Si vives en los Estados
Unidos, a menudo oyes a los empresarios o a las personas que han sido
engañadas por ellos que, “el empresario arriesga y por tanto
merece ganar más”. Siempre encontré esto extraordinario, el
empresario arriesga... ¡y los demás también, idiota! ¡Cómo! El
trabajador que llegó a este lugar para conseguir un trabajo asumió
riesgos: que habría un trabajo, que sería aceptable, que estaría
bien pagado... Arriesgó, arriesga todos los días, sin saber si al
final de la jornada le dirán que no se presente mañana. Compró una
casa basándose en dichos ingresos y en riesgos que todos asumen.
La diferencia entre
empresario y empleado es que éste asume el riesgo y el otro toma las
decisiones. El empresario asume un riesgo, pero tiene todo el poder
para determinar el alcance de ese riesgo, y cuando tiene problemas
¿sabéis dónde los descarga?: despide a los trabajadores porque no
quiere asumir el costo del riesgo de sus decisiones. Si se ha de
recompensar el riesgo, todos los trabajadores deberían obtener su
parte correspondiente, no eres tú, empresario, el único en asumir
riesgos. ¡Basta ya! De hecho tu riesgo es menor porque tú, que eres
rico, solo pierdes una parte de tu dinero, pero el trabajador no
tiene jugosas cuentas corrientes ni beneficios que retener, no tiene
ahorros, su riesgo es que si lo despiden está perdido, tú no, así
que no me vengas con cuentos.
Si vives en una cultura
carente de una perspectiva marxista sobre la producción, entonces ni
conoces, ni siquiera te planteas estas cuestiones. Einstein
dijo que lo más difícil es preguntarse, una vez tienes la pregunta,
la respuesta irá surgiendo. ¡La pregunta!, eso es lo más difícil.
Y la pregunta es: ¿Por qué aceptamos? Y permitirme hacerla personal
para cada una de vosotras, porque el marxismo no irá a ninguna parte
a menos que sea algo personal en todas vosotras. ¿Por qué todas
las personas aquí presentes aceptáis un sistema en el que se
trabaja para producir un excedente para un empresario o empresaria
que decide qué diablos se hace con él, y en el que tu trabajo
diario consiste en irte a casa, finalizada la jornada, sin molestar
al empresario para regresar al día siguiente y hacer lo mismo? ¿Por
qué os parece esto aceptable?
Os deshicisteis de reyes, de reinas y de la monarquía, porque era insoportable tener a un
imbécil al mando cuyo único mérito era ser hijo del imbécil
anterior que decidía todo lo que había qué hacer y cuyos, así
denominados, súbditos debían quitarse el sombrero, al paso
de su carruaje. Matamos a esos personajes, consideramos abominable tenerlos entre nosotros y les cortamos la cabeza. En cambio, vamos a
trabajar todos los días a un lugar donde hay un rey que te dice qué
hacer y donde será mejor que te quites el sombrero o te despedirán. Y
luego, ya puedes hacer cola en una oficina de empleo, esperando que,
al menos, no se burlen de ti mientras te dan una miseria para que
puedas comprarte esa comida para gatos.
Pensemos
en esto. Una de las cosas que hace toda comunidad, que normalmente
desconoce, pero que la conforma, es lo siguiente. Toma una parte de
sus miembros, –si es una comunidad de cien, toma 20, si se trata de
una comunidad de 50.000, toma X–, y asigna a esas personas una
función específica: usar su cerebro y sus músculos para hacer
cosas, para tomar cosas de la naturaleza, digamos que un árbol para hacer una
silla, una oveja para hacer una prenda de lana, o lo que sea. Pero en la sociedad hay muchas
personas que no están obligadas a hacer nada de
eso. Algunas de ellas son inmediatamente reconocibles: a un niño de
dos años no se le va a pedir que haga eso que llamamos trabajo, y por por razones comprensibles, tampoco a otra de 89.
Lo cual significa que en toda sociedad, dice Marx, las personas que
realizan el trabajo siempre han de producir más de lo que ellas mismas consumen,
de lo contrario, muchas personas que forman parte de esa sociedad no podrían sobrevivir. De alguna manera tiene que haber un
excedente producido por quienes trabajan, para que a aquellas que no
trabajan: niños, ancianos, enfermos y otros, se les proporcione
alimento, ropa y vivienda, imprescindibles para vivir.
Marx dice. Lo que ocurre es que cada sociedad difiere en el modo de organizar y administrar este excedente que la clase trabajadora produce. (La palabra que utilizan los marxistas para denominar dicho excedente, en el cual centran su atención, es plusvalía).
Así
pues, toda sociedad produce un excedente. En lo que difiere una
sociedad de otra es en determinar quién produce el excedente, quién decide su
cuantía y quién la manera de trasladar dicho excedente, de las
personas que lo produjeron a las personas que lo necesitan para
vivir, pero que no participan en su producción. Cómo se resuelven todas
estas cuestiones y cómo moldean la política, la cultura, el arte y
la música...
En
otras palabras, si quieres entender la política, la cultura, el
arte, la música, la historia, será mejor que entiendas algo tan
básico como la producción y distribución del excedente. Eso se llama, en el marxismo, análisis de clase. La clase de las personas que
producen el excedente, en relación con la clase de las personas que viven merced a su distribución.
Solo
para daros una idea ilustrativa. He aquí una posible forma de hacerlo. Las
personas que producen un excedente pueden, ellas mismas reunidas en asamblea,
decidir qué hacer con él. Y lo distribuyen entre los bebés, los
ancianos, los músicos y entre cuantos ellos piensen que ha de ser distribuido. ¿Que quieren
tener a alguien que toque la mandolina mientras trabajan, alguien a
quien habrá que alimentar y proveer de lo necesario?, pues destinan
parte del excedente a ello.
Pero
podríamos tener un sistema diferente. Podríamos tener un sistema en
el que la gente que produce el excedente fuesen, vamos a darle un
nombre: esclavos. Oooh… Entonces sabemos enseguida quién se
apropiará del excedente ¿no? El amo. ¿Y quién decidirá qué hacer con
el excedente? El amo, que es quien lo posee. Es
una configuración muy distinta en la que, puedes estar seguro, el
amo distribuirá ese excedente de manera diferente a como lo harían
los trabajadores si dispusieran de él.
Una
cooperativa obrera significa que los trabajadores que producen el
excedente son las mismas personas que deciden qué hacer con él. Y
eso establece la diferencia frente al capitalismo, la esclavitud o el
feudalismo.
En
la esclavitud, los esclavos producen este excedente que los amos se
apropian y distribuyen. En el feudalismo, los siervos producen un
excedente del que los señores se apropian y distribuyen. En el
capitalismo, los empleados producen el excedente del cual el
empleador se apropia y decide qué hacer con él.
La
revolución, la idea marxista, dice: tenemos que deshacernos de esta
dicotomía. No más de todo esto. No queremos esclavitud, no queremos
servidumbre y tampoco queremos proletariado asalariado. Porque no
queremos que una pequeña minoría, amo, señor o empresario, decida
cuál es y qué se va hacer con el excedente, cuando las personas que lo
han producido quedan excluidas de dichas decisiones. Esta es una
cuestión fundamental.
Lo
mismo para los agricultores. Por ejemplo, podríamos tener una
agricultura realizada por esclavos y amos. Eso es lo que tuvimos en
el sur de Estados Unidos durante mucho tiempo. Teníamos el algodón,
por ejemplo, cultivado por esclavos, y amos, que se apropiaban del
excedente e hicieron bellísimas mansiones que aún hoy podemos ver
allá en Luisiana. Hicieron lo que les dio la gana con el excedente.
Los esclavos lo produjeron, los amos decidieron cómo usarlo. O en el caso de Francia, donde los campesinos produjeron un enorme excedente del que los
señores feudales se apropiaron y usaron para construir el Palacio de
Versalles, que hoy puedes visitar como turista y maravillarte. ¿Y
qué? ¿Creéis que los campesinos que se partieron el culo entonces
habrían empleado el excedente en hacer un jardín como ese, para que
tres personas se pasearan por él cada cuatro noches? No, no, no
habrían hecho eso.
Jeffrey
Bezos recolecta el excedente de cientos de miles de personas
involucradas en la monumentalmente importante tarea de entregar
paquetes. Es un repartidor de paquetes. Es la persona más rica del
mundo porque, ¡obviamente, cualquier sociedad racional querría
regalar una inmensa fortuna a alguien que entrega paquetes! Pero,
seamos justos, entrega paquetes... ¡velozmente! Así pues, ¡por
supuesto que debería tener ciento cincuenta mil millones de dólares!
Es el número uno en la lista de multimillonarios de Bloomberg.
Recientemente se divorció de Mackenzie, su esposa, y en virtud del
divorcio ella obtuvo treinta y nueve millones, por lo que se
convierte en la 22ª persona más rica del planeta por ser su ex
esposa.
Dicho así, entre nosotros, ¿pensáis que si los trabajadores que producen el
excedente para Amazon, toda esa gente que lleva tu paquete
rápidamente a tu casa, se unieran para decidir qué hacer con ese
excedente que su trabajo ha producido, creéis que se lo darían al
señor Bezos para que...? Por cierto, una de las cosas que él, muy
entusiasmado, está haciendo. Está organizando un viaje planetario,
quiere ir a la luna y está gastando una fortuna para desarrollar los cohetes que lo llevarán hasta ella. Oooh...
¿Creéis
que la gente que suda en sus talleres haría eso, gastar el excedente
en la construcción de un cohete que lleve a ese hombre a la luna?
Mi
esperanza es que los estadounidenses, testigos de esta
situación, probablemente digan: ¡Sí¡ !Échenle de aquí!
13. La función del
Estado del Bienestar es conjurar el cambio histórico.
Seguridad Social,
seguros, protección de la infancia, de la vejez, subsidio por
desempleo. Esta «caridad» burocrática, estos mecanismos de
«solidaridad colectiva» —todos ellos, además, «conquistas
sociales»— funcionan así, a través de la operación ideológica
de redistribución, como mecanismos de control social. Es como si se
sacrificara cierta parte de la plusvalía para preservar la otra, es
decir, el sistema global de poder se sostiene en virtud de esta
ideología de la munificencia cuyo beneficio se oculta detrás de la
«dádiva». Se matan dos pájaros de un tiro: el asalariado está
contento de recibir, bajo pretexto de don o de prestación
«gratuita», una parte de lo que ya se le ha despojado
anteriormente. (p. 200)
Jean Baudrillard: La
sociedad de consumo. Alcira Bixio (tr.) Luis Enrique Alonso
(prol.) Madrid: Siglo XXI, 2009