Mostrando entradas con la etiqueta partitocracia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta partitocracia. Mostrar todas las entradas

12 octubre, 2016

La ilusión democrática – Isabel Escudero

Fuente: CONTRANATURA


Transcripción de la charla ofrecida por la poeta y profesora Isabel Escudero en el local de la Confederación Nacional del Trabajo (C.N.T.) de Madrid, el 20 de octubre de 1995. Publicado como epílogo de "Contra el Hombre" (Agustín García Calvo, Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo, 2ª edición, Madrid 1997).


Con este mismo título (ya en el año 1992 y a través de la Revista Archipiélago) pusimos en tela de juicio la constitución misma de la Democracia, su engañosa naturaleza y su condición de traidora del pueblo. De entonces a acá todo tipo de atropellos, horrores y estupideces, como podridos frutos de la Democracia, nos han venido invadiendo la vida pública y privada. Desde hace ya años no hay más que abrir un periódico o encender el televisor para que en cascada –siempre renovada y al mismo tiempo inalterable– se nos caiga encima toda la miseria de este progresado Orden Democrático. Rostros de personajones del Gobierno, o de su Oposición (indistinguibles entre sí), Administradores del Estado o del Dinero (que hoy son los mismos) se nos presentan en la modalidad de delincuentes, de facinerosos, junto a las complementarias figuras del Bueno: el Juez insobornable, el policía honrado, el intrépido periodista, etc. etc. como mascarones de un repetido telefilm servido puntualmente a la hora de las comidas a las familias democráticas. Este marcado signo de "realismo" a base de corruptelas y personalismos, viene a ser la constante de todas las Democracias evolucionadas en las llamadas Sociedades del Bienestar. Chismes y comadreos constantes con apariencias de novedades para entretener a las gentes como si se quisiera decir: "sí, pero estos son los malos, luego están los buenos, los verdaderos demócratas, la auténtica Democracia". Esa es la verdadera función de los corruptos: hacernos mantener la ilusión de una democracia inteligente y honrada, verdaderamente popular, siempre inalcanzable: ideal. No. La Democracia es esto de aquí y ahora: es esta y no otra la Democracia ideal: la auténtica Democracia. De ella y contra ella pues hablamos. No vengan ahora los más creyentes a acallar las críticas en nombre de "los ideales democráticos".


Estos que padecemos son precisamente los ideales democráticos. Y esta Realidad democrática (ideal) se sostiene precisamente por sus crisis. Es su crisis permanente la que la sostiene, igual como las ilusiones de mudabilidad sostienen la Idea medular: la creencia inalterada. La apariencia de cambio en los actores sostiene la fe de que aquello podría ser otra cosa. Como si en vez de cuestionarse la Idea misma (por ejemplo del Matrimonio) uno o una tuviera la fe en que basta con cambiar los contrayentes una y otra vez para que aquello funcione. En el caso del Régimen Demotecnocrático, y su fe en el Hombre, en el individuo personal, las imperfecciones de cada moral particular vienen a crear la ilusión del concepto perfeccionado: el Hombre (y el Humanismo) como sustituto reemplazante de la idea de Dios, sus atributos y poderes, su perfección. El Régimen Tecnodemocrático está sustancialmente sostenido por el átomo de las Masas que no es otro que el Individuo personal, con su voluntad propia, su opinión personal, su libertad personal, etc. Todas esas fantasías tan prestigiosas y que tanto publicitan las Democracias. Se trata de atribuirle al individuo una soberanía de razón y hasta de inocencia olvidando que, precisamente, ese individuo –tal como hoy funciona– es ya una construcción, una fabricación desde Arriba del propio Sistema Tecnodemocrático y sus poderes más operativos: La Información, el Mercado, el Dinero; los Medios llamados de Comunicación (más exactamente Medios de Formación de Masas) operan a través de la formación de individuos, diseñados paradójicamente con un modelo clónico pero con la ilusión personalizadora, al modo como la publicidad dice a todos: "especialistas en ti".


Veamos. Lo que ya entonces denunciábamos –en aquel número de la revista Archipiélago– se ha venido confirmando con creces. La estulticia democrática, la vanidad democrática: su radical vaciedad repleta de caras cambiantes, es hoy la pura realidad cotidiana. Hoy la vida de los ciudadanos no encuentra ya resquicios para librarse de ese impenitente atosigamiento desde Arriba de toda suerte de fechorías y trajines con sus correspondientes salvadores. Hipotecada la vida de las gentes, aplastada con los siniestros, y al mismo tiempo banales, tejemanejes de una clase entretenedora, audiovisual, adornada por una casta que se presenta como "intelectual" y que aspira a no ser menos y así poblar repetidamente hasta la saciedad las tertulias de la pantalla de la caja tonta haciendo el inflado gesto de la "crítica": una crítica conducente únicamente a la recreación de lo mismo con el sostenimiento de opiniones diversas (en el fondo la única), pero lejos de ninguna verdad, y sobre todo ajena al pueblo.

Es precisamente, esa aparente "exigencia de realismo", una de las trampas de la Democracia. Se pretende que se está hablando de algo físico, palpable, popular, cuando bien mirado ya los hechos mismos revelan su carácter ilusorio constitutivamente mentiroso. Por ejemplo la trampa previa consiste en cómo se puede creer que una minoría es la Mayoría (no sólo porque la población votante no deja de ser minoritaria respecto al común de las gentes, sino porque la posterior "representación democrática" siempre es una minoría personalizada cada vez menos representativa de nadie, a no ser de sí mismos, cada vez más impresentables a medida que van entrando en la escena Democrática). Otra operación tramposa consiste en hacer creer que la Mayoría es todos, esa es otra de las claves de la ilusión democrática: el engaño en que se funda; a partir de esas ilusiones engañosas básicas todos los juegos ilusionistas posteriores, el baile de máscaras, los discursos inflados, los dineros escamoteados, no serían sino ilusiones menores con la que se adorna la gran mentira de la representación democrática: la ilusión de representación.


El papel real de los Medios de Comunicación, o de Formación de Masas, sería el de proteger –no sólo con críticas sino precisamente mediante ellas– el poder del Régimen: la constante autorreproducción de estos Medios de amplificación y creación de opiniones juega fundamentalmente con el ilusorio recurso a la libertad individual, a la libertad de "expresión". La "libertad", ese motor que se suponía tradicionalmente como hálito de las revoluciones, se ha elaborado perfectamente como instrumento potenciador del individualismo y, por tanto, es una fórmula de privacidad e interés personal (el mismo "interés" que el de los bancos: el del dinero). El resultado del supuesto ejercicio y suma de esa "libertad" personal es el conformismo generalizado, la obediencia perfecta con el disimulo de la libertad personal. Ejemplo eximio de esta tramposa operación es el automóvil particular (perfecto ejemplo de ciudadano democrático: un coche un voto), que como sabéis propone y faculta ese tipo de ilusoria libertad individual, que bien mirado consiste (véase el ejemplo vivo en un atasco de autopista en fin de semana) en la obediencia extrema: ir al mismo sitio, por el mismo camino, a la misma hora que tu vecino, pero, eso sí, con la ilusión de que uno lo hace por libertad y gusto personal.


Otra trampa a la que recurren las Democracias del Bienestar: cuando se nos presenta a través de los Medios de Formación de Masas otras formas de dominio más primitivas o extemporáneas (por ejemplo con referencias al Tercer Mundo) se está distrayendo y confirmando como "ideal" esta forma del dominio democrático. No hay pues que distraerse con las tiranías de otros mundos, por ejemplo las mujeres del Régimen Demotecnocrático no deberíamos alentar a las mujeres de los Regímenes Monoteístas Subdesarrollados a seguir este modelo nuestro como modelo de liberación. Hay que ser capaces –hay que saber hacerlo– de atacar sus tiranías sin proponerles como alternativas liberadoras estas tiranías nuestras. Hay que desvelar y desilusionar al Mundo no Desarrollado contra éste del Régimen Tecnodemocrático: Modelo (por lo demás) el más perfecto y evolucionado de todos y al que parecen estar condenadas irremisiblemente todos los pueblos y todas las Culturas. No hay que tener miedo de levantarle las vendas a la Democracia para dejar ver sus heridas: la herida del pueblo bajo sus ropajes de bienestar y participación.


No estamos tan desesperados como para aceptar que este modelo que tanto nos duele, que tanto ha contribuido a la demolición del pueblo y sus tradiciones, sea el único modelo fatal de gobierno de los hombres. No es incuestionable la Democracia, ni ésta ni cualquier Democracia. Ese aparente poder que el nombre mismo de Democracia pretende conceder al pueblo es también el que le desactiva y le mata. Ver sino cómo las Democracias han terminado radicalmente con las tradiciones populares, bajo el modelo uniformador del Progreso impuesto desde Arriba, y este modelo uniformador que mata las tradiciones para­dójicamente, alienta los Nacionalismos, la constitución de Estados más o menos disimulados, usando el engaño de los Pueblos, justamente sometiendo lo que hay de común y de razón en ellos: lo que hay de pueblo en los Pueblos.


Se atosiga al pueblo desde los llamados Medios de Comunicación con los nefandos pormenores de lo que por allá Arriba pasa (en el Gobierno y en el Gran Dinero) como si fuera un asunto físico, palpable, popular que de alguna manera atañera al corazón de las gentes. Con esa exigencia de realismo figurativo se entretiene y anestesia a las gentes de abajo y, claro, esa operación tiene su infalible éxito: basta que un ciudadano cualquiera se ponga al tanto de toda esa representación de la estulticia para que automáticamente ya no se pueda desentender de ella, la Información no es inocente. Ya queda marcada la inteligencia y la sensibilidad: se queda ya atrapado por esa estupidez de tener que escoger entre este o aquel personajón en vez de ir directamente a desvelar la vaciedad y ajeneidad misma del mecanismo seducido, el espectador, por el engaño de la ilusión de que él desde acá abajo puede hacer algo, al menos opinar, sobre lo que teóricamente debía pertenecerle, ya que fue él mismo el que con su "libertad personal" votó a futanito o a menganito, a este o a aquel Partido. Se busca desde Arriba la complicidad de los de abajo propiciando una especie de asignación de responsabilidad e ilusión de participación para cerrar este juego engañoso de la representación democrática. Para darle carnalidad con eso que ellos llaman la opinión pública. Pero nos preguntamos cómo todavía hoy día se puede hablar inocentemente de "opinión pública", y de "público".


En primer lugar, a qué se le llama Público ¿a las Masas de Televidentes, puntualmente informados y atrapados en las mil y una sandeces que con celeridad de vértigo se les echa todos los días con la apariencia de que pasa algo? ¿Es eso lo que ellos llaman Público? No, esas son las Masas democráticas constituidas por individuos (átomos de esas Masas) previamente diseñados, fabricados y amamantados día a día desde esa eficaz escuela de los Medios de Formación de Masas. ¿Y a que se llama "opinión"?, no a ningún razonamiento libre y popular sino a la asimilación de esas opciones, de esas alternativas fatales que se proponen desde Arriba y ante las que hay que ejercer la tan prestigiosa y cacareada libertad de elección por lo que se escoge entre la misma basura pero con diferente envoltorio, al modo de como se ejerce la libertad de Hipermercado de una marca u otra (todas las mismas con diferente apariencia). Elija usted entre estas posibilidades, da igual lo que elija pero tiene la obligación de elegir: lo único que no se le permite es que no elija nada: que no compre, que no vote... etc. La infracción democrática es sólo decir No a esa obediencia. Ese mecanismo del Mercado de 1as Sociedades del Bienestar es el mismo mecanismo del manejo de la opinión democrática: elija usted, opine usted entre esas variedades informativas, entre estos tipos del abanico democrático que le presentamos, pero participe, vote y no apague el televisor. Esta ocupación con los entretenimientos de las élites del Estado, del Dinero, de la Justicia, o sea de los regentes de las Democracias, no es inocente; esta ocupación impide de raíz –porque es como un sustituto– cualquier razonamiento libre y desmandado, verdaderamente popular. Hay que elegir. Si Información/no sabiduría. Si opinión/no revolución. No es inocua la Información de Masas. Esa coartada democrática de que basta sacar a la luz las miserias del Estado y el Capital, de hacer "vox populi" los desmanes personales de los gobernantes, para que se desactive el Sistema es mentira.

El Régimen Demotecnocrático vive y se sostiene precisamente por esos desmanes "personalizados"; esas crisis son las que sostienen y vertebran el Sistema. Sin esas patologías, sin todos esos tejemanejes con que ilusoriamente se mantiene en el pueblo la apariencia de cambio, el Sistema Demotecnocrático se vendría abajo. Es la Información desde Arriba, esa continua y acelerada ilusión de movimiento, la que sostiene la fe en el Régimen. La Democracia (en su modalidad Progresada) es necesariamente tecnológica y en su estado ideal: audiovisual.


Y que no se nos diga que un ataque frontal a la Democracia –tal y como aquí proponemos– supone un confinamiento a la dicotomía Democracia o Dictadura. Bien sabemos que esta tradicional oposición funciona, como bien ha funcionado a la inversa en nuestro pasado histórico: el oficio peor de las Dictaduras es hacer luego soportable cualquier tipo de gobierno. Pero la Democracia con su creencia en el cómputo de individuos y su fe en la Mayoría no es "en modo alguno" contraria a las dictaduras: representa tan sólo un desplazamiento, un perfeccionamiento del modelo: se constituye así la Democracia como Dictadura de la Mayoría. Es eso lo que se nos propone e impone, pero nos negamos a aceptar que esta Realidad sea todo lo que hay o pueda haber en el mundo y en el gobierno de los hombres. Hay otros mundos inexplorados, otros caminos por hacer, caminos de esos que el poeta dice que se hacen al andar. Estarán quizá fuera de la Historia. Pero si algo tienen que ver esos caminos no hechos con la anarquía es con la condición de que, fuera lo que fuere anarquía, su primera operación es negativa. Por ejemplo: decir No al sustituto: Democracia no es pueblo. Esta vía negativa no se agota y así no hay que dar nunca por sabido ni contado que es eso del pueblo, sino que ello mismo será pueblo porque se deje hablar con voz libre y razón desmandada: que dé señales allá donde florezca a cada instante, sea en la resistencia callada o en la boca de las gentes.


★


26 julio, 2016

"Con la actual correlación de fuerzas es imposible cambiar algo en nuestra sociedad a través del voto" - Ángeles Diez

Canarias Semanal entrevista a la socióloga y profesora de la UCM Ángeles Diez.


Casi un mes después de las elecciones generales del pasado 26J, las informaciones acerca de los resultados de estos comicios parecen haber caído en una suerte de bucle temporal, en el que se repiten, las mismas cábalas acerca de los posibles pactos que podrían alcanzarse para la formación de un gobierno. Para ir más allá de estas aproximaciones superficiales a la realidad política del Estado español, tratando de profundizar en los factores y las causas que permiten comprenderla, entrevistamos a la doctora en Sociología y Ciencias Políticas, y profesora de la Universidad Complutense de Madrid, Ángeles Diez.


Algunos titulares de la entrevista: 
"Las elecciones se parecen mucho a la compra de un producto en el supermercado. Puedes optar entre diversas marcas, pero no decidir sobre los contenidos. No tienes ninguna capacidad de elección real" 
"Mucha gente ha descubierto que Podemos es un partido homologable al PSOE, el PP o Ciudadanos, que no existen entre ellos verdaderas diferencias sustantivas" 
"Los medios de comunicación de masas son una parte del poder, no existe ningún ningún margen para utilizarlos al servicio de las clases trabajadoras" 
"La crisis económica y la crisis de legitimidad del sistema político obligaron al poder a recurrir a una tercera opción que recogiera todo el malestar e hiciera digerible una salida institucional para toda la movilización social" 
"Para los medios de comunicación de masas, la opción de Podemos fue interesante para construir esa tercera vía que sacara a la gente de las calles y lograra la desmovilización" 
"La izquierda revolucionaria debe trabajar en la base, volver a reconstruir los lazos comunitarios de reflexión y acción, y facilitar que se empiece a entender como funciona el Sistema".



01 febrero, 2016

CLASE MEDIA, PARTITOCRACIA Y FASCISMO - MIQUEL AMORÓS


El tema de la partitocracia no ha sido seriamente estudiado ni por la sociología académica ni por la crítica “antifascista” del parlamentarismo moderno, y eso a pesar de que la crisis de los regímenes autoproclamados democráticos haya desvelado su realidad específica en tanto que sistema autoritario con apariencias liberales donde los partidos, y mucho más sus cúpulas, se abrogan la representación de la voluntad popular a fin de legitimar su acción y sus excesos en defensa de sus intereses particulares. No debe de extrañar el hecho, pues al igual que sucedió con la burocracia de partido único en los regímenes estalinistas y fascistas, la clase política conformada por la partitocracia existe en la medida que oculta su existencia como clase. Como apunta Debord, “la mentira ideológica de su origen jamás puede revelarse.” Su existencia como clase depende del monopolio de la ideología, leninista o fascista en un caso, democrática en el otro. Si la clase burocrática del capitalismo de Estado disimulaba su función de clase explotadora presentándose como “partido del proletariado” o “partido de la nación y la raza”, la clase partitocrática del capitalismo de Mercado lo hace exhibiéndose como “representante de millones de electores”, y por lo tanto, si la dictadura burocrática era el “socialismo real”, la suplantación partitocrática de la soberanía popular es la “democracia real”. La primera ha tratado de apuntalarse con la abundancia de espectáculos rituales y sacrificios; la segunda lo ha hecho con la abundancia de viviendas y de crédito para poseerlas. Sendas abundancias han fracasado. 

Para comprender el fenómeno de la partitocracia hay que remontarse a sus orígenes históricos, cuando el caciquismo deja de ser operativo debido a la pérdida de poder de las oligarquías locales en favor del Estado. En un momento determinado de desarrollo capitalista, aquél en el que la burocratización juega un rol central en la historia, la administración partidista sustituye al paternalismo de los terratenientes. El susodicho fenómeno hay que enmarcarlo entre la degeneración extrema del parlamentarismo, la concentración del capital, la degradación de las organizaciones obreras, la expansión del Estado, la profesionalización total de la política y la formación de una clientela utilizando arbitrariamente fondos y empleos públicos, hechos intensificados en la posguerra mundial. Podíamos también aludir a los vaivenes imperialistas, a la guerra fría, al “eurocomunismo”, a los procesos de modernización tecnológica y a la crisis energética, como otros tantos condicionantes de la fusión de la política, el Estado y el capitalismo nacional. Pero la patrimonialización del Estado por una clase política no alcanza su cenit y, por lo tanto, no desempeña un papel preponderante, más que cuando proclama como objetivo único el crecimiento de la economía autónoma, es decir, el abandono del nacionalismo económico en pro del desarrollo mundial del Mercado. Entonces la clase política, apoyada en una extensa clientela, se convierte en parte de la clase dominante. En una nueva burguesía, si se quiere. Entiéndase que no es una clase subalterna, ni es toda clase dirigente (salvo en China); tampoco se trata de una clase nacional. Precisamente cuando se internacionaliza deviene un elemento fundamental en las relaciones de producción impuestas por la globalización financiera. La partitocracia suprime la contradicción entre intereses nacionales e intereses globales al recrear en todas partes las mismas condiciones políticas óptimas para la expansión de la economía; por un lado, forjando al mismo tiempo una extensa red clientelar mediante los copiosos recursos del Estado; por el otro, desactivando las protestas que emanan de la sociedad civil, integrando a la oposición no parlamentaria, y aportando la violencia institucional allí donde falla la violencia económica. La economía no funciona sin el orden, y la partitocracia es, si no exactamente el orden, un desorden que funciona en beneficio de la economía. Es el desorden establecido. 

Bien que en un caso estamos ante un sistema abierto y competitivo que utiliza procedimientos electorales y, en el otro, ante un sistema cerrado y rígidamente jerarquizado donde los nombramientos no necesitan legitimación, en los últimos tiempos no es raro la comparación, incluso la asimilación, de la partitocracia con el fascismo. Ambas son formas autoritarias de gobierno que surgen tras los retrocesos y derrotas del proletariado, en el subsiguiente proceso de masificación y desclasamiento que dará lugar a una nueva clase media conformista y aquiescente. Las dos nacionalizan bancos en ruina y tienen un momento “plebeyo” inicial que estipula el “derecho al trabajo” y el “bienestar”, bien apuntalando a determinados sindicatos o bien creándolos ad hoc para usarlos como interlocutores, momento que finaliza tan pronto como la clase obrera es domesticada y disuelta. La conversión del proletariado en una infantería pasiva de los sindicatos institucionales, sin ninguna conciencia de clase ni deseo de transformación social, es fundamental. Entonces se realizan contrarreformas laborales y se piden esfuerzos depauperadores a las clases medias. Fascismo y partitocracia se empeñan en que la sociedad civil proletarizada no se constituya al margen del sistema y les dispute espacios, pero uno, en tanto que defensa extremista de la economía, recurre a la brutalización de la vida pública, mientras que el otro, en tanto que defensa modernizante, emplea de preferencia la seducción consumista y la corrupción. Son respuestas costosas a la crisis capitalista puesto que necesitan mantener una creciente población improductiva, ya que la salida de aquella exige una renovación, una movilización y un trasvase de recursos que no están al alcance del Mercado. Pero el fascismo es una respuesta arcaica y dura, y la partitocracia, una respuesta más envolvente y racionalizada. Son maneras de organización política del gran capital, diferentes de los regímenes antiguamente llamados “bonapartistas” -haciendo referencia a la dictadura populista implantada en Francia tras una victoria electoral por Luis Napoleón, como el del mariscal Pétain, también en Francia, el del general Perón en Argentina o el chavismo. Partitocracia y fascismo poseen una base social concreta, la pequeña burguesía, los empleados y el proletariado desclasado en el segundo, y la clase media asalariada y los obreros sindicalmente amaestrados en el primero. 

La psicosis colectiva generada por la ausencia de ideales de clase, la desmoralización y el miedo a la crisis, hacen que dicha base crea en milagros con tal que una dirección salvadora los prometa, y se disponga a someterse, no sin patalear, a toda clase de medidas restrictivas. El desastre de la globalización hace que la dominación reclame una economía de guerra. Y aquí comienzan las diferencias: el fascismo se produce en un marco nacional, de ahí sus planes autárquicos, las empresas mixtas, los trabajos públicos como solución del paro y su nacionalismo expansionista. La partitocracia se desarrolla en un contexto neoliberal, por lo que su planificación nacional obedece las directrices económicas del capital internacional y su política exterior se supedita a la estrategia diplomático militar del gran Estado gendarme del capitalismo, los Estados Unidos de América. De ahí sus planes de infraestructuras, el fomento de la construcción de viviendas y el uso del “bienestar” como distribución discriminatoria de favores clientelares. Al contrario de lo que sucede con el fascismo, en la partitocracia la utilización del aparato burocrático con fines privados está descentralizada; ocurre en cualquier nivel de la administración y no solamente en las altas esferas ministeriales. La partitocracia no necesita estatizar ningún medio de producción, aunque sí puede darse el caso de intervenir en los medios financieros; trabaja más en pro de los fondos de inversión internacionales que para salvar la empresa o la propiedad privada autóctona; se mueve siempre en la esfera de intereses que superan a los estatales y locales, aunque no los anulen puesto que son los de su parroquia. Cierto es que se sirve del miedo como instrumento de gobierno, pero no para imponer una política de terror, sino una política de resignación. Para la partitocracia, los terroristas son los otros, sus enemigos violentos o tranquilos que intentan reconstruir la sociedad civil mediante la disidencia, y se emplea a fondo con ellos, aunque en condiciones normales prefiera disolver los antagonismos de clase en lugar de criminalizarlos y aplastarlos, escogiendo la compra de líderes por cooptación al uso de la fuerza, y la tecnovigilancia al internamiento político. El fascismo no admite la excepción, mientras que la partitocracia tolera minorías hostiles con tal de que su autoexclusión no se vuelva problemática. La comunidad ilusoria definida por el fascismo de la que hay que formar parte por la fuerza es la de la raza o la nación y su espacio vital, mientras que la comunidad partitocrática es la ciudadanía o los votantes, de la que cabe la posibilidad de marginarse parcialmente. Por eso carece del gran problema de las dictaduras terroristas de partido único, que es la guerra contra las naciones vecinas. En virtud de los tratados internacionales que establecen la circulación libre de capitales, la expansión de la economía nacional no choca con aranceles ni barreras aduaneras, pudiéndose extender y hasta deslocalizar por el mundo sin necesidad de operaciones bélicas, salvo las exigidas por el control de las fuentes de energía. En consecuencia, las políticas “de defensa” de los sistemas partitocráticos no agotan las reservas nacionales en la fabricación de armamentos, ni condenan al hambre a la población sometida (como pasaba por ejemplo en la URSS y pasa hoy en Corea del Norte.) Los fascismos y totalitarismos han resultado fallidos casi siempre y se han desmoronado víctimas de sus insuperables contradicciones. Con frecuencia has sido sustituidos por regímenes partitocráticos más o menos imperfectos, es decir, más o menos mafiosos, según la presencia débil o fuerte de mecanismos reguladores, e inversamente, según la presencia fuerte o débil del personal del régimen anterior. Alemania, Suecia o el Reino Unido podrían ser ejemplos de partitocracias autorreguladas, y España, Italia o Rusia, de partitocracias prevaricadoras y corruptas. Tal reconversión se ha aprovechado de la derrota definitiva del proletariado revolucionario, nunca compensada con nuevos avances que reanimaran la discusión y el debate social e hicieran posible el retorno de un movimiento obrero radical e independiente. 

Podemos aceptar que la partitocracia no es fascismo, aunque se asemeje a él en algunos aspectos -sobre todo en la forma bipartidista- pero es más cierto que tampoco es democracia, ni siquiera “democracia enferma”: en ella no existe separación de poderes, ni debate público, ni control, ni toma de decisiones consensuadas mayoritariamente. Es un tipo moderno de oligarquía desarrollista que funciona, aunque las crisis, al sacrificar a un buen número de sus partidarios, producen cierto grado de desafección. Las partitocracias se ven cuestionadas por su base social debido a su supeditación al sistema financiero, pero no hasta el punto de apelar ésta a procedimientos revolucionarios, ya que su iniciativa no va más allá de la reforma electoral, del control de la Banca y de la demanda de inversiones. Las clases medias descontentas no rechazan el sistema partitocrático, simplemente exigen unos partidos más acordes con sus intereses y un Estado más keynesiano que solucione el problema del paro y del crédito; por consiguiente, sus armas siguen siendo la recogida de firmas, las movilizaciones por delegación, pacíficas y espaciadas, los votos y los recursos ante los tribunales. Se toman al pie de la letra lo que el régimen dice de sí mismo. Así pues, las clases medias (entre las que cabría el proletariado inconsciente, disperso y desmoralizado) no persiguen un enfrentamiento con las instituciones partitocráticas, sino una mayor apertura de las mismas a un frente de terceros partidos y asociaciones. Una bautizada “democracia participativa.” Quieren estar correctamente representadas en el régimen, por lo que nunca presentarán batalla ni seguirán a nadie que la presente. Mojan la pólvora para que no explote. No obstante, cuando las instituciones dejan de funcionar por un exceso de endeudamiento, fruto de la corrupción o de una simple mala gestión prolongada, se produce esa circunstancial distanciación que, al aislar a la clase política –la cual, no lo olvidemos, incluye a la burocracia obrera- obliga la partitocracia a endurecerse aproximándola al fascismo, y más con el temor a la presencia de una verdadera oposición “antisistema”. Pero entonces, no basta con la legislación punitiva y las fuerzas antidisturbios: hay que utilizar a los partidos y sindicatos alternativos, a las coaliciones electorales y las plataformas cívicas, a los movimientos sociales y vecinales, con el fin de apaciguar el descontento y reconducirlo por vías políticas y sociales legalistas. Uno se duerme en una asamblea de “indignados” y se despierta votando a Izquierda Unida o a Los Verdes. Y mientras tanto, la clase política, el verdadero Partido del Estado, salva su modus vivendi, o como ella lo llama, la “gobernabilidad”, gracias a una complicación pasajera del mapa político y unas puertas entreabiertas a la participación “transversal”. 

La partitocracia se consolidó gracias al apoyo de las clases medias, que gustan de autodenominarse “ciudadanía”, pero no se corresponde con el gobierno de dichas clases; es, por el contrario, el gobierno absoluto del capital globalizado. Al estar demasiado fragmentadas, las clases medias son incapaces de una política independiente y, tanto en épocas de bonanza como en épocas de crisis, se acomodan con las políticas desarrollistas que marcan los dirigentes de la alta burguesía ejecutiva. Pero algo han de decir cuando sus intereses son echados por la borda. La protesta ciudadana, de la que el izquierdismo vanguardista no es más que una versión arcaizante, es su manera de manifestar el desencanto con los “políticos” y los parlamentos. Que no espere nadie ver transformarse las reivindicaciones “democráticas” consabidas en reivindicaciones socialistas. Que tampoco nadie espere encontrar en las propuestas ecologistas una defensa del territorio. No se piden más que reformas; sin embargo, la partitocracia, al igual que el desarrollismo en el que se sienta, no puede reformarse, sólo cabe derribarla, y eso es precisamente a lo que las clases medias no se atreven. No está en su naturaleza. Si se concentraran fuerzas históricas suficientes para destruir la partitocracia, es decir, si se profundizara la crisis social hasta la ruptura, una parte de la clase media las seguiría, mientras que la otra abrazaría la dictadura o el fascismo y, entonces, el comunismo o socialismo revolucionario se jugaría a doble o nada. Por desgracia, como lo demuestra la ausencia de mecanismos populares de autoorganización, esas fuerzas no existen. 

Cualquier análisis serio de la partitocracia debe tener en cuenta las relaciones entre la clase dominante, incluida la clase política, las clases medias y los movimientos contrarios al sistema. La clase dirigente debe asegurar la conexión con las clases medias mediante el Partido del Estado, neutralizando cualquier oposición resuelta que se forme directamente desde la contestación social. Si ello no sucediera y las protestas se convirtieran en revueltas, la clase dominante abandonaría los métodos pacíficos y conservadores en pro de tácticas propias de la guerra civil, acallándose los lamentos ciudadanistas y transformándose la clase política en partido unificado del orden. Cuando la clase dominante entra en conflicto con la democracia parlamentaria formal tratará de salir mediante leyes de excepción y estados de sitio encubiertos, como ha venido haciendo. Esa es la verdadera función de la clase política y la burocracia obrerista en momentos de crisis aguda. La clase política o Partido del Estado está para hacer innecesario el siempre arriesgado recurso al golpe militar o al fascismo, pues ella ha de bastarse y sobrarse para hacer de gendarme del capital mundial manteniendo las mínimas apariencias de legitimidad parlamentaria. Conviene ahora recordar que las clases medias no constituyen exactamente una clase, sino un agregado variopinto de fragmentos sociales, maleable y versátil, por lo que están condenadas a seguir siendo hasta el fin una herramienta del capitalismo. No pueden escapar a las alianzas de emergencia con la clase dominante, puesto que necesitan una “dirección” y no hay otra clase capaz de dársela. Por otra parte, las clases medias temen más a la anarquía popular, a la violencia de masas, al anticapitalismo o al desmantelamiento del Estado, que a los impuestos, a los recortes o a las privatizaciones. Están irritadas con los políticos, con el parlamento y con el gobierno, pero todavía creen en los jueces, en la prensa, en los funcionarios y las ONGs, en la sanidad y la enseñanza públicas, en la ciencia y el progreso. Están sentadas sobre dos sillas inestables, pero ante una alternativa demasiado pronunciada se aferrarán a los tópicos ciudadanistas del orden antes que aventurarse por los inciertos caminos de la revolución social. No será así en todos los casos, pero sí en la mayoría. Al menos en un principio, cuando la clase dominante y el sistema partitocrático tengan las de ganar. Su papel histórico es subalterno, nunca determinante. El sujeto subversivo no surgirá de ellas, no encontrará en ellas sus ilusiones y su ser. Hemos apuntado la posibilidad de que de la plena descomposición del capitalismo pueda emerger una clase “peligrosa” dispuesta a cambiar la sociedad de arriba abajo y a eliminar el régimen político imperante. Esta clase negativa habrá de rechazar la ideología ciudadanista tanto como la política profesional mistificadora que hacen los partidos, pues su condición de existencia impone una estrategia disolvente y un proceder independiente e igualitario. Si eso llega a suceder, la cuestión de la clase media se resolverá por sí sola. 

Es muy difícil pensar estratégicamente después de una serie de derrotas decisivas. Los nuevos rebeldes persisten en ignorar la derrota de sus predecesores, pues cuanto mayor ha sido la destrucción del medio obrero y el progreso de la domesticación, mayor es la desorientación y la impotencia en vislumbrar una nueva perspectiva. La historia social registra un gran número de derrotas suplementarias como resultado de una mala evaluación de la derrota principal, en este caso la del proletariado en los sesenta y setenta, empeorada con los intentos de ocultarla o de ignorarla. Tampoco parece que influyan las transformaciones del capitalismo provocadas por la globalización, la crisis energética o la urbanización generalizada. En la guerra social este tipo de comportamiento lleva a la aniquilación de fuerzas, al compromiso efímero y al sectarismo vanguardista y aventurero. Resulta paradójico que quienes más partidarios son de una memoria histórica completa sean los más desmemoriados. Y que quienes se autodenominan la pesadilla del poder no sean más que la facción indisciplinada y extremista de las clases medias en ebullición. A lo largo de la historia las crisis sociales han conducido a situaciones explosivas, pero en una atmósfera de confusión y en ausencia de una conciencia clara, las crisis solamente agravan el proceso de descomposición. La mentalidad nihilista y el oportunismo ocupan el lugar de la conciencia de clase, trabajando contra la formación de un sujeto revolucionario, y fomentando subsidiariamente en las masas oprimidas sentimientos de frustración y de indiferencia. En los medios superficialmente contestatarios faltan análisis serios que destapen las raíces de la cuestión social. El atroz contraste con la realidad tozuda y triste de los ridículos tacticismos obreristas e insurreccionalistas, por no hablar de los todavía más penosos montajes lúdicos o estéticos, induce a la pasividad, no a la radicalización. No puede haber radicalización sin toma de conciencia, y no hay toma que valga si no se ha evaluado críticamente el pasado. Solamente con buenas intenciones, rabia y escenografías no se va a ninguna parte. Desgraciadamente estamos en los comienzos de una revisión crítica. El capitalismo continúa venciendo sin encontrar demasiada resistencia. Y el bando de los vencidos continúa sufriendo las consecuencias no asimiladas de sus derrotas. 

Miguel Amorós 10 de enero de 2013 

17 mayo, 2015

A falta de propuestas alternativas, una inmediata y personal.

fragmento final de LA FARSA POLÍTICA ESPAÑOLA Y SU CIRCO ELECTORAL


Seguramente, en medio del momento preelectoral y tan falsamente presentado como crítico, a muchos de ustedes les asalte la “urgencia” del “sí, lo que usted quiera contarme pero ¿qué haría ante las próximas elecciones municipales y autonómicas?”

ABSTENERME. Esa es mi respuesta. No el voto en blanco, ni nulo, que es la eterna cantinela de los que sólo censuran el sistema electoral, a lo sumo el régimen de partidos, pero balan como borregos ante el sistema económico que sustenta el cretinismo parlamentario, la democracia burguesa y, como mínimo, el circo electoral que nos ofrece como farsa el capital para entretenernos.

A lo largo de mi vida me he abstenido algunas veces más de las que he votado. El derecho al voto no puede convertirse en una obligación que tape la boca y la razón de protesta del abstencionista. Ese es el discurso de los lacayos con alma de súbditos antes que de sujetos soberanos cuya decisión de votar o no no puede depender sólo del forceps prediseñado sino también del sujeto y sus circunstancias. Someterse a ese tipo de chantajes es ruin. Nuestra palabra, la de todos, es parte del carácter inteligente y autónomo del ser humano y condicionarla a meter o no una papeleta en una urna es un discurso propio del poder y de sus siervos.

Si la democracia se limita a votar cada cuatro años a unos partidos, algún referéndum y a hacer uso de la participación digital, controlada por quien determina cuál es la pregunta, y manipula incluso el resultado final, es una vulgar patraña.

Ejercer la democracia es opinar todos los días, no ser multado ni encarcelado por hacerlo, desafiar ese riesgo, decidir mucho más allá de lo meramente institucional, plantearse no hacerlo, ser respetado sin críticas absolutistas se vote o no, comprometerse o no en otros muchos ámbitos que el de acudir a las urnas, opinar, y, sobre todo, ejercer la libertad de ser más allá de votar o no en unas elecciones. El resto es plebiscitar un sistema determinado de control social y político.

Y ahora voy a explicar porqué me voy a abstener en esta ocasión.

¿Recuerdan ustedes lo que decía la reforma del artículo 135 de la Constitución, que nos endosó el ex Presidente Zapatero, ese que tanto le gusta al señor Iglesias? Se lo voy a recordar yo
1. Todas las Administraciones Públicas adecuarán sus actuaciones al principio de estabilidad presupuestaria. 
2. El Estado y las Comunidades Autónomas no podrán incurrir en un déficit estructural que supere los márgenes establecidos, en su caso, por la Unión Europea para sus Estados Miembros.
Una Ley Orgánica fijará el déficit estructural máximo permitido al Estado y a las Comunidades Autónomas, en relación con su producto interior bruto. Las Entidades Locales deberán presentar equilibrio presupuestario. 
La actual situación económica y financiera no ha hecho sino reforzar la conveniencia de llevar el principio de referencia a nuestra Constitución. 
3. El Estado y las Comunidades Autónomas habrán de estar autorizados por Ley para emitir deuda pública o contraer crédito. 
Los créditos para satisfacer los intereses y el capital de la deuda pública de las Administraciones se entenderán siempre incluidos en el estado de gastos de sus presupuestos y su pago gozará de prioridad absoluta. Estos créditos no podrán ser objeto de enmienda o modificación, mientras se ajusten a las condiciones de la Ley de emisión.
El volumen de deuda pública del conjunto de las Administraciones Públicas en relación al producto interior bruto del Estado no podrá superar el valor de referencia establecido en el Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea.
4. Los límites de déficit estructural y de volumen de deuda pública sólo podrán superarse en caso de catástrofes naturales, recesión económica o situaciones de emergencia extraordinaria que escapen al control del Estado y perjudiquen considerablemente la situación financiera o la sostenibilidad económica o social del Estado, apreciadas por la mayoría absoluta de los miembros del Congreso de los Diputados.
5. Una Ley Orgánica desarrollará los principios a que se refiere este artículo, así como la participación, en los procedimientos respectivos, de los órganos de coordinación institucional entre las Administraciones Públicas en materia de política fiscal y financiera. En todo caso, regulará:
a) La distribución de los límites de déficit y de deuda entre las distintas Administraciones Públicas, los supuestos excepcionales de superación de los mismos y la forma y plazo de corrección de las desviaciones que sobre uno y otro pudieran producirse. b) La metodología y el procedimiento para el cálculo del déficit estructural. c) La responsabilidad de cada Administración Pública en caso de incumplimiento de los objetivos de estabilidad presupuestaria. 
6. Las Comunidades Autónomas, de acuerdo con sus respectivos Estatutos y dentro de los límites a que se refiere este artículo, adoptarán las disposiciones que procedan para la aplicación efectiva del principio de estabilidad en sus normas y decisiones presupuestarias.
Esto para quienes intenten colar el camelo de alguna syrizada o “rescate ciudadano”. Cuiden sus traseros, si su “ilusión” consigue sustituir la sodomización que el PP ejerce por otra pseudoprogre.

Bueno, pero como vamos a ganar las elecciones en noviembre, derogaremos ese artículo. La estupidez humana carece de límites, como el universo, como bien dijo Einstein.

En primer lugar para reformar la Constitución, aunque sea en un solo artículo, se requiere de 3/5 partes del Congreso o, lo que es lo mismo, de al menos 210 diputados. En el caso del Senado, son necesarios al menos 159 senadores. ¿De verdad creen ustedes que la composición futura de las dos cámaras facilitará la obtención de esas cifras? ¿En qué país creen que viven? Pero incluso si existiera numéricamente esa cifra que lo hiciera posible, creen ustedes que los partidos encargados de llevar a cabo tal derogación la aplicarían? Saben ustedes que ni Podemos, ni el PSOE, ni tampoco IU se han comprometido hasta hoy en abolir la LOEPFS (Ley Orgánica de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Fiananciera)? Les sugiero que lean el contenido de esta ley que les he puesto en el enlace y se empapen en ella porque es la que desarrolla el reformado artículo 135 de la Constitución -con el voto de PSOE y PP- del que antes les he hablado. 

Por otro lado, si en alguna esfera es especialmente notoria la pérdida de soberanía nacional de los países de la UE es en la económica. La Comisión Europea y el BCE definen los marcos y límites del juego económico en cada país. Ellos, junto con el FMI, determinan las políticas anticrisis y de austeridad que los países aplican con un margen de maniobra prácticamente inexistente en tanto que se pertenezca a la UE y el euro y se admitan las reglas del “juego democrático-burgués”. Y si no que se lo pregunten a Syriza, sus políticas de privatizaciones, sus más que “pobres” medidas antiausteridad, su amnistía fiscal a los grandes defraudores y la propuesta de Varoufakis de crear un “banco malo” para absorber los activos tóxicos. ¿Les son familiares las dos últimas medidas?

Cuando las soluciones, siquiera coyunturales, son aplicadas lo mismo desde la derecha más reaccionaria que desde la pretendida izquierda, es que la segunda no se comporta como tal. El sacrificio del hamletiano Varoufakis, que dudaba entre aprovechar el momento para poner en jaque al capitalismo europeo o ayudarle a salir de su crisis, destituido de su papel de interlocutor en las reuniones con los acreedores del FMI y de la UE, rol que ahora asume el propio Tsipras, deja claro cuáles son los límites de acción para las opciones reformistas en los países mediterráneos; en realidad de cualquier país que no sea la propia Alemania. Si alguien cree que cambiando de marca en los gobiernos va a cambiar la orientación de sus políticas económicas demuestra palmariamente que ilusión viene de iluso...o de cínico.

Participar hoy en el simulacro político que representa el juego electoral es simple y llanamente complicidad. Me preocupa especialmente cuando ésta la ejercen las víctimas de la crisis capitalista, aunque entiendo la necesidad psicológica de creer en una salida al dolor de sus vidas cotidianas. Pero no deja de ser un asunto de fe y una mentira, dos conceptos que con harta frecuencia suelen ir juntos porque la fe no es otra cosa que una esperanza, sin datos objetivos reales en que asentarse, en que las cosas serán diferentes a como son en realidad. Si hay una salida a la opresión de clase, la explotación y la pobreza hoy que los parlamentos han perdido cualquier posibilidad mínima de ser mecanismos de transformación social, si es que alguna vez hubo una por pequeña que ésta fuera, no pasa ya por la acción política legal y respetuosa de las reglas del juego.

Una parte de ustedes dirán que mi comportamiento electoral no ofrece alternativas. ¿Acaso esperan ustedes que las propuestas emerjan desde lo individual cuando lo colectivo no las ofrece? ¿Niega eso la legitimidad de la crítica o la posibilidad de que el diagnóstico sea certero? También me reprocharán que con mi abstención favorezco la continuación del PP en el Gobierno. ¿Prefieren ustedes una des-”ilusión”, mayor que la del segundo gobierno Zapatero, con un gobierno “antiausteridad” que continúe con la misma, por mor del poder del capital y de la UE, y que, tras su descrédito, abra el camino a una opción abiertamente fascista como depositaria de una rabia incrementada y, desde hace mucho tiempo, desviada hacia donde no se cuestione el capitalismo? Yo por mi parte no voy a ser cómplice de esta pantomima electoral y mucho menos del descrédito al que las opciones antiausteridad van a someter a la idea de izquierda a partir de las banderillas, los rejonazos, el estoque y el descabello a lo PP a la clase trabajadora. Lo mismo el "quedar para septiembre" les ayuda a reflexionar sobre para qué sirve tanta moderación y viaje al centro.

No, no soy ningún purista del todo o nada, cómodamente instalado en ningún sillón, sino alguien hastiado de que cuando “la indignación” ha tomado forma política haya acabado convertida en permanente carrousel de rebajas oportunistas para alcanzar el gobierno. Para ese viaje no hacen falta tantos disfraces. Algunos ya conocimos eso en la transición política. Sólo que entre ese momento y el actual hay una enorme diferencia. La clase trabajadora no había sufrido entonces tal nivel de agresión ni de lejos. Pues bien, cuando el capitalismo ha vuelto a niveles de agresión contra los asalariados que recuerdan los tiempos dickensianos, lo que nos ofrecen como alternativa los llamados progresistas o antiausteridad es un eterno viaje al centro.

Pero hombre, ¿se va usted a abstener ahora cuando en las pasadas elecciones europeas de hace un año pidió el voto para IU? SÍ y por muchas razones.

No voy a dar mi voto a Podemos ni al PSOE a través de una IU que acepta converger con una única condición: hacerlo con sus siglas.

La reacción de la dirección de IU frente a su intento de fagocitación por Podemos se ha limitado al mencionado intento de salvar las siglas. El Manifiesto “la militancia con Cayo” (Lara) es una penosa muestra de claudicación e indefinición ideológicas y cobardía políticas, bajo la aparente contundencia de la nada: esconderse tras un coordinador general cuya reacción antiPodemos ha sido tímida, sin duda por estar en minoría dentro del Comité Federal de una IU saboteada, entre otros, por una dirección del PCE entregada a la supervivencia profesional de su cúpula transmigrando a Podemos.

Si dicho Manifiesto hubiera querido ser realmente una oportunidad frente al giro derechizado, ciudadanista y desnaturalizado que ha significado su entrega a los Ganemos y Ahoras varios y a candidatos como Luis García Montero, que propone pactos postelectorales con Podemos y el PSOE, habría planteado la urgencia de una Conferencia extraordinaria de IU que diese lugar a una reorientación política, un giro a la izquierda y hacia la clase trabajadora, la necesidad de plantear una ruptura con sus sectores más entreguistas a esa pandilla de aventureros y de sepultureros de las ideas de izquierda llamada Podemos y otros ciudadanismos desclasados. Todo ello junto con una definición clara de cuál es su política de alianzas, con quienes y en qué se basa.

No voy a votar a una IU que mantiene en su dirección a sujetos como Manuel Monereo, un auténtico caballo de Troya al servicio de Podemos.

No voy a votar a una IU que va con Podemos en 4 capitales de provincia, que se disuelve en confluencias ciudadanistas con podemitas o sin ellos y que para el Ayuntamiento de Madrid desconozco si apoya una o dos candidaturas (Raquel López-IUCM o Ahora Madrid,) según qué instancias y dirigentes de IU se pronuncien al respecto. 

No voy a votar a una IU que tiene por candidato a Presidente de Gobierno a un pinchaúvas (Alberto Garzón), profesional de la política del estilo de los fabricados en serie por el marketing político (joven, modernillo, neutro, "prudente", como le gusta decir a las señoras de derechas,...) que sigue empeñado en converger y entenderse con los podemitas a toda costa. No intenten darme lecciones aclaratorias o se las devolveré yo ciento por uno.

IU es una opción socialdemócrata. No considero el término socialdemócrata como un insulto que arrojar a nadie, aunque creo que ya no hay espacio para la socialdemocracia porque el Estado capitalista carece de herramientas de intervención económicas.

Dicho esto, siempre que he votado a IU ha sido contra el PSOE porque éste último es la entrega más indecente de la clase trabajadora al capital. Cuando no lo he hecho, me he abstenido o he votado una candidatura comunista.

Esta vez no votaré tampoco a una organización comunista. Serán pocas las que se presenten a estas elecciones del 24-M y, por otro lado, creo que son muy conscientes la mayoría de ellas de la camisa de fuerza que representa el sistema electoral en el camino hacia una ruptura con el capitalismo.

Habría apoyado esta opción si los grupos comunistas hubiesen querido avanzar hacia una unidad orgánica, a partir de un debate ideológico útil y leal, sin trampas fundamentalistas que impidiesen el encuentro, y en base a una voluntad de construcción.

No es cosa de un día lograr dicha unidad pero han dispuesto de 8 años desde el inicio de la crisis capitalista para avanzar en esta dirección. El resultado de no hacerlo ha sido el de que hoy la mayoría de esas organizaciones son mucho más minúsculas, sufren una creciente perplejidad ante una realidad que hace mucho no comprenden, más allá de un diagnóstico más o menos correcto de la parte económica de la crisis capitalista, y un doctrinarismo y dogmatismos de museo que no puedo compartir. El marxismo no es eso y el horizonte comunista, si no reverdece, se irá alejando más y más, justo cuando es más necesario.

Por eso y por mucho más, el 24-M me iré a hacer senderismo, si no me rompo antes una pierna.

02 febrero, 2015

Prohibido ver o sospechar lo evidente.

Conviene tener en cuenta, sin perder el ánimo de lucha, claro está, que entre el grito de "¡podemos!" y aquel otro de "¡vivan las cadenas!", la distancia podría acortarse en menos que canta un gallo, el tramposo gallo oligárquico. El tiempo dirá si me equivoco respecto a esa posibilidad, ojalá que sí. Pero, teniendo en cuenta que es de la castigada clase media de la que en mayor medida se nutre Podemos —de la misma clase media cuyo voto ha mantenido en el poder durante décadas al PP y al PSOE, aún a sabiendas del escandaloso grado de corrupción de ambos—, cabe esperar que, más que un cambio profundo y sustancial, se produzca un mero relevo generacional auspiciado por la clase dominante con el fin de perpetuarse en el poder. Bastará que caigan oportunamente unas migajas del mantel oligárquico, para que un considerable porcentaje de cuantos hoy apuestan ardorosamente por "el cambio" vuelvan a votar, bajo la pragmática y mansa bandera del "estado del bienestar", a la misma casta contra la que hoy, con mucha razón, se manifiestan. Lo dicho, ojalá me equivoque.

Loam

23 septiembre, 2014

Por qué no estalla una revolución.

 «Hemos caído tan bajo que la reformulación de lo obvio es la primera obligación de un hombre inteligente». George Orwell
___

¿Te has preguntado alguna vez por qué nadie reacciona ante la infame oleada de opresión y abusos de todo tipo que estamos sufriendo?
¿No te produce perplejidad el hecho de que tras tantas y tantas revelaciones sobre casos de corrupción, injusticias, robos y burlas a la ley y a la población en general, a la cual se le ha robado literalmente el presente y el futuro, no suceda absolutamente nada?
¿Te has preguntado por qué no estalla una Revolución masiva y por qué todo el mundo parece estar dormido o hipnotizado?

Estos últimos años se han hecho públicas informaciones de todo tipo que deberían haber dañado la estructura del Sistema hasta sus mismísimos cimientos y sin embargo la maquinaria sigue intacta, sin ni tan solo un arañazo superficial.
Y esto pone de manifiesto un hecho extremadamente preocupante que está sucediendo justo ante nuestras narices y al que nadie parece prestarle atención.
El hecho de que SABER LA VERDAD YA NO IMPORTA

Parece increíble, pero los acontecimientos lo demuestran a diario.

La información ya no tiene relevancia
Desvelar los más oscuros secretos y sacarlos a la luz ya no produce ningún efecto, ninguna respuesta por parte de la población. Por más terribles e impactantes que sean los secretos revelados.

Durante décadas hemos creído que los luchadores por la verdad, los informadores capaces de desvelar asuntos encubiertos o airear los trapos sucios, podían cambiar las cosas. Que podían alterar el devenir de la historia. De hecho, hemos crecido con el convencimiento de que conocer la verdad era crucial para crear un mundo mejor y más justo y que aquellos que luchaban por desvelarla eran el mayor enemigo de los poderosos y de los tiranos. 

Y quizás durante un tiempo ha sido así. Pero actualmente, la “evolución” de la sociedad y sobretodo de la psicología de las masas nos ha llevado a un nuevo estado de cosas. Un estado mental de la población que no se habría atrevido a imaginar ni el más enajenado de los dictadores. El sueño húmedo de todo tirano sobre la faz de la tierra: no tener que ocultar ni justificar nada ante su pueblo.
Poder mostrar públicamente toda su corrupción, maldad y prepotencia sin tener que preocuparse de que ello produzca ningún tipo de respuesta entre aquellos a los que oprime.

"El mundo no será destruido por quienes hacen el mal,
sino por aquellos que los contemplan sin hacer nada"
Ésta es la realidad del mundo en el que vivimos. Y si crees que esto es una exageración, observa a tu alrededor.

El caso de España es palmario.
Un país inmerso en un estado de putrefacción generalizado, devorado hasta los huesos por los gusanos de la corrupción en todos los ámbitos: el judicial, el empresarial, el sindical y sobretodo el político. Un estado de descomposición que ha rebosado todos los límites imaginables, hasta salpicar con su pestilencia a todos los partidos políticos de forma irreparable.


Y sin embargo, a pesar de hacerse públicos de forma continuada todos estos escándalos de corrupción política, los españoles siguen votando mayoritariamente a los mismos partidos, derivando, como mucho, algunos de sus votos a partidos subsidiarios que de ninguna manera representan una alternativa real.

Ahí está el alucinante caso de la Comunidad Valenciana, la región más representativa del saqueo desvergonzado perpetrado por el Partido Popular y donde, a pesar de todo, este partido de auténticos forajidos y bandoleros sigue ganando las elecciones con mayoría absoluta. 


Una vergüenza inimaginable en cualquier nación mínimamente democrática. Y desgraciadamente, el caso de Valencia es solo un ejemplo más del estado general del país: ahí tenemos el indignante caso de Andalucía dominada desde hace décadas por la otra gran mafia del estado, el PSOE, que junto con sus socios de los Sindicatos y el apoyo puntual de Izquierda Unida han robado a manos llenas durante años y años.
O el caso de Cataluña con Convergencia y Unió, un partido de elitistas ladrones de guante blanco, por poner otro ejemplo más.

Y es que podríamos seguir así por todas las comunidades autónomas o por el propio gobierno central, donde las dos grandes familias político-criminales del país, PP y PSOE, se han dedicado a saquear sin ningún tipo de recato.

Y a pesar de hacerse públicos todos estos casos de corrupción generalizada; a pesar de revelarse la implicación de las altas esferas financieras y empresariales, con la aquiescencia del poder judicial; a pesar de demostrarse por activa y por pasiva que la infección afecta al Sistema en su generalidad, en todos los ámbitos, imposibilitando la creación de un futuro sano para el país; a pesar de todo ello, la respuesta de la población ha sido…no hacer nada. La máxima respuesta de la ciudadanía ha sido “ejercer el legítimo derecho de manifestación”, una actividad muy parecida a la que hace la hinchada cuando su equipo de fútbol gana una competición y sale en masa a la calle para celebrarlo.manifestaciones y celebraciones deportivas.

Es decir, nadie ha hecho nada efectivo por cambiar las cosas, excepto picar cacerolas.

Y el caso de la corrupción política desvelada en España y la nula reacción de la población es solo un ejemplo de entre muchos tantos a lo largo y ancho del mundo.

Ahí está el caso del deporte de masas, azotado como está por la sospecha de la corrupción, de la manipulación y del dopaje y por la más que probable adulteración de todas las competiciones bajo el control comercial de las grandes marcas…y a pesar de ello, sus audiencias televisivas y su seguimiento no solo no se ve afectado, sino que sigue creciendo cada vez más y más y más…

Pero todos estos casos empequeñecen ante la gravedad de las revelaciones hechas por Edward Snowden y confirmadas por los propios gobiernos, que nos han dicho, a la cara, con luz y taquígrafos, que todas nuestras actividades son monitoreadas y vigiladas, que todas nuestras llamadas, nuestra actividad en redes sociales y nuestra navegación en Internet es controlada y que nos dirigimos inexorablemente hacia la pesadilla del Gran Hermano vaticinada por George Orwell en “1984”.

Y lo que es más alucinante del caso: una vez “filtradas” estas informaciones, nadie se ha preocupado de rebatirlas. ¡Ni mucho menos!

Todos los medios de comunicación, los poderes políticos y las grandes empresas de Internet implicadas en el escándalo han confirmado públicamente este estado de vigilancia como algo real e indiscutible. Como mucho han prometido, de forma poco convincente y con la boca pequeña que no van a seguir haciéndolo…¡Incluso se han permitido el lujo de dar algunos detalles técnicos!

¿Y cuál ha sido la respuesta de la población mundial cuando se ha revelado esa verdad?
¿Cuál ha sido la reacción general al recibir estas informaciones? Ninguna.
Todo el mundo sigue absorto con su smartphone, todo el mundo sigue revolcándose en el dulce fango de las redes sociales y sigue navegando las infestadas aguas de Internet sin mover ni una sola pestaña…

Así pues, ¿de qué sirve saber la verdad?
En el caso hipotético de que Edward Snowden o Julian Assange sean personajes reales y no creaciones mediáticas con una misión oculta, ¿De qué habrá servido su sacrificio? ¿Qué utilidad tiene acceder a la información y desvelar la verdad si no provoca ningún cambio, ninguna alteración, ni ninguna transformación?

¿De qué sirve saber de forma explícita y documentada que la energía nuclear solo nos puede traer desgracias, como nos demuestran los terribles accidentes de Chernobyl y Fukushima, si tales revelaciones no surten ni el más mínimo efecto? 
¿De qué nos sirve saber que los bancos son entidades criminales dedicadas al saqueo masivo si seguimos utilizándolos? 
¿De qué nos sirve saber que la comida está adulterada y contaminada por todo tipo de productos tóxicos, cancerígenos o transgénicos si seguimos comiéndola? 
¿De qué nos sirve saber la verdad sobre cualquier asunto relevante si no reaccionamos, por más graves que sean sus implicaciones?

No nos engañemos más, por duro que sea aceptarlo. Afrontemos la realidad tal y como es. En la sociedad actual, saber la verdad ya no significa nada. Informar de los hechos que verdaderamente acontecen, no tiene ninguna utilidad real. Es más, la mayoría de la población ha llegado a tal nivel de degradación psicológica que, como demostraremos, la propia revelación de la verdad y el propio acceso a la información refuerzan aún más su incapacidad de respuesta y su atonía mental.

La gran pregunta es: ¿POR QUÉ?
¿Qué nos ha conducido a todos nosotros, como individuos, a este estado de apatía generalizado?
Y la respuesta, como siempre sucede cuando nos hacemos preguntas de este calado, resulta de lo más inquietante. Y está relacionada, directamente, con el condicionamiento psicológico al que está sometido el Individuo en la sociedad actual. Pues los mecanismos que desactivan nuestra respuesta al acceder a la verdad, por más escandalosa que ésta resulte, son tan sencillos como efectivos. Y resultan de lo más cotidiano.

Simplemente todo se basa en un exceso de información. En un bombardeo de estímulos tan exagerado que provoca una cadena de acontecimientos lógicos que acaban desembocando en una flagrante falta de respuesta. En pura apatía. Y para luchar contra este fenómeno, resulta clave saber cómo se desarrolla el proceso…

¿CÓMO SE DESARROLLA EL PROCESO?
Para empezar, debemos entender que todo estímulo sensorial que recibimos está cargado de información. Nuestro cuerpo está diseñado para percibir y procesar todo tipo de estímulos sensoriales, pero la clave del asunto radica en la percepción de información de carácter lingüístico, entendiendo por “lingüístico”: todo sistema organizado con el fin de codificar y transmitir información de cualquier clase. Por ejemplo, escuchar una frase o leerla implica una entrada de información en nuestro cerebro, de carácter lingüístico. Pero también lo implica ver el logo de una empresa, escuchar las notas musicales de una canción, ver una señal de tráfico u oír la sirena de una ambulancia, por poner algunos ejemplos…
Una persona en el mundo actual, está sometida a miles y miles de estímulos lingüísticos de este tipo a lo largo de un día normal, muchos de ellos percibidos de forma consciente, pero la inmensa mayoría percibidos de forma inconsciente, que deben ser procesados por nuestro cerebro.
El proceso de captación y procesamiento de esta información lo podríamos dividir básicamente en 3 fases: percepción, valoración y respuesta.
Percepción
Sin lugar a dudas, formamos parte de la generación con mayor capacidad de procesamiento de información a nivel cerebral de la toda historia de la humanidad, con muchísima diferencia, sobretodo a nivel visual y auditivo.
Es más, a medida que nacen y crecen nuevas generaciones, éstas adquieren una mayor velocidad de percepción de información. Una muestra de ello la podemos encontrar en el propio cine.
Visualiza un antiguo western de John Wayne, en una secuencia cualquiera de acción, como por ejemplo, un tiroteo. Y después visualiza una secuencia de un tiroteo o de una persecución de coches en una película actual.

Cualquier secuencia de acción de una película actual está trufada de sucesiones rapidísimas de planos de corta duración. En tan solo 3 o 4 segundos verás diferentes planos: la cara del protagonista conduciendo, la del acompañante gritando, la mano en el cambio de marcha, el pie pisando el pedal, el coche esquivando un peatón, el perseguidor que derrapa, el malo que agarra la pistola, como dispara por la ventanilla, etc... y cada plano habrá durado apenas décimas de segundo. Las imágenes se suceden a toda velocidad como los disparos de una ametralladora. Y sin embargo eres capaz de verlas todas y procesar el mensaje que contienen.
Ahora ponte la película de John Wayne. No encontrarás sucesiones de planos a ritmo de ametralladora, sino sucesiones de planos mucho más largos en duración y con mayor tamaño de campo visual. Probablemente, un espectador de la época de John Wayne se habría mareado viendo una película actual, pues no estaría acostumbrado a procesar tanta información visual a tanta velocidad.

Esto es un ejemplo sencillo del bombardeo de información al que está sometido el cerebro de alguien en la actualidad, en comparación con el de una persona de hace tan solo 50 años.
Añádele a esto todas las fuentes de información que te rodean, como la televisión, la radio, la música, la omnipresente publicidad de todo tipo, las señales de tráfico, los diferentes y variados ropajes que viste cada una de las personas con las que te cruzas por la calle y que representan, cada uno de ellos una serie de códigos lingüísticos para tu cerebro, la información que ves en tu móvil, en la tablet, en Internet y añádele, además, tus compromisos sociales, tus facturas, tus preocupaciones y los deseos que te han programado tener, etc, etc, etc…
Se trata de una auténtica inundación de información que debe procesar tu cerebro continuadamente.
Y todo ello en un cerebro del mismo tamaño y capacidad que el de ese espectador de los westerns de John Wayne hace 50 años.

Por lo visto, parece que nuestro cerebro tiene capacidad suficiente para percibir tales volúmenes de información y comprender los mensajes asociados a esos estímulos. Ahí no radica el problema. De hecho parece que nuestro cerebro disfruta con ello, pues nos hemos convertido en adictos al bombardeo de estímulos. El problema aparece en la siguiente fase.

Valoración
Es cuando debemos valorar la información recibida, es decir, cuando llega la hora de juzgar y analizar sus implicaciones, que nos topamos con nuestras limitaciones. Porque, literalmente, no disponemos de tiempo material para hacer una valoración en profundidad de esa información. Antes de que nuestra mente, por sí misma y con criterios propios, pueda juzgar de forma más o menos profunda la información que recibimos, somos bombardeados por una nueva oleada de estímulos que nos distraen e inundan nuestra mente. Es por esta razón que nunca llegamos a valorar en su justa medida, la información que recibimos, por importantes que sean sus posibles implicaciones.

Una persona en la sociedad actual está sometida a gran cantidad de estímulos sensoriales, sociales y lingüísticos. Para nosotros, toda información recibida es rápidamente digerida y olvidada, arrastrada por la corriente incesante de información que entra en nuestro cerebro como un torrente.

Porque vivimos inmersos en la cultura del twit, un mundo donde toda reflexión sobre un evento dura 140 caracteres. Y esa es la profundidad máxima a la que llega nuestra limitada capacidad de análisis.

Es por esta razón, por nuestra impotencia a la hora de valorar y juzgar por nosotros mismos el volumen de información al que estamos sometidos, que la propia información que nos es transmitida lleva incorporada la opinión que debemos tener sobre ella, es decir, aquello que deberíamos pensar tras realizar una valoración profunda de los hechos.

Es decir, el emisor de la información le ahorra amablemente al receptor el esfuerzo de tener que pensar. Ese es el procedimiento que utilizan los grandes medios de comunicación y que en un mundo con individuos auténticamente pensantes sería calificado de manipulación y lavado de cerebro

La televisión es un claro ejemplo de ello. Fijémonos en un noticiario cualquiera.
Todas las noticias de todos las cadenas están narradas de forma tendenciosa, de manera que contengan en su redactado y presentación no solo la información que debe ser transmitida, sino la opinión que debe generar en el espectador. O más claramente aún, el ejemplo de las omnipresentes tertulias políticas, donde los tertulianos son calificados como “generadores de opinión”.
Es decir, su función es generar la opinión que deberías fabricar por ti mismo.

Así pues, el bombardeo continuo e incesante de información en nuestro cerebro nos impide juzgar adecuadamente el valor de los hechos, con criterio propio y según nuestros códigos internos. Nos quita el tiempo que deberíamos tomarnos para sopesar las consecuencias de un acontecimiento y lo fragmenta en pedacitos de 140 caracteres y con ello, convierte en breve y superficial cualquier juicio que emitamos sobre una información recibida.

Resumiendo: nos hace pensar “en titulares” y por norma general, esos titulares ni tan solo los pensamos nosotros mismos, sino que nos son inoculados con la propia información.

Respuesta
Una vez reducido a la mínima expresión nuestro tiempo de valoración personal de los hechos, entramos en la fase decisiva del proceso, aquella en que nuestra posible respuesta queda anulada.

Aquí entran en juego las emociones y los sentimientos, el motor de toda respuesta y acción. Y es que al fragmentar y reducir nuestro tiempo dedicado a juzgar una información cualquiera, también reducimos la carga emocional que asociamos a esa información.

Observemos nuestras propias reacciones: podemos indignarnos mucho al conocer una noticia cualquiera, ofrecida en un noticiario, como por ejemplo el desahucio forzoso de una familia sin recursos, pero al cabo de unos segundos de recibir esa información, somos bombardeados por otra información distinta que nos lleva a sentir otra emoción superficial diferente, olvidando así la emoción anterior.

Para decirlo de forma gráfica y clara: de la misma manera que nuestra capacidad de juicio y análisis queda reducida a un twit, nuestra respuesta emocional queda reducida a un emoticono.
Y aquí es donde reside la clave del asunto. Es en este punto donde queda desactivada nuestra posible respuesta. Una respuesta que en momentos como el que vivimos, intuimos debería ser mucho más contundente y que, sin embargo, no llegamos a generar porque carecemos de energía suficiente para hacerlo. Y todos observamos desesperados a los demás y nos preguntamos “¿Por qué no reaccionan? ¿Por que no reacciono yo?”

Y esa impotencia desemboca, al final, en una sensación de frustración y apatía generalizadas. Ésta parece ser la razón básica por la que no se produce una Revolución cuando, por la lógica propia de los acontecimientos, debería producirse. Se trata pues, de un fenómeno meramente psicológico.

Éste es el mecanismo básico que aborta toda respuesta de la población ante los continuos abusos recibidos. La BASE sobre la que se sustentan todas las manipulaciones mentales a las que estamos sometidos actualmente. El mecanismo psicológico que mantiene a la población idiotizada, dócil y sumisa, lo podríamos resumir así: El excesivo bombardeo de información nos impide tomarnos el tiempo necesario para otorgar el valor adecuado a cada información recibida y con ello, nos impide asociarle la suficiente carga emocional como para generar una reacción efectiva y real

¿CONSPIRACIÓN O FENÓMENO SOCIAL?
Poco importa si todo esto forma parte de una gran conspiración para controlarnos o si hemos llegado a este punto por la propia evolución de la sociedad, porque las consecuencias son exactamente las mismas: los más poderosos harán lo posible por mantener estos mecanismos en funcionamiento; incluso fomentarán tanto como puedan su desarrollo, simplemente porque les beneficia.

De hecho, la propia revelación de la verdad favorece estos mecanismos. A los más poderosos ya no les importa mostrarse tal y cómo son ni desvelar sus secretos, por sucios y oscuros que éstos sean. Revelar estas verdades ocultas contribuye en gran medida a aumentar el volumen de información con el que somos bombardeados. Cada secreto sacado a la luz crea nuevas oleadas de información, que puede ser manipulada e intoxicada con datos adicionales falsos, contribuyendo con ello a la confusión y al caos informativo y con ello a nuevas oleadas secundarias de información que nos aturdan aún mas y nos suman más profundamente en la apatía.

Si combinamos esta apatía, fruto de la poca energía emocional con la que intentamos responder, con las tremendas dificultades que el propio sistema nos pone a la hora de castigar a los responsables, se generan nuevas oleadas de frustración, cada vez más acusadas, que nos llevan, paso a paso, a la rendición definitiva y a la sumisión absoluta.

Así pues, no lo dudes: a las personas que ostentan el poder les interesa bombardearte con enormes volúmenes de información lo más superficial posible. Porqué una vez instaurada en la sociedad esta forma de interactuar con la información recibida, todos nosotros nos convertimos en adictos a ese incesante intercambio de datos. El bombardeo de estímulos representa una auténtica droga para nuestro cerebro, que cada vez necesita más velocidad en el intercambio de informaciones y exige menos tiempo para tener que procesarlas.

Nos sucede a todos: cada vez nos cuesta más dedicar tiempo a leer un artículo largo cargado de información estructurada y razonada. Exigimos que sea más resumido, más rápido, que se lea en una sola línea y que se ingiera como una pastilla y no como un ágape decente.

Nuestro cerebro se ha convertido en un drogadicto de la información rápida, en un yonqui ávido de continuos chutes de datos que ingerir, a poder ser, pensados y analizados por cualquier otro cerebro, para no tener que hacer el esfuerzo de fabricarnos una compleja y contradictoria opinión propia.

Porque odiamos la duda, pues nos obliga a pensar. Ya no queremos hacernos preguntas. Solo queremos respuestas rápidas y fáciles. Somos y queremos ser antenas receptoras y replicadoras de información, como meros espejos que rebotan imágenes externas. Pero los espejos son planos y no albergan más vida en ellos que la que reflejan proviniendo del exterior. Hacia ahí se dirige el ser humano de forma acelerada. ¿Vamos a permitirlo?

CONCLUSIÓN
Quizás todo lo expuesto anteriormente no es lo que querías escuchar. Es poco estimulante y resulta algo complicado y farragoso, pero las realidades complejas no pueden reducirse a un ingenioso titular en forma de twit.

Para emprender una transformación profunda de nuestro mundo, para iniciar una auténtica Revolución que lo cambie todo y nos lleve a una realidad mejor, deberemos descender hasta las profundidades de nuestra psique, hasta la sala de máquinas, donde están en marcha todos los mecanismos que determinan nuestras acciones y movimientos. Ahí es donde se está dirimiendo la auténtica guerra por el futuro de la humanidad.

Nadie nos salvará desde un púlpito con brillantes proclamas y promesas de una sociedad más justa y equitativa. Nadie nos salvará sólo contándonos la supuesta verdad, ni desvelando los más oscuros secretos de los poderes en la sombra.

Como acabamos de ver, la información y la verdad ya no tienen importancia, porque nuestros mecanismos de respuesta están averiados. Debemos descender hasta ellos y repararlos; y para conseguirlo, debemos saber cómo funcionan. Para ello no será necesario hacer un complejo curso de psicología: observando con atención y razonando por nosotros mismos podemos conseguirlo.

Porque no se trata de algo esotérico ni fundamentado en creencias extrañas de carácter Místico, Religioso o New Age. Es pura lógica: No hay revolución posible sin una transformación profunda de nuestra psique a nivel individual. Porque nuestra mente está programada por el Sistema. Y por lo tanto, para cambiar ese Sistema que nos aprisiona, antes debemos desinstalarlo de nuestra mente.

¿Tú lo vas a hacer?