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31 julio, 2018
06 diciembre, 2017
Los seres humanos ciegos al inminente colapso – William E. Rees
.
Una cosa curiosa del homo
sapiens es que somos lo suficientemente inteligentes como para documentar,
con exquisito detalle, varias tendencias que presagian el colapso de la
civilización moderna, pero no lo suficientemente inteligentes como para librarnos
de nuestra situación autoinducida.
Esto se puso de relieve una vez más
en octubre, cuando los científicos informaron que las poblaciones de insectos
voladores en Alemania han disminuido en un alarmante 75 por ciento en las
últimas tres décadas, acompañadas, en los últimos doce años, por una
disminución del 15 por ciento en las
poblaciones de aves . Las tendencias son similares en otras
partes de Europa donde los datos están disponibles. Incluso en Canadá,
todo, desde la casual observación de los parabrisas, hasta las evaluaciones
científicas formales, muestran una caída en el número de
insectos. Mientras tanto, las poblaciones domésticas de muchas aves que
comen insectos están en caída libre. Ontario
ha perdido la mitad de sus pájaros carpinteros en los últimos 20 años. En
todo el país, especies como halcones nocturnos, golondrinas, martín pescador
y atrapamoscas han disminuido hasta en un 75 por ciento. Las golondrinas
del Gran Vancouver se han
reducido en un 98 por ciento desde 1970. ¿Oímos algo sobre todo esto
en las principales noticias?
Mal, muy mal. La pérdida de la
biodiversidad, que puede convertirse en la pesadilla del siglo, es
causada por muchos factores individuales, pero que interactúan: la pérdida de
hábitat, el cambio climático, el uso intensivo de plaguicidas y varias formas
de contaminación industrial, por ejemplo, suprimen las poblaciones
de insectos y aves. Pero el motivo general es lo que un
ecologista podría llamar el "desplazamiento competitivo" de la vida
no humana por el crecimiento inexorable de la actividad humana.
En un planeta limitado, donde millones
de especies comparten el mismo espacio y dependen de los mismos productos
finitos de la fotosíntesis, la expansión continua de una especie conduce necesariamente a la contracción y extinción de otras. (Políticos, tomen nota: siempre
hay un conflicto entre población humana / expansión económica y la
"protección del medio ambiente").
¿Se acuerdan de los 40 a 60 millones de
bisontes que solían vagar por las grandes llanuras de América del
Norte? Ellos, junto con los millones de ciervos, berrendos, lobos y
bestias menores que una vez animaron los ecosistemas de las praderas, han sido
"competitivamente desplazados", y sus hábitats han sido tomados por
una biomasa mucho mayor de humanos, ganado, cerdos y
ovejas. Y no sólo en las soleadas Grandes Llanuras de Norte América, también por los millones de ganaderos en todo el mundo que dependen, en
parte, de las exportaciones de cereales, aceite de semillas, leguminosas y carne de Norte América.
El desplazamiento competitivo se ha venido produciendo durante mucho tiempo. Los científicos estiman que en los
albores de la agricultura, hace 10.000 años, el homo sapiens representaba
menos del uno por ciento del peso total de los mamíferos en el planeta. (Probablemente sólo había de dos a cuatro millones de personas en la Tierra en ese momento).
Desde entonces, los humanos han crecido hasta representar el 35 por ciento de
una biomasa total mucho más grande; la tasa de animales domésticos y la
dominación humana de la biomasa de mamíferos del mundo se eleva al 98.5
por ciento!
No se necesita buscar más para
explicar por qué las poblaciones silvestres se han
desplomado a nivel mundial en casi un 60 por ciento en el último medio
siglo. Los tigres salvajes han sido expulsados del 93 por ciento de
su habitat histórico y su población se ha reducido a menos de 4.000 en todo el
mundo; los elefantes africanos ha menguado hasta en un 95
por ciento, estimándose en sólo 500.000 en la actualidad; la caza furtiva arrojó cifras sobre el rinoceronte negro: de los ya escasos 70.000 en 1960 a sólo 2.500 a principios de los años noventa. (Con un intenso esfuerzo de
conservación, se han recuperado desde entonces alrededor de 5.000). Y
aquellos que piensan que Canadá todavía es una zona silvestre, prístina
y poco poblada deberían repensarlo: la mitad de las especies silvestres regularmente monitoreadas en este país están en declive, con una caída promedio
de la población del 83 por ciento desde 1970. ¿Mencioné que la población de
orcas residente al sur de British Columbia es de tan sólo 76
animales? Eso se debe, en parte, a que los pescadores han
alejado a las orcas de su alimento favorito, el salmón Chinook que, a su vez, ha sido desplazado de sus arroyos
de desove a través de represas hidroeléctricas, contaminación y
urbanización.
La historia es similar para especies
familiares en todas partes y probablemente peor para la fauna no
carismática. Los científicos estiman que la "moderna" tasa de extinción de especies es de 1.000 a 10.000 veces la tasa
de fondo natural. La economía mundial está afanosamente ocupada
convirtiendo la naturaleza viviente en cuerpos humanos y ganado doméstico, algo que pasa desapercibido a nuestras poblaciones, cada vez más
urbanas. La urbanización aleja a las personas tanto psicológicamente como
espacialmente de los ecosistemas que las respaldan.
Puede que el carro de la masa humana comenzara a rodar hace 10 milenios, pero en los dos últimos siglos
de crecimiento exponencial ha acelerado extraordinariamente el ritmo del
cambio. Tomó toda la historia de la humanidad, digamos 200.000 años, para
que nuestra población alcanzara los mil millones a principios del siglo XIX,
pero sólo 200 años, 1/1000 de tiempo, para alcanzar los 7.600 millones de
hoy. Mientras tanto, la demanda de materia prima en el planeta se ha
elevado aún más: el PIB mundial se ha multiplicado por más de 100 desde
1800, y el promedio de ingresos per cápita en un índice de 13 (aumentando a
25 en los países más ricos ). En consecuencia, el
consumo se ha disparado y la mitad de los combustibles fósiles y
muchos otros recursos utilizados por los humanos se han consumido en los
últimos 40 años. (Ver gráficos)
¿Por qué es importante esto, incluso
para aquellos a quienes realmente no les importa la naturaleza en sí ? Además
de la infamia moral asociada con la extinción de miles de otras formas de vida,
existen razones puramente egoístas para preocuparse. Por ejemplo,
dependiendo de la zona climática, entre el 78% y el 94% de las plantas con
flores, incluidas muchas especies de alimentos para humanos, son polinizadas
por insectos, pájaros e incluso
murciélagos. (Los murciélagos, también en apuros en muchos
lugares, son los polinizadores principales o exclusivos de 500 especies en al
menos 67 familias de plantas). Hasta un 35% de la producción mundial de
cultivos depende más o menos de la polinización animal, lo que garantiza o
aumenta la producción de 87 cultivos alimentarios líderes en todo el mundo.
Pero hay una razón más profunda para
temer el agotamiento y la despoblación de la naturaleza. En ausencia de
vida, el planeta Tierra es sólo una roca húmeda intrascendente con una
atmósfera venenosa que gira inútilmente alrededor de una estrella ordinaria en
las orillas extremas de una galaxia irrelevante. Es la vida misma,
comenzando con innumerables especies de microbios, la que gradualmente generó el
"ambiente" adecuado para la vida en la Tierra tal como la
conocemos. Los procesos biológicos son responsables del equilibrio químico
favorable a la vida de los océanos; las bacterias fotosintéticas y las
plantas verdes han almacenado y mantienen la atmósfera de la Tierra con el
oxígeno necesario para la evolución de los animales; la misma fotosíntesis
extrajo gradualmente miles de millones de toneladas de carbono de la atmósfera,
almacenándolas en cretas, piedra caliza y depósitos de combustibles fósiles, de modo que la temperatura promedio de la Tierra (actualmente alrededor de 15º C) ha permanecido para edades geológicas en la estrecha franja que hace posible la vida basada en agua, incluso cuando el sol se ha estado calentando (es decir, que el clima estable es parcialmente un fenómeno biológico); innumerables especies de bacterias, hongos y una verdadera colección de micro-fauna regeneran continuamente los suelos que cultivan nuestros alimentos. (Desdichadamente, el agotamiento por la agricultura es
incluso más rápido. Según algunas versiones, nos queda, tan sólo, poco más de medio
siglo de tierra
cultivable).
En resumen, el homo sapiens depende
completamente de una rica diversidad de formas de vida destinadas a proporcionar
multitud de funciones básicas, esenciales para la existencia y
supervivencia de la civilización humana. Con una gran crisis
mundial sin precedentes, inducida por los humanos, ¿qué posibilidades hay de
que la integridad funcional de la ecosfera sobreviva a la próxima duplicación
del consumo material que todos esperan antes de mediados de siglo?
Esta es la cuestión: el cambio
climático no es la única sombra que oscurece la puerta de la humanidad. Si
bien no lo sabréis por los medios de comunicación dominantes, la pérdida de biodiversidad podría
suponer una amenaza sobre la existencia misma de la humanidad. Mientras pensamos en ello, agreguemos a la mezcla la degradación del suelo y del paisaje, la posible escasez de alimentos, de energía y de otros recursos. Y si crees que probablemente podremos "manejar"
cuatro de cada cinco de estos problemas ambientales, no importa. La
pertinente versión de la ley de Liebig establece
que, cualquier sistema complejo que dependa de varios insumos esenciales puede
ser eliminado por ese único factor de menor suministro (y aún no
hemos abordado los riesgos adicionales planteados por la agitación geopolítica
que inevitablemente seguiría a la desestabilización ecológica).
Lo cual plantea preguntas que, por supuesto, van más
allá del mero interés académico. ¿Por qué no estamos colectivamente
aterrados o al menos alarmados? Si nuestra mejor ciencia sugiere que
estamos camino al colapso de los sistemas, ¿por qué el colapso y
cómo evitarlo no son los temas principales del discurso político
internacional? ¿Por qué la comunidad mundial no participa en un debate
urgente y comprometido sobre las iniciativas disponibles y los mecanismos institucionales
transnacionales que podrían ayudar a restablecer el equilibrio en la relación
entre los seres humanos y el resto de la naturaleza?
Hay muchas opciones políticas,
desde simples impuestos al consumo, pasando por iniciativas populares de planificación integral para una economía sostenible, hasta una educación general que propicie cambios voluntarios en el estilo de vida, todo lo cual mejoraría las perspectivas de la
sociedad mundial para la supervivencia a largo plazo. Cualidades
humanas únicas, desde una inteligencia consciente (por ejemplo, razonar a partir
de la evidencia), la capacidad de planificar con anticipación, hasta
la conciencia moral, son requisitos indispensables para la tarea, pero permanecen inactivas: hay pocos indicios de voluntad política para reconocer el problema y mucho
menos para elaborar soluciones genuinas (que el acuerdo climático de París no contempla).
¿Conclusión? El mundo parece
negar el inminente desastre; la palabra "C" [¿capitalismo?] permanece silenciada. Todos los
gobiernos desestimaron la advertencia (1992) de los científicos a la
Humanidad, según la cual, "se requiere un gran cambio en nuestra
administración de la Tierra y de la vida en ella, si se quiere evitar la gran
miseria humana", e ignorarán de manera similar la "segunda" (Publicada el 13 de noviembre de 2017, esta advertencia afirma
que la mayoría de las tendencias negativas identificadas 25 años antes "están empeorando").
A pesar de la cascada de evidencias y el análisis detallado de lo contrario, la comunidad mundial, como si de su santo grial contemporáneo se tratara, proclama que el "crecimiento-somos-nosotros". Incluso los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas se basan en la expansión económica como único martillo para cada problemático clavo. Mientras tanto, los gases de efecto invernadero alcanzan niveles máximos históricos, las zonas muertas marinas proliferan, los bosques tropicales caen y las extinciones se aceleran.
A pesar de la cascada de evidencias y el análisis detallado de lo contrario, la comunidad mundial, como si de su santo grial contemporáneo se tratara, proclama que el "crecimiento-somos-nosotros". Incluso los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas se basan en la expansión económica como único martillo para cada problemático clavo. Mientras tanto, los gases de efecto invernadero alcanzan niveles máximos históricos, las zonas muertas marinas proliferan, los bosques tropicales caen y las extinciones se aceleran.
¿Qué está pasando aquí? La
explicación completa de este enigma humano y potencialmente fatal es sin
duda compleja,
pero Herman Melville lo resumió bastante bien en su Moby Dick : "No
hay locura de las bestias de la tierra que no sea infinitamente superada por la
locura de los hombres".
05 junio, 2015
Algunas consideraciones sobre la técnica.
Miquel Amorós
¿Qué tratamos de realizar? Cambiar la organización social sobre la que
reposa la prodigiosa estructura de la civilización, construida en el curso de
siglos de conflictos en el seno de sistemas avejentados o moribundos,
conflictos cuya salida fue la victoria de la civilización moderna sobre las
condiciones naturales de vida."
William Morris, ¿Dónde estamos?
Walter Benjamín, en su artículo Teorías del fascismo alemán, recuerda
la frase aparentemente extemporánea de León Daudet, "el automóvil
es la guerra", para ilustrar el hecho de que los instrumentos
técnicos, no encontrando en la vida de las gentes un hueco que justifique su
necesidad, fuerzan esa justificación entrando a saco en ella. Si la realidad
social no está madura para los avances técnicos que llaman a la puerta tanto
peor para la realidad, porque será devastada por ellos. El resultado es que la
sociedad entera queda transformada por la técnica como tras
una guerra. Realmente, con sólo citar la gran cantidad de
desplazamientos de la población, la enormidad de datos almacenados y procesados
por la moderna tecnología de la información y el gran número de bajas por
accidentes, suicidios o patologías contemporáneas, parece que una guerra, en
absoluto fría, sucede a diario en los escenarios de la economía, de la
política, o de la vida cotidiana. Una guerra en la que siempre se busca vencer
gracias a la superioridad técnica en automóviles, en ordenadores, en
biotecnologías... Por la propia naturaleza de la sociedad capitalista, los cada
vez más poderosos medios técnicos no contribuyen de ningún modo a la cohesión
social y al desarrollo personal, ya que la técnica sólo sirve para armar al
bando ganador. Para Benjamin pues, y para nosotros, "toda guerra
venidera será a la vez una rebelión de esclavos de la técnica".
Los adelantos técnicos son todo menos neutrales, en todo desarrollo de las
fuerzas productivas, debido a la innovación técnica, siempre hay ganadores y
perdedores. La técnica es instrumento y arma, por lo que beneficia a quienes
mejor saben servirse de ella y mejor la sirven. Un espíritu critico heredero de
Defoe y Swift, Samuel Butler, denunciaba el hecho en una utopía satírica."...en
esto consiste la astucia de las máquinas: sirven para poder dominar(...); hoy
mismo las máquinas sólo sirven a condición de que las sirvan, e imponiendo
ellas sus condiciones(...) ¿No queda manifiesto que las máquinas están ganando
terreno cuando consideramos el creciente número de los que están sujetos a
ellas como esclavos y de los que se dedican con toda el alma al progreso del
reino mecánico?" (Erewhon o allende las montañas). La burguesía utilizó
las máquinas y la organización "científica" del trabajo contra
el proletariado. Las contradicciones de un sistema basado en la explotación del
trabajo que, por un lado expulsaba a los trabajadores del proceso productivo y,
por el otro, alejaba de la dirección de dicho proceso a los propietarios de los
medios de producción, se superaron con la transformación de las clases sobre
las que se asentaba, burgueses y proletarios. La técnica ha hecho posible un
marco histórico nuevo, nuevas condiciones sociales las de un capitalismo sin
capitalistas ni clase obrera que se presentan como condiciones de una
organización social técnicamente necesaria. Como dijo Munford, "Nada
de lo producido por la técnica es más definitivo que las necesidades y los
intereses mismos que ha creado la técnica" (Técnica y
civilización). La sociedad, una vez que ha aceptado la dinámica tecnológica se
encuentra atrapada por ella. La técnica se ha apoderado del mundo y lo ha
puesto a su servicio. En la técnica se revelan los nuevos intereses dominantes.
Cuando "la dominación de la naturaleza queda vinculada con la
dominación de los hombres" (Herbert Marcuse, El Hombre
Unidimensional), el discurso de la dominación ya no es político, es
el discurso de la técnica. Busca legitimarse con el aumento de las fuerzas
productivas que comporta el progreso tecnológico una vez que ha puesto a su
servicio el conocimiento científico. El progreso cientificotécnico proporciona
a los individuos una vida que se supone tranquila y cómoda y por eso es
necesario y deseable. La técnica, que ahora se ha convertido en la ideología de
la dominación, proporciona una explicación suficiente para la no libertad, para
la incapacidad de los individuos de decidir sobre sus vidas: la ausencia de
libertad implícita en el sometimiento a los imperativos técnicos es el precio
necesario de la productividad y el confort, de la salud y el empleo. La idea
del progreso era el núcleo del pensamiento dominante en el periodo de ascenso y
desarrollo de la burguesía, progreso que pronto perdió su antiguo contenido
moral y humanitario y fue identificado con el avance arrollador de la economía y
con el desarrollo técnico que lo hacía posible. Efectivamente, los inventos
técnicos y los descubrimientos científicos en el siglo XIX fueron tantos y
provocaron tantos cambios económicos que generaron en los países
industrializados, y no sólo entre su clase dirigente, una religión de la
economía, una creencia en ella como la panacea de todas las dificultades. El
progreso de la cultura, de la educación, de la razón, de la persona, etc,
derivaría necesariamente del progreso económico. Bastaría un correcto funcionamiento
de la economía para que la cuestión social cesara de dar disgustos. El mismo
proceso se repetirá más tarde con la técnica, ante el fracaso definitivo de las
soluciones económicas. Porque vueltos a la sociedad civil tras dos grandes
guerras, se impone el pensamiento militar un pensamiento eminentemente técnico
y los propios problemas económicos se creerán resolver con procedimientos y
adelantos técnicos. La economía pasó a segundo plano y la
técnica se emancipó. La propia economía ya no es más que una técnica.
"La emergencia de la tecnología occidental como fuerza histórica y la
emergencia de la religión de la tecnología son dos aspectos del mismo
fenómeno" (David F. Noble, La Religión de la
Tecnología). Según este autor, el deslumbramiento ante el poder de
la técnica tiene raíces en antiguas fantasías religiosas que perviven en el
inconsciente colectivo de los hombres: la Creación, el Paraíso, el virtuosismo
divino, la perfectibilidad infinita, etc. Eso significa que la técnica posee un
fuerte contenido ideológico desde los comienzos, que ha llegado a ser dominante
en la época de los totalitarismos, en la época de la disolución de los
individuos y las clases en masas. Desde entonces redefine en función de sí
misma los viejos conceptos de "naturaleza", "libertad",
"memoria", "cultura", "hechos", etc., en fin,
inventa de nuevo la manera de pensar y de hablar. La técnica cuantifica la
realidad y, bautizándola con su lenguaje con tecnicismos, impone una visión
instrumental de las cosas y de las personas. Neil Postman recuerda en
Tecnópolis el adagio de que "a un hombre con un martillo todo le parece un
clavo". El mundo habla el idioma de los "expertos". Un
divulgador de las maravillas de la ciencia moderna como Julio Verne describe en
una de sus primeras novelas de anticipación a ese producto natural de la era
tecnológica un tanto someramente, pero no olvidemos que lo hace en 1876: "Este
hombre, educado en la mecánica, explicaba la vida por los engranajes o las
transmisiones; se movía regularmente con la menor fricción posible, como un
pistón en un cilindro perfectamente calibrado; Transmitía su movimiento
uniforme a su mujer, a su hijo, a sus empleados, a sus criados, verdaderas
máquinas-instrumentos, de las que él, el gran motor, sacaba el mejor provecho
del mundo" (París en el siglo XX). Por vez primera en
la historia, la técnica representa al espíritu de la época, es decir,
corresponde al vacío espiritual de la época. Las relaciones entre las personas
pueden considerarse como relaciones entre máquinas. Toda una gama de las
ciencias ha nacido con esos planteamientos: cibernética, teoría general de
sistemas, etc. Los problemas reales entonces se convierten en cuestiones
técnicas susceptibles de soluciones técnicas, que serán aportadas por expertos aquí
decimos "profesionales" y adoptadas por dirigentes, ''técnicos"
en tomar decisiones. La dominación desde luego no desaparece; gracias a la
técnica ha adoptado las apariencias de una racionalización y se ha vuelto
también técnica.
La técnica ha vaciado a la época de contenido: todo lo que no es
directamente cuantificable, y por lo tanto medible, y por lo tanto manipulable,
automatizable, no existe para la técnica. El poder de la técnica no sólo ha
comportado la atomización y amputación de los individuos, sino la muerte del
arte y de la cultura en general; la nada espiritual es el mal del siglo.
La filosofía existencial, la vanguardia artística,
la proliferación de sectas y la aparición de masas hostiles al gusto y a
la cultura, son fenómenos que representan la sensación vivida del proceso de
aniquilación de la individualidad, de supresión de lo humano, en
el que la acción, inconsciente y absurda, es puro movimiento. Esta fatalidad
histórica se intuye desde el principio de la era tecnológica, y nos la cuenta
Meyrink en su relato Los Cuatro Hermanos de la Luna: "Por
lo tanto las máquinas han llegado a ser los cuerpos visibles de titanes
producidos por las mentes de héroes empobrecidos. Y como concebir o
crear algo quiere decir que el alma recibe la forma de lo que se ve o
se crea y se confunda con ella; así los hombres están ya
encaminados sin salvación en el sendero que, gradual y mágicamente, los llevará
a transformarse en maquinas, hasta que un día, despojados de todo, se
encontrarán siendo mecanismos de relojería chirriantes, en perpetua agitación
febril, como lo que siempre han tratado de inventar: un infeliz movimiento
perpetuo". La técnica se opone a los individuos como algo
exterior, que poco a poco va desposeyéndoles del control de sus vidas y determinando
sus acciones. En un mundo técnico, la máquina es más real que el individuo, que
no es más que una prótesis suya. La fe en la técnica, que aun podíamos
considerar burguesa, se ve acompañada entonces de un nihilismo cada vez más
conformista y apologético, sobretodo en la fase postburguesa de la era
tecnológica, fruto del desencantamiento del mundo y de la destrucción del
individuo. El pensamiento tecnocrático se complementa con una ideología de la
nada, un verdadero mal francés que proclama la supremacía del
modelo y la fascinación del objeto, que habla de la independencia del
pensamiento respecto a la acción, del derrumbe de la historia y del sujeto, de
las máquinas deseantes y del grado cero de la escritura, de la deconstrucción
del lenguaje y de la realidad, etc. Desde el existencialismo y el
estructuralismo hasta el postmodernismo, los pensadores de la nada constatan
una serie de demoliciones de todo lo humano y se congratulan por ello; no
pretenden contradecir la religión de la técnica, sino desbrozarle el camino. No
son originales, ni siquiera son pensadores: plagian las aportaciones criticas
de la sociología moderna o del psicoanálisis y fabrican un verborrea
ininteligible con préstamos crípticos, cómo no, del lenguaje científico.
En la objetivación completa de la acción social que efectúa la técnica,
aplauden la abolición del individuo social en tanto que sujeto histórico. El
sistema, la organización, la técnica, ha evacuado al hombre de la vida y estos
ideólogos anuncian con alegría, como una gran revelación, el advenimiento del
hombre aniquilado, del ser vacío y superficial cuya existencia frívola y
mecánica consideran la expresión misma de la creatividad y la libertad.
El dominio, el poder, en la política y en la calle, en la
paz y en la guerra, pertenece al mejor equipado tecnológicamente. La burguesía
ha sido substituida por una clase tecnocrática no nacida de una revolución
antiburguesa sino de la creciente complejidad social forzada por la lucha de
clases y la intervención estatal. En el camino hacia una nueva sociedad basada
en la alta productividad proporcionada por la automación y en la economía de
servicios, la burguesía se ha metamorfoseado en una nueva clase dominante. Esta
no se define por la propiedad privada o el dinero sino por la competencia y la
capacidad de gestión; la propiedad y el dinero son necesarios pero no son
determinantes. La fuerza de la clase dominante no proviene exclusivamente de la
economía, ni de la política, ni siquiera de la técnica, sino de la fusión de
las tres en un complejo tecnológico de poder que Munford denominó
"megamáquina". Si la técnica, al convertirse en la única fuerza
productiva, facilitó el triunfo de la economía, ahora la economía, al crear el
mercado mundial, le ha allanado el camino a la técnica, y ésta impone la
dinámica expansiva de la producción en masa al mundo entero. A su modo ha
ridiculizado la figura del Estado, difuminando su historia y su papel después
de que la economía lo convirtiese en el mayor patrón y la técnica lo transformase
en una maquinaria de gobierno y de control de masas.
Desde finales del XIX la estabilidad del sistema capitalista se consiguió
gracias a la intervención del Estado, que desplegó una política económica y
social correctora. El Estado dejó de ser una superestructura autónoma para
fusionarse con la economía y presentarse como un escenario neutral donde podía
resolverse el enfrentamiento entre clases. El Estado pasaba a ser el garante de
las mejoras sociales, de la seguridad y de las oportunidades. El Estado
"del bienestar" fue una invención que aseguraba a la vez la
revalorización del capital y la aquiescencia de las masas. En su seno la
política se convertía paulatinamente en administración, se profesionalizaba, se
orientaba hacia la resolución de cuestiones técnicas. Aunque el régimen
político fuera una democracia formal, la política no podía ser objeto de
discusión pública: en tanto que planteamiento y resolución de problemas
técnicos requería por un lado un saber especializado era una tecnopolítica en
manos de una burocracia profesional, y por el otro, un alejamiento una
despolitización de las masas. El progreso técnico conseguirá esta
despolitización. Tenía la propiedad de aislar al individuo en la sociedad, al
rodearlo de artilugios domésticos y sumergirlo en la vida privada. Por otra
parte, cada etapa de dicho progreso anula la precedente, desarrollando un
dinamismo compulsivo en el que la novedad es aceptada simplemente por ser
novedad y el pasado es relegado a la arqueología. De esta forma crea un continuo
presente, en el que nunca pasa nada puesto que nada tiene importancia y donde
los hombres son indiferentes. ¿Fin de la historia? En una de las mejores
sátiras escritas contra la explotación del hombre gracias a la ciencia y la
técnica, Karel Capek, ironiza sobre esta banalización de los hechos: en una
sociedad con tantas posibilidades técnicas "no se podían medir los
acontecimientos históricos por siglos ni por décadas, como se había hecho hasta
entonces en la historia del mundo, sino por trimestres (...) Podríamos decir
que la historia se producía al por mayor y que, por ello, el tiempo histórico
se multiplicaba rápidamente (según cálculos, cinco veces más)" (La
Guerra de las Salamandras).
Gracias al Estado, que fomentó la investigación a gran escala en el campo
de las armas bélicas, desde donde pasó a la producción industrial de bienes, el
progreso científico y técnico dio un gran salto, convirtiendo a la tecnociencia
en la principal fuerza productiva. La evolución del sistema social, y por lo tanto,
de la Economía y del Estado, estaba determinada a partir de entonces por el
progreso técnico. Ello no solamente implicaba la decadencia del mundo del
trabajo y anunciaba la obsolescencia de la clase obrera, que dejaba de ser la
principal fuerza productiva, sino que significaba el fin del Estado protector.
En las sociedades tecníficadas el control de los individuos se logra con
estímulos exteriores mejor que con reglas que fijen sus conductas y los
regimenten. Lo que domina entre los individuos no es el carácter autoritario y
su complemento, el carácter sumiso, sino la personalidad desestructurada y
narcisista. El fin del Estado era antes que nada, el fin del carácter
"social" del Estado. Ahora ha de limitarse a ser una organización cuanto
más compleja, más técnica, y cuanto más técnica, con menos personal de
servicios públicos baratos, una red de oficinas eficazmente conectadas,
policiales, administrativas, jurídicas o asistenciales. Las condiciones
sociales que impone la técnica autonomizada no son en absoluto favorables a una
centralización política, no promueven ni el estatismo ni el desarrollo de una
burocracia disciplinada, más conformes con un Welfare state
[estado del bienestar], o con un modo de producción colectivista
autoritario, o con un Estado totalitario, correspondientes a una fase social
precedente de la técnica, que con el despotismo tecnológico contemporáneo.
Todos los sectores de la burocracia estatal o paraestatal están siendo
reciclados, es decir, reorganizados según estrictos criterios de rendimiento
que priman sobre los intereses de grupo. Como reza un antiguo proverbio
bancario, todo es cuestión de números. Conviene recordar que quienes mandan no
son los propietarios de los medios de producción los empresarios, la vieja
burguesía, o los administradores del Estado la burocracia sino de las élites
ligadas a la alta tecnología y a la "ingeniería financiera". Esas
élites son apátridas y se sirven de los Estados como se sirven de los medios de
producción y de las finanzas, combatiendo todo desarrollo autónomo de los
mismos y exigiendo eficacia. Tampoco hay que olvidar que todo proceso técnico productivo,
financiero, político tiende a eliminar a las personas y hacerse automático.
Las masas no son necesarias más que en tanto que no existan máquinas para
substituirlas. El Estado totalitario era una técnica de gobierno donde todos
los movimientos de las masas eran simplificados y reducidos a acciones
predecibles, como en un mecanismo. Para él, el pensar era una actitud
subversiva y la obediencia la mayor de las virtudes públicas. Por eso
necesitaba un enorme aparato policial. Pero la misma lógica de la técnica
conduce al automatismo de las conductas, con cada vez menos necesidad
de control, y por lo tanto, sin necesidad de líderes ni de grandes
burocracias. Ni de grandes aparatos policiales; es mejor videovigilancia,
unidades especiales de intervención rápida y servicios de protección privados.
El individuo no existe, la clase obrera no existe, el Estado puede reducirse a
una pantalla, es decir, puede virtualizarse. En ese momento histórico estamos.
La mecanización del mundo es la tendencia dominante de un proceso acabado
en líneas generales. Pero todavía se dan contradicciones entre sectores más
avanzados y menos avanzados, entre tradiciones burguesas y estatistas e
impulsos desmesurados hacia la tecnificación, entre clases en proceso de
disolución que ya no son sino grupos particulares con intereses privados y la
nueva clase emergente, unificada y estable, extremadamente jerarquizada, en la
que la posición de poder depende del elemento técnico. La técnica es un factor
estratégico decisivo que se guarda como si fuera un secreto: es el secreto de
la dominación. Pero eso no significa que los técnicos, por el mero hecho de
serlo, gocen de una situación privilegiada. Evidentemente la oferta de empleos
a profesionales y técnicos es la única que ha crecido, aunque en modo alguno ha
aparecido una clase nueva de "mánagers", de directivos, dispuesta a
hacerse con el poder. Lo único que ha variado es la composición de los
asalariados. Los expertos no mandan, solamente sirven. Los cuadros, la intelligentsia técnica,
es sólo el espejismo de una clase provocado por los cambios ocurridos en los
primeros momentos de la aparición de la alta tecnología, de la tecnociencia,
cuando realmente esos asalariados desempeñaron un papel: el de facilitar su
institucionalización. Con la especialización y la fragmentación crecientes del
conocimiento y con el desarrollo del sistema educativo en la dirección más
favorable a la tendencia dominante y su extensión a toda la población, todo el
mundo está preparado para obedecer a las máquinas. Técnicos lo somos todos. La
formación técnica no es ninguna bicoca: es la característica mas común de todos
los mortales. Es la marca de su desposesión.
La transformación del proletariado en una gran masa de asalariados sin
ningún lazo ni solidaridad de clase no ha eliminado las luchas
sociales, pero sí la lucha de clases. Cuando resultan perjudicados intereses
surgen conflictos que pueden llegar a ser de gran intensidad y violencia pero
que no tocan lo esencial la técnica y la organización social basada en ella y
por consiguiente, no amenazan al sistema. No podemos interpretar las luchas de
los funcionarios, de los excluidos, de los empleados, de los pequeños
agricultores, de los cuadros, etc., en términos de lucha de clases. Son
respuestas al capital que en su proceso de revalorización daña intereses
sectoriales propios de determinados grupos sociales que no encarnan ni pueden
encarnar el interés general, por lo que no ponen en peligro al sistema de
dominación. El momento clave de la lucha es siempre la
negociación, y esa la efectúan especialistas. Ningún grupo oprimido
específico puede por su situación objetiva llegar a ser
embrión de una clase social, un sujeto histórico cuyas luchas lleven consigo
las esperanzas emancipatorias de la mayoría de la población. Todas las luchas
ocurren ya en la periferia del sistema. El sistema no necesita a nadie, no
depende de ningún grupo en concreto. Si éste se segregara, el sistema
funcionaría igual sin él. Su lucha, por tanto, sólo será marginal y
testimonial. Carece de las perspectivas revolucionarias de la vieja y
desaparecida lucha de clases. Los grupos sociales oprimidos ya no se enfrentan
a la dominación como clase contra clase. Por otra parte, ningún grupo aspira a
la liquidación del sistema, porque ningún grupo, a pesar de la acumulación de
efectos nocivos, ha contestado la supremacía de la técnica, que proporciona
cohesión y solidez a la dominación. El consenso respecto a la técnica todo el
mundo cree que no se puede vivir sin ella justifica el dominio de la
oligarquía tecnocrática y diluye las necesidades de emancipación de la sociedad.
Toda revuelta contra la dominación no representará el interés general si no
se convierte en una rebelión contra la técnica, una rebelión
luddita. La diferencia entre los obreros ludditas y los modernos
esclavos de la técnica reside en que aquellos tenían un modo de vida que
salvar, amenazado por las fábricas, y constituían una comunidad, que sabía
defenderse y protegerse. Por eso fue tan difícil acabar con ellos. La represión
dio lugar al nacimiento de la policía inglesa moderna y al desarrollo del
sistema fabril y del sindicalismo británico, tolerado y alentado a causa del
luddismo. La andadura del proletariado comienza con una importante renuncia, es
más, los primeros periódicos obreros, cito a L´Artisan de
1830, elogiarán las máquinas con el argumento de que alivian el trabajo y que
el remedio no está en suprimirlas sino en explotarlas ellos mismos.
Contrariamente a lo que afirmaban Marx y Engels, el movimiento obrero se
condenó a la inmadurez política y social cuando renunció al socialismo
utópico y escogió la ciencia, el progreso (la ciencia burguesa, el
progreso burgués), en lugar de la comunidad y el desarrollo individual. Desde
entonces la idea de que la emancipación social no es "progresista" ha
circulado por la sociología y la literatura más que por el movimiento obrero,
con la excepción de algunos anarquistas y seguidores de Morris o Thoreau. Así
por ejemplo, tendríamos que abrir la novela Metrópolis, de Thea Von Harbou,
para leer arengas como ésta: "De la mañana a la noche, a mediodía,
por la tarde, la máquina ruge pidiendo alimento, alimento, alimento. ¡Vosotros
sois el alimento! ¡Sois el alimento vivo! ¡La máquina os devora y luego,
exhaustos, os arroja! ¿Por qué engordáis a las máquinas con vuestros cuerpos?
¿Por qué aceptáis sus articulaciones con vuestro cerebro? ¿Por qué no dejáis
que las máquinas mueran de hambre, idiotas? ¿Por qué no las dejáis perecer,
estúpidos? ¿Por qué las alimentáis? Cuanto más lo hagáis, más hambre tendrán de
vuestra carne, de vuestros huesos, de vuestro cerebro. Vosotros sois diez mil.
¡Vosotros sois cien mil! ¿Por qué no os lanzáis, cien mil puños asesinos,
contra las máquinas?". Evidentemente, la destrucción de las
máquinas es una simplificación, una metáfora de la destrucción del mundo de la
técnica, del orden técnico del mundo, y esa es la inmensa tarea histórica de la
única revolución verdadera. Es una vuelta al principio, al saber hacer de los
comienzos que la técnica había proscrito.
No se trata de un retorno a la Naturaleza, aunque las relaciones de los
hombres con la Naturaleza habrán de modificarse radicalmente y basarse menos en
la explotación que en la reciprocidad, pues al destruir la Naturaleza se
destruye inevitablemente la naturaleza humana. Ya no es cuestión
de dominarla sino de estar en armonía con ella. La existencia de los seres
humanos no habrá de concebirse como pura actividad de apropiación de las
fuerzas naturales, movimiento, trabajo. Una sociedad no capitalista, es decir,
librada de la técnica, no será una sociedad industrial pero tampoco una especie
de sociedad paleolítica; habrá de conformarse con la cantidad de técnica que se
pueda permitir sin desequilibrarse. Debe eliminar toda la técnica que sea
fuente de poder, la que destruya las ciudades, la que aísle al individuo, la
que despueble los campos, la que impida la aparición de comunidades, etc., en
fin, la que amenace el modo de vida libre. Todas la civilizaciones anteriores
fundadas en la agricultura, la artesanía y el comercio, han sabido controlar y
contener las innovaciones técnicas. La sociedad capitalista ha sido una
excepción histórica, una extravagancia, un desvío.
Si quienes se hallan comprometidos en la lucha contra la técnica miran a su
alrededor, constatarán que los estragos tecnológicos despiertan todavía una
débil oposición, parasitada por el ecologismo político o directamente
recuperada por gente al servicio del Estado Por otra parte, ningún movimiento
de una cierta amplitud, partiendo de conflictos precisos, ha tratado de organizarse
claramente contra el mundo de la técnica. Apenas se redescubren las grandes
aportaciones de la sociología critica americana, o las de la escuela de
Frankfurt, o la obra de Ellul, no obstante tener muchos años de existencia. La
tarea de actualizar esa crítica y ponerla en relación con la de transformar
radicalmente las bases sobre las que se asienta la sociedad moderna es algo que
todavía no comprenden más que pocos. Los más, tratan de combatir al sistema
desde terrenos con cada vez menos peso: el de las reivindicaciones obreras, el
de los derechos de las minorías, el de los centros juveniles, el de la
exclusión social, el del sindicalismo agrario, etc. Sin menospreciar el
compromiso social de nadie, estas luchas tienen un horizonte limitado, no sea más
que porque evitan la cuestión clave, cuando no comparten con el sistema su
tecnofilia. De todas formas, merecen apoyo aquellas que reconstruyen la
sociabilidad entre sus participantes e impiden la creación de jerarquías. La
acción de quienes se oponen al mundo de la técnica todavía no ha llevado a
grandes cosas, ya que tal oposición es sólo una causa y no un movimiento. Pero
al menos ha servido para incrementar la insatisfacción que la técnica viene
sembrando y para apuntar en la buena dirección La apología de la técnica pone
en mala posición a sus partidarios cuando deviene demasiado visiblemente
apología del horror. El sistema admite no ser ningún paraíso y se justifica
como el único posible, tanto que no haya nadie que pueda mandarlo al basurero
de la historia. Ahí estamos. El sistema tecnocrático produce ruinas, lo que
favorece la difusión de la crítica y posibilita la acción contra él. La
cuestión principal son los principios más que los métodos. Cualquier proceder
es bueno si es necesario y sirve para popularizar las ideas, sin que ello sea
óbice para ninguna capitulación: se participa en las luchas para hacerlas
mejores, no para degenerar con ellas. En ausencia de un movimiento social
organizado, las ideas son lo primero, el combate por las ideas es lo
importante, pues ninguna perspectiva puede nacer de una organización donde
reine la confusión respecto a lo que se quiere. Pero la lucha por las ideas no
es una lucha por la ideología, por una satisfecha buena conciencia. Hay que
abandonar el lastre de las consignas revolucionarias que han envejecido y se
han vuelto frases hechas: resulta incongruente cuando no existe proletariado
hablar del poder absoluto de los Consejos Obreros, o de la autogestión
generalizada cuando sería cuestión de desmantelar la producción. El final del
trabajo asalariado no puede significar la abolición del trabajo, puesto que la
tecnología que suprime y automatiza el trabajo necesario sólo es posible en el
reino de la Economía. Las teorías de Fourier sobre la "atracción apasionada"
serían más realistas. Tampoco una acción voluntarista sirve de mucho, si las
masas que consiga agrupar no sepan qué hacer una vez hayan decidido hacerse
cargo, sin intermediarios, de sus propios asuntos. En esa situación, incluso
los éxitos parciales, al abrir perspectivas que no podrán afrontarse con
coherencia y determinación, acabarán con el movimiento mejor aún que las
derrotas. La tarea más elemental consistiría en reunir alrededor de la
convicción de que el sistema debe ser destruido y edificado de nuevo sobre
otras bases al mayor número de gente posible, y discutir el tipo de acción que
más conviene a la práctica de las ideas derivadas de dicha convicción. Dicha
práctica ha de aspirar a la toma de conciencia por lo menos de una parte
notable de la población, porque mientras no exista una conciencia
revolucionaria suficientemente extendida no podrá reconstituirse la clase
explotada y ninguna acción de envergadura histórica, ningún retorno de la lucha
de clases, será posible.
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26 noviembre, 2014
07 agosto, 2013
¿Qué espíritu de demencia los impulsa?
Esa
chatarra jadeante, réplica de nuestra inquietud, y esos espectros que la
conducen, ese desfile de autómatas, esa procesión de alucinados, ¿a dónde van,
qué buscan?, ¿qué espíritu de demencia los impulsa? Cada vez que estoy a punto
de absolver a los hombres civilizados, cada vez que tengo dudas sobre la
legitimidad de la aversión o del terror que me inspiran, me basta con pensar en
las carreteras campestres de un día domingo para que la imagen de esa gusanera
motorizada me reafirme en mi asco o en mis temores.
En
medio de esos paralíticos al volante que han abolido el uso de las piernas, el
caminante parece un excéntrico o un proscrito: pronto será visto como un
monstruo. No más contacto con el suelo: todo lo que en él se hunde se nos ha
vuelto extraño e incomprensible. Desarraigados, incapaces de congeniar con el
polvo o con el lodo, hemos logrado la hazaña de romper, no sólo con la
intimidad de las cosas, sino con su misma superficie.
¿Es
realmente para ganar tiempo que se inventaron esos aparatos? Más desprovisto,
más desheredado que el troglodita, el hombre civilizado no tiene un instante
para sí; incluso sus ocios son enfebrecidos y agobiantes: un presidiario con
licencia que sucumbe en el aburrimiento de no hacer nada en la pesadilla de las
playas. Cuando se han recorrido comarcas donde el ocio es de rigor y donde
todos lo ejercen, se adapta uno mal a un mundo donde nadie lo conoce ni sabe
gozarlo, donde nadie respira.
El
ser esclavizado por las horas, ¿es todavía un ser humano? ¿Tiene derecho a llamarse
libre cuando sabemos que se ha
sacudido todas las esclavitudes salvo la esencial? A merced del tiempo que
alimenta y nutre con su propia sustancia, el hombre civilizado se extenúa y
debilita para asegurar la prosperidad de un parásito o un tirano. Calculador a
pesar de su locura, se imagina que sus preocupaciones y problemas aminorarían
si pudiera «programárselos» a pueblos «subdesarrollados» a los que les reprocha
no entrar «al aro», es decir, al vértigo. Para mejor precipitarlos en él, les
inyectará el veneno de la ansiedad y no los dejará en paz hasta que observe en
ellos los mismos síntomas de ajetreo. Con el fin de realizar su sueño de una
humanidad sin aliento, perdida y atada al reloj, recorrerá los continentes,
siempre en busca de nuevas víctimas sobre quienes verter el excedente de su
febrilidad y sus tinieblas. Mirándolo se adivina la verdadera naturaleza del
infierno: ¿acaso no es ahí el lugar donde el tiempo es la condena eterna?
La
civilización nos enseña cómo apoderarse de las cosas, cuando debería iniciarnos
en el arte de despojarnos de ellas, pues no hay libertad ni «verdadera vida» si
no se aprende a renunciar. Me apodero de un objeto, me considero su dueño, y,
de hecho, sólo soy su esclavo, como también soy esclavo del instrumento que manejo.
No hay adquisición que no signifique una cadena más, ni hay factor de poder que
no sea causante de debilidad.
Fragmentos
de La caída en el tiempo, de E. M. Cioran
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La caída en el tiempo
25 noviembre, 2012
¿Donde Estamos? Algunas consideraciones sobre el tema de la técnica y las maneras de combatir su dominio.
Miquel Amorós (03
de octubre de 2005)
"¿Qué tratamos de realizar? Cambiar la
organización social sobre la que reposa la prodigiosa estructura de la
civilización, construida en el curso de siglos de conflictos en el seno de
sistemas avejentados o moribundos, conflictos cuya salida fue la victoria de la
civilización moderna sobre las condiciones naturales de vida."
William
Morris
Walter Benjamín, en
su articulo Teorías del fascismo alemán, recuerda la frase aparentemente
extemporánea de León Daudet, "el automóvil es la guerra", para
ilustrar el hecho de que los instrumentos técnicos, no encontrando en la vida
de las gentes un hueco que justifique su necesidad, fuerzan esa justificación
entrando a saco en ella. Si la realidad social no está madura para los avances
técnicos que llaman a la puerta tanto peor para la realidad, porque será
devastada por ellos. El resultado es que la sociedad entera queda transformada
por la técnica como tras una guerra. Realmente, con sólo citar la gran cantidad
de desplazamientos de la población, la enormidad de datos almacenados y
procesados por la moderna tecnología de la información y el gran número de
bajas por accidentes, suicidios o patologías contemporáneas, parece que una
guerra, en absoluto fría, sucede a diario en los escenarios de la economía, de
la política, o de la vida cotidiana. Una guerra en la que siempre se busca
vencer gracias a la superioridad técnica en automóviles, en ordenadores, en
biotecnologías... Por la propia naturaleza de la sociedad capitalista, los cada
vez más poderosos medios técnicos no contribuyen de ningún modo a la cohesión
social y al desarrollo personal, ya que la técnica sólo sirve para armar al
bando ganador. Para Benjamin pues, y para nosotros, "toda guerra venidera
será a la vez una rebelión de esclavos de la técnica".
Los
adelantos técnicos, son todo menos neutrales, en todo desarrollo de las fuerzas
productivas debido a la innovación técnica siempre hay ganadores y perdedores.
La técnica es instrumento y arma, por lo que beneficia a quienes mejor saben
servirse de ella y mejor la sirven. Un espíritu critico heredero de Defoe y
Swift, Samuel Butler, denunciaba el hecho en una utopía satírica. "...en
esto consiste la astucia de las máquinas: sirven para poder dominar (...); hoy
mismo las máquinas sólo sirven a condición de que las sirvan, e imponiendo
ellas sus condiciones (...) ¿No queda manifiesto que las máquinas están ganando
terreno cuando consideramos el creciente número de los que están sujetos a
ellas como esclavos y de los que se dedican con toda el alma al progreso del
reino mecánico?" (Erewhon o allende las montañas). La burguesía utilizó
las máquinas y la organización "científica" del trabajo contra el
proletariado. Las contradicciones de un sistema basado en la explotación del
trabajo que, por un lado expulsaba a los trabajadores del proceso productivo y,
por el otro, alejaba de la dirección de dicho proceso a los propietarios de los
medios de producción, se superaron con la transformación de las clases sobre
las que se asentaba, burgueses y proletarios. La técnica ha hecho posible un
marco histórico nuevo, nuevas condiciones sociales –las de un capitalismo sin
capitalistas ni clase obrera– que se presentan como condiciones de una
organización social técnicamente necesaria. Como dijo Munford, "Nada de lo
producido por la técnica es más definitivo que las necesidades y los intereses
mismos que ha creado la técnica" (Técnica y civilización). La sociedad,
una vez que ha aceptado la dinámica tecnológica se encuentra atrapada por ella.
La técnica se ha apoderado del mundo y lo ha puesto a su servicio. En la
técnica se revelan los nuevos intereses dominantes.
Cuando
"la dominación de la naturaleza queda vinculada con la dominación de los
hombres" (Herbert Marcuse, El Hombre Unidimensional), el discurso de la
dominación ya no es político, es el discurso de la técnica. Busca legitimarse
con el aumento de las fuerzas productivas que comporta el progreso tecnológico
una vez que ha puesto a su servicio el conocimiento científico. El progreso
cientificotécnico proporciona a los individuos una vida que se supone tranquila
y cómoda y por eso es necesario y deseable. La técnica, que ahora se ha
convertido en la ideología de la dominación, proporciona una explicación
suficiente para la no libertad, para la incapacidad de los individuos de
decidir sobre sus vidas: la ausencia de libertad implícita en el sometimiento a
los imperativos técnicos es el precio necesario de la productividad y el
confort, de la salud y el empleo. La idea del progreso era el núcleo del
pensamiento dominante en el periodo de ascenso y desarrollo de la burguesía,
progreso que pronto perdió su antiguo contenido moral y humanitario y fue
identificado con el avance arrollador de la economía y con el desarrollo
técnico que lo hacía posible. Efectivamente, los inventos técnicos y los
descubrimientos científicos en el siglo XIX fueron tantos y provocaron tantos
cambios económicos que generaron en los países industrializados, y no sólo
entre su clase dirigente, una religión de la economía, una creencia en ella
como la panacea de todas las dificultades. El progreso de la cultura, de la
educación, de la razón, de la persona, etc., derivaría necesariamente del
progreso económico. Bastaría un correcto funcionamiento de la economía para que
la cuestión social cesara de dar disgustos. El mismo proceso se repetirá más
tarde con la técnica, ante el fracaso definitivo de las soluciones económicas.
Porque vueltos a la sociedad civil tras dos grandes guerras, se impone el
pensamiento militar –un pensamiento eminentemente técnico– y los propios
problemas económicos se creerán resolver con procedimientos y adelantos
técnicos. La economía pasó a segundo plano y la técnica se emancipó. La propia
economía ya no es más que una técnica.
"La
emergencia de la tecnología occidental como fuerza histórica y la emergencia de
la religión de la tecnología son dos aspectos del mismo fenómeno" (David
F. Noble, La Religión de la Tecnología). Según este autor, el deslumbramiento
ante el poder de la técnica tiene raíces en antiguas fantasías religiosas que
perviven en el inconsciente colectivo de los hombres: la Creación, el Paraíso,
el virtuosismo divino, la perfectibilidad infinita, etc. Eso significa que la
técnica posee un fuerte contenido ideológico desde los comienzos, que ha
llegado a ser dominante en la época de los totalitarismos, en la época de la
disolución de los individuos y las clases en masas. Desde entonces redefine en
función de sí misma los viejos conceptos de "naturaleza",
"libertad", "memoria", "cultura",
"hechos", etc., en fin, inventa de nuevo la manera de pensar y de
hablar. La técnica cuantifica la realidad y, bautizándola con su lenguaje –con tecnicismos–,
impone una visión instrumental de las cosas y de las personas. Neil Postman
recuerda en Tecnópolis el adagio de que "a un hombre con un martillo todo
le parece un clavo". El mundo habla el idioma de los "expertos".
Un divulgador de las maravillas de la ciencia moderna como Julio Verne describe
en una de sus primeras novelas de anticipación a ese producto natural de la era
tecnológica un tanto someramente, pero no olvidemos que lo hace en 1876:
"Este hombre, educado en la mecánica, explicaba la vida por los engranajes
o las transmisiones; se movía regularmente con la menor fricción posible, como
un pitón en un cilindro perfectamente calibrado; Transmitía su movimiento
uniforme a su mujer, a su hijo, a sus empleados, a sus criados, verdaderas máquinas-instrumentos,
de las que él, el gran motor, sacaba el mejor provecho del mundo (París en el
siglo XX). Por vez primera en la historia, la técnica representa al espíritu de
la época, es decir, corresponde al vacío espiritual de la época. Las relaciones
entre las personas pueden considerarse como relaciones entre máquinas. Toda una
gama de las ciencias ha nacido con esos planteamientos: cibernética, teoría
general de sistemas, etc. Los problemas reales entonces se convierten en
cuestiones técnicas susceptibles de soluciones técnicas, que serán aportadas
por expertos –aquí decimos "profesionales"– y adoptadas por
dirigentes, "técnicos" en tomar decisiones. La dominación desde luego
no desaparece; gracias a la técnica ha adoptado las apariencias de una racionalización
y se ha vuelto también técnica.
La
técnica ha vaciado a la época de contenido: todo lo que no es directamente
cuantificable, y por lo tanto medible, y por lo tanto manipulable,
automatizable, no existe para la técnica. El poder de la técnica no sólo ha
comportado la atomización y amputación de los individuos, sino la muerte del
arte y de la cultura en general; la nada espiritual es el mal del siglo. La
filosofía existencial, la vanguardia artística, la proliferación de sectas y la
aparición de masas hostiles al gusto y a la cultura, son fenómenos que
representan la sensación vivida del proceso de aniquilación de la
individualidad, de supresión de lo humano, en el que la acción, inconsciente y
absurda, es puro movimiento. Esta fatalidad histórica se intuye desde el
principio de la era tecnológica, y nos la cuenta Meyrink en su relato Los
Cuatro Hermanos de la Luna: "Por lo tanto las máquinas han llegado a ser
los cuerpos visibles de titanes producidos por las mentes de héroes
empobrecidos. Y como concebir o crear algo quiere decir que el alma recibe la
forma de lo que se ve o se crea y se confunda con ella; así los hombres están
ya encaminados sin salvación en el sendero que, gradual y mágicamente, los
llevará a transformarse en maquinas, hasta que un día, despojados de todo, se
encontrarán siendo mecanismos de relojería chirriantes, en perpetua agitación
febril, como lo que siempre han tratado de inventar: un infeliz movimiento
perpetuo". La técnica se opone a los individuos como algo exterior, que
poco a poco va desposeyéndoles del control de sus vidas y determinando sus
acciones. En un mundo técnico, la máquina es más real que el individuo, que no
es más que una prótesis suya. La fe en la técnica, que aun podíamos considerar
burguesa, se ve acompañada entonces de un nihilismo cada vez más conformista y
apologético, sobretodo en la fase postburguesa de la era tecnológica, fruto del
desencantamiento del mundo y de la destrucción del individuo. El pensamiento
tecnocrático se complementa con una ideología de la nada, un verdadero mal
francés que proclama la supremacía del modelo y la fascinación del objeto, que
habla de la independencia del pensamiento respecto a la acción, del derrumbe de
la historia y del sujeto, de las máquinas deseantes y del grado cero de la
escritura, de la deconstrucción del lenguaje y de la realidad, etc. Desde el
existencialismo y el estructuralismo hasta el postmodernismo, los pensadores de
la nada constatan una serie de demoliciones de todo lo humano y se congratulan
por ello; no pretenden contradecir la religión de la técnica, sino desbrozarle
el camino. No son originales, ni siquiera son pensadores: plagian las
aportaciones críticas de la sociología moderna o del psicoanálisis y fabrican
una verborrea ininteligible con préstamos crípticos –como no– del lenguaje
científico. En la objetivación completa de la acción social que efectúa la
técnica, aplauden la abolición del individuo social en tanto que sujeto
histórico. El sistema, la organización, la técnica, ha evacuado al hombre de la
vida y estos ideólogos anuncian con alegría, como una gran revelación, el
advenimiento del hombre aniquilado, del ser vacío y superficial cuya existencia
frívola y mecánica consideran la expresión misma de la creatividad y la
libertad.
El
dominio, el poder, en la política y en la calle, en la paz y en la guerra,
pertenece al mejor equipado tecnológicamente. La burguesía ha sido substituida
por una clase tecnocrática no nacida de una revolución antiburguesa sino de la
creciente complejidad social forzada por la lucha de clases y la intervención
estatal. En el camino hacia una nueva sociedad basada en la alta productividad
proporcionada por la automación y en la economía de servicios, la burguesía se
ha metamorfoseado en una nueva clase dominante. Esta no se define por la
propiedad privada o el dinero sino por la competencia y la capacidad de
gestión; la propiedad y el dinero son necesarios pero no son determinantes. La
fuerza de la clase dominante no proviene exclusivamente de la economía, ni de
la política, ni siquiera de la técnica, sino de la fusión de las tres en un
complejo tecnológico de poder que Munford denominó "megamáquina". Si
la técnica, al convertirse en la única fuerza productiva, facilitó el triunfo
de la economía, ahora la economía, al crear el mercado mundial, le ha allanado
el camino a la técnica, y ésta impone la dinámica expansiva de la producción en
masa al mundo entero. A su modo ha ridiculizado la figura del Estado,
difuminando su historia y su papel después de que la economía lo convirtiese en
el mayor patrón y la técnica lo transformase en una maquinaria de gobierno y de
control de masas. Desde finales del XIX la estabilidad del sistema capitalista
se consiguió gracias a la intervención del Estado, que desplegó una política
económica y social correctora. El Estado dejó de ser una superestructura
autónoma para fusionarse con la economía y presentarse como un escenario
neutral donde podía resolverse el enfrentamiento entre clases. El Estado pasaba
a ser el garante de las mejoras sociales, de la seguridad y de las
oportunidades. El Estado "del bienestar" fue una invención que
aseguraba a la vez la revalorización del capital y la aquiescencia de las
masas. En su seno la política se convertía paulatinamente en administración, se
profesionalizaba, se orientaba hacia la resolución de cuestiones técnicas.
Aunque el régimen político fuera una democracia formal, la política no podía
ser objeto de discusión pública: en tanto que planteamiento y resolución de
problemas técnicos requería por un lado un saber especializado –era una
tecnopolítica– en manos de una burocracia profesional, y por el otro, un
alejamiento –una despolitización– de las masas. El progreso técnico conseguirá
esta despolitización. Tenía la propiedad de aislar al individuo en la sociedad,
al rodearlo de artilugios domésticos y sumergirlo en la vida privada. Por otra
parte, cada etapa de dicho progreso anula la precedente, desarrollando un
dinamismo compulsivo en el que la novedad es aceptada simplemente por ser
novedad y el pasado es relegado a la arqueología. De esta forma crea un
continuo presente, en el que nunca pasa nada puesto que nada tiene importancia
y donde los hombres son indiferentes. ¿Fin de la historia? En una de las
mejores sátiras escritas contra la explotación del hombre gracias a la ciencia
y la técnica, Karel Capek, ironiza sobre esta banalización de los hechos: en
una sociedad con tantas posibilidades técnicas "no se podían medir los
acontecimientos históricos por siglos ni por décadas, como se había hecho hasta
entonces en la historia del mundo, sino por trimestres (...) Podríamos decir
que la historia se producía al por mayor y que, por ello, el tiempo histórico
se multiplicaba rápidamente (según cálculos, cinco veces más)" (La Guerra
de las Salamandras).
Gracias
al Estado, que fomentó la investigación a gran escala en el campo de las armas
bélicas, desde donde pasó a la producción industrial de bienes, el progreso
científico y técnico dio un gran salto, convirtiendo a la tecnociencia en la
principal fuerza productiva. La evolución del sistema social, y por lo tanto,
de la Economía y del Estado, estaba determinada a partir de entonces por el
progreso técnico. Ello no solamente implicaba la decadencia del mundo del
trabajo y anunciaba la obsolescencia de la clase obrera, que dejaba de ser la
principal fuerza productiva, sino que significaba el fin del Estado protector.
En las sociedades tecnificadas el control de los individuos se logra con
estímulos exteriores mejor que con reglas que fijen sus conductas y los regimenten.
Lo que domina entre los individuos no es el carácter autoritario –y su
complemento, el carácter sumiso– sino la personalidad desestructurada y
narcisista. El fin del Estado era antes que nada, el fin del carácter
"social" del Estado. Ahora ha de limitarse a ser una organización –y
cuanto más compleja, más técnica, y cuanto más técnica, con menos personal– de
servicios públicos baratos, una red de oficinas eficazmente conectadas,
policiales, administrativas, jurídicas o asistenciales. Las condiciones
sociales que impone la técnica autónoma no son en absoluto favorables a una
centralización política, no promueven ni el estatismo ni el desarrollo de una
burocracia disciplinada, más conformes con un Welfare state [estado del bienestar], o con un modo de producción colectivista
autoritario, o con un Estado totalitario, correspondientes a una fase social
precedente de la técnica, que con el despotismo tecnológico contemporáneo.
Todos los sectores de la burocracia estatal o paraestatal están siendo reciclados,
es decir, reorganizados según estrictos criterios de rendimiento que priman
sobre los intereses de grupo. Como reza un antiguo proverbio bancario, todo es
cuestión de números. Conviene recordar que quienes mandan no son los
propietarios de los medios de producción –los empresarios, la vieja burguesía–,
o los administradores del Estado –la burocracia– sino de las élites ligadas a
la alta tecnología y a la "ingeniería financiera". Esas élites son
apátridas y se sirven de los Estados como se sirven de los medios de producción
y de las finanzas, combatiendo todo desarrollo autónomo de los mismos y
exigiendo eficacia. Tampoco hay que olvidar que todo proceso técnico
–productivo, financiero, político– tiende a eliminar a las personas y hacerse
automático. Las masas no son necesarias más que en tanto que no existan
máquinas para substituirlas. El Estado totalitario era una técnica de gobierno
donde todos los movimientos de las masas eran simplificados y reducidos a
acciones predecibles, como en un mecanismo. Para él el pensar era una actitud
subversiva y la obediencia la mayor de las virtudes públicas. Por eso
necesitaba un enorme aparato policial. Pero la misma lógica de la técnica
conduce al automatismo de las conductas, con cada vez menos necesidad de control,
y por lo tanto, sin necesidad de líderes ni de grandes burocracias. Ni de
grandes aparatos policiales; es mejor vídeo vigilancia, unidades especiales de
intervención rápida y servicios de protección privados. El individuo no existe,
la clase obrera no existe, el Estado puede reducirse a una pantalla, es decir,
puede virtualizarse. En ese momento histórico estamos.
La
mecanización del mundo es la tendencia dominante de un proceso acabado en
líneas generales. Pero todavía se dan contradicciones entre sectores más
avanzados y menos avanzados, entre tradiciones burguesas y estatistas e
impulsos desmesurados hacia la tecnificación, entre clases en proceso de
disolución que ya no son sino grupos particulares con intereses privados y la
nueva clase emergente, unificada y estable, extremadamente jerarquizada, en la
que la posición de poder depende del elemento técnico. La técnica es un factor
estratégico decisivo que se guarda como si fuera un secreto: es el secreto de
la dominación. Pero eso no significa que los técnicos, por el mero hecho de
serlo, gocen de una situación privilegiada. Evidentemente la oferta de empleos
a profesionales y técnicos es la única que ha crecido, aunque en modo alguno ha
aparecido una clase nueva de "mánagers", de directivos, dispuesta a
hacerse con el poder. Lo único que ha variado es la composición de los
asalariados. Los expertos no mandan, solamente sirven. Los cuadros, la
intelligentsia técnica, es sólo el espejismo de una clase provocado por los
cambios ocurridos en los primeros momentos de la aparición de la alta
tecnología, de la tecnociencia, cuando realmente esos asalariados desempeñaron
un papel: el de facilitar su institucionalización. Con la especialización y la
fragmentación crecientes del conocimiento y con el desarrollo del sistema
educativo en la dirección más favorable a la tendencia dominante y su extensión
a toda la población, todo el mundo está preparado para obedecer a las máquinas.
Técnicos lo somos todos. La formación técnica no es ninguna bicoca: es la
característica más común de todos los mortales. Es la marca de su desposesión.
La
transformación del proletariado en una gran masa de asalariados sin ningún lazo
ni solidaridad de clase no ha eliminado las luchas sociales, pero sí la lucha
de clases. Cuando resultan perjudicados intereses surgen conflictos que pueden
llegar a ser de gran intensidad y violencia pero que no tocan lo esencial –la
técnica y la organización social basada en ella– y por consiguiente, no
amenazan al sistema. No podemos interpretar las luchas de los funcionarios, de
los excluidos, de los empleados, de los pequeños agricultores, de los cuadros,
etc., en términos de lucha de clases. Son respuestas al capital que en su
proceso de revalorización daña intereses sectoriales propios de determinados
grupos sociales que no encarnan ni pueden encarnar el interés general, por lo
que no ponen en peligro al sistema de dominación. El momento clave de la lucha
es siempre la negociación, y esa la efectúan especialistas. Ningún grupo
oprimido específico puede por su situación objetiva llegar a ser embrión de una
clase social, un sujeto histórico cuyas luchas lleven consigo las esperanzas
emancipatorias de la mayoría de la población. Todas las luchas ocurren ya en la
periferia del sistema. El sistema no necesita a nadie, no depende de ningún
grupo en concreto. Si éste se segregara, el sistema funcionaría igual sin él.
Su lucha, por tanto, sólo será marginal y testimonial. Carece de las
perspectivas revolucionarias de la vieja y desaparecida lucha de clases. Los grupos
sociales oprimidos ya no se enfrentan a la dominación como clase contra clase.
Por otra parte, ningún grupo aspira a la liquidación del sistema, porque ningún
grupo, a pesar de la acumulación de efectos nocivos, ha contestado la
supremacía de la técnica, que proporciona cohesión y solidez a la dominación.
El consenso respecto a la técnica –todo el mundo cree que no se puede vivir sin
ella– justifica el dominio de la oligarquía tecnocrática y diluye las
necesidades de emancipación de la sociedad.
Toda
revuelta contra la dominación no representará el interés general si no se
convierte en una rebelión contra la técnica, una rebelión luddita. La
diferencia entre los obreros ludditas y los modernos esclavos de la técnica
reside en que aquellos tenían un modo de vida que salvar, amenazado por las
fábricas, y constituían una comunidad, que sabía defenderse y protegerse. Por
eso fue tan difícil acabar con ellos. La represión dio lugar al nacimiento de
la policía inglesa moderna y al desarrollo del sistema fabril y del
sindicalismo británico, tolerado y alentado a causa del luddismo. La andadura
del proletariado comienza con una importante renuncia, es más, los primeros
periódicos obreros –cito a L ´Artisan, de 1830– elogiarán las máquinas con el
argumento de que alivian el trabajo y que el remedio no está en suprimirlas
sino en explotarlas ellos mismos. Contrariamente a lo que afirmaban Marx y
Engels, el movimiento obrero se condenó a la inmadurez política y social cuando
renunció al socialismo utópico y escogió la ciencia, el progreso (la ciencia
burguesa, el progreso burgués), en lugar de la comunidad y el desarrollo
individual. Desde entonces la idea de que la emancipación social no es
"progresista" ha circulado por la sociología y la literatura más que
por el movimiento obrero, con la excepción de algunos anarquistas y seguidores
de Morris o Thoreau. Así por ejemplo, tendríamos que abrir la novela
Metrópolis, de Thea Von Harbou, para leer arengas como ésta: "De la mañana
a la noche, a mediodía, por la tarde, la máquina ruge pidiendo alimento,
alimento, alimento. ¡Vosotros sois el alimento! ¡Sois el alimento vivo! ¡La
máquina os devora y luego, exhaustos, os arroja! ¿Por qué engordáis a las
máquinas con vuestros cuerpos? ¿Por qué aceptáis sus articulaciones con vuestro
cerebro? ¿Por qué no dejáis que las máquinas mueran de hambre, idiotas? ¿Por
qué no las dejáis perecer, estúpidos? ¿Por qué las alimentáis? Cuanto más lo
hagáis, más hambre tendrán de vuestra carne, de vuestros huesos, de vuestro
cerebro. Vosotros sois diez mil. ¡Vosotros sois cien mil! ¿Por qué no os
lanzáis, cien mil puños asesinos, contra las máquinas?". Evidentemente, la
destrucción de las máquinas es una simplificación, una metáfora de la
destrucción del mundo de la técnica, del orden técnico del mundo, y esa es la
inmensa tarea histórica de la única revolución verdadera. Es una vuelta al
principio, al saber hacer de los comienzos que la técnica había proscrito.
No se
trata de un retorno a la Naturaleza, aunque las relaciones de los hombres con
la Naturaleza habrán de modificarse radicalmente y basarse menos en la
explotación que en la reciprocidad, pues al destruir la Naturaleza se destruye
inevitablemente naturaleza humana. Ya no es cuestión de dominarla sino de estar
en armonía con ella. La existencia de los seres humanos no habrá de concebirse
como pura actividad de apropiación de las fuerzas naturales, movimiento,
trabajo. Una sociedad no capitalista, es decir, librada de la técnica, no será
una sociedad industrial pero tampoco una especie de sociedad paleolítica; habrá
de conformarse con la cantidad de técnica que se pueda permitir sin
desequilibrarse. Debe eliminar toda la técnica que sea fuente de poder, la que
destruya las ciudades, la que aísle al individuo, la que despueble los campos,
la que impida la aparición de comunidades, etc., en fin, la que amenace el modo
de vida libre. Todas la civilizaciones anteriores fundadas en la agricultura,
la artesanía y el comercio, han sabido controlar y contener las innovaciones
técnicas. La sociedad capitalista ha sido una excepción histórica, una
extravagancia, un desvío.
Si
quienes se hallan comprometidos en la lucha contra la técnica miran a su
alrededor, constatarán que los estragos tecnológicos despiertan todavía una
débil oposición, parasitada por el ecologismo político o directamente
recuperada por gente al servicio del Estado Por otra parte, ningún movimiento
de una cierta amplitud, partiendo de conflictos precisos, ha tratado de
organizarse claramente contra el mundo de la técnica. Apenas se redescubren las
grandes aportaciones de la sociología critica americana, o las de la escuela de
Frankfúrt, o la obra de Ellul, no obstante tener muchos años de existencia. La
tarea de actualizar esa crítica y ponerla en relación con la de transformar
radicalmente las bases sobre las que se asienta la sociedad moderna es algo que
todavía no comprenden más que pocos. Los más, tratan de combatir al sistema
desde terrenos con cada vez menos peso: el de las reivindicaciones obreras, el
de los derechos de las minorías, el de los centros juveniles, el de la
exclusión social, el del sindicalismo agrario, etc. Sin menospreciar el
compromiso social de nadie, estas luchas tienen un horizonte limitado, no sea
más que porque evitan la cuestión clave, cuando no comparten con el sistema su
tecnofilia. De todas formas, merecen apoyo aquellas que reconstruyen la
sociabilidad entre sus participantes e impiden la creación de jerarquías. La
acción de quienes se oponen al mundo de la técnica todavía no ha llevado a
grandes cosas, ya que tal oposición es sólo una causa y no un movimiento. Pero
al menos ha servido para incrementar la insatisfacción que la técnica viene
sembrando y para apuntar en la buena dirección La apología de la técnica pone
en mala posición a sus partidarios cuando deviene demasiado visiblemente
apología del horror. El sistema admite no ser ningún paraíso y se justifica
como el único posible, tanto que no haya nadie que pueda mandarlo al basurero
de la historia. Ahí estamos. El sistema tecnocrático produce ruinas, lo que
favorece la difusión de la crítica y posibilita la acción contra él. La
cuestión principal son los principios más que los métodos. Cualquier proceder
es bueno si es necesario y sirve para popularizar las ideas, sin que ello sea
óbice para ninguna capitulación: se participa en las luchas para hacerlas
mejores, no para degenerar con ellas. En ausencia de un movimiento social
organizado, las ideas son lo primero, el combate por las ideas es lo
importante, pues ninguna perspectiva puede nacer de una organización donde
reine la confusión respecto a lo que se quiere. Pero la lucha por las ideas no
es una lucha por la ideología, por una satisfecha buena conciencia. Hay que
abandonar el lastre de las consignas revolucionarias que han envejecido y se
han vuelto frases hechas: resulta incongruente cuando no existe proletariado
hablar del poder absoluto de los Consejos Obreros, o de la autogestión
generalizada cuando sería cuestión de desmantelar la producción. El final del
trabajo asalariado no puede significar la abolición del trabajo, puesto que la
tecnología que suprime y automatiza el trabajo necesario sólo es posible en el
reino de la Economía. Las teorías de Fourier sobre la "atracción
apasionada" serían más realistas. Tampoco una acción voluntarista sirve de
mucho, si las masas que consiga agrupar no sepan qué hacer una vez hayan
decidido hacerse cargo, sin intermediarios, de sus propios asuntos. En esa
situación, incluso los éxitos parciales, al abrir perspectivas que no podrán
afrontarse con coherencia y determinación, acabarán con el movimiento mejor aún
que las derrotas. La tarea más elemental consistiría en reunir alrededor de la
convicción de que el sistema debe ser destruido y edificado de nuevo sobre
otras bases al mayor número de gente posible, y discutir el tipo de acción que
más conviene a la práctica de las ideas derivadas de dicha convicción. Dicha
práctica ha de aspirar a la toma de conciencia por lo menos de una parte
notable de la población, porque mientras no exista una conciencia revolucionaria
suficientemente extendida no podrá reconstituirse la clase explotada y ninguna
acción de envergadura histórica, ningún retorno de la lucha de clases, será
posible.
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