Yo me
lo creo todo,
como
hombre bien nacido:
que
aquel era mi padre
—quién
sabe
quién
era su padre—,
que
este es mi amigo
—y
quién era su amigo—,
que mi
madre era mi madre,
que mi
hijo es mi hijo
—quién
sabe—.
Me lo
creo, me lo creo:
que
cumplo con el deber
cuando
sacrifico
mi
tiempo, mi pensar,
mis
sentidos
para
que a todos nos domine
el
orden establecido
—quién
sabe
quién
lo ha establecido—,
que mi
madre me torturaba
por mi
bien, que por mi bien
moriré,
especie de malditos.
Que
éste es una autoridad,
que
aquél es un obispo
—qué
es un obispo—.
Me lo
creo, me lo creo,
me
trago
todo
el bolo alimenticio.
Aplaudo
todas las leyes,
me
creo todos los mitos,
que
estoy lleno de mierda
y los
demás están limpios.
Me
creo todas las órdenes,
todos
los desatinos,
la
historia entera me creo
—la
historia de los asesinos—.
¡Ay,
verdad, ay, quién te ve
y
quién —ay— te ha visto!
Me lo
creo, me lo creo:
decidme
lo que queráis
de los
griegos, de los ingleses,
de los
turcos, de los indios.
Cumplo
con el primer deber
de
todo bien nacido
en
esta especie de monstruos:
engañarme
a mí mismo.
