11 mayo, 2026

Palantir y otro striptease del capitalismo — Fernando Buen Abad

 




LA JORNADA – 10/05/2026


Palantir, y su affaire tecnofascista, muestra un nuevo striptease del capitalismo que prescinde de todo disimulo. Aprendió a exhibirse como solución y seducción técnica a problemas sociales complejos. Bajo la retórica de la eficiencia y la seguridad, despliega su erótica de la dictadura que convierte la vida social en flujo de datos explotables, reinscribiendo la dominación de clase en matrices algorítmicas que operan con apariencia de neutralidad. Y todo parece muy seductor. Ya el Informe MacBride advirtió que la concentración de los medios y la asimetría en los flujos informativos constituyen un obstáculo estructural para la democracia (MacBride, 1980); hoy, esa concentración se intensifica mediante plataformas capaces de integrar vigilancia, predicción y decisión automatizada, produciendo un campo de fuerzas donde la hegemonía se codifica en software. Palantir fue noticia mundial por un post publicado en X el 18 de abril. Su desfachatez también desviste nuestra desorganización para esta batalla.


Ahí se desnuda ese proceso que obliga a repensar la relación entre ética, humanismo y lucha de clases, evitando tanto el tecnopesimismo paralizante como el tecnoutopismo. El Informe MacBride, con su llamado a un orden comunicacional más justo, permanece como referencia para una crítica que no se limite a denunciar y aspire a transformar las condiciones materiales que hacen posible el tecnofascismo. La convergencia entre capital financiero, industria militar y desarrollo tecnológico configura un complejo que recuerda la noción de “complejo militar-industrial” ampliada hacia una dimensión informacional donde la materia prima es la conducta humana. Palantir encarna esa mutación: no vende únicamente herramientas, vende modelos de interpretación del mundo social que priorizan la sospecha, el riesgo y la anticipación de desviaciones. En esa operación, la lucha de clases se traduce en categorías técnicas que identifican poblaciones “problemáticas”, desplazando conflictos estructurales hacia el terreno de la gestión policial.


En el Informe MacBride se insistía en la necesidad de democratizar la producción de sentido y garantizar la pluralidad de voces (MacBride, 1980). Frente a ese horizonte, sistemas de análisis masivo de datos operan como dispositivos de silenciamiento estructural, filtrando la realidad a través de parámetros definidos por intereses corporativos. Bourdieu señaló que el poder simbólico actúa mediante la imposición de esquemas de percepción (Bourdieu, 1991); en la era algorítmica, tales esquemas se automatizan, naturalizando jerarquías y reproduciendo desigualdades bajo la apariencia de objetividad matemática. ¿Qué pasó entonces, desde 1980, con todas las advertencias del Informe MacBride?


Marx describió el fetichismo de la mercancía como un proceso en el que las relaciones sociales aparecen como relaciones entre cosas (Marx, 1867/2011). En la economía de datos, ese fetichismo se radicaliza: las decisiones políticas y económicas se presentan como resultados inevitables de cálculos computacionales, ocultando la intervención humana y las relaciones de poder que estructuran dichos cálculos. Palantir, al ofrecer “inteligencia”, “vigilancia” y “seguridad” basada en datos, refuerza esa ilusión, desplazando la deliberación democrática hacia el terreno de la experticia técnica.


En el Informe MacBride se proponía un nuevo orden mundial de la información y la comunicación basado en la equidad y la cooperación (MacBride, 1980). Sin embargo, la lógica dominante impulsa un orden caracterizado por la centralización extrema y la dependencia tecnológica. Zuboff ha conceptualizado este fenómeno como “capitalismo de la vigilancia”, en que la experiencia humana se convierte en materia prima para la acumulación (Zuboff, 2019). Tal proceso no ocurre en un vacío político; se articula con estrategias estatales de control que encuentran en plataformas como Palantir un aliado estratégico. En el contexto digital, el consenso se construye mediante narrativas de innovación y promesas de seguridad, mientras que la coerción se ejerce a través de sistemas de vigilancia que operan de manera invisible.


Y el Informe MacBride subrayaba la importancia de la participación ciudadana en la definición de políticas comunicacionales (MacBride, 1980). En contraste, el desarrollo de tecnologías de análisis de datos se realiza en entornos cerrados, sin control democrático ni transparencia significativa. Foucault analizó la transición hacia sociedades disciplinarias y biopolíticas (Foucault, 1976/2003); la fase actual introduce un componente algorítmico que permite intervenir en tiempo real sobre comportamientos individuales y colectivos, configurando un régimen de control que desborda categorías tradicionales.


En ese marco, esas tecnologías de vigilancia y análisis de datos funcionan como instrumentos para consolidar ese poder que facilita una explotación más eficiente de la fuerza de trabajo y una neutralización más rápida de la disidencia. Palantir, al integrarse en estructuras estatales y corporativas, contribuye a esa dinámica, reforzando la capacidad de control de las élites. Así, la dictadura del tecnofascismo encuentra en Palantir una de sus expresiones más depuradas: concentración obscena de poder informacional bajo la máscara de la eficiencia, en que algoritmos opacos sustituyen la deliberación política y convierten la conflictividad social en problema de gestión securitaria.


En el Informe MacBride se advirtió también que la asimetría en los flujos de información amenaza a las democracias y hoy tal asimetría alcanza una intensidad inédita al traducirse en monopolio de datos y capacidad predictiva privatizada, subordinando estados y poblaciones a lógicas de acumulación que naturalizan la vigilancia total. Un fetichismo algorítmico, en que decisiones históricamente situadas aparecen como verdades técnicas inevitables, legitimando una dominación que no necesita ya ocultarse porque se presenta como pornografía matemática; hegemonía encuerada que automatiza todo mediante interfaces seductoras con anuencia de gobiernos que, lejos de ampliar libertades, reducen la vida a series de datos explotables y clasificaciones disciplinarias. La lucha de clases se intensifica en esta fase en que el capital captura la semiosis social misma, imponiendo una racionalidad que convierte a la humanidad en objeto de cálculo, anulando su potencia crítica y clausurando horizontes de organización política bajo la coartada de la seguridad y la innovación. ¿Y encima hay que agradecerlo?



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