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14 febrero, 2024

Los intelectuales "progre", en sus dos alas — Alfonso Sastre

 


En realidad, yo siempre he mirado con muchas reservas a la ralea –llamémosla así (casta, linaje)– de los intelectuales "progre", en sus dos alas, la izquierdista y la que se situaba en un equilibrio intelectual muy respetable; de las cuales ha prosperado esta, la "bienpensante"; pero que coincidían las dos en la sustitución del pensamiento por un sistema de tics automáticos que convertían a los intelectuales y artistas más "libertarios" y "justicieros" en, de hecho, repetitivos autómatas que respondían siempre con la misma canción: una y otra ala respondían por tics, ya el de la radicalidad ultra, ya el de la gran tolerancia filosófica; ya el del socialismo revolucionario, ya el de la democracia a ultranza; ya el de la sangre y el fuego, ya el de la pacificación; ya el de la rotura inmediata del sistema capitalista, ya el de una democracia reformadora de las injusticias; ya el del cambio inmediato y radical de las estructuras, ya el del proceso o curso democrático a una situación de "progreso y modernidad".


Como digo, la segunda opción es la que ha prosperado cuando no ha sido abandonada también por sus propulsores intelectuales para instalarse decididamente en el poder de la derecha española sin máscaras o débilmente enmascarada. Recuerdo que entonces, como ahora, se apretaba una tecla y se oía lo único que se podía oír de aquellos intelectuales rezagados y tórpidos mientras ocurría lo que estaba ocurriendo al margen de sus categorías. Es como ahora: se aprieta una tecla y se oye la respuesta de la condena del terrorismo (entendiendo por tal el conjunto de guerras de los pobres y excluyendo, desde luego, el terrorismo de los poderosos); o se aprieta la tecla y se oye –como entonces– el rechazo de toda violencia "venga de donde venga", sin que haya lugar a la consideración de que pensar es distinguir y que meter objetos en una bolsa, en virtud de que "se parecen en algo", es lo contrario de pensar; o se aprieta una tecla en nuestro intelectual y oiremos que hay que pronunciarse por un mundo sin fronteras, y, por ello, mirar con un gesto torcido los movimientos no clásicos (los clásicos eran aquellos que se producían al otro lado del mar) de liberación nacional, por su carácter tribal, su patriotismo primario y el uso de la violencia; o bien, otra tecla, y he aquí la apología de la tolerancia y las protestas contra el racismo y la xenofobia, aunque conozco a pocos intelectuales que, en la práctica, hayan convivido con los gitanos y los marginados, por ejemplo, y que movieran un solo dedo cuando estos eran perseguidos como ratas (recuerden el caso de Eleuterio Sánchez). La tecla de la solidaridad es la que siempre ha funcionado como señal de identidad de la inteligencia de izquierda; pero también puedo recordar la nula actividad de los intelectuales españoles más progresistas –salvo muy contadas excepciones– durante la guerra de Vietnam, y lo mucho que costó mover algún documento contra las torturas de la policía o de la Guardia Civil españolas. Los intelectuales españoles, por lo demás, siempre han presentado sus manos limpias y han vivido en una izquierda estética que les permitió, durante la dictadura (siempre hay alguna excepción), evitar el conocimiento interior de las cárceles e incluso soslayar bastante bien (para ellos) los problemas de la censura. El hecho de que hoy hayan desertado definitivamente de toda izquierda (incluso la izquierda moderada y moderante) no es sino otra vuelta de tuerca en su incorporación al "establecimiento".


Fragmento extraído de La batalla de los intelectuales (2005), de Alfonso Sastre.


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27 noviembre, 2022

"Mirando a nuestro alrededor... " — Alfonso Sastre

 

                                  Luis López




"Recuerdo que la realidad, para que añada algo al conocimiento o se ponga a tiro de la acción transformadora, tiene que ser verdadera. La realidad tal como es no dice nada más que hay que pensar en ella, y, eso sí, nos insta a hacerlo, y además no puede empezarse a pensar por otra parte porque entonces no pensaríamos en nada".


"Mirando a nuestro alrededor en esta sociedad del "dinero" y de ocultada guerra de clases (en cuanto a su contenido), y así mismo "del espectáculo" (en cuanto a su forma), podemos observar que las cosas funcionan más o menos así: No pasa lo que pasa; no sucede lo que sucede; no ocurre lo que ocurre, sino lo que se nos dice que pasa, sucede y ocurre; y ello a través de imágenes de la realidad, reconocibles, eso sí, como tales imágenes de la realidad. Pasa lo que se fotografía y se publica en los grandes media. Lo no filmado no es existente. El que hace la boda no es el cura; es el fotógrafo. Él dice cómo hay que hacerla, y manda repetir la secuencia si no le parece bien. El cura bendice mejor —como debe bendecirse— cuando se pone a las órdenes del fotógrafo".


Alfonso Sastre, La verdad sobre la realidad y sus mentiras en la sociedad del espectáculo.


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17 febrero, 2022

TRABAJO: fundición y fabricación de cigüeñales

 




" La lucha de las clases y de los pueblos colonizados contra sus colonizadores es la clave que, antes de ser teóricamente explicitada por Marx, palpitaba ya en el corazón de cualquier filosofía crítica, a pesar de que los humanismos abstractos hayan tratado siempre de emborronar este pensamiento ciertamente radical –y a mucha honra–, poniéndose así, de hecho, estos humanismos, al servicio de los poderes opresivos y de la perpetuación y la consagración de la injusticia; remitiendo así, en el mejor de los casos, la causa de la justicia a una instancia ultramundana, ultraterrena (religión): ¡Lo que aquí va mal irá bien en otra parte, para lo cual lo único que hay que hacer es morirse! "


Alfonso Sastre, La Batalla de los Intelectuales (Libro completo en pdf aquí)


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17 septiembre, 2021

Falleció Alfonso Sastre, dramaturgo, poeta y militante revolucionario

Alfonso Sastre


La Haine – 17/09/2021


En su trayectoria intelectual y militante se caracterizó por su compromiso político, contra la dictadura franquista y con la izquierda abertzale, independentista y socialista


Alfonso Sastre ha fallecido a los 95 años en Hondarribia, donde ha residido todos estos últimos años. Nació en Madrid el 20 de febrero de 1926, y allí desarrolló desde su juventud una intensa actividad literaria, con preeminencia de obras de teatro. En ambos campos, igual que en la poesía y la narrativa, late una profunda inquietud social y política, de indudable orientación izquierdista, que desarrolló en Euskal Herria, el Estado español y América Latina, que en el contexto de la época se convierte inevitablemente en protesta antifranquista.


Sin embargo, ha sido en Euskal Herria donde se asentó definitivamente y desarrolló toda su calidad humana y su compromiso político, convirtiéndose en una referencia de lucha por la independecia y en una voz que nunca calló ante la injusticia.


El autor de obras como 'La taberna fantástica' recibió el Premio Nacional de Teatro en 1986 por su importante contribución al género.


Sastre estaba considerado uno de los principales exponentes de la denominada «Generación del 50» y durante su larga trayectoria intelectual y militante se caracterizó por su compromiso político, contra la dictadura franquista y con la izquierda abertzale, independentista y socialista.


La noticia la ha hecho pública Abotsanitz, la formación de la izquierda abertzale de Hondarribia con la que ha colaborado en estos últimos años Sastre.


Eva Forest y sus primeros pasos


«Hasta siempre, amigos. Hasta todos los días que vengan a partir de ahora a estos territorios de angustia y de esperanza. Allí estaremos. Ahí nos encontraremos siempre, en las nuevas batallas por la emergencia de un nuevo mundo. Este es el campo de la praxis; aunque hoy yo me encuentro más bien en el de los poetas que exclamaron: ‘¡Hay golpes en la vida tan fuertes! ¡Yo no sé!’ o ‘y el hombre, ¡pobre!, ¡pobre!’ (César Vallejo), o: ‘un empujón brutal te ha derribado!’ (Miguel Hernández), o ‘¡Qué dignos de piedad son los hombres!’ (Strindberg, El sueño). Etcétera. Dejemos esto, camaradas. Vamos a continuar nuestra lucha, y que al Dios de la Biblia y a esa mierda de Némesis le den definitivamente por culo, aunque nosotros perezcamos -ya estamos pereciendo, porque Dios nos hizo, como Sartre escribió, mortales- siendo así, ese cabrón de Dios (recordad Las moscas,) el primer asesino de la historia».


Son palabras de Alfonso Sastre, pronunciadas a la muerte de su compañera, Eva Forest, en 2007. Desde la lucidez y la sabiduría, Alfonso, que a su vez nos ha dejado ahora, añadía estas palabras: «Hace ya un montón de años que estoy presentando en mis escritos la vida humana como un complejo de praxis y agonía, y no voy a extrañarme ahora de estar viviendo un momento agónico. ¡A ver si es que se va a morir todo el mundo menos nosotros! Hoy, el aluvión de los testimonios de solidaridad y de dolor en que vivimos me impide abrazaros a todas las gentes que desde distintos niveles de intimidad y de fraternidad nos estáis enviando las palabras de vuestro corazón. Aquí tengo desde testimonios de amigos de toda mi vida, que lloran conmigo, con nosotros, hasta la voz de nuestros últimos compañeros del pueblo vasco en el que hemos sido muy felices».


Con el grupo ‘Arte Nuevo’, que cofundó en 1945, Sastre da a la luz sus primeros trabajos para el teatro. Su primer gran éxito es ‘Escuadra hacia la muerte’, drama en dos actos estrenado el 18 de marzo de 1953, prohibido por el franquismo a la tercera representación e interpretado por el Teatro Popular Universitario, donde un grupo de soldados se encuentra castigado en una Tercera Guerra Mundial y se subleva.


En 1953 Sastre ya ha concluido sus estudios de Filosofía y Letras. Las prohibiciones llegarán una tras otra, pero Alfonso no flaquea y continúa produciendo una obra de denuncia de la dictadura. A finales de los 50 incursiona en el mundo del cine, con guiones para José María Forqué y Juan Antonio Bardem.


Viaje a Cuba


‘La sangre y la ceniza’ se escribe entre 1962 y 1965 y se edita en italiano y francés antes que en castellano (1976). ‘La taberna fantástica’ (1968, pero estrenada el 23 de septiembre de 1985) trata, con apariencia de sainete, el tema del lumpen y la marginalidad.


En 1971 Sastre escribe ‘Askatasuna!’ y un año después viaja a Cuba y Cagliari, donde se representan sus obras, que también fueron editadas dos años más tarde en francés. De aquella época proviene su compromiso inquebrantable por la revolución cubana, que se ha mantenido en el tiempo.


En pleno franquismo, Sastre sostuvo una notoria polémica con Antonio Buero Vallejo sobre el modo de luchar con el teatro para cambiar la sociedad durante la dictadura; mientras que Buero defendía el posibilismo, es decir, aprovechar cualquier resquicio que permitiera la férrea censura franquista para intentar cambiarla desde dentro, Sastre consideraba que esta actitud era una claudicación y optó por un teatro radical que apenas encontró forma de poderse representar, debido a la presión de la censura y las dificultades que ponían los empresarios teatrales.


En 1978 terminó la ‘Tragicomedia fantástica de la gitana Celestina’, publicada en italiano en 1979 y en español en 1982. ‘El viaje infinito de Sancho Panza’ (1984) reelabora las dos partes de Don Quijote: Sancho intentó ahorcarse al morir su amo; ha ingresado en un manicomio, cuyo siniestro Doctor narra cómo convenció a don Quijote para buscar aventuras por los campos de La Mancha. Escribe ‘Jenofa Juncal, la roja gitana del monte Jaizkibel’ y ‘Los últimos días de Emmanuel Kant contados por Ernesto Teodoro Amadeo Hoffmann’, estrenada ésta última en febrero de 1990. En 1997 escribió 'Alfonso Sastre se suicida' y en 2001 'Drama titulado No'. En 1993 recibió el Premio Nacional de Literatura en la modalidad de Literatura Dramática.


En cuanto a narrativa y poesía, en el primer campo cuenta, por citar sólo algunas de sus obras, con ‘El Paralelo 38’ (1964), ‘Las noches lúgubres’ (1963), ‘El lugar del crimen’ (1982), o ‘Historias de California’, publicada ya en Hondarribia en 1986 por medio de la editorial Hiru, que fundara junto a su compañera Eva. En poesía, deben citarse ‘Balada de la cárcel de Carabanchel y otros poemas celulares’ (París, 1976), ‘El Evangelio de Drácula’ (1976), ‘El español al alcance de todos’ (1978), ‘Vida del hombre invisible contada por él mismo’ (1994), y ‘Obra lírica y doméstica’.


Actividad política


No se puede trazar la figura de Alfonso Sastre limitándose a su obra dramática y literaria. Su otra cara, indivisible como el anverso y el reverso de una mano, la constituye su incansable actividad política de izquierda e independentista.


Durante el franquismo, Sastre militó el Partido Comunista de España, que abandonaría a principios de la década de los 70 por su deriva reformista. En 1956 fue encarcelado por su participación en las protestas universitarias contra la dictadura. Durante los últimos años de la dictadura, Eva fue detenida el 16 de septiembre de 1974 por su presunta implicación en el atentado de la calle Correo, que dejó doce muertos. Tras ser encarcelada, Sastre se presentó en el juzgado, siendo encarcelado y procesado. Pasó ocho meses y medio en prisión antes de ser puesto en libertad provisional, y finalmente la causa fue sobreseída. En 1975 se estableció en Burdeos, donde permaneció año y medio, antes de ser expulsado por las autoridades francesas.


Tras la puesta en libertad de Eva, que permaneció en prisión preventiva tres años, hasta que fue excarcelada en junio de 1977 y definitivamente exonerada gracias a la Ley de Amnistía de dicho año, la pareja se instaló en Hondarribia, donde la familia ha vivido desde entonces. Desde su establecimiento en Euskal Herria, la actividad política de Alfonso y Eva se desarrolló en el marco de la izquierda abertzale, no sin sobresaltos, como la detención que sufrieron en 1980 acusados de dar refugio a un comando de ETA.


Izquierda abertzale


Alfonso se implicó a fondo en la izquierda revolucionaria, hasta el punto de que en las elecciones al Parlamento Europeo de 1994 fue candidato por Herri Batasuna, promotor y candidato de Euskal Herritarrok (EH) para las elecciones al Parlamento de Gasteiz por Gipuzkoa en 1998, y en 1999 lo fue para las elecciones al Parlamento Europeo. También fue uno de los firmantes de apoyo a una iniciativa a favor de los derechos de los presos vascos en 2000 y autor en 2002, junto con Eva, de un documento contra la ilegalización de Batasuna.


Igualmente fue promotor de la candidatura Herritarren Zerrenda (anulada por los tribunales neofranquistas españoles) para las elecciones al Parlamento Europeo de 2004. En 2008 fue candidato por ANV en las elecciones generales al Senado, candidatura que igualmente anuló el Tribunal Supremo. Por último, en las elecciones al Parlamento Europeo de 2009 fue cabeza de lista de la candidatura Iniciativa Internacionalista.


Su impronta ha permanecido y su legado nunca morirá.


18 octubre, 2017

"Julian Grimau" - Alfonso Sastre













¡Otra vez esas radios extranjeras
vomitan contra España su veneno!
Salimos ahora al paso de ese trueno
explicando las cosas verdaderas.

No ha habido tal señor defenestrado
ni se empleó en su trato la tortura.
Tratósele con tacto y con dulzura.
Se le invitó a pasar a lo vedado.

Saludósele allí con cortesía.

Preguntósele por sus actividades
de manera correcta y muy humana.
Díjonos su opinión de la amnistía.

Dijímosle después nuestras verdades

y arrojose sin más por la ventana.

09 octubre, 2017

La ley del embudo - Alfonso Sastre















La famosa ley-embudo
se enuncia como veredes:
Que lo ancho es para mí
y lo estrecho para ustedes.


Miren la ley del embudo
que va contra mi conciencia:
Si a mí me matan es orden.
Si me defiendo es violencia.


La ley del embudo, en fin,
así la van componiendo:
Orden es si me dan palos.
Violencia si me defiendo.


Según piensan los señores
no tengo donde cogerme:
Si a mí me matan es paz
pero es guerra el defenderme.


Las pistolas policíacas
no son ningún armamento;
pero si yo cojo un palo
me violentan por violento.


En sus cuarteles sombríos
destrozan al ser humano.
Eso no es violencia, amigos,
¡Gajes del orden cristiano!


Porrazos y tentetieso
en los campos de Baeza.
Yo llevaba mis dos manos
y volví sin la cabeza.


Violencia engendra violencia,
dicen otros, muy contritos,
¿Escucháis llantos ahora?
¿No se oyeron nuestros gritos?


Ocupa miles de folios
la lista de las torturas.
Pero violencias jamás.
¡Son calumnias e imposturas!


Vida alegre y muerte triste.
Sirva a otros de escarmiento;
con tormento viven siempre
los que viven del tormento.


Y aquí se acaba la historia
con que a vosotros acudo
sobre la violenta ley
llamada ley del embudo.


24 abril, 2017

Según piensan los señores...


"Según piensan los señores,
no tengo donde cogerme:
si a mí me matan es paz,
pero es guerra el defenderme"

Alfonso Sastre


Terrorista son quienes nos condenan a una vida de miseria,
no quienes se rebelan contra ella.
Libertad anarquistas pres@s

18 febrero, 2017

Acerca de la violencia - Alfonso Sastre

Extraído del ensayo La batalla de los intelectuales: o nuevo discurso de las armas y las letras, de Alfonso Sastre. (Texto completo en PDF aquí).


El buen intelectual está contra toda violencia, venga de donde venga.
Nada más cierto, y son pocas las excepciones de quienes afirmamos que pensar es distinguir entre los fenómenos (o, al menos, empieza por ese esfuerzo), o sea, que es todo lo contrario de echar en una bolsa de basura todo lo que quepa en ella en función de ciertas semejanzas que a veces son realmente serias e importantes (por ejemplo, un tiro de pistola suena igual que otro tiro de pistola), para hacer después un juicio global sobre aquel conjunto heteróclito. 
Por ejemplo, para mí es preciso establecer que son fenómenos diferentes el disparo de un sicario sobre un dirigente sindical en América Latina y la ráfaga de metralleta de Ernesto Che Guevara contra un cuartel de “casquitos” durante la dictadura de Batista; y mucho más otra cosa es la explosión de unas bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, y el homicidio a navaja que se produce en un arreglo de cuentas o en un trance pasional. Todos son actos violentos y, por ello, indeseables; pero a partir de esa constancia es preciso ponerse a pensar, y a ver la entidad propia de cada una de esas violencias, ante cada una de las cuales nuestro rechazo tendrá también su propia entidad, o incluso no llegará a ser tal rechazo (defensa propia, tiranicidio, violencia revolucionaria...); por lo que no es indiferente esa genealogía para paralizarse en un rechazo de –como dice un eslogan casi popular entre los intelectuales “buenos”– toda violencia, venga de donde venga, puesto que, siendo todas ellas indeseables, como decimos, merecerán diferentes atenciones, de manera que el juicio moral y político sobre ellas se basará en el conocimiento de su diferente cualidad y etiología, y en el análisis de las motivaciones, desde las psicológicas a las sociales, de cada uno de esos actos violentos; y es de decir que esa metódica distinción en la masa de lo que es heteróclito (aunque una importante nota común sea la violencia) es la vía sine qua non de un pensamiento “en forma” –o sea, fuerte– y de la moral, y de una acción efectiva para que tales actos violentos –cada uno en su índole– lleguen un día a ser definitivamente imposibles. 
En cuanto a mí, por mera decencia intelectual, no puedo poner en el mismo saco a un militante palestino que se hace estallar ante un cuartel israelí ¡o en un autobús con todo el horror que ello comporta!, y los bombardeos desde el interior de grandes formaciones blindadas de enormes carros de combate o el lanzamiento de misiles desde helicópteros sobre casas habitadas palestinas en un campo de refugiados (y he elegido al respecto acciones de carácter análogo –en la misma guerra– para llamar la atención sobre la audacia y la intensidad y el compromiso de este pensamiento mío, capaz de tratar de distinguir entre estas dos violencias tan estrechamente emparentadas). Mi punto de vista, como intelectual “malo” –además, claro está, de mal intelectual, pero esa es otra cuestión (sonrío)–, es que en todos los casos de violencia, incluso en los de mayor similitud, existen diferencias, a veces radicales, y en todo caso dignas de tenerse en cuenta, y no digamos cuando los actos violentos son, por ejemplo, la bomba de un guerrillero de las FARC de Colombia, que combaten por la revolución de su país, en un lado, y la tortura de un policía o un militar británico, al servicio del Reino Unido, a unos detenidos irlandeses sospechosos de pertenecer al IRA, en el otro. ¿Se me puede seguir por ahí, o ese camino es impracticable para un buen intelectual de hoy, para el humanismo de una izquierda bienpensante? ¿Me quedaré yo solo o acompañado de algunos poetas malditos, candidatos a la marginación y al desprecio? ¿En mis últimos días estaré, al fin, más solo que la luna, en mi gabinete de trabajo, sobre un fondo con las imágenes de Ernesto Che Guevara, Ho Chi Minh y Argala, a quien conocí y admiré personalmente, siendo yo mismo incapaz de matar un insecto? ¿Pero es que se puede ser otra cosa –desde el punto de vista ético– que un pacifista a ultranza? ¿Cómo es que resulta que yo mismo no lo soy, y que incluso hace muchos años pensé en lo que llamé “la metamorfosis de una pistola”, imaginando que un arma pasaba de las manos de un agente de una dictadura a las de un guerrillero, lo que hacía que la pistola, sin dejar de ser una pistola, se convirtiese en otra cosa: desde ser un aparato para la opresión a devenir un aparato para la liberación? 
Ahora recuerdo algo que me contó José Bergamín y que nunca he podido olvidar porque expresa un problema que personalmente me afecta. Era en Madrid, 1936, y por fin las organizaciones obreras habían conseguido que el Gobierno Republicano les procurara fusiles para la defensa de Madrid. En no recuerdo qué lugar se estaba procediendo al reparto de aquellas armas, y se había formado una cola para obtenerlas. Bergamín se puso a la cola; y resultó que, cuando estaba a punto de tocarle el turno, los fusiles se acabaron. Entonces Bergamín exclamó para su coleto: ¡Menos mal!, y al poco de hacer esa exclamación se avergonzó de haberla hecho, porque ello implicaba una falta de solidaridad con quienes iban a verse en la necesidad de derramar sangre humana. ¿Que maten ellos? ¿No era una vergüenza comportarse así? También recuerdo a este respecto de la violencia como un horror que en determinadas circunstancias puede parecer necesario el que fue famoso libro de Sören Kierkegaard Temor y temblor. El autor analizó en su libro el episodio de la Biblia en que el patriarca Abraham recibe la orden superior –¡y tan superior; nada menos que de Dios!– de matar a su hijo Isaac, de sacrificarlo como un cordero en el monte, y, desde luego, se dispone a hacerlo, siendo estimado por ello, y no a pesar de ello (dice Kierkegaard), un Caballero de la Fe. ¿Persona admirable o asesino frustrado? Kierkegaard, que vivió esta situación como una tragedia, aporta en su obra la idea de que, en determinadas circunstancias (por ejemplo, un mandato divino, pero también puede ser la liberación de un pueblo que sufre una opresión), se legitima lo que él da en llamar una suspensión teleológica de la moral. Que es como decir, al estilo de los viejos jesuitas, que “el fin justifica los medios”.  
No, yo no suscribiré esta justificación, pero tampoco me pondré en el bando de quienes, bienpensantes, reposan su cabeza sobre el lecho de una condena retórica. Estamos en el corazón de la tragedia y, para mal o para bien, este es mi oficio, que comencé a finales de los años cuarenta con un drama sobre el terrorismo, tema que nunca me ha abandonado desde entonces. En aquel drama, yo me hallaba más cerca de un humanismo navideño que de otro lugar, pues, si bien el precipitado ideológico del drama no era una “condena”, estaba, sin haber reflexionado aún sobre ello, en el oficio de Eurípides, que en lugar de condenar a Medea (¿habrá violencia más atroz y condenable que la de matar a sus propios hijos?) trataba de desentrañar los mecanismos psicológicos de su venganza, evocando una nostalgia cristiana: si los hombres “se amaran los unos a los otros” (Jesucristo) habrían desaparecido las raíces del terrorismo y, con ellas, el fenómeno de las bombas urbanas en las luchas revolucionarias y de las víctimas sangrientas.
Entonces no había leído otra obra sobre “el terrorismo”, que se escribió por aquellos mismos años, Los justos de Albert Camus; pero tampoco un drama que unos años antes había escrito Bertolt Brecht, durante la Guerra Civil Española, sobre una madre (recuerdo de La madre de Máximo Gorki) que, habiendo sufrido en la carne de sus seres amados los horrores de la guerra, y por ello pacifista a ultranza, esconde y oculta unos fusiles hasta que, a la muerte violenta del hijo que le queda, los entrega para que los combatientes los usen en la defensa de la República. Años después, yo mismo tomé este tema y lo trasladé al País Vasco durante la misma guerra –la del ‘36 al ‘39– con el título Las guitarras de la vieja Izaskun (guitarras=metralletas en el argot guerrillero). 
Durante la gran efusión revolucionaria que se produjo al triunfo de la Revolución Cubana, se llegó a los extremos –en el mundo intelectual de la izquierda entonces activa– de proponer que los escritores partidarios de la revolución sustituyeran la máquina de escribir por la metralleta, extrapolando una frase atribuida a Ernesto Che Guevara, que habría respondido a un escritor que le preguntaba qué podía él hacer por la revolución: “Yo era médico”. Por lo que a mí se refiere, recuerdo haber escrito una ponencia para el Congreso Cultural de La Habana en la que me planteaba este tema bajo el título: “¿Pluma o metralleta?”, y apostaba por la pluma desde luego, posición en la que me sentí acompañado por unos diplomáticos vietnamitas a quienes pregunté en Estocolmo qué hacían los artistas y los intelectuales en el Vietnam en lucha, bajo los bombardeos de napalm, y que me respondieron que los escritores... escribían, los pintores... pintaban y los maestros... enseñaban a los niños en las escuelas subterráneas, y que ese era el modo como cumplían con sus deberes revolucionarios en aquella atroz guerra de resistencia y de liberación. Por cierto que una buena parte de los intelectuales reunidos en La Habana, entusiastas de la metralleta, no sólo no la usaron nunca sino que abandonaron pronto sus entusiasmos por la Revolución Cubana. 
Insistiendo en la indeseabilidad radical de la violencia en sus diferentes despliegues y entidades –o sea, de las violencias–, nuestro punto de vista entonces y ahora establece que es preciso distinguir radicalmente dos grandes sectores en las violencias sociales y políticas –las violencias de los oprimidos y las de los opresores, o bien, los actos violentos de los pobres y los de los ricos, o bien, las guerras patrocinadas por el Poder y las guerras sediciosas o subversivas, etcétera–, y que todos los actos violentos no meramente “pasionales” (amor, celos...) –desde los atracos de bancos a las bombas “terroristas”– son síntomas que manifiestan profundos males sociales y que hunden sus raíces en situaciones de radical y lacerante injusticia, plano sobre el que habría que operar en la tarea de acabar con la violencia en el planeta Tierra, y no golpeando con furia ciega policíaca o militar sobre los síntomas, por medio tantas veces de procedimientos como la tortura que se practicaba y se sigue practicando en las siniestras oficinas del “orden público”, en las cloacas de los estados.
Sobre el tema de las condenas al terrorismo por parte no ya de políticos sino de intelectuales y artistas, algo he dicho en el trabajo sobre Los intelectuales y la Utopía, acudiendo a reclamarme como del “oficio de Eurípides”, o de la dramaturgia en general, que no es un oficio de condenas “al malo” sino de análisis y reflexión sobre los orígenes de los sufrimientos humanos. Para nosotros (los que efectivamente practicamos el oficio de Eurípides, y no pertenecemos a la policía ni a la judicatura), en general no hay el malo, aunque algún “malo” pueda haber, sobre todo en las malas películas y en los melodramas (buenos contra malos), e incluso los tiranos tienen en nuestros dramas la libertad de decir y de explicar todas sus razones.
Recuérdese como un buen ejemplo, casi arquetípico, la Antígona de Jean Anouilh, tragedia escrita y estrenada en París durante la ocupación nazi-alemana, y cómo se escuchaban en aquella obra las razones de Creonte, el tirano, contra Antígona, tan bien expresadas por el personaje que personifica el Poder que se podía llegar a pensar que el autor justificaba las razones de Alemania (Creonte) contra Francia (Antígona). Si nos desplazamos a la Revolución Francesa, podríamos echar un vistazo a las grandes obras que de ella se han ocupado (por ejemplo, desde La muerte de Danton, de Georg Büchner, a la obra maestra de Peter Weiss que es el Marat/Sade) y en ellas vemos y confirmamos que nuestro oficio no consiste en una condena a ultranza del Terror, ni siquiera del Terror en el Poder, como es en este caso, en la medida en que se trataba de una actividad pública, instalada en el poder político, y que se pretendía al servicio de una gran revolución justiciera, sino que nuestro propósito –el propio de los socios del “Club Eurípides”– es siempre el de analizar vía imaginante las condiciones que dan lugar, por ejemplo, a los horrores de la guillotina.
La tragedia es, entre otras muchas cosas, una apuesta contra todo maniqueísmo (buenos y malos). Pero también es preciso decir, siguiendo el mismo juego, que hay un momento en el que el oficio de Eurípides ha de ceder su lugar a otro en el que sea no sólo legítima sino deseable la condena de determinadas prácticas. En la siguiente edición de mi opúsculo creo que quedará claro ese momento que hay en nuestro oficio para la práctica de las condenas más severas de hechos sobre los que no es posible aplicar el equilibrio de las grandes tragedias, en las que una mujer puede degollar a sus pequeños hijos y ser sujeto no de una lapidación inmisericorde sino que se le puede ofrecer (así hizo Eurípides y antes otros tragediógrafos) una plataforma reivindicativa de la mujer desolada por la opresión masculina y cultural. ¿Cuáles serían esos hechos ante los que el mismo Eurípides alzaría su mano y condenaría sin dar lugar a la réplica –y mucho menos a la dúplica (que es el diálogo)– del otro? Se trataría de comportamientos determinados, cuya índole los haría rechazables en absoluto, y por tanto objeto de una condena irrenunciable desde un punto de vista ético. Para mí, a pesar de la gran complejidad de esta cuestión, hay ese tipo de hechos condenables preontológicamente, y ellos son los que constituyen la violencia que se ejerce hoy desde los poderes económicos, políticos y militares, en distintas maneras (desde la opresión y la explotación económica a la tortura policíaca; desde los embargos económicos a pequeños países hasta los grandes ataques militares); todo lo cual se está produciendo en el marco de la globalización capitalista, y que yo me atrevo a rechazar de modo incluso maniqueo, desde mi dudosa condición de comunista errático; mientras que la violencia de los oprimidos, incluso en sus expresiones más atroces, como los ataques del 11 de septiembre, me produce un gran temblor que me mueve a preguntarme: ¿Por qué? ¿Por qué?; y a considerar esa violencia como una materia trágica. Evidentemente hay algo que me aleja de la zona en la que se mueven los intelectuales y los artistas “bienpensantes”, y es mi diferenciación radical entre las violencias de Estado y las que ejercen –subversión, sedición, revuelta, revolución armada...– los condenados de la Tierra. ¡Yo no veo bien condenar a los condenados!
Pensándolo bien a pesar de todo, me doy cuenta de que yo no soy un buen oficiante de Eurípides, y que a veces se me cuela el melodrama –los buenos y los malos– en mis tragedias (en las de mi vida y en las que escribo), o en mi percepción de las tragedias ajenas (las que ocurren en la realidad y las que han escrito o escriben mis colegas dramaturgos).
No es así en algunas como la citada Medea de Eurípides, en la que me da casi tanta pena Jasón como Medea, y, desde luego, no condeno a ninguno de los dos, pues Jasón me parece un personaje muy humano a pesar de que se comporte como un cerdo a propósito de Medea, y en cuanto a Creonte, ¿qué podría hacer él sino lo que hace, condenar a Medea al destierro para evitar... lo que, al fin, resulta inevitable, y no porque Medea sea “mala” sino porque sufre más allá de lo posible por el abandono de Jasón?
Como espectador del teatro, entiendo como un test de mi propia condición humana –de lo que yo tengo y de lo que me falta de Eurípides– el hecho de que en Fuenteovejuna de Lope de Vega no me da ninguna pena sino que me alegra ver que los ciudadanos se rebelan, matan al comendador de mala forma y alzan su cabeza en una pica, y, sin embargo, condeno que aquellos ciudadanos sean sometidos a torturas para dilucidar lo que ha pasado. (¿Dónde se me quedó Eurípides?). Como autor, escribí con mucho gusto que Tell mata al Gobernador, y me quedé tan tranquilo, y en ningún momento del drama le dejé –al Gobernador– que expresara sus opiniones y defendiera sus puntos de vista (cosa que hizo y muy bien Eugenio d’Ors en su obra Guillermo Tell).
Este tema me ha puesto siempre en un trance mental muy complejo, en una situación “ardiente”, y así sigue siendo hoy. Pero la cosa para mí empezó cuando descubrí la existencia en Francia, durante la Segunda Guerra Mundial, de aquel movimiento de resistencia contra los nazi-alemanes. ¿Qué pensar de un acto en el que un resistente francés disparaba un tiro en la cabeza de un oficial alemán que pasaba por la calle? Pero aún más: ¿qué pensar de un grupo de la Resistencia que pone un explosivo en la vía del ferrocarril? ¿Condenarlo y renunciar a la lucha contra la ocupación alemana? ¿Aceptarlo y renunciar entonces a nuestro humanismo intelectual? ¿Y qué pensar de los franceses que decidieron practicar aquella lucha? El terrorismo fue el doloroso tema de una de mis primeras obras –Prólogo patético– y de otras posteriores, particularmente de la titulada Análisis de un comando, que parten sin duda alguna de una condena personal a los sistemas a cuya opresión se oponen los “terroristas”. En realidad –y ahora regreso a Eurípides y me reconcilio con él– no hay buenos y malos, y ni siquiera los torturadores policíacos son como los malos de las malas películas o de los buenos melodramas. Lo malo son los sistemas opresores; lo condenable son esos sistemas; y los verdugos son también víctimas de esos sistemas. Lo cual no quiere decir que propongamos enfangarnos en una especie de humanismo navideño. En resumen, creo que también los intelectuales “malos” estamos contra toda violencia, que nos parece siempre indeseable, pero no lo estamos de la misma manera cuando se trata de la violencia de los ricos contra los pobres que cuando se trata de la violencia de los pobres contra los ricos; o dicho de otros modos: la violencia de los estados opresores y la violencia revolucionaria.
Alguna vez dije que la tragedia era, en el teatro, una especie de investigación criminal, que partía de la pregunta: ¿Quién es culpable?, aunque ello me aproximara a una noción cuasi policíaca del drama, noción de la que sin embargo me apartaba un punto de vista filosófico: el rechazo del concepto del delincuente como el malo de la película. Más cerca me hallaba de Concepción Arenal y de su propuesta de odiar el delito y compadecer al delincuente. La indeseabilidad de toda violencia me hace moverme con pavor en el mundo de hoy, en el que veo que la generalización de la injusticia y el cierre de las vías que hicieran posible actuar por medios políticos contra ella hacen presumir la generalización así mismo de los “métodos terroristas” en este mundo. El llamado “nuevo orden”, posterior a la caída de la Unión Soviética y los regímenes del “socialismo real”, se nos presenta como un lúgubre anuncio de la extensión mundial de la violencia como único modo viable de protestar contra el hambre y de luchar por las libertades de los pueblos. Sin embargo, los movimientos que se iniciaron en las manifestaciones de Seattle son portadores de una esperanza nueva que acaso opere contra este vaticinio de una extensión mundial de las guerras de los pobres, que se llaman terrorismo, mientras, como he dicho otras veces (y también en el opúsculo que vengo citando), se llama guerra al terrorismo de los poderosos. Mientras tanto, yo me reservo el derecho de hacer mis distinciones en este tema, aunque ello me sitúe al margen de lo “políticamente correcto”.

"Según piensan los señores,
no tengo donde cogerme:
si a mí me matan es paz,
pero es guerra el defenderme"

(Alfonso Sastre - "Euskadi en guerra")