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10 abril, 2013

EL AGOTAMIENTO IDEOLÓGICO

Capítulo extraído del ensayo de Claude Bitot:
Investigación sobre el capitalismo llamado triunfante.
Título original: Enquête sur le capitalisme dit triomphant
Traductor: Emilio Madrid Expósito
Ediciones Espartaco Internacional


V
EL AGOTAMIENTO IDEOLÓGICO
Necesidad de un sistema de creencia colectivo

Toda sociedad de clases necesita un sistema de creencia colectivo que cimiente todas las clases y así las trascienda. Decimos bien sistema de “creencia”: no tiene nada que ver con una teoría, una ciencia o una filosofía; se trata de una idea, de una fe política que arrastra la adhesión de las masas y que se puede definir como una ideología.

Semejante sistema de creencia es absolutamente indispensable para una sociedad presa de divisiones, de tensiones, de choques entre las clases que revelan que los intereses no son los mismos. Para evitar que todo esto estalle en conflictos violentos, en luchas de clases que desestabilizarían la sociedad, se necesita que una ideología dominante se imponga y acabe por incorporar todas las clases a su carro.

En el marco del capitalismo, la tarea de elaborar tal ideología recae muy naturalmente en la burguesía, es decir, en la clase que posee los medios de la producción “material” y, por tanto, los medios de la producción “espiritual”. (Marx-Engels, citados anteriormente, en la Ideología alemana). Dicho de otra manera, la burguesía debe convertirse en la clase que dirija ideológicamente la sociedad y no se contente con entregarse a sus ocupaciones económicas y comerciales. A este nivel, es necesario que asuma sus responsabilidades, si no, revela que todavía está inmadura para dirigir la sociedad o bien que en lo sucesivo es una clase agotada y decadente.

Para la clase dominante en la que recae la producción de tal ideología el fin de la operación es llegar a presentar su interés particular como si fuese el interés general de la sociedad. Así “el Estado”, o bien la “Nación”, que serían reputados encarnar y defender este “interés general”. Más aún, tal ideología debe ser capaz de arrastrar la adhesión suficientemente fuerte de la sociedad, es decir, un sistema de creencia capaz de provocar un “ímpetu”, un “entusiasmo”, como el “patriótico” con ocasión de una declaración de guerra, o bien el “republicano” en una crisis social grave.

Históricamente, la ideología dominante revistió formas variables, según los países, y se impuso siguiendo un proceso más o menos complejo. Así en Alemania durante mucho tiempo –hasta 1918 – la burguesía poco madura políticamente abandonó su papel ideológico en manos de la aristocracia terrateniente y de su casta militar que, a su vez, produjeron una ideología supernacionalista, arrogante y conquistadora.

En Inglaterra la burguesía hizo un compromiso con la aristocracia de los lores; de ello resultó una ideología mitad y mitad, una especie de ideología nacional liberal teñida de monarquismo.

En Francia la ideología dominante burguesa no se impuso verdaderamente más que después de 1871. Fue la Nación confundida con la República. Antes de esta fecha la idea de nación no era una idea burguesa, sino más bien revolucionaria: hasta la Comuna de 1871 la patria fue reivindicada por los revolucionarios extremos tipo blanquistas u otros, pues Francia era para ellos “la patria de la revolución”, el país que había hecho la Revolución en 1789-94, la había vuelto a comenzar en 1830, 1848, 1871 y que de este modo mostraba a todos los demás países el camino a seguir. Un tal nacionalismo revolucionario se corroboró todavía con la Comuna de París cuando ésta, aun enarbolando la bandera roja, decretó la “patria en peligro”; con ello manifestaba a la burguesía, tras la vergonzosa capitulación de Sedan (2 de septiembre de 1870), que ésta había traicionado a la nación y que en adelante ya no le pertenecía, era al “pueblo trabajador” al que volvía. Después de 1871 todo se modificó, la burguesía recuperó en su favor la idea de nación consiguiendo hacer creer que pertenecía a todas las clases. Tuvo éxito más allá de lo esperado cuando en 1914 el pueblo, es decir, todas las clases, marchó alegremente a “defender la patria” y consintió durante 4 años sacrificios inauditos en favor de esta causa. Al hacer esto, la burguesía había conseguido soldar todas las clases, “agrupar a todos los franceses”, para hablar su lenguaje. El socialismo, que se presentaba como internacionalista, registró entonces una cruel derrota. Más tarde el gaullismo, entre 1945 y 1968 (ayudado por el partido estalinista francés, que se presentaba como “el heredero” de la tradición revolucionaria entre 1789 y 1871 y que mezclaba de esta manera la bandera roja con la tricolor), recogió esa antorcha nacionalista, aunque “en un tono atenuado y algo grandilocuente”.

Pero hoy, ¿qué hay de la ideología burguesa dominante?

El derrumbamiento de las creencias políticas

Si se observa el mundo de las sociedades capitalistas llamadas avanzadas, un hecho evidente se impone hoy: en este mundo ya no hay pasiones colectivas, ni grandes concentraciones políticas, ni sistema de convicción capaz de arrastrar la adhesión de las muchedumbres, de provocar el entusiasmo y de suscitar la esperanza. Desde el punto de vista ideológico es un mundo sombrío y desierto el que se ha instaurado. Únicamente las manifestaciones deportivas, a veces, llegan a provocar un arrebato colectivo pero que vuelve a caer pronto, no siendo esto más que espectáculo.

Se podrá hacer observar que la vida política, los debates que suscita, ahora se desarrollan en la pequeña pantalla y que las masas modernas ya no tienen por eso que desplazarse y reunirse para ir a escuchar a sus líderes políticos, al tenerlos directamente a la vista mientras están sentadas ante sus televisores. Los politicastros de todo pelaje lo saben. Por eso se les ve sin cesar en los platós de televisión para dar sus opiniones, respondiendo a las preguntas de los periodistas y otros “animadores” especializados. Queda por saber si tales emisiones interesan a mucha gente. Ni siquiera es necesario consultar las cuotas de audiencia, basta ver a qué hora tienen lugar estas emisiones políticas para darse cuenta inmediatamente que si tienen lugar tan a última hora de la noche es porque apenas tienen el favor del público, prefiriendo éste las emisiones de variedades o deportivas. En pocas palabras, la política-espectáculo en televisión ya no es taquillera.

Una constatación se impone: asistimos a una despolitización y a una des-ideologización casi generalizada. Las masas modernas se han hecho insensibles a todo lo que se refiere a la “cosa pública” y a los “debates de ideas”. Todo esto les fastidia profundamente y prefieren distraerse a escuchar a los politicastros, de los que, en cualquier caso, no tienen más que una pobre estima. Incluso durante las famosas discusiones “en el bar” se habla de cualquier otra cosa.

Pero vayamos más allá en la investigación. Si las masas se desvían así de la política, eso equivale a constatar que han dejado de estar bajo su influencia, que ya no es capaz de “hacerlas soñar” en “mañanas radiantes” y en “causas sagradas”. He ahí lo que resulta revelador. Un tal estado de hecho interpela en primer lugar a la ideología burguesa puesto que es ella la dominante en la sociedad; se ha vuelto incapaz de suscitar la adhesión activa de las muchedumbres, pues ha dejado de ilusionarlas; y de hecho, como hemos visto anteriormente, las ideas burguesas de “patria”, de “república”, de “democracia” están ya en caída libre.

Precisemos, no obstante. Las ilusiones concernientes a las ideas burguesas dominantes han caído, no porque las masas, al haber tomado conciencia de su carácter artificial las habrían obstaculizado oponiéndoles un rechazo; si hubiese sido así, habría habido una politización de los espíritus; se han desmoronado porque el capitalismo, entrado en su final de ciclo, ha hecho imposible su supervivencia: así la idea de nación, condenada con este capitalismo a un declive irremediable, o bien la idea de democracia, que se ve en adelante cortocircuitada por la “democracia de mercado”. Dicho de otra manera, el capitalismo, falto de ideología, ha acabado por destruir todas las ideologías, incluso las burguesas.

El agotamiento ideológico

Ciertamente, la burguesía intenta todavía engañar los espíritus, queriendo manipular las conciencias. Pero, ¿de qué está hecha su ideología en lo sucesivo? Veremos que ha perdido toda consistencia.

Para ilustrar esto, tomemos la idea de los “derechos del hombre”, de la que los medios y los politicastros de todo pelaje se han apoderado y con la que no dejan de calentarnos los oídos evocándola a cada paso. ¿Qué significa semejante diluvio de derechos del hombre”? En realidad, estos son, en el fondo, lo contrario de una ideología o creencia colectiva: son la Declaración de los derechos del hombre, egoísta e individualista, de la burguesía de 1789 cuya crítica hizo Marx en “La cuestión judía”; con ellos, lo que se valoriza es el hombre privado, el hombre de la propiedad privada. La burguesía del siglo XIX, al erigirse en clase que dirige ideológicamente la sociedad, tuvo mucho cuidado en poner sordina a tal Declaración burguesa-liberal-individualista. Hacía falta otra cosa para “agrupar a todos los franceses”: la Nación, la República... es decir, sujetos políticos que sugiriesen ideas de comunidad, de colectividad. Por esto subsiste hoy una fracción burguesa –muy minoritaria– que, rechazando los “derechos del hombre”, querría volver, aunque sin poder conseguirlo, y con razón, a la República de los Gambetta y de los Clemenceau, a la Escuela laica de Jules Ferry y, por supuesto, a la Nación “una e indivisible”...

Si la burguesía ha sacado del armario los “derechos del hombre”, es simplemente porque ya no dispone de un sistema de creencia colectivo; más aún, porque ha dejado incluso de comprender su necesidad. Prueba de ello, la energía que gasta desde hace ya cierto tiempo en combatir las antiguas ideologías que tuvieron curso en el siglo XX y que llama los “totalitarismos” (el fascismo, el comunismo, que ella asimila al estalinismo, pero poco importa); “totalitarismos” con los que, dicho sea de paso, guisoteó en el pasado, habiendo simpatizado con el hitlerismo (“Más vale Hitler que el Frente Popular”, rugía la burguesía francesa en 1936) o bien habiéndose aliado sin ninguna vergüenza con el estalinismo, como hicieron las burguesías americana e inglesa en la segunda guerra mundial a partir de 1941; lo que equivale a la poca seriedad y coherencia que entraña este género de críticas a los “totalitarismos”; pero para la burguesía actual poco importa, la condena atronadora e insistente del fascismo y del “comunismo” no tiene más que un solo objetivo: encontrar una justificación tranquilizadora a la ausencia de toda creencia colectiva, sirviendo de cómodo repelente los “totalitarismos” en cuestión.

En realidad, la ideología burguesa dominante ha llegado a ser tan poco consistente que ya no es más que una letanía moralizadora: un magma de ideas fofas, “tolerantes”, de causas de buen tono (las “causas humanitarias”) que “conmueven” mucho, pero que no movilizan políticamente a nadie. Es el pensamiento cero en toda la línea o, si se prefiere, lo “políticamente correcto”.

Sólo hay la economía donde la burguesía no bromea. Pero ahí opera sin ideología ninguna. Sólo obedece a las leyes del capital, a las exigencias del mercado, a la dura necesidad de la rentabilidad, no dudando el patrón más humanista en despedir implacablemente si es necesario, mientras que las multinacionales no tienen ningún escrúpulo en utilizar el trabajo forzado de los niños. En eso da pruebas de tal firmeza que se vuelve ciega en lo concerniente a la solidez y durabilidad de su sistema de dominación. De este modo, he aquí lo que se podía leer en Le Monde del 12/11/99 bajo la pluma de uno de sus intelectuales, R. Redeker, profesor de filosofía y miembro del comité de redacción de la revista “Les Temps Modernes”.

“¿Cómo vivir sin lo desconocido ante uno?”, preguntaba René Char. Ya no tenemos “lo desconocido” ante nosotros. Todas las perspectivas se han cerrado, llevadas a la reiteración indefinida del capitalismo. La muerte del comunismo va acompañada por un retraimiento del alma humana: ya no hay horizonte para las sociedades. De ello resulta un duelo, una glaciación de la esperanza: el hombre condenado a permanecer tal como es (la historia no dará a luz al hombre nuevo), las sociedades condenadas al capitalismo, a la propiedad privada, a ‘la privatización del individuo’ (por emplear el vocabulario de Castoriadis). El hombre contemporáneo tiene frío: la muerte del comunismo lo deja desolado ante la ausencia de futuro”.

Lo que hay de remarcable en este pasaje no es la desolación que parece embargar al autor en lo concerniente a la ausencia de alternativa al capitalismo con lo que él llama “la muerte del comunismo” (¿desolado por la muerte del estalinismo? ¡Pero dejémoslo con esta muerte de un comunismo que jamás ha existido!); es el pavor que lo embarga al pensar que el capitalismo es eterno, estando condenada la humanidad para el resto de sus días a sufrir la impronta de tal sistema. Ahí tenemos la última ilusión de la burguesía, por más que sea de izquierdas y escriba en “Les Temps Modernes”. Hoy ya no cree ideológicamente en gran cosa; reconoce incluso, como acabamos de leer, que su sistema no es muy regocijante, pero, añade, es indestructible, invencible. Esto continúa creyéndolo a pies juntillas. Lo que equivale a imaginarse que el capitalismo podría durar indefinidamente sin un sistema de creencia colectivo capaz de dar sentido a la existencia y, por tanto, resistir las pruebas y remontar los obstáculos. Pura ilusión, en efecto, pues precisamente es esto lo que les falta a las sociedades capitalistas actuales. Claro está, que el capitalismo es inmensamente triste y doloroso si no va acompañado de una ideología fuerte capaz de sublimarlo en la “Patria”, la “República” y otros ideales. A partir del momento en que llegue una crisis “tipo 29” u otra, ¿qué pasará? Las sociedades capitalistas actuales, a la vista de su ausencia total de razón ideológica de existir, cederán y se hundirán al primer golpe, y se producirá la gran desbandada, siendo las “élites” las primeras en dar ejemplo. Por lo demás, es lo que ya ha ocurrido recientemente en el Este: cuando el bloqueo económico fue tal, se vio al antiguo sistema llamado comunista, al que se creía indestructible desde el interior por su “totalitarismo”, hundirse en un instante, al habérsele acabado la cuerda ideológicamente al seudo-comunismo, es decir, el sistema de convicción colectivo en curso y que lo había sostenido hasta entonces. Un tal agotamiento ideológico está igualmente teniendo lugar en las sociedades capitalistas occidentales y, una vez llegada la crisis, nos daremos cuenta de que todo se sostenía ideológicamente nada más que por un hilo. Una sociedad de clases no vive impunemente felicitándose del “final de las ideologías”.

09 abril, 2013

LA DECADENCIA DE LA DEMOCRACIA BURGUESA

Capítulo extraído del ensayo de Claude Bitot:
Investigación sobre el capitalismo llamado triunfante.
Título original: Enquête sur le capitalisme dit triomphant
Traductor: Emilio Madrid Expósito
Primera edición en español: Julio de 2002
Ediciones Espartaco Internacional


II
LA DECADENCIA DE LA DEMOCRACIA BURGUESA

Breve evocación

Por democracia en régimen capitalista no hay que entender “el gobierno del pueblo”, como su sentido etimológico podría hacer creer. Ciertamente, el poder político parece salido del pueblo, puesto que es él el que con sus sufragios designa a sus representantes en el parlamento. Pero es olvidar que el pueblo está dividido en clases y que en una sociedad de clases, “los pensamientos de la clase dominante son también, en todas las épocas, los pensamientos dominantes, o dicho de otra manera, la clase que es la potencia material dominante de la sociedad, es también la potencia dominante espiritual. La clase que dispone de los medios de la producción material dispone, al mismo tiempo, de los medios de la producción intelectual, de suerte que, lo uno conlleva lo otro, los pensamientos de aquellos a los que se les niegan los medios de la producción intelectual, están sometidos por eso mismo a esta clase dominante” (Marx-Engels, “la Ideología alemana”). Por consiguiente, se podrá hacer votar a las clases dominadas tanto como se quiera, que la burguesía, es decir, la clase que en la sociedad capitalista dispone del poder material y espiritual, sabiendo por adelantado que las opiniones de las clases dominadas le estarán sometidas, estará siempre segura de que las elecciones, por tanto, el poder político, irán siempre en su dirección. Una tal democracia no es, pues, más que formalmente “el gobierno del pueblo”; en su contenido es burguesa.

Las “libertades públicas” que en una tal democracia han sido instituidas (de opinión, de expresión, de reunión, de asociación) son todas igualmente formales. Como la burguesía es la clase dominante que “dispone de los medios de la producción intelectual” (escuelas, universidades, prensa, radios, televisiones, casas editoriales), le es fácil evocar la “pluralidad de las opiniones”, que de hecho significa pluralidad de las opiniones burguesas, es decir, su difusión completa, con toda su diversidad y matices, a través de los grandes medios y bajo la batuta de toda una miríada de políticos, periodistas, intelectuales, mientras que las ideas contrarias a la sociedad burguesa, revolucionarias, se ven al mismo tiempo relegadas necesariamente a la marginación, pues no pertenecen a la clase dominante.

En cuanto al parlamento, su función esencial es permitir a las distintas fracciones de la burguesía hacer valer sus intereses específicos. Las diversas “sensibilidades” y otras “familias políticas” pueden así venir a debatir y votar las leyes que les convienen, lo que da lugar a toda suerte de maniobras y de retoques burdos. Ciertamente, en el hemiciclo hay una izquierda y una derecha, pero esto no significa que haya cara a cara dos fuerzas antagónicas, sino simplemente que existe un campo más conservador (“la derecha”) que el otro (“la izquierda”), queriendo este último hacer evolucionar algo la sociedad burguesa con ayuda de ciertas reformas, sin ponerla en tela de juicio evidentemente, a fin de consolidarla aún mejor.

De “la democracia social” a la “democracia de mercado”.

A este cuadro de la democracia burguesa que acabamos de bosquejar rápidamente, hay que aportar, no obstante, un cierto correctivo. En el marco del capitalismo moderno, especialmente a partir de los años 30, la democracia tomó un aspecto algo social. Después de la gran crisis de 1929 fue necesario, por razones de estabilidad social, tener un poco más en cuenta los intereses de las clases populares, sobre todo los de la clase obrera. El Estado se puso entonces a jugar un cierto papel redistributivo: por medio de los partidos de izquierda, pero no exclusivamente (así en Francia el partido de derecha gaullista después de 1945), la clase burguesa consintió ciertas reformas, tales como la protección social, las vacaciones pagadas, las jubilaciones, etc. Esto tuvo por efecto redorar el blasón de la democracia burguesa, que había sido algo empañado durante los años 30. A partir de entonces, las “políticas” socialdemócrata o democristiana (como en Alemania con “la economía social de mercado”) encontraron su realización.

Ahora bien, son precisamente estas “políticas” las que vacilan ya. Atenazado por la caída de su tasa media de ganancia, el capital emplea en lo sucesivo toda su energía en restaurar algo esa tasa. Por eso, cada vez acepta menos ser puncionado por estas “políticas” como ocurría antes a través del famoso “Estado-providencia”. A grito limpio reclama menos impuestos y cargas que pesen sobre las empresas. De golpe, los gobiernos se ven obligados a revisar a la baja sus políticas presupuestaria, fiscal, social. Y si por casualidad se le ocurre ir aunque sólo sea un poco en contra de los intereses del capital –“de los mercados”– éste presiona agitando el espectro de la huida de los capitales o bien el de las deslocalizaciones, o desplazamientos de empresas, “mundialización” obliga...

“La política de Francia no se decide en la Bolsa”, se vanagloriaba en otros tiempos De Gaulle. Hoy, semejante jactancia es totalmente incongruente. A guisa de “política”, todo se resume en saber cómo van a reaccionar “los mercados”.

Evidentemente, los gobiernos intentan todavía dar el pego. Como, por ejemplo, el primer ministro L. Jospin que acaba de decir: “sí a la economía de mercado, no a la sociedad de mercado”. Esto forma parte de lo mejorcito del charlatanismo, pero qué importa, si, sobre todo, no hay que desesperar a la Bolsa, tampoco hay que desesperar completamente a los electores... Dicho esto, se plantea una cuestión: si los gobiernos ven que su margen de maniobra política se encoge como la piel de zapa, si están incesantemente bajo la vigilancia “de los mercados”, si están obligados a rendirles cuentas por la menor de sus decisiones, ¿quién gobierna realmente?

En un ensayo titulado “la izquierda imaginaria y el nuevo capitalismo” (edición B. Grasset, 1999), dos periodistas, G. Desportes y L. Mauduit, uno en Libération, el otro en Le Monde, tienen el mérito, a pesar de sus lloriqueos sobre la “decadencia de la política” y “la pérdida de los valores republicanos”, de levantar una punta del velo: “Cada cual adivina entonces que, en esta partida que se juega (de hecho, ¡ya está jugada!) entre los mercados y el poder público, se perfila en última instancia una cuestión decisiva: ¿Quién dirige el país?¿Es aún el gobierno? O, a la cabeza de gigantescos conglomerados, ¿esos verdaderos “jefes de Estado privados”, según la expresión del economista Jean-Paul Fitoussi?”. He aquí que hemos llegado de lleno a eso que se llama, para utilizar el argot actual, “la democracia de mercado”, compuesta por magnates de las finanzas, los banqueros, jugadores de bolsa, especuladores, PDG (Presidente Director General) de las multinacionales y otros “jefes de Estado privados”: todo este bello mundo discute, sopesa, especula para saber lo que conviene hacer o dejar de hacer y después dicta a los “políticos” la orientación que conviene tomar, aun cuando estos últimos todavía fingen estar ahí para algo. “El gobierno moderno no es más que un comité que gestiona los asuntos de la burguesía”, escribía el Manifiesto comunista; con la “democracia de marcado”, el capital, tomando cada vez más directamente las cosas en sus manos ¡llega casi a prescindir de sus “gerentes”!

De una tal situación resulta un concierto de lamentaciones. Toda clase de buenas almas, imaginándose que podría ser de otro modo, suben a la tronera para denunciar esta “impotencia de los políticos”, su “capitulación ante las potencias del dinero” y su falta de “voluntarismo”.

Mientras tanto, si se echa un vistazo a los sondeos, estos apenas son tranquilizadores para los políticos. Como el de la Sofres aparecido en Le Monde del 18/11/99, que lleva por título: “La desconfianza de los franceses hacia los políticos sigue siendo muy profunda”. Un tal sondeo, “alarmante”, nos muestra que “el rechazo de la política es masivo” pues el 57 % de los preguntados muestran hacia esta última “desconfianza”, el 27 %, “fastidio”, el 20 %, “repugnancia”, contra sólo un 26 % que responden a “la esperanza”, 20 % “al interés” y 7 % “al respeto”. Evidentemente no es más que un sondeo, pero aun así son mucha gente los que tienen un juicio negativo sobre la política y los políticos.

A partir de ahí, viéndose los gobiernos cada vez más reducidos a jugar el papel de títeres en la escena, en la que los verdaderos actores están entre bastidores, soplándoles su sempiterno “pensamiento único”, mientras que a aquellos les toca el papel de entretener a la galería, el público se cansa, como acabamos de ver, hasta el punto de que un tal cansancio se traduce en lo que los expertos politólogos llaman un “déficit democrático”. Veamos de qué se trata.

El “déficit democrático” o la decadencia de la democracia burguesa Semejante “déficit”se traduce en primer lugar en el ascenso del abstencionismo. Incluso si en Francia las elecciones presidenciales todavía despiertan el interés, no se puede decir lo mismo de las legislativas (no hablemos de las europeas, que fracasan estrepitosamente, siendo la tasa de abstención, en junio de 1999, superior al 50 %, mientras que en Alemania y en Inglaterra alcanzaba las cifras astronómicas del 70 y 80 %): mientras que la tasa media de abstención entre 1958 y 1978 era del 20 %, en las elecciones legislativas de 1993 era del 34,7 % de los electores inscritos, habiendo 12 millones que se abstuvieron o bien votaron nulo (1,4 millones). En las últimas legislativas de 1997, esta tendencia al alza se ha confirmado.

No obstante, hay que aportar una precisión. En Francia la tasa de abstención se calcula sobre el número de los electores inscritos en las listas electorales, pero como el número de los no inscritos ronda el 10 %, se llega a una tasa de abstención real próxima al 50 % si se añaden las papeletas nulas. Entonces se puede medir en su justo valor el porcentaje de los partidos: así, el que obtiene el 25 % de los votantes (lo que en las condiciones actuales es una cifra muy respetable), en realidad no representa más que el 12,5 % del cuerpo electoral en edad de votar; esto da una idea del grado de representatividad de los otros partidos que consiguen el 10 % o menos de los votantes... Los americanos, más lógicamente, calculan la tasa de abstención a partir del cuerpo electoral en edad de votar. Pero tampoco obtienen mejores resultados. Mientras que tal tasa, en los años 60, era del 40 % aproximadamente, hoy supera alegremente el 50 %. Dicho de otro modo, en “la democracia más grande del mundo”, ya no es más que una minoría la que vota...

Las tasas de abstención no son más que medias nacionales, con todas las clases mezcladas. Pero si se observa el abstencionismo según las diversas categorías “socioprofesionales”, para hablar como el Insee (Instituto Nacional de Estadística y Economía), está claro que cuanto más pobre se es, más se abstiene uno; de un modo general, la tasa de abstención es más elevada entre los obreros y los pequeños empleados que entre los cuadros de las clases medias; y puesto que evocamos el abstencionismo entre la clase obrera, no está menos claro que éste sería aún más elevado cuando se sabe que en 1995 el 27 % de los obreros votaban por el Frente nacional de Le Pen, es decir, emitían una especie de voto de protesta “populista” contra el ambiente “políticamente correcto”.

Por tanto, si se cuantifica el “déficit democrático” en términos de abstencionismo electoral, se puede decir que éste, por ahora, es del orden del 50 %. ¡Un pobre resultado para sociedades que no dejan de airear su democracia al mundo entero!

Si ahora nos giramos hacia los partidos políticos, ¿qué se constata? Ya por el hecho de sus pocos adherentes se han visto obligados a hacerse financiar por el Estado, P. “C”. F. (Partido Comunista Francés) incluido. Pero ahí no está lo más grave: sean de izquierda o de derecha, están “en crisis de identidad”. Llanamente, ya no saben muy bien cuál es su razón de ser, al haberse desdibujado sus puntos de referencia. Pero, ¿cómo asombrarse de ello cuando se sabe que el verdadero poder está en otra parte, entre los “jefes de Estado privados” que, imponiendo su “pensamiento único”, se encargan de ponerlos en la misma longitud de onda, tanto si son de derecha como si son de izquierda, aunque finjan aún que se pelean?

Ahí igualmente una tal “crisis de identidad” de los partidos es más acusada en los que tenían una base popular importante. Así, en Francia, esta crisis afecta de lleno al partido de derecha gaullista (RPR) cuya profesión de fe era “el agrupamiento popular”. La adhesión de este partido a la Europa de Mastrique y su conversión al liberalismo, él, que en otros tiempos era más bien económicamente dirigista, no son extraños a esta pérdida de audiencia entre las capas populares. A la izquierda, si el Partido “socialista”, partido de las clases medias, no se desenvuelve demasiado mal electoralmente hablando, no ocurre lo mismo con el P. “C”. F., ex “partido de la clase obrera” cuyos adherentes se han derretido y cuyo número de electores se ha hundido, pasando de “20 % en 1975 a 8 % aproximadamente hoy. Ahí la “crisis de identidad” llega a su apogeo. Yendo de “mutación” en “mutación”, el jefe de tal partido, R. Hue, llega a declarar en una entrevista a la Tribune del 15/3/99, que “los comunistas no son enemigos del mercado”.

Nosotros queremos, en un movimiento de toda la sociedad, ponerlo al servicio de las necesidades humanas y al de la ganancia”. ¡No se sabe si reír o llorar! Entretanto, si ahora el “comunismo” es el “mercado” (mientras en otros tiempos, para este mismo partido, era las “nacionalizaciones” y “el Estado”, ¡pase!), tampoco sorprende nada que la clase obrera se haya desviado de tal partido, ¡sea refugiándose en el abstencionismo, sea yendo a votar a Le Pen, esto no les puede ir peor!

Así pues, tras los electores que no acuden al llamamiento, los partidos que están alicaídos. Sin embargo, se plantea una cuestión: ¿hasta dónde podrá llegar un tal “déficit democrático”, que traduce de hecho una decadencia de la democracia burguesa? No es demasiado aventurado pensar que nos dirigimos hacia una situación en la que sólo los burgueses, las clases medias superiores y otras capas protegidas tendrán todavía algunas razones para ir a votar y reconocerse en los partidos.

Para ellos, esto tendrá todavía un sentido en la medida en que estarán lo suficientemente en fase con el sistema. Cierto, aún no hemos llegado ahí, pero el camino está tomado. En suma, volveríamos a una democracia, evidentemente de hecho y no de derecho, cada vez más restringida u oligárquica, es decir, reservada a los privilegiados del capitalismo, un poco como ocurría en los tiempos de Guizot y de las “posibilidades”, cuando el sufragio era censatario y sólo las capas acomodadas podían votar y hacerse elegir. Y si no se estuviese satisfecho con semejante orden plutocrático, en lugar de decir como este mismo Guizot: “¡Enriqueceos!”, se dirá (se dice ya): “¡Sed un triunfador!”, lo que, uno con otro, es exactamente igual.

Una tal decadencia de la democracia burguesa a la que asistimos, y que no ha acabado de revelarse, se inscribe en el marco del capitalismo actual en final de ciclo: de igual manera que destruye la realidad de una economía que aún sería “nacional”, asimismo mina la realidad de una democracia que sería todavía “social”; pero al mismo tiempo las ilusiones que estaban ligadas a la democracia burguesa se desvanecen, abandonando las urnas una parte cada vez más grande de las masas, mientras que los partidos se ven desacreditados a los ojos de estas mismas masas.