26 noviembre, 2012

Sociedad enferma.


Miquel Amorós.

Vivimos peligrosamente. El peligro forma parte del estilo de vida que nos ha sido impuesto, peligro en forma de accidente inesperado, enfermedad imprevista, envenenamiento larvado o muerte súbita, peligro ligado a las nuevas tecnologías y más concretamente, a las condiciones mórbidas de supervivencia en la fase tardía del capitalismo. A pesar de los supuestos adelantos de lo que llaman progreso, nunca antes la humanidad había vivido entre montañas de cemento y desperdicios, centrales nucleares, factorías químicas, productos transgénicos y contaminantes industriales. El resultado no es alentador: urbanización salvaje, destrucción del territorio, polución del aire, agua y suelo, alteraciones climáticas, agujero en la ozonosfera, ruido, soledad, confinamiento, sedentarismo, acondicionadores de aire, alimentación industrial…, todo lo cual determina unas condiciones extremas no sólo óptimas a la proliferación de enfermedades relacionadas con el deterioro del sistema inmunológico, sino para el surgimiento de nuevas y mortíferas epidemias ligadas a la expansión letal de virus antaño benignos, o simplemente al envenenamiento y la atrogenia. Para los dirigentes es el precio que la población ha de pagar por disfrutar del desarrollismo tecnoeconómico. De hecho, es la condición esencial del proceso de producción capitalista, que a su vez es un proceso de destrucción de vida. Las enfermedades se acumulan con el capital y su gestión es parte fundamental del sistema.

El número de desperfectos y la profundidad del desastre son la causa de que la situación sea en muchos aspectos irreversible. Las fuerzas productivas son fuerzas eminentemente destructivas y su incesante desarrollo no hace sino multiplicar sus efectos catastróficos. Hemos pasado el umbral. Esa sensación de caos y de no retorno está en la base del disgusto por la vida que resienten muchos humanos y que se traduce en adicciones, toxicomanías, ansiedad, depresiones, hipertensión y suicidios. La conciencia sometida a la atomización se halla tan contaminada por los valores capitalistas transmitidos sin réplica posible por los medios, que la miseria se apodera tanto de las mentes como de los cuerpos. La solución se ofrece en el marco del sistema que provoca la miseria, con arropamiento de sicofármacos. Así que cada nueva generación de ansiolíticos lo legitima y refuerza, mientras que la salud mental no hace sino agravarse. La desaparición de la conciencia social es el resultado más terrible de la sociedad enferma. Significa que los seres humanos carecen de mecanismos síquicos eficaces para proteger su individualidad de las agresiones repetidas por parte del entorno capitalista, cada vez más hostil, no teniendo más salida que el embrutecimiento o la enfermedad. El muy extendido consumismo compulsivo de medicamentos sería su forma primaria. Un proceso paralelo ocurre con los mecanismos de defensa físicos, igualmente precarios por la nocividad del ambiente y las dietas perniciosas, que al sumarse a los síquicos, dan como resultado las complicaciones cardiovasculares, causa de la tercera parte de los óbitos, las inmunodeficiencias, la diabetes, el asma, el envejecimiento de los pulmones, la mayoría de los cánceres y las enfermedades nuevas de difícil etiología bautizadas como “síndromes”. La contaminación causa diez veces más muertes que los accidentes de tráfico.

El cáncer es una metáfora del capital, que se aferra al tejido social y se acumula sin cesar hasta provocar la muerte de la sociedad paciente. Es la enfermedad característica de la sociedad industrializada; uno de cada tres humanos terminará sufriéndola, y, a pesar del capital invertido en su estudio, su progresión es imparable incuso entre los jóvenes. Cualquiera ligeramente informado podría señalar sus causas medioambientales, a saber, las radiaciones nucleares y electromágnéticas, las sustancias químicas presentes en nuestros alimentos o que contaminan nuestro entorno y los trastornos síquicos. Si bien la vida en torno a las centrales nucleares multiplica el riesgo de cáncer por más de diez, no olvidemos la relación de los tumores cerebrales o las leucemias y las antenas de radar, televisión o telefonía, o la relación del cáncer de piel con el agujero de la capa de ozono. No hay que ser un lince para saber que vivir cerca de zonas industriales entraña riesgos reales de anomalías genéticas y linfomas. A fuerza de algo tan corriente como circular por las urbes metropolitanas contaminadas (todas lo están) acarrea más cáncer de pulmón que el tabaquismo. Se desconocen los efectos sobre la salud de los miles de compuestos con que la industria química y farmacológica nos obsequia cada año, pero sí sabemos que los numerosos pesticidas, plásticos, carburantes, fármacos, aditivos y conservantes alimentarios son cancerígenos. Y que los hallamos por todas partes: en los juguetes, comida, cerámica, envases, material eléctrico, aislantes, cosmética, textiles, ordenadores, CDs, etc. Algunos también son disruptores hormonales, alergénicos o inmunodepresores. Otros son sencillamente venenos, susceptibles de uso militar, responsables de síndromes como el del “aceite tóxico” (un pesticida organofosforado) o de la mortandad de abejas (un neurotóxico). Finalmente, ciertos caracteres maniaco depresivos, obsesivos, ultracompetitivos o reprimidos son propensos a desarrollar una enfermedad tumoral. Se trata de formas de degradación de la personalidad fomentadas por las condiciones síquicas imperantes que alientan el olvido de sí. Aparte esto último, la industria química y nuclear es la principal responsable de los estragos en los mecanismos de protección inmunológicos. Está íntimamente imbricada con la alimentación industrial, la concentración poblacional en conurbaciones, la producción de energía, la fabricación de medicamentos, el sistema de trabajo asalariado y el modo de vida consumista. No puede alterarse sin afectar a todo el edificio, todo el sistema dominante. Por ejemplo, las destrucciones territoriales por deforestación o urbanización, obligan al aumento de monocultivos, con su añadido de pesticidas y abonos sintéticos, al desarrollo de los transgénicos y al despilfarro energético, con su secuela de contaminación, desaparición de culturas tradicionales, vertido de gases con efecto invernadero, promiscuidad y enfermedades infecciosas. La economía reacciona siempre en el mismo sentido, agravando sus efectos nocivos. La expansión urbana genera aumentos en la movilidad y por consiguiente, un alza en la demanda de combustibles causa de una subida de precios del petróleo, la cual justifica la construcción de nuevas centrales nucleares. Las estabulaciones masivas, el calentamiento global y los alimentos aberrantes facilitan la extensión de enfermedades en los animales (peste porcina, lengua azul) y su paso a los humanos (la gripe aviar, la encefalopatía espongiforme bovina), lo que desencadena el pánico y a su vez estimula la industria farmacéutica, que vende sus nuevas recetas a los programas preventivos de los Estados y crea nuevos puestos de trabajo. La producción superlativa de basuras llena la geografía de puntos negros de alta toxicidad pero también genera una poderosa industria del reciclado, eliminación y gestión de deshechos, cuyas plantas de tratamiento, vertederos e incineradoras siguen contaminando (particularmente con dioxinas) y alimentando lluvias ácidas, aunque dentro de unos límites “de seguridad” admisibles por los intereses económicos en juego, a fijar en un Plan Nacional de Residuos; caso contrario la basura se exporta a países empobrecidos. Y así sucesivamente.

La sociedad está enferma de capitalismo y cualquier curación pasa por la erradicación de éste. Para combatir la enfermedad no basta con disimular los síntomas. Ese ha sido el fallo del ecologismo. La cuestión consiste en construir comunidades, o sea, grupos sociales sin relaciones mercantiles. Dichas comunidades han de ser autosuficientes, es decir, han de funcionar fuera del mercado, permitiendo en cierto grado la satisfacción directa de necesidades reales y resistiendo a la manipulación de los deseos. Pero no basta con eso, es sólo el punto de partida, el terreno donde han de apoyarse y curarse las nuevas clases peligrosas nacidas de la quiebra de la sociedad capitalista, las que han de suprimir el mercado y el Estado. Salir afuera para luchar adentro. Esa podría ser la consigna.

Miguel Amorós Para la publicación RENDEREN, 16-XI-2008

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