La Haine - 20/01/2018
En algunos casos, la presunción de inocencia se
traduce en presunción de imbecilidad, porque hay argumentos que, para
esgrimirlos de buena fe, hay que ser un perfecto imbécil
En algunos casos, la presunción de inocencia
se traduce en presunción de imbecilidad (no es casual el doble sentido del
adjetivo “inocente”), porque hay argumentos que, para esgrimirlos de buena fe,
hay que ser un perfecto imbécil; y viceversa, en boca de un no-imbécil (o de un
imbécil imperfecto) son una prueba inequívoca de mala fe.
Hace poco, en un programa de TV3 sobre el 1-O, oí
a un periodista de un conocido diario español y a un policía intentando
justificar la brutalidad con que se atropelló a la población indefensa, con
unos argumentos tan estúpidos que, una de dos, o el periodista y el policía
eran tan estúpidos como sus argumentos, o eran canallas resabiados, de los que
saben que un argumento estúpido repetido muchas veces acaba siendo asumido acríticamente
por un amplio sector del público, demasiado ocupado –o enajenado– para
detenerse a reflexionar (recuerdo perfectamente los nombres del periodista y
del policía, pero su estupidez –o mezquindad– están tan difundidas que sería
injusto personalizar).
En principio, la presunción de inocencia –tanto la
de inocencia jurídica como la de inocencia/imbecilidad– debe aplicarse siempre;
pero algunas veces resulta francamente difícil. Que un periodista y un policía
cualesquiera no sepan lo que dicen, es bastante verosímil. Que no lo sepan
Soraya SS o M Rajoy –y, en general, los políticos de oficio y beneficio– cuesta
de creer.
Decía Chesterton que para ser lo suficientemente
listo como para hacerse rico, hay que ser lo suficientemente tonto como para
creer que vale la pena; y el apetito de poder y notoriedad no es menos estúpido
que el apetito desordenado de dinero. Lo que significa que, en el mejor de los
casos, suelen gobernar los más listos de entre los tontos (digo “en el mejor de
los casos” porque en ocasiones son pura y simplemente psicópatas). Que Zoido no
es muy inteligente, salta a la vista y al oído; pero si ha llegado a ministro
no puede ser tan tonto como parece, y no se le puede aplicar sin reservas la
presunción de inocencia/imbecilidad; ni a él ni a ninguno/a de sus compinches
del partido más corrupto de Europa. Y no solo no puede ser tan tonto como para
creerse lo que dice cuando intenta justificar la brutalidad policial: ni
siquiera puede ser tan tonto como para creer que sus flagrantes mentiras puedan
engañar a nadie en su sano juicio. ¿A qué obedece, pues, su grotesca actuación?
La respuesta es tan simple como preocupante:
Lo que podríamos denominar la fase Goebbels de la
falsedad política (“Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”)
está superada; ahora estamos en la fase Berlusconi (o Berlusconi-Trump, para no
ignorar las aportaciones del psicópata yanqui), cuyo lema podría ser: “Una
salvajada repetida mil veces se convierte en algo normal”. Y en una sociedad en
la que la normopatía es endémica, lo normal es, por definición, aceptable.
“Los leopardos irrumpen en el templo y beben de
los cálices sagrados hasta vaciarlos. El hecho se repite una y otra vez, hasta
que se hace previsible y se convierte en parte de la ceremonia”, cuenta Kafka.
Los dóberman atacan a la población indefensa hasta
machacarla y sus amos los felicitan; el hecho se repite una y otra vez, hasta
que se hace previsible y se convierte en parte de la farsa democrática.
