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21 julio, 2022

MÁS ALLÁ DE LA NACIÓN

 

(Fragmento extraído de La Desconexión, de Samir Amin.)




¿Es la nación un sujeto histórico? A vueltas con la cuestión nacional


1. Los movimientos políticos, como las sociedades en las que operan, analizan la realidad objetiva que los rodea y sobre cuyo desarrollo se proponen influir mediante sus estrategias de actuación, gracias a un sistema conceptual, ideológico y más o menos científico, que es en sí mismo producto de la historia. Desfases entre dicho sistema y la realidad pueden por ello mismo reducir la eficacia de las estrategias en curso, o conducir a unos resultados imprevisibles o incluso contrarios a lo esperado. La cuestión de la nación en tanto que realidad social objetiva, tema puntual, principal o no, de la historia creemos que debe remitirnos a plantearnos tal interrogante.


Nuestro vocabulario político utiliza y maneja el término «nación» en uno o varios sentidos diferentes que suponen determinadas articulaciones entre dicha realidad, verdadera o presentida como tal, y otras realidades: el Estado, el sistema mundial de los Estados, la economía y las clases sociales. Hemos heredado estos conceptos y su articulación en un sistema, formado por las diferentes teorías sociales desarrolladas a partir de la experiencia histórica del siglo XIX europeo, bajo la forma de las teorías nacionalistas burguesas o del marxismo histórico. Lejos de estar convencidos de que las teorías sociales sean mejores cuanto más «recientes», no tenemos ninguna intención de ceder ante la moda que consiste en echar por la borda a Marx y a otros. Pensamos. por el contrario, que el materialismo histórico no sólo no está superado por las evoluciones reales, sino que está tomando una fuerza cada vez mayor en la medida en que precisamente se está enriqueciendo, al tomar en cuenta la evolución histórica, al afirmarse su método en vez de encerrarse en sistemas.


El siglo XIX europeo fue una época central de nuestra historia moderna. En el transcurso del siglo se construyeron, a través de luchas decisivas de todo tipo —guerras, revoluciones, transformaciones económicas, sociales, políticas y culturales—, las realidades esenciales que constituyen el marco de nuestro mundo contemporáneo. Entre aquellas realidades que se han ido edificando a lo largo de tres siglos de lenta maduración situamos sin duda el Estado-nación y el sistema capitalista mundializado, así como el contraste de las clases sociales modernas. La reflexión social europea de tal constitución aportó ricas interpretaciones que han inaugurado la ciencia social tal como la conocemos hoy, cuando hasta entonces, y en el mejor de los casos, estaba en un estado embrionario.


En este marco se han producido dos conjuntos teóricos contrapuestos el uno al otro, el marxismo y la teoría de la lucha de clases, por un lado, y el nacionalismo y la teoría de la integración de las clases en el Estado-nación democrático burgués, por otro. Uno y otro dan cuenta, por lo demás, de muchos aspectos de la realidad inmediata, marcada al mismo tiempo por luchas sociales que llegaron incluso a revoluciones, y unas luchas entre Estados-naciones que llevaron a guerras. Uno y otro resultan ser unos instrumentos eficaces para inspirar estrategias de acción de los protagonistas, que son los sujetos de la historia y que se consideran como tales. Marx dijo, no sin razón, que la ideología nacionalista sirve los intereses de la burguesía, e hizo un llamamiento a los proletarios para que se situasen más allá de la nación.



24 diciembre, 2019

“Dónde encontrar ese enemigo”


Cuando Max Weber habla de «utilización de la moral como instrumento para tener razón» –dejando ahora aparte el juicio que le merece–, está señalando una práctica que incide con el origen del nombre propio «Satán», puesto que, como ya se ha dicho, procede del nombre común satán, que en hebreo significa 'enemigo'. Hoy la nota definitoria de Satán es la maldad; pero el antagonismo es anterior a la moral, de modo que, en principio, el enemigo no es enemigo por malo, sino que el malo es malo por enemigo.

En la obra de Samuel P. Huntington ¿Quiénes somos?, hablando de los comentarios de «la élite que confecciona la política exterior americana» a raíz del hundimiento de la Unión Soviética, dice:

«La inexistencia de una amenaza ideológica había producido una ausencia paralela de propósito. "Las naciones necesitan enemigos –comentó Charles Krauthammer al acabar la Guerra Fría–. Si se les quita uno, hallarán otro". El enemigo ideal de Estados Unidos tenía que ser ideológicamente hostil, racial y culturalmente diferente, y suficientemente fuerte a nivel militar para plantear una amenaza creíble a la seguridad estadounidense. Los debates sobre política exterior durante la década de 1990 giraron fundamentalmente en torno a dónde encontrar ese enemigo».

La enumeración a priori de los rasgos de maldad que tiene que reunir el enemigo no es aquí una respuesta a la pregunta: «¿Para qué tiene usted un ejército? ¿Contra quién se sentiría usted obligado a combatir?», porque lo que, en verdad, se demanda no es un ejército para un enemigo, sino un enemigo para un ejército, o, más exactamente, para el ejército, como muy bien lo explicaba Charles Krauthammer: «Las naciones necesitan enemigos»; la caída de la Unión Soviética había dejado el lugar vacío correspondiente; era preciso cubrir esa vacante. Lo que se constataba era que toda «identidad» es antagónica, y la de la nación en grado más mortífero.

Rafael Sánchez Ferlosio, God & Gun. Apuntes de polemología, (pág 270-271)

29 mayo, 2018

"No me envenena" - Los Ángeles de la Guarda (chirigota gaditana)

. .

No me envenena
y como soy un ángel
me la sudan las banderas
hasta puedo entender
que luchen por su independencia
pues muchas veces a mi
este país me da vergüenza 
me da vergüenza
los que mandaron
la policía pa moler
a un pueblo a palo
y el patriotismo
del que presumieron
muchos españoles
con las banderas
en sus balcones
yo no los vi sacar la banderita
contra los ladrones contra los recortes
o con las pensiones
nunca los vi colgarla por la sanidad
y por tantos paraos que no pueden más
y cuando terminemos con tos los mangantes
cuando por fin no queden
ni un solo niño
que pase frío
ni pase hambre
cuando no haya mujeres
ni listas de nombres
que mueren maltratadas
a manos de un hombre
cuando se aclare el futuro
y no sea el culo en educación
y cuando en esta nación
hasta el Rey pueda votarse
y si el cuñado robó que lo pague con la cárcel
cuando se acabe la fiesta de la espada y la muleta
cuando ya no quede nadie enterrado en las cunetas
entonces ve donde quieras
saca tu trozo de tela
saca tu trozo de tela
y presume de bandera
y presume de bandera.





21 abril, 2018

Las trampas de la identidad – Miquel Amorós





Alasbarricadas20/04/2018

Cuando el capitalismo internacional entra en una peligrosa fase crítica, en donde la vida de la mayoría de la población planetaria depende completamente de disposiciones funestas tomadas por irresponsables con el fin de superar la recesión y la ruina, en Europa, y más concretamente en Cataluña, la conciencia de la crisis parece ocultarse detrás de conflictos de muy inferior rango, como por ejemplo, el que mantiene el Estado español contra la voluntad secesionista de determinados grupos de poder catalanes, apoyados principalmente por empresarios adictos y por la clase media provinciana. El caso presenta extrañas similitudes con la puesta en escena, en Francia, de la cuestión “musulmana”, una verdadera escenificación montada para esconder la cuestión social tras una problemática étnica, cultural y religiosa.

Bajo el prisma de la soberanía, la condición obrera de gran parte de la población catalana se disuelve en una identidad nacional ilusoria inflada artificialmente en los medios, y la lucha social queda absorbida en la pugna aparente entre un gobierno central, autoritario y represivo, y un “pueblo” catalán, pacífico y demócrata donde los haya, que pretende autodeterminarse. Parece que el discurso soberanista, acaparando el debate político, haya dado la puntilla a la lucha de clases. Nadie menciona a los trabajadores, sino como sujeto secundario representado por sindicatos claramente favorables al “derecho a decidir”. En realidad, el proletariado ha resultado subsumido y degradado en el concepto comodín de “poble”. El momento no puede ser más confuso. La actividad propagandista y la apropiación del espacio mediático por los bandos jurídicamente enfrentados, expulsa abruptamente de la escena pública la cuestión social en provecho de la cuestión identitaria, o peor aún, del españolismo. Los matices no cuentan; todo el mundo está obligado a escoger su campo: o con el fascismo español, o con la democracia burguesa catalana. O con la mentira constitucionalista o con el fantasma de la independencia. Una especie de chantaje moral nos condena a escoger entre una cárcel ideológica u otra; a pronunciarnos por un determinado tipo de opresión, en fin, a adoptar una identidad quimérica cualquiera. La protesta contra la expropiación total de la decisión de los individuos por parte de una clase dirigente económica y política, en Barcelona y comarcas, no aflora en contradicción con el régimen capitalista y las instituciones que lo representan, sino que lo que podría tomarse por tal parece conformarse con un Estado menor, periférico, en todo similar a los demás Estados europeos.

La fascinación por un Estado que albergue a la “nación” catalana es tanta, y tan sabiamente cultivada por expertos y profesionales de la comunicación, que para sus partidarios resulta ofensivo dudar de su eficacia en la resolución de toda clase de problemas, desde el de los desahucios al del paro y la precariedad; del de la destrucción del territorio al de los inmigrantes indocumentados; del de la igualdad de géneros al de los recortes en pensiones y servicios sociales, etc. Y si por desgracia el escollo es visiblemente imposible de saltar, siempre podrá responsabilizarse a Madrid. La pequeña burguesía y las nuevas clases medias nacidas de la terciarización de la economía, afectadas seriamente por la crisis, constituyen buena parte de la base social del soberanismo, la parte más crédula y más subyugada por la heroicidad de sus dirigentes encarcelados o exiliados. Difícilmente hallaremos proletarios en sus filas. Por eso, el nacionalismo “democrático” y ciudadano surge en el contexto actual en oposición a ideologías emancipadoras como el socialismo autogestionario, el confederalismo, el comunismo libertario y el sindicalismo revolucionario. O dicho mejor, como relato alternativo a las teorías subversivas capaces de exponer de forma verídica la situación actual a las clases oprimidas. La lucha contra los efectos de la crisis deja de articularse en torno a la condición obrera y pasa a hacerlo alrededor de la nacionalidad. Si la comunidad concreta de trabajadores se ha desleído ante los embates del sindicalismo de concertación, la desocupación y el consumismo, en su lugar se conforma una comunidad abstracta, relacionada virtualmente, interclasista y esencialista: el pueblo catalán. En nombre de dicha abstracción habla el montaje nacionalista.



Las catástrofes del capitalismo globalizado y el gobierno corrupto de la derecha estatal han creado un clima ideológico particular en Cataluña, perfectamente aprovechado por el entramado de intereses soberanista, que ha sabido neutralizar cualquier otra oposición y llevar toda el agua a su molino. Frente a una “democracia” corrompida y despótica, la dirección nacionalista gusta mostrarse como agente de una democracia verdadera, obediente al mandado del “pueblo”. El pasado, que podría desmentir con facilidad tal autenticidad, ha quedado borrado en el imaginario patriótico. El soberanista carece de memoria. De golpe, todas las instituciones, a estas alturas bastante desacreditadas, se ven legitimadas a costa del infame gobierno central: el Govern, el Parlament, la Mesa, consellers, subsecretarios, Mossos, diputats, regidors, patronals, partidos... La represión, centrada en la cúpula dirigente, ha contribuido sobradamente. Toda la clase política soberanista adquiere una virginidad a precio de saldo, y con ella, la brutal policía autonómica y el Govern de los recortes, del BCN World y del caso Palau. El Estado, a través del cual la clase dominante se constituye en sociedad democrática, queda incontestablemente consagrado. Pero la “democracia”, que hoy no es más que la forma política del capitalismo, y que en su fase crítica final adopta formas autoritarias y espectaculares cada vez más obvias, tanto en Cataluña como en España, suele ejercer de mecanismo desactivador de una latente conflictividad anticapitalista, desviada por las burocracias sindicales a terrenos baldíos. La originalidad catalana es que la susodicha democracia se erige como argumento principal de las tramas oligárquicas del nacionalismo con el que este se asegura una bolsa descomunal de votantes fieles. Las falsas cuestiones no tienen otra misión que disimular las auténticas en beneficio de la dominación, enarbole la roja y gualda o la estelada.

Es indudable que al recomponer el escenario político y social catalán en clave nacionalista, las fuerzas soberanistas han descolocado a la “izquierda” oficial, a la de viejo y a la de nuevo cuño, a la socialdemócrata y a la ciudadanista, incapaces ambas de desmarcarse de la moda identitaria y distanciarse de sus lugares comunes, sus símbolos y sus mitos. No le ha quedado más remedio que elegir entre dos amos y ponerse a remolque del “unionismo” o del nacionalismo. Algo parecido podíamos decir del anarquismo catalán. Durante la guerra civil, el anarquismo oficial convirtió en consigna una frase atribuida falsamente a Durruti: “Renunciamos a todo menos a la victoria.” Con ello se trataba de justificar una abjuración vergonzosa y una táctica inútil hecha a base de capitulaciones. Según se desprendía de ello, al anarquismo le iría mejor cuanto más renegase de sus postulados, métodos y objetivos. Pues bien, los libertarios “de país” han tomado buena nota. Por puro activismo o por simpatizar realmente con el nacionalismo, no tienen empacho en olvidarse de la historia movilizándose tras eslóganes nacionalistas; en depositar su papeleta de voto en la urna santificando las elecciones; en reivindicar una “democracia” a la catalana y sus instituciones más convencionales, y en aportar su grano de arena a la construcción de un Estado republicano, del que se puede esperar un amor a las libertades civiles semejante al de la versión monárquica de la que se pretende segregar. Al capital, ni tocarlo; en la movida catalana nadie va de anticapitalista, a no ser de boquilla; se va de demócrata. Nos inclinamos a pensar, tras habernos cruzado con algunos ejemplares especialmente fariseos, que el anarquismo de la posmodernidad y la militancia identitaria se ha convertido en el refugio de un sector extremista de la clase media, muy minoritario, pero visible. En resumen, la punta de lanza de una nueva servidumbre. Bueno, pero por suerte, ese no es todo el anarquismo ni de lejos, aunque éste ganaría bastante incidiendo en la lucha social más que parapetándose tras los principios.

La tarea primordial de la crítica revolucionaria consistiría en disipar la confusión mediante un análisis profundo y claro del régimen capitalista tal y como se manifiesta en la sociedad catalana, en nada diferente a la europea. A la luz de los verdaderos antagonismos sociales se esfuman los tópicos nacionalistas. Solamente a partir de aquellos puede constituirse una comunidad de lucha capaz de actuar contra el Capital y el Estado. La conciencia de las contradicciones está todavía por llegar, y con tanto nacionalista, tardará más de la cuenta, pero dado que la proletarización de la sociedad va a agravarse como resultado de la implosión destructiva del capitalismo, la clase media perderá protagonismo y los presupuestos ciudadanistas y nacionalistas se irán derrumbando, como levantados sobre un pedestal de barro.

*

Para la presentación del libro “No le deseo un Estado a nadie”, en Espai Contrabandos, Barcelona, 19 de abril de 2018 (Ponentes: Corsino Vela, Santiago López Petit, Tomás Ibáñez y Miquel Amorós).

Artículo relacionado: La nostalgia de los orígenes


24 diciembre, 2017

Carta de Miquel Amorós a Tomás Ibáñez [Catalunya/España/nacionalismo]


La cuestión que cabría preguntarse no es por qué un sector local de la clase dominante decide resolver sus diferencias con el Estado por la vía de la movilización callejera, sino por qué una porción considerable de gente con intereses contrapuestos, principalmente jóvenes, actúa como decorado escenográfico y fuerza de choque de la casta que ha patrimonializado Cataluña, clasista, católica, corrupta y autoritaria como la que más.
Por Miquel Amorós - Alacant, 27-09-2017

Tomás Ibáñez                                                                                                                                                    Miquel Amorós

Compañero Tomás
Tus “perplejidades intempestivas” son el mayor exponente leído por mí del sentido común y del seny revolucionario que debieran reinar no sólo entre los libertarios, sino entre todos aquellos que quieren abolir esta sociedad en lugar de administrarla. No obstante, no me extraña que un mogollón de gente que se dice anarquista se haya apuntado a la movida nacionalista y proclame con bríos el derecho a decidir el material del que estarán hechas sus cadenas: ¡hay de Ricardo Mella y “la ley del número”! Tampoco escasearon los que en su día se subieron al carro de Podemos o al del plataformismo y cambiaron los harapos de la lucha de clases por la ropa nueva de la ciudadanía. Es propio del anarquísmo filisteo ante la menor encrucijada histórica el optar por hacerle el juego al Poder establecido. La guerra civil española es el ejemplo más palmario de ello. Confusión, atracción irresistible del jaleo, desclasamiento, táctica del mal menor, el enemigo de mi enemigo, lo que sea. El resultado final es ese: una masa de paletos esclavos de cualquier causa ajena y un montón de egos enfermizos estilo Colau o Iglesias que pagarían por venderse. En fin, negras tormentas agitan los aires y nubes oscuras nos impiden ver. Intentemos disiparlas.

La cuestión que cabría preguntarse no es por qué un sector local de la clase dominante decide resolver sus diferencias con el Estado por la vía de la movilización callejera, sino por qué una porción considerable de gente con intereses contrapuestos, principalmente jóvenes, actúa como decorado escenográfico y fuerza de choque de la casta que ha patrimonializado Cataluña, clasista, católica, corrupta y autoritaria como la que más. El juego del patriotismo catalán no es difícil de desentrañar y quienes lo promueven y aprovechan nunca han pretendido ocultarlo. El “Procès” ha sido una arriesgada operación de clase. La consolidación de una casta local asociada al desarrollo económico exigía un salto cualitativo en materia autonómica que la estrategia del “peix al cove” (“pájaro que vuela…”) no podía lograr. La negativa de la plutocracia central a “dialogar”, o sea, a transferir competencias, principalmente financieras, bloqueaba el ascenso de dicha casta y mermaba peligrosamente su influencia y capacidad política de cara a unos empresarios, industriales y banqueros dispuestos a dejarse liderar por soberanistas con tal de triplicar sus beneficios. La decisión por la cúspide de ir al “choque de trenes” significó una ruptura radical de la política pactista del catalanismo político. No iba en serio, es decir, nunca tuvo como finalidad la declaración unilateral de independencia, puesto que sólo pretendía forzar una negociación desde posiciones más ventajosas. Sin embargo, como tenía que aparentar que sí, necesitó de un aparato de agitación bien engrasado con el fin de inocular una mística patriotera que pusiera a hervir de forma controlada el caldo identitario. Y la movilización se hizo realidad. Fue todo un espectáculo. La demagogia independentista, armada con el marketing de la identidad, supo prolongarse en un ciudadanismo democrático con el que pudo sacar a la calle a masas demasiado domesticadas para hacerlo por propia voluntad. Con gran habilidad tocó la fibra oscura de las emociones reprimidas y los sentimientos gregarios que anidan en los siervos del consumo, es decir, supo remover en provecho suyo el poso de la alienación. El objetivo, según mi punto de vista, ha sido alcanzado, y la casta dirigente estatal está mucho más dispuesta a modificar la constitución del posfranquismo para mejor encaje de la casta catalanista, aunque para ello ésta tendrá que sacrificar algunas figuras por el camino, quizás al mismo Puigdemont. Poderosos representantes del gran capital (por ejemplo, Felipe González) así parecen indicarlo.

El nacionalismo está manejado por timadores, pero en sí mismo no es un timo. Es el reflejo sentimental de una situación frustrante para una mayoría de subjetividades pulverizadas. No actúa de forma racional, puesto que no es fruto de la razón; es más una psicosis que un pálpito de liberación. La explicación de la eclosión emocional patriótica en la sociedad catalana habrá que irla a buscar en la psicología de masas y para ello nos serán más útiles Reich, Canetti o incluso Nietzsche, que teóricos como Marx, Reclus o Pannekoek. La convicción y el entusiasmo de la multitud no provienen de fríos razonamientos lógicos o de rigurosos análisis socio-históricos; más bien tiene que ver con las descargas emocionales sin riesgo, la sensación de poder que producen los amontonamientos, el fetichismo de la bandera u otros símbolos, la catalanidad virtual de las redes sociales, etc., características de una masa desarraigada, atomizada y desclasada, y, por lo tanto, sin valores, objetivos e ideales propios, predispuesta a comulgar con las ruedas de molino que se repartan. La vida cotidiana colonizada por el poder de la mercancía y del Estado es una vida repleta de conflictos latentes e interiorizados, dotados de un exceso de energía que los hace emerger en forma de neurosis individuales o colectivas. El nacionalismo, de cualquier signo, ofrece un excelente mecanismo de canalización de esos impulsos que, si se hicieran conscientes, constituirían un temible factor de revuelta.

El nacionalismo divide la sociedad en dos bandos paranoicos enfrentados artificialmente por sus obsesiones. Los intereses materiales, morales, culturales, etc., no cuentan. Nada que ver con la justicia, la libertad, la igualdad y la emancipación universales. El pueblo catalán es algo tan abstracto como el pueblo español, un ente que sirve de coartada para una soberanía de casta con su policía notablemente represora. Un pueblo únicamente se define contra todo poder que no emane de él o que se separe de él. Por consiguiente, un pueblo con Estado no es un pueblo. Convendrás conmigo en que la historia la hace la gente común mediante asambleas y organismos nacidos de ellas, pero tal como están las cosas, la historia es de quien la manipula mejor. Lo que dicha gente hace es proporcionar el marco popular de una mala función de teatro donde se ventila un prosaico reparto de poder. Cualquiera puede hacer sus cálculos y navegar en consideración dentro o fuera de las aguas nacionalistas, de una turbulencia más bien calma, pero nunca deberá perder de vista el meollo de la cuestión.
Fraternalmente, Miquel Amorós
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Perplejidades intempestivas - Tomás Ibáñez

Cuando acontecen en Catalunya cambios tan drásticos como los que se han producido desde las multitudinarias manifestaciones del 15 de mayo de 2011 resulta difícil no experimentar cierta perplejidad.

¿Qué ha podido ocurrir para que algunos de los sectores más combativos de la sociedad catalana hayan pasado de “rodear el Parlament” en el verano del 2011 a querer defender las Instituciones de Catalunya en septiembre del 2017?

¿Que ha podido ocurrir para que esos sectores hayan pasado de plantar cara a los mossos d’escuadra en la plaza Catalunya, y de recriminarles salvajadas, como las que padecieron Esther Quintana o Andrés Benítez, a aplaudir ahora su presencia en las calles y a temer que no tengan plena autonomía policial?

¿Que ha podido ocurrir para que parte de esos sectores hayan pasado de denunciar el Govern por sus políticas antisociales a votar hace poco sus presupuestos? ¿Pero, también, que ha podido ocurrir para que ciertos sectores del anarcosindicalismo hayan pasado de afirmar que las libertades nunca se han conseguido votando a defender ahora que se dé esa posibilidad a la ciudadanía?

La lista de preguntas se podría ampliar enormemente y se podrían aportar múltiples respuestas a las pocas que aquí se han formulado. En efecto, se pueden aducir factores tales como el agotamiento del ciclo del 78, la crisis económica con sus correspondientes recortes y precarizaciones, la instalación de la derecha en el gobierno español con sus políticas autoritarias y sus recortes de libertades, la escandalosa corrupción del partido mayoritario etc. etc.

Sin embargo, me parece que sería ingenuo excluir de esas respuestas la que pasa por tomar en cuenta, también, el extraordinario auge del sentimiento nacionalista. Un auge que, sin duda alguna, han contribuido a potenciar los factores a los que acabo de aludir pero que también ha recibido muy importantes dosis de combustible desde las propias estructuras del gobierno catalán y desde su control de las televisiones públicas catalanas. Varios años de persistente excitación de la fibra nacionalista no podían no tener importantes efectos sobre las subjetividades, tanto más cuanto que las estrategias para ampliar la base del independentismo nacionalista catalán han sido, y siguen siendo, de una extraordinaria inteligencia. La potencia de un relato construido a partir del derecho a decidir, en base a la imagen de las urnas y a la exigencia de la libertad de votar, era extraordinaria y conseguía disimular perfectamente el hecho de que era todo un aparato de gobierno el que se volcaba en promover ese relato.

Hoy, la estelada (roja o azul) es sin la menor duda el símbolo cargado de emotividad bajo el cual se movilizan las masas, y es precisamente ese aspecto el que no deberían menospreciar los que sin ser nacionalistas ven en las movilizaciones pro referéndum una oportunidad que los libertarios no deberían desaprovechar para intentar abrir espacios con potencialidades, sino revolucionarias, por lo menos portadoras de una fuerte agitación social, y se lanzan por lo tanto en la batalla que enfrenta los gobiernos de España y de Catalunya.

No deberían menospreciarlo porque cuando un movimiento de lucha incluye un importante componente nacionalista, y este es, sin duda alguna, el caso en el presente conflicto, las posibilidades de un cambio de carácter emancipatorio son estrictamente nulas.

Me gustaría compartir el optimismo de los compañeros que quieren intentar abrir grietas en la situación actual para posibilitar salidas emancipatorias, sin embargo no puedo cerrar los ojos ante la evidencia de que las insurrecciones populares y los movimientos por los derechos sociales nunca son transversales, siempre encuentran a las clases dominantes formando piña en un lado de las barricadas. Mientras que en los procesos de autodeterminación, y el actual movimiento es claramente de ese tipo, siempre interviene un fuerte componente interclasista.

Esos procesos siempre hermanan a los explotados y a los explotadores en pos de un objetivo que nunca es el de superar las desigualdades sociales. El resultado, corroborado por la historia, es que los procesos de autodeterminación de las naciones siempre acaban reproduciendo la sociedad de clases, volviendo a subyugar las clases populares después de que estás hayan sido la principal carne de cañón en esas contiendas.

Eso no significa que no haya que luchar contra los nacionalismos dominantes y procurar destruirlos, pero hay que hacerlo denunciando constantemente los nacionalismos ascendentes, en lugar de confluir con ellos bajo el pretexto de que esa lucha conjunta puede proporcionarnos posibilidades de desbordar sus planteamientos y de arrinconar a quienes solo persiguen la creación de un nuevo Estado nacional que puedan controlar. Que nadie lo dude, esos compañeros de viaje serán los primeros en reprimirnos en cuanto no nos necesiten, y ya deberíamos estar escarmentados de sacarles las castañas del fuego.

Tomás Ibañez - Barcelona, 26 de septiembre de 2017

14 noviembre, 2017

La patria de los obreros - Carlo Frabetti




27/09/2017

En ciertos sectores de la izquierda todavía persiste la idea –tan absurda como conveniente para los poderes establecidos– de que el independentismo y el internacionalismo son incompatibles, por no decir antagónicos. El internacionalismo une a los pueblos, mientras que el independentismo los divide, argumentan algunos, ya sea de forma ingenua o tendenciosa. De forma tan ingenua o tan tendenciosa que olvidan incluso algo tan elemental como que, por definición, el internacionalismo presupone la existencia de diversas naciones –y nacionalismos– capaces de interrelacionarse solidariamente. Lo que, a su vez, supone entender el nacionalismo no como la exaltación arrogante de determinadas peculiaridades culturales ni como la reivindicación excluyente de privilegios arbitrarios, sino como la pura y simple afirmación de la propia identidad y de la propia soberanía frente a quienes las niegan o las limitan. Y en una época en la que el capitalismo adopta la forma de un imperialismo avasallador que intenta arrebatarles a los pueblos su identidad para poder arrebatarles todo lo demás, la defensa de la soberanía y el derecho de autodeterminación se convierte en un aspecto fundamental de la lucha anticapitalista.

Así lo han entendido la mayoría de los cubanos, para quienes “socialismo o muerte” y “patria o muerte” se han convertido en lemas equivalentes, puesto que tienen muy claro que la defensa de su soberanía nacional y la defensa de su proceso revolucionario son una misma cosa. Así lo ha entendido una buena parte del pueblo vasco, cuya lucha contra la opresión de los estados español y francés se funde y se confunde con la lucha de clases. Y así lo han entendido también diversas organizaciones independentistas catalanas, gallegas, castellanas, aragonesas, andaluzas… Y así empiezan a entenderlo, por fin, algunas formaciones de izquierdas de ámbito estatal.

Sin embargo, el incontenible clamor soberanista que en estos días sacude Catalunya ha provocado el paradójico rechazo de una parte de la izquierda, esa que repite como jaculatorias ciertas consignas marxistas que, sacadas de contexto, dejan de tener sentido o, lo que es peor, se prestan a todo tipo de tergiversaciones. Y una de las más equívocas de esas consignas descontextualizadas (que llevaron al propio Marx a decir “Yo no soy marxista”), invocada recurrentemente por quienes se oponen al independentismo, es “Los obreros no tienen patria”. En el marco del Manifiesto comunista, la frase tiene pleno sentido, pues lo que dicen expresamente Marx y Engels es que el proletariado no puede identificarse con el modelo de nación burgués –basado en la explotación de unas personas por otras y de unos países por otros– y ha de construir su propio modelo solidario; fuera de ese contexto, la frase se ha utilizado a menudo para cuestionar las reivindicaciones identitarias y soberanistas de los pueblos oprimidos, y la izquierda institucional no puede hacerse cómplice de esta manipulación.

Cuando en América Latina y en Oriente Próximo los desheredados del mundo libran una batalla decisiva contra el imperialismo, las privilegiadas izquierdas europeas tienen la insoslayable responsabilidad política e histórica de unirse en un frente común, en una quinta columna que desde el propio interior de los países ricos, desde el corazón de la bestia, contribuya a desbaratar los planes de expolio y exterminio de un capitalismo exasperado que también entre nosotros, y hoy más que nunca en Catalunya, está mostrando su rostro más brutal.

09 noviembre, 2017

BAR LOS CUÑAOS TODAY (Los catalanes y el diálogo) - José Antonio Illanes



Hoy volví antes de la obra. Aclaro que no soy albañil, sino pensionista. Es lo que tienen algunos infartos: cinco muelles y fuera estrés, fútbol, manteca colorá, aguardiente, tabaco, trifulcas… todo lo que hace feliz a un español de bien. Por las mañanas salgo a caminar como alma en pena, desayuno en cualquier bar del centro –nada de chocolate y churros- y a la vuelta me apoyo en una baranda amarilla a ver una obra junto a varios intelectuales del barrio: hormigoneras run run run, vigas volando, imposibles grúas equilibristas, albañiles precarios…
Hoy me vine porque ya estoy hasta los cojones del tema catalán. La víspera del 1-O se me ocurrió decir que el diálogo había solucionado conflictos políticos de mayor envergadura y para qué más. Un señor se me abrió de brazos: “¿Dialoqué? Un español de verdad se viste por los pies –me dijo apuntándome al entrecejo con el dedo- ¡Cojones es lo que hacen falta en España, caballero! Qué coño diálogo. ¡Menos palabritas y más palos!”. El ambiente en la obra está letalmente enrarecido: tensión, gestos esquinados, perífrasis dañinas, clamores patrióticos… Imposible relajarse con las vigas, los enfoscados, las palas… ¡A tomar porculo! Ahí os quedáis.
Al final entré en el Bar Los Cuñaos Today sin asociar el nombre del establecimiento –de alto riesgo, por cierto-, a la exclusiva clientela que allí se cita. Me apoyé en la barra. En la televisión manoteaba Ferreras mandando callar al calvo del ABC que quería comerse a la Fallarás. Albert de fondo. En la barra, la concurrencia voceaba y ladraba encrespada al hispánico modo. Las cáscaras de avellana amontonadas en el suelo, un camarero subiendo la voz al televisor, cuatro moscas machadianas rebañando los granitos de azúcar del desayuno. Solo faltaban en la tertulia los afamados politólogos Ojeda y Bertín Osborne.
-Un tinto, por favor –me atreví a pedir.
-No será usted catalán, ¿no? –Me susurró el camarero al servirme el vino, desviando la mirada- no me gustaría que lo ofendieran en mi casa, si quiere usted los mando callar –señaló con la cabeza a los de la barra.
-Para nada, faltaría más. Muchas gracias.
Un señor bajito, de calva indefinible, largas patillas rizadas y barba de tres días me observaba desde lejos. Mi propósito era beberme el vino cuanto antes y salir pitando de aquel cuñanódromo. Y casi lo consigo, pero al pagar, el señor se acercó a mí con andares lentos, pasos largos, las manos en los bolsillos del chándal de la Selección, un palillo de dientes bailoteando en los labios.
-Perdone usted si lo molesto, caballero, ¿puedo saber qué opina de lo que están montando los catalanes? –Hizo un ademán al camarero- Otro vino para el señor, yo invito.
Fui incapaz de rechazar la oferta:
-Hombre, yo creo que todo en la vida se arregla hablando… O se arreglaba.
Un silencio sepulcral invadió el local. Solo se oía el runrún de Albert en el televisor disputando el vacío a las moscas: partir España… Podemos… Moscas… Unidad de España… Venezuela….  Moscas… Constitución de España… Golpismo… Bandera de España… Más moscas… El camarero bajó el volumen.
-¿Cómo ha dicho usted? ¿Dialogar con el Puichdemón ese? –Se escandalizó alguien.
-¿Dialoqué? –Preguntó el señor bajito de las patillas rizadas, los ojillos negros de rata clavados en mi entrecejo, el palillo inmóvil en la boca.
-¿Con golpistas? Mire usted, caballero, esto solo tiene una solución, y es muy sencilla: se suelta a la cabra de la legión en las Ramblas, a la cabrita nada más, ella solita, ni tercios ni na, andandito por las Ramblas, pian pianito, y no queda ni un perroflauta en Barcelona, se lo digo yo.
-Hombre…
-¿Cómo que hombre? –Exclamó. La exclusiva clientela se acercó al olor del conflicto como los buitres a la carroña.
-Lo que hay que hacer es un muro y que no pase ni uno –terció otro contertulio con mono azul manchado de pintura- pero que ni uno. Y el Barça que juegue con el Tarrassa, que está en Tercera.
-Tampoco es eso, coño –lo interrumpió el de las patillas-, que no tiene por qué llegar la sangre al río. Ya nos entenderíamos con ellos, aunque fuera en catalán. Esto es cosa de política, no de fútbol, no mezcles nabos con coles. Por cierto –me señaló con el dedo y pidió una ronda-, ¿puede explicarme usted cómo se dialoga con golpistas que atacan a la Policía? Lo vería usted en la tele, digo yo.
-Y adoctrinan a los niños y te echan de las tiendas si hablas español. –Informó uno de ellos, señalando a Albert.
-Tranquilos, coño, dejadlo que se explique –aplacó el señor bajito acercándome el vaso de vino. Tragué saliva.
-Vamos a ver, caballero, ¿usted tiene hijos? –Le pregunté.
-Tres –se golpeó el pecho como Tarzán-, y tos van p’alante. Y llevo tres años en paro, que conste. ¡Tres años!
-Bien –intenté continuar-, entonces imagine usted que uno de sus hijos -es solo un poner-, quiere irse de su casa…
-No se le ocurrirá a ninguno.
-Bueno, suponga usted que es un capricho del niño. Se ha enfadado por una pamplina, está en la edad, se pone chulo y dice que se va. Usted conoce al niño y sabe que es conflictivo y cabezón. ¿Me sigue? –Asintió- Bien. Pues tiene usted dos opciones, una: lo sienta en el sofá y lo amansa, que a lo mejor lo convence cambiándole el color del cuarto, o llevándolo a un partido, o dándole más cariño, vaya usted a saber, o dos: cuadrarse con el niño, cerrarse en banda y reducirlo todo a una cuestión de autoridad y de cojones. ¿Se acuerda del “a por ellos, oe, oe”? Pues eso.
-Me quedo con lo segundo. A cara cojones gano yo.
-Bien, la segunda, de acuerdo. Usted se planta, el niño sube el tono, hay voces, malas formas, empujones… El niño rompe un mueble de una patada.
-Se le dan dos hostias y punto –intervino otro contertulio-, como Rajoy en Cataluña, se manda a la Guardia Civil y a tomar porculo. Y si hace falta a la legión y a los tanques.
De nuevo la pelea de perros, todos hablando sin oírse, que si España arriba y abajo, que si la bandera, que si Puigdemont, que si todos a la cárcel, el golpe de Estado, la legión, los tanques, el muro de Trump, el Barça y hostias y palos van y vienen. Levanté las manos.
-Pues eso –intenté continuar-, que cuando el niño rompe el mueble, usted, legítimamente, no se lo voy a discutir, faltaría más, para eso es su hijo y romper los muebles no son formas, le zampa dos hostias bien dadas, para que aprenda. ¿Y qué pasa entonces? Que el niño pone el mingo, berrea, patalea y escandaliza al vecindario…
-Pues cuatro hostias más y nueve de propina.
-Ahí voy. A esas alturas, el escándalo se oirá en lo alto de la Giralda, el rellano estará lleno de vecinos, el niño sangrando por la nariz, su familia sujetándolo a usted y entonces aparecerá la Policía, y teniendo en cuenta que es menor, intervendrá Asuntos Sociales y usted perderá para siempre al niño, que es lo que pretendía evitar. Eso como mal menor. ¿Lo entiende ahora? ¿No hubiera sido mejor sentarse con él antes de llegar a esto? Porque usted es padre, no policía. ¿Probó a dialogar, a persuadirlo, a ejercer de padre? Nunca lo sabrá. Solo sabe que ahora tiene la familia rota.
-¿Me está usted comparando un golpe de Estado con romper un mueble? –Se llevó las manos a la boca y tiró el palillo-. ¿Me está diciendo que España es una mesa camilla? Que los separatistas han cometido un delito gravísimo, caballero, que la ley es igual para todos, que no me líe usted, no me líe…
-Intento decirle que ciertos asuntos se arreglan con gestos y no con palos, que un político es un político, no un policía, como un padre es un padre y no un sheriff. Que la rotura de un mueble no puede conducir a la ruptura de una familia solo por no hablar a tiempo. El señor Rajoy cobra por ser político, no policía; por solucionar problemas hablando, no pegando. Cuando un policía tiene un conflicto con un ratero, no lo manda a hablar con Rajoy, y cuando Rajoy tiene un problema con un político, no puede mandar a la policía a solucionarlo, ¿lo entiende usted?
-¡Qué gracioso! –Sacudía la cabeza como un mulo aturdido en una era-, el niño se pone chulo, parte un mueble y la culpa es mía. Lo dejo entonces que parta otro, ¿no? Dejamos que los golpistas partan España. Así está Venezuela. Por cierto, no será usted podemita, ¿no?
-El muro y a tomar porculo –repitió el del mono azul-, pero bien alto el muro, y que lo paguen ellos. Y el Barça a Tercera pero ya.
-Y la legión que no falte, con la cabra delante –Gritó un tercero.
Total, que abandoné aquel cuñanódromo pensando que hay padres y “padres”, y políticos y “políticos”. Si Adolfo Suárez, que era nada menos que falangista, trajo del exilio a Tarradellas, dialogó con él y lo puso al frente de la Generalitat, ¡en aquellos tiempos! ¡Un falangista! En 2017 Rajoy podía haber hecho algo más que moler a palos a sus compatriotas. Años tuvo para dialogar y hacer política, que es por lo que cobra. Ni Cataluña se merecía aquel trato ni España este trauma ni nadie este circo, pero a ver quién se lo explica al del chándal de España, las patillas rizadas y el palillo en la boca.

Continuará. Volveremos al Bar Los Cuñaos Today.