Foto de arriba: A pesar
de las amenazas de muerte de las organizaciones fascistas, miles de
habitantes de Odessa se reunieron frente a la Casa de los Sindicatos
el 2 de mayo de 2016 para la segunda conmemoración de la Masacre de
Odessa. Phil Wilayto.
Cada año, la Campaña de
Solidaridad de Odessa promueve diversas acciones para
conmemorar el 2 de mayo de 2014, fecha en la que una turba de extrema derecha
liderada por organizaciones abiertamente fascistas asesinó al menos
a 42 antifascistas en la Casa de los Sindicatos en Odessa, Ucrania.
La Masacre de Odessa tuvo
lugar apenas unos meses después del violento golpe que reemplazó a
un presidente pro-ruso por uno pro-estadounidense. No sorprende que
Estados Unidos estuviera profundamente involucrado en la promoción
del golpe.
Hoy Ucrania tiene un
gobierno autoritario que colabora abiertamente con organizaciones
neonazis, incorporándolas a su ejército y promoviendo la memoria de
los fascistas ucranianos que vergonzosamente colaboraron con la
ocupación nazi de la Segunda Guerra Mundial en su país. El
cumpleaños del notorio colaborador nazi Stefan Bandera es ahora una
fiesta nacional. Su imagen adorna un sello nacional. Las calles
principales han sido renombradas en su honor y las estatuas de
Bandera han reemplazado a los monumentos de los héroes de guerra
soviéticos.
Durante años, los
familiares de los asesinados el 2 de mayo de 2014 visitaron
regularmente el lugar de la masacre y reiteraron su demanda de una
investigación internacional sobre las atrocidades, algo que el
gobierno ucraniano nunca ha permitido. Hoy les es imposible salir a
la calle sin correr el riesgo de ser arrestados o agredidos
físicamente.
La Campaña de
Solidaridad de Odessa se fundó en 2016 para apoyar al pueblo
antifascista de Odessa y ahora de Ucrania en su conjunto. Ese fue el
año en que viajamos a Odessa para apoyar al Consejo de Madres del 2
de mayo mientras desafiaban las agresivas amenazas de las mismas
organizaciones fascistas que habían asesinado a sus hijas e hijos.
Hoy, cuando el mundo está
inundado de propaganda pro-EEUU y pro-OTAN sobre la guerra en
Ucrania, creemos que es más importante que nunca mantener viva la
memoria de la Masacre de Odessa y el hecho de que no todos los
ucranianos apoyan al reaccionario régimen actual pro-EEUU/OTAN.
Estamos solicitando a
todas las personas amantes de la libertad que publiquen este mensaje
en sus sitios web y redes sociales junto con el gráfico anterior,
creado por un joven ucraniano para promover el mensaje antifascista.
Haz que el gráfico sea tu imagen de Facebook del día y compártelo
en tus cuentas de Instagram, Tic-Toc y Twitter.
En cuanto a la guerra
en sí, hacemos un llamado a los EEUU y la OTAN, responsables
de provocar esta devastadora confrontación, para que dejen de enviar
armas a Ucrania y dejen de utilizar al pueblo ucraniano como carne de
cañón en su guerra por delegación contra Rusia.
Un 2 de noviembre de
1975 es asesinado Pier Paolo Pasolini, director de cine italiano,
poeta, dramaturgo y ensayista, que supo combinar la escritura con la
pintura, la filosofía con el activismo político de izquierda.
Compartimos un texto de su autoría, que hace parte de 'Escritos
corsarios'. El debate e interpelación acerca del fascismo es cada
vez más vigente / urgente.
¿Qué es la cultura
de una nación? Corrientemente se cree, incluso por parte de personas
cultas, que es la cultura de los científicos, de los
políticos, de los profesores, de los literatos, de los cineastas,
etc.; es decir, que es la cultura de la intelectualidad.
Pero no es así. Ni tampoco es la cultura de la clase
dominante que precisamente a través de la lucha de clases intenta
imponerla al menos formalmente. Finalmente, tampoco es la cultura
popular de obreros y campesinos. La cultura de una nación es el
conjunto de todas estas culturas de clases: es el total de
todas ellas. Y sería abstracta si no fuera reconocible –o, mejor
dicho, visible– en lo vivido y en lo existencial, y si
consecuentemente no tuviera una dimensión práctica. Durante muchos
siglos, en Italia, estas culturas se han distinguido aunque
históricamente hayan estado unificadas. Hoy –casi de repente, en
una especie de Advenimiento– la distinción y la unificación
históricas le han cedido el puesto a una homologación que realiza
casi milagrosamente el sueño interclasista del viejo Poder. ¿A qué
es debida tal homologación? Evidentemente a un nuevo Poder.
Escribo «Poder» con P
mayúscula –algo que Maurizio Ferrara acusa de irracionalidad, en
la Unità (12-6-1974)– , sólo porque no sé en qué consiste este
nuevo Poder y quién lo representa. Tan sólo sé que existe. Ya no
lo reconozco en el Vaticano, ni en los Poderes democristianos, ni en
las Fuerzas Armadas. Tampoco lo reconozco ya en la gran industria,
porque ya no está constituida por un cierto número limitado de
grandes industriales: a mí, al menos, me parece más bien como un
todo (industrialización total), y, además, como un todo no
italiano(transnacional).
También conozco –porque
las veo y las vivo– algunas características de este nuevo Poder
que aún no tiene rostro; por ejemplo, su rechazo de las viejas
tendencias reaccionarias y del viejo clericalismo, su decisión de
abandonar a la Iglesia, su determinación (coronada por el éxito) de
transformar a los campesinos y a los subproletarios en pequeños
burgueses, y sobre todo su anhelo, que parece cósmico, de llevar a
cabo hasta el final el «desarrollo»: producir y consumir.
La identikit de
este rostro aún en blanco de este nuevo Poder le atribuye vagamente
rasgos «modernos», debidos a la tolerancia y a una ideología
hedonista perfectamente autosuficiente: aunque también tiene rasgos
feroces y sustancialmente represivos: la tolerancia en realidad es
falsa porque la verdad es que nunca ningún hombre ha tenido que ser
tan normal y conformista como el consumidor; y en cuanto al
hedonismo, éste encubre evidentemente una decisión de preordenarlo
todo con una crueldad jamás conocida por la historia. De modo que
este nuevo Poder aún no representado por nadie y debido a un
«cambio» de la clase dominante, es en realidad –si queremos
conservar la vieja terminología– una forma «total» de fascismo.
Pero este Poder también ha «homologado» culturalmente a toda
Italia: se trata, pues, de una homologación represiva, aunque se
haya obtenido a través de la imposición del hedonismo y de la joie
de vivre. La estrategia de la tensión es una señal, aunque
anacrónica, de todo esto.
Maurizio Ferrara, en el
artículo mencionado (así como también Ferrarotti, en Paese Sera,
14-6-1974) me acusa de estetismo. Y con esto tiende a excluirme, a
encerrarme. Bien, mi visión puede ser la de un «artista», o, como
pretende la burguesía, la de un loco. Pero, por ejemplo, el hecho de
que dos representantes del viejo Poder (que ahora en realidad sirven,
aunque interlocutoriamente, al nuevo Poder) se hayan atacado
respectivamente a propósito de las financiaciones a los partidos y
del caso Montesi, también puede ser una buena razón para hacer
enloquecer: es decir, desacreditar tanto a una clase dirigente y a
una sociedad, a los ojos de un hombre, como para hacerle perder el
sentido de lo oportuno y de los límites, lanzándolo a un auténtico
estado de sensación de falta de leyes o de organización social. Y
hay que añadir que se tiene que tomar en consideración la visión
de los locos: a no ser que se quiera ser muy avanzado en todo menos
en el problema de los locos, limitándose cómodamente a sacárselos
de encima alejándolos.
Hay algunos locos que se
fijan en los rostros de la gente y en su comportamiento. Aunque no
como epígonos del positivismo lombrosiano (como toscamente insinúa
Ferrara), sino porque conocen la semiología. Saben que la cultura
produce códigos, que los códigos producen el comportamiento, que el
comportamiento es un lenguaje y que en un momento histórico en que
el lenguaje verbal es del todo convencional y esterilizado
(tecnificado), el lenguaje del comportamiento (físico y mímico)
adquiere una importancia decisiva.
Volviendo al principio de
nuestra argumentación, me parece que hay buenas razones para
sostener que la cultura de una nación (Italia por ejemplo) se
expresa hoy sobre todo a través del lenguaje del comportamiento, o
lenguaje físico, más un cierto porcentaje completamente
convencional y tremendamente pobre de lenguaje verbal.
Es a dicho nivel de
comunicación lingüística que se manifiestan: a) el cambio
antropológico de los italianos; b) su completa homologación a un
modelo único. O sea, decidir dejarse crecer el pelo hasta los
hombros, o cortarse el pelo y dejarse crecer bigote (al estilo
novecentista); decidir ponerse una cinta en la cabeza o un gorro
hasta los ojos; decidir si soñar con un Ferrari o con un Porsche;
seguir atentamente los programas televisivos; conocer los títulos de
algunos best-sellers; vestirse con pantalones y camisetas
rabiosamente de moda; tener relaciones obsesivas con chicas que se
quiere tener al lado como adorno pero pretendiendo a la vez que sean
«libres», etc., etc., etc.: todos éstos son actos culturales.
Ahora, todos los
italianos jóvenes cumplen estos mismos actos, tienen este mismo
lenguaje físico, son intercambiables; es algo tan viejo como el
mundo, si se limita a una clase social, a una categoría; pero el
hecho es que estos actos culturales y este lenguaje somático son
interclasistas. En una plaza llena de jóvenes, nadie podrá
distinguir, por su cuerpo, a un obrero de un estudiante, a un
fascista de un antifascista; lo que aún era factible en 1968. Los
problemas de un intelectual perteneciente a la intelligencia
son distintos de los de un partido y de un hombre político, aunque a
lo mejor la ideología sea la misma.
Quisiera que mis actuales
contradictores de izquierda comprendieran que estoy en condiciones de
darme cuenta de que, en el caso de que el desarrollo sufriera un paro
y se volviera atrás, si los partidos de izquierda no apoyaran al
Poder vigente, Italia se desmembraría sencillamente; si por el
contrario prosiguiera el desarrollo tal como ha comenzado, el llamado
"compromiso histórico" sería indudablemente realista por
ser la única forma de intentar corregir dicho desarrollo, en el
sentido indicado por Berlinguer en su informe al CC del Partido
Comunista (ver L'Unità, 4-6-1974). De todos modos, así como a
Maurizio Ferrara no le competen los rostros, a mí no me compete esta
maniobra de práctica política. Como máximo, tengo el deber de
ejercer quijotescamente y quizá extremísticamente mi crítica sobre
la misma. ¿Cuáles son, pues, los problemas?
Aquí tenemos uno, por
ejemplo. Decía en el artículo que ha suscitado esta polémica
('Corriere della sera', 10-6-1974) que los responsables reales de las
tragedias de Milán y de Brescia son el gobierno y la policía
italiana: porque si el gobierno y la policía hubieran querido, no
habrían sucedido esas tragedias. Está claro. Y ahora quizá se
burlarán de mí si digo que también nosotros los progresistas, los
antifascistas, los hombres de izquierdas, somos responsables de esas
tragedias. Porque no hemos hecho nada en todos estos años: 1) para
que hablar de «tragedia de Estado» no fuera algo normal, y para que
todo acabara; 2) (y lo más grave) no hemos hecho nada para que no
haya fascistas. Sólo, los hemos condenado aligerando nuestra
conciencia con nuestra indignación; y cuánto más fuerte y
petulante era la indignación más tranquila quedaba nuestra
conciencia.
En realidad nos hemos
comportado con los fascistas (y hablo sobre todo de los jóvenes) en
modo racista, es como si rápida y despiadadamente hubiéramos
querido creer que estuvieran racialmente predestinados a ser
fascistas, y que ante tal decisión de su destino no hubiera nada que
hacer. Y no lo ocultemos: todos sabíamos, dentro de nuestra
conciencia, que cuando uno de aquellos jóvenes decidía volverse
fascista, se trataba de algo puramente casual, no se trataba más que
de un gesto irracional y sin motivo: quizá hubiera bastado una sola
palabra para que aquello no hubiera ocurrido. Pero ninguno de
nosotros nunca ha hablado con ellos ni se les ha dirigido.
Inmediatamente los hemos aceptado como representantes inevitables del
mal. Y a veces se trataba de muchachos y muchachas adolescentes de
dieciocho años, que no sabían nada de nada, y que se habían
lanzado a la horrible aventura simplemente por desesperación.
Pero no podíamos
distinguirlos de los otros (no digo de los Otros extremistas, sino de
todos los otros). Ésta es nuestra pavorosa justificación.
El padre Zosima (¡y se
trata de literatura!) en seguida supo distinguir, entre todos los que
estaban hacinados en su celda, a Dmitrj Karamazov, el parricida. Y
levantándose de su asiento fue a postrarse ante él. Y lo hizo (como
le diría después al más joven de los Karamazov) porque Dmitrj
estaba destinado a hacer la cosa más horrible y a soportar el más
inhumano de los dolores. Piensen (si se sienten con fuerzas) en el
muchacho o en los muchachos que fueron a poner las bombas en la plaza
de Brescia. ¿No es como para levantarse e irse a postrar ante ellos?
Seguramente eran jóvenes de pelo largo, o con bigotito al estilo de
principios de siglo, llevaban cintas en la cabeza o gorros calados
hasta los ojos, eran pálidos y presuntuosos, su problema era el de
vestirse a la moda, todos igual, tener un Porsche o un Ferrari, o
motos y conducirlas como pequeños arcángeles idiotas llevando
detrás chicas decorativas y modernas, de esas que están a favor del
divorcio, de la liberación de la mujer y del desarrollo en
general...
Eran jóvenes como todos
los demás: nada los distinguía en ningún modo. Aunque hubiéramos
querido, no habríamos podido ir a postrarnos ante ellos. El viejo
fascismo, aunque fuera a través de la degeneración retórica,
distinguía; el nuevo fascismo –que es toda otra cosa– ya no
distingue: no es humanísticamente retórico, es
[norte]americanamente pragmático. Su fin es la reorganización y la
homologación brutalmente totalitaria del mundo.