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31 marzo, 2023

El imperio mediático y la pandemia de la mentira — María Fernanda Barreto

 


Razones de Cuba – 27/03/20230


El monopolio, como característica del capitalismo, tiene una de sus máximas expresiones en la concentración actual de la propiedad de las corporaciones mediáticas y la consecuente unificación de su línea editorial. La visión distorsionada de la realidad difundida cada vez más masivamente como única y verdadera, ha logrado convertir a la mayor parte de la humanidad en férrea defensora del supuesto derecho de quienes representan cerca del 1 % de la población mundial, a explotarle, oprimirle, masacrarle y hasta a depredar el ecosistema, a pesar de que ello esté condenándonos a la extinción.


Como agravante, no solamente se ha hiper concentrado la propiedad de los llamados "medios de comunicación de masas" en los países occidentales, si no que además, las principales corporaciones mediáticas se han convertido en empresas trasnacionales que poco a poco han ido copando el mercado mundial al tiempo que devoran medianas y grandes empresas de los países subordinados, imponiendo contenidos que llegan a los territorios más remotos.


En reiteradas ocasiones hemos referido a estos monopolios como “carteles” porque su inmenso poder político que es poco cuestionado, está alineado a los intereses imperialistas y se han organizado eficientemente contra los intereses populares, operando cada vez más criminalmente, como armas de guerra. Esto sumado a la mencionada concentración de la propiedad en permanente crecimiento, los convierte en organizaciones mafiosas que, como agravante, suelen ser parte de conglomerados empresariales en los que se incluyen empresas bancarias, constructoras, minero energéticas e incluso, contratistas militares y de seguridad privadas, es decir, actividades económicas directa o indirectamente relacionadas con la guerra y el narcotráfico.


Su poderío ha aumentado con la masificación de los dispositivos a través de los cuáles logran crear la ilusión de la libertad de comunicación, mientras esparcen mentiras y manipulan la opinión pública con operaciones psicológicas que nos permiten afirmar que, si bien la comunicación siempre ha sido parte importante de la guerra, nunca como ahora había sido estudiada y calibrada hasta convertirse en un arma de destrucción masiva, imprescindible en las guerras de nueva generación.


Los carteles mediáticos no abandonan los medios tradicionales como la radio que continúa llegando a rincones del planeta donde otras tecnologías aún no llegan, pero su alcance y efectividad se han perfeccionado con las nuevas tecnologías de comunicación e información que han logrado convertir al ciberespacio en un teatro de operaciones de altísimo valor militar.


Aunque en el campo de la comunicación de masas, occidente siempre estuvo varios pasos adelante en la llamada “guerra fría”, en las últimas tres décadas, el poder unipolar del imperio capitalista concentrado en los Estados Unidos, expresa groseramente su hegemonía en el control casi absurdo del discurso mediático mundial. Por eso en un artículo anterior, señalamos que es sumamente preocupante cómo la opinión pública mundial está siendo manipulada por esas grandes corporaciones mediáticas, cada vez más masificadas a través de las redes sociales y condicionadas por los algoritmos de una inteligencia artificial que aprende a controlarnos con cada búsqueda en Internet.


Los carteles mediáticos al servicio de la OTAN


La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), brazo armado del mundo unipolar en crisis, no subestima el uso de estas armas ni mucho menos abandona lo que se podría denominar, como el "cibercampo de operaciones".


El antropólogo mexicano Gilberto López y Rivas, a quién tuvimos la oportunidad de entrevistar hace unos años, estudioso de la llamada "guerra contrainsurgente" de los Estados Unidos, señala en uno de sus libros que el manual de contrainsurgencia estadounidense "no descuida el papel de la prensa y los medios de comunicación masivos en los esfuerzos contrainsurgentes, entre ellos, por supuesto, el Servicio de Información de Estados Unidos (USIA), al cual se le asigna la tarea de influir en la opinión pública de otras naciones en favor de los objetivos ya señalados de la política exterior de su gobierno, publicitando sus acciones, haciendo contra propaganda a las opiniones hostiles a Estados Unidos, coordinando las operaciones sicológicas abiertas bajo la guía del Departamento de Estado".


Pero esta guerra contrainsurgente estadounidense no se limita a atacar organizaciones populares insurgentes sino que se extiende a los Estados cuyos gobiernos se nieguen a subordinarse a las políticas coloniales de la Casa Blanca y peor aún si éstos se acercan a las potencias emergentes. De ese temor nace en el siglo XIX la Doctrina Monroe relanzada en los últimos años sobre Nuestra América, y explica por qué en ese mismo texto, López y Rivas agrega que el informe JOE 2008 (Joint Operating Environment del Ministerio de Defensa de los EEUU.) " identifica a China como un competidor potencial militar en el futuro y la más seria amenaza para los Estados Unidos, porque los chinos pueden entender a América (sic), sus fortalezas y debilidades, mucho mejor que los americanos (sic) entienden a los chinos". Y así la continua identificando, junto a Rusia e Irán, en el último informe de esta misma instancia JOE 2035.


Un argumento más para comprender el origen de la arremetida mediática contra China, Rusia e Irán que se ha desatado en los últimos años desde estos carteles mediáticos occidentales, y también la que han sostenido contra Cuba, Venezuela y Nicaragua, así como toda forma de insurgencia popular en la región.


Los altos niveles de sinofobia, rusofobia e islamofobia que han logrado sembrar en su propia población, evidencian que son los propios pueblos de los países OTAN el primer objetivo de esas operaciones. Todo como parte de las acciones militares que realiza para mantener el mundo unipolar y evitar la emergencia de nuevas potencias. La multipolaridad, expresión mínima de democracia mundial, es claramente contraria a sus intereses.


La guerra mediática contra China y su evolución de la mentira a la confusión


Un claro ejemplo de esta guerra mediática, es el uso de la pandemia de la Covid-19 para atacar a China. El gobierno estadounidense acusó a China de crear el virus en un laboratorio y dispersarlo sobre su propia población adrede y a pesar de que sus propios estudios de inteligencia descartaron esa posibilidad, el argumento siguió usándose para diseminar la sinofobia mientras Rusia y China denunciaban, esto sí con evidencias, que en Ucrania se encontraban más de veinte laboratorios biológicos estadounidenses que, según denunció la cancillería china, hacían parte de cerca de 336 que Estados Unidos posee en 30 países. Pero a pesar de las evidencias en ambos casos, la matriz contra China se ha mantenido porque la rigurosidad de las informaciones es cada vez menos importante en un mundo dominado por este imperialismo mediático.


Esta es solo una más de las operaciones bélicas desatadas en defensa del mundo unipolar y su evolución en estos tres años de pandemia, nos da elementos interesantes sobre las nuevas modalidades de la guerra. El discurso impuesto ha ido desde culpar a China por la pandemia, criticarla por la política "cero Covid" que implementó el gobierno chino para maximizar la protección de la seguridad y la salud de las personas, argumentando la vulneración de las libertades individuales. Según declaraciones del portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de China, Zhao Lijian la campaña "cero Covid" se limitaba a contener la pandemia en el menor tiempo posible con el menor costo social, sin embargo, ahora que se han levantado varios de los controles implementados para tal fin, se le critica al gigante asiático por levantar dicha política, acusándolo de descuidar a su población sin el más mínimo argumento de autoridad posible.


Los números hablan solos y demuestran la inmoralidad de esa crítica. Según las cifras de la Universidad estadounidense de Medicina John Hopkins, que de ningún modo pueden ser acusadas de parcializarse con un país no alineado con los Estados Unidos, en China un país con aproximadamente 1.400.000.000 de habitantes han muerto desde el origen de la pandemia hasta ahora 16.348 personas (cifra superior a las oficiales), mientras que en Estados Unidos con alrededor de 332.000.000 de habitantes han fallecido 1.087.410 personas en el mismo periodo de tiempo, es decir que aun teniendo aproximadamente el 4 % de la población mundial, las víctimas del Covid en la nación norteamericana se acercan al 20 % de las cifras oficialmente reportadas ante la Organización Mundial de la Salud. Además muchas de las medidas sanitarias posibles en territorio estadounidense se hundieron en las confrontaciones habituales entre los dos partidos que dominan la política institucional de ese país. Las cifras de Europa aunque menos graves, también son desoladoras, en Alemania 159.884 muertes, en Francia 161.400 y en Reino Unido 213.892.


A la luz de estos números tan contundentes, se evidencia la inacción de los gobiernos de las potencias occidentales ante la pandemia y la poca importancia que han dado a la protección de la vida de sus habitantes en aras de su interés por defender la economía. En contraste, se observa que la política de salud del gobierno chino demostró ser sumamente exitosa, si es que salvar la vida de las personas es importante para quien trate de evaluarla.


En cuanto a la vacunación en China el 92.61 % de sus habitantes ha recibido al menos una dosis mientras en Estados Unidos solo lo ha hecho el 81.24 %. La pregunta es cómo un país donde la esperanza de vida de la población indígena se ha reducido en 6,5 años y la esperanza de vida del resto de la población estadounidense se ha reducido en 3 años, juzga y promueve campañas contra un gobierno que ha probado la eficiencia de sus políticas de salud y el interés por salvaguardar la vida de su población.


Por supuesto, esta es una pregunta retórica. La campaña contra las políticas de China para enfrentar el Covid es un claro ejemplo de cómo la guerra comunicacional es parte de la guerra multidimensional que el imperialismo ha desatado para defender el orden geopolítico que logró instaurar tras la desintegración de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Lo curioso es que estas operaciones mediáticas ya no requieren mentiras, ni encubrimientos, ya no son imprescindibles las llamadas "fake news". Ahora exhiben sus incoherencias, descalifican en este caso a China pero no ocultan sus propias cifras ni su ineficiencia.


La respuesta está en que estas operaciones mediáticas han evolucionado hacia una guerra cognitiva, mucho más compleja, cuyo objetivo ya no es "la verdad", sino la capacidad de las personas para comprender la realidad. Sembrar caos, desconfianza, saturación de información (incluso veraz), manipular emociones más que razones, son algunos de los objetivos de esta guerra que ha sistematizado el documento "cognitive war" de François du Cluzel para The Innovation Hub de la OTAN, que fue publicado en enero de 2021.


Las potencias que disputan el poder al imperialismo y apuestan al mundo multipolar emergente, no dan indicios de verdadero interés por dominar el discurso mediático mundial más que para romper el cerco impuesto alrededor de ellos por estas mafias. Esto es sin duda positivo para quienes no habitamos en las grandes potencias, y es un indicio de cómo el mundo multipolar está mucho más cerca de la verdadera democracia que este mundo que aún continúa a merced de una sola superpotencia omnívora. Pero también implica que desde los países que hemos sido colonizados y aún continuamos siendo super explotados, es fundamental asumir con valor estratégico la disputa comunicacional contra esa visión distorsionada de la realidad que imponen estos carteles mediáticos.


La lucha de "David contra Goliat", la dan los medios comunitarios, populares y algunos medios alternativos. Pero esta confrontación desproporcionada sólo puede comenzar a equilibrarse con el apoyo a estos medios de los estados no subordinados a los intereses imperialistas. Lo que engendra grandes desafíos y no pocas paradojas, de las que hay pocas experiencias realmente exitosas.


La tarea se complejiza pues ahora, además de urgir una "opinión pública" capaz de develar y confrontar la guerra comunicacional dirigida por los carteles mediáticos y su industria del entretenimiento, esta guerra cognitiva plantea nuevos problemas para la resistencia, que a pesar de las premisas de esta nueva modalidad de guerra, no debe limitarse a una solución individual sino por el contrario, sumar a una defensa colectiva que probablemente tenga mucho que aprender de la milenaria cultura China, las profundas raíces de la cultura persa, la árabe o la eslava y por supuesto, de las riquísimas culturas africanas y nuestroamericanas. Estos acumulados históricos son baluartes de una humanidad que lucha por una vida más allá del capitalismo.



17 febrero, 2017

La mentira como objeto de fe.




"Permitid que esto lo diga axiomáticamente: no hay forma de Poder sobre la gente que pueda ejercerse si no es a través de la mentira: sin mentira no hay ni ejército, ni policía, ni justicia, ni degollamientos ni nada. Es la mentira y la mentira presentada como verdad y como objeto de fe lo que ha dado siempre fuerza al Poder y sigue dándosela hoy día".

Agustín García Calvo

06 diciembre, 2016

LO CORRECTO - Rafael Hernández











Lo correcto es saludar al mundo con la cabeza por delante.
Recibir a Dios como se merece
con el alma blanca y la razón en blanco.
Obedecer hasta convertirse en hombre de provecho.
Estudiar una carrera con salida
no masturbarse.

Lo correcto es casarse y concebir dos hijos
aprobar oposiciones
no llegar nunca tarde.
No enamorarse de un loco o de una loca.
No llorar si naciste macho o llorar mucho
si te parieron del sexo femenino.

Lo correcto es aburrirse
afiliarse al Real Madrid
escuchar Carrusel Deportivo
votar
y votar lo menos malo
no pronunciar palabras malsonantes.
Asumir el azar sin rebelarse.
Pasear al crepúsculo un perro de raza
que se cague sin reparo en la puerta del vecino.
Ponderar los juicios
engañar sin mentiras
disfrazarse de traje y de corbata a juego con los calcetines.

Lo correcto es consumir dos horas diarias frente a la telepantalla
no levantarse de la mesa
ni comer con piel los melocotones. No equivocarse
saber escoger
intoxicarse con ibuprofeno a la primera molestia que lo excuse.

Lo correcto es follar los sábados
cenar en el McDonal's un resto de cadáver
comprarse una nariz nueva y cambiar la propia por una de mentiras
asesinar con cirugía las patas de gallo
para hacer la guerra y no el amor al paso de los años.

Lo correcto es suponerse underground
diferente
alternativo
cuando envías un guasap
mientras te lanzas de compras los domingos.

Lo correcto es morirse... sin haber vivido.

19 mayo, 2015

El pluralismo cultural es una mentira

 Agustín García Calvo
Entrevistado por Cuaderno de Materiales


Bien, voy a recoger lo que en cada una de las preguntas parece traducible al lenguaje corriente y moliente, que es para mí el lenguaje de verdad, por oposición a las jergas políticas, filosóficas y demás, que no están hechas más que para el engaño todas ellas. De manera que, como me he enterado un poco de las cuestiones que tocáis, voy a intentar ir traduciendo al lenguaje vulgar, al lenguaje corriente y moliente, y no respondiendo tal vez a todo, pero sí a la mayor parte de esas cuestiones.

En lo referente al enunciado mismo de «pluralismo cultural», o simplemente del término «culturas» empleado en plural: esto es ya un engaño de raíz. El pluralismo cultural es una mentira, es una realidad; pero estas dos formulaciones que empleo no os deben chocar, porque la realidad es esencialmente mentira, esencialmente falsa. De manera que puedo decir muy bien que la verdad es que no hay más que una cultura, que por tanto, el pluralismo cultural es una mentira. Es una mentira real porque, efectivamente, si alguien me habla de la cultura bantú o de la cultura papú, yo sé que eso tiene su sitio en esta realidad. Es decir, sea en los museos, sea en los libros acerca de culturas africanas o polinesias, en el recuerdo de los exploradores del siglo pasado, en viajes incluso organizados para el conocimiento de esas culturas como parte del Ministerio de Turismo... de manera que están en la realidad. Pero claro, ya se ve que esto es mentira. Puede haber unas cuantas culturas, pero de verdad no hay más que una: no hay más que una que es ésta. Hay muchas maneras de comprobar la exactitud de esto, por ejemplo: la realidad está fundada esencialmente en el tiempo, en el manejo de un tiempo computado. Bueno, pues ya sabéis que la manera de contar este tiempo se ajusta en todo el globo al cómputo de los años y siglos a partir del nacimiento de Cristo, y esto desde Tokio pasando por los papúes y los bantúes hasta llegar acá de vuelta. El final del año y el comienzo de otro se celebra en todos los sitios del globo de la misma manera, es decir, según lo que está mandado desde aquí. La institución de la semana (esta institución fundada lejanamente en la creación del mundo por Jehová en el seno de este mundo) es igualmente común, incontestable en cualquier parte donde se presente. De manera que si hicieran falta pruebas más tremendas y catastróficas, apenas se podrían encontrar.

Efectivamente había restos, de los que tenemos noticia, de otras maneras de contar el tiempo, otros calendarios, otras maneras de empezar y terminar los años, otras maneras de contar los siglos, muchas de las cuales siguen subsistiendo por ahí vergonzantemente. Vergonzantemente, es decir, disimulando la sumisión a la verdad de esta invasión del tiempo de la cultura única por todas partes. Esto es, por tanto, lo primero que hay que ver con claridad, yo creo, para evitarse muchos discursos respecto a las diversas culturas y a la relación con la que unas veces se llama occidental, otras europea... da lo mismo: la única. Esta es la situación en la que estamos. Todas las otras culturas forman parte de ésta, y forman parte de ésta a través de la descripción científica, a través de la organización de museos, a través de la recogida del folklore; y forman parte de ésta precisamente para disimular esta invasión global y esta unicidad. Porque la realidad es así: nunca puede presentar descaradamente su cara verdadera (en este caso la de la invasión global), tiene que presentar la disimulada con cosas más o menos multicolores y diversas. Pero, por supuesto, a mí si me hablan de cultura popular me lanzo enseguida a ver en cual de los Ministerios del Estado del Bienestar se encuentra catalogada y situada la cultura popular. Si me hablan de cultura bantú o cultura papú, hago lo mismo: busco a ver en que página del anuario y del índice de los tratados científicos se encuentran la cultura papú o la cultura bantú.

A algunas de estas cosas hacéis alusión en vuestras preguntas de una manera, por desgracia, más culta, y por tanto más confusa, hablando de la competencia entre lo cultural y lo gnoseológico, y sugiriendo que sí puede haber una visión del mundo que es prepotente sobre las demás. Todo esto lo habéis sentido y expresado hasta cierto punto, pero es confuso y flojo. No es que sea prepotente y que no respete a las otras culturas: por el contrario, las respeta mucho. A través de eso, de la recogida del folklore y del cuidado por la apariencia de la diversidad cultural... Simplemente es mentira, es que cultura no hay más que una. Seguramente tenéis la tentación de emplear la palabra cultura de una manera muy benévola a través de vuestra argumentación. Hay que recordar una táctica que a otros propósitos he recordado muchas veces: cuando el poder se hace cargo de una palabra (que es lo mismo que una noción), lo mejor que puede hacer la gente de abajo es abandonársela al poder, no empeñarse en conservarle un buen sentido. Si el poder se ha apoderado de la palabra cultura, lo cual es evidente (en todo el Estado del Bienestar hay más o menos Ministerios de Cultura y demás), entonces, hay que dejársela a ellos. Y a las otras cosas que puedan quedar por debajo vivas todavía, a pesar de la cultura, pues no llamarlas cultura: llamarlas cualquier cosa, no llamarlas nada, que se hagan... pero cultura es la que ellos dicen, la que se dice en los libros editados para el perpetuo engaño y en los Ministerios de Cultura y demás.

Y es respecto a ella, respecto a la que digo que no hay más que una. Y que todo lo demás son intentos (a parte del disimulo que ya he explicado un poco) para conseguir que todo lo que pudiera quedar de vivo en danzas, en canciones, en pensamientos, en visiones del mundo diferentes de la cultura dominante, quede reducido al modelo y a los esquemas de la cultura.


Bueno, si os parece pasaré un poco a recordaros de donde viene esta unicidad, esta especie de monoteísmo cultural. Para ello tengo que recurrir a mis, no recuerdos, porque mi vida es muy breve, sino a mis recuerdos de la historia que me han contado desde pequeño, intentando, en esto como en lo demás, aprovecharlos y por otra parte darles la vuelta. Esta unicidad y esta tendencia a la uniformación cultural es algo que viene desde la primera formación de la que tenemos noticia cierta, que es la de los antiguos griegos. Surgió esa cultura, que es simplemente la nuestra desarrollada, en medio de otras muchas cosas (lo que acabó relegándose como Oriente), en la medida en que los helenos dieron en creerse que su lengua era la lengua, y que por tanto su cultura era la cultura, y se olvidaban de todo lo que habían recogido alrededor. Este dominio, en tiempos de Sócrates o de Pericles, era todavía muy imperfecto, pero ya vinieron enseguida los príncipes macedonios, que eran un poco forasteros y estaban perfectamente helenizados, y se encargaron de conquistar el mundo (conquistarlo no sólo con las armas, sino con la cultura, que era ya la única). Así se creó todo el mundo helenístico, como suele llamársele. Y eso era el mundo: lo ecúmene, lo habitado, lo cultural. Todo el resto eran bárbaros, gente que no hablaba la lengua que hay que hablar y que no podían esperar otro destino más que el que se les conquistara y, por tanto, entrar a formar parte del mismo esquema cultural. La vocación estaba ya muy clara, sobre todo desde los tiempos de Alejandro Magno.

Después, como sabéis, vino el Imperio Romano, y una cierta competencia por quién se iba a hacer cargo de la unificación, sobre todo con el intento de los orientales pasados a Occidente (es decir, Cartago), prestos a encargarse del mismo oficio. Pero Roma triunfó. Tenía que ser una la que triunfara y se fundó el Imperio Romano, para muchos siglos de paz, de muerte (que es a lo que suele llamarse paz). Bueno, pues el Imperio Romano fue el modelo de la cultura única, y se reprodujo el mismo esquema con apenas variantes. Así, a esta cultura única que hoy tenemos se la puede llamar griega, greco-romana, se la puede llamar europea o se la puede llamar occidental: cualquiera de los nombres es bastante inútil. Esta cultura, cuyo modelo en el Imperio Romano os he recordado, vino desde los Renacimientos en adelante a configurarse más o menos como Europa. Una Europa relativamente policroma y diversificada todavía, pero unificada, sobre todo, por el empleo de una lengua de cultura escrita única, que era el latín hasta bien avanzados los Renacimientos (el latín medieval, del cual todas las lenguas vulgares tendrían que sufrir la influencia). Y así se constituyó Europa, que únicamente progresó en el sentido que decía cuando se convirtió en una Europa de los Estados (España, Francia, Gran Bretaña...), que era el modelo político que el mundo necesitaba. El paso siguiente lo recordáis bien: es la Europa colonial, es Europa rodeada de todas las colonias de estos Estados fundados en su seno.

Este es el esquema que, más o menos, duraba hasta hace un par de siglos, donde ya el intento de unificación y de sumisión de todo a lo mismo estaba lo bastante claro. En el Estado del Bienestar la cosa ha progresado, en el sentido de que ha dado la vuelta al globo; y por eso aquello que todavía el siglo pasado a lo mejor tenía algún sentido llamar occidental, hoy ya no lo tiene. Porque, ¿qué vamos a hacer? A no ser que colocáramos los centros culturales de Kioto o Tokio muy muy al Occidente para mantener el nombre, de tal forma que entonces nos empeñáramos en mantener eso... Luego tendríamos que incluir a los chinos, que los pobres están entrando bajo el aro de una manera no sólo declarada, sino además cada vez más rápida, como está mandado. De manera que después de recordaros que la vocación de esto arranca desde que nuestros recuerdos históricos se hacen relativamente firmes, tenéis cómo se ha llegado a esta invasión: el procedimiento es la asimilación de todo, cualquier cosa diversa tiene que hacerse la misma, manteniendo, como os decía antes, algo de la apariencia y diversidad, precisamente para que la unidad quede más definida.

En una de vuestras preguntas ampliáis la cuestión del ámbito, que podría llamarse propiamente cultural, donde se supone que se encerrarían desde las filosofías del mundo, de la gnosis, de la visión del mundo, a las músicas, las artes plásticas, y todo el resto de lo que suele regir un Ministerio de la Cultura, para extenderlo también a lo económico. Está muy bien que hayáis hecho ese salto, pero conviene verlo también con claridad: en el Estado del Bienestar, éste que estoy describiendo como una única cultura, la diferencia entre la economía y la cultura es de por sí también engañosa. Todo el mundo sabe que en este Estado del Bienestar (al cual más de una vez he descrito como prostituto, como un Estado de la prostitución) no hay mucho lugar a la diferencia. Todo el mundo sabe que la cultura es dinero, de una manera o de otra. Todo el mundo sabe el juego que la economía cumple en los cuadros. Todo el mundo conoce a los potentados norteamericanos, o más bien ahora japoneses, comprando cuadros de impresionistas del siglo pasado para encerrarlos como inversión en sus cajas fuertes, por poner un ejemplo entre otros muchos: es dinero, la firma es dinero en la medida que el comercio la promociona; y todo el resto de la cultura es dinero igualmente, mueve capital que es de lo que se trata, de manera que la economía escultura. En realidad he mostrado que la cultura es economía pero, por supuesto, esta relación dialéctica tiene que cumplir en los dos sentidos: la economía es cultura. ¿De qué cosa se habla más y se discurre más que de los movimientos de capital?, ¿qué cosa entretiene más que las páginas de los escándalos financieros en los Estados del Bienestar? Eso es cultura. Es cultura porque he llamado cultura a lo que se debe, a lo que ellos mandan, de manera que cultura es la televisión, cultura es la prensa sumisa, cultura es la edición de la mayoría de los escritos (lo mismo de orden artístico que de orden filosófico o científico), y todo ello, por supuesto, está incorporado a la economía sin la menor duda.

No es que esta relación entre el poder y la cultura sea nueva, es que, como en todo lo demás, se ha perfeccionado, ha llegado a su extremo. Cuando uno trata de imaginar la prehistoria, uno imagina ya, junto al reyezuelo de la tribu, siempre al mago, al Ministro de la Cultura. Porque claro, esta relación no ha hecho sino perfeccionarse hasta la unificación. De manera que, no sólo es que las culturas del sudeste asiático, del centro africano y de los restos de indios americanos sean simplemente una parte de ésta y de sus Ministerios, sino que también, los varios Ministerios en el Estado del Bienestar son, a su vez, una diversidad que sólo se mantiene para entretener. Todos los Ministerios no son más que uno, que es el Ministerio que se puede llamar de la Economía y la Cultura (tratando de confundir los dos términos, porque no sólo la cultura es economía sino que la economía es cultura), de manera que cuando antes, recordando un recuerdo de la historia, os he presentado la invasión desde el centro sobre los bárbaros, y os he hablado de las armas y de las letras, pues esto tenéis que aplicarlo al resto de la evolución. La invasión es siempre al mismo tiempo una invasión militar (que no quiere decir otra cosa que económica, porque la política está al servicio del dinero y de su desarrollo). Al mismo tiempo militar y al mismo tiempo cultural. Esto debe haceros parar un momento a pensar en el inmenso poder económico y militar de la cultura. No en vano, en el Estado del Bienestar, en todos los Estados bien desarrollados, no hay un Ministerio que se pueda comparar en poder, en el manejo de millones, que el Ministerio de la Cultura, con la educación y todo lo demás. Cuando Alejandro o Julio César conquistan, yendo sobre los bárbaros, están como siempre llevando un gramático-filósofo al lado, que es el que se va a encargar de verdaderamente establecer esa asimilación de todo lo diverso y esa sumisión a lo mismo.

De manera que esto puede que os ayude, no sé si a aclarar, pero a no engañarse demasiado en el planteamiento de las relaciones entre el dominio económico y el dominio cultural. Fijaros bien en los últimos restos de otros pueblos que pudieran haber habido en cualquier isla perdida de la Polinesia, en cualquier rincón de una selva de Centroamérica o del centro de África: no les queda ya más que una condena, una promesa de un futuro inevitable, que es el quedar incorporados a esta cultura única. ¿Cómo se cumple esta condena de los últimos restos de pueblos que pudiera haber por el mundo? Pues se cumple, especialmente, a través de los medios culturales, a través de la televisión, que es lo primero que se lanza hacia ese rincón de la selva. Es decir, que se engendra un ideal incluso en los muchachos y en las mujeres de estos restos de pueblo. Se engendra lo primero un ideal, que es aspirar a la democracia, al confort de los bienes de consumo; cualquier tontería de esas, pero que, en cuanto ideal, está actuando ya allí mismo, y está sirviendo para que efectivamente, después, que lleguen los militares y los banqueros sea casi como levantar acta. En realidad, la asimilación estaba cumplida en el momento en que allí ya había penetrado este ideal y estafa única.


Es importante también, respondiendo otra de las cuestiones, volver a preguntarnos ahora cuáles son las actitudes que la cultura griega, greco-romana, europea, occidental, ha tenido para convertirse en eso: en la única, en la invasora del globo. Habría que evitar decir muchas de las tonterías que dicen los libros respecto a caracteres de esta cultura frente a las otras porque, si uno plantea la cosa así, ya se está equivocando. Pienso que es mucho más verdadero intentar plantearlo de otra manera. La fuerza de esta cultura, desde los antiguos hasta la actualidad, es de orden paradójico, lo que ha hecho que sea la más fuerte y la invasora, y haya llegado a conquistar los cuerpos y las mentes del mundo entero: es que era (como a lo mejor os dicen en algunos de vuestros libros) más flexible que cualesquiera otras. Ya los griegos antiguos eran, en cierto sentido, más flexibles que los babilonios, que los asirios y que el resto de los pueblos, como los egipcios incluso y, desde luego, los europeos eran más flexibles que los chinos y que cualquier otra cultura más o menos dominada por la magia o por las fes primitivas. Y así ha seguido siendo, y es en eso que he llamado provisionalmente flexibilidad en donde veo que, de manera paradójica, está la fuerza.

Voy a intentar aclarar eso de la flexibilidad. Esta condición quiere decir la capacidad para volverse sobre sí mismo, contra sí mismo. Y ésta es la paradoja que quería presentaros ahora. De forma que está claro que, si por ejemplo, España desde el Imperio para acá es algo esencialmente desgraciado, sometido a la idiocia, a la fe ciega, por eso se ha impuesto. Hay que decir que, sin embargo, en la entraña de ese poder estaba una cierta capacidad de mucha gente por acá para insultar a España, maldecir de España, y descubrir a cada paso todos los males que le venían encima. Hasta que se acabó de derrumbar el Imperio duró una cierta capacidad de mucha gente para desechar la mentira (la mentira del Imperio, del poder). Estos hombres, que tratan de reducir la historia bajo esa fecha, parece que se distinguieron bastante en ese sentido: saber maldecir de España, es decir, descubrir de alguna manera la mentira. La capacidad para maldecir de su poder y descubrir la mentira que oprime a una cantidad de gente, por no hablar de un pueblo, es lo que paradójicamente viene a convertirse en una fuerza, en la medida que el poder lo asimila para extenderse en forma de Imperio o de otra manera cualquiera. Esto tal vez en los antiguos griegos se ve más de cerca. Al mismo tiempo que la aspiración a la hegemonía (por ejemplo, de los atenienses), al poderío militar de Esparta, a la ya universalidad de Alejandro y demás, estaba latiendo siempre, por lo bajo, entre gente de nombre y entre gente sin nombre, una especie de capacidad para reírse de todo aquello, una especie de capacidad para descubrir la mentira. Diógenes Laercio recuerda a Diógenes el Cínico con aquella petición de «¡que no me quites el sol!». Frente a toda la idea del poderío de la importancia de hacer historia que en Alejandro Magno estaba representado está, por ejemplo, un Cínico que es capaz de reírse de todo aquello; es decir, descubrir por lo bajo su mentira y decir: «de momento a mí... que te quites de ahí, que no me quites el sol». Ahí está la paradoja, es eso lo que una vez asimilado por el poder, asimilado desde arriba, se convierte en una fuerza incomparable.

De manera que ahora mismo, aquí, en este aula, metidos en un rincón de la Sociedad del Bienestar, estamos en la misma situación paradójica: os estoy hablando contra ello, y vosotros, ya antes de venir aquí, estabais, como es evidente por vuestras preguntas, pensando y sintiendo contra ello, contra esta invasión de la cultura única. Bueno, esto lo hacemos gracias a que seguimos heredando por acá abajo, de vez en cuando, esta capacidad para volverse contra uno mismo, para denunciar la mentira de uno mismo. Al mismo tiempo, estamos preparados para saber que esto es lo que en cualquier momento puede traducirse en una fuerza militar y económica incomparable con cualquiera otra. No hay por qué ocultárselo, así ha sucedido una y otra vez, y así puede suceder en cualquier momento.¿Qué es efectivamente lo que hace, en este momento, el inmenso poder del Estado del Bienestar?, ¿el que lo extiende por todas partes, el que hace jugar al globo entero en esta especie de ciclo económico cultural, representado por la red informática universal?, ¿lo que, hasta los últimos rincones que puedan quedar por ahí, lleva este ideal como una aspiración que se presenta como la única posible para cualquier resto de salvaje o de desconocido que por ahí quede? ¿Qué es lo que lo hace? Pues que seguimos siendo muchos los que somos capaces de sentir la mentira de esto y decirlo, con más o menos habilidades. Triste, a lo mejor, pero fijaros bien: si la cultura se redujera solamente a la cultura oficial (es decir, la que os ofrecen la televisión y la prensa sumisa y la inmensa mayoría de los libros, no sólo de novelistas sino de filósofos, científicos y demás) correría el terrible peligro de resultar tan aburrido, tan repetitivo, que no habría ya Cristo que lo aguantara y, por tanto, perdería justamente su fuerza de imponerse. Es verdad que la gente, por desgracia, aguanta mucho: sigue viendo las mismas idioteces en la televisión todos los días, sigue comprándose un libro tras otro de gentes, de artistos o pensadores o poetos que les van a decir lo mismo. Pero se supone desde ahí arriba que no tanto, que si toda la cultura consistiera en lo que mayoritariamente consiste, que es en la imposición de la idiotez, en la imposición de la fe (la fe en el dinero, en el poder, en que la realidad es la realidad y ya no hay más), correría el peligro de no ser lo bastante eficaz. Entonces ya veis, cosa tan triste: vosotros sois la sal de la tierra. Tiene que haber algunos que de verdad sintamos y de verdad pensemos un poco, de vez en cuando. Que a pesar de todo digamos cosas que intenten ser de verdad, por tanto, que inevitablemente sean una denuncia de la cultura impuesta. Seguimos habiendo muchos, bastantes, de los que no están del todo conformados, pues todavía nos permitimos seguir sintiendo algo de esa mentira y hasta diciéndola con más o menos habilidad. Por un lado, nos revolvemos contra esta imposición de la mentira universal, por otro lado estamos dentro de la cultura (estamos en un aula de un centro del Estado del Bienestar), y al hacerle todo el mal que podemos, al denunciar lo más claramente su mentira, estamos haciéndole el mayor bien, dándole las mayores fuerzas, porque sólo gracias a eso puede evitar que la fe impuesta sea un aburrimiento: tiene que pensarse que hay diversidad.


El Estado del Bienestar, la forma más perfecta de sumisión del pueblo que conocemos, que es la democracia desarrollada, cuenta por supuesto con la diversidad. ¿La cultural de la que hemos hablado? Sí, pero sobre todo, la diversidad de la cultura de cada uno de vosotros. Éste es el punto grave. No es sólo que se os quiera hacer creer que hay una cultura bantú y una cultura papú, es que se os quiere hacer creer que hay una cultura tuya, de fulano y de mengano, es decir, que cada uno tiene su gnosis, o como ellos dicen, su ideología (que en definitiva es lo que los políticos suelen llamar opinión, la opinión personal). El régimen pesa sobre nosotros, mata al pueblo, sobre todo por este procedimiento, el de creer que cada uno sabe lo que sabe, tiene su cultura, tiene una opinión personal, tiene una fe y una creencia que le es propia y casi constitutiva. Sólo sobre esto puede mantenerse, porque si no, rápidamente veis que ni los supermercados, ni las votaciones de los políticos podrían funcionar. Esta es la diversidad con la que el régimen cuenta, pero dentro de esta diversidad está esta otra diversidad en la que os había querido hacer parar mientes, la diversidad que consiste no en una opinión personal entre las opiniones personales, sino en la subsistencia de algo común, de algo del pueblo que es capaz todavía de sentir y de denunciar la mentira de la cultura y volverse en bloque sobre la mentira de la cultura. Esto, desde luego, es una diversidad que no es como las otras, no se trata de mi opinión: nada de lo que os he dicho es mi opinión personal, no es más que sentimientos y recuerdos que me vienen de abajo. No se trata de opiniones: es una manifestación de que, a pesar de todo lo dicho, el régimen no ha llegado a una perfección totalmente cerrada, y quedan siempre resquebrajaduras y posibilidades de que podamos sentir y pensar un poco en común, no personalmente, sino en común.

Entonces, ¿qué pasa con esto que estáis haciendo, con esto que he estado haciendo este rato mientras os hablaba? Bueno, pues se abre, efectivamente, o un destino, o una falta de destino: el destino es que aquéllo se convierta en una opinión personal («¡hombre, las teorías de fulanito!»). Entonces, la asimilación cultural es ya perfecta, aquéllo que había de más vivo, de más común, ha quedado inutilizado y asimilado a la cultura, y de esto es de lo que la cultura saca el principal poder. Lo otro es la siempre posible falta de destino: que no quede, a pesar de todo, asimilado, y que siga efectivamente denunciando esta imposición universal de un modelo único de pensamiento y de sentimiento. De manera que a este juego es al que estamos jugando, y a esta situación paradójica nos arriesgamos... me arriesgo. Y yo creo que, cuanto más a sabiendas nos demos cuenta de cómo es este juego, de ambiguo y de peligroso, pues mejor o, por lo menos, menos mal.

CRAVAN EDITORES http://www.contranatura.org





22 febrero, 2015

Todo eso es el reino de la Mentira


"Lo que yo llamo la Fe consiste en hacer creer a la gente que la Realidad es todo lo que hay, en contra del descubrimiento que el sentido común ha hecho ya: que la Realidad no es todo lo que hay. Consiste en hacerle creer al niño, cuando se va haciendo muchacho o muchacha, que “las cosas son como son, hijo mío”; en hacer creer que cuando la Ciencia se vulgariza en los Medios, está diciendo la verdad acerca del mundo; en hacer creer que, efectivamente, nuestras vidas dependen de cualesquiera medidas económicas o políticas que se toman en España o en Europa, y que, por tanto, se están discutiendo todos los días ahí, en los palacios del Poder, cosas decisivas y trascendentales que van a afectar a nuestras vidas: todo eso es el reino de la Mentira. Y es contra ello contra lo que cualquier forma de hacer no o de decir no es tan importante". Agustín García Calvo