Portal Libertario OACA - 29/1/2018
La megamáquina de la que formamos parte tiene demasiada inercia
como para cambiar de rumbo. Podemos imaginar una gigantesca peonza de tamaño
planetario girando violentamente. Sabemos que no podemos detenerla con la
fuerza de nuestros brazos. Ignoramos qué habría de suceder dentro de esa peonza
para que dejase de girar, porque nos resulta insondable la naturaleza de su eje
de giro, aquello en torno a lo cual todo orbita demencialmente. Y aún no
parecemos haber advertido que su punto de apoyo somos nosotros mismos. Un imprescindible
punto de apoyo de velocidad nula.
Y, sin embargo, somos yonkis de su velocidad mareante y nos domina
un incontrolable miedo a su pérdida. No es casualidad que tomar conciencia
sobre la variedad de perspectivas respecto de este enorme monstruo que se
alimenta de sus criaturas nos resulte, cuanto menos, desasosegante. Fuera del
mismo, engullido por él, soportándolo o formando parte del mismo, o de todas
formas al mismo tiempo, como realmente es. La soledad y el sufrimiento del
engranaje inaccesible es, también, la del nodo en la red. Y todo resulta
inusitadamente violento.
Es posible adoptar otra perspectiva, acaso bidimensional, sobre
esta misma cuestión: el sistema, muy a pesar del institucionalismo que todo lo
impregna, incorpora la resistencia al cambio con la suficiente eficacia como
para no poder ser modificado (desviado de su propósito) mediante actuaciones
desde el propio ámbito sistémico (acción-reacción). De hecho, cualquier sistema
muestra esta tendencia al equilibrio, sin juicio, en torno a su propósito, sea
cual sea este.
Así, la única opción de cambiar el sistema desde dentro, ¿quién
iba a querer cambiarlo desde fuera?, sería (la improbabilidad política de)
reconocer, eventualmente, su propio agotamiento y proceder a una (de nuevo, improbable)
deconstrucción pacífica del mismo en favor de lo colectivo y lo común. ¿Puede
en algún momento negarse el sistema a sí mismo?, ¿tiene, acaso, capacidad de
cambiar su propósito?... No es casual la exposición consecutiva de las dos
perspectivas: la violencia forma parte del sistema y el sistema genera
violencia para perpetuarse.
El relativismo, la liquidez, la insatisfacción y el desconcierto
que introducen la hiperinformación, la hiperconexión y la exposición total,
potentes motores de la megamáquina, sólo puede ser aliviado a través de su
negación activa. Así, creo que, con urgencia, se debe apagar la televisión,
abandonar las redes sociales y los espectáculos deportivos, las urnas y, sobre
todo, dejar de comprar mierda. Es el primer paso para negar no solo la
mencionada condición de punto de apoyo, sino también la de juez y parte, o,
para ser más gráficos, la de mantenedor y la de pieza averiada.
Nos debemos una profunda reflexión sobre lo que nos es esencial,
sobre lo común y lo colectivo, y soltar lastre. Dejar de emplearnos por los
deseos para trabajar por las necesidades. Los deseos son subjetivos,
evolucionan con el tiempo, son individuales, sustituibles e insaciables. Los
deseos son el combustible de la megamáquina. Las necesidades son universales,
objetivas, insustituibles, intergeneracionales y saciables. No pueden ser sino
ellas nuestro punto de encuentro.
Las ideologías dentro de un mismo paradigma se disuelven,
indistinguibles, en la conveniencia electoral y en la ilusión de la elección;
la nueva política no ha existido nunca; las luchas que no se unifiquen no
fructificarán; el tiempo empleado en los distractores y en las chucherías que
comercializa el sistema es tiempo, salud y recursos malgastados que nunca
volverán a estar disponibles. No es eficaz emplear lineas y lineas para
hablarnos (y escribirnos) a nosotros mismos. No es momento de exhibición de
propósitos ni de preciosismos teóricos: urge divulgar las mejores prácticas de
auto-organización y apoyo mutuo para implementarlas allá donde haya necesidad.
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