por sabido que la globalización y la desregulación del mercado laboral obligarán a una organización de los electores que podría restablecer el sentimiento ciudadano, la política burguesa clásica y el Estado interventor: “Conseguir una transición con éxito hacia la era posmercado, dependerá en gran medida de un electorado estimulado, que trabaje a través de coaliciones y movimientos, para lograr transferir tantas ganancias de la productividad como sean posibles del sector del mercado al tercer sector (...) Mediante la creación de una nueva unión entre el gobierno y el tercer sector, cuya finalidad sea la de reconstruirla economía social, se podrá ayudar a restaurar el sentimiento cívico en cualquier sociedad.” Sin embargo, desde el punto de vista de la emancipación social, no se trata de modificar gradualmente los márgenes del sistema capitalista, sino de fundar una sociedad nueva. Transformar el mundo, no refugiarse en islotes.