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21 julio, 2018

Hasta qué punto la patriotería es una fuerza irracional - Neorrabioso





Hasta qué punto la patriotería es una fuerza irracional negativa se demuestra en que en este Mundial, una vez eliminada España, la prensa patria se está volviendo a favor de Bélgica, cuyo seleccionado está dirigido por el ilerdense Roberto Martínez. Pero sucede que Bélgica es, a su vez, el país que acogió a Puigdemont, el demonio de la antiEspaña, detalle que a los diarios deportivos les conviene soslayar en este caso. Tenemos, por tanto, a los diarios patriotas de información general arremetiendo contra Bélgica por dar aire al separatismo, y a la vez tenemos a los diarios patriotas de información deportiva apoyando a la selección de Bélgica porque la conduce un español. De este tipo de contradicciones los patriotismos están llenos y se puede decir que hasta consisten en ellas: recuerdo cuánto me sorprendía de pequeño que en mi libro de historia, en la página izquierda, se me contara con tintes dramáticos el arrasamiento de Numancia y el asesinato-traición a Viriato, víctimas de unas gentes tan malas-malísimas como los romanos, pero cómo, en la página derecha, solo unas líneas después, se celebraba que Séneca, Marcial, Quintiliano, Lucano, Adriano, Trajano o Teodosio fueran españoles (aquellos de españoles no tenían nada, como tampoco lo eran Viriato ni los numantinos, pero cada vez que un patriota se pone a escribir historia, te pinta de rojigualdo hasta las hachas de sílex). O sea que, sin tiempo para odiar a los romanos por sus fechorías, jajajaja, ¡los romanos ya éramos nosotros, y por tanto éramos los buenos, como siempre hemos sido nosotros! Unas páginas después, sucede que llegan otros malhechores, los bárbaros, que acaban con nuestra civilización hispanorromana, pero aquí sucede otro tanto: resulta que uno de esos rufianes, Recaredo, se convierte al cristianismo, ¡y automáticamente los bárbaros pasan a ser buenos y ahora ya no se llaman bárbaros, sino visigodos! ¡Ya semos visigodos y por tanto gentes excelentes! ¡Qué divertida es la historia y el deporte cuando están contadas por patriotas que pueden prescindir de la verdad y la decencia!


Lo que me subleva de las entrevistas que se hacen a los inmigrantes para probar su arraigo en España cuando quieren obtener la nacionalidad, es que se les examina sobre algo que es imposible: no existe el arraigo a España, como tampoco existe el arraigo a Euskadi o a Catalunya, porque son territorios demasiado grandes para vivir y conocerlos con un mínimo de precisión. ¡Decir que tienes arraigo en España es como decir que tienes arraigo en la Vía Láctea! ¡Personas que han arraigado en el barrio madrileño de Chamberí quizá no duraran un minuto en una zona rural de Extremadura! El amor a un país que sea más grande que San Marino es un amor simbólico, algo que nos enseñan desde pequeños y que lo llevamos dentro sin hacernos preguntas. En el momento en que un inmigrante consigue trabajo, grupo de amigos o relaciones sociales satisfactorias, ya ha arraigado, nada más que eso es el arraigo: consiste en estar a gusto durante varios años en los dos kilómetros cuadrados donde haces tu vida. No te hace falta para nada saber quiénes son Rafael Alberti, Rocío Jurado o Pau Gasol, ni cuándo caen los San Isidros, ni saber de la paella valenciana, el flamenco o las guerras carlistas. Por otra parte, los mayores patriotas vascos que conocí cuando vivía en Vizcaya eran igual de analfabetos que los patriotas españoles de Madrid: la mayoría de ellos habría suspendido un examen sobre la historia o cultura del país al que tanto presumen de amar. ¡Anda que cuántos españoles no perderían su nacionalidad si se operara con ellos como la Audiencia Nacional, que se la denegó este año a un marroquí de Zaragoza, 17 años trabajando en esa ciudad, por las razones de que “no conoce la cultura, la organización territorial, la geografía, las instituciones y los deportes de España”!


Es aterrador, al leer los comentarios de estos vídeos de Youtube, la cantidad de gente que se queja de que se presente a Julio César como un genocida. ¡El daño que hace la mitomanía! No les importa que Julio César matara a un millón de galos y esclavizara a otro millón (entre un total de seis millones), o que dejara morir de inanición a 40.000 mujeres y niños, o que fuera habitual que cortara las manos a los adversarios para darles un escarmiento: todo lo justifican, como siempre, con el socorrido en-aquella-época-todos-eran-así. Jamás podré entender por qué extraña avería de la mente una persona del siglo XXI puede admirar más a Julio César que a Propercio, a Alejandro Magno más que a Diógenes, a Bonaparte más que a Champollion, y lo mismo me ocurre con las admiraciones de algunos miembros de las artes o el pensamiento. Sabido es que Julio César fue admirado por gente de la ralea de Carlos V, Hitler o Mussolini; más incomprensible me parece que fuera admirado por Dante, Nietzsche u Ortega y Gasset.


Afirman las ramas centrales de la filosofía que quienes no saben controlar sus pasiones son seres débiles, pero la verdad es justo la contraria: a) que solo controlan sus pasiones quienes carecen de ellas, b) que la pasión es síntoma de energía, y c) que el apasionado siempre ha sido perseguido porque es una persona creadora y cambiante, con una sobrevida que puede volverse peligrosa, pues amenaza con desordenar los rebaños.