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04 mayo, 2024

EEUU: represión, golpes, arrestos y allanamiento de universidades por parte de la policía

 


● cubainformación – 01/05/2024


Hablaremos de lawfare. Ahora que el presidente español Pedro Sánchez y la “socialdemocracia” española, siente el látigo de la guerra jurídica de la derecha, es cuando se queja de ello. Y cuándo la sufrieron los liderazgos de la izquierda latinoamericana, ¿hacia dónde miraban? ¿Qué decían medios españoles, como los del Grupo Prisa, los que ahora hablan de lawfare, pero entonces daban credibilidad a los procesos contra Correa, Maduro o Fernández?

Y nos meteremos de lleno en el nuevo movimiento universitario estadounidense contra la guerra. Como contra la guerra en Vietnam, ahora miles y miles de estudiantes se levantan en solidaridad con Palestina. Y vemos el concepto de libertad de manifestación y expresión en el régimen de EEUU, en forma de represión, golpes y allanamiento de universidades por parte de la policía. Está bien claro su modelo para Cuba. ¿Se imagina que una sola de la imágenes que vemos en la redes se produjera en la Isla? ¿Cuántas veces y durante cuantos meses la veríamos repetida en las televisiones de medio mundo?

La corresponsal de RT en Washington Helena Villar nos dice: “los estudiantes de EEUU son conscientes de que participar en ellas les puede traer problemas académicos e incluso laborales. La mayoría pagan mucho dinero y se sacrifican por su educación. Es decir, se arriesgan con la convicción de que están haciendo lo correcto”. ¡Qué curioso! Y luego el caso de una profesora o una alumna con determinado problema en una universidad cubana, se convierte en la prueba de que en Cuba hay una “dictadura”. ¡Cinismo en estado puro!

Y un detalle interesante: “La mayoría no sólo están muy informados de la situación en Gaza, sino que ponen énfasis en el vínculo económico entre sus universidades y compañías o donantes relacionados con el militarismo israelí. Creo que este punto es el que más se está queriendo acallar y el que más miedo da a políticos y establishment”.

Hablaremos de por qué en EEUU van camino de de prohibir Tik Tok, la única red social de gran impacto que no controlan.

También de la campaña infame desde la Casa Blanca y sus adláteres para impedir que lleguen turistas desde Europa a Cuba, y así seguir haciendo sufrir al pueblo cubano y hundir sus condiciones de vida.

Pero ya saben lo que dicen estos sinvergüenzas: ¡que el bloqueo no existe!

De esto y de mucho más, hoy, en El Batazo








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23 febrero, 2021

EEUU: La policía impide que personas hambrientas recuperen comida de contenedores de basura —— Joshua Hanks

 


El estado de Oregón tiene una de las poblaciones de personas sin hogar más numerosa del país. Portland, su mayor ciudad, alberga la cuarta población sin techo más grande de Estados Unidos. Eso significa que hay mucha gente hambrienta en la ciudad. Cuando Fred Meyer tira sus productos perecederos a la basura porque se quedó sin suministro eléctrico, organizaciones solidarias y hambrientos acuden para recogerlos.


Como ilustra el siguiente caso, también acudió una docena de policías que, según parece, cobran salarios financiados por los contribuyentes para proteger contenedores de basura y asegurarse de que la comida nunca llegue a esta población hambrienta y sin hogar.



Workers World – 22/02/2021

Traducción del inglés: Arrezafe


Portland, Oregón.


Una intensa tormenta invernal azotó EEUU la semana pasada, dejando sin electricidad desde Oregón hasta Texas y toda la costa este. Millones de personas se encontraron en una situación desesperada, sin electricidad, sin agua, sin transporte y con un frío que amenazaba sus vidas, todo ello en en medio de una pandemia mundial.


La policía de Portland impide el acceso de los vecinos,
 hambrientos y sin electricidad, a un contenedor de basura.


Más de 300.000 personas en el área metropolitana de Portland quedaron sin suministro eléctrico a causa del fallo más grave ocurrido en Oregón en décadas. Sin electricidad, las tiendas de alimentación comenzaron a tirar alimentos refrigerados y congelados, y en el noreste de Portland, en una tienda Fred Meyer, propiedad de Kroger, los vecinos comenzaron a recuperar alimentos desechados de un gran contenedor de basura situado fuera de la misma.


La gerencia de Fred Meyer afirma que normalmente donan alimentos a organizaciones benéficas, pero el hielo en la carretera impidió que las remesas llegaran de manera segura a la tienda. Afirmaron que los alimentos desechados representaban un riesgo para la seguridad alimentaria, a pesar de que la temperatura exterior era más fría que el interior de una nevera portátil, y prohibieron el acceso a los alimentos.


Alegando el temor de una "confrontación física", como resultado de la decisión de la gerencia de negar la comida del contenedor a los residentes hambrientos, la tienda llamó a la policía. Muchos de los presentes, clientes habituales de Fred Meyer, simplemente necesitaban comida y no tenían otra opción que intentar recuperarla del contenedor de basura.


El periódico de Oregón informó el 18 de febrero que "una docena de oficiales se personaron en el lugar. Uno de ellos no llevaba mascarilla y se negó a ponérsela hasta que llegó un supervisor". Después, la policía amenazó con arrestar a las personas allí congregadas, unas 50, incluido un periodista con su identificación de prensa visible.


Este tipo de comportamiento agresivo e inhumano de la policía ya no sorprende, especialmente tras haber visto la violencia con que fueron reprimidas las multitudinarias protestas del verano pasado contra la brutalidad policial. Las mismas tácticas se han utilizado para dispersar a los residentes hambrientos que buscaban comida en un contenedor de basura.


"Orden" capitalista


La policía declaró que estaban en la tienda para "restaurar el orden". Y en cierto modo tenían razón: el “orden” capitalista que, al parecer, consiste en que las grandes corporaciones tiren la comida durante un desastre en lugar de facilitársela a las personas necesitadas. "Orden" capitalista quiere decir que los ricos se hacen más ricos durante una pandemia, mientras millones caen en la pobreza y cientos de miles perecen. Significa guerra constante, campos de concentración de inmigrantes y terror policial racista.


"Orden" que no pone los medios necesarios para satisfacer las necesidades de la gente durante una emergencia, pero sí para proteger la propiedad privada, incluso cuando está destinada a un vertedero. En Texas, el suministro eléctrico se mantuvo en las áreas del centro, iluminando y calentando torres de oficinas vacías, mientras barrio tras barrio se sumergía en la oscuridad y el frío. Imágenes de centros urbanos fulgurantes rodeados de mares de oscuridad se abrieron paso rápidamente por Internet, lo que provocó indignación e ira.




La escena referida en el noreste de Portland es algo que, se nos dice repetidamente, no sucede aquí. Los principales medios de comunicación mostrarán alegremente imágenes de la escasez de alimentos en países como Venezuela, que sufren las asfixiantes sanciones estadounidenses, pero incluso las noticias más sensacionalistas nunca podrán mostrar a la policía venezolana custodiando contenedores de basura y amenazando con arrestos masivos contra cualquiera intentando llevarse alimentos desechados.


Vietnam, al que los medios de comunicación estadounidenses y las agencias gubernamentales denigran tildándolo de régimen "autoritario" que no respeta los derechos humanos, instaló dispensadores de arroz durante el comienzo de la pandemia, en los que cualquiera podía obtener arroz gratis. Vietnam supo dar una respuesta exitosa al COVID-19 y evitó la inseguridad alimentaria.


Si esta historia de Portland se desarrollara en China, en Cuba o en cualquier otro país "enemigo" de Estados Unidos, sería citada como prueba definitiva de su fracaso. Sería noticia de primera plana y escucharíamos discursos de nuestros políticos acerca de la necesidad de... "intervención humanitaria".


A pesar de tener la economía y el ejército más grandes del mundo, Estados Unidos no satisface las necesidades básicas de su población, hasta tal punto que ésta llega a enfrentarse a la policía para obtener comida de los contenedores de basura.


05 febrero, 2021

Policía y Democracia

 


Anarquía & Comunismo - N° 8 (otoño 2017)


"Con una metralleta en la raja, todo Chile trabaja".

Sergio de Castro, 'Chicago Boy' y Ministro de Hacienda (1977-1982) del Dictador Pinochet.

"La seguridad es el supremo concepto social de la sociedad burguesa".

Karl Marx.


Existe una relación orgánica directa y funcional entre la policía, la democracia y el desarrollo del capitalismo. La democracia moderna es una relación social e histórica inseparable del capital, de hecho, la sociedad capitalista alcanza su pleno desarrollo histórico, económico (e incluso militar) con la organización de miles de millones de seres humanos bajo el régimen democrático. La base material del sistema democrático son las relaciones sociales capitalistas, que tienden a disolver toda unidad entre los individuos y la comunidad humana, es la reunión de lo separado en tanto que separado: un aglomerado de soledades organizadas por y para la producción mercantil. Por consiguiente, es posible afirmar que la policía es una fracción especial del ejército permanente del Estado/Capital, cuya función es asegurar la realización de la plusvalía, la conversión de las mercancías en dinero o, en otras palabras, asegurar la sumisión de todas las actividades humanas a la permanente autovalorización del capital.


Puesto que las actuales condiciones capitalistas de existencia son la base material del sistema de organización democrático, el resguardo policial de la sociedad no hace más que expresar de forma visible la miseria y las contradicciones de la sociedad burguesa: este sistema que vocifera por todos los medios de sumisión de las masas que es perfecto, que todos vivimos felices con el actual orden de cosas, necesita una violencia social y militar crecientes para mantener el podrido fundamento de todo el sistema: la explotación del humano por el ser humano.




De esta forma, el papel de la policía como fuerza de choque primaria del Estado/Capital, y por supuesto el de todas las otras ramas del ejército burgués, está mistificado por la dinámica propia de las relaciones sociales burguesas. La policía, que históricamente ha asegurado la explotación humana, no patrulla las calles de las grandes ciudades capitalistas con un letrero que advierta: "Defensa violenta de la propiedad privada", sino que, dado el aislamiento, competencia y mutuo enfrentamiento de las individualidades humanas subsumidas por el capital, la policía puede aparecer como un ente protector del individuo atomizado. Esta resulta ser una triste paradoja, una especie de síndrome de Estocolmo social, puesto que la vida cotidiana de la sociedad burguesa encubre el hecho de que esta atomización y aniquilación de la individualidad humana (por ej: el trabajo asalariado) es justamente lo que protege y fortalece la existencia de la policía.


La policía moderna surge históricamente en paralelo con el desarrollo, consolidación y expansión mundial del modo de producción capitalista. Es evidente que al existir la policía por y para la expansión de la propiedad privada (lo que implica a su vez la expropiación y miseria de la mayoría de la especia humana), esta debe reprimir y evitar a toda costa la insurrección revolucionaria de la humanidad contra el capital, ya que por su esencia toda insurrección proletaria es la destrucción de la propiedad y, cuando se puede, de la clase explotadora y sus defensores.


Son las relaciones económicas las que hacen necesaria la existencia de la policía, ya que la sociedad capitalista encierra dentro de sí misma la posibilidad de unificación total de la especie humana (comunismo) y por ello las personas esclavizadas por el capital deben ser fijadas dentro de sus roles sociales mediante la violencia: la violencia económica asegura que todas las personas deban trabajar para existir y existir para trabajar, la violencia policial–militar asegura que los hambrientos y explotados de toda índole no se rebelen contra la dictadura del capital. La policía sabrá disparar, como ya lo ha hecho, cuando llegue el momento contra las masas insurrectas o también golpeará y encarcelará al hambriento que se atreva a tomar una mercancía sin pagarla para satisfacer sus necesidades humanas. Por ello es que la seguridad es el supremo concepto de la sociedad mercantil: la vida en la sociedad capitalista es un permanente estado de excepción para los proletarios.




El principal argumento que la burguesía esgrime para justificar la existencia de la policía, es el combate contra la delincuencia. Plantear así el problema, es posicionarse de facto en el relativo y engañoso terreno de la ideología burguesa, puesto que en el fondo se busca salvar el estado de excepción democrático, y su correspondiente derecho burgués, como el más adecuado a una naturaleza humana supuestamente egoísta. Mas, la realidad social e histórica demuestra que las relaciones sociales sobre las cuales se funda la sociedad capitalista, que ponen a todas las individualidades humanas en una mutua oposición y egoísmo, son la verdadera causa de la delincuencia, ya que el robo sólo puede existir en la medida en que exista una propiedad privada que pueda ser robada, y es justamente el robo que la clase burguesa, organizada como Estado/Capital, hace del tiempo y la creatividad humana el verdadero fundamento del Estado, del derecho, de la democracia y todas sus instituciones.


Por consiguiente, jamás podrá el Estado, ni aún con toda la tecnología y financiamiento puestos a disposición de las diferentes policías, resolver el problema de la violencia social, porque esta sociedad existe gracias al terror generalizado que la dictadura del capital impone sobre la especie humana: la necesidad de dinero. La policía existe por y para esta necesidad, y a su vez contribuye a aumentarla en la medida en que castiga y persigue cualquier atentado contra la propiedad privada. Sólo la superación de la sociedad capitalista, es decir, la especie humana viviendo el comunismo anárquico, podrá poner fin a todos los antagonismos de la sociedad burguesa, porque no es la guerra de todos contra todos ni el egoísmo declarado sino la producción social puesta al servicio de las necesidades humanas y la expansión infinita de la creatividad. Allí donde el libre desarrollo de cada uno es el fundamento social para el libre desarrollo de todos, se hace imposible la existencia de la policía. Por el contrario, cuando la base de la sociedad hace que en vez de encontrar en el otro mi confirmación como ser humano, encuentre mi negación, un impedimento a mi desarrollo, la sociedad está condenada ineluctablemente a la necesidad de la policía y a tender a hacer de cada individuo un policía no sólo de los demás y de sus propias posesiones, sino también de sí mismo.




De este modo la crítica que apuesta por la abolición de la policía debe volverse una crítica contra el Estado, el cual es la organización política del capital para la explotación económica del conjunto de la humanidad: “una permanente conspiración, una conspiración dirigida, por supuesto, contra las masas para cuya esclavización existen todos los Estados” (Bakunin). La liquidación del Estado, es una condición preliminar para el movimiento de superación de la sociedad de la mercancía, ya que toda fuerza exteriorizada contribuye al fortalecimiento permanente del viejo orden en tanto que esta esfera de la sociedad y la esclavitud son indisociables en la medida que esta criatura artificial y todo su despliegue de funciones; el profesor, el ejército, ministros, cárceles, policía, etc… garantizan por la fuerza (física o de otra especie) las condiciones de reproducción de las relaciones de producción (que en último término son relaciones de explotación).


Para la insurrección revolucionaria de la humanidad esclavizada por el capital es necesaria la destrucción del Estado; no su conquista, sino su abolición como relación social. El comunismo anarquista sólo podrá florecer en un terreno en el cual las relaciones sociales no permitan la reestructuración del Estado–Capital, que la lucha insurreccional deberá ir de la mano con una inmediata transformación comunista del conjunto de la sociedad.


24 marzo, 2019

Marcadores químicos: un paso más hacia el control totalitario de la población.





PRES.O.S. - 24/03/2019

El lanzamiento de marcadores químicos contra los ‘chalecos amarillos’ en las manifestaciones — Juan Manuel Olarieta

Los “chalecos amarillos” y los transeúntes se han convertido en conejillos de Indias de uno de los primeros experimentos con marcadores químicos para seres humanos cuyo efecto sobre el organismo es muy poco conocido.

Para el gobierno francés se trata de “productos químicos codificados” e inofensivos que impregnan la piel, el cabello y la ropa de las personas a las que se dirigen durante un período que va de varias semanas a décadas.

Esta técnica represiva se ha utilizado muy pocas veces contra seres humanos. Su empleo ha sido reconocido en la 18 semana de protestas de los “chalecos amarillos”. Los marcadores químicos se difunden tanto en los cañones de agua como en los gases lacrimógenos.

Además de ellos, también se han detectado sustancias sicotrópicas en los gases CS, lo que convierte a la represión de los “chalecos amarillos” en un experimento a gran escala de nuevas técnicas de represión política.

Estas técnicas se han desarrollado en Gran Bretaña y son ampliamente utilizadas en Israel, donde los presos palestinos afirman haber contraído varios tipos de cáncer como resultado del marcado de su ADN o el uso de otras técnicas de control social que implican nanopartículas que pueden haber dañado el material genético de las células de su cuerpo.

El gobierno francés ha admitido usar marcadores químicos contra los manifestantes como un experimento durante las manifestaciones del 1 de mayo de 2018, sin advertir a la población de que eran objeto de un experimento.

Los defensores de tales técnicas aseguran que los productos de marcado de ADN o ARN no suponen ningún peligro para la salud.

Sin embargo, en 2014 la policía de Ucrania experimentó con bombas de gas que contenían LSD suministradas por una empresa israelí contra manifestantes en Kiev y el resultado fue catastrófico: algunos comenzaron a sufrir convulsiones violentas antes de lanzarse contra los vehículos de la policía, lo que requirió el uso de munición real para detenerlos.

En Brasil la policía experimentó en 2016 con productos químicos contra manifestantes, pero salió mal y la policía finalmente tuvo que reducir la protesta mediante el uso de armas de guerra. La sustancia química utilizada se asemejaba a una droga neurotóxica.

En Israel algunos gases utilizados contra los palestinos contienen alucinógenos y LSD, además de alteradores endocrinos para hacer que los manifestantes sean más violentos y justificar así el uso de francotiradores y fuego a muy alta velocidad (balas de aleación especial con una velocidad inicial de 1.200 metros por segundo).

Los gases que utiliza la policía en Francia incluyen CS (2-clorobencilideno malononitrilo), que es irritante. Recientemente han añadido también neurotóxicos que pueden alterar la capacidad de percepción y la conciencia.

Otros tipos de nanopartículas se utilizan cada vez más en las cargas policiales, pero su uso sigue siendo secreto porque incluso los policías que las utilizan no siempre saben la naturaleza de la munición.

Con el marcado químico de los manifestantes, el gobierno francés da un paso más en el control de las personas, hasta las raíces de su cabello y su ADN.

El lanzamiento de marcadores químicos contra los manifestantes

Tras una reunión urgente del Consejo de Ministros convocada por la crisis de los “chalecos amarillos”, el Primer Ministro Edouard Philippe anunció nuevas medidas represivas de última generación, además de las antiguas, como el empleo de drones y los marcadores químicos codificados (PMC).

Hasta ahora los marcadores se habían utilizado para prevenir los atracos a bancos y furgones blindados, señalizando los billetes con tinta indeleble.

Pero la técnica ha introducido una novedad, los objetos de marcado codificado, que son dispositivos químicos indetectables a simple vista, inodoros e incoloros, que permiten marcar tanto las propiedades, como las personas y los lugares.

Es un verdadero ADN sintético que permite, por ejemplo, marcar objetos valiosos e identificar así el origen de la propiedad de un robo, señalizando al autor del delito.

Los PMC imprimen un código de identificación único. Asociado con el despliegue de estos dispositivos, la policía interviene principalmente en las etapas cruciales del revelado de la marca y el descifrado del código asociado. Con lámparas ultravioleta, la policía controla la marca y garantiza así la prueba material del delito.

En 2015, el municipio de Aubagne, en Francia, distribuyó cerca de 700 unidades a los vecinos. En Marsella los centros comerciales están equipados con estos marcadores. En caso de atraco, las alarmas y los radares de presencia los dispersan automáticamente, aunque también se pueden activar manualmente.

La instalación de sistemas de dispersión en centros comerciales tiene un doble objetivo. Por un lado disuade a los atracadores mediante la colocación visible de señales en el área protegida, de la misma manera que las cámaras de vigilancia. Por el otro, marca a todas las personas y cosas que están en dicha zona.

La piel del autor queda impregnada durante varias semanas, su pelo durante seis meses y su ropa de por vida. Puede ser localizado en cualquier momento, durante un control rutinario en carretera o en su casa. Para ello basta con proyectarle luz ultravioleta.

Naturalmente, además de los ladrones, también quedan marcados los clientes, los trabajadores, los niños… todos los que están en el escenarios del crimen.

La técnica PMC se ha extendido a los cables eléctricos, las obras de arte y los vehículos. Las empresas productoras garantizan la unicidad del código asociado al marcado. Al consultar la base de datos de los proveedores, un objeto marcado, denunciado como robado, puede ser devuelto a su propietario resaltando el producto marcado codificado, incluso después de varios años.

Lo que se empezó aplicando a los delitos, se ha extendido a los derechos, como el de manifestación, permitiendo a la policía identificar a quienes acuden a las manifestaciones y a quienes pasean por la calle. Pero, ¿quien es capaz de diferenciar a uno de otro?
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22 septiembre, 2018

Carta abierta a Boro, La Haine – Carlo Frabetti






LaHaine - 22/9/2018

Como miembro de la Asociación Contra la Tortura, perdí la cuenta de las veces que la policía, tras torturar o maltratar a alguien, lo amenazaba con la consabida contradenuncia: “Si nos denuncias, te denunciaremos a ti por agresiones, y encima te juzgarán y te condenarán”. Y tenían razón: esos jueces que son la vergüenza de España y el hazmerreír de Europa, los mismos que insultan a los independentistas y encarcelan a los demócratas, miran sistemáticamente hacia otro lado en los frecuentes casos de torturas y malos tratos, cuando no criminalizaban a las víctimas. Lo dicen Amnistía Internacional, los relatores de la ONU y las más de cuarenta organizaciones integradas en la Coordinadora para la Prevención de la Tortura, y hasta hace poco lo decía incluso Manuela Carmena, que en una charla conjunta que dimos durante la Semana Negra de Gijón reconoció públicamente la generalizada tolerancia de los jueces hacia los torturadores (aunque no sé si seguiría reconociéndola ahora que ha pillado cacho en esa merienda de carroñeros que es la política institucional).

Gracias, Boro, por convertir en bandera -o en pancarta, que es la bandera del pueblo- la vil contradenuncia de que has sido objeto. Gracias por tu valiosa y valiente labor contrainformativa, tan valiosa y tan valiente que las cloacas del poder (valga la redundancia) no la pueden soportar. Gracias por enfrentarte a la jauría policial y a la manada judicial, a la horda política y a la chusma mediática.

No estás solo. Te escribo desde Catalunya, donde ya son millones las personas que han manifestado pública y reiteradamente, masivamente, su rechazo de los cuatro poderes corruptos y de la monarquía bananera impuesta por Franco. Y esto no hay quien lo pare, por más que persigan a periodistas, cantantes, artistas, actores, independentistas, feministas…, a quienes siempre diste voz en las páginas de La Haine. No estás solo porque siempre has estado al lado de quienes luchan. Hasta la victoria.





12 marzo, 2018

Justicia lenta, represión rápida. Una fórmula que privilegia a las clases dominantes / Las condiciones laborales de los mercenarios




Justicia lenta, represión rápida. Una fórmula que privilegia a las clases dominantes y torna inane el artículo que proclama la soberanía popular. No basta combatir las instituciones que dichas clases se han dado a sí mismas para perpetuar su propio dominio, dichas instituciones son sus zarpas, pero no la cabeza del monstruo, la cabeza es el sistema mismo y hay que demolerlo desde sus más profundos y arraigados cimientos sociales. El planeta entero es hoy una colonia del sistema capitalista que, a través de las instituciones estatales, impone su orden depredador, inhumano, injusto e inmoral. Allí donde el neoliberalismo, más o menos democrático, ha impuesto su orden, gobiernos, partidos, presidentes, ministros y diputados se suceden uno tras otro sin cuestionar jamás los medios ni los fines de un sistema globalizado de explotación que, ese sí, permanece apoyado y reforzado por los estados. Recuerdo haberle oído decir a un recién nombrado ministro –tal vez intentando paliar su incoherencia ideológica– que, “a partir de este instante he pasado a ser propiedad del Estado”. Le faltó añadir, “y fiel siervo del capital”. “Todos los Estados nacionales se definen, histórica y constantemente, a través de su relación con la totalidad de las relaciones sociales capitalistas” (John Holloway).

“En tanto el capitalismo es un modo específico de organización social de la producción, que tiene requisitos históricos y formas de desarrollo definidos, el Estado tiene un papel esencial en garantizarlos, por lo que su estructura institucional y sus formas de intervención se transforman a medida que el capitalismo cambia y se desarrolla” (Las paradojas de una contradicción, Mabel Thwaites Rey)

Dónde queda, pues, la legitimidad constitucional de las instituciones y cargos que, disponiendo de su monopolio, emplean la fuerza como medio de dominio y coerción sobre quienes dicen servir. Vuelve a cobrar renovada vigencia la voz del poeta:


"Las palabras entonces no sirven, son palabras".

Loam




Mertzenarioen Lan Baldintzak / Las condiciones laborales de los mercenarios



Zuek ez zarete langileak, legearen eta komunikabideen aterpean langileok erreprimitzen gaituzuen mertzenarioak baizik.

Bost axola zer ordutan esnatzen zareten, zer nolako turnoak dituzuen edo zer ariketa fisiko egiten duzuen. Ejerzitoek egoera iraultzaileetan betetzen duten papera betetzen duzue langileok kontzentzia nazionala zein klase kontzientzia apalago dugun garaiotan. Produkzioaren zein prokzio medioen pribatutasun esklusiboa mantentzea. Hauen pilaketa defendatzea eta esplotazioa erregulatzea. Burgesien barne armada zarete eta haien interesak defendatzea zuen lana.

Komunikabideak, gure lanaren soldata, drogak, konsumismo aseezina… azenarioak lirake langileok tiraka daramagun gurdian. Zuek, guzti honek gu itsutzea lortzen ez duenean datorren makila. Edo bisturia. Edo elektrodoak, multak, poltsa, irainak, pistola aluan, hiztegi sendoa buruan kolpeka… eta orain inoiz baino gehiago, gure pentsamenduen eta adierazpenen zentsore inkisitorialak ere.

Zoazte pikutara zuek eta zuen baldintza laboralak! Herritarron aldarrikapenak erreprimitzea eta dirudunen interesak defendatzea ogibide duzuen bitartean, ez duzue lekurik izango langileon artean. Herriaren etsaiak zarete, eta aurrez aurre izango gaituzue.

…………………………..

Vosotros no sois trabajadores, sino mercenarios que nos reprimís a las trabajadoras bajo el amparo de la legalidad y los medios de comunicación masivos.

Nada nos importa a qué hora os despertéis, qué turnos tengáis ni los entrenamientos que realicéis. Cumplís hoy el papel que cumplirían los ejércitos en tiempos de importante riesgo revolucionario. Tiempos que volverán en algún momento, junto al auge popular de la conciencia nacional y de clase. Mantenéis la exclusividad de la propiedad privada y los grandes patrimonios en manos de unos pocos. Defendéis por la fuerza la acumulación de los mismos al tiempo que reguláis y ordenáis la explotación. Sois la armada interna de las burguesías y vuestro deber no es otro que el de defender sus intereses.

Los medios masivos de comunicación, el salario de nuestro trabajo, las drogas, el insaciable consumismo… serían las zanahorias en el carro que tiramos las trabajadoras. Vosotros seríais el palo. O el bisturí. O los electrodos, las multas, la bolsa, los insultos, la pistola en la vagina, el grueso diccionario que golpea la cabeza sin cesar… y ahora más que nunca, sois también los censores inquisitoriales de nuestros pensamientos y expresiones.

¡No os queremos ni a vosotros ni a vuestras condiciones de trabajo! Mientras vuestro oficio sea el de reprimir al pueblo y el de defender a sangre y fuego los intereses de los peces gordos no tendréis lugar alguno entre las trabajadoras. Sois los enemigos del pueblo y nos tendréis frente a frente.



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16 diciembre, 2017

Las "maras", nueva forma de control social - Marcelo Colussi




NdeLH: Artículo publicado por La Haine el 21/05/2010, que reproducimos por su actualidad.
El de las pandillas es un fenómeno urbano, pero con raíces en la exclusión social, en la huida de masas rurales de la pobreza crónica y de la violencia capitalista
Para situar el problema: En algunos de los países del istmo centroamericano (Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua en menor grado) desde hace ya unos años, y en forma siempre creciente, el fenómeno de las pandillas juveniles violentas ha pasado a ser un tema de relevancia nacional. Se trata de un fenómeno urbano, pero que tiene raíces en la exclusión social del campo, en la huida desesperada de grandes masas rurales de la pobreza crónica y de la violencia de las guerras internas que estos últimos años asolaron la región.
Estas pandillas, surgidas siempre en las barriadas pobres de las ciudades cada vez más atestadas y caóticas, son habitualmente conocidas como "maras" –término derivado de las hormigas marabuntas, que terminan con todo a su paso, metáfora para explicar lo que hacen estas "mara-buntas" humanas–. Las mismas, según la representación social que se generó estos últimos años, han pasado a ser el "nuevo demonio" todopoderoso. Según el manipulado e insistente bombardeo mediático, son ellas las principales causas de inestabilidad y angustia de estas sociedades, ya de por sí fragmentadas, sufridas, siempre en crisis; es frecuente escuchar la machacona prédica que "las maras tienen de rodilla a la ciudadanía".
El problema, por cierto, es muy complejo; categorizaciones esquemáticas no sirven para abordarlo, por ser incompletas, parciales y simplificantes. Entender, y eventualmente actuar, en relación a fenómenos como éste, implica relacionar un sin número de elementos y verlos en su articulación global. Comprender a cabalidad de qué hablamos cuando nos referimos a las maras no puede desconocer que se trata de algo que surge en los países más pobres del continente, con estructuras económico-sociales de un capitalismo periférico que resiste a modernizarse, y que vienen todos ellos de terribles procesos de guerra civil cruenta en estas últimas décadas, con pérdidas inconmensurables tanto en vidas humanas como en infraestructura, los cuales hipotecan su futuro.
Las maras, de esa forma, son una expresión patéticamente violenta de sociedades ya de por sí producto de largas historias violentas, o mejor aún: violentadas, hijas de una cultura de la impunidad de siglos de arrastre, de países que se siguen manejando con criterio de Estado finquero donde las diferencias económicas son irritantes (Guatemala, por ejemplo, es el país del mundo con mayor porcentaje de avionetas particulares y vehículos Mercedes Benz de lujo per capita, mientras que más del 50 % de su población está por debajo del límite de la pobreza). Sociedades donde transcurrieron monstruosas guerras civiles en la década de los 80 del pasado siglo –guerras contrainsurgentes, expresión caliente de la Guerra Fría, y en el caso de Nicaragua, guerra a partir de la contrarrevolución antisandinista– que dieron lugar a procesos de post guerra donde no hubo ni culpables de las atrocidades vividas ni medidas de reparación para atender las secuelas derivadas de tanto dolor. Sociedades, en definitiva, estructuradas enteramente en torno a la violencia como eje definitorio de todas las relaciones: patriarcales, racistas, machistas, excluyentes; sociedades donde todavía funciona el derecho de pernada y donde la noción de "finca" (el feudo medieval) es parte de la cultura dominante (cuando alguien es llamado responde "¡mande!" en vez de "usted dirá").
Las maras empiezan a surgir para la década de los 80 del siglo pasado, aún con todas esas guerras en curso. En un primer momento fueron grupos de jóvenes de sectores urbanos pobres que se unían ante su estructural desprotección. Hoy, ya varias décadas después, son mucho más que grupos juveniles: son "la representación misma del mal, el nuevo demonio violento que asola el orden social, los responsables del malestar en Centroamérica"…, al menos según las versiones oficiales.
No cabe ninguna duda que las maras son violentas; negarlo sería absurdo. Más aún: son llamativamente violentas, a veces con grados de sadismo que sorprende. No hay que perder de vista que la juventud es un momento difícil en la vida de todos los seres humanos, nunca falto de problemas. El paso de la niñez a la adultez, en ninguna cultura y en ningún momento histórico, es tarea fácil. Pero en sí mismo, ese momento al que llamamos adolescencia no se liga por fuerza a la violencia. ¿Por qué habría de ligarse? La violencia es una posibilidad de la especie humana en cualquier cultura, en cualquier posición social, en cualquier edad. No es, en absoluto, patrimonio de los jóvenes. De todos modos, algo ha ido sucediendo en los imaginarios colectivos en estos últimos años, puesto que hoy, al menos en estos países de los que estamos hablando, ser joven –según el discurso oficial dominante– es muy fácilmente sinónimo de ser violento. Y ser joven de barriadas pobres es ya un estigma que condena: según el difundido prejuicio que circula, provenir de allí es ya equivalente de violencia. La pobreza, en vez de abordarse como problema que toca a todos, se criminaliza.
A esta visión apocalíptica de la pobreza como potencialmente sospechosa se une una violencia real por parte de las maras que a veces sorprende, por lo que la combinación de ambos elementos da un resultado fatal. De esa forma la mara pasó a estar profundamente satanizada: la mara pasó a ser la causa del malestar de estas eternamente (al menos para las grandes mayorías) problemáticas sociedades. La mara –¡y no la pobreza ni la impunidad crónicas!– aparece como el "gran problema nacional" a resolver. No caben dudas que se juegan ahí agendas fríamente calculadas, distractores sociales, cortinas de humo: ¿pueden ser las pandillas juveniles violentas –que, a no dudarlo, son violentas, eso está fuera de discusión– el gran problema de estos países, en vez de enormes poblaciones por debajo de la línea de pobreza? ¿Pueden ser estos grupos juveniles violentos la causa de la impunidad reinante ("los derechos humanos defienden a los delincuentes", suele escucharse), o son ellos, en todo caso, su consecuencia? Si fue posible desarticular movimientos revolucionarios armados apelando a guerras contrainsurgentes que no temieron arrasar poblados enteros, torturar, violar y masacrar para obtener una victoria en el plano militar, ¿es posible que realmente no se puedan desarticular estas maras desde el punto de vista estrictamente policíaco-militar? ¿O acaso conviene que haya maras? Pero, ¿a quién podría convenirle?
Los jóvenes: entre promesa y peligro
Algunos años atrás la juventud –"divino tesoro" por cierto…, al menos, así se decía– era la semilla de esperanza. Algo sucedió con aquella promesa de la juventud como "futuro de la patria" para que haya pasado a ser ahora un "problema social". ¿Cómo se dio ese movimiento? ¿Qué pasó con aquella visión, expresada en 1972 por Salvador Allende diciendo que "ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica", que se transformó en una juventud despolitizada, desinformada, light? Y peor aún: si huele a pobre, proveniente de barrios pobres, ni hablemos si está tatuada: ¡peligrosa! En los países centroamericanos, de composición indígena en muy buena medida –cruel paradoja de la historia– la exclusión social está ligada en relación inversamente proporcional a la blancura de la piel. Si se viene de barrios pobres –donde en general asienta la población menos "blanca"– la posibilidad de ser un "potencial delincuente" se dispara: "blanco manejando un Mercedes Benz: empresario exitoso; negro o indio manejando un Mercedes Benz: vehículo robado".
Las pandillas son algo muy típico de la adolescencia: son los grupos de semejantes que le brindan identidad y autoafirmación a los seres humanos en un momento en que se están definiendo sus papeles sociales, sus imágenes de sí mismo como adultos. Siempre han existido; son, en definitiva, un mecanismo necesario en la construcción psicológica de la adultez. Quizá el término hoy por hoy goza de mala fama; casi invariablemente se lo asocia a banda delictiva. Pero de grupo juvenil a pandilla delincuencial hay una gran diferencia.
En la génesis de cualquier pandilla se encuentra una sumatoria de elementos: necesidad de pertenencia a un grupo de sostén, la dificultad en su acceso a los códigos del mundo adulto; en el caso de los grupos pobres de esas populosas barriadas de cualquier capital centroamericana se suma la falta de proyecto vital a largo plazo. Por supuesto, por razones bastante obvias, esta falta de proyecto de largo aliento es más fácil encontrarlo en los sectores pobres que en los acomodados: jóvenes que no hallan su inserción en el mundo adulto, que no ven perspectivas, que se sienten sin posibilidades para el día de mañana, que a duras penas sobreviven el hoy, jóvenes que desde temprana edad viven un proceso de maduración forzada, trabajando en lo que puedan en la mayoría de los casos, sin mayores estímulos ni expectativas de mejoramiento a futuro, pueden entrar muy fácilmente en la lógica de la violencia pandilleril. Una vez establecidos en ella, por una sumatoria de motivos, se va tornando cada vez más difícil salir. La sub-cultura atrae (cualquiera que sea, y con más razón aún durante la adolescencia, cuando se está en la búsqueda de definir identidades).
Constituidas las pandillas juveniles –que son justamente eso: poderosas sub-culturas– es difícil trabajar en su modificación; la "mano dura" policial-militar no sirve. Por eso, con una visión amplia de la problemática juvenil, o humana en su conjunto, es inconducente plantearse acciones represivas contra esos grupos como si eso sirviera para modificar algo. De lo que se trata, por el contrario, es ver cómo integrar cada vez más a los jóvenes en un mundo que no le facilita las cosas. Es decir: crear un mundo para todos y todas. O más aún: si se quiere trabajar de verdad el problema, habría que partir por plantearse dónde están las causas, y sobre ellas actuar. Y no son otras que la exclusión crónica, la pobreza, las asimetrías sociales. Pero lo que vemos es que estos grupos, en vez de ser abordados en la lógica de poblaciones en situación de riesgo, son criminalizados.
Tan grande es esa criminalización, que eso lleva a pensar que allí se juega algo más que un discurso adultocéntrico represivo y moralista sobre jóvenes en conflicto con la ley penal. ¿Por qué las maras son el nuevo demonio? Porque, definitivamente, no lo son. ¿Hay algo más tras esa continua prédica?
¿Una estrategia de control social?
Cuando un fenómeno determinado pasa a tener un valor cultural (mediático en este caso) desproporcionado con lo que representa en la realidad, por tan "llamativo", justamente, puede estar indicando algo. ¿Es creíble acaso que grupos de jóvenes con relativamente escaso armamento y sin un proyecto político alternativo se constituyan en un problema de seguridad nacional en varios países al mismo tiempo?
Hoy día el discurso oficial que barre las distintas naciones centroamericanas –y Washington también participa en esta "preocupación", para lo que impulsa una iniciativa regional a nivel militar conocida como Plan Mérida (la réplica mesoamericana del Plan Colombia)– presenta a estas maras como un flagelo de proporciones apocalípticas. Definitivamente el accionar de estos grupos es muy violento (llamativamente violento, nos atreveríamos a decir). En modo alguno, desde ningún punto de vista, se puede minimizar su potencial criminal: matan, asaltan, violan, extorsionan. Todo eso es un hecho. Ahora bien: la dinámica donde todo eso se da abre sugestivas preguntas.
Definitivamente, para poder contestarlas a profundidad, deberían realizarse investigaciones muy minuciosas que, dada la naturaleza de lo que está en juego, se torna muy difícil, cuando no imposible. Pero pueden intuirse ciertas perspectivas que, al menos, dan idea de por dónde se direcciona la cuestión.
Por lo pronto, y aunque no se disponga de datos concretos terminantes, todo esto deja preguntas que permiten concluir algunas cosas:
- Las maras no son una alternativa/afrenta/contrapropuesta a los poderes constituidos, al Estado, a las fuerzas conservadoras de las sociedades. No son subversivas, no subvierten nada, no proponen ningún cambio de nada. Quizá no son funcionales en forma directa a las grandes empresas, pero sí son funcionales para ciertos poderes (poderes ocultos, paralelos, grupos de poder que se mueven en las sombras) que –todo así lo indicaría– las utilizan. En definitiva, son funcionales para el mantenimiento sistémico como un todo, por lo que esas grandes empresas, si bien no se benefician en modo directo, terminan aprovechando la misión final que cumplen las maras, que no es otro que el mantenimiento del statu quo.
- No son delincuencia común. Es decir: aunque delinquen igual que cualquier delincuente violando las normativas legales existentes, todo indica que responderían a patrones calculadamente trazados que van más allá de las maras mismas. No sólo delinquen, sino que, esto es lo fundamental, constituyen un mensaje para las poblaciones. Esto llevaría a pensar que hay planes maestros, y hay quienes los trazan.
- Si bien son un flagelo –porque, sin dudas, lo son–, no afectan la funcionalidad general del sistema económico-social. En todo caso, son un flagelo para los sectores más pobres de la sociedad, donde se mueven como su espacio natural: barriadas pobres de las grandes urbes. Es decir: golpean en los sectores que potencialmente más podrían alguna vez levantar protestas contra la estructura general de la sociedad. Sin presentarse así, por supuesto, cumplen un papel político. El mensaje, por tanto, sería una advertencia, un llamado a estarse quieto.
- No sólo desarrollan actividades delictivas sino que, básicamente, se constituyen como mecanismos de terror que sirven para mantener desorganizadas, silenciadas y en perpetuo estado de zozobra a las grandes mayorías populares urbanas. En ese sentido, funcionan como un virtual "ejército de ocupación".
- Disponen de organización y logística (armamento) que resulta un tanto llamativa para jovencitos de corta edad; las estructuras jerárquicas con que se mueven tienen una estudiada lógica de corte militar, todo lo cual lleva a pensar que habría grupos interesados en ese grado de operatividad. ¿Pueden jovencitos semi-analfabetos, sin ideología de transformación de nada, movidos por un superficial e inmediatista hedonismo simplista, disponer de todo ese saber gerencial y ese poder de movilización?
Por supuesto que no podemos responder aquí con exactitud todas estas dudas, por la carencia de datos precisos al respecto. Pero el sólo hecho de plantearlas y ver cómo los poderes mediáticos bombardean en forma sistemática con mensajes que potencian esa sensación de indefensión de las grandes mayorías, permite inferir que estas maras pueden jugar un papel político que va muchísimo más allá que lo que sabe cada uno de estos jóvenes que actúa en ellas. Podría decirse que hay en estas apreciaciones una óptica confabulacionista. Espero que el discurso paranoico no me doblegue, pues está claro que todos estos patrones arriba mencionados, más que responder a abstrusos fundamentalismos que ven conspiraciones de la CIA en cada esquina, abren interrogantes que "llamativamente" ningún medio de comunicación contribuye a aclarar sino, por el contrario, oscurece más aún día a día.
Se entremezclan en todo este proceso varias lógicas: por un lado, efectivamente hay una búsqueda psicológica de estos jóvenes en relación a "familias sustitutas", deseos de protagonismo, sensación de poder; elementos que, sin dudas, la mara les confiere (en mayor o menor medida, cualquier joven participa de esas búsquedas en cualquier parte que esté).
Pero además, articulándose con ese nivel subjetivo, todo indicaría que hay determinantes político-ideológicos en los planes de acción de estos grupos que llevan a pensar que, "curiosamente", allí donde puede generarse la protesta social, aparecen las maras. Si las grandes masas urbanas empobrecidas no se benefician con esto, sino que, al contrario, viven en la permanente zozobra, maniatados, guardando un forzado silencio, ¿quién sacará provecho de esto? Si podemos entenderlas entonces como mecanismos de control social: ¿quién controla? Seguramente los mismos poderes que vienen controlando todo desde hace un buen tiempo; y sabemos que los poderes no son nunca ni "buenitos", ni transparentes. "El fin justifica los medios", se dijo hace mucho…, y no se equivocaba quien lo dijo, que fue alguien que sabía mucho de estas opacidades del poder: Maquiavelo.
Insistimos: todas estas son hipótesis. Pero la experiencia nos enseña que estos rimbombantes hechos mediáticos –como la caída de las Torres Gemelas en Nueva York con los avionazos del 11 de septiembre del 2001, el "fundamentalismo islámico" que es el nuevo demonio para otra parte del mundo (el Medio Oriente), el narcotráfico (que nos toca a los latinoamericanos en buena medida), o en su momento, durante la Guerra Fría, el "comunismo internacional" que abría supuestas cabezas de playa por todos lados–, funcionan como fantasmas que sirven para atemorizar, y por tanto: controlar. En cada país con petróleo o agua dulce aparece sugestivamente una célula de Al Qaeda que, por supuesto, justifica todo. ¿Se estará repitiendo la misma historia con esto de las maras? ¿Por qué el gran "problema nacional" de los sufridos países de Centroamérica son las maras y no la pobreza y exclusión que las producen?