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05 abril, 2025

Nunca habrá una revolución en Estados Unidos — Shahid Bolsen

 


Transcripción: Arrezafe - 04/04/2025




Nunca habrá una revolución en Estados Unidos, nunca habrá una guerra civil, como muchos fantasean. Eso nunca sucederá. ¿Cómo lo sé? Simplemente enciendan la radio, la televisión, vean películas, pongan Netflix, vean. Existe una química de la resistencia y de la revolución. Porque, ¿de qué hablamos realmente cuando hablamos de resistencia? ¿Qué es la resistencia? Es una suerte de reacción química que, en una revolución, determinará si será combustiva o no, si será inflamable o no, si será explosiva o no, si la generará calor o frío, etc.


En Estados Unidos, existen elementos que normalmente serían explosivos al mezclarse, pero hay otros elementos en esa misma mezcla que provocan la reacción opuesta. Así, existen elementos para una revolución, para una guerra civil, pero hay otros elementos presentes como para asegurar que la mezcla se mantenga estable. Es decir, en Estados Unidos existen condiciones que si se dieran en otros lugares propiciarían un estallido social. Pero dicho estallido no se producirá en Estados Unidos, salvo que se trate de una explosión controlada, como cuando la policía encuentra una bomba y la detona ella misma. Ese es el único tipo de explosión que se puede dar en Estados Unidos en este momento. Y, como dije, basta con encender la radio para saberlo, basta con mirar los medios de comunicación para saberlo. Porque un pueblo capaz de organizar una revolución debe ser, ante todo, un pueblo capaz de imaginación, debe ser creativo, debe tener pensamiento y pensadores independientes, pues quienes no pueden pensar por sí mismos nunca se rebelarán. No se puede tener homogeneidad mental social cuando esta homogeneidad es supervisada e impuesta por la estructura de poder y esperar que la sociedad se rebele contra dicha estructura, y nada ilustra mejor la ausencia de imaginación, creatividad y pensamiento independiente que los medios de comunicación populares.


Una sociedad sin arte real es una sociedad incapaz de revolución, y el arte estadounidense es vacuo e impone la vacuidad. Esa es la relación entre el arte y la sociedad, refleja y afecta, expresa cómo te sientes y te muestra cómo sentirte. Y vosotros, estadounidenses, os habéis convertido en un pueblo sin lenguaje artístico, sin vocabulario, estáis privados incluso de lo que el arte debería ser supuestamente para vosotros. Cada día que pasa, más y más palabras se eliminan de vuestro léxico artístico. Día a día, vuestra música se vuelve más mecánica, vuestras películas más repetitivas, vuestra literatura más simplista, hasta el punto de que un programa informático de inteligencia artificial puede producir vuestras canciones, vuestros guiones y vuestros libros. Vuestro léxico creativo se ha reducido tanto, que sois como un niño pequeño carente de palabras para identificar, articular, comprender o expresar lo que siente, lo que desea, lo que le asusta, lo que le alegra, lo que le entristece, etc. Carecéis del lenguaje propio de la complejidad humana.


Porque, tomemos la música. Los musulmanes tenemos nuestras propias opiniones sobre ella. Pero ciertamente la música es un factor fundamental en la cultura occidental. Pues bien, dos o tres personas componen la mayoría de las 40 canciones más destacadas en Estados Unidos: los mismos melódicos acordes, las mismas voces autotuneadas, los mismos repetitivos estribillos reciclados una y otra vez. La música pop actual no está hecha para expresar nada auténtico, nada real, está hecha para ser un gusano en el oído diseñado para ser adictivo, para usarse en videos de TikTok, para hacerse viral. Es un producto, no una forma de arte, es una cadena de montaje para obtener la máxima rentabilidad, reproduciendo las mismas fórmulas musicales que se vendieron bien en el vasto mercado, manipulando predecibles y superficiales respuestas emocionales mediante un proceso calculado. Eso no es arte, es un mero negocio que está atontando vuestra sociedad, la está desconectando, la está deshumanizando y la está programando. Están vaciando los bolsillos de vuestra imaginación, de vuestra creatividad, de vuestra autenticidad, dejándoos solamente unas monedas falsas con las que comprar eslóganes en la máquina expendedora de la empresa. Y tenéis que conformaros con eso como única forma de expresión. Es como comprar una bolsa de papas fritas sin calorías, o algo por el estilo, a la hora del almuerzo, y esperar que eso sea tu nutritiva ingesta. Escuchar este tipo de música es para el oído como sustituir el almuerzo por una bolsa de papas fritas sacada de la máquina expendedora. Vuestra alma está desnutrida, vuestra mente está desnutrida.


Y qué decir de vuestras películas. Hoy, cada película es un pastiche, un remake, una reinvención de algo que ya se hizo hace décadas. Sin originalidad, sin ideas, sin explorar la condición humana. Los estudios de cine no son más que cadenas de montaje, fabricas de insustanciales espectáculos cuyos elementos también pertenecen al pasado. Ni siquiera deberían llamarse "estudios de producción", deberían llamarse "estudios de reproducción". Y de nuevo, esto refleja y afecta a la sociedad. Desvirtuado, el arte se está utilizando como arma, se está instrumentalizando para hipnotizar, esterilizar y neutralizar a la población. Para controlar vuestras emociones, vuestros pensamientos, vuestro discernir, vuestra percepción, vuestra interacción con el mundo. No quieren ni un solo pensamiento en vuestras cabezas que no hayan puesto ellos mismos en ellas, ¿comprendéis? Quieren vuestro cerebro entumecido, estéril, gélido, incapaz de producir nada por sí mismo. Los artistas occidentales no proveen momentos de felicidad y alivio a las masas, son el equivalente a los anestésicos de Joseph Mengele, quieren induciros un coma. Sois tan incapaces de hacer una revolución en Estados Unidos, como un hombre en coma es incapaz de conducir una motocicleta.




Nunca en la historia ha existido un totalitarismo con mayor control sobre su población que el sistema estadounidense. Y nunca ha habido un pueblo menos capaz de resistir o rebelarse contra dicha opresión y control totalitario como la actual población estadounidense. La han desarmado. Y no me refiero a sus armas de fuego: las tienen. Pero si ello supusiera un peligro real, no permitirían su posesión. Así que, dejen ya de hablar de sus inútiles armas: es como darle a un bebé un martillo y clavos esperando que construya una casa con ellos. No haréis nada con esas armas, excepto apuntarlas contra quienes vuestros programadores os ordenen que las apuntéis. Si vuestros programadores pensaran por un instante que realmente pudierais apuntarlas en la dirección correcta, os las arrebatarían en menos que canta un gallo.

 


No. Habéis sido desarmados mental, intelectual, psicológica, emocional y culturalmente. En Estados Unidos existe una cultura impuesta de arriba hacia abajo, ¿entendéis? No es una cultura organizada desde la base. Vuestra cultura está controlada desde arriba, pensar en ello, reflexionar. Todo cuanto en EU se presenta como expresión cultural, es en realidad un negocio, una marca mercantil, una mercancía desarrollada, fabricada, moldeada, comercializada y vendida por corporaciones. Vuestros señores feudales, vuestra aristocracia, vuestros oligarcas, vuestra clase accionista os dictan cuál ha de ser vuestra cultura. Los ricos escriben vuestras canciones, los ricos os cuentan historias en el cine y la televisión, los ricos publican vuestros libros, los ricos diseñan vuestra moda, los ricos deciden cuales serán las noticias, qué se publicará y qué no, los ricos deciden cuáles serán vuestras opiniones, incluso deciden qué debe ser la disidencia, ¿comprendéis? Sí, incluso la disidencia está prefabricada para vosotros. Hay una posición oficialmente aceptada y una oposición oficialmente aceptada.





Cada aspecto de vuestra cultura está microgestionado por multimillonarios. Debéis comprender que esta vertical dictadura cultural a venido desarrollándose de manera natural y orgánica porque, a su manera, la cultura occidental siempre ha sido feudal. Es el grado de control lo que ha evolucionado, es eso lo que ha cambiado. Lo fundamental de dicha cultura siempre estuvo ahí, siempre fue lo mismo, lo que se ha expandido y desarrollado es el grado de control, la intensidad, la amplitud de la dominación y la domesticación de la población. Uno de los mayores trucos del poder moderno es que ha fabricado su propia oposición: se os dicta literalmente cuál ha de ser la opinión disidente, os dan dos bandos a elegir, pero en última instancia, ambos sirven al mismo sistema. Por eso las elecciones no cambian nada, por eso los debates políticos son sólo teatro, por eso cada controversia no es más que otro episodio de un preconcebido y sempiterno espectáculo. Hay quienes creen estar participando en la resistencia, cuando en realidad simplemente están desempeñando roles que corresponden a una narrativa preestablecida. El sistema no suprime la oposición, la crea, la controla y se asegura de que permanezca inofensiva. El rango de pensamiento socialmente aceptable es, obviamente, limitado por diseño. Se puede cuestionar la guerra, por ejemplo, pero sólo dentro del marco establecido. Se puede criticar el capitalismo, pero sólo de manera que no se cuestione el control corporativo. Ya sabes, vistiendo una camiseta anticapitalista o algún símbolo de marca que compréis. Se puede clamar contra la corrupción, pero sólo centrándose en unas pocas manzanas podridas, manteniendo la estructura intacta. Pero si rebasáis los límites aceptables del discurso establecido por los multimillonarios, seréis ignorados, difamados, despedidos, exiliados o anulados, física y algorítmicamente.


Digo todo esto porque hay gente que pregunta constantemente: "¿Qué se supone que debemos hacer? ¿Qué podemos hacer? ¿Qué sugieres? ¿Qué podemos hacer contra la injusticia? ¿Qué podemos hacer contra la corrupción? ¿Qué podemos hacer con todo el sufrimiento y la violación de nuestros derechos?" Y así sucesivamente. La expectativa es siempre la misma: quieren una respuesta simple e inmediata porque esa es su programación. Quieren un tipo de acción que puedan aplicar de inmediato. Pero este enfoque es fundamentalmente deficiente porque sólo tiene en cuenta los síntomas en lugar de abordar el mal subyacente. Lo cierto es que la crisis no es sólo de injusticia, sino de cultura. El problema no es simplemente la opresión, sino un sistema de control profundamente arraigado que ha moldeado por completo la psique de la sociedad. La injusticia, la corrupción, la opresión o lo que sea, no existen en el vacío, son manifestaciones que emanan de una base cultural deteriorada. Sin embargo, en lugar de reconocer esto, se buscan soluciones rápidas, alivio temporal, en lugar de soluciones reales. Es como la persona que sufre un dolor crónico, su cuerpo se está desmoronando porque es su propio estilo de vida lo está destruyendo. Sin embargo, en lugar de adoptar hábitos más saludables, como cambiar su dieta y tratar de esforzarse realmente por sanar, sólo quiere algo que adormezca el dolor y, como es natural, se irá volviendo cada vez más dependiente de analgésicos cada vez más fuertes, hasta el punto en que ya ni siquiera pueda funcionar sin ellos. Mientras, la enfermedad subyacente continúa empeorando.


Este es el estado de la sociedad moderna en Occidente, en Estados Unidos, cuya población no busca justicia, busca alivio; no busca la verdad, busca consuelo; no desea un cambio real, busca conveniencia personal. Como resultado, permanece encallada en un ciclo de protestas, elecciones e indignación en redes sociales, repitiendo el mismo patrón una y otra vez, y esperando resultados diferentes. Pero nada cambia, porque se tratan los síntomas, no las causas. Y como dije, la cultura crea arte y el arte crea cultura. Así que, observad el arte que emana de vuestra cultura, y la cultura que emana de vuestro arte. El arte se ha comercializado, la música se ha esterilizado, la cultura se ha domesticado. ¿Dónde están las voces culturales y artísticas que sacuden el sistema? No existen de forma significativa en Estados Unidos, han sido compradas o cooptadas. En lugar de desafiar el statu quo, los artistas actúan en las fiestas de la élite, en lugar de inspirar algún tipo de movimiento revolucionario, venden productos: no cuestionan el poder, lo sirven.




Por eso nunca habrá una revolución en Estados Unidos, por eso incluso los escasos actos de resistencia en los Estados Unidos parecen vacíos, se perciben vacíos y están vacíos, porque ofrecen la ilusión de un activismo que no requiere sacrificio ni esfuerzo. La oposición está de moda, el activismo se ha convertido en un producto, es una moneda social, una tendencia pasajera que, una vez se desvanece, es reemplazada por la siguiente "causa" que capte la fugaz atención del público. La sociedad en su totalidad ha sido diseñada para la distracción y el entretenimiento es implacable. Todo está gramificado, todo deviene espectáculo, todo está diseñado para evitar que la población se detenga y piense, reflexione y cuestione. Pero, incluso si dicha población dispusiera de un momento para hacerlo, carece del lenguaje intelectual, psicológico, artístico o cultural para articular su pensamiento. Solo dispone del lenguaje asignado por la estructura de poder para comprender lo que este le está haciendo. En este entorno, ¿cómo puede haber una revolución? ¿Cómo sería posible con adictos a la gratificación inmediata? ¿Cómo podrían sostener una lucha a largo plazo? Una sociedad condicionada a buscar el placer y la comodidad por encima de todo jamás elegirá un camino difícil, incluso si éste es necesario para la justicia. La población ha sido adiestrada no para resistir, sino para evadirse. Ha sido programada para la servidumbre, eso es lo que eran y eso es lo que son: siervos y esclavos. Sólo que ahora, evadirse no significa realmente escapar de la plantación, o de la mansión, o de la tierra del amo, significa simplemente olvidar dónde estás y qué eres: evadirse significa distracción, significa no saber siquiera el lenguaje necesario para entender que son siervos y esclavos; significa que las canciones que cantan, las historias que cuentan e incluso la disidencia o la oposición que manifiestan, en realidad son sólo métodos destinados a reforzar su condición sumisa. En Estados Unidos, incluso el sueño de la liberación no se trata realmente de liberación, su cultura y el sistema creado por ella, han hecho dicho sueño no consista en liberarse de la opresión, sino de convertirse en opresor. Ese es el sueño americano. Es una sociedad cruel, es un sistema cruel porque es una cultura cruel.


Así pues, como ya he dicho, se busca un tratamiento a corto plazo para los síntomas, no una cura a largo plazo para la enfermedad, porque la única revolución que realmente necesita Estados Unidos es una revolución cultural. Estados Unidos no necesita cirugía estética, sino neurocirugía, no necesita marca pasos, sino cirugía cardíaca y un trasplante. A menos que cambiéis vuestra cultura, la única forma de cambiar vuestro sistema es cambiándolo a peor.



25 julio, 2022

¿Se puede censurar la historia? — Sara Rosenberg




FAI - 13/07/2022


Al censurar la cultura rusa, se censura una gran parte de la historia de la humanidad.


No sólo se censura la cultura, los medios informativos, los vuelos y transportes, los bancos y hasta a los gatos, sino que se intenta suprimir la historia y la memoria de los pueblos del mundo.


Un censor tan cruel como estúpido proclama: no existió Shoshtakovich ni el sitio a Leningrado, no existió Gagarin ni la luna, no existió Lenin ni la gran Revolución de Octubre… El gran inquisidor no sólo es torpe sino que en su afán por borrar la memoria pone en evidencia su barbarie, esa ignorancia programada que es el núcleo del sistema político y cultural del capitalismo. Lo conocemos y lo sufrimos, aunque las distracciones que usa el dios con cara de hamburguesa parezcan infinitas.


¿Por qué Occidente censura la cultura rusa? ¿La censura aparece recién ahora o estaba implícita en la vieja paranoia anticomunista de Occidente? ¿Quizás la censura y la tergiversación aparecieron mucho antes, cuando aconteció aquel hecho histórico que cambió para siempre el destino de la humanidad: la Revolución de Octubre de 1917? ¿Cuál es el motivo de esta censura tan pertinaz y que a lo largo del tiempo ha ido adquiriendo diversas formas? ¿La censura actual es parte de la guerra total contra Rusia, el aspecto cultural de esta guerra?


Este año 2022 se han caído muchas máscaras y el gobierno de Occidente no ha sido nada sutil; su guion anti-ruso más bien ha resultado grotesco y dirigido a masas previamente intoxicadas de miedo, un miedo difuso pero ubicuo que fácilmente se transforma en odio irracional. ¿Os suena?


Los medios occidentales han hecho bien su trabajo y mienten sin vergüenza porque previamente han ido creando al "ciudadano mas-mediado", obediente e incapaz de hacer preguntas. No es tiempo de dudar, es tiempo de alinearse y repetir el mandato. El miedo manda, miedo al futuro, miedo al presente, miedo a imaginar, miedo a perder si pierden los que mandan, aunque sea en contra de si mismo.


Sin duda esto es una pérdida del sentido de lo que es –o se suponía que era– el tan mentado ciudadano del "Occidente libre". Aquel que era capaz de gritar aunque no supiera bien a que se refería, aquella famosa consigna del 68 "prohibido prohibir", que tampoco ocultaba su tufo contra la URSS y los malos malísimos totalitarios estalinistas. La confusión entre libertad y liberalismo no es inocente, es un programa posmoderno, de relativización, de derrota social, de perdida de horizonte histórico y político. Y de eclosión de las más extravagantes identidades "libres" cada vez más fragmentadas, más útiles al victimismo y la inacción, salvo dentro del marco del sistema que siempre, como un buen papá, otorga algo, permite una migaja menos peor, regala pedacitos y conserva lo esencial: el poder.


Ahora, con absoluta impunidad y sin vergüenza –la vergüenza es un sentimiento humano y a veces revolucionario– las estúpidas elites de Occidente prohíben la cultura rusa. Aterrada, la estúpida elite estadounidense y europea se hunde en su propia ideología apocalíptica (saben mucho de la muerte y de la peste fabricada) y hoy más que nunca temen el contagio. Siempre han temido que los pueblos del mundo se contagiaran del valor y de la fuerza de aquellos que supieron construir el primer país socialista del mundo y poco tiempo después vencer al nazismo.


Desde 1917 esta idiota y cruel elite occidental ha intentado derrotar la Revolución de los soviets y destruir Rusia. Ejércitos reaccionarios hegemonizados por los anglosajones apoyaron a los reaccionarios "blancos" en contra del pueblo soviético y no dudaron en invadir y desatar una guerra civil, que por supuesto perdieron. La revolución de los soviets se consolidó y en poco tiempo el país avanzó y se fue trasformando en una gran potencia.


Todos estos hechos en Occidente fueron narrados al revés y con muy mala fe. La fe anticomunista es una fe anti-histórica. Un inmenso aparato propagandístico se dedicó a igualar comunismo con prohibición, persecución, gulags, espías y eso que se dio en llamar totalitarismo. Y una triste casta intelectual conversa fue contratada para proclamar su arrepentimiento de las ideas comunistas. Recibieron grandes premios, mucha publicidad y dinero.


Occidente se presentaba como la tierra de la libertad mientras masacraba a los pueblos que se atrevían a seguir el mal ejemplo de la URSS en Asia, África y América Latina. Y mientras expandía su maquinaria de muerte proclamaba que en Occidente está “prohibido prohibir” y acuñaba los mantras de la “libertad” y la “democracia”, tan gastados ya en nuestros días. Mantras que chorrean sangre. Guerras, cárceles y crímenes crecieron de manera proporcional a ese concepto libertad, no solo en Asia, África y América Latina, sino también en Europa y en Usa. En nombre de la libertad y la democracia expandieron su cultura de la muerte, como buenos vástagos del colonialismo y el nazismo.


Contaron con el apoyo de las burguesías colonizadas y fueron imponiendo la “gran cultura americana” la del vaquero, chicle, sexo- drogas-rock and roll, hamburguesas-pollo frito, coche, gánsteres y bombas. Una cultura bestial y bestializante, que jamás se preocupó por la verdad ni por la vida humana y que hizo de la mentira ley, tanto que convenció al mundo de que “civilizaron” a indios y negros (esclavizados y asesinados sin piedad) o que ganaron la segunda guerra mundial (que ganó la URSS) total que más da, en la cultura del supermercado puedes vender basura si la etiqueta tiene colores bonitos. Y en eso fueron muy hábiles, la guerra cultural e informativa idiotizó y corrompió a las grandes masas explotadas.


Esa cultura de la infamia se fue imponiendo en Occidente y construyó paso a paso esta especie de sinrazón en que vivimos. Un horizonte bajo, donde el ser humano es un consumidor, un esclavo sin voz, un suicida o un asesino. Es el modelo que se impuso y hay que reconocerlo: cultura de la muerte y de la deshumanización. Si te sientes mal, tu médico siempre al servicio de la gran empresa química te recetará un buen dopaje.


Creo que el viejo temor a la cultura rusa –y a cualquier otra cultura– que no se somete y tiene otro proyecto de humanidad se censura porque están desesperados y en franca decadencia. Su antiguo aparato propagandístico tan repetitivo como pobre se ha gastado.


La colonizada –y endeudada– Europa obedece al "american-anglo way of life", pero no puede ocultar el costo que paga por la crisis estructural de USA, con su senil traficante de armas. Un país sin ningún servicio social, con millones de pobres en las calles, con la mayor población carcelaria del mundo y con una lista de crímenes históricos pendientes hasta que la humanidad entera un día los juzgue (Hiroshima, Nagasaki, Corea, Vietnam, Guatemala, Irak, Libia…etc. etc.)


Por eso, es curioso como aquellos que decían “prohibido prohibir” para propagandizar las virtudes occidentales, hoy tiemblan y prohíben, aun sabiendo que Chejov, Dostoievski, Gorki, Block, Mayakovski, y tantos no pueden prohibirse porque saltan por encima de esos podridos muros occidentales que solo están dedicados a la muerte, al crimen ya naturalizado como el que acaba de ocurrir este mes en la valla de Melilla. Rachmaminof, Shostakovich saltan esas infames vallas de la decadencia occidental y lo hacen inaugurando una nueva humanidad, como lo hizo también el pueblo revolucionario en 1917.


De allí que la pregunta sobre la censura a la cultura rusa me lleva a preguntar algo esencial y urgente:


¿Cómo y qué hacer para que nuestros pueblos despierten de la pesadilla imperialista?


¿Cómo activar la memoria casi plana del ciudadano mas mediado de Occidente?


¿Cómo sufrir un buen contagio, este si, de curiosidad, capacidad de imaginar, sentido profundo del amor y la solidaridad, es decir, cómo humanizarnos antes de que sea tarde?


Ojala los pueblos de Europa algún día suelten la mano del amo y no sigan participando en las guerras que benefician sólo a la poderosa mafia financiero militar globalista, que dirige este pequeño continente peninsular tan militarizado y colonizado. La historia avanza en otra dirección y no hay censura capaz de detenerla.


El sistema imperialista está herido de muerte y nos ha colocado en la encrucijada: o nos levantamos contra él o nos destroza, y ese es el papel que le ha tocado una vez más al pueblo ruso, y una vez más aunque pretendan censurar esta tendencia de la historia que ellos tanto han tergiversado, está ahí, está viva y es clara: la victoria de la vida sobre el imperio de la muerte.


Y esa es la gran apuesta. Y esa será la gran Victoria, la del inminente fin del imperialismo y sus necesarias y constantes guerras.





13 noviembre, 2021

Fascismo / Antifascismo — Pier Paolo Pasolini

 

El nuevo fascismo es pragmático. Su fin es la reorganización y la homologación brutalmente totalitaria del mundo


REVOLUCIONES – 13/11/2021


Un 2 de noviembre de 1975 es asesinado Pier Paolo Pasolini, director de cine italiano, poeta, dramaturgo y ensayista, que supo combinar la escritura con la pintura, la filosofía con el activismo político de izquierda. Compartimos un texto de su autoría, que hace parte de 'Escritos corsarios'. El debate e interpelación acerca del fascismo es cada vez más vigente / urgente.




¿Qué es la cultura de una nación? Corrientemente se cree, incluso por parte de personas cultas, que es la cultura de los científicos, de los políticos, de los profesores, de los literatos, de los cineastas, etc.; es decir, que es la cultura de la intelectualidad. Pero no es así. Ni tampoco es la cultura de la clase dominante que precisamente a través de la lucha de clases intenta imponerla al menos formalmente. Finalmente, tampoco es la cultura popular de obreros y campesinos. La cultura de una nación es el conjunto de todas estas culturas de clases: es el total de todas ellas. Y sería abstracta si no fuera reconocible –o, mejor dicho, visible– en lo vivido y en lo existencial, y si consecuentemente no tuviera una dimensión práctica. Durante muchos siglos, en Italia, estas culturas se han distinguido aunque históricamente hayan estado unificadas. Hoy –casi de repente, en una especie de Advenimiento– la distinción y la unificación históricas le han cedido el puesto a una homologación que realiza casi milagrosamente el sueño interclasista del viejo Poder. ¿A qué es debida tal homologación? Evidentemente a un nuevo Poder.


Escribo «Poder» con P mayúscula –algo que Maurizio Ferrara acusa de irracionalidad, en la Unità (12-6-1974)– , sólo porque no sé en qué consiste este nuevo Poder y quién lo representa. Tan sólo sé que existe. Ya no lo reconozco en el Vaticano, ni en los Poderes democristianos, ni en las Fuerzas Armadas. Tampoco lo reconozco ya en la gran industria, porque ya no está constituida por un cierto número limitado de grandes industriales: a mí, al menos, me parece más bien como un todo (industrialización total), y, además, como un todo no italiano(transnacional).


También conozco –porque las veo y las vivo– algunas características de este nuevo Poder que aún no tiene rostro; por ejemplo, su rechazo de las viejas tendencias reaccionarias y del viejo clericalismo, su decisión de abandonar a la Iglesia, su determinación (coronada por el éxito) de transformar a los campesinos y a los subproletarios en pequeños burgueses, y sobre todo su anhelo, que parece cósmico, de llevar a cabo hasta el final el «desarrollo»: producir y consumir.


La identikit de este rostro aún en blanco de este nuevo Poder le atribuye vagamente rasgos «modernos», debidos a la tolerancia y a una ideología hedonista perfectamente autosuficiente: aunque también tiene rasgos feroces y sustancialmente represivos: la tolerancia en realidad es falsa porque la verdad es que nunca ningún hombre ha tenido que ser tan normal y conformista como el consumidor; y en cuanto al hedonismo, éste encubre evidentemente una decisión de preordenarlo todo con una crueldad jamás conocida por la historia. De modo que este nuevo Poder aún no representado por nadie y debido a un «cambio» de la clase dominante, es en realidad –si queremos conservar la vieja terminología– una forma «total» de fascismo. Pero este Poder también ha «homologado» culturalmente a toda Italia: se trata, pues, de una homologación represiva, aunque se haya obtenido a través de la imposición del hedonismo y de la joie de vivre. La estrategia de la tensión es una señal, aunque anacrónica, de todo esto.


Maurizio Ferrara, en el artículo mencionado (así como también Ferrarotti, en Paese Sera, 14-6-1974) me acusa de estetismo. Y con esto tiende a excluirme, a encerrarme. Bien, mi visión puede ser la de un «artista», o, como pretende la burguesía, la de un loco. Pero, por ejemplo, el hecho de que dos representantes del viejo Poder (que ahora en realidad sirven, aunque interlocutoriamente, al nuevo Poder) se hayan atacado respectivamente a propósito de las financiaciones a los partidos y del caso Montesi, también puede ser una buena razón para hacer enloquecer: es decir, desacreditar tanto a una clase dirigente y a una sociedad, a los ojos de un hombre, como para hacerle perder el sentido de lo oportuno y de los límites, lanzándolo a un auténtico estado de sensación de falta de leyes o de organización social. Y hay que añadir que se tiene que tomar en consideración la visión de los locos: a no ser que se quiera ser muy avanzado en todo menos en el problema de los locos, limitándose cómodamente a sacárselos de encima alejándolos.


Hay algunos locos que se fijan en los rostros de la gente y en su comportamiento. Aunque no como epígonos del positivismo lombrosiano (como toscamente insinúa Ferrara), sino porque conocen la semiología. Saben que la cultura produce códigos, que los códigos producen el comportamiento, que el comportamiento es un lenguaje y que en un momento histórico en que el lenguaje verbal es del todo convencional y esterilizado (tecnificado), el lenguaje del comportamiento (físico y mímico) adquiere una importancia decisiva.


Volviendo al principio de nuestra argumentación, me parece que hay buenas razones para sostener que la cultura de una nación (Italia por ejemplo) se expresa hoy sobre todo a través del lenguaje del comportamiento, o lenguaje físico, más un cierto porcentaje completamente convencional y tremendamente pobre de lenguaje verbal.


Es a dicho nivel de comunicación lingüística que se manifiestan: a) el cambio antropológico de los italianos; b) su completa homologación a un modelo único. O sea, decidir dejarse crecer el pelo hasta los hombros, o cortarse el pelo y dejarse crecer bigote (al estilo novecentista); decidir ponerse una cinta en la cabeza o un gorro hasta los ojos; decidir si soñar con un Ferrari o con un Porsche; seguir atentamente los programas televisivos; conocer los títulos de algunos best-sellers; vestirse con pantalones y camisetas rabiosamente de moda; tener relaciones obsesivas con chicas que se quiere tener al lado como adorno pero pretendiendo a la vez que sean «libres», etc., etc., etc.: todos éstos son actos culturales.


Ahora, todos los italianos jóvenes cumplen estos mismos actos, tienen este mismo lenguaje físico, son intercambiables; es algo tan viejo como el mundo, si se limita a una clase social, a una categoría; pero el hecho es que estos actos culturales y este lenguaje somático son interclasistas. En una plaza llena de jóvenes, nadie podrá distinguir, por su cuerpo, a un obrero de un estudiante, a un fascista de un antifascista; lo que aún era factible en 1968. Los problemas de un intelectual perteneciente a la intelligencia son distintos de los de un partido y de un hombre político, aunque a lo mejor la ideología sea la misma.


Quisiera que mis actuales contradictores de izquierda comprendieran que estoy en condiciones de darme cuenta de que, en el caso de que el desarrollo sufriera un paro y se volviera atrás, si los partidos de izquierda no apoyaran al Poder vigente, Italia se desmembraría sencillamente; si por el contrario prosiguiera el desarrollo tal como ha comenzado, el llamado "compromiso histórico" sería indudablemente realista por ser la única forma de intentar corregir dicho desarrollo, en el sentido indicado por Berlinguer en su informe al CC del Partido Comunista (ver L'Unità, 4-6-1974). De todos modos, así como a Maurizio Ferrara no le competen los rostros, a mí no me compete esta maniobra de práctica política. Como máximo, tengo el deber de ejercer quijotescamente y quizá extremísticamente mi crítica sobre la misma. ¿Cuáles son, pues, los problemas?


Aquí tenemos uno, por ejemplo. Decía en el artículo que ha suscitado esta polémica ('Corriere della sera', 10-6-1974) que los responsables reales de las tragedias de Milán y de Brescia son el gobierno y la policía italiana: porque si el gobierno y la policía hubieran querido, no habrían sucedido esas tragedias. Está claro. Y ahora quizá se burlarán de mí si digo que también nosotros los progresistas, los antifascistas, los hombres de izquierdas, somos responsables de esas tragedias. Porque no hemos hecho nada en todos estos años: 1) para que hablar de «tragedia de Estado» no fuera algo normal, y para que todo acabara; 2) (y lo más grave) no hemos hecho nada para que no haya fascistas. Sólo, los hemos condenado aligerando nuestra conciencia con nuestra indignación; y cuánto más fuerte y petulante era la indignación más tranquila quedaba nuestra conciencia.


En realidad nos hemos comportado con los fascistas (y hablo sobre todo de los jóvenes) en modo racista, es como si rápida y despiadadamente hubiéramos querido creer que estuvieran racialmente predestinados a ser fascistas, y que ante tal decisión de su destino no hubiera nada que hacer. Y no lo ocultemos: todos sabíamos, dentro de nuestra conciencia, que cuando uno de aquellos jóvenes decidía volverse fascista, se trataba de algo puramente casual, no se trataba más que de un gesto irracional y sin motivo: quizá hubiera bastado una sola palabra para que aquello no hubiera ocurrido. Pero ninguno de nosotros nunca ha hablado con ellos ni se les ha dirigido. Inmediatamente los hemos aceptado como representantes inevitables del mal. Y a veces se trataba de muchachos y muchachas adolescentes de dieciocho años, que no sabían nada de nada, y que se habían lanzado a la horrible aventura simplemente por desesperación.


Pero no podíamos distinguirlos de los otros (no digo de los Otros extremistas, sino de todos los otros). Ésta es nuestra pavorosa justificación.


El padre Zosima (¡y se trata de literatura!) en seguida supo distinguir, entre todos los que estaban hacinados en su celda, a Dmitrj Karamazov, el parricida. Y levantándose de su asiento fue a postrarse ante él. Y lo hizo (como le diría después al más joven de los Karamazov) porque Dmitrj estaba destinado a hacer la cosa más horrible y a soportar el más inhumano de los dolores. Piensen (si se sienten con fuerzas) en el muchacho o en los muchachos que fueron a poner las bombas en la plaza de Brescia. ¿No es como para levantarse e irse a postrar ante ellos? Seguramente eran jóvenes de pelo largo, o con bigotito al estilo de principios de siglo, llevaban cintas en la cabeza o gorros calados hasta los ojos, eran pálidos y presuntuosos, su problema era el de vestirse a la moda, todos igual, tener un Porsche o un Ferrari, o motos y conducirlas como pequeños arcángeles idiotas llevando detrás chicas decorativas y modernas, de esas que están a favor del divorcio, de la liberación de la mujer y del desarrollo en general...


Eran jóvenes como todos los demás: nada los distinguía en ningún modo. Aunque hubiéramos querido, no habríamos podido ir a postrarnos ante ellos. El viejo fascismo, aunque fuera a través de la degeneración retórica, distinguía; el nuevo fascismo –que es toda otra cosa– ya no distingue: no es humanísticamente retórico, es [norte]americanamente pragmático. Su fin es la reorganización y la homologación brutalmente totalitaria del mundo.





17 septiembre, 2020

Cultura y Poder: acerca de un libro de Michael Parenti

 




El mundo de la vida – 23/10/2011


Imaginemos por un instante que Johannes Kepler y Tycho Brahe contemplan juntos una puesta de sol. Brahe es un fiel seguidor de Aristóteles y Ptolomeo: para él, la tierra se encuentra en un punto fijo alrededor del cual giran el sol y el resto de los cuerpos celestes. Kepler, uno de los protagonistas de la revolución científica del siglo XVII, está convencido de que es la tierra la que gira teniendo al sol como centro. ¿Observan ambos astrónomos lo mismo mientras disfrutan esa escena crepuscular? ¿Tienen acaso la misma experiencia visual?


Los mismos fotones son emitidos desde el sol, y atraviesan nuestra atmósfera. Cómo los dos observadores tienen una visión normal, dichos fotones pasarán a través de sus córneas, humor acuoso, iris, lentes, y del cuerpo vidrioso de sus ojos para afectar sus retinas y provocar similares cambios electroquímicos en sus células de selenio. No hay dudas: los dos astrónomos ven lo mismo… pero no tienen la misma experiencia visual.


Existe una marcada diferencia entre el estado físico y la experiencia visual. Los conocimientos, la cultura, los esquemas mentales ejercen más influencia que las reacciones en la retina. Más que un estado fotoquímico, la observación es una experiencia. Son las personas quienes ven, no sus ojos. Las cámaras fotográficas y los globos del ojo son ciegos.


Los intentos de localizar en los órganos de la vista algo que pueda denominarse visión deben de ser rechazados: para Tycho Brahe, el sol realiza su cotidiano paseo teniendo a la tierra como centro; para Kepler la tierra gira hacia sus espaldas, mientras el sol permanece inmóvil.


Hace unos años se sometió a un grupo de ciegos de nacimiento a una operación con técnicas quirúrgicas nuevas. La vista les había sido devuelta. Todos los mecanismos fisiológicos para la visión estaban totalmente constituidos. Sin embargo, no era mucho lo que podían ver, más allá de vagas formas y sombras. Eran incapaces de distinguir objetos específicos.


Los investigadores concluyeron que los seres humanos no ven con sus ojos, sino con su cerebro. Aquellos ciegos de nacimiento tenían todo lo necesario para ver, pero eran incapaces de organizar sus percepciones visuales.


Con el ejemplo de los astrónomos empleado en la obra Patrones de descubrimiento, el filósofo e historiador de la ciencia norteamericano N.R. Hanson, prestaba apoyo hace más de cuatro décadas a la entonces reciente teoría de los paradigmas elaborada por Thomas Kuhn en su ya clásica La estructura de las revoluciones científicas.


El caso de los ciegos lo he extraído de la obra La batalla de la cultura, del politólogo (también norteamericano) Michael Parenti, publicada por la editorial Ciencias Sociales. Tanto las páginas en que Parenti recurre a la física óptica como el capítulo "Observación" de la obra de Hanson se refieren a un mismo caso aunque con dos propósitos diferentes. ¿El caso? La observación neutral es un mito. ¿El propósito? Hanson quería demostrar que la observación está cargada de teoría; Parenti, que la percepción de los seres humanos está configurada culturalmente. Es a la obra de este último a la que quiero referirme en lo que sigue.


Como el concepto de cultura es central en su libro, Parenti la define como un componente del poder social: es el panorama completo de creencias y prácticas convencionales dentro de cualquier sociedad, de ahí que el profesor se proponga explorar aquellos aspectos que se manifiestan en los conflictos sociales, tales como el género, la raza, la ciencia, la identidad sexual, el New Age y otros temas.


Por mucho que sus ideas armonicen con la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt, el autor, de orientación marxista, no pretende elaborar una teoría; antes bien, se contenta con exponer una ristra de ejemplos ilustrativos de la sociedad contemporánea, algunos de los cuales, a pesar de su extraordinaria sordidez, son poco conocidos.


Estamos ante un punto de vista que se aleja de las acostumbradas caricaturas ideológicas para presentar una visión matizada, equilibrada de los problemas culturales contemporáneos. Una perspectiva que advierte que la cultura es cualquier cosa menos neutral, pues tiene mucho de transmisión selectiva de los intereses de las élites dominantes.


"Los publicistas, eruditos y profesores pueden trabajar libremente en tanto se mantengan dentro de ciertos parámetros ideológicos. Cuando entran a territorio prohibido, manifestando o haciendo cosas iconoclastas, experimentan las restricciones estructurales impuestas a su subcultura profesional por la jerarquía social más elevada."


En apoyo a esta afirmación, Parenti cita el caso de Gary Webb, ganador de un premio Pulitzer y en la cumbre de su carrera periodística hasta que escribió un artículo que relacionaba la contra nicaragüense, subvencionada por la CIA, con el comercio de drogas en varias ciudades norteamericanas. El debate nacional que ello suscitó lo hizo caer en picada, mientras era desprestigiado con una fuerza descomunal. Su propia noción de periodismo neutral se desvaneció como consecuencia de aquellos ataques, lanzados incluso por sus propios colegas. Sólo tuvo que escribir algo censurado, tocar la tecla sensible, para caer en desgracia. En 2004 se suicidó.


Para Parenti, las creencias culturales no existen en un vacío social, de modo que hasta los tabúes aparentemente irracionales pueden tener su origen en consideraciones racionales: el comportamiento humano está orientado a resolver problemas prácticos. Veamos el ejemplo de las vacas sagradas de la India, desde la perspectiva del antropólogo Marvin Harris, citado por nuestro autor.


Algunos expertos occidentales aseguran que es inútil la adoración de las vacas en la India. Estas producen poca leche, su carne no puede ser comida, y para colmo deambulan por doquier creando complicaciones, mientras los pobres campesinos pasan hambre. Cuando una vaca se enferma, se reza por ella, y cuando un ternero nace se llama urgente a un sacerdote para bendecir el nacimiento. A simple vista, es cierto que parece un acto estúpido abstenerse de comer de esa alimenticia carne, sobre todo cuando se pasa hambre, pero Harris no comparte esta opinión.


Las vacas producen bueyes, que son imprescindibles para el trabajo en las granjas. Cuando el que nace es un cebú jorobado, estamos ante un animal que resiste las frecuentes sequías de la India, que casi nunca enferma, se recupera pronto cuando lo hace, sobrevive con poco y trabaja hasta el día de su muerte.


Y aunque en comparación con las vacas americanas, las de la India producen diez veces menos, esto es suficiente para la supervivencia de las familias más pobres, que aprovechan la inmunidad legal de las sacras reses para hacerlas pastar en los patios de los ricos, y lograr de este modo una más justa redistribución de valores calóricos.


Como es natural, si no se sacrifica ganado vacuno, este crece constantemente debido a las atenciones que recibe, y entonces la cantidad de estiércol que produce es astronómica: 700 millones de toneladas que sirven para fertilizar la tierra y para cocinar en las casas, debido a su llama limpia y lenta.


Nos dice Parenti que precisamente a causa del alto consumo de carne de res en los Estados Unidos, el 75% de los cultivos se utilizan para alimentar el ganado y no a la gente. Si los indios hicieran lo mismo sería el fin de miles de familias pobres.


Todo esto para mostrar cómo una costumbre, componente idiosincrásico de una cultura tan antigua como la India, está lejos de ser una simple superstición inútil y, a pesar de su apariencia mítica, se orienta a resolver el más importante de los problemas: el de la supervivencia.


Las tradiciones tienen un sentido. Este puede ser resolver un problema práctico como el que acabamos de ver, o mantener vivo el tejido originario del alma de un pueblo. ¿Qué sucede entonces cuando la cultura se convierte en un artículo de consumo? Parenti señala que G. P. Elliot se quejaba de la seudocultura como algo prefabricado, producto de la ideología y de la tecnología, mas no de las costumbres y la tradición. Pero mucho antes, Horkheimer y Adorno acuñaron el término de "industria cultural" para referirse a la creación artificial de entretenimiento masivo. Una industria que idiotiza y enajena.


La cultura comercializada masivamente, advierte Parenti, nos aparta del pensar demasiado en cosas más importantes. Entretenerse es más fácil que sentirse informado. Cuando se quiere entretener a todos se busca el más bajo denominador común. Entonces,


"Los gustos del público se convierten en algo armónico con la cultura basura, las ofertas de lo inútil, lo grosero, lo tremendamente violento, lo estimulante de momento y lo desesperadamente superficial. Estos contenidos a menudo tienen un verdadero contenido ideológico. Incluso si fuera supuestamente apolítica, la cultura del entretenimiento (…) es política en su impacto, propalando imágenes y valores que tienen que ver con lo sexista, racista, autoritario, materialista y militarista."


Nótese que lo que plantea el autor es la idea inversa a la que supone una industria del entretenimiento complaciente con los intereses populares. Es el suministro el que crea la demanda. Hay todo un conjunto de razones, diferentes al gusto popular, para determinar el proceso de selección de un programa televisivo, o de los libros que acepta una librería.


En este último caso, la industria editorial, dominada por unas pocas poderosas sociedades, impone una censura. Los libros que estas grandes editoras publican tienen mucha más posibilidad de distribución, propaganda y ubicación en bibliotecas y estantes que las pequeñas editoriales. El mundo del arte no es algo aparte del mercado del arte, del mismo modo que – diría yo- la producción de literatura no es algo aparte del mercado literario.


La influencia de la ideología dominante no se limita al ámbito cultural. Muchas investigaciones científicas se divulgan y subvencionan de acuerdo a marcados intereses comerciales. Así, las compañías de tabaco financian investigaciones que afirmen que el cigarro no hace daño; las petroleras a aquellas según las cuales el calentamiento global es un cuento de hadas; la industria química, por su parte, preferirá los estudios que demuestren las bondades de los pesticidas.


En plena armonía con la Historia popular de la ciencia, de su coterráneo el historiador Clifford D. Conner, Parenti recuerda las muchas veces en que los científicos se han puesto al servicio de determinadas ideologías. Ciencias como la psiquiatría se han mostrado como efectivos mecanismos de control.


Durante siglos no pocos hombres, detentando el poder y la autoridad que confiere el halo de las Ciencias Medicas, han declarado a las mujeres seres inferiores y a los negros deficientes morales y mentales .


A finales del siglo XIX y todavía en el XX, se inventaron enfermedades como la ninfomanía y la dependencia masturbatoria. También en esta época se creía que la histeria era una enfermedad causada por el útero, al punto que eminentes doctores como William Goodell aconsejaban la extirpación de este órgano femenino como medida más efectiva.


El eminente psiquiatra Benjamin Rush, entendía la cordura como "la práctica de hábitos regulares", mientras la locura era “todo lo contrario” (dudo que alguien encuentre una mejor justificación para reprimir cualquier manifestación contra el orden establecido). Según el padre de la psiquiatría americana, el mejor remedio para la demencia era la flagelación, el terror, el uso del "miedo acompañado de dolor y el sentimiento de vergüenza" (¿y existirá alguna justificación más adecuada para la tortura?); de hecho, afirmaba Rush, la inmovilización total y el confinamiento de las partes del cuerpo producía efectos tan tranquilizantes en el paciente que el prestigioso científico se había deleitado aplicándolos.


Pero si los casos de los sabios Goodell y Rush aun no le parecen suficientes, habrá que mencionar el resultado de una investigación que en 1851 publicó el doctor Samuel Cartwright titulada Informe sobre enfermedades y peculiaridades psíquicas de la raza negra, donde concluía que la drapetomania, es decir aquella extraña enfermedad que motivaba a los negros a huir de la esclavitud, "era un desarreglo como cualquier otra alienación mental, y mucho mas curable, como regla general."



La cura que proponía el doctor, basado en sus rigurosas investigaciones era la aplicación de latigazos para los primerizos y, en caso de reincidencia (imagino que por ser un estado de empeoramiento de la enfermedad), el corte de orejas, los grilletes, el hierro caliente o la castración.


¿Y que decir de la adición que hizo, en 1952, la Asociación Americana de Psiquiatría de la homosexualidad a la lista de enfermedades emocionales en su Manual de Diagnóstico y Estadística de Enfermedades Mentales? Ahora a los homosexuales se les podía discriminar sobre la base de criterios científicos, a pesar de que en el citado Manual no se explicaban esos mismos criterios. Eso sí, como los programas de modificación del comportamiento, el confinamiento institucional, los medicamentos, y la cirugía del cerebro no habían logrado curar la homosexualidad, se concluyó que esta era una enfermedad bien difícil de tratar.


Apunta Parenti que ni la inclusión en aquel año, ni su exclusión en 1974 tuvieron nada que ver con la ciencia:


"La lista de 1952 fue la respuesta a una cultura homofóbica y a una larga práctica dentro de la psiquiatría. Y la decisión de 1974 de quitarla de la lista fue la respuesta a la lucha política llevada a cabo por los gays contra esa cultura homofóbica. Ambas decisiones demuestran : a) cómo los sesgos culturales penetran en los sistemas de creencias, incluyendo los sistemas científicos que presumen de estar libres de sesgos culturales, y b) cómo la cultura no siempre es un concepto fijo e inmutable, sino que a veces la puede cambiar una agitación consciente y organizada."


El etnocentrismo y el imperialismo cultural son temas que no escapan a la mira de Parenti. El etnocentrismo es la tendencia a considerar a los demás de acuerdo con las características preferidas de nuestro propio grupo, con el consecuente desprecio cuando "el otro" se muestra diferente a nosotros; el imperialismo cultural, por su parte, es el aliado del imperialismo político-económico: el saqueo, la conquista, las guerras, la expropiación de tierras, de trabajo, de capital, de recursos naturales, de mercado, en fin, el peso del poderío militar de una nación descargado sobre otra, trae como consecuencia la perdida de modos de vida, de ritos, artes, costumbres, mitos, música, dioses e idiomas. En una palabra, el imperialismo cultural es la imposición de nuestra cultura, y lleva por tanto una alta dosis de etnocentrismo.


Muestras de etnocentrismo son las guerras de religiones, la masacre de los cristianos a los judíos, la lucha entre musulmanes y cristianos, las matanzas entre chiíes y suníes, el proceso de colonización industrial en las poblaciones indígenas, las expropiaciones de obras de arte o la supuesta inferioridad del "África más oscura".


Parenti muestra no obstante una posición equilibrada a la hora de juzgar en práctica ambas nociones. El error de muchos teóricos es pretender resolverlo todo con teorías, discursar con fórmulas, desprender consecuencias no de la realidad, sino de sus notas, de sus lecturas. Si la realidad contradice criterios bien establecidos, entonces hay que revisar esa realidad. De este modo, es muy fácil llegar al dogmatismo.


De ahí que el profesor se muestre escéptico ante la suposición radicalmente opuesta al etnocentrismo de considerar que cada cultura es feliz con sus tradiciones. Declarar que sociedad con un alto grado de injusticia social debe comprenderse desde sus propias pautas, y por tanto que hay que abstenerse a juzgarla es en sí mismo un acto de injusticia.


La sociedad islámica puede tomarse por ejemplo. El estricto puritanismo y la misoginia reinante generan un nivel de estrés que se estima la causa del más alto nivel de accidentes de tráfico del mundo, así como de los extraordinarios porcentajes de diabetes y de la alta tensión sanguínea.


"Como cualquier sociedad en la que hay una represión intensa, en Arabia Saudí existe gran cantidad de hipocresía. Por ley y por principios religiosos a nadie le está permitido tener una antena de televisión por satélite. Sin embargo el país es el mayor consumidor de televisión por satélite de Oriente medio. Por ley y por principios no puede haber bancos que cobren intereses, no obstante el 90 % de los bancos saudíes están basados en el sistema de intereses. Por ley y por principios las imágenes y practicas sexuales deben estar fuera de la vista y de la mente, pero los hombres ven pornografía en internet en forma regular."


En fin, que respetar otras culturas no significa aceptarla en todos sus aspectos, concluye Parenti, que examina luego con detalle las terribles injusticias cometidas contra las mujeres, la esclavitud infantil, las violaciones incestuosas, el matrimonio heterosexual como institución fundamental de la civilización, aunque todo indique lo contrario, los mitos racistas, el hiperindividualismo, las ventajas y desventajas de la New Age, las nociones de "paradigmas", "objetividad" y "opinión disidente", entre otras. Siempre nos ofrece el autor datos sorprendentes, sucesos inesperados, realidades que a pesar de su actualidad nos parecen las más crueles pesadillas.


La obra de Parenti nos invita a movernos a contracorriente, a resistirnos a las falsedades de una cultura cuya trivialidad no es para nada inocente, y detrás de la cual siempre ocultarán su rostro la ideología y el poder.