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11 febrero, 2015

Encuentro con Miguel Amorós: cómo desmantelar la industria.

12, noviembre 2014
http://www.revistahincapie.com/?p=6599
Miquel Amorós es un joven crítico que acaba de jubilarse. Joven, porque su crítica anti desarrollista crece y crece en las jubiladas ciudades. Este historiador, teórico y militante, coetáneo de Guy Debord, partícipe en las luchas autónomas de los 70, ha impregnado a su obra un carácter continuo de denuncia de la vida administrada, la búsqueda de espacios de autonomía colectiva y un cuestionamiento del progreso alienante y depredador. Jóvenes generaciones han recuperado su testimonio crítico. No son en esencia los males que en nuestra post industrial urbe vivimos diferentes de los que otras generaciones enfrentaron cuatro décadas atrás. Charlamos con Amorós en la urbe –antaño pueblo– de Castro, Cantabria, donde ha dado conferencias, aquí –organizada por la combativa asociación cultural Roberto El Pirata– y en Santander sobre el desarrollismo urbano.



REVISTA HINCAPIE: Miguel, tu charla en Castro versaba sobre qué es hoy el discurso anti desarrollista. ¿Qué es hoy el discurso anti desarrollista?

MIGUEL AMOROS: Las ciudades se han convertido en conurbaciones. Las urbes cortan el territorio, lo fragmentan. Santander, por ejemplo, se ha expandido hasta otros pueblos, Castro está condicionada en su estética por la impersonalidad urbanística de Bilbao que está a pocos kilómetros. En las conurbaciones, las ciudades se disuelven, perdiendo su identidad. Se orientan principalmente al turismo, esto es, la actividad característica de la sociedad de masas. Hoy se está dando un cambio hacia la gestión optimizada de la conurbación. Santander era una ciudad burguesa que ahora está orientada al turismo asistido por las nuevas tecnologías. La conurbación se gestiona como una empresa. La crítica antidesarrollista hace de puente entre tendencias del pasado: coge de Marx, de Bakunin, de Adorno, de Bataille, de Mumford… Integra críticas, salva las lagunas que separadas tenían esas tendencias. Sin olvidar el precedente de Lemoniz, se puede decir que la primera crítica práctica antidesarrollista se da en los años 90 en Euskal Herria, durante la lucha contra la construcción de la autopista de Leizaran. Entonces se vivía como se trabajaba: de manera industrial. En el círculo formado alrededor de la revista EdN hablábamos de luchar contra la nocividad que suponía convertir el territorio en capital. El territorio comenzaba a ser explotado como fuente de energía, con la instalación de centrales nucleares, renovables, fotovoltaicas, –estas últimas son una tapadera para justificar la primera–, y agredido por urbanizaciones incontroladas. En los debates actuales tratamos de revisitar el pasado agrario y las revueltas campesinas, recordando el momento de la desconexión del campo con las ciudades. El campo no ha sido el mundo de paletos que la burguesía ha pretendido ofrecer, sino un mundo autónomo, rico en saberes, en relaciones sociales que no tenemos en la actualidad. Fue el jardín y la despensa de la ciudad. Si se arruinara el capitalismo del que dependemos tanto, no seríamos capaces de empezar de cero, porque ignoramos lo básico para sobrevivir.

R.H: Hay un discurso bien pensante de cierta izquierda que habla de decrecimiento.

M.A: El decrecimiento, que nació de la universidad, es una fusión arbitraria de análisis diversos y adolece de enfoque histórico. De tales teorías no se desprende una práctica coherente. Los decrecentistas piensan en el Estado. Serge Latouche, que es su máximo representante, no quiere traumas; tiene pánico a las revueltas. El suyo es el miedo de la clase media asalariada que sustituyó al proletariado. Por eso su alternativa se basa en recetas. Yo defiendo algo más antagonista, más combativo y realista.

R.H: ¿Es preciso seguir ahondando en la búsqueda de autonomía, al margen de organizaciones partidistas, sindicales o estatales?

M.A: Es preciso. Lo que me parece claro es que el discurso antidesarrollista tiene que pasar a plantearse metas más ambiciosas. Dar cabida a soluciones prácticas que acompañen a los procesos de lucha. La gente se lo está demandando ya espontáneamente. La crisis no ha hecho más que empezar y las alternativas que se plantean al orden parten del mismo orden. Yo apostaría por resultados en el medio plazo.

R.H: ¿Se están abriendo nuevos caminos en las luchas respecto a los que se daban en los 70?

M.A: Son diferentes luchas. Digamos que hay una nueva historia de luchas: contra el fracking, por ejemplo, contra la red de alta tensión, contra el TAV… Todas estas luchas reivindican un nuevo modo de vida. Esta contradicción no la supo ver el movimiento de protesta clásico, anclado en el obrerismo. Fijémonos: esta sociedad no se puede socializar, los medios de producción de nuestra sociedad no son aprovechables. ¿Para qué sirven todos los grandes bloques construidos, las fábricas de coches, o de armas, o de refrescos, la agricultura industrial, las autopistas, etc.?. Lo que plantea la crítica antidesarrollista no es cómo gestionar esto sino cómo desmantelarlo.

R.H: ¿Crees que asistimos al colapso del capitalismo?

M.A: Asistimos a una especie de refuerzo del Estado. El Mercado financiero falló y al final ha sido el Estado quien ha salvado a los mercados. Servirá para frenar también los estallidos sociales, como esta pasando en El Magreb, en Egipto, Turquía, o pasó en los suburbios franceses o americanos.

H.P: Los gestores de la vida administrada: políticos, burócratas, sindicalistas parecen pasar por sus horas más bajas.

M.A: Son igual de corruptos que hace 20 años. Es su modo de vida; la capacidad de manejar unilateral y opacamente dinero y tomar decisiones que favorecen intereses privados permite un enriquecimiento rápido. La existencia de una clase mayoritaria conformista favoreció esto. No consideró algo importante la corrupción: lo veía como un sobresueldo de la clase política en la que abdicaba los asuntos públicos. Mientras nada le pasaba a la masa resignada e inmersa en su vida privada, nada pasó. Al verse afectada por la crisis, no acuerda cambiar de modo de vida y tomar en mano sus asuntos, sino que sigue deseando que sean otros los que le saquen de su mala situación. Los movimientos ciudadanistas reclaman esto: el cambio de unos políticos por otros, no un cambio de sistema. Bildu, Podemos, Guayem recogen, de ese empuje, esa misma reivindicación.

H.P: ¿Qué papel juega la cultura en el cambio social?

M.A: Una contestación en pos de una nueva sociedad genera unos valores que son un cambio, aunque ya se hayan dado anteriormente en otras épocas históricas. Por ejemplo, la solidaridad el apoyo mutuo, valores que provienen del anarquismo, que a su vez encontramos en la época gremial.

R.H: No crees que la irrupción de editoriales como Pepitas de calabaza, errata, Melusina, Capitán Swing u otras significa que hay un renacimiento?

M.A: Yo no incluiría a Melusina en la lista, una editorial que explota el filón moderno, sin saber muy bien lo que hace. Y yo añadiría a Virus, un ejemplo de proyecto que lleva más de 20 años de existencia; Ediciones El Salmón, La Felguera, Hoja de lata, Brulot, que es la que edita la revista Raíces, Muturreko… Sí, es cierto que hay un alto nivel editorial, al menos bastante más alto del que hay en Europa.

R.H. ¿Compartes que Debord y Vaneigem son polos opuestos dentro del situacionismo?

M.A: En absoluto. Los situacionistas pudieron aportar una síntesis de todo lo anterior a ellos, cosa que no hicieron los surrealistas, y así estimularon la intervención política. El 68 fue su éxito y a la vez su canto de cisne. Siempre he estado más por Debord que por Vaneigem. La diferencia entre ellos es que Debord era un artista y Vaneigem un escritor. Debord adivinó luego la revolución portuguesa y la inflexión terrorista del capitalismo en Italia. Su vida se parecía a una partida de ajedrez contra el capitalismo; para el propio Debord, las personas eran sus propios peones en esa guerra, que usaba y tiraba a su antojo. Por contra Veneigem era más nietzcheniano, poco dado a la acción, muy buena persona, fraseador y retórico. Debord dijo malévolamente que escribió el prólogo de una vida que no vivió. Desde su gran Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones, se ha repetido una y otra vez. No ha dejado nunca de escribir el mismo libro.

R.H: ¿Qué proyectos tienes en la actualidad?

M.A: Acabamos de publicar el nº 5 de la revista Argelaga, que comienza a considerarse un referente en el pensamiento antidesarrollista. Estoy también en la edición de un libro sobre el grupo ácrata de Madrid en la universidad madrileña de mediados de los 60, lo que podríamos llamar el 68 español. De aquí a poco deberían salir la biografía de otros nueve miembros de Los Amigos de Durruti y una ampliación de Durruti en el laberinto.

R.H: Háblanos de ese grupo ácrata del que estás escribiendo. ¿Te refieres a Agustín García Calvo?

M.A: Sí, el grupo se inspiró en él, aunque no participó en sus acciones. Los ácratas reventaron el proceso de renovación de las élites que pretendía acometer el franquismo desde la universidad, creando estructuras seudodemocráticas. El PCE pretendía algo parecido mediante la alianza con los “sectores progresistas” de la Dictadura. Si no hubo un mayo del 68 en la universidad es porque los católicos y comunistas lo evitaron con su control. Sin embargo hubo mucho movimiento no controlado. El primer estado de excepción franquista es a causa de revueltas en la universidad. El grupo ácrata en Madrid practicó y perfeccionó el enfrentamiento con la policía en el campus y llegó a hacer juicios públicos a fascistas parapoliciales. Tuvo una gran actividad, truncada por sucesivas detenciones. Sus miembros siguieron dando guerra en los motines carcelarios y en las protestas parisinas post mayo.

R.H: ¿El último libro que hayas leído?

M.A: Pues uno sobre los Rolling Stones, de Stanley Booth.

R.H: ¿Qué autores crees que aún no han sido editados en castellano?

M.A: Diría que Mumford, a pesar de que se están publicando algunas cosas de él, hay para mucho más. Gunther Anders, Jacques Ellul, Clausewitz, Dwight Mac Donald, Siegfried Kracauer…

05 septiembre, 2014

¿Es posible romper con el capitalismo desde la ciudad?


Cuestionario para la charla del 26 de abril de 2014 en la librería Eleutheria, de Madrid.

En el contexto de crisis ecológica, económica, política y social, los ataques contra el territorio se acentúan ¿Cómo impedir la destrucción del territorio desde la ciudad? 

Ciudad no es el nombre correcto para llamar a las aglomeraciones urbanas actuales, esclavas de los vehículos, sin límites, sin unidad y sin proyecto común. Es más propio el término de conurbación. Las movilizaciones en defensa del territorio pueden originarse en ella, pues la conurbación no deja de ser parte del territorio, aunque sea parte destruida. La defensa del territorio es también una defensa de la ciudad en el verdadero sentido de la palabra, al menos tanto como la defensa de la ciudad es en buena parte desurbanización. Por otro lado, la mercantilización completa del territorio, arruina lo que podía quedar de libre y gratuito en el modo de vida rural, que queda totalmente convertido en un modo de vida suburbano. Desde el lado creativo, se puede combatir perfectamente la destrucción territorial desde las barriadas urbanas estableciendo puentes con el campo, bien para instalarse allí, bien para llevarlo a la conurbación. No es necesario extenderse sobre los grupos de consumo y los huertos urbanos. Desde el lado de la resistencia, dado que el campo se halla casi despoblado, los contingentes necesarios para oponerse a los ataques han de venir forzosamente de las conurbaciones. Resumiendo: tanto en el campo como en la conurbación hay que impulsar modos de vida no capitalistas, es decir, todo lo que se pueda al margen de la economía y del Estado, al tiempo que se organiza la resistencia contra las constantes agresiones territoriales.

¿Es compatible esta oposición con el modo de vida urbano actual?

Es evidente que existe una enorme oposición entre el espacio tal como lo conforma la mercancía, y tal como sería si albergara una humanidad liberada. Lo mismo sucede con el tiempo. La forma de vivir que impone el capitalismo, pagando y cobrando por todo, es absolutamente incompatible con un modo de vida biológica y culturalmente equilibrado, solidario y libre.

¿Cómo sería la defensa del territorio desde la ciudad? La defensa de los barrios, ¿sería un buen punto de partida para defender la tierra? 

La decisión de combatir, tanto dentro como fuera de la conurbación, resulta de la toma de conciencia del conflicto real que han provocado las contradicciones del sistema de dominación, las cuales son bien visibles en la destrucción del territorio y en la exclusión social. La contradicción principal, que le viene de fuera, es la que existe entre unas necesidades ilimitadas debidas al crecimiento y unos recursos muy limitados que la tecnología no puede prolongar. En contrapartida, la mayor contradicción interna reside en la misma producción capitalista, cuando el precio del trabajo, siempre a la baja, y el estallido de las burbujas crediticias, no permiten alcanzar la cota de consumo necesaria para obtener suficientes beneficios. O dicho de otro modo, cuando la extracción de plusvalía no basta para asegurar la reproducción ampliada de capitales. La lucha social desde las barriadas está adoptando un doble aspecto; por una parte, la creación de circuitos de abastecimiento, transporte y formación al margen de la economía y del Estado; por la otra, la puesta en marcha de medios de autoorganización y autodefensa como las asambleas de barrio, las comisiones y los piquetes. Son indicadores de la descolonización de la vida cotidiana y la desestatización de la vida pública. 

Qué hacer con el concepto de clase en el marco de la defensa del territorio. ¿Existe la clase obrera? ¿Hay lucha de clases? 

El capitalismo, al apoderarse de toda la sociedad y extenderse por ella a todos los niveles, genera constantes antagonismos y estos son fuente de conflictos. La sociedad capitalista se halla dividida. Cuando un fragmento o parte es consciente de sí misma, de su fuerza y de sus posibilidades, forma una clase. Las clases no son factores sociales estables; evolucionan y se transforman de acuerdo con el resultado cambiante de las alianzas y los enfrentamientos entre sí. Son productos históricos. Desde que un poder separado llega a constituirse, hay una clase dominante y una población dominada. Que esta llegue a formar una clase para sí depende de la conciencia que pueda nacer de su resistencia a la dominación y de sus intentos por liberarse de ella. En las actuales condiciones de producción y consumo, los trabajadores no forman una clase. No quieren salirse del sistema; solamente aspiran a prosperar dentro de él. No son capaces de la menor autonomía; siempre actúan a través de mediadores. Eso es así porque el conflicto laboral no trasciende al capitalismo, no plantea su superación, sino que se mantiene siempre en su terreno: el trabajo nunca ha sido sino la otra cara del capital. La lucha por los salarios o el empleo ignora expresamente la naturaleza del trabajo y sus consecuencias. Ejemplos recientes: los mineros nunca se han planteado el impacto en el medio ambiente de las actividades extractivas; los obreros que fabrican automóviles o refrescos, o los que construyen autopistas o centrales nucleares, no se cuestionan jamás la finalidad de lo que están haciendo. No se preguntan por la utilidad social del trabajo, y mucho menos persiguen su abolición como mercancía: sencillamente desean su conservación y una mejor remuneración. Lo que realmente quieren es mantener el acceso a las mercancías, no desertar de su mundo; llevar un modo de vida consumista que han interiorizado, no desprenderse de él. La mercancía es la vida cuando la vida no es más que mercancía. Cuando cualquier otra cosa no cuenta, el acceso seguro al mercado lo es todo. Esas luchas pues, no disuelven las condiciones presentes, porque nada tienen que ver con la lucha de clases. Cuando el imperio de la mercancía es total, la clase antagónica, verdaderamente anticapitalista, no puede forjarse desde dentro, desde el trabajo, sino desde fuera, desde el vivir. En el combate por el ágora, por la justicia social; en la agroecología, en la defensa del territorio. Allí es donde mejor puede desprenderse el trabajador de la alienación que le coloca fuera de sí. Por encima de cualquier estatuto del trabajo está la constitución de la libertad. 

Si hay un éxodo urbano hacia el campo, ¿cómo sería esa transición poblacional, si fuera insostenible vivir en la ciudad? ¿Cómo afectaría al campo, a lo rural? 

La imposibilidad de supervivencia en las conurbaciones empujaría la población al campo sin duda, pero los efectos sobre el territorio dependerían de cómo se realizara el proceso. Si fuera de manera consciente, la ruralización no sería traumática ni desastrosa. Daría lugar a comunidades vecinales. Si se lleva a cabo inconscientemente, por el mordisco del hambre, la ruralización será desordenada y depredadora, ocasionando caos y violencia, pues dominarían las bandas de desesperados y las mafias. Dará lugar a miniestados militaristas. Que la humanidad del fin de la civilización transcurra por vías populistas y fascistas, o al contrario, escoja los caminos de la emancipación, no dependerá más que del desenlace de un proceso de luchas sociales más intenso que todos los del pasado. 

¿Cómo serían las alianzas entre las luchas en teoría cada vez más numerosas en defensa del territorio y otras luchas más tradicionales? 

Las luchas de tipo laboral, contra los recortes en sanidad, contra los desahucios o contra el encarecimiento del transporte público o de la electricidad, son legítimas y necesarias, pues para quien ha quedado atrapado en la sociedad de mercado la supervivencia es lo primero. Pero sólo la defensa del territorio puede darles perspectivas anticapitalistas y catalizar la formación de comunidades. La conexión de unas luchas con otras no es fácil, porque la integración que domina en unas y la segregación que debería hacerlo en otras, son fenómenos opuestos. Además, casi siempre la defensa del territorio discurre por cauces ciudadanistas, que aíslan los problemas y tratan de compatibilizarlos con el progreso capitalista. Es algo muy evidente en los conflictos “nimby” (no en mi casa, pero sí en otra parte) y en las formas de rentabilizar la exclusión conocidas como “economía social”. Así pues, en las actuales circunstancias, cuando la radicalización no parece deseable a la mayoría, de producirse una conexión lo más probable sería que se impusieran mecanismos integradores. 

¿Cómo será el equilibrio, inestable en apariencia, entre la crisis ecológica y la crisis del valor en el capitalismo? 

No hay equilibrio, hay interacción. Quienes tras la debacle financiera apuntan a la crisis del “valor”, proclaman la perdida de función del dinero, su expresión material, lo que no es cierto. El “corralito” argentino no se ha vuelto a repetir. La confianza en el dinero no se ha evaporado y por consiguiente éste conserva su valor de cambio; traduce ese valor. El desarrollo capitalista, aunque zigzagueando, sigue adelante, por lo que el descenso de la tasa de ganancia, la caída del “valor”, aún puede compensarse, principalmente con la destrucción del territorio: eólicas, fracking, cultivos transgénicos, incineradoras, infraestructuras… Por lo demás, la crisis reviste variados aspectos: económico, cultural, político, ecológico, energético, demográfico, alimentario, sanitario, urbano… Es una crisis global, signo de la quiebra de los sistemas metropolitanos y, en general, de la fragilidad del capitalismo contemporáneo. 

Cuando el barco se hunde –cuando el desarrollo se vuelve problemático– buscar la causa primera o la relación entre todas no es lo importante, pues lo que urge es ponerse a salvo y organizar tanto la supervivencia en colectividad como el desmantelamiento de la megamáquina.

27 febrero, 2013

Luchas urbanas y luchas de clase


Resumen de la conferencia de Miquel Amorós, Luchas urbanas y luchas de clase, en las II Jornadas de Cultura Libertaria, en Cartagena, 1 de junio de 2011.



“Para cambiar la vida hay que cambiar el espacio”
Henri Lefebvre

No existe espacio natural. Todo espacio es espacio social; implica, contiene y disimula relaciones sociales. Las relaciones sociales tienen una existencia espacial; se proyectan en el espacio y se inscriben en él produciéndolo. Como son capitalistas, el espacio social tiende a ser espacio del capital, su campo de acción y el soporte de su acción. El capital lo fagocita, rompiéndolo y reuniendo los pedazos, vaciándolo de sujeto y poblándolo con un sujeto abstracto, sumiso y domesticado. La sociedad urbana sustituye y sucede a la sociedad de clases cuando el capital completa la unificación y colonización del espacio. Ha producido y modelado un espacio propio, abstracto, instrumental y manipulable, y, al mismo tiempo, ha producido y modelado a sus habitantes, controlando su tiempo. La diferencia entre éstos y los antiguos proletarios es abismal. Aquellos poseían su espacio aparte –las barriadas obreras– donde la vida cotidiana, fuera del mercado, se regía por otro tipo de valores y reglas.

El nuevo asalariado ha sido emancipado de su clase; no se orienta en el espacio urbano por más referencias que las de la mercancía-espectáculo. Su vida cotidiana reproduce fielmente sus indicaciones. Como siempre, el lugar que ocupa depende únicamente de su salario, pero a diferencia de antes, ya no habita en un espacio colectivo, autónomo y con historia, sino en un espacio abstracto, vacío de sentido, que los signos y mensajes del poder han rellenado.

La conurbación, elemento constitutivo de la sociedad urbana, es ese espacio, resultado del crecimiento descontrolado de las fuerzas productivas. En su interior todos los problemas políticos y sociales se agravan y se anulan al mismo tiempo, pues gracias al bloqueo de la experiencia, la pérdida de memoria y la incomunicación su percepción es cada vez más problemática. La conurbación es un espacio enajenado de enclaustración y de adiestramiento, no hecho para recordar y soñar, sino para olvidar y adormecer. Como el capitalismo, aquella se edifica sobre crisis: demográficas, energéticas, financieras, políticas, culturales, laborales, sanitarias, ambientales, etc.; la crisis es su atmósfera y la amenaza de colapso su estímulo. Por eso es un espacio policial total, monitorizado, donde se gestionan los movimientos de sus habitantes. En las conurbaciones puede automatizarse al máximo la vigilancia preventiva, incluso puede establecerse, lo mismo que con las mercancías, una trazabilidad de la población que permita su seguimiento permanente. Es una necesidad a partir de un determinado nivel crítico de complicaciones y problemas insolubles. El control de un mundo cada vez más complejo y centralizado no puede obtenerse más que con la conversión de los individuos en autómatas, dentro de un espacio que el diseño urbanístico y las técnicas de seguridad vuelven neutro, transparente, homogéneo y esterilizado. Un espacio así oscila entre el estadio deportivo, el centro comercial y la cárcel.

La domesticación casi mecánica de los individuos en el espacio urbano viene confirmada por la decadencia de las luchas obreras y vecinales. La condición de asalariado ya no basta para constituir una identidad o definir un “mundo”. Ya no existe una ciudad obrera real dentro de una metrópolis burguesa oficial, coexistiendo y contrastando con ella. Las conurbaciones no tienen misterio ni “nada que declarar”. En el pasado las asociaciones de vecinos aspiraban a encajar los barrios periféricos en la urbe reivindicando servicios y equipamientos elementales. No ponían en duda el modelo urbano, querían formar parte de él, pero en pie de igualdad con los distritos céntricos. Sin embargo, ahora la lucha urbana no puede pararse ahí, acondicionando el escenario de la esclavitud; ha de cuestionar a fondo la propia conurbación, ha de descapitalizarla. Un principio antidesarrollista básico dice que una sociedad llena de capital es una sociedad urbana, por lo que una sociedad vacía de capital ha de ser una sociedad agraria. Por lo tanto, bajo esa perspectiva, un espacio urbano liberado será fundamentalmente un espacio desurbanizado. Ello no significa la desaparición de la ciudad, ya consumada en la conurbación, sino la superación positiva de la oposición ciudad-campo y el rechazo radical a la degradación de ambas realidades en un magma indiscernible. La recuperación de la ciudad, eje del proyecto en el que se han de inscribir las luchas urbanas, es paradójicamente un proceso ruralizador.


El antidesarrollismo es hoy por hoy el único anticapitalismo. Parte de la nocividad intrínseca de la producción capitalista, lo que lleva a rechazar su reapropiación, punto esencial de todos los programas socialistas. Sin embargo, la degradación del antiguo proletariado obstaculiza una toma de conciencia en ese sentido e impide la clarificación de nuevas estrategias. Si aquél abdicó de su misión histórica, o sea, renunció a apoderarse de los medios de producción y distribución, con mayor razón se opondrá a su desmantelamiento, seguramente por lo que supondría de “pérdida de puestos de trabajo”. La lucha por el salario y el empleo a menudo se coloca en el bando de la dominación, debido a que tras la evaporación de los intereses de clase no prevalecen más que los intereses particulares y corporativos, contrarios al “desarme industrial” que exige una sociedad liberada (p.e. la defensa del trabajo a ultranza en las plantas petroquímicas, en las fábricas de automóviles, en las centrales nucleares, en la seguridad privada, en la construcción, etc.). El trabajador conformista e hipotecado nunca cuestiona la naturaleza de su trabajo, que considera “como cualquier otro”, y prefiere ignorar la incompatibilidad total entre la producción actual y una sociedad libre. Además, el trabajo asalariado y el endeudamiento son la forma habitual de subsistencia en la sociedad urbana y siguen el ritmo expansivo de las conurbaciones. Van asociados al crecimiento económico, y por consiguiente, a la destrucción del territorio. El conflicto territorial tiene objetivamente a los asalariados junto a la patronal y el Estado (p. e. en la construcción del TAV, de autopistas, de pantanos y trasvases, de centrales térmicas, de adosados, de campos de golf y puertos deportivos, de líneas MAT, etc.). Sus intereses inmediatos son más próximos y no tienen otros.


La lucha urbana toma el relevo de la lucha obrera pasada, porque, dado que el capital integra perfectamente cualquier reivindicación del trabajo, la cuestión social no puede plantearse como cuestión laboral, pero sí como cuestión urbana. Las contradicciones del régimen capitalista, cada vez menos evidentes en los lugares de trabajo, se despliegan y hacen visibles en la vida cotidiana, que alimenta el conflicto urbano. El espacio abstracto del capital es una fábrica del vivir en serie. La vida cotidiana es un sector colonizado, invadido por la técnica, el consumismo y el espectáculo. Es vida privada, incomunicada, aprisionada; prolonga el trabajo, equivale a trabajo. Por eso la lucha urbana tiene las características de una lucha de fábrica; sin embargo no reivindica una privacidad mejor equipada, con el tiempo bien repartido en las respectivas zonas funcionales, sino una vida al margen del capital, descolonizada, con su espacio propio, disponiendo de un uso libre del tiempo. Es una lucha por el espacio, al que hay que reconquistar y dotar de contenido.


La lucha urbana debe alumbrar un nuevo sujeto, un nuevo proletariado que se no se niegue afirmándose, sino que se afirme negándose; que no pretenda universalizar la condición obrera, sino que la rechace de plano. Si no se pone en tela de juicio el trabajo mismo, no se puede cuestionar el capital: el anticapitalismo verdadero es antiobrerista. Para que un sujeto colectivo o lo que viene a ser lo mismo, una clase, pueda constituirse, ha de crear su espacio específico desde donde reunir fuerzas contra la clase adversaria. El espacio del capital, poblado de asalariados, automovilistas y consumidores, no es el adecuado. Ha de transformarse, y para hacerlo primero ha de ser arrebatado al mercado. Ha de dejar de ser un espacio de trabajo, de consumo, de circulación, de ocio, etc. En el nuevo espacio liberado sus habitantes han de lograr un grado de autonomía suficiente (en alimentación, ropa, calzado, educación, transporte, sanidad, autodefensa, información, etc.). La autonomía es la condición para que la negación del capitalismo, la clase anticapitalista, pueda darse. El desarrollo de una logística independiente garantizaría la autonomía de una colectividad segregada, administrando su tiempo y dominando su espacio. ¿Es ello posible sin liberar a su vez porciones de territorio? En las conurbaciones y sistemas urbanos puede darse, por ejemplo, una relativa autonomía sanitaria o informativa, pero para que exista una abastecimiento autónomo donde nadie puede producir directamente sus alimentos, hace falta relacionarse con los productores. La soberanía alimentaria sería pues el primer eslabón entre las luchas urbanas y la defensa del territorio. No obstante el éxito de los primeros pasos, el problema no ha hecho más que empezar. La sociedad urbana tiende a encarecer la habitación, suprimir los huertos periurbanos, anular los espacios de uso común y acosar a los disidentes, es decir, tiende a complicar enormemente los esfuerzos de automarginación y a reducir los espacios liberados a guetos minúsculos ¿Es posible en esas condiciones un grado suficiente de segregación y autoexclusión? Depende del momento. El mercado mundial segrega y excluye por sí mismo, generando en la conurbación y mucho más en el medio rural un espacio de economía informal desmonetarizada que las crisis contribuyen a desarrollar. Por otra parte se generalizan formas discretas de sabotaje del trabajo como el absentismo ¿Pero puede darse en ese marco un nivel suficiente de autonomía cultural y política? ¿Puede realmente formarse en su seno un sujeto revolucionario? El sujeto se recompone como comunidad en la lucha, pero nunca de golpe. Durante un tiempo es una comunidad sólo en potencia, porque aunque las luchas urbanas pueden hacerlo emerger, no tienen envergadura suficiente para consolidarlo. La lucha urbana es durante ese periodo una lucha de clases en germen; una clase en proceso de formación se enfrenta a otra ya formada. Para afirmarse por completo el sujeto ha de segregarse y construir su autonomía y ésta ha de reflejarse en contra-instituciones. Imposible que lo haga sin extenderse por el territorio. La segregación laboral y cultural ha de confluir con una segregación territorial. La negación del trabajo asalariado y del espectáculo no puede arrancar con efectividad sin la salida del mercado de amplias porciones de territorio. Para empezar la libertad se erige sobre bases agrícolas.

Una lucha urbana que quisiera ser auténtica y no liberara su propio espacio, permanecería en la abstracción. La lucha que no produce su espacio no va hasta el fin, fracasa a la hora de crear y acaba en gueto. No cambia la vida, sólo la ideología. No crea nuevas instituciones, ni proyecta una nueva arquitectura o concibe un urbanismo liberador. Se manifestará en escaramuzas contra el mobing, expropiaciones, derribos, expulsiones, corrupción urbanística, planes parciales, videovigilancia, ordenanzas, etc., pero no sacará conclusiones, cuestionando la sociedad urbana en su conjunto y pugnando por otro modelo social distinto. No forjará un sujeto colectivo, pues solamente las luchas conscientes son capaces de hacerlo. Una lucha urbana es efectiva sólo si es capaz de aglutinar a una comunidad de individuos que consiga sustraer su vida cotidiana a los imperativos capitalistas. El mercado recupera pronto el terreno perdido, por lo que la lucha ha de prolongarse encadenando conflictos, lo que no es demasiado difícil, dados los planes de “regeneración urbana” y museificación de los municipios (recosidos, esponjados, equipamiento, rehabilitación, reconstrucción, modernización) y los proyectos constantes de “cinturones” viarios (rondas, túneles, patas, variantes, accesos, desdoblamientos, ampliaciones o soterramientos). La lucha urbana es una resistencia a la valorización del suelo y a la acumulación de beneficios inmobiliarios, una barrera a la remodelación discriminadora, a la arquitectura fálica, pretenciosa y exhibicionista, al autoritarismo administrativo... en fin, un frente contra el espacio o mundo de la mercancía. Ha de forjar un plan y mostrar un modelo alternativo a la sociedad urbana, descentralizador y comunitario, aprovechando las oportunidades de la economía informal y desarrollando una crítica a la arquitectura y al urbanismo capitalistas, pero para ello necesita fuerzas que no tiene. A fin de superar su fragilidad teórico-práctica ha de encontrar aliados en otros frentes, objetivo que la encamina hacia la defensa del territorio. La liberación del espacio urbano requiere un territorio libre.

La lucha por el territorio tiene por escenario la conurbación y sus satélites, puesto que el territorio ha sido despoblado y su repoblación depende de aquella, pero ya no es una lucha urbana strictu sensu, porque se despliega en medio rural. Hoy se concreta en una resistencia a la urbanización, a la nuclearización, a la agricultura industrial y a las infraestructuras, bien sea logísticas, hidráulicas, energéticas o de transporte. Es una ofensiva contra la planificación y al ordenamiento que determinan sus usos y lo transforman en capital. La defensa del territorio, la lucha por su autonomía, es antidesarrollista. Es una verdadera lucha de clases que se traduce más que nunca en el espacio. Impide que el espacio abstracto progrese, que se vuelva medio de acumulación, tratando de establecer en los territorios liberados de relaciones comunitarias en conflicto con el mercado. La defensa del territorio constituye el eje de la cuestión urbana, porque el territorio sometido al capital ya no es una simple reserva de espacio, sino la fuente principal de beneficios particulares y un “yacimiento” de puestos de trabajo. La nueva acumulación capitalista parte del encarecimiento de las materias primas, de la construcción de infraestructuras gigantescas, de las energías renovables, del reciclaje de desperdicios, del acondicionamiento paisajístico, del turismo rural, etc., es decir, parte del territorio. En esta nueva fase el Estado recupera la importancia perdida, puesto que no se trata ya de desmantelar una asistencia social cada vez más costosa y desregular un mercado laboral con una intermediación excesivamente poderosa, sino de financiar una “economía sostenible”, o sea, de endosar a la población la factura de los costes de una reconversión “verde”. Este nuevo ecologismo de mercado no llega para modificar las bases económicas de la dominación, sino para reforzarlas. Por lo tanto no se propone acabar con la agresión al territorio, con el despilfarro o con el consumismo, sino al contrario, pretende apuntalar su continuidad. Lo “sostenible” es más de lo mismo, pero pintado de otro color.

Una vez que la penuria estricta ha sido dejada atrás, el conflicto social no se manifiesta plenamente dentro de la actividad económica, sino en la oposición entre la economía y todo lo que se le resiste. El antagonismo principal no se produce en la esfera de la producción o en la de los servicios, sino fuera de ellas y contra ellas. En la vida cotidiana, en el territorio, fuera del trabajo y contra el trabajo. Por eso el absentismo y las prácticas de autoexclusión y cooperación cobran una importancia crucial. El cambio de paradigma teórico –fin del proletariado, segregación, antidesarrollismo– de ningún modo implica una renuncia a la lucha radical o el abandono de cualquier perspectiva revolucionaria, puesto que los antagonismos no han desaparecido; ni siquiera han disminuido. Sencillamente se han mudado de lugar, aumentando en intensidad. Se impone una reflexión crítica sin concesiones ideológicas y una reorientación práctica basada en la disidencia y la vuelta al territorio. Pero mientras los procesos de deserción y reinstalación no sean significativos el conflicto social navegará en la ambigüedad, pues la crítica auténticamente subversiva no progresará lo suficiente y los antagonismos permanecerán en la penumbra. La oscuridad teórica apenas favorece a la ideología obrerista, verdaderamente marciana, pero en cambio permite peligrosamente el avance del ciudadanismo, cuyas propuestas –que se quieren pragmáticas y reformistas porque están en la vanguardia de la acumulación– sirven para empantanar el combate. Los seudomovimientos ciudadanistas no afrontan las contradicciones del sistema capitalista sino que las disimulan, afirmando la neutralidad del Estado y la posibilidad de otro capitalismo (de otro desarrollo, de otra globalización, de otra política, incluso de otro sindicalismo). Su auge aparente bajo diversos disfraces –ecologismo, alterglobalización, decrecimiento, municipalismo, sindicalismo alternativo— obliga a que la lucha urbana y la defensa del territorio se libren por encima de todo en el terreno de las ideas. La práctica necesaria no podría avanzar sin ellas. La ceremonia de la confusión ha de disiparse cuanto antes y los farsantes han de quedar desenmascarados, pues el sujeto revolucionario nunca podrá surgir en connivencia con el sistema, como alegre ciudadanía participativa, sino desde fuera y en su contra, como furioso proletariado desertor.