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22 septiembre, 2018

Carta abierta a Boro, La Haine – Carlo Frabetti






LaHaine - 22/9/2018

Como miembro de la Asociación Contra la Tortura, perdí la cuenta de las veces que la policía, tras torturar o maltratar a alguien, lo amenazaba con la consabida contradenuncia: “Si nos denuncias, te denunciaremos a ti por agresiones, y encima te juzgarán y te condenarán”. Y tenían razón: esos jueces que son la vergüenza de España y el hazmerreír de Europa, los mismos que insultan a los independentistas y encarcelan a los demócratas, miran sistemáticamente hacia otro lado en los frecuentes casos de torturas y malos tratos, cuando no criminalizaban a las víctimas. Lo dicen Amnistía Internacional, los relatores de la ONU y las más de cuarenta organizaciones integradas en la Coordinadora para la Prevención de la Tortura, y hasta hace poco lo decía incluso Manuela Carmena, que en una charla conjunta que dimos durante la Semana Negra de Gijón reconoció públicamente la generalizada tolerancia de los jueces hacia los torturadores (aunque no sé si seguiría reconociéndola ahora que ha pillado cacho en esa merienda de carroñeros que es la política institucional).

Gracias, Boro, por convertir en bandera -o en pancarta, que es la bandera del pueblo- la vil contradenuncia de que has sido objeto. Gracias por tu valiosa y valiente labor contrainformativa, tan valiosa y tan valiente que las cloacas del poder (valga la redundancia) no la pueden soportar. Gracias por enfrentarte a la jauría policial y a la manada judicial, a la horda política y a la chusma mediática.

No estás solo. Te escribo desde Catalunya, donde ya son millones las personas que han manifestado pública y reiteradamente, masivamente, su rechazo de los cuatro poderes corruptos y de la monarquía bananera impuesta por Franco. Y esto no hay quien lo pare, por más que persigan a periodistas, cantantes, artistas, actores, independentistas, feministas…, a quienes siempre diste voz en las páginas de La Haine. No estás solo porque siempre has estado al lado de quienes luchan. Hasta la victoria.





01 mayo, 2018

LA MANADA NACIONAL – Carlo Frabetti





El toro de Osborne no es inadecuado como emblema del españolismo más casposo: es el logotipo de una bebida alcohólica, perfecta metáfora del patrioterismo tabernario, y además remite a una “fiesta nacional” basada en la tortura y la muerte, celebrada por y para idiotas morales sedientos de sangre. Pero hay un emblema de la España profunda aún más adecuado: la manada. No la manada de lobos, animales inteligentes y colaborativos, sino la manada de machos ibéricos, y la que se ha hecho tristemente célebre en los últimos días, con tricornio y uniforme militar incluidos, es especialmente idónea como epítome y emblema de la hispanidad asilvestrada.

Pero hay muchas otras manadas representativas y constituyentes del españolismo: la propia macromanada de los sanfermines (que propicia y ampara la actuación de execrables subgrupos), las manadas de hinchas desenfrenados, las manadas de matones cobardes que apalean a la población indefensa, las manadas judiciales que encarcelan a raperos y pacifistas y absuelven a violadores y torturadores, las manadas de políticos corruptos, la manada borbónica, la manada de obispos retrógrados de la Conferencia Episcopal, las manadas empresariales, las manadas mediáticas y sus rebaños de tontolianos…


“Esta justicia es una mierda”, gritan las feministas. Y cuando una justicia cloaquera actúa en sinergia con un Gobierno corrupto, unas fuerzas de seguridad heredadas del franquismo, un nacionalcatolicismo sórdido, un machismo omnipresente y unos medios de comunicación en manos de la oligarquía, el resultado es un Estado-horda, un Estado-jauría. La manada nacional.

★



ERNESTO RODERA



09 marzo, 2018

Carlo Frabetti - Rap de los raperos. Carta abierta a Valtonyc y Pablo Hasel


Hasél, Valtonyc i Elgio, a La Quartera. Autor: J.d.A.



insurgente.org 06/03/2018

Queridos colegas:
Yo no soy rapero (qué más quisiera), pero intento, como vosotros, utilizar las armas de la cultura contra el crimen organizado, es decir, contra los poderes establecidos, y por eso me permito llamaros colegas (un término que cada vez puedo usar menos, pues mis colegas de antaño –escritores, periodistas, artistas plásticos, dramaturgos– han desertado casi todos, cuando no se han pasado al enemigo).

Llevo años quejándome de la inexistencia de un referente cultural de izquierdas (RCI) digno de ese nombre (es decir, anticapitalista, o “antisistema”, para usar un apelativo del poder con el que involuntariamente nos honra); pero ante casos como el vuestro siento renacer en mí un moderado optimismo: no es que el RCI ya no exista, sino que el relevo generacional se está produciendo con lentitud y de forma semiclandestina. Pero el nuevo, novísimo RCI está ganado fuerza y visibilidad, y la mejor prueba de ello es la rabia vengativa de los canallas que mandan y los cobardes que obedecen.

La “canción protesta” del siglo pasado ya es historia (con honrosas pero escasísimas excepciones); Sabina murió al separarse de Krahe y Serrat nació muerto; pero ahora os tenemos a vosotros, los raperos insobornables, el nuevo mester de juglaría, y hemos salido ganando con el cambio. Genovés y el Equipo Crónica han acabado en las galerías de los mercaderes; pero tenemos a los grafiteros y las grafiteras, a las y los artistas del cómic subversivo. El degradado cine español pasea su mediocridad y su impostura por la alfombra roja de los Goya; pero la red está poblada de vigorosos vídeos independientes. Los escritores “de izquierdas” ganan premios amañados y escriben al dictado de sus amos; pero jóvenes poetas y narradoras/es se cuelan por las grietas de la literatura oficial y las agrandan al crecer…

Hace unos días oí a Cristina Fallarás, una de las pocas escritoras/periodistas que no se dejan comprar ni amordazar, repetir en una entrevista que le hicieron en TV3, a modo de autoinculpación, “Los Borbones son unos ladrones”. Siguiendo su ejemplo y como pequeño homenaje a vuestro valor (en ambos sentidos del término), me permito dedicaros un improvisado “rap de los raperos” con resonancias de cuento de hadas (puesto que lo que estamos viviendo es más propio de la Edad Media que del siglo XXI):

Rap de los raperos
Había una vez, en un país lejano,
un presidente chungo, se llamaba Mariano,
y un rey degenerado que mataba elefantes,
y unos cuantos ministros que eran unos mangantes,

y una de las ministras era miss Albacete,
y todos le decían. “Dolores, caga y vete”,
y ella sí, la cagaba, pero no, no se iba,

y había otro ministro que te cobraba el IVA
por cantar y reír y por hacer cultura,
porque su democracia era una dictadura,

y había unos matones con porras en las manos
que molían a palos a sus propios hermanos
y sacaban los ojos con pelotas de goma,
y el presidente chungo se lo tomaba a broma.

Y hartos de tanta mierda, dos raperos valientes
cantaban las verdades, movían a las gentes,
hasta que unos juheces con hache intercalada
porque olían a heces, soltaron la manada
de cobardes matones lacayos del Gobierno
más corrupto del mundo, los perros del infierno,
y llevaron al trullo a los dignos raperos,
los llevaron al trullo solo por ser sinceros.

Hagamos que la lucha de raperos honrados
no caiga en saco roto, que no sean olvidados;
pidamos, exijamos su puesta en libertad,
que a nadie se persiga por decir la verdad.

Todos somos raperos, todas somos raperas,
gritemos, proclamemos las cosas verdaderas.
Que nadie se acobarde y que nadie se calle,
gritémoslo bien fuerte, gritémoslo en la calle:

¡Ministros y jueces, presidentes y reyes
engañan a la gente, manipulan las leyes!


01 febrero, 2018

Presunción de imbecilidad - Carlo Frabetti




La Haine - 20/01/2018 

En algunos casos, la presunción de inocencia se traduce en presunción de imbecilidad, porque hay argumentos que, para esgrimirlos de buena fe, hay que ser un perfecto imbécil

En algunos casos, la presunción de inocencia se traduce en presunción de imbecilidad (no es casual el doble sentido del adjetivo “inocente”), porque hay argumentos que, para esgrimirlos de buena fe, hay que ser un perfecto imbécil; y viceversa, en boca de un no-imbécil (o de un imbécil imperfecto) son una prueba inequívoca de mala fe.

Hace poco, en un programa de TV3 sobre el 1-O, oí a un periodista de un conocido diario español y a un policía intentando justificar la brutalidad con que se atropelló a la población indefensa, con unos argumentos tan estúpidos que, una de dos, o el periodista y el policía eran tan estúpidos como sus argumentos, o eran canallas resabiados, de los que saben que un argumento estúpido repetido muchas veces acaba siendo asumido acríticamente por un amplio sector del público, demasiado ocupado –o enajenado– para detenerse a reflexionar (recuerdo perfectamente los nombres del periodista y del policía, pero su estupidez –o mezquindad– están tan difundidas que sería injusto personalizar).

En principio, la presunción de inocencia –tanto la de inocencia jurídica como la de inocencia/imbecilidad– debe aplicarse siempre; pero algunas veces resulta francamente difícil. Que un periodista y un policía cualesquiera no sepan lo que dicen, es bastante verosímil. Que no lo sepan Soraya SS o M Rajoy –y, en general, los políticos de oficio y beneficio– cuesta de creer.

Decía Chesterton que para ser lo suficientemente listo como para hacerse rico, hay que ser lo suficientemente tonto como para creer que vale la pena; y el apetito de poder y notoriedad no es menos estúpido que el apetito desordenado de dinero. Lo que significa que, en el mejor de los casos, suelen gobernar los más listos de entre los tontos (digo “en el mejor de los casos” porque en ocasiones son pura y simplemente psicópatas). Que Zoido no es muy inteligente, salta a la vista y al oído; pero si ha llegado a ministro no puede ser tan tonto como parece, y no se le puede aplicar sin reservas la presunción de inocencia/imbecilidad; ni a él ni a ninguno/a de sus compinches del partido más corrupto de Europa. Y no solo no puede ser tan tonto como para creerse lo que dice cuando intenta justificar la brutalidad policial: ni siquiera puede ser tan tonto como para creer que sus flagrantes mentiras puedan engañar a nadie en su sano juicio. ¿A qué obedece, pues, su grotesca actuación? La respuesta es tan simple como preocupante:

Lo que podríamos denominar la fase Goebbels de la falsedad política (“Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”) está superada; ahora estamos en la fase Berlusconi (o Berlusconi-Trump, para no ignorar las aportaciones del psicópata yanqui), cuyo lema podría ser: “Una salvajada repetida mil veces se convierte en algo normal”. Y en una sociedad en la que la normopatía es endémica, lo normal es, por definición, aceptable.

“Los leopardos irrumpen en el templo y beben de los cálices sagrados hasta vaciarlos. El hecho se repite una y otra vez, hasta que se hace previsible y se convierte en parte de la ceremonia”, cuenta Kafka.

Los dóberman atacan a la población indefensa hasta machacarla y sus amos los felicitan; el hecho se repite una y otra vez, hasta que se hace previsible y se convierte en parte de la farsa democrática.

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05 diciembre, 2017

“Solo los necios y los canallas pueden seguir diciendo que en España vivimos en democracia” - Carlo Frabetti // El nacionalismo español - Francisco García Cediel


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El nacionalismo español – Francisco García Cediel

La Haine – 04/12/2017


Desde los albores del siglo XIX los intentos de configurar un nacionalismo español han chocado con la desafección de las capas populares hacia una idea abanderada por una oligarquía asentada primero en un agonizante colonialismo, siempre en una explotación cuasi medieval sobre un campesinado crónicamente hambriento, y más tarde con el fracaso en cuanto a la incapacidad de asentar una dominación capitalista que favoreciera el desarrollo de las fuerzas productivas, debido a la resistencia feroz de unas capas dominantes parasitarias formadas por encomenderos y burócratas.

El intento de crear un marco ideológico basado al menos parcialmente en las ideas de la Ilustración con la Constitución de Cádiz de 1812, fue abortado por el “vivan las cadenas” de Fernando VII, la invasión de los cien mil hijos de San Luis y la muerte de Riego en el cadalso; surgían las “dos Españas” a las que Antonio Machado aludiría un siglo después.

Los sectores del pueblo se articularon en torno a las ideas de liberación social a fines del siglo XIX, frente a lo cual la represión fue la única respuesta por parte del poder.

El paulatino desarrollo en algunas zonas del territorio estatal de una burguesía ligada en gran medida a inversiones extranjeras y su pacto con la oligarquía terrateniente no modificó el desdén por parte del campesinado y un incipiente proletariado hacia un españolismo de bandera y fusil, represor hacia el pueblo pero genuflexo ante el capitalista extranjero. A falta de otro recurso, la burguesía echó mano al pistolerismo para luchar contra el movimiento obrero, eliminando a sus líderes.

El nacionalismo español ha ido a lo largo de generaciones una ideología de orden público, cuyo depositario ha sido tradicionalmente el ejército, al que se encomienda reprimir mediante consejos de guerra la protesta social, y especializado en ganar guerras contra su propio pueblo.



La eclosión de la conciencia nacional fundamentalmente en Catalunya y Euskal Herría supone que las fuerzas armadas asuman también la tarea de asegurar la unidad del Estado como marco de dominación de clase: Opresión social y nacional cuyo penúltimo episodio decisivo fue el golpe de estado de 1936. La victoria fascista de 1939 y la posterior represión significaron, en lo que nos ocupa, el entierro de los intentos de configurar una españolidad alternativa en el periodo republicano, basada en valores de desarrollo económico, social y cultural, similar a la ideología nacionalista francesa (con independencia de que la idea nacionalista francesa, basada en los principios de libertad, igualdad y fraternidad, sean finalmente también un mecanismo de legitimación ideológica de un chovinismo basado en el colonialismo primero y la explotación imperialista neocolonial después). Los últimos rescoldos de esa idea alternativa de “lo español” se apagaron cuando se arrió definitivamente la bandea tricolor del patio del Colegio para descendientes de españoles de Morelia (México), frente a la cual se cantaba el Himno de Riego hasta muy avanzados los años 80 del pasado siglo.

La consolidación de la llamada transición española y la asunción, por las fuerzas sociales y políticas de la entonces oposición, de la reforma, no consiguió que a nivel popular la simbología, bandera e himno de las tropas de Franco, impuestas como supuestamente comunes, dejaran de sonar como algo “de fachas”, representación además de un nacionalismo casposo con reminiscencias autoritarias, machistas y taurinas, incapaces por tanto de suscitar entusiasmo por parte de quienes veníamos de la “anti-España”, según la terminología franquista.

Y tal sentimiento de desapego ha persistido en las últimas décadas pese a que el poder ha intentado reforzar el sentimiento españolista aprovechando los periodos de relativa bonanza económica, producto de la integración estatal en el marco imperialista de la Unión Europea, y con la burda utilización de los éxitos deportivos para intentar alimentar un orgullo de lo español que sirviera de amortiguador de las tensiones sociales propias de la explotación capitalista.

En el campo de las ideas, se ha utilizado profusamente el pensamiento idealista de Ortega y Gasset (que se parece sospechosamente a la de José Antonio Primo de Rivera), basado en un planteamiento idealista de nación, entendida como pensamiento etéreo (Ortega y Gasset, en su obra «La rebelión de las masas» (1931), señala “Convivir en soberanía implica la voluntad radical y sin reservas de formar una comunidad de destino histórico, la inquebrantable resolución de decidir juntos en última instancia todo lo que se decida... Una amenaza a la soberanía unida, o que deje infectada su raíz, es el camino por el que iríamos derechos y rápidos a una catástrofe nacional”), sin que tales apelaciones hayan calado significativamente hasta hace muy poco tiempo.

Por otra parte, no es extraño que la crisis de superproducción cuya fase más aguda arranca de 2007 hiciera aflorar la cuestión de las naciones oprimidas, resuelta en falso por la llamada transición. Las tendencias centrífugas se hacen inevitables ante el fracaso de un proyecto económico y político endeble. En ese marco debemos situar el proceso catalán.

Paradójicamente (o tal vez no), asistimos en estos días al aparente triunfo del más rancio españolismo, de tal modo que muchas ciudades, barrios y pueblos parecen inmensos cuarteles de la Guardia Civil, con banderas borbónicas colgadas de muchos de sus balcones. En las conversaciones cotidianas, cuando sale el tema de Catalunya, personas que no esperabas esgrimen ramplones argumentos sobre la supuesta insolidaridad del pueblo catalán.



Y es que el discurso del poder se ha apropiado del término solidaridad, hasta hace nada patrimonio de nuestra clase, para utilizarlo como arma arrojadiza contra el pueblo de Catalunya, de tal modo que es un ejercicio de solidaridad aplaudir cuando la policía les apalea y los tribunales les encarcelan.

Para llegar a tal estado de cosas, la mayoría de la llamada izquierda ha actuado como cooperadores necesarios alineándose en defensa de la unidad, tal vez para ocultar sus vergüenzas por el papelón que desempeñaron en la transición, o porque han renunciado (eso no es nuevo tampoco) a levantar un proyecto ilusionante de transformación social. Las apelaciones en ese sentido a la unidad de clase suenan huecas si se pretende al parecer la unidad en la explotación.

Desde las más burdas actuaciones, como por ejemplo participar entusiásticamente en movilizaciones defendiendo la españolidad de Catalunya codo con codo con el fascismo más rampante, a cambio de obtener una tribuna donde exponer miserias patéticas, hasta las más sutiles pero igualmente hipócritas apelaciones a un supuesto internacionalismo superador, como si éste no supusiera también hermanarse con la clase trabajadora de Tanger o de la India, al final todos estos supuestos alternativos reman a favor de corriente con la oligarquía española y la cabra de la Legión.



El sector de Podemos y sus convergencias, incómodo ante un escenario ni previsto ni deseado, afirma que pretende un referéndum “legal y pactado” en Catalunya, que además de una idea ilusoria supone el alineamiento en defensa de la legalidad vigente.

Cantaba Luis Eduardo Aute en una canción de la transición que “la inteligencia es un grano de pus cuando el fin último de la razón está en ser fiel a una Constitución”.

En términos de legitimidad y no de legalidad hemos de abordar la cuestión catalana; por muchas reservas que se puedan tener respecto a algunos de los actores de este proceso, la clase trabajadora debe defender en lo concreto el derecho democrático a la autodeterminación, como paso necesario hacia la solidaridad y hermandad de clase.

Tal vez lo que haya que cuestionar no sea el proceso catalán, sino el papel de las organizaciones de la ¿izquierda? Españolista, que muestran por enésima vez su inoperancia ante las agresiones que cotidianamente sufre la clase trabajadora independientemente de su origen nacional. Para ello, se hace ya urgente crear instrumentos transformadores, organizarse para vencer y, como decía una pancarta en las movilizaciones en Madrid en apoyo a Catalunya: Tirar fuerte para que caiga la estaca.



03 diciembre, 2017

Normópatas – Carlo Frabetti




La Haine - 2/12/2017

Rajoy repite sin cesar que quiere devolver la “normalidad” a Catalunya. Albiol quiere que en TV3 haya gente “normal”, y que en el 21-D participen candidatos “normales”

¿Es casual este nuevo mantra del PP? ¿Es normal que no paren de hablar de normalidad?

Lo lógico sería que los políticos supuestamente constitucionalistas y paladines del Estado de derecho apelaran a la legalidad; pero resultaría un tanto paradójico que los miembros del partido más corrupto de Europa, sobre los que no cesan de llover las imputaciones pese a la pertinaz sequía, abusaran de ese término peligrosamente autorreferente, y esa es una de las razones de que a veces lo sustituyan por otro más vago y menos comprometido.

La otra razón es que son normópatas. No hay más que verlos, repeinados y maqueados como comparsas de telenovela (que de hecho es lo que son). No hay más que oírlos. No hay más que leer sus biografías y sus antecedentes. ¿Y qué es un normópata? El prestigioso psicólogo mexicano Enrique Guinsberg lo define como “aquel que acepta pasivamente por principio todo lo que su cultura le señala como bueno, justo y correcto, no animándose a cuestionar nada y muchas veces ni siquiera a pensar algo diferente, pero, eso sí, a juzgar críticamente a quienes lo hacen e incluso a condenarlos o a aceptar que los condenen”.

Para el normópata, lo normal es que una familia la formen un hombre y una mujer, por lo que el matrimonio homosexual (y la homosexualidad misma) es una aberración. Para el normópata, siempre ha habido ricos y pobres, siempre ha habido reyes y súbditos, siempre ha habido obispos pederastas impunes, siempre ha habido brutalidad policial impune, siempre ha habido políticos corruptos impunes, y por tanto es normal que los ricos, los reyes, los obispos, los policías y los políticos sigan abusando impunemente de los demás. Y, consiguientemente, también es normal que quienes se oponen a estos abusos normalizados vayan a la cárcel.

La normopatía está muy cerca de aquella “banalidad del mal” de la que hablaba Hannah Arendt al analizar el caso de Adolf Eichmann, que no parecía un individuo especialmente retorcido o enfermo. Cometió sus horribles crímenes por el mero deseo de ascender en su carrera profesional (como la mayoría de los políticos), y, según repetía sin cesar en su defensa, se limitó a cumplir las órdenes de sus superiores. “Fue como si en sus últimos minutos resumiera la lección que su larga carrera de maldad nos ha enseñado –escribió Arendt–, la lección de la terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes”.

Pero, aunque el pensamiento normópata de Rajoy, Albiol, Rivera y compañía sea impotente ante el mal y su terrible banalidad, nuestro pensamiento, nuestras palabras y nuestras acciones no lo son. No podemos aceptar su “normalidad” y no la aceptamos. No aceptamos su corrupción sistemática, ni su manipulación de la justicia, ni su brutalidad policial, ni su encarcelamiento de inocentes, ni su Constitución mordaza, ni su monarquía franquista, ni su españolismo casposo. Lo demostramos el 1 de octubre y seguiremos demostrándolo, hasta la victoria y más allá, hasta que sea normal ser diferente, hasta que sea normal librarse de los normópatas.



17 noviembre, 2017

Los dos bandos y la izquierda contemplativa - Carlo Frabetti






En estos momentos decisivos, quien no se opone abiertamente al terrorismo de Estado, se convierte en su cómplice.

No hay ni puede haber dos Españas, puesto que ni siquiera hay una; pero sí que hay dos bandos irreconciliables, que, en última instancia, son los mismos de siempre (ya lo dijo Platón mucho antes que Marx: “En todas las ciudades, grandes y pequeñas, hay dos bandos en guerra permanente, los ricos y los pobres”). Los mismos de siempre, pero con peculiaridades muy relevantes, que al parecer están confundiendo a algunos sectores de la izquierda.

La más importante de estas peculiaridades es la confluencia de antiguas reivindicaciones soberanistas e identitarias con antiquísimas reivindicaciones de clase. No todos los independentistas catalanes son de izquierdas, no todos aspiran a construir una república socialista; pero un buen número de ellos han comprendido (como muchos vascos, como la mayoría de los cubanos) que en el seno del capitalismo salvaje no hay espacio para la libertad y la justicia, y que la defensa de la propia independencia es un aspecto fundamental de la lucha contra un imperialismo depredador que quiere arrebatarles a los pueblos su identidad para poder arrebatarles todo lo demás. Y al igual que en Euskal Herria, en Catalunya la izquierda independentista no ha excluido la posibilidad de aliarse coyunturalmente con un sector de la burguesía, ante la imperiosa necesidad de hacer frente a un Estado terrorista dispuesto a todo con tal de impedir la autodeterminación de las personas y de los pueblos.

A algunos, entre los que me incluyo, nos chirrían y preocupan estas alianzas interclasistas; pero tan simplista como dejar de lado esta preocupación sería –es– rasgarse las vestiduras y tirar del manual del perfecto comunista. “Ni guerra entre los pueblos ni paz entre las clases”, no lo olvidemos nunca, y menos en estos tiempos confusos; “La religión es el opio del pueblo”, recordémoslo todos los días; pero analicemos cuidadosamente cada coyuntura concreta antes de hacer algo o dejar de hacerlo en función de una consigna.

He oído a viejos camaradas decir que el procés es una maniobra de la burguesía catalana y que se niegan a apoyar a meapilas como Junqueras y Puigdemont (por no mencionar los exabruptos de Frutos); una visión tan simplista como su contraria: la de quienes dicen -con horror o entusiasmo, según los casos- que el procés es una revolución orquestada por los antisistema.
Para bien o para mal (y de nosotros depende que sea para bien), la realidad no es tan simple.

Los puristas de la izquierda contemplativa deberían recordar que Chávez tenía una virgencita en su despacho y cada dos por tres esgrimía su crucifijo de bolsillo para ahuyentar a los vampiros del imperialismo; deberían recordar que el catolicismo es un fenómeno sumamente complejo y contradictorio, en el que tienen cabida cosas tan dispares como la teología de la liberación y los Legionarios de Cristo, y que en Catalunya hay un influyente sector de la Iglesia que tiene poco que ver con el nacionalcatolicismo del Opus Dei y la Conferencia Episcopal; deberían recordar que la burguesía catalana está escindida, y que la izquierda puede y debe aprovechar esa fisura. Y, sobre todo, deberían recordar los puristas que, en ocasiones, se puede avanzar junto a extraños compañeros de viaje sin renunciar a nada importante. Y que ahora no se trata de alterar un resultado electoral dentro del juego parlamentario al uso (como cuando el PSOE apelaba al “voto útil”), sino de asestar un golpe contundente, tal vez decisivo, a un Gobierno podrido y un Estado terrorista.

Ahora mismo, los dos bandos, pese a todas las complejidades y provisionalidades, se definen e identifican claramente: a un lado, los sinvergüenzas que siguen diciendo que esto es una democracia y los necios que se lo creen; al otro, los que tienen claro que hay que acabar con la España negra de los herederos de Franco, con su bandera mutilada y con el españolismo del “a por ellos”. Y tal como están las cosas, y por más que se empeñen los equidistantes en nadar y guardar la ropa, quien no está en un bando, está en el otro. En estos momentos decisivos, quien no se opone abiertamente al terrorismo de Estado, se convierte en su cómplice.

14 noviembre, 2017

La patria de los obreros - Carlo Frabetti




27/09/2017

En ciertos sectores de la izquierda todavía persiste la idea –tan absurda como conveniente para los poderes establecidos– de que el independentismo y el internacionalismo son incompatibles, por no decir antagónicos. El internacionalismo une a los pueblos, mientras que el independentismo los divide, argumentan algunos, ya sea de forma ingenua o tendenciosa. De forma tan ingenua o tan tendenciosa que olvidan incluso algo tan elemental como que, por definición, el internacionalismo presupone la existencia de diversas naciones –y nacionalismos– capaces de interrelacionarse solidariamente. Lo que, a su vez, supone entender el nacionalismo no como la exaltación arrogante de determinadas peculiaridades culturales ni como la reivindicación excluyente de privilegios arbitrarios, sino como la pura y simple afirmación de la propia identidad y de la propia soberanía frente a quienes las niegan o las limitan. Y en una época en la que el capitalismo adopta la forma de un imperialismo avasallador que intenta arrebatarles a los pueblos su identidad para poder arrebatarles todo lo demás, la defensa de la soberanía y el derecho de autodeterminación se convierte en un aspecto fundamental de la lucha anticapitalista.

Así lo han entendido la mayoría de los cubanos, para quienes “socialismo o muerte” y “patria o muerte” se han convertido en lemas equivalentes, puesto que tienen muy claro que la defensa de su soberanía nacional y la defensa de su proceso revolucionario son una misma cosa. Así lo ha entendido una buena parte del pueblo vasco, cuya lucha contra la opresión de los estados español y francés se funde y se confunde con la lucha de clases. Y así lo han entendido también diversas organizaciones independentistas catalanas, gallegas, castellanas, aragonesas, andaluzas… Y así empiezan a entenderlo, por fin, algunas formaciones de izquierdas de ámbito estatal.

Sin embargo, el incontenible clamor soberanista que en estos días sacude Catalunya ha provocado el paradójico rechazo de una parte de la izquierda, esa que repite como jaculatorias ciertas consignas marxistas que, sacadas de contexto, dejan de tener sentido o, lo que es peor, se prestan a todo tipo de tergiversaciones. Y una de las más equívocas de esas consignas descontextualizadas (que llevaron al propio Marx a decir “Yo no soy marxista”), invocada recurrentemente por quienes se oponen al independentismo, es “Los obreros no tienen patria”. En el marco del Manifiesto comunista, la frase tiene pleno sentido, pues lo que dicen expresamente Marx y Engels es que el proletariado no puede identificarse con el modelo de nación burgués –basado en la explotación de unas personas por otras y de unos países por otros– y ha de construir su propio modelo solidario; fuera de ese contexto, la frase se ha utilizado a menudo para cuestionar las reivindicaciones identitarias y soberanistas de los pueblos oprimidos, y la izquierda institucional no puede hacerse cómplice de esta manipulación.

Cuando en América Latina y en Oriente Próximo los desheredados del mundo libran una batalla decisiva contra el imperialismo, las privilegiadas izquierdas europeas tienen la insoslayable responsabilidad política e histórica de unirse en un frente común, en una quinta columna que desde el propio interior de los países ricos, desde el corazón de la bestia, contribuya a desbaratar los planes de expolio y exterminio de un capitalismo exasperado que también entre nosotros, y hoy más que nunca en Catalunya, está mostrando su rostro más brutal.

03 noviembre, 2017

La izquierda de pacotilla - Carlo Frabetti



La Haine → vía El Otro

Nada explica que os echéis en brazos de la extrema derecha y que vayáis de la mano de quienes apalean a la población indefensa y encarcelan a los pacifistas.

Tras ver –y oír– a Francisco Frutos en una manifestación encabezada por la extrema derecha, cabría pensar que “pacotilla” viene de Paco; pero no, es un término de origen náutico que coloquialmente se usa para designar “algo de inferior calidad o hecho sin esmero” (DRAE). Aunque en este caso, por una curiosa coincidencia, la izquierda de pacotilla coincide en buena medida con la izquierda de Paco.

Porque, lamentablemente, Paco Frutos no es un caso aislado en el seno de la izquierda a la que representa. A sus 78 años, podríamos pensar piadosamente que el “cansancio” que lo llevó a retirarse de la primera línea de la política hace ya una década, ha degenerado en deterioro neuronal; pero alguien tan joven y tan representativo como Alberto Garzón dice las mismas sandeces sobre el independentismo, y aunque cuida un poco más las formas y evita salir en la foto con la extrema derecha, la apoya con parecido fervor.

“¡Soy un traidor!”, gritaba el ex secretario general del PCE en la última manifestación españolista, a modo de recurso retórico para añadir acto seguido: “¡Un traidor a la mentira!”.

Querido Paco, no se puede traicionar la mentira: la mentira se desenmascara, se desmonta, se rebate, pero “traicionar la mentira” es una contradictio interminis. Y si intentamos conferirle algún sentido a tu flatusvocis, es peor, pues solo se puede traicionar a los del propio bando; ¿quieres decir, con tu críptica frase poética, que hasta ahora militabas en la mentira y de pronto has decidido pasarte al bando la verdad? Aclárate con el lenguaje, Paco, que es el primer paso para aclararse con todo lo demás, sobre todo con la política, que tanto juega con las palabras, y casi siempre juega sucio.

Diríase que lo que os pasa a Garzón y a ti, y a tantos otros afiliados –de manera ingenua u oportunista– al binomio IU/CCOO, es que os sentís más cómodos con la derecha que con la izquierda verdadera, la que se enfrenta realmente a la clase dominante y pone de manifiesto, por contraste, vuestra condición de izquierdilla “de inferior calidad y hecha sin esmero”. Con todos sus defectos –y sus excesos–, la izquierda abertzale, la CUP, Izquierda Castellana, Red Roja, el PCPE y los anticapitalistas en general os tienden un espejo que os devuelve la imagen vergonzosa de vuestras claudicaciones y componendas, de vuestra sumisión a los poderes establecidos; lo cual explica que, como los vampiros, evitéis la claridad y los espejos.

Pero nada explica que os echéis en brazos de la extrema derecha y que vayáis de la mano de quienes apalean a la población indefensa y encarcelan a los pacifistas. Una cosa es que la izquierda de pacotilla se olvide del Manifiesto Comunista, y otra que ignore la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Una cosa es desertar, y otra pasarse al enemigo.

26 marzo, 2017

EL MITO DEL AMOR – Carlo Frabetti


La explotación de la mujer por el hombre no solo es la primera de las explotaciones y el origen de todas las demás, como señaló Engels, sino que es el fundamento mismo de nuestra cultura (y de casi todas las culturas que ha habido a lo largo de la historia).

Algunos sociólogos conservadores, como Steven Goldberg, hablan de la “inevitabilidad del patriarcado”: dado que los hombres son más fuertes y más agresivos que las mujeres, y por tanto más competitivos, siempre han ocupado y siempre ocuparán los puestos sociales de mayor prestigio y poder (6).

Seguramente, en el marco de una sociedad basada en la explotación y la competencia no puede ser de otra manera; y, de hecho, hasta ahora nunca (o casi nunca) ha sido de otra manera. Lo que Goldberg y sus seguidores no tienen en cuenta es que, como seres racionales que somos, podemos y debemos aspirar a una sociedad basada en la colaboración, y en una sociedad colaborativa la fuerza bruta y las hormonas ya no serán determinantes (en el sentido determinista, valga la redundancia). Que los hombres tiendan a la agresividad y a la competencia no significa que siempre tengan que comportarse de una forma brutalmente agresiva y competitiva, ni que la fuerza tenga que prevalecer necesariamente sobre la razón.

Nuestra conducta, como la de todos los animales, obedece a tres pulsiones básicas: el hambre, la libido y el miedo. Y, como todos los animales gregarios, nos agrupamos para aumentar nuestras probabilidades de conseguir comida, sexo y protección. Por eso nos debatimos entre dos tendencias antagónicas: la colaboración y la competencia; como vivimos en el “reino de la necesidad” y algunos bienes son escasos, colaboramos para obtenerlos y competimos al repartirlos. El binomio colaboración/competencia se manifiesta a todos los niveles, desde el más restringido núcleo familiar hasta las más amplias organizaciones sociales, y hasta ahora, en general, ha prevalecido la competencia sobre la colaboración (en este sentido, es muy significativo que para la Biblia la historia de la humanidad comience con un fratricidio, y que el mito fundacional de Roma gire alrededor de otro). Pero siempre ha habido (al menos desde que Buda propugnara el desapego y el “amor compasivo”) una corriente de pensamiento y de acción tendente a dar prioridad a la colaboración sobre la competencia. La Edad Contemporánea se inauguró precisamente con un hito fundamental de esa corriente: una revolución cuya consigna era “libertad, igualdad, fraternidad”, y cuyo legado culminaría en el socialismo científico de Marx y Engels.

La sexualidad nos impone formas de colaboración y de competencia especialmente intensas. En el terreno sexual, los bienes apetecidos son, normalmente, otros individuos de la misma especie: el apetito, a nivel específico, se vuelve autorreferente, con todas las complejidades (bien conocidas por los lógicos y los matemáticos) que ello implica.

La relación sexual es, al menos físicamente, la más íntima de las relaciones y, gracias al regalo evolutivo del orgasmo, la fuente del placer más intenso. No es extraño, por tanto, que este tipo de relación (o la expectativa de mantenerla) refuerce poderosamente el sentimiento de solidaridad intraespecífica y cree un vínculo muy estrecho. En nuestra cultura, ese sentimiento reforzado por la sexualidad suele dar lugar a la formación de parejas estables que, a su vez, se constituyen en familias nucleares.

Pero cuando la pareja es heterosexual, que es el caso más frecuente, la más estrecha colaboración intraespecífica coexiste con la solapada (o abierta) competencia intergenérica, puesto que uno de los miembros pertenece al género dominante y el otro al género sometido. ¿Cómo se concilia la relación amorosa con el sometimiento? Nuestra condición de mamíferos hiperdependientes (al contrario de lo que ocurre en las demás especies, los cachorros humanos dependen de sus progenitores durante años) nos brinda la fórmula sin necesidad de salir del propio núcleo familiar: la relación de los niños con sus padres es a la vez de afecto y de sometimiento, sin que ello genere, en la mayoría de los casos, conflictos insuperables; por lo tanto, basta con “filializar” a la mujer, situarla en un plano de dependencia material y moral con respecto al hombre, para que en una pareja heterosexual puedan coexistir el afecto y el sometimiento. El problema es que, así como la dependencia del niño es una realidad impuesta por la naturaleza, la dependencia de la mujer es una artimaña cultural mediante la que una parte de la humanidad somete a otra, lo que inevitablemente genera una tensión en muchos aspectos (si no en todos) equivalente a la lucha de clases. Y para aliviar esa tensión intergenérica, nuestra cultura ha inventado (o reforzado extraordinariamente) el mito del amor.

Los cuentos infantiles, los tebeos, las canciones, las películas, las novelas, la poesía, las crónicas de sociedad, los seriales radiofónicos y televisivos, la publicidad... Desde la más tierna infancia, la cultura popular y la cultura de masas en todas sus manifestaciones, así como una buena parte de la denominada “alta cultura”, nos bombardean sin cesar con mensajes que exaltan el amor y lo presentan como el bien supremo, la máxima aspiración de todos los hombres y las mujeres “normales”; nuestra condición de mamíferos dependientes, gregarios, hipersexuados (somos los únicos animales que están en celo permanentemente) y orgásmicos hace el resto, por lo que no es extraño que el amor sea el mito nuclear de nuestra cultura (7). Un mito alrededor del cual se articula toda una religión amorosa, cuya principal función es la de “religar” al hombre y la mujer por encima (o por debajo) de su pertenencia a clases enfrentadas.

La índole mítica (“religiosa”) del amor es tan fácil de demostrar como difícil de aceptar; en contra de todas las evidencias, la mayoría de la gente considera que enamorarse es algo superlativamente personal y electivo, cuando en realidad el enamoramiento se parece más a un reflejo condicionado que a una elección propiamente dicha (en este sentido, es muy significativo que Romeo y Julieta se conozcan y se enamoren en un baile de máscaras: la máxima intensidad sentimental con el mínimo de información real, puesto que el enamoramiento es un acto de fe, la irracional creencia de que nuestros impulsos eróticos, condicionados por la educación y las experiencias infantiles, responden a algún tipo de inspiración divina o de sabiduría superior). Por eso la mayoría de los proyectos amorosos fracasan total o parcialmente (la rutina y la resignación no dejan de ser fracasos), y a menudo desembocan en la agresividad; por eso el amor está “a un paso del odio”.

Una doble metonimia contribuye a la perpetuación del mito (a la vez que lo identifica como tal). En primer lugar, tendemos a reducir el término “amor” a su estricto sentido erótico; solo en algunas expresiones poco coloquiales y de resonancias evangélicas, como “amor al prójimo” (o en referencia a objetos no humanos: amor al arte, amor a los animales, etc.), se utiliza la palabra “amor” en un sentido no sexual; por lo demás, se suele distinguir de forma muy clara entre el amor y la amistad, e incluso se los considera mutuamente excluyentes.

En segundo lugar, se suele identificar al objeto del sentimiento amoroso con el sentimiento mismo: la expresión “amor mío” (mon amour, my love, amore mio, meu amor, meine Liebe...) es probablemente la más universal de las metonimias. El sentimiento precede al objeto y lo envuelve, lo aureolea, lo sublima, lo mitifica.

Solo así se explica que la inmensa mayoría de las personas intenten establecer, sobre una base casi siempre insuficiente, una clase de relación que en el marco de nuestra cultura patriarcal es tan difícil como traumática. Y además de ser una de las principales causas de sufrimiento, el mito del amor es uno de los mayores obstáculos en nuestro camino hacia una sociedad libre, puesto que exalta la dependencia y la posesividad hasta extremos rayanos en el delirio (baste pensar en la ferocidad de los celos, el implacable “monstruo de los ojos verdes” de Shakespeare). Cuando Marx dijo que la religión es el opio de los pueblos, se olvidó de añadir que, de todas las religiones, la más arraigada y peligrosa es el culto a Eros.


(6). Steven Goldberg expuso su polémica tesis reduccionista en el libro The Inevitability of Patriarchy (1974), y veinte años después publicó una nueva versión revisada, pero sustancialmente idéntica a la anterior, con el título Why Men Rule (1993). Hay traducción al castellano de la primera versión: La inevitabilidad del patriarcado (Alianza, 1976).


(7). En los años setenta publiqué varios artículos sobre el tema del amor como mito nuclear de nuestra cultura (sobre todo en las revistas Ajoblanco y El Viejo Topo). Uno de ellos, titulado Contra el amor, ha sido reproducido en numerosas ocasiones y es fácil encontrarlo en Internet. También he abordado el tema en mis libros La amistad desnuda (Lengua de Trapo, 2005) y El libro infierno (Alfaguara, 2002).