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11 diciembre, 2021

“Cataluña ciudad” soñada por los idealistas burgueses de los ochenta, crisol de trepas y especuladores — Miquel Amorós

 



PORTALOACA – 18/11/2021


Cataluña a la sombra del capitalismo


Parece ser el territorio un elemento importante en el crecimiento de la economía, que es como decir en la acumulación de capitales. Con la perspectiva del cambio climático y de la “transición energética” del capitalismo, el territorio en tanto que paisaje es un factor estratégico de primer orden en boca de sus administradores. No hace falta calentarse la mollera con esto, pues cada año en Cataluña son clasificadas como suelo urbanizable más de cien mil hectáreas, al tiempo que toda clase de infraestructuras devoran la tierra fértil. La sobreurbanización implica la hipermovilidad. En el territorio catalán se producen alrededor de veinte millones de desplazamientos diarios, la mayoría en vehículo privado (el número de coches crece a mayor velocidad que el de habitantes).


Encima, un alud de proyectos “disneylandistas” camuflados o no tras la candidatura Barcelona-Pirineos a los Juegos de Invierno lo quieren transformar; planes, leyes y decretos a montones concurren para regular dicha transformación sin molestarla demasiado. Como de costumbre, el discurso dominante alude al desarrollo y a los mercados, y apunta a “nuevas expectativas de actividad” y “oportunidades” para los hábitats rurales, pero añade ingredientes ecodesarrollistas como lo de la cohesión territorial, el ocio responsable, la conservación del patrimonio y la protección del medio ambiente. En la práctica, la fragmentación y la fagocitación del territorio continúan su camino ascendente. Como sea que el interés particular es la ley y que, desde hace más de dos siglos, las ganancias determinan la tonadilla de los dirigentes, el cambio de letra denota un cambio de dirección en la obtención de plusvalías. ¿Qué es lo que pasa? ¿Dónde estamos? A fin de encontrar respuestas adecuadas pasaremos revista desapasionadamente a la actual realidad catalana.


Cataluña es una sociedad plenamente urbana, una “ciudad de ciudades”, como dirían los tecnócratas de la socialdemocracia catalana. El 95% de la población vive en núcleos de más de dos mil habitantes y hay censados menos de 25.000 campesinos. El derecho a la ciudad tan caro a los urbanistas de la “izquierda” institucional ahora es un deber; casi todo el mundo ha de vivir aunque no lo quiera en un entorno urbanizado. El modo de vida característico de la urbe se ha generalizado, o dicho de otra manera: el vivir se ha industrializado. Al menos desde de los fastos olímpicos del 92, Cataluña es una especie de archipiélago metropolitano, o más claro, un “sistema” urbano fuertemente centralizado. El país orbita alrededor de una enorme conurbación de casi cinco millones y medio de habitantes una de las más grandes y contaminadas de Europa conectada con otras más pequeñas, que en conjunto abarca el 16% del territorio. De un modo u otro, todos los catalanes son barceloneses. Cataluña entera obedece a las necesidades de la metrópolis, dictadas por la dinámica desarrollista a ultranza correspondiente a la fase globalizadora. Es la “Cataluña ciudad” soñada por los idealistas burgueses de los ochenta, macrocefálica y depredadora, elitista y fenicia, crisol de trepas y especuladores, que no obstante se describía con rostro humano, cosmopolita y progresista, cuna de un capitalismo popular, democrático y participativo, llena de oportunidades para todos. Si la Gran Barcelona industrial de los sesenta y setenta era el motor de la economía española, ahora, en plena terciarización, se afana por ser un nodo –un “hub”– de la economía mundial. Si prestamos atención a quienes mueven los hilos de la planificación inútil y deciden el infeliz destino de los catalanes, el paso siguiente es formar parte de una “eurorregión” mediterránea con el turismo por único soberano, donde los beneficios se multipliquen por diez y el pastel nunca se acabe.


La metrópolis ha sido siempre el problema, nunca la solución. En cualquier momento, su poder desintegrador del territorio ha sido inmenso. Las elites urbanas lo reconfiguraron brutalmente –lo “reordenaron”– imponiéndole unas servidumbres tras otras. De hecho, la contradicción entre campo y ciudad se desvaneció hace treinta o cuarenta años. Los límites municipales se fueron desbordando hasta que las diferencias entre dentro y fuera quedaron borradas. Todo terminó en urbano o periurbano. Se puede afirmar que hoy en día en Cataluña el mundo rural propiamente dicho no existe o es muy residual. Bueno, aún se cultiva el 25% del territorio, pero la agricultura se desenvuelve bajo parámetros industriales y acata las reglas impuestas por las multinacionales de la alimentación. Es una agricultura no soberana, sin verdaderos agricultores. Los viejos saberes campesinos se perdieron irremisiblemente, igual que las costumbres o el derecho consuetudinario. De las prácticas antiguas de los pueblos tales como los consejos abiertos, los repartos vecinales, la enfiteusis, los campos abiertos y los bienes comunales o propios nadie se acuerda.


En fin, el modo de producción agrario tradicional, y junto a él, la sociedad auténticamente campesina, desapareció hace casi un siglo. Era precapitalista, luego incompatible con el capitalismo y con el tipo de Estado centralizador y fiscalizador correspondiente: tenía que ser liquidado. A pesar de todo, el proceso de exterminio fue lento: en 1890 la producción agraria, basada en la trinidad cereales-vid-olivo, todavía superaba a la industrial. Hasta entonces, Cataluña era un país mayoritáriamente agrícola. Hoy apenas tiene industrias propiamente dichas. La gente del campo perdió el control de los lugares donde vivía y siguió por fuerza las directrices del mundo urbano. Los campesinos se convirtieron en ocupantes del patio trasero de la metrópolis, los últimos en enterarse de lo que les concierne. El campo perdió población a espuertas. Cerca de la cuarta parte de los municipios catalanes hoy están en peligro de extinción. Toda una civilización se hundió sin remedio y ni siquiera el museo etnológico es capaz de ofrecer un cadáver folklórico convincente. Habrá que echar mano al azar de algunas antiguallas para poder confeccionar una identidad local susceptible de convertirse en capital simbólico y atraer visitantes. El territorio esta siendo reinventado para adquirir el mayor valor posible en los mercados vacacionales. Eso no es nuevo en absoluto; la novedad consiste en que si la reinvención antes era consecuencia del capitalismo posmoderno, ahora es su premisa. La tierra es más que nunca de quien no la trabaja: el territorio es para explotar más que para vivir. La casa del labrador se llenó de urbanitas. ¿Cómo hemos llegado a esto? Veamos las etapas de este maldito recorrido.


La “revolución” industrial provocó el retroceso económico de la producción agraria y alumbró una nueva clase de asentamiento sin contornos fijos, donde se concentraban bancos, fábricas y mano de obra, en gran parte proveniente del campo: la ciudad industrial. Barcelona, que en la Guerra de Sucesión tenía solo 35.000 habitantes, creció hasta los 184.000 en 1857, en vísperas de la demolición de sus murallas, lo cual originó la expansión fabril por el llano circundante. Primero el ferrocarril y luego el tranvía crearon los suburbios. Si en el año 1900, Barcelona contaba con más de medio millón de habitantes, principalmente burgueses y proletarios, durante la Guerra Civil sobrepasaba el millón, el 37 % de la población catalana. A partir de entonces, el peso de la ciudad, rodeada por un cinturón industrial, no cesará de aumentar, y la lucha de clases, a pesar de la derrota republicana, seguirá caracterizando su historia hasta el advenimiento de la sociedad de consumo masivo. La agricultura tradicional, ya descomunalizada, caerá en picado con la llegada de la mecanización, los abonos químicos, los cultivos especializados y la ganadería intensiva. Allá por los años cincuenta del siglo pasado, la masía entró en crisis para nunca jamás remontar. La demanda del mercado nacional seguiría empujando hacia arriba la industria y, en consecuencia, extendiendo la conurbación. Las autoridades franquistas fueron muy conscientes del fenómeno y aplicaron las normas de zonificación recomendadas por el CIAM, decretando la separación entre fábricas y viviendas y el traslado de la industria barcelonesa al extrarradio. El Plan de Ordenación de Barcelona de 1953 fue el primer intento de racionalización instrumental de la Barcelona metropolitana. A lo largo de los años sesenta y gracias al automóvil se consolidará una primera corona de 36 municipios, reconocida legalmente en 1974 como Corporación Metropolitana, y luego rebautizada como AMB, Área Metropolitana de Barcelona. La continuidad del urbanismo franquista más allá de la muerte del dictador dio un salto cualitativo en 1987, cuando la Generalitat pujolista disolvió la corporación por temor a ceder poder a una institución en manos de competidores políticos.


La numerosa llegada de inmigrantes entre 1965 y 1975 había propiciado la construcción de horrorosos bloques abiertos de pisos de calidad ínfima que enriquecieron a sus promotores, afearon el paisaje urbano y segregaron a los trabajadores en barriadas obreras cada vez más alejadas de un centro cada vez más degradado e insalubre. De los equipos municipales nacidos en las primeras elecciones de “la democracia” salieron reformas tecnopopulistas que contaron con un cierto soporte empresarial, profesional y vecinal. El modelo Barcelona, elaborado por arquitectos “recosedores”, defensores de la institucionalización de las coronas, fue el paradigma urbanístico del desarrollismo posfranquista. Cuando hubo reactivación económica, el idílico “derecho a la ciudad” del urbanismo de fachada social-tecnocrático desembocó en una apuesta por el transporte privado y una prosaica subida del precio del metro cuadrado, suprimiéndose en la práctica el derecho a la vivienda y dándose vía libre a la especulación, a la destrucción del patrimonio y a la gentrificación. En 1977, bastante antes de la entrada de España en la Comunidad Europea, la ocupación en el sector servicios sobrepasó a la ocupación industrial. La circulación –o los “flujos”– y el tratamiento industrial de actividades terciarias aventajaban en capacidad de empleo a la decadente producción fabril. Eso significaba cada vez más un uso no manufacturero de los viejos polígonos y un uso no agrícola del espacio rural. Barcelona tuvo que “ponerse guapa”, que es como decir que hubo de adaptarse a las condiciones de la naciente “cultura del ocio”, o mejor, industria del entretenimiento. De derechos del ciudadano no quedó ni un pellizco. Ante el impulso del consumo privado –ante la colonización de la vida cotidiana– la alianza política entre las clases medias, la aristocracia obrera y los empresarios progresistas hizo aguas. Con el posfranquismo económico se agotaron las metas universales y todo el mundo se sumergió en la vida privada. A mediados años ochenta, mucho más de la mitad de los catalanes se consideraba clase media y soñaba en coches de alta gama, adosados y vacaciones en contacto con la naturaleza domesticada. Entonces, tal como ya había pasado con la costa, la frecuentación sistemática y masiva del interior, especialmente de la montaña pirenaica, –y la construcción de segundas residencias que derivaba de ello– se reveló como la mayor fuente de ingresos y la mejor alternativa a la industrialización. La comercialización del tiempo “libre” ofrecía sin lugar a dudas mejores expectativas que la producción de alimentos, tejidos, electrodomésticos o motocicletas: el deseo de los asalariados de evadirse del trajín cotidiano era mucho más rentable que la demanda de víveres y bienes de consumo. Pasado un tiempo, el derecho de escapar un rato de la aglomeración urbana ahogaría el derecho a habitar en un entorno campestre y a cultivarlo. Prioridad pues al cemento, al asfalto y al esparcimiento mercantilizado. La urbanización se hizo difusa, consumidora abusiva de terreno y muy agresiva. El territorio tuvo que incrementar su conectividad, mejorar sus accesos y multuplicar los espacios recreativos. Las urbanizaciones, los hoteles y los campings, la red viaria y finalmente internet nos introdujeron en una especie de pesadilla extractivista. Las infraestructuras tomaron más importancia que el espacio público y los hábitos cooperativos antaño arraigados: los técnicos al servicio de los inversores dijeron que “vertebraban” el territorio mucho más que las tradiciones y la solidaridad, y nosotros decimos que definen la dominación –el Poder– mejor que las instituciones.


Incluso antes del horizonte del 92 se impusieron los partidarios de la desregulación del mercado del suelo y la supresión de trabas ordenancistas. Un urbanismo perverso –al que podría llamarse olímpico– tomó el relevo al urbanismo táctico de las plazas duras y los “esponjamientos”, escudado en una calamitosa arquitectura de “marca” y un gran acontecimiento deportivo. Entrábamos en la sociedad de los edificios-espectáculo. El sector inmobiliario se perfilaba ya como motor principal de la economía. La superficie construida se duplicó en seguida; el proceso de suburbanización fue más intenso que nunca y se dio preferencia descarada a las autopistas. La corrupción y la deuda de los consistorios ayudaron lo suyo. A cuenta de las clases medias motorizadas, los conjuntos residenciales camparon a sus anchas. Surgieron como setas grandes superficies, naves logísticas y zonas de aparcamiento. Se proyectaron nuevas “rondas”, “patas” y variantes. La expansión del área metropolitana y la expulsión de los pobres de la capital y la AMB fueron el resultado inmediato. En la década de los ochenta se levantaba acta de una segunda corona sin status oficial de más de cuatro millones de habitantes. Agrupaba a 164 municipios. En los noventa, la primera corona se había colmatado e incluso perdía habitantes, mientras que la segunda, denominada Región Metropolitana de Barcelona, RMB. disponía de suelo y se extendía a discreción. La destrucción del territorio estaba servida. Hacia el 2000, se fusionaba lo urbano con lo periurbano. Estábamos a un paso de la “Cataluña-ciudad”, o más exactamente, en la Cataluña globalizada. La “vocación metropolitana” del capitalismo político catalán se había realizado, pero ¡de qué manera! El ritmo acelerado de vida en la conurbación, los nuevos hábitos consumistas promovidos por el endeudamiento alegre y una panorámica de grúas, mostraban sus horribles resultados. Barcelona-municipio permanecía en el centro del caos, luciendo escaparates, celebrando ferias, ofreciendo plazas hoteleras y empleos basura, y disparando el precio de la vivienda. Así, los problemas se traspasaron al territorio, objeto de los frenéticos fines de semana de centenares de miles de personas. Aparte de los daños ambientales, el alto grado de dispersión edificatoria elevó en gran medida el coste de los servicios y de las infraestructuras imprescindibles, obligando a una tímida regulación del hecho metropolitano mediante un Plan Territorial aprobado en 1998, pero no concretado del todo hasta 2010. El interés privado se sobreponía claramente al público (supuestamente el de la administración) o, mejor dicho, ambos se habían vuelto idénticos.


No era necesario que encima se apostara ostentosa y gratuitamente por las finanzas internacionales y el turismo, como hizo el desastroso Fórum maragalliano de las Culturas de 2004, puesto que la parquetematización de Barcelona era un hecho afianzado y la globalización, algo imposible de evitar aunque se quisiera. La crisis inmobiliaria posterior convenció a la plutocracia catalana de la urgencia de finalizar el periodo de edificación desordenada y vertederos incontrolados. Se imponía girar –aunque fuese de boquilla– hacia lo verde de acuerdo con las instrucciones europeas. En 2008 la población concentrada en la RMB se acercaba a los cinco millones y la llegada de turistas batía todos los récords. El turismo surgía como el único motor económico de la Cataluña de los “flujos” apaciguados. La explotación intensiva del territorio en todas direcciones y el despilfarro de recursos asociado que comportaba –en idioma tecnócrata, la “diversificación de la oferta” ante la “demanda externa”– clamaba por un maquillaje completo. El paisaje, sucio, maltratado y desmembrado, era más que nunca un elemento básico del “relanzamiento económico”, especialmente en las zonas entre mar y montaña, donde se estaban ubicando las vías del tren de los ejecutivos (el TAV) y las pistas de aterrizaje en compañía de los aerogeneradores, las placas fotovoltaicas, las incineradoras, las líneas de alta tensión y las plantas de reciclado. La entrada de Cataluña”en el siglo XXI”, es decir, el progreso de la clase dirigente catalana en el panorama internacional exigía cosas ecológicamente incorrectas como la ampliación del aeropuerto de El Prat. De cualquier forma, el ruido en torno al calentamiento global y la energía “limpia” obligaba a una normativa conservacionista de improbable aplicación.


En realidad, apenas se trata de la conservación del medio o de modificaciones significativas del modelo energético “fósil”, y en absoluto del final del sistema alimentario globalizado o de la especulación a todos los niveles: era caso de la explotación “sostenible” del territorio (sic), o sea, de planificaciones “flexibles” y “ajustadas a la diversidad” que no disminuyan la rentabilidad de las operaciones, ni la credibilidad de las autoridades. Se trata pues de la incorporación suave de los costes de la destrucción del territorio al precio del producto turístico-residencial, a través de una suerte de fusión de ambientalismo, política y negocios. En resumen, el desarrollismo teñido de verde. Una nueva ley, todavía en fase de anteproyecto, cargará con la tarea de establecer un uso del territorio que los expertos al servicio de los promotores quieren “eficiente”, “competitivo” y a su manera “sostenible”, de forma que las condiciones reales que nos han llevado a la situación en la que nos encontramos no se alteren sustancialmente, las fuentes del beneficio privado no se agoten, y la locomotora del progreso continúe su marcha por los raíles del estatismo hacia el precipicio sin que ningún freno intervenga.


Miquel Amorós

Jornades per l'agitació “Rehabitem les ruralitats”, a Les Llosses (Ripollès) el 18 de setembre de 2021




18 octubre, 2019

Catalunya. Carta de un asturiano: «Yo no soy independentista» [pero...]






Por Pablo Álvarez Fernández - Resumen Latinoamericano - 18/10/2019

Yo no soy independentista, creo que nuestro problema, el de la clase trabajadora, está por encima de fronteras, himnos y banderas, pero no hace falta serlo para darse cuenta de que la sentencia del procés, además de desproporcionada, vulnera todos los principios democráticos. Y eso, ya seas catalán, asturiana o extremeña, nos afecta a todos. Detrás de la sentencia se esconde la intención de anular cualquier tipo de protesta o reivindicación que ponga en riesgo la estabilidad de este sistema caciquil, corrupto y totalitario. Y no lo digo yo, lo dice la sentencia: «Y es que sedición no es otra cosa que una desobediencia tumultuaria, colectiva y acompañada de resistencia o fuerza». Así, sin cortarse, utilizan al pueblo catalán para tratar de amedrentarnos a todos, porque si unimos esta sentencia a la ley mordaza el resultado es que en este país la protesta queda anulada. Sometimiento o prisión, no hay más opciones.

A los poderes que gobiernan este país les ha salido muy rentable su jugada. Fomentar el odio al pueblo catalán en el resto del estado, utilizando como armas la mentira y la manipulación, les ha dado un magnifico resultado. ¡¡¡Que malos son por hablar su lengua!!! ¡¡¡Son mezquinos por defender su historia!!! ¡¡¡ Que barbaridad pretender ejercer el derecho de autodeterminación!!! ¡¡¡Cataluña es un campo minado!!! ¡¡¡El terrorismo campa a sus anchas!!!.

Una y otra vez los mismos mensajes con una única intención: la ciudadanía española tenía que preocuparse más por el «peligro» catalán que por la corrupción sistémica, el saqueo a la hucha de las pensiones, la estafa bancaria, el deterioro de la seguridad social o la perdida de los derechos laborales, algunos de ellos conseguidos gracias a la lucha de esos catalanes tan malos. Sí, gracias a ellos, ¿o ya nadie recuerda lo que supuso para el movimiento obrero la huelga de La Canadiense? ¿O todavía creéis que la jornada de 8 horas os la regaló el patrón? Pues no, no fue así, los caciques nunca regalan nada, fue la clase trabajadora catalana la que lo logró. La misma que peleó con uñas y dientes durante el golpe de estado franquista, la misma a la que, sin éxito, intentaron aniquilar durante la dictadura. La misma que ahora lucha por el derecho a decidir libremente su futuro. Y ahí está la clave: la lucha, los derechos y las libertades al sistema le producen urticaria, no puede consentir que ninguna lucha triunfe, que ningún derecho se consiga y que ninguna libertad vaya más allá de la longitud de las cadenas que nos imponen. Por eso manipula, por eso siembra el odio, por eso utiliza como brazo armado al fascismo. ¿O creéis que es casualidad que VOX ejerciera de acusación popular en el juicio del procés? ¿O creéis que los pollos que montan Arrimadas, Rivera y sus secuaces son fruto del azar? ¿O pensáis que el constitucionalismo de PSOE y PP, esos patriotas que entregaron la soberanía del pueblo español a los poderes financieros, reformando el artículo 135 con premeditación, alevosía y nocturnidad, obedece al interés general de los ciudadanos? Son los peones de las oligarquías haciendo el trabajo sucio. Las mismas oligarquías que saquearon España en el 36, las que sembraron muerte y destrucción y acabaron con las libertades, las que masacraron a la clase obrera y nos sumieron en una oscuridad que todavía perdura. Las mismas que condenaron a Tejero con 7 meses de prisión en la operación galaxia, su primer intento de golpe de estado, y al que, después de cumplir su «pena», le volvieron a entregar la placa y las armas para que el 23-F entrara a tiros en el congreso de los diputados y sacara los tanques a la calle. Eso, y no sacar unas urnas a la calle, es revertir el orden constitucional. Su castigo fueron unos años en un hotel de lujo, al modo Pablo Escobar, a base de privilegios y langosta. Y el mismo Tribunal Supremo que ahora azota sin piedad a los representantes del pueblo catalán, no tuvo ningún reparo en pedir su indulto.

Nada ha cambiado en esta España en los últimos 80 años, el poder sigue en las mismas manos, inamovible, con distintas caras pero con los mismos apellidos, robando desde los consejos de administración, manipulando desde los medios de comunicación y castigando desde los tribunales.

Ahora el foco del odio apunta al pueblo catalán, mañana, españolito que embistes, serás tú quien esté en su objetivo.





16 octubre, 2019

Una sentencia que condena (aún más) al Régimen del 78




redRoja 14/10/2019

En realidad, el Tribunal Supremo ha condenado al pueblo catalán por el ejercicio del derecho de autodeterminación del 1 de Octubre de 2017. Penas que suman 100 años de cárcel por promover una votación y alentar manifestaciones pacíficas, por actos parlamentarios, por ceder locales o incluso por decretar servicios mínimos en la Huelga General del 3 de Octubre –la que paralizó Catalunya en protesta por la salvaje represión policial.

Hoy se confirman de forma decisiva muchas cuestiones: el Régimen del 78 no solo está agotado en su recorrido democrático por no ser capaz de integrar sin forzar a los pueblos y de ofrecer alternativa a los problemas políticos que tiene históricamente planteados, sino que pone la ley y su interpretación más autoritaria por encima de los derechos individuales y colectivos. La separación de poderes, los derechos de defensa y las libertades fundamentales han sido pisoteados por una instrucción prospectiva –que ha buscado preventivamente y ha retorcido el Código para señalar delitos- y un juicio político diseñado para hacer un escarmiento con apariencia de justicia donde todas las pruebas han sido actos políticos públicos e informes tendenciosos de la Guardia Civil que ponen la realidad al revés.

La Constitución del 78 instituyó una paradoja fatal: pretendió hacer un estado unitario para una única nación española y que fuera considerada como una democracia cabal. Habló de autonomías y de nacionalidades sugiriendo unas posibilidades de desarrollo que se han visto rotundamente desmentidas. La sentencia dice que el objetivo de la independencia es una quimera pero lo imposible es pretender mantener los derechos democráticos negando la plurinacionalidad del Estado. Han elegido la vía represiva, la asimilación por la fuerza y la constante amenaza penal para restringir expresiones políticas en lugar de abrir el debate político a la realidad social. Una gran parte del pueblo catalán se manifiesta por el derecho a decidirlo todo y por la independencia. Los gobiernos del PP y del PSOE vienen bloqueando la respuesta política para que todo quede en un problema de orden público, de “golpe al estado” que solo puede tener reproche penal. Y llaman “estado de derecho” a la excepcionalidad represiva constante, incluso con acusaciones de “terrorismo” a los activistas sociales como los CDR detenidos.

Este régimen monárquico no tiene salida y la sentencia lo ratifica sancionando el intento de forzar el diálogo político desde la Generalitat y la ilusión de obtener apoyo desde la UE. El gobierno Torra está ahora igual que estuvo el de Puigdemont: bloqueado financieramente, intervenido judicialmente y amenazado con el 155 y la Ley de Seguridad Nacional. No se plantea siquiera el desacato institucional porque tanto la Generalitat como los Mossos son instituciones del Estado que la burguesía catalana no quiere arriesgar ni siquiera para resistirse a que le quiten las competencias.

Toda la iniciativa está, pues, en manos del pueblo, autoorganizado y movilizado. Estudiantes, trabajadores, hombres y mujeres de todas las edades han salido a manifestarse en calles y plazas, cortan carreteras y ferrocarriles, rodean el aeropuerto de Barcelona y se preparan para cruzar el centro del territorio en grandes marchas que durarán días y continuarán con la huelga general. Es solo el principio de una nueva etapa de resistencia y de movilización permanente contra la represión y por la defensa de los derechos democráticos.

Este no es solo el problema de Catalunya. Todos los pueblos del Estado y los movimientos sociales están interpelados por la condena del Supremo. Hay más de 300 sindicalistas encausados por integrar piquetes de huelga, hay miles de afectados por la Ley Mordaza, cualquier movilización para evitar un desahucio puede caer bajo el mismo tipo de acusaciones de sedición…

Es la hora de la movilización, de la solidaridad y de dar un paso más hacia la solución política:
La autoorganización obrera y popular.

¡Libertad presos y exiliados políticos!

¡Abajo el Régimen del 78!

30 septiembre, 2018

Los lazos rotos – Suso del Toro



sinpermiso - 25/09/2018

Ayer le oí decir a una escritora amiga catalana, con sus palabras, lo mismo que le oí hace un año a otro escritor también amigo y catalán algo que Hannah Arendt formuló en su última entrevista: “El problema personal radicó en lo que hicieron nuestros amigos, no nuestros enemigos”. Se refería al silencio de unos y la complicidad de otros conocidos y amigos cuando fueron a por los judíos alemanes. Estos amigos se referían a escritores españoles a quienes consideraban amigos. Claro que se trata de la ingenuidad tan propia de escritores, que de algún modo nos consideramos personas especiales y le damos significado profundo a las emociones comunes, rabia, odio, envidia, deseo…

Pero se referían a lazos rotos para siempre, el sentimiento de haber sido abandonados y traicionados. Efectivamente, en paralelo a la política, hay una ruptura en la conciencia y una ruptura moral. Creo con toda franqueza, con independencia de cómo evolucione el conflicto entre Catalunya y el Estado, que España ya ha perdido a los catalanes. Podrán obligarlos a estar pero nunca a ser. Pero es que no se van, los echaron.

Hace un par de días TVE emitió algunas imágenes de las cargas policiales a las personas que querían votar allí hace un año, unas imágenes que son más conocidas en otros países que aquí, donde le fueron ocultadas al público. Un pequeño adelanto sobre tantos años de ocultar la realidad y mentir pero pasará tiempo hasta que la población española tenga acceso a las informaciones que le fueron ocultadas, a la represión, a las actuaciones de los servicios secretos, a las actuaciones de jueces, fiscales y policías y cuando puedan conocer también la versión de los hechos de la otra parte podrá hacerse una idea de la verdad de lo ocurrido en Catalunya en los últimos años (la entrevista a Cuixart es un poco de aire).

Entonces no habrá más remedio que decir en voz alta lo que todos sabemos sin querer saber, este estado no tolera que un sujeto ejerza las libertades.

Una semana aflora lo evidente, gracias a estos nuevos medios digitales, que el Ejército mantiene la cultura franquista y que la reproduce. Y otra semana aflora también otra evidencia, la Justicia española es en su conjunto mayoritariamente integrista, sus órganos superiores son de ideología manifiestamente antidemocrática y actúan como agentes políticos de esa ideología.

Las noticias sobre el chat judicial con sus insultos y descalificaciones políticas e ideológicas de ciudadanos y dirigentes elegidos democráticamente y saber de las investigaciones irregulares del juzgado número trece de Barcelona sólo ilustran lo que todos sabemos y no queremos decir en alto porque es descorazonador: este estado no es una verdadera democracia y no tenemos otro a mano. Hablamos nada menos de que del Ejército y el poder judicial, los cuerpos del estado que deberían protegernos pero que realmente todos sabemos que no nos protegen sino que nos vigilan y nos castigan si pretendemos ejercer la libertad.

Todos los problemas de España como proyecto de conjunto nacen de lo mismo, no hubo una ruptura democrática y la Transición, con lo que hubiese de mejoría, tras la corrección tras el 23-F y la época Aznar, caminó hacia un fracaso como proyecto basado en un entendimiento profundo y compartido. La España fundada sobre el Régimen de Franco y luego la Transición, ha fracasado. Fuera de España esto se sabe, aquí duele aceptarlo.

El aire de la vida pública está tan cargado del mismo sentimiento que mueve a gente a abuchear a dos técnicos teatrales que recogen un premio con lazos amarillos en el ojal. El lazo amarillo, tan peligroso que despierta la ira, es el recordatorio de que hay políticos democráticamente elegidos presos por defender y practicar sus ideas, como saben. Qué sentimiento es ése que gusta de ser carcelero.

Pero los desmanes y excesos antidemocráticos cometidos por el estado no hubieran llegado a ese punto sin un silencio atronador que se sumó a un asentimiento estruendoso, un gran “¡a por ellos!” . Faltó una vez más vigor cívico en la sociedad que se enfrentase a una operación de estado como ésa, para obligar al gobierno a dialogar en vez de reprimir. Sí, la población catalana que se movilizó para votar, además de castigada y agredida, se sintió y se siente abandonada y traicionada por aquellos sectores, aquellas personas de quien esperaban que los defendiesen de golpes y cárcel. Ofendida aunque no vencida.

Los lazos que debieran preocupar no son los lazos amarillos sino los lazos rotos.

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29 mayo, 2018

"No me envenena" - Los Ángeles de la Guarda (chirigota gaditana)

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No me envenena
y como soy un ángel
me la sudan las banderas
hasta puedo entender
que luchen por su independencia
pues muchas veces a mi
este país me da vergüenza 
me da vergüenza
los que mandaron
la policía pa moler
a un pueblo a palo
y el patriotismo
del que presumieron
muchos españoles
con las banderas
en sus balcones
yo no los vi sacar la banderita
contra los ladrones contra los recortes
o con las pensiones
nunca los vi colgarla por la sanidad
y por tantos paraos que no pueden más
y cuando terminemos con tos los mangantes
cuando por fin no queden
ni un solo niño
que pase frío
ni pase hambre
cuando no haya mujeres
ni listas de nombres
que mueren maltratadas
a manos de un hombre
cuando se aclare el futuro
y no sea el culo en educación
y cuando en esta nación
hasta el Rey pueda votarse
y si el cuñado robó que lo pague con la cárcel
cuando se acabe la fiesta de la espada y la muleta
cuando ya no quede nadie enterrado en las cunetas
entonces ve donde quieras
saca tu trozo de tela
saca tu trozo de tela
y presume de bandera
y presume de bandera.





18 mayo, 2018

INFORME: “DERECHOS HUMANOS. LAS RELACIONES ECONÓMICAS CATALUÑA-ISRAEL”


Benjamin Netanyahu: "El Presidente Trump tiene razón.
 Yo he construído un muro a la largo de la frontera sur de Israel.
Ha parado toda inmigración ilegal. Gran éxito. Gran idea"
 


El Primer informe del Observatorio de Derechos Humanos y Empresas del Norte de África y Oriente Medio analiza las relaciones económicas entre Cataluña e Israel desde la perspectiva de los derechos humanos y del impacto de la actividad económica en estos. El Informe también recoge estudios de casos de empresas catalanas, españolas e israelíes y de su impacto en la situación en Oriente Medio.

La Unión Europea investiga las ayudas públicas a la empresa minera ICL Iberia Súria & Sallent (antigua Iberpotash). El ex-President de la Generalitat, Artur Mas, en una visita a las instalaciones mineras de Iberpotash. (ver más)

Israel Chemicals Ltd.

En la comarca catalana del Bages, ICL Iberia explota las minas de Súria y Sallent desde 1998, y ha tejido una gran red empresarial, de inversión e incluso de apoyo a una parte del tejido social, deportivo y educativo catalán, que le proporciona aún más capacidad de lobby ante las instituciones. La actividad empresarial de ICL-Iberia no sólo ha generado un grave impacto medioambiental y de deuda en Cataluña, sino que detrás su empresa matriz con sede en Tel Aviv, se esconden complicidades con graves violaciones de Derechos Humanos y un claro posicionamiento militarista.

ICL es una empresa que no sólo se beneficia de la ocupación, sino que apoya activamente las políticas israelíes:

La empresa ha vendido entre 2008 y 2010 fósforo blanco para la producción de proyectiles incendiarios con el ejército estadounidense, proveedor a su vez del ejército de Israel.

La empresa apoya financieramente varias unidades del ejército de Israel, entre ellos unidades de controles de la ocupación y asedio a la franja de Gaza, pero también de apoyo a unidades formadas por voluntarios extranjeros y centros de acogida para estos.


MAGAL S3 Security Systems Ltd.

Magal S3 España S.L. es la filial ibérica de la empresa israelí Magal S3 Security Systems Ltd., líder mundial en soluciones de seguridad y ciberseguridad para entornos complejos e infraestructuras criticas como fronteras, centros penitenciarios, puertos, aeropuertos, instalaciones militares y gubernamentales, entre otros.

El desarrollo tecnológico de Magal ha sido posible por la experiencia acumulada durante 40 años en la contribución a la ocupación y apartheid del gobierno de Israel sobre la población de Palestina. En el año 2002, Magal ganó el 80% de las licitaciones para dotar de un sistema de seguridad de detección de intrusiones en más de 125 km del Muro de Separación. Un Muro que fue considerado en 2004 por la Corte Internacional de Justicia de la Haya como ilegal.

Magal se ha convertido en la principal empresa proveedora de vallas inteligentes con sistemas de seguridad perimetral, sistemas que también están instaladas en los asentamientos ilegales de Ariel, Menashe, Karnei Shomron, Shilo, Geva Binyamin (Adam), Tzofim, Shaked, Giva’at Ze’ev e Itamar, los Territorios Palestinos Ocupados.

La marca “Made in Israel” ha servido a Magal S3 para convertirse en una empresa multinacional que opera en más de 80 países, entre los que destaca España.

Desde el año 2013, la Autoridad Portuaria de Tarragona ha adjudicado varios contratos a la empresa Magal S3.

SEMI (Sociedad Española de Montajes Industriales S.A.)

En 2015 Israel adjudicó al GRUPO SEMI, filial del grupo ACS, un gran contrato para la electrificación de la red ferroviaria israelí y de la futura línea A1 (Tel Aviv - Jerusalén). El trazado de la línea A1 incluye más de 6 kilómetros de red ferroviaria construida en territorio ocupado, buena parte bajo tierras expropiadas a los dos municipios palestinos de Beit Iksa y Beit Surik. Además, el doble trazado ferroviario también atraviesa el enclave ocupado de Latrun, área en la que tres localidades palestinas fueron borradas del mapa durante la guerra de 1967.

El informe incluye también una investigación sobre la industria de la ciberseguridad en Israel y sus vínculos con agentes catalanes. Entre el 14 y el 17 de noviembre de 2016 se organizó en Tel Aviv la 4ª Conferencia Internacional sobre Seguridad Nacional y Ciberseguridad, cita a la que asistieron agencias de seguridad gubernamentales y empresas de todo el mundo. La Agencia para la competitividad de la empresa de la Generalidad de Cataluña, ACCIÓ, preparó durante los últimos meses una misión comercial para promover la participación catalana en esta conferencia con el objetivo de crear lazos de cooperación empresarial e institucional en este campo. Cada una de las 8 empresas o centros tecnológicos catalanes participantes en esta misión empresarial recibieron una ayuda financiera de 760,28 € como bolsa de viaje.

Informe completo en pdf aquí

21 abril, 2018

Las trampas de la identidad – Miquel Amorós





Alasbarricadas20/04/2018

Cuando el capitalismo internacional entra en una peligrosa fase crítica, en donde la vida de la mayoría de la población planetaria depende completamente de disposiciones funestas tomadas por irresponsables con el fin de superar la recesión y la ruina, en Europa, y más concretamente en Cataluña, la conciencia de la crisis parece ocultarse detrás de conflictos de muy inferior rango, como por ejemplo, el que mantiene el Estado español contra la voluntad secesionista de determinados grupos de poder catalanes, apoyados principalmente por empresarios adictos y por la clase media provinciana. El caso presenta extrañas similitudes con la puesta en escena, en Francia, de la cuestión “musulmana”, una verdadera escenificación montada para esconder la cuestión social tras una problemática étnica, cultural y religiosa.

Bajo el prisma de la soberanía, la condición obrera de gran parte de la población catalana se disuelve en una identidad nacional ilusoria inflada artificialmente en los medios, y la lucha social queda absorbida en la pugna aparente entre un gobierno central, autoritario y represivo, y un “pueblo” catalán, pacífico y demócrata donde los haya, que pretende autodeterminarse. Parece que el discurso soberanista, acaparando el debate político, haya dado la puntilla a la lucha de clases. Nadie menciona a los trabajadores, sino como sujeto secundario representado por sindicatos claramente favorables al “derecho a decidir”. En realidad, el proletariado ha resultado subsumido y degradado en el concepto comodín de “poble”. El momento no puede ser más confuso. La actividad propagandista y la apropiación del espacio mediático por los bandos jurídicamente enfrentados, expulsa abruptamente de la escena pública la cuestión social en provecho de la cuestión identitaria, o peor aún, del españolismo. Los matices no cuentan; todo el mundo está obligado a escoger su campo: o con el fascismo español, o con la democracia burguesa catalana. O con la mentira constitucionalista o con el fantasma de la independencia. Una especie de chantaje moral nos condena a escoger entre una cárcel ideológica u otra; a pronunciarnos por un determinado tipo de opresión, en fin, a adoptar una identidad quimérica cualquiera. La protesta contra la expropiación total de la decisión de los individuos por parte de una clase dirigente económica y política, en Barcelona y comarcas, no aflora en contradicción con el régimen capitalista y las instituciones que lo representan, sino que lo que podría tomarse por tal parece conformarse con un Estado menor, periférico, en todo similar a los demás Estados europeos.

La fascinación por un Estado que albergue a la “nación” catalana es tanta, y tan sabiamente cultivada por expertos y profesionales de la comunicación, que para sus partidarios resulta ofensivo dudar de su eficacia en la resolución de toda clase de problemas, desde el de los desahucios al del paro y la precariedad; del de la destrucción del territorio al de los inmigrantes indocumentados; del de la igualdad de géneros al de los recortes en pensiones y servicios sociales, etc. Y si por desgracia el escollo es visiblemente imposible de saltar, siempre podrá responsabilizarse a Madrid. La pequeña burguesía y las nuevas clases medias nacidas de la terciarización de la economía, afectadas seriamente por la crisis, constituyen buena parte de la base social del soberanismo, la parte más crédula y más subyugada por la heroicidad de sus dirigentes encarcelados o exiliados. Difícilmente hallaremos proletarios en sus filas. Por eso, el nacionalismo “democrático” y ciudadano surge en el contexto actual en oposición a ideologías emancipadoras como el socialismo autogestionario, el confederalismo, el comunismo libertario y el sindicalismo revolucionario. O dicho mejor, como relato alternativo a las teorías subversivas capaces de exponer de forma verídica la situación actual a las clases oprimidas. La lucha contra los efectos de la crisis deja de articularse en torno a la condición obrera y pasa a hacerlo alrededor de la nacionalidad. Si la comunidad concreta de trabajadores se ha desleído ante los embates del sindicalismo de concertación, la desocupación y el consumismo, en su lugar se conforma una comunidad abstracta, relacionada virtualmente, interclasista y esencialista: el pueblo catalán. En nombre de dicha abstracción habla el montaje nacionalista.



Las catástrofes del capitalismo globalizado y el gobierno corrupto de la derecha estatal han creado un clima ideológico particular en Cataluña, perfectamente aprovechado por el entramado de intereses soberanista, que ha sabido neutralizar cualquier otra oposición y llevar toda el agua a su molino. Frente a una “democracia” corrompida y despótica, la dirección nacionalista gusta mostrarse como agente de una democracia verdadera, obediente al mandado del “pueblo”. El pasado, que podría desmentir con facilidad tal autenticidad, ha quedado borrado en el imaginario patriótico. El soberanista carece de memoria. De golpe, todas las instituciones, a estas alturas bastante desacreditadas, se ven legitimadas a costa del infame gobierno central: el Govern, el Parlament, la Mesa, consellers, subsecretarios, Mossos, diputats, regidors, patronals, partidos... La represión, centrada en la cúpula dirigente, ha contribuido sobradamente. Toda la clase política soberanista adquiere una virginidad a precio de saldo, y con ella, la brutal policía autonómica y el Govern de los recortes, del BCN World y del caso Palau. El Estado, a través del cual la clase dominante se constituye en sociedad democrática, queda incontestablemente consagrado. Pero la “democracia”, que hoy no es más que la forma política del capitalismo, y que en su fase crítica final adopta formas autoritarias y espectaculares cada vez más obvias, tanto en Cataluña como en España, suele ejercer de mecanismo desactivador de una latente conflictividad anticapitalista, desviada por las burocracias sindicales a terrenos baldíos. La originalidad catalana es que la susodicha democracia se erige como argumento principal de las tramas oligárquicas del nacionalismo con el que este se asegura una bolsa descomunal de votantes fieles. Las falsas cuestiones no tienen otra misión que disimular las auténticas en beneficio de la dominación, enarbole la roja y gualda o la estelada.

Es indudable que al recomponer el escenario político y social catalán en clave nacionalista, las fuerzas soberanistas han descolocado a la “izquierda” oficial, a la de viejo y a la de nuevo cuño, a la socialdemócrata y a la ciudadanista, incapaces ambas de desmarcarse de la moda identitaria y distanciarse de sus lugares comunes, sus símbolos y sus mitos. No le ha quedado más remedio que elegir entre dos amos y ponerse a remolque del “unionismo” o del nacionalismo. Algo parecido podíamos decir del anarquismo catalán. Durante la guerra civil, el anarquismo oficial convirtió en consigna una frase atribuida falsamente a Durruti: “Renunciamos a todo menos a la victoria.” Con ello se trataba de justificar una abjuración vergonzosa y una táctica inútil hecha a base de capitulaciones. Según se desprendía de ello, al anarquismo le iría mejor cuanto más renegase de sus postulados, métodos y objetivos. Pues bien, los libertarios “de país” han tomado buena nota. Por puro activismo o por simpatizar realmente con el nacionalismo, no tienen empacho en olvidarse de la historia movilizándose tras eslóganes nacionalistas; en depositar su papeleta de voto en la urna santificando las elecciones; en reivindicar una “democracia” a la catalana y sus instituciones más convencionales, y en aportar su grano de arena a la construcción de un Estado republicano, del que se puede esperar un amor a las libertades civiles semejante al de la versión monárquica de la que se pretende segregar. Al capital, ni tocarlo; en la movida catalana nadie va de anticapitalista, a no ser de boquilla; se va de demócrata. Nos inclinamos a pensar, tras habernos cruzado con algunos ejemplares especialmente fariseos, que el anarquismo de la posmodernidad y la militancia identitaria se ha convertido en el refugio de un sector extremista de la clase media, muy minoritario, pero visible. En resumen, la punta de lanza de una nueva servidumbre. Bueno, pero por suerte, ese no es todo el anarquismo ni de lejos, aunque éste ganaría bastante incidiendo en la lucha social más que parapetándose tras los principios.

La tarea primordial de la crítica revolucionaria consistiría en disipar la confusión mediante un análisis profundo y claro del régimen capitalista tal y como se manifiesta en la sociedad catalana, en nada diferente a la europea. A la luz de los verdaderos antagonismos sociales se esfuman los tópicos nacionalistas. Solamente a partir de aquellos puede constituirse una comunidad de lucha capaz de actuar contra el Capital y el Estado. La conciencia de las contradicciones está todavía por llegar, y con tanto nacionalista, tardará más de la cuenta, pero dado que la proletarización de la sociedad va a agravarse como resultado de la implosión destructiva del capitalismo, la clase media perderá protagonismo y los presupuestos ciudadanistas y nacionalistas se irán derrumbando, como levantados sobre un pedestal de barro.

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Para la presentación del libro “No le deseo un Estado a nadie”, en Espai Contrabandos, Barcelona, 19 de abril de 2018 (Ponentes: Corsino Vela, Santiago López Petit, Tomás Ibáñez y Miquel Amorós).

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