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14 diciembre, 2019

La canción del trabajador musicante




El Salariado – 22/11/2019

Publicado en Dolly Records nº 2.

«Yo he sido profesor y creo que no hay ninguna diferencia entre dar clases y subirse a un escenario. En ambos casos se trata de entretener a delincuentes en potencia». Si damos por buenas estas palabras de Sting y admitimos que la función social de los músicos profesionales es de centinela, entonces deberíamos considerar los sindicatos de músicos (y de profesores) como una especie de asociaciones de policías o guardias jurados diplomados en trabajo social. O al menos así es como habría que considerar a aquellos sindicatos que no cuestionan el papel que juegan estos artistas en la sociedad. En realidad, como vamos a intentar demostrar, la función cultural que tienen los músicos profesionales y la industria de la música en esta sociedad capitalista es más compleja y siniestra. A la hora de servir pan y circo, los músicos aportan su buena ración de circo, menos cruento que el romano pero culturalmente más nocivo. Y la cosa no queda ahí.

Todo esto, no obstante, constituye una novedad histórica relativamente reciente. Las bases materiales de la cultura capitalista de masas, que derribó casi todas las fronteras entre la alta cultura y la cultura plebeya, fueron los medios de comunicación de masas. La radio, la industria de la música y la música moderna surgieron y maduraron en la primera mitad del siglo XX, en la época de entreguerras. Tras este periodo de guerra y crisis las cosas ya no volverían a ser como antes, sobre todo para los trabajadores, cuyos sindicatos quedaron integrados institucionalmente en el Estado y cuya música pasó a formar parte de una cultura de masas, apta para todas las clases sociales. La separación entre el artista y el público, que en la vieja cultura plebeya era un hecho circunstancial, se hizo permanente. Conforme la música se convertía en un trabajo, el trabajador dejaba de hacer música. Cuanto más alto se oía la voz del músico profesional, menos se escuchaba la voz del trabajador.


La belle époque prebélica fue testigo del canto del cisne de la canción sindical. El «Pequeño Cancionero Rojo» de la Primera Guerra Mundial y la figura de Joe Hill son emblemáticos en este sentido, aunque este tipo de cantar atesoraba al menos un siglo de tradición. Las primeras baladas huelguísticas que se conocen se remontan a los conflictos de los marineros ingleses (1815) y los barqueros del río Tyne (1822). Unos años antes, en 1812, los disturbios luditas habían inspirado canciones como The Cropper Lads (Los mozos de tundir, con versos como «Los tundidores abrimos el baile / ¡Con hachuelas, picas y pistolas!»). Según Engels «la clase obrera comenzó la resistencia contra la burguesía cuando se opuso por la fuerza a la introducción de las máquinas». Los primeros combates del proletariado contra la burguesía, pues, tuvieron su propia música. Pero estas canciones obreras, sindicales o de protesta, constituyen en realidad el último estadio de desarrollo de la canción folk, la cual, como expresión cultural de las clases trabajadoras, siempre estuvo íntimamente ligada al trabajo («No se puede escribir sobre folklore sin escrutar la actitud del pueblo respecto al trabajo», decía el folklorista alemán W. H. Riehl en 1861). Y es que la canción del trabajador musicante tiene más en común con los cantos que entonaban los hombres y mujeres del paleolítico en sus cavernas, durante sus rituales de magia simpática, que con los temas de Pete Seeger y Banda Bassotti, o incluso con himnos como La Internacional o A las barricadas.

Para los trabajadores la música siempre fue coser y cantar («En mi pueblo al crujir los telares / Suenan más y mejor los cantares», dice la canción). Los trabajadores cantaban mientras trabajaban, cantaban sobre su trabajo en sus ratos de ocio y terminaron cantando en defensa de los intereses del trabajo durante sus luchas. Y al corear sus cánticos no sólo mostraban cuál era su actitud ante a su trabajo y sus condiciones de vida, sino que además promovían su sentimiento comunitario y forjaban una cultura propia.

Una clara muestra de esta íntima relación entre el cantar y el trabajar son los cantos de trabajo, es decir, las canciones que se entonaban durante la faena cotidiana. Entre las últimas work songs [canciones de trabajo] que se escucharon en occidente se cuentan los shanties (salomas) de la marinería, los hollers (gritos de campo) de los esclavos negros y las endechas de los trabajadores del ferrocarril y los presidiaros condenados a trabajos forzados, unas expresiones que además son precursoras del blues. Estos cantos coordinaban las labores y aumentaban la productividad, pero al mismo tiempo cohesionaban y unían a los trabajadores, quienes muchas veces plasmaban en sus versos sus antipatías hacia los capitanes de los buques o los capataces de la cuadrilla («Un barco yanqui bajaba por el río / ¿Y quién crees que lo comandaba? / Un oficial yanqui y un desabrido capitán / ¿Y qué crees que daban de comer? / Cola de papagayo e hígado de mono», dice la saloma Shallow Brown). Los shanties de los marineros anglo-americanos, con sus patrones de llamada y respuesta, tienen una clara influencia afro-americana. Los marineros en general, como obreros itinerantes, jugaron a lo largo de la historia un papel fundamental en la transmisión y fusión de distintas culturas. Hasta la llegada del ferrocarril a los Estados Unidos, las comunicaciones y el comercio de esta nación dependían de los obreros de la mar. El Caribe fue durante siglos un cruce de caminos frecuentado por esclavos africanos y trabajadores españoles, británicos, franceses e indios, entre muchos otros. Marineros, barqueros, leñadores, esclavos y aparceros ponían en circulación su música y sus canciones, y luego estos ritmos y versos recorrían el Mississippi, el Caribe y el Atlántico. A comienzos del siglo XIX, el corsario Jean Lafitte tenía su propio reino en las marismas de las afueras de Nueva Orleans (llamado Barataria, pues vendía barato el botín de sus saqueos), y su propio ejército de bandidos de todas las naciones. No es extraño que esta ciudad policultural terminara convirtiéndose en la cuna del jazz.

Aunque no todas las labores tenían su canto de trabajo, había muchas profesiones que disponían de todo un repertorio de canciones para momentos de ocio. En ellas los trabajadores reflejaban entre otras cosas sus condiciones laborales o los cambios que se estaban produciendo en el gremio («Os diré claramente dónde están las mujeres / Las mujeres han ido a tejer a máquina / Y si quieres toparte con ellas tienes que levantarte temprano / Y hacer una larga caminata hasta la fábrica por la mañana», explicaba The Weaver and the Factory Maid). Los marineros, los tejedores, los leñadores, los mineros y los trabajadores del campo fueron especialmente aficionados a esta clase de cante. En ocasiones, recurriendo a metáforas relacionadas con el trabajo y las herramientas, componían canciones eróticas.

La canción folk tampoco dejaba de lado los trabajos y las condiciones de vida de las mujeres. Buenos ejemplos son A Woman’s Work is Never Done o The Ladies’ Case («¡Qué duro es el destino del sexo femenino! / Siempre encadenadas, siempre encerradas / Atadas a sus padres hasta que las convierten en esposas / Y luego esclavas de su marido el resto de su vida»). También se conservan baladas sobre mujeres que se travestían para desempeñar oficios masculinos, como hicieron entre otras las conocidas piratas Mary Read y Anne Bonny.

La canción protesta no surge en los años 50. Se conoce una copla de este tipo compuesta por los esclavos del antiguo Egipto («¿Tenemos que pasarnos todo el día acarreando cebada y farro?») y hay quien piensa que The Cutty Wren se remonta a la revuelta de campesinos ingleses de 1351 y que Die Gedanken sind frei proviene de las Guerras Campesinas de 1524-26 en Alemania. Durante el periodo de transición del feudalismo al capitalismo, a medida que se aceleraba el proceso de acumulación primitiva de capital y que los pequeños productores eran despojados de sus medios de vida independiente y obligados a buscar trabajo como asalariados, tanto la forma como el contenido de la canción folk se fueron modificando. El fugitivo, el asaltante de caminos, el cazador furtivo, el deportado a las plantaciones de América, el reo condenado a la horca, el soldado desertor y el marinero reclutado a la fuerza en la armada son personajes recurrentes en las canciones de esta época. «La primera, la más grosera, la más horrible forma de rebelión [de los obreros] fue el delito», comenta Engels. Las formas más primitivas de rebelión contra el capitalismo también tuvieron, pues, su banda sonora. Testimonio de esta secular simpatía popular hacia ciertos criminales son las baladas de Robin Hood o de Jesse James.

Conforme avanzaba el proceso de formación de la clase obrera y sus formas de resistencia evolucionaban desde el delito, los disturbios y la destrucción de máquinas hasta el sindicalismo, la canción folk hacía lo propio. La gran cantidad de canciones de los tejedores y mineros ingleses del siglo XIX que se han conservado permiten observar este proceso de toma de conciencia colectiva, partiendo de tonadas como Poverty Knock («Cariño, llegamos tarde / El capataz está en la puerta/Vamos a perder dinero / Se quedará con nuestro salario / Tendrán que fiarnos el pan») hasta llegar a las amenazas de The Blackleg Miner («Únete al sindicato mientras estés a tiempo / No esperes al día de tu muerte / Pues quizá ese día no esté lejos / ¡Sucio minero rompehuelgas!»). Otros trabajadores, como por ejemplo los segadores (Triste invierno: «Nos matan a trabajar / Comiendo sólo pan duro / Cuando una gota que sudas / Vale lo menos mil duros») o los arrieros (El arriero y los ladrones: «¡Arre mulo! ¡Mala maña! / Que no llevamos dinero / Que el dinero lo tiene el amo / Aunque nosotros lo sudemos») también reflejaban en sus cantos su toma de conciencia ante el trabajo y el mundo en el que vivían.

Como se ha visto, antes de que la industria de la música convirtiera la canción en mercancía y a los cantantes en artistas profesionales con derechos de propiedad, los trabajadores llevaban siglos desarrollando una cultura musical común y propia. Bien es cierto que la figura del músico profesional no surge con el capitalismo y que la canción folk no siempre fue compuesta por los propios trabajadores. Sin embargo eran ellos quienes la entonaban con unos determinados fines y quienes la transmitían y la transformaban mediante tradición oral, hasta que los medios de comunicación de masas cortocircuitaron todo este proceso, permitiendo que el artista profesional llevara a cabo en el terreno de la cultura algo parecido a lo que antes había hecho la burguesía en el terreno de la economía: saquear una propiedad común y someter al trabajador a esta propiedad recién usurpada. Los obreros dejaron de cantar sus propias canciones cuando otros empezaron a cantar por ellos. Paradójicamente, cuando la música se convirtió en un trabajo más, el trabajo empezó a desaparecer de las canciones y la canción empezó a desaparecer de los centros de trabajo, excepto en la forma de hilo musical. Empresas como Muzak comenzaron a estudiar de qué forma la música de fondo podía estimular la productividad y el consumo y reducir el absentismo laboral. Las canciones, ciertamente, siguen hoy formado parte de nuestras vidas, pero de una manera radicalmente distinta.


Durante la Edad de Oro del capitalismo que siguió a la Segunda Guerra Mundial, con la expansión de la sociedad de clases medias y sus posibilidades de promoción social, el trabajo colectivo de cuello azul que dejaba callos en las manos empezó a considerarse como algo degradante y a evitar. La lucha colectiva por la defensa de los intereses del trabajo y el refus de parvenir (rechazo del medro) de los sindicalistas revolucionarios franceses se transformaron en una lucha individual por ascender en la escala social mediante un trabajo acorde con los gustos personales. Siguiendo el eslogan de Auschwitz («El trabajo te libera»), el mantra de la nueva cultura dominante de masas decía «el trabajo te realiza». Y el músico profesional estaba (y aún está) atrapado en este espíritu de los tiempos.

El artista trata de huir de la monotonía y la alienación del trabajo, sueña con convertirse en músico profesional y reclama para sí los derechos sobre su «creación», pues los artistas, dice la cultura dominante, son «creadores». Pero en realidad el artista no crea absolutamente nada. Su bagaje musical procede de un una cultura ajena, popular y obrera, del blues de los esclavos de la cuenca del Mississippi y del hillbilly de los campesinos de los montes Apalaches, cuya mezcla dio lugar al rock’n’roll y posteriormente, al combinarse con las tradiciones musicales de distintos pueblos, a toda clase de estilos y géneros. Ni siquiera las canciones que compone el artista pueden considerarse como propiedad suya, pues responden a todo un conjunto de influencias culturales y condicionamientos sociales que, aunque se catalicen a través de un individuo concreto, son producto social y colectivo, como toda mercancía. El trabajador es de hecho quien crea, no ya la cultura, sino la riqueza que permite que el músico se dedique a su profesión.

La canción folk del trabajador musicante representa la antítesis de la obra del músico profesional. Es anónima, gratuita, colectiva y no tiene el carácter de mercancía que se consume. No fomenta el lucro personal, sino la solidaridad y los lazos comunitarios. Y en este sentido no cabe hacer distinciones entre músicos profesionales según su origen social, el mensaje de sus canciones, su compromiso político o sus ingresos.

Entre el trabajador musicante y el músico profesional se sitúa la figura del músico semi-profesional, un estado efímero que normalmente desemboca en uno de los dos anteriores, pero que ha dado músicos y artistas de la talla de Arnold Schultz, Leadbelly, Mississippi John Hurt, Elisabeth Cotten, Jimmie Rodgers o Roscoe Holcomb. Hoy cada vez son más los músicos que se ven obligados a buscarse otro trabajo para complementar sus ingresos y poder sobrevivir. Esta situación, que para el artista representa una desgracia, sienta las bases para el posible resurgimiento de la canción obrera.

En fin, quien se sube a un escenario no sólo entretiene a delincuentes en potencia, como decía Sting. Su papel en el terreno de la cultura es semejante al del parlamentario burgués en la política o al del representante del sindicato amarillo y subvencionado por la patronal en los centros de trabajo. Cada uno en su esfera ejerce la misma función: obstaculizar la autonomía (cultural, política o sindical) de los trabajadores.

Hoy, en occidente, las consecuencias de la crisis capitalista están arrojando a millones de trabajadores a unas condiciones de miseria y desamparo que muchos comparan con las que existían en el siglo XIX. En aquella época los empresarios y políticos burgueses contaban con la policía y el ejército, pero no con el músico profesional ni con el delegado sindical a sueldo. La formación de la clase obrera fue un proceso que se desarrolló a través de la lucha (y el canto), pero este proceso no sólo partía de unas determinadas condiciones materiales, sino también de unas concretas bases culturales: la cultura folk o popular de la era pre-industrial. En las presentes circunstancias, ¿seremos capaces los trabajadores de repetir la historia y hacer oír nuestra voz por encima de la del artista, el político y el sindicalista profesional? Eso es otro cantar.



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04 enero, 2013

Capitalismo y músicos pop



En el pasado, los y las artistas que grababan discos expresaban la ira y tristeza de la gente con la cual compartían experiencias vitales de existencia. La música rhythm blues, que tiene sus raíces en las antiguas canciones espirituales de los esclavos, crecía y se expresaba en las comunidades y guetos en los cuales nació. Hoy, los cantantes captan y empaquetan la rabia social como un bien comercial; el artista que comercia con la rebeldía encuentra un vehículo para su ascenso social en el mundo de las grandes corporaciones, ese mundo que domina la economía y que a su vez crea los suburbios desolados que engendran la rabia.

La diferencia entre los cantantes de blues y folk de antaño, y los cantantes de música pop de hoy, está en la dicotomía entre la temática de las canciones y la posición de clase y las afinidades sociales de los intérpretes. Desde los años sesenta, la brecha entre las letras y las realidades de clase ha crecido, hasta constituir una parodia viviente. Ello podría ser tema de bromas, si no fuera por las consecuencias políticas y sociales más amplias que lo acompañan.

Los rebeldes millonarios

El concierto masivo de música pop de hoy no es más que un espectáculo comercial que distrae y entretiene a la gente. Pero lo hace en gran parte mediante la captación de temas y preocupaciones populares, "universalizándolo" y vaciándolos de sentido específico y de toda propuesta social. Los cantantes pop desvían la ira hacia una representación teatral inofensiva, en la cual las poses y las voces roncas son vistas como intrascendentes en la vida real: la política de los gestos individuales. Los rebeldes millonarios distraen y canalizan a la audiencia hacia una especie de catarsis periódica que es esencialmente privada y apolítica. Las letras violentas son la demagogia musical de la provocación personal, y son parte de una red comercial altamente rentable.

La influencia política de la música popular ha sido inmensa. Los cantantes y las canciones transmitidas directa o indirectamente por los medios de comunicación han formado la conciencia, el estilo de vida y los valores, con un alcance mucho mayor que la palabra escrita. Durante décadas, la música y la canción han sido un fenómeno masivo, que atrae a millones de personas con su ritmo, su prédica y sus chillidos, sus sacudones y tambaleos.

Los cantores han proyectado modos y estilos de vida. Hoy convocan a audiencias masivas que no las consigue ningún escritor. Sus letras son repetidas por más jóvenes que cualquier eslogan político del pasado o presente. Sus gestos son remedados; ellos dan a la vez forma y expresión a la ira y deseo de generaciones enteras, en tránsito entre el colegio y la integración a la fuerza laboral. En este sentido, los músicos son los "parteros" políticos de la transición de la adolescencia a la edad adulta. Si tienen y expresan alguna fórmula política con respecto a la economía y la sociedad, ella es la transformación en mercancía de la rebeldía juvenil y una profunda conformidad con el mundo de la riqueza empresarial. El eje de acción de los músicos populares modernos es su profunda integración a los grandes negocios y sus redes internacionales. Estos cantantes son actores plenos de esta configuración. Su doble función, como voceros del malestar juvenil y como negociantes febriles que organizan imperios empresariales, define el marco para entender un paradigma político que forma a la juventud profundamente afectada por el deterioro del mercado laboral.

Conversaciones en dos pistas

Hasta fines de los años sesenta, la música popular era el medio a través del cual los movimientos sociales movilizaban, inyectaban energía y definían la política de la Nueva Izquierda. El cambio en el papel del músico coincide, básicamente, con el reflujo de los movimientos sociales. Y con ese reflujo, las canciones quedaron desconectadas de la práctica. Una pasividad política relativa va de la mano con la dependencia de la promoción comercial. El Mercado reemplazó al Movimiento; el cantante-empresario, al cantante-activista. La captura de una audiencia con giras cuidadosamente montadas sustituyó la intervención espontánea en un evento político. A medida que la música pop se convirtió, en sustancia y en persona, en gran negocio, pasó también a reforzar la tendencia hacia la evasión individual y la conformidad social. Los espectáculos masivos, a 30 dólares (23 euros) la entrada, se convirtieron en sesiones terapéuticas. Se ejercitaron los pulmones, se rompieron los tímpanos, se aceitaron las caderas, pero nada cambió. Springteen canta a la pobreza y la impotencia política. Michael Jackson realiza un vídeo musical en una favela de Río, a donde llega en helicóptero, bajo el resguardo de 50 guardaespaldas armados de los barones de la droga, llevando máscara y guantes para protegerse de la gente: los millones de pobres en el trasfondo sirven para enriquecer su empresa con millonadas. Otro saqueo multinacional a los negros pobres del Tercer Mundo.

No hay nada extraordinario en la presencia de Jackson en la favela de Río. Es la historia común del descubrimiento y conversión de la cultura juvenil en mercado juvenil. Todos juegan, algunos ganan, la mayoría pierde.

La desconexión entre, por una parte, los temas de rebeldía social y rabia contra la autoridad pública que están presentes en la música de los artistas contemporáneos, y por otra, las actividades empresariales de éstos fuera de escena, trasmite un mensaje a sus jóvenes seguidores: no tomen en serio la rebeldía, es una forma de entrar al mundo del capital corporativo conformista.

Los cantantes modernos están a la vez socialmente desconectados del mundo socialmente explotado de sus audiencias, y conectados a las élites empresariales capitalistas. Mantienen dos conversaciones a la vez. Discuten de inversiones, ganancias y relaciones públicas con su empresa. Con sus seguidores, mayoritariamente de clase obrera, sostienen un monólogo, explotando su malestar, sus temores, su envalentonamiento y su necesidad de libertad de las rutinas opresivas. Este doble discurso no sólo genera grandes ganancias a partir de la rabia social, sino que, perversamente, perpetúa y fortalece las fuerzas y los sistemas económicos que son la causa de los problemas. La integración social y económica de los músicos a la élite empresarial, el 1% más cotizado de los artistas pop de EEUU, los vincula a la sala de juntas de las grandes corporaciones internacionales.

En su calidad de ejecutivos empresariales, ellos interactúan directa o indirectamente con autoridades gubernamentales, y se codean con otros altos ejecutivos, inyectando un dinamismo y nuevo ímpetu al sistema empresarial que profundiza las desigualdades económicas actuales, que son tema de sus canciones. Esta integración explica que Sir (Mick) Jagger haya podido pasar más tiempo en la sala de juntas el año pasado que en el camerino.

Muchos jóvenes se contentan temporalmente con este tipo de satisfacción simbólica, mientras se les niega cualquier tipo de cambio social sustantivo. Las audiencias se acostumbran a disociar las canciones de la acción social. Las canciones hacen las veces de premios consuelo para los perdedores: metas inalcanzables, pero acerca de las cuales hace bien cantar y escuchar.

Cuando los temas sociales son popularizados por un artista integrado a la estructura empresarial, se les vacía de su sentido social: las letras son un medio de enriquecimiento, no de compromiso. La música popular deja de ser un medio para la organización y el cambio social. Las letras se convierten en retórica vacía con las cuales los artistas realizan ganancias, y ellos a su vez se convierten en "alcahuetes de la pobreza", aprovechando el dolor y la pobreza ajena.

Música popular y subjetividad

La relación cambiante entre cultura popular y poder político refleja cambios más profundos en las relaciones sociales. El desplazamiento masivo del poder, riqueza y prestigio hacia el capital ha tenido un impacto contundente en la música popular. La noción misma de "cultura popular" es problemática. La profunda integración de la "industria musical" con el capital internacional, la incorporación de las celebridades a la élite empresarial, sugiere que el concepto de cultura popular no es sino un eslogan, al igual que la noción de capitalismo popular: los sectores populares son el objeto de manipuleo y explotación, mientras las celebridades empresariales son los instrumentos y los principales beneficiarios.

El asunto de fondo es la relación entre música popular y subjetividad. Hemos argumentado que la transformación de los principales músicos populares en ejecutivos empresariales y su divorcio subsecuente de los movimientos sociales ha jugado un papel importante al bloquear la emergencia de una conciencia radical, particularmente entre la juventud. Ello tiene especial relevancia a la luz del deterioro de las condiciones sociales de la juventud trabajadora (crecimiento del desempleo, empleos mal remunerados sin perspectiva, etc.) La brecha entre el grave declive socioeconómico y la débil respuesta política ‑ausencia de rebeldía social– puede explicarse en parte por el medio cultural al cual la juventud está más expuesta: la música. ¿Dónde están todos los músicos comprometidos? Los movimientos no crearán automáticamente nuevos músicos comprometidos. Hace falta una reflexión cultural crítica sobre el presente y la recuperación del pasado. Aún más importante es el rescate de la noción de la virtud de ser parte de un movimiento social, antes que miembro de una billonaria compañía disquera multinacional.

James Petras / Todd Cavaluzzi