11 febrero, 2016

Apátrida por voluntad propia. Sobre la prisión de lo Posible.




Apátrida por voluntad propia. Sobre la prisión de lo Posible - Núria Güell
España, 2015

La nacionalidad se concibe como la cualidad que infunde a una persona el hecho de pertenecer a una comunidad nacional organizada en forma de Estado. El proyecto surge de mi desidentificación con la estructura Estado-nación y de mi rechazo a la nacionalidad como construcción identitaria impuesta.

Solicité al Gobierno renunciar a mi nacionalidad adquiriendo el estatuto de apátrida, petición que me fue denegada. En respuesta a esta negativa encargué a una abogada un estudio de la legislación española revelando que solo está contemplada la perdida de la nacionalidad como castigo proveniente del Estado, no está contemplada la posibilidad de que una persona pueda elegir rechazar su nacionalidad.

Después de enviar una segunda solicitud formal, la Subdelegación del Gobierno me informó que transfirió mi caso al Ministerio de Justicia. La abogada que me lleva el caso insistió varias veces telefónicamente pero aún estamos en espera de una respuesta.

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(English)

Stateless by choice. On the prison of the Possible.
Spain, 2015
Nationality is the quality that infuses to a person the fact of belonging to a national community that is organised as a State. The project emerges from my disidentification with the structure of the Nation-State, as well as from my refusal to the construction of the self in relation to the national identity, since I consider it is fictional and imposed.

I applied for rejecting my nationality acquiring status of stateless to several State authorities, with no success. Given that, I asked for a lawyer to conduct a study of both Spanish and European laws regarding nationality. We concluded the law only contemplates the loss of nationality as a punishment - hence and individual cannot decide to reject "its" nationality.

After sending twice a formal request, I was informed by the Government Subdelegation that my request was transferred to the Ministry of Justice. After several phone calls from my lawyer who is in charge of this case, we are currently still waiting for an answer.

10 febrero, 2016

Un atajo entre el turismo y el terrorismo - Peter Gelderloos

“¡Soy un turista, un turista!” — protesté en algún lugar de los calabozos de la Guardia Urbana, discretamente situados en La Rambla.
“¡De eso nada!” —respondió a gritos el policía meneando el dedo—. “¡Terrorista!”
En la calle, justo encima de mí, sólo minutos después del supuesto acto terrorista, todos los demás turistas paseaban tranquilamente, ojeaban las postales y los menús de tapas, echaban un vistazo a los puestos de libros montados para la fiesta de San Jordi del 23 de abril o contemplaban a los artistas que siempre bordean los típicos paseos peatonales de Barcelona. No había ninguna estampida de pánico, tan sólo la aglomeración cotidiana que siempre inunda la ciudad. Pero en aquel momento no estaba precisamente discutiendo con la voz de la razón. El policía estaba seguro de que yo era un terrorista porque estaba seguro de que era un okupa, y estaba seguro de que yo era un okupa porque pensaba que tenía pinta de serlo (llevaba una camiseta con un lema político y algunos eslóganes garabateados en las zapatillas).

Lo cierto es que había sido la Asamblea de Okupas la que había organizado la pequeña protesta de La Rambla. Tenían un cartel con globos en el que podía leerse en catalán: “Una ciudad sin okupaciones es una ciudad muerta” y repartían folletos contra la gentrificación en los que se explicaban los motivos para ocupar. El pequeño acto terminó con la explosión de un petardo de esos que lanzan octavillas al aire. Hizo un ruido tremendo, quizá más de lo que se pretendía, pero después de todo fue sólo eso: ruido. La policía, sin embargo, siempre entrenada para lo peor, llegó y empeoró las cosas. Cargaron gritando e incorporaron al acto el elemento de pánico que el petardo no había aportado. Yo me encontraba en la zona y vi correr a la policía —en ese momento, perseguían a uno de los manifestantes—, e hice lo que habría hecho en los Estados Unidos: seguir a los polis para ver si arrestaban a alguien, por si ese alguien necesitaba ayuda o era golpeado. Un par de manzanas más allá, los policías habían arrojado a uno de los manifestantes contra la pared. Me quedé observando hasta que ordenaron a la multitud que se dispersase, pero cuando volvía a La Rambla, un poli me miró con suspicacia y me hizo una pregunta. Le expliqué que no hablaba muy bien español y le mostré mi pasaporte; él lo cogió y se lo llevó. Tuve que ir tras él hasta la comisaría, donde se me informó de que estaba detenido, acusado de participar en una manifestación ilegal y de desórdenes públicos. Y puesto que alegan que los desórdenes fueron llevados a cabo con explosivos, me enfrentó a una condena de entre tres y seis años de cárcel.

Después de dos días en los calabozos de la policía, tuve el privilegio de que me gritase un juez que describió la protesta como “guerrilla urbana” y, al mismo tiempo, como una acción “paramilitar” cuyo objetivo era atacar La Rambla cuando más gente había en ella, lanzando así el mensaje de que los okupas formaban una fuerza militar. En cierto momento durante mi declaración, me interrumpió para gritar que, en los Estados Unidos y por una acción semejante, habría acabado con mis huesos en Guantánamo. Me impuso una fianza de 30.000 euros (una secretaria me dijo después que, en los 25 años que llevaba trabajando allí, jamás había visto una fianza así por los cargos de que se me acusaba) y me envío a la Modelo.

Llegados a este punto, debo admitir que no soy el típico turista. Odio las guías turísticas, no me gustan los reclamos para el turismo y no tengo mucho dinero que gastar. He estado viajando, primero en bicicleta y después haciendo autostop, durmiendo en parques, en casas de amigos o de gente a la que acababa de conocer. Mi principal interés, aparte de aprender idiomas, es informarme sobre los movimientos sociales radicales en Europa. Quiero abolir el capitalismo y considero el turismo como parte de él. Pero por mucho que intente mantenerme en la pureza de mi distinción de principios entre viaje y turismo, lo cierto es que entré en España con un visado de turista y, para los nada imaginativos propósitos de la ley, soy en efecto un turista. Hasta los anarquistas se van de vacaciones.

Peter Gelderloos y Xavier Mazas.
Las mías me han llevado, de la forma más extraña, a la misma prisión que alojó a muchos de los revolucionarios anarquistas de la Guerra Civil española. Nada más llegar, me puse a hacer lo único que uno puede hacer en prisión: esperar y organizar mi nueva vida dentro de sus muy menguados horizontes. Al principio tenía la impresión de que el juicio llegaría en unos pocos meses, pero pronto descubrí que podía llevar un par de años.

El día 22 de mayo se celebra, después de dos años de espera, otro juicio en Barcelona y el veredicto puede poner a cinco personas inocentes en la cárcel durante tres años y nueve meses. Fueron arrestados el 25 de junio de 2005 cuando la policía atacó a una manifestación de solidaridad con el movimiento anarquista italiano, que recientemente había sido reprimido con una ola de cerca de 180 redadas, 25 arrestos y cierto número de encarcelamientos mediante el recurso a una vaga ley de culpabilidad-por-asociación. Después de que la policía atacase la manifestación de apoyo, se rompieron algunas ventanas y a los detenidos se les acusó de agresiones a la policía y de desórdenes públicos, y ahora se enfrentan a multas grotescamente altas por daños. Uno de ellos fue arrestado antes de que la destrucción de la propiedad se produjese y otros ni siquiera estaban en el lugar en el que se rompieron las ventanas.

Y éste es sólo uno de una larga lista de casos de represión, de activistas arrestados bajo cargos inventados. Pero por mucho que la policía de Barcelona esté llevando a cabo una vendetta contra los okupas y los anarquistas, además de contra los inmigrantes y cualquiera que tenga la piel más oscura que la suya, no se trata de una iniciativa de base; responde a una orden que viene de arriba. “Triángulo mediterráneo” suena como si se tratase de un paquete turístico para veraneantes, pero de hecho son los términos empleados por la Unión Europea para lo que se identifica como una severa amenaza a la seguridad interna: los movimientos anarquistas de Grecia, Italia y España. Dichos estados han recibido órdenes de neutralizar tal amenaza y se diría que están dispuestos a hacer lo que sea necesario. En mi caso, han encontrado dos polis para testificar que nos vieron al otro detenido y a mí lanzar el petardo (bueno, ellos lo llaman “mortero”), que algún tipo de proyectil salió disparado de él, que salimos huyendo y posteriormente fuimos arrestados. Por alguna razón, los jueces españoles se sienten inclinados a creer a la policía, incluso a considerarla como neutral y desinteresada, a menos que se vean enfrentados a una amplia cantidad de pruebas contradictorias. Podría decir que la policía y el sistema de derecho penal españoles no han cambiado gran cosa desde los tiempos de Franco, y es verdad, pero es algo que no viene al caso, porque en Estados Unidos son igual de malos. De hecho, mi breve experiencia en una prisión española ha sido mejor que en los Estados Unidos: mayor privacidad, menos violencia, mejor comida.

Estos cuatro mossos d’Esquadra fueron indultados por segunda vez en Consejo de Ministros después de haberles concedido un primer indulto parcial por el que se les conmutaban las distintas penas de prisión por una única de dos años de cárcel para cada uno de ellos.
Y no es que no se torture a la gente en las prisiones españolas del mismo modo que se tortura en las estadounidenses (espero que nadie haya olvidado que el régimen de torturas de Abu Ghraib lo exportamos desde casa). La tortura policial es uno de los elementos de otro caso político en curso en Barcelona, en el que están implicados tres okupas a los que se inculpa de provocar lesiones severas a un policía que protegía una casa en la que se vendían drogas. Los tres fueron arrestados, desaparecieron durante unos cuantos días y se les sometió a torturas, como mostraban sus huesos rotos, cabellos arrancados y magulladuras por todo el cuerpo. Un año después, todavía están en prisión en espera de juicio. La policía emplea otras tácticas de terror, aparte de la tortura, contra el movimiento okupa. A comienzos de mayo, en pleno furor pre-electoral, la policía de Barcelona desalojó ilegalmente cantidad de centros sociales ocupados. Su modus operandi consiste en llegar en varias furgonetas oscuras armados y con pasamontañas, echar abajo las puertas a las seis de la mañana, apoderarse de documentos y copiar archivos informáticos, sacar e identificar a los ocupantes y, en ocasiones, endilgarles al mismo tiempo algún que otro cargo penal. La industria mediática también desempeña su papel, publicando artículos en los que se difama a los okupas describiéndolos como una amenaza para la sociedad e incluso como terroristas (el mismo truco que hacen con los ecologistas radicales en los Estados Unidos).


¿Qué es lo que justifica exactamente que el movimiento okupa merezca este tipo de atención? Probablemente, que se trata de la punta de lanza de la batalla por la ciudad. Por toda Barcelona se están derribando y reconstruyendo edificios. Las nuevas versiones están esterilizadas, homogeneizadas y son mucho más caras. Las calles que todavía llevan los nombres de los artesanos que solían vivir y trabajar en ellas ahora están llenas de turistas, y todos los establecimientos son tiendas de moda, restaurantes a la última, puntos de venta donde pueden encontrarse baratijas importadas desde la fábricas clandestinas del Sur Global. Los policías están por todas partes. A menudo puedes verlos persiguiendo a los indocumentados que venden gafas de sol junto a la playa. Y, recientemente, el gobierno ha puesto en marcha leyes de “civismo”, medidas puritanas rara vez vistas a este lado del charco que incluyen restricciones a tocar música o beber en las calles (pueden apostar a que esta última medida nunca es aplicada cuando se trata de los estudiantes americanos que van de bar en bar, haciendo temblar cada noche las ventanas con sus gritos y peleas de borrachos). Los alquileres están por las nubes y, mientras tanto, la ciudad se convierte en un museo para turistas. De verdad, se trata de terrorismo económico. Los vecinos son expulsados hacia las afueras o incluso echados a la calle y, al mismo tiempo, los especuladores mantienen vacías unas 150000 viviendas en toda el área metropolitana a la espera de que los precios suban. Después de décadas bajo el control de los nacionalistas de derechas, Barcelona está gobernada desde hace poco por una coalición liderada por los socialistas; la gentrificación, sin embargo, no ha hecho más que acelerarse.

Como respuesta a esta situación, el movimiento okupa utiliza la acción directa. Puesto que la vivienda es una necesidad y hay multitud de edificios vacíos y deteriorados, los ocupan y los arreglan. Pobres e indocumentados ocupan a menudo de forma clandestina y particular, y el movimiento no es sino una versión organizada y abierta de esto último. En lugar de mantener la okupación en secreto, despliegan una pancarta, limpian el edificio y se organizan para defender sus nuevos hogares. Muchas de las casas ocupadas se transforman en centros sociales que funcionan como base para un movimiento anarquista o autónomo mucho más amplio. También se transforman en puntos de referencia para la lucha comunitaria contra la gentrificación. Los colectivos de los centros sociales ocupados establecen relaciones con los vecinos y protestan juntos contra la especulación y la subida de los alquileres. Los okupas ofrecen un ejemplo radical de solución a la gentrificación y, habiéndose liberado de la esclavitud salarial, pueden dedicarse a la organización. En los centros sociales más exitosos, los vecinos apoyan a los okupas, lo que hace que las autoridades duden a la hora de desalojarlos.

Aquí, como en cualquier otro lugar, hay una guerra entre dos concepciones de la sociedad. Los propietarios, los políticos y la policía, que andan por ahí derrochando el término “terrorismo”, ciertamente están aterrados por la visión de un mundo en el que todo el mundo tuviese alojamiento, en el que la gente no necesitase arrastrarse por un salario con el sólo fin de satisfacer el concepto de propiedad de otros. Y por otro lado, están aquellos que se organizan con los vecinos para poner en común sus necesidades, que ponen en marcha sus propias obras, conciertos y bibliotecas en los centros sociales en lugar de comprar los servicios de los especialistas en entretenimiento; otro mundo en el que la gente no tiene trabajos soporíferos de los que necesita tomarse vacaciones, ni aburridas vidas que arrastran como turistas hasta lugares exóticos en los que adquirir cierta ilusión de diversidad y novedad; un mundo sin fronteras, sin documentos, sin inmigrantes que tengan que huir de la policía; un mundo en el que la gente pueda viajar e intercambiar experiencias libremente, no sometido a los filtros establecidos por las autoridades para controlar y sacar provecho del movimiento múltiple de la vida.

Para reprimir esta última concepción, las autoridades han recurrido claramente a medidas terroristas, a las que habría que añadir además el terrorismo de una realidad cotidiana de pobreza y consumo. Pero, por fortuna, la gente que lucha por otro mundo está contestando a la represión con solidaridad. Sorprendentemente y sólo después de unos pocos días, los combativos pero también arruinados colectivos de Barcelona consiguieron los 30.000 euros y me sacaron de la Modelo, de vuelta a las calles. Estoy obligado a firmar en los tribunales cada dos semanas hasta que llegue el juicio, lo que significa que tengo que permanecer en España tal vez durante los dos próximos años. No es mal sitio y los movimientos sociales de aquí me han impresionado con su belleza y capacidad de resistencia. Mientras llega el día, paseo por las calles del campo de batalla y me voy familiarizando con la ciudad que ha de convertirse en mi casa. Trato de evitar a la muchedumbre, pero a menudo me encuentro rodeado de turistas, inconscientes soldados en esta guerra que utilizan sus dólares como armas. Quiero dirigir sus miradas a los pisos que hay sobre los pubs irlandeses que andan buscando, hacia las ventanas tapiadas de los apartamentos desocupados, y allí, justo allí, al tercer piso, donde la argamasa ha sido cuidadosamente levantada para abrir un respiradero, sólo de unos pocos centímetros de largo, única señal de una existencia clandestina. Quiero ponerlos del otro lado, mirando a través del agujero, y quiero que sientan el terror que se siente al avistar a la policía, la policía que podría desalojarlos, la policía que hace que los turistas se sientan tan seguros, la policía que tortura a presos políticos, persigue inmigrantes y protege el derecho a la propiedad.

Hay un atajo entre el turismo y el terrorismo. Si no se andan con cuidado, esos mismos turistas podrían acercarse demasiado a una manifestación y ser incriminados por unos desórdenes públicos que jamás ocurrieron. Si no se andan con cuidado, puede que sus ojos se desvíen de las atracciones oficiales y puede que lean en la pared los mensajes que los equipos de limpieza se apresuran a borrar. Podrían aprender a ver a través de las grietas del muro que separa su mundo del otro.
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09 febrero, 2016

Contundente respuesta de Uxue Barkos (NaBai) a Ana Beltrán (PP) a su pregunta sobre posible fuga de empresas por la Reforma Fiscal

"Vivimos el momento más crítico de la humanidad" - Noam Chomsky

Agustín Fernández Gabard y Raúl Zibechi, 7 febrero 2016

En una extensa conversación, Chomsky repasa las principales tendencias del escenario internacional, la escalada militarista de su país y los riesgos crecientes de guerra nuclear. Se detiene en el proceso electoral estadounidense y esboza una reflexión sobre las esperanzas de paz en Colombia.

Estados Unidos fue siempre una sociedad colonizadora. Incluso antes de constituirse como Estado estaba eliminando a la población indígena, lo que significó la destrucción de muchas naciones originarias, sintetiza el lingüista y activista estadunidense Noam Chomsky cuando se le pide que describa la situación política mundial. Crítico acérrimo de la política exterior de su país, sostiene que desde 1898 se volcó hacia el escenario internacional con el control de Cuba, a la que convirtió esencialmente en colonia, para invadir luego Filipinas, asesinando a un par de cientos de miles de personas.

Continúa hilvanando una suerte de contrahistoria del imperio: Luego le robó Hawai a su población originaria, 50 años antes de incorporarla como un estado más. Inmediatamente después de la segunda Guerra Mundial Estados Unidos se convierte en potencia internacional, con un poder sin precedente en la historia, un incomparable sistema de seguridad, controlaba el hemisferio occidental y los dos océanos, y naturalmente trazó planes para tratar de organizar el mundo a su antojo.

Acepta que el poder de la superpotencia ha disminuido respecto al que tenía en 1950, la cima de su poder, cuando acumulaba 50 por ciento del producto interno bruto mundial, que ahora ha caído hasta 25 por ciento. Aun así, le parece necesario recordar que Estados Unidos sigue siendo el país más rico y poderoso del mundo, y a nivel militar es incomparable.

Un sistema de partido único

En algún momento Chomsky comparó las votaciones en su país con la elección de una marca de pasta de dientes en un supermercado. El nuestro es un país de un solo partido político, el partido de la empresa y de los negocios, con dos facciones, demócratas y republicanos, proclama. Pero cree que ya no es posible seguir hablando de esas dos viejas colectividades políticas, ya que sus tradiciones sufrieron una mutación completa durante el periodo neoliberal.

Están los republicanos modernos que se hacen llamar demócratas, mientras la antigua organización republicana quedó fuera del espectro, porque ambas partes se desplazaron a la derecha durante el periodo neoliberal, igual que sucedió en Europa. El resultado es que los nuevos demócratas de Hillary Clinton han adoptado el programa de los viejos republicanos, mientras éstos fueron completamente desplazados por los neoconservadores. Si usted mira los espectáculos televisivos donde dicen debatir, sólo se gritan unos a los otros y las pocas políticas que presentan son aterradoras.

Por ejemplo, destaca que todos los candidatos republicanos niegan el calentamiento global o son escépticos, que si bien no lo niegan dicen que los gobiernos no deben hacer algo al respecto. Sin embargo el calentamiento global es el peor problema que la especie humana ha enfrentado jamás, y estamos dirigiéndonos a un completo desastre. En su opinión, el cambio climático tiene efectos sólo comparables con la guerra nuclear. Peor aún, los republicanos quieren aumentar el uso de combustibles fósiles. No estamos ante un problema de cientos de años, sino de una o dos generaciones.

La negación de la realidad, que caracteriza a los neoconservadores, responde a una lógica similar a la que impulsa la construcción de un muro en la frontera con México. "Esas personas que tratamos de alejar son las que huyen de la destrucción causada por las políticas estadunidenses".

En Boston, donde vivo, hace un par de días el gobierno de Obama deportó a un guatemalteco que vivió aquí durante 25 años; tenía una familia, una empresa, era parte de la comunidad. Había escapado de la Guatemala destruida durante la administración Reagan. En respuesta, la idea es construir un muro para prevenirnos. En Europa es lo mismo. Cuando vemos que millones de personas huyen de Libia y de Siria a Europa, tenemos que preguntarnos qué sucedió en los últimos 300 años para llegar a esto.

Invasiones y cambio climático se retroalimentan

Hace apenas 15 años no existía el tipo de conflicto que observamos hoy en Medio Oriente. Es consecuencia de la invasión estadunidense a Irak, que es el peor crimen del siglo. La invasión británica-estadounidense tuvo consecuencias horribles, destruyeron Irak, que ahora está clasificado como el país más infeliz del mundo, porque la invasión se cobró la vida de cientos de miles de personas y generó millones de refugiados, que no fueron acogidos por Estados Unidos y tuvieron que ser recibidos por los países vecinos pobres, a los que se encargó recoger las ruinas de lo que nosotros destruimos. Y lo peor de todo es que instigaron un conflicto entre sunitas y chiítas que no existía antes.

Las palabras de Chomsky recuerdan la destrucción de Yugoslavia durante la década de 1990, instigada por Occidente. Al igual que Sarajevo, destaca que Bagdad era una ciudad integrada, donde los diversos grupos culturales compartían los mismos barrios, se casaban miembros de diferentes grupos étnicos y religiones. La invasión y las atrocidades que siguieron instigaron la creación de una monstruosidad llamada Estado Islámico, que nace con financiación saudita, uno de nuestros principales aliados en el mundo.

Uno de los mayores crímenes fue, en su opinión, la destrucción de gran parte del sistema agrícola sirio, que aseguraba la alimentación, lo que condujo a miles de personas a las ciudades, creando tensiones y conflictos que explotan apenas comienza la represión.

Una de sus hipótesis más interesantes consiste en cruzar los efectos de las intervenciones armadas del Pentágono con las consecuencias del calentamiento global.

En la guerra en Darfur (Sudán), por ejemplo, convergen los intereses de las potencias con la desertificación que expulsa poblaciones enteras de las zonas agrícolas, lo que agrava y agudiza los conflictos. Estas situaciones desembocan en crisis espantosas, como sucede en Siria, donde se registra la mayor sequía de su historia que destruyó gran parte del sistema agrícola, generando desplazamientos, exacerbando tensiones y conflictos, reflexiona.

Aún no hemos pensado detenidamente, destaca, sobre lo que implica esta negación del calentamiento global y los planes a largo plazo de los republicanos que pretenden acelerarlo: Si el nivel del mar sigue subiendo y se eleva mucho más rápido, se va a tragar países como Bangladesh, afectando a cientos de millones de personas. Los glaciares del Himalaya se derriten rápidamente poniendo en riesgo el suministro de agua para el sur de Asia. ¿Qué va a pasar con esos miles de millones de personas? Las consecuencias inminentes son horrendas, este es el momento más importante en la historia de la humanidad.

Chomsky cree que estamos ante un recodo de la historia en el que los seres humanos tenemos que decidir si queremos vivir o morir: "Lo digo literalmente. No vamos a morir todos, pero sí se destruirían las posibilidades de vida digna, y tenemos una organización llamada Partido Republicano que quiere acelerar el calentamiento global. No exagero –remata– es exactamente lo que quieren hacer".

A continuación cita el Boletín de Científicos Atómicos y su Reloj del Apocalipsis, para recordar que los especialistas sostienen que en la Conferencia de París sobre el calentamiento global era imposible conseguir un tratado vinculante, solamente acuerdos voluntarios. ¿Por qué? Debido a que los republicanos no lo aceptarían. Han bloqueado la posibilidad de un tratado vinculante que podría haber hecho algo para impedir esta tragedia masiva e inminente, una tragedia como nunca ha existido en la historia de la humanidad. Eso es lo que estamos hablando, no son cosas de importancia menor.

Guerra nuclear, posibilidad cierta

Chomsky no es de las personas que se dejan impresionar por modas académicas o intelectuales; su razonamiento radical y sereno busca evitar furores y, quizá por eso, se muestra reacio a echar las campanas al vuelo sobre la anunciada decadencia del imperio. Tiene 800 bases alrededor del mundo e invierte en su ejército tanto como todo el resto del mundo junto. Nadie tiene algo así, con soldados peleando en todas partes del mundo. China tiene una política principalmente defensiva, no posee un gran programa nuclear, aunque es posible que crezca.

El caso de Rusia es diferente. Es la principal piedra en el zapato de la dominación del Pentágono, porque tiene un sistema militar enorme. El problema es que tanto Rusia como Estados Unidos están ampliando sus sistemas militares, ambos están actuando como si la guerra fuera posible, lo cual es una locura colectiva. Cree que la guerra nuclear es irracional y que sólo podría suceder en caso de accidente o error humano. Sin embargo, coincide con William Perry, ex secretario de Defensa, quien dijo recientemente que la amenaza de una guerra nuclear es hoy mayor de lo que era durante la guerra fría. Chomsky estima que el riesgo se concentra en la proliferación de incidentes que involucran fuerzas armadas de potencias nucleares.

La guerra ha estado muy cerca innumerables veces, admite. Uno de sus ejemplos favoritos es lo sucedido bajo el gobierno de Ronald Reagan, cuando el Pentágono decidió poner a prueba las defensas rusas mediante la simulación de ataques contra la Unión Soviética.

Resultó que los rusos se lo tomaron muy en serio. En 1983 después de que los soviéticos automatizaron sus sistemas de defensa detectaron un ataque de misil estadounidense. En estos casos el protocolo es ir directo al alto mando y lanzar un contraataque. Había una persona que tenía que transmitir esta información, Stanislav Petrov, pero decidió que era una falsa alarma. Gracias a eso estamos acá hablando.

Sostiene que los sistemas de defensa de Estados Unidos tienen errores serios y hace un par de semanas se difundió un caso de 1979, cuando se detectó un ataque masivo con misiles desde Rusia. Cuando el consejero de Seguridad Nacional, Zbigniew Brzezinski, estaba levantando el teléfono para llamar al presidente James Carter y lanzar un ataque de represalia, llegó la información de que se trataba de una falsa alarma. Hay docenas de falsas alarmas cada año, asegura.

En este momento las provocaciones de Estados Unidos son constantes. La OTAN están llevando a cabo maniobras militares a 200 metros de la frontera rusa con Estonia. Nosotros no toleraríamos algo así sucediendo en México.

El caso más reciente fue el derribo de un caza ruso que estaba bombardeando fuerzas yihadistas en Siria a fines de noviembre. Hay una parte de Turquía casi rodeada por territorio sirio y el bombardero ruso voló a través de esa zona durante 17 segundos, y lo derribaron. Una gran provocación que por suerte no fue respondida por la fuerza, pero llevaron su más avanzado sistema antiaéreo a la región, que le permite derribar aviones de la OTAN. Argumenta que hechos similares están sucediendo a diario en el mar de China.

La impresión que se desprende de sus gestos y reflexiones es que si las potencias que son agredidas por Estados Unidos actuaran con la misma irresponsabilidad que Washington, la suerte estaría echada.

08 febrero, 2016

Gora Alka-ETA - Juan Gabalaui

Es evidente que el título de este artículo no supone una exaltación del terrorismo. Solo es el encabezado de un artículo que quiere hablar sobre la detención de dos artistas de los títeres que fueron detenidos el pasado viernes en Madrid por la denuncia de unos padres, especialmente sensibles, y una policía, local y nacional, con los resortes a punto para abalanzarse sobre todo aquello que suene a ETA, comprobado o sin comprobar. No importa. En este Estado se cerró un periódico y se detuvo a su dirección por estar escrito íntegramente en Euskera, sin más motivo que los prejuicios hacía la cultura euskaldun que era asociada directamente a vinculación con banda terrorista. Los medios de comunicación generalistas no han cesado de hacer este tipo de asociaciones, alimentadas por la teoría del entorno que dio a luz una ley construida ex profeso para detener a todo aquello que huela a ETA. La justicia dictó de manera inequívoca que la vinculación entre el periódico Egunkaria y ETA era inexistente pero los prejuicios políticos, policiales, periodísticos y ciudadanos propiciaron que el diario se cerrara, los trabajadores se quedaran sin empleo y los acusados vivieran un calvario policial y judicial durante siete años. 

Como la lengua vasca es un instrumento primordial para ETA en su estrategia, y Egunkaria es el único diario íntegramente editado en lengua vasca, tuvo que nacer porque ETA lo quiso”. 

Este razonamiento es demencial pero ampliamente compartido por gran parte de los ciudadanos aunque la banda armada anunciara en el año 2011 el cese definitivo de su actividad armada. Los padres asistentes a la función de la Compañía de Títeres desde Abajo se escandalizaron cuando vieron una pancarta que decía Gora Alka-ETA. Una madre incluso mencionó que hablaron en euskera. Además hubo una violación, se mató a una monja y se ahorcó a un juez. Ya está. Delito de enaltecimiento del terrorismo. Sin más. Es suficiente la opinión de unos padres sobre el contenido de una obra artística y una pancarta para que unos artistas granaínos que venían a representar su obra en Madrid, dentro de la programación municipal de carnavales, fueran detenidos por la policía, puestos a disposición judicial y enviados a prisión por el delito de enaltecimiento del terrorismo y otro delito cometido con ocasión del ejercicio de derechos fundamentales y de las libertades públicas garantizados por la Constitución. Así ha funcionado la justicia durante décadas en este Estado:


Es absurdo pero es absurdo porque es forzado e irracional. Este tipo de argumentaciones son las propias de llevar un posicionamiento al límite, de forzarlo hasta convertirlo en una parodia del pensamiento. Esta irracionalidad ha sido portada y noticia de los periódicos y se ha utilizado como arma de destrucción masiva contra un Ayuntamiento que lejos de plantar cara se deja llevar por la corriente intolerante y prejuiciosa y ayuda a la criminalización de los artistas anunciando medidas legales contra la compañía titiritera. No se puede negar que en Madrid existe la derecha más fundamentalista y demente de todo el estado y que el actual Ayuntamiento es objeto de todo tipo de acusaciones sin sentido pero actuar de forma tan timorata ante estos ataques es un indicador de que las circunstancias les superan, probablemente por esa amalgama de principios políticos que de tal amalgama se quedan en nada. Que colaboren con la represión aquellos que durante años han sido reprimidos es una broma del destino de la nueva política.

Huelga decir que la obra es típica de las actuaciones titiriteras: cachiporras, horcas, golpes y muertes. Que los jueces, las monjas, las brujas y sus destinos, muchas veces cruentos, han formado parte de las historias que nos han contado durante años los titiriteros. Que si como padre no considero que mi hija tenga que ver ese espectáculo, tengo la posibilidad de marcharme y elegir otra actividad que considere más adecuada. Huelga decir que la obra tiene un contexto, y que sus contenidos tienen un sentido artístico, con mensaje social y político. Que puedes estar de acuerdo o no con lo que exponen pero el desacuerdo no puede significar, en ningún caso, la denuncia y la prisión. Las personas no nos podemos convertir en inquisidores, en herramientas de la represión, sino que debemos apostar por el debate y por el intercambio, y sacudirnos de encima todos esos prejuicios que, de forma muy meticulosa, han construido los medios de comunicación y los políticos, que han utilizado la violencia terrorista con fines partidistas e ideológicos y la criminalización del otro político mientras ignoraban el terrorismo de estado de la dictadura, sus asesinatos, sus persecuciones y la represión y opresión social en la que vivieron miles de familias durante cuarenta años.

La sinrazón no puede formar parte de la vida política y social de un estado que aspira a una democracia plena y por eso el apoyo y la solidaridad con los dos artistas detenidos y enviados a prisión es un imperativo democrático. Ni estos inquisidores ni estos policías ni estos jueces pueden ganar la batalla a la construcción de una sociedad más justa. Una construcción que nos implica a todos, no a las instituciones ni a esos partidos en los que depositáis vuestras esperanzas, sino a cada una de las personas que forman parte de esta sociedad. 


05 febrero, 2016

El Instituto Francés de Geopolítica sitúa a la Región de Murcia como líder de la corrupción urbanística en España.

Un informe señala que Murcia es la única comunidad autónoma de nuestro país con más de un 50 por ciento de los municipios ‘tocados’ por las corruptelas inmobiliarias en ayuntamientos.

P. SÁNCHEZ Jueves, 04 de Febrero de 2016

Mapa de la corrupción urbanística en España elaborado por el Instituto Francés de Geopolítica

La galopante corrupción en España está siendo objeto de estudio en uno de nuestros países vecinos: Francia. Hasta tal punto que el Instituto Francés de Geopolítica (IFG) ha realizado un informe pormenorizado por comunidades autónomas, algo así como un mapa de la España negra de las corruptelas, en el que Murcia tiene el infausto honor de aparecer como la región española con un mayor porcentaje de municipios afectados por casos de corrupción urbanística (casi un 60 por ciento).

De hecho, el estudio del IFG, elaborado por José García Díaz (licenciado en Ciencias Políticas y de la Administración por la Universidad de Granada), señala que Murcia es la única comunidad autónoma de nuestro país con más de un 50 por ciento de los municipios ‘tocados’ por la corrupción inmobiliaria. En el siguiente escalón (entre el 31% y el 50% de los municipios afectados) se sitúan Baleares y Canarias, mientras que en el tercer tramo (del 20% al 30% de los municipios) están Galicia, Asturias, Madrid y Andalucía.

Con entre el 11% y el 19% de ayuntamientos implicados en casos de corrupción urbanística están Valencia y Cantabria, y en la franja del 6% al 10% se encuentran Navarra, Extremadura, País Vasco y La Rioja. No obstante, estos datos han quedado un tanto desfasados, pues tras la reciente macrooperación policial contra la corrupción del PP en Valencia, esta comunidad ha subido bastantes enteros en este penoso ranking.

Como regiones con menos corruptelas urbanística municipales (menos del 5% de los ayuntamientos) aparecen Castilla-La Mancha, Cataluña, Aragón y Castilla-León.

Estos datos contrastan con la percepción de los ciudadanos de la calidad de la gobernanza. Ésta es peor en Andalucía y Cataluña, seguida de Madrid, Valencia, Baleares, y Cantabria. En un grado medio están Murcia, Canarias, Aragón, Castilla-La Mancha, Extremadura, Castilla-León, La Rioja y Navarra. La mejor percepción se da en País Vasco, Asturias y Galicia.

“La geopolítica se asocia tradicionalmente al estudio de conflictos bélicos donde intervienen estados y grupos armados. Sin embargo, esta disciplina se puede aplicar también al interior de estados democráticos y pacificados. España constituye un país propicio para este enfoque, debido a su estructura territorial muy descentralizada”, explica José García Díaz.

Algunos de los casos más sonados de corrupción urbanística en la Región

El Juzgado de Instrucción número 9 de Murcia ha admitido a trámite hace unos días una querella, presentada hace dos meses por un promotor gallego, en la que denunciaba la supuesta existencia de una organización piramidal, que estaría liderada por el expresidente regional Ramón Luis Valcárcel, para la recalificación ilegal de unos 180 millones de metros cuadrados en la Región. La querella iba también dirigida contra doce altos cargos de los gobiernos de Valcárcel, entre los que se encuentran los exconsejeros Antonio Cerdá, Joaquín Bascuñana, Fernando de la Cierva y José Ballesta.

Caravaca. Recalificación de la finca El Roblecillo, de especial protección forestal para construir 4.000 viviendas. Imputados el exalcalde Domingo Aranda y casi todos sus concejales del PP.

Lorca. Posible delito contra el patrimonio histórico y prevaricación, por autorización para construir el parador nacional en los restos protegidos del castillo. Afecta a la dirección general de Bellas Artes y Bienes Culturales.

Puerto Lumbreras. Un juzgado de Lorca debe decidir si admite a trámite la querella contra el exalcalde y presidente regional Pedro Antonio Sánchez por presuntas irregularidades en la convocatoria del concurso y recepción de la obra del auditorio de Puerto Lumbreras.

Prevaricación urbanística por permitir la construcción de un edificio en zona verde en el PGOU que estaba vigente. Afectó al exalcalde Pedro Antonio Sánchez (PP) y a varios concejales, y luego se archivó el caso.

Águilas. Caso Zerrichera. Prevaricación, cohecho, falsedad. Recalificación de una finca protegida como LIC y ZEPA para construir 4.000 viviendas, con hotel y campo de golf. Afecta al el exconsejero de Medio Ambiente Francisco Marqués (PP), los exdirectores generales Antonio Alvarado, Encarnación Muñoz, Manuel Alonso Guerrero y José María Ródenas y el alcalde Juan Ramírez (PP).

Aledo. Operación Líber. Prevaricación, cohecho, falsedad, fraude..., por adjudicación irregular de contratos. Afecta al exalcalde Simón Alcaraz (PP) y al exconcejal Antonio Alcaraz.

Totana. Operación Tótem. Prevaricación, cohecho, falsedad, fraude..., por petición de comisiones por valor de 15 millones de euros para recalificar terrenos. Condena en firme al exalcalde y exdiputado del PP Juan Morales (PP). Falsedad, fraude, infidelidad. Afecta al exalcalde de Totana José Martínez Andreo (PP).

Cieza. Plan parcial Benís. Falsedad. Supuesto cambio de los planos del convenio municipal para ocultar que se incluían terrenos de una hermana de la concejal de Urbanismo. Afecta al exalcalde Antonio Tamayo (PP) y al secretario municipal.

Campos del Río. Caso Trampolín. Falsedad en documento, por simulación de un documento para sacar adelante la urbanización sin tener que asumir nuevos requerimientos ambientales. El exalcalde Ricardo Valverde Almagro (PSOE) fue absuelto.

Murcia. Caso Barraca. Prevaricación y cohecho por ilegalidades en la tramitación de asuntos urbanísticos. Afecta al exjefe de Planeamiento Joaquín Peñalver, entre otros.

Caso San Esteban. Prevaricación. Autorización para desmontar los restos de un yacimiento musulmán encontrados en el jardín de San Esteban. Afectó al exdirector general de Bellas Artes y Bienes Culturales, Enrique Ujaldón (PP). La Audiencia archivó el caso.

Caso Umbra. Prevaricación, cohecho, malversación y tráfico de influencias por supuesto trato de favor a las promotoras de la zona norte del municipio. Afecta al alcalde Miguel Ángel Cámara (PP); al exconcejal Fernando Berberena y a altos funcionarios de Urbanismo.

Librilla. Caso Biblioteca. Prevaricación, cohecho, falsedad, fraude, por adjudicación irregular de contratos. Afecta al exalcalde José Martínez García (PP) y al exconcejal de Urbanismo, Pedro Martínez, entre otros implicados.

Torre Pacheco. Prevaricación, por adjudicación a dedo de gran cantidad de contratos a un mismo arquitecto, por importe de 720.000 euros. Afectó al exalcalde Daniel García Madrid (PP), condenado a diez años de inhabilitación.

San Javier. Asociación licita, negociaciones prohibidas, prevaricación, fraude y tráfico de influencias. Supuesto favorecimiento a empresarios locales. Afecta al exalcalde de San Javier José Hernández (PP) y al arquitecto municipal.

Caso Puerto Mayor. Prevaricación, por levantar la suspensión de las obras del puerto sin tener competencias para ello. Afectó al exdirector general de Calidad Ambiental, Antonio Alvarado (PP), que fue absuelto por un defecto de forma.

Caso Las Brisas. Delito contra la ordinación del territorio, por supuesta autorización irregular para construir un edificio de 64 viviendas. Afecta al exalcalde José Hernández (PP).

Los Alcázares. Blanqueo de capitales, delito fiscal, prevaricación, cohecho, tráfico de influencias, negociaciones prohibidas, falsedad, malversación, por gran cantidad de ilegalidades cometidas desde el Ayuntamiento. Afecta al exalcalde Juan Escudero (PSOE) y al exconcejal de Urbanismo, Alfredo Blanco.

Cartagena. Caso Novo Carthago. Prevaricación y tráfico de influencias por reclasificar como urbanizable una zona de un espacio natural protegido. Afecta al ex delegado del Gobierno, Joaquín Bascuñana, y al exconsejero de Agricultura Antonio Cerdá, entre otros. También estuvo imputada la alcaldesa de Cartagena, Pilar Barreiro.

03 febrero, 2016

El dengue, el zika y el “progreso” capitalista - PRT


Por PRT 29-01-2016


Por estos días la epidemia de dengue y zika se ha propagado rápidamente por toda América, pasando a ser información cotidiana en todos los medios de prensa. La información sobre los cuidados y prevenciones de los virus oculta los verdaderos motivos de la propagación de los mismos (conocidos y no conocidos, todavía).

En el caso del dengue, se machaca hasta el hartazgo que el mosquito transmisor se cría en lugares con aguas estancadas; mientras tanto, los noticieros muestran que se fumiga el césped de plazas y parques donde, si bien hay mosquitos, no son los que transmiten la enfermedad. Pero bueno, hay que mostrar que algo se está haciendo.

Pero otra información mucho más clarificadora de por qué se ha propagado este virus, que ya había sido erradicado tanto en nuestro país como en otros países de América Latina que hoy también sufren la epidemia, se oculta deliberadamente por los medios del sistema.

La región que abarca extensas zonas de Bolivia, Paraguay, Brasil, Uruguay y Argentina que han sido “colonizadas” para el cultivo de la soja transgénica, ha sido un caldo de cultivo fenomenal para la propagación del mosquito transmisor y, por ende, del virus. El uso sistematizado y permanente de los agrotóxicos (principalmente el glifosato) ha provocado un cambio cualitativo en el ecosistema rural; el veneno que intoxica tierras y aguas ha matado durante todos estos años de sojización descontrolada peces y batracios (sapos, ranas, escuerzos) que eran los predadores naturales de los mosquitos. Por otro lado, la deforestación producida para ganar campos de siembra para la soja y el calentamiento global general del planeta, que la propia tala indiscriminada alimenta, hace que las temperaturas cálidas se extiendan y se alarguen los períodos de sobrevivencia de los mosquitos. Estos, y otros factores, son las causas principales para que la reproducción y acción del mosquito transmisor del dengue provoque la descontrolada epidemia que hoy se padece.

Respecto del virus del zika, se sabe que fue descubierto en 1947 en Uganda (precisamente en el bosque de Zika, de allí su nombre) y que durante cincuenta años estuvo acotado a algunos casos aislados en África y Asia. En 2007 se produjo una epidemia en la Islade Yap en la Micronesia, región de Oceanía que comprende los archipiélagos del oeste del Océano Pacífico, y que luego se conocieron brotes en Melanesia, Polinesia y la Islade Pascua en Chile. A mediados de 2015 se conoció un nuevo brote en el nordeste de Brasil y hoy ya se está hablando de una extensión casi por toda América y hasta llegando a países de Europa. Hasta la fecha sólo se conocían los síntomas de la enfermedad, pero ahora se la relaciona con la microcefalia congénita que impide el desarrollo cerebral del feto. El virus, que en sus inicios afectaba solamente a monos, fue mutando hasta afectar a humanos y así propagarse como lo está haciendo.

En uno y en otro caso, muchas cosas son las que se ocultan sobre estas enfermedades. Pero la reunión de urgencia que convocó la OMS para tratar el caso del zika, tal como ocurrió con la gripe A, implica que grandes sumas de capitales irán a la “investigación” del fenómeno por parte de los laboratorios multinacionales.

Y así cierra perfecto el círculo de la barbarie capitalista: provocar las enfermedades para luego proveer la cura de las mismas. Así como se crea la necesidad del consumo de productos de cualquier tipo para luego venderlos masivamente, el capitalismo crea las enfermedades para que los laboratorios farmacéuticos (engranaje principal y destacado de la oligarquía financiera mundial) produzcan los remedios.

Esta es la forma que adquiere el “progreso” del sistema capitalista en su fase más decadente y reaccionaria.

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artículo relacionado: ZIKA: EL NUEVO FRAUDE

01 febrero, 2016

CLASE MEDIA, PARTITOCRACIA Y FASCISMO - MIQUEL AMORÓS


El tema de la partitocracia no ha sido seriamente estudiado ni por la sociología académica ni por la crítica “antifascista” del parlamentarismo moderno, y eso a pesar de que la crisis de los regímenes autoproclamados democráticos haya desvelado su realidad específica en tanto que sistema autoritario con apariencias liberales donde los partidos, y mucho más sus cúpulas, se abrogan la representación de la voluntad popular a fin de legitimar su acción y sus excesos en defensa de sus intereses particulares. No debe de extrañar el hecho, pues al igual que sucedió con la burocracia de partido único en los regímenes estalinistas y fascistas, la clase política conformada por la partitocracia existe en la medida que oculta su existencia como clase. Como apunta Debord, “la mentira ideológica de su origen jamás puede revelarse.” Su existencia como clase depende del monopolio de la ideología, leninista o fascista en un caso, democrática en el otro. Si la clase burocrática del capitalismo de Estado disimulaba su función de clase explotadora presentándose como “partido del proletariado” o “partido de la nación y la raza”, la clase partitocrática del capitalismo de Mercado lo hace exhibiéndose como “representante de millones de electores”, y por lo tanto, si la dictadura burocrática era el “socialismo real”, la suplantación partitocrática de la soberanía popular es la “democracia real”. La primera ha tratado de apuntalarse con la abundancia de espectáculos rituales y sacrificios; la segunda lo ha hecho con la abundancia de viviendas y de crédito para poseerlas. Sendas abundancias han fracasado. 

Para comprender el fenómeno de la partitocracia hay que remontarse a sus orígenes históricos, cuando el caciquismo deja de ser operativo debido a la pérdida de poder de las oligarquías locales en favor del Estado. En un momento determinado de desarrollo capitalista, aquél en el que la burocratización juega un rol central en la historia, la administración partidista sustituye al paternalismo de los terratenientes. El susodicho fenómeno hay que enmarcarlo entre la degeneración extrema del parlamentarismo, la concentración del capital, la degradación de las organizaciones obreras, la expansión del Estado, la profesionalización total de la política y la formación de una clientela utilizando arbitrariamente fondos y empleos públicos, hechos intensificados en la posguerra mundial. Podíamos también aludir a los vaivenes imperialistas, a la guerra fría, al “eurocomunismo”, a los procesos de modernización tecnológica y a la crisis energética, como otros tantos condicionantes de la fusión de la política, el Estado y el capitalismo nacional. Pero la patrimonialización del Estado por una clase política no alcanza su cenit y, por lo tanto, no desempeña un papel preponderante, más que cuando proclama como objetivo único el crecimiento de la economía autónoma, es decir, el abandono del nacionalismo económico en pro del desarrollo mundial del Mercado. Entonces la clase política, apoyada en una extensa clientela, se convierte en parte de la clase dominante. En una nueva burguesía, si se quiere. Entiéndase que no es una clase subalterna, ni es toda clase dirigente (salvo en China); tampoco se trata de una clase nacional. Precisamente cuando se internacionaliza deviene un elemento fundamental en las relaciones de producción impuestas por la globalización financiera. La partitocracia suprime la contradicción entre intereses nacionales e intereses globales al recrear en todas partes las mismas condiciones políticas óptimas para la expansión de la economía; por un lado, forjando al mismo tiempo una extensa red clientelar mediante los copiosos recursos del Estado; por el otro, desactivando las protestas que emanan de la sociedad civil, integrando a la oposición no parlamentaria, y aportando la violencia institucional allí donde falla la violencia económica. La economía no funciona sin el orden, y la partitocracia es, si no exactamente el orden, un desorden que funciona en beneficio de la economía. Es el desorden establecido. 

Bien que en un caso estamos ante un sistema abierto y competitivo que utiliza procedimientos electorales y, en el otro, ante un sistema cerrado y rígidamente jerarquizado donde los nombramientos no necesitan legitimación, en los últimos tiempos no es raro la comparación, incluso la asimilación, de la partitocracia con el fascismo. Ambas son formas autoritarias de gobierno que surgen tras los retrocesos y derrotas del proletariado, en el subsiguiente proceso de masificación y desclasamiento que dará lugar a una nueva clase media conformista y aquiescente. Las dos nacionalizan bancos en ruina y tienen un momento “plebeyo” inicial que estipula el “derecho al trabajo” y el “bienestar”, bien apuntalando a determinados sindicatos o bien creándolos ad hoc para usarlos como interlocutores, momento que finaliza tan pronto como la clase obrera es domesticada y disuelta. La conversión del proletariado en una infantería pasiva de los sindicatos institucionales, sin ninguna conciencia de clase ni deseo de transformación social, es fundamental. Entonces se realizan contrarreformas laborales y se piden esfuerzos depauperadores a las clases medias. Fascismo y partitocracia se empeñan en que la sociedad civil proletarizada no se constituya al margen del sistema y les dispute espacios, pero uno, en tanto que defensa extremista de la economía, recurre a la brutalización de la vida pública, mientras que el otro, en tanto que defensa modernizante, emplea de preferencia la seducción consumista y la corrupción. Son respuestas costosas a la crisis capitalista puesto que necesitan mantener una creciente población improductiva, ya que la salida de aquella exige una renovación, una movilización y un trasvase de recursos que no están al alcance del Mercado. Pero el fascismo es una respuesta arcaica y dura, y la partitocracia, una respuesta más envolvente y racionalizada. Son maneras de organización política del gran capital, diferentes de los regímenes antiguamente llamados “bonapartistas” -haciendo referencia a la dictadura populista implantada en Francia tras una victoria electoral por Luis Napoleón, como el del mariscal Pétain, también en Francia, el del general Perón en Argentina o el chavismo. Partitocracia y fascismo poseen una base social concreta, la pequeña burguesía, los empleados y el proletariado desclasado en el segundo, y la clase media asalariada y los obreros sindicalmente amaestrados en el primero. 

La psicosis colectiva generada por la ausencia de ideales de clase, la desmoralización y el miedo a la crisis, hacen que dicha base crea en milagros con tal que una dirección salvadora los prometa, y se disponga a someterse, no sin patalear, a toda clase de medidas restrictivas. El desastre de la globalización hace que la dominación reclame una economía de guerra. Y aquí comienzan las diferencias: el fascismo se produce en un marco nacional, de ahí sus planes autárquicos, las empresas mixtas, los trabajos públicos como solución del paro y su nacionalismo expansionista. La partitocracia se desarrolla en un contexto neoliberal, por lo que su planificación nacional obedece las directrices económicas del capital internacional y su política exterior se supedita a la estrategia diplomático militar del gran Estado gendarme del capitalismo, los Estados Unidos de América. De ahí sus planes de infraestructuras, el fomento de la construcción de viviendas y el uso del “bienestar” como distribución discriminatoria de favores clientelares. Al contrario de lo que sucede con el fascismo, en la partitocracia la utilización del aparato burocrático con fines privados está descentralizada; ocurre en cualquier nivel de la administración y no solamente en las altas esferas ministeriales. La partitocracia no necesita estatizar ningún medio de producción, aunque sí puede darse el caso de intervenir en los medios financieros; trabaja más en pro de los fondos de inversión internacionales que para salvar la empresa o la propiedad privada autóctona; se mueve siempre en la esfera de intereses que superan a los estatales y locales, aunque no los anulen puesto que son los de su parroquia. Cierto es que se sirve del miedo como instrumento de gobierno, pero no para imponer una política de terror, sino una política de resignación. Para la partitocracia, los terroristas son los otros, sus enemigos violentos o tranquilos que intentan reconstruir la sociedad civil mediante la disidencia, y se emplea a fondo con ellos, aunque en condiciones normales prefiera disolver los antagonismos de clase en lugar de criminalizarlos y aplastarlos, escogiendo la compra de líderes por cooptación al uso de la fuerza, y la tecnovigilancia al internamiento político. El fascismo no admite la excepción, mientras que la partitocracia tolera minorías hostiles con tal de que su autoexclusión no se vuelva problemática. La comunidad ilusoria definida por el fascismo de la que hay que formar parte por la fuerza es la de la raza o la nación y su espacio vital, mientras que la comunidad partitocrática es la ciudadanía o los votantes, de la que cabe la posibilidad de marginarse parcialmente. Por eso carece del gran problema de las dictaduras terroristas de partido único, que es la guerra contra las naciones vecinas. En virtud de los tratados internacionales que establecen la circulación libre de capitales, la expansión de la economía nacional no choca con aranceles ni barreras aduaneras, pudiéndose extender y hasta deslocalizar por el mundo sin necesidad de operaciones bélicas, salvo las exigidas por el control de las fuentes de energía. En consecuencia, las políticas “de defensa” de los sistemas partitocráticos no agotan las reservas nacionales en la fabricación de armamentos, ni condenan al hambre a la población sometida (como pasaba por ejemplo en la URSS y pasa hoy en Corea del Norte.) Los fascismos y totalitarismos han resultado fallidos casi siempre y se han desmoronado víctimas de sus insuperables contradicciones. Con frecuencia has sido sustituidos por regímenes partitocráticos más o menos imperfectos, es decir, más o menos mafiosos, según la presencia débil o fuerte de mecanismos reguladores, e inversamente, según la presencia fuerte o débil del personal del régimen anterior. Alemania, Suecia o el Reino Unido podrían ser ejemplos de partitocracias autorreguladas, y España, Italia o Rusia, de partitocracias prevaricadoras y corruptas. Tal reconversión se ha aprovechado de la derrota definitiva del proletariado revolucionario, nunca compensada con nuevos avances que reanimaran la discusión y el debate social e hicieran posible el retorno de un movimiento obrero radical e independiente. 

Podemos aceptar que la partitocracia no es fascismo, aunque se asemeje a él en algunos aspectos -sobre todo en la forma bipartidista- pero es más cierto que tampoco es democracia, ni siquiera “democracia enferma”: en ella no existe separación de poderes, ni debate público, ni control, ni toma de decisiones consensuadas mayoritariamente. Es un tipo moderno de oligarquía desarrollista que funciona, aunque las crisis, al sacrificar a un buen número de sus partidarios, producen cierto grado de desafección. Las partitocracias se ven cuestionadas por su base social debido a su supeditación al sistema financiero, pero no hasta el punto de apelar ésta a procedimientos revolucionarios, ya que su iniciativa no va más allá de la reforma electoral, del control de la Banca y de la demanda de inversiones. Las clases medias descontentas no rechazan el sistema partitocrático, simplemente exigen unos partidos más acordes con sus intereses y un Estado más keynesiano que solucione el problema del paro y del crédito; por consiguiente, sus armas siguen siendo la recogida de firmas, las movilizaciones por delegación, pacíficas y espaciadas, los votos y los recursos ante los tribunales. Se toman al pie de la letra lo que el régimen dice de sí mismo. Así pues, las clases medias (entre las que cabría el proletariado inconsciente, disperso y desmoralizado) no persiguen un enfrentamiento con las instituciones partitocráticas, sino una mayor apertura de las mismas a un frente de terceros partidos y asociaciones. Una bautizada “democracia participativa.” Quieren estar correctamente representadas en el régimen, por lo que nunca presentarán batalla ni seguirán a nadie que la presente. Mojan la pólvora para que no explote. No obstante, cuando las instituciones dejan de funcionar por un exceso de endeudamiento, fruto de la corrupción o de una simple mala gestión prolongada, se produce esa circunstancial distanciación que, al aislar a la clase política –la cual, no lo olvidemos, incluye a la burocracia obrera- obliga la partitocracia a endurecerse aproximándola al fascismo, y más con el temor a la presencia de una verdadera oposición “antisistema”. Pero entonces, no basta con la legislación punitiva y las fuerzas antidisturbios: hay que utilizar a los partidos y sindicatos alternativos, a las coaliciones electorales y las plataformas cívicas, a los movimientos sociales y vecinales, con el fin de apaciguar el descontento y reconducirlo por vías políticas y sociales legalistas. Uno se duerme en una asamblea de “indignados” y se despierta votando a Izquierda Unida o a Los Verdes. Y mientras tanto, la clase política, el verdadero Partido del Estado, salva su modus vivendi, o como ella lo llama, la “gobernabilidad”, gracias a una complicación pasajera del mapa político y unas puertas entreabiertas a la participación “transversal”. 

La partitocracia se consolidó gracias al apoyo de las clases medias, que gustan de autodenominarse “ciudadanía”, pero no se corresponde con el gobierno de dichas clases; es, por el contrario, el gobierno absoluto del capital globalizado. Al estar demasiado fragmentadas, las clases medias son incapaces de una política independiente y, tanto en épocas de bonanza como en épocas de crisis, se acomodan con las políticas desarrollistas que marcan los dirigentes de la alta burguesía ejecutiva. Pero algo han de decir cuando sus intereses son echados por la borda. La protesta ciudadana, de la que el izquierdismo vanguardista no es más que una versión arcaizante, es su manera de manifestar el desencanto con los “políticos” y los parlamentos. Que no espere nadie ver transformarse las reivindicaciones “democráticas” consabidas en reivindicaciones socialistas. Que tampoco nadie espere encontrar en las propuestas ecologistas una defensa del territorio. No se piden más que reformas; sin embargo, la partitocracia, al igual que el desarrollismo en el que se sienta, no puede reformarse, sólo cabe derribarla, y eso es precisamente a lo que las clases medias no se atreven. No está en su naturaleza. Si se concentraran fuerzas históricas suficientes para destruir la partitocracia, es decir, si se profundizara la crisis social hasta la ruptura, una parte de la clase media las seguiría, mientras que la otra abrazaría la dictadura o el fascismo y, entonces, el comunismo o socialismo revolucionario se jugaría a doble o nada. Por desgracia, como lo demuestra la ausencia de mecanismos populares de autoorganización, esas fuerzas no existen. 

Cualquier análisis serio de la partitocracia debe tener en cuenta las relaciones entre la clase dominante, incluida la clase política, las clases medias y los movimientos contrarios al sistema. La clase dirigente debe asegurar la conexión con las clases medias mediante el Partido del Estado, neutralizando cualquier oposición resuelta que se forme directamente desde la contestación social. Si ello no sucediera y las protestas se convirtieran en revueltas, la clase dominante abandonaría los métodos pacíficos y conservadores en pro de tácticas propias de la guerra civil, acallándose los lamentos ciudadanistas y transformándose la clase política en partido unificado del orden. Cuando la clase dominante entra en conflicto con la democracia parlamentaria formal tratará de salir mediante leyes de excepción y estados de sitio encubiertos, como ha venido haciendo. Esa es la verdadera función de la clase política y la burocracia obrerista en momentos de crisis aguda. La clase política o Partido del Estado está para hacer innecesario el siempre arriesgado recurso al golpe militar o al fascismo, pues ella ha de bastarse y sobrarse para hacer de gendarme del capital mundial manteniendo las mínimas apariencias de legitimidad parlamentaria. Conviene ahora recordar que las clases medias no constituyen exactamente una clase, sino un agregado variopinto de fragmentos sociales, maleable y versátil, por lo que están condenadas a seguir siendo hasta el fin una herramienta del capitalismo. No pueden escapar a las alianzas de emergencia con la clase dominante, puesto que necesitan una “dirección” y no hay otra clase capaz de dársela. Por otra parte, las clases medias temen más a la anarquía popular, a la violencia de masas, al anticapitalismo o al desmantelamiento del Estado, que a los impuestos, a los recortes o a las privatizaciones. Están irritadas con los políticos, con el parlamento y con el gobierno, pero todavía creen en los jueces, en la prensa, en los funcionarios y las ONGs, en la sanidad y la enseñanza públicas, en la ciencia y el progreso. Están sentadas sobre dos sillas inestables, pero ante una alternativa demasiado pronunciada se aferrarán a los tópicos ciudadanistas del orden antes que aventurarse por los inciertos caminos de la revolución social. No será así en todos los casos, pero sí en la mayoría. Al menos en un principio, cuando la clase dominante y el sistema partitocrático tengan las de ganar. Su papel histórico es subalterno, nunca determinante. El sujeto subversivo no surgirá de ellas, no encontrará en ellas sus ilusiones y su ser. Hemos apuntado la posibilidad de que de la plena descomposición del capitalismo pueda emerger una clase “peligrosa” dispuesta a cambiar la sociedad de arriba abajo y a eliminar el régimen político imperante. Esta clase negativa habrá de rechazar la ideología ciudadanista tanto como la política profesional mistificadora que hacen los partidos, pues su condición de existencia impone una estrategia disolvente y un proceder independiente e igualitario. Si eso llega a suceder, la cuestión de la clase media se resolverá por sí sola. 

Es muy difícil pensar estratégicamente después de una serie de derrotas decisivas. Los nuevos rebeldes persisten en ignorar la derrota de sus predecesores, pues cuanto mayor ha sido la destrucción del medio obrero y el progreso de la domesticación, mayor es la desorientación y la impotencia en vislumbrar una nueva perspectiva. La historia social registra un gran número de derrotas suplementarias como resultado de una mala evaluación de la derrota principal, en este caso la del proletariado en los sesenta y setenta, empeorada con los intentos de ocultarla o de ignorarla. Tampoco parece que influyan las transformaciones del capitalismo provocadas por la globalización, la crisis energética o la urbanización generalizada. En la guerra social este tipo de comportamiento lleva a la aniquilación de fuerzas, al compromiso efímero y al sectarismo vanguardista y aventurero. Resulta paradójico que quienes más partidarios son de una memoria histórica completa sean los más desmemoriados. Y que quienes se autodenominan la pesadilla del poder no sean más que la facción indisciplinada y extremista de las clases medias en ebullición. A lo largo de la historia las crisis sociales han conducido a situaciones explosivas, pero en una atmósfera de confusión y en ausencia de una conciencia clara, las crisis solamente agravan el proceso de descomposición. La mentalidad nihilista y el oportunismo ocupan el lugar de la conciencia de clase, trabajando contra la formación de un sujeto revolucionario, y fomentando subsidiariamente en las masas oprimidas sentimientos de frustración y de indiferencia. En los medios superficialmente contestatarios faltan análisis serios que destapen las raíces de la cuestión social. El atroz contraste con la realidad tozuda y triste de los ridículos tacticismos obreristas e insurreccionalistas, por no hablar de los todavía más penosos montajes lúdicos o estéticos, induce a la pasividad, no a la radicalización. No puede haber radicalización sin toma de conciencia, y no hay toma que valga si no se ha evaluado críticamente el pasado. Solamente con buenas intenciones, rabia y escenografías no se va a ninguna parte. Desgraciadamente estamos en los comienzos de una revisión crítica. El capitalismo continúa venciendo sin encontrar demasiada resistencia. Y el bando de los vencidos continúa sufriendo las consecuencias no asimiladas de sus derrotas. 

Miguel Amorós 10 de enero de 2013 

28 enero, 2016

La Cruzada en marcha del IBEX35


"Un grupo de exministros del PP, del PSOE y UCD integrados en la Fundación España Constitucional ha difundido un comunicado en el que consideran que la situación política hace necesario un Gobierno de amplio respaldo mediante una gran coalición de partidos constitucionalistas con un programa pactado".
Entre los exministros que forman parte de la fundación, hay socialistas como Cristina Garmendia, Beatriz Corredor, José Bono, César Antonio Molina, Maria Antonia Trujillo, Javier Gómez Navarro, Julián García Vargas, Carmen Calvo o Ángeles González-Sinde, y del PP, como Abel Matutes, Ángel Acebes, Eduardo Zaplana, Pío Cabanillas o Rafael Arias-Salgado, y de UCD, como Rafael Calvo Ortega, Salvador Sánchez Terán o Rodolfo Martín Villa (saludo fascista en la foto).
Felipe González apuesta por un Gobierno del PP con Ciudadanos y la abstención del PSOE
Entre el 27 de febrero y el 6 de marzo de 1989, el Ejército y la policía usaron unas 4 millones de balas para reprimir al pueblo, que empobrecido y hambriento salió a las calles para reclamar sus derechos. A esta masacre se la conoce como El Caracazo. Carlos Andrés Pérez (en la foto junto a su amigo Felipe González) era en aquellas fechas presidente de Venezuela.
 Este contenido ha sido publicado originalmente por teleSUR bajo la siguiente dirección: 
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El veterano político socialista José Bono se postula como presidente de un “gobierno de salvación” formado por PP, PSOE y Ciudadanos con el objetivo prioritario de frenar la independencia de Cataluña. El expresidente del Congreso, ex ministro de Defensa y ex presidente de la Junta de Castilla-La Mancha mantiene reuniones discretas a cuatro bandas: Moncloa, la sede socialista de Ferraz, empresarios del Ibex 35 y enviados del Palacio de La Zarzuela, según supo MIL21 de fuentes próximas a las negociaciones en curso.
Entre el 27 de febrero y el 6 de marzo de 1989, el Ejército y la policía usaron unas 4 millones de balas para reprimir al pueblo, que empobrecido y hambriento salió a las calles para reclamar sus derechos. A esta masacre se le conoce como El Caracazo.

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