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19 mayo, 2015

El pluralismo cultural es una mentira

 Agustín García Calvo
Entrevistado por Cuaderno de Materiales


Bien, voy a recoger lo que en cada una de las preguntas parece traducible al lenguaje corriente y moliente, que es para mí el lenguaje de verdad, por oposición a las jergas políticas, filosóficas y demás, que no están hechas más que para el engaño todas ellas. De manera que, como me he enterado un poco de las cuestiones que tocáis, voy a intentar ir traduciendo al lenguaje vulgar, al lenguaje corriente y moliente, y no respondiendo tal vez a todo, pero sí a la mayor parte de esas cuestiones.

En lo referente al enunciado mismo de «pluralismo cultural», o simplemente del término «culturas» empleado en plural: esto es ya un engaño de raíz. El pluralismo cultural es una mentira, es una realidad; pero estas dos formulaciones que empleo no os deben chocar, porque la realidad es esencialmente mentira, esencialmente falsa. De manera que puedo decir muy bien que la verdad es que no hay más que una cultura, que por tanto, el pluralismo cultural es una mentira. Es una mentira real porque, efectivamente, si alguien me habla de la cultura bantú o de la cultura papú, yo sé que eso tiene su sitio en esta realidad. Es decir, sea en los museos, sea en los libros acerca de culturas africanas o polinesias, en el recuerdo de los exploradores del siglo pasado, en viajes incluso organizados para el conocimiento de esas culturas como parte del Ministerio de Turismo... de manera que están en la realidad. Pero claro, ya se ve que esto es mentira. Puede haber unas cuantas culturas, pero de verdad no hay más que una: no hay más que una que es ésta. Hay muchas maneras de comprobar la exactitud de esto, por ejemplo: la realidad está fundada esencialmente en el tiempo, en el manejo de un tiempo computado. Bueno, pues ya sabéis que la manera de contar este tiempo se ajusta en todo el globo al cómputo de los años y siglos a partir del nacimiento de Cristo, y esto desde Tokio pasando por los papúes y los bantúes hasta llegar acá de vuelta. El final del año y el comienzo de otro se celebra en todos los sitios del globo de la misma manera, es decir, según lo que está mandado desde aquí. La institución de la semana (esta institución fundada lejanamente en la creación del mundo por Jehová en el seno de este mundo) es igualmente común, incontestable en cualquier parte donde se presente. De manera que si hicieran falta pruebas más tremendas y catastróficas, apenas se podrían encontrar.

Efectivamente había restos, de los que tenemos noticia, de otras maneras de contar el tiempo, otros calendarios, otras maneras de empezar y terminar los años, otras maneras de contar los siglos, muchas de las cuales siguen subsistiendo por ahí vergonzantemente. Vergonzantemente, es decir, disimulando la sumisión a la verdad de esta invasión del tiempo de la cultura única por todas partes. Esto es, por tanto, lo primero que hay que ver con claridad, yo creo, para evitarse muchos discursos respecto a las diversas culturas y a la relación con la que unas veces se llama occidental, otras europea... da lo mismo: la única. Esta es la situación en la que estamos. Todas las otras culturas forman parte de ésta, y forman parte de ésta a través de la descripción científica, a través de la organización de museos, a través de la recogida del folklore; y forman parte de ésta precisamente para disimular esta invasión global y esta unicidad. Porque la realidad es así: nunca puede presentar descaradamente su cara verdadera (en este caso la de la invasión global), tiene que presentar la disimulada con cosas más o menos multicolores y diversas. Pero, por supuesto, a mí si me hablan de cultura popular me lanzo enseguida a ver en cual de los Ministerios del Estado del Bienestar se encuentra catalogada y situada la cultura popular. Si me hablan de cultura bantú o cultura papú, hago lo mismo: busco a ver en que página del anuario y del índice de los tratados científicos se encuentran la cultura papú o la cultura bantú.

A algunas de estas cosas hacéis alusión en vuestras preguntas de una manera, por desgracia, más culta, y por tanto más confusa, hablando de la competencia entre lo cultural y lo gnoseológico, y sugiriendo que sí puede haber una visión del mundo que es prepotente sobre las demás. Todo esto lo habéis sentido y expresado hasta cierto punto, pero es confuso y flojo. No es que sea prepotente y que no respete a las otras culturas: por el contrario, las respeta mucho. A través de eso, de la recogida del folklore y del cuidado por la apariencia de la diversidad cultural... Simplemente es mentira, es que cultura no hay más que una. Seguramente tenéis la tentación de emplear la palabra cultura de una manera muy benévola a través de vuestra argumentación. Hay que recordar una táctica que a otros propósitos he recordado muchas veces: cuando el poder se hace cargo de una palabra (que es lo mismo que una noción), lo mejor que puede hacer la gente de abajo es abandonársela al poder, no empeñarse en conservarle un buen sentido. Si el poder se ha apoderado de la palabra cultura, lo cual es evidente (en todo el Estado del Bienestar hay más o menos Ministerios de Cultura y demás), entonces, hay que dejársela a ellos. Y a las otras cosas que puedan quedar por debajo vivas todavía, a pesar de la cultura, pues no llamarlas cultura: llamarlas cualquier cosa, no llamarlas nada, que se hagan... pero cultura es la que ellos dicen, la que se dice en los libros editados para el perpetuo engaño y en los Ministerios de Cultura y demás.

Y es respecto a ella, respecto a la que digo que no hay más que una. Y que todo lo demás son intentos (a parte del disimulo que ya he explicado un poco) para conseguir que todo lo que pudiera quedar de vivo en danzas, en canciones, en pensamientos, en visiones del mundo diferentes de la cultura dominante, quede reducido al modelo y a los esquemas de la cultura.


Bueno, si os parece pasaré un poco a recordaros de donde viene esta unicidad, esta especie de monoteísmo cultural. Para ello tengo que recurrir a mis, no recuerdos, porque mi vida es muy breve, sino a mis recuerdos de la historia que me han contado desde pequeño, intentando, en esto como en lo demás, aprovecharlos y por otra parte darles la vuelta. Esta unicidad y esta tendencia a la uniformación cultural es algo que viene desde la primera formación de la que tenemos noticia cierta, que es la de los antiguos griegos. Surgió esa cultura, que es simplemente la nuestra desarrollada, en medio de otras muchas cosas (lo que acabó relegándose como Oriente), en la medida en que los helenos dieron en creerse que su lengua era la lengua, y que por tanto su cultura era la cultura, y se olvidaban de todo lo que habían recogido alrededor. Este dominio, en tiempos de Sócrates o de Pericles, era todavía muy imperfecto, pero ya vinieron enseguida los príncipes macedonios, que eran un poco forasteros y estaban perfectamente helenizados, y se encargaron de conquistar el mundo (conquistarlo no sólo con las armas, sino con la cultura, que era ya la única). Así se creó todo el mundo helenístico, como suele llamársele. Y eso era el mundo: lo ecúmene, lo habitado, lo cultural. Todo el resto eran bárbaros, gente que no hablaba la lengua que hay que hablar y que no podían esperar otro destino más que el que se les conquistara y, por tanto, entrar a formar parte del mismo esquema cultural. La vocación estaba ya muy clara, sobre todo desde los tiempos de Alejandro Magno.

Después, como sabéis, vino el Imperio Romano, y una cierta competencia por quién se iba a hacer cargo de la unificación, sobre todo con el intento de los orientales pasados a Occidente (es decir, Cartago), prestos a encargarse del mismo oficio. Pero Roma triunfó. Tenía que ser una la que triunfara y se fundó el Imperio Romano, para muchos siglos de paz, de muerte (que es a lo que suele llamarse paz). Bueno, pues el Imperio Romano fue el modelo de la cultura única, y se reprodujo el mismo esquema con apenas variantes. Así, a esta cultura única que hoy tenemos se la puede llamar griega, greco-romana, se la puede llamar europea o se la puede llamar occidental: cualquiera de los nombres es bastante inútil. Esta cultura, cuyo modelo en el Imperio Romano os he recordado, vino desde los Renacimientos en adelante a configurarse más o menos como Europa. Una Europa relativamente policroma y diversificada todavía, pero unificada, sobre todo, por el empleo de una lengua de cultura escrita única, que era el latín hasta bien avanzados los Renacimientos (el latín medieval, del cual todas las lenguas vulgares tendrían que sufrir la influencia). Y así se constituyó Europa, que únicamente progresó en el sentido que decía cuando se convirtió en una Europa de los Estados (España, Francia, Gran Bretaña...), que era el modelo político que el mundo necesitaba. El paso siguiente lo recordáis bien: es la Europa colonial, es Europa rodeada de todas las colonias de estos Estados fundados en su seno.

Este es el esquema que, más o menos, duraba hasta hace un par de siglos, donde ya el intento de unificación y de sumisión de todo a lo mismo estaba lo bastante claro. En el Estado del Bienestar la cosa ha progresado, en el sentido de que ha dado la vuelta al globo; y por eso aquello que todavía el siglo pasado a lo mejor tenía algún sentido llamar occidental, hoy ya no lo tiene. Porque, ¿qué vamos a hacer? A no ser que colocáramos los centros culturales de Kioto o Tokio muy muy al Occidente para mantener el nombre, de tal forma que entonces nos empeñáramos en mantener eso... Luego tendríamos que incluir a los chinos, que los pobres están entrando bajo el aro de una manera no sólo declarada, sino además cada vez más rápida, como está mandado. De manera que después de recordaros que la vocación de esto arranca desde que nuestros recuerdos históricos se hacen relativamente firmes, tenéis cómo se ha llegado a esta invasión: el procedimiento es la asimilación de todo, cualquier cosa diversa tiene que hacerse la misma, manteniendo, como os decía antes, algo de la apariencia y diversidad, precisamente para que la unidad quede más definida.

En una de vuestras preguntas ampliáis la cuestión del ámbito, que podría llamarse propiamente cultural, donde se supone que se encerrarían desde las filosofías del mundo, de la gnosis, de la visión del mundo, a las músicas, las artes plásticas, y todo el resto de lo que suele regir un Ministerio de la Cultura, para extenderlo también a lo económico. Está muy bien que hayáis hecho ese salto, pero conviene verlo también con claridad: en el Estado del Bienestar, éste que estoy describiendo como una única cultura, la diferencia entre la economía y la cultura es de por sí también engañosa. Todo el mundo sabe que en este Estado del Bienestar (al cual más de una vez he descrito como prostituto, como un Estado de la prostitución) no hay mucho lugar a la diferencia. Todo el mundo sabe que la cultura es dinero, de una manera o de otra. Todo el mundo sabe el juego que la economía cumple en los cuadros. Todo el mundo conoce a los potentados norteamericanos, o más bien ahora japoneses, comprando cuadros de impresionistas del siglo pasado para encerrarlos como inversión en sus cajas fuertes, por poner un ejemplo entre otros muchos: es dinero, la firma es dinero en la medida que el comercio la promociona; y todo el resto de la cultura es dinero igualmente, mueve capital que es de lo que se trata, de manera que la economía escultura. En realidad he mostrado que la cultura es economía pero, por supuesto, esta relación dialéctica tiene que cumplir en los dos sentidos: la economía es cultura. ¿De qué cosa se habla más y se discurre más que de los movimientos de capital?, ¿qué cosa entretiene más que las páginas de los escándalos financieros en los Estados del Bienestar? Eso es cultura. Es cultura porque he llamado cultura a lo que se debe, a lo que ellos mandan, de manera que cultura es la televisión, cultura es la prensa sumisa, cultura es la edición de la mayoría de los escritos (lo mismo de orden artístico que de orden filosófico o científico), y todo ello, por supuesto, está incorporado a la economía sin la menor duda.

No es que esta relación entre el poder y la cultura sea nueva, es que, como en todo lo demás, se ha perfeccionado, ha llegado a su extremo. Cuando uno trata de imaginar la prehistoria, uno imagina ya, junto al reyezuelo de la tribu, siempre al mago, al Ministro de la Cultura. Porque claro, esta relación no ha hecho sino perfeccionarse hasta la unificación. De manera que, no sólo es que las culturas del sudeste asiático, del centro africano y de los restos de indios americanos sean simplemente una parte de ésta y de sus Ministerios, sino que también, los varios Ministerios en el Estado del Bienestar son, a su vez, una diversidad que sólo se mantiene para entretener. Todos los Ministerios no son más que uno, que es el Ministerio que se puede llamar de la Economía y la Cultura (tratando de confundir los dos términos, porque no sólo la cultura es economía sino que la economía es cultura), de manera que cuando antes, recordando un recuerdo de la historia, os he presentado la invasión desde el centro sobre los bárbaros, y os he hablado de las armas y de las letras, pues esto tenéis que aplicarlo al resto de la evolución. La invasión es siempre al mismo tiempo una invasión militar (que no quiere decir otra cosa que económica, porque la política está al servicio del dinero y de su desarrollo). Al mismo tiempo militar y al mismo tiempo cultural. Esto debe haceros parar un momento a pensar en el inmenso poder económico y militar de la cultura. No en vano, en el Estado del Bienestar, en todos los Estados bien desarrollados, no hay un Ministerio que se pueda comparar en poder, en el manejo de millones, que el Ministerio de la Cultura, con la educación y todo lo demás. Cuando Alejandro o Julio César conquistan, yendo sobre los bárbaros, están como siempre llevando un gramático-filósofo al lado, que es el que se va a encargar de verdaderamente establecer esa asimilación de todo lo diverso y esa sumisión a lo mismo.

De manera que esto puede que os ayude, no sé si a aclarar, pero a no engañarse demasiado en el planteamiento de las relaciones entre el dominio económico y el dominio cultural. Fijaros bien en los últimos restos de otros pueblos que pudieran haber habido en cualquier isla perdida de la Polinesia, en cualquier rincón de una selva de Centroamérica o del centro de África: no les queda ya más que una condena, una promesa de un futuro inevitable, que es el quedar incorporados a esta cultura única. ¿Cómo se cumple esta condena de los últimos restos de pueblos que pudiera haber por el mundo? Pues se cumple, especialmente, a través de los medios culturales, a través de la televisión, que es lo primero que se lanza hacia ese rincón de la selva. Es decir, que se engendra un ideal incluso en los muchachos y en las mujeres de estos restos de pueblo. Se engendra lo primero un ideal, que es aspirar a la democracia, al confort de los bienes de consumo; cualquier tontería de esas, pero que, en cuanto ideal, está actuando ya allí mismo, y está sirviendo para que efectivamente, después, que lleguen los militares y los banqueros sea casi como levantar acta. En realidad, la asimilación estaba cumplida en el momento en que allí ya había penetrado este ideal y estafa única.


Es importante también, respondiendo otra de las cuestiones, volver a preguntarnos ahora cuáles son las actitudes que la cultura griega, greco-romana, europea, occidental, ha tenido para convertirse en eso: en la única, en la invasora del globo. Habría que evitar decir muchas de las tonterías que dicen los libros respecto a caracteres de esta cultura frente a las otras porque, si uno plantea la cosa así, ya se está equivocando. Pienso que es mucho más verdadero intentar plantearlo de otra manera. La fuerza de esta cultura, desde los antiguos hasta la actualidad, es de orden paradójico, lo que ha hecho que sea la más fuerte y la invasora, y haya llegado a conquistar los cuerpos y las mentes del mundo entero: es que era (como a lo mejor os dicen en algunos de vuestros libros) más flexible que cualesquiera otras. Ya los griegos antiguos eran, en cierto sentido, más flexibles que los babilonios, que los asirios y que el resto de los pueblos, como los egipcios incluso y, desde luego, los europeos eran más flexibles que los chinos y que cualquier otra cultura más o menos dominada por la magia o por las fes primitivas. Y así ha seguido siendo, y es en eso que he llamado provisionalmente flexibilidad en donde veo que, de manera paradójica, está la fuerza.

Voy a intentar aclarar eso de la flexibilidad. Esta condición quiere decir la capacidad para volverse sobre sí mismo, contra sí mismo. Y ésta es la paradoja que quería presentaros ahora. De forma que está claro que, si por ejemplo, España desde el Imperio para acá es algo esencialmente desgraciado, sometido a la idiocia, a la fe ciega, por eso se ha impuesto. Hay que decir que, sin embargo, en la entraña de ese poder estaba una cierta capacidad de mucha gente por acá para insultar a España, maldecir de España, y descubrir a cada paso todos los males que le venían encima. Hasta que se acabó de derrumbar el Imperio duró una cierta capacidad de mucha gente para desechar la mentira (la mentira del Imperio, del poder). Estos hombres, que tratan de reducir la historia bajo esa fecha, parece que se distinguieron bastante en ese sentido: saber maldecir de España, es decir, descubrir de alguna manera la mentira. La capacidad para maldecir de su poder y descubrir la mentira que oprime a una cantidad de gente, por no hablar de un pueblo, es lo que paradójicamente viene a convertirse en una fuerza, en la medida que el poder lo asimila para extenderse en forma de Imperio o de otra manera cualquiera. Esto tal vez en los antiguos griegos se ve más de cerca. Al mismo tiempo que la aspiración a la hegemonía (por ejemplo, de los atenienses), al poderío militar de Esparta, a la ya universalidad de Alejandro y demás, estaba latiendo siempre, por lo bajo, entre gente de nombre y entre gente sin nombre, una especie de capacidad para reírse de todo aquello, una especie de capacidad para descubrir la mentira. Diógenes Laercio recuerda a Diógenes el Cínico con aquella petición de «¡que no me quites el sol!». Frente a toda la idea del poderío de la importancia de hacer historia que en Alejandro Magno estaba representado está, por ejemplo, un Cínico que es capaz de reírse de todo aquello; es decir, descubrir por lo bajo su mentira y decir: «de momento a mí... que te quites de ahí, que no me quites el sol». Ahí está la paradoja, es eso lo que una vez asimilado por el poder, asimilado desde arriba, se convierte en una fuerza incomparable.

De manera que ahora mismo, aquí, en este aula, metidos en un rincón de la Sociedad del Bienestar, estamos en la misma situación paradójica: os estoy hablando contra ello, y vosotros, ya antes de venir aquí, estabais, como es evidente por vuestras preguntas, pensando y sintiendo contra ello, contra esta invasión de la cultura única. Bueno, esto lo hacemos gracias a que seguimos heredando por acá abajo, de vez en cuando, esta capacidad para volverse contra uno mismo, para denunciar la mentira de uno mismo. Al mismo tiempo, estamos preparados para saber que esto es lo que en cualquier momento puede traducirse en una fuerza militar y económica incomparable con cualquiera otra. No hay por qué ocultárselo, así ha sucedido una y otra vez, y así puede suceder en cualquier momento.¿Qué es efectivamente lo que hace, en este momento, el inmenso poder del Estado del Bienestar?, ¿el que lo extiende por todas partes, el que hace jugar al globo entero en esta especie de ciclo económico cultural, representado por la red informática universal?, ¿lo que, hasta los últimos rincones que puedan quedar por ahí, lleva este ideal como una aspiración que se presenta como la única posible para cualquier resto de salvaje o de desconocido que por ahí quede? ¿Qué es lo que lo hace? Pues que seguimos siendo muchos los que somos capaces de sentir la mentira de esto y decirlo, con más o menos habilidades. Triste, a lo mejor, pero fijaros bien: si la cultura se redujera solamente a la cultura oficial (es decir, la que os ofrecen la televisión y la prensa sumisa y la inmensa mayoría de los libros, no sólo de novelistas sino de filósofos, científicos y demás) correría el terrible peligro de resultar tan aburrido, tan repetitivo, que no habría ya Cristo que lo aguantara y, por tanto, perdería justamente su fuerza de imponerse. Es verdad que la gente, por desgracia, aguanta mucho: sigue viendo las mismas idioteces en la televisión todos los días, sigue comprándose un libro tras otro de gentes, de artistos o pensadores o poetos que les van a decir lo mismo. Pero se supone desde ahí arriba que no tanto, que si toda la cultura consistiera en lo que mayoritariamente consiste, que es en la imposición de la idiotez, en la imposición de la fe (la fe en el dinero, en el poder, en que la realidad es la realidad y ya no hay más), correría el peligro de no ser lo bastante eficaz. Entonces ya veis, cosa tan triste: vosotros sois la sal de la tierra. Tiene que haber algunos que de verdad sintamos y de verdad pensemos un poco, de vez en cuando. Que a pesar de todo digamos cosas que intenten ser de verdad, por tanto, que inevitablemente sean una denuncia de la cultura impuesta. Seguimos habiendo muchos, bastantes, de los que no están del todo conformados, pues todavía nos permitimos seguir sintiendo algo de esa mentira y hasta diciéndola con más o menos habilidad. Por un lado, nos revolvemos contra esta imposición de la mentira universal, por otro lado estamos dentro de la cultura (estamos en un aula de un centro del Estado del Bienestar), y al hacerle todo el mal que podemos, al denunciar lo más claramente su mentira, estamos haciéndole el mayor bien, dándole las mayores fuerzas, porque sólo gracias a eso puede evitar que la fe impuesta sea un aburrimiento: tiene que pensarse que hay diversidad.


El Estado del Bienestar, la forma más perfecta de sumisión del pueblo que conocemos, que es la democracia desarrollada, cuenta por supuesto con la diversidad. ¿La cultural de la que hemos hablado? Sí, pero sobre todo, la diversidad de la cultura de cada uno de vosotros. Éste es el punto grave. No es sólo que se os quiera hacer creer que hay una cultura bantú y una cultura papú, es que se os quiere hacer creer que hay una cultura tuya, de fulano y de mengano, es decir, que cada uno tiene su gnosis, o como ellos dicen, su ideología (que en definitiva es lo que los políticos suelen llamar opinión, la opinión personal). El régimen pesa sobre nosotros, mata al pueblo, sobre todo por este procedimiento, el de creer que cada uno sabe lo que sabe, tiene su cultura, tiene una opinión personal, tiene una fe y una creencia que le es propia y casi constitutiva. Sólo sobre esto puede mantenerse, porque si no, rápidamente veis que ni los supermercados, ni las votaciones de los políticos podrían funcionar. Esta es la diversidad con la que el régimen cuenta, pero dentro de esta diversidad está esta otra diversidad en la que os había querido hacer parar mientes, la diversidad que consiste no en una opinión personal entre las opiniones personales, sino en la subsistencia de algo común, de algo del pueblo que es capaz todavía de sentir y de denunciar la mentira de la cultura y volverse en bloque sobre la mentira de la cultura. Esto, desde luego, es una diversidad que no es como las otras, no se trata de mi opinión: nada de lo que os he dicho es mi opinión personal, no es más que sentimientos y recuerdos que me vienen de abajo. No se trata de opiniones: es una manifestación de que, a pesar de todo lo dicho, el régimen no ha llegado a una perfección totalmente cerrada, y quedan siempre resquebrajaduras y posibilidades de que podamos sentir y pensar un poco en común, no personalmente, sino en común.

Entonces, ¿qué pasa con esto que estáis haciendo, con esto que he estado haciendo este rato mientras os hablaba? Bueno, pues se abre, efectivamente, o un destino, o una falta de destino: el destino es que aquéllo se convierta en una opinión personal («¡hombre, las teorías de fulanito!»). Entonces, la asimilación cultural es ya perfecta, aquéllo que había de más vivo, de más común, ha quedado inutilizado y asimilado a la cultura, y de esto es de lo que la cultura saca el principal poder. Lo otro es la siempre posible falta de destino: que no quede, a pesar de todo, asimilado, y que siga efectivamente denunciando esta imposición universal de un modelo único de pensamiento y de sentimiento. De manera que a este juego es al que estamos jugando, y a esta situación paradójica nos arriesgamos... me arriesgo. Y yo creo que, cuanto más a sabiendas nos demos cuenta de cómo es este juego, de ambiguo y de peligroso, pues mejor o, por lo menos, menos mal.

CRAVAN EDITORES http://www.contranatura.org





15 abril, 2015

A veces veo Gatopardismos

martes, 14 de abril de 2015


Al sistema se la repampinfla el bipartidismo existente. Cuando este deje de resultar sostenible y útil para salvaguardar los privilegios de las élites, lo enterrarán igual que han hecho con el monarca campechano o el virrey de Catalunya -Jordi Pujol-. Hemos visto como Podemos subió como la espuma gracias en gran medida a su presencia mediática, pero se acabó la broma, hasta aquí habéis llegado muchachos. Ahora es Ciudadanos quien goza de proyección mediática. ¿Serán Podemos y Ciudadanos los nuevos PsoE-PP?

Podemos es como la válvula de seguridad de una olla express; impide que la olla reviente liberando la sobrepresión.

El régimen debería dar las gracias de que Podemos exista y acepte sus amañadas reglas de juego canalizando la frustración y la ira de los desposeídos.

Del revolucionario "No nos representan" de las inflamadas plazas, hemos pasado a una esperanza electoral reformista que ha vaciado las calles desarbolándolas de activistas, ahora comprometidos en Podemos-Ganemos.

¿Qué pasará si estas nuevas fuerzas políticas no logran ganar las elecciones?, ¿y si ganan y no pueden implementar sus medidas?, ¿cómo gestionar tremebunda decepción?, ¿cuánto tardarán en convertirse en sistémicas, tal cual les sucedió a las organizaciones de izquierda que les precedieron y tanto aborrecen?

¿Qué estaría pasando ahora si estas iniciativas electorales no existiesen? Quizá hubiese aumentado la presión en la calle y con ello también la represión de la misma, y… Quién sabe si en tales circunstancias no hubiese caído ya el gobierno.

No, no me ilusiona un cambio basado únicamente en las urnas. Es cómo una película que ya hemos visto demasiadas veces y conocemos su final.
Y siento las calles tan vacías...


09 diciembre, 2012

DE HORRORES LUCRATIVOS E IDENTIDADES COMBATIVAS - Miquel Amorós



Son tales las devastaciones que provoca el crecimiento económico que la sociedad capitalista moderna se caracteriza más por lo que destruye que por lo que crea. Ninguna obra se puede comparar ya con las ruinas que causan sus necesidades. Eso significa algo obvio, a saber, que la sed de beneficios que guía el sistema productivo, y por ende, el modo de vida que conlleva, se apaga con una avalancha de perjuicios para la población, que van desde los riesgos para la salud (la contaminación origina la cuarta parte de las enfermedades) hasta los destrozos ambientales.

La destrucción ha alcanzado un grado tan elevado que el contraste entre intereses privados y estragos públicos se hace visible hasta para los más rezagados. Es entonces cuando desde las instancias del poder hablan de conflicto ambiental o territorial, de cultura del no o de gobernanza interactiva. Los problemas laborales hace tiempo que dejaron de ser fuente de preocupación de los dirigentes, tal y como demuestra el hecho de que más del 40% de los trabajadores gane menos de mil euros, y eso se debe a que, bajo la amenaza de la precariedad y la exclusión, los mecanismos de control e integración funcionan perfectamente. No ocurre así en otros ámbitos, ya que el fracaso del ecologismo político permitió que la cuestión social, expulsada de los barrios y las fábricas, emergiera en las luchas mal llamadas ambientales, y particularmente, en la defensa del territorio, sin la contención y dispersión de la “democracia participativa”.

A pesar de todo, dicha emergencia no ha sido tan apabullante como para producir un fenómeno de conciencia generalizado, y a las luchas les queda todavía un largo tramo por recorrer.

No es pues el peligro de un movimiento social nacido de la defensa del territorio lo que ha sembrado inquietud entre los dirigentes, sino el hecho de que el desarrollismo, basado principalmente en la especulación inmobiliaria, ha desembocado en una crisis financiera de la que se piensa salir con un cambio de paradigma: la economía “verde”, o sea, el desarrollismo “sostenible”.

Pero la “sostenibilidad” desarrollista exige un grado de colaboración popular que en otro tiempo el régimen arbitrario vigente no juzgaba necesario. Por eso, si los defensores de un modo de vida respetuoso con la naturaleza habían tropezado siempre con las maneras paternalistas y autoritarias de la administración, ya que ésta había heredado el personal técnico, los programas y los modos de la pasada dictadura, y sobre todo, porque los designios de los promotores y financieros a cuyo servicio estaba no admitían trabas, ahora que el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, el cambio climático, el agujero en la capa de ozono y una previsible escasez de combustibles fósiles ponen en marcha un nuevo ciclo “verde” con la perspectiva de formidables ganancias, se requiere un proceder aparentemente más dialogante. De ahí la relativa atención que despiertan las asociaciones de vecinos y las plataformas cívicas, sobre todo las más moderadas y acomodaticias. Los intereses de la dominación apuntan menos a las “marinas” y los campos de golf que a las energías renovables, los coches híbridos, el reciclaje de residuos y la arquitectura ecológica, pero como la construcción de infraestructuras gigantescas, la siembra de transgénicos y las destrucciones van a continuar, la desactivación de las inevitables protestas vuelve ineludible el trato con los contestatarios.

Así pues, al menos en boca de los dirigentes más sensibles a los nuevos intereses de la dominación económica, el lenguaje del orden cambia de vocabulario porque ya no tiene por qué negar la existencia de conflictos, sino aceptarlos como algo habitual y administrarlos; por consiguiente, deja de tildar de egoístas, subversivos y enemigos del progreso a los que protestan contra la devastación y el despilfarro. Para dichos dirigentes, las luchas territoriales son irremediables, pero fáciles de reconducir mediante técnicas de participación y consulta adecuadas, a saber, mediante la “democracia participativa”, cosa que con anterioridad muchos afectados reclamaban, lo cual no evita la “tolerancia cero” frente a los conflictos irrecuperables, como por ejemplo la lucha contra el TAV en Euskal Herria.

Dada la “crisis de confianza” en las instituciones y los partidos, reflejo de la incompatibilidad extrema entre el capitalismo global y las formas democráticas burguesas –tal como demuestran por ejemplo la comunicación unilateral, la supresión del espacio público y del desarrollo de leyes de excepción–, los enemigos “antisistema” de ayer, han de ser los colegas colaboradores del mañana. El arsenal punitivo contenido en los códigos penales de “la democracia” no contradice esa descriminalización aparente de la protesta; actúa como reserva disciplinaria ante los posibles desbordamientos, cubriendo legalmente la represión cuando el civismo no funciona. Las necesidades de control se han visto multiplicadas al convertirse los centros de las ciudades en lugares exclusivos de consumo, proceso que aspira a abarcar la totalidad del territorio. El nuevo régimen puede seguir llamándose democrático mientras instaura legalmente un estado de excepción discreto que facilita la represión no sólo de los disidentes políticos, sino de grupos enteros de población que rechacen integrarse como consumidores obedientes en el sistema económico y no transijan con sus depredaciones. La misma necesidad de pacificación y rentabilización del territorio que hizo tratar de alborotadores, delincuentes y marginales a sus defensores, cuando el capital ejercía sus derechos de conquista, es causa de la solicitud con la que estos mismos son considerados cuando lo que conviene es fijar el costo ambiental y social del territorio-mercancía. Ese cambio de política es consecuencia del cambio de los intereses capitalistas en la etapa correspondiente a la artificialización y consumo del territorio, la de la constitución del territorio-empresa. Los dirigentes buscan el apoyo de los sectores más retrasados y menos combativos surgidos en la lucha, todavía poco desarrollada, y por lo tanto, no suficientemente consciente de la incompatibilidad absoluta de sus objetivos con los del capital. ¿Cómo va a suceder? Pues como siempre, primero, atrayendo a las comisiones negociadoras a un puñado de representantes separados de las estructuras horizontales establecidas en el origen de las luchas, de forma que éstas pierdan el control de sus delegados, y, por consiguiente, el de sí mismas. Y segundo, aislando y reprimiendo sin contemplaciones la oposición consecuente. El trato con el poder corrompe, y los dirigentes lo saben perfectamente.

Su oficio es el más viejo del mundo. Para liquidar la lucha antidesarrollista y la defensa del territorio e integrar a los habitantes afectados en la gestión verde de la catástrofe, sus supuestos representantes han de recorrer el vergonzoso camino que tiempo atrás emprendieron los sindicalistas. Si antaño fue el trabajar, el habitar es hoy la forma básica que reviste la explotación, y por lo tanto, la que mejor define la proletarización. Proletario es un habitante al que hay que
reeducar constantemente en el consumo y seducir con la participación. Y como bien enseña la historia reciente, en los suburbios de París, en Génova, Atenas, Berlín o Barcelona, cuando la seducción no resulta porque la autonomía de la esfera política es imposible bajo la globalización y sus efectos son puro espejismo, guerra sin cuartel a quienes exclaman como en el cuento que el rey está desnudo, rehusando corromperse en la colaboración con el capital y el Estado. Hay leyes de sobra para eso.

La democracia formal burguesa se basaba en la formulación de un interés público por parte de mediadores políticos al que se subordinaban los intereses privados, que en lo relativo al territorio se plasmaba en un plan de ordenación, del cual se deducían reglas y leyes duraderas, que se aplicaban en nombre de aquél. Otra vuelta de tuerca capitalista, el desarrollismo, modificó el sistema en profundidad. La individualización consumista hizo añicos el principio de autoridad, las estructuras disciplinarias de la sociedad como la familia, la escuela o la iglesia entraron en quiebra y el paternalismo político quedó inservible, no dejando más salida al poder establecido que la policía, los tribunales y la cárcel. En lo sucesivo, la decisión se hizo más técnica, dependiente de los expertos, y se financió con capitales privados, cosa que favoreció el dominio de los intereses empresariales en los asuntos públicos, cuya progresiva influencia hizo desaparecer incluso la noción misma de interés común, desacreditando completamente a la política. La nueva gestión del territorio, determinada cada vez más por los intereses privados, principalmente los de los promotores inmobiliarios y el capitalismo verde, no podía quedar atrapada en las normas de un plan general. Así se generalizó la excepcionalidad en las leyes y los planes: rectificaciones, planes parciales, planes de actuación urgente, “proyectos”, “respuestas multifuncionales”, etc.. Se trataba de disponer de una ordenación a la carta, compatible con cada interés particular, que hiciese caso omiso de disposiciones anteriores cuando éste resultaba perjudicado; una ordenación que buscara resultados económicos inmediatos, rentabilizando al máximo todo el territorio. Este cambio tan brusco de situación, ocurrido sólo en dos decenios, lesionó gravemente los intereses colectivos realmente existentes y creó conflictos por doquier.

Como la resistencia a la devastación no podía pararse únicamente con la represión, los nuevos “gestores” del territorio se vieron forzados a cambiar de táctica. Así, del Estado penal nació la “democracia participativa”. Los dirigentes modernistas asumían la desaparición del interés común porque la aplicación de la normativa vigente perjudicaba los intereses privados que representaban, y por consiguiente había que dejarla en suspenso o derogarla, pero eso legitimaba el conflicto tanto como les restaba a ellos legitimidad. Así que, en lugar de tratar de imponerse en nombre de dicho interés al que se suponía representaban en virtud de resultados electorales, tenían que reconocer el conflicto primero, y después, negociar caso por caso con interlocutores ad hoc que se prestaran a ello. La negociación finalizaba no con el establecimiento de una nueva norma, sino con algo parecido a la firma de un contrato. La participación, a la que se dejaba bien claro que no sustituía la “democracia representativa”, es decir, el sistema burocrático parlamentario de partidos, no era otra cosa más que el complemento necesario de un aparato político-administrativo que no podía ni detener la destrucción del territorio, exigida por el crecimiento económico, ni lograr el consenso en nombre del bien común, puesto que su propio funcionamiento lo volvía informulable. La participación o “gobernanza” territorial, al fijar los “límites democráticos” del conflicto, venía a concretar las tareas de la represión delimitando sus respectivos terrenos. Así pues, lejos de acarrear una democratización por leve que pudiera ser, lo que significaría la recuperación del espacio público, donde se discute y se toman decisiones colectivamente, sucede todo lo contrario, tal como confirma el endurecimiento punitivo de la legislación y la proscripción práctica de las manifestaciones, las concentraciones, los debates públicos, las asambleas y la información objetiva.

Por desgracia para la clase dominante, tender puentes no es tan fácil como firmar hipotecas. Las buenas intenciones de los dirigentes para con el futuro no bastan para desactivar el conflicto territorial, puesto que las causas que lo provocaron siguen bien presentes. No estamos en otro escenario; a lo sumo el capitalismo prepara otro escenario, pero no ex novo, sino apoyándose en las viejas actividades productivas. Los nuevos intereses no han venido para suprimir los antiguos, sino para prolongarlos y ampliarlos. Los dirigentes no pretenden pues enmendar los horrores del viejo sistema productivo, que fundamentalmente no ha cambiado, y, por consiguiente, menos aún detener el inmenso despliegue de medidas penales así como la construcción de cárceles y campos de internamiento; lo que quieren es compatibilizar tales horrores con el nuevo rumbo de la dominación.

No se trata entonces de acabar con el modelo clásico de desarrollismo, basado en la fusión de los intereses económicos privados, políticos y administrativos y responsable de tantas atrocidades, sino de ponerlo al día, de “redimensionarlo” gracias a una reestructuración ecológico estatal de la economía.

Esta milagrosa reconversión no anula la degradación precedente, poniendo _in al urbanismo salvaje y la depredación del territorio, es decir, a las macro infraestructuras del transporte, a las centrales nucleares y térmicas, a los embalses y trasvases, a las incineradoras y vertederos, a los puertos deportivos y las pistas de esquí, a la construcción de líneas eléctricas MAT o de nuevas prisiones... Lo que sucede es precisamente lo contrario; el ecologismo capitalista y su seudo democracia “participativa” pretenden preservar dicha degradación –no hay que olvidar que es el único modo de acumulación del que dispone el capital–, sólo que con la imagen lavada. La apertura de nuevos mercados está en juego: el de la emisión de gases, el de los vertidos al mar, el de las basuras, el de la ecoautomoción, la ecoedificación, la alimentación biológica, el turismo rural, las renovables, la punición alternativa, etc. El lucro privado requiere ahora un nuevo desarrollismo –“un nuevo modelo productivo”–, una nueva política, un nuevo lenguaje, un aparato represivo más sofisticado, y, para acabar, otro tipo de horrores programados, pero esta vez apostando por la regulación del mercado financiero, por técnicas nuevas de ecología industrial, por monumentales inversiones y una reeducación de masas en las innovaciones tecnológicas y el consumismo de nuevo cuño. Tales tareas sobrepasan la capacidad del mercado; se necesitan medidas que sólo están al alcance del Estado.

Como sucediera con el fascismo, el Estado autoritario se erige en remedio de las perturbaciones inherentes al capitalismo. Que los intereses que determinaban sin réplica ayer nuestras vidas sean los mismos que siguen haciéndolo hoy, es una trivialidad que resulta extremadamente evidente en lo que respecta al territorio.

El objetivo de las sucesivas leyes del suelo y de las leyes urbanísticas era su mercantilización total, lo que dio no sólo carta blanca a la extensión ilimitada de las conurbaciones o la culminación del desastre litoral, sino la urbanización difusa de los espacios naturales y rurales, al alcance de las hordas urbanas gracias a la motorización generalizada. En apenas dos décadas el territorio peninsular fue completamente banalizado, y cualquier singularidad, aniquilada, bien por su degeneración pura y simple en solar, o bien por su conversión en mercancía ambiental. El colapso del mercado hipotecario puso fin a un negocio lucrativo que además actuaba como motor principal de la economía, pero hoy todavía los promotores privados siguen planificando las áreas metropolitanas, ordenando el territorio y determinando los usos del espacio. Así, con el cambio de tendencia anunciada por el agotamiento de las políticas neoliberales y la crisis financiera, han nacido o nacerán nuevas leyes y planes para los barrios, el paisaje, los riesgos naturales, la información geográfica, la costa, las infraestructuras de toda clase, etc., que anuncian un planeamiento distinto y establecen nuevas condiciones para el mercado inmobiliario y el ocio verde. El negocio no se interrumpe, sino que se traslada de la construcción propiamente dicha a la rehabilitación, el aislamiento de edificios y el acondicionamiento paisajístico, mientras que la motorización se propulsa un poco más con los agro combustibles o los motores eléctricos. La diferencia con la situación anterior es que en este nuevo ciclo de la acumulación de capital el Estado recupera el papel principal. Todas las decisiones, de la renovación del parque automovilístico al retorno a la energía nuclear, de la introducción de nuevos OGM en la dieta alimentaria al trazado de la alta velocidad, exigen ahora “un pacto de Estado”, y, como corolario, nuevas leyes y disposiciones que regulen su cumplimiento.

La adopción del léxico ecologista por parte de los empresarios acompaña lógicamente el proceso, porque ahora el lenguaje del ecologismo es el leguaje de la política y, por lo tanto, el idioma de los negocios. Pronto lo será de la pedagogía y de la jurisprudencia.

Sin embargo las palabras no logran disimular los hechos. Como ya hemos apuntado, los viejos proyectos vandálicos continúan impertérritos su tarea destructiva codo a codo con los nuevos, pero dicha tarea se autocalifica “verde”. Los intereses dominantes siguen siendo los de la clase dominante, aunque legitimados como asuntos de Estado y como protectores del medio; tras el AVE, las líneas MAT, os trasvases y las autopistas previstas por el PEIT o los planes de carreteras autonómicos se manifestaban poderosos intereses empresariales y financieros, los mismos que ahora promueven los parques eólicos, las desaladoras o las centrales fotovoltaicas. Bajo la norma neoliberal, la política no era más que un negocio particular; según las nuevas reglas, el negocio es pura política. La nueva normativa no anula la anterior sino que la conserva maquillada; en consecuencia, tal como hemos dicho, a los horrores antiguos se les añadirán los de nueva factura y al final, ante la mirada atenta de los agentes del orden, con la tutela estatal y el compromiso de la “ciudadanía”, tendremos aberraciones de todos los colores. La participación “ciudadana” no alterará nada esa realidad, pues en las condiciones presentes es un simple aspecto de los negocios y su función no es otra que la de desmovilizar. Uno puede entrar en los despachos y creerse que está “refundando” un sistema más justo y democrático, cuando en realidad está poniendo su grano de arena a una “sociedad de control”, como dicen los aprendices de brujo que han leído a Foucault. En un régimen efectivamente autoritario, lo democrático es sólo un momento de lo represivo.

Con mayor frecuencia que hace dos décadas, los defensores del territorio, incluso los que se ciñen a la protesta “cívica”, es decir, simbólica e ineficaz, hablan de un modelo alternativo de ordenación territorial, basado en la reducción de movilidad en vehículo privado y el desarrollo del transporte público, en un reequilibrio campo-ciudad, en el consumo “responsable” y en una “nueva cultura del territorio”. Propuestas tan sugerentes como vacías, puesto que lo que buscan es una fórmula imposible de compromiso entre la preservación del territorio y la expansión metropolitana, o lo que viene a ser lo mismo, la economía mundializada. Ninguna ley protectora, ni ninguna subvención estatal, como tampoco ninguna concertación política, sería capaz de garantizar la integridad territorial manteniendo al mismo tiempo el territorio dentro del mercado, o dicho de otro modo, ningún capitalismo podría funcionar globalmente sin tener a su disposición el territorio en su totalidad. Entre los hombres de negocios (políticos incluidos) y la defensa del territorio no hay espacio suficiente para el diálogo, pues los intereses respectivos son diametralmente opuestos: si hay negocio es a costa del territorio; si hay beneficio territorial es a costa de las pérdidas del lado capitalista. Y de una oposición radicalmente irreconciliable solamente surge el conflicto. Los defensores del territorio pues, han de asumirlo: no han de dialogar, sino combatir. No han de escoger entre la palabra o la acción, sino entre la defensa o el ataque. Las luchas son y serán locales, pero los combatientes no se enfrentan simplemente a especuladores de cuarta categoría o a políticos venales de la vecindad.

Apenas el conflicto territorial se generalice, quedarán al descubierto los lobbies del asfalto, la alimentación, la distribución, el ocio o el petróleo, bien protegidos por el Estado. Al avanzar en sus propósitos, la defensa del territorio –de los huertos tradicionales, de los bosques, de los espacios libres, de los ríos, de la fauna, de los oficios y conocimientos ancestrales, de sus costumbres, tradiciones e historia, etc.– con sus prácticas antiautoritarias revela tanto una irremediable quiebra institucional como la incompatibilidad entre una vida arraigada y libre de apremios y la globalización económica. Pues las monstruosas conurbaciones y la desaparición del mundo rural son su consecuencia, y la agricultura transgénica industrial, el medio adecuado para alimentar tales engendros. Lo mismo podemos decir de los pantanos, las centrales, las autopistas, los mega puertos, aeropuertos y TAVs: son las estructuras que mejor se corresponden con el abastecimiento de agua y energía o con la movilidad de las personas y la circulación de mercancías propias de los áreas metropolitanas. Es del todo evidente que el equilibrio territorial, la recomposición a partir de sus fragmentos, no se logrará más que con el desmantelamiento del aparato productivo, la desurbanización y la abolición del Estado, tareas históricas auténticamente titánicas, que han de orientar la lucha antidesarrollista y la defensa del territorio bien lejos de una “gestión trasversal”, tal como reivindican los dirigentes creativos y sus cómplices ciudadanistas de las plataformas.

Estamos ante un enfrentamiento entre la metrópolis y el territorio que pretende colonizar, y por ironía de la historia, la causa de la libertad, la razón y el deseo ha abandonado las ciudades, o mejor dicho, lo que antes fueron ciudades, para refugiarse en el campo, lo que antes fue campo, y lanzar desde allí, con el concurso nihilista de los excluidos del suburbio, el contraataque contra las fuerzas antihistóricas domiciliadas en las conurbaciones. Lejos de los centros comerciales, y por lo tanto, lejos de la mercantilización del vivir y de la estatización de la existencia, el tiempo y el lugar recobran algún sentido y permiten a los individuos recuperar la memoria y cooperar contra la sinrazón capitalista, construyendo, si se rebasa el horizonte plataformista, una nueva identidad de explotados anclada en el territorio, luego en su condición concreta de habitantes, no en la condición abstracta de ciudadanos. Dicha identidad no ha de aspirar a proporcionar un marco más regulado al mercado de la vivienda y del suelo, sino a abolir cualquier relación mercantil; tampoco pretenderá complementar el régimen tecnocrático que gusta en llamarse “democracia” cuando no es más que totalitarismo disimulado, sino sustituirlo por una verdadera democracia de base, horizontal, directa, autogestionaria. No será el estandarte de un nacionalismo de nuevo cuño, sino el emblema de una voluntad universal de liberación.

Charlas del 9 de mayo de 2009 en el Ateneo Libertario de Sabadell y del 21 de mayo en el Ateneu Llibertari del Casc Antic (Barcelona).
Publicado en folleto por Desorden distro de Valencia.

06 diciembre, 2012

Relación abreviada de la destrucción del territorio peninsular

Miquel Amorós

La sociedad capitalista ha alcanzado su cénit colonizando todos los rincones del planeta y absorbiendo todos sus elementos para ponerlos al servicio del mercado. Todo lo que un día tuvo su valor de uso, ahora tiene un valor de cambio. El resultado de tanta modernización no logra esconder un sentimiento de pérdida que el genio capitalista inmediatamente convierte en un nuevo factor de producción.

La nostalgia de lo natural hace que los modernos consumidores se vuelquen hacia los productos con ese apelativo comercial, compren segundas residencias en zonas ajardinadas y visiten escenarios arreglados para parecer salvajes, donde pueden pasar unos días “de aventura” y sentirse como Robinson Crusoe en su isla. Hoy, desde cualquier ángulo en que se mire, todo el mundo se considera ecologista; a nadie se le ocurriría declararse contra la ecología o el medio ambiente, aunque, en cambio, puede que sí lo hiciera si se tratase de inmigrantes, anarquismo, aborto, revolución o sexo libre. A todo el mundo le encanta la naturaleza. Sin embargo, lo que hoy se trata de preservar no es la naturaleza en cuanto a tal, o si se quiere, el territorio; es más bien una imagen a la que ya se le ha puesto precio y de la que tan sólo queda por discutir la modalidad de su explotación.

Un problema pues, simplemente fiscal, y sobre todo, una optimización de beneficios. Las plataformas ecologistas del tipo “salvemos el ...” o “en defensa de ...” no pretenden rellenar la grieta que la economía de mercado ha provocado entre el territorio y sus habitantes. Esta separación es la base de la actual organización social, a la que no se cuestiona en absoluto aunque comporte la destrucción del territorio y, a la larga, de la vida que alberga. Solamente se quiere que dicha destrucción sea más digerible y, ante todo, que sea pactada. Los “verdes” razonan en términos de mal menor y con una seriedad verdaderamente cómica nos transmiten un mensaje atrabiliario: para ganar una batalla hay que perder la guerra.

Entendemos por territorio, no el paisaje “protegido” oropel de lo urbano, ni tampoco la parte de suelo aún no urbanizada. Territorio es el espacio geográfico donde ocurren todas las actividades humanas. Lo que llamamos territorio es un hecho histórico; en la medida en que la humanidad interacciona con él encontramos historia en cada uno de sus rincones, que podemos seguir en las variaciones del concepto de naturaleza dominantes en cada época, en las distintas representaciones filosóficas o religiosas de la idea. Vida, trabajo, instituciones, economía, naturaleza, forman un todo articulado. Las ciudades también son inseparables de los pueblos, los campos, los bosques y las montañas.

Todo está relacionado con todo. Si la interacción entre la naturaleza cósmica y la sociedad no es armónica y equilibrada, la vida se degrada y el territorio se destruye. El proceso ocurre al darse la separación entre hombre y territorio, de donde derivan las demás separaciones: entre ciudad y campo, entre economía y sociedad, entre burgueses y proletarios, entre dirigentes y dirigidos.

En el pasado los límites de la separación los imponía la técnica; podíamos llamar naturaleza a lo que caía fuera de su alcance, y que, por lo tanto, no quedaba afectado por ella. Hace ciento cincuenta años Marx ironizaba sobre el asunto, apuntando que para encontrar naturaleza en estado puro habría que buscar en los arrecifes australianos. En la actualidad los artilugios tecnológicos y los negocios llegan a todas partes y nada queda a salvo, ni los arrecifes. Han conformado un entorno artificial, una especie de segunda naturaleza. El territorio, la naturaleza y el medio ambiente han sido modificados para formar parte de la economía mundial; son independientes del resto de los factores y sujetos sólo a leyes de mercado. La unificación totalitaria del mundo gracias a la técnica y a la economía, ha dado lugar en nuestro tiempo a la separación más acabada de sus componentes. La artificialización y destrucción generalizada son el resultado.

Al tratar de la destrucción del territorio, conviene no caer en la facilidad pasadista, dándole la culpa bien sea a los romanos, bien a los Reyes Católicos, para ir después a buscar en periodos lejanos una Edad de Oro, donde el placer, la abundancia y la salud dominaban sin réplica. Las páginas de la Historia donde imperaron la felicidad y la libertad están escritas en blanco. Cada paso hacia ellas, también ha sido un paso hacia la barbarie; en cualquier época histórica encontraríamos pruebas de las tres.

Es más, si hiciéramos caso de las encuestas, concluiríamos que nuestra época es la más feliz y libre de todas, la menos bárbara, pero así como los datos del presente no reflejarían más que la extrema pobreza de espíritu de los encuestados, su sensibilidad agotada, sus mezquinas aspiraciones y sus deseos manipulados, los del pasado no lograrían ocultar que precisamente en él se originó el polvo que acarreó semejantes lodos. En efecto, la gran capacidad de autoengaño, o mejor, el grado de esclavitud interiorizada de las enfermizas masas modernas, seguramente supera con creces al que podían asumir los celtíberos numantinos, los comuneros de Castilla o las partidas de Juan Martín El Empecinado, pero la liberación no vendrá caminando hacia atrás, regresando a cualquier tiempo pasado, donde todo se supone que fue mejor. A lo sumo, la mirada desde el presente iluminará las pérdidas sufridas en las encrucijadas históricas mal resueltas, lo que puede ser de alguna utilidad en los combates actuales en defensa del territorio. Pero sepan los contendientes que ningún Apocalipsis les librará de la necesidad de entablar batalla, ni ningún conjuro ideológico o fórmula existencial les ahorrará el deber de ganarla.

Ahora ya, sin más preámbulos, centrándonos en el tema que nos ocupa, a saber, el impacto de las relaciones capitalistas sobre el territorio, describiremos tres etapas cualitativamente diferenciadas que jalonan el camino de su desagregación. La primera comienza a finales del siglo XVIII y termina a mediados del XIX. En ella sucede la transición del Antiguo Régimen, la monarquía absoluta, hacia el régimen liberal. Partiendo de la separación entre ciudad y campo, a lo largo del periodo se creó el mercado de la tierra y se destruyó cualquier forma de comunidad agraria, dando lugar a la constitución de una clase terrateniente que sustituyó a la aristocracia como clase dominante. La segunda, la que transcurre en paralelo al desarrollo del mercado interior y a la industrialización, abarca varios regímenes políticos, desde finales del siglo XIX hasta la década de los ochenta del siglo XX. La producción agrícola mercantilizada irá perdiendo importancia en provecho de la industria nacional y de los servicios, configurándose el dominio absoluto de las ciudades –convertidas en conurbaciones por la afluencia de emigrantes– y afianzándose el liderazgo de la burguesía nacional, empresarial o financiera. La tercera etapa, la actual, que corresponde a la economía globalizada, en la que predominan el sector terciario e inmobiliario, protagoniza la suburbialización del campo, siendo el ladrillo y el asfalto los frutos más característicos de la actividad agraria. A la vez que los sistemas metropolitanos devoran su entorno rural para urbanizarlo, acondicionarlo o convertirlo en vertedero, la política nacional queda absorbida completamente por la economía mundializada, consagrando la dominación de una clase dirigente internacional compuesta por altos ejecutivos de la política, de las multinacionales y de las finanzas.

La “reforma agraria”, es decir, la mercantilización de la propiedad rural, fue concebida a partir de 1770 por los altos funcionarios de la monarquía borbónica. Las Sociedades Económicas de “Amigos del País” que impulsaron los aristócratas y religiosos “ilustrados”, desempeñaron el mismo papel instructor y difusor que en Francia la Enciclopedia y los filósofos. Las nuevas teorías arbitristas y fisiócratas conformaron la mentalidad de la élite dirigente, según la cual, la economía política, con la ayuda del despotismo real, debía ocupar el centro de las preocupaciones sociales. Los ilustrados fueron los primeros desarrollistas. España era un estado monárquico escasamente poblado; tenía diez millones de habitantes, ocho de los cuales vivían en el campo.

Considerando la agricultura como fuente casi exclusiva de prosperidad y riqueza nacional, y por consiguiente, a la tierra como el principal factor de producción, según los Olavide, Floridablanca, Campomanes, Jovellanos, etc., todo progreso en la productividad agraria redundaría en bienestar y crecimiento de la población, en beneficios para el comercio y en engrose de las arcas del Estado. Sin embargo, un obstáculo se levantaba ante esta promesa de felicidad burguesa. La propiedad se hallaba tan trabada por privilegios, contratos, derechos, leyes y costumbres, que era imposible enajenarla, a fin de que, mediante la aplicación de nuevas técnicas de cultivo, la introducción de maquinaria, el empleo de abonos y la explotación del trabajo asalariado, se convirtiera en capital. En efecto, la tierra que pertenecía los nobles estaba sujeta por vinculaciones; la tierra en manos de la Iglesia y de otras “manos muertas” (la caridad pública), de las que obtenía un “diezmo”, estaba infrautilizada y sin “cerrar”; en fin, la tierra perteneciente a los municipios o al común, se explotaba en régimen de colectividad, según la tradición, y era en su mayor parte de acceso gratuito. Los pueblos tenían su abastecimiento garantizado gracias al control de los mercados locales; su economía funcionaba merced a un sistema integrado de aprovechamiento forestal, pastoril y agrícola que suplía con creces las necesidades del vecindario. La tradición y el derecho consuetudinario impedían la imposición de las leyes del libre mercado, bien sobre la institución municipal y la tierra, bien sobre los alimentos o el trabajo. Dicha situación ha servido de base para una ideología medievalista que se presenta como panacea de todos los males introducidos por el capitalismo, pero no olvidemos que el mundo de las comunidades aldeanas distaba mucho de ser idílico. Para comenzar, había sido despojado de su sistema genuino de gobierno: las asambleas populares o concejos abiertos habían sido sustituidos por juntas caciquiles y los cargos públicos podían comprarse, venderse e incluso dejarse en herencia. Además, se excluía del derecho a los bienes del común a la parte de la población no considerada vecina, que solía ser la más necesitada. El paraíso relativo del colectivismo agrario existía inmerso en un infierno poblado por el Estado borbónico y sus guerras, la Inquisición, la Mesta, los señoríos jurisdiccionales y las oligarquías burguesas de las ciudades. Si cada institución estaba enlazada con las demás, podemos imaginar las dificultades de recomponer la situación sin los males que emanaban de su esencia, y, por lo tanto, nos es legítimo sospechar que quienes elaboran y defienden propuestas de cambio social arcaizantes, perfectamente imposibles, en el fondo no quieren cambiar nada.

Quiso la ironía de la Historia que la separación entre el territorio y sus habitantes merced a la comercialización del suelo y la supeditación de los municipios a los ritmos del mercado de la tierra o al de los granos, no fuera obra de ninguna reforma, sino de las enormes deudas que contrajo la monarquía en cuatro guerras. Para amortizarlas emitió vales reales que en su mayoría fueron comprados por la burguesía comercial de las ciudades y los propietarios rentistas. En su incesante sed de dinero, el Estado monárquico se vio obligado a vender primero las tierras de los hospitales, hospicios, comedores, casas de misericordia, de expósitos y obras pías; después, las propiedades de las órdenes religiosas y de las iglesias; y finalmente, los bienes municipales y comunales. La aristocracia no resultó afectada sino en la ley que suprimía los mayorazgos y permitía cercar o enajenar sus propiedades, equiparándola a la recién nacida burguesía terrateniente. Los minifundios que dominaron en algunas zonas, fueron consecuencia de los contratos enfitéuticos y la venta a censo reservativo, prácticas tradicionales. Como consecuencia de la desamortización se liberaron los arriendos, se rebajaron los salarios y se desregularon los mercados locales, dando lugar a la ruina de los municipios, la miseria de campesinos y jornaleros. La nueva clase semifeudal latifundista apoyada en el Estado liberal forzó una contrarreforma fiscal: en lugar de gravar la propiedad, los nuevos impuestos, sisas y consumos, gravaban el comercio de los alimentos básicos como el pan y la carne, desviando la presión impositiva hacia los desposeídos labradores y empobrecidos braceros. Las clases rurales habían sido sacrificadas a los intereses del Estado y de la burguesía, pero la eliminación de obstáculos al desarrollo capitalista no produjo riqueza alguna para la “Nación”. La desamortización de tierras no atrajo capital a las ciudades, que se mantuvieron tal como estaban, sin apenas industrias, y por tanto, sin necesidad de mano de obra. Mientras que la población pasó de diez a diecinueve millones, en 1900 todavía los dos tercios vivían en el campo. Al tener escasas opciones de emigrar a las ciudades o a ultramar, los habitantes de los campos quedaron atrapados en sus pueblos con pocos medios de subsistencia y ninguna institución auxiliadora, con la sociedad a la que pertenecían desarticulada y los derechos que les protegían suprimidos. Las guerras carlistas fueron la respuesta a tanto estropicio, seguidas por una oleada de atentados contra las personas pudientes y las propiedades. No es de extrañar que para defender a los terratenientes y hacendados del campo se fundara la Guardia Civil, cincuenta años antes que cualquier otro cuerpo policial.

Con la creación de un nuevo marco jurídico que imponía la propiedad privada sobre las ruinas de una costumbre basada en la igualdad y la cooperación, retrocedió la cultura agraria hasta casi desaparecer. Entonces empezó a hablarse de ignorancia, atraso y analfabetismo. La cultura campesina, fundamentalmente oral, había producido un riquísimo folklore y una inmensa cantidad de conocimientos prácticos. En España pocos hablaban el castellano de Burgos y Valladolid, lengua usada principalmente por aristócratas, funcionarios, periodistas, terratenientes y frailes. Existía una diglosia evidente entre el habla popular y el idioma oficial. El pueblo, incluso el de las ciudades, hablaba un sinfín de lenguas regionales, dialectos y jergas. Nada de eso era producto del atraso; por ejemplo, los dialectos eran tan antiguos o más que el castellano, poseían un abundante léxico propio, gran vitalidad y, en ocasiones, habían alcanzado expresión literaria.

Con mayor razón podría decirse de las lenguas restantes. Sin embargo, desde el punto de vista centralista de la clase dirigente debía de haber una sola lengua oficial, un solo “español”, regulado por una Academia de la Lengua, a imitación francesa. Todo lo demás iba contra el “progreso”, de ahí que el habla campesina fuese considerada poco menos que signo de barbarie. El programa pedagógico de la Ilustración fue recogido por los políticos liberales gracias al Concordato y la Ley de Bases de 1857. Los campesinos y los proletarios debían de aprender la lengua de las autoridades, de los patronos y contramaestres, que era el vehículo por el que recibían órdenes. La escolarización se volvió un arma centralizadora y adoctrinadora, una herramienta para transmitir desde el Estado y la Iglesia la nueva cultura escrita y codificada de la clase dominante. La escuela venía para contribuir a la liquidación una cultura de siglos, uniformizar las mentes de generaciones y empobrecer su pensamiento, pero los frutos tardaron décadas en recogerse porque la enseñanza que a partir de entonces llamaron “primaria” debía ser costeada por los municipios, y éstos no podían pagar a los maestros. La única enseñanza practicada durante mucho tiempo fue la religiosa.

Durante la República, la pequeña burguesía en el poder intentó remediar la situación mediante un plan que preveía la construcción de 27.000 escuelas laicas, pero el mérito del genocidio cultural se lo llevaron la imposición franquista de la “lengua del imperio”, la emigración irreversible a las ciudades, la colonización mental a través de los medios de comunicación unilateral y la hipermovilidad de la población globalizada.

En España los ferrocarriles no fueron un producto de la revolución industrial, sino que se construyeron para provocarla. La operación resultó fallida y la industrialización no vino sino muy lentamente hacia finales de siglo. Con la excepción de Madrid y Barcelona, las ciudades no experimentaron cambios significativos, y el exceso de población fue canalizado hacia América, aunque también a Francia y Argelia (tres millones entre 1887 y 1914). En las zonas latifundistas, la lealtad de los campesinos a los púlpitos se había desplazado a las ideas revolucionarias; concretamente, el campo andaluz mostró una gran capacidad de organización y una combatividad mejor dosificada, como prueban las insurrecciones de Loja y El Arahal, la expansión de la Primera Internacional en el sur peninsular, el levantamiento de los campesinos de Jerez y el proceso de la Mano Negra. Seguirán siendo un elemento clave en la creación de sindicatos.

La coyuntura económica favorable provocada por la guerra mundial de 1914 atrajo a miles de campesinos a las ciudades, donde engrosaron las filas del proletariado. Con todo el número de trabajadores de la tierra doblaba ampliamente al de los obreros de la industria (cinco millones contra dos), por lo que la cuestión social seguía siendo fundamentalmente un problema agrario y fue precisamente su no resolución lo que trajo la guerra civil. La victoria fascista fue sangrienta para todos los perdedores en general, pero en el campo alcanzó niveles de exterminio.

El triunfo del ejército, la masacre de los opositores y la política autárquica del nuevo régimen posibilitaron la prolongación del dominio terrateniente. El atraso en el campo y el hambre en las ciudades significaron un retorno a la economía de subsistencia. El agro recuperó habitantes: todavía en 1950 la población rural era el 45 % del total. No obstante las tornas cambiaron cuando la industria se convirtió en el motor del desarrollo: entre 1957 y 1975 sucedió una verdadera revolución industrial que redujo considerablemente la población del campo, descendiendo ésta del 42 al 24 % (más de cuatro millones de personas emigraron a las ciudades; un millón lo hizo al extranjero).

Para un vaciado anterior semejante se hubieran necesitado sesenta años contando desde 1900. La agricultura tuvo que “modernizarse” y regirse con los mismos criterios que la industria: concentrar la propiedad, introducir maquinaria, fertilizantes químicos, híbridos y pesticidas, producir para el mercado, comercializar los productos; en una palabra, hubo que transformar la explotación agrícola y ganadera en un sistema de empresas dependiente de multinacionales de la petroquímica y la distribución. El territorio resultó seriamente modificado: desaparecieron los huertos urbanos y las vegas que hasta los años cincuenta abastecían a las ciudades; el contraste entre un campo semidespoblado y las conurbaciones densamente habitadas se hizo más escandaloso; los incendios forestales se volvieron habituales; la circulación de vehículos aumentó exponencialmente; en fin, se acentuó el desplazamiento de la población a la costa, lo que combinado con el turismo dio lugar a una auténtica devastación, modelo para desarrollos posteriores.

Los progresos de la economía capitalista globalizada, al desregular el mercado de alimentos, liquidaron la clase de pequeños y medianos campesinos, convirtiendo a la agricultura autóctona en una actividad marginal. Al transformarse el territorio rural en paisaje, con el toro de Osborne como logotipo, se habrían las puertas de par en par a la degradación. Se mejoraron los accesos para que los habitantes de las aglomeraciones urbanas frecuentasen en masa los lugares y arramblasen con todo lo que encontraban, musgo, espárragos, setas, bayas, cortezas y matojos. La motorización hizo devenir al territorio rural satélite de la conurbación, sea como decorado naturalista a destrozar sin reparos, o sea como reserva de espacio para una segunda urbanización extensiva combinada las más de las veces con la industria turística. Pero el campo devino también un sitio idóneo para las infraestructuras viarias, para la instalación de basureros, para el hospedaje de centrales –nucleares, térmicas o eólicas–, para el albergue de industrias contaminantes expulsadas de los recintos urbanos, o para la realización de experimentos transgénicos. Los cultivos, industrializados, han subsistido gracias a la explotación extrema de inmigrantes foráneos, contribuyendo con enormes extensiones de plástico, montañas de excrementos y ríos de purines, al nuevo concepto de belleza agraria. La lógica del capital ha requerido que cada elemento del territorio y de la actividad social que ocurre en su seno –la ciudad, los pueblos, la producción, la circulación, los habitantes, el trabajo, las instituciones, la tradición, los alimentos, el paisaje, el juego, el aire– se haya independizado de los demás y no responda más que a las exigencias de la economía. La separación ha quedado consumada en todos los ámbitos y en todos los aspectos. En lo sucesivo, cada pieza del puzzle territorial obedece únicamente a las leyes de la oferta y la demanda.

Un enorme problema se presenta ante quienes quieran enderezar la situación y recomponer el territorio para el disfrute de sus habitantes. Cada componente separado ha de volver a unificarse escapando del mercado, lo que tiene una traducción cultural, institucional y política. No sirven las actitudes voluntaristas e individuales, sino los movimientos de masas conscientes que luchen por nuevas formas de vida libres e independientes y organicen en esa dirección sus contrainstituciones. Lo que hoy llamamos industria, partidos, Banca, Gobierno, es solamente el bando de los vencedores, y precisamente por sólo ser un bando, se halla abocado a la decadencia; como además es el bando que dirige y toma decisiones, por eso es criminal y culpable. Su fin será el comienzo de otra época mejor o peor, eso dependerá de la calidad de sus enterradores, y, en general, de las ansias de libertad y autenticidad de las mujeres y los hombres que vayan a heredarla.