20 mayo, 2026

El sheriff ya no tiene balas. El cine como última trinchera del imperio — Juan C. Puerta

 



El celuloide como morfina histórica


Hollywood no es una fábrica de sueños; es una lavandería de expedientes militares. Mientras que la historia se escribe con sangre, barro y derrotas logísticas, el cine estadounidense se encarga de planchar el uniforme, limpiar las medallas y, sobre todo, manipular el marcador final de la contienda. Es lo que podríamos definir como la «victoria post-mortem»: ganar en la pantalla lo que se perdió irremediablemente en la trinchera. La industria del entretenimiento ha perfeccionado el arte de la falsificación heroica, transformando retiradas humillantes en odiseas espirituales. Tras la derrota en Vietnam, surgió una necesidad cultural en EEUU de recuperar el mito del héroe invencible. El ejército era vapuleado, pero Rambo volvía para poner las cosas en su lugar.


1945: El secuestro de la victoria


El mito fundacional de la benevolencia armada estadounidense arranca con fuerza en la Segunda Guerra Mundial. Para el espectador medio de Netflix o de los clásicos de la tarde, la derrota del nazismo fue una coreografía que comenzó y terminó en las playas de Normandía.


Tomemos el ejemplo de Salvar al soldado Ryan (1998). Bajo el barniz del realismo visceral de Spielberg, se esconde un melodrama simplificador que reduce el conflicto más vasto de la humanidad a la búsqueda sentimental de un individuo. Mientras la cámara se regodea en el impacto de las balas en Omaha Beach, el guion omite convenientemente que, para junio de 1944, el espinazo de la Wehrmacht ya había sido quebrado en el frente oriental donde el Ejército Rojo le había dado la vuelta irremisiblemente a la contienda.


La realidad es tozuda: por cada soldado estadounidense que cayó combatiendo al fascismo, murieron decenas de soviéticos. Fueron Stalingrado y Kursk los que dictaron la sentencia de Hitler, no una misión de rescate con música de John Williams. Sin embargo, en la narrativa de Hollywood, la URSS es un actor de reparto o un villano en potencia, permitiendo que el espectador asuma que U.S Army liberó al mundo en solitario. Es la historia escrita por guionistas a sueldo. Un revisionismo histórico de hamburguesa y goma de mascar.



Vietnam: El narcisismo de la derrota


Si la Segunda Guerra Mundial fue el secuestro de la victoria, Vietnam fue la invención de una «victoria moral». Tras la huida caótica y desesperada de Saigón, Hollywood entró en una fase de negación psicótica.


La industria del celuloide era incapaz de digerir que la apisonadora bélica de los yankis tuviera que retirarse ante el empuje de un ejército de campesinos en alpargatas; una caricatura supremacista que los EEUU proyectan sistemáticamente sobre sus adversarios.


Aquí aparece la figura grotesca de Rambo. En la secuela de 1985, Sylvester Stallone pronuncia la frase que resume décadas de propaganda: «¿Esta vez nos dejarán ganar?». La premisa es tan audaz como falsa: el ejército más poderoso de la tierra no fue derrotado por un ejército de campesinos decididos en una selva impenetrable, sino por «políticos traidores» y «hippies» en Washington.


Rambo no es un soldado; es un superhombre de gimnasio que gana la guerra de Vietnam de forma retroactiva, masacrando a enemigos caricaturizados en una orgía de explosiones. Es el cine como terapia de grupo para un país herido en su orgullo, sustituyendo el análisis geopolítico por el músculo aceitado, la cinta en el pelo y un lenguaje propio del Homo antecessor.


El Siglo XXI: El fracaso disfrazado de «Dilema Moral»


En el nuevo milenio, con las debacles de Irak y Afganistán, la estrategia de Hollywood ha mutado. Ya no pueden vender una victoria total porque las banderas negras yihadistas o los talibanes volviendo a Kabul son demasiado recientes. A veces el Frankenstein se vuelve contra su creador. Entonces, recurren al «sufrimiento del invasor».


Películas como El francotirador (American Sniper, 2014) o la hagiografía de las fuerzas especiales en Tropa de héroes (12 Strong, 2018), utilizan una técnica perversa: desplazan el foco de la legalidad de la guerra o su éxito estratégico hacia la angustia psicológica del soldado. No importa que Irak fuera invadido bajo mentiras sobre armas de destrucción masiva, o que Afganistán terminara en un retorno al punto de partida tras veinte años; lo que importa es si el marine extraña a su familia o si sufre de estrés postraumático mientras aprieta el gatillo.


Es el intento de la «humanización de la maquinaria». Se nos pide empatía por el verdugo que se siente mal por ejecutar una orden en una guerra que su país está perdiendo. El cine de este siglo no intenta decirnos que ganaron la guerra, sino que fueron los «mejores» mientras la perdían.




El atajo de la mentira


La «mentira en Technicolor» es un atajo peligroso. Al transformar derrotas estratégicas en epopeyas sentimentales, Hollywood anestesia la capacidad crítica del público. El cine ha logrado que la retirada de Afganistán se olvide viendo una película sobre un rescate heroico de un solo traductor colaborador de la ocupación yanki (El Pacto 2023), y que la complejidad de la geopolítica se rinda ante un primer plano de una bandera ondeando al atardecer.


Mientras el Pentágono pierde las guerras en la realidad, los estudios de California intentan ganarlas en las salas de cine, pretendiendo que, aunque el imperio caiga, su película siempre tenga un final feliz.


El Pentágono como Productor Ejecutivo: La Oficina de Enlace


La convergencia entre Hollywood y el complejo militar-industrial no es una coincidencia ideológica, es un contrato de servicios. Existe la Film Liaison Office del Departamento de Defensa, una entidad cuya función es simple: si el guion «respeta» la imagen de las fuerzas armadas, el Pentágono cede portaaviones, cazas F-35, tanques y bases militares a un precio irrisorio.


Es un chantaje creativo institucionalizado. Si un director quiere rodar una crítica feroz sobre los crímenes de guerra en Irak, tendrá que pagar millones por efectos digitales. Si, en cambio, rueda una oda al heroísmo como Top Gun: Maverick (2022), el Estado le presta los juguetes de guerra. El resultado es una estética del poder que seduce al espectador; la tecnología militar se presenta como algo cool, limpio y necesario. Hollywood no sólo vende películas, vende reclutamiento. La pantalla funciona como el departamento de relaciones públicas de una maquinaria de guerra que necesita una validación cultural constante para justificar presupuestos de defensa billonarios mientras las infraestructuras del país se desmoronan.


El Ocaso en el Golfo: ¿Cómo filmar la derrota ante Irán?


La realidad geopolítica actual, con el eje de resistencia y el desafío de Irán, plantea un dilema existencial para la «fábrica de mentiras». La destrucción de bases estadounidenses en el Golfo Pérsico, las oleadas misilísticas sobre la Palestina ocupada y la pérdida del control del Estrecho de Ormuz son eventos que el Technicolor no puede maquillar fácilmente. ¿Cómo reaccionará el cine ante este ocaso?


El fin del «Final Feliz» americano


El cine de propaganda Hollywoodiense está entrando en su fase de decadencia, imitando al imperio que lo sustenta. Ya no convencen los héroes de mandíbula cuadrada que salvan al mundo en el último segundo. La «mentira en Technicolor» se agrieta porque el público global ya no solo consume cine, sino que ve la caída de las bases en tiempo real a través de su teléfono móvil.


Hollywood ha sido el anestésico de Occidente, pero ninguna película es lo suficientemente larga como para ocultar el amanecer de un mundo donde el sheriff ya no tiene balas, ni crédito, ni siquiera un guion creíble que ofrecer al más crédulo de los espectadores.


Artículo extraído de la revista CON-CIENCIA de Clase, nº 10, primavera 2026.


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