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05 diciembre, 2017

“Solo los necios y los canallas pueden seguir diciendo que en España vivimos en democracia” - Carlo Frabetti // El nacionalismo español - Francisco García Cediel


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El nacionalismo españolFrancisco García Cediel

La Haine04/12/2017


Desde los albores del siglo XIX los intentos de configurar un nacionalismo español han chocado con la desafección de las capas populares hacia una idea abanderada por una oligarquía asentada primero en un agonizante colonialismo, siempre en una explotación cuasi medieval sobre un campesinado crónicamente hambriento, y más tarde con el fracaso en cuanto a la incapacidad de asentar una dominación capitalista que favoreciera el desarrollo de las fuerzas productivas, debido a la resistencia feroz de unas capas dominantes parasitarias formadas por encomenderos y burócratas.

El intento de crear un marco ideológico basado al menos parcialmente en las ideas de la Ilustración con la Constitución de Cádiz de 1812, fue abortado por el “vivan las cadenas” de Fernando VII, la invasión de los cien mil hijos de San Luis y la muerte de Riego en el cadalso; surgían las “dos Españas” a las que Antonio Machado aludiría un siglo después.

Los sectores del pueblo se articularon en torno a las ideas de liberación social a fines del siglo XIX, frente a lo cual la represión fue la única respuesta por parte del poder.

El paulatino desarrollo en algunas zonas del territorio estatal de una burguesía ligada en gran medida a inversiones extranjeras y su pacto con la oligarquía terrateniente no modificó el desdén por parte del campesinado y un incipiente proletariado hacia un españolismo de bandera y fusil, represor hacia el pueblo pero genuflexo ante el capitalista extranjero. A falta de otro recurso, la burguesía echó mano al pistolerismo para luchar contra el movimiento obrero, eliminando a sus líderes.

El nacionalismo español ha ido a lo largo de generaciones una ideología de orden público, cuyo depositario ha sido tradicionalmente el ejército, al que se encomienda reprimir mediante consejos de guerra la protesta social, y especializado en ganar guerras contra su propio pueblo.



La eclosión de la conciencia nacional fundamentalmente en Catalunya y Euskal Herría supone que las fuerzas armadas asuman también la tarea de asegurar la unidad del Estado como marco de dominación de clase: Opresión social y nacional cuyo penúltimo episodio decisivo fue el golpe de estado de 1936. La victoria fascista de 1939 y la posterior represión significaron, en lo que nos ocupa, el entierro de los intentos de configurar una españolidad alternativa en el periodo republicano, basada en valores de desarrollo económico, social y cultural, similar a la ideología nacionalista francesa (con independencia de que la idea nacionalista francesa, basada en los principios de libertad, igualdad y fraternidad, sean finalmente también un mecanismo de legitimación ideológica de un chovinismo basado en el colonialismo primero y la explotación imperialista neocolonial después). Los últimos rescoldos de esa idea alternativa de “lo español” se apagaron cuando se arrió definitivamente la bandea tricolor del patio del Colegio para descendientes de españoles de Morelia (México), frente a la cual se cantaba el Himno de Riego hasta muy avanzados los años 80 del pasado siglo.

La consolidación de la llamada transición española y la asunción, por las fuerzas sociales y políticas de la entonces oposición, de la reforma, no consiguió que a nivel popular la simbología, bandera e himno de las tropas de Franco, impuestas como supuestamente comunes, dejaran de sonar como algo “de fachas”, representación además de un nacionalismo casposo con reminiscencias autoritarias, machistas y taurinas, incapaces por tanto de suscitar entusiasmo por parte de quienes veníamos de la “anti-España, según la terminología franquista.

Y tal sentimiento de desapego ha persistido en las últimas décadas pese a que el poder ha intentado reforzar el sentimiento españolista aprovechando los periodos de relativa bonanza económica, producto de la integración estatal en el marco imperialista de la Unión Europea, y con la burda utilización de los éxitos deportivos para intentar alimentar un orgullo de lo español que sirviera de amortiguador de las tensiones sociales propias de la explotación capitalista.

En el campo de las ideas, se ha utilizado profusamente el pensamiento idealista de Ortega y Gasset (que se parece sospechosamente a la de José Antonio Primo de Rivera), basado en un planteamiento idealista de nación, entendida como pensamiento etéreo (Ortega y Gasset, en su obra «La rebelión de las masas» (1931), señala “Convivir en soberanía implica la voluntad radical y sin reservas de formar una comunidad de destino histórico, la inquebrantable resolución de decidir juntos en última instancia todo lo que se decida... Una amenaza a la soberanía unida, o que deje infectada su raíz, es el camino por el que iríamos derechos y rápidos a una catástrofe nacional”), sin que tales apelaciones hayan calado significativamente hasta hace muy poco tiempo.

Por otra parte, no es extraño que la crisis de superproducción cuya fase más aguda arranca de 2007 hiciera aflorar la cuestión de las naciones oprimidas, resuelta en falso por la llamada transición. Las tendencias centrífugas se hacen inevitables ante el fracaso de un proyecto económico y político endeble. En ese marco debemos situar el proceso catalán.

Paradójicamente (o tal vez no), asistimos en estos días al aparente triunfo del más rancio españolismo, de tal modo que muchas ciudades, barrios y pueblos parecen inmensos cuarteles de la Guardia Civil, con banderas borbónicas colgadas de muchos de sus balcones. En las conversaciones cotidianas, cuando sale el tema de Catalunya, personas que no esperabas esgrimen ramplones argumentos sobre la supuesta insolidaridad del pueblo catalán.



Y es que el discurso del poder se ha apropiado del término solidaridad, hasta hace nada patrimonio de nuestra clase, para utilizarlo como arma arrojadiza contra el pueblo de Catalunya, de tal modo que es un ejercicio de solidaridad aplaudir cuando la policía les apalea y los tribunales les encarcelan.

Para llegar a tal estado de cosas, la mayoría de la llamada izquierda ha actuado como cooperadores necesarios alineándose en defensa de la unidad, tal vez para ocultar sus vergüenzas por el papelón que desempeñaron en la transición, o porque han renunciado (eso no es nuevo tampoco) a levantar un proyecto ilusionante de transformación social. Las apelaciones en ese sentido a la unidad de clase suenan huecas si se pretende al parecer la unidad en la explotación.

Desde las más burdas actuaciones, como por ejemplo participar entusiásticamente en movilizaciones defendiendo la españolidad de Catalunya codo con codo con el fascismo más rampante, a cambio de obtener una tribuna donde exponer miserias patéticas, hasta las más sutiles pero igualmente hipócritas apelaciones a un supuesto internacionalismo superador, como si éste no supusiera también hermanarse con la clase trabajadora de Tanger o de la India, al final todos estos supuestos alternativos reman a favor de corriente con la oligarquía española y la cabra de la Legión.



El sector de Podemos y sus convergencias, incómodo ante un escenario ni previsto ni deseado, afirma que pretende un referéndum “legal y pactado” en Catalunya, que además de una idea ilusoria supone el alineamiento en defensa de la legalidad vigente.

Cantaba Luis Eduardo Aute en una canción de la transición que “la inteligencia es un grano de pus cuando el fin último de la razón está en ser fiel a una Constitución”.

En términos de legitimidad y no de legalidad hemos de abordar la cuestión catalana; por muchas reservas que se puedan tener respecto a algunos de los actores de este proceso, la clase trabajadora debe defender en lo concreto el derecho democrático a la autodeterminación, como paso necesario hacia la solidaridad y hermandad de clase.

Tal vez lo que haya que cuestionar no sea el proceso catalán, sino el papel de las organizaciones de la ¿izquierda? Españolista, que muestran por enésima vez su inoperancia ante las agresiones que cotidianamente sufre la clase trabajadora independientemente de su origen nacional. Para ello, se hace ya urgente crear instrumentos transformadores, organizarse para vencer y, como decía una pancarta en las movilizaciones en Madrid en apoyo a Catalunya: Tirar fuerte para que caiga la estaca.



16 noviembre, 2017

Los comunistas ante el agujero negro del nacionalismo español - Ángeles Maestro




El futuro nos demanda hoy vías de confluencia política entre organizaciones de los pueblos del Estado que entendemos que la tarea principal es la lucha contra el enemigo común.

Lo que más temen la oligarquía del Estado español es que la clase obrera vuelva a descubrir que los representantes políticos de quienes le destrozan la vida a diario son los mismos que disfrazados de patriotas aplastan los derechos nacionales de los pueblos. Ellos, plenamente conscientes de sus intereses de clase, en el conflicto de Cataluña están usando a fondo en los medios de comunicación a su servicio a personajes de la izquierda española para intentar impedir que conciencia de clase y derecho de autodeterminación se aúnen, como hicieron en la lucha contra la Dictadura.
Para ello están contando con el impagable, o no, apoyo de Alberto Garzón, coordinador de IU y Paco Frutos, ex secretario general del PCE, reeditando el papel de apagafuegos desempeñado por ambas organizaciones desde la Transición ante situaciones que dificultaran el control por parte de las clases dominantes.
Esa función fue perfectamente identificada, ni más ni menos que por un editorial de ABC que reflexionaba sobre los peligros de desaparición de IU tras su fracaso electoral en 2004. Reconocía perfectamente este diario sus intereses de clase y decía así: “El paisaje democrático español ofrece históricamente un espacio claro a la izquierda del PSOE, donde debe asentarse una formación que refuerce la centralidad política de la socialdemocracia y al tiempo sirva como dique de contención para las tentaciones antisistema. IU ha ejercido, desde su refundación a partir del viejo PCE, como factor de estabilidad que ha cargado a sus espaldas con los distintos impulsos de izquierda alternativa que se han ido configurando tras la crisis del marxismo tradicional, evitando que se produzcan tentaciones escapistas y rupturistas al margen de los cauces de la democracia (1).
La obsesión de las clases dominantes, desde Franco hasta ahora, es tratar de evitar que la clase obrera vuelva a descubrir la íntima vinculación en el Estado de español entre la lucha contra la explotación y la de los pueblos por sus derechos nacionales. Como saben los dos personajes autocalificados de comunistas, la mejor historia del PCE, la anterior a la Transición, está repleta de programas y discursos que identificaban al nacionalismo español con todo lo retrógrado y cavernario y al progreso con la lucha de la clase obrera por su emancipación y por la libertad de los pueblos.
Especialmente emblemático es el mitin, en el Monumental Cinema de Madrid, en el que José Díaz, Secretario General del PCE, identificaba el día 2 de junio de 1935 entre los 4 pilares básicos que debían sustentar el futuro Frente Popular: La liberación de los pueblos oprimidos por el imperialismo español. Que se conceda el derecho de regir libremente sus destinos a Catalunya, a Euskadi, a Galicia y a cuantas nacionalidades estén oprimidas por el imperialismo de España (2).
 En otra intervención que lleva por expresivo título ¿Quiénes son los patriotas? el dirigente del PCE afirmaba el 9 de febrero de 1936, pocos días antes de que el Frente Popular ganase las elecciones: Queremos que las nacionalidades de nuestro país, Cataluña, Euzkadi y Galicia, puedan disponer libremente de sus destinos, ¿por qué no?, y que tengan relaciones cordiales y amistosas con toda la España popular. Si ellas quieren librarse del yugo del imperialismo español, representado por el Poder Central, tendrán nuestra ayuda. Un pueblo que oprime otros pueblos no se puede considerar libre. Y nosotros queremos una España libre (3).
Esta tradición permaneció intacta durante toda la lucha contra la Dictadura hasta los largos prolegómenos de la Transición. El abandono del Derecho de Autodeterminación formó parte de la inmolación del PCE –y de paso, del potente movimiento obrero forjado en la lucha contra la Dictadura– ante el Régimen del 78 que, como estamos viendo, mantenía la herencia franquista.
La defensa de las organizaciones comunistas del derecho de autodeterminación de los pueblos no es ni una excepción, ni una anomalía. Constituye una de las más importantes aportaciones del partido bolchevique, y especialmente de Lenin a la historia política del movimiento obrero. Su negación en un Estado atravesado históricamente por reivindicaciones nacionales por parte de quienes se llaman dirigentes comunistas, o bien se trata de una ignorancia imperdonable, o más probablemente, de un acto de colaboración de clase.
La primera afirmación de Lenin, rotunda, inapelable, realizada en su documento “El derecho de las naciones a su autodeterminación” (que recomiendo vivamente a quien quiera conocer con rigor la posición comunista al respecto) es que tal derecho no significa otra cosa que no sea el derecho de una colectividad a formar un Estado nacional independiente (4). Este reconocimiento por parte de los comunistas requiere que exista un pueblo que lo reclame, el cual –evidentemente– es el depositario de la decisión al respecto. Es incuestionable que en Cataluña hay una parte importante de su pueblo que lo reclama y si es o no mayoritaria, es precisamente lo que se trataba de comprobar el 1 de octubre.
Las declaraciones de Cayo Lara, ex coordinador general de IU negando el derecho del pueblo catalán a decidir su futuro "unilateramente porque forma parte del Estado y el resto de españoles también tienen que opinar" son de una indigencia política que provoca vergüenza ajena.
En segundo lugar, el Derecho de Autodeterminación es, ni más ni menos, un derecho político democrático, que no excluye ni las relaciones de explotación en su seno, ni la hipotética opresión hacia otras naciones.
El alineamiento de Alberto Garzón con el nunca nombrado nacionalismo español ha llegado a cotas muy altas, como cuando calificaba de “provocación” (¿a quién?) la declaración de independencia o como cuando, desde posiciones comunistas(?), descalificaba el referéndum por “ilegal” o la DUI por “carecer de valor jurídico”. Es tan evidente que esas declaraciones podrían haber salido del PP o del PSOE y al tiempo el llamamiento al respeto al orden establecido es tan incompatible con posiciones mínimamente revolucionarias que ni siquiera me detengo a comentarlas.
Sí quiero puntualizar su descalificación de todo el proceso catalán por el papel jugado en él por la burguesía. Primero porque se ha mostrado con toda claridad como la gran burguesía catalana, la del IBEX 35, milita en la Brunete del 155 y sobre todo porque ante una reivindicación estrictamente democrática como ésta, que la hegemonice o no la burguesía no es argumento para que las organizaciones de la clase obrera no la respalden.
Es decir, que el apoyo de las organizaciones comunistas a tal Derecho sólo significa el apoyo a la nación oprimida, frente a la nación opresora. Hasta ahí, nada más.
Uno de los aspectos centrales de toda esa posición política supuestamente antinacionalista es su negación de la existencia del nacionalismo español y todo ello a pesar de las duras exhibiciones de lo más rancio de la caverna política y de sus medios de comunicación, que antes les ninguneaban y que ahora les han convertido en héroes.
Las palabras de Lenin no ofrecen dudas: “La significación real de clase de la hostilidad liberal al principio de autodeterminación política de las naciones es una, y sólo una: nacional-liberalismo, salvaguarda de los privilegios estatales de la burguesía de la nación opresora” (5).
Situando el análisis en lo concreto de nuestra historia, es innegable que la clase obrera –cuya lucha llevaba implícita la reivindicación del derecho de autodeterminación– llegó a la Transición con una hegemonía clara que le permitía además articular y poner su impronta en el resto de los combates. El hecho de que no se produjera la Ruptura sino el gran cambalache llamado Transición –que contó con la participación decisiva del principal partido de la clase obrera, el PCE, y que conllevó la lenta pero inexorable demolición de la fuerza lograda y de la independencia de clase– tuvo como consecuencia la aparición en primer plano de las reivindicaciones nacionales en las nacionalidades históricas con una muy débil marca de clase. Por eso, resulta aún más llamativo que sean representantes de la organización que hizo el favor más grande a las clases dominantes quienes esgriman, precisamente ahora, la posición de clase para desacreditar una reivindicación que, como explicaba en un reciente artículo6, tiene la enorme virtud de debilitar el engranaje de la Transición, enemigo a la vez de la clase obrera y de los derechos nacionales de los pueblos.
En una situación análoga, la de Irlanda, Marx da una brillante lección de coherencia de clase. Como es bien sabido, tanto él como Engels habían identificado a la clase obrera inglesa como la más avanzada, la llamada a hacer la primera revolución obrera. Según ese análisis, la reivindicación democrático-nacional de la independencia de Irlanda tenía una importancia muy secundaria, por cuanto se resolvería en ese proceso. Pero, dice Marx, las cosas han ocurrido de manera diferente. La clase obrera inglesa ha caído bajo la influencia de los liberales, decapitándose ella misma con una política liberal. Por contra el movimiento burgués (así lo define Marx) de liberación de Irlanda se ha acentuado y ha adquirido formas revolucionarias. Y el sabio Marx corrige su posición y dice: “La clase obrera de Inglaterra no podrá liberarse, mientras Irlanda no se libere del yugo inglés. El sometimiento de Irlanda fortalece y nutre a la reacción en Inglaterra”.
Lenin destaca el valor ejemplar de esta posición de Marx y Engels e indica que es “Una advertencia contra la precipitación lacayuna con que los pequeños burgueses de todos los países, lenguas y colores, se apresuran a declarar “utópica” la modificación de las fronteras de los Estados creados por las violencias y los privilegios de los terratenientes y la burguesía de una nación” (7).
Finalmente es preciso diferenciar la política de la clase obrera y la de la burguesía en cuanto al problema nacional, porque en modo alguno debe subordinarse una a la otra.
Para la primera, el interés superior desde el que se evalúa toda reivindicación nacional y toda separación nacional, es el de la lucha de clases, el de la unidad de la clase obrera de todos los países.
Así frente a posiciones simplistas que claman por el “internacionalismo” para justificar posiciones que, quiérase o no, fortalecen al nacionalismo más retrógrado de la nación opresora, la unidad y la solidaridad de clase –máxime cuando la represión arrecia– exige demostraciones prácticas. Es imprescindible que quede absolutamente claro para el pueblo de la nación oprimida que de ninguna manera las organizaciones políticas de la clase obrera transigen o se contagian con ese nacionalismo español que constituye la piedra angular de la ideología de los vencedores de la guerra civil.
La estrategia del nacionalismo español que funde el Régimen del 78 a PP y PSOE ha sido y es, el enfrentamiento entre pueblos, mediante la intoxicación mediática más burda y la utilización de referentes de la izquierda para sus intereses. Precisamente en aras del objetivo superior de la unidad de la clase obrera de todos los países, del internacionalismo, es preciso colocarse nítida y firmemente al lado de la nación oprimida y del pueblo reprimido, contra el nacionalismo español.
En 1902, en los debates del partido bolchevique sobre el tema que Lenin recupera se decía: “Esta reivindicación, que no es obligatoria para los demócratas burgueses, es obligatoria para los socialdemócratas. Si nos olvidáramos de ella o si no nos decidiéramos a propugnarla, temiendo herir los prejuicios nacionales de nuestros compatriotas rusos, se convertiría en nuestros labios en mentira odiosa el grito de combate: ¡Proletarios de todos los países, uníos!
La tradición histórica comunista, la teoría y la práctica es clara al respecto. Los burdos argumentos esgrimidos por Garzón, Frutos y Lara intentan cubrir las vergüenzas de una izquierda que vendió su esencia revolucionaria y su coherencia de clase en la Transición. Sus dirigentes siguen buscando el efímero lugar al sol que les concede el poder por los servicios prestados, considerándoles “hombres de Estado” entonces, o ahora, invitándoles a sus tertulias.
Es evidente que por ahí, no hay ningún camino. El futuro nos demanda hoy abrir vías de confluencia política entre las organizaciones de los pueblos del Estado español que entendemos que la tarea principal es la lucha contra el enemigo común; ese Régimen de la Transición sostenido fundamentalmente por PP y PSOE, que empieza en la Monarquía, sigue en la Audiencia Nacional, en el Tribunal Constitucional y en todas las leyes represivas que llenan las cárceles de hombres y mujeres que están ahí por luchar por los derechos de la clase obrera y por la libertad de los pueblos.
Escribo este texto pensando y rindiendo homenaje a toda la militancia comunista que dio su vida por la emancipación de su clase y la libertad de los pueblos.
13/11/2017
Ángeles Maestro, militante de Red Roja

5 Op. Cit.
7 Op. cit en nota 4 y 5.