Mostrando entradas con la etiqueta Samir Amin. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Samir Amin. Mostrar todas las entradas

12 marzo, 2023

EL CAPITALISMO IMAGINARIO Y LA PARA-TEORÍA DE LA ECONOMÍA «PURA» — Samir Amin

 



Extraído del libro de Samir Amin: El virus liberal, la guerra permanente y la norteamericanización del mundo. (2003)


El concepto de capitalismo no se reduce al de «mercado generalizado», sino que sitúa precisamente la esencia del capitalismo en el poder que se ejerce más allá del mercado. El reduccionismo de la vulgata dominante sustituye el análisis del capitalismo basado en unas relaciones sociales y en una política a través de las cuales se expresan precisamente estos poderes que actúan más allá del mercado por la teoría de un sistema imaginario dirigido por unas «leyes económicas» (el «mercado») que tenderían, liberadas a sí mismas, a producir un «equilibrio óptimo». En el capitalismo realmente existente son inseparables las luchas de clases, la política, el Estado y las lógicas de la acumulación del capital. El capitalismo es entonces por naturaleza un régimen cuyos sucesivos estados de desequilibrio se producen por las confrontaciones sociales y políticas que se sitúan más allá del mercado. Los conceptos sugeridos por la economía vulgar del liberalismo —como el de «desregulación» de los mercados— no son reales. Los mercados llamados «desregulados» son mercados regulados por los poderes de los monopolios que se sitúan más allá del mercado.


La alienación mercantil es la forma específica del capitalismo que gobierna la reproducción de la sociedad en su conjunto y no sólo la de su sistema económico. La ley del valor dirige no sólo la vida económica capitalista, sino toda la vida social de esta sociedad. Esta especificidad explica por qué en el capitalismo la economía se erige en «ciencia», es decir, las leyes que rigen su movimiento se imponen en las modernas sociedades (y a los seres humanos que las constituyen) «como leyes de la naturaleza». Dicho de otro modo, el hecho de que estas leyes sean el resultado no de una naturaleza transhistórica (que definiría «al ser humano» ante el desafío de lo «extraño») sino de una naturaleza histórica particular (unas relaciones sociales específicas propias del capitalismo) se borra de la conciencia social. Esta es, a mi parecer, la definición de Marx del «economicismo», un rasgo propio del capitalismo.


Por otro lado está el movimiento que sigue esta sociedad, cuya inestabilidad inmanente Marx pone en evidencia, en el sentido de que la reproducción de su sistema económico nunca tiende hacia la realización de algún tipo de equilibrio general, sino que se desplaza de desequilibrio en desequilibrio de manera imprevisible, lo cual sólo puede explicarse a posteriori, pero nunca definirse por anticipado. La «competencia» entre los capitales —cuya parcelación define al capitalismo— elimina la posibilidad de alcanzar cualquier forma de equilibrio general y vuelve ilusorio todo análisis que pretenda estar basado en una supuesta tendencia en este sentido. El capitalismo es sinónimo de inestabilidad permanente. La articulación entre las lógicas que resultan de esta competencia de los capitales y las que se desarrollan a través de la evolución de las relaciones de fuerza sociales (entre los capitalistas, entre estos y las clases dominadas y explotadas, entre los estados que conforman el capitalismo como sistema mundial) da cuenta a posteriori del movimiento del sistema, que se desplaza de un desequilibrio a otro. En este sentido el capitalismo no existe fuera de la lucha de clases, del conflicto entre estados, de la política. La idea de que existiría una lógica económica (que la ciencia económica permitiría descubrir) capaz de regir el desarrollo del capitalismo es una ilusión. No hay una teoría del capitalismo distinta de su propia historia. Teoría e historia son indisociables, como igualmente lo son economía y política.


He señalado esas dos dimensiones de la crítica radical de Marx porque precisamente estas son las dos dimensiones de la realidad que ignora el pensamiento social burgués. Este pensamiento es en efecto economicista desde sus orígenes, en tiempos de la Ilustración. La «Razón» que invoca atribuye al sistema capitalista, que ocupa el lugar del Antiguo Régimen, una legitimidad transhistórica de la que se deriva el «fin de la historia». Esta alienación economicista de origen se acentuará más tarde, precisamente con el intento de dar respuesta a Marx. La economía pura, a partir de Walras, expresa esta exacerbación del economicismo del pensamiento social burgués. Esta sustituye el análisis del funcionamiento real del capitalismo por el mito del mercado autorregulado, el cual tendería, por su propia lógica interna, hacia la realización de un equilibrio general. La inestabilidad ya no se considera inmanente a esta lógica, sino el resultado de la imperfección de los mercados reales. La economía se convierte entonces en un discurso que ya no se preocupa por conocer la realidad; su función no es otra que legitimar el capitalismo atribuyéndole unas cualidades intrínsecas que este sistema no puede tener. La economía pura se convierte en la teoría de un mundo imaginario.


Las fuerzas dominantes lo son porque ellas consiguen imponer su lenguaje a sus víctimas. Los «expertos» en la economía convencional han conseguido así hacer creer que sus análisis y las conclusiones que de ellos extraen se han impuesto porque son «científicos», en consecuencia objetivos, neutros e inevitables. Esto no es cierto. La economía llamada «pura» sobre la que basan sus análisis no trata de la realidad, sino de un sistema imaginario que no sólo no constituye ni siquiera una aproximación a la realidad sino que se sitúa diametralmente en sus antípodas. El capitalismo realmente existente es algo completamente distinto.


Esta economía imaginaria amalgama los conceptos y confunde progreso con expansión capitalista, mercado con capitalismo. Los movimientos sociales deben desembarazarse de sus confusiones para poder desarrollar estrategias eficaces.


La confusión entre los dos conceptos —la realidad (la expansión capitalista) y lo deseable (el progreso en un determinado sentido)— es la causa de muchos desengaños de los críticos de las políticas que se llevan a la práctica. Porque los discursos dominantes amalgaman sistemáticamente ambos conceptos: proponen medios que permiten la expansión del capital y califican de «desarrollo» el resultado de ello, o el posible resultado, según ellos. Pero la lógica de la expansión del capital no supone ningún resultado que pueda calificarse en términos de «desarrollo». No supone, por ejemplo, el pleno empleo, ni una cuota previamente establecida de desigualdad (o de igualdad) en la distribución de los ingresos. La lógica de esta expansión está guiada por la búsqueda de beneficios para las empresas. Esta lógica puede conllevar, en ciertas condiciones, el crecimiento o el estancamiento, la expansión del empleo o su reducción, puede servir para reducir las desigualdades de renta o acentuarlas, según las circunstancias.


Una vez más, la confusión existente entre el concepto de «economía de mercado» y el de «economía capitalista» es fuente de un peligroso debilitamiento de la crítica dirigida contra las políticas reales. El «mercado», que por naturaleza hace referencia a la competencia, no es el «capitalismo», cuyo contenido está precisamente definido por los límites a la competencia que implica el monopolio de la propiedad privada, incluido el control oligopólico (de algunos, y por tanto con exclusión de los otros). El «mercado» y el capitalismo constituyen dos conceptos distintos. Como lo ha analizado a la perfección Braudel, el capitalismo realmente existente es incluso lo contrario de lo que sería el mercado imaginario.


Por otra parte, el capitalismo realmente existente no funciona como un sistema de competencia entre los beneficiarios del monopolio de la propiedad (competencia entre ellos y contra los demás). Su funcionamiento exige la intervención de una autoridad colectiva que represente al capital en su conjunto. Así pues, el Estado no puede separarse del capitalismo. Ahora bien, las políticas del capital, y por tanto del Estado en tanto que representante de este y en la medida en que lo es, tienen sus propias lógicas (concretas) para cada etapa. Estas lógicas son las que explican que, en ciertos momentos, la expansión del capital conlleve el aumento del empleo y en otros su reducción. Estas lógicas no son, pues, la expresión de «leyes del mercado», formuladas en abstracto como tales, sino exigencias de la rentabilidad del capital en ciertas condiciones históricas.


No hay entonces unas «leyes de la expansión capitalista» que se impongan como una fuerza casi sobrenatural. No hay determinismo histórico anterior a la historia. Las tendencias inherentes a la lógica del capital siempre chocan con la resistencia a su expansión de ciertas fuerzas sociales. En este sentido el Estado casi nunca es tan sólo el Estado del capital, ya que este también está en el centro del conflicto que existe entre el capital y la sociedad.


Por ejemplo, la industrialización de la periferia a partir de la posguerra, entre 1945 y 1990, no es un resultado natural de la expansión capitalista, sino una consecuencia de las condiciones favorables a la misma creadas por las victorias de los movimientos de liberación nacional que impusieron esa industrialización, a la cual el capital mundializado ha debido adaptarse. Por ejemplo, la erosión de la eficacia del Estado nacional que produjo la mundialización capitalista no es un factor determinante del futuro de manera irreversible. Por el contrario, las reacciones nacionales a esta mundialización pueden imprimir a la expansión mundial trayectorias imprevistas, para bien o para mal, según las circunstancias. Por ejemplo, la preocupación por las cuestiones medioambientales, que están en conflicto con la lógica del capital (porque esta es por naturaleza una lógica de corto plazo) podría forzar un reajuste del capitalismo con transformaciones importantes. Y se podrían multiplicar los ejemplos.


Para hallar una respuesta eficaz a estos desafíos es imprescindible comprender que la historia no está regida por el desarrollo infalible de las leyes de la economía. La historia es el resultado de las reacciones sociales a las tendencias que manifiestan esas leyes, las cuales a su vez definen las relaciones sociales en el marco de las cuales esas leyes actúan. Las fuerzas «anti-sistémicas» modelan la historia verdadera tanto como la lógica «pura» de la acumulación capitalista, entendiendo aquí por fuerzas «anti-sistémicas» a ese rechazo organizado, coherente y eficaz de la sumisión unilateral y total a las exigencias de esas supuestas leyes (en realidad no hay otra ley que la del beneficio, propia del capitalismo como sistema). Estas fuerzas pueden dirigir así las posibilidades y las formas de la expansión que se desarrolla entonces en marcos cuya organización ellas controlan.


El método postulado aquí prohíbe formular «recetas» por anticipado que permitan modelar el futuro. El futuro es el resultado de transformaciones en las relaciones de fuerza sociales y políticas, que a su vez son también un resultado de las luchas cuyos desenlaces no se conocen por anticipado. Podemos sin embargo reflexionar al respecto, en la perspectiva de contribuir a la cristalización de proyectos coherentes y a la vez posibles, para ayudar así al movimiento social a superar las «falsas soluciones» en las cuales, a falta de alternativas, corre el riesgo de deslizarse.


El proyecto de una respuesta humanista al desafío de la expansión del capitalismo mundializado no es de ningún modo «utópico». Al contrario, este es el único proyecto realista posible, en el sentido de que el comienzo de una evolución que vaya en esta dirección debería aunar rápidamente poderosas fuerzas sociales capaces de imponer su lógica. Si existe alguna utopía, en el sentido trivial y negativo del término, no es otra que el proyecto de reducir la gestión del sistema a su regulación por el mercado.


★


21 diciembre, 2022

RUSIA EN LA LARGA DURACIÓN — Samir Amin

 

http://www.abertzalekomunista.net/es/biblioteca/internacionales/amin-samir


Las reflexiones reunidas en esta obra chocan de frente con los comentarios que circulan actualmente elaborados por la propaganda del coro mediático al servicio de la aristocracia financiera. El Imperio de los Zares, la Unión Soviética, la nueva Rusia son presentados sin cesar como horribles maquinarias despóticas y agresivas, de las cuales los pueblos civilizados de Europa han debido y deberán protegerse, lo cual se consigue en nuestros días gracias a la potencia militar de los Estados Unidos y de la OTAN. Situando a Rusia en el sistema mundial en cada una de las etapas de su evolución, Samir Amin saca a flote una imagen de Rusia muy distinta a la transmitida por la propaganda de los países occidentales. Una Rusia que ha salido de la confusión propia de la era pos-soviética y que ha de elegir si se integra en el imperialismo colectivo que más temprano que tarde sumirá al planeta en la catástrofe, o si intenta avanzar en un proyecto de desarrollo soberano capaz de conectar con el despertar del Sur.


★


La crisis ucraniana: sobre la índole de las oligarquías que se han adueñado de los poderes establecidos — Samir Amin

 


Capítulo del libro de Samir Amin, ‘Rusia en la larga duración’ (pdf), publicado en 2015, lúcido anticipo de lo que sucede hoy.


La crisis ucraniana, el proyecto euroasiático y el paso grand écart de Putin


La crisis ucraniana en curso funciona como un indicador del balance actual de la historia de Rusia (y de Ucrania, por supuesto). Arroja plena luz sobre la índole de las oligarquías que se han adueñado de los poderes establecidos, el lugar de la nomenklatura de los países de la ex Unión Soviética y sobre sus salvajes opciones capitalistas (que Alexandre Buzgalin califica como «capitalismo de Jurassik Park»). Revela sus ambiciones y las limitaciones de lo que dichas opciones pudieran hacer en ese sentido, su aceptado sometimiento al estatus de correa de transmisión de la dominación mundializada del capital financiero del imperialismo colectivo de la tríada, pero también –en lo que respecta a Rusia– la posibilidad que ellas tienen de emprender otra vía acercándose a países emergentes (Rusia pertenece al grupo de los BRICS).


La crisis ucraniana, por tanto, revela que las condiciones necesarias para garantizar su eventual éxito en esta vía están lejos de reunirse. Pero también revela –como es obvio– las verdaderas ambiciones de los poderes dominantes de la tríada imperialista, tales como los medios poco escrupulosos que emplean para lograr sus objetivos, que van desde la manipulación de pueblos ociosos hasta la práctica del terror a cargo de milicias fascistas. El conflicto ucraniano, por consiguiente, se inscribe en el marco más amplio de ese que opone, por un lado, la estrategia desplegada por Washington y sus aliados europeos subalternos y, por otro, las aspiraciones –aunque confusas– de los pueblos, de las naciones, y con certeza de los Estados de las periferias contemporáneas –Rusia y los demás países de la ex Unión Soviética, al igual que todos esos países de Asia, de África y de la América Latina. En mis conclusiones volveré a tocar esta apertura mundializada de las interrogantes planteadas por las crisis actuales en Rusia y en Ucrania.


Es un hecho que los EEUU y Europa organizaron en Kiev, en marzo de 2014, un verdadero putsch «euro-nazi». La retórica del coro mediático occidental que se regodea con promesas de democracia es pura y simplemente una falsedad. Las potencias de la tríada no han promovido la democracia en ninguna parte. Por el contrario, han apoyado siempre a los adversarios más encarnizados de la democracia, fascistas incluidos, rebautizados como «nacionalistas». En la ex Yugoslavia, los europeos han apoyado a los nostálgicos del fascismo croata, reexpedidos de su exilio canadiense; en Kosovo dieron el poder a las mafias de la droga y de la prostitución; en los países árabes siguen apoyando el Islam político más reaccionario, financiado este por las nuevas repúblicas democráticas en que se habrían convertido la Arabia Saudita y Qatar, si se cree en las falacias de los medios de comunicación occidentales. La intervención militar en Irak y en Libia ha destruido estos países, sin promover en ellos la menor promesa de democracia. En Siria, el apoyo militar de las potencias de la tríada a los «islamistas», directamente o por intermedio de la Arabia Saudita y Qatar, no promete nada mejor.


El poder autoproclamado de Kiev tomó la precaución de darse una apariencia de legitimidad por medio de elecciones. Los candidatos a esas elecciones incluso tomaron la precaución de no asumir los nombres de las milicias fascistas que les llevaron al poder. Ello permitió a los medios de comunicación occidentales presentarlos como ¡«nacionalistas demócratas»! De hecho se trataba de una farsa electoral, aquí como en otras partes (en el mundo árabe, por ejemplo).


La represión brutal de todas las resistencias al proyecto de la junta –prohibición de los partidos calificados de «pro-rusos», control sobre los medios de comunicación, masacre de los opositores, como en Odesa (¡la justicia controlada por las milicias absteniéndose de perseguir a los criminales para ensañarse con las familias de las víctimas!)– no ha sido objeto de ningún comentario por el coro mediático de la tríada. Estos medios de comunicación atribuyen la responsabilidad del drama ucraniano solo a las desmesuradas ambiciones expansionistas de Putin, acusado de haber violado la independencia de las naciones (mediante la anexión de Crimea y el apoyo a los separatistas del Estado ucraniano). Curiosa acusación proveniente de los que han violado sin titubear la independencia de Serbia, de Irak, de Siria y persisten en extender ese intento a otros.


El obstáculo con que choca el poder de Kiev no es solo de una naturaleza «étnica» que opondría a los rusoparlantes y a los de habla ucraniana. Ciertamente las fronteras de las repúblicas de la ex URSS habían sido voluntariamente diseñadas por el poder soviético, dando la mejor parte a los nacionalistas no rusos en un espíritu de ruptura con el chovinismo de la Gran Rusia. El ejemplo de Crimea, que nunca había sido ucraniana, es prueba de ello. Donetsk y Odesa tampoco habían sido nunca «étnicamente» ucranianas. Al igual que las fronteras de las repúblicas yugoslavas, estas jamás fueron diseñadas para convertirse en las fronteras de Estados secesionistas. Putin no es probablemente un héroe de las causas democráticas, pero aquí no hace más que apoyar a todos los que rechazan en Ucrania la colonización euro-alemana que Bruselas quiere imponer tal como lo ha hecho en Europa oriental, en Grecia y en Chipre. Y no son solo los «rusoparlantes» de Ucrania quienes podrían rechazar el proyecto de los europeos, a pesar de que los poderes despóticos ejercidos por la junta de Kiev no permitan expresar esta oposición al proyecto euro-alemán.


Rusia está en busca de un lugar en el sistema mundial de nuestros días y del mañana. Rusia está ya cercada por las fuerzas de la OTAN. La amenaza no es un resultado de las alucinaciones de Putin. Es real y ha surgido a causa de la violación por los EEUU y Europa de su compromiso de no integrar en la OTAN a la Europa oriental, en particular a los Estados bálticos. En la actualidad la amenaza consiste en integrar a su vez a Ucrania en esta organización bélica. ¡No obstante, debería saberse que las promesas no cumplidas constituyen el pan diario de las políticas del imperialismo (desde 1492)! Era preciso, pues, ser muy ingenuo para creer en la palabra de Washington y de Bruselas. Esta ingenuidad se manifestó de nuevo cuando Rusia y China se abstuvieron de utilizar su derecho al veto en el Consejo de Seguridad para quitar toda legitimidad a la agresión contra Libia. Pero parece que Moscú y Beijing por fin han aprendido la lección de sus meteduras de pata. En respuesta al proyecto expansionista de los EEUU y de la Europa alemana, Putin parece haber apoyado el proyecto de construcción de una vasta alianza de los pueblos de la ex URSS.


Este proyecto es ya conocido con el nombre de alianza de los pueblos «euroasiáticos». No se trata de un invento artificial reciente. En el capítulo primero de este libro yo señalaba que esta idea respondía, desde hace siglos, a la búsqueda por Rusia de la definición de su lugar en el mundo. Y no veo por qué se le negaría ese derecho a los rusos y a los demás pueblos de la ex URSS.


El combate emprendido por Moscú contra el orden imperialista, en Ucrania y en otras partes, solo podrá triunfar si cuenta con el firme apoyo de los pueblos involucrados. Este apoyo solo será posible si Rusia se libera del yugo neoliberal que, aquí, como en otras partes, está en el origen del desastre social. Putin lleva a cabo hasta ahora el peligroso ejercicio de abrise de piernas, asociando, por un lado, la continuación de su desastrosa política interna y, por otro, la defensa de los legítimos intereses de una Rusia independiente.


Abandonar el neoliberalismo y salir de la mundialización financiera son en adelante necesarios y posibles. Esta exigencia no se refiere solo a la Rusia de hoy, es también válida para los BRICS y para todos los países del gran Sur, tal como diré en mis conclusiones. Sin embargo, actualmente hay segmentos de la clase política que gobierna a Moscú que están dispuestos a adherirse a un capitalismo de Estado, capaz, a su vez, de abrir la vía para un eventual avance hacia la socialización democrática de su gestión.


Pero si la fracción compradore(1) de las clases dirigentes rusas –beneficiarias exclusivas del neoliberalismo– es la que prevalece, entonces las «sanciones» con que Europa amenaza a Rusia podrían dar sus frutos; los compradore están siempre dispuestos a capitular para preservar su parte en el producto del saqueo de sus países. Rusia no podría entonces rechazar su colonización por el imperialismo de la tríada. Y perderá, mientras espera, la batalla en Ucrania.


Nota

(1) La idea según la cual la causa objetiva –la emergencia del sistema productivo mundializado– comporta ipso facto la de una clase dominante mundializada, se basa en la hipótesis subyacente según la cual el sistema ha de ser coherente. En realidad no puede serlo; y este es el motivo por el cual este sistema caótico no es viable.


En las periferias la mundialización del sistema productivo ha ido acompañada por la sustitución de los bloques hegemónicos de las épocas anteriores por un nuevo bloque hegemónico dominado por la nueva burguesía compradore, beneficiaria exclusiva del desmantelamiento de los sistemas anteriores (el medio por el cual esta transformación ha tenido lugar es bien conocido: la "privatización" de los elementos del antiguo sistema dislocado; en el bien entendido que los activos implicados han sido cedidos a un precio artificial sin relación alguna con su verdadero valor). Estas nuevas burguesías compradore no son elementos constitutivos de una burguesía mundializada, sino solamente aliados subalternos de las burguesías de la tríada dominante.


★


21 julio, 2022

MÁS ALLÁ DE LA NACIÓN

 

(Fragmento extraído de La Desconexión, de Samir Amin.)




¿Es la nación un sujeto histórico? A vueltas con la cuestión nacional


1. Los movimientos políticos, como las sociedades en las que operan, analizan la realidad objetiva que los rodea y sobre cuyo desarrollo se proponen influir mediante sus estrategias de actuación, gracias a un sistema conceptual, ideológico y más o menos científico, que es en sí mismo producto de la historia. Desfases entre dicho sistema y la realidad pueden por ello mismo reducir la eficacia de las estrategias en curso, o conducir a unos resultados imprevisibles o incluso contrarios a lo esperado. La cuestión de la nación en tanto que realidad social objetiva, tema puntual, principal o no, de la historia creemos que debe remitirnos a plantearnos tal interrogante.


Nuestro vocabulario político utiliza y maneja el término «nación» en uno o varios sentidos diferentes que suponen determinadas articulaciones entre dicha realidad, verdadera o presentida como tal, y otras realidades: el Estado, el sistema mundial de los Estados, la economía y las clases sociales. Hemos heredado estos conceptos y su articulación en un sistema, formado por las diferentes teorías sociales desarrolladas a partir de la experiencia histórica del siglo XIX europeo, bajo la forma de las teorías nacionalistas burguesas o del marxismo histórico. Lejos de estar convencidos de que las teorías sociales sean mejores cuanto más «recientes», no tenemos ninguna intención de ceder ante la moda que consiste en echar por la borda a Marx y a otros. Pensamos. por el contrario, que el materialismo histórico no sólo no está superado por las evoluciones reales, sino que está tomando una fuerza cada vez mayor en la medida en que precisamente se está enriqueciendo, al tomar en cuenta la evolución histórica, al afirmarse su método en vez de encerrarse en sistemas.


El siglo XIX europeo fue una época central de nuestra historia moderna. En el transcurso del siglo se construyeron, a través de luchas decisivas de todo tipo —guerras, revoluciones, transformaciones económicas, sociales, políticas y culturales—, las realidades esenciales que constituyen el marco de nuestro mundo contemporáneo. Entre aquellas realidades que se han ido edificando a lo largo de tres siglos de lenta maduración situamos sin duda el Estado-nación y el sistema capitalista mundializado, así como el contraste de las clases sociales modernas. La reflexión social europea de tal constitución aportó ricas interpretaciones que han inaugurado la ciencia social tal como la conocemos hoy, cuando hasta entonces, y en el mejor de los casos, estaba en un estado embrionario.


En este marco se han producido dos conjuntos teóricos contrapuestos el uno al otro, el marxismo y la teoría de la lucha de clases, por un lado, y el nacionalismo y la teoría de la integración de las clases en el Estado-nación democrático burgués, por otro. Uno y otro dan cuenta, por lo demás, de muchos aspectos de la realidad inmediata, marcada al mismo tiempo por luchas sociales que llegaron incluso a revoluciones, y unas luchas entre Estados-naciones que llevaron a guerras. Uno y otro resultan ser unos instrumentos eficaces para inspirar estrategias de acción de los protagonistas, que son los sujetos de la historia y que se consideran como tales. Marx dijo, no sin razón, que la ideología nacionalista sirve los intereses de la burguesía, e hizo un llamamiento a los proletarios para que se situasen más allá de la nación.


★