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23 octubre, 2026

FASCISTAS: PADRES E HIJOS — Pier Paolo Pasolini

 



Señor Pasolini, ¿por qué tantas mentes jóvenes se sienten atraídas por el peligro del ideario fascista? Nosotros, que vivimos en una sociedad de jóvenes, nos hacemos esta pregunta y no hallamos respuesta...

Michele Brucculeri,

Daniele Squinzani (Turín)



Voy a relatarle un caso personal, un ejemplo.

Quizá sepa o se imagine usted que vivo mortificado por una serie de deberes inútiles. Por tener que dar respuestas hueras a preguntas hueras. Es decir, por vivir, en parte, en el mundo de la pseudocultura, o, como dice más explícitamente mi amiga Elsa Morante, de la irrealidad.


Debo esto a la parte pública de mi vida: a esa porción de mí que no me pertenece y que se ha convertido en una especie de máscara de Nuevo Teatro del Arte; un monstruo que debe ser lo que el público quiere que sea. Yo intento luchar, quijotescamente, contra esta fatalidad que me despoja de mí mismo, que me convierte en un autómata de revista y termina repercutiendo sobre mi persona, como una enfermedad. Pero parece que no hay nada que hacer. El éxito es, para una vida moral y sentimental, algo horrendo, y punto.


Muchos, demasiados periodistas han terminado representando, de forma gradual, este mundo enemigo que quiere que sus personajes sean como él cree que son. Y yo, de forma gradual, he terminado sintiendo hacia ellos una especie de rencor, de resentimiento oscuro, de patológica irritación; en determinados momentos del día, la simple imagen de un quiosco puede hacer que me entren náuseas.


En fin, esto era un preámbulo. Podría habérmelo guardado para mí, es cierto. Pero entiéndame.


Pertrechado con esta cautela, con esta aversión sorda y dolorosa, no tenía la menor gana de que me entrevistasen, hace unas semanas, para una revista de amplia difusión. Me resistí durante un tiempo. Al final cedí, un poco por flaqueza (no soy capaz de obstinarme en la negación de un favor), un poco por ingenuidad (me empeño siempre en creer que las cosas pueden salir mejor de lo que cabría prever por la experiencia). De modo que me dejé entrevistar por una periodista: una mujer todavía joven, algo pálida, pero de facciones duras; la típica mujer llegada de provincias y que vive sola, de su trabajo.


La primera impresión fue buena: y no podía faltar al respeto que por ella sentía concediéndole una entrevista superficial, calculada, fría. Charlamos como si fuera una amiga. Además, era mi primer día de vacaciones después del largo proceso de doblaje de Mamma Roma: estaba de bastante buen humor. Fui a recogerla a su casa, junto al blanco y ardiente Tíber, nos encaminamos alegremente hacia via del Mare, en dirección a Ostia, y nos dimos un baño en medio de aquella paz que es como un estruendo de los días más puros del verano. Charlamos un poco de todo, de literatura, de cine, de nosotros. En la medida en que mi eterna timidez me lo permitía, traté de ser absolutamente sincero con ella: y lo cierto es que no me supuso ningún esfuerzo. Tal vez porque ella conocía su oficio, como un buen médico, un buen abogado: que saben escuchar y dejar que uno diga, casi con el silencio, lo que es necesario que uno diga. Yo me daba cuenta de ello y respetaba su labor: para ella, con respecto a mí, era un título de mérito.


Por lo demás, ella también me habló de sí misma, de sus problemas: la historia de su matrimonio, la historia de su trabajo: y su hijo.


Su hijo, un adolescente de catorce o quince años, nacido de un matrimonio feliz-infeliz, y ahora solo con ella: un hijo fascista.


¿Por qué era fascista? A lo mejor como protesta contra ella: la eterna polémica de los hijos contra los padres, cuando los padres, de algún modo, son objeto de una elemental e inconsciente condena moral. O quizá porque había pasado muchos meses abandonado a sí mismo con una institutriz indiferente, en un barrio bien de la ciudad, con compañeros de colegio ricos y estúpidos y, prácticamente todos, fascistas. Una serie de concomitancias. Cuyo resultado es este hecho absurdo, doloroso: de esos que hacen que aprietes los puños de rabia, que se te forme un nudo de exasperación en la garganta.


Ella, la madre, estaba preocupada: a la manera de un pequeño drama familiar y social. Me explicó que tenía una pugna con su hijo, pero que procuraba no extralimitarse, no chantajearlo en nombre de la autoridad materna o de la experiencia. En fin, que era difícil. Lo había llevado a ver All’armi, siam fascisti! y esperaba que no hubiera sido en vano. El Duce, por lo menos, le había parecido al muchacho una figura un tanto delirante y ridícula.


Al cabo, el tema del hijo se agotó, como manda la souplesse mundana de este tipo de pláticas, y pasamos a otras cosas.


Y así fue como esa muchacha de rostro desnudo y duro desapareció, con el primer día de vacaciones del verano, de mi complicada existencia.


Unas semanas después, apareció «su artículo» en la revista. Era de lo más ofensivo que pudiera escribirse con respecto a mí: ofensivo porque no lo había escrito el típico imbécil que me detesta en nombre de sus patrones reales o imaginarios, sino una persona instruida, educada, con un nivel periodístico alto. Me ofendía el hecho de que esa persona que tan respetable me había parecido corroborase todos los lugares comunes que personas indignas de ningún respeto han ido acumulando acerca de mí hasta convertirme en esa máscara de Nuevo Teatro del Arte a la que me refería antes: las «experiencias violentas», la «poesía maudite», la habilidad para los negocios, el uso gratuito del dialecto y la jerga. Juicios de persona provinciana e ignorante que, casi por inercia, mi amiga por un día repetía con la ebriedad de quien, a través del lugar común, les guiña el ojito a unos cómplices mezquinos.


He aquí una operación fascista: pero fascista en el fondo, en los escondrijos más secretos del alma. Italia se pudre en un bienestar hecho de egoísmo, estupidez, incultura, habladurías, moralismo, coacción, conformismo: prestarse de algún modo a contribuir a esta podredumbre es, actualmente, el fascismo. Ser laico, liberal, no significa nada cuando se halla ausente esa fuerza moral que permite vencer la tentación de ser partícipe de un mundo que en apariencia funciona, con sus leyes tentadoras y crueles. No hay que ser fuerte para enfrentarse al fascismo en sus manifestaciones delirantes y ridículas: hay que ser fortísimo para enfrentarse al fascismo como normalidad, como codificación, diría yo, alegre, mundana, socialmente elegida, del fondo brutalmente egoísta de una sociedad.


En el fondo, el hijo es menos fascista que la madre; o, por lo menos, hay en su fascismo algo noble de lo que él mismo sin duda no puede ser consciente: una protesta, una rabia. En su honestidad de adolescente, él sabe que el mundo en el que vive es, en el fondo, atroz: y arremete contra él con toda la fuerza del escándalo que tiene para un muchacho su idea del fascismo. El fascismo de la madre, en cambio, implica un desmoronamiento moral, una complicidad con la manipulación artificial de las ideas con las que el neocapitalismo está modelando su nuevo poder.


Confieso que sentí un instante de rabia casi poética contra esa madre. Y se me ocurrió que se merecía tener un hijo fascista, que era lo justo: era una fatalidad que encerraba en sí un equilibrio perfecto entre el debe y el haber. Es más, me vino la tentación, enseguida reprimida, por malvada, de escribir un epigrama; un epigrama con el que desearles hijos fascistas a mis enemigos burgueses. Que os salgan hijos fascistas, que os destruyan con las ideas nacidas de vuestras ideas, con el odio nacido de vuestro odio.


(Vie Nuove, 6 de septiembre de 1962)


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21 octubre, 2026

Dos minutos de "Y la nave va" (Federico Fellini, 1983)

 



"Para justificar la insuficiencia de la financiación educativa, y en particular la disminución del gasto por alumno, el gobierno y sus partidarios argumentan que Francia no puede permitirse invertir más. Cometen dos errores de razonamiento. La deuda pública, en efecto, ha aumentado del 20% del PIB en 1970 al 120% en la actualidad. Pero, al mismo tiempo, la riqueza privada ha crecido de forma mucho más drástica: ha pasado del 300% al 600% del PIB, con una concentración extrema entre las mayores fortunas financieras. Es decir, la riqueza nacional de Francia —la suma de los activos privados y públicos menos las deudas privadas y públicas— nunca ha sido tan alta, no solo en términos absolutos, sino también como porcentaje del PIB (que, a su vez, nunca ha sido más alto).


En otras palabras, Francia nunca ha sido tan rica. El problema a resolver es simplemente de distribución de la riqueza".


Thomas Piketty, Estudiantes de secundaria, estudiantes universitarios: el ocaso del macronismo


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La epidemia de multimillonarios suele ir consecuentemente acompañada de una epidemia de pobreza extrema generalizada. Cuando el aparato policial del estado se emplea para defender a los ricos y reprimir a la población empobrecida, dicho aparato y sus miembros se convierten en una entidad mercenaria supranacional.






15 octubre, 2026

"La burguesía que tiende a reducir a sí misma la totalidad del universo" — Pier Paolo Pasolini

 

"Mientras, a espaldas de todos, la "verdadera" tradición humanística (no la falsa de los ministerios, de las academias, de los tribunales y de las escuelas) es destruida por la nueva cultura de masas y por la nueva relación que la tecnología ha instituido —con perspectivas hoy seculares— entre producto y consumo; y la vieja burguesía paleoindustrial está cediendo su sitio a una burguesía nueva que comprende, cada vez más y más profundamente, también las clases obreras, tendiendo finalmente a la identificación de burguesía con humanidad.


Este estado de cosas es aceptado por las izquierdas: porque no queda otra alternativa a esta aceptación que la de quedar fuera de juego. De aquí el general optimismo de las izquierdas, una vital tentativa de anexarse al nuevo mundo —totalmente distinto de cualquier mundo precedente— creado por la civilización tecnológica. Los izquierdistas van todavía más lejos en esta ilusión (protervos y exitistas como son), atribuyendo a esta nueva forma de historia creada por la cultura tecnológica, una potencialidad milagrosa de rescate y de regeneración. Ellos están convencidos que en este plano diabólico de la burguesía que tiende a reducir a sí misma la totalidad del universo, incluidos los obreros, terminará con la explosión de una entropía constituida así, y la última chispa de la conciencia obrera será capaz, entonces, de hacer resurgir de sus cenizas aquel mundo estallado (por su propia culpa) en una especie de palingenesia (viejo sueño burgués-cristiano de los comunistas no obreros).


Todos, por lo tanto, fingen no ver (o quizás no ven realmente) cuál es la verdadera nueva reacción; y así todos luchan contra la vieja reacción que la enmascara".


[...]



"Al mismo tiempo, el muchacho pequeño burgués, al adecuarse al modelo televisivo que, siendo su propia clase la que lo crea y lo impone, le es sustancialmente natural, se convierte extrañamente en rústico e infeliz. Si los subproletarios se han aburguesado, los burgueses se han subproletarizado. La cultura que ellos producen, al ser de carácter tecnológico y estrictamente pragmático, impide al «hombre» que está todavía en ellos desarrollarse. De allí deriva en ellos una especie de entumecimiento de las facultades intelectuales y morales".


Fragmentos extraídos de: ESCRITOS CORSARIOS (1975), de Pier Paolo Pasolini. (Aquí completo en pdf).




"Sería demasiado fácil, e inmoral en sentido histórico y político, que los hijos quedaran justificados –en lo que hay en ellos de sucio, de repugnante y de inhumano– por el hecho de que sus padres se hayan equivocado. Una mitad de cada uno de ellos puede estar justificada por la negativa herencia paterna, pero de la otra mitad son responsables ellos mismos. No hay hijos inocentes. Tiestes es culpable, pero sus hijos también lo son. Y es justo que se les castigue por esa mitad de culpa ajena de la que no han sido capaces de liberarse".


Fragmento extraído de: TIEMPOS SALVAJES (1976), de Pier Paolo Pasolini. (Aquí completo en pdf).


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15 septiembre, 2022

"Lo creo" — Pier Paolo Pasolini

 


"Yo creo, lo creo profundamente, que el verdadero fascismo es aquel que los sociólogos han llamado con demasiada buena voluntad «la sociedad de consumo». Una definición que parece inocua, puramente indicativa. Y en cambio no. Si uno observa bien la realidad y sobre todo si uno sabe leer a su alrededor los objetos, el paisaje, la urbanística y, sobre todo, los hombres, ve que el resultado de esta despreocupada sociedad de consumo son los resultados de una dictadura, de un verdadero y exacto fascismo”.


Pier Paolo Pasolini, Escritos corsarios.


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14 septiembre, 2022

"Lo sé" — Pier Paolo Pasolini

 



fi-fi-ficción – 13/09/2022


ESCRITOS CORSARIOS

Pier Paolo Pasolini

14 de noviembre de 1974

LA NOVELA DE LOS ATENTADOS


Lo sé.


Yo sé los nombres de los responsables de esto que ha sido llamado golpe (y que en realidad es una serie de golpes infligidos a sistemas de protección del poder).


Yo sé los nombres de los responsables del atentado de Milán del 12 de diciembre de 1969.


Yo sé los nombres de los responsables de los atentados de Brescia y Bolonia en los primeros meses de 1974.


Yo sé el nombre de la «cúpula» que ha actuado, por lo tanto, sea el de los viejos fascistas ideadores de golpes, sea el de los neofascistas autores materiales de los primeros atentados, sea finalmente el de los «desconocidos» autores materiales de los Mentados más recientes.


Yo sé los nombres de los que han gestado las distintas y más bien opuestas fases de la tensión: una primera fase anticomunista (Milán, 1969) y una segunda fase antifascista (Brescia y Bolonia, 1974).


Yo sé los nombres del grupo de poderosos que, con la ayuda de la CIA (y en segundo término de los coroneles griegos y de la mafia) han creado primero (por otra parte fracasando miserablemente) una cruzada anticomunista, para bloquear 1968 y, a continuación, siempre con la ayuda y la inspiración de la CIA, se recompusieron una virginidad antifascista, para compensar el desastre del referéndum.


Yo sé los nombres de aquellos que, entre una misa y otra, han tomado las medidas y asegurado la protección política a viejos generales (para mantener en pie, como reserva, la organización de un potencial golpe de estado), a jóvenes neofascistas, más bien neonazistas (para crear concretamente la tensión anticomunista) y finalmente a criminales comunes, hasta este momento, y quizás para siempre, sin nombre (para crear la sucesiva tensión fascista). Yo sé los nombres de las personas serias e importantes que están detrás de personajes cómicos como aquel general de la Forestale que actuaba, algo operísticamente, en Cittá Ducale (mientras los bosques italianos ardían) o de personajes grises y puramente organizativos como el general Miceli.


Yo sé los nombres de las personas serias e importantes que están detrás de los trágicos muchachos que han elegido la suicida atrocidad fascista y de los malhechores comunes, sicilianos o no, que se han puesto a disposición, como killers y sicarios.


Yo sé todos estos nombres y sé todos los hechos (atentados a las instituciones y a las personas) de los cuales son culpables.


Lo sé. Pero no tengo las pruebas. No tengo siquiera indicios.


Lo sé porque soy un intelectual, un escritor, que trata de seguir todo lo que sucede, de conocer todo lo que se escribe acerca de ello, de imaginar todo lo que no se sabe o todo lo que se calla; que coordina hasta los hechos más lejanos, que reúne las piezas desorganizadas y fragmentarias de un cuadro político íntegro y coherente, que restablece la lógica allí donde reinan la arbitrariedad, la locura y el misterio.


Todo esto forma parte de mi oficio y del instinto de mi oficio. Creo que es difícil que mi «proyecto de novela» esté equivocado, que no guarde relación con la realidad y que sus referencias a hechos y personas reales sean inexactas. Creo además que muchos otros intelectuales y novelistas saben lo que yo sé en cuanto intelectuales y novelistas. Porque la reconstrucción de la verdad a propósito de los que ha sucedido en Italia después de 1968 no es muy difícil.


Esta verdad —se siente con absoluta precisión— está detrás de una gran cantidad de intervenciones periodísticas y políticas: es decir, no imaginativas o de ficción como son por su naturaleza las mías. Un último ejemplo: es evidente que la verdad urgía, con todos sus nombres, detrás del editorial del «Corriere della sera» del 1º de noviembre de 1974.


Probablemente los periodistas y los políticos tienen también pruebas o, por lo menos, indicios.


Ahora el problema es éste: los periodistas y los políticos, aun cuando poseen, tal vez, las pruebas y ciertamente indicios, no dan nombres.

¿A quién compete en consecuencia dar estos nombres? Evidentemente a quien no solamente posea el coraje necesario, sino, al mismo tiempo, no esté comprometido en la práctica con el poder y, además, no tenga, por definición, nada que perder: es decir, un intelectual.


Un intelectual podría, por lo tanto, dar públicamente los nombres: pero él no tiene ni las pruebas ni los indicios.


El poder y el mundo que, aunque no pertenece al poder, tiene relaciones prácticas con el poder, ha excluido a los intelectuales libres —precisamente por la manera en que está hecho— de la posibilidad de tener pruebas e indicios.


Se me podría objetar que yo, por ejemplo, como intelectual e inventor de historias, podría entrar en este mundo explícitamente político (del poder o en torno al poder), comprometerme con él y en consecuencia participar del derecho a tener, con muchas probabilidades, pruebas e indicios.

Pero a esta objeción yo respondería que ello no es posible, porque es precisamente la repugnancia a penetrar en semejante mundo político lo que se identifica con mi potencial coraje de intelectual a decir la verdad: es decir, dar los nombres.


El coraje intelectual de la verdad y la práctica política son dos cosas inconciliables en Italia.


Al intelectual —profunda y visceralmente despreciado por toda la burguesía italiana— se le confiere un mandato falsamente alto y noble, en la realidad, servil: el de debatir los problemas morales e ideológicos.


Si él no cumple con este mandato es considerado un traidor a su papel: se grita en seguida (como si no se esperase nada más que esto): «traición de los clérigos». Gritar «traición de los clérigos» es una coartada y una gratificación para los políticos y los siervos del poder.


Pero no existe solamente el poder: existe también una oposición al poder. En Italia esta oposición es tan vasta y tan fuerte como otro poder: me refiero naturalmente al Partido Comunista Italiano.


Es cierto que la presencia en este momento de un gran partido de oposición como el Partido Comunista Italiano es la salvación de Italia y de sus pobres instituciones democráticas. El Partido Comunista Italiano es un país limpio en un país sucio, un país honesto en un país deshonesto, un país inteligente en un país idiota, un país culto en un país ignorante, un país humanístico en un país consumista.


En estos últimos años entre el Partido Comunista Italiano, entendido en sentido auténticamente unitario —en un compacto «conjunto» de dirigentes, bases y votantes— y el resto de Italia, se ha abierto un abismo: el Partido Comunista Italiano se ha convertido precisamente en un «país separado», en una isla. Y es por ello que hoy puede tener relaciones más estrechas que nunca con el poder efectivo, corrupto, inepto, degradado: pero se trata de relaciones diplomáticas, casi de nación a nación. En realidad las dos morales son incompatibles, entendidas en su concreción, en su totalidad. Es posible, sobre estas bases, proyectar aquel «compromiso» realista que quizá salvaría a Italia del completo exterminio: «compromiso» que sería en realidad, sin embargo, una «alianza» entre dos estados limítrofes o dos Estados encastrados uno en el otro.


Pero precisamente todo esto que he dicho de positivo sobre el Partido Comunista Italiano, constituye también su aspecto negativo.


La división del país en dos países, uno hundido hasta el cuello en la degradación y en la degeneración, el otro intacto y no comprometido, no puede ser una razón de paz y de constructividad.


Además, concebida tal como yo la he delineado, creo que objetivamente, es decir como un país dentro del país, la oposición se identifica con otro poder: que de todas formas es siempre un poder.


En consecuencia los hombres políticos de esta oposición no pueden comportarse también ellos sino como hombres de poder.


En el caso específico, en lo que se refiere a este momento tan dramático, también ellos han impuesto al intelectual un mandato. Y si el intelectual no cumple con este mandato —puramente moral e ideológico— he aquí que es, con gran satisfacción de todos, un traidor.


Ahora, ¿por qué siquiera los hombres políticos de la oposición, si tienen —como probablemente tendrán— pruebas o por lo menos indicios, no dan los nombres de los responsables reales, es decir, políticos, de los cómicos golpes y de los espantosos atentados de estos años? Es simple: no lo hacen en la medida que distinguen —a diferencia de lo que haría un intelectual—, verdad política de práctica política. Y, por lo tanto, ni siquiera ellos ponen al corriente de las pruebas e indicios al intelectual que no es funcionario: ni lo sueñan siquiera, como es natural por otra parte, dada la objetiva situación de hecho.


El intelectual debe continuar atenido a lo que le es impuesto como su deber, a reiterar su propio modo codificado de intervención.


Sé bien que no es el caso —en este particular momento de la historia italiana— de hacer pública una moción de desconfianza contra la totalidad de la clase política. No es diplomático, no es oportuno. Pero estas son categorías de la política, no de la verdad política: aquella que —cuando puede y como puede— el impotente intelectual está obligado a servir.


Y bien, precisamente porque yo no puedo dar los nombres de los responsables de los intentos de golpe de Estado y de los atentados (y no en lugar de esto) yo no puedo dejar de pronunciar mi débil e ideal acusación contra la clase política italiana en su totalidad. Y lo hago en cuanto creo en la política, creo en los principios «formales» de la democracia, creo en el parlamento y creo en los partidos. Y naturalmente a través de mi óptica particular que es la de un comunista.


Estoy dispuesto a retirar mi moción de desconfianza (no deseo otra cosa más que esto) sólo cuando un hombre político —no por oportunismo, es decir no porque haya negado el momento, sino más bien para crear la posibilidad de este momento— decida hacer conocer los nombres de los responsables de los golpes de estado y de los atentados, que evidentemente él sabe como yo, pero de los cuales, a diferencia de mí, no puede dejar de tener pruebas o por lo menos indicios.


Probablemente —si el poder americano lo permite— quizás concediendo «diplomáticamente» a otra democracia lo que la democracia americana se ha concedido a propósito de Nixon —tarde o temprano estos nombres serán dichos. Pero los dirán hombres que han compartido con ellos el poder: como responsables menores contra los mayores responsables (y no he dicho, como en el caso americano, que sean mejores). Éste sería en definitiva el verdadero Golpe de Estado.”


[ Fragmento de: Pier Paolo Pasolini. “Escritos corsarios” ]


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13 noviembre, 2021

Fascismo / Antifascismo — Pier Paolo Pasolini

 

El nuevo fascismo es pragmático. Su fin es la reorganización y la homologación brutalmente totalitaria del mundo


REVOLUCIONES – 13/11/2021


Un 2 de noviembre de 1975 es asesinado Pier Paolo Pasolini, director de cine italiano, poeta, dramaturgo y ensayista, que supo combinar la escritura con la pintura, la filosofía con el activismo político de izquierda. Compartimos un texto de su autoría, que hace parte de 'Escritos corsarios'. El debate e interpelación acerca del fascismo es cada vez más vigente / urgente.




¿Qué es la cultura de una nación? Corrientemente se cree, incluso por parte de personas cultas, que es la cultura de los científicos, de los políticos, de los profesores, de los literatos, de los cineastas, etc.; es decir, que es la cultura de la intelectualidad. Pero no es así. Ni tampoco es la cultura de la clase dominante que precisamente a través de la lucha de clases intenta imponerla al menos formalmente. Finalmente, tampoco es la cultura popular de obreros y campesinos. La cultura de una nación es el conjunto de todas estas culturas de clases: es el total de todas ellas. Y sería abstracta si no fuera reconocible –o, mejor dicho, visible– en lo vivido y en lo existencial, y si consecuentemente no tuviera una dimensión práctica. Durante muchos siglos, en Italia, estas culturas se han distinguido aunque históricamente hayan estado unificadas. Hoy –casi de repente, en una especie de Advenimiento– la distinción y la unificación históricas le han cedido el puesto a una homologación que realiza casi milagrosamente el sueño interclasista del viejo Poder. ¿A qué es debida tal homologación? Evidentemente a un nuevo Poder.


Escribo «Poder» con P mayúscula –algo que Maurizio Ferrara acusa de irracionalidad, en la Unità (12-6-1974)– , sólo porque no sé en qué consiste este nuevo Poder y quién lo representa. Tan sólo sé que existe. Ya no lo reconozco en el Vaticano, ni en los Poderes democristianos, ni en las Fuerzas Armadas. Tampoco lo reconozco ya en la gran industria, porque ya no está constituida por un cierto número limitado de grandes industriales: a mí, al menos, me parece más bien como un todo (industrialización total), y, además, como un todo no italiano(transnacional).


También conozco –porque las veo y las vivo– algunas características de este nuevo Poder que aún no tiene rostro; por ejemplo, su rechazo de las viejas tendencias reaccionarias y del viejo clericalismo, su decisión de abandonar a la Iglesia, su determinación (coronada por el éxito) de transformar a los campesinos y a los subproletarios en pequeños burgueses, y sobre todo su anhelo, que parece cósmico, de llevar a cabo hasta el final el «desarrollo»: producir y consumir.


La identikit de este rostro aún en blanco de este nuevo Poder le atribuye vagamente rasgos «modernos», debidos a la tolerancia y a una ideología hedonista perfectamente autosuficiente: aunque también tiene rasgos feroces y sustancialmente represivos: la tolerancia en realidad es falsa porque la verdad es que nunca ningún hombre ha tenido que ser tan normal y conformista como el consumidor; y en cuanto al hedonismo, éste encubre evidentemente una decisión de preordenarlo todo con una crueldad jamás conocida por la historia. De modo que este nuevo Poder aún no representado por nadie y debido a un «cambio» de la clase dominante, es en realidad –si queremos conservar la vieja terminología– una forma «total» de fascismo. Pero este Poder también ha «homologado» culturalmente a toda Italia: se trata, pues, de una homologación represiva, aunque se haya obtenido a través de la imposición del hedonismo y de la joie de vivre. La estrategia de la tensión es una señal, aunque anacrónica, de todo esto.


Maurizio Ferrara, en el artículo mencionado (así como también Ferrarotti, en Paese Sera, 14-6-1974) me acusa de estetismo. Y con esto tiende a excluirme, a encerrarme. Bien, mi visión puede ser la de un «artista», o, como pretende la burguesía, la de un loco. Pero, por ejemplo, el hecho de que dos representantes del viejo Poder (que ahora en realidad sirven, aunque interlocutoriamente, al nuevo Poder) se hayan atacado respectivamente a propósito de las financiaciones a los partidos y del caso Montesi, también puede ser una buena razón para hacer enloquecer: es decir, desacreditar tanto a una clase dirigente y a una sociedad, a los ojos de un hombre, como para hacerle perder el sentido de lo oportuno y de los límites, lanzándolo a un auténtico estado de sensación de falta de leyes o de organización social. Y hay que añadir que se tiene que tomar en consideración la visión de los locos: a no ser que se quiera ser muy avanzado en todo menos en el problema de los locos, limitándose cómodamente a sacárselos de encima alejándolos.


Hay algunos locos que se fijan en los rostros de la gente y en su comportamiento. Aunque no como epígonos del positivismo lombrosiano (como toscamente insinúa Ferrara), sino porque conocen la semiología. Saben que la cultura produce códigos, que los códigos producen el comportamiento, que el comportamiento es un lenguaje y que en un momento histórico en que el lenguaje verbal es del todo convencional y esterilizado (tecnificado), el lenguaje del comportamiento (físico y mímico) adquiere una importancia decisiva.


Volviendo al principio de nuestra argumentación, me parece que hay buenas razones para sostener que la cultura de una nación (Italia por ejemplo) se expresa hoy sobre todo a través del lenguaje del comportamiento, o lenguaje físico, más un cierto porcentaje completamente convencional y tremendamente pobre de lenguaje verbal.


Es a dicho nivel de comunicación lingüística que se manifiestan: a) el cambio antropológico de los italianos; b) su completa homologación a un modelo único. O sea, decidir dejarse crecer el pelo hasta los hombros, o cortarse el pelo y dejarse crecer bigote (al estilo novecentista); decidir ponerse una cinta en la cabeza o un gorro hasta los ojos; decidir si soñar con un Ferrari o con un Porsche; seguir atentamente los programas televisivos; conocer los títulos de algunos best-sellers; vestirse con pantalones y camisetas rabiosamente de moda; tener relaciones obsesivas con chicas que se quiere tener al lado como adorno pero pretendiendo a la vez que sean «libres», etc., etc., etc.: todos éstos son actos culturales.


Ahora, todos los italianos jóvenes cumplen estos mismos actos, tienen este mismo lenguaje físico, son intercambiables; es algo tan viejo como el mundo, si se limita a una clase social, a una categoría; pero el hecho es que estos actos culturales y este lenguaje somático son interclasistas. En una plaza llena de jóvenes, nadie podrá distinguir, por su cuerpo, a un obrero de un estudiante, a un fascista de un antifascista; lo que aún era factible en 1968. Los problemas de un intelectual perteneciente a la intelligencia son distintos de los de un partido y de un hombre político, aunque a lo mejor la ideología sea la misma.


Quisiera que mis actuales contradictores de izquierda comprendieran que estoy en condiciones de darme cuenta de que, en el caso de que el desarrollo sufriera un paro y se volviera atrás, si los partidos de izquierda no apoyaran al Poder vigente, Italia se desmembraría sencillamente; si por el contrario prosiguiera el desarrollo tal como ha comenzado, el llamado "compromiso histórico" sería indudablemente realista por ser la única forma de intentar corregir dicho desarrollo, en el sentido indicado por Berlinguer en su informe al CC del Partido Comunista (ver L'Unità, 4-6-1974). De todos modos, así como a Maurizio Ferrara no le competen los rostros, a mí no me compete esta maniobra de práctica política. Como máximo, tengo el deber de ejercer quijotescamente y quizá extremísticamente mi crítica sobre la misma. ¿Cuáles son, pues, los problemas?


Aquí tenemos uno, por ejemplo. Decía en el artículo que ha suscitado esta polémica ('Corriere della sera', 10-6-1974) que los responsables reales de las tragedias de Milán y de Brescia son el gobierno y la policía italiana: porque si el gobierno y la policía hubieran querido, no habrían sucedido esas tragedias. Está claro. Y ahora quizá se burlarán de mí si digo que también nosotros los progresistas, los antifascistas, los hombres de izquierdas, somos responsables de esas tragedias. Porque no hemos hecho nada en todos estos años: 1) para que hablar de «tragedia de Estado» no fuera algo normal, y para que todo acabara; 2) (y lo más grave) no hemos hecho nada para que no haya fascistas. Sólo, los hemos condenado aligerando nuestra conciencia con nuestra indignación; y cuánto más fuerte y petulante era la indignación más tranquila quedaba nuestra conciencia.


En realidad nos hemos comportado con los fascistas (y hablo sobre todo de los jóvenes) en modo racista, es como si rápida y despiadadamente hubiéramos querido creer que estuvieran racialmente predestinados a ser fascistas, y que ante tal decisión de su destino no hubiera nada que hacer. Y no lo ocultemos: todos sabíamos, dentro de nuestra conciencia, que cuando uno de aquellos jóvenes decidía volverse fascista, se trataba de algo puramente casual, no se trataba más que de un gesto irracional y sin motivo: quizá hubiera bastado una sola palabra para que aquello no hubiera ocurrido. Pero ninguno de nosotros nunca ha hablado con ellos ni se les ha dirigido. Inmediatamente los hemos aceptado como representantes inevitables del mal. Y a veces se trataba de muchachos y muchachas adolescentes de dieciocho años, que no sabían nada de nada, y que se habían lanzado a la horrible aventura simplemente por desesperación.


Pero no podíamos distinguirlos de los otros (no digo de los Otros extremistas, sino de todos los otros). Ésta es nuestra pavorosa justificación.


El padre Zosima (¡y se trata de literatura!) en seguida supo distinguir, entre todos los que estaban hacinados en su celda, a Dmitrj Karamazov, el parricida. Y levantándose de su asiento fue a postrarse ante él. Y lo hizo (como le diría después al más joven de los Karamazov) porque Dmitrj estaba destinado a hacer la cosa más horrible y a soportar el más inhumano de los dolores. Piensen (si se sienten con fuerzas) en el muchacho o en los muchachos que fueron a poner las bombas en la plaza de Brescia. ¿No es como para levantarse e irse a postrar ante ellos? Seguramente eran jóvenes de pelo largo, o con bigotito al estilo de principios de siglo, llevaban cintas en la cabeza o gorros calados hasta los ojos, eran pálidos y presuntuosos, su problema era el de vestirse a la moda, todos igual, tener un Porsche o un Ferrari, o motos y conducirlas como pequeños arcángeles idiotas llevando detrás chicas decorativas y modernas, de esas que están a favor del divorcio, de la liberación de la mujer y del desarrollo en general...


Eran jóvenes como todos los demás: nada los distinguía en ningún modo. Aunque hubiéramos querido, no habríamos podido ir a postrarnos ante ellos. El viejo fascismo, aunque fuera a través de la degeneración retórica, distinguía; el nuevo fascismo –que es toda otra cosa– ya no distingue: no es humanísticamente retórico, es [norte]americanamente pragmático. Su fin es la reorganización y la homologación brutalmente totalitaria del mundo.


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