Quien conocía tan
sólo tu color, bandera roja,
está por dejar de
conocerte, ni siquiera de vista:
tú que te jactas ya
de tantas glorias burguesas
y obreras, hazte trapo
otra vez y que el más pobre te agite
Pier Paolo Pasolini,
(Nuevos epigramas, 1958-59)
Extraído del
libro de Michael Parenti, Black
Shirts & Red.
Traducción del inglés:
Arrezafe
LOS DEDOS DE STALIN
En 1989-91 se produjeron
notables transformaciones en Europa del Este y la Unión Soviética.
Los gobiernos comunistas fueron derrocados, grandes porciones de sus
economías de propiedad pública fueron desmanteladas y entregadas a
propietarios privados a precios de ganga. Y el gobierno de un solo
partido fue reemplazado por sistemas parlamentarios multipartidistas.
Para los líderes occidentales, que habían buscado incansablemente
la reversión del comunismo, fue un sueño hecho realidad.
Si el derrocamiento del
comunismo fue una victoria para la democracia, como algunos
afirmaron, lo fue aún más para el capitalismo de libre mercado y el
anticomunismo conservador. Parte del mérito debería ir a la CIA y
otras agencias de la guerra fría, junto con el Fondo Nacional para
la Democracia, la AFL-CIO, la Fundación Ford, el Fondo de los
Hermanos Rockefeller, Pew Charitable Trusts y varios grupos de
derecha, los cuales financiaron organizaciones y publicaciones
políticas anticomunistas de libre mercado en toda Europa del Este y
la Unión Soviética, en lo que rápidamente se convirtió en la
cadena de "revoluciones" más financiada de la historia.
Los levantamientos
ocurrieron con notable escasa violencia. Como se jactó Lech Walesa
en noviembre de 1989, Solidaridad Polaca derrocó al gobierno
comunista sin romper una sola ventana. Esto dice al menos tanto sobre
el gobierno derrocado como sobre los rebeldes. En lugar de actuar
como lo harían los gobernantes apoyados por Estados Unidos en El
Salvador, Colombia, Zaire o Indonesia, con terrorismo de escuadrones
de la muerte y represión masiva, los comunistas renunciaron al poder
casi sin disparar un tiro. La transición, relativamente pacífica,
no se ajusta a esa imagen de "totalitarios sin escrúpulos" que
no se detienen ante nada para mantener el poder sobre la población
cautiva. ¿Por qué los despiadados rojos no actuaron más
despiadadamente?(1)
¿Cuántas víctimas?
Hemos oído hablar mucho
de los despiadados rojos, comenzando con el reinado del terror y la
represión ejercidos durante la dictadura de Joseph Stalin
(1929-1953). Las estimaciones de quienes perecieron bajo el gobierno
de Stalin, basadas principalmente en especulaciones de escritores que
nunca revelan cómo llegaron a tales cifras, varían enormemente.
Así, Roy Medvedev sitúa las víctimas de Stalin entre 5 y 7
millones; Robert Conquest se decidió por 7 u 8 millones; Olga
Shatunovskaia reclama 19,8 millones sólo para el período 1935-40;
Stephen Cohen dice que 9 millones en 1939, con 3 millones ejecutados
o muriendo por malos tratos durante el período 1936-39; y Arthur
Koestler nos dice que fueron de 20 a 25 millones. Más recientemente,
William Rusher, del Instituto Claremont, se refiere a los "100
millones de personas asesinadas desenfrenadamente por dictadores
comunistas desde la revolución bolchevique en 1917" (Oakland
Tribune, 22/1/96) y Richard Lourie culpa a la era de Stalin por
"la masacre de millones" (New York Times, 4/8/96).
Sin el respaldo de
ninguna documentación, estas "estimaciones" nos invitan a
concluir que la suma total de personas encarceladas en los campos de
trabajo durante un período de veintidós años supondría la
desaparición de una porción asombrosa de la población soviética.
El apoyo y la supervisión del gulag (todos los campos de trabajo,
colonias de trabajo y prisiones del sistema soviético) habría sido
la mayor empresa emprendida por la URSS.
En ausencia de pruebas
fiables, nos alimentan con anécdotas, como la historia que Winston
Churchill cuenta sobre aquella vez que le preguntó a Stalin cuántas
personas murieron en la hambruna. Según Churchill, el líder
soviético respondió levantando ambas manos, un gesto que puede
haber significado una falta de voluntad para abordar el tema. Pero,
dado que Stalin tenía cinco dedos en cada mano, Churchill concluyó,
sin el certificado de una siguiente pregunta aclaratoria, que Stalin
estaba confesando diez millones de víctimas. ¿Un jefe de un estado
(especialmente reservado como Stalin) ofrecería frívolamente tal
dato a otro jefe de estado? Hasta el día de hoy, los escritores
occidentales difunden este retorcido cuento como la contundente
confesión de masivas atrocidades.(2)
Lo que sí sabemos de las
purgas de Stalin es que muchas de las víctimas eran funcionarios del
partido comunista, gerentes, oficiales militares y otras personas
estratégicamente situadas a quienes el dictador consideró adecuado
encarcelar o liquidar. Además, se seleccionó para la deportación
interna a categorías enteras de personas cuya lealtad Stalin
consideraba de poco fiable (cosacos, tártaros de Crimea y alemanes
étnicos). Aunque nunca vieron el interior de una prisión o campo de
trabajo, fueron sujetos a reasentamiento sin custodia en Asia Central
y Siberia.
Sin duda, en los países
comunistas se cometieron crímenes de Estado y muchos presos
políticos fueron injustamente internados e incluso asesinados. Pero
las cifras infladas que ofrecen los estudiosos de la guerra fría no
sirven ni a la verdad histórica ni a la causa de la justicia,
simplemente contribuyen a reforzar un miedo y un odio instintivos
hacia "esos terribles rojos".
En 1993, por primera vez,
varios historiadores obtuvieron acceso a los archivos de la policía
soviética, previamente secretos, pudiendo establecer estimaciones
bien documentadas de las poblaciones de prisiones y campos de
trabajo. Descubrieron que la población total de todo el gulag en
enero de 1939, cerca del final de las Grandes Purgas, era de
2.022.976.(3) Más o menos por aquellas fechas, comenzó una purga de
purgadores, incluidos muchos funcionarios miembros de la policía
secreta y de inteligencia (NKVD), del poder judicial y otros comités
de investigación, repentinamente responsabilizados por los excesos
de terror, a pesar de sus alegatos de fidelidad al régimen.(4)
Los campos de trabajo
soviéticos no eran campos de exterminio como los que construyeron
los nazis en toda Europa. No hubo exterminio sistemático de
reclusos, ni cámaras de gas, ni crematorios para millones de
cuerpos. A pesar de las duras condiciones, la gran mayoría de los
reclusos del gulag sobrevivieron y finalmente regresaron a la
sociedad, bien cuando se les concedió la amnistía o bien cuando
terminaron sus condenas. En un determinado año, entre el 20 y el 40
por ciento de los reclusos fueron puestos en libertad, según los
registros de archivo.(5) Obviando estos hechos, el
corresponsal en Moscú del New York Times (31/7/96) continúa
describiendo el gulag como "el mayor sistema de campos de
exterminio en la historia moderna".
Casi un millón de
prisioneros del gulag fueron liberados durante la Segunda Guerra
Mundial para servir en el ejército. Los archivos revelan que más de
la mitad de todas las muertes acaecidas en el gulag durante el
período 1934-1953 ocurrieron en los años de la guerra (1941-1945),
principalmente por desnutrición, cuando la carestía severa era
azote común de toda la población soviética. (Unos 22 millones de
ciudadanos soviéticos perecieron en la guerra.) En 1944, por
ejemplo, la tasa de muertes en los campos de trabajo era de 92 por
1.000. Para 1953, con la recuperación de la posguerra, las muertes
en los campos se habían reducido a 3 por 1.000.(6)
¿Deberían todos los
reclusos del gulag ser considerados víctimas inocentes de la "represión roja"? Contrariamente a lo que nos han hecho creer,
los detenidos por delitos políticos ("delitos
contrarrevolucionarios") sumaban del 12 al 33 por ciento de la
población carcelaria, variando de un año a otro. La gran mayoría
de los reclusos fueron acusados de delitos no políticos: asesinato,
asalto, robo, bandolerismo, contrabando, estafa y otras infracciones
punibles en cualquier sociedad.(7)
Las ejecuciones totales
desde 1921 hasta 1953, un lapso de treinta y tres años incluidos,
fueron 799.455. Los investigadores no proporcionaron un desglose de
esta cifra, que incluye a los que fueron culpables de delitos
capitales no políticos, así como a los que colaboraron en la
invasión capitalista occidental y las subsiguientes atrocidades del
Ejército de la Guardia Blanca, así como un considerable número de
los que colaboraron con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial
y, probablemente, prisioneros de las SS alemanas. En cualquier caso,
los asesinatos de opositores políticos no fueron de millones o
decenas de millones, lo que no quiere decir que el número real fuera
intrascendente o justificable.
Los tres historiadores
que estudiaron los registros hasta ahora secretos del gulag
concluyeron que el número de víctimas fue mucho menor de lo que se
suele afirmar en Occidente. Este hallazgo es ridiculizado por el
liberal anticomunista Adam Hochschild, quien prefiere repetir la
historia de Churchill sobre los dedos de Stalin (New York Times,
8/5/96). Como muchos otros, Hochschild no tiene problemas para
aceptar especulaciones no documentadas sobre el gulag, pero sí
muchas dificultades para aceptar las cifras documentadas extraídas
de los archivos de la NKVD.
¿Adónde fue a parar
el Gulag?
Algunos escritores
anticomunistas rusos, como Solzhenitsyn y Sakharov, y muchos
liberales anticomunistas estadounidenses, sostienen que el gulag
existió hasta los últimos días del comunismo.(8) Si es así,
¿dónde desapareció? Tras la muerte de Stalin en 1953, más de la
mitad de los reclusos del gulag fueron liberados, según el estudio
de los archivos de la NKVD citado anteriormente. Pero si tantos otros
quedaron encarcelados, ¿por qué no se han materializado? Cuando los
estados comunistas fueron derrocados, ¿dónde estaban las hordas
medio hambrientas que salían de los campos de internamiento con sus
historias de trabajo?
Uno de los últimos
campos de trabajo soviéticos restantes, Perm 35, fue visitado en
1989 por congresistas republicanos estadounidenses y nuevamente en
1990 por periodistas franceses (ver Washington Post, 28/11/89
y National Geographic, 3/90, respectivamente). Ambos
encontraron sólo unas pocas docenas de prisioneros, algunos de los
cuales fueron identificados como auténticos espías. Otros eran
"refuseniks" a quienes se les había negado el derecho a
emigrar. Los presos trabajaban ocho horas al día, seis días a la
semana, por 250 rublos (40 dólares) al mes.
¿Qué pasó con el
supuesto gran número de presos políticos que, se dice, existían en
los otros "estados policiales totalitarios comunistas" de
Europa del Este? ¿Por qué no existe evidencia alguna de su
liberación masiva en la era poscomunista? ¿Y dónde está la "masa
de presos políticos" en Cuba? Consultado al respecto, el profesor
Alberto Prieto, de la Universidad de La Habana, señaló que, incluso
un reciente informe del Departamento de Estado sobre derechos humanos
mostró a cientos de personas torturadas, asesinadas o
"desaparecidas" en casi todos los países latinoamericanos,
pero menciona sólo seis presuntos presos políticos en referencia a
Cuba. (People's Weekly World, 26/2/94).
Si hubo atrocidades
masivas hasta los últimos días del comunismo, ¿por qué los
regímenes anticomunistas recién instalados no aprovecharon la
oportunidad para llevar ante la justicia a los antiguos gobernantes
comunistas? ¿Por qué no hay juicios públicos al estilo de
Nuremberg que documenten las atrocidades generalizadas? ¿Por qué no
se detuvo y juzgó a cientos de líderes del partido y funcionarios
de seguridad y miles de guardias de campo por los millones que
supuestamente exterminaron? Todo lo que pudieron hacer los alemanes
occidentales fue acusar al líder de Alemania Oriental, Erich
Honecker, a varios otros funcionarios y a siete guardias fronterizos
de disparar a quienes intentaron escapar por el Muro de Berlín, un
cargo grave, pero difícilmente indicativo de un gulag.
Las autoridades de la
República Federal de Alemania (RFA) capitalista occidental
formularon un cargo de "traición" contra personas que
sirvieron como funcionarios, oficiales militares, soldados, jueces,
abogados y otros de la ahora desaparecida República Democrática
Alemana (RDA), una nación soberana que una vez tuvo pleno derecho en
las Naciones Unidas, y la mayoría de cuyos ciudadanos nunca habían
sido súbditos de la RFA. Hasta 1996, se habían llevado a juicio más
de trescientos casos de "traición", incluido un exjefe de
inteligencia de la RDA, un ministro de defensa y seis generales,
todos acusados de cumplir con sus deberes legales según la
constitución y las leyes del país. RDA, en algunos casos luchando
contra el fascismo y el sabotaje de la CIA. Muchos de los acusados
fueron finalmente absueltos, pero algunos fueron condenados a
prisión. Lo que presenciamos aquí son los juicios de Nuremberg al
revés: los rojos son juzgados por sus esfuerzos antifascistas por
fiscales simpatizantes del fascismo de Alemania Occidental,
utilizando con carácter retroactivo una aplicación de la ley penal
de la RFA para ciudadanos de la RDA. A principios de 1997, se
esperaban varios miles de juicios más.(9)
En 1995, Miroslav
Stephan, exsecretario del Partido Comunista de Praga, fue condenado a
dos años y medio por ordenar a la policía checa que utilizara gases
lacrimógenos y cañones de agua contra los manifestantes en 1988.
¿Es este el mejor ejemplo de la opresión sanguinaria de los rojos
que podrían encontrar los restauradores capitalistas en
Checoslovaquia? ¿Una acción que ni siquiera califica como delito en
la mayoría de las naciones occidentales?
En 1996 en Polonia, doce
ancianos de la policía política de la época de Stalin fueron
condenados a prisión por haber golpeado y maltratado a prisioneros
—más de cincuenta años antes— durante la toma del poder
comunista tras la Segunda Guerra Mundial (San Francisco Chronicle,
9/3/96). Nuevamente, uno podría preguntarse por qué los líderes
poscomunistas que buscan llevar a los “tiranos comunistas” ante
la justicia no pudieron encontrar nada más serio que un caso de
agresión policial de medio siglo antes.
La mayoría de los
encarcelados en el gulag no eran presos políticos, y lo mismo parece
ser cierto para los reclusos en los demás estados comunistas. En
1989, cuando el dramaturgo millonario Vaclav Havel se convirtió en
presidente de Checoslovaquia, otorgó amnistía a aproximadamente dos
tercios de la población carcelaria del país, que no se contaban por
millones sino por miles. Havel asumió que la mayoría de los
encarcelados bajo el comunismo eran víctimas de la represión
política y por lo tanto merecían su liberación. Él y sus
asociados quedaron consternados al descubrir que un buen número de
los liberados eran criminales experimentados que no tardaron en
reanudar sus actividades delictivas (New York Times,
18/12/91).
Memorias del mal
desarrollo
En el capítulo dos
analicé el papel de la revolución popular en el avance de las
condiciones de la humanidad. Ese análisis se aplicaría también a
las revoluciones comunistas y vale la pena reiterarlo en el presente
contexto. Oímos mucho sobre los crímenes del comunismo, pero casi
nada sobre sus logros. Los gobiernos comunistas heredaron sociedades
cargadas con un antiguo legado de explotación económica y mal
desarrollo. Gran parte de la Europa del Este precomunista, al igual
que la Rusia y la China prerrevolucionarias, era en efecto una región
del Tercer Mundo con una pobreza generalizada y una formación de
capital casi inexistente. La mayor parte del transporte rural todavía
se realizaba a caballo y en carreta.
La devastación de la
Segunda Guerra Mundial añadió otra gran capa de miseria a la
región, reduciendo a escombros cientos de pueblos y muchas ciudades.
Fueron los comunistas y sus aliados quienes reconstruyeron estas
sociedades. Aunque fueron denunciados en la prensa estadounidense de
propiciar el mal estado de sus economías, de hecho, los rojos
dejaron la economía de Europa del Este en mucho mejores condiciones
que la encontraron.
Lo mismo ocurría con
China. Henry Rosemont Jr., señala que cuando los comunistas
liberaron Shanghái del régimen reaccionario del Kuomintang apoyado
por Estados Unidos en 1949, alrededor del 20 por ciento de la
población de esa ciudad, aproximadamente 1,2 millones, eran
drogadictos. Cada mañana había cuadrillas especiales en las calles
"cuya única tarea era recoger los cadáveres de los niños,
adultos y ancianos que habían sido asesinados durante la noche, o
habían sido abandonados y muertos por enfermedad, frío y/o hambre".
(Z Magazine, octubre de 1995).
Durante los años del
mandato de Stalin, la nación soviética logró avances
extraordinarios en alfabetización, salarios, atención médica y
derechos de la mujer. Estos logros no se suelen mencionar cuando se
habla de la era estalinista. Decir que "el socialismo no
funciona" es pasar por alto el hecho de que sí funcionó. En
Europa del Este, Rusia, China, Mongolia, Corea del Norte y Cuba, el
comunismo revolucionario propició una vida para la masa de la
población mucho mejor que la miserable existencia que habían
soportado bajo señores feudales, jefes militares, colonizadores
extranjeros y capitalistas occidentales. El resultado final fue una
colosal mejora de las condiciones de vida de cientos de millones de
personas a una escala nunca antes vista en la historia.
El socialismo de Estado
transformó países desesperadamente pobres en sociedades
modernizadas en las que todos tenían suficiente comida, ropa y
vivienda; donde los ancianos tenían pensiones seguras; y donde todos
los niños (y muchos adultos) iban a la escuela y a nadie se le
negaba atención médica. Algunos de nosotros, de familias pobres que
cargamos con las heridas ocultas de clase, estamos muy impresionados
por estos logros y no estamos dispuestos a tildarlos de meramente
"económicos".
Pero, dirán, ¿qué hay
de los derechos democráticos que se les negaron a estos pueblos? Lo cierto es que, con la excepción de Checoslovaquia, estos países habían
conocido poca democracia política en los días anteriores al
comunismo. Rusia era una autocracia zarista, Polonia una dictadura
derechista con sus propios campos de concentración, Albania un
protectorado fascista italiano desde 1927, Cuba una dictadura
patrocinada por Estados Unidos. Lituania, Hungría, Rumania y
Bulgaria eran regímenes francamente fascistas aliados con la
Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial.
Además, estaban los
incesantes efectos lesivos que el cerco capitalista tuvo sobre la
construcción del socialismo. A lo largo de toda su historia de
setenta y tres años de invasión contrarrevolucionaria, guerra
civil, industrialización forzada, purgas y deportaciones
estalinistas, conquista nazi, guerra fría y carrera armamentista
nuclear, la Unión Soviética no conoció un solo día de desarrollo
pacífico. En el intento de mantener la paridad militar con los
Estados Unidos, los soviéticos asumieron costos de defensa
aplastantes que debilitaron seriamente su economía civil,
enfrentándose además al boicot monetario, la discriminación
comercial y el embargo tecnológico de Occidente.
Quienes vivieron bajo el
comunismo sufrieron escasez crónica, largas colas, bienes y
servicios de mala calidad y muchos otros problemas. Querían una vida
mejor, y ¿quién podría culparlos por ello? Sin el contumaz cerco
capitalista habrían estado en condiciones de resolver favorablemente
la mayor parte de sus problemas internos.
Todo esto no supone negar
las carencias muy reales de los sistemas comunistas. Pero lo que aquí
quiero señalar es que gran parte de la responsabilidad de la
deformación y el derrocamiento del comunismo debe recaer sobre las
fuerzas occidentales que se dedicaron incansablemente a dicha tarea,
utilizando todos los medios posibles de agresión política,
económica, militar y diplomática para alcanzar un éxito que
seguirá costando caro a los pueblos del mundo.
NOTAS
(1) A mediados de
la década de 1980, la policía de la Polonia comunista disparó
contra cuarenta y cuatro manifestantes en Gdansk y otras ciudades. En
1996, diez ex oficiales de la policía y del ejército fueron
juzgados por estos homicidios. En Rumania, según los informes, hubo
decenas de muertos en los disturbios que precedieron inmediatamente
al derrocamiento de Ceaucescu, después de lo cual Ceaucescu y su
esposa fueron ejecutados sumariamente sin juicio. Los asesinatos en
Polonia y Rumania son la suma total de muertes, que yo sepa.
(2) Stalin "le
confió la cifra de 10 millones a Winston Churchill": Stephen
Cohen, Bukharin and the Bolshevik Revolution (Nueva York: A.A.
Knopf, 1973), 463n. Sin duda, las hambrunas que ocurrieron durante
los años de la invasión occidental, la intervención
contrarrevolucionaria, la guerra civil de la Guardia Blanca y la
resistencia de los terratenientes a la colectivización se cobraron
muchas víctimas.
(3) A modo de
comparación, en 1995, según la Oficina de Estadísticas de
Justicia, en los Estados Unidos había 1,6 millones en prisión, tres
millones en libertad condicional y 700.000 en libertad vigilada, con
un total de 5,3 millones bajo supervisión correccional (San
Francisco Chronicle, 7/1/96). Algunos millones de personas han
cumplido condena pero ya no están conectadas al sistema de custodia
de ninguna manera.
(4) J. Arch Getty,
Gabor Rittersporn y Victor Zemskov, "Víctimas del sistema penal
soviético en los años previos a la guerra: un primer enfoque sobre
la base de evidencia de archivo", American Historical Review,
98 (octubre de 1993) 1017-1049.
(5) Getty, et al.,
"Víctimas del sistema penal soviético..."
(6) Ibid.
(7) ibid.
(8) El término
"gulag" se incorporó al idioma inglés en parte porque se
hacían constantes referencias a la presunta continuidad de su
existencia. Un antiguo miembro del Instituto de Estudios Políticos
de orientación liberal, Robert Borsage, me envió una nota en
diciembre de 1982, declarando enfáticamente que, en cierto modo, "el
gulag existe". Me encontré repetidamente con miembros de la
facultad que, independientemente del tema en discusión, insistían
en que hablara sobre el gulag que, según ellos, todavía albergaba a
muchos millones de víctimas. Mi negativa a aceptar dicha ortodoxia
soliviantó a algunos de ellos.
(9) El
vicepresidente del tribunal supremo de la RDA era un hombre llamado
Reinwarth, a quien los nazis encerraron en un campo de concentración
durante la guerra y que más tarde presidió juicios en los que se
condenó a varios agentes de la CIA por sabotaje, fue condenado en
1996 a tres años y medio de prisión. Helene Heymann, que había
sido encarcelada durante el régimen de Hitler por sus actividades
antinazis, más tarde fue jueza en la RDA, donde presidió juicios
contra el sabotaje. Fue llevada a juicio en 1996. Cuando se leyó su
condena, el juez señaló que un factor adicional en su contra era
que había sido entrenada por un abogado judío que había sido
abogado defensor de comunistas y socialdemócratas. También fueron
juzgados los soldados de la RDA que sirvieron como guardias
fronterizos. Más de veinte soldados de la RDA fueron asesinados a
tiros desde el lado occidental en varios incidentes de los que la
prensa occidental no informó: Klaus Fiske, "Witchhunt Trials of
East German Leaders Continue", Peoples Weekly World,
19/10/96. Estos juicios violan directamente el Tratado de Unificación
de la RDA y la RDA, que establece que todo enjuiciamiento penal de
actos cometidos en la RDA debe realizarse de conformidad con las
leyes de la RDA vigentes en ese momento.
★