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24 septiembre, 2026

Salvando la memoria de Gaza: Jóvenes gazatíes recuperan miles de libros de entre las ruinas causadas por el ente sionista (+vídeo)

 

The Palestine Chronicle – 21/09/2026

   Traducción: Arrezafe



Dos jóvenes voluntarias palestinas trabajan en equipo para rescatar libros y documentos históricos de la biblioteca de la Gran Mezquita de Omari, destruida, en la ciudad de Gaza. (Foto: Captura de vídeo)


Jóvenes palestinas están rescatando miles de libros históricos de las ruinas de Gaza, preservando así un patrimonio cultural amenazado de destrucción permanente.


Objetivos clave


● La biblioteca de la Gran Mezquita de Omari albergaba aproximadamente 20.000 libros, manuscritos y documentos históricos antes de ser destruida durante la guerra genocida de Israel.


● Una iniciativa palestina de conservación afirmó que se habían recuperado aproximadamente 3.000 libros, aunque muchos siguen gravemente dañados o requieren restauración especializada.


● La especialista en restauración Haneen al-Amssi y un grupo de jóvenes voluntarias de la fundación independiente Eyes on Heritage Foundation están liderando la operación.


Biblioteca histórica de Gaza


Jóvenes palestinas están rescatando miles de libros históricos de las ruinas de Gaza, preservando así un patrimonio cultural amenazado de desaparecer para siempre.


Según miembros de la iniciativa, un grupo de especialistas y voluntarios palestinos dedicados a la restauración ha recuperado aproximadamente 3.000 libros de la biblioteca de la Gran Mezquita de Omari, destruida en la ciudad de Gaza.


Los libros fueron recuperados de debajo del hormigón, las piedras y los restos de la biblioteca histórica, que fue atacada repetidamente y destruida casi por completo durante la guerra genocida de Israel contra Gaza.


La biblioteca, ubicada dentro de la Gran Mezquita Omari en la Ciudad Vieja de Gaza, contenía aproximadamente 20.000 artículos antes de su destrucción. Su acervo incluía libros, manuscritos únicos, publicaciones periódicas, contratos históricos, revistas y otros documentos que registraban siglos de vida religiosa, literaria e intelectual de Gaza.


Operación rescate de emergencia


La iniciativa está liderada por Haneen al-Amssi, una arquitecta de 33 años especializada en la restauración de obras de arte, esculturas y murales.


Al-Amssi es el director ejecutivo de la Fundación Eyes on Heritage, una institución cultural palestina independiente establecida en Gaza en 2009 por el historiador Dr. Abd al-Latif Abu Hashem.


En colaboración con aproximadamente una docena de jóvenes palestinas, al-Amssi organizó una respuesta de emergencia destinada a proteger los libros que sobrevivieron a la destrucción de la biblioteca.


"La iniciativa surgió de la absoluta oscuridad que imperaba en Gaza", dijo al-Amssi.


La fase actual de la operación comenzó el 29 de enero de 2025. Antes de que los voluntarios comenzaran a retirar los libros, al-Amssi los capacitó en documentación, excavación, procedimientos de seguridad y manejo de materiales frágiles.


Las mujeres aprendieron a identificar los libros que podían trasladarse sin peligro y a aislar los volúmenes cubiertos de ceniza, dañados por el moho o fusionados por la humedad.


Trabajaban dentro de una estructura gravemente dañada, rodeada de escombros y expuesta al polvo, la humedad, los insectos, los roedores y otros peligros ambientales.


Según Al Mayadeen, la ubicación de la biblioteca cerca de la zona conocida como la "Línea Amarilla" suponía un riesgo de seguridad adicional para los voluntarios.


A pesar del peligro, las mujeres entraron en el edificio, retiraron los escombros que cubrían los libros y trasladaron los volúmenes recuperables del suelo a las estanterías que habían sobrevivido.


Quemados, deformados y enterrados


Los libros recuperados presentaban diferentes grados de daño.


Algunos permanecieron prácticamente intactos y sólo requirieron una limpieza minuciosa. Otras sufrieron daños menores que podrían solucionarse utilizando las herramientas disponibles en Gaza.


Una tercera categoría incluía los libros que habían sido quemados, descompuestos o dañados de tal forma que su restauración ya no se consideraba posible.


“Si se pierden, se pierden para siempre. Perdemos nuestra historia, nuestra civilización y nuestro patrimonio histórico”, declaró un representante de la iniciativa a Al Mayadeen.


Algunos de los libros que se conservan son ediciones raras que se imprimieron solo una vez. Otros, según se informa, contienen notas o escritos de puño y letra de sus autores originales.


Entre los materiales recuperados de las ruinas se encontraba el Diwan de Ibn Zuqa'a al-Ghazzi, un manuscrito excepcional que data del período mameluco, hace aproximadamente 700 años. Si bien el manuscrito fue rescatado de entre los escombros, al parecer estaba demasiado dañado para ser restaurado.


La pérdida de un manuscrito de este tipo es irreversible, ya que es posible que no exista otra copia conocida.


La colección que se conserva incluye obras sobre jurisprudencia islámica, poesía, literatura e historia, así como documentos relacionados con el desarrollo social e intelectual de Gaza.


Primeros auxilios para la biblioteca


El equipo califica su intervención como de "primeros auxilios" a los libros, más que de una restauración completa.


Su labor inmediata consiste en recuperar, separar, limpiar, documentar y contabilizar los volúmenes que se conservan. La restauración completa requeriría productos químicos especializados, equipos, laboratorios e instalaciones de almacenamiento seguras que no están disponibles en Gaza.


Los voluntarios se han valido principalmente de materiales básicos, como cepillos, guantes, trapos, esponjas y utensilios de limpieza domésticos. Algunos trajeron toallas, pañuelos de papel y escobas de sus propias casas.


La organización Eyes on Heritage y sus voluntarios han financiado muchos de estos materiales con sus propios recursos.


Una de las sustancias necesarias para tratar manuscritos dañados por la fusión y el moho es el alcohol al 70 por ciento. Sin embargo, el colapso del sector sanitario de Gaza y el continuo bloqueo israelí han hecho que obtener esta sustancia sea extremadamente difícil.


Al-Amssi había declarado anteriormente que, tras esperar meses, solo consiguió 40 mililitros, suficientes para tratar tres conjuntos de material dañado, mientras que más de 30 seguían necesitando intervención.


Calculó que la reparación de la colección que aún se conserva podría llevar hasta 20 años.


El edificio de la biblioteca también requiere importantes trabajos estructurales. Es necesario reparar sus muros y la mampostería dañada, mientras que las salas que aún se conservan necesitan ventilación, esterilización y protección contra un mayor deterioro ambiental.


Los materiales recuperados de la biblioteca fueron trasladados temporalmente a otro lugar de almacenamiento. Posteriormente, ese lugar fue bombardeado, poniendo de nuevo en peligro la colección rescatada.


Protegiendo la historia de Gaza


La biblioteca de la Gran Mezquita de Omari no fue la única institución cultural palestina destruida durante el genocidio.


Los ataques de Israel han dañado o destruido las universidades, archivos, bibliotecas, museos, editoriales, centros culturales, yacimientos arqueológicos y edificios históricos de Gaza.


La UNESCO ha verificado los daños sufridos por más de 160 sitios culturales en Gaza, mientras que, según los informes, al menos 13 bibliotecas importantes han quedado devastadas.


La Fundación Eyes on Heritage también ha sufrido pérdidas reiteradas. Su sede fue destruida en un ataque israelí en septiembre de 2025, junto con cientos de documentos, manuscritos y archivos. Sus oficinas ya habían sido destruidas durante la guerra de Israel contra Gaza en 2014.


Antes de la última guerra, la organización había fotografiado y digitalizado una colección de manuscritos árabes. Treinta y seis manuscritos conservados por la fundación han sido catalogados y puestos a disposición del público a través del Museo y Biblioteca de Manuscritos Hill.


Las imágenes fueron tomadas antes del ataque israelí y posteriormente transmitidas digitalmente una vez que los miembros de la fundación recuperaron el acceso a sus equipos.


El proyecto demuestra el papel fundamental que desempeñan los jóvenes investigadores, archiveros y especialistas en restauración de Gaza en la protección de la historia palestina.


Las mujeres que trabajan en la Biblioteca Omari realizan tareas que normalmente llevarían a cabo equipos capacitados con equipos de protección, laboratorios de conservación y financiación institucional.


En cambio, están intentando preservar la colección en medio de continuos ataques, desplazamientos y una grave escasez de alimentos, medicinas, electricidad y agua potable.


Reconstruyendo un centro intelectual


La Gran Mezquita de Omari es uno de los monumentos históricos y religiosos más importantes de Gaza.


Su ubicación en la Ciudad Vieja situó a su biblioteca en el centro de la vida intelectual de Gaza. Generaciones de escolares, estudiantes, investigadores y residentes visitaron la colección y estudiaron sus libros y manuscritos.


Por lo tanto, la restauración de la biblioteca preservaría mucho más que los volúmenes que aún se conservan. Podría proporcionar a Gaza un centro esencial para la investigación y el aprendizaje tras la destrucción de sus universidades y otras instituciones educativas.


Al-Amssi espera cursar estudios de doctorado en el futuro. Por ahora, sin embargo, ha centrado su trabajo en los manuscritos y los libros dañados.


"No puedo marcharme hasta que hayan sido salvados", dijo.




09 junio, 2026

Revolución de las Conciencias y Cultura — Fernando Buen Abad

 

"Dioses del mundo moderno" (1932-1934) José Clemente Orozco


aporrea.org – 07/06/26


El problema decisivo habita en una dimensión más profunda: la transformación de las formas de conciencia que durante décadas fueron moldeadas por una “pedagogía” burguesa orientada a naturalizar la desigualdad, glorificar el privilegio y convertir la subordinación cultural en una costumbre interiorizada.


La Revolución de las Conciencias

lenta en la Cuarta Transformación de la Cultura


Arte y Cultura entre la parsimonia y la impotencia.


¿Por qué no somos vanguardia mundial en arte y cultura transformadoras?


México atraviesa una coyuntura histórica 4T cuyo núcleo más complejo no radica sólo en la sustitución de administraciones gubernamentales, ni en la reorganización parcial de aparatos institucionales, ni en la redistribución relativa de ciertos recursos públicos. El problema decisivo habita en una dimensión más profunda: la transformación de las formas de conciencia que durante décadas fueron moldeadas por una “pedagogía” burguesa orientada a naturalizar la desigualdad, glorificar el privilegio y convertir la subordinación cultural en una costumbre interiorizada. Allí se encuentra la gran dificultad de toda tentativa transformadora. Modificar leyes puede tomar meses; alterar estructuras económicas requiere años; desmontar hábitos simbólicos sedimentados durante generaciones exige una temporalidad mucho más extensa, plagada de contradicciones, avances irregulares y retrocesos inevitables.


Así la “Cuarta Transformación” ha colocado sobre la mesa un desafío cuya magnitud suele ser subestimada. No basta con disputar la administración del Estado. Resulta imprescindible intervenir en la producción social del sentido. La cultura aparece entonces como territorio estratégico, no como ornamento protocolario ni como entretenimiento subsidiario. Cada canción, cada programa televisivo, cada narrativa histórica, cada monumento, cada libro escolar, cada plataforma digital y cada espectáculo masivo participan en la construcción cotidiana de percepciones acerca del mundo, de la justicia, de la riqueza, del trabajo y de la dignidad humana. Quien controla los grandes mecanismos de producción simbólica posee una capacidad extraordinaria para definir qué se considera normal, deseable, inevitable o imposible.


Durante décadas, amplios sectores de las élites económicas mexicanas comprendieron esta realidad con mayor claridad que numerosos gestores culturales. La concentración mediática, la mercantilización de la educación, la espectacularización de la política y la colonización publicitaria de la vida cotidiana constituyeron operaciones convergentes orientadas a producir subjetividades compatibles con un orden social profundamente desigual. El resultado fue la consolidación de una cultura donde el éxito individual apareció desligado de toda responsabilidad colectiva, mientras la pobreza se presentó como fracaso personal y la riqueza como evidencia moral de mérito superior.


En semejante contexto, hablar de revolución de las conciencias implica reconocer una tarea gigantesca. No se trata de reemplazar una propaganda por otra. Tampoco consiste en construir catecismos ideológicos destinados a repetir consignas vacías. La cuestión fundamental reside en desarrollar capacidades críticas que permitan a los pueblos interpretar por sí mismos las relaciones sociales que determinan su existencia. Una conciencia transformadora no nace de la obediencia. Surge del conocimiento, de la experiencia organizada, de la memoria histórica y de la participación activa en la vida común.


Sin embargo, la velocidad de esta transformación cultural parece avanzar con una lentitud que provoca frustraciones comprensibles. Muchos observadores perciben una distancia considerable entre la magnitud de los cambios anunciados y los resultados visibles en el campo artístico y cultural. Esa percepción contiene elementos reales. Numerosas instituciones continúan operando bajo inercias heredadas. Persisten burocracias especializadas en administrar prestigios antes que procesos de emancipación cultural. Sobreviven mecanismos de financiamiento incapaces de romper círculos cerrados de legitimación estética.


Subsisten criterios de excelencia moldeados por cánones excluyentes cuya genealogía remite con frecuencia a jerarquías sociales profundamente arraigadas. La parsimonia institucional posee causas múltiples. Ninguna transformación cultural puede desarrollarse mediante decretos administrativos. El arte responde a dinámicas complejas donde intervienen tradiciones, sensibilidades, imaginarios colectivos y disputas por el reconocimiento simbólico. No obstante, existe una diferencia sustancial entre respetar la autonomía creadora y tolerar la reproducción pasiva de estructuras culturales que continúan funcionando como mecanismos de exclusión social. La democratización efectiva de la cultura exige mucho más que ampliar presupuestos.


Porque la política cultural de la Cuarta Transformación constituye uno de los laboratorios más complejos, contradictorios y reveladores del México contemporáneo. Ningún balance serio puede satisfacerse con la exaltación ceremonial ni con el resentimiento corporativo. Ambos extremos producen caricaturas útiles para la propaganda y estériles para el conocimiento. Lo que interesa comprender es el comportamiento concreto de las fuerzas sociales en disputa dentro del campo cultural, la manera en la que se reorganizan los recursos simbólicos, los conflictos entre herencias institucionales y nuevas expectativas populares, las formas visibles e invisibles de la dominación ideológica y los alcances reales de una política pública que se propuso transformar la vida nacional mientras operaba dentro de estructuras económicas y administrativas heredadas de décadas de acumulación desigual.


Aceptemos que la cultura no constituye un adorno del Estado. Tampoco representa un departamento ornamental destinado a organizar festivales, administrar museos o distribuir reconocimientos. La cultura es una fuerza productiva de la conciencia social. En ella se elaboran las imágenes que una sociedad produce sobre sí misma, los relatos que legitiman o cuestionan las relaciones de poder, los imaginarios mediante los cuales una clase consigue naturalizar sus privilegios o una colectividad descubre la necesidad de transformarlos. Quien controla la producción simbólica dispone de una ventaja estratégica en la organización del consenso. Por ello resulta imposible analizar la política cultural sin examinar simultáneamente la lucha por la hegemonía social.



Durante décadas, amplios sectores de la institucionalidad cultural mexicana se configuraron alrededor de una paradoja notable. Mientras proclamaban la universalidad del acceso al conocimiento, funcionaban mediante mecanismos de concentración territorial, lingüística y económica. La inmensa riqueza cultural de los pueblos originarios, de las comunidades rurales, de los trabajadores urbanos y de innumerables formas de creatividad popular permanecía frecuentemente subordinada a circuitos de legitimación dominados por élites académicas, burocráticas o mercantiles. El problema no consistía en la existencia de instituciones culturales sofisticadas, el problema radica en el poco o nulo respeto por el trabajo y los trabajadores en el arte y la cultura.


Toda sociedad necesita centros de excelencia intelectual. La dificultad radicaba en que la distribución del prestigio, del financiamiento y de la visibilidad reproducía con frecuencia la estructura general de la desigualdad social. La Cuarta Transformación identificó parcialmente esa contradicción y trató de intervenir sobre ella. Allí se encuentra uno de sus mayores méritos históricos, aunque incompletos. Introdujo en el debate público la pregunta por la justicia cultural. Desplazó el énfasis desde la cultura concebida como privilegio hacia la cultura entendida como derecho. Intentó reconocer territorios humanos tradicionalmente excluidos de las prioridades estatales. Cuestionó la arrogancia de ciertas burocracias acostumbradas a confundir sus intereses corporativos con los intereses generales de la nación. Rompió inercias cuya permanencia parecía inmutable. Todo ello merece reconocimiento.


No obstante, el reconocimiento no exonera del examen crítico. La principal insuficiencia de la política cultural transformadora consistió en la distancia entre la magnitud de sus propósitos y la potencia material de sus instrumentos. Se proclamó una democratización cultural profunda sin construir siempre las condiciones estructurales necesarias para sostenerla. Se habló de revolución de las conciencias en un contexto donde las industrias privadas de producción ideológica continuaron concentrando una capacidad inmensamente superior para modelar deseos, percepciones y hábitos colectivos.


Se reivindicó la cultura comunitaria mientras los grandes aparatos corporativos del entretenimiento global intensificaban su presencia en cada teléfono móvil, en cada plataforma digital y en cada espacio de socialización cotidiana. La cuestión decisiva aparece aquí con toda su crudeza. Ninguna transformación cultural puede limitarse a redistribuir actividades artísticas. La disputa fundamental ocurre en la producción de subjetividad. Los monopolios mediáticos, las corporaciones tecnológicas, las industrias publicitarias y las plataformas transnacionales fabrican diariamente millones de horas de pedagogía invisible. Enseñan qué desear, qué admirar, qué temer, qué consumir, qué olvidar y qué considerar imposible. Frente a semejante maquinaria, numerosos programas culturales estatales operan con recursos comparativamente modestos y con estrategias frecuentemente fragmentadas. El resultado es una asimetría gigantesca entre la voluntad política declarada y las capacidades efectivas para disputar la dirección intelectual de la sociedad.


A ello se suma un problema que rara vez recibe la atención que merece. Una parte considerable de la discusión cultural mexicana continúa atrapada en categorías heredadas del liberalismo elitista. Se habla de acceso a la cultura cuando debería hablarse también de acceso al poder cultural. Se celebra la participación cuando la cuestión central es la capacidad de decisión. Se promueve el consumo cultural mientras permanece insuficientemente desarrollada la democratización de los medios de producción simbólica. Una comunidad que recibe espectáculos continúa siendo receptora. Una comunidad que dispone de instrumentos para producir conocimiento, memoria, arte, investigación y comunicación comienza a convertirse en sujeto histórico.


Desde esta perspectiva, la gran pregunta pendiente para la política cultural transformadora consiste en determinar hasta qué punto logró fortalecer la autonomía creadora de las clases trabajadoras y de los sectores populares. No basta con acercar bienes culturales a las mayorías. Es necesario multiplicar las condiciones materiales para que las mayorías produzcan cultura con independencia crítica, rigor intelectual y capacidad organizativa. La diferencia es inmensa. En un caso se amplía el acceso.


En el otro se modifica la correlación de fuerzas en el terreno simbólico. La contradicción aparece igualmente en el ámbito laboral. Miles de trabajadores de la cultura continúan sometidos a condiciones precarias de contratación, incertidumbre presupuestaria y fragilidad institucional. Esta realidad posee una importancia estratégica. Resulta difícil construir una política cultural emancipadora cuando quienes sostienen cotidianamente museos, bibliotecas, archivos, centros de investigación, proyectos editoriales y programas artísticos enfrentan formas persistentes de vulnerabilidad económica. Ninguna teoría avanzada sobre democratización cultural puede ignorar la materialidad concreta de quienes producen la vida cultural.


Otro aspecto merece una reflexión especialmente rigurosa. La cultura oficial latinoamericana ha padecido históricamente una enfermedad recurrente: confundir identidad con folclorización. Bajo discursos aparentemente inclusivos, numerosos proyectos terminan convirtiendo las expresiones populares en objetos decorativos despojados de conflicto social. La celebración de la diversidad pierde profundidad cuando se desconecta de las relaciones de explotación, de las estructuras de propiedad y de los mecanismos de subordinación económica que condicionan la experiencia cotidiana de millones de personas. La cultura popular no es únicamente una reserva estética.


Es también una memoria de resistencias, una inteligencia colectiva acumulada y un territorio donde se expresan antagonismos históricos. La conciencia de clase ocupa aquí un lugar decisivo. No como consigna ritual ni como fórmula doctrinaria, si como comprensión crítica de las condiciones reales que organizan la existencia social. Una política cultural transformadora alcanza relevancia histórica cuando contribuye a que los sujetos comprendan mejor las fuerzas que determinan sus vidas, identifiquen las estructuras que producen desigualdad y desarrollen capacidades colectivas para intervenir sobre ellas.


Toda cultura que fortalece la lucidez social amplía la libertad humana. Toda cultura que naturaliza la dominación contribuye a reproducirla. La experiencia de la Cuarta Transformación deja una enseñanza valiosa. Las transformaciones institucionales poseen importancia. Los presupuestos importan. Los programas importan. Las infraestructuras importan. Sin embargo, la batalla principal ocurre en niveles más profundos. Se desarrolla en la organización del sentido común, en la capacidad de una sociedad para interpretar críticamente su realidad, en la formación de nuevas sensibilidades éticas, en la construcción de imaginarios capaces de disputar el monopolio cultural de las clases dominantes.


Allí se libra el conflicto decisivo. La evaluación más honesta exige reconocer avances significativos y limitaciones severas simultáneamente. Sería injusto negar los esfuerzos orientados hacia la inclusión cultural. También sería irresponsable ignorar que la estructura general de producción ideológica permanece dominada por poderes económicos cuya influencia excede ampliamente el alcance de las políticas públicas convencionales. La democratización cultural sigue siendo una tarea inconclusa porque la democratización de la conciencia colectiva continúa enfrentando obstáculos materiales, tecnológicos y políticos de enorme magnitud.


México se encuentra todavía ante una exigencia histórica de gran envergadura: construir una política cultural capaz de articular excelencia intelectual, participación popular, justicia social, soberanía comunicacional y producción crítica de conocimiento. Ninguna de esas dimensiones puede sacrificarse sin empobrecer el proyecto entero. La cultura adquiere verdadera potencia transformadora cuando deja de ser administrada como espectáculo, patrimonio o mercancía y comienza a funcionar como energía consciente de una sociedad que busca comprenderse para transformarse. Allí reside la medida más exigente para juzgar cualquier política cultural. No en la cantidad de eventos organizados, no en las estadísticas ceremoniales de asistencia, no en los rituales burocráticos de la autocomplacencia, sino en la profundidad con que contribuye a elevar la inteligencia colectiva, fortalecer la dignidad humana y expandir la capacidad histórica de los pueblos para convertirse en autores conscientes de su propio destino.


Requiere modificar relaciones de poder que determinan quién produce, quién distribuye, quién interpreta y quién obtiene legitimidad pública. La impotencia aparece cuando la transformación cultural queda reducida a una política de eventos. Inaugurar festivales, multiplicar exposiciones o expandir agendas institucionales puede generar visibilidad inmediata, aunque raramente modifica las estructuras profundas de producción simbólica. El problema no consiste en la cantidad de actividades realizadas. La cuestión decisiva radica en preguntarse qué concepción del mundo se fortalece mediante ellas.


Una programación transformadora y abundante debe disputar profundamente con la reproducción de valores individualistas, consumistas y elitistas. La historia mexicana ofrece enseñanzas extraordinarias sobre este punto. Tras la Revolución, el muralismo, las misiones culturales, las campañas educativas y los proyectos editoriales construyeron una intervención masiva sobre la conciencia nacional. Aquellas experiencias no estuvieron exentas de contradicciones, límites o tensiones internas.


Sin embargo, comprendieron algo esencial: la cultura constituye una fuerza material cuando logra organizar imaginarios colectivos alrededor de horizontes compartidos. El arte dejó entonces de concebirse como patrimonio exclusivo de minorías ilustradas para convertirse en herramienta de interpretación histórica y afirmación popular. La actualidad presenta desafíos diferentes. Los dispositivos contemporáneos de producción simbólica operan a escala planetaria. Las plataformas digitales, los conglomerados mediáticos transnacionales y las industrias culturales globalizadas producen flujos permanentes de representaciones que atraviesan fronteras con una velocidad inédita. La batalla por la conciencia ya no se libra únicamente en museos, universidades o periódicos. Se desarrolla también en algoritmos, interfaces, tendencias virales y arquitecturas digitales diseñadas para capturar atención y convertir cada experiencia humana en mercancía intercambiable.


Por esa razón resulta insuficiente cualquier política cultural que ignore la economía política de la comunicación contemporánea. La producción artística no puede separarse del análisis de las estructuras tecnológicas que condicionan su circulación. Tampoco puede desvincularse de la concentración corporativa que regula visibilidad, prestigio y rentabilidad. Una revolución de las conciencias exige comprender que la lucha cultural contemporánea ocurre simultáneamente en bibliotecas, escuelas, barrios, redes digitales, industrias audiovisuales y espacios comunitarios.


Porque el horizonte humanista de una transformación cultural auténtica no consiste en imponer uniformidades doctrinarias. Su propósito radica en ampliar las capacidades colectivas para comprender el mundo y transformarlo. Allí el arte desempeña una función irremplazable. Las obras más poderosas no entregan respuestas prefabricadas. Amplían la sensibilidad histórica, revelan contradicciones invisibilizadas, cuestionan naturalizaciones opresivas y enriquecen el repertorio simbólico disponible para imaginar futuros distintos.


Y la conciencia de clase ocupa un lugar central en este proceso porque ninguna comprensión rigurosa de la realidad mexicana puede prescindir del análisis de las relaciones sociales que organizan la producción y distribución de la riqueza. La cultura dominante ha invertido enormes recursos para fragmentar percepciones colectivas, aislar experiencias individuales y ocultar las conexiones estructurales entre explotación económica, discriminación cultural y concentración del poder. Recuperar esas conexiones constituye una tarea intelectual y ética de primera magnitud.


No se trata de reducir toda creación artística a una función pedagógica inmediata. Una visión semejante empobrecería la complejidad de la experiencia estética. La cuestión consiste en reconocer que toda producción cultural participa objetivamente en conflictos históricos más amplios, aun cuando sus autores no lo adviertan. Ninguna obra emerge en el vacío. Toda forma artística dialoga con condiciones materiales concretas, con tradiciones específicas y con antagonismos sociales determinados.


México posee una riqueza cultural extraordinaria acumulada a lo largo de siglos de resistencia, mestizaje, creatividad popular y elaboración crítica. Allí residen recursos inmensos para una transformación profunda de la conciencia colectiva. Comunidades indígenas, movimientos campesinos, organizaciones obreras, tradiciones pedagógicas emancipadoras, expresiones artísticas comunitarias y experiencias de comunicación popular conforman un patrimonio vivo cuya potencia permanece parcialmente desaprovechada.


Tal lentitud observada en la revolución de las conciencias no debe interpretarse exclusivamente como signo de fracaso. También refleja la complejidad del terreno disputado. Las formas de dominación simbólica construidas durante generaciones no desaparecen con facilidad. Conservan recursos materiales, redes institucionales y capacidades de influencia considerables. Frente a ellas, la construcción de una nueva cultura democrática exige perseverancia histórica, imaginación estratégica y una confianza profunda en las capacidades creadoras del pueblo.


Toda transformación auténtica de la cultura requiere abandonar la ilusión de los resultados instantáneos. La conciencia colectiva se mueve mediante procesos acumulativos donde educación, comunicación, arte, memoria y organización social interactúan permanentemente. Allí reside la verdadera dimensión del desafío mexicano contemporáneo. No basta con administrar mejor el presente. Es necesario producir nuevas formas de sensibilidad capaces de reconocer la dignidad del trabajo, la centralidad de la cooperación humana y el valor irreductible de la justicia social.


En esa larga marcha histórica, la cultura deja de ser un adorno institucional para convertirse en una fuerza decisiva de emancipación, una energía creadora destinada a desmontar los mecanismos simbólicos de la desigualdad y a abrir horizontes donde la inteligencia colectiva pueda reconocerse como autora consciente de su propio destino. El presupuesto federal mexicano destinado al Ramo 48 Cultura para 2026 asciende a aproximadamente 15.082 millones de pesos. La cifra oficial fue publicada por la Secretaría de Cultura en el Diario Oficial de la Federación.


Para dimensionar el dato, conviene compararlo con el gasto total aprobado por el Estado mexicano. El Presupuesto de Egresos de la Federación para 2026 ronda los 10,2 billones de pesos, de modo que Cultura representa cerca de un 0,15 % del gasto federal total. Esa proporción resulta extremadamente baja para un país de más de 130 millones de habitantes, con una de las herencias civilizatorias más vastas del planeta, decenas de pueblos originarios, una producción artística gigantesca y una necesidad urgente de disputar la hegemonía cultural de los monopolios mediáticos. Desde una perspectiva histórica y estratégica, el problema no reside únicamente en el monto absoluto; reside en la concepción misma de la cultura como gasto secundario.


La pregunta decisiva es cuánto debería invertirse.


No existe una cifra universalmente correcta. Sin embargo, numerosos especialistas en políticas culturales sostienen que un país con las dimensiones, complejidad y riqueza cultural de México debería destinar entre un 1 % y un 2 % del presupuesto nacional al desarrollo cultural integral. Eso implicaría un rango aproximado de entre 102.000 millones y 204.000 millones de pesos anuales, tomando como referencia el presupuesto federal actual.


En términos concretos:


Presupuesto actual: ~15.000 millones de pesos.


Piso razonable para una transformación cultural profunda: ~100.000 millones.


Meta estratégica de largo plazo: ~200.000 millones.


La diferencia es enorme. Equivale a multiplicar entre seis y trece veces los recursos actuales.


Ahora bien, aumentar el presupuesto no resolvería automáticamente el problema. Existen países que gastan mucho más y producen escasa democratización cultural. La cuestión central radica en el destino social de la inversión.


Una política cultural transformadora tendría que concentrar recursos en:



1. Redes nacionales de bibliotecas, editoriales públicas y distribución gratuita de libros.

2. Escuelas de arte populares en barrios obreros, comunidades indígenas y zonas rurales.

3. Producción audiovisual pública de gran escala capaz de competir con las plataformas privadas.

4. Formación masiva de promotores culturales.

5. Protección salarial para creadores, investigadores y trabajadores culturales.

6. Restauración del patrimonio histórico.

7. Desarrollo tecnológico soberano para circulación cultural digital.

8. Medios públicos dedicados a la educación estética y científica.

9. Financiamiento directo a proyectos comunitarios.

10. Investigación crítica sobre cultura, comunicación y conciencia social.


Claro que no todo se arregla con más dinero. Y la discusión real no debería formularse únicamente como “¿cuánto cuesta la cultura?”, porque la pregunta encierra una trampa ideológica. Toda sociedad invierte gigantescas cantidades en producir conciencia. La diferencia consiste en quién controla esa producción.


Cuando los recursos públicos para cultura son mínimos, la formación simbólica de millones de personas queda en manos de corporaciones mediáticas, plataformas digitales y mercados publicitarios cuya lógica fundamental es la rentabilidad. En tal escenario, el Estado termina gastando poco en cultura mientras el capital privado invierte fortunas en fabricar imaginarios, deseos, hábitos de consumo y percepciones políticas. México no enfrenta una carencia cultural. Enfrenta una contradicción entre la inmensa riqueza creadora de su pueblo y la reducida magnitud de la inversión destinada a convertir esa riqueza en fuerza histórica organizada. Y una política de cultura comprometida profundamente con la Revolución de las Conciencias, que es materia obligada para todos y todas, en cada ámbito de la verdadera transformación objetiva y subjetiva de México.


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05 abril, 2025

Nunca habrá una revolución en Estados Unidos — Shahid Bolsen

 


Transcripción: Arrezafe - 04/04/2025




Nunca habrá una revolución en Estados Unidos, nunca habrá una guerra civil, como muchos fantasean. Eso nunca sucederá. ¿Cómo lo sé? Simplemente enciendan la radio, la televisión, vean películas, pongan Netflix, vean. Existe una química de la resistencia y de la revolución. Porque, ¿de qué hablamos realmente cuando hablamos de resistencia? ¿Qué es la resistencia? Es una suerte de reacción química que, en una revolución, determinará si será combustiva o no, si será inflamable o no, si será explosiva o no, si la generará calor o frío, etc.


En Estados Unidos, existen elementos que normalmente serían explosivos al mezclarse, pero hay otros elementos en esa misma mezcla que provocan la reacción opuesta. Así, existen elementos para una revolución, para una guerra civil, pero hay otros elementos presentes como para asegurar que la mezcla se mantenga estable. Es decir, en Estados Unidos existen condiciones que si se dieran en otros lugares propiciarían un estallido social. Pero dicho estallido no se producirá en Estados Unidos, salvo que se trate de una explosión controlada, como cuando la policía encuentra una bomba y la detona ella misma. Ese es el único tipo de explosión que se puede dar en Estados Unidos en este momento. Y, como dije, basta con encender la radio para saberlo, basta con mirar los medios de comunicación para saberlo. Porque un pueblo capaz de organizar una revolución debe ser, ante todo, un pueblo capaz de imaginación, debe ser creativo, debe tener pensamiento y pensadores independientes, pues quienes no pueden pensar por sí mismos nunca se rebelarán. No se puede tener homogeneidad mental social cuando esta homogeneidad es supervisada e impuesta por la estructura de poder y esperar que la sociedad se rebele contra dicha estructura, y nada ilustra mejor la ausencia de imaginación, creatividad y pensamiento independiente que los medios de comunicación populares.


Una sociedad sin arte real es una sociedad incapaz de revolución, y el arte estadounidense es vacuo e impone la vacuidad. Esa es la relación entre el arte y la sociedad, refleja y afecta, expresa cómo te sientes y te muestra cómo sentirte. Y vosotros, estadounidenses, os habéis convertido en un pueblo sin lenguaje artístico, sin vocabulario, estáis privados incluso de lo que el arte debería ser supuestamente para vosotros. Cada día que pasa, más y más palabras se eliminan de vuestro léxico artístico. Día a día, vuestra música se vuelve más mecánica, vuestras películas más repetitivas, vuestra literatura más simplista, hasta el punto de que un programa informático de inteligencia artificial puede producir vuestras canciones, vuestros guiones y vuestros libros. Vuestro léxico creativo se ha reducido tanto, que sois como un niño pequeño carente de palabras para identificar, articular, comprender o expresar lo que siente, lo que desea, lo que le asusta, lo que le alegra, lo que le entristece, etc. Carecéis del lenguaje propio de la complejidad humana.


Porque, tomemos la música. Los musulmanes tenemos nuestras propias opiniones sobre ella. Pero ciertamente la música es un factor fundamental en la cultura occidental. Pues bien, dos o tres personas componen la mayoría de las 40 canciones más destacadas en Estados Unidos: los mismos melódicos acordes, las mismas voces autotuneadas, los mismos repetitivos estribillos reciclados una y otra vez. La música pop actual no está hecha para expresar nada auténtico, nada real, está hecha para ser un gusano en el oído diseñado para ser adictivo, para usarse en videos de TikTok, para hacerse viral. Es un producto, no una forma de arte, es una cadena de montaje para obtener la máxima rentabilidad, reproduciendo las mismas fórmulas musicales que se vendieron bien en el vasto mercado, manipulando predecibles y superficiales respuestas emocionales mediante un proceso calculado. Eso no es arte, es un mero negocio que está atontando vuestra sociedad, la está desconectando, la está deshumanizando y la está programando. Están vaciando los bolsillos de vuestra imaginación, de vuestra creatividad, de vuestra autenticidad, dejándoos solamente unas monedas falsas con las que comprar eslóganes en la máquina expendedora de la empresa. Y tenéis que conformaros con eso como única forma de expresión. Es como comprar una bolsa de papas fritas sin calorías, o algo por el estilo, a la hora del almuerzo, y esperar que eso sea tu nutritiva ingesta. Escuchar este tipo de música es para el oído como sustituir el almuerzo por una bolsa de papas fritas sacada de la máquina expendedora. Vuestra alma está desnutrida, vuestra mente está desnutrida.


Y qué decir de vuestras películas. Hoy, cada película es un pastiche, un remake, una reinvención de algo que ya se hizo hace décadas. Sin originalidad, sin ideas, sin explorar la condición humana. Los estudios de cine no son más que cadenas de montaje, fabricas de insustanciales espectáculos cuyos elementos también pertenecen al pasado. Ni siquiera deberían llamarse "estudios de producción", deberían llamarse "estudios de reproducción". Y de nuevo, esto refleja y afecta a la sociedad. Desvirtuado, el arte se está utilizando como arma, se está instrumentalizando para hipnotizar, esterilizar y neutralizar a la población. Para controlar vuestras emociones, vuestros pensamientos, vuestro discernir, vuestra percepción, vuestra interacción con el mundo. No quieren ni un solo pensamiento en vuestras cabezas que no hayan puesto ellos mismos en ellas, ¿comprendéis? Quieren vuestro cerebro entumecido, estéril, gélido, incapaz de producir nada por sí mismo. Los artistas occidentales no proveen momentos de felicidad y alivio a las masas, son el equivalente a los anestésicos de Joseph Mengele, quieren induciros un coma. Sois tan incapaces de hacer una revolución en Estados Unidos, como un hombre en coma es incapaz de conducir una motocicleta.




Nunca en la historia ha existido un totalitarismo con mayor control sobre su población que el sistema estadounidense. Y nunca ha habido un pueblo menos capaz de resistir o rebelarse contra dicha opresión y control totalitario como la actual población estadounidense. La han desarmado. Y no me refiero a sus armas de fuego: las tienen. Pero si ello supusiera un peligro real, no permitirían su posesión. Así que, dejen ya de hablar de sus inútiles armas: es como darle a un bebé un martillo y clavos esperando que construya una casa con ellos. No haréis nada con esas armas, excepto apuntarlas contra quienes vuestros programadores os ordenen que las apuntéis. Si vuestros programadores pensaran por un instante que realmente pudierais apuntarlas en la dirección correcta, os las arrebatarían en menos que canta un gallo.

 


No. Habéis sido desarmados mental, intelectual, psicológica, emocional y culturalmente. En Estados Unidos existe una cultura impuesta de arriba hacia abajo, ¿entendéis? No es una cultura organizada desde la base. Vuestra cultura está controlada desde arriba, pensar en ello, reflexionar. Todo cuanto en EU se presenta como expresión cultural, es en realidad un negocio, una marca mercantil, una mercancía desarrollada, fabricada, moldeada, comercializada y vendida por corporaciones. Vuestros señores feudales, vuestra aristocracia, vuestros oligarcas, vuestra clase accionista os dictan cuál ha de ser vuestra cultura. Los ricos escriben vuestras canciones, los ricos os cuentan historias en el cine y la televisión, los ricos publican vuestros libros, los ricos diseñan vuestra moda, los ricos deciden cuales serán las noticias, qué se publicará y qué no, los ricos deciden cuáles serán vuestras opiniones, incluso deciden qué debe ser la disidencia, ¿comprendéis? Sí, incluso la disidencia está prefabricada para vosotros. Hay una posición oficialmente aceptada y una oposición oficialmente aceptada.





Cada aspecto de vuestra cultura está microgestionado por multimillonarios. Debéis comprender que esta vertical dictadura cultural a venido desarrollándose de manera natural y orgánica porque, a su manera, la cultura occidental siempre ha sido feudal. Es el grado de control lo que ha evolucionado, es eso lo que ha cambiado. Lo fundamental de dicha cultura siempre estuvo ahí, siempre fue lo mismo, lo que se ha expandido y desarrollado es el grado de control, la intensidad, la amplitud de la dominación y la domesticación de la población. Uno de los mayores trucos del poder moderno es que ha fabricado su propia oposición: se os dicta literalmente cuál ha de ser la opinión disidente, os dan dos bandos a elegir, pero en última instancia, ambos sirven al mismo sistema. Por eso las elecciones no cambian nada, por eso los debates políticos son sólo teatro, por eso cada controversia no es más que otro episodio de un preconcebido y sempiterno espectáculo. Hay quienes creen estar participando en la resistencia, cuando en realidad simplemente están desempeñando roles que corresponden a una narrativa preestablecida. El sistema no suprime la oposición, la crea, la controla y se asegura de que permanezca inofensiva. El rango de pensamiento socialmente aceptable es, obviamente, limitado por diseño. Se puede cuestionar la guerra, por ejemplo, pero sólo dentro del marco establecido. Se puede criticar el capitalismo, pero sólo de manera que no se cuestione el control corporativo. Ya sabes, vistiendo una camiseta anticapitalista o algún símbolo de marca que compréis. Se puede clamar contra la corrupción, pero sólo centrándose en unas pocas manzanas podridas, manteniendo la estructura intacta. Pero si rebasáis los límites aceptables del discurso establecido por los multimillonarios, seréis ignorados, difamados, despedidos, exiliados o anulados, física y algorítmicamente.


Digo todo esto porque hay gente que pregunta constantemente: "¿Qué se supone que debemos hacer? ¿Qué podemos hacer? ¿Qué sugieres? ¿Qué podemos hacer contra la injusticia? ¿Qué podemos hacer contra la corrupción? ¿Qué podemos hacer con todo el sufrimiento y la violación de nuestros derechos?" Y así sucesivamente. La expectativa es siempre la misma: quieren una respuesta simple e inmediata porque esa es su programación. Quieren un tipo de acción que puedan aplicar de inmediato. Pero este enfoque es fundamentalmente deficiente porque sólo tiene en cuenta los síntomas en lugar de abordar el mal subyacente. Lo cierto es que la crisis no es sólo de injusticia, sino de cultura. El problema no es simplemente la opresión, sino un sistema de control profundamente arraigado que ha moldeado por completo la psique de la sociedad. La injusticia, la corrupción, la opresión o lo que sea, no existen en el vacío, son manifestaciones que emanan de una base cultural deteriorada. Sin embargo, en lugar de reconocer esto, se buscan soluciones rápidas, alivio temporal, en lugar de soluciones reales. Es como la persona que sufre un dolor crónico, su cuerpo se está desmoronando porque es su propio estilo de vida lo está destruyendo. Sin embargo, en lugar de adoptar hábitos más saludables, como cambiar su dieta y tratar de esforzarse realmente por sanar, sólo quiere algo que adormezca el dolor y, como es natural, se irá volviendo cada vez más dependiente de analgésicos cada vez más fuertes, hasta el punto en que ya ni siquiera pueda funcionar sin ellos. Mientras, la enfermedad subyacente continúa empeorando.


Este es el estado de la sociedad moderna en Occidente, en Estados Unidos, cuya población no busca justicia, busca alivio; no busca la verdad, busca consuelo; no desea un cambio real, busca conveniencia personal. Como resultado, permanece encallada en un ciclo de protestas, elecciones e indignación en redes sociales, repitiendo el mismo patrón una y otra vez, y esperando resultados diferentes. Pero nada cambia, porque se tratan los síntomas, no las causas. Y como dije, la cultura crea arte y el arte crea cultura. Así que, observad el arte que emana de vuestra cultura, y la cultura que emana de vuestro arte. El arte se ha comercializado, la música se ha esterilizado, la cultura se ha domesticado. ¿Dónde están las voces culturales y artísticas que sacuden el sistema? No existen de forma significativa en Estados Unidos, han sido compradas o cooptadas. En lugar de desafiar el statu quo, los artistas actúan en las fiestas de la élite, en lugar de inspirar algún tipo de movimiento revolucionario, venden productos: no cuestionan el poder, lo sirven.




Por eso nunca habrá una revolución en Estados Unidos, por eso incluso los escasos actos de resistencia en los Estados Unidos parecen vacíos, se perciben vacíos y están vacíos, porque ofrecen la ilusión de un activismo que no requiere sacrificio ni esfuerzo. La oposición está de moda, el activismo se ha convertido en un producto, es una moneda social, una tendencia pasajera que, una vez se desvanece, es reemplazada por la siguiente "causa" que capte la fugaz atención del público. La sociedad en su totalidad ha sido diseñada para la distracción y el entretenimiento es implacable. Todo está gramificado, todo deviene espectáculo, todo está diseñado para evitar que la población se detenga y piense, reflexione y cuestione. Pero, incluso si dicha población dispusiera de un momento para hacerlo, carece del lenguaje intelectual, psicológico, artístico o cultural para articular su pensamiento. Solo dispone del lenguaje asignado por la estructura de poder para comprender lo que este le está haciendo. En este entorno, ¿cómo puede haber una revolución? ¿Cómo sería posible con adictos a la gratificación inmediata? ¿Cómo podrían sostener una lucha a largo plazo? Una sociedad condicionada a buscar el placer y la comodidad por encima de todo jamás elegirá un camino difícil, incluso si éste es necesario para la justicia. La población ha sido adiestrada no para resistir, sino para evadirse. Ha sido programada para la servidumbre, eso es lo que eran y eso es lo que son: siervos y esclavos. Sólo que ahora, evadirse no significa realmente escapar de la plantación, o de la mansión, o de la tierra del amo, significa simplemente olvidar dónde estás y qué eres: evadirse significa distracción, significa no saber siquiera el lenguaje necesario para entender que son siervos y esclavos; significa que las canciones que cantan, las historias que cuentan e incluso la disidencia o la oposición que manifiestan, en realidad son sólo métodos destinados a reforzar su condición sumisa. En Estados Unidos, incluso el sueño de la liberación no se trata realmente de liberación, su cultura y el sistema creado por ella, han hecho dicho sueño no consista en liberarse de la opresión, sino de convertirse en opresor. Ese es el sueño americano. Es una sociedad cruel, es un sistema cruel porque es una cultura cruel.


Así pues, como ya he dicho, se busca un tratamiento a corto plazo para los síntomas, no una cura a largo plazo para la enfermedad, porque la única revolución que realmente necesita Estados Unidos es una revolución cultural. Estados Unidos no necesita cirugía estética, sino neurocirugía, no necesita marca pasos, sino cirugía cardíaca y un trasplante. A menos que cambiéis vuestra cultura, la única forma de cambiar vuestro sistema es cambiándolo a peor.


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