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26 octubre, 2020
21 julio, 2018
Hasta qué punto la patriotería es una fuerza irracional - Neorrabioso
Hasta qué punto la patriotería es
una fuerza irracional negativa se demuestra en que en este Mundial,
una vez eliminada España, la prensa patria se está volviendo a
favor de Bélgica, cuyo seleccionado está dirigido por el ilerdense
Roberto Martínez. Pero sucede que Bélgica es, a su vez, el país
que acogió a Puigdemont, el demonio de la antiEspaña, detalle que a
los diarios deportivos les conviene soslayar en este caso. Tenemos,
por tanto, a los diarios patriotas de información general
arremetiendo contra Bélgica por dar aire al separatismo, y a la vez
tenemos a los diarios patriotas de información deportiva apoyando a
la selección de Bélgica porque la conduce un español. De este tipo
de contradicciones los patriotismos están llenos y se puede decir
que hasta consisten en ellas: recuerdo cuánto me sorprendía de
pequeño que en mi libro de historia, en la página izquierda, se me
contara con tintes dramáticos el arrasamiento de Numancia y el
asesinato-traición a Viriato, víctimas de unas gentes tan
malas-malísimas como los romanos, pero cómo, en la página derecha,
solo unas líneas después, se celebraba que Séneca, Marcial,
Quintiliano, Lucano, Adriano, Trajano o Teodosio fueran españoles
(aquellos de españoles no tenían nada, como tampoco lo eran Viriato
ni los numantinos, pero cada vez que un patriota se pone a escribir
historia, te pinta de rojigualdo hasta las hachas de sílex). O sea
que, sin tiempo para odiar a los romanos por sus fechorías,
jajajaja, ¡los romanos ya éramos nosotros, y por tanto éramos los
buenos, como siempre hemos sido nosotros! Unas páginas después,
sucede que llegan otros malhechores, los bárbaros, que acaban con
nuestra civilización hispanorromana, pero aquí sucede otro tanto:
resulta que uno de esos rufianes, Recaredo, se convierte al
cristianismo, ¡y automáticamente los bárbaros pasan a ser buenos y
ahora ya no se llaman bárbaros, sino visigodos! ¡Ya semos visigodos
y por tanto gentes excelentes! ¡Qué divertida es la historia y el
deporte cuando están contadas por patriotas que pueden prescindir de
la verdad y la decencia!
●
Lo que me subleva de las entrevistas
que se hacen a los inmigrantes para probar su arraigo en España
cuando quieren obtener la nacionalidad, es que se les examina sobre
algo que es imposible: no existe el arraigo a España, como tampoco
existe el arraigo a Euskadi o a Catalunya, porque son territorios
demasiado grandes para vivir y conocerlos con un mínimo de
precisión. ¡Decir que tienes arraigo en España es como decir que
tienes arraigo en la Vía Láctea! ¡Personas que han arraigado en el
barrio madrileño de Chamberí quizá no duraran un minuto en una
zona rural de Extremadura! El amor a un país que sea más grande que
San Marino es un amor simbólico, algo que nos enseñan desde
pequeños y que lo llevamos dentro sin hacernos preguntas. En el
momento en que un inmigrante consigue trabajo, grupo de amigos o
relaciones sociales satisfactorias, ya ha arraigado, nada más que
eso es el arraigo: consiste en estar a gusto durante varios años en
los dos kilómetros cuadrados donde haces tu vida. No te hace falta
para nada saber quiénes son Rafael Alberti, Rocío Jurado o Pau
Gasol, ni cuándo caen los San Isidros, ni saber de la paella
valenciana, el flamenco o las guerras carlistas. Por otra parte, los
mayores patriotas vascos que conocí cuando vivía en Vizcaya eran
igual de analfabetos que los patriotas españoles de Madrid: la
mayoría de ellos habría suspendido un examen sobre la historia o
cultura del país al que tanto presumen de amar. ¡Anda que cuántos
españoles no perderían su nacionalidad si se operara con ellos como
la Audiencia Nacional, que se la denegó este año a un marroquí de
Zaragoza, 17 años trabajando en esa ciudad, por las razones de que
“no conoce la cultura, la organización territorial, la geografía,
las instituciones y los deportes de España”!
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Es aterrador, al leer los comentarios
de estos vídeos de Youtube, la cantidad de gente que se queja de que
se presente a Julio César como un genocida. ¡El daño que hace la
mitomanía! No les importa que Julio César matara a un millón de
galos y esclavizara a otro millón (entre un total de seis millones),
o que dejara morir de inanición a 40.000 mujeres y niños, o que
fuera habitual que cortara las manos a los adversarios para darles un
escarmiento: todo lo justifican, como siempre, con el socorrido
en-aquella-época-todos-eran-así. Jamás podré entender por qué
extraña avería de la mente una persona del siglo XXI puede admirar
más a Julio César que a Propercio, a Alejandro Magno más que a
Diógenes, a Bonaparte más que a Champollion, y lo mismo me ocurre
con las admiraciones de algunos miembros de las artes o el
pensamiento. Sabido es que Julio César fue admirado por gente de la
ralea de Carlos V, Hitler o Mussolini; más incomprensible me parece
que fuera admirado por Dante, Nietzsche u Ortega y Gasset.
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Afirman las ramas centrales de la
filosofía que quienes no saben controlar sus pasiones son seres
débiles, pero la verdad es justo la contraria: a) que solo controlan
sus pasiones quienes carecen de ellas, b) que la pasión es síntoma
de energía, y c) que el apasionado siempre ha sido perseguido porque
es una persona creadora y cambiante, con una sobrevida que puede
volverse peligrosa, pues amenaza con desordenar los rebaños.
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