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23 marzo, 2021

Manifiesto al proletariado (1851) — Auguste Blanqui

 Barricadas en la rue Saint-Maur, 25 de junio de 1848



Marx consideraba a Louis Auguste Blanqui (1805-1881) "la cabeza y el corazón del partido proletario en Francia". Y a tenor de este manifiesto parece que no le faltaba razón. La biografía de este revolucionario habla por sí sola. En 1824 se adhiere a la sociedad secreta de los carbonarios, participa con las armas en la revolución de julio de 1830, y tras la decepción que supone la llegada de la "monarquía burguesa" de Luis Felipe de Orleans, se suma a la Sociedad de Amigos del Pueblo, donde recibirá la influencia de Buonarroti. A partir de entonces sus largas estancias en prisión le valdrán el apodo de "El Encerrado". Tras el asalto al ayuntamiento de París en 1839 junto a 500 compañeros, Blanqui es condenado a muerte, pena que el rey conmutará por cadena perpetua gracias a la presión de la opinión pública. Liberado tras la revolución de febrero de 1848, le vuelven a detener en mayo y es condenado a 10 años de prisión, lo que le impide participar en la insurrección del proletariado parisino en junio[1].



Es desde la cárcel de Belle-Île-en-Mer que Blanqui redactó y envió este manifiesto al Comité Socialdemócrata de Londres en febrero de 1851. Este Comité había invitado al revolucionario francés a que redactara un toast (brindis) para el banquete en el que se iba a celebrar el aniversario de la revolución de febrero, pero al recibir este manifiesto decidieron no publicarlo. Serían Marx y Engels los encargados de traducirlo y difundirlo.



Aunque la concepción putchista y conspirativa de la revolución que tenía Blanqui (que dio lugar al blanquismo) atraía más a los intelectuales y estudiantes que a los obreros y le alejaba de las teorías de Marx, en este manifiesto podemos hallar puntos de contacto entre ambos, cuando habla por ejemplo del "único factor práctico de la victoria: la fuerza".



Y a pesar de que hoy en día las perspectivas revolucionarias se presentan lejanas, cuando los demagogos empiezan a subir en las encuestas y amenazan con llegar al gobierno en nombre de los trabajadores, bien podemos parafrasear a Blanqui diciendo: ¿Qué roca es la que amenaza la lucha proletaria? La misma contra la que se ha estrellado siempre: la deplorable popularidad de los burgueses disfrazados de tribunos del pueblo.



"¡Que la maldición y la venganza caigan sobre sus cabezas si se atreven a volver a levantarlas! ¡Y que caiga también la vergüenza y el desprecio sobre la muchedumbre que vuelva a escucharlos!"



MANIFIESTO AL PROLETARIADO



¡QUIEN TIENE EL HIERRO TIENE EL PAN!


¿Qué roca es la que amenaza la próxima revolución? La misma contra la que se ha estrellado la revolución anterior: la deplorable popularidad de los burgueses disfrazados de tribunos del pueblo.


Los Ledru-Rollin, los Louis Blanc, los Lamartine, los Crémieux, los Elocon, los Marie, los Garnier-Pages, los Albert Dupont, los Arago, los Marrast.


¡Lista fúnebre! ¡Nombres siniestros! ¡Nombres todos que están escritos con letras de sangre en todos los pavimentos de la Europa democrática!


El gobierno provisional ha estrangulado la revolución. Es sobre su cabeza que debe caer la responsabilidad íntegra de todos los desastres, de todos los actos funestos, la sangre de tantas miles de víctimas.


Cuando la reacción liquida a la democracia no hace más que cumplir con su oficio. Los criminales son los traidores a los que el pueblo confiado había entregado la dirección, y que han entregado al pueblo engañado y maniatado a la reacción.


¡MISERABLE GOBIERNO!


Que pese a todas las advertencias, que pese a todas las súplicas, implanta el impuesto de los 45 céntimos que levanta contra él a las masas campesinas presas de la desesperación… ¡TRAIDORES!


Que mantiene en vigor al alto mando militar de la monarquía, que mantiene los tribunales monárquicos y las leyes monárquicas… ¡TRAIDORES!


Que persigue a los obreros de París el 6 de abril, que el 26 mete en prisión a los de Limoges, que el 27 ametralla a los de Rouen. Que lanza contra ellos a todos los verdugos, que los acosa y difama, que calumnia a los verdaderos republicanos… ¡TRAIDORES! ¡TRAIDORES!


Ellos, y sólo ellos, son los únicos culpables, entre todos los culpables los más culpables, ellos en los que el pueblo engañado veía su espada y su escudo, aquellos a los que en su entusiasmo entregó su destino, ellos, y sólo ellos, son los responsables de toda esta catástrofe que ha determinado la caída de la república.


¡Ay de nosotros si el día de nuestro próximo triunfo la indulgencia olvidadiza de las masas dejara subir al poder a esos hombres que no han hecho más que traicionar el mandato que les concediera la revolución! Otra vez la revolución volvería a estrellarse.


Que los trabajadores no pierdan jamás de vista ésta lista de nombres malditos. Y si alguno de ellos, uno sólo, vuelve a aparecer en un gobierno surgido de la insurrección, que griten todos a la vez: ¡TRAICIÓN! ¡TRAICIÓN!


Los discursos, las promesas, los programas, serían otra vez trampas, mentiras, falsedades. Los mismos tramposos volverían para ejecutar las mismas maniobras. Volverían a ser el primer anillo de una nueva cadena de reacción aún más furibunda. ¡Que la maldición y la venganza caigan sobre sus cabezas si se atreven a volver a levantarlas! ¡Y que caiga también la vergüenza y el desprecio sobre la muchedumbre que vuelva a escucharlos!


No basta con rechazar para siempre a los estafadores de Febrero es necesario prevenirse contra los nuevos traidores.


Traidores serían todos los gobiernos que, levantados sobre los hombros del proletariado, no procedan de manera inmediata a implantar las siguientes medidas:


1. El desarme de las guardias burguesas.

2. El armamento y la organización de milicias nacionales, formadas por todos los obreros.


Está claro que éstas no son las únicas medidas a tomar, pero sí son indispensables como primera garantía y salvaguardia de seguridad para el pueblo.


No debe quedar ni un solo fusil en manos de la burguesía. Sin esto no hay salvación.


Las doctrinas que hoy pugnan por conquistar el favor del pueblo sólo podrán mejorar su bienestar, que proponen y prometen, si no dejan que se pierda lo conquistado por una quimera. Esas doctrinas desaparecerán si el pueblo olvida el único factor práctico de la victoria: la fuerza.


Las armas y la organización son el elemento decisivo del progreso, el único medio serio de terminar con la miseria.


Quien tiene el hierro tiene el pan.


El poder se arrodilla frente a las bayonetas, las masas desarmadas son barridas. Francia erizada de trabajadores armados es el socialismo. Frente al proletariado armado, todos los obstáculos, todas las dificultades, todas las resistencias, se reducen a nada.


Pero si los proletarios no saben más que divertirse en manifestaciones callejeras, plantando "arboles de la libertad", escuchando discursos de abogados, ya se sabe la suerte que les espera: primero, el agua bendita, después los insultos, y por último, la metralla.


La miseria siempre.


¡Que el pueblo elija!


Auguste Blanqui, febrero 1851.




NOTA

[1] Lo mismo le sucederá en 1871, cuando se proclama la Comuna de París.



Fuente: El Salariado

14 diciembre, 2019

La canción del trabajador musicante




El Salariado 22/11/2019

Publicado en Dolly Records nº 2.

«Yo he sido profesor y creo que no hay ninguna diferencia entre dar clases y subirse a un escenario. En ambos casos se trata de entretener a delincuentes en potencia». Si damos por buenas estas palabras de Sting y admitimos que la función social de los músicos profesionales es de centinela, entonces deberíamos considerar los sindicatos de músicos (y de profesores) como una especie de asociaciones de policías o guardias jurados diplomados en trabajo social. O al menos así es como habría que considerar a aquellos sindicatos que no cuestionan el papel que juegan estos artistas en la sociedad. En realidad, como vamos a intentar demostrar, la función cultural que tienen los músicos profesionales y la industria de la música en esta sociedad capitalista es más compleja y siniestra. A la hora de servir pan y circo, los músicos aportan su buena ración de circo, menos cruento que el romano pero culturalmente más nocivo. Y la cosa no queda ahí.

Todo esto, no obstante, constituye una novedad histórica relativamente reciente. Las bases materiales de la cultura capitalista de masas, que derribó casi todas las fronteras entre la alta cultura y la cultura plebeya, fueron los medios de comunicación de masas. La radio, la industria de la música y la música moderna surgieron y maduraron en la primera mitad del siglo XX, en la época de entreguerras. Tras este periodo de guerra y crisis las cosas ya no volverían a ser como antes, sobre todo para los trabajadores, cuyos sindicatos quedaron integrados institucionalmente en el Estado y cuya música pasó a formar parte de una cultura de masas, apta para todas las clases sociales. La separación entre el artista y el público, que en la vieja cultura plebeya era un hecho circunstancial, se hizo permanente. Conforme la música se convertía en un trabajo, el trabajador dejaba de hacer música. Cuanto más alto se oía la voz del músico profesional, menos se escuchaba la voz del trabajador.


La belle époque prebélica fue testigo del canto del cisne de la canción sindical. El «Pequeño Cancionero Rojo» de la Primera Guerra Mundial y la figura de Joe Hill son emblemáticos en este sentido, aunque este tipo de cantar atesoraba al menos un siglo de tradición. Las primeras baladas huelguísticas que se conocen se remontan a los conflictos de los marineros ingleses (1815) y los barqueros del río Tyne (1822). Unos años antes, en 1812, los disturbios luditas habían inspirado canciones como The Cropper Lads (Los mozos de tundir, con versos como «Los tundidores abrimos el baile / ¡Con hachuelas, picas y pistolas!»). Según Engels «la clase obrera comenzó la resistencia contra la burguesía cuando se opuso por la fuerza a la introducción de las máquinas». Los primeros combates del proletariado contra la burguesía, pues, tuvieron su propia música. Pero estas canciones obreras, sindicales o de protesta, constituyen en realidad el último estadio de desarrollo de la canción folk, la cual, como expresión cultural de las clases trabajadoras, siempre estuvo íntimamente ligada al trabajo («No se puede escribir sobre folklore sin escrutar la actitud del pueblo respecto al trabajo», decía el folklorista alemán W. H. Riehl en 1861). Y es que la canción del trabajador musicante tiene más en común con los cantos que entonaban los hombres y mujeres del paleolítico en sus cavernas, durante sus rituales de magia simpática, que con los temas de Pete Seeger y Banda Bassotti, o incluso con himnos como La Internacional o A las barricadas.

Para los trabajadores la música siempre fue coser y cantar («En mi pueblo al crujir los telares / Suenan más y mejor los cantares», dice la canción). Los trabajadores cantaban mientras trabajaban, cantaban sobre su trabajo en sus ratos de ocio y terminaron cantando en defensa de los intereses del trabajo durante sus luchas. Y al corear sus cánticos no sólo mostraban cuál era su actitud ante a su trabajo y sus condiciones de vida, sino que además promovían su sentimiento comunitario y forjaban una cultura propia.

Una clara muestra de esta íntima relación entre el cantar y el trabajar son los cantos de trabajo, es decir, las canciones que se entonaban durante la faena cotidiana. Entre las últimas work songs [canciones de trabajo] que se escucharon en occidente se cuentan los shanties (salomas) de la marinería, los hollers (gritos de campo) de los esclavos negros y las endechas de los trabajadores del ferrocarril y los presidiaros condenados a trabajos forzados, unas expresiones que además son precursoras del blues. Estos cantos coordinaban las labores y aumentaban la productividad, pero al mismo tiempo cohesionaban y unían a los trabajadores, quienes muchas veces plasmaban en sus versos sus antipatías hacia los capitanes de los buques o los capataces de la cuadrilla («Un barco yanqui bajaba por el río / ¿Y quién crees que lo comandaba? / Un oficial yanqui y un desabrido capitán / ¿Y qué crees que daban de comer? / Cola de papagayo e hígado de mono», dice la saloma Shallow Brown). Los shanties de los marineros anglo-americanos, con sus patrones de llamada y respuesta, tienen una clara influencia afro-americana. Los marineros en general, como obreros itinerantes, jugaron a lo largo de la historia un papel fundamental en la transmisión y fusión de distintas culturas. Hasta la llegada del ferrocarril a los Estados Unidos, las comunicaciones y el comercio de esta nación dependían de los obreros de la mar. El Caribe fue durante siglos un cruce de caminos frecuentado por esclavos africanos y trabajadores españoles, británicos, franceses e indios, entre muchos otros. Marineros, barqueros, leñadores, esclavos y aparceros ponían en circulación su música y sus canciones, y luego estos ritmos y versos recorrían el Mississippi, el Caribe y el Atlántico. A comienzos del siglo XIX, el corsario Jean Lafitte tenía su propio reino en las marismas de las afueras de Nueva Orleans (llamado Barataria, pues vendía barato el botín de sus saqueos), y su propio ejército de bandidos de todas las naciones. No es extraño que esta ciudad policultural terminara convirtiéndose en la cuna del jazz.

Aunque no todas las labores tenían su canto de trabajo, había muchas profesiones que disponían de todo un repertorio de canciones para momentos de ocio. En ellas los trabajadores reflejaban entre otras cosas sus condiciones laborales o los cambios que se estaban produciendo en el gremio («Os diré claramente dónde están las mujeres / Las mujeres han ido a tejer a máquina / Y si quieres toparte con ellas tienes que levantarte temprano / Y hacer una larga caminata hasta la fábrica por la mañana», explicaba The Weaver and the Factory Maid). Los marineros, los tejedores, los leñadores, los mineros y los trabajadores del campo fueron especialmente aficionados a esta clase de cante. En ocasiones, recurriendo a metáforas relacionadas con el trabajo y las herramientas, componían canciones eróticas.

La canción folk tampoco dejaba de lado los trabajos y las condiciones de vida de las mujeres. Buenos ejemplos son A Woman’s Work is Never Done o The Ladies’ Case («¡Qué duro es el destino del sexo femenino! / Siempre encadenadas, siempre encerradas / Atadas a sus padres hasta que las convierten en esposas / Y luego esclavas de su marido el resto de su vida»). También se conservan baladas sobre mujeres que se travestían para desempeñar oficios masculinos, como hicieron entre otras las conocidas piratas Mary Read y Anne Bonny.

La canción protesta no surge en los años 50. Se conoce una copla de este tipo compuesta por los esclavos del antiguo Egipto («¿Tenemos que pasarnos todo el día acarreando cebada y farro?») y hay quien piensa que The Cutty Wren se remonta a la revuelta de campesinos ingleses de 1351 y que Die Gedanken sind frei proviene de las Guerras Campesinas de 1524-26 en Alemania. Durante el periodo de transición del feudalismo al capitalismo, a medida que se aceleraba el proceso de acumulación primitiva de capital y que los pequeños productores eran despojados de sus medios de vida independiente y obligados a buscar trabajo como asalariados, tanto la forma como el contenido de la canción folk se fueron modificando. El fugitivo, el asaltante de caminos, el cazador furtivo, el deportado a las plantaciones de América, el reo condenado a la horca, el soldado desertor y el marinero reclutado a la fuerza en la armada son personajes recurrentes en las canciones de esta época. «La primera, la más grosera, la más horrible forma de rebelión [de los obreros] fue el delito», comenta Engels. Las formas más primitivas de rebelión contra el capitalismo también tuvieron, pues, su banda sonora. Testimonio de esta secular simpatía popular hacia ciertos criminales son las baladas de Robin Hood o de Jesse James.

Conforme avanzaba el proceso de formación de la clase obrera y sus formas de resistencia evolucionaban desde el delito, los disturbios y la destrucción de máquinas hasta el sindicalismo, la canción folk hacía lo propio. La gran cantidad de canciones de los tejedores y mineros ingleses del siglo XIX que se han conservado permiten observar este proceso de toma de conciencia colectiva, partiendo de tonadas como Poverty Knock («Cariño, llegamos tarde / El capataz está en la puerta/Vamos a perder dinero / Se quedará con nuestro salario / Tendrán que fiarnos el pan») hasta llegar a las amenazas de The Blackleg Miner («Únete al sindicato mientras estés a tiempo / No esperes al día de tu muerte / Pues quizá ese día no esté lejos / ¡Sucio minero rompehuelgas!»). Otros trabajadores, como por ejemplo los segadores (Triste invierno: «Nos matan a trabajar / Comiendo sólo pan duro / Cuando una gota que sudas / Vale lo menos mil duros») o los arrieros (El arriero y los ladrones: «¡Arre mulo! ¡Mala maña! / Que no llevamos dinero / Que el dinero lo tiene el amo / Aunque nosotros lo sudemos») también reflejaban en sus cantos su toma de conciencia ante el trabajo y el mundo en el que vivían.

Como se ha visto, antes de que la industria de la música convirtiera la canción en mercancía y a los cantantes en artistas profesionales con derechos de propiedad, los trabajadores llevaban siglos desarrollando una cultura musical común y propia. Bien es cierto que la figura del músico profesional no surge con el capitalismo y que la canción folk no siempre fue compuesta por los propios trabajadores. Sin embargo eran ellos quienes la entonaban con unos determinados fines y quienes la transmitían y la transformaban mediante tradición oral, hasta que los medios de comunicación de masas cortocircuitaron todo este proceso, permitiendo que el artista profesional llevara a cabo en el terreno de la cultura algo parecido a lo que antes había hecho la burguesía en el terreno de la economía: saquear una propiedad común y someter al trabajador a esta propiedad recién usurpada. Los obreros dejaron de cantar sus propias canciones cuando otros empezaron a cantar por ellos. Paradójicamente, cuando la música se convirtió en un trabajo más, el trabajo empezó a desaparecer de las canciones y la canción empezó a desaparecer de los centros de trabajo, excepto en la forma de hilo musical. Empresas como Muzak comenzaron a estudiar de qué forma la música de fondo podía estimular la productividad y el consumo y reducir el absentismo laboral. Las canciones, ciertamente, siguen hoy formado parte de nuestras vidas, pero de una manera radicalmente distinta.


Durante la Edad de Oro del capitalismo que siguió a la Segunda Guerra Mundial, con la expansión de la sociedad de clases medias y sus posibilidades de promoción social, el trabajo colectivo de cuello azul que dejaba callos en las manos empezó a considerarse como algo degradante y a evitar. La lucha colectiva por la defensa de los intereses del trabajo y el refus de parvenir (rechazo del medro) de los sindicalistas revolucionarios franceses se transformaron en una lucha individual por ascender en la escala social mediante un trabajo acorde con los gustos personales. Siguiendo el eslogan de Auschwitz («El trabajo te libera»), el mantra de la nueva cultura dominante de masas decía «el trabajo te realiza». Y el músico profesional estaba (y aún está) atrapado en este espíritu de los tiempos.

El artista trata de huir de la monotonía y la alienación del trabajo, sueña con convertirse en músico profesional y reclama para sí los derechos sobre su «creación», pues los artistas, dice la cultura dominante, son «creadores». Pero en realidad el artista no crea absolutamente nada. Su bagaje musical procede de un una cultura ajena, popular y obrera, del blues de los esclavos de la cuenca del Mississippi y del hillbilly de los campesinos de los montes Apalaches, cuya mezcla dio lugar al rock’n’roll y posteriormente, al combinarse con las tradiciones musicales de distintos pueblos, a toda clase de estilos y géneros. Ni siquiera las canciones que compone el artista pueden considerarse como propiedad suya, pues responden a todo un conjunto de influencias culturales y condicionamientos sociales que, aunque se catalicen a través de un individuo concreto, son producto social y colectivo, como toda mercancía. El trabajador es de hecho quien crea, no ya la cultura, sino la riqueza que permite que el músico se dedique a su profesión.

La canción folk del trabajador musicante representa la antítesis de la obra del músico profesional. Es anónima, gratuita, colectiva y no tiene el carácter de mercancía que se consume. No fomenta el lucro personal, sino la solidaridad y los lazos comunitarios. Y en este sentido no cabe hacer distinciones entre músicos profesionales según su origen social, el mensaje de sus canciones, su compromiso político o sus ingresos.

Entre el trabajador musicante y el músico profesional se sitúa la figura del músico semi-profesional, un estado efímero que normalmente desemboca en uno de los dos anteriores, pero que ha dado músicos y artistas de la talla de Arnold Schultz, Leadbelly, Mississippi John Hurt, Elisabeth Cotten, Jimmie Rodgers o Roscoe Holcomb. Hoy cada vez son más los músicos que se ven obligados a buscarse otro trabajo para complementar sus ingresos y poder sobrevivir. Esta situación, que para el artista representa una desgracia, sienta las bases para el posible resurgimiento de la canción obrera.

En fin, quien se sube a un escenario no sólo entretiene a delincuentes en potencia, como decía Sting. Su papel en el terreno de la cultura es semejante al del parlamentario burgués en la política o al del representante del sindicato amarillo y subvencionado por la patronal en los centros de trabajo. Cada uno en su esfera ejerce la misma función: obstaculizar la autonomía (cultural, política o sindical) de los trabajadores.

Hoy, en occidente, las consecuencias de la crisis capitalista están arrojando a millones de trabajadores a unas condiciones de miseria y desamparo que muchos comparan con las que existían en el siglo XIX. En aquella época los empresarios y políticos burgueses contaban con la policía y el ejército, pero no con el músico profesional ni con el delegado sindical a sueldo. La formación de la clase obrera fue un proceso que se desarrolló a través de la lucha (y el canto), pero este proceso no sólo partía de unas determinadas condiciones materiales, sino también de unas concretas bases culturales: la cultura folk o popular de la era pre-industrial. En las presentes circunstancias, ¿seremos capaces los trabajadores de repetir la historia y hacer oír nuestra voz por encima de la del artista, el político y el sindicalista profesional? Eso es otro cantar.



Artículo relacionado: Capitalismo y músicos pop


12 enero, 2019

Chalecos amarillos y lucha de clases ————— Agustín Guillamón




alasbarricadas.org - 11/01/2019

El proletariado no es una cosa, ni una identidad, ni una cultura, ni un colectivo estadístico que tiene unos intereses de clase propios que defender. El proletariado se constituye en clase mediante un proceso de desarrollo y formación que sólo se da en la lucha de clases. El proletariado, reducido en el capitalismo avanzado al estatus de productor y consumidor deviene una categoría social pasiva, sin conciencia propia; es una clase para el capital, sometida a la ideología capitalista. No es nada, ni aspira a nada, ni puede nada. Sólo en la intensificación y agudización de la lucha de clases surge como clase y adquiere conciencia de la explotación y dominio que sufre en el capitalismo y, en el proceso mismo de esa guerra de clases se manifiesta como clase autónoma y se constituye como proletariado antagónico y enfrentado al capitalismo, como comunidad de lucha. Enfrentamiento total y a muerte, sin posibilidades ni aspiraciones reformistas o de gestión de un sistema hoy ya obsoleto y caduco

Esta noción de clase como “algo que sucede”, que brota y florece del suelo de los explotados y oprimidos, es clave. La clase no se refiere a algo que las personas son, sino a algo que hacen. Y une vez que entendemos que la clase es fruto de la acción, entonces podemos comprender que cualquier intento de construir una noción existencialista o cultural e ideológica de clase, es falsa y está condenada al fracaso.

La clase no es un concepto estático, sólido o permanente; sino dinámico, fluido y dialéctico. La clase sólo se manifiesta y se reconoce a sí misma en los breves periodos en los que la lucha de clases alcanza su punto culminante.

El proletariado se define como la clase social que carece de todo tipo de propiedad y que para sobrevivir necesita vender su fuerza de trabajo por un salario. Forman parte del proletariado, sean o no conscientes de ello, los asalariados, los parados, los precarios, los jubilados y los familiares que dependen de ellos. En Francia forman parte del proletariado los casi tres millones de parados y los veintiséis millones de asalariados o autónomos que temen engrosar las filas del paro, amén de una cifra indefinida de marginados, que no aparecen en las estadísticas porque han sido excluidos del sistema.

La democracia parlamentaria europea se ha transformado rápidamente, desde el inicio de la depresión (2007), en una partitocracia “nacionalmente inútil”, autoritaria y mafiosa, dominada por esa clase dirigente capitalista apátrida, que está al servicio de las finanzas internacionales y las multinacionales. Se produce una profunda y extensa proletarización de las clases medias, una masificación del proletariado y la erupción violenta e intermitente de irrecuperables colectivos, suburbios y comunidades marginadas, antisistema (no tanto por convicción, como por exclusión). Los Estados nacionales se convierten en instrumentos obsoletos (pero aún necesarios, en cuanto garantes del orden público y defensa armada de la explotación) de esa clase capitalista dirigente, de ámbito e intereses mundiales. Su forma de gobierno es el totalitarismo democrático: una democracia reducida a la mínima expresión de votar cada equis años, para elegir entre representantes malos o peores del capital, sin capacidad alguna de intervención o decisión en la vida social o política.

Los suburbios se convierten en guetos de excluidos del sistema, que el Estado intenta aislar entre sí, entregando su dominio a las bandas, la droga, las mafias, las escuelas, los trabajadores sociales, oenegés, etetés, prisiones y policía, para que conjuntamente impongan el control y/o sacrificio económico, político, social, moral, volitivo, y si hace falta también físico, de “todos los que sobran”, con el objetivo preciso y concreto de desactivar su potencial revolucionario, intentando convertir esos barrios periféricos en colmenas de muertos vivientes, a los que las instituciones estatales les han declarado una guerra total de exterminio y aniquilación.

La lucha de clases no es sólo la única posibilidad de resistencia y supervivencia frente a los feroces y sádicos ataques del capital, sino la irrenunciable vía de búsqueda de una solución revolucionaria definitiva a la decadencia del sistema capitalista, hoy inútil y criminal, que además se cree impune y eterno. Lucha de clases o explotación sin límites; poder de decisión sobre la propia vida o esclavitud asalariada y marginación.

No son sólo chalecos amarillos, Monsieur Macron, es la guerra de clases, estúpido. Es el viejo topo que aparece y desaparece de escena, cavando sin cesar su túnel bajo un mundo caduco y obsoleto.



17 noviembre, 2017

Contra quienes justifican la servidumbre en vez de denunciarla.




Nos reconocemos como proletarios porque esa es nuestra condición concreta dentro de esta sociedad. El concepto “proletario” no se refiere a ninguna ocupación específica en la economía de mercado, sino al modo de existencia de los que no tienen ningún poder de decisión sobre su propia vida, porque están privados de los instrumentos materiales para producirla. Este despojo vital no lo sufren únicamente los obreros de fábrica, sino todos los que deben vender su fuerza de trabajo para subsistir, sin importar cuánto se les pague.

No hay salarios más justos que otros; el salario en sí es la principal forma de esclavitud moderna, de proletarización. Pero no es la única forma. También están despojados de su propia vida los que han sido arrojados a la indigencia, encerrados en prisiones y manicomios, embrutecidos en escuelas y universidades, masacrados en la guerra imperialista, o condenados a sobrevivir en las cloacas del mercado.

Para decirlo de una vez: el proletariado es esa inmensa mayoría de la humanidad que está impedida de vivir porque debe “ganarse la vida” de una forma u otra.

Asumirnos como proletarios no tiene nada que ver con esos ridículos esfuerzos por “construir identidad”. Nadie elige ser proletario. Uno nace proletario como se nace siendo esclavo, o bien es proletarizado por las fuerzas ciegas de la economía; y en ambos casos no hay nada de qué enorgullecerse. Estar proletarizado no es ninguna virtud, no es una condición que nos interese reafirmar ni defender, no nos complace como a los ecologistas, okupas o gays les complace la identidad que tan “libremente” eligieron para presentarse en sociedad. El único motivo de orgullo para los proletarios es luchar contra el mundo de la propiedad y del Estado, contra sus excrementos culturales y psicológicos, y contra todos los que justifican la servidumbre en vez de denunciarla.

Ai ferri corti. Grupo anarco comunista



14 noviembre, 2017

La patria de los obreros - Carlo Frabetti




27/09/2017

En ciertos sectores de la izquierda todavía persiste la idea –tan absurda como conveniente para los poderes establecidos– de que el independentismo y el internacionalismo son incompatibles, por no decir antagónicos. El internacionalismo une a los pueblos, mientras que el independentismo los divide, argumentan algunos, ya sea de forma ingenua o tendenciosa. De forma tan ingenua o tan tendenciosa que olvidan incluso algo tan elemental como que, por definición, el internacionalismo presupone la existencia de diversas naciones –y nacionalismos– capaces de interrelacionarse solidariamente. Lo que, a su vez, supone entender el nacionalismo no como la exaltación arrogante de determinadas peculiaridades culturales ni como la reivindicación excluyente de privilegios arbitrarios, sino como la pura y simple afirmación de la propia identidad y de la propia soberanía frente a quienes las niegan o las limitan. Y en una época en la que el capitalismo adopta la forma de un imperialismo avasallador que intenta arrebatarles a los pueblos su identidad para poder arrebatarles todo lo demás, la defensa de la soberanía y el derecho de autodeterminación se convierte en un aspecto fundamental de la lucha anticapitalista.

Así lo han entendido la mayoría de los cubanos, para quienes “socialismo o muerte” y “patria o muerte” se han convertido en lemas equivalentes, puesto que tienen muy claro que la defensa de su soberanía nacional y la defensa de su proceso revolucionario son una misma cosa. Así lo ha entendido una buena parte del pueblo vasco, cuya lucha contra la opresión de los estados español y francés se funde y se confunde con la lucha de clases. Y así lo han entendido también diversas organizaciones independentistas catalanas, gallegas, castellanas, aragonesas, andaluzas… Y así empiezan a entenderlo, por fin, algunas formaciones de izquierdas de ámbito estatal.

Sin embargo, el incontenible clamor soberanista que en estos días sacude Catalunya ha provocado el paradójico rechazo de una parte de la izquierda, esa que repite como jaculatorias ciertas consignas marxistas que, sacadas de contexto, dejan de tener sentido o, lo que es peor, se prestan a todo tipo de tergiversaciones. Y una de las más equívocas de esas consignas descontextualizadas (que llevaron al propio Marx a decir “Yo no soy marxista”), invocada recurrentemente por quienes se oponen al independentismo, es “Los obreros no tienen patria”. En el marco del Manifiesto comunista, la frase tiene pleno sentido, pues lo que dicen expresamente Marx y Engels es que el proletariado no puede identificarse con el modelo de nación burgués –basado en la explotación de unas personas por otras y de unos países por otros– y ha de construir su propio modelo solidario; fuera de ese contexto, la frase se ha utilizado a menudo para cuestionar las reivindicaciones identitarias y soberanistas de los pueblos oprimidos, y la izquierda institucional no puede hacerse cómplice de esta manipulación.

Cuando en América Latina y en Oriente Próximo los desheredados del mundo libran una batalla decisiva contra el imperialismo, las privilegiadas izquierdas europeas tienen la insoslayable responsabilidad política e histórica de unirse en un frente común, en una quinta columna que desde el propio interior de los países ricos, desde el corazón de la bestia, contribuya a desbaratar los planes de expolio y exterminio de un capitalismo exasperado que también entre nosotros, y hoy más que nunca en Catalunya, está mostrando su rostro más brutal.

19 octubre, 2017

Referéndum catalán: la alternativa es Nación o Lucha de Clase del proletariado






Hace casi cinco años publicamos un artículo (“España y Cataluña: dos patrias para imponer la miseria” [1]) en el que tomábamos posición frente a la multitudinaria manifestación que el 11 de septiembre de 2012 recorrió las calles de Barcelona reclamando la constitución de Cataluña como un “Estado propio” dentro de Europa, es decir independiente del Estado español. Denunciamos entonces que detrás de esa movilización aparentemente festiva y reivindicativa, se escondía en realidad una ceremonia de inmolación de los intereses de los explotados en aras del beneficio de los explotadores, una sumisión de las necesidades humanas de la inmensa mayoría de la población a las exigencias del orden capitalista. Como pusimos de manifiesto ya entonces: 

«El día 11 vimos a Felip Puig, conseller de Interior de la Generalitat catalana, impulsor de una violenta represión contra las manifestaciones masivas del año pasado, urdidor de turbias provocaciones policiales contra los manifestantes, desfilar rodeado amistosamente de sus víctimas, jóvenes parados o precarios. Vimos a 9 de los 11 consellers de un gobierno que ha sido pionero en aplicar crueles recortes en sanidad y educación, andar codo con codo con sus víctimas: las enfermeras o médicos que han perdido más del 30% de sus salarios o los usuarios que tienen que pagar un euro cada vez que van a la consulta. Vimos a patronos, policías, curas, políticos, líderes sindicales, compartir calle con sus víctimas: parados, trabajadores, jubilados, emigrantes… Una atmósfera de UNION NACIONAL presidió la concentración. El Capital se hizo acompañar por sus víctimas –la mayoría explotada– convirtiéndolas en tontos útiles de sus objetivos egoístas.».

En aquel artículo concluíamos que «El señor Mas ha prometido un referéndum, no sabemos qué preguntará, pero lo que sí sabemos es lo que pretenden tanto él como sus colegas españolistas: hacernos elegir entre 3 opciones a cuál peor: ¿Quiere que los ajustes y recortes se los aplique el Estado español? ¿Quiere que les sean impuestos en el marco de la “construcción nacional de Cataluña”? o ¿Quiere que se los propinen conjuntamente el Estado español y el aspirante catalán? El Capital en España cuenta con dos patrias para imponer la miseria: la española y la catalana».

Un embrollo hediondo.

El lustro transcurrido desde entonces en lo que se ha llamado “el procés” no sólo no ha servido para aliviar lo más mínimo la miseria y los sufrimientos (los recortes, los desahucios [2], los despidos, etc.) que ha sufrido la población trabajadora, sino que tampoco ha desembocado en un escenario en el que los diferentes protagonistas se aclaren con el papel ni la obra que aspiran a representar.

La antigua Convergencia i Unio (hoy rebautizada como PDeCAT para desodorizarse de la corrupción de los Pujol) se ve forzada a asumir el protagonismo del dicho “procés” independentista para evitar verse desplazada por Esquerra Republicana y presionada por las constantes sobrepujas de la CUP. Y aunque este radicalismo irrita grandemente a amplios sectores que tradicionalmente se veían representados por el nacionalismo “moderado” de CiU –que abarcan desde pequeña burguesía rural hasta sectores empresariales y financieros bien engarzados con el resto del capitalismo español[3]– y se suceden deserciones y purgas, eso no consigue frenar la carrera que Más y Puigdemont, cual Thelma y Louise[4], han emprendido hacia el vacío de un referéndum imposible. Por su parte ERC espera recoger los frutos de esta inmolación de los sectores tradicionalmente más “colaboracionistas” con el aparato político español, acentuando hasta el paroxismo el victimismo respecto a España, y reproduciendo el famoso “Roma Ladra” (Roma ladrona) de la ultraderechista Liga Norte italiana que se traduciría en el “Espanya ens roba”. Pero ¿quién roba a quién? No podemos olvidar que, en la sociedad capitalista, el robo fundamental y constituyente es la PLUSVALIA, es decir, que los capitalistas se apropian legalmente de una parte del trabajo de los obreros, la mayor, pues se calcula que de una jornada de 8 horas ellos se embolsan el producto de 6 o 7 horas de la misma. Los obreros, desempleados y jornaleros de Cataluña no roban a los de España y viceversa, sus hermanos de las demás regiones no roban a los que viven en Cataluña. Son los capitalistas –españoles, catalanes, “multinacionales”– los que SIEMPRE ROBAN a la clase obrera y a todos los oprimidos y explotados. Es asquerosa la demagogia que se llevan unos y otros, los capitalistas catalanes estigmatizando y culpabilizando a “los españoles en general” o, los capitalistas españoles crucificando a “los catalanes en general”. El dilema no es España / Cataluña, sino NACION o CLASE.

Porque esta fiebre que extiende los comportamientos erráticos e indisciplinados entre las facciones del aparato político del capital español se ha ido propagando a todas ellas. Se ve por ejemplo en el Partido Popular que quiere identificarse como el defensor de la “unidad de la patria” y sin embargo chalanea el respaldo parlamentario al gobierno Rajoy con concesiones discriminatorias a las diferentes regiones [5], que además suponen un agravio comparativo con las demás autonomías. El hecho de que además el Partido Popular quiera emplear en su “choque” contra el nacionalismo catalán todo el arsenal del Estado –desde el Tribunal Constitucional hasta el déficit público pasando por las “cloacas” del Ministerio del Interior– resta credibilidad a la idea de que las instituciones democráticas pudieran actuar como árbitros en los conflictos entre los distintos componentes de la clase explotadora.

Y lo que en un momento puede servir para hacer agachar la frente a los “díscolos”, aguijonea, más pronto que tarde, la contestación y la desconfianza, que ocasionan a su vez de nuevos golpes de autoridad. La muestra viviente de estos volantazos la vemos en la política del otro gran partido del capitalismo español, el PSOE, oscilante de los gobiernos junto a ERC e Izquierda Unida (2003-10) a cerrar filas con el PP contra el Referéndum amagado en 2014 y el anunciado para octubre de este año. Evacúa, una tras otra, propuestas de reformas constitucionales, comisiones, “mesas de diálogo”, etc., a cuál más vaga y ambigua, al mismo tiempo que sus líderes históricos (González y Zapatero que aparecieron recientemente del brazo de Aznar en un coloquio sobre el “desafío catalán”) y sus medios de comunicación más afines (El País, la SER), exhiben cual matones el arma del artículo 155 de la Constitución que faculta la suspensión de la autonomía. Este funambulismo del otrora partido más coherente de la burguesía española no solo les ha relegado electoralmente en Cataluña, donde son la 5ª fuerza política; sino que acentúa una imagen de falta de fiabilidad para el conjunto de la burguesía española, que ven por ejemplo como Sánchez lo mismo coquetea con Ciudadanos que se arrima interesadamente a ERC.

Detrás de este irresoluble embrollo lo que aparece es la crisis sin solución del sistema capitalista, en lo que hemos caracterizado como su etapa final de descomposición social. Como ya señalamos en el mencionado artículo de nuestra publicación en Setiembre de 2012: «En el plano político esta descomposición aguda se manifiesta en la tendencia a una irresponsabilidad creciente de las distintas fracciones de la burguesía, cada vez más enfangadas en el “cada uno a la suya” que con la agudización de la crisis se traduce en el “sálvese quien pueda”».

Los “nuevos” partidos, las viejas patrañas –democracia y nacionalismo–, más pestilentes en este escenario de descomposición capitalista.

En los últimos años han aparecido nuevos actores, que con discursos aparentemente “renovados” repiten, sin embargo, las mismas rancias patrañas que siempre han proclamado los explotadores. Primer mandamiento: los explotados deben confiar en los cauces del Estado creado por los capitalistas para asegurarse la explotación. Segundo designio: los intereses de clase del proletariado, que son comunes a todos los trabajadores del mundo, deben sacrificarse por el contrario al interés de “su” Patria, la cual no es otra cosa que la finca privada de “su” burguesía.

Entre estos destaca en primer lugar la CUP (Candidatura de Unidad Popular) formada en gran medida de los restos “recauchutados” del viejo izquierdismo estalinista y trotskista de los años 70[6], que han derivado hacia una mayor histeria patriotera, eso sí, de patria cada vez más chica, convirtiéndose, hoy, en los propagadores fundamentales de la mistificación nacionalista, queriendo hacernos creer en la compatibilidad de los” intereses nacionales” y los “intereses sociales”. Sus discursos en contra de los recortes sociales, la arbitrariedad policial contra los centros juveniles o los efectos negativos del turismo de masa sobre los trabajadores y otras capas sociales empobrecidas, son cortinas de humo para ocultar la cruda realidad: SON PRECISAMENTE ELLOS, LOS “RADICALES” DE LA CUP, QUIENES CON SU APOYO PARLAMENTARIO MANTIENEN CON VIDA EL GOBIERNO CATALAN QUE MAS LEJOS HA IDO EN LOS RECORTES SOCIALES, LA BRUTALIDAD POLICIAL Y EL TURISMO DEPREDADOR. Una vez más ¿Nación o Clase?

Está también Podemos, en sus diferentes versiones y sistemas operativos (Podem, En Comú, etc,) que presume de ser la cristalización del movimiento de los Indignados, cuando en realidad fue su saboteador y su falsificador[7]. Podemos tiene una gran dificultad para articular un discurso coherente sobre las “nacionalidades que coexisten bajo el Estado español”. Por un lado, tiene corrientes claramente nacionalistas y está coaligado con formaciones que son partidarias de la independencia de Cataluña, Galicia, etc.; en segundo lugar, cuenta con los llamados “anticapitalistas” que son los más numerosos entre los militantes activos y que propugnan la “autodeterminación nacional”; finalmente, cuenta con tendencias (en general las que se han ido incorporando en sucesivas oleadas desde el PCE) que defienden abiertamente la unidad de España.

Esta incomodidad le ha movido a especializarse en cambio en la propagación de la mistificación democrática: ¡lo que cuenta es que los ciudadanos voten! Aunque sea una pantomima [8] como quiere la propia alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, que defiende el referéndum del 1 de octubre como una “movilización”, es decir una especie de “performance” democrática. Aunque Iglesias -secretario general de Podemos- defiende que se emplee el referéndum para dejar las cosas como están, o sea manteniendo la unidad territorial del Estado capitalista español. Lo que deberíamos defender, según los farsantes de Podemos, es el sacrosanto “derecho a decidir” de la población.

Ese aparentemente atractivo “derecho a decidir” es, en realidad, una de las hojas de parra del más peligroso veneno ideológico de los explotadores: la mistificación democrática de la “soberanía popular”. En abstracto, la población decide libremente su futuro. En realidad, la democracia es la tapadera de la Dictadura del capital. En el mundo falsario de la propaganda burguesa, los ciudadanos eligen la opción política que le procurará más trabajo, mejores prestaciones sociales, etc. En la dictadura capitalista real, el trabajador obtiene un empleo solo si acrecienta la acumulación capitalista, sólo tiene derecho a sanidad, educación, ocio, si con ello se incrementa la productividad general. Los capitalistas venden la ilusión de que tenemos en nuestras manos el “derecho a decidir” conscientemente nuestro futuro y el de nuestros hijos cuando en realidad el mundo se ve cada vez más gobernado por las leyes ciegas del capitalismo: la dictadura de la mercancía, la de la acumulación, la explotación y la concurrencia. Hablar de “derecho a decidir” cuando en el mundo de hoy millones de seres humanos sufren impotentes hambrunas, enfermedades, terrorismo y desastres ecológicos, es de un cinismo macabro. Y más aún cuando sobre la mayoría de la población se extiende una más que fundada sospecha en que, con el actual sistema social mundial, el futuro está ya decidido: la destrucción de la humanidad.

Pero ¿por qué en este contexto social, que es verdaderamente el de una etapa terminal del capitalismo, se ha desatado tamaña exacerbación nacionalista?, que vemos en Cataluña, pero también en USA o en Francia (con Trump y Le Pen en sus versiones más ultraderechistas). Lo vemos en Gran Bretaña con el “Brexit” y en Escocia (frente a Gran Bretaña). Una de las principales razones es que la nación, que es una realidad que el capitalismo impuso históricamente para superar la feudalidad, aparece hoy como una especie de refugio frente a la propia descomposición y caos social consecuencia, en realidad, de la persistencia del capitalismo. Detrás de ese eslogan tan apreciado en las filas de la CUP, o de Podemos, de “soluciones locales ante problemas globales” se dibuja una actitud claudicante ante problemas que sólo podrían ser enfrentados erradicando el capitalismo de la faz de la tierra. No existe posibilidad alguna de escapar del capitalismo en un país [9], menos en una región o comarca o en una comunidad local. Tras estas ilusiones no hay más que una llamada al sacrificio de los intereses de la población en aras de esa abstracción llamada “comunidad”, llamada “pueblo” o llamada “patria”.

Como señalamos en el mencionado artículo escrito, insistimos, hace ya cinco años, cuando alertábamos de los riesgos que la descomposición social, que se expresa a través de esta pulsión nacionalista, representa contra los trabajadores: «Pero el drama es que estas tendencias afectan y contaminan al proletariado que vive rodeado de la pequeña burguesía –caldo de cultivo de la descomposición social– y sometido a la presión que ejercen las conductas cínicas y corruptas de la clase dominante así como a la propaganda que esta difunde. El proletariado debe combatir los efectos de esta descomposición social, desarrollando los anticuerpos necesarios: a un mundo de competencia desenfrenada debe oponer una lucha solidaria; a un mundo que se disgrega en pedazos con gobernantes aspirantes a reyezuelos de Taifas, debe oponer su unidad internacional; a un mundo de exclusión y xenofobia, debe oponer su lucha inclusiva e integradora…»

El proletariado representa en cambio una perspectiva completamente diferente: «El proletariado tiene una fuerza fundamental frente al capitalismo: ser el productor asociado de la mayoría de productos y servicios. Pero tiene igualmente una fuerza cara a dar un futuro a la humanidad: el trabajo asociado que liberado de las cadenas capitalistas –el Estado, de la mercancía y del salariado– permita a la humanidad vivir de manera solidaria y colectiva, consagrada a la plena satisfacción de sus necesidades y las del progreso del conjunto de la naturaleza». (ídem)
Valerio

NOTAS

[2] Cabe señalar que en Barcelona han subido los alquileres un 11% en 2016 y ello bajo la alcaldía de la Señora Colau, la cual utilizó la Plataforma de Afectados por las Hipotecas como trampolín para alcanzar “altas metas políticas”.

[3] La burguesía catalana ha constituido siempre un baluarte del capitalismo español. Fue pieza capital del Estado burgués republicano en los años 30 del siglo XX, atravesó con bastante comodidad la etapa franquista viéndose generosamente recompensada con inversiones y subvenciones, y colaboró decisivamente en la transición democrática. No en vano el icono que sirvió para cerrar el pasaje desde la dictadura fue el famoso “ja soc açi” (ya estoy aquí) del ex presidente Tarradellas. Ya en la etapa democrática, Convergencia se ha convertido en la bisagra para apuntalar gobiernos sucesivos de UCD, del PSOE y del PP, a cambio de más inversiones y subvenciones que en buena parte han ido a los bolsillos del “pujolismo” que han creado con ellos una amplia red clientelar

[4] Película famosa en su momento (1991) donde las dos protagonistas huyen sin descanso de la persecución policial hasta verse finalmente atrapadas frente a un enorme precipicio.

[5] Que el Partido Nacionalista Vasco haya pasado de estar estigmatizado como el principal peligro para la unidad de España a “ejemplo de responsabilidad democrática” no es una manifestación de una solución de los problemas históricos de soldadura del capital español, sino de hacer de ellos un objeto de subasta, al albur de las contingencias del gobierno de turno, lo que acentúa los sentimientos de agravio comparativo entre las distintas burguesías regionales. Recientemente el gobierno del PP ha regalado significativas ventajas fiscales al gobierno vasco (o sea al PNV) mientras asfixia económicamente a las demás autonomías, y en primer lugar a la hiperendeudada Cataluña.

[6] Hijos políticos de aquellos que nos llamaron en los años 1970-80 a abandonar la autonomía de clase y a apostar por la “llibertat, amnistía, estatut de autonomía” como medio de ahondar las contradicciones de la clase dominante, son los mismos que nos llaman hoy a respaldar el “procés” como medio de “liquidar el régimen del 78” (véase su inmensa hipocresía) y, ¡cómo no!, para ahondar las contradicciones en blá blá blá.


[8] Hay que decir que esta “opereta” no tiene nada de cómica pues puede costarles a miles de trabajadores públicos el verse sometidos a sanciones y multa por parte de las autoridades españolas o a verse estigmatizados ante las autoridades catalanas

[9] Quienes sembraron la patraña del “socialismo en un solo país” fueron los antecesores políticos de todos estos partidos de izquierda e izquierdistas que utilizaron esta mistificación para sobrexplotar al proletariado en Rusia y otros países “socialistas” y para llevarlo a las masacres imperialistas de la Segunda Guerra Mundial, y las “luchas de liberación nacional” como mostramos en otro artículo de este mismo número de AP. Resulta muy significativo ver hoy como en una polémica recientemente mantenida en redes sociales entre Garzón (secretario general de Izquierda Unida) y Rufián (“starlette” de ERC en el parlamento español) y la CUP, ambos bandos han tirado del mismo repertorio de fraseología clásica del estalinismo, como por ejemplo el “derecho de autodeterminación de los pueblos” (cobertura ideológica del bloque imperialista Ruso para arrebatarle posiciones al bloque imperialista USA) o la “defensa de la patria socialista”

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