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13 enero, 2023

La centralidad de la arista ecológica en la obra de Karl Marx

 

espaiMARX – 01/01/2023


Salvador López Arnal

Reseña de: Kohei Saito, La naturaleza contra el capital. El ecosocialismo de Karl Marx, Barcelona: Bellaterra Edicions, 2022 (traducción de Javiera Mondaca, edición original 2017)



Una reseña ajustada a la importancia de este libro deslumbrante e imprescindible (el título en castellano traduce el de la original edición alemana; el subtítulo, en cambio, es el título original de la edición inglesa en la Monthly Review Press) necesitaría una revista entera. Lo esencial en este espacio del que disponemos: estamos ante uno de los grandes ensayos de la tradición marxista de estas últimas décadas. Para leer, anotar, releer, comentar y estudiar en seminarios. No hay muchos marxistas en el mundo que conozcan la obra de Marx (y de Engels) con la profundidad y registros que muestra Saito desde la primera página del libro, una obra que tiene su origen en la tesis doctoral escrita en alemán que presentó en la Universidad Humboldt de Berlín y que contiene ideas tan destacadas como la siguiente: «A diferencia de la difundida crítica de que Marx es un partidario ciego de la dominación absoluta de la naturaleza, su visión de la sociedad futura exige una interacción cuidadosa y sostenible con la naturaleza basada en un claro reconocimiento de sus límites».


Un apunte sobre el autor, injustamente poco conocido en nuestro país: Kohei Saito (nació en 1987, no hay error en la fecha) es doctor en Filosofía por la citada universidad berlinesa y actualmente es profesor asociado de economía política en la Universidad de la ciudad de Osaka. Está trabajando en la edición de las obras completas de Marx y Engels, Marx-Engels-Gesamtausgabe (MEGA) volumen IV/18, que incluye la serie de cuadernos científicos naturales de Marx.


Recientemente ha publicado en Japón (se está traduciendo al inglés) un libro sobre el «comunismo del decrecimiento» democrático. Un auténtico bestseller. La editorial ha vendido medio millón de ejemplares (Muy recientemente se ha publicado en castellano y en catalán).


La naturaleza contra el capital consta de una Introducción, dos partes -1. Ecología y economía. 2. La ecología de Marx y la Marx-Engels-Gesamtausgabe– con tres capítulos cada una: 1. La enajenación de la naturaleza como el surgimiento de lo moderno. 2. El metabolismo de la economía política. 3. El capital como una teoría del metabolismo. 4. Liebig y El capital. 5. ¿Los fertilizantes contra la agricultura del robo? 6. La ecología de Marx después de 1868, y una conclusión. No se ha incluido, lamentablemente, un índice nominal, la única pega de una edición perfecta.


Saito ha tenido la gentileza de escribir un prefacio para la edición en castellano. Con sus palabras: «Esta traducción al castellano es uno de esos maravillosos ejemplos que se suman a otras traducciones en coreano, portugués y francés, y agradezco profundamente la decisión de Bellaterra Edicions de publicarlo, así como el ahínco y la dedicación de la traductora, Javiera Mondaca».


Sin avanzar apenas nada, sin destripar nada, recojo algunas ideas para abrir el apetito del lector:


1. Saito apunta que, inicialmente, Marx no fue necesariamente «ecológico» y que a veces parecía más bien un pensador productivista. Ciertamente «solo después de un largo y arduo proceso de desarrollar la sofisticación de su propia economía política, durante el cual estudió con seriedad diversos campos de las ciencias naturales, Marx se volvió totalmente consciente de la necesidad de abordar el problema del desastre ambiental como una limitación impuesta al proceso de valoración del capital.» Según Saito y en expresión mejorable, Marx corrigió gradualmente su visión optimista de la dominación humana de la naturaleza «después de su ruptura con la filosofía en 1845».


2. Los cuadernos marxianos, que Saito conoce y ha trabajado en profundidad, son esenciales para entender su crítica ecológica al capitalismo. «El examen cuidadoso de los cuadernos de extractos de Marx no es un trabajo "filológico" menor y ese análisis nos llevará a dimensiones desconocidas de su crítica. Es demasiado pronto para "olvidar a Marx" como declaró provocativamente Immler. Al final de este estudio, suena más convincente el imperativo opuesto: "¡Marx vive!"». Los cuadernos de ciencias naturales que serán publicados por primera vez en MEGA2 «permitirán que los estudiosos tracen el surgimiento y desarrollo de la crítica ecológica de Marx al capitalismo de una manera más precisa y vívida, desentrañando diversos aspectos desconocidos de su proyecto asombrosamente abarcador de El capital


3. La naturaleza contra el capital aspira a una reconstrucción más sistemática y completa de la crítica ecológica de Marx al capitalismo que la realizada anteriormente con el objetivo de refutar los persistentes malentendidos de la ecología de Marx y demostrar su gran importancia teórica. En contra de otras interpretaciones, marxistas o no, Saito sostiene que Marx no trató los asuntos ecológicos de manera esporádica y marginal.


4. El autor muestra y enfatiza que las posiciones de Marx en el ámbito ecológico mantienen una clara continuidad con su crítica de la economía política.


5. En su proceso de estudio y profundización, «Marx se alejó conscientemente de cualquier forma de prometeísmo ingenuo y llegó a considerar las crisis ecológicas como la contradicción fundamental del modo de producción capitalista».


6. Desde el punto de vista de Seito, el concepto clave en este contexto es metabolismo (Stoffwechsel) que le permite una interpretación sistemática de la ecología de Marx.


7. Para Seito no es solo que un motivo ecológico ya sea central en los cuadernos de Marx de 1844 (los Manuscritos económico y filosóficos), su tesis es más penetrante: «no es posible comprender al alcance total de su crítica de la economía política si se ignora su dimensión ecológica».


8. De este modo, la ecología de Marx, señala Saito, no solo constituye un elemento inmanente de su sistema económico y de su visión emancipadora del socialismo «sino que también nos entrega uno de los andamiajes metodológicos más útiles para investigar las crisis ecológicas como la contradicción central del actual sistema histórico de producción y reproducción social. Esta “preciada herencia” de la teoría de Marx solo puede entenderse completamente con su ecología».


Aunque el estudio está centrado en la obra de Marx, Saito no se olvida de señalar su coincidencia con Engels también este punto.


Un pequeño matiz: Saito usa en ocasiones expresiones como la siguiente «tras la ruptura de Marx con la filosofía en 1845», para referirse al inicio de sus estudios económicos. Quizás hubiera sido más ajustado hablar de ruptura con tal o cual corriente filosófica, no con la filosofía. El autor de El capital nunca dejó de ser un filósofo.


En 2018, Natur gegen Kapital, La naturaleza contra el capital, ganó el Deutscher Memorial Prize, el premio alemán más importante de estudios marxistas. Con todo merecimiento.


Los «mercados de futuro», la prospectiva de Saito: «la crisis ecológica no pondrá fin al régimen del capital. Es probable que el capital continúe acumulando incluso si la crisis se profundiza al punto de destruir todo el planeta y producir globalmente una masa de refugiados ambientales y un supuesto "proletariado ambiental" cuya condición existencia –y no simplemente sus condiciones de trabajo– será severamente degradada a causa de la acumulación capitalista». La gente rica sobrevivirá, prosigue Saito, y «el capitalismo de desastre continuará acumulando riqueza a través de la doctrina del shock, mientras que las pobres y futuras generaciones se volverán mucho más vulnerables al desastre ambiental, aunque son muchos menos responsables de la crisis». Esta es la razón, señala, por la que «la justicia ambiental claramente incluye un componente de lucha de clases y el proletariado ambiental necesita surgir como un sujeto revolucionario para proteger su salud, comunidad y ambiente contra el empeoramiento de la crisis económica y ecológica.»



28 diciembre, 2021

"No hay economía ecológica sin justicia social. El cambio energético es para vivir de otra manera" — Rafael Poch



CTXT - 2/12/2021

Geopolítica de las renovables

La transición energética es crucial, pero es imposible concebirla como una mera sustitución de energías fósiles por renovables


Pensar que la transición energética consiste en sustituir energías fósiles por renovables es irreal. Su mera sustitución es imposible, dice Joan Martínez Alier, nuestro más ilustre experto en economía ecológica. En la misma entrevista con Naiz, el investigador de los límites minerales del planeta Antonio Valero pone un claro ejemplo: "Una instalación fotovoltaica utiliza 25 veces más materiales que una central térmica convencional. Un aerogenerador te da como mucho entre dos y cinco megavatios. Para llegar a un gigavatio, que es lo que te da una central térmica de carbón, necesitas un mínimo de 20 generadores. Pero ese aerogenerador trabaja 2.000 horas al año, frente a las 6000/7000 horas de la central. Es decir, necesitas como mínimo 60 torres de más de 100 metros. Y en cada una de esas torres hay neodimio, praseodimio, disprosio, boro, acero, aluminio. Además, si quieres almacenar la energía necesitarás litio, cobalto, manganeso y cobre. Muchos de esos materiales son críticos y además se obtienen mediante combustibles fósiles".


A la guerra por el coche eléctrico


Según un informe de la Agencia Internacional de la Energía, si se quieren cumplir los objetivos climáticos, la demanda de minerales para tecnologías energéticas limpias se multiplicará por lo menos por cuatro en 2040 y mucho más aún en el caso de los minerales para el coche eléctrico, que necesita cobalto, grafito, litio, manganeso y tierras raras para sus baterías y motores. Hoy ese coche apenas representa el 1% del parque de automóviles, pero antes de diez años representará el 15% de las ventas de automóviles. La AIE estima que en veinte años la demanda de litio se multiplicará por cincuenta y la de cobalto y grafito por treinta.


Fuente: The Role of Critical Minerals in Clean Energy Transitions / IEA


Todo el mundo entiende hasta qué punto el control del petróleo ha determinado y determina las relaciones internacionales: las guerras del Golfo Pérsico, el conflicto de Siria, el cambio de régimen en Libia, la intervención en Irak, las presiones y embargos contra Irán y Venezuela, donde ese recurso escapa al control de Estados Unidos, o las sanciones contra Rusia, potencia energética internacionalmente autónoma. El imperialismo de los recursos petroleros es algo bien conocido para la geopolítica desde por lo menos la Primera Guerra Mundial, cuando las potencias europeas pugnaron por el control del Golfo Pérsico. Pero si los yacimientos de gas y petróleo se encuentran un poco por doquier en el mundo, desde América, hasta Eurasia, pasando por África y todos los océanos, la producción de muchos de los minerales vitales para la transición energética hacia las renovables está mucho más concentrada geográficamente.


La mayor parte del mineral de cobre lo suministran solo cuatro países: Chile, Argentina, Perú y la República Democrática del Congo. China responde del 70% del suministro de tierras raras. El grueso del litio procede de tres países, Australia, Argentina y Chile, y el 80% de la producción de cobalto procede de la República Democrática del Congo.


"Un simple vistazo a la localización de tales concentraciones sugiere que la transición hacia energías verdes prevista por el presidente Biden y otros líderes mundiales puede toparse con graves problemas geopolíticos, no muy diferentes a los que en el pasado generaron la dependencia del petróleo", dice Michael Klare, un conocido especialista en geopolítica de los recursos.


Primera potencia militar, los Estados Unidos están bastante escasos de recursos fundamentales –como níquel, zinc o tierras raras– para el nuevo paradigma. China, que tiene mucho de lo último, es vista como adversario y la campeona mundial en cobalto, la República Democrática del Congo, es, seguramente, uno de los países más turbulentos del planeta. Si para solucionar los dilemas prácticos de estos nuevos recursos imprescindibles para un despliegue acelerado de las tres figuras clave de la nueva energética (paneles solares, turbinas eólicas y coches eléctricos) se utilizan los mismos métodos empleados actualmente con el petróleo, el mundo tiene por delante una perspectiva de agudos conflictos que, simplemente, ya no puede permitirse.


Sin decrecimiento no hay futuro


Pero incluso sin ese escenario de conflicto entre potencias por los recursos, su mera extracción exige una intensiva utilización de combustible fósil, ácidos, sustancias tóxicas y agua que causan enormes perjuicios humanos en todo el planeta. Martínez Alier que lleva años confeccionando con un equipo internacional un Atlas de conflictos ambientales, dice que, "hace 20 años no sabíamos ni qué era el litio o el cobalto, y ahora tenemos 150 materiales que generan muchos conflictos". Todo esto nos devuelve al inicio: la transición energética es crucial, pero es imposible concebirla como una mera sustitución de energías fósiles por renovables. Hace falta un cambio de mentalidad, lo que, desde luego, no es una cuestión de angelismo individual, sino una acción política colectiva, imposible sin iniciativas públicas, planificación, y estricta cooperación internacional. Imposible, quizá también, sin una catástrofe que abra los ojos a ese bicho humano colectivo que solo aprende a batacazos, y a veces ni siquiera. El tiempo dirá...


En cualquier caso, sin decrecimiento, a menos que se empiece a dejar de crecer, sin un relativo empobrecimiento de los más ricos globales que disminuya la demanda de recursos naturales y la generación de residuos, no hay transición energética posible ni salida de la crisis de civilización.


Occidente y Oriente


En países como China, cuyos gobiernos conservan cierta capacidad de planificación a medio y largo plazo, es imaginable una gobernanza sobre el vector del decrecimiento, pero ¿y en los países más ricos occidentales? Durante décadas, su población ha sido educada en el egoísmo individualista y en el consumo a ultranza, perdiendo por el camino cualquier otra perspectiva. Se dirá, y con razón, que pocas sociedades hay más ávidas consumidoras que la china, pero allí se conserva una capacidad de sacrificio y disciplina colectiva que ha desaparecido en las sociedades occidentales. El sujeto de esas sociedades, el "ciudadano" que ha sido reducido por el neoliberalismo a mero "consumidor-contribuyente", se parece mucho a un perfecto inútil desde este punto de vista. Las actitudes sociales ante la pandemia han vuelto a mostrar ese contraste entre los masivos botellones y las manifestaciones, por un lado, y los estrictos y disciplinados confinamientos asiáticos, que los miopes reducen a meras diferencias entre "libertad" y "autoritarismo".


No hay economía ecológica sin justicia social. El cambio energético es para vivir de otra manera. De una manera más simple, más tranquila y menos frenética. Como dice el economista ecológico Tim Jackson, en Prosperidad sin crecimiento, "la prosperidad tiene que ver con la calidad de nuestras vidas y relaciones, con la solidez de nuestras comunidades, y con un sentido de propósito individual y colectivo. La prosperidad tiene que ver con la esperanza. Esperanza para el futuro, esperanza para nuestros hijos, esperanza para nosotros mismos". Nada de todo eso se puede conseguir sin decrecimiento, es decir sin configurar una vida mucho más austera y "pobre" para los criterios actuales.


En Occidente, los gobiernos son esclavos de la dinámica creada por el capitalismo neoliberal: son incapaces de formular un programa de empobrecimiento sin perder rotundamente las siguientes elecciones ante rivales que prometan a los "contribuyentes-consumidores" lo imposible: evitar el desastre manteniendo o incrementando los actuales niveles de metabolismo social. En Asia el panorama quizás esté más abierto a una dinámica realista. No es un problema de “democracia” y "autoritarismo", sino, me parece, de algo anterior y mucho más básico. De ahí la importancia del relevo de potencia hacia Asia al que acaso estemos asistiendo en el mundo de hoy.


27 julio, 2017

En resumidas cuentas...




"De entre los muchos residuos y subproductos tóxicos que se generan con la aceleración entrópica del capitalismo, uno de los peores es la propaganda, que tiene el poder de intoxicar mentes y nublar el entendimiento delante de verdades simples. Por ese motivo, por culpa del fuerte y persistente efecto de la propaganda, se ven los intentos de vivir dentro de los límites biofísicos que nos marca el planeta y de reducir nuestra tasa entrópica a un mínimo razonable como actitudes infantiles, bienintencionadas pero poco maduras, cuando no reaccionarias (como a veces se ataca desde ciertos sectores de la izquierda a las propuestas decrecentistas). Entre tanto, el capitalismo juega a una especie de Pac-Man macabro, buscando maximizar el número de puntos -las unidades monetarias con las que cuantifica su "éxito", aunque éstas no tengan ningún valor intrínseco- sin darse cuenta de que a la larga, forzosamente, será destruido por los fantasmas de la entropía."

Cita extraída de 'Siervos de Entropía' (cuya lectura recomiendo) en el blog The Oil Crash, vía Esencial o menos. 

12 agosto, 2016

El planeta enfermo [1971] – Guy Debord


La «contaminación» está de moda hoy en día, exactamente de la misma manera que la revolución: se apodera de toda la vida de la sociedad, y se la representa ilusoriamente en el espectáculo. Es la palabrería fastidiosa que llena un sinfín de escritos y discursos descarriados y embaucadores, pero en los hechos agarra del cuello a todo el mundo. Se expone en todas partes como ideología y gana terreno como proceso real. Esos dos movimientos antagónicos, el estadio supremo de la producción mercantil y el proyecto de su negación total, igualmente ricos en contradicciones en sí mismos, están creciendo juntos. Son los dos lados por los que se manifiesta un mismo momento histórico largamente esperado y a menudo previsto en formas parciales e inadecuadas: la imposibilidad de que el capitalismo continúe funcionando.


La época que posee todos los medios técnicos para alterar totalmente las condiciones de vida sobre la tierra es también la época que, en virtud del mismo desarrollo técnico y científico separado, dispone de todos los medios de control y previsión matemáticamente indudable para medir por adelantado adonde lleva y hacia qué fecha el crecimiento automático de las fuerzas productivas alienadas de la sociedad de clases: es decir, para medir el rápido deterioro de las condiciones mismas de la supervivencia, en el sentido más general y más trivial de la palabra.

Mientras los imbéciles pasadistas siguen disertando todavía sobre (y contra) una crítica estética de todo eso, creyéndose lúcidos y modernos porque fingen adaptarse a su siglo, declarando que Sarcelles o las autopistas poseen una belleza peculiar, preferible a la incomodidad de los «pintorescos» barrios antiguos, u observando seriamente que el conjunto de la población come mejor que antes, por más que digan los nostálgicos de la buena cocina, el problema del deterioro de la totalidad del medio natural y humano ha dejado ya completamente de presentarse en el plano de la supuesta calidad antigua, estética o no, para convertirse radicalmente en el problema mismo de la posibilidad material de la existencia del mundo embarcado en tal movimiento. De hecho, la imposibilidad ha quedado ya perfectamente demostrada por todo el conocimiento científico separado, que ya no discute sino el plazo que queda y los paliativos que, de aplicarse con firmeza, podrían alargarlo un poco. Una ciencia semejante no puede hacer otra cosa que acompañar en su camino hacia la destrucción al mundo que la ha producido y a cuyo servicio está; pero ella se ve obligada a recorrer ese camino con los ojos abiertos: con lo que muestra en grado caricaturesco la inutilidad del conocimiento sin empleo.

Se está midiendo y extrapolando con excelente precisión el rápido aumento de la contaminación química de la atmósfera respirable, del agua de los ríos, los lagos y los océanos; el aumento irreversible de la radiactividad acumulada por el desarrollo pacífico de la energía nuclear; de los efectos del ruido; de la invasión del espacio por productos de materias plásticas que aspiran a una eternidad de vertedero universal; de la natalidad demencial; de la falsificación insensata de los alimentos; de la lepra urbanística que viene ocupando cada vez más el lugar de lo que fueron la ciudad y el campo, así como de las enfermedades mentales incluidos los temores neuróticos y las alucinaciones, que no tardarán en multiplicarse a propósito de la contaminación misma, cuya imagen alarmante se exhibe en todas partes y del suicidio, cuyas tasas de expansión coinciden ya exactamente con la de la urbanización de semejante ambiente (por no hablar de los efectos de la guerra nuclear o bacteriológica, para la cual ya están ahí los medios, cual espada de Damocles, aunque sigue siendo evidentemente evitable).

En suma, si el alcance y aun la realidad de los «terrores del año mil» son todavía materia de controversia entre los historiadores, el terror del año dos mil es tan patente como bien fundado; a partir de ahora, es una certeza científica. Y, sin embargo, lo que está pasando no es en el fondo nada nuevo: sólo es el fin forzado del proceso antiguo. Una sociedad cada vez más enferma pero cada vez más poderosa ha recreado en todas partes el mundo concretamente como entorno y decorado de su enfermedad, como planeta enfermo. Una sociedad que no ha llegado aún a hacerse homogénea y que no se determina a sí misma, sino que está determinada cada vez más por una parte de sí misma que se sitúa por encima y al margen de ella, ha desarrollado un movimiento de dominación de la naturaleza que no se ha dominado a sí mismo. El capitalismo ha aportado finalmente, por su propio movimiento, la prueba de que ya no es capaz de seguir desarrollando las fuerzas productivas, y no en un sentido cuantitativo, como muchos habían creído entender, sino cualitativo.


Y, sin embargo, para el pensamiento burgués sólo lo cuantitativo es, metodológicamente, lo serio, lo medible, lo efectivo; lo cualitativo no es más que el incierto decorado subjetivo o artístico de lo verdaderamente real tasado en su verdadero peso. Para el pensamiento dialéctico, por el contrario, y, por tanto, para la historia y para el proletariado, lo cualitativo es la dimensión más decisiva del desarrollo real. He aquí lo que el capitalismo y nosotros hemos acabado por demostrar.

Los dueños de la sociedad se ven ahora obligados a hablar de la contaminación, tanto para combatirla (pues ellos viven, a fin de cuentas, en el mismo planeta que nosotros: he aquí el único sentido en que se puede admitir que el desarrollo del capitalismo ha realizado efectivamente una cierta fusión de las clases) como para disimularla: pues la simple verdad de las «nocividades» y de los riesgos actuales es suficiente para constituir un inmenso factor de revuelta, una exigencia materialista de los explotados, tan vital como fue en el siglo XIX la lucha de los proletarios por poder comer. Tras el fracaso fundamental de todos los reformismos del pasado que todos aspiraban a la solución definitiva del problema de las clases, se está esbozando un nuevo reformismo, que obedece a las mismas necesidades que los anteriores: engrasar la maquinaria y abrir nuevas posibilidades de ganancia a las empresas punteras. El sector más moderno de la industria se lanza sobre los diversos paliativos de la contaminación como sobre un nuevo mercado, tanto más rentable por el hecho de que podrá usar y manejar gran parte del capital monopolizado por el Estado. Pero si ese nuevo reformismo tiene de antemano la garantía de su fracaso, por exactamente las mismas razones que los reformismos del pasado, lo separa de éstos la diferencia radical de que ya no tiene tiempo por delante.

El desarrollo de la producción ha demostrado cabalmente, a estas alturas, su verdadera naturaleza como realización de la economía política: el desarrollo de la miseria, que ha invadido y arruinado el medio mismo de la vida. La sociedad en la que los trabajadores se matan trabajando y sólo pueden contemplar el resultado, ahora los hace ver —y respirar— con toda franqueza el resultado general del trabajo alienado, que es resultado mortal. En la sociedad de la economía superdesarrollada, todo ha entrado a formar parte de la esfera de los bienes económicos, incluso el agua de las fuentes y el aire de las ciudades; lo que es decir que todo se ha convertido en el mal económico, la «negación total del hombre» que está llegando ahora a su perfecta conclusión material. El conflicto entre las fuerzas productivas modernas y las relaciones de producción, burguesas o burocráticas, de la sociedad capitalista ha entrado en su última fase. La producción de la no-vida ha seguido con cada vez mayor rapidez su proceso lineal y cumulativo; ahora ha traspasado un último umbral de su progreso y está produciendo directamente la muerte.


La función última, declarada y esencial de la economía desarrollada de hoy en día, en todo el mundo en que impera el trabajo-mercancía que asegura todo el poder a sus patronos, es la producción de empleo. Bien lejos estamos, pues, de las ideas «progresistas» del siglo pasado acerca de la posible reducción del trabajo humano gracias a la multiplicación científica y técnica de la productividad, que, según se creía, iba a asegurar con cada vez mayor facilidad la satisfacción de las necesidades hasta entonces reconocidas como reales por todo el mundo, y eso sin ninguna alteración fundamental de la calidad de los bienes disponibles. Ahora, en cambio, se trata de «crear puestos de trabajo» hasta en el campo huérfano de campesinos, es decir, de usar el trabajo humano en cuanto trabajo alienado, en cuanto trabajo asalariado: para eso se hace todo lo demás; para eso se está poniendo en peligro estólidamente las bases de la vida de la especie, actualmente más frágiles aún que la inteligencia de un Kennedy o de un Bréznev.

El viejo océano es en sí mismo indiferente a la contaminación; pero no así la historia. La historia no se puede salvar más que por la abolición del trabajo-mercancía. Y nunca antes la conciencia histórica había tenido tan urgente necesidad de dominar su mundo, porque el enemigo que está ante las puertas ya no es la ilusión sino su muerte.

Cuando los pobres amos de la sociedad cuyo penoso resultado estamos presenciando –resultado mucho peor que cualquier condena que antaño pudiera fulminar a los más radicales utopistas– se ven ahora forzados a admitir que nuestro entorno se ha hecho social y que la gestión de todo se ha convertido en un asunto directamente político, hasta la hierba de los campos y la posibilidad de beber, de dormir sin demasiados somníferos o de lavarse sin sufrir demasiadas alergias, en un momento como éste se está viendo a las claras que también la vieja política tiene que confesar que está del todo acabada.

Está acabada en la forma suprema de su voluntarismo, el poder burocrático totalitario de los regímenes llamados socialistas, porque los burócratas que ostentan el poder no se han mostrado capaces ni siquiera de gestionar el estadio anterior de la economía capitalista. Si contaminan mucho menos (Estados Unidos produce él solo el 50% de la contaminación mundial) es porque son mucho más pobres. No pueden sino desviar, como en China, por ejemplo, una parte desproporcionada de sus míseros presupuestos para regalarse la parte de contaminación de prestigio de las potencias pobres: algunos perfeccionamientos o descubrimientos de segunda mano en el terreno de las técnicas de la guerra termonuclear, o más exactamente de su espectáculo amenazador. 

Tanta pobreza material y mental, sostenida por tanto terrorismo, condena a las burocracias que ostentan el poder. Al poder burgués más modernizado lo condena el resultado insoportable de tanta riqueza efectivamente envenenada. La gestión llamada democrática del capitalismo, sea en el país que sea, no ofrece más que sus elecciones-dimisiones que, como se ha visto siempre, no han cambiado nunca nada en el conjunto y muy poca cosa en los detalles de una sociedad de clases que se imaginaba que iba a durar indefinidamente. Tampoco van a cambiar mucho más cuando esa misma gestión pierde la cabeza, y finge esperar de su electorado alienado e idiotizado algunas vagas directrices para resolver ciertos problemas secundarios aunque urgentes (como sucede en Estados Unidos, Italia, Inglaterra o Francia). 

Todos los observadores especializados han señalado siempre aunque sin tomarse la molestia de explicarlo el hecho de que el elector no cambia casi nunca de «opinión»: pues para eso justamente es elector, esto es, aquel que asume, por un breve instante, el papel abstracto que está destinado precisamente a impedirle que sea por sí mismo y que cambie (el mecanismo ha sido desmontado mil veces, tanto por el análisis político desengañado como por las explicaciones del psicoanálisis revolucionario). El elector tampoco cambia cuando el mundo a su alrededor está cambiando cada vez más precipitadamente; y, en cuanto elector, no cambiará ni en vísperas del fin del mundo. 



Todo sistema representativo es esencialmente conservador, aunque las condiciones de existencia de la sociedad capitalista no han podido conservarse nunca: se modifican sin interrupción y cada vez más deprisa, aunque la decisión que viene a ser siempre, a fin de cuentas, la decisión de dejar hacer al proceso mismo de la producción mercantil se deja enteramente en manos de los especialistas publicitarios, ya sea que se presenten a la carrera solos o en competición con quienes quieren hacer lo mismo y además lo declaran abiertamente. Aun así, el hombre que acaba de votar «libremente» a los gaullistas o el PCF, lo mismo que el que acaba de votar, a la fuerza y obligado, a Gomulka, es capaz de dar muestra de lo que verdaderamente es participando, la semana siguiente, en una huelga salvaje o una insurrección.

La sedicente «lucha contra la contaminación», en su vertiente estatal y reglamentaria, va a crear ante todo nuevas especializaciones, servicios ministeriales, puestos de trabajo y ascensos burocráticos. Su eficacia será exactamente la que a tales medios corresponde. No puede convertirse en voluntad real sino transformando el sistema productivo actual en sus raíces mismas, ni puede llevarse a cabo con firmeza sino en el instante en que todas las decisiones, tomadas democráticamente y con pleno conocimiento de causa por los productores, sean en todo momento controladas y ejecutadas por los productores mismos (los buques petroleros, por ejemplo, seguirán infaliblemente vertiendo el petróleo en los mares hasta que no manden en ellos unos verdaderos soviets de marineros). Para decidir y ejecutar todo eso, hace falta que los productores se hagan adultos: hace falta que se hagan con el poder entre todos.

El optimismo científico del siglo XIX se ha desmoronado en tres puntos esenciales. En primer lugar, la pretensión de garantizar la revolución como solución feliz de los conflictos existentes (la ilusión hegeliano-izquierdista y marxista; la menos compartida por la intelectualidad burguesa, pero la más rica y, después de todo, la menos ilusoria); segundo, la visión coherente del universo y aun sencillamente de la materia; y tercero, el sentimiento eufórico y lineal del desarrollo de las fuerzas productivas. Si llegamos a dominar el primer punto, habremos resuelto el tercero; más adelante sabremos hacer del segundo nuestro asunto y nuestro juego. No hay que curar los síntomas, sino la enfermedad misma. Hoy en día el miedo está en todas partes, y no vamos a salir de él más que confiándonos a nuestras propias fuerzas, a nuestra capacidad de destruir toda alienación existente y toda imagen del poder que se nos haya escapado, sometiéndolo todo, excepto a nosotros mismos, al único poder de los consejos de trabajadores que posean y reconstruyan a cada instante la totalidad del mundo; es decir, a la racionalidad verdadera, a una nueva legitimidad.

En materia de medio ambiente «natural» y construido, de natalidad, de biología, de producción, de «locura», etc., no habrá que elegir entre la fiesta y la desgracia sino, conscientemente y a cada paso, entre mil posibilidades felices o desastrosas, pero relativamente corregibles, y, por otro lado, la nada. Las terribles decisiones del próximo futuro sólo dejan esta alternativa: o la democracia total o la burocracia total. Quienes tengan dudas acerca de la democracia total deben hacer el esfuerzo de convencerse por sí mismos, dándole ocasión de que los convenza con los hechos; de lo contrario, sólo les queda comprarse la tumba que más les agrade, pues «lo que es la autoridad, la hemos visto en acción, y sus obras la condenan» (Joseph Déjacque).

«Revolución o muerte»: esa consigna ya no es la expresión lírica de la conciencia rebelde, sino la última palabra del pensamiento científico de nuestro siglo. Y eso vale tanto para los peligros que corre la especie como para la imposibilidad de adhesión para los individuos. El suicidio, que en esta sociedad progresa como es sabido, había descendido en Francia a casi nada durante el mes de mayo de 1968, según admitieron, con cierto pesar, los especialistas. Aquella primavera consiguió también un cielo limpio y hermoso, sin haberse lanzado precisamente a su asalto, porque se habían quemado algunos automóviles y a los otros les faltaba combustible para contaminar. Cuando llueva, cuando haya falsas nubes sobre París, no olviden nunca que es culpa del gobierno. La producción industrial alienada trae la lluvia. La revolución trae el buen tiempo.

Guy Debord, El planeta enfermo. Traducción de Luis Andrés Bredlow. Editorial Anagrama, Barcelona. Título de la edición original: La planète malade © Editions Gallimard París, 2004. Publicado con la ayuda del Ministerio francés de Cultura-Centro Nacional del Libro. Publicado originalmente en 1971 en el número trece de la revista de la Internacional Situacionista.

13 julio, 2013

Caperucita verde, el medio ambiente y el millonario que, para ahorrar agua, en lugar de ducharse se baña en su olímpica piscina.

Loam

La voz de alarma, hace tiempo dada por las personas y colectivos más concienciados y afectados por el deterioro medio ambiental, ha ido despertando en la población mundial una conciencia que tanto las instituciones gubernamentales como las grandes corporaciones pretenden apropiarse y monopolizar a fin de legitimar o enmascarar su depredadora actividad. Así pues, con el supuesto propósito de hacer frente de manera responsable al evidente deterioro medioambiental, se han creado ministerios, secretarías, departamentos de investigación, fundaciones, laboratorios, profesiones y disciplinas, así como especialidades y tecnologías específicas, todo ello destinado a afrontar y corregir las consecuencias del llamado cambio climático y su impacto medio ambiental. Toda una floreciente y lucrativa industria, casi siempre destinada a encubrir la creciente voracidad capitalista mediante un publicitario, falso y reiterado “verde que te quiero verde”.

El "tinte" verde está, pues, de moda. Se realizan múltiples campañas publicitarias, solemnes declaraciones, fastuosas cumbres internacionales, seminarios, simposios, conferencias, charlas y demás eventos patrocinados por entidades gubernamentales y financieras, pero sobre todo por las industrias y corporaciones que más han contribuido y contribuyen al deplorable estado del medio ambiente en general y de la gente explotada en concreto. Pese a la denominada “crisis”, no se repara en gastos. A los crecientes presupuestos destinados a la industria bélica y demás despilfarros innecesarios, se incorporan ahora los destinados al “control” y administración del medio ambiente. De modo que, se lanzan satélites al espacio, globos a la atmósfera y sondas a los océanos con el fin de medir, registrar y computar, mediante innumerables y detalladas estadísticas, millones de datos que contemplan desde el tamaño variante de los polos o el gigantesco agujero de ozono, hasta la más diminuta variación de una simple molécula de agua. Se han contabilizado, anillado, etiquetado, monitorizado y analizado, hasta el más mínimo detalle, animales de todas las especies a los que el agudo ojo de la tecnología no pierde nunca de vista. Todo ello de manera ecológica y natural, claro está.

Un súbito e irrefrenable amor por la naturaleza a irrumpido en los tiernos corazones de políticos, financieros y empresarios. Todos ellos, sin excepción, tienen entre sus más urgentes prioridades la de preservar el medio ambiente “para disfrute y bienestar de las generaciones futuras” (¡Ja!). Hoy no hay discurso ni producto, ya sea político, industrial o financiero, que no incluya el muy responsable y no menos enternecedor marchamo de “ecológico” y “natural”. Todo es ecológico hoy en día: el AVE, las autovías, los campos de golf, la industria del automóvil, la urbanización de las costas… Tras enormes esfuerzos y fabulosas inversiones, se ha logrado salvar de la extinción a un buen número de linces, pandas, cacatúas, lobos y tortugas. Pero dicha inversión, claro está, hay que rentabilizarla mediante una variada mercadotecnia, bien sazonada por la publicidad del generoso y desinteresado patrocinador de turno, rentabilidad que abarca exenciones fiscales, subvenciones, documentales, fascículos coleccionables, zoológicos, reservas, parques temáticos, etc., etc. Y todo ello, claro está, utilizado como reclamo turístico por la abominable industria del ocio (turs operators, hoteles, restaurantes…). De la ecología, como del marrano, los amos del capital aprovechan hasta el rabo.

De modo que, todas y todos vosotros, pobres hambrientos del mundo, niños y niñas de vientres henchidos que parpadeáis moscas, que envenenáis vuestros tiernos pulmones 12 horas diarias en las minas por unos míseros centavos, o inhalando el mortal heptano del calzado que ensambláis para esa empresa tan divertida y modélica, que rebuscáis hasta la extenuación entre las inmundicias de los descomunales vertederos que el mundo opulento tan generosamente os lega, expuestos a toda clase de enfermedades y carencias por un mendrugo de pan, que ingenuos y confiados sacrificasteis vuestra vida por un futuro que estaba de antemano incluido en el expolio: todos vosotros y vosotras, digo, podéis estar tranquilos, los propietarios del mundo vigilan el nivel de los mares y el boquetazo de ozono, velan por el medio ambiente, por la naturaleza y por el sano verdor de vuestro futuro. Caperucita Verde puede deambular tranquila y segura por el bosque.

06 diciembre, 2012

Relación abreviada de la destrucción del territorio peninsular

Miquel Amorós

La sociedad capitalista ha alcanzado su cénit colonizando todos los rincones del planeta y absorbiendo todos sus elementos para ponerlos al servicio del mercado. Todo lo que un día tuvo su valor de uso, ahora tiene un valor de cambio. El resultado de tanta modernización no logra esconder un sentimiento de pérdida que el genio capitalista inmediatamente convierte en un nuevo factor de producción.

La nostalgia de lo natural hace que los modernos consumidores se vuelquen hacia los productos con ese apelativo comercial, compren segundas residencias en zonas ajardinadas y visiten escenarios arreglados para parecer salvajes, donde pueden pasar unos días “de aventura” y sentirse como Robinson Crusoe en su isla. Hoy, desde cualquier ángulo en que se mire, todo el mundo se considera ecologista; a nadie se le ocurriría declararse contra la ecología o el medio ambiente, aunque, en cambio, puede que sí lo hiciera si se tratase de inmigrantes, anarquismo, aborto, revolución o sexo libre. A todo el mundo le encanta la naturaleza. Sin embargo, lo que hoy se trata de preservar no es la naturaleza en cuanto a tal, o si se quiere, el territorio; es más bien una imagen a la que ya se le ha puesto precio y de la que tan sólo queda por discutir la modalidad de su explotación.

Un problema pues, simplemente fiscal, y sobre todo, una optimización de beneficios. Las plataformas ecologistas del tipo “salvemos el ...” o “en defensa de ...” no pretenden rellenar la grieta que la economía de mercado ha provocado entre el territorio y sus habitantes. Esta separación es la base de la actual organización social, a la que no se cuestiona en absoluto aunque comporte la destrucción del territorio y, a la larga, de la vida que alberga. Solamente se quiere que dicha destrucción sea más digerible y, ante todo, que sea pactada. Los “verdes” razonan en términos de mal menor y con una seriedad verdaderamente cómica nos transmiten un mensaje atrabiliario: para ganar una batalla hay que perder la guerra.

Entendemos por territorio, no el paisaje “protegido” oropel de lo urbano, ni tampoco la parte de suelo aún no urbanizada. Territorio es el espacio geográfico donde ocurren todas las actividades humanas. Lo que llamamos territorio es un hecho histórico; en la medida en que la humanidad interacciona con él encontramos historia en cada uno de sus rincones, que podemos seguir en las variaciones del concepto de naturaleza dominantes en cada época, en las distintas representaciones filosóficas o religiosas de la idea. Vida, trabajo, instituciones, economía, naturaleza, forman un todo articulado. Las ciudades también son inseparables de los pueblos, los campos, los bosques y las montañas.

Todo está relacionado con todo. Si la interacción entre la naturaleza cósmica y la sociedad no es armónica y equilibrada, la vida se degrada y el territorio se destruye. El proceso ocurre al darse la separación entre hombre y territorio, de donde derivan las demás separaciones: entre ciudad y campo, entre economía y sociedad, entre burgueses y proletarios, entre dirigentes y dirigidos.

En el pasado los límites de la separación los imponía la técnica; podíamos llamar naturaleza a lo que caía fuera de su alcance, y que, por lo tanto, no quedaba afectado por ella. Hace ciento cincuenta años Marx ironizaba sobre el asunto, apuntando que para encontrar naturaleza en estado puro habría que buscar en los arrecifes australianos. En la actualidad los artilugios tecnológicos y los negocios llegan a todas partes y nada queda a salvo, ni los arrecifes. Han conformado un entorno artificial, una especie de segunda naturaleza. El territorio, la naturaleza y el medio ambiente han sido modificados para formar parte de la economía mundial; son independientes del resto de los factores y sujetos sólo a leyes de mercado. La unificación totalitaria del mundo gracias a la técnica y a la economía, ha dado lugar en nuestro tiempo a la separación más acabada de sus componentes. La artificialización y destrucción generalizada son el resultado.

Al tratar de la destrucción del territorio, conviene no caer en la facilidad pasadista, dándole la culpa bien sea a los romanos, bien a los Reyes Católicos, para ir después a buscar en periodos lejanos una Edad de Oro, donde el placer, la abundancia y la salud dominaban sin réplica. Las páginas de la Historia donde imperaron la felicidad y la libertad están escritas en blanco. Cada paso hacia ellas, también ha sido un paso hacia la barbarie; en cualquier época histórica encontraríamos pruebas de las tres.

Es más, si hiciéramos caso de las encuestas, concluiríamos que nuestra época es la más feliz y libre de todas, la menos bárbara, pero así como los datos del presente no reflejarían más que la extrema pobreza de espíritu de los encuestados, su sensibilidad agotada, sus mezquinas aspiraciones y sus deseos manipulados, los del pasado no lograrían ocultar que precisamente en él se originó el polvo que acarreó semejantes lodos. En efecto, la gran capacidad de autoengaño, o mejor, el grado de esclavitud interiorizada de las enfermizas masas modernas, seguramente supera con creces al que podían asumir los celtíberos numantinos, los comuneros de Castilla o las partidas de Juan Martín El Empecinado, pero la liberación no vendrá caminando hacia atrás, regresando a cualquier tiempo pasado, donde todo se supone que fue mejor. A lo sumo, la mirada desde el presente iluminará las pérdidas sufridas en las encrucijadas históricas mal resueltas, lo que puede ser de alguna utilidad en los combates actuales en defensa del territorio. Pero sepan los contendientes que ningún Apocalipsis les librará de la necesidad de entablar batalla, ni ningún conjuro ideológico o fórmula existencial les ahorrará el deber de ganarla.

Ahora ya, sin más preámbulos, centrándonos en el tema que nos ocupa, a saber, el impacto de las relaciones capitalistas sobre el territorio, describiremos tres etapas cualitativamente diferenciadas que jalonan el camino de su desagregación. La primera comienza a finales del siglo XVIII y termina a mediados del XIX. En ella sucede la transición del Antiguo Régimen, la monarquía absoluta, hacia el régimen liberal. Partiendo de la separación entre ciudad y campo, a lo largo del periodo se creó el mercado de la tierra y se destruyó cualquier forma de comunidad agraria, dando lugar a la constitución de una clase terrateniente que sustituyó a la aristocracia como clase dominante. La segunda, la que transcurre en paralelo al desarrollo del mercado interior y a la industrialización, abarca varios regímenes políticos, desde finales del siglo XIX hasta la década de los ochenta del siglo XX. La producción agrícola mercantilizada irá perdiendo importancia en provecho de la industria nacional y de los servicios, configurándose el dominio absoluto de las ciudades –convertidas en conurbaciones por la afluencia de emigrantes– y afianzándose el liderazgo de la burguesía nacional, empresarial o financiera. La tercera etapa, la actual, que corresponde a la economía globalizada, en la que predominan el sector terciario e inmobiliario, protagoniza la suburbialización del campo, siendo el ladrillo y el asfalto los frutos más característicos de la actividad agraria. A la vez que los sistemas metropolitanos devoran su entorno rural para urbanizarlo, acondicionarlo o convertirlo en vertedero, la política nacional queda absorbida completamente por la economía mundializada, consagrando la dominación de una clase dirigente internacional compuesta por altos ejecutivos de la política, de las multinacionales y de las finanzas.

La “reforma agraria”, es decir, la mercantilización de la propiedad rural, fue concebida a partir de 1770 por los altos funcionarios de la monarquía borbónica. Las Sociedades Económicas de “Amigos del País” que impulsaron los aristócratas y religiosos “ilustrados”, desempeñaron el mismo papel instructor y difusor que en Francia la Enciclopedia y los filósofos. Las nuevas teorías arbitristas y fisiócratas conformaron la mentalidad de la élite dirigente, según la cual, la economía política, con la ayuda del despotismo real, debía ocupar el centro de las preocupaciones sociales. Los ilustrados fueron los primeros desarrollistas. España era un estado monárquico escasamente poblado; tenía diez millones de habitantes, ocho de los cuales vivían en el campo.

Considerando la agricultura como fuente casi exclusiva de prosperidad y riqueza nacional, y por consiguiente, a la tierra como el principal factor de producción, según los Olavide, Floridablanca, Campomanes, Jovellanos, etc., todo progreso en la productividad agraria redundaría en bienestar y crecimiento de la población, en beneficios para el comercio y en engrose de las arcas del Estado. Sin embargo, un obstáculo se levantaba ante esta promesa de felicidad burguesa. La propiedad se hallaba tan trabada por privilegios, contratos, derechos, leyes y costumbres, que era imposible enajenarla, a fin de que, mediante la aplicación de nuevas técnicas de cultivo, la introducción de maquinaria, el empleo de abonos y la explotación del trabajo asalariado, se convirtiera en capital. En efecto, la tierra que pertenecía los nobles estaba sujeta por vinculaciones; la tierra en manos de la Iglesia y de otras “manos muertas” (la caridad pública), de las que obtenía un “diezmo”, estaba infrautilizada y sin “cerrar”; en fin, la tierra perteneciente a los municipios o al común, se explotaba en régimen de colectividad, según la tradición, y era en su mayor parte de acceso gratuito. Los pueblos tenían su abastecimiento garantizado gracias al control de los mercados locales; su economía funcionaba merced a un sistema integrado de aprovechamiento forestal, pastoril y agrícola que suplía con creces las necesidades del vecindario. La tradición y el derecho consuetudinario impedían la imposición de las leyes del libre mercado, bien sobre la institución municipal y la tierra, bien sobre los alimentos o el trabajo. Dicha situación ha servido de base para una ideología medievalista que se presenta como panacea de todos los males introducidos por el capitalismo, pero no olvidemos que el mundo de las comunidades aldeanas distaba mucho de ser idílico. Para comenzar, había sido despojado de su sistema genuino de gobierno: las asambleas populares o concejos abiertos habían sido sustituidos por juntas caciquiles y los cargos públicos podían comprarse, venderse e incluso dejarse en herencia. Además, se excluía del derecho a los bienes del común a la parte de la población no considerada vecina, que solía ser la más necesitada. El paraíso relativo del colectivismo agrario existía inmerso en un infierno poblado por el Estado borbónico y sus guerras, la Inquisición, la Mesta, los señoríos jurisdiccionales y las oligarquías burguesas de las ciudades. Si cada institución estaba enlazada con las demás, podemos imaginar las dificultades de recomponer la situación sin los males que emanaban de su esencia, y, por lo tanto, nos es legítimo sospechar que quienes elaboran y defienden propuestas de cambio social arcaizantes, perfectamente imposibles, en el fondo no quieren cambiar nada.

Quiso la ironía de la Historia que la separación entre el territorio y sus habitantes merced a la comercialización del suelo y la supeditación de los municipios a los ritmos del mercado de la tierra o al de los granos, no fuera obra de ninguna reforma, sino de las enormes deudas que contrajo la monarquía en cuatro guerras. Para amortizarlas emitió vales reales que en su mayoría fueron comprados por la burguesía comercial de las ciudades y los propietarios rentistas. En su incesante sed de dinero, el Estado monárquico se vio obligado a vender primero las tierras de los hospitales, hospicios, comedores, casas de misericordia, de expósitos y obras pías; después, las propiedades de las órdenes religiosas y de las iglesias; y finalmente, los bienes municipales y comunales. La aristocracia no resultó afectada sino en la ley que suprimía los mayorazgos y permitía cercar o enajenar sus propiedades, equiparándola a la recién nacida burguesía terrateniente. Los minifundios que dominaron en algunas zonas, fueron consecuencia de los contratos enfitéuticos y la venta a censo reservativo, prácticas tradicionales. Como consecuencia de la desamortización se liberaron los arriendos, se rebajaron los salarios y se desregularon los mercados locales, dando lugar a la ruina de los municipios, la miseria de campesinos y jornaleros. La nueva clase semifeudal latifundista apoyada en el Estado liberal forzó una contrarreforma fiscal: en lugar de gravar la propiedad, los nuevos impuestos, sisas y consumos, gravaban el comercio de los alimentos básicos como el pan y la carne, desviando la presión impositiva hacia los desposeídos labradores y empobrecidos braceros. Las clases rurales habían sido sacrificadas a los intereses del Estado y de la burguesía, pero la eliminación de obstáculos al desarrollo capitalista no produjo riqueza alguna para la “Nación”. La desamortización de tierras no atrajo capital a las ciudades, que se mantuvieron tal como estaban, sin apenas industrias, y por tanto, sin necesidad de mano de obra. Mientras que la población pasó de diez a diecinueve millones, en 1900 todavía los dos tercios vivían en el campo. Al tener escasas opciones de emigrar a las ciudades o a ultramar, los habitantes de los campos quedaron atrapados en sus pueblos con pocos medios de subsistencia y ninguna institución auxiliadora, con la sociedad a la que pertenecían desarticulada y los derechos que les protegían suprimidos. Las guerras carlistas fueron la respuesta a tanto estropicio, seguidas por una oleada de atentados contra las personas pudientes y las propiedades. No es de extrañar que para defender a los terratenientes y hacendados del campo se fundara la Guardia Civil, cincuenta años antes que cualquier otro cuerpo policial.

Con la creación de un nuevo marco jurídico que imponía la propiedad privada sobre las ruinas de una costumbre basada en la igualdad y la cooperación, retrocedió la cultura agraria hasta casi desaparecer. Entonces empezó a hablarse de ignorancia, atraso y analfabetismo. La cultura campesina, fundamentalmente oral, había producido un riquísimo folklore y una inmensa cantidad de conocimientos prácticos. En España pocos hablaban el castellano de Burgos y Valladolid, lengua usada principalmente por aristócratas, funcionarios, periodistas, terratenientes y frailes. Existía una diglosia evidente entre el habla popular y el idioma oficial. El pueblo, incluso el de las ciudades, hablaba un sinfín de lenguas regionales, dialectos y jergas. Nada de eso era producto del atraso; por ejemplo, los dialectos eran tan antiguos o más que el castellano, poseían un abundante léxico propio, gran vitalidad y, en ocasiones, habían alcanzado expresión literaria.

Con mayor razón podría decirse de las lenguas restantes. Sin embargo, desde el punto de vista centralista de la clase dirigente debía de haber una sola lengua oficial, un solo “español”, regulado por una Academia de la Lengua, a imitación francesa. Todo lo demás iba contra el “progreso”, de ahí que el habla campesina fuese considerada poco menos que signo de barbarie. El programa pedagógico de la Ilustración fue recogido por los políticos liberales gracias al Concordato y la Ley de Bases de 1857. Los campesinos y los proletarios debían de aprender la lengua de las autoridades, de los patronos y contramaestres, que era el vehículo por el que recibían órdenes. La escolarización se volvió un arma centralizadora y adoctrinadora, una herramienta para transmitir desde el Estado y la Iglesia la nueva cultura escrita y codificada de la clase dominante. La escuela venía para contribuir a la liquidación una cultura de siglos, uniformizar las mentes de generaciones y empobrecer su pensamiento, pero los frutos tardaron décadas en recogerse porque la enseñanza que a partir de entonces llamaron “primaria” debía ser costeada por los municipios, y éstos no podían pagar a los maestros. La única enseñanza practicada durante mucho tiempo fue la religiosa.

Durante la República, la pequeña burguesía en el poder intentó remediar la situación mediante un plan que preveía la construcción de 27.000 escuelas laicas, pero el mérito del genocidio cultural se lo llevaron la imposición franquista de la “lengua del imperio”, la emigración irreversible a las ciudades, la colonización mental a través de los medios de comunicación unilateral y la hipermovilidad de la población globalizada.

En España los ferrocarriles no fueron un producto de la revolución industrial, sino que se construyeron para provocarla. La operación resultó fallida y la industrialización no vino sino muy lentamente hacia finales de siglo. Con la excepción de Madrid y Barcelona, las ciudades no experimentaron cambios significativos, y el exceso de población fue canalizado hacia América, aunque también a Francia y Argelia (tres millones entre 1887 y 1914). En las zonas latifundistas, la lealtad de los campesinos a los púlpitos se había desplazado a las ideas revolucionarias; concretamente, el campo andaluz mostró una gran capacidad de organización y una combatividad mejor dosificada, como prueban las insurrecciones de Loja y El Arahal, la expansión de la Primera Internacional en el sur peninsular, el levantamiento de los campesinos de Jerez y el proceso de la Mano Negra. Seguirán siendo un elemento clave en la creación de sindicatos.

La coyuntura económica favorable provocada por la guerra mundial de 1914 atrajo a miles de campesinos a las ciudades, donde engrosaron las filas del proletariado. Con todo el número de trabajadores de la tierra doblaba ampliamente al de los obreros de la industria (cinco millones contra dos), por lo que la cuestión social seguía siendo fundamentalmente un problema agrario y fue precisamente su no resolución lo que trajo la guerra civil. La victoria fascista fue sangrienta para todos los perdedores en general, pero en el campo alcanzó niveles de exterminio.

El triunfo del ejército, la masacre de los opositores y la política autárquica del nuevo régimen posibilitaron la prolongación del dominio terrateniente. El atraso en el campo y el hambre en las ciudades significaron un retorno a la economía de subsistencia. El agro recuperó habitantes: todavía en 1950 la población rural era el 45 % del total. No obstante las tornas cambiaron cuando la industria se convirtió en el motor del desarrollo: entre 1957 y 1975 sucedió una verdadera revolución industrial que redujo considerablemente la población del campo, descendiendo ésta del 42 al 24 % (más de cuatro millones de personas emigraron a las ciudades; un millón lo hizo al extranjero).

Para un vaciado anterior semejante se hubieran necesitado sesenta años contando desde 1900. La agricultura tuvo que “modernizarse” y regirse con los mismos criterios que la industria: concentrar la propiedad, introducir maquinaria, fertilizantes químicos, híbridos y pesticidas, producir para el mercado, comercializar los productos; en una palabra, hubo que transformar la explotación agrícola y ganadera en un sistema de empresas dependiente de multinacionales de la petroquímica y la distribución. El territorio resultó seriamente modificado: desaparecieron los huertos urbanos y las vegas que hasta los años cincuenta abastecían a las ciudades; el contraste entre un campo semidespoblado y las conurbaciones densamente habitadas se hizo más escandaloso; los incendios forestales se volvieron habituales; la circulación de vehículos aumentó exponencialmente; en fin, se acentuó el desplazamiento de la población a la costa, lo que combinado con el turismo dio lugar a una auténtica devastación, modelo para desarrollos posteriores.

Los progresos de la economía capitalista globalizada, al desregular el mercado de alimentos, liquidaron la clase de pequeños y medianos campesinos, convirtiendo a la agricultura autóctona en una actividad marginal. Al transformarse el territorio rural en paisaje, con el toro de Osborne como logotipo, se habrían las puertas de par en par a la degradación. Se mejoraron los accesos para que los habitantes de las aglomeraciones urbanas frecuentasen en masa los lugares y arramblasen con todo lo que encontraban, musgo, espárragos, setas, bayas, cortezas y matojos. La motorización hizo devenir al territorio rural satélite de la conurbación, sea como decorado naturalista a destrozar sin reparos, o sea como reserva de espacio para una segunda urbanización extensiva combinada las más de las veces con la industria turística. Pero el campo devino también un sitio idóneo para las infraestructuras viarias, para la instalación de basureros, para el hospedaje de centrales –nucleares, térmicas o eólicas–, para el albergue de industrias contaminantes expulsadas de los recintos urbanos, o para la realización de experimentos transgénicos. Los cultivos, industrializados, han subsistido gracias a la explotación extrema de inmigrantes foráneos, contribuyendo con enormes extensiones de plástico, montañas de excrementos y ríos de purines, al nuevo concepto de belleza agraria. La lógica del capital ha requerido que cada elemento del territorio y de la actividad social que ocurre en su seno –la ciudad, los pueblos, la producción, la circulación, los habitantes, el trabajo, las instituciones, la tradición, los alimentos, el paisaje, el juego, el aire– se haya independizado de los demás y no responda más que a las exigencias de la economía. La separación ha quedado consumada en todos los ámbitos y en todos los aspectos. En lo sucesivo, cada pieza del puzzle territorial obedece únicamente a las leyes de la oferta y la demanda.

Un enorme problema se presenta ante quienes quieran enderezar la situación y recomponer el territorio para el disfrute de sus habitantes. Cada componente separado ha de volver a unificarse escapando del mercado, lo que tiene una traducción cultural, institucional y política. No sirven las actitudes voluntaristas e individuales, sino los movimientos de masas conscientes que luchen por nuevas formas de vida libres e independientes y organicen en esa dirección sus contrainstituciones. Lo que hoy llamamos industria, partidos, Banca, Gobierno, es solamente el bando de los vencedores, y precisamente por sólo ser un bando, se halla abocado a la decadencia; como además es el bando que dirige y toma decisiones, por eso es criminal y culpable. Su fin será el comienzo de otra época mejor o peor, eso dependerá de la calidad de sus enterradores, y, en general, de las ansias de libertad y autenticidad de las mujeres y los hombres que vayan a heredarla.