21 noviembre, 2014

Si los tiburones fueran hombres - Bertolt Brecht


Si los tiburones fueran hombres -preguntó al señor K. la hija pequeña de su patrona- ¿se portarían mejor con los pececitos? 

Claro que sí -respondió el señor K.-. Si los tiburones fueran hombres, harían construir en el mar cajas enormes para los pececitos, con toda clase de alimentos en su interior, tanto plantas como materias animales. Se preocuparían de que las cajas tuvieran siempre agua fresca y adoptarían todo tipo de medidas sanitarias. Si, por ejemplo, un pececito se lastimase una aleta, en seguida se la vendarían de modo que el pececito no se les muriera prematuramente a los tiburones. 

Para que los pececitos no se pusieran tristes habría, de cuando en cuando, grandes fiestas acuáticas, pues los pececitos alegres tienen mejor sabor que los tristes. 

También habría escuelas en el interior de las cajas. En esas escuelas se enseñaría a los pececitos a entrar en las fauces de los tiburones. Estos necesitarían tener nociones de geografías para mejor localizar a los grandes tiburones, que andan por ahí holgazaneando.

Lo principal sería, claro, la formación moral de los pececitos. Se les enseñaría que no hay nada más grande ni más hermoso para un pececito que sacrificarse con alegría; también se les enseñaría a tener fe en los tiburones, y a creerles cuando les dijesen que ellos ya se ocupan de forjarles un hermoso porvenir. Se les daría a entender que ese porvenir que se les auguraba sólo estaría asegurado si aprendían a obedecer. Los pececillos deberían guardarse bien de las bajas pasiones, así como de cualquier inclinación materialista, egoísta o marxista. Si algún pececillo mostrase semejantes tendencias, sus compañeros deberían comunicarlo inmediatamente a los tiburones. 

Si los tiburones fueran hombres, se harían naturalmente la guerra entre sí para conquistar cajas y pececillos ajenos. Además, cada tiburón obligaría a sus propios pececillos a combatir en esas guerras. Cada tiburón enseñaría a sus pececillos que entre ellos y los pececillos de otros tiburones existe una enorme diferencia. Si bien todos los pececillos son mudos, proclamarían, lo cierto es que callan en idiomas muy distintos y por eso jamás logran entenderse. A cada pececillo que matase en una guerra a un par de pececillos enemigos, de esos que callan en otro idioma, se les concedería una medalla de varec y se le otorgaría además el título de héroe. 

Si los tiburones fueran hombres, tendrían también su arte. Habría hermosos cuadros en los que se representarían los dientes de los tiburones en colores maravillosos, y sus fauces como puros jardines de recreo en los que da gusto retozar. 

Los teatros del fondo del mar mostrarían a heroicos pececillos entrando entusiasmados en las fauces de los tiburones, y la música sería tan bella que, a sus sones, arrullados por los pensamientos más deliciosos, como en un ensueño, los pececillos se precipitarían en tropel, precedidos por la banda, dentro de esas fauces. 

Habría asimismo una religión, si los tiburones fueran hombres. Esa religión enseñaría que la verdadera vida comienza para los pececillos en el estómago de los tiburones. 

Además, si los tiburones fueran hombres, los pececillos dejarían de ser todos iguales como lo son ahora. Algunos ocuparían ciertos cargos, lo que los colocaría por encima de los demás. A aquellos pececillos que fueran un poco más grandes se les permitiría incluso tragarse a los más pequeños. Los tiburones verían esta práctica con agrado, pues les proporcionaría mayores bocados. Los pececillos más gordos, que serían los que ocupasen ciertos puestos, se encargarían de mantener el orden entre los demás pececillos, y se harían maestros u oficiales, ingenieros especializados en la construcción de cajas, etc. 

En una palabra: habría por fin en el mar una cultura si los tiburones fueran hombres. 


19 noviembre, 2014

El tierno y cálido abrazo de la soberanía

https://argelaga.wordpress.com/2014/11/18/la-tendra-i-calida-abracada-de-la-sobirania/

Gloria del buñuelo,
ha muerto el dictador más viejo de Europa.
Un abrazo, amor, y levantamos la copa!
Joan Brossa
El abrazo pasional y sincero en el Centro de Recogida de Datos entre el presidente de la Generalitat, Artur Mas, y el habitual portavoz de la Candidatura de Unidad Popular, David Fernández, culminó emotivamente la jornada del 9N, por ahora, la última de las movilizaciones-espectáculo a favor de la existencia de un Estado catalán independiente. Más allá del afecto mutuo entre los dos, de sobra patente, fue todo un gesto institucional con el cual se identificaron miles de catalanistas de derecha, satisfechos de la complicidad de toda la CUP con un proceso dirigido desde el primer momento por Convergència, el partido de la corrupción y el saqueo, y también el de las porras y las balas de goma. No hacía mucho todavía la CUP, “un proyecto de ruptura democrática”, decía que las oligarquías española y catalana “son lo mismo” y que tanto valía Mas como Rajoy, Boi Ruiz como De Guindos, Homs como Cospedal. Ahora que las circunstancias han cambiado, es evidente que los abertzales autóctonos han sustituido esta hostilidad extraparlamentaria por un amor como el de Abelardo y Eloísa, o con los pies más en el suelo, como el de Tirant y la princesa Carmesina. El artífice de esta voltereta no ha sido otro que David.

Lo que CiU y la CUP compartían era mucho más profundo que lo que los separaba, y lo mismo podemos decir del conservadurismo catalán y la izquierda independentista. Cualquiera que sea su diferencia de opinión respecto a la corrupción y la crisis, para unos y para otros la salida pasa por la independencia, la causa común de la burguesía y “la voz de las clases populares” (el alias de la CUP). No la independencia de verdad, sino una serie de simulacros que no van más lejos del voto, el desfile festivo y el marketing soberanista: la independencia-espectáculo. Bueno, no está claro que Mas quiera la independencia pura y dura, y ya hace tiempo que la política moderna es puro entretenimiento de masas obedientes: los filisteos como David Fernández bien que lo saben. Su función es vender gato por liebre, maquillando el divertimiento más pacífico como el acto más heroico. El independentismo de David Fernández, falso antagonista de la política convergente, se limita a hablar de “un acto de desobediencia masiva al Tribunal Constitucional”, de un “tsumani democrático” o incluso, de “una insurrección civil”, lo que no ha sido más que la escenificación de un enfrentamiento magnificado en exceso entre la partitocracia española y la catalana, y a la vez, un evento de adhesión incondicional, masivo pero no mayoritario, a la política sinuosa del presidente.

Parece que para mucha gente la privatización de la sanidad, el aumento de precios del transporte y la brutalidad policial, así como el paro, las desigualdades sociales, los recortes y los desahucios, sean culpa de Madrid, y no de la administración autonómica y del régimen capitalista que Convergència quiere garantizar a cualquier precio. Para la clase dirigente y para la mayor parte de la partitocracia todo ello tiene una solución: la constitución de un Estado propio, dentro o fuera, con todas las competencias, especialmente las fiscales. La virtud de Mas ha sido saber traspasar este objetivo a las clases medias, a la pequeña burguesía y a la juventud de comarcas, transformando el ideal patriótico de la oligarquía en fuerza popular. La operación ha tenido el visto bueno de la CUP, bien haciendo de florero o de paraguas del partido de Felip Puig y Pujol, bien reclutando voluntarios para el circo nacionalista. El abrazo del hombre de negro y el hombre de la mochila es la prueba del agradecimiento.

La franqueza convergente no provoca necesariamente la franqueza de la CUP, puesto que “la voz de los sin voz, de los subalternos y las precarias” no suena como la voz de Repsol o La Caixa, ni el turismo de masas, los casinos o la MAT se asemejan al “nuevo modelo social, económico y cultural” de los independentistas de izquierda. Por eso, la salida del armario, políticamente hablando, de la CUP, no ha gustado a todos sus seguidores. Pero aunque lo nieguen, el abrazo de Bergara entre David Maroto y Artur Espartero ha sido algo más que un gesto personal sin relevancia política. No ha sido simplemente cosa de un Fernández que es así de sentimental y que, “con los ojos enrojecidos” por intensas emociones patrióticas, sólo buscaba una recompensa hormonal, vaya, la dosis de oxitocina que las carantoñas hacen producir al cerebro para disfrutar de lo lindo. Incluso, en su entorno muchos han dicho que “ya no es el mismo desde que sale en la tele”, y que se ha dejado arrastrar por la vanidad y el narcisismo al querer ser el “Pablo Iglesias de Cataluña”.

Es sabido que la popularidad mediática tiene efectos corruptores. Cada vez David es más teatral y más histriónico; hay que verlo con la expresión ponderada, el ademán responsable y la propensión a la frase pomposa al estilo de “un gran día para la democracia” o “un paso a la plena libertad”, síntomas evidentes de un cretinismo parlamentario galopante. Sin lugar a dudas, se cree su personaje y quiere que todo el mundo se lo crea; es más, bajo su imagen seria y pedante se esconde un arribista que sigue su propia hoja de ruta, indiferente a las “formas radicalmente democráticas y éticas de hacer política” que predicaba anteayer, cuando todavía quería traer “un trozo de calle al Parlamento”. No olvidamos que Convergència ha sabido acelerar el tiempo político: la conjunción del proyecto soberanista y del populismo “indepe” es la mejor prueba de una unidad elaborada en los pasillos que ha salido a la calle. Los discursos del pospujolismo y del fernandismo han conseguido juntos disfrazar una vulgar alternativa capitalista de base local en una opción democrática y social a la escocesa. Pero que no nos engañen, esto no tiene nada de personal. Es la materialización más cuidadosa del proyecto nacionalista de la CUP, que al priorizar la cuestión nacional sobre la cuestión social, se vuelve perfectamente compatible con la soberanía de los mercados y los golpes de estado financieros.

No menospreciamos los esfuerzos contra la corrupción convergente de los regidores de la CUP, pero ahora parece que hayan perdido importancia. Ya desde las elecciones municipales de 2011 la CUP mantenía pactos con regidores de CiU en varios ayuntamientos, siendo el ejemplo más oportunista el de Arenys de Munt. Un paso adelante fue su entrada en el Parlamento apoyando a Mas en sus disputas con el gobierno central. La identificación cupera con determinados aspectos de la política del presidente como el “derecho a decidir” marchaba viento en popa; en junio de 2013 Fernández dijo en una entrevista que no descartaba formar parte de su gobierno. En el Concierto de la Libertad el diputado de los pobres estaba sentado en la Llotja del Camp Nou (en la zona VIP), con los renacuajos de la partitocracia catalana, demostrando una especial sintonía con Oriol Pujol. Finalmente, el pacto con CiU se firmó al dar la CUP apoyo incondicional a la consulta del 9N, acto calificado por sus diputados como “de normalidad democrática”. Lejos de debilitarse, la alianza del cuatripartito soberanista se reforzó cuando el Tribunal Constitucional prohibió la consulta y Mas propuso un sucedáneo sin ninguna validez legal. El lenguaje de la CUP se hacía cada vez más vacío, sacándose de la mochila todos los tópicos parlamentarios. Después de cruzar unas cuántas veces el patio de los Naranjos, Arrufat y Fernández empleaban los lugares comunes de la democracia burguesa cómo si toda la vida hubieran formado parte de “la casta” tradicionalista.

Con un abrazo balsámico la CUP cierra el ciclo de la indignación descafeinada, encontrándose en la vanguardia de la oligarquía catalana, donde trabaja de balde por una Cataluña reducida a paisaje suburbanizado de la metrópolis de Barcelona y por un Estado catalán que se desvela por volverse el paraíso de las multinacionales. Es bastante probable que esta no fuera su intención inicial, pero la obsesión identitaria abre la puerta a este poco honorable trabajo. El pueblo catalán, hoy, es una invención que obedece a intereses locales oligárquicos, poco inclinados a dejarse llevar por motivaciones liberadoras. El redentorismo corresponde a los compañeros de ruta como la CUP. Un partido no hace un pueblo, ni tampoco una bandera. No hay de pueblo catalán. Bajo el capitalismo, el único pueblo real es el de los explotados, hablen la lengua que hablen. El capital ha uniformizado toda la sociedad, transformando todos sus elementos en mercancía, sea en el ámbito del trabajo y el urbanismo, sea en el de la cultura y la vida privada. Sólo habrá pueblo catalán en la revuelta, fuera del capitalismo y del Estado que lo protege. Sólo una sociedad sin Estado podrá recrear las condiciones óptimas para la existencia de un pueblo con más cordura y determinación que los que se pueden deducir de un folclore subvencionado y unas tradiciones decorativas.

Para hablar en plata, los oprimidos tendrán que agruparse al margen de la política y de la economía, aboliendo las relaciones fundamentadas en el dinero y la autoridad. Es un proceso que tiene que desarrollarse gracias a las luchas sociales, no a las combinaciones partidistas; así pues, mediante las movilizaciones de combatientes, no con demostraciones entretenidas organizadas para divertir a inofensivos electores.

Revista Argelaga, 18 de noviembre de 2014.

México - Estado terrorista - Castigo a los criminales!










18 noviembre, 2014

México: Narcoestado asesino

México: Narcoestado asesino

Desde el año 2000, cuando el jefe del gobierno era Vicente Fox, hasta hoy, en México se han perpetrado unas 100.000 ejecuciones relacionadas con las mafias del narcotráfico, según ha informado Judith Galarza, Secretaria Ejecutiva de la Fundación Latinoamericana de Asociaciones de Familiares de Detenidos y Desaparecidos: “México es una tumba, es el mismo modelo que están aplicando y le aplicaron a los colombianos. En todo el territorio hay cientos de fosas clandestinas, y ha habido más de 100.000 asesinados en 12 años”.

En las últimas dos décadas se han contabilizado más de 50.000 detenciones y desapariciones, y durante el tiempo de gestión del Presidente Enrique Peña Nieto se han sumado más de 330 casos de agresiones a defensores de los derechos humanos en México. Esta es una realidad que ocultan los medios de propaganda privados, que en su mayoría están alineados con la política de Peña Nieto, orientada a favorecer los intereses de quienes realmente ostentan el poder en México, las mafias del narcotráfico y las grandes multinacionales, principalmente estadounidenses. Un modelo que coincide como calcado del colombiano, donde Estados Unidos también tiene un papel esencial en el negocio de la droga y de la muerte.

En este contexto se produjo la masacre contra los 43 estudiantes normalistas del pasado 26 de septiembre, asesinados por orden del estado mexicano en Iguala, estado de Guerrero. Aunque fue la gota que movilizó a la opinión internacional abriendo los ojos de la realidad política de México, en realidad su asesinato no fue un hecho excepcional, sino un acto indeseablemente cotidiano en vecino del sur de Estados Unidos.

Aquel día, 26 de septiembre, fueron asesinados seis estudiantes, y 43 fueron "desaparecidos". Ahora ya se sabe la verdad: el estado mexicano ordenó su muerte:

“La policía se los llevó (…) El Ejército y la Policía Federal Preventiva hizo una especie de bloqueo para que nadie pasara hasta que terminará la represión, hubo muchos heridos, pero se llevaron a 43 personas porque no cabían más en las camionetas.” Los estudiantes habían organizado una movilización que tenía entre sus objetivos sabotear una reunión en Iguala, en la que el hoy ex alcalde pretendía presentar a su esposa como posible candidata para sustituirlo en el cargo.

Los 43 estudiantes desparecidos tenían entre 19 y 25 años, y en su mayoría campesino indígenas, de procedencia humilde, que se estaban formando como profesores bajo una visión socialista, humanista, para retornar a sus comunidades de orígenes y seguir así trabajando en sus comunidades. De hecho, las escuelas normales son casi la única opción en Mexico para los más pobres, y están en el punto de mira del gobierno, porque son creadores de conciencia social, de semilla de lucha.

Hoy ya se sabe qué les hicieron a los 43 estudiantes desarmados, tal y como ha confirmado el procurador general de la República: los desaparecidos el pasado 26 de septiembre en el estado mexicano de Guerrero fueron secuestrados por la policia de Iguala, asesinados y después quemados en el basurero de Cocula. Algunos de ellos estaban inconscientes, aún vivos. Los asesinos hicieron guardia para asegurarse de que el fuego durara horas –más de 12–, arrojaron piedras, neumáticos y gasolina a los cuerpos. Alrededor de 15 de las víctimas murieron por asfixia. Los restos están tan calcinados que no todos van a poder ser identificados: el objetivo de los criminales era no dejar el menor rastro, y prueba de ello es que quemaron hasta las ropas de los que participaron en la matanza de los estudiantes.

No se trata, repetimos, de un hecho aislado. Es el pan de cada día de un país en el que la ley la imponen los narcotraficantes, con la colaboración de las autoridades y las fuerzas del orden; un estado donde, los que mandan, es decir, las multinacionales realizan sus negocios, legales o ilegales, bajo la protección de una clase política corrupta y criminal, de un gobierno que se confunde y entremezcla, como sucede en cualquier régimen donde rige la barbarie capitalista, con las grandes corporaciones criminales, a las que sirven y a las que pertenecen.

http://cuestionatelotodo.blogspot.com.es/



17 noviembre, 2014

El negocio oculto de las cárceles españolas

Sillas en un patio de la cárcel de Villabona.
El Corte Inglés es el gran suministrador de material a las prisiones,
donde tiene mano de obra muy barata. Foto / Mario Rojas
Grandes empresas, como El Corte Inglés, Banco Santander, Telefónica o ACS, y muchos Ayuntamientos, se benefician del trabajo, apenas remunerado, de miles de presos de las cárceles españolas. También la familia Pujol-Ferrusola, que tiene tras las rejas otro de sus oscuros negocios.

Fernando Romero / Periodista.

El mundo de las cárceles en España es un tema tabú, del que muy poca gente, salvo los que tienen familiares dentro, conoce su verdadera realidad. Como ocurre en nuestro mundo, del sufrimiento de los demás siempre hay alguien que obtiene provecho económico. Eso ocurre también intramuros. Los presos se han convertido en los nuevos esclavos del siglo XXI porque el Estado de Derecho se suele estrellar con los muros de las prisiones, como dice en una entrevista en este mismo número la abogada Charo González.

El negocio de las cárceles ha sido denunciado en numerosos foros de Internet, en publicaciones radicales o de apoyo a presos y en blogs de escasa repercusión. Los medios de masas casi nunca recogen noticias que pongan en duda a la institución penitenciaria. Sin embargo, lentamente, gracias sobre todo al testimonio de presos y organizaciones humanitarias o de apoyo a los reclusos, va emergiendo la información a la superficie.

El Organismo Autónomo de Trabajo y Prestaciones Penitenciarias (OATPP), dependiente de Instituciones Penitenciarias, funciona como una empresa de trabajo temporal (ETT) y tiene a más de 12.000 presos trabajando en unos 200 talleres. A ellos hay que sumar los que están bajo el control del CIRE (Centro para la Iniciativa de la Reinserción) de la Generalitat catalana, que va por libre. Los internos están cobrando sueldos ínfimos, no tienen derechos laborales y están generando una producción por valor de millones de euros con grandes beneficios para las empresas que los utilizan y que además tienen la ventaja de que se ahorran el pago de luz, agua, teléfono e incluso parte de las cuotas de la Seguridad Social, que corren a cuenta de la Administración; y todo ello gracias a los convenios con la OATPP.

El número de reclusos “trabajadores” aumenta año a año y se ha multiplicado por tres en tan solo una década. En teoría estos organismos que contratan presos para el exterior hablan de “programas de reinserción”, aunque lo cierto es que se ha convertido en un negocio lucrativo para muchas empresas. En la memoria de Instituciones Penitenciarias de 2012 se mencionan unos beneficios en todo el Estado de cinco millones de euros (con ventas de 162 millones) gracias a la actividad productiva de los internos de todas las prisiones: un total de 12.217, de los cuales 3.119 producían para empresas privadas.

Cien empresas, quinientos clientes

Amadeu Casellas estuvo preso en las cárceles españolas durante más de veinticinco años y acaba de publicar el libro Un reflejo de la sociedad. Crónica de una experiencia en las cárceles de la democracia, en el que denuncia con nombres y apellidos a los que se enriquecen con los reclusos. Entre ellos están la familia Pujol-Ferrusola, Telefónica, El Corte Inglés, ACS, el Banco Santander y Ayuntamientos de toda España, pero hay muchos más.

El más llamativo es el de la familia Pujol-Ferrusola, porque entre sus negocios también está este penitenciario, aunque no ha salido a la luz tras destaparse el escándalo sobre las actividades de la saga. Marta Ferrusola, esposa del ex presidente Jordi Pujol, estuvo en la directiva del CIRE a finales de la década de los noventa, aunque nunca se la veía por su despacho. El ex recluso Amadeu Casellas la denunció en su día sin éxito ante la Fiscalía porque decía que cobraba un “sueldazo” sin acudir a su puesto de trabajo. Por otro lado está la empresa Servivending, que suministraba productos y máquinas expendedoras al CIRE y que al parecer fue puesta en marcha por uno de los hijos de Jordi Pujol, aunque actualmente solo aparece como administrador único Manuel Antolín Aznar.

Según fuentes que investigaron al CIRE, la familia Pujol estuvo desde el principio en esta entidad. Se les conoce también un negocio de flores dependiente de esta institución. Estas iniciativas pronto pasaron a otras manos porque, según las citadas fuentes, “los Pujol ponían en marcha el negocio y luego lo vendían”. manos porque, según las citadas fuentes, “los Pujol ponían en marcha el negocio y luego lo vendían”.
Marta Ferrusola. Los Pujol también hicieron negocio con las cárceles en Cataluña. Foto / TV3
El Corte Inglés se enriquece con los presos por partida doble. Por un lado los tiene trabajando para sus tiendas en unas condiciones precarias y por otro lado son luego los propios reclusos los que adquieren esos productos. La multinacional de Isidoro Álvarez suministra sábanas, mesas, camas, bandejas de comida, sillas, ropa para penados y funcionarios, mantas, colchas y hasta los lotes higiénicos. Y son los presos los que están fabricando todo el material textil con sueldos que no pasan de 200 euros al mes. También Correos usa presidiarios como mano de obra, cobrando menos de 12 euros por ocho horas de trabajo.

Otras muchas empresas y sectores se nutren de la mano de obra barata de las cárceles. Por ejemplo, el de fabricación de automóviles. En las cárceles se fabrican los salpicaderos de Seat, Volvo y Renault. También se producen las pastillas de frenos de casas muy conocidas como Jurid. En Lleida los presos le fabrican a la bodega Raimat cajas de fruta de madera y cartón. Hay imprentas donde se hace casi todo el material de los juzgados y audiencias de Cataluña. En Girona, los presos confeccionan con sus manos los álbumes de fotos que fabrica la empresa Manuart.

Otro de los que saca tajada del negocio de las cárceles es el presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, a través de su empresa ACS. Construye las cárceles y después cobra el alquiler, como es el caso de Brians 2, la prisión de Manresa, la de Figueras, la de Tarragona y muchas más por todo el territorio español. Por cada una de ellas, dice Casellas en su libro, “cobra al mes más de un millón de euros”. Florentino Pérez fue uno de los constructores que se benefició del Plan de Creación y Amortización de Centros Penitenciarios que supuso la construcción de 46 nuevas infraestructuras penitenciarias en el periodo 2006-2012, con una inversión de 1.647,20 millones de euros, además de otros 1.504 millones ya aprobados por anteriores Consejos de Ministros. Otras empresas que también se han beneficiado son COMSA y Ferrovial. De la primera, su consejero delegado es Josep Miarnau, mientras que Ferrovial está presidida por Rafael del Pino Calvo-Sotelo. También participan del reparto del pastel FCC, grupo de empresas de las hermanas Koplovitz.

Otros productos que hacen los presos son los mosquetones para practicar la escalada y el rápel. También hay trabajos para empresas externas de carpintería metálica, confección industrial o cultivo en invernadero, a los que hay que añadir las tareas para las propias prisiones, como cocina, panadería, mantenimiento, jardinería y lavandería.

Telefónica hace también negocio a costa de los presos, pues mantiene una situación de monopolio. Ello es posible porque todos los reclusos deben comprar obligatoriamente las tarjetas de Telefónica para llamar a su familia, amigos, abogados, etc. Cada tarjeta cuesta un mínimo de 5 euros y pueden hacer dos llamadas a móvil si llaman dentro del territorio español. Si es al extranjero, el coste de la llamada se dispara. Los presos pueden llamar cinco veces a la semana con un coste mínimo de 10 euros semanales por preso. Como en España son más de 60.000, calcúlense los beneficios.

En Euskadi los presos trabajan para Eroski y Citroën. En Cataluña el Grupo Codorniu tiene a condenados trabajando para bodegas de Lleida. Otras empresas que utilizan la mano de obra barata de los presos son Saveco, Valeo (automóviles) y Asimelec (electrónica y comunicación).

Además OATPP tiene contratos con Ayuntamientos de toda España y todo signo político. Las Cámaras de Comercio de muchas provincias firman convenios con esta entidad. También tiene convenio con las cárceles la Confederació d’Associacions Empresarials de Balears (CAEB).

Se calcula que más de 100 empresas y 500 clientes particulares contratan presos, aunque la cifra real es difícil de conocer ya que los datos no se hacen públicos y no aparecen en el BOE. En este sentido hay que mencionar al blog en apoyo a los presos, Punto de Fuga, que está haciendo un meticuloso trabajo de investigación sobre estas empresas.

Las denuncias sobre explotación de presos empiezan a ser cada vez más numerosas. La Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía informó recientemente de que unos 12.000 reclusos están empleados en la cárcel con sueldos de hasta 0,5 euros a la hora y entre 80 y 300 euros al mes. Señalan que la vulneración de derechos laborales de los presidiarios es “un problema casi desconocido” que niega horas extra o vacaciones y “aporta un subsidio de desempleo máximo de 100 euros”.

Otras fuentes coinciden en que los presos empleados no tienen pagas extraordinarias, horas extra o vacaciones ni por supuesto posibilidad de denunciar su situación a través de los sindicatos, porque éstos están ausentes de las cárceles. Al obtener la libertad, por haber cotizado, no disfrutan del subsidio de excarcelación –426 euros, hasta en 18 meses– sino de la prestación por desempleo que apenas llega a los 100 euros, por lo que muchos internos prefieren no trabajar. Los salarios, según estos informadores, oscilan entre los 120 a los 150 euros al mes, con horarios de 8 horas diarias, cinco días a la semana.
Muchos presos no solo realizan trabajos domésticos en la cárcel.
Del que hacen para fuera apenas obtienen beneficios. Foto / Pablo Nosti.
El Banco Santander hace caja

Valentín Matilla González es un ex recluso que estuvo tres años en Villabona (Asturias) y fue excarcelado en noviembre de 2013. Corrobora lo que publica Casellas: “Hay negocios en todas las cárceles, pero sólo algunas se consideran ‘productivas’, porque fabrican para empresas”. No es el caso de la prisión de Villabona, pero sí, por ejemplo, de la del Dueso (Cantabria), “a la que todos quieren ir porque trabaja con muchas subcontratas y hay mucha indigencia. Para que te trasladen tienes que portarte bien y por supuesto hay tráfico de influencias”.

Habla de El Corte Inglés, el suministrador “oficial” de los objetos de consumo de los presos: “Si un interno quiere tener una televisión, no puede ir al mercado libre, sino que tiene que comprarla en El Corte Inglés”. El sistema es el siguiente: aparece por las cárceles cada 15 días lo que los internos llaman “el demandadero”, que recoge las necesidades de productos y objetos de los reclusos. Luego acude a El Corte Inglés a por ellos.

También el Banco Santander se beneficia de una situación de monopolio porque los presos solo pueden tener sus ahorros en la entidad de Botín. Incluso, si se mandan transferencias, tienen que ser a través de este banco.

Los presos gastan e ingresan a través de una tarjeta vinculada al Santander. Pueden ingresar un máximo semanal de 100 euros, lo que ocurre habitualmente los miércoles. Si, por ejemplo, el ingreso se hace un jueves, hasta el siguiente miércoles no se cobra, “así que imagínate qué negocio hace el Santander con el dinero de todos los presos de España durante los días que no pueden hacer uso de él”.

Matilla conoció a muchos presos que venían de otras cárceles españolas y le contaron los negocios de cada localidad. Pone el caso de Alcalá-Meco, en el que un director trasladó la panadería de la prisión al exterior para aumentar el negocio.

En el Centro de Integración Social (CIS) de Villabona se preparan los destinos remunerados para algunos internos. Por ejemplo, para el sector de limpiezas, en el que la remuneración es de 150 euros mensuales. En la cocina las condiciones laborales “son un escándalo”, según Matilla, en referencia a las largas jornadas y la escasa remuneración. Luego están los cursos de jardinería remunerados que se realizan a través de convenios entre instituciones penitenciarias y muchos Ayuntamientos españoles. Los presos aseguran que no existen tales cursos, sino que son enviados a trabajar igual que los empleados municipales, cobrando unos 300 euros mensuales con la misma jornada laboral que sus compañeros; además, aseguran, tienen que pagarse el transporte.

El Ayuntamiento de Langreo fue el primero de Asturias que firmó un convenio con la prisión de Villabona a través del CIS. En teoría los reclusos trabajan en un taller de formación para aprender un oficio y luego reinsertarse en la vida laboral. Lo cierto es que no es así. Son peones utilizados (sin recibir ninguna formación) en las tareas de jardinería del Ayuntamiento. No está con ellos ningún monitor o formador sino que son grupos de 3-4 personas acompañados de un empleado municipal que les indica la tarea a realizar.

Los presos con los que contactó esta revista aseguran que para este tipo de trabajos no se hacen nóminas sino que “te dan un papel de mala manera”. En Villabona, dice Matilla, los destinos remunerados “los maneja un tipo, la mano derecha del director de seguridad, que por supuesto funciona por medio del tráfico de influencias, con sus chivatillos y una cola de gente esperando para que les reciba y les de un trabajillo”.

Antiguamente había economatos que ahora han pasado a denominarse “boutiques”. Este cambio de nombre ha supuesto simplemente un aumento de precios de los productos que se venden.

Funcionarios a cuerpo de rey

Pero no son solo los empresarios los que sacan tajada de los presos. También se benefician muchos funcionarios de prisiones, que utilizan entidades públicas, como el CIS o el CIRE, desde las cuales se mueven todos estos negocios, muchas veces camuflados como talleres de formación, y cuya filosofía empresarial no es por supuesto explotar a los presos sino “integrarles en el mundo laboral”.

Según Casellas los empleados del CIRE “viven a cuerpo de rey y son parte del entramado que explota a los presos”. ATLÁNTICA XXII intentó ponerse al habla con Instituciones Penitenciarias para preguntar sobre estas denuncias, aunque indicaron que por “vacaciones” nadie podía atender a la llamada de la revista. Lo mismo ocurrió con otro de los organismos denunciados por Casellas en su libro, el CIRE. Su directora, Elisabeth Abad i Giralt, eludió contestar a las preguntas de esta revista, aunque desde el gabinete de prensa mandaron un mensaje en el que afirmaban que el CIRE tiene un objeto más social que económico y que “es una empresa pública de la Generalitat de Catalunya que se ocupa de la reinserción de las personas privadas de libertad, mediante la formación en oficios y el trabajo penitenciario”.

José Antonio Monago, verso libre de la contabilidad

Ramón Lobo - 10/11/2014
El bombero José Antonio Monago Terraza (Quintana de la Serena, Badajoz, 1966) ha llegado lejos. Quién le iba a decir a aquel muchacho ambicioso que alcanzaría la presidencia de la Junta de Extremadura e iría por ahí dándoselas de verso suelto cuando lo que tenía suelta era la contabilidad. No está claro cómo logró el salto de una profesión tan admirable a la política, pero las malas lenguas, que estos días son muchas y afiladas, afirman que fue en pago a su actuación en una huelga, no como huelguista, se entiende, sino como esquirol. Otros, menos maldicientes, sostienen que con aquella actuación se dio a conocer, y fueron los ojeadores populares los que se acercaron al joven talento para incorporarlo a su cantera. 

Empezó desde abajo, en una organización juvenil llamada Nuevas Generaciones en la que aprendes que Franco fue un hombre providencial y te enseñan a conducir. El ascenso fue meteórico: cuatro años después de hacerse bombero se convirtió en concejal del Ayuntamiento de Badajoz a la sombra de su padrino, Miguel Celdrán, célebre por sus frases homófobas, como la de “aquí no tenemos palomos cojos, y si los hubiera, los echaríamos fuera”. En esos pechos tan machotes se amamantó el bombero Monago. 

Pese a estar poco tiempo en el Cuerpo, en su biografía aparecen hechos heroicos, como su intervención en el incendio de los Almacenes Arias de Madrid, ocurrido el 5 de septiembre de 1987, en el que perdieron la vida 10 bomberos de la capital, acciones de las que no se tienen más noticias que sus palabras. Como concejal raso, penó años de banquillo hasta que Celdrán le fue asentando en el partido y en la alcaldía en espera de mayores retos políticos. 

Sus problemas para distinguir lo público de lo privado vienen de lejos. Cuando en 2008 le robaron una Suzuki 400 de color amarillo era teniente de alcalde, responsable de la policía municipal, y alcalde en funciones por la ausencia de Celdrán. Se lanzó en plan macho alfa en busca de su moto, eso sí, acompañado por cinco unidades de la policía, entre la suya y la nacional, que le llevaron a adentrarse en Los Colorines, una barriada poco afecta a la autoridad, debido a los negocios en tráfico de drogas y armas de algunos vecinos. 

La incursión en territorio comanche se saldó con cuatro agentes heridos leves, dos detenidos, un prófugo y sin noticias de la moto, que apareció poco después quemada en el Cerro de Reyes. La oposición socialista le acusó de abuso de poder y actuación temeraria al poner en riesgo a los agentes. 

Nuestro tipo inquietante de la semana es un hombre echado hacia delante, de los que no se amainan. Sus viajes a Tenerife a presuntos actos políticos con senadores del PP, que los mismos senadores locales del PP no recuerdan, eran conocidos en Extremadura desde hace tiempo. La amante, ya despechada, se había encargado de dar cuenta de sus amoríos a los periodistas de la región a los que aportaba correos y fotos íntimas con Monago. Estos informadores actuaron con celo profesional al separar la privacidad de la política. 

Entonces no sabía que el antiguo bombero acudía dos veces por mes a retozar a cargo de los presupuestos del Senado, también muy presuntamente, que como bien debe saber, salen de sus impuestos y de los míos. La chica, llamada Olga María Henao Cárdenas, según declara ella misma en las entrevistas que concede encantada del revuelo, se la conocía en Extremadura como “la venezolana”, un error mínimo pues es de origen colombiano. 

Al ser vocal del Partido Popular de Santa Cruz de Tenerife es posible que Monago confundiera, en sus primeras excusas ante la prensa, un acto con senadores del PP con un acto con una vocal del PP, algo comprensible por los nervios que generan estas comparecencias ante los medios de comunicación.

La palmada en el trasero 

Aunque Monago dijo estar separado de su esposa unas semanas antes, no tuvo reparos en exhibir buen rollo con ella, como si nada hubiese pasado, en su toma de posesión como presidente de la Junta, que se celebró en el Museo de Arte Romano ante la imposibilidad climática de hacerlo al aire libre en el teatro romano de Mérida, como él quería. Una temeridad como la de la Suzuki, ya que el mes de julio extremeño suele caer caluroso y con solana. Estábamos con el buen rollo; después de hacerse coronar como un emperador fuera de la sede parlamentaria, que era lo habitual hasta entonces, no se le ocurrió otra cosa que darle un azotito en las partes traseras a su mujer, como un Yeltsin cualquiera. El exbombero es un hombre dado a la teatralidad y a la egolatría. 

Pese a estas ínfulas de starlet, Monago no es nadie sin la presencia omnipresente del llamado octavo consejero: Iván Redondo, experto en campañas electorales con experiencia en EEUU, donde estudió esas artes. Redondo es el típico genio detrás del típico lelo, inventor del barón rojo y el verso suelto, dos toques publicitarios con los que logró engatusar a los votantes, primero, y a IU en Extremadura, después, más empeñada en ajustar cuentas con el PSOE que en escuchar a sus seguidores. En la última encuesta publicada por el periódico Hoy, IU quedaría fuera del Parlamento en beneficio de Podemos, que vuela alto en los sondeos. 

Redondo le diseñó una campaña moderna, mandó quitar los atriles y transformó los aburridos mítines de siempre en una especie de asambleas con los ciudadanos; le llevó de pueblo en pueblo a encuentros en los que el exbombero prometía planes de austeridad para los políticos. Queda ahora un tanto ridícula la primera de aquellas promesas: eliminación de los privilegios de los altos cargos. 

Tras ganar las elecciones como partido más votado, y gracias al apoyo de IU en una abstención estratégica, se convirtió en presidente de la Junta, y Redondo retornó a su trabajo de asesor universal. Los 100 primeros días de Monago fueron un fiasco, un desastre comunicacional. Tan grave era el descalabro que refichó al gurú de las ideas redondas, y perdón por el chiste, esta vez a cargo de los presupuestos de la Junta, y no del PP. Otra vez traspapelando principios éticos. De esos tiempos de tumulto le viene la inquina a Hoy, al que trata de estrangular económicamente.

Iván Redondo se hizo con el control, desplazó a unos y aupó a otros para mayor gloria del exbombero. Estos tejemanejes dejaron numerosos heridos en el seno del PP y varias inquinas, como la de Carlos Floriano, que de perdedor de elecciones en Extremadura pasó a altísimo cargo en la Rúe del Percebe, 13 (Génova). Además del gurú, Monago cuenta con el apoyo inquebrantable de Alejandro Nogales, uno de los tres diputados de IU y quien sostiene por sí solo toda la inquina del mundo contra el PSOE. Nadie entiende la fortaleza del pacto, dados los escasos réditos. Monago aceptó la renta básica que pedía IU (pero la de Podemos es mala) aunque luego se apañó para colocar tales barreras burocráticas que de los 18.000 solicitantes solo se aprobaron 1.500. La realidad es que solo beneficia a 300 familias, tal vez menos.

Un receso para ir al baño 

Cuando en mayo de 2014 Guillermo Fernández Vara, el líder del PSOE extremeño, presentó su moción de censura, a Monago se le atragantó el Estado de la Región, que en eso estaba, en venderse como líder con planes hasta 2020, como si no hubiera elecciones a la vista en mayo de 2015. Fue una sorpresa. Lo que iba a ser un debate controlado para mayor loa del presidente se transformó en miedo a perder el poder. Otra vez pendiente de IU, de los pactos. Monago se calentó tanto que se le olvidó el guión de estadista y empezó a decir sandeces. De bombero había pasado a pirómano. Hasta él mismo se dio cuenta del desvarío y pido un receso de la sesión para orinar. Fue una meada de Guinness porque duró 25 minutos, los que tardó Iván Redondo en sacarle el pánico del cuerpo y en meterle dos ideas en la cabeza. Cuando regresó orinado y sedado volvía a ser el autómata valiente.

El repetirse tanto lo de ir de verso suelto ante el espejo de casa, o en los servicios del aeropuerto antes de volar a Tenerife, le ha empujado al desastre. Si uno tiene el armario lleno de condones, por un decir, debe extremar el cuidado y saber en qué ojo mete el dedo. Siempre es bueno saber dónde se meten las cosas. 

Cuando María Dolores de Cospedal, secretaria general de su partido, dijo que ya no podían hacer más contra la corrupción, él salió a la palestra para enmendarle la plana y erigirse en campeonísimo de la decencia. En estos momentos de zozobra en el PP, los versos sueltos son más bien patadas en las partes centrales delanteras. No es una casualidad que el affaire de Tenerife, pagado con dinero de todos, saliera a la luz justo antes de la conferencia del buen gobierno en Cáceres. 

La venganza es un plato que se sirve frío, casi como un gazpacho. 

La rueda de prensa fue esperpéntica. No respondió a las dos cuestiones centrales: ¿viajó a Tenerife 32 veces a cargo del Senado para asuntos particulares? ¿Cuáles fueron las actividades políticas relacionadas con su senaduría que le llevaron a la isla? Amenazó con querellas, acusó veladamente a su partido de la filtración, y dijo que nadie le iba a “romper las piernas”. Es la misma metáfora empleada antes de la gran meada en el debate sobre el estado de la región, cuando perdió los papeles. Es posible que lo de las piernas sea una fijación infantil del gurú particular. 

El acto del PP de Cáceres sobre el buen gobierno y la regeneración ha servido para que los dirigentes peperos hicieran un ejercicio suicida de masturbación colectiva que les ha dejado muy satisfechos… hasta el siguiente CIS, claro. Después de negar los viajes a Canarias a cargo del Senado, Monago se ofreció entre vítores a pagarlos de su bolsillo. ¿No es un reconocimiento de malversación de fondos públicos? 

Convertida la cita en un acto de ilusionismo en apoyo del bombero follador, se pudo ver la sonrisa de éxtasis de Pedro Acedo, alcalde de Mérida, un viejo experto en escándalos sexuales y rival de Monago en sus aspiraciones en la Junta. Otro que debe estar pasándolo bomba es Floriano, íntimo enemigo de presidente viajero, y encargado de darle palmaditas en la espalda cuando a nuestro tipo inquietante de la semana le dio por llorar, seguramente aconsejado por Iván Redondo. 

Canal Extremadura, la televisión que solo obedece a Monago, no emitió la rueda de prensa del escándalo tinerfeño. Así eran las órdenes. Sí lo hizo la radio autonómica, que se despidió a media rueda de prensa, cuando el discurso preparado por el gurú Redondo para consumo interno había terminado. A partir de ese momento, el líder Monago pudo quitar el piloto automático de salvador de la patria. La ironía, tal vez casual, es que en el instante en que trataba de defender su honorabilidad como gobernante, que no como amante, su televisión emitía la telenovela Pasión Morena, lo que ya es recochineo. España y Extremadura son así.

14 noviembre, 2014

no somos nada

video

Somos los nietos de los obreros que nunca pudisteis matar, 
por eso nunca, nunca votamos para la Alianza Popular, 
ni al PSOE ni a sus traidores ni a ninguno de los demás. 
Somos los nietos de los que perdieron la Guerra Civil. 
¡No somos nada! 
¡No somos nada! 

Somos los nietos de los obreros que nunca pudisteis matar, 
no somos punk, ni mod, ni heavy, rocker, ni skin, ni tecno. 
Queréis engañarnos, pero no podéis; tampoco tenemos precio, 
vosotros veréis qué hacéis, nosotros ¡ya veremos! 
¡No somos nada! 
¡No somos nada! 

Somos los nietos de los obreros que nunca pudisteis matar, 
somos los nietos de los que perdieron la Guerra Civil. 
Somos los nietos de los obreros que nunca pudisteis matar, 
somos los nietos de los que perdieron la Guerra Civil. 
¡No somos nada! 
¡No somos nada! 

Quieres identificarnos, tienes un problema.

la polla record

10 noviembre, 2014

APUNTES CONTRA EL PROGRESO - Miquel Amorós

Charla de Miquel Amorós del 8 de noviembre de 2012 en el Círculo de la Amistad-Numancia, de Soria.
Editado en la revista Raíces nº5. Crítica, análisis y debate en torno a la destrucción del territorio. Primavera-verano 2013 / Extremadura. 


“…hace falta que la memoria consiga retomar el hilo del tiempo para recobrar el punto de vista central desde donde descubrir el camino. A partir de ahí comienza la reconquista de la capacidad de un juicio crítico que basándose en hechos constatables dé respuesta al envilecimiento de la vida, y que precipite la escisión de la sociedad, momento preliminar de una revolución, planteando la cuestión histórica por excelencia, a saber, la cuestión del progreso.” Historia de diez años, Encyclopédie des nuisances, nº2.

Dada a conocer por la Ilustración, en sus orígenes la idea de Progreso era casi subversiva. La Iglesia imponía los dogmas de la creación y el fijismo que sentaban la inmutabilidad de los seres vivos, creados por la divinidad tal como eran, por lo que en la Enciclopedia hubo pocas líneas bajo la rúbrica “Progreso”, definido simplemente como “movimiento hacia delante.” Por otra parte, Diderot y otros enciclopedistas no consideraban la sociedad civilizada como superior a la salvaje sino bien lo contrario, por lo que su posición relativa al progreso sería cuando menos escéptica o precavida. Sea por una cosa o por la otra, la idea se fue imponiendo en Europa a partir de la revolución industrial. Como dice Mumford, “el progreso era el equivalente en historia del movimiento mecánico a través del espacio.” Era la interpretación del hecho del cambio como algo unidireccional, donde la marcha atrás, o sea, la decadencia o el retroceso, quedaban explícitamente excluidos. El pensamiento ilustrado interpretaba la producción industrial como el anuncio de un mundo libre de prejuicios religiosos y gobernado por la Razón, donde todos tendrían la felicidad al alcance de la mano. Los hechos lo contradecían a menudo, pero la contradicción se resolvía contando con que la marcha atrás formaba parte del avance; por ejemplo, se suponía que la fealdad de la sociedad industrializada estaba preñada de un porvenir donde la abundancia material sería la norma y la libertad su resultado. Por añadidura, la ciencia solucionaría todos los problemas, la economía crecería y el Estado democrático ofrecería la igualdad ante la ley a la hora de la distribución. Sin embargo, toda medalla tiene su reverso y a golpe de ciencia, estatismo y productividad el progreso nos ha conducido al borde del precipicio: la ciencia y la tecnología han transformado los medios de producción en medios cada vez más destructivos; el desarrollo económico ha engendrado desigualdad, injusticia social y miseria por doquier, devastando de paso el medio ambiente; el Estado se ha convertido en un monstruo burocrático tentacular que devora la vida de sus súbditos. Los desastres sociales y ecológicos se han vuelto moneda corriente y la insatisfacción, como la crisis, se ha generalizado. Los individuos, sojuzgados por la producción y la política, son incapaces de dominar su destino. En su interior habita un vacío acumulado durante más de dos siglos que les imposibilita formular y comunicar su insatisfacción, aunque por primera vez, de forma general, se derrumba la creencia en un futuro mejor. Confrontados a la posibilidad real de que el mundo entre en dificultades mayores anunciando su fin a medio plazo, la idea de futuro ha perdido toda su validez. En vista de los retrocesos de tanto avance los sufrimientos de las generaciones pasadas parecen haber sido en balde. El hecho es importante puesto que todos los idearios emancipadores desde la Revolución Francesa hasta Mayo del 68 se justificaban en nombre de la razón científica y del progreso.

Para los progresistas, la ciencia revelaba leyes económicas y sociales inexorables cuya necesidad histórica no se cuestionaba, ya que, inscritas en la naturaleza de las cosas, estaban por encima de los designios humanos: para ser equitativo y justo había que obedecerlas y observarlas. La principal sería la que postulaba la continua e ilimitada perfectibilidad del ser humano gracias según Godwin, el referente más antiguo de la anarquía, al imperio de la Razón científica. Fourier decía que era deseo de la naturaleza que la barbarie tendiera por etapas a la civilización. Proudhon incluso afirmaba que la idea de Progreso sustituía en filosofía a la idea del Absoluto. Marx designaba a la clase obrera como su principal agente histórico, en tanto que “fuerza productiva principal”. El proceso histórico, según Hegel, era la estela que deja la Idea (el progreso) en su marcha. Marx, su discípulo, nos enseñaba que dicho proceso no era más que un encadenamiento natural de etapas económicas obedeciendo a unas leyes contra las cuales la voluntad humana no podía nada; es mas, aquélla era determinada por éstas. El devenir histórico asociado al desarrollo científico y técnico de la producción, ocuparía el centro de la doctrina marxista bien criticada por Bakunin, en la que quedaba implícito que el conocimiento científico de sus leyes iluminaría a una clase de dirigentes que, organizados en partido, guiarían a las masas en una revolución que apuntaría al mejor de los destinos en una sociedad sin clases. Eran unos golpes tremendos a la metafísica y a la religión, pero que no las derribarían, sino que al contrario, las reforzarían con una nueva superstición: la superstición científica.

El fetichismo científico es la sustancia de la idea de Progreso. Para los progresistas de cualquier escuela la ciencia aparecía como el remedio de todos los males. Todo el pensamiento tenía que adoptar sus métodos y aceptar sus conclusiones. Las reflexiones sobre la verdad, la justicia o la igualdad que no se atuvieran a la ciencia, serían calificadas de disquisiciones metafísicas. Si la religión era cosa del pasado, la ciencia pertenecía al futuro desarrollado, al progreso. Pero sin embargo ambas eran menos incompatibles de lo que se creía. En el progresismo la ciencia se mostraba no sólo como conocimiento, sino como fe. Saint-Simon, uno de los primeros reformadores socialistas, consideraba a sus seguidores “evangelistas del ingeniero” y “apóstoles de la nueva religión de la industria.” Para su díscolo alumno Comte la ciencia elevaba al hombre a “director de la economía de la naturaleza, a la cabeza de los seres vivos”, despertándole “el deseo noble de incorporación honorable a la existencia suprema”, y, en consecuencia, llevándole a una “unidad perfeccionadora” con el “Gran Ser”, forma definitiva de la existencia. El libro más leído del siglo XIX, “El año dos mil”, una utopía tecnocientífica escrita por Edward Bellamy, describía la toma de conciencia de la inhumanidad de las relaciones sociales en términos religiosos: “La salida del sol, tras una noche tan larga y oscura, debió tener un efecto deslumbrador (…) Es evidente que nada pudo contener el entusiasmo que inspiraba la nueva fe (…) Por primera vez desde la Creación, el hombre se mantuvo erguido ante Dios (…) El camino se abre ante nosotros y su extremo desaparece en la luz. El hombre debe volver a Dios…” La divinidad había colocado en el corazón de los hombres la idea de Progreso, “que nos hace encontrar insignificantes nuestros resultados de la víspera y siempre más lejano el punto adonde nosotros queremos llegar.” Las raíces recién arrancadas del terreno religioso, crecían ahora en un terreno similar gracias a la fascinación que despertaba la magia científica. Acabada de abatir la autoridad divina, la nueva fe prometía hacer de los hombres dioses mortales habitando un Olimpo tecnocientífico. Pero al fundarse la economía en la separación de los individuos entre sí, en la separación entre ellos y el producto de su actividad, y entre éste y la naturaleza, su desarrollo apoyado en la ciencia trajo una plusvalía de irracionalidad. Pronto aparecieron en la nueva especie dirigente inspirada en supuestos científicos, rasgos sospechosos que con el tiempo se harían clamorosos, tanto en el campo capitalista como en el socialista; por ejemplo la tendencia a legitimar los medios por el fin, el presente por el futuro, o lo real por lo ideal; la clase dirigente apelaba a los imperativos urgentes de la situación del momento para suprimir la poesía de la revolución liberadora, posponiendo sine die una justicia y una libertad cada vez menos concretas. Así pues, la vida social propiciada primero por la burguesía, y después por la clase burocrática nacida de la revolución, tendió a regirse según criterios pragmáticos, renunciando a los dictados de la razón objetiva; éstos quedaban reducidos a su dimensión utilitaria, subjetiva y formalista. En consecuencia, mientras la conducta moral se disolvía en el egoísmo mezquino, el orden económico y político quedaba garantizado. Comte, cuya divisa política era “Orden y Progreso”, ya había precisado antes que “en todos los casos las consideraciones sobre el progreso están subordinadas a las del orden.” Y remontándonos más en el curso de la historia, un ilustrado precursor como Fontenelle sostenía que la verdad, determinación principal de la Razón, debía de subordinarse a criterios de utilidad, incluso ser sacrificada si así lo aconsejaban las conveniencias sociales. Lo mismo podía decirse de las demás determinaciones. La clase burguesa, y tras ella la burocracia, al liquidar la Razón inventaba una nueva metafísica seudorracionalista que se manifestaba como una fe ciega en los descubrimientos científicos, en las innovaciones técnicas y en el desarrollo económico, fe designada como “materialismo” y destinada a desembocar en un presente perpetuo de sinrazón y barbarie. Por ejemplo, el estalinismo demostraría que tampoco la historia progresaba adecuadamente y que el progreso histórico no había sido más que una ideología al servicio de una nueva clase dominante, la burocracia de partido, con la que cubrir una opresión de dimensiones colosales. A partir de un determinado nivel del reverenciado progreso, el que condujo a la primera guerra mundial y al auge del nazismo, los efectos negativos superaban ampliamente a los positivos hasta constituir éste una amenaza para la especie humana: en la etapa siguiente de desarrollo el fin último del progreso se revelaría entonces como el fin de la humanidad, materializado primero en el armamento nuclear; después en el Estado policial y la industrialización del vivir; y por último, en la polución y el calentamiento global. Si la historia sigue el curso marcado por la hybris progresista en cualesquiera de sus variantes, el punto final será la desolación, no el Edén del consumidor feliz o el paraíso comunista.

La idea de Progreso establece una trayectoria ascendente desde las sociedades tachadas de primitivas hasta la civilización moderna actual. En la práctica significa una transformación incesante del medio social y una renovación constante de las condiciones económicas que lo determinan. El presente no es más que una etapa pasajera en el camino de un porvenir mejor. No obstante, la idea considera la sociedad presente como superior a todas las épocas pretéritas y sobre todo contempla su devenir como culminación de sí misma. Éste no es más que una apoteosis del presente. En realidad el futuro se esfuma en la ideología, no quedando del progresismo sino una vulgar apología de lo existente. Por eso, toda la clase dominante, en política y en economía, reivindica el progreso como una seña de identidad, porque, en la medida que domina el presente, reescribe el pasado del que se siente heredera y conjura el futuro que no termina de controlar. El progreso es “su” progreso. Los dirigentes progresan, valga la redundancia, merced al progreso de la ignorancia y al del control, dando lugar a aparatos cada vez más gigantescos. Piénsese las posibilidades de dominio que inauguran los sistemas tecnológicos de vigilancia o la cultura de masas, por no hablar de la difusión del modelo educativo estatal en el que ponían sus esperanzas los primeros progresistas, creador de una forma de ignorancia funcional que el espacio virtual ha generalizado. Así se explica que los individuos, por más que la ciencia haya progresado, sean menos que nunca dueños de su destino. Lo que hoy en día se llama Progreso no conduce al esclarecimiento de la mente ni a la autonomía personal porque lo único que pretende es el crecimiento económico y el modo de vida consumista que le está asociado. El poder separado que lo reivindica necesita seres egoístas y atemorizados, o mejor aún, mecanizados. No quiere seres de juicio independiente capaz de orientar su conducta moral de acuerdo con el conocimiento objetivo, sino a gente irreflexiva y uniformizada, absorbida por lo accesorio y lo instantáneo, y atenazada por el miedo. Gente programada para inclinarse ante los mensajes recibidos desde el aparato de la dominación. La estandarización y mercantilización de todas las actividades humanas producen la sinrazón característica que los dirigentes consagran en nombre del Progreso; mientras tanto, la ingeniería genética construye sus fundamentos biotecnológicos. La cultura de la verdad y la justicia no fructifica en él, pero su imagen sirve de coartada a la esclavitud y la opresión. Los pretendidos avances sociales se ven siempre acompañados por la inconsciencia, la deshumanización y la anomia, de forma que el susodicho Progreso elimina el mayor de sus postulados: la idea misma de hombre libre y emancipado.

Recapitulemos. En principio, el concepto moderno de Progreso es hijo de la derrota de la religión por la Razón. No obstante, la victoria de la Razón fue sólo aparente, es decir, no fue la victoria de la humanización. Ya hemos hablado de la degradación de la Razón a instrumento del poder. Hablemos ahora de las consecuencias que tal degeneración tuvo para la naturaleza. Al imponerse una concepción racional del mundo a la cosmovisión religiosa, la naturaleza quedó desacralizada y el mundo, desencantado. Perdió todo su significado y en adelante la contemplaron con indiferencia como un objeto inerte y una materia prima; en suma, como un almacén de recursos. El antagonismo entre una naturaleza despojada de sentido y una civilización expoliadora quedó plasmado en una serie de conceptos ambiguos como el éxito, el bienestar, el desarrollo o… el progreso. La actividad humana dejó de celebrar la relación misteriosa con la naturaleza y pasó, no a considerarla racionalmente tratando de aprehender su verdad para poder así guiarse, sino que procedió a su dominación. Entonces, al convertirla en un objeto de explotación sin límites, lo realmente conseguido fue la adaptación forzosa de los individuos a un medio social coactivo engendrado durante el proceso. El progreso se pagaba sometiendo la vida a la racionalización pragmática impuesta por la mercancía y el Estado en la que los medios se confundían con los fines: la vida obedecía al progreso, no al contrario. La vida esclava del progreso era un crisol donde se fundía la razón objetiva y se evaporaban todos los conceptos que constituían su núcleo: verdad, justicia, felicidad, igualdad, solidaridad, tolerancia, libertad… Tal como concluía Horkheimer, “el dominio de la naturaleza incluye el dominio sobre los hombres.” La tiranía ejercida sobre la naturaleza trajo como consecuencia la sumisión y el embrutecimiento simultáneos del ser humano. El vaciado de la conciencia se deducía de la concepción mecanicista del hombre. Ya el más extremista de todos los filósofos materialistas, La Mettrie, concebía al ser humano como una máquina que se montaba ella misma sus resortes, y consideraba el pensamiento como un subproducto de la actividad mecánica de importancia menor. Tal inaudita concepción, formulada a mediados del siglo XVIII durante la lucha intelectual contra los sistemas metafísicos y las religiones, fundaba científicamente la manipulabilidad de la especie humana, cosa que las clases dirigentes de la posteridad tomaron muy en serio. Por ironía de la historia, la religión no saldría perdiendo. Un siglo más tarde, el álgebra de Boole, que hizo posible la simulación mecánica del pensamiento humano, redujo éste a una simple representación matemática, persiguiendo ni más ni menos que la “revelación de la mente de Dios.” Si ascendemos por el camino de la matemática binaria, sin lugar a dudas, los ordenadores digitales nos acercarán más a la divinidad, que ya no está en los cielos, sino en el espacio virtual.

Desvelado el lado oscurantista de la ciencia a medida que la extrema especialización dividía el conocimiento en compartimentos estancos, su incapacidad en proporcionar una concepción del mundo holística, unitaria y coherente que formara a los individuos y reforzara su vínculo con la naturaleza, quedaba la tecnología como último fetichismo por denunciar. En las últimas fases de la dominación capitalista el progreso equivale al progreso técnico, pues los expertos que trabajan para ella atribuyen a la técnica la expectativa de la salvación última, a la que empresarios, políticos y desinformadores fanatizados han convertido en una ortodoxia casi milenarista. Con la tecnología, los males del desarrollo se curan con más desarrollo. En consecuencia, la técnica ha creado un medio artificial y jerárquico ajeno a las necesidades sociales donde se desenvuelve toda la vida cotidiana, una segunda naturaleza que determina completamente el orden social. Los individuos han escapado a los condicionamientos naturales para caer esclavos de las máquinas. Las máquinas intervienen las relaciones entre humanos y median ahora entre ellos y la naturaleza, impidiendo cualquier relación directa. El hombre, subido al carro del progreso, queda definitivamente aislado de sus congéneres y cortado del cosmos, al que no contempla como algo vivo ni se considera parte de él. El biólogo y cristalógrafo británico John Bernal celebraba en Mundo, carne y demonio, esa emancipación de las servidumbres naturales: “la tendencia fundamental del progreso es la sustitución de un entorno de causalidad diferente por otro deliberadamente creado. Con el paso del tiempo, la aceptación, la apreciación, incluso la comprensión de la naturaleza, será cada vez menos necesaria.” La mente humana capitula ante el maquinismo, se vuelve tecnólatra. La automación colabora. El individuo se considera libre en la medida en que se deja llevar por las máquinas, que ahora son su medio; las máquinas hacen todo el esfuerzo y le ahorran incluso el trabajo de la reflexión. Pero la libertad de un orden mecánico excluye el derecho a no usarlas. Todos dependen de ellas y nadie puede vivir al margen, es decir, nadie puede vivir en contra del Progreso.

En un mundo cuantitativo la razón técnica coloca los actos reflejos por encima de la inteligencia, el rendimiento por encima del sentido y el cálculo por encima de la verdad, de forma que cuando hablan de “inteligencia artificial”, no es porque los artefactos se hayan vuelto pensantes, sino porque el pensamiento humano se ha vuelto mecánico. Los visionarios de la deshumanización completa, la machina sapiens no es más que la transferencia del legado mental a una descendencia mecánica, pues el hombre inmerso en un universo tecnológico funciona como una máquina y la máquina, como un autómata humano. Su destino, tal como señalan las condiciones actuales de existencia, es “pasar la antorcha de la vida y de la inteligencia al ordenador.” La conclusión que se impone no es sin embargo el rechazo de la técnica, sino el del papel que desempeña en el actual periodo histórico de dominio capitalista, comenzando por su función religiosa redentora bastante compartida por las masas. La técnica, en cuanto facilita a los humanos el metabolismo con la naturaleza, es necesaria. La herramienta ha creado al hombre. Pero cuando se vuelve discurso del poder, tecnología, se convierte en una amenaza para la supervivencia de la especie. La técnica sigue un camino que se aparta de las necesidades humanas básicas y termina creando un mundo propio. Es el momento de su autonomía, el momento en que toma el mando. La convivencia no puede nada contra una tecnología invasora que altera constantemente la sociedad al ritmo de incesantes novedades. Si hoy hacemos inventario de lo que aporta y lo que sustrae a la sociedad el balance no puede ser más negativo. Por un lado la implantación del homo economicus, el hombre que se mueve solamente por el interés, en una parte del mundo y el incremento del nivel de consumo superfluo. Por el otro, la depauperación y explotación de la parte restante, el agotamiento de recursos, la acumulación de armamento y la aniquilación del planeta. Se confirma pues que el problema social mayor no es la falta de desarrollo, sino el mismo desarrollo. No es la falta de tecnología, sino la ausencia de fines humanos.

Al contrario de las culturas “primitivas”, la civilización materialista es indiferente a su dependencia del entorno y asimismo nunca ha intentado mantener un equilibrio cualquiera con el medio natural. Su necesidad de crecer disfrazada de progreso le lleva a contaminar el suelo, a corromper el aire, a adulterar los alimentos y a emponzoñar el agua. A exacerbar las diferencias sociales y poner en peligro la salud de la población. La destrucción acelerada del medio natural y social en la que hemos entrado no se puede evitar sino que va en aumento: es fruto de la propia dinámica del sistema, que necesita crecer con la mayor celeridad. Las agresiones al territorio se han hecho habituales y el problema no es tanto su impacto instantáneo como su efecto acumulativo, plasmado en la crisis energética, los desastres nucleares y el calentamiento global. La nueva conciencia ecológica de los dirigentes llega para hacer rentable la propia destrucción, que es inevitable, puesto que está inscrita en el modo dominante de producir y consumir. El progreso hoy se viste de verde para comerciar con los desperfectos; es más, no tiene otro traje con el que vestirse: sus demandas constantes obligan a una sobreexplotación del territorio. Todo en el reino de la mercancía tiene un precio, desde el aire que respiramos hasta los paisajes que visitamos, pero en lo sucesivo el precio ha de ser ecológico. Los dirigentes convertidos al ecologismo han de incorporar el coste de unos cuantos daños colaterales del desastre al precio final si quieren que los fundamentos de la sociedad industrial no se alteren. Si eso pasara, para ellos eso sería el fin del Progreso, pero para nosotros, el Progreso es el fin.

La crítica a la idea de Progreso nos conduce por sendas peligrosas franqueadas por abismos ideológicos. Desde el punto de vista filosófico, la demolición del materialismo progresista no implica un retorno a la dualidad espíritu-materia o un puente tendido al nihilismo. Tampoco el rechazo de una historia teleológica significa necesariamente el rechazo de la historia. La negación de una ética científica no llega a la impugnación de la ciencia como tal, ni la inanidad del sistema educativo excluye la instrucción. Simplemente, la constatación de que la historia no tiene un plan ni esconde una meta, de que las leyes históricas no son tales puesto que la historia de la humanidad es un proceso de consumación más que de devenir; de que el conocimiento científico no sirve por si sólo como faro social y de que la transmisión de la experiencia generacional no funciona a través de aparatos educacionales. Hemos afirmado que las contradicciones sociales derivan en último extremo de las contradicciones entre la sociedad y la naturaleza desveladas por la historia. Pero somos hijos de la Razón ilustrada, no del Bhágavad-Guitá o del Paleolítico Inferior, por lo que creemos que las contradicciones no se resuelven elevando la naturaleza a principio máximo, ni se conjuran con la ayuda del Cielo o de las sagradas escrituras, propiciando una vuelta religiosa a la naturaleza o al pasado. Tales buenas intenciones no mitigan la crisis del pensamiento racional ni la crisis del mundo, antes bien nutren ideologías irracionales y movimientos fundamentalistas que ahondan dicha crisis. La crítica de la idea de Progreso no es una revuelta contra la Razón ni contra la formación intelectual y el saber, y ni mucho menos contra la civilización en general; es una crítica de su degradación y eclipse. No apela a la Trascendencia, a una Nueva Ciencia o a la Tradición, sino al pensamiento libre de cadenas que subvirtiendo las bases ideológicas del sistema, lleva a los seres humanos a una unión racional y a la armonía con la naturaleza.

No somos sólo hijos de la Ilustración; también lo somos del Romanticismo, de su voluntad de verdad, de belleza y de acción, y de su búsqueda de espiritualidad y de misterio. Nos levantamos en nombre de la Razón y la lógica, sí, pero asimismo en nombre de la emoción, la pasión y el deseo. Si bien el hombre que quiere ser libre no intenta cambiar de mitos sino ir a la raíz de las cosas, tampoco renuncia a “reencantar” el mundo en desacuerdo absoluto con la clase dominante. El reencantamiento es una concienciación ligada a los esfuerzos revolucionarios ante la lamentable marcha del progreso capitalista, que cuantifica, mecaniza y destruye la vida. Es un reencuentro entre lo racional y aquello que los surrealistas tildaban de maravilloso. En la revolución y en la poesía, que viene a ser lo mismo, está el camino hacía una civilización alternativa. Es la única manera que la humanidad tiene de crecer y de convertirse en lo que potencialmente es. El nuevo punto de partida no se halla en una burocratización de la naturaleza equiparable con la de la sociedad, sino en una reconciliación desburocratizada entre ambas. La reconciliación cuestiona de entrada las condiciones actuales que se oponen a ella, como son la industrialización, el estatismo, el desarrollo económico y el progreso. Por lo tanto su programa ha de ser desurbanizador, anti-industrial, antipolítico y antiprogresista; ella ha de promover nuevos valores, nuevos modos de vida, nuevas maneras de acción social… La naturaleza y la sociedad han de encontrar su equilibrio, pero para ello tienen que ser salvadas de los burócratas, de los expertos, de los inversores y de los ideólogos redentores. La única manera de lograr la armonía entre ambas es no cediendo, ni en la teoría ni en la práctica, a la lógica de la dominación. Solamente una sociedad que sea dueña consciente de su propia historia podrá manumitir a la naturaleza esclava del progreso. Pero esto no es un presupuesto eternamente posible: gracias a la tecnociencia, la dominación está fabricando un mundo literalmente inhabitable y como señala Walter Benjamin en Dirección Única, si los dirigentes no son derrocados “antes de un momento casi calculado de la evolución técnica y científica, todo se habrá perdido. Es preciso cortar la mecha que arde antes que la chispa acabe con la dinamita.” 

La revolución necesaria no se desprende de una mera contradicción entre las masas consumidoras y la financiación del consumismo, sino de la reacción decidida contra un progreso que conduce irremediablemente a la catástrofe.