10 abril, 2013

EL AGOTAMIENTO IDEOLÓGICO

Capítulo extraído del ensayo de Claude Bitot:
Investigación sobre el capitalismo llamado triunfante.
Título original: Enquête sur le capitalisme dit triomphant
Traductor: Emilio Madrid Expósito
Ediciones Espartaco Internacional


V
EL AGOTAMIENTO IDEOLÓGICO
Necesidad de un sistema de creencia colectivo
Toda sociedad de clases necesita un sistema de creencia colectivo que cimiente todas las clases y así las trascienda. Decimos bien sistema de “creencia”: no tiene nada que ver con una teoría, una ciencia o una filosofía; se trata de una idea, de una fe política que arrastra la adhesión de las masas y que se puede definir como una ideología.

Semejante sistema de creencia es absolutamente indispensable para una sociedad presa de divisiones, de tensiones, de choques entre las clases que revelan que los intereses no son los mismos. Para evitar que todo esto estalle en conflictos violentos, en luchas de clases que desestabilizarían la sociedad, se necesita que una ideología dominante se imponga y acabe por incorporar todas las clases a su carro.

En el marco del capitalismo, la tarea de elaborar tal ideología recae muy naturalmente en la burguesía, es decir, en la clase que posee los medios de la producción “material” y, por tanto, los medios de la producción “espiritual”. (Marx-Engels, citados anteriormente, en la Ideología alemana). Dicho de otra manera, la burguesía debe convertirse en la clase que dirija ideológicamente la sociedad y no se contente con entregarse a sus ocupaciones económicas y comerciales. A este nivel, es necesario que asuma sus responsabilidades, si no, revela que todavía está inmadura para dirigir la sociedad o bien que en lo sucesivo es una clase agotada y decadente.

Para la clase dominante en la que recae la producción de tal ideología el fin de la operación es llegar a presentar su interés particular como si fuese el interés general de la sociedad. Así “el Estado”, o bien la “Nación”, que serían reputados encarnar y defender este “interés general”. Más aún, tal ideología debe ser capaz de arrastrar la adhesión suficientemente fuerte de la sociedad, es decir, un sistema de creencia capaz de provocar un “ímpetu”, un “entusiasmo”, como el “patriótico” con ocasión de una declaración de guerra, o bien el “republicano” en una crisis social grave.

Históricamente, la ideología dominante revistió formas variables, según los países, y se impuso siguiendo un proceso más o menos complejo. Así en Alemania durante mucho tiempo –hasta 1918 – la burguesía poco madura políticamente abandonó su papel ideológico en manos de la aristocracia terrateniente y de su casta militar que, a su vez, produjeron una ideología supernacionalista, arrogante y conquistadora.

En Inglaterra la burguesía hizo un compromiso con la aristocracia de los lores; de ello resultó una ideología mitad y mitad, una especie de ideología nacional liberal teñida de monarquismo.

En Francia la ideología dominante burguesa no se impuso verdaderamente más que después de 1871. Fue la Nación confundida con la República. Antes de esta fecha la idea de nación no era una idea burguesa, sino más bien revolucionaria: hasta la Comuna de 1871 la patria fue reivindicada por los revolucionarios extremos tipo blanquistas u otros, pues Francia era para ellos “la patria de la revolución”, el país que había hecho la Revolución en 1789-94, la había vuelto a comenzar en 1830, 1848, 1871 y que de este modo mostraba a todos los demás países el camino a seguir. Un tal nacionalismo revolucionario se corroboró todavía con la Comuna de París cuando ésta, aun enarbolando la bandera roja, decretó la “patria en peligro”; con ello manifestaba a la burguesía, tras la vergonzosa capitulación de Sedan (2 de septiembre de 1870), que ésta había traicionado a la nación y que en adelante ya no le pertenecía, era al “pueblo trabajador” al que volvía. Después de 1871 todo se modificó, la burguesía recuperó en su favor la idea de nación consiguiendo hacer creer que pertenecía a todas las clases. Tuvo éxito más allá de lo esperado cuando en 1914 el pueblo, es decir, todas las clases, marchó alegremente a “defender la patria” y consintió durante 4 años sacrificios inauditos en favor de esta causa. Al hacer esto, la burguesía había conseguido soldar todas las clases, “agrupar a todos los franceses”, para hablar su lenguaje. El socialismo, que se presentaba como internacionalista, registró entonces una cruel derrota. Más tarde el gaullismo, entre 1945 y 1968 (ayudado por el partido estalinista francés, que se presentaba como “el heredero” de la tradición revolucionaria entre 1789 y 1871 y que mezclaba de esta manera la bandera roja con la tricolor), recogió esa antorcha nacionalista, aunque “en un tono atenuado y algo grandilocuente”.

Pero hoy, ¿qué hay de la ideología burguesa dominante?

El derrumbamiento de las creencias políticas
Si se observa el mundo de las sociedades capitalistas llamadas avanzadas, un hecho evidente se impone hoy: en este mundo ya no hay pasiones colectivas, ni grandes concentraciones políticas, ni sistema de convicción capaz de arrastrar la adhesión de las muchedumbres, de provocar el entusiasmo y de suscitar la esperanza. Desde el punto de vista ideológico es un mundo sombrío y desierto el que se ha instaurado. Únicamente las manifestaciones deportivas, a veces, llegan a provocar un arrebato colectivo pero que vuelve a caer pronto, no siendo esto más que espectáculo.
Se podrá hacer observar que la vida política, los debates que suscita, ahora se desarrollan en la pequeña pantalla y que las masas modernas ya no tienen por eso que desplazarse y reunirse para ir a escuchar a sus líderes políticos, al tenerlos directamente a la vista mientras están sentadas ante sus televisores. Los politicastros de todo pelaje lo saben. Por eso se les ve sin cesar en los platós de televisión para dar sus opiniones, respondiendo a las preguntas de los periodistas y otros “animadores” especializados. Queda por saber si tales emisiones interesan a mucha gente. Ni siquiera es necesario consultar las cuotas de audiencia, basta ver a qué hora tienen lugar estas emisiones políticas para darse cuenta inmediatamente que si tienen lugar tan a última hora de la noche es porque apenas tienen el favor del público, prefiriendo éste las emisiones de variedades o deportivas. En pocas palabras, la política-espectáculo en televisión ya no es taquillera.

Una constatación se impone: asistimos a una despolitización y a una des-ideologización casi generalizada. Las masas modernas se han hecho insensibles a todo lo que se refiere a la “cosa pública” y a los “debates de ideas”. Todo esto les fastidia profundamente y prefieren distraerse a escuchar a los politicastros, de los que, en cualquier caso, no tienen más que una pobre estima. Incluso durante las famosas discusiones “en el bar” se habla de cualquier otra cosa.

Pero vayamos más allá en la investigación. Si las masas se desvían así de la política, eso equivale a constatar que han dejado de estar bajo su influencia, que ya no es capaz de “hacerlas soñar” en “mañanas radiantes” y en “causas sagradas”. He ahí lo que resulta revelador. Un tal estado de hecho interpela en primer lugar a la ideología burguesa puesto que es ella la dominante en la sociedad; se ha vuelto incapaz de suscitar la adhesión activa de las muchedumbres, pues ha dejado de ilusionarlas; y de hecho, como hemos visto anteriormente, las ideas burguesas de “patria”, de “república”, de “democracia” están ya en caída libre.

Precisemos, no obstante. Las ilusiones concernientes a las ideas burguesas dominantes han caído, no porque las masas, al haber tomado conciencia de su carácter artificial las habrían obstaculizado oponiéndoles un rechazo; si hubiese sido así, habría habido una politización de los espíritus; se han desmoronado porque el capitalismo, entrado en su final de ciclo, ha hecho imposible su supervivencia: así la idea de nación, condenada con este capitalismo a un declive irremediable, o bien la idea de democracia, que se ve en adelante cortocircuitada por la “democracia de mercado”. Dicho de otra manera, el capitalismo, falto de ideología, ha acabado por destruir todas las ideologías, incluso las burguesas.

El agotamiento ideológico
Ciertamente, la burguesía intenta todavía engañar los espíritus, queriendo manipular las conciencias. Pero, ¿de qué está hecha su ideología en lo sucesivo? Veremos que ha perdido toda consistencia.

Para ilustrar esto, tomemos la idea de los “derechos del hombre”, de la que los medios y los politicastros de todo pelaje se han apoderado y con la que no dejan de calentarnos los oídos evocándola a cada paso. ¿Qué significa semejante diluvio de derechos del hombre”? En realidad, estos son, en el fondo, lo contrario de una ideología o creencia colectiva: son la Declaración de los derechos del hombre, egoísta e individualista, de la burguesía de 1789 cuya crítica hizo Marx en “La cuestión judía”; con ellos, lo que se valoriza es el hombre privado, el hombre de la propiedad privada. La burguesía del siglo XIX, al erigirse en clase que dirige ideológicamente la sociedad, tuvo mucho cuidado en poner sordina a tal Declaración burguesa-liberal-individualista. Hacía falta otra cosa para “agrupar a todos los franceses”: la Nación, la República... es decir, sujetos políticos que sugiriesen ideas de comunidad, de colectividad. Por esto subsiste hoy una fracción burguesa –muy minoritaria– que, rechazando los “derechos del hombre”, querría volver, aunque sin poder conseguirlo, y con razón, a la República de los Gambetta y de los Clemenceau, a la Escuela laica de Jules Ferry y, por supuesto, a la Nación “una e indivisible”...

Si la burguesía ha sacado del armario los “derechos del hombre”, es simplemente porque ya no dispone de un sistema de creencia colectivo; más aún, porque ha dejado incluso de comprender su necesidad. Prueba de ello, la energía que gasta desde hace ya cierto tiempo en combatir las antiguas ideologías que tuvieron curso en el siglo XX y que llama los “totalitarismos” (el fascismo, el comunismo, que ella asimila al estalinismo, pero poco importa); “totalitarismos” con los que, dicho sea de paso, guisoteó en el pasado, habiendo simpatizado con el hitlerismo (“Más vale Hitler que el Frente Popular”, rugía la burguesía francesa en 1936) o bien habiéndose aliado sin ninguna vergüenza con el estalinismo, como hicieron las burguesías americana e inglesa en la segunda guerra mundial a partir de 1941; lo que equivale a la poca seriedad y coherencia que entraña este género de críticas a los “totalitarismos”; pero para la burguesía actual poco importa, la condena atronadora e insistente del fascismo y del “comunismo” no tiene más que un solo objetivo: encontrar una justificación tranquilizadora a la ausencia de toda creencia colectiva, sirviendo de cómodo repelente los “totalitarismos” en cuestión.

En realidad, la ideología burguesa dominante ha llegado a ser tan poco consistente que ya no es más que una letanía moralizadora: un magma de ideas fofas, “tolerantes”, de causas de buen tono (las “causas humanitarias”) que “conmueven” mucho, pero que no movilizan políticamente a nadie. Es el pensamiento cero en toda la línea o, si se prefiere, lo “políticamente correcto”.

Sólo hay la economía donde la burguesía no bromea. Pero ahí opera sin ideología ninguna. Sólo obedece a las leyes del capital, a las exigencias del mercado, a la dura necesidad de la rentabilidad, no dudando el patrón más humanista en despedir implacablemente si es necesario, mientras que las multinacionales no tienen ningún escrúpulo en utilizar el trabajo forzado de los niños. En eso da pruebas de tal firmeza que se vuelve ciega en lo concerniente a la solidez y durabilidad de su sistema de dominación. De este modo, he aquí lo que se podía leer en Le Monde del 12/11/99 bajo la pluma de uno de sus intelectuales, R. Redeker, profesor de filosofía y miembro del comité de redacción de la revista “Les Temps Modernes”.

“¿Cómo vivir sin lo desconocido ante uno?”, preguntaba René Char. Ya no tenemos “lo desconocido” ante nosotros. Todas las perspectivas se han cerrado, llevadas a la reiteración indefinida del capitalismo. La muerte del comunismo va acompañada por un retraimiento del alma humana: ya no hay horizonte para las sociedades. De ello resulta un duelo, una glaciación de la esperanza: el hombre condenado a permanecer tal como es (la historia no dará a luz al hombre nuevo), las sociedades condenadas al capitalismo, a la propiedad privada, a ‘la privatización del individuo’ (por emplear el vocabulario de Castoriadis). El hombre contemporáneo tiene frío: la muerte del comunismo lo deja desolado ante la ausencia de futuro”.

Lo que hay de remarcable en este pasaje no es la desolación que parece embargar al autor en lo concerniente a la ausencia de alternativa al capitalismo con lo que él llama “la muerte del comunismo” (¿desolado por la muerte del estalinismo? ¡Pero dejémoslo con esta muerte de un comunismo que jamás ha existido!); es el pavor que lo embarga al pensar que el capitalismo es eterno, estando condenada la humanidad para el resto de sus días a sufrir la impronta de tal sistema. Ahí tenemos la última ilusión de la burguesía, por más que sea de izquierdas y escriba en “Les Temps Modernes”. Hoy ya no cree ideológicamente en gran cosa; reconoce incluso, como acabamos de leer, que su sistema no es muy regocijante, pero, añade, es indestructible, invencible. Esto continúa creyéndolo a pies juntillas. Lo que equivale a imaginarse que el capitalismo podría durar indefinidamente sin un sistema de creencia colectivo capaz de dar sentido a la existencia y, por tanto, resistir las pruebas y remontar los obstáculos. Pura ilusión, en efecto, pues precisamente es esto lo que les falta a las sociedades capitalistas actuales. Claro está, que el capitalismo es inmensamente triste y doloroso si no va acompañado de una ideología fuerte capaz de sublimarlo en la “Patria”, la “República” y otros ideales. A partir del momento en que llegue una crisis “tipo 29” u otra, ¿qué pasará? Las sociedades capitalistas actuales, a la vista de su ausencia total de razón ideológica de existir, cederán y se hundirán al primer golpe, y se producirá la gran desbandada, siendo las “élites” las primeras en dar ejemplo. Por lo demás, es lo que ya ha ocurrido recientemente en el Este: cuando el bloqueo económico fue tal, se vio al antiguo sistema llamado comunista, al que se creía indestructible desde el interior por su “totalitarismo”, hundirse en un instante, al habérsele acabado la cuerda ideológicamente al seudo-comunismo, es decir, el sistema de convicción colectivo en curso y que lo había sostenido hasta entonces. Un tal agotamiento ideológico está igualmente teniendo lugar en las sociedades capitalistas occidentales y, una vez llegada la crisis, nos daremos cuenta de que todo se sostenía ideológicamente nada más que por un hilo. Una sociedad de clases no vive impunemente felicitándose del “final de las ideologías”.

2 comentarios :

  1. Después de pasajes tan ilustrativos y dada la fecha del texto, debe estarse fraguando el siguiente paso burgués, el cual no será sino una variante de más de lo habido, como demuestran todos los ejemplos que conocemos en el Planeta.

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